sábado, julio 31, 2010

“El PAN nunca ha entendido la cultura”-Entrevista a Enrique Krauze por José Luis Martínez S. (Diario Milenio/Cultura 31/07/10)

“Creo en la crítica y me gusta la polémica”, asegura el director de Letras Libres en una conversación que va del Bicentenario a la necesidad de restablecer el diálogo en la familia cultural mexicana, roto después de las elecciones de 2006.
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Las palabras de Enrique Krauze son contundentes, animadas por esa pasión crítica de la que hablaba Octavio Paz. En las oficinas de la editorial Clío, el historiador comenta los errores del gobierno federal en las conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, también cuestiona los debates políticos e intelectuales en México –porque “son de escuelita”–, recuerda su amistad con Carlos Monsiváis y explica los motivos de su crítica implacable a Andrés Manuel López Obrador, quien “dividió al país en dos”. Durante el diálogo, cada pregunta recibe una respuesta amplia y categórica que es, al mismo tiempo, una oportunidad para la reflexión y la polémica.
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¿Qué piensa de la manera como se han desarrollado los festejos del Bicentenario de la Independencia?
El Bicentenario era, más allá de los festejos, una oportunidad de participación ciudadana y debate colectivo, una oportunidad para enriquecer la vida pública del país. Lo es todavía, aunque ya no creo que se aproveche. Hasta ahora hemos tenido chispazos positivos, como el caso de Discutamos México, un esfuerzo valioso aunque con programas desiguales y hechos de manera algo rápida e improvisada. También hemos tenido espectáculos lamentables, como el mórbido e inútil desfile de los huesos de los héroes. Entonces, hay algunas cosas que están bien, pero en términos generales ¡qué deslucido, qué triste, qué superficial se ve este festejo de la Independencia, incluso comparado con el de 1910!
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El énfasis del gobierno federal parece estar más en el Bicentenario que en la Revolución.
El gobierno de Felipe Calderón ha sido incapaz de ver con claridad qué hacer con el Bicentenario. Hay que decirlo con todas sus letras: falló desde un principio. Desechó a personas que pudieron haber hecho un buen trabajo, como Rafael Tovar, y eligió a gente limitada, con una visión anacrónica de la historia, del género llamado “historia de bronce”.
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Ha faltado, por decirlo así, una filosofía del Bicentenario. Es obvio que había muchas propuestas que no se escucharon, o se escucharon a medias, o se escucharon tarde. Desde principios de 2007, por ejemplo, comenté que debían de separarse los festejos de la Independencia y la Revolución. Escribí ampliamente sobre esto y pronto publicaré un libro —Adiós a los héroes— donde recojo estas ideas. Una de ellas consistía en aprovechar la Conmemoración de la Independencia (que nos vincula claramente y está fuera de toda discusión) para hablar de la riqueza cultural de nuestra historia, todo aquello que Luis González llamó “La construcción de México”.
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Es verdad que se recogió la idea de llevar la obra sintética de Luis González a los hogares de México. Pero se necesitaba la contraparte: que los pueblos de México hablaran. No basta con poner un lema: “200 años de ser orgullosamente mexicanos”. Había que llenarlo de sustancia, llevarlo a cada municipio, a cada pueblo; contar (o más bien escuchar) las hazañas locales. Hubiera sido una gran ocasión de recoger la microhistoria de los muchísimos pueblos y ciudades del país, para formar con ellas el mosaico nacional. Propuse que la iniciativa partiera de las escuelas, pero no se hizo, o se está haciendo de manera tardía y muy limitada.
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En cuanto a la Revolución, lo que a mi juicio convenía era precisamente discutir su legado en los grandes temas nacionales: agrario, obrero, educativo, democrático. Una reflexión crítica y autocrítica al mayor nivel. Se está haciendo sólo a medias.
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Usted habla de la necesidad de debatir los grandes problemas nacionales, pero cuando menos en los medios de comunicación parece que esto sí se está haciendo.
Desde hace mucho tiempo he insistido en que necesitamos mayor calidad, sofisticación e inteligencia en el debate público. Sin duda, ahora el debate en México —en la prensa, en la radio, en todos los medios— es mejor de lo que era hace veinte años, en los tiempos hegemónicos del PRI. Esto hay que admitirlo. Sin embargo, es mucho menos rico de lo que podría ser, y en esto lo que importa es el formato. Los medios de comunicación masiva tendrían que estar inventando fórmulas de debate que sean mucho más que conversaciones de sobremesa. Un debate debe ser preparado a fondo. Los debates mexicanos por televisión son inocuos, académicos, de escuelita, hay que darles un grado más y hacer debates “a la inglesa”, en donde tanto el moderador como los participantes saben que al final de cuentas va a haber un triunfador y un perdedor: que va a “correr sangre”. (Nosotros en el portal Lupa Ciudadana estamos preparando debates con ese formato.) Son cosas que faltan. En suma, sí estamos mejor que antes, pero no estamos discutiendo con la profundidad, el compromiso y la pasión que deberíamos los grandes problemas nacionales.
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¿Qué impide que existan en México debates de altura?
En la vida intelectual y política de México hay varios vicios. Uno es el vicio académico. En el área de las humanidades hay una especie de casta que escribe para sí misma, sólo se lee a sí misma y tiene una opinión excesiva sobre sí misma, es inmune a la crítica y a la autocrítica; tiene la pretensión de estar haciendo ciencia, y algunos órganos de la prensa recogen sus opiniones sin cuestionarlas, como si fueran, en efecto, verdades científicas.
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Otro vicio muy arraigado en la vida intelectual mexicana es el dogmatismo y la intolerancia, que está presente en órganos de izquierda herederos del dogmatismo y la intolerancia de la Iglesia del siglo XIX, enemiga del pensamiento liberal. En estos órganos, guardianes del dogma, no se practican las reglas básicas de un debate intelectual de altura: la discusión respetuosa, la escucha de opiniones ajenas, la fundamentación de ideas propias.
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Entonces, entre un academicismo endogámico y un dogma- tismo intolerante, hay un espacio muy reducido para el pensamiento abierto, plural y liberal. Los académicos no tienen pasión y los dogmáticos tienen demasiada, ciega pasión.
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¿Esto ha contribuido a que hayan desaparecido las polémicas intelectuales?
La autenticidad, el compromiso que se vivió en los ochenta en México, cuando la polémica entre Vuelta y Nexos, entre Octavio Paz y Carlos Monsiváis, no existe ahora. Tendríamos que retomar esa pasión intelectual y crítica, porque si no todo se va a extinguir, a disolver, en un páramo de mediocridad: dogmática, académica, mediática. Yo no objeto, por cierto, el surgimiento de los comentaristas políticos, es algo positivo, pero muchos de ellos hablan como oráculos y no tienen un libro publicado.
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Paz decía que en México debemos reconciliarnos con el pasado. ¿Lo estamos haciendo?
No, no nos estamos reconciliando con el pasado, hacerlo significaría muchas cosas que, de nuevo, tienen que ver con el debate. Tendríamos que estar debatiendo seriamente los mitos nacionales, volver al tema de lo indígena y español, revisar las distintas vertientes de interpretación de la historia de México en el siglo XIX, ver qué tanta mitología arrastró consigo la Revolución Mexicana, incluido el muralismo. Vivimos en una selva de mitos: el mito del petróleo, el mito de la soberanía…. Tendríamos que estar avanzando mucho más en la desmitificación de nuestra historia para ver a los héroes como hombres de carne y hueso (con virtudes y defectos). Para ver a la Independencia y la Revolución en toda su complejidad, como un proceso en el que intervienen otras figuras además de los “héroes”. Sobre todo, deberíamos rescatar la vida de México en estos 200 años, una vida que fue forjada no por individuos únicos (aunque estos hayan sido centrales) sino por élites rectoras, centenares de figuras, generaciones enteras, del mundo eclesiástico, intelectual, cultural, militar, empresarial, etcétera. Por lo demás, deberíamos rescatar a la Reforma: fue el “momento eje” de México, mucho más decisivo que la Independencia y la Revolución. Pero la mitología de la violencia nos “jala” hacia la veneración de los insurgentes y los revolucionarios. Para mí, por cierto, el mejor insurgente es el más reformista, Morelos, y el mejor revolucionario es Madero, el demócrata liberal.
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Todo lo anterior para que el mexicano saliera del 2010 con una idea más plural, más diversa, más compleja, más crítica de la historia de su país; no veo que se esté haciendo. Por eso vivimos el 2010 de manera sonámbula y superficial.
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¿Cómo evaluaría las relaciones del PRI con la cultura?
Históricamente el PRI, el sistema político mexicano, tuvo relaciones estrechas y positivas con el mundo de la cultura. Cómo olvidar a las generaciones de diplomáticos que, siendo intelectuales, siendo excelentes escritores, le dieron lustre a las relaciones exteriores de México. Lo mismo cabe decir de la Secretaría de Educación Pública, con secretarios muy reconocidos.
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La integración del intelectual mexicano al poder, hasta cierto momento, fue bastante generalizada y funcional. Pero esto se rompió en los sesenta, y qué bueno, porque si el intelectual no utiliza sus armas, que son las de la crítica, se ata de manos y se pone al servicio no del público sino del poder.
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De los sesenta en adelante, con Daniel Cosío Villegas a la vanguardia, luego con Octavio Paz y después con otros intelectuales, se comenzó a trabajar en la crítica del poder. Muchos participamos en esa labor, tomamos distancia del poder hegemónico del PRI y creo que hicimos una buena contribución a la transición democrática.
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En los últimos diez años, debido al efecto centrífugo de la democracia, el poder ha dejado de escribirse con mayúscula, ha dejado de ser hegemónico: está distribuido en diversos polos. El PAN tiene el poder Ejecutivo, pero el poder también está en el Legislativo (que controla sobre todo el PRI), en el Judicial, en los estados (con partidos diversos), en los medios electrónicos, en los grupos empresariales, en la Iglesia, en los sindicatos, incluso en el narcotráfico. Ha desaparecido esa pirámide de poder que conocimos durante ocho décadas. Uno de esos poderes, minúsculo si se quiere, es el de los intelectuales. Más que un poder, es un prestigio, una autoridad. Lo ideal es que el intelectual cuide ese pequeño poder independiente.
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Director de la editorial Clío, autor de libros como Caudillos culturales en la Revolución mexicana, Biografía del poder y Travesía Liberal, Enrique Krauze afirma que en México no nos estamos reconciliando con el pasado.
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¿Y cómo se relaciona el PAN con la cultura?
El PAN nunca ha entendido la cultura, a pesar de haber sido fundado por un intelectual. No entiende la cultura ni la entenderá, más allá de que tenga buenos o malos funcionarios. La labor de Consuelo Sáizar es buena, pero el gobierno no tiene un proyecto cultural, no sabe cuál es su legado y tiene una seria crisis de identidad. Naturalmente, su relación con los intelectuales es tenue, lejana o mala.
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No creo que haya ahora en México ningún intelectual (salvo Alonso Lujambio, que ha escrito libros sobre ese partido) que pueda considerarse ligado al PAN. Tampoco veo muchos intelectuales del PRI. Pero sí hay varios ligados al PRD. La izquierda, alrededor de López Obrador, sí pudo integrar a buena parte de la familia intelectual, cultural y académica de México en 2006, y sigue reteniéndola en gran medida.
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¿Con quién se identifica usted?
Con ningún partido. El pensamiento liberal no tiene partido que lo represente. Lamentablemente, entre la izquierda y los liberales existe una ruptura, cuando su convergencia fue un sustento muy importante en la transición democrática. La convergencia entre Heberto Castillo y Luis H. Álvarez fue absolutamente central, pero detrás de Heberto había la convicción de una izquierda que tenía que volverse moderna y del lado de Álvarez un pensamiento mucho más liberal que reaccionario. Entre estos personajes, o si se quiere entre Paz y Monsiváis, guardadas todas las diferencias, cabía el diálogo.
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Yo hablé mucho con Monsiváis sobre este tema. Pocos días antes de que lo internaran, me envió una carta que desde luego conservo, diciéndome que estaba horrorizado con los escritos “estalinistas” que publicaban algunos órganos periodísticos criticando a los disidentes cubanos. Nos acercamos por el viejo afecto que nos unía y porque sabíamos que el diálogo entre una revista cultural liberal, heredera de Paz y Cosío Villegas, y el pensamiento de izquierda es fundamental.
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En una entrevista para Milenio Televisión, usted comentó que la muerte de Monsiváis debería servir para buscar la concordia en la familia cultural mexicana. Históricamente, ¿ha existido esa concordia?
Por supuesto que las diferencias intelectuales han estado siempre presentes; han existido rencillas entre personas y entre distintas escuelas y revistas. Pero desde que Ignacio Manuel Altamirano la fundó, en la cultura nacional hay una continuidad: en el Porfiriato, en el Ateneo, en los Contemporáneos, en la generación de Octavio Paz.
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Veamos el ejemplo de Paz y Revueltas, dos personajes tan distintos y a la vez tan parecidos: nacieron el mismo año, ambos fueron rebeldes, autocríticos y críticos del poder. Convergen en el 68, pero nunca se pelean, siempre se respetan. Eso es lo que yo quisiera. Y luego las siguientes generaciones, la de Fuentes, la de García Ponce, la de Ibargüengoitia… tenían diferencias, pero eran una familia.
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Octavio Paz criticó a Monsiváis y éste a Paz; Héctor Aguilar Camín también criticó a Paz y yo, en un texto muy fuerte, a Carlos Fuentes. Estos actos tuvieron su importancia pero no invalidaban una especie de unidad fundamental en la familia cultural mexicana. Todo se rompió en 2006, porque ahí sí se saltaron las trancas. Nunca había ocurrido una integración tan grande no sólo con un proyecto, sino con una persona (sin olvidar el antecedente de Echeverría). La descalificación como “traidores”, de “derecha”, a los que no estaban con AMLO, fue y es escandalosa. Y así, sobre la base de que unos son traidores y otros son santos, no se puede dialogar.
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¿Cuál sería la salida a todo esto?
El diálogo, la buena fe —y no estoy hablando de una tregua, sino de una concordia esencial—. Quizá nunca voy a convencer a los que piensan de manera dogmática de mis razones, pero todos merecemos respeto. La vida cultural e intelectual mexicana, debido a las querellas del 2006, se ha degradado, ha perdido la altura y se ha vuelto insoportablemente militante, y sobre esa base nada se puede hacer.
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La prueba de lo que estoy diciendo está en internet, en los blogs, donde se dicen cosas increíbles. No hay ya respeto a las obras, a las formas, a las trayectorias, a las ideas. Es una cloaca. ¿Quieres una prueba adicional? Hace dos años caminaba distraídamente por la calle de Argentina, rumbo al Colegio Nacional, cuando de pronto alguien se me cruza rápidamente y me grita: “¡Qué muera Octavio Paz!” Esa es otra muestra de cómo estamos.
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¿No pensó que podría ocurrir algo desagradable al presentarse a los funerales de Monsiváis en Bellas Artes?
Nunca tuve la menor duda de ir a Bellas Artes. Conocí a Carlos desde 1969. Fue un amigo entrañable y siempre nos vimos con respeto y afecto, aunque a veces nos criticábamos. Ese día, muchas personas se me acercaron con simpatía. Un muchacho, muy respetuoso, me dijo: “Don Enrique, ¿qué le parece esta demostración del pueblo? Esto es lo que gana un intelectual que está con el pueblo y no con el poder”. Yo le dije que me parecía magnífica. Pero que la implicación (que yo estaba con el poder) era equivocada.
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¿Cómo encara ese señalamiento?
Yo no estoy en lo absoluto con el poder. Nunca he estado con el poder, ni con el político ni con ningún otro. Yo ejerzo mi trabajo como escritor y editor de una revista de literatura y de crítica independiente, y tengo un espacio en la televisión nacional (que no me subsidian ni pagan) que llega a un millón de personas por semana (hasta la fecha llevamos más de 350 programas de historia que se han transmitido en todo el país). Si esto, el que la empresa Clío tenga este espacio en Televisa, se interpreta como que yo estoy con “el poder”, pues es una consideración falsa. Porque también Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor aparecían en Televisa y les pagaban. Lo mismo sucede con Elenita Poniatowska o Rolando Cordera, todos muy respetables.
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Un reportero de Proceso escribió que yo era asesor de Calderón y accionista de Televisa. Envíe una carta a la revista, que publicaron en su edición en internet, donde les digo: “Si ver al Presidente de manera incidental, es ser su asesor, entonces Julio Scherer fue asesor de varios de ellos”, como se ve en su libro Los presidentes. Yo no soy accionista de Televisa, soy miembro de su consejo y tengo un programa ahí desde hace doce años. Y si todo trato con esa empresa (a la que he criticado públicamente) es infamante, que me expliquen por qué hay periodistas de Proceso que aparecen en Televisa, o por qué la revista entabló relaciones cordiales con ella planeando programas en el año 2000.
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Volviendo a mi presencia en Bellas Artes. Yo quise significar todo mi afecto y reconocimiento a mi amigo Carlos y mostrar, o tratar de hacerlo, que la demonización por parte de los dogmáticos no me atemoriza.
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¿Cree posible la reconciliación que propone? ¿Qué le diría a la familia cultural mexicana?
Mi mensaje al ámbito cultural, desaparecidos casi todos los patriarcas, es el siguiente: no se trata de querernos, se trata de respetarnos, y de hablar. De polemizar lealmente. No es posible que en el mundo intelectual mexicano hayamos descendido a las bajezas, insultos y descalificaciones que algunos órganos practican ahora. Todos los que hemos trabajado por la cultura en México tenemos que hacer el esfuerzo de recobrar un mínimo de esa concordia, de ese respeto que se perdió el día en que apareció el personaje que dividió al país en dos.
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¿López Obrador?
Así lo creo. Y no me hubiera tomado el trabajo de escribir ese texto [“El mesías tropical”], de no pensar que López Obrador iba a dañar el país como en efecto lo dañó. Por ejemplo, desprestigiando a la institución electoral; un millón de observadores fueron puestos en entredicho por la voluntad de una persona. Entonces, que una buena parte de la cultura y del sector académico se haya enamorado del proyecto de López Obrador merecía una crítica. Todos los odios que me he concitado alrededor de eso, los asimilo con gusto. Pero es hora de tender una mano a la zona razonable de ese conglomerado y decir: “Señores, vamos a dialogar”. Yo he abierto siempre las páginas de Letras Libres. Pero ellos tienen cerradas (selladas) sus páginas para las voces liberales o disidentes.
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Además del texto que menciona, usted ha escrito otros bastante impopulares.
A mí no me ha interesado nunca ser popular, creo en la crítica y me gusta la polémica. En lo que no creo y a lo que me opongo es a la descalificación.

¿De quién es la piel?-Mónica Lavín (El Universal/Opinión 31/07/10)

Las palabras de la directora del Instituto de la Mujer en Guanajuato, a quien no vale la pena ni dar notoriedad, acerca de los tatuajes y cómo atentan contra la dignidad de la mujer pues son “un reflejo de pérdida de valores”, producen irritación y dejan muy mal parado a un gobierno (o muy claro el modo de pensar de ese gobierno) que pone al frente de un instituto de esa índole a alguien cuyo modo de pensar sobre las mujeres de hoy y la relación entre cuerpo, género y valores, deja mucho que desear. No es muy claro si la relación de tatuajes con el género es distinta. ¿Cabría pensar entonces que la dignidad es diferente para hombres y mujeres? Debo agradecer a quien preside el Imug de cabellos “dignamente” pintados y de rostro maquillado, y tal vez con aretes que obligaron a un piercing en algún momento de la vida, la posibilidad de enterarme que todavía en este siglo XXI existen quienes piensan que el aspecto tiene que ver con una escala de valores (el aseo lo es sin duda). Sorprende que todavía haya quienes tipifiquen la conducta de las mujeres en torno de una idea de decencia, de corrección, de falta de libertad a fin de cuentas. Pues finalmente qué es un tatuaje sino una decoración en la piel, harto sofisticada en sus métodos y sus aspiraciones de permanencia. Y que a nuestra generación no le interesó mayormente. ¿Pero quién decide sobre el órgano más grande de nuestro cuerpo sino nosotros mismos?
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Me parece muy bien que por razones de salud se haya regulado el tatuado de menores, que ha permitido lucrar a expendios de dudosa ascepcia. Está bien que el impulso adolescente, el deseo de afrontar lo establecido y pertenecer al gremio con el que se identifican, se dialogue con mayores y que entre ambas partes se asuma la responsabilidad de esa intervención. Yo desalenté los tatuajes en mis hijas y cuando supe de algún “piercing” hecho a mis espaldas cuando eran menores, pedí los datos del sitio porque una vez aparecida la ley, estaba dispuesta a demandarlos, a preguntarles dónde estaba la autorización firmada por los padres. A raja tabla ellas defendieron su decisión y a los practicantes; yo sólo pedí aquel adminículo en el centro de la lengua fuese extraído, hasta que ellas pudieran hacerse cargo de los gastos médicos de las consecuencias de aquella perforación. Mi escándalo tenía que ver con la salud, y en el caso del tatuaje, además, con su calidad de irreversible (o difícilmente irreversible). Pero asumí siempre que al cumplir los 18 años, la responsabilidad de la piel era de mis hijas. La piel es de quien la lleva. Y los deseos de llevar marca disminuyeron. Pero quien dirige un Instituto de la mujer no puede decir que dicha práctica atenta contra nuestra dignidad. Puede decir que considera una práctica mal normada, peligrosa pues atenta contra la salud, pero en todo caso, lo mismo ocurre con hombres y mujeres. He allí la importancia de expresarse correctamente. Puede que a la señora le desagraden en lo personal, pero como funcionaria tendría que argumentar la relación entre aquella práctica y la sociedad, porque hasta ahora los tatuajes son prácticas rituales en muchas comunidades del mundo y una moda en tiempos recientes. (Yo siempre me preocupo de cómo envejecerán los tatuados… si ya el asunto es complicado… con ilustraciones arrugadas la imagen puede ser patética). Por cierto debemos a un hombre tatuado un libro de cuentos inolvidable: El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, donde cada porción de aquel tórax pintado cuenta una historia.
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Desde una tribuna pública, calificar las prácticas ajenas respetuosamente es fundamental. Podemos identificarnos con nuestra grey por la ropa que usamos, la manera en que nos peinamos, etc., por lo menos hacia el exterior. En ciertos círculos será muy raro que una mujer que no es pelirroja lleve el pelo así, que otra mujer se haya colocado unos senos extra large, que aquél lleve un peluquín, en otros espacios esa es la manera de andar. Por eso no encuentro la relación entre valores y el tatuaje, y menos su particular atentado a la dignidad femenina. En cambio si me parece indignante que una mujer sea encarcelada por haber interrumpido un embarazo; ¿por qué no encarcelar al copartícipe de la concepción? Pero ese es otro tema, aunque en Guanajuato parece ser el mismo. La piel es de quien la lleva, el cuerpo también.

Entre arribistas-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 31/07/10)

Soy miembro desde 99: así lo dice la tarjeta American Express verde que pasa la mayor parte de cada día en el bolsillo trasero de mi pantalón, junto a credenciales, otras tarjetas de crédito y un par de billetes de baja denominación. No uso cartera –bastante tengo ya con las indeseadas redondeces de mi silueta para agravar la situación con bultos cuadrados–, por lo que todo esto vive presa de un clip de plata art déco, adquirido con no poco sacrificio en una boutique de Tiffany & Co. (Lo confieso: disfruté enormemente ver cómo lo envolvía la dependienta en un paño y una caja, ambos de ese más hermoso y snob de los colores que es el Tiffany blue, llegar a casa y sacarlo por vez primera de su lujoso envoltorio, rellenarlo con el pequeño fajo de documentos que necesito para mis transacciones profesionales y comerciales cotidianas.) En el clip vive también su hermana mayor: una American Express dorada, que me fuera ofrecida pocos años después y que me sirve para jugar con las fechas de corte –clasemediero irredento será siempre el que se preocupe por tales fruslerías financieras– y para sentirme un poco menos del montón. Desde hace algunos años, dicha empresa de servicios financieros ha venido ofreciéndome de cuando en cuando una tarjeta platino –la siguiente en el escalafón– pero la he declinado siempre, no por falta de ganas (mucho me seduce la posibilidad de impresionar a mis compañeros de mesa con su argentado fulgor) sino porque en cada ocasión me he sabido demasiado pobre para afrontar el gasto de la anualidad. Mi abuela, mujer próspera y bien administrada, sí ostenta una American Express Platinum y, en virtud de ello, recibe mes a mes una extraordinaria revista, titulada Departures, que hojeo con gusto cada que la visito. Yo, en cambio –proletario arribista (y por tanto áureo) que soy– nada recibí como publicación de cortesía hasta hace una semana, cuando arribó con el correo un ejemplar de la revista Tendencias, en cuya página legal se lee que American Express la hace llegar a sus tarjetahabientes de The Gold Card.
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Ávido de reconocimiento que estoy, me gustó sentirme tenido en cuenta. Frívolo que me asumo, anticipé con gusto su premisa –los balazos de portada prometían reportajes sobre lentes de sol, crónicas de viaje, moda masculina y femenina, cocinas de diseño–… hasta que comencé a leerla. Me decepcionó, de entrada, que Tendencias me considerara tan elemental como para pensar que las páginas dedicadas a automóviles Audi y ropa deportiva Puma eran otra cosa que publicidad pagada. Todavía más me desilusionó que el recorrido propuesto por Barcelona incluyera la Plaza de Cataluña, las Ramblas y los edificios de Gaudí, lugares comunes para todo turista mochilero y toda familia clasemediera empeñada en conocer diez ciudades de la Europa Mágica en diez días.
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Y pasé a asumirme ofendido cuando me percaté de que, en aras de parecer políglotas y hacerme sentir sofisticado, los redactores emplean extranjerismos innecesarios y petulantes como “maison” cuando quieren decir casa y “lifestyle” cuando pretenden hablar de estilo de vida (expresión que ya en español me produce repeluzne). Esto –me dije– es un panfleto engañabobos para pobretones que pretenden sentirse viajados y vividos pero que en realidad no salen de pericoperro.
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Entonces recordé que si mi tarjeta es dorada es porque no me alcanza para tener una mejor. Y con tristeza tuve que reconocer que Tendencias es una mala revista pero un producto mercadológico perfecto.

miércoles, julio 28, 2010

La profundidad de la piel, la novela-Jesús Alejo (Diario Milenio-Puebla/Cultura 28/07/10)

Pedro Ángel Palou, el amor desde distintos horizontes
Un libro sobre la renuncia y el desapego desde la perspectiva japonesa.
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Prolijo en la publicación, Pedro Ángel Palou también se ha preocupado por diversificar los temas que aborda en su literatura: biografías noveladas de personajes históricos, vidas de hombres de la cultura popular, exploraciones en torno al amor y al desamor o hasta thrillers religiosos, pero siempre contadas desde una perspectiva del pensamiento occidental, hasta la aparición de La profundidad de la piel (Editorial Norma, 2010).
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Se trata de una aproximación al tema del amor desde distintos horizontes, en especial de las edades de los protagonistas de la trama: no es lo mismo cómo ve él a “la amiga del cuello largo” —personaje de la novela—, que el hombre mayor que sólo está dispuesto a acompañar en su dolor a la mujer que quizás ha amado más, ni que la joven que viene de la depresión absoluta, de la pérdida, del dolor, de la que no sabe qué hacer con su vida.
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Hay un ejercicio de exploración de los lenguajes del amor, desde la perspectiva de la cultura japonesa, a través de lo que llama los horizontes del amor, los cuales son temporales: no se ve el amor igual a los 20 años, que a los 30, a los 50 o a los 70, que tiene “el pintor del mundo flotante”, otro de los personajes.
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“Nosotros hemos sido educados —no sólo para el amor, para todo en la vida—, desde el punto de vista de la productividad: incluso si no tienes un orgasmo o no eyaculas no tienes una relación, y la productividad está ligada a lo que uno de los grandes teóricos del occidente llama el sentido de un final: no podemos ni siquiera interpretar la literatura oriental porque no hay noción de final. No puede terminarse un relato en oriente, porque no tiene lo que nosotros llamamos un final.”
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La profundidad de la piel es la historia de un músico que visita a su amiga del “cuello largo”, quien le comparte su relación amorosa con el pintor del mundo flotante: una historia de amor, de la pérdida, del fracaso y de la renuncia.
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“El pintor del mundo flotante es una figura fundamental, porque es quien lleva el amor a un estadio donde las cosas no tienen por qué terminar para existir, ni sexual ni sentimentalmente, lo que surgió de penetrar en la cultura oriental, en especial en la japonesa, que me apasiona desde hace muchos años.”
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De acuerdo con Pedro Ángel Palou, se trata de culturas estrictamente sensuales, epidérmicas, donde la experiencia puede empezar desde sentir una taza, darle la vuelta dos veces, bajo un concepto de la estética japonesa que significa que una superficie totalmente pulida ya no es bella, “por eso las verdaderas tazas de té tienen un pedazo rugoso, para que cuando roces sientas que el mundo como tal no está terminado”.
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“Este es un libro sobre la renuncia. Leyendo literatura japonesa, trabajando mucho dentro de la cultura japonesa mediante la meditación zen, me di cuenta que es una cultura de la renuncia, pero a diferencia de la visión occidental en la que significa una pérdida y un duelo, ahí es un ejercicio de felicidad: la renuncia como forma de desapego.”
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El escritor recuerda que una de las primeras enseñanzas del pensamiento budista es que “todo el que está pegado sufre”, por lo tanto la renuncia es una forma del no sufrimiento, de la felicidad.

martes, julio 27, 2010

El futuro fue asiático (Diario Milenio/Opinión 27/07/10)

El cuerpo es algo tan pequeño
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En El Chino, uno de los libros más recientes del autor sueco Henning Mankell, la jueza Brigitta Roslin se ve involucrada de manera azarosa en la resolución de un caso cruento y en apariencia inexplicable: una mañana de invierno, los diecinueve habitantes de Hesjövallen, un pequeño pueblo del norte, aparecen brutalmente asesinados. A medida que emergen diminutas pistas evasivas, la jueza parece entender que el motivo viene de tiempo atrás y, en efecto, de otro país. El motivo, si es cierto que lo es, se origina, en parte, en las devastadoras condiciones económicas que dieron pie a los procesos de emigración que caracterizaron a la China del siglo XIX y, en parte también, en el oeste norteamericano donde un trío de hermanos enfrentaron condiciones lamentables de trabajo tendiendo las vías del ferrocarril. Junto con una amiga radical de los 60, pues, la jueza Roslin abandona el invierno sueco y llega a Beijing, donde todo es distinto a como lo imaginara en su juventud. Después de caminar por la plaza Tiannamen y de digerir una tradicional comida china donde se han combinado los platos dulces y salados, calientes y fríos, la jueza reflexiona: “Rodeada de todas aquellas personas que se apretujaban por las calles, o sola en el anónimo hotel de la gran ciudad de Pekín, se sentía como si su identidad empezase a difuminarse. ¿Quién le echaría de menos allí si se perdiese? ¿Quién se percataría siquiera de su existencia? ¿Cómo podía vivir la gente cuando se sabía sustituible?”. Con años de diferencia y procediendo de un país distinto, me descubrí pensando cosas similares mientras observaba mi primer atardecer asiático detrás de la ventana. El cielo era de un gris imperial, como imperiales eran las dimensiones de los edificios circundantes e imperial el río de cuerpos que fluía sin cesar por las anchas avenidas. ¡En pocos lugares como en la capital de la China se transforma el cuerpo en algo tan pequeño! Ya frente al peso de las construcciones ancestrales o ya bajo las sombras de las masivas edificaciones posmodernas, el cuerpo no puede olvidar aquí por un solo instante que la historia es un vasto quehacer que igual se disemina en el pasado, en el punto en que la memoria se torna inmemorial, como hacia el futuro, donde la imaginación camina frente a nuestros pasos. Destronado, fuera ya de un antropocentrismo occidental, el cuerpo mira a su alrededor, huérfano. Y ésa es, sin duda, la primera sensación verdaderamente asiática de mi vida. Luego vendrá la confusión, el asombro, el descontrol, la euforia, el temor. Pero al inicio, justo después de aterrizar, cuando apenas me llevan del aeropuerto al hotel y pregunto ya por la destrucción que observo en el camino, está ahí ya toda entera la orfandad.
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—La ciudad está dividida en una serie de anillos —me explica mi informante con amabilidad pero sin grandes detalles—. Estamos entrando ahora en el segundo —dice, mirando por el espejo retrovisor, confirmando que he escuchado bien—. Mañana esto no estará aquí —asegura con parsimonia luego, sin despegar la mirada del vendaval.
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A mi regreso, apenas unos días después, comprobaré que mi parsimonioso informante decía la verdad. Se le llama Gran Cambio. Se le llama Globalización. Se le llama Preparativos para una Nueva Era. Se le llama el Futuro (que viene desde un pasado inmemorial) Será Asiático (o no Será).
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Juan Muñoz en Xian
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—Pero si esto es como Nuevo Laredo —es lo primero que digo en voz alta cuando el camión que he tomado en el aeropuerto llega finalmente a Xian. Se trata, en efecto, de una ciudad sobrevolada por el polvo en cuyas calles se abren talleres mecánicos y vulcanizadoras a granel. Hay tantos que, de hecho, me pregunto si todos los negocios de Xian son talleres mecánicos y vulcanizadoras. He viajado, contra todo consejo, sola hasta Xian y, ahí, contra todo consejo, he optado por el camión en lugar del taxi. No seguir consejos ha sido siempre mi especialidad. No sé que lo lamentaré, que verdaderamente lo lamentaré, sino hasta la última parada, cuando todo mundo baje del autobús y comprenda, primero algo divertida y más tarde con bastante estupor, que la posibilidad de quedarme ahí, justo ahí, varada y ahí, no es tan remota como podría creerse. Ahí estoy yo, pues, con mi maleta y ese pequeño mensaje que ha escrito en mandarín el Joven Guía de Beijing. Ahí estoy yo, con la maleta y el mensaje parada por horas, todas las horas que se requieren para conseguir que alguien en Xian pueda leer el mensaje y, después de leerlo, pueda indicarme qué hacer para llegar a una de las muchas universidades del lugar y, una vez dentro de un inmenso campus universitario, para alcanzar la puerta de mi hotel. Ahí estoy yo, en una esquina de Xian, preguntándome qué diablos hago aquí.
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Asumo cada peripecia con cierta emoción. Uno de los primeros cuentos que escribí en ese otro siglo que dominó la economía de Estados Unidos, antes de que iniciara lo que ya inició que es el Futuro Asiático, se llamó El Desconocimiento. Su personaje principal se llamaba Xian. Bautizo demencial. Camino ahora, eso pienso entonces, dentro del nombre de un personaje que es una ciudad. Bajo mis pies, el tiempo. La mella. Eso me emociona. Me emociona eso como me emocionan luego los coros de ascendencia maoísta que se congregan en las tardes en las plazas de la ciudad; como me emocionan sus murallas y sus papalotes y sus mercados musulmanes y su McDonalds; como me emocionan, cuando finalmente los veo, los rostros de los soldados de terracota que, alguna vez, libraron una batalla contra campesinos de verdad. No puedo evitar la suspicacia: ¿es ésta una oficina más del Mercado de las Perlas? ¿Estoy justo en el centro del Tepito Universal? A medida que avanzo cerca de sus cuerpos, sin embargo, les creo. Son sobrevivientes. Han sobrevivido a todo. Están aquí. Aun los soldados que yacen desmembrados sobre ciertas áreas de la tumba-museo están aquí: un cuerpo a través del tiempo. Adentro. Es entonces que pienso en Juan Muñoz, en las dimensiones de los cuerpos que el escultor español colocó en semi-círculos, enfrentando al espectador con una sonrisa uniformada. La burla del tiempo. Su mella.

lunes, julio 26, 2010

Boleto para ostentar (Milenio Diario/Opinión 26/07/10)

Marmaja aparte
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28 euros. Algo más de 450 pesos. Eso costaba un boleto de piso para ver a Joss Stone, hace unos pocos meses en Lisboa. Era el último, nos dijeron en la agencia; lo compramos en la esperanza de encontrar el segundo a las puertas del concierto. Para nuestra sorpresa, esa noche las taquillas del Coliseu dos Recreios estaban abiertas y ofrecían unos cuantos boletos de palco, por 32 euros cada uno. En un par de minutos, ya habíamos comprado los boletos de palco y vendido el de piso al primer entusiasta que se nos acercó. Era temprano, de manera que el palco más parecía una sala de espera desolada. Abajo, en cambio, ya la zona cercana al escenario estaba densamente poblada de esos admiradores espartanos que toleran las peores inclemencias con tal respirar el aire de la estrella. Tratándose de Joss Stone, tal actitud me parecía no sólo comprensible sino de hecho envidiable, y así tras unos cuantos minutos de hastío nos decidimos a abandonar el palco y buscar algún hueco próximo al escenario, donde la gente suele terminar bailando y la incomodidad resulta un privilegio. Y de paso (esto había que callarlo) allí donde los ojos y los muslos y la sonrisa de la más negra de las cantantes blancas saltarían victoriosos las tristes trancas de mi astigmatismo.
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Era tarde, no obstante, para llegar a menos de quince metros del escenario. No sólo porque había demasiada gente, sino porque a medida que uno avanzaba se iba comprometiendo a resistir dosis mayores de sacrificio. Llegado un punto, en mitad del concierto, concedí que había sido un error dejar el palco, toda vez que nosotros apenas nos movíamos, como no fuera para esquivar algunos entre tantos pisotones, mientras atrás, en nuestros lugares, la gente no paraba de bailar. De regreso en el palco, supimos que los de mero adelante traían una fiesta que rebotaba en el escenario. Sin ellos, es seguro que habríamos estado en otro concierto. Finalmente, observamos, cada uno se ubica donde más o menos le acomoda, según le importe el tema de la comodidad. Pues de entrada hay un tema que se esfuma, y éste es el del dinero. La diferencia entre caro y barato apenas pasa de sesenta pesos mexicanos.
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Excéntricos de rancho
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Crecí en una ciudad mojigata donde un mero concierto de música pop era, visto de lejos, idéntico a una orgía. Para desengañarse, había que viajar, y así un solo boleto para ver a David Bowie en Long Island venía costando lo que un boleto de avión, más varios días de hotel, más comisión de agencia, más viáticos diversos. Difícilmente menos de mil dólares le tomaba a uno cruzar las puertas del estadio como cualquier espectador local que se ha gastado menos de cincuenta dólares, con todo y el transporte. Únicamente, pues, un espectáculo fuera de lo común o un cierto fanatismo autosugestivo justificaban semejante esfuerzo, de por sí equivalente a la compra de varias docenas de discos importados. Ir y gastarse mil o más dólares en asistir a un show de cuarenta parecía nada menos que una excentricidad de pueblerino, pero no había otra opción porque en México persistía la creencia de que en esos eventos nada había más común que la puesta en escena de gang-bangs, misas negras y picaderos masivos.
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¿Exagero? Seguramente, toda vez que el recuerdo de esos años los hace ver aún más absurdos y ridículos. Hoy día un concierto de rock, por rudo que se anuncie y duros que parezcan sus asistentes, parece más común y menos peligroso que una función de circo, donde nunca se sabe si el tigre despertó especialmente hambriento. Vuelvo a febrero de 2010: el concierto de Joss Stone ha terminado y es hora de volver a la realidad, donde unos se regresan en el Metro, otros en taxi y otros más en su coche y cada uno irá a cenar adonde pueda y guste. Más allá de la voz y la presencia escénica de la cantante, paga uno también sus 32 euros por sumarse a la ficción donde toda la vida cabe en 20 canciones y no importa el dinero, entre otras aflicciones de la vida real.
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El beat del VIP
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Cuesta trabajo creer que la entrada a un concierto común y corriente tenga un precio mayor a los mil pesos, y que incluso haya algunos que se cotizan en el equivalente a un vuelo a Nueva York. Zona dorada, le llaman de pronto. Ese espacio de colisión emocional que en la gran mayoría de los conciertos se reserva al fanático más entusiasta, en México es un reluciente VIP, donde de pronto importa menos ver que ser visto. No es extraño, por tanto, que las zonas doradas se vean invadidas por públicos amigos del confort, más uno que otro intenso que vendió su alma al diablo por un boleto. Compárese la retroalimentación que se puede esperar de un millar de pudientes satisfechos y una masa de ansiosos que piden más y más. De modo que al final quienes se gastan nueve mil pesos en un par de entradas ocupan el lugar que por razones técnicas debería corresponder a otros, en claro detrimento del show.
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Y aquí es donde llegamos al ingrediente oculto de la cuestión: de Avándaro a la fecha, los conciertos masivos arrastran el fantasma del pavor a la plebe. No es extraño que algunos de los afectos a la zona dorada paguen menos por ver lo que verán que por mirarse a salvo del naquerío. Poder ir al concierto sin salir del club, en un espacio aséptico donde la desmesura rara vez se contagia y menos se origina. Allí donde las bolas rápidas se hunden sin rebotar, o en todo caso lo hacen con moderación. Sabemos lo que paga un inquilino de la zona dorada, no así lo que le dan al espectáculo quienes, en otras partes, pasan la noche entera haciendo cola para alcanzar un democrático boleto de primera fila. Vista de lejos, la diferencia es trágica. País civilizado tendría que ser aquél donde el pop puede darse el lujo de ser pop.

viernes, julio 23, 2010

Solo (pero no sólo)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 23/07/10)

Hará cosa de un par de años, un amigo en aprietos acudió a mí. Aprietos estéticos, quiero decir, que son los únicos en los que constituyo buena ayuda. Su mujer, me dijo, era fan de Emmanuel, y he aquí que Emmanuel se presentaba ese mismo día en el Auditorio Nacional, y que la mujer de mi amigo había comprado cuatro boletos para presenciar tan potencialmente conmovedor espectáculo, y que la pareja con la que habían quedado de asistir se había visto impedida a última hora para acudir, y que mi amigo se sentía ahora como un Cristo con los brazos abiertos -crucificado pero también víctima de agotamiento anticipado- ante la posibilidad de pasar dos horas escuchando cursilerías neoambientalistas y sentimentaloides sin tener con quién burlarse de ellas. “Ándale”, imploró, “nosotros les disparamos los boletos. No me digas que a Eunice no le gusta ni tantito Emmanuel…”.
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En efecto, Eunice es mujer y, por tanto, le gusta Emmanuel (pero nomás tantito). (Es decir que le gustan esas canciones cursilísimas que cantaba cuando se peinaba como nena y se desgañitaba en el OTI entre hielo seco, bañado en un halo de backlight anaranjado.) Y, lo que es más, yo mismo confieso que en mi iPod figura un puñado de canciones del susodicho, no aquellas de amor y dolor sentido -¿quise decir “séntido”?- sino otras de su repertorio ochentero, de tan gozosa vulgaridad. (Yo te encuentro bella como una escultura y marqué tu número telefónico no sé cuántas veces, no sé cuántas, no.) Accedimos, pues. Y la pasamos fenomenal, no por lo que nos conmovimos sino por lo que nos reímos.
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Hubo un momento, sin embargo, en que lo mejor que pudimos hacer fue cesar la tormenta de sarcasmos y callar. ¿Cómo hacer escarnio de una letra que comienza “Quiero decirte tan sólo que me he quedado tan solo” y que sigue “Y si el mundo da una vuelta y pasas por aquí, no te extrañe encontrarme deshecho, ¿qué va a ser de mí?”. Quedaba claro que Emmanuel no tenía la más puta idea de lo que significa sentirse, en verdad, solo. ¿Deshecho? Ojalá: supondría la pérdida de algo que una vez fue. Y saberse solo es saber que casi todo es casi siempre yermo.
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Deben ser la insularidad y el frío los que llevaron a los ingleses a desarrollar dos palabras distintas para decir solo: alone es el que está solo, lonely quien se sabe inexorablemente solo. A mí, mexicano que soy, se me confundían. Procuraba no estar solo (alone) para no sentirme solo (lonely). Fui el hijo devoto, el amigo gregario, el jefe sobreprotector, el subalterno siempre dispuesto, el marido -¡ay!- asfixiante. Hasta esa mañana porteña.
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Iba de trabajo a Buenos Aires y Eunice no podía acompañarme. Viajaba yo con mi socia y amiga, separada de su marido apenas 15 días antes. Un día, tuvimos unas horas sin citas. Ella, anunció, prefería quedarse en sus aposentos a cultivar la autocompasión. Habría podido encerrarme yo también, tumbarme a ver VH1 como zombi y a extrañar a mi mujer, pero decidí, no sé por qué, salir a caminar por Recoleta. Solo, vagué sin rumbo casi dos horas. Solo, recorrí calles, avenidas, plazas. Solo, me bebí un whisky en el salón de té del Alvear Palace. Solo, descubrí un pasaje comercial decadente, y en sus paredes los murales soberbios, firmados en 1954, de un artista desconocido a quien alguien debería rescatar y legitimar. (No seré yo: he olvidado su nombre.) Solo, no me sentí tan solo. Mis referentes, mis prejuicios, mi esnobismo, mi sensibilidad me acompañaban, me hacían eco y, descubrí esa mañana, nunca me abandonarían. Esa noche escribí un largo mail a Eunice refiriéndole la experiencia. Me gusto compartírsela y le gustó que se la compartiera.
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Hace unas semanas otro amigo me plantó para comer en la terraza del Hotel Hilton. No pensé en hablarle a mi mujer para que me diera refugio y recalentado en casa, no busqué con desesperación a alguien más para sumarme a sus planes de comida. Traía el último Vila-Matas bajo el brazo y recordé que años ha había conocido un café harto simpático -Bertino se llama- sobre Madero, al que quería volver. Eché a andar. Llegué al Bertino, me senté en la barra, comí mi emparedado, terminé el libro (andaba yo ya en los últimos capítulos) con un café. Todavía entonces pedí una Pellegrino y me quedé unos minutos más, entretenido en la contemplación de los transeúntes. En la mirada de alguno -se me parecía asombrosamente- creí adivinar una frase: “Que a gusto luce ese señor sentado en la barra con su libro cerrado. Solo”.

miércoles, julio 21, 2010

"Carolina y el DF (o el regreso a las raíces)-Parte III"(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 21/07/10)

A Carolina, porque tu mano es mi Virgilio.
A Jano, Magui y Juan Carlos, por el cobijo y los recuerdos.
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Todo viaje tiene su rato para descansar y asimilar lo que éste ofrezca a los viajantes, más cuando es un viaje con finalidades renovadoras. El cobijo que Carolina y yo recibimos, fue otorgado por mi primo Alejandro, su esposa Magui y mi sobrino Juan Carlos. Mejor amparo no pudimos tener.
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Una vez terminado la presentación del libro más reciente de Pitol, que incluyó un coktail y la firma donde pudimos conversar con los amigos allí encontrados y tener un rato para intercambiar palabras con Sergio Pitol, acontecimiento al cual llegó tarde Renata –ex compañera de estudios en el Collhi y tierna amiga-, pero a tiempo para obtener la firma y la foto de Pitol. Los tres tomamos camino al Metro Patriotismo hasta Pantitlán, para luego transbordar y llegar a Misterios, donde nos estaría esperando Jano. Este viaje por las entrañas de la ciudad más grande del mundo, fue como los otros: intenso, abochornante, cansado y curioso; nuevamente era una pequeña muestra del ritmo distinto que ofrece esta otra ciudad sumergida por otra más impactante. Mientras, arriba, el movimiento era un poco constante para ser las 10:30 de la noche, abajo era casi escaso y muy lento.
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Alrededor de las once de la noche se dio el reencuentro con Jano, Magui y Juan Carlos, nos recibieron con particular alegría que uno podía sentirse como en casa. Por aquí nos instalamos y al poco tiempo estaba lista una sencilla, pero exquisita cena. Luego de una sobremesa donde intercambiamos impresiones de nuestro viaje, apareció un vino tinto, chileno, el cual vino acompañado de un diluvio de recuerdos. Recuerdos que vinieron a recordarme de dónde vengo y la historia que heredo. Relatos, recuentos, acontecimientos dignos de poder ser novelados. Recordar es volver a vivir, pero también es un renacer y un morir, es un viaje por las médulas de un pasado que en ocasiones es grato rememorar y otras veces sería mejor no acordarse de su existencia. Pero hasta el recuerdo más ingrato como el más doloroso, y desde luego el más alegre, sirven para definir el camino y entender el por qué y el cómo se dieron las cosas. Y en este contar y recontar, volvieron a vivir en las palabras de Jano y a veces en las mías: Salud, mi abuela, a quien sigo llevando en mí día a día y sigo sin poder responderme el por qué de su ausencia; Agustín, mi abuelo, a quien no pude conocer y me hubiera gustado porque estoy seguro que podría tener ricas tertulias a su lado; y José Alfredo, mi tío, el origen de mi nombre y de quien, aseguran mis tíos, heredé mucho de las inquietudes que ahora me mueven y me definen. Historias que volvieron a curar el alma y a darme fuerzas para continuar adelante, relatos que fueron un remanso de paz y amor en mi vida. Alguna vez Pedro Ángel Palou, cuando escribía una de sus novelas, recién publicada: “La profundidad de la piel”, pronunció que cuando uno cuenta un recuerdo, este no es puro, pues uno relata el recuerdo tal cómo lo rememora la última vez que lo contó. Espero que la próxima vez que estas historias vuelvan a mi vida, sean a través de una novela que algún día escribiré. Le debo algo a Salud y espero poder pagarla con mis letras que son lo único que tengo y me pertenece.
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La madrugada nos cubrió, el sueño también alzó la voz, el vino se acabó; momento idóneo para asistir a nuestra cita con Morfeo y dejar que las evocaciones encontrarán el cobijo debido, y que a partir de esa noche, quizá formen parte de la vida de Carolina.

martes, julio 20, 2010

Y Mrs. Robinson fue feliz (Diario Milenio/Opinión 20/07/10)

Generaciones enteras deben recordar la escena en que un muy joven y desesperado Dustin Hoffman arriba a una iglesia de Santa Bárbara justo a tiempo para impedir la boda de su novia. Se trata, por supuesto, de la última secuencia de El Graduado, la película que Mike Nichols filmó en 1967 que incluía, para escándalo de muchos, un affaire entre el joven y desesperado Benjamin Braddock y una mujer de mediana edad presa del aburrimiento en un matrimonio inane: la señora Robinson. Para quien no lo recuerde, una todavía guapa aunque algo cínica y otro poquito alcohólica Anne Bancroft se había encargado de seducir a Benjamin quien, recién graduado de la universidad y sin ningún plan en puerta, no hacía otra cosa más que pasar sus días alrededor de la alberca en una muy soleada California. La relación intergeneracional versión 1967 no podía, por supuesto, terminar bien. Benjamin terminó enamorándose de la hija de la señora Robinson (lo mismo le había pasado, entre otros, a Santos Luzardo con la hija de la temida doña Bárbara en la novela del mismo título, por cierto) y, en un arranque de trasnochado romanticismo y justo cuando está a punto de perderla, la salva de un matrimonio como el que condujo a su madre a vivir un affaire desgraciado. O al menos eso parece indicar la grandilocuencia del escape de la joven pareja. Lo que sucede cuando Benjamin grita el nombre de Elaine a través de un vidrio y cuando la joven vestida de novia le contesta gritando, a su vez, el nombre masculino es el restablecimiento del orden de las cosas. La pareja ideal ha sido, en efecto, salvada del horror. Mientras tanto, en una de las canciones que Simon y Garfunkel compusieron para la película, Mrs. Robinson sigue teniendo que guardar un secreto y, mire para donde mire, le toca seguir perdiendo. Hey, hey, hey.
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Las edades son construcciones sociales, sin duda. La niñez antes duraba muchos menos años que ahora. La adolescencia, un invento que data más o menos del siglo XIX, se alarga sin cesar en el mundo contemporáneo. Los 40 son, como bien se sabe, los nuevos 30. Y así. Con todo y todo, cuando hacia finales del siglo XX Demi Moore empezó a salir con Ashton Kutcher, un guapote 15 años más joven que ella, pocos esperaban que esta neo-Mrs. Robinson y este neo-Benjamin se salieran con la suya. En la narrativa original, ésa en la que toda Mrs. Robinson debe sufrir y sufrir mucho, Ashton tenía que usarla para escalar posiciones en el mundo del cine y tenía que aprovecharse de su posición económica y, al final, tendría que traicionarla, de preferencia con una de sus hijas. Poco sé, a decir verdad, de los avatares del matrimonio Moore-Kutcher, pero sé que algo así como un proceso de demimoorización ha transformado el sentido original de la canción de Simon y Garnfunkel. Mrs. Robinson no tiene necesariamente que llorar o no, al menos, más que otra cualquier Mrs. No-Robinson. No más que tú o que yo. Ni menos.
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Hacia la segunda mitad del siglo XX, hombres y mujeres de la más diversa índole se dieron a la tarea de revisa críticamente las nociones y las prácticas que constituían las nociones y las relaciones de género. Aunque el feminismo fue siempre más vocal al criticar las definiciones sociales de lo femenino, igual escrutinio, aunque acaso no tan enfático, se llevó a cabo en relación a las definiciones de la masculinidad. Ser hombre o, para decirlo en términos de Simona de Beauvoir, hacerse hombre, dejó de ser un asunto meramente natural y/o auto-evidente para convertirse en un toma y daca denso y punzante, cotidiano, infinitesimal. Estas transformaciones algo tuvieron que ver sin duda con el número creciente de Señoras Robinson y Benjamines en nuestras sociedades. No hemos cambiado, por supuesto, las bases patriarcales del mundo en que vivimos y, por eso, las relaciones intergeneracionales siguen siendo dominadas por la figura del hombre mayor (poderoso) y la mujer joven (bonita). El 40/20 oficial sigue siendo, en efecto, aquel en que el hombre de éxito seduce o consigue los favores eróticos y/o emocionales de una versión benigna de Lolita. Pero aún así, con todo y fundamento patriarcal, las transformaciones laborales (que han incentivado una mayor participación de la fuerza de trabajo femenina, por ejemplo) y las ideológicas (no creo exagerar si digo que la máxima básica del feminismo, aquella que pide igual salario para igual trabajo, forma parte de un imaginario más bien colectivo) han generado un número mayor de Señoras Robinson, digámoslo así, felices y/o plenas mientras que los hombres sensibles de los 90 fueron sustituyendo poco a poco a los confusos y conservadores Benjamines de los 60. El 40/20 es, en definitiva, lo de hoy, pero al revés. Hey, hey, hey.
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Las neo-Robinsons pueden ser tan cínicas como el modelo original, pero no por necesidad o auto-definición son tan oscuras o resignadas como para acallar, que no cambiar, una relación aburrida y des-erotizada. Los neo-Benjamines pueden tener tantas ansiedades acerca del futuro como el original, pero no están destinados interrumpir sus días de no hacer nada alrededor de cualquier alberca metafórica con súbitas sesiones de sexo mandatario o vacío. Las neo-Robinson saben, aún más, que por más reciente que parezca la demimoorización del mundo, su estirpe data de tiempo atrás. De Agatha Christie a Isak Diensen pasando por Edith Piaf o Marguerite Duras, la historia abunda en ejemplos de parejas que responden al formato 40/20 alternativo. Supongo que ambos saben que cualquier relación amorosa cuando es, es un riesgo. Supongo que ambos están al tanto de que el “fueron felices” rara vez es “para siempre” pero que eso no les impedirá explorar las posibilidades prácticas del “de vez en cuando”, “por un tiempo”, o incluso, el “a veces”.

lunes, julio 19, 2010

La batalla futura-Roberto Bolaño (Canal 22)

¿Quién mató al Libertador? (Diario Milenio/Opinión 19/07/10)

Levántate y manda
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La escena es imposible, pero ahí está. Seis soldados envueltos en overoles blancos marchan en dos columnas paralelas, a derecha e izquierda del sarcófago. Atrás aguardan otros, tan graves y solemnes que más parecen miembros de una secta de idólatras en mitad de algún rito tenebroso. Persiste, sin embargo, la voz del narrador que va guiando a los televidentes como un pastor de almas metido a mandatario. ¿O es al revés? ¿Qué fue primero: mesías, profesante o comandante? ¿Hay tanta diferencia entre resucitar al tercer día y al tercer siglo? ¿Qué le dura al más duro de los bolivarianos el afán de tutearse del altar a la tumba con El Libertador?
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“No estás solo, Padre”, teatraliza la voz en el micrófono en cadena nacional, con afán de ventrílocuo metido a médium, y de paso comenta que los soldados hacen su macabro trabajo “con un respeto venerable”. ¿Es decir que los venerados son ellos, o será que habla en un lenguaje inescrutable? Una vez que el sarcófago es abierto, emerge una bandera por encima de la sacra zalea. Y ahí acaba la escena, pues tampoco se trata de transmitir estampas tenebrosas. Desde su mismo tono —rústico, engolado, empalagoso— el mandón narrador invita a la fe ciega, y es posible que justo por eso le preocupe tan poco hacerse verosímil. Si para los escépticos una mentira chafa invita a hacer corajes o zurrarse de risa, para el creyente es un exhorto al fanatismo: entre menos sentido tenga lo que se dice y se hace, mayor será el poder del compromiso con la irrealidad. Se equivoca, por tanto, quien duda si el montaje es simplemente idiota o sus pergeñadores creen idiotas a los televidentes, pues al fin a una fe de ese talante le estorban la razón, la información y todo aquello que la contradiga. ¿Qué más podrían darle al hombre de las botas, una vez encarnado en predicador, la opinión negativa y hasta las risotadas de quienes ni siquiera son sus clientes?
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Chillonas extorsiones
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En sus caricaturas de Hugo Chávez para Tal Cual —el diario dirigido por Teodoro Petkoff, tal vez la oposición mejor plantada del bolivarato—, Roberto Weil acostumbra sustituir su cabeza por una bota dentada; imposible explicar a quien no las ha visto que el parecido resulta asombroso. ¿O a qué más que una bota con dientes de tiburón podría ocurrírsele la inspirada idea de sacar de la tumba los restos centenarios de Simón Bolívar para hacerles una ruidosa necropsia? ¿Quién mejor que esa bota terminante, al mando de una corte de enanos mentales y secuaces genuflexos, conseguiría ser obedecido en la pintoresca ocurrencia de probar que aquel prócer murió envenenado? ¿Y al final quién le dice que no a una suela que muerde?
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“Todos lloramos”, ha declarado luego el de las botas en torno a la sensible exhumación, y uno tal vez prefiere que sea mentira con tal de no tener que imaginar a soldados y oficiales lagrimeando en defensa de su modus vivendi, no fuera a ser que el fiero comandante los pescara con la carota seca delante del beatísimo difunto, y acaso los juzgara ya no tan venerables. Pues si fingir la risa por miedo o servilismo ya es un acto patético, impostar lloriqueos pide a gritos el repelús ajeno y, ay, de paso el propio. Y en lo que toca al chillón mayor, pocos gestos alcanzan el cinismo de un todopoderoso diestro en el plañir. Un chantaje asqueroso, más todavía si viene de quien se ha distinguido cada día por bravucón, al punto de que nadie puede llevar la cuenta de sus amenazas, buena parte cumplidas, a lo largo la infumable oncena que lleva apoltronado en la presidencia. Pero he aquí que la lágrima viva, o su mera mención, produce en los creyentes efectos asombrosos que invalidan cualquier argumento. Es necesaria, aparte, una dosis obscena de ingenuidad para creer posible razonar con un especialista en proferir calumnias y sandeces sin el menor temor al ridículo, y a quien jamás se ha visto sostener un debate congruente. Ya lo dicen las reglas del cuartel: El que manda, manda; y si se equivoca, vuelve a mandar.
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180 años no es nada
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Es, por cierto, en Tal Cual donde hace ya semanas que se ventila el caso de las ciento treinta mil toneladas de alimentos que las autoridades chavistas han dejado pudrir por fallas garrafales en sus sistemas de distribución. De cartón en cartón, Weil deleita a su público lector con ejércitos de moscas gozando de la jauja y alabando al gobierno bienhechor, pues nunca habían estado tan contentas. “¡Tomad y comed!”, exclama el dictador entre una nube de moscas agradecidas, lo cual es más sencillo de imaginar que aquella cantidad astronómica: 130 millones de kilos de comida echados a perder. Desde esa perspectiva, se comprende que el comandante Chávez insista en descubrirle un asesino a Simón Bolívar. ¿Cómo va, pues, a andarse el de las botas con mentirijillas, cuando la situación exige calumnias estelares y por supuesto descabelladas?
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A como están las cosas, no sería difícil que el inspector Chávez encontrara decenas de implicados aún vivos en el sensible homicidio del Libertador. Si ya ha culpado al gobierno de Obama de inducir terremotos en el mundo según su conveniencia, lo de menos sería descubrir que a Bolívar lo asesinó la CIA, o la burguesía. Y como bien sabemos, tampoco le sería complicado hallar burgueses y cachorros del imperio dondequiera que viva un desobediente. ¿Quién fue, entonces, el pérfido matón que envenenó a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco hace poquito menos de 180 años? Quien mande el comandante, no faltaría más. Una palabra suya y saldrán las primeras órdenes de aprehensión.

sábado, julio 17, 2010

Palou explora el abismo de la desilusión amorosa (Yanet Aguilar Sosa-El Universal/Kiosko 17/07/10)

Su novela cuenta la historia de un triángulo sentimental: una amante, un amado que destrozó y un ser que oye y consuela
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UNA VIDA LITERARIA
• Nació en la ciudad de Puebla en 1966.
• Ha escrito en varios géneros literarios, entre ellos, cuento, ensayo, novela y, recientemente, poesía.
• Algunas de sus obras más conocidas son: “Música de adiós”, “Amores enormes”, “Los placeres del dolor”, “La ciudad crítica”, “La casa del silencio”, “En la alcoba de un mundo”, “Paraíso clausurado”, “Con la muerte en los puños”, la trilogía “Muertes históricas” y “Catalogo de las aves”.
• Entre los reconocimientos que ha recibo están el Premio Jorge Ibargüengoitia; Premio René Uribe Ferrer; Premio Nacional de Historia “Francisco Javier Clavijero” y el Premio Xavier Villaurrutia.
• Ha sido chef, editor y árbitro.
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No requirió de nombres para sus personajes, por el contrario, Pedro Ángel Palou quiso que los protagonistas de su nueva novela La profundidad de la piel fueran epítetos: “El pintor del mundo flotante”, “Mi amiga del cuello largo”, “La ciudad enana del país frío”; esas ausencias fueron fundamentales para escribir la que considera su novela de amor y desilusión amorosa, más profunda e intensa.
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El narrador mexicano no tiene duda de que toda la novela “está todo el tiempo diciéndote que el amor es intraducible, incompartible incluso, que la pintura y la música también son intraducibles”. Desde esa certeza construyó su historia como una exploración de dos ópticas totalmente distintas, la de oriente y occidente; la de un hombre que ya vivió de todo, un músico que ha renunciado a la música, aunque la sigue leyendo; y una mujer que se enamoró perdidamente de un pintor japonés que la abandonó.
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“Él es un hombre que no oye música ni en una sala de conciertos ni en la reproducción de un disco; el límite de ese arte es leer las viejas partituras de sus maestros antiguos; mientras ella padece la desilusión amorosa y recurre a él para ser consolada. Quise explorar los dos territorios, el del amante y el amado, y lo quise hacer de la manera más cruel, pero también de la manera más elegante posible”, comenta Pedro Ángel Palou.
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La obra literaria de su vida
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Afirma: “quise escribir una novela elegante, contenida, pura, sin exceso de descripción para que el lector estuviera sujeto a la pura intensidad amorosa de los afectos que se relatan”, suma esta nueva historia a la gran obra literaria de su vida: El libro de la desilusión.
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“Ese es el único libro que yo he estado escribiendo, el de la desilusión política, la desilusión amorosa, la desilusión religiosa, la desilusión de la amistad que puede ser tan dura como el amor. Pero en el caso del amor, este es el libro más maduro”, asegura el narrador que siempre ha tenido una obsesión por la novela de la desilusión amorosa.
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Al mismo tiempo, dice que en las ocasiones anteriores su narrativa exploraba el amor desde su óptica y en ésta hay un ejercicio de qué es el amor para ella y no para el músico quien finalmente está allí para consolar a la que es su gran amor, aunque él la llame Mi amiga del cuello largo. En la historia hay un triángulo amoroso donde hay un amante, un amado que destrozó y un ser que escucha y consuela. “Los mexicanos diríamos que es el momento más ardido del amor”.
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En esta nueva historia del escritor poblano hay una referencia plena a la oralidad oriental, pues la historia se intercala con el cuento La canción del dolor imperecedero, una historia muy vieja de origen chino, pero contada en Japón miles de veces sobre la favorita del Emperador; todo para que el lector se dé cuenta de que el amor es eterno e impersonal.
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“A todos nos va igual, somos el amante, somos el amado, somos el despechado, somos el que quiere amar y no puede, somos un eterno vacío. La exploración amorosa del libro termina demostrando que el otro siempre será el otro”, asegura Palou, quien plantea en la novela la doble terminología entre desear y usar para complacer.
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Sobre la crueldad
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Acepta que desde sus primeros cuentos en Los placeres del amor hay una exploración de la crueldad amorosa, porque el amor es cruel, por eso le gusta y disfrutó mucho la personalidad del músico, pues con todo y su vacío “es un masculino sin las nociones terribles de la masculinidad; es capaz de desposeerse de su masculinidad tal como la entiende Occidente para poder realmente ser amigo de ella. Es capaz de amarla cuando ella ama a otro que es quizás el acto de amor más grande: ‘te sigo amando en la medida en que tú no me amas a mí, amas a otro’”.
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Hay una doble mirada también en lo cultural. Hace varios años que a Palou le interesa Oriente y en especial Japón; es fan de lectura japonesa y un apasionado de su vida y de lo que llaman la occidentalización que ha supuesto para los muy tradicionales un desvirtuamiento de la verdadera esencia de lo japonés.
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La profundidad de la piel se suma al libro de la desilusión, porque para él la desilusión amorosa, como la política o la religión, existe porque así como hay ilusos hay desilusos. “El amor requiere a veces más que la misma política o la religión, una suspensión de tu moralidad, de tu autonomía moral. El verdadero enamorado, así le dure un día o un año la ilusión, tiene que haber suspendido su autonomía moral por lo menos para tener la ilusión, es la desposesión personal, la desidentificación del yo que es necesario para la ilusión amorosa”.
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Las nuevas historias
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En su labor de seguir construyendo el libro de las desilusiones, Palou ya trabaja en una nueva obra sobre la desilusión religiosa. Después de su exitosa novela El dinero del diablo, trabaja en la novela sobre el cristianismo primitivo, en la que trata los primeros 40 años del siglo I.
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“Ese para mí es el momento en que se inventa Occidente, es el momento en que por lógica yo tenía que terminar estudiando después de mis trabajos en novela histórica, novela política, novela amorosa. La siguiente fase tenía que ser el origen mismo de las nociones de poder, de las nociones de trascendencia que se inventan cuando Pablo de Tarso inventa a Cristo”, adelanta el narrador.
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En esa nueva labor todo marcha bien, de los 21 capítulos que la contendrán, Palou escribe el cuarto, el cual representó un trabajo de mucha investigación, pues es un siglo muy lejano y muchas capas que lo han cubierto son las revisiones teológicas de Occidente. “Ha sido un trabajo de desmenuzamiento teológico, he leído tres tradiciones teológicas: catolicismo, judaísmo y protestantismo”.

Fuera de serie (y de foco)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 17/07/10)

Hace ya ocho años que la veo semana a semana –cuando menos mientras está en temporada– y ahora lo único que veo, con tristeza, es que en unas poquísimas semanas ya no la veré nunca más. Lo admito sin pudor: soy un fan de 24, conozco no sólo cada literal minuto de la vida ficticia de Jack Bauer sino que he padecido cada instante con él.
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Bien sé que no faltará quien, ante semejante confesión, me acuse de pro imperialista, de militarista, de derechista, de hiperviolento. Se equivocará en el diagnóstico pero no en reprobarme. Porque, lejos de haber alterado mis convicciones merced a su apología de la tortura y la paranoia xenofóbica, lo que ha hecho con ellas 24 es aplicarles un poderoso anestésico cuyo efecto dura lo que cada capítulo.
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La serie me ha convertido –aun si durante no más de una hora a la semana– en una persona que cultiva con pasivo deliquio una obra cuyos valores se contraponen a buena parte de lo que piensa. Dicho de otro modo, en un idiota moral.
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¿Por qué he permitido con toda conciencia (es un decir) que una serie de televisión me sorba los sesos a lo largo de 192 capítulos? Fácil: porque lo importante de 24 no es lo que dice sino cómo lo dice. Cada una de las temporadas de la serie hubo de ser idéntica a la anterior: un atentado terrorista que se resuelve a media temporada pero que engendra otro(s), unos villanos ostensibles y ostensiblemente extranjeros (siempre rusos, vagamente árabes o vagamente latinoamericanos), otro villano sorpresa, camuflado de bueno pero a fin de cuentas (es decir de temporada) traidor. Las amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos, sin embargo, no serán en 24 más que, para ponerlo en términos hitchcockianos, McGuffins: meros pretextos narrativos cuya función sería detonar una serie de acciones acaso intrínsecamente absurdas pero altamente emocionantes. ¿Y qué las hace emocionantes? La absoluta eficacia de guión, dirección y edición ayudan, desde luego, pero cabe un elemento aun más importante: la premisa que le da nombre y que la conmina a la narración en tiempo real, representación seriada de una jornada frenética que transcurre al ritmo paroxístico de un reloj en permanente tic tac.
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Por eso me enoja a priori el anuncio de que las aventuras de Jack Bauer continuarán pero ya no en la tele sino en las salas de cine, a donde llegará el próximo año una película de dos horas y pico de duración que, sin embargo, pretenderá condensar las proverbiales 24 en tan breve ventana temporal. Doy por descontado que la veré –todo lo que tenga que ver con esa serie me chifla y, por cierto, a mi mujer también– y que incluso en alguna medida la disfrutaré. Ello, sin embargo, no me exime de reprobarla desde ahora, en términos, digamos, de moral artística.
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Antes que una serie sobre inteligencia contraterrorista, 24 es, por definición –y en el título lleva el destino– una cuya premisa supone la narración de una jornada en el tiempo justo que tomaría vivirla. Es, por tanto, un producto intrínsecamente televisivo –no hay película comercial que dure 24 horas– cuya naturaleza se ve pervertida en el instante mismo en que es metida con calzador a la horma ajena que le supone el cine. Y ni siquiera es el suyo un caso aislado (aunque si uno excepcional): de Los Vengadores y Hechizada a Sex and the City 2, el cine ha mostrado no poder hacer suyos productos que nacieron en y para la televisión.
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Pero nadie experimenta en cabeza ajena. Y menos aún Jack Bauer.

miércoles, julio 14, 2010

"Carolina y el DF (o cómo se dio el reencuentro con Pitol)- Parte II"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista”-14/07/10)

A Carolina, porque tus ojos son mi libertad.
A Sergio Pitol, por el honor de considerarme tu amigo.
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Terminado el recorrido por los cuartos, los retratos, las pinturas y los patios que conforman la Casa Azul y una vez adquiridos los recuerdos deseados, era momento para que nuestros pasos abandonaran aquella casa. Ahora había que dejar Coyoacán y acudir a nuestra próxima cita: la librería Rosario Castellanos del FCE, en La Condesa, donde se presentaría “Una biografía Soterrada” de Sergio Pitol (Almadía, 2010). Odisea que una vez más nos invitaba a sumergirnos en las entrañas de esta gran ciudad para movernos en Metro, profundidades de las que nadie quiere formar parte: de Coyoacán a Centro Médico y de este a Patriotismo, pasar en total 7 estaciones. Terminales que al ojo de cualquier transeúnte foráneo ofrecen una diversidad de estampas: desde el que va con cara de pocos amigos, pasando por las parejas que están a punto de usar dicho transporte como un motel móvil.
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Llegado al punto deseado, era cuestión de caminar unas cuantas cuadras y así llegar al segundo motivo de este viaje: el reencuentro con Sergio Pitol, que presentaría su más reciente libro, lo acompañarían Álvaro Enrigue y Juan Villoro. Camino a la librería, vendría la otra sorpresa: Ignacio Padilla sentado en un restaurante cercano a la librería. Nos dimos el abrazo adecuado, también iría a lo de Pitol. Sin nada en el estómago, Carolina y yo decidimos que lo mejor era quedarnos en la librería, faltaba media hora para que el evento iniciara. Estando a las afueras de la librería, nos percatamos que Pitol también iba llegando, hermosa coincidencia, esperamos ahí para poder saludarlo, después de hacerlo entramos a la Rosario Castellanos para descansar y calmar un poco el hambre en la cafetería y ahí estaba sentado Daniel Sada, otro viejo conocido.
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Satisfecha el hambre de Carolina y faltando unos cinco minutos para el inicio del evento, fuimos al lugar destinado para la presentación del libro de Sergio Pitol, casi a la entrada otro viejo amigo aparecía: Jorge Volpi, quien venía acompañado de otra amiga: Paola Tinoco. Entramos al lugar y estaba al tope, por suerte nos percatamos de que existían dos lugares al frente y tomamos plaza. Mejor lugar nunca. El evento empezó a la hora anunciada, Enrigue y Volpi acompañarían a Pitol, Villoro se había quedado atorado en alguna parte de la ciudad, razón por la cual mandó a un representante a leer su texto. Hecha la presentación protocolaria, habló en primer lugar Sergio Pitol para decirnos: “Fui amigo de Carlos Monsiváis más de cincuenta y cinco años. Le dediqué el primer cuento que escribí: “Victorio Ferri cuenta un cuento”. Durante cinco o seis años, Monsi, Pacheco y yo fuimos grandes amigos. Hablamos sin tregua de literatura, vimos cientos de películas en un cine club, también al teatro, exposiciones, conciertos y a marchas en la calle. La última parte de éste libro…hay una conversación entre Carlos y yo, que muestra la complicidad y donde se advierte que fui un discípulo en los campos de las letras, la moral y la política. Este es mi último libro y el final de mi obra”. Palabras que conmovieron a todos los que estábamos ahí presentes: uno de los mejores escritores estaba anunciado su retiro. Todos aplaudimos de pie, casi por cinco minutos, quizá más… Sergio se puso de pie para aplaudirnos y desde su distancia, nunca tan cercana, brindarnos un abrazo que venía acompañado de una mirada triste, conmovida y apunto del llanto. Y sí, quizá en el fondo, todos los que fuimos a dicho evento sabíamos que ese era el verdadero motivo de querer estar ahí. Porque ahí estaban Mario Bellatin, Margo Glantz, Anamari Gomís, José de la Colina, Javier Aranda Luna, Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Daniel Sada y otros allegados a Sergio Pitol. Todos amigos, pero sobre todo lectores de Sergio Pitol. Luego vinieron los discursos de Enrigue, Volpi y Villoro, todos ellos conmemorativos, precisos y antologadores. Textos que en su contenido agradecían su obra, su amistad y su existencia; palabras que le pedían no cumplir sus palabras, porque nunca se está preparado para las despedidas. Pero Sergio, como un padre literario, como un amigo de sus lectores, ha optado por prepararnos, dejando en nuestras manos un bello libro.
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Al término de la presentación, vino el coktail y la firma de libros, donde Pitol con suma paciencia y cariño atendió a cada uno de sus lectores.
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Y la pregunta es: ¿Qué espera la BUAP para otorgarle el Honoris Causa a Sergio Pitol?, porque aunque a Pitol no le hace falta, a la BUAP sí y a Puebla también, pues a pesar de que él se dice más habitante de Xalapa que de Puebla, el nació aquí y seguimos en deuda con él.

martes, julio 13, 2010

La vida privada (Diario Milenio/Opinión 13/07/10)

El verano parece invierno allá afuera (y los rayos y truenos de la tormenta matutina así lo confirman). Los que parecen lejos están cerca y viceversa. Todo, a veces, tiene cara de contradicción. Lo mismo pasa con la así llamada vida privada. Me despierto pensando en eso, en la vida privada, en el secreto que se supone ubicado en el centro mismo de su propia definición. Ciertos altos muros alrededor de su médula. Ahí, en lo privado reina el espacio que, como la boa, se muerde la cola. Broche que cierra. Eslabón. En el otro extremo, por supuesto, queda el exhibicionismo de la vida pública. La revelación. Los pudorosos y los discretos, se dice, guardan silencio y conservan las formas. Sólo los extrovertidos y los sinvergüenza lavan la ropa sucia fuera de casa. La vida privada, esto también se cree, ocurre detrás de las puertas. Si es que existe un detrás, si es que las puertas se cierran. Hay algo tan terso en la dicotomía que coloca en sitios tan simétricamente opuestos al secreto y lo privado vis a vis la revelación y lo público que no puedo evitar entrar en sospechas. Ya se quejaba Paul Virilio (y en eso se ha parecido, válgame dios, a Simon y Garfunkel) contra aquellos que, con tintes autoritarios, han condenado el silencio al silencio, presumiendo, claro está, que el silencio de hecho va preñado de voces. Y qué, me pregunto yo haciéndome eco de esa queja, ¿no se hicieron las puertas con el sólo fin de escuchar algo a través de las puertas?
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La Declaración de los Derechos Humanos la protege: “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su correspondencia, ni de ataques a su honra o su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”. George Duby le ha dedicado al menos cinco volúmenes de candente observación, esto en Europa desde el imperio romano hasta, al menos eso reza el último título, nuestros días. La historia de la vida cotidiana, con un especial énfasis en la esfera de lo privado, también ha dado como resultado sendas colecciones de historia en México (pienso, sobre todo, en los volúmenes dirigidos por Pilar Gonzalbo que van desde la era mesoamericana hasta el siglo XX). Con todo y eso, y acaso sólo debido a la tormenta que ya hace rato se fue, me levanté con la sospecha, que es de suyo terrible y de suyo escabrosa, de que la Vida Privada, así con mayúsculas aunque en voz muy baja, terminó en 1844, el año en que Edgar Allan Poe escribió The Purloined Letter, aquel cuento en que el prefecto de París pide ayuda al detective Auguste Dupin para encontrar una carta robada. El detective Auguste Dupin descubre que la carta que se suponía robada no había sido sustraída sino que se encontraba ahí, expuesta a la mirada ajena, abierta. Se expone para ocultarse mejor, la carta. Eso, que es lo que parece estar diciendo Poe en una historia intrincada y amena, tal vez es lo mismo que nos vienen a ensañar las redes sociales, en especial el twitter. Entre más expuesta (la carta o la vida privada), más inaccesible.
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En el cuento de Poe, las autoridades saben quién robó la carta (un ministro con ojos de lince) y, en general, el lugar donde el objeto puede encontrarse (la casa del ministro). Sin embargo, después de una búsqueda minuciosa, acaso exhaustiva, los policías no pueden dar con ella. Dupin, quien está al tanto de que el ladrón es, además de ministro, poeta y matemático, llega a la conclusión que la carta no está escondida, cuando menos no de la forma convencional. Dupin la rastrea en un lugar distinto: no en la profundidad de los escondites extraordinarios, sino en la superficie. Y ahí es, precisamente, donde la encuentra. A la vista de todos. La carta arrugada y puesta de revés parece otra, pero es la misma.
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Unos cien años más tarde, Jaques Lacan analizó este relato en su famoso seminario de los miércoles, curiosamente en la misma ciudad donde Poe situó su relato original. La lettre volée. Al psicoanalista le preocupaba, entre otras cosas, promover el siguiente principio: “que en el lenguaje, nuestro mensaje nos viene del Otro y, para anunciarlo hasta el final: bajo una forma invertida”. También se planteaba desde ahí la siguiente pregunta: “si el hombre se redujera a no ser más que el lugar de retorno de nuestro discurso, ¿no nos regresaría la pregunta de para qué dirigírselo?”. Tal vez. Es muy posible que al psicoanalista, en realidad, le interesaran muchas más cosas pero, tal como él mismo lo afirmó a menudo, la verdad sólo puede ser enunciada a medias. En todo caso, no sugería Lacan dejar cosas a la vista para esconderlas mejor, sino llamar la atención sobre el hecho básico de que nada “por muy lejos que venga una mano a hundirlo en las entrañas del mundo, puede estar escondido en él, puesto que otra mano puede alcanzarlo allí”. El misterio es simple y raro al mismo tiempo, tal como lo había enunciado Poe.
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Hacia el final de la primera parte del seminario, después de verse confirmado en el rodeo por el objeto mismo que lo lleva a él, Lacan sentenciaba que una carta siempre llega a su destino o, en otras palabras, que el lenguaje entrega su sentencia a quien sabe escucharlo. Edgar Allan Poe y Jaques Lacan parecen haber compartido cierta fascinación por aquello que se esconde a la vista de todos, eso al menos parece quedarme claro.
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Hay un juego interesante en twitter que los usuarios habituales saben jugar bien. Como es sabido, es posible responder a un mensaje en particular usando la arroba para identificar claramente tanto a quien emite como a quien recibe y, en su caso, contesta el mensaje. La aparición de la arroba constituye, luego entonces, una clara indicación de que una intercambio “privado” está tomando lugar a la vista de todos en esa plaza pública que es el Time Line. La invención de la arroba invisible, una treta que algunos atribuyen a @assiain y otros con años de trayectoria en twitter asocian al mismo origen de los tiempos digitales, permite, sin embargo, sostener un diálogo “privado” frente a las miradas no advertidas de los que, sin duda alguna, miran. El mensaje se emite y, oculto de sí, después de atravesar el campo minado de las miradas, logra entregar su sentencia al receptor que sabe leerlo. Que este proceso ocurra y, aún más, que tenga que ocurrir frente a los ojos de todos para pode ocultarse, me obliga a considerar con cuidado el concepto mismo de lo privado en estos tiempos en que la intimidad se dirige se produce y se dirige de afuera hacia fuera. Estas mañanas de extimidad.

lunes, julio 12, 2010

La piedad cochambrosa (Diario Milenio/Opinión 12/07/10)

Asesinos de bien

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La historia es recurrente, y encima redundante. Tras un juicio tan turbio y obtuso como el cerebro de jueces y fiscales, una mujer es condenada a muerte por lapidación, y quienes la defienden logran que el caso tenga ecos planetarios. Cada vez que esto pasa, se hace preciso que leamos o escuchemos de nuevo datos escalofriantes como el tamaño justo de las piedras para que la agonía se prolongue, o hasta dónde se debe enterrar al condenado antes de proceder con la primera piedra. No son informaciones raras, ni secretas. Las reglas a aplicar en caso de lapidación están contenidas, por ejemplo, en el código penal iraní. No hay más que consultarlo para enterarse de los pormenores de una crueldad extrema y enfermiza —tortura hasta la muerte— hoy día perfectamente institucionalizada y no menos legal que aquellos ahorcamientos perpetrados en plena vía pública, con la ayuda de grúas que alzan al condenado diez metros por encima de los transeúntes.

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Ahora bien, las pedradas son en petit comité, toda vez que las dosis de sevicia requeridas pecan de incompatibles con la escena callejera, donde no todo el mundo comulga con los tenebrosos tirapiedras, entre los que se cuenta el juez de cada caso. Si, por ejemplo, el adulterio se sostiene en la confesión del acusado, al juez le corresponde disparar el primer proyectil, según reporta Ángeles Espinosa, desde Teherán para El País: una encomienda temeraria de origen cuya protagonista se llama Shakine Mohammadí Ahstiani.

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A la señora Ashtiani, de 46 años, se le acusó primero de relación ilícita con quien se cree que mató a su marido, por lo cual recibió la friolera de 99 latigazos. Otra instancia, no obstante, dio por hecho que el muerto aún estaba vivo cuando la relación inició, y así calificaba como adulterio. Sin testigos ni pruebas, sostenido en apenas una confesión de la que la acusada se retractó, el juez la ha condenado a la lapidación que, según dice la ley, deberá iniciar él a mano limpia, acompañado de cuando menos dos verdugos más. Los tres (o cuatro, o seis, o diez) tirando piedras contra una mujer enterrada en el suelo hasta arriba de los senos, no vaya a ser que los santos varones se expongan a visiones impuras, e incluso se calienten mientras terminan de martirizar y asesinar a la sentenciada. Un trabajo cansado y comprometido, que amén de puntería y paciencia exige grandes dosis de saña rencorosa. ¿Cómo, si no, quienes se dicen hombres de bien pueden ir adelante con la masacre de quien llora, grita, se desangra y suplica piedad? Pues he ahí la coartada, son Hombres de Bien, tanto así que su fanatismo intransigente se toma por virtud de referencia. Son tan puros, tan buenos y tan incorruptibles que pueden apedrear en pandilla y hasta la muerte a una mujer inmóvil sin arriesgar su honorabilidad.

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Los piadosos atroces

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Se absuelve uno bien fácil, nada más compararse con aquellos jueces habilitados como ejecutores. ¿O no es acaso de mala conciencia que todo esto se trata? Si, como es de esperarse, la opinión pública internacional consigue que a la condenada le conmuten la pena, es de creerse que el resto de los sentenciados al mismo castigo reciban sus pedradas sin mayores sobresaltos, ya que, como se afirma, la señora Ahstiani es inocente y en ello la respaldan sus dos hijos. ¿Es la única inocente que espera ejecución? ¿Y si fuera culpable? ¿Sería menos atroz la sentencia? En realidad, los jueces iraníes mandan matar a cientos de infelices por año, no pocas veces presos de conciencia, sin que nadie en el resto del mundo se entere ni por tanto salte de indignación. Recientemente, crece entre los condenados el número de adversarios políticos de un régimen impuesto por maleantes racistas y fanáticos, capaces de acusar a quien sea de lo que sea. Antes que importunar el curso de tamaña enfermedad, parece preferible atosigar al síntoma. Que no se diga que a las buenas conciencias la atrocidad ajena nos viene guanga.

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Al tiempo que el asunto de las piedras ganaba una vez más espacios en los medios del mundo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos llevaba sus conciencias a la lavandería universal mediante una curiosa apelación, que detuvo la extradición en curso —de Bélgica a los Estados Unidos— del clérigo Abú Hamza, reputado como secuestrador, terrorista y fundador de un campo de entrenamiento de Al Qaeda en Oregon, porque hay el riesgo de que reciba cadena perpetua, y ello podría ser un castigo inhumano. Puritano extremista y adúltero probado, Hamza se ha distinguido por esparcir el odio e incitar al asesinato en su prédicas, pero hay quienes opinan que unos poquitos años de estar guardado le harán reflexionar y volverá a las calles a predicar amor y concordia. Y si así no lo hiciere, sus valedores del Tribunal no deben de encontrar mayor peligro en que quien tiene el rango de imán continúe esparciendo entre sus feligreses el rencor y la saña propios de un juez convertido en verdugo.

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Conciencias fotogénicas

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Cuesta menos trabajo entender a un verdugo ignorante, fanático y despiadado, que a un tribunal piadoso con los matones. No es de dudar que al cabo resulte más dañino éste que aquél. Echemos, si no, cuentas de conciencia: mientras el despiadado está claro, pedrada tras pedrada, de que hace un gran servicio a la sociedad, el piadoso tiene mala conciencia, y antes que nada le urge sacarle brillo: juzga para no ser después juzgado, y ya sabe que de este lado del mundo la imagen de piadoso añade fotogenia. Finalmente, nadie puede medir el daño que ocasiona la piedad para con los discípulos del odio. Y en cambio sí podemos calcular lo que puede sufrir un orgulloso asesino múltiple recluido en una celda de máxima seguridad. ¡Cosita, pues, qué triste! Hay que ayudar a esos pobres muchachos, ¿cierto? Mostrarles el camino, enseñarles la senda de la tolerancia. Que no tiren pedradas, por ejemplo. Que no fabriquen bombas. Que cualquier día de estos terminen de aprender que los infieles somos retetiernos.

miércoles, julio 07, 2010

Evelyn Evelyn-Pedro Ángel Palou (revistas Poder y negocios 06/07/10)

Es la primera vez que este Knock Out se dedica, en exclusiva, a la recomendación de un disco. Me encuentro deslumbrado con el proyecto musical y narrativo de Evelyn Evelyn, el primer disco de dos hermanas siamesas, Eve and Lyn, quienes obviamente tienen dos cabezas pero comparten el cuerpo, sus tres piernas, un solo hígado, dos corazones, tres pulmones. Las hermanas siamesas, quienes tocan el ukelele, han conseguido que una de las mentes más interesantes en el mundo musical y del cabaret (Amanda Palmer, la productora de The Dresden Dolls) las apreciara por su talento musical y haya decidido hacer ese CD que es muchas cosas a la vez: una recopilación de canciones, una ópera-cabaret, una pequeña novela gráfica incluida y un producto de gran calidad musical profundamente conmovedor.
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Las hermanas Lyn and Eve nacieron en 1985 en una granja de Kansas, Colorado (una canción narrativa del disco, Los trágicos eventos de septiembre, cuenta su nacimiento y la muerte de su madre en el parto, así como la locura instantánea del padre que se suicida) y fueron ‘vendidas’ al circo Dillard & Fullerton’s Illusive Traveling Show con el que viajaron por Estados Unidos adquiriendo su propia voz como cantantes, inspiradas en Gun’s & Roses, Joy Division, The Andrew Sisters.
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Hay algo noir en todo el disco, pero también una atmósfera cómica que hace leve la historia e interesante por completo el proyecto mismo y su feliz alternancia de la experiencia personal del freak-show al abuso sexual a la descripción de la psicología de dos hermanas siamesas: “Crecimos más juntas que nadie, hemos usado la misma ropa, somos no Eve y Lyn, sino Evelyn”. De hecho, una de las canciones es un diálogo entre ambas en las que cada una llama a la otra por el nombre completo: Evelyn. Porque ésa es la otra cuestión central del disco, la pregunta –profunda y leve, cuando tiene que serlo– sobre la identidad. ¿Son dos o una? ¿Es el cuerpo la identidad? ¿O el cuerpo y el cerebro? Lo curioso del caso es que viven las mismas experiencias –están condenadas a no poder separarse– y, sin embargo, sus conciencias son las de dos personas distintas. La voz, tan completamente diferente entre una y otra hace más fuerte aún la metáfora. Porque no se nos olvide que en un CD tenemos de ellas sólo eso, una voz. O, mejor: dos voces.
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La tragedia de las niñas sigue. El sheriff se las lleva, huérfanas, a un orfanato pero choca contra un camión de gallinas cuyo conductor, muerto el alguacil, se las lleva a su granja, donde viven parte de su infancia, hasta que, como ya lo dije, las vende para convertirlas en fraks. Se las llevan, curiosamente, en una serie de cajuelas hasta una productora de videos para gustos extraños. Una mujer, allí, las ‘bautiza’ como Eve and Lyn mientras les toman fotos desnudas, con disfraces. Y las presentan con sus ‘tíos’, uno tras otro. Esos hombres viajan hasta allí, impulsados por las fotos o los videos para poseerlas. Una mujer, Sandie, se las lleva por tres años, hasta que desaparece y las hacen regresar. Allí son abusadas hasta que cumplen 11 años, y un hombre que habla español se las lleva al circo donde iniciarán su carrera pública con otros especímenes –humanos y animales– de lo grotesco y lo extraño. Varios de los payasos, por cierto, han sido sus tíos en los horribles días pasados. En el circo encuentran sus mascotas: unos elefantes siameses que tampoco pueden separarse (allí las llama Bimba y Kimba, otra identidad).
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A los 16 años de las gemelas sus hermosas mascotas, Elephant & Elephant mueren, las dejan solas, emocionalmente devastadas, sin querer tocar el ukelele y cayéndose una y otra vez en su acto, para ellas imposible, de subir a una enorme pelota roja. En una de esas giras hay dos grupos de protestantes que representan, por un lado a una secta de cristianos fundamentalistas Split, que busca separar a los gemelos siameses donde los encuentren porque tendrán un papel preponderante en la nueva venida de Cristo. Otro de los grupos busca que, en cambio, no se les separe. En Sacramento, California, las niñas son casi raptadas por uno de los bandos. Entonces ellas escapan en la noche y piden aventón.
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Hasta aquí parece que la biografía doble de Eve and Lyn es producto de la imaginación de un narrador macabro. Y sin embargo, todo lo que he dicho hasta aquí es real, absolutamente real y doloroso. Me he comunicado con las gemelas y han aceptado una larga entrevista-reportaje sobre sus casos (¿o su caso?).
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En otro de los fragmentos narrativos Evelyn le cuenta a Evelyn que ha tenido una gran pesadilla. En ella Evelyn –¿cuál?–, ha soñado que está en una calle desierta y Evelyn –¿cuál?– ya no está. Es sólo un sueño. Nunca estarán separadas. Consiguen trabajo en un motel y allí componen sus canciones y perfeccionan el ukelele. En internet descubren una red social y a escondidas, en las noches, en la recepción del motel crean su perfil musical. Suben sus canciones con la esperanza de tener muchos amigos. Es internet su puerta a la libertad, después de tantos años de aquí para allá, esclavizadas no tanto por su condición física sino por la interpretación que las buenas gentes dan de su condición. Es la otra gran lección ética del disco: somos nosotros los fenómenos, somos nosotros los que convertimos en curiosidad una diferencia. Nosotros somos los monstruos al crearlos de la nada de nuestro inconsciente, de nuestras peores pesadillas. Evelyn Evelyn son –una y dos– personas, conciencias, a quienes una condición física las ha juntado por siempre. Hasta allí lo biológico. Todo lo demás que les ha ocurrido es en realidad parte de nuestra barbarie disfrazada de civilización. Somos nosotros la abominación.
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Si MySpace es lo que les permite darse a conocer y, finalmente, lograr que Amanda Palmer las conozca y produzca este hermosísimo disco (junto con Jason Webley, un gran músico de Seattle), es porque han “buscado la vida en un café internet”. La metáfora es impresionante: la penúltima canción dice: “Sólo quiero Myespacio”.
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La canción final, por ello la más trágica, es un cover: Only love will tear us apart. En su letra está el sino: sólo el amor (¿o podrán las dos amar a un mismo?) las rasgará aparte como una indivisible hoja de papel que es hecha trizas.
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Uno no puede sino llorar al final de este memorable CD, uno de los más profundos y hermosos que he escuchado en mi vida.

"Carolina y el DF- Parte I"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista”-07/07/10)

A Carolina, por ser la Kurá de mi mundo.
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Caminar por otra ciudad que no es la natal, andar como si nada, con singular familiaridad. Dominar al monstruo. Enfrentarlo. Siempre al lado Carolina –la de serenos ojos y palabras de bisturí-, que me entrega su confianza y se anima a caminar por esa gran ciudad: el Distrito Federal, por todos temida, aborrecida e indeseada. Mientras que para mí, es la ciudad anhelada y perfecta. Prefiero el anonimato citadino que otorga la región más transparente del aire a la hipocresía citadina y acomodaticia de la levítica ciudad de los ángeles y el Chelis.
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Recorrer el Distrito Federal es transitar por dos ciudades al mismo tiempo, la exterior: aquella que vemos a diario y dejamos de admirar, porque no se tiene tiempo para la contemplación, sin embargo esa ciudad tan despreciada por la vista, es la que siempre aloja los pasos, los sueños, las horas de trabajo, las horas de comida y las horas de ocio de cada uno de los habitantes; y la subterránea: aquella en la que cada caminante suele refugiarse para evitar la pesadez del mundo que arriba continua a otro ritmo, abajo se anda con prisa, porque así como se entra, se quiere salir. Quizá por saber que ese acto es un preludio de nuestro final: permanecer bajo tierra.
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El viaje emprendido a esta ciudad tenía muchos motivos intrínsecos: culturales, literarios, sentimentales, familiares y motivacionales. Necesitaba respirar un poco de libertad; cimentar mi relación con Carolina y condimentarla con experiencias únicas y nuevas; reencontrarme con la escritura que hace rato me tiene abandonado; vitaminarme con la ansiedad de una ciudad enorme, para poder tolerar la tranquilidad y aburrimiento de otra como lo es Puebla; hacer a un lado el apellido Pérez que se ha vuelto asfixiante y decepcionante, para respirar el Godínez, que con todo y sus desavenencias, sigue siendo la mejor opción para recuperar la vida, entre otras cosas.
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La primera parada destacada que realicé con Carolina fue en la Casa Azul de Frida Kahlo. Un lugar hermoso e impresionante. Observar algunas de sus obras, los lugares donde dormían, comían y desde luego, pintaban. Contemplar la silla de ruedas, sus pínceles, sus libros y demás pertenencias lograban que uno se imaginara cómo fue su vida, sus alegrías, sus tormentos, sus dolores y entonces, sí, sentir con mayor profundidad cada una de las pinturas creadas por Frida. Pinturas que se encarnaban y me enfriaban. Pinturas que me eran descritas por mi Carolina, que de un momento a otro lloraba de emoción, porque estaba ahí, el lugar, la estancia de Frida Kahlo, donde su pintora admirada había vivido, sentido y creado. Yo también quería estar ahí y no hubo mejor ocasión, ni mejor compañía que la de mi Carolina. Frida nunca vio al sufrimiento como algo indeseable, sino como parte de la vida, quizá indispensable. Frida no sería lo que hoy es, sin esa visión que le otorgó la pérdida de su pierna.
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¿Cuántos no andamos por la vida mutilados? Muchos, empero son pocos, por no decir escasos los que han podido hacer de esa mutilación un motivo para la creación, sin convertir al arte en un panfleto sentimentalista. Y ¿cuántos hemos sido capaces de plasmar con tal exactitud el dolor humano? Casi ninguno y probablemente la única persona se llama Frida Kahlo.

martes, julio 06, 2010

Ponchito en Canal 22 - Parte 9

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