
La semana pasada, uno de
los candidatos a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, visitó el
campus de una prestigiosa universidad privada y jesuita en México: la
Universidad Iberoamericana. Como lo atestiguan numerosas grabaciones en
YouTube, y como lo han enfatizado tanto los que aplauden como los que condenan
la acción, el encuentro entre estudiantes y candidato fue ríspido y dramático.
Tanto la bienvenida como la despedida estuvieron signadas por las consignas
enunciadas a coro, el abucheo espontáneo, los brazos alzados. Nada menos, pero
tampoco nada más. En un país en que una guerra absurda e ilegítima ha desatado
una violencia atroz que, según comentan analistas internacionales, ha alcanzado
ya los niveles catastróficos, esta expresión de disenso solo puede ser
calificada como civil. Vivimos, después de todo, en un país que nos ha
acostumbrado a despertar con noticias atroces —49 cadáveres sin cabezas ni
manos aparecieron ayer mismo en Cadereyta, para mencionar solo el hecho más
reciente.
Para los que
estamos acostumbrados al cariz crítico de los ámbitos universitarios,
especialmente aquellos que pretendemos contribuir a la formación de un
pensamiento y una acción críticas tanto dentro de nuestros salones de clase
como en las relaciones que se establecen entre la universidad y la comunidad
que le da sentido, las expresiones de desacuerdo acontecidas en el campus Santa
Fe de la Universidad Iberoamericana son poco más que parte consuetudinaria de
la energía estudiantil. Solo aquellos acostumbrados a jerarquías inamovibles y
a estructuras rígidas de poder, o a los que viven en una torre de marfil,
pueden en verdad sorprenderse ante la existencia de este tipo de
manifestaciones. En las condiciones extremas en que se desarrolla la vida
social del país, lo extraño no es que ocurran, sino que no ocurran más seguido.
Más importante
que los gritos y las consignas que se corearon en los espacios públicos del
campus universitario fueron, sin duda, el silencio y el respeto que campearon
durante el desarrollo del evento dentro del auditorio de la institución de
educación superior. El candidato del partido que gobernó a México durante
aproximadamente 70 años del siglo XX tuvo la oportunidad de exponer sus puntos
en un discurso solo de vez en cuando interrumpido, y eso más por aquéllos que
gritaban en su apoyo que en su contra. Es de llamar la atención que, como puede
comprobarse en la grabación que la universidad misma puso a disposición del
público a través de su cuenta en Twitter, la sesión de preguntas y respuestas
transcurrió de una manera organizada y dinámica, en un ambiente donde
prevaleció el silencio sobre el grito.
Tanto los alumnos
que pasaban al frente del auditorio para plantear preguntas como aquéllos que
las hacían por teléfono desde filiales en Guadalajara y en Coahuila, se
identificaban con sus nombres completos, brindando también información sobre su
carrera y el semestre que cursaban. Todos saludaron al candidato, algunos
usando el respetuoso usted e, incluso, el muy respetuoso “don”. Cualquier
persona que haya sido profesor debió haber notado que no pocos de los
estudiantes que se dirigieron al micrófono para plantear sus preguntas hicieron
referencia directa a información obtenida o discutida en sus clases en el
momento de contextualizar o, en su caso, explicar detalladamente, el contenido
de sus preguntas (por ejemplo, cuando uno de ellos tuvo que regresar al
micrófono para dar una definición de la palabra anomia, que el candidato no
entendió).
Contra
estereotipos que presentan a los estudiantes, y a los jóvenes en general, como
criaturas sin memoria, o sin preocupación alguna por la memoria ya sea
individual o social, los estudiantes de la Ibero plantearon preguntas surgidas
desde el territorio tenso y crítico de una memoria colectiva y reciente. Se
acordaron, por ejemplo, de la intervención del candidato en la Feria del Libro
de Guadalajara, y citaron su elección de la Biblia como uno de sus libros de
cabecera. Se acordaron, y citaron, las cifras de los femenicidios en el Estado
de México. Se acordaron, y por eso pidieron una explicación, de las violaciones
a los derechos humanos que acompañaron a la represión ocurrida en San Salvador
Atenco en el 2006, cuando Peña Nieto era gobernador del Estado de México.
Pero a los
alumnos de la Ibero no
solo les importaba la memoria reciente, sino también, acaso sobre todo, la
memoria futura. Armados de artefactos tecnológicos propios de su condición
privilegiada, los estudiantes no dejaron de grabar el evento de principio a fin
y desde tantos puntos de vista como fueron posibles. Tal vez ellos no vivieron
en carne propia las manipulaciones mediáticas del PRI en el pasado, pero en
tanto parte de una posmemoria colectiva, se prepararon para defender su versión
de los hechos.
Yo no sé qué
tanta influencia tengan los hechos de la Ibero en la elección que celebraremos en poco tiempo.
La historia de México nos ha enseñado una y otra vez, sin embargo, que cuando
el malestar colectivo alcanza a los sectores medios, especialmente a los hijos
de las clases medidas, se han registrado cambios cualitativos en el sentir
social respecto al poder existente, y la legitimidad de ese poder. Mientras
tanto, qué orgullosos deben sentirse los profesores de esos estudiantes que
hacen preguntas relevantes y disienten sin caer en la violencia ni la
confrontación gratuita. Yo, en todo caso, lo estaría.