lunes, febrero 08, 2010

Lisboa en las entrañas (Diario Milenio/Opinión 08/02/10)

Encuentro y extravío
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Hay historias que crean compromisos extraños con el destino. ¿O será que en principio despiertan tentaciones que al cabo de unos cuantos sueños exagerados se transforman en compromisos íntimos? Uno asiste a la historia cuando ésta aún es ficción y de la nada se hace la propuesta de convertirla en realidad. “Tengo que estar un día en ese lugar”, nos decimos, pues de repente hallamos que nuestra vida no estará completa si incumplimos con ese compromiso, al que tal vez los otros llamarán arrebato, locura, capricho. Pues de cualquier manera no es posible explicarlo, y para el caso ni necesidad hay. No pretendo aquí hablar de nada que considere explicable, y hasta me refocilo en la certidumbre de que entre más oscuro parezca, más claro será al fin.
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La historia era muy simple: un marinero, de nombre Paul, descendía del barco que recién habíase detenido en Lisboa, y caía hechizado por la ciudad. Recién llegado a una suerte de bar con servicio de hostal, advertía a la cantinera, de nombre Rosa, que el reloj sobre la pared tenía descompuesto el segundero, mismo que iba en sentido contrario al de las manecillas convencionales. Pero la cantinera, que cumplía también con las funciones de camarera, replicaba que no era el reloj, sino el mundo el que caminaba al revés. A partir de ese punto, el marinero entraba en un ritmo distinto que le invitaba a dejar todo atrás, el barco incluido, y darse a un extravío lusitano cuyos tintes desvergonzadamente poéticos no permitían al espectador más salida que caer en un estado idéntico de asombro y seducción, donde el mundo objetivo se disolvía a la par de todo imperativo de congruencia mental. La idea era extraviarse, disolverse, ya no tanto en los desvaríos del protagonista, como en la magia propia de la ciudad. Luego de ver tres veces la película —En la ciudad blanca, de Alain Tanner, con Bruno Ganz y Teresa Madruga— entendí que algún día, cualquier día, tendría que hacer lo propio, y que entonces Lisboa me estaría esperando.
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Sospecha de omnipresencia
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Ayer mismo en la noche compré la película. Fue un consuelo feliz para piernas y pies, que ya no daban más después de tantas horas de probar un extravío de suyo inexplicable, tal como la hermosura del entorno. No por cierto la clase de belleza que se espera de una ciudad con virtudes turísticas intrínsecas, sino un hechizo extraño que va ganando hondura conforme el tiempo pasa y uno va descubriendo que aquí las horas tienen otra consistencia. Otro tiempo, otra luz, otros colores. Si uno entra por el puente Vasco da Gama, distinguirá a lo lejos nada más que un intenso resplandor nacarado, que luego palmo a palmo va ganando texturas y tonalidades. Lisboa es, en efecto, una ciudad blanca, aún con sus incontables tejados rojizos y hasta esos muros pardos y cochambrosos que la dotan de algún encanto oscuro y de pronto entrañable: un lugar que se va metiendo entre las vísceras sin que termine uno de enterarse. Si los relojes no marchan al revés, es seguro que lo hacen a su aire. La clase de ciudad donde daría vergüenza la premura.
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Hace ya cinco días que camino incansablemente por esta ciudad blanca, sin rumbo casi siempre, al garete entre meandros, callejones, escalinatas y pasadizos, intuyendo no obstante que de cualquier manera arribaré a un destino preferible. ¿Qué tendría de extraño que luego de elegir casi por norma las travesías torcidas y enrevesadas termine uno por desconfiar de los caminos rectos? Cada día que parto cuesta abajo por la Avenida da Liberdade —toda ella imponente, derecha y majestuosa— las calles aledañas insisten en hacerme guiños irresistibles. Y después, cuando al fin suba o baje por alguna de esas banquetas sembradas de adoquines blanquecinos, nuevas invitaciones irán surgiendo a diestra y siniestra, cual si el propósito de toda la ciudad fuese hacer del camino ya un destino. Conforme los días pasan y el hechizo se hace de autoridad, los rincones se van haciendo familiares, no así el mapa de una ciudad esquiva que se resiste a ser cartografiada. Se llega a cada sitio por una suerte de azar objetivo que rara vez defrauda al caminante; se está así en todas partes y en ninguna.
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En el revés del mundo
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Apenas se concibe que en calles tan estrechas quepa siempre un tranvía, y hasta dos. A veces, cuando ya las piernas no dan más, viajar abordo de uno es como hacer verdad las fantasías de un niño en un parque temático, entre parques y plazas que brotan todo el tiempo de entre los recovecos imperantes. Son tranvías angostos y pequeños, donde no cabe más que una treintena de pasajeros, si bien muy rara vez se ve alguno con prisa. Si en casi todo el resto de Europa se vive con un ojo en el reloj, el tiempo de Lisboa suele ser generoso como pocos. A menos que uno salga del centro hasta el sitio de la Expo 98 —la Lisboa ultramoderna del distante Parque das Nações: una majadería deslumbrante para quien ya se mira repleto de saudade—, hace falta una dosis extrema de imaginación para asumir que estamos en el siglo XXI.
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Camino entre las callejuelas del Bairro Alto, entre cafés pringosos, bardas pintarrajeadas, barecillos bohemios y ropa tendida, con la intención difusa de llegar al café de la zona del Chiado entre cuyas mesas está la figura de bronce Fernando Pessoa, sentado al lado de una silla vacía. No sabría explicar muy bien por qué aún traigo impresa esta sonrisa de bembo feliz, ni me preocupa que al final desemboque en cualquier otra parte, pues de cualquier manera mi sentido de orientación me pide que lo ignore a como dé lugar. Diría incluso que el solo hecho de llegar adonde quiero ir será a su modo una pequeña decepción, y ello entre otras cosas me conduce a concluir que sí, es muy posible que el resto del mundo vaya al revés, y adelante sea atrás y atrás adelante, que la izquierda sea zurda y el mañana el ayer, y al cabo el desvarío resulte entonces la última certeza. Pues mi única certeza en estos momentos es que al fin he cumplido con la cita y todo, por supuesto, era verdad.

sábado, febrero 06, 2010

ENTREVISTA: LIBROS - Entrevista JAIME BAYLY (Babelia/El País 06/02/10)

"Lima siempre me está vomitando personajes desdichados"
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Entre el periodismo y la literatura, Jaime Bayly publica El cojo y el loco, la historia de dos personajes marcados por el desamor, un delirio de violencia y un humor esperpéntico
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Jaime Bayly (Lima, 1965) vive entre los hoteles y los aeropuertos. Todos los fines de semana vuela de Bogotá a Lima, donde presenta El francotirador, un programa de entrevistas, por el que pasan señoras que viven de enseñar las piernas, roqueros o políticos. "Grabo el domingo, veo a mis hijas y me gano un dinerillo", cuenta el escritor en conversación telefónica. Se ha acostumbrado a esa rutina viajera. Lo ha hecho durante años. "Escribo mucho en los aeropuertos, cuando hay un vuelo demorado, y trabajo en los aviones, lo que parecería un tiempo perdido, para mí es útil". Hasta julio del pasado año su vida era aún más complicada, el vuelo semanal transcurría entre Lima y Miami (casi cinco horas de avión), pero aquello acabó cuando cumplió el contrato. "El dueño y la gerente de la cadena, cubanos ambos, no veían bien que tuviera libertad de expresión. En muchos canales se han acostumbrado a que los periodistas sean títeres que leen el telepromter", añade. Así que aceptó la oferta de la cadena colombiana RCN, que emite 24 horas y en la que comenta a lo largo de la semana los hechos más pintorescos y las declaraciones más cantinflescas: "No trato de ser neutral, tomo partido y digo ciertas cosas destempladas, algo a medio camino entre el periodismo y el humor".
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Desde la habitación del hotel donde se aloja en Bogotá, un Bayly recién amanecido habla sobre su nueva obra, El cojo y el loco (Alfaguara), en la que narra la vida de dos personajes patibularios que nacieron jodidos porque sus padres no los querían, uno más de esos casos en los que la falta de cariño genera monstruos afectivos. "En la novela no hay nada parecido al amor, es sórdida, violenta, decadente y, al final del cuento, se trata de una obra sobre dos vidas trágicas y jodidas por la imbecilidad de sus progenitores". El cojo y el locono tiene mucho que ver con el resto de su narrativa. A diferencia de otras novelas, basadas en su propia biografía o en las que ha recreado ciertas experiencias en las que siempre hay un personaje que parece ser su álter ego, Bayly no se encuentra entre sus páginas ni los protagonistas son reales. "Uno siempre va robando pedazos de información de la realidad para luego armar el rompecabezas, pero he de reconocer que sólo una idea iluminó esta novela: conocía a un tartamudo que parecía loco pero que, en realidad, estaba más cuerdo que todos nosotros; como nadie lo entendía, decidió que no quería ser él y quemó todos los papeles que pudieran demostrar quién era y desapareció. Esa imagen me resultó fascinante y a partir de ahí empecé a desarrollar la historia".
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En las primeras páginas de la novela se anuncia una declaración de principios: "El cojo llegó a Londres con una lección aprendida y bien aprendida: el mundo se dividía entre quienes rompían el culo y quienes tenían el culo roto". Naturalmente, el autor suscribe esa división maniquea y escatológica de su personaje. "Gabo alguna vez dijo que el mundo se dividía entre los que cagan bien y cagan mal, y yo pensé en una reinterpretación de esa frase", dice. "Sentí que era una novela que tenía que escribirse así, con esa procacidad y con ese nivel de violencia verbal, porque todo es brutal en la historia, el abuso del que ellos son víctimas de niños y las venganzas que se cobran; no sería verosímil que hablaran como dandis".
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La sordidez que desprenden las páginas se ha buscado a conciencia, desde la señora que quiere atender a un herido y, a la pregunta de si necesita algo, éste le responde: "Sí, por favor, si no le molesta, necesito que me la chupe", hasta párrafos como el siguiente: "El cura del pueblo era un astro 'mamándola de rodillas' y en misa de seis, cuando el cojo irrumpe con la moto en la capilla, el sacerdote que oficia pierde la concentración y la entrega al altísimo porque no pudo evitar que sus ojos se posaran sobre ese machazo musculoso que entraba en la iglesia con dos pistolas y un buen par de cojones".
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Como en la mayor parte de su narrativa, el blanco de sus críticas sigue siendo la sociedad limeña: clasista, intolerante y católica. "¡No lo puedo evitar! Sigo pensando que mucha de la gente más poderosa es infinitamente estúpida para tratar a los más débiles o a los que son diferentes. Esto lo he visto mucho en mi familia y en otras encopetadas de Lima donde todo tiene que ser muy perfecto, muy casto y pudoroso, y si te sale un hijo marica o cojo, entonces lo escondes en el cuarto de servicio. Eso no resulta inverosímil en la Lima de los cincuenta, que es la que recreo en la novela, pero tampoco en la de ahora. No asocio la ciudad con la felicidad, en mi literatura Lima siempre me está vomitando personajes desdichados".
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Hace 15 años, cuando aterrizó en Madrid para presentar No se lo digas a nadie, su primera novela, con la que se ganó una merecida fama de transgresor, se quejaba porque en las calles de Miraflores le llamaban Joaquín, como el protagonista de la obra, a modo de insulto. Pero algo ha cambiado. "Ahora los limeños son más tolerantes con las minorías sexuales y, en mi caso, la gente se muestra más cariñosa, aunque en cierta prensa sensacionalista sí es normal que hagan escarnio y ridiculicen al gay. En esto los jóvenes vienen sin esa carga venenosa del prejuicio". No se lo digas a nadie fue mucho más que un éxito literario: "Me cambió la vida, porque supuso una salida del armario, literariamente y personalmente. Con esa obra me atreví a ser un escritor y hubo muchas, muchas presiones para que no se publicara y, de verdad, cuando la leo ahora me avergüenzo un poco de escenas sexualmente muy explícitas, pero ésa era la novela que yo tenía que escribir en ese momento y el mérito es que fui fiel a mis demonios y a mis obsesiones". Bayly ha mejorado también su relación con los amigos. No con los que se sintieron traicionados por lo que contó sobre su homosexualidad y su relación con las drogas. "La gente a veces lee cosas que ni siquiera has escrito. Todo se confunde, se entremezcla y se vuelve borroso, pero confieso que, a veces, ya no sé qué es lo que he contado o si lo escrito ocurrió o me lo inventé", añade.
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También ha normalizado su relación familiar. Han asumido que es un destroyer y han aceptado la polvareda que levantan sus novelas. Él se las envía dedicadas y ellos guardan silencio: "Mi madre ha tenido el buen tino de no decirme una palabra. No se ha hablado del tema ni con ninguno de mis hermanos ni con mis hijas", añade. Sin embargo, la tranquilidad se quebró hace un mes cuando se anunció la muerte del escritor. Un hacker, que había usurpado el logo de CNN, anunciaba su fallecimiento en Madrid, atropellado por un coche. Sucedió entre las 10.00 y las 13.00, hora de Bogotá, momento sueño de Bayly. "Cuando la noticia es mala la gente siempre llama para contarla y la mala suerte fue que no pudieron comunicar conmigo, lo que supuso una conmoción en mi familia, la mamá de mis hijas, mi mamá, todas llorando". Lo curioso del caso fue tanto que le dieran por muerto como la reacción de su madre: "La he notado muy tranquila, me ha dicho que si ésa es la voluntad de Dios, ya estarás en el cielo conversando con tu papi", le comentó después Sandra, su ex mujer, cuando pudo aclarar el malentendido.
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Bayly baraja ahora la posibilidad de presentarse a las elecciones de Perú, en abril de 2011. En diciembre tendría que inscribirse. "Tomaré la decisión en base a lo que me digan mis hijas, el resultado de las encuestas y si el partido político que de momento me ofrece la inscripción (Cambio Radical) como candidato me sigue respaldando". No cree que tenga posibilidades de ganar pero, al menos, hará ruido. Por si acaso ya tiene programa y lo recita de corrido: "Voy a defender libremente mis ideas, no me voy a convertir en heterosexual. Tejiendo la idea de que el Estado debe ser laico, la Iglesia católica en Perú recibe millones de dólares del Estado, estoy en contra de eso; defiendo que las mujeres adultas decidan si quieren ser madres o abortar, que las minorías sexuales tengan derecho a casarse y hay que eliminar el Ejército, la marina y la aviación, como hizo Costa Rica. Se gastan millones para prevenir una guerra que nunca se va a producir, es una estupidez y una inmoralidad entrenar a 100.000 personas y pagarles un sueldo para una guerra imaginaria cuando esa plata había que gastarla en los niños pobres de Perú que no tienen ningún acceso a la educación. Ésa es la injusticia más grande de Perú...".
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El cojo y el loco. Jaime Bayly. Alfaguara. Madrid, 2010. 152 páginas. 17 euros.

martes, febrero 02, 2010

Sólo cuento (Diario Milenio/Opinión 02/02/10)

El cuento, dice Rosa Beltrán en el prólogo con el que da inicio Sólo cuento, la antología recientemente editada por la UNAM, es un género que simula estar en extinción. El cuento, pues, finge, engaña, aparenta. De hecho, el cuento conscientemente aparenta una cosa mientras hace otra. Lo que el cuento hace, esto nos queda claro a los lectores de estas páginas, es lo que le da la gana. Supongo que por eso simula, para poder salirse con la suya. Para que no lo molesten con reglas de estilo y exigencias formales y, sobre todo, con expectativas. Recuerdo lo que aseguraba Poe: una composición artística organizada para provocar un efecto único (singular). Recuerdo lo que decía Cortázar: la novela gana por puntos, el cuento por knock-out. Recuerdo lo que decía Piglia: todo cuento es, en realidad, dos cuentos. En fin, como pueden ver, recuerdo bastantes cosas. Pero mejor, como el cuento, voy a simular. Fingiré que nada de eso pasa por mi cabeza mientras llevo a cabo este recorrido que empieza, válgame dios, en la república de Uzbekistán, en el Asia central soviética, de la mano fresca y enigmática de Sergio Pitol, y que después de pasar por cuanta región pudo o quiso, termina del otro lado del espejo, en la memoria rencorosa del personaje de uno de los pocos cuentos que ha escrito Jorge Volpi.
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Pero mencioné lo del knock-out y lo del efecto singular y único por alguna razón (ninguna mención es inocente, se sabe). Lo mencioné porque quiero hoy hablar un poco de al menos dos de los cuentos de este libro que escapan de manera deliciosa, de golpe, de lo unívoco. Se trata de “Exilios”, de la argentina-madrileña Clara Obligado (quedo, en efecto, obligada a buscar sus otros textos luego de descubrir éste), y “La gente sencilla del campo”, de Luis Felipe Lomelí.
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El inicio del primer párrafo: “El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina” coloca al lector aparentemente (simuladamente) en el arranque de un relato realista que, sin duda (ahí está la temida fecha: 1976) seguirá los avatares de una mujer, como lo indica el título, en el exilio. Pero algo extraño sucede porque al inicio del segundo párrafo se dice: “El 5 de diciembre llegué a Madrid aterida de frío”. Para el inicio del cuarto párrafo la llegada a Madrid se hace en un vuelo de Iberia y, para el sexto, decidida ya a irse a Tanzania (porque le da lo mismo Madrid que Tanzania o la China), la mujer parece estar a la deriva. Para el séptimo párrafo la mujer (y el lector) regresan a terreno conocido: la desaparición de un hermano de una amiga o una mujer que apenas si se conocía. El hotel Mónaco. Un taxista. La ropa de verano. Ya en el octavo párrafo, cuando el lector se entera de que la narradora-personaje no dejó el aeropuerto de Uruguay para quedarse, en cambio, a practicar el sexo de una manera vehemente, eso dijo ella, con un desconocido que la invitó a regresar a Argentina, resulta inevitable preguntarse cosas. ¿Pero no había dicho que se había casado con el hombre del hotel Mónaco, un tipo no muy joven pero decente? ¿Y qué pasó, si algo pasó, en sus años en Tanzania? La fecha, sin embargo, ese 5 de diciembre de 1976, se sigue repitiendo aquí y allá al inicio de varios párrafos (se trata, sin duda, de una fecha ancla) (una fugaz búsqueda en google nos indica que ese día se llevó a cabo un juego memorable del Real Madrid, el PSOE tuvo una convención que mereció la primera plana de algunos periódicos y el número de desaparecidos se incrementó en argentina).
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Entrelazados magistralmente todos estos párrafos que son, en realidad, inicios de vidas distintas, desorientan pero no confunden. Lo que le invade al lector es, sin embargo, la nostalgia por esos destinos que, apenas en el arranque, se cortan para desparecer o continuar en otras vidas distintas. Pero la nostalgia no es del tipo de las amargas porque, contadas con humor e incluyendo eventos ¿cómo decirlo? peripatéticos, esas nuevas vidas tienen el aura de las aventuras que todo mundo ha querido vivir pero no se ha atrevido. La nostalgia por las vidas posibles y el gusto por la aventura se ven luego arrasadas por la rabia porque, en efecto, alguien sí desapareció y la narradora no sabe dónde está y ni siquiera si se trataba de ella misma. Vapuleada, pues, en un vaivén que visita un rango bastante amplio de emoción, el cuento de Obligado no gana por knock-out ni produce un efecto singular. Diseminado sobre el papel, diluido por los cortes de los párrafos, negado y afirmado a la vez, el cuento estruja y, como lo anoté antes, desorienta. A la manera del hipertexto electrónico, el cuento produce la sensación de que cada cabo suelto en realidad es un cabo atado a una vida que todavía no sabemos. Ese todavía no saber, ese presentimiento, esa sospecha de lo que por no estar, está más ahí, es sólo parte de los efectos plurales que, punto a punto, lo hace avanzar en un horizonte literalmente horizontal.
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Algo parecido hacen los muchachos que abandonan la ciudad de Monterrey para pasar unas cuantas horas en el desierto. Uno de ellos tiene una cita y, junto con él, la lectora sabe que tiene que regresar a tiempo. Si hubiera llegado a tiempo y se hubiera cumplido la cita, no habría necesidad alguna de escribir el cuento (esto es algo que anota sabiamente Piglia en sus tesis sobre el cuento: es el desfase y la promesa incumplida lo que constituye el suelo fértil del cuento), así que es lógico entrar en ese viaje alebrestado y medio etílico pensando que algo sucederá para atrasar su llegada y justificar, así, la existencia del cuento. Lo que sucede, por cierto, no es algo en particular (no hay un efecto único o singular), sino nada en general. Los muchachos conversan. La conversación es larga y sinuosa y toca todos los temas, desde el efecto de Platero y yo hasta las albinas nalgas de uno de los conversadores. Con un lenguaje coloquial que cualquier jovencito entendería y abundando en el uso de las onomatopeyas, la conversación continua, infatigable. La conversación y el recorrido por carretera y, más tarde, a pie, sobre la superficie del desierto. La conversación atraviesa el desierto. Los muchachos no dejan de hablar incluso cuando descubren que están perdidos y no tienen la menor idea (ellos dirían, claro, ni la puta idea) de cómo regresar. La sencilla gente de campo que finalmente encuentran no ayuda en mucho (y esto es ser amable con ellos), de ahí a que sean sencilla y de campo y gente. Sin sentido de triunfo o de conclusión, los muchachos se separan momentáneamente sabiendo que pronto podrán continuar una conversación que se presiente, no, más bien que se sabe ahora a ciencia cierta, inacabable.
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La escritura de Lomelí, como la de Obligado, no nos dejan partir a gusto. Sus palabras nos invitan a recorrer una trayectoria, a experimentar el paso del tiempo, a medir lo mensurable en cada momento, sin promesa alguna de solución o de clímax. Estos cuentos simulan, en efecto, ser la vida misma: sin manual, sin parapeto, sin punto de inicio o punto final.

lunes, febrero 01, 2010

Perras elucubraciones (Diario Milenio/Opinión 01/02/10)

Los arrebatos telúricos
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Muchos hemos deseado alguna vez, por lo común en medio de un arrebato, hacer temblar la tierra por un instante. Que de una vez el mundo se entere de nuestro hartazgo y alguien, quien sea, haga algo, por lo que más quiera. Una actitud esencialmente absurda, que al paso de las horas querremos enterrada entre la desmemoria reinante. “No sé qué me pasó”, dice uno en todo caso, ya repuesto del rato de necedad extrema que le llevó a perder el control y comportarse así, bestialmente. Esto es, mucho peor que la peor de las bestias, si hasta hoy no se sabe de ninguna que en un berrinche quiera hacer temblar la tierra. ¿Qué otra bestia salvaje se las arregla para culpar al mundo de sus fracasos? ¿Quién sabe de una fiera rencorosa?
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Lo peor de convertirse en una fiera imbécil —prerrogativa única de los seres humanos— es que uno suele ser, o al menos eso dice, el primer sorprendido. Cuando lo vio venir, el demonio ya estaba en sus dominios. Siempre habrá un argumento que permita explicar las propias explosiones ante otro ser humano, quien muy probablemente ya habrá hecho, querido hacer o al menos soportado alguno de esos panchos endemoniados. El problema, no obstante, sobreviene cuando intento explicarles a mis perros esas estupideces por las que yo, de estar en su lugar, ya me habría perdido el respeto. ¿Cómo voy a explicar la idiotez de mi especie a quienes ni siquiera conocen el rencor? ¿Cómo siquiera hablar del asunto, cuando esta especie entera encuentra absurda la pretensión de explicarse ante un perro? He escuchado el clamor de incontables idólatras postrados ante dioses a los que nunca han visto ni verán, contándoles su vida, suplicándoles dones y perdones, y aún así dirán que soy extravagante si me ven platicando con un perro. Uno de carne y hueso cuya sola presencia es don divino y me perdona todo de antemano.
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Opiniones de un cuadrúpedo
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De uno pueden decir que es un tigre, un lince, un águila, un león, o bien un cerdo, un burro, un gusano, una bestia. En todo caso el mérito o demérito no suele estar en la naturaleza del animal, como en las mañas del fulano en cuestión. Decimos que Zutano es un perro pensando en uno de esos canes infelices cuyo dueño ha entrenado para emular el odio por la vía del miedo. Lo cierto es que hace días, y aquí quería llegar, tuve un fuerte altercado con uno de mis canes, no bien salí al garage y advertí que se había orinado en el periódico. Un suceso minúsculo y hasta gracioso, que sin embargo me cayó en las muelas, luego de un par de días de pelearme con cierta página en blanco que traíame ya como un perro rabioso. ¿Cómo explicar después al inocente chucho que los gritos no fueron por el periódico, sino por la idiotísima necesidad de cargarle la cuenta de mis neurosis al primer perro meón que se atraviese?
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Lejos de pretender siquiera hojear el periódico hediondo, alcancé sin embargo a leer una noticia que de tan pintoresca me llevó a maldecir una vez más la puntería del perro regañado: según el comandante Hugo Chávez, todo ese asunto del terremoto en Haití no ha sido sino una prueba piloto del gobierno del presidente Obama para después hacer lo propio en Irán. ¿Terremotos man-made in USA? No conforme con ser el inventor del Socialismo del Siglo XXI, Chávez ya se ha instalado en el XXIII. Su enemigo ya no es Barack Obama sino tal vez Buck Rogers. Pensándolo de nuevo, había exagerado. ¿Merecía la pena destemplarle los tímpanos al querido can por un trozo de ciencia-ficción bananera? ¿No era, después de todo, su gesto una opinión más que elocuente? Una vez que acabé de enterarme en internet, atiné a preguntarme cómo haría para explicar un guión tan evidentemente descabellado ya no a un perro —que insisto, no sabe de rencor— sino a cualquier congénere capaz de distinguir un terremoto de un bombardeo. El problema de ciertos bombardeos es no tanto advertirlos como resistirlos. Eso fue lo que quise explicarle al perro, presa ya de una incómoda vergüenza de especie, luego de bombardearlo con todas esas palabras idiotas.
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Consejeros de ocasión
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No puedo asegurar que los perros me entiendan cuando intento explicarles alguna situación, pero sin duda advierto siempre que un argumento es insostenible. Quiero decir que yo, en su sitio, no me creería nada. Y como al fin me miro perdonado de origen y comprendido más allá del verbo, puedo decirles cuanto me venga en gana sin medir mis palabras ni temer a su juicio. A veces, en la calle, hago amistad con un vagabundo cuadrúpedo, le compro un refrigerio y me lo llevo a conversar aparte. Me miro, como él, solo entre demasiados haceres y decires que de pronto no entiendo, ni menos aún comparto. Despotrico, de pronto, al tiempo que le rasco la cabeza o la oreja o el lomo, contra mi propia especie, no sé si como un acto de contrición o mera cortesía frente al espejo insólito de sus pupilas. Quiero decir, frente a su inteligencia.
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Puedo engañar a muchos de mi especie y venderles la máscara de mi elección, no sólo una sino infinitas veces. Solemos creer lo que nos acomoda. A los perros, en cambio, no es fácil engañarlos con la identidad, y en todo caso nunca más de una vez. Por eso me sincero cuando hablo con ellos. Y por eso asimismo me doy cuenta que hay cosas que jamás sabré explicarles, como es el caso de esa noticia chusca sobre los terremotos inducidos a larga distancia, o mi necesidad por enterarme de los detalles alusivos a necedades de esas dimensiones. ¿Cómo van a entender que de pronto me ponga como cualquier fabricante de terremotos sólo porque el periódico se despertó empapado? ¿Cuántas veces yo mismo he llegado a opinar que los protagonistas de una cierta noticia están pa’ mearlos? Con toda discreción, esa mañana me escurrí entre los canes y procedí a rascarles sendas cabezas. Mientras se me quitaba la vergüenza.

jueves, enero 28, 2010

El balance de Obama-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión-28/01/10)

Anoche todo Estados Unidos —y buena parte del mundo— detuvo la marcha para escuchar el primer State of the Union, el discurso ante el Congreso de los Estados Unidos cuya historia se remonta a George Washington.
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Muchos eran los retos que Obama debía cumplir en ese discurso, según los analistas y, más aún, según la gente. Los temas que debía cubrir, además, eran amplios: la economía, Afganistán e Irán, su política –demasiado a la izquierda, según los republicanos- en materia de salud y de trabajo. Se trata, es cierto, de un acto protocolario pero que cumple un profundo papel simbólico. Para mí el reto mayor, sin embargo, no estaba en el discurso, sino en la posibilidad de que Obama recuperara la confianza en un electorado y un enorme grupo de votantes independientes que se sienten frustrados o incluso traicionados un año después y que lo castigaron con la reciente votación en Massachusets. Lo importante era saber si esa confianza podía recuperarse porque el ciudadano crea que al día siguiente Obama iba a empezar a trabajar en los términos de lo hablado. Obama es un excelente orador, pero eso ya no es parte de la expectativa. La verdadera esperanza es que ordene la situación económica, recupere los trabajos perdidos y, curioso o no, que se vea como un líder fuerte frente a la guerra contra el terrorismo que, curiosamente él heredó pero es inevitablemente parte de su agenda.
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Muchos, pues, escuchamos con algo más que atención este primer Estado de la Unión que, curiosamente, es coyuntural (como todos los discursos). En la mañana del miércoles dijo algo interesante como prueba de lo que vendría: “Prefiero ser un buen presidente de un solo periodo que el mediocre presidente de dos periodos”.
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Ese hombre, aparentemente sereno pero prematuramente encanecido entró a un escenario que conoce –dos veces antes estuvo allí ante las dos cámaras- y calmó su nerviosismo saludando amable y lentamente mientras se conducía al podium entre los aplausos. Era una mezcla de Obama y del presidente de los Estados Unidos, si se me permite: de quien ha sido votado y de quien aún es candidato. Esa mezcla le otorga carisma. Su sonrisa lo vuelve humano.
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No es gratuito que hablara de historia, de los 220 años de la costumbre. De los presidentes hablando en medio de la paz y la tranquilidad, pero también en momentos de guerra y depresión. Esas dos palabras traen la historia al presente, a un presente difícil y parecido “de nuevo hemos sido probados y debemos responder”, dijo Obama para empezar a hablar de economía (¡Es la economía, estúpido, había dicho alguna vez Clinton!). Por eso la estadística: uno de cada diez americanos ha perdido el empleo. Y con ello han perdido por lo que ha trabajado duramente. Es algo que conozco, les dijo a quienes lo escuchaban, es por esa lucha que quise ser presidente: el cambio no ha venido rápido.
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La capacidad de empatía de Obama es una de sus marcas. Y ha trabajado ese elemento. Por eso debía defender el bipartisanismo que lo ha caracterizado, la unión que ha predicado. Muchos pensaban que iba a cambiar de táctica. No. Es el hombre que dijo que los estadounidenses quieren un gobierno decente. Y con decencia respondió a sus críticos, de dentro y fuera de su propio partido.
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Esa palabra decencia, la repitió tantas veces como fue necesario. Es la palabra que definirá su política y su papel en la historia. Por decencia, como dijo, aceptó ayudar a los bancos. No por gusto, pero gobierna con lo que es efectivo, no necesariamente lo popular. “Hemos recuperado lo invertido en los bancos y cobraremos una cuota especial a los bancos, una cuota que se devuelva a los contribuyentes”. Es algo que muchos norteamericanos querían escuchar. Por eso habló de inmediato sobre el hecho de cortar impuestos, algo que obviamente los republicanos no aceptaban. Se permitió incluso una y otra vez algo de humor. La base: “circulación” del capital, nada de izquierda.
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Por eso el llamado a una nueva ley sobre empleo, el tema central de 2010. Nada de populismo. Comercio, comercio, comercio.
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Estos datos no serían lo que fueron en el discurso sin los ejemplos con los que Obama salpicaba su retórica. (la solución, utilizar 30 billones del dinero los bancos para el estímulo a la pequeña y mediana empresa, un nuevo estímulo para la pequeña empresa que contrate y obviamente obra pública y estimular a las empresas que usen trabajadores norteamericanos, lo que incluso fue alabado por los republicanos que aplaudían). ¿El Recovery act será el New deal del siglo XXI?, me preguntaba mientras lo oía.
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La segunda parte del discurso era la de un ciudadano más. No esperar, cambiar al sistema, actuar ya. No esperar para no convertirse en segundo o tercer plato mientras otras economías no esperan. El argumento no podía ser más prístino y entendible para todo norteamericano. Reforma financiera, ya. Decencia frente a falta de escrúpulos. Si, reforma pero con innovación. Otra palabra mágica para Obama. Dinero para investigación en energía limpia: y creación de plantas nucleares. Desarrollo en gas y biocombustibles, todo esto ya estaba en su campaña. Y eso no hay que dejar de mencionarlo. Metido en plena crisis no pudo, dijo ahora, pero esta vez no dejará que pase el tiempo sin responder.
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En tercer lugar: exportación. Nuevos mercados agresivamente buscado. El new deal obamiano consiste en producir en Estados Unidos, no en el extranjero. Y para ello hay que invertir en educación, su cuarta prioridad. Obama habla ya de una verdadera reforma educativa inaplazable, revitalizar los comunity collages, la única esperanza de muchos estadounidenses para mejorar su vida y conseguir trabajo. En Estados Unidos nadie debe entrar en bancarrota por estudiar la universidad. Por cierto que cuando habló de tratados de libre comercio hablo de Asia, de Panamá, de Colombia, pero no mencionó a México en ningún momento.
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El siguiente momento del discurso era esencia: la clase media (recordemos que en Estados Unidos nadie se llama clase obrera o popular y que clase media es en realidad el término para la clase menos favorecida).
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Otra vez con humor: dejemos en claro algunas cosas. Y habló obviamente de la reforma de salud. Y habló mal, obviamente, de las aseguradoras. No podía no tomar el tema de reducir el déficit público para que no se distrajera su argumento (y agradeció a Michelle Obama, convirtiendo el tema en asunto familiar). El llamado al bipartisanismo que esa noche lanzó el presidente de la decencia no puede pasarse por alto.
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Y aquí, por razones de espacio me detengo. Me parece que no sólo fue claro, humilde, carismático. Mostró su liderazgo, su fuerza sin soberbia alguna pero puso el dedo en la llaga de lo que hará a partir de ahora, de lo que pedirá a partir de ahora. Y lo dijo claramente. No sólo es mi responsabilidad, el Congreso no puede eludir la suya. Nadie le gritó esta vez: You lie (Mentiste). Nadie podía actuar indecentemente frente a un presidente que ha madurado significativamente en su primer año de gobierno. No hablaré ahora del tema de la seguridad que tocó al final, porque no tengo espacio y porque sale de mi objetivo central (aunque el anuncio de que saldrán las tropas en agosto de 2010 de Iraq no deja de ser excepcional). Hablar de lo que podemos aprender de ciertos actos verdaderamente civiles, republicanos, decentes, en nuestra propia política mexicana que para todos los electores se ha vuelto, hay que decirlo, indecente.
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El presidente de la decencia por eso volvió a poner el énfasis en que sólo el bipartisanismo puede salvar y mover a un país (la democracia no es ponerse de acuerdo, es aprender a negociar), algo que en nuestro propio país, México, es crucial ya. No somos un país parlamentario, seguimos siendo un país presidencial, como los Estados Unidos, pero o nos ponemos de acuerdo en algunos mínimos comunes múltiplos o no creceremos. El ejemplo de Obama nos enseña que se puede gobernar sin herir a los partidos de oposición, aprendiendo a actuar con la oposición, sin ser rehenes, como él mismo dijo, de una situación de campaña permanente en la cual todos los días son días de elección.

martes, enero 26, 2010

Keith Waldrop (Milenio Diario/Opinión 26/01/10)

Como lo reconoce el poeta californiano Michael Palmer, Keith Waldrop es una presencia a la vez vital, imprescindible y semi-secreta en la poesía norteamericana en esta vuelta de siglo. Su trabajo como traductor (sobre todo de poetas franceses, tales como Anne-Marie Albiach, Claude Royet-Journoud, Dominique Fourcade, Jean Grosjean y Paol Keineg) y sus numerosos libros, entre ellos su reciente Estudios trascendentales. Una trilogía, el cual le valió el Premio Nacional en 2009, le han ganado un lugar único. De acuerdo con Waldrop, el collage es su mayor modo de composición. Es “una manera de explorar, no necesariamente la cosa que estoy destruyendo, sino la cosa que estoy tratando de construir a partir de las partes destruidas. Si hubiera un propósito final en lo que hago”, añade, “sería en el disfrute de la composición, una preocupación común tanto a la estética como a la lógica”.
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Publicado en 2004, El sujeto real. Preguntas y conjeturas acerca de Jacob Delafon. Con poemas de muestra no es una novela, pero tampoco es un poema aunque contiene versos y personajes. Van aquí las primeras inciertas páginas de este libro inédito en español.
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Hay poemas que necesitan,
por orquestación,
sólo el viento.
Leos Janacek
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Jacob Delafon lee: “Para tratar la fiebre, corte un escarabajo en dos. Ponga mitad de él en su brazo derecho y la otra mitad en el izquierdo”.
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Él se pregunta por todo esto.
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¿Qué, de hecho, es un escarabajo?—el término lo inquieta.
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Lo busca. Es un escarabajo “nocturno color café pálido que vuela con un fuerte zumbido”.
Todo esto es teórico. Jacob no tiene fiebre.
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Jacob Delafon lee en algún lado que toda la actividad humana avanza a lo largo de dos vectores opuestos: la fuerza centrífuga de la paranoia y la fuerza centrípeta de la histeria.
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Jacob Delafon ha leído acerca del debate entre doctores respecto a si las monjas o las prostitutas son más proclives a la histeria.
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Jacob Delafon localiza la palabra orthoepy, que significa la “correcta pronunciación de las palabras”. La palabra le parece a él impronunciable.
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Jacob Delafon, notando que Parsifal (como su primo Lancelot) es un descendiente de José de Alimatea quien, a su vez, es de la Casa de David —en resumen, que Parsifal es un judío— se pregunta si Wagner estaba al tanto de esto.
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RONRONEO
No te alarmes, yo
no podría estar contento con
lecciones morales y continua
repeticióncomo el sistema solar, yo
no podría sostener en alto mi cabeza,
hacerla
incesantemente
brillar
destinado a las grandes ceremonias,
yo
me consterné al verme a mí mismo
tan
delgado y tan
acabado
(usamos teoría
queriendo decir que es posible
escoger, v.g., por qué soy sólo de la
talla que soy)
un millón de millones, una
fresca y mortificante manera —la
que
gobierna
el movimiento
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Jacob Delafon lee En busca del tiempo perdido.
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En las últimas páginas del último volumen, se da cuenta de que El Pasado ha sido recuperado. El prolífico Mundo (i.e., La Novela) se ha reducido ahora a un solo Personaje.
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Este debe ser, Jacob considera, el mayor texto de la histeria.
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Jacob Delafon se sorprende al leer de los astrónomos antiguos que “desafiaron el tiempo”.
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Más tarde, se da cuenta que era una errata de deificaron.
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El tiempo es algo acerca de lo que Jacob Delafon preferiría no pensar. Pero en efecto le inquieta que mientras el tiempo parece —cambiante imagen de la eternidad—deslizarse alrededor de él en su camino hacia otros lados, al mismo tiempo (“Tiempo”, masculla, “aquí está otra vez”), parece completamente detenido, absolutamente estático, mientras él mismo se hunde, o es hundido, a través de él.
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Si lee que el tiempo inició sólo con la creación —desperdicio-o-vacío o big bang— se pregunta, ¿qué fue primero? y le apabulla cómo algunos suponen que tenemos un nuevo espacio completamente nuevo por cada marca de tiempo transcurrido.
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Le gustaría arrancarse del pasado. Si, es decir, pudiera posponer el futuro.
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Siente el presente como tiempo prestado, un crédito más allá de sus ingresos, una deuda que no tiene esperanza alguna de poder pagar.
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Pagaría lo que fuera para creer que el tiempo se contradice a sí mismo. Daría cualquier cosa por un milagro a tiempo.
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El anhela un intervalo.
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Sueña con un final del tiempo (pero piensa ¿y entonces qué?) y trata de creer, como se ha dicho, que cuando los cuerpos celestes dejen de rotar, entonces su alma dejará de anhelar.
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Jacob Delafon se topa con la noción de los agujeros negros. No le resulta fácil creer en algo tan singular.
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Monsieur Teste utiliza tres nombres de mascota para llamar a su esposa:
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Etre,
Chose,
Oasis.
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Jacob Delafon trata de crear nombres aptos para su novia, Jane Floodcab. Él considera:
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Ver.
Comer.
Coro.
S. O. S.
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Jacob Delafon tiene una pesadilla que se parte en fragmentos, cada fragmento una pesadilla por sí mismo, cada segmento todavía activo, escabulléndose a través de su atribulado sueño.
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Le dicen a Jacob Delafon que, después de morir, no sabremos nada pero que el dolor continuará. Él ve esto con injustificado optimismo.

lunes, enero 25, 2010

Los dos Méxicos-TRIBUNA: JORGE VOLPI (El País 26/01/10)

La democracia mexicana tenía uno de los regímenes laicos más sólidos del planeta. Ahora su derecha pretende devolverle a la Iglesia católica el papel de guardián de las conciencias y árbitro de los asuntos públicos
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Así como España parece no lograr sustraerse a la maldición de hallarse dividida en dos mitades, siempre enfrentadas entre sí -una simplificación burda pero no del todo errónea las identifica como comunistas y católicos-, el México de principios del siglo XXI se acerca peligrosamente a una partición semejante. No se trata de una guerra de ideologías, acaso porque éstas se deslavaron de manera tan drástica en la pasada centuria que ya nadie se atreve a esgrimirlas sin ruborizarse, sino de una confrontación moral, lo cual en nuestra época supone quizá la expresión última de la política.
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Desde la caída del muro de Berlín, las diferencias entre izquierda y derecha se han vuelto cada vez más tenues: las medidas económicas de uno y otro bando apenas se distinguen, e incluso sus políticas sociales han tendido a confundirse entre el populismo y el asistencialismo. Pero existe una drástica excepción: el resurgimiento de la defensa de la "moral pública" -especialmente sexual- en el seno de la derecha. Cuando Malraux afirmó que el siglo XXI sería religioso o no sería, podría haberse referido a esta mutación en el discurso político contemporáneo. Mientras el siglo pasado fue esencialmente laico -o, para decirlo de otro modo, fue la época de mayor retroceso de las iglesias en la historia-, nuestra era posee una honda impronta religiosa: sea el islamismo en Asia y África, el fundamentalismo cristiano en Estados Unidos o la renovada fortaleza de la Iglesia católica en Europa meridional y América Latina, sus obsesiones no sólo han seducido a numerosos grupos de poder, sino que han llegado a convertirse en uno de los centros de la discusión pública.
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Que incluso en Francia, la nación laica por antonomasia, la derecha populista de Nicolas Sarkozy esté intentando darle la vuelta a su propia tradición, resulta por demás preocupante. El llamado "laicismo positivo" no sería, en este caso, más que el escudo para permitir la expansión religiosa; la idea de promover desde el Estado "a todas las religiones" traiciona el verdadero espíritu de la laicidad, cuya vocación es separar por completo a las iglesias -cualesquiera que éstas sean- del Estado, no el de convertir a este último en un promotor de todas ellas en circunstancias de supuesta igualdad.
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Desde mediados del siglo XIX, México se había caracterizado por poseer uno de los regímenes laicos más sólidos del planeta: las Leyes de Reforma separaron al Estado de la Iglesia y confinaron a esta última a la esfera privada de los ciudadanos. Sin duda se les puede achacar una infinita cantidad de defectos a los Gobiernos mexicanos que se sucedieron desde entonces, pero el laicismo es uno de sus pocos logros inequívocos, pues permitió el desarrollo de una sociedad más abierta y menos dependiente de los chantajes ultraterrenos. Pero en 1992, en un intento por conseguir nuevas alianzas, el presidente Carlos Salinas de Gortari decidió reestablecer las relaciones entre México y el Vaticano y, desde ese momento, la Iglesia católica se apresuró a retomar su papel de guardián de las conciencias y comenzó a opinar de manera cada vez más enfática sobre asuntos de interés público.
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El triunfo del Partido Acción Nacional en el 2000 ensanchó aún más su campo de acción. Si bien su fundador, Manuel Gómez Morín, era un católico liberal que confiaba en el Estado laico, el PAN no tardó en volverse un refugio para grupos profundamente conservadores (como ocurre con el PP en España), cercanos a las posiciones más intransigentes de la Iglesia. Ello ha permitido que, si bien a nivel federal el partido mantiene una estrategia más o menos moderada, en muchos Estados el PAN permanece bajo el control de católicos radicales, los cuales no han dudado en impulsar la agenda de la Iglesia en sus gobiernos y congresos.
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Así, mientras la ciudad de México, gobernada por la izquierda de manera ininterrumpida desde 1993, se ha convertido en uno de los mayores bastiones de libertad moral y sexual del planeta -recientemente se aprobó una ley de plazos para el aborto y el matrimonio homosexual con posibilidad de adopción-, en el resto del país, el PAN, aliado de manera escandalosa con el PRI -cuya principal dirigente se precia en público de ser feminista y en privado de apoyar al movimiento gay-, se ha dedicado a aprobar normas que no sólo retroceden frente a legislaciones anteriores, sino que llegan a penalizar de las maneras más severas a las mujeres que abortan, incluso en caso de violación, sólo porque así lo exige la Iglesia. Y, por supuesto, han impedido que el tema del matrimonio homosexual siquiera llegue a tocarse como una posibilidad cercana.
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Como muchas sociedades de origen católico, México en su conjunto sigue siendo una sociedad machista y homófoba, pero en la cual el respeto a las decisiones individuales ha comenzado a ganar cada vez más peso. El reciente caso de un comentarista de televisión que se atrevió a calificar la homosexualidad como una patología dejó entrever algunos de nuestros prejuicios más arraigados: la polémica posterior no sólo dejó en evidencia la intolerancia de los sectores conservadores del país, sino que también dio lugar a las biliosas respuestas de grupos supuestamente progresistas que en ningún momento se detuvieron a defender, como otro valor fundamental de la democracia, la libertad de expresión. Aun así, no hay que soslayar todos los avances: como señaló una encuesta reciente, puede ser que, preguntados de manera expresa, muchos mexicanos se opongan al matrimonio gay; pero, si se les pregunta sobre la discriminación, una amplia mayoría privilegia la libertad individual por encima de cualquier otra consideración.
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Aunque no queramos verlo, ésta es la verdadera guerra que se libra en México: la de quienes se empeñan en limitar la libertad individual -los sectores radicales del PAN, la Iglesia católica y sus aliados-, y quienes, desde la izquierda o la derecha, intentan establecer políticas públicas auténticamente liberales con el fin de protegerla. México se fractura, pues, en dos mitades: de un lado la capital que, más allá de la larga cadena de errores de la izquierda mexicana, se convierte en ejemplo para el mundo, y del otro cada vez más Estados de la República donde se aprueban reformas que, en aras de proteger la vida desde el momento de la concepción, penalizan a las mujeres y discriminan a los homosexuales.
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En México, la democracia ha sufrido un vertiginoso desgaste desde el año 2000, y una de sus consecuencias ha sido ver en nuestra nueva pluralidad un terreno fértil para la reaparición pública de la Iglesia. En una sociedad moderna cualquiera puede expresar sus opiniones -qué duda cabe-, pero ello no implica socavar el laicismo ni abrir debates públicos sobre temas como la libertad individual o los derechos humanos, como llegó a sugerir la dirigente del PAN en el DF.
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Una democracia funcional no implica que todos los asuntos deban resolverse a través de consultas o referéndums -o, en el otro extremo, de marchas y manifestaciones en un sentido o en otro-: estos instrumentos de la democracia directa a veces resultan terriblemente destructivos para la propia democracia, como se ha podido comprobar en Venezuela y otras partes. La libertad individual no puede estar sujeta a debate: el Estado ha de garantizar y proteger los derechos de las mujeres y de las minorías -en este caso, de las minorías sexuales-, lejos de cualquier debate populista. Y debe confinar la discusión a términos científicos y sociales, ajenos ya no a la fe -Cristo jamás dio instrucciones sobre el aborto o el matrimonio homosexual-, sino a la manía secular de una institución, la Iglesia católica, por regir la vida sexual de todas las personas, incluso de aquellas que no comulgan con sus creencias.
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Jorge Volpi es escritor mexicano.

El gallo desobediente (Milenio Diario/Opinión 25/01/10)

Camelia nunca existió
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Hay palabras que al paso de los años van invitando a cierta ternura. Si antes intimidaron a quien pudieron, el tiempo les ha ido creando grietas que al cabo terminaron por su recortar su alcance y entrecomillar su poder. Censura es una de esas palabras. A estas alturas del destape planetario, sólo una tiranía se empeña en imponerla, pero hay tal cantidad de rendijas abiertas y por abrir que vale preguntarse en qué momento la maquinaria empezará a soltar tiros por la culata. ¿Quién va a censurar nada, con internet ahí, sin arriesgarse a que sólo por eso la información temida se multiplique a estándares virales? No deja de hacer gracia que aún quede quien suponga beneficioso castigar con el peso de una ley pueblerina a los autores de esas canciones épicas que narran las historias de famosos traficantes. Vamos, de ahí a pedir una investigación sobre el asesinato de Emilio Varela, no debe ya de haber tanta distancia. Valdría preguntarse si no una ley así terminaría por estimular el feliz desarrollo del género. ¿Quién, que fuese un bandido de renombre, no soñaría con pagarse su propio corrido clandestino? ¿Qué fiesta de malandros no alcanzaría el rango de fiestón apenas resonaran los acordes de la primera épica maldita? ¿Habría retenes para checar los iPods, o traerían bluetooth en las patrullas?
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Con la lógica de los narcocensores, habría que proscribir unas cuantas novelas de Elmer Mendoza, y ya entrados en gastos meter tijera en todo lo relativo al tema. Prensa, televisión, ficción y no-ficción. Pues lo cierto es que traficar narcóticos es un negocio fuera de lo común, y eso basta para que sobren los intrépidos hambreados dispuestos a jugarse pellejo y destino con tal de verse ricos y respetables. Suponen los censores que los niños que crecen rodeados de viciosos y proveedores nunca van a enterarse del negociazo que es comerciar con ciertas golosinas ilegales, si ellos logran sacar el tema de la agenda, como se extirpa un órgano podrido.
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Empecemos por Hollywood
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Dicen los enemigos de los “narcocorridos” —expresión redundante y cacofónica que ignora los poderes narcóticos del alcohol— que éstos ensalzan y hacen admirable la figura del narcotraficante. Puede ser, pero insisto en dudar que siquiera la ausencia de trovas alusivas haría un pelo menos tentador el negocio para quien no concibe otro camino a las riquezas propias y el respeto ajeno, ni está dispuesto a resignarse a menos. Un negocio nocivo e ilegal con semejante margen de utilidad tendría que estar proscrito del planeta, por respeto a su propia supervivencia. ¿Creen tal vez los censores que la riqueza fácil es discreta? ¿Y si el crimen mayor fuese la hipocresía de seguir condenando lo que no existe forma de exterminar por las vías legales, como no sea sacándolo del código penal? ¿Sirven las prohibiciones y condenas para desanimar a los futuros traficantes, allí donde ya el hambre desactivó la alarma del escrúpulo?
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Quien haya frecuentado en los años recientes las ficciones seriales de cadenas como Showtime, Cinemax y HBO difícilmente se escandalizará de asistir a escenas cotidianas donde la marihuana es consumida por mayores y menores de edad, en circunstancias por lo común impunes. Y ojo, amigos censores, no hablamos aquí de épica ni de superhéroes, sino de amas de casa que cualquier día se pachequean en compañía de la vecina, el hermano o la hija adolescente, como si cualquier cosa. Escenas cotidianas, donde la yerba ocupa el lugar antaño reservado a la cerveza, sin que nada parezca fuera de lugar. Ahora imaginemos el escándalo que se armaría de Hollywood a Washington ante la posibilidad de pasarse a cuchillo la famosa Primera Enmienda de su Constitución. ¿Hay siquiera la posibilidad de censurar corridos entre los mexicanos que viven de aquel lado, o acá somos salvajes y precisamos leyes irrespetuosas? ¿Será por esta suerte de destino selvático que encontramos normal la detención de un grupo de músicos por el delito de amenizar una fiesta de narcotraficantes? ¿Y qué esperaba el H. Ministerio Público? ¿Que dijeran que no y se atuvieran a las consecuencias? ¿“Sáquense, pinches narcos corruptores”? ¿Qué ley le impide a nadie cantarle a un delincuente quién sabe si presunto?
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El síntoma no es el mal
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No sabría calcular la cantidad de canciones dedicadas al consumo de alcohol que he cantado, a menudo en estado de exaltación etílica. Mentiría, sin embargo, si le echara la culpa de mis francachelas al ingenio de José Alfredo Jiménez. Fue bueno, al fin, que el disco de Chavela Vargas estuviera aquel día donde tenía que estar para hacernos llorar como huérfanos frescos, y más tarde reírnos como herederos súbitos, como bueno es toparse a medianoche con la voz de Aretha Franklin contando la odisea sentimental de una mujer abrazada al recuerdo en la forma de una botella de Seagram’s. ¿Significa eso que cada vez que escucho canciones semejantes necesito empinarme una botella? Sería tanto como dar por hecho que el gozo de escuchar a Billie Holiday induce al arponazo a los golosos. Hasta donde recuerdo, aquel verso torcido del Tenorio —tan popular en la temprana adolescencia, donde Don Juan mentaba cierta mantequilla para feliz bochorno de Doña Inés— no era tan popular por su legalidad. Uno por esas épocas apuntaba los versitos pelados con la única intención de memorizarlos, y acto seguido destrozaba el papel, ya de por sí canjeable por un viaje sencillo hacia el carajo. ¿O creerán los censores que el corrido es la droga, igual que el mensajero el criminal y el dictador el pueblo?
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Entre ternura y lástima provoca hoy día el intento de evitar que la gente cuente lo que ve. ¿Tengo acaso la culpa de lo que ocurre frente a mi ventana? ¿Soy testigo imputable si abro la boca, o canto, o escribo una historia? ¿Y no son, a todo esto, los delincuentes quienes cobran factura al indiscreto? El que canta, ¿no es cierto? Lejos de ser capaz de calcular el monto del negocio, me pregunto qué pasaría con tantos narcocorridossi éste un día dejara de existir y lo que hoy es delito pagara sus impuestos. Es decir, que será del estornudo una vez que se acabe el catarro.

domingo, enero 24, 2010

De lesbianas póstumas y escaneos CAT-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 24/01/10)

Es una suerte que hable yo inglés. Y no porque sea, como dicen, “la lengua de los negocios” (lo es, pero eso es cosa que me tiene sin cuidado, ya sólo porque me he descubierto un pésimo hombre de negocios) o siquiera porque se trate de un idioma hermoso, en el que se han producido grandes obras literarias (también lo es, y celebro haber podido leer a tantos anglófonos, de Shakespeare a Philip Roth, en su idioma original; también, sin embargo, he disfrutado a Dostoievski, a Goethe y a Dante, a pesar de que no domino sus respectivas lenguas). Lo que me hace, entonces, celebrar mi conocimiento del idioma inglés es algo mucho más sencillo: me permite comprender las películas en esa lengua que pasan por televisión (es decir la mayoría). Visto el estado que guarda el arte del subtitulaje en nuestro país, no es ése un privilegio menor.
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Me explico. Uno de mis canales favoritos es ése que antes solía llevar por nombre Cinecanal Classics y que hoy –a saber por qué– se llama Citystars, ya sólo porque me confieso devoto del cine clásico hollywoodense, que constituye la totalidad de la oferta programática de dicha señal. Hace unos meses, el todavía Cinecanal Classics dio una buena noche The Sun Also Rises, adaptación filmada por Henry King en 1957 de la novela de Ernest Hemingway que, en traducción española, conocemos como Fiesta. Hemingway no es uno de mis escritores favoritos pero he aquí que, de todas sus novelas, la que prefiero es justamente ésta. Como director, King tampoco es uno de mis preferidos pero, a decir verdad, tenía curiosidad por ver qué tal la pegaba Tyrone Power de Jake Barnes, el periodista expatriado al que la guerra ha dejado impotente en todo sentido, y sobre todo a la entonces bellísima Ava Gardner encarnar a Brett Ashley, mitad femme fatale, mitad trágica.
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Para la película, el guionista se inventa un diálogo entre Jake y Brett que no existe en la novela, acaso en aras de subrayar cómo la guerra ha marcado también al personaje femenino. Así, en una secuencia, Power espeta a una Gardner gloriosamente triste un “You used to be gay before” que, de acuerdo a la primera acepción de la palabra gay –la única conocida entonces y la única utilizable en el cine censurado de los años 50–, no puede querer decir sino “Antes eras alegre”. ¿Cómo lo pone el subtitulaje? “Antes eras gay”. Con lo que la heroína de Hemingway adquiere de súbito –sin deberla ni temerla– un pasado lésbico, que la transforma de mujer heterosexual que se debate entre la emancipación y los atavismos de género en machorra reprimida.
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Recordé el dislate hace un par de noches que veía, por Universal Channel, un capítulo de House, esa serie que trata de médicos y, primus inter pares, de uno neurótico pero genial. Yo no estudié medicina pero, nomás por haber sido paciente suficientes veces (no más que cualquier otro), sé que la prueba que mide la acción de las plaquetas se llama tiempo de coagulación y no tiempo de sangrado (traducción literal de bleeding time) y que no existe en español un estudio llamado “escaneo CAT” pero sí uno que responde al nombre de tomografía (o, si se quiere ser preciso y pomposo, tomografía axial computarizada, que eso quieren decir las siglas CAT: computed axial tomography).
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¿Mis deseos para los subtituladores chambones? Un tiempo de sangrado eterno, que los escanee un gato negro y que, una vez muertos, los difamen a propósito de su preferencia sexual. Es lo menos que merecen.

sábado, enero 23, 2010

Libros que no acabé de leer-Santiago Gamboa (El País/Babelia 23/01/10)

Existen diferentes y muy variadas razones para no acabar un libro. Desde la muy salvaje de perderlo o que nos sea sustraído durante su lectura, como me pasó con Viaje al fin de la noche, de Céline, en una pensión de Lisboa, hasta el que dejamos de lado voluntariamente, con pleno conocimiento de causa. La razón más extraña que conozco le pasó a un viejo colega: tuvo que dejar inacabada Plataforma, de Houellebecq, porque se le quemó, ¿y cómo se puede quemar un libro? Pues sí, dormía en un balcón, el libro cayó al primer piso sobre una estufa y se convirtió en ceniza.
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También puede uno dejar un libro por considerar que ya se acabó, aun cuando falten por leer cien páginas, como me pasa con frecuencia, la última vez con América, de James Ellroy. Estos libros, por lo general llenos de retruécanos, lo muestran todo en la primera mitad y el resto ya es sólo seguir y seguir, entre episodios similares y frases ingeniosas, pero sin un motivo preciso. Los hay también de extrema densidad que se resisten a ser leídos de un tirón, y entonces uno los deja por un tiempo y vuelve y avanza otro poco, y los deja de nuevo; esto me pasa con novelas como La decisión de Sofía, de William Styron, que voy leyendo hace como diez años y nunca termino, o con El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, que leo en dosis pequeñas, y sobre todo con las obras de Osvaldo Lamborghini, que son tan salvajes, duras y atroces que sólo puedo avanzar una página o página y media al mes, máximo. ¿Para qué sentir urgencia de acabarlas en los libros si, al fin y al cabo, en la vida las historias no tienen principio ni fin?, como recuerda Graham Greene al principio de El fin del romance.
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Tampoco es necesario acabar de leer ciertos libros. Uno lee un poco y ya se da cuenta de qué es lo que hay dentro. Como en la cocina: con un plato de sopa basta, no es necesario tomarse la olla entera para disfrutarla a fondo. Esto me pasa con las extraordinarias narraciones de Philipe Sollers, uno de mis autores favoritos del que jamás he terminado un libro. Más que una historia, lo que hay es precisamente un sabor, una temperatura especial o un estado de ánimo, y uno recurre a él para eso, para tomarse un plato. Da lo mismo leer ciento veinte o doscientas páginas, el sabor es el mismo. Igual me ocurre con Thomas Bernhard. Su dureza con la vida, su malestar al borde del cabreo con todo lo humano, contienen ese sabor áspero que por un tiempo nos hace ver el mundo con frialdad, como si se tratara de un gigantesco hormiguero. Son novelas sin historia. No es una prosa que corre en sentido horizontal y por ello no es necesario leerlas hasta el final para estar en ellas.
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Releo y noto que no me he referido a los libros malos. En mi experiencia de lector hay dos tipos de libros malos: los que son, por decirlo así, intrínsecamente malos e insuficientes, y los que lo son de un modo correcto, con una estructura bien apuntalada. Hay libros malos que están muy bien escritos y éstos a la larga son los peores, pues suelen tener muchos lectores que creen que la lectura fácil es la verdadera literatura. Los editores los llaman "literatura comercial de calidad". Estos libros, más que no acabarlos, lo que se debe hacer es jamás empezarlos.
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Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de Necrópolis, V Premio de Novela La Otra Orilla. La Otra Orilla. Barcelona, 2009. 464 páginas. 20 euros.

Pediatría-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 23/01/10)

Mi mujer mira atentamente a la bebé y me pregunta con absoluta seriedad si estará bien. Creció siete centímetros en un mes, duerme como oso –incluso hace ruidos de oso-, se bebe su leche con un furor que sólo le he visto a mis tías catalanas frente a los postres y cuando le canto una canción de Sinatra levanta las cejas con una ironía que denota inteligencia y sensibilidad. Cómo que si está bien, le pregunto. Me responde: No sé, tiene la cabeza gigante y el cuerpo chiquitito. Son las doce de la noche. Recoge a la bebé completa con una mirada y dice desde el fondo de su corazón: Seguro fue la copa de vino que nos tomamos.
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Somos una familia móvil, acumulada y posmoderna. Nuestros hijos tienen un rosario de abuelos de los cuales sólo cuatro de cada uno ostentan el prestigioso rango de “biológicos”. La cosa es tan complicada que hemos tenido que facturar a la carrera nuestro propio diccionario: los niños tienen primos, primastros y hasta primoides. Un día regresamos atribulados del supermercado y el de en medio bajó las escaleras gritando: “Papi, papi”. Mi mujer se preguntó cuál será el diminutivo de “madrastra”. El tema fue llevado a debate y el grande propuso, en ánimo conciliatorio, que podría ser “Titi”. Casi se lleva un bofetón por cursi. Yo me pregunté, aunque preferí no ventilarlo, si a la pareja de mi ex mujer le dirían “Toto”.-No hemos tenido el tiempo de dar con el sustantivo correcto, porque desde hace mes y medio que nació la bebé no hemos tenido tiempo de nada. El grande tiene ecuaciones de tarea, el de en medio está convencido de que es un astronauta y Tacubaya un planeta hostil –a veces pienso que tiene razón-, la bebé ya quiere leche otra vez. Nos hemos vuelto tan multitask que somos hasta multiculturales: el mayor es un gringo promedio y la chiquita salió prieta.
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A las nueve de la noche ya todos están dormidos y los adultos tomando la copa de vino y los cacahuates japoneses que garanticen cierta cordura aunque produzcan un bebé de cabeza grande y cuerpo chico.
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Cuando llegó la nena fuimos a un pediatra chic: consultorio en Polanco, teorías médicas de última generación, honorarios de escalofrío. Todo el mundo sabe que ningún género literario es tan volátil como la pediatría: para cada nuevo hijo, lo que hicimos con el anterior es científicamente nefasto. La moda de este año es una cosa aterradora que se llama “libre demanda”: el bebé debe tomar leche cada que se le dé la gana, hasta los 21 años. La otra receta nos dio tanto miedo que salimos despavoridos: “libre adaptación al ciclo diurno”. El pediatra nos explicó, con una sonrisa perversa, que los bebés, como los senadores, duermen sólo de día y hay que respetarlos. Ya ni le preguntamos por la copita de vino y los cacahuates. Al poco supimos de otro médico que –lo juro— explica la urgencia de bañar a los bebés con Bonafont.
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La ortodoxia en el cuidado de nuestros recién nacidos se ha convertido en una servidumbre monstruosa: que se prohíban la ginebra y la heroína durante la lactancia se entiende, pero ¿de verdad es necesario no consumir chocolate? Desde que ganamos la Guerra de Reforma, nunca ningún ciudadano libre ha recibido una lista de prohibiciones como las que le extiende hoy el pediatra de moda a una madre reciente –los médicos viejos son otra cosa.
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La novelista francesa Marie Darrieussecq cuenta en su espléndido El bebé (Anagrama, 2007) que la primera vez que se animó a salir sola con su hijo en el carrito, se sintió tan libre que se detuvo en una terraza a tomar una cerveza y fumar un cigarro. Fue tal la reprobación de parroquianos, camareros y turistas que, dice, entendió por primera vez el significado militante de la palabra “nosotros”.
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En una ciudad en que las mujeres han impuesto a votos duros su derecho a decidir sobre su propio cuerpo en todo lo que cabe entre el transporte público y la clínica, los pediatras de moda se han convertido en los últimos inquisidores: defienden una pureza a ultranza, someten con regocijo. No saben que se las ven con “nosotros”.

miércoles, enero 20, 2010

"Los Grope: una novela de humor puro e irreverente"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 20/01/10)

Hace algunos meses Paola Tinoco -encargada de difusión y prensa de Anagrama, Siruela y Páginas de espuma en México- tuvo a bien proporcionarme, tanto para mi deleite como para poder reseñar en esta columna el libro “El mejor humor inglés”, la cual realicé hace no mucho tiempo. Gracias a ello descubrí a Tom Sharpe, un imprescindible escritor inglés.
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He cerrado con broche de oro este 2009 pues “Los Grope”, la novela más reciente de Sharpe publicada bajo el sello de Anagrama en la colección Contraseñas, fue el penúltimo libro que leí para terminar a gusto el año.
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“Los Grope” narra con un humor bastante rico, hilarante y negro, la vida de una antigua familia de Inglaterra, para precisar de Northumberland: Los Grope. Esta familia, a diferencia de la mayoría, no cuenta con títulos nobiliarios y tampoco ostentan algún tipo de riqueza. Su único tesoro es su rancho Grope Hall, el cual tiene un origen extraño, divertido y demasiado accidentado. Ursula Grope criada de un convento y fea de nacimiento, al grado que ni los vikingos, quienes violaban a toda mujer, le hicieron caso alguno, pero su situación cambia cuando se topa accidentalmente Awgard el Pálido, un vikingo que había desertado de la guerra y ahora permanecía escondido en la despensa del convento donde trabajaba Ursula. Mientras el primero está dispuesto a hacer lo que sea con tal de no regresar a la guerra, la segunda estaría gustosa de ser violada por algún guerrero vikingo. Aquí comienza la historia de esta familia, donde los hombres son mandados al mar o al sacerdocio, mientras las mujeres, feas de nacimiento, se encargarán de dirigir el futuro de la familia, un auténtico matriarcado que podría tener su fin con la misteriosa y abrupta llegada del tímido e indefenso Esmond Willey a Grope Hall.
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“Los Grope”, como bien reza la contraportada, es un vivo y feroz retrato de la guerra de los sexos que, sin duda alguna, los mantendrá pegados al libro desde sus primeras páginas hasta llegar al final de la novela.
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Una excelente medicina para combatir el hastío que el gobierno Calderonista nos está provocando a los mexicanos.

martes, enero 19, 2010

El gran ausente (Diario Milenio/Opinión 19/01/10)

La tenía olvidada. La recordé porque me pidieron que recomendara una serie de novelas cortas para lectores jóvenes. Luego de recorrer los títulos de las más usuales, apareció en algún lugar de la memoria La mañana debe seguir gris, el libro que la escritora mexicana Silvia Molina publicó en 1977 y que todavía tiene a los críticos debatiéndose entre calificarlo como novela corta o como testimonio breve. Se trata, eso sí, en eso todo mundo está de acuerdo, de una historia de amor. Es una historia de iniciación. Tal como se desglosa en la contraportada de la edición publicada por Letras Mexicanas unos 8 años más tarde, la trama es la siguiente: “La muchacha —que es a la vez la narradora— conoce a un muchacho; la muchacha se enamora del muchacho; la muchacha pierde al muchacho”. Se dice ahí algo que se sabe: el muchacho (que, a decir verdad, ya no era tan muchacho en ese entonces) era el poeta tabasqueño José Carlos Becerra y la muchacha (bastante muchacha ella sí) era la narradora misma Silvia Molina. No se dice nada ahí, sin embargo, de los brevísimos fragmentos que, anotados en riguroso orden cronológico y a manera de diario, se encargan de recorrer la trama desde el inicio hasta el fin, como anunciando que, a fin de cuentas, la trama es lo de menos. Tampoco se hace mención alguna ahí de la combinación de dato histórico y el dato íntimo que le da a esos fragmentos la credibilidad del encabezado de periódico así como la dúctil categoría de rumor. No se anuncia ahí tampoco que Molina se apropia de la poesía de Becerra, dando inicio a cada capítulo con la voz del otro, la voz de la poesía, sólo para proseguirla (a uno se le antoja decir: para ampliarla) con su propia voz, la voz de la narrativa.
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En un medio literario donde lo más común es que las Lolitas (las muchachas, se entiende) no tengan voz, es de por sí interesante que la joven narradora que pasa una corta temporada en Londres, viviendo en la casa de una tía y enamorándose de un poeta mexicano, la tenga. Todavía más interesante resulta que la joven narradora utilice a la poesía muchacho (en sentido estricto: del ex-muchacho) como una especie de muso inspirador: la pista de despegue que, una vez recorrida a la velocidad adecuada, se convertirá en una cinta oscura en la lejanía terrestre. Entiéndase: son las letras de él las que dan inicio a cada capítulo, pero es la escritura de ella la que tiene la última palabra en cada apartado. Tal vez por eso la historia, que es una historia de amor más bien convencional para los integrantes de las clases medias, contiene sin embargo momentos más bien escasos en la literatura nacional. Casi todos ellos tienen que ver con el cuerpo. El cuerpo de ella.
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El relato da inicio en noviembre y en las calles londinenses (de ahí que la mañana sea gris, se entiende), donde un pequeño grupo de amigas avanzan para dirigirse a una casa donde comerán algo. Como en las escenas de arribo antropológicas, apenas unos tres párrafos después aparece él: “Un hombre joven de mirada infantil se levanta de su asiento, Hugo [Gutiérrez Vega] hace un gesto para indicar que nos sentemos al mismo tiempo que nos lo presenta; es José Carlos Becerra, quien sacude la cabeza para quitarse un mechón de pelo que le cae por la frente hacia los ojos y nos regala una sonrisa muy franca”. Luego del surgimiento del deseo y de la aparición puntual de los obstáculos que lo harán crecer (la vigilancia de la tía, la moral del país de origen, la torpeza), la joven narradora toma una decisión. En el capítulo VII, precedido por las palabras en que Becerra describe cómo “el tranvía del anochecer se detiene atestado en una esquina/ y sólo baja una muchacha triste”, la muchacha apuesta. Ella dice que “dobla la apuesta”. Se dirige al departamento de él; toca el timbre. Lo hace varias veces. Lo hace las veces que necesita hacerlo para confirmar que él no está. De nada ha servido su valentía. De nada el gesto de soltarse el cabello mientras espera. De nada saber que “ya no sueño un deseo, soy una posibilidad, lo percibo, lo encarno, lo siento, voy hacia un acto repetido por siglos: la entrega”. Tal vez es por eso que el capítulo VIII, cuyas palabras de apertura son: “Así sostendré algo tuyo en el mundo/ así cada palabra quedará marcada para siempre”, sea tan breve. En apenas cuatro líneas, la joven narradora resume el momento: está una vez más tras la puerta, pero esta vez sí (“esta vez sí)” lo escucha del otro lado y “oprimo el timbre con suavidad”.
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Siguiendo a pie juntillas esa máxima no dicha pero siempre obedecida que consiste en omitir la descripción del acto sexual, Silvia Molina toma, sin embargo, una decisión singular para el capítulo siguiente. En el IX, introducido (¿penetrado?) por las palabras “Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo”, la narradora describe una visita al médico. No se trata de un médico cualquiera, se entiende. Cuando el hombre le pregunta, en inglés, “What´s wrong with you”, ella anuncia, también en inglés, “I just want to take the pill”. Muy lejos aquí la Molina, y para bien, del trillado momento lírico en que la niña se transforma en mujer. Muy lejos de la culpa o de la sorpresa o del azoro o del rubor. Muy lejos de los decorativos lugares comunes que confunden la represión con la belleza. Muy cerca, en cambio, del cuerpo. Tan cerca que, para tocarlo, la narradora tiene que recurrir a la otra lengua. Hay cosas, se presupone o se admite, que no se pueden decir en la lengua materna. Hay cosas donde el lenguaje se detiene o se acobarda. Hay pulsiones a donde el lenguaje no tiene permiso de llegar. Lo que sigue en el libro es, por supuesto, la historia de amor que devendrá en tragedia: el poeta muere en un accidente y la mañana, por eso, tiene que seguir gris. Pero lo que falta por decir ahí, que es lo que falta siempre por decir en todos lados, se pasea, voluminoso y transparente como el mítico elefante, dentro del hueco que se abre entre el capítulo VIII y el capítulo IX. El sexo. En masculino o en femenino, el sexo no está. El sexo brilla por su ausencia (y se supone que esto es una decisión estética y no moral). Vendado de ojos y labios, el sexo yace, secuestrado, en el subterráneo de la literatura mexicana. Sin cabeza; desangrado. En off.
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Valdría la pena pensar en lo que serían algunos textos clásicos mexicanos sin esta omisión estratégica. ¿No sería Lección de cocina, el famoso cuento de Rosario Castellanos una crítica radical a la posición conocida como del misionero en lugar de una gran metáfora de la vida conyugal? ¿Cambiaría de alguna manera la noción de que Pedro Páramo es una novela de machos si Rulfo hubiera dejado que Eduviges contara, y no omitiera, los detalles de esa noche en que Pedro sólo atinó a entreverar sus piernas con las de ella? ¿Y si Arredondo no se hubiera contentado con hacer que su heroína sólo chupara un mango en La señal? ¿Serían entonces nuestros libros menos piernijuntos, más gozosos, menos timoratos, más escandalosos, menos decorativos, más nuestros?
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En todo caso, la joven narradora de La mañana tiene que seguir gris ha estado mucho más cerca de eso que muchos.

lunes, enero 18, 2010

El sentimiento infecto (Diario Milenio/Opinión 18/01/10)

Zona de radiaciones
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Hay que ser algo ingrato para no dar la bienvenida a un nuevo día raro. Hoy, por ejemplo, me he levantado con la noticia estrambótica de que un comandohacker de Hamás ha invadido mi blog. No me lo he imaginado, ni estoy jugando. Es probable que cuando estas palabras se publiquen, el ataque haya sido remediado por quienes administran el servidor, pero hasta este momento siguen ahí las fotos de combatientes en armas y la consigna “Muerte a Israel”, en inglés y árabe, justo arriba de tres consignas idénticas: Allahu Akbar. Una página sosa cuyo fin evidente no es argumentar ni convencer, sino exclusivamente intimidar. Que allá en California, donde alquilo el espacio para la página, cunda el terror porque unos fedayines han logrado meterse en sus computadoras y cualquier día van a hacerse presentes en las banquetas de Rodeo Drive. Por si quedaran dudas, una de las imágenes muestra a los de Hamás quemando una bandera norteamericana. Hace falta, no obstante, albergar demasiada paranoia para en verdad ver moros con AK-47 tras un ataque cibernético que bien pudo ser obra de un par de adolescentes exaltados, pero igual queda una incomodidad: esa extrañeza siempre irresoluble que aflora frente al fantasma del odio.
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Pocos son los que han visto de frente a un terrorista, pero al odio bien que lo conocemos. Nunca me ha dado miedo la brujería, sí en cambio el odio ciego de quien recurre a ella. La sola idea de que alguien posea un muñeco alfileteado con la foto, las uñas o los pelos del ser aborrecido mueve a algunos a risa y a otros a insomnio, pues vale preguntarse de qué otras agresiones será capaz quien recurre a rituales en teoría profundamente dañinos con tal de saciar cierta sed de revancha. ¿Por qué quien ha pagado a un brujo por escenificar un rito de Palo Mayombe contra un mortal intensamente detestado va a detenerse ante otras opciones, como hacerse con algún coche chatarra y cualquier día atropellarlo con él?
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Yo cobrador
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Mentiría si dijera que me asusta tener un blog tomado por presuntos terroristas. En un principio me ganó la risa, solté unos cuantos chistes y volví a las labores cotidianas, pero un rato más tarde ya no pude librarme de la extrañeza incómoda que provoca la sombra del odio, así no sea uno el destinatario. No hay que ir hasta la franja de Gaza ni meterse a buscar en internet para encontrar sus huellas envenenadas, toda vez que los odios terminales suelen ser más profundos y cercanos de lo que desearíamos imaginar. Escurridizo y mustio, el odio solamente se deja comprender por sus rehenes. Nadie que no comparta ese aborrecimiento visceral, sanguinario en potencia y amargo de rigor, frecuentemente rico en complejos, va a entender las razones retorcidas de quien alza una causa sobre cimientos de odio. Un material moldeable, asequible y barato para aquel insidioso que sabe cómo usarlo y fertilizarlo.
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No hay hijo de vecino que no pruebe una suerte de gratificación díscola tras darse un pasón de odio intravenoso. El odio purifica, o al menos esa es la impresión que se tiene una vez que se da con los culpables de la propia desgracia. Odiar es entregarse a las compensaciones de una forma de esclavitud liberadora que lo releva a uno de otra responsabilidad que la de hurgar sin fin en el rencor padre. Entre más vil resulta el ser odiado, mejor persona parece uno mismo, y así el hecho de odiarlo le granjea derechos tan particulares como el de hacerle daño a cualquier precio. Nada más por estar en el lado correcto. Somos los ofendidos, ¿no es verdad? Irreparablemente, se entiende. Por eso no entendemos que los demás no tengan nuestra prisa por desaparecer del mapa a nuestro antípoda. Y he aquí que el sentimiento es tan contagioso, y en una de éstas tan familiar, que encuentro natural haber saltado a la primera persona del plural. Tal vez lo más temible de los linchamientos sea lo fácil que resulta sumárseles.
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Pureza por contagio
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Está claro que el odio —veneno al fin: droga de fracasados— paga dividendos jugosos a corto plazo. Una vez que los individuos pensantes se transforman en una de esas multitudes imbéciles a las que los piadosos llaman enardecidas, todo asomo de calma o equilibrio será complicidad con el enemigo. El odio sólo entiende las razones del odio. Esto es, los argumentos chuecos y estridentes que le permiten reproducirse. Ideas a menudo emparentadas con sentimientos en esencia positivos en su estado más puro, de los cuales el que odia se considera depositario y guardián. Nunca seremos, a sus ojos displicentes, lo bastante meritorios para equipararnos con la pureza que le ha dado la chamba de legislador, juez y verdugo en un solo paquete. Una prueba fehaciente del poder corruptor del odio está en la dimensión moral que quien lo ejerce pretende atribuirle. Se maldice al mezquino con las peores palabras también para ubicarse donde los generosos. Una vez distribuidos los papeles de villano, lo que toca es calzarse la capa del héroe y clamar que se lucha por la justicia.
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No siempre el odio ajeno lo hace a uno temer por su vida. Por causa de mi ubicación estratégica, soy un infiel que duerme sin sobresaltos. Pero hay un remanente detrás de cada jeta de odio terminante que uno debe fumarse, lo quiera o no. La vida les debe algo, van por ella como sus estridentes acreedores. Y eso deja rebabas de mierda en el aire. Una peste a rencor que sus propagadores quisieran epidémica. Un tufo que de pronto se esfuma del olfato, no bien se hace costumbre respirarlo. Cualquier día me miro allí encerrado, dándome al aborrecer a la estirpe completa del primer impertinente que osó mirarme feo en mi momento más vulnerable. En un descuido, me sentiré orgulloso de lo que hoy me parece motivo de vergüenza, y esgrimiré la rabia como razón. Y a nadie odiaré tanto, en ese punto, como a aquellos extraños que me miren con cara de qué-le-pasa-a-ese-imbécil. Y es que al final el odio —pariente y consejero del despecho— antes perdona a los traidores que a los neutrales. Cuando despierte, espero se hayan ido los de Hamás.

jueves, enero 14, 2010

"El animismo en la sociedad ultramoderna"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 13/01/10)

Tal y como lo anuncié en la columna de la semana pasada, volvemos a las reseñas. Esta ocasión toca el turno al escritor Ignacio Padilla -integrante de la generación del Crack- quien a principios del año pasado, en España, lanzó su libro “La vida íntima de los encendedores. Animismo en la sociedad ultramoderna”, el cual fue galardonado con el “Premio Málaga de Ensayo 2008. José María González Ruiz” y ha sido publicado en México, casi a finales del 2009, por la editorial Páginas de Espuma en colaboración con Colofón.
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El animismo afirma que los seres naturales como: montañas, plantas; y los objetos creados por el hombre como: calcetines, encendedores; están dotados de alma.
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El autor acuña a lo largo del ensayo un término: la pulsión animista, que viene a convertirse en la tesis central del libro; parafraseando las palabras del autor dadas al periódico La razón, éste es la necesidad de seguir creyendo en la vitalidad de los oscuros objetos de nuestro deseo o temor, lo que explicaría comportamientos variopintos tales como ver con cariño y un poquito de rencor a los encendedores que uno pierde, así como ver con respeto y gratitud a la computadora, de igual forma molestarse con el encendedor que desaparece, el calcetín que se perdió en la lavadora y dejó viudo a su compañero. Todo este tipo de comportamientos obedece a un por qué: el miedo a sentirnos solos en el universo.
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Son ciento sesenta y seis páginas que contienen humor de todos los colores y sabores, y que han sido escritas con la hilaridad y el ritmo característico de la narrativa de Padilla. “La vida íntima de los encendedores” viene a refrescar un poco el género del ensayo y da descanso a los temas de índole histórico, para optar por el análisis del comportamiento de nuestra sociedad partiendo de un objeto tan común y cotidiano en cada uno de los habitantes del mundo: el encendedor.
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Un libro, caro lector, que no debe dejar pasar, pues además de que lo ayudará a comprender desde otra perspectiva el comportamiento de nuestra sociedad, le hará pasar un buen rato. Ensayo que además de haber sido galardonado en España, el Fondo de Cultura Económica, en su zona de presa, marca a este libro como uno de los mejores del año que apenas se nos fue.