martes, enero 24, 2012

No sé si mis nubes te alcancen (Diario Milenio/Opinión 24/01/12)

El primer libro de poesía de Don Mee Choi interroga su historia personal desde el punto de vista más íntimo, pero también desde la crítica acérrima al neocolonialismo y sus sintaxis.

Sus palabras vienen del exilio. Don Mee Choi nació en Corea del Sur en 1962 y llegó a los 19 años a Estados Unidos, luego de una estancia en Hong Kong. Su primer libro de poesía —que va del fragmento al verso, de la nota suelta al párrafo completo— interroga esta experiencia desde el punto de vista más íntimo de la historia personal pero también desde la crítica acérrima e inteligente al neocolonialismo y sus sintaxis. A veces, el que se va deja a un gemelo imaginario en su lugar. A veces, cuando la poesía lo hace posible, estos dos intercambian mensajes que, con suerte y gracias a Action Books que publicó este libro en el 2010, podemos leer. Aquí va una traducción de “Un viaje de la neocolonia a la Colonia”, en The Morning News Is Exciting! (Action Books, 2010), p. 81-85.

Se fue a Hong Kong en 1972. Tenía diez años y entonces sólo hablaba coreano. Imaginó que había dos de ella. Me imaginó. Yo crecí en Corea del Sur mientras que ella crecía en Hong Kong. Yo me quedo donde estoy.

Mi mensaje para ti:
Me quedé atrás. El hogar es una cosa en capas.

Tu mensaje para mí:
El té verde es la norma y no se le añade nada más. En la economía de la Colonia es esencial que se aproveche cualquier oportunidad para darse a conocer. Si vienes de una neocolonia desconocida, entonces eres nada y así permanecerás hasta la fecha de tu partida. Toma un trago y quédate cerca de tus familiares. Tu equipaje pronto absorberá la niebla. Al transbordador en que viajas le depara una sorpresa —Té y los Ingleses. Ahora resulta evidente que la Colonia espera poder mantener a su creciente población en un estándar de vida razonable. Tu lenguaje es optativa. Es ideal para tu nueva situación doméstica: un departamento de tres recámaras con un balcón lo suficientemente grande para ti y tu tristeza. Todos admiramos la vista del puerto. No busques árboles ni sus flores. Los gorriones dejarán de gorjear después del crepúsculo. No te dejes enterrar por tu abrigo. No hay inviernos aquí. Por supuesto que puedes estar desolada. Esa es la Ley. Establecer residencia en una Colonia usualmente implica una cierta seguridad e incertidumbre. Toma otro trago. El té verde es la norma y no se le añade nada más. No te dejes embaucar por la ausencia de un toque de queda. Sabemos que la distancia es abrumadora. Ese es un aspecto esencial de la Colonia. Si vienes de una neocolonia desconocida, es necesario que te identifiques. No nos interesa. Aquí apreciamos el crecimiento rápido.

Mi mensaje para ti:
La hogar es una cosa en capas. Vivo como si no te hubieras ido nunca. Vivo en la casa en que naciste y hablo tu lengua optativa. Aquí sí hay inviernos. Me pongo seguido tu bufanda de listones y los guantes rojos. Te imagino de niña. Tú tienes una vista del puerto y yo una del río. La distancia es abrumadora. Se ha registrado un cambio en la Ley. La ley de 1972 ratifica la ley de 1961. ¿Qué pide la Ley? Estamos desolados. Tu madre envió la maleta con la ropa usada. Me pongo tus vestidos sin mangas y huelo tu niebla. Mis gorriones no tienen ningún lugar al cual ir. No sé si mis nubes te alcancen o no. Te imagino de niña. Espero tu regreso.

Tu mensaje para mí:
Sé de la nostalgia. Es inimaginable e involucra a la comunidad de alguna manera. Empieza con una familia en la distancia. La seguridad no es nada. Partir no es nada. La Colonia es algo pero la neocolonia no es nada. El invierno no es nada; sin embargo, la Ley es algo. El caso es que estás desolada. La ideología es una cosa en capas. La Colonia es espacial. Una teoría descriptiva, que le llaman. La cena, el alimento más importante del día, que originalmente se tomaba a mediodía, y que gradualmente empezó a tomarse más tarde, no se empezó a servir entre las 3 y 4 de la tarde sino hasta el siglo XVIII. A media tarde se sirve el té, la hora de las visitas decentes. Tu familia se puede sentir incómoda en la mesa. Ahora los separan las sillas. Ahora duermen separados del suelo, bajo sábanas removibles. Y sueñas en capas: la montaña, el mar, el río, el puente, y el transbordador se traslapan, se doblan, y parten. Es posible que tu lenguaje optativo se deforme. A tu madre puede aquejarla un mal —el precio de un mundo interior. Quitarse los zapatos al entrar en casa está bien, pero no es apropiado hacerlo frente a la Ley. El hogar es nada y esa nada eres tú. Las nubes desaparecen con el tiempo. Debes soportar la distancia. La niebla es tu hogar.

Mi mensaje para ti:
Te fuiste. Por favor, regresa. Tengo tu peine. Sé de la nostalgia. Se abre como el paraguas de mamá. Juego a vestir a tus muñecas de papel, el clóset dibujado a lápiz. Camino despacio sobre el puente, tu horquilla para el pelo en mi pelo. El río tiene las aguas revueltas. Arrojo mis brazos y me quito los zapatos. Soy ninguna. Por favor, regresa. Tengo tu peine. Deprímete. Desaparece. Dile que no a la cena y a la niebla.

Tu mensaje para mí:
Olvidar es maravilloso y la noria de mi padre no tiene fondo. Freud dice: la manera en que se desarrollan la tradición nacional y la memoria de la niñez de cada individuo podría llegar a ser totalmente análoga. En efecto, alguna alta autoridad puede cambiar el objetivo de resistir por el de recordar. La locura puede ser una forma de resistencia. Olvidar es maravilloso y la noria de mi padre no tiene fondo. Para poder recordar un incidente doloroso para la sensibilidad nacional, la agencia psíquica de base tiene que resistir a la alta autoridad. Sin embargo, esto va contra la Ley. Té y recuerdos falsos. ¿Qué es más adorable? ¿La Colonia o la neocolonia? El cambio en el objetivo es menor. Olvida algo y, luego, recuerda cualquier otra cosa. Lo más adorable es el inconsciente, es tan vívido. En defensa de la paramnesia de la nación, el té debe servirse a todas horas. Migración, ¡mi nación! La familia en la distancia debe estar separada por un océano. La cercanía puede provocar accesos de nacionalismo. Obedece tus obsesiones de orden. La soledad de la niñez puede cambiar de objetivo. La soledad de la nación es una falsa categoría. Sé un fraude. Sé la Ley.

Mi mensaje para ti:
¿Estás triste? No estoy enojada. Te sentaste sobre el regazo de tu padre. 1972 fue el año de tu partida. Me acuerdo de tu falda de flores y tus shorts, la horquilla en tu cabello. La Ley se estaba acercando y tú te estabas alejando. Mis nubes te persiguieron. ¿Eres adorable? Yo soy tan vívida. Mis gorriones viajan sobre el océano a través de la noche y recuerdan tus flores. No soy tierra baldía. Yo sigo.

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Notas sobre el viaje: La cita de Sigmund Freud es de Forgetting Things (Penguin, 2005).

La traducción de Déry-(Sexenio-Puebla 17/01/12)

A finales del año 2011 y lo que llevamos de este 2012 estoy intentando nivelar mis lecturas, pues la ventaja la llevan los escritores de habla hispana y ahora estoy abriéndole paso a los escritores de idiomas extranjeros traducidos al español.

De la mano de Pedro Ángel Palou logré acercarme a Kafka, Faulkner o Naipul; de la mano de Sergio Pitol he empezado a conocer a escritores reconocidos en el mapa mundial, como otros no tan difundidos. Leer a Sergio Pitol es disfrutar de una literatura rica, amistosa y memorística; mientras que leer sus traducciones es compartir con Pitol sus pasiones y su juicio crítico.

Hace casi 9 meses que Hungría hizo acto de presencia en mi vida, es el país preferido de Dulce –mi bella novia- a través de sus relatos, sus recuerdos y sus fotografías estoy conociendo a dicho país. Algún recuerdo me decía que Hungría era uno de los tantos países por donde anduvo Sergio Pitol. La sospecha se confirmó al tener en mis manos El ajuste de cuentas de Tibor Déry, libro perteneciente a la Colección Sergio Pitol traductor.

Tibor Déry experimentó el surrealismo y el dadaísmo; aunque se le reconoce más por su literatura tan realista y comprometida con la situación húngara.

El ajuste de cuentas reúne tres relatos: El ajuste de cuentas, Amor y Filemón y Baucis; todos ellos consistentes, leves y exactos; y por qué no decirlo, también poéticos. Cada uno de éstos acontece en una Hungría que sufre los daños del estalinismo o de la revolución húngara. Relatos que hablan del miedo a ser aprehendido; de la sensación que nace al obtener la libertad después de permanecer en la cárcel por varios años y no saber qué te espera afuera; y también de la incertidumbre que existe cuando habitas en una país en guerra, esa extraña sapiencia de que la vida pende de un hilo, de una circunstancia o de un estar ahí en el momento menos adecuado.

El ajuste de cuentas es un gran libro que a pesar de retratar acontecimientos no tan agradables están llenos de belleza, debido a la forma en que están escritos. Desconozco cómo se lean o perciban en el idioma original, pero algo muy cierto es que la traducción de Pitol es agraciada, pues logra transmitir el mensaje y sobre todo no se siente la voz de Pitol dentro de los textos; convirtiéndolo en un gran traductor, ya que permite hablar al autor.

Habrá que agradecer a Pitol por la traducción, pues al parecer es la única traducción de Déry que se consigue en México. Un gran atino de la editorial de la Universidad Veracruzana y su coordinador Rodolfo Mendoza.

lunes, enero 23, 2012

Para ponerse más guapos (Diario Milenio/Opinión 23/01/12)

No en balde la belleza es desdeñosa, con tantos candidatos a vender su alma al diablo por abaratarla

1. Quién tuviera súper cola

Oneal Ron Morris nunca fue propiamente un doctor, pero puede alegar que la vida le puso en ese camino, una vez que se sometió a la cirugía que lo convertiría en mujer y estimó que quizá no fuera aquél un truco tan difícil. Si se empeñaba un poco y aguzaba el ingenio, ella también podía cobrar un dineral por injertar nuevas protuberancias allí donde la madre naturaleza no había dejado sino insuficiencias. Y si no un dineral, un dinerito, pues en este negocio los prospectos de paciente no se caracterizan por su paciencia. Menos aún si de esa codiciada cirugía dependen sus futuros ingresos económicos. Para desgracia de legiones de aspirantes, no hay en el mundo institución financiera que preste su dinero tomando por aval la inminencia de un trasero jugoso, unas tetas rampantes o un perfil de impecable galanura, y es en virtud de esta limitación que gente como Oneal Ron Morris encuentra su ventana de oportunidad.

En ausencia de los conocimientos médicos más elementales, la “doctora” Morris encontró que unas cuantas inyecciones bastaban para hacer de cuerpos esmirriados prodigios curvilíneos, aun si la jeringa contenía materiales de tan dudosa viabilidad clínica como el pegamento para plástico, el sellador de ventanas y un producto llamado SuperCola, disueltos en aceite mineral. Cierto es que la aplicación de las inyecciones dejaba heridas grandes y dolorosas, de manera que Morris resolvía el entuerto aplicando un remedo de pomada milagrosa, conocido en refacionarias y tlapalerías como Fix-a-flat, y a todo esto muy útil para parchar las llantas ponchadas sin tener que ir a la vulcanizadora. Por setecientos dólares —una ganga, de acuerdo a los estándares reinantes— la paciente podía regresar a su casa en la creencia de haber hecho un negociazo. Y luego, nada más llegaban los dolores y el cuerpo comenzaba a deformarse, la “doctora” explicaba a sus víctimas que todo era cuestión de seguir inyectándose, para que la sustancia se asentara y propiciara la recuperación.

2. Territorio merolico

No es fácil esquivar esa publicidad morbosa y a menudo embustera que se vale de contrastar fotografías —donde se ve la pinta del cliente antes y después del tratamiento— para ofrecer así pruebas en teoría fehacientes de su efectividad. Uno se ve imantado hacia el anuncio chusco donde, en el curso de un lapso determinado, el gordo se hizo flaco, el flaco se hizo fuerte, la calva se hizo mata, la fea embelleció, las arrugas se fueron e incluso la más plana se despertó buenísima. Para que ese milagro se nos haga verdad, no es preciso sino hacernos clientes. ¿Y quién no quiere verse mejor de aquí a tres meses, o años, o décadas, cuando bien sabido es que la tendencia corre en sentido opuesto? Como los cirujanos de pacotilla, quienes así pretenden vendernos la belleza ofrecen el paquete por un precio en extremo razonable, y a menudo también nos hacen conscientes de los costos que un tratamiento similar importaría en una clínica de lujo, reforzando de paso esa idea extravagante según la cual los ricos son dichosos derrochando el dinero y no conocen la tacañería.

Uno de los obstáculos fatales en la ruta del pobre hacia la opulencia es la idea que de ésta suele imperar. Pues si el modelo de familia acaudalada parte de los riquillos de pacotilla de los que está repleta la televisión, y el camino hacia ella está pavimentado por los infomerciales, el optimismo que de ahí resulte vivirá condenado a la superstición. ¿Quién, sin embargo, puede restar encanto y magnetismo a las palabras mágicas, como sería el caso de gratis, ahorro y regalo? Antiguamente, los merolicos vivían camellando por plazas y avenidas, donde un flujo verbal incontestable les permitía endilgar a decenas de incautos las dudosas virtudes de un producto increíblemente barato. Hoy, ese mismo truco sirve para engañar a miles o millones a través de un video donde la mercancía va bajando de precio hasta llegar a menos del diez por ciento de su valor propuesto, y encima de eso incluir tantospilones que uno debe sentirse profundamente estúpido si deja ir esa gran oportunidad. “Llame ahora”, aconsejan, acaso porque un rato de reflexión invitaría al incauto a sospechar que el producto prodigio no necesariamente ofrece más ventajas que inyectarse tres tubos de kola-loka en las tepalcuanas.

3. Galanura y baratura

Para quienes “no piensan gastar una fortuna” en un bonito anillo de compromiso, se ofrece todavía en la televisión americana una flamante réplica de la sortija que el príncipe Guillermo puso en el dedo de su hoy esposa, Kate Middleton, al increíble precio de 16 dólares. Ciertamente no son zafiros y diamantes, pero el hecho es que la feliz propietaria podrá decir que la princesa y ella usan el mismo anillo, mientras su novio goza de la prerrogativa de encontrarse más listo que el príncipe, toda vez que se ha ahorrado un dineral tan grande que muy probablemente jamás lo verá junto. La ecuación es, de nuevo, tan simple y fraudulenta como la fórmula de la supernalguina: por el precio de tres míseras hamburguesas, más los correspondientes gastos de envío, toda hija de vecino podrá verse al espejo como legítima princesa.

Quienes alguna vez trabajamos en la redacción de folletos y catálogos en los que se ofrecían productos de belleza a precios ínfimos, sabemos que tenemos ganado el infierno. Desdeñada a menudo por “superflua”, la belleza inducida suele ser tan costosa como las joyas que a menudo la adornan, y con seguridad es más ambicionada. Cómo, explicar, si no, los extremos que alcanzan la oferta y la demanda en estos menesteres. Si unos dan cualquier cosa —nunca mucho, eso sí— por cambiar de apariencia, otros recurrirán a cualquier impostura por ponerse al alcance de ese presupuesto. El resultado es un triste desfile de crédulos deformes, de los que algunos cuantos consiguen un lugar en la página roja mediante un par de fotos encontradas: la flaquita de ayer, el adefesio de hoy, cuyo único pecado consistió en creer que la belleza, presumida como es, podía darse el lujo de abaratarse.

martes, enero 17, 2012

Poesía y cultura popular (Diario Milenio/Opinión 17/01/12)

Tierra Adentro ha publicado recientemente dos libros intertextuales, dialógicos, citacionales, oblicuos: Jeffery (Obra negra), de Saúl Ordóñez, y La radio en el pecho, de Eduardo de Gortari.

En 1980, el artista Sol Hewitt dio a conocer uno de sus dieciocho libros de artista: Autobiografía. Se trata de una colección de más de mil fotografías en blanco y negro, dispuestas en forma de cuadrícula, usualmente nueve por página, a través de las cuales se ofrece un catalogo exhaustivo de los objetos que poblaban su entorno inmediato: el estudio en 117 de HesterStreet en Nueva York. En su autobiografía aparece de todo —muebles, utensilios, grietas, enchufes, fotografías de fotografías— excepto una imagen de él propiamente dicha. Es, en este sentido, una autobiografía sin auto. O, mejor dicho, una autobiografía sin yo. Incluso mejor: cuando hojeamos Autobiographyestamos frente a un recuento personalísimo, sí, pero indirecto de la vida del catalogador. Lo que se persigue, en todo caso lo que se deja ver, es el efecto que ese alguien, que esa presencia, ha dejado como marca o como mirada sobre los objetos retratados. Es, pues, un recuento íntimo realizado a través de las trazas que tal intimidad diseminó en su alrededor, marcándolo todo a su paso. El yo, de estar en algún lado, está en la vida misma de las cosas. Y, como las fotografías se presentan en un sistema antijerárquico donde todas aparentan tener el mismo valor, el yo, de encontrarse en algún lado, se encuentra en el sistema mismo que hace funcionar a esta autobiografía como un recuento de una vida.

Unas tres décadas después, pero tratando sobre todo el campo de la poesía, Marjorie Perloff notaba que las posturas críticas asociadas a la New Sentece durante las décadas de los 60s y los 70s, tuvieron como blanco una cierta poesía de fácil acceso y sintaxis plana, hecha en versos cortos que concluían, veces más o veces menos, con una especie de epifanía que, en pocas palabras, alumbraría la ruta vital del lector. Desde su punto de vista, pues, los así llamados Language Poets destruyeron esos facilismos a través de textos a los que rigió una falta de referencialidad casi programática, una distorsión sintáctica que más de las veces intentaba recordarnos la ineludible presencia del lenguaje, así como una continua decepción de las expectativas del lector. Pero tomar una posición crítica en la era de la producción digital —una era claramente post-newsentence y post-language poetry— ha requerido tomar otro tipo de riesgos o metodologías. Lo que Perloff cataloga en Unoriginal Genius: Poetry by Other Means in the New Century es una serie de elementos que se dejan reconocer ya como parte de las así llamadas escrituras conceptualistas. Tiempo después de que Barthes y Foucault prescribieran la muerte del autor, dándole la bienvenida al mismo tiempo al nacimiento del lector en tanto autoridad última respecto al texto, Perloff señala, sobre todo, al diálogo como característica principal de los textos de la resistencia en los albores del siglo XXI. Y por diálogo entiende tanto el que se establece con textos anteriores como con textos en otros medios, pero también el diálogo que se establece también en una serie de escrituras que se hacen “a través” de otros, produciendo textos ecfrásticos que permiten al poeta articularse con y participar de ciertos discursos públicos.

Menciono tanto la Autobiography de LeWitt como algunos de los elementos que Perloff reúne en su recuento teórico e histórico de las poéticas contemporáneas porque ambas visiones me permiten leer en toda su amplitud y con mayor gozo dos libros recientemente publicados en México. Se trata deJeffery (Obra negra), de Saúl Ordóñez —un libro que obtuvo el Premio Elías Nandino en el 2011— yLa radio en el pecho, de Eduardo de Gortari, ambos publicados por Tierra Adentro.

Ya hace un par de años Ordóñez había publicado un libro ecfrástico en el que un yo mediado dialogaba con ciertas obras de arte contemporáneo. En Museo vivo, Ordóñez no intentaba criticar al museo como un obstáculo arcaico contra el cual hay que manifestarse de manera directa y rígida, sino que presentaba un entendimiento del museo como marco de referencia y, aún más, como una mediación crítica que le permitía dejar atrás el papel del poeta-visionario, para convertirse en un poeta-curador. ¿Y qué cura el poeta curador? A través del ojo de las palabras, el poeta recontextualizaba y actualizaba la obra de otros, estableciendo así una relación promiscua, francamente triangular, con un espectador que también la conocía (o querría, en todo caso, conocerla). El poeta curador, que es claramente un poeta post-expresivo, curaba el rigor mortis de la lectura definitiva. Ahora, en Jeffery, Ordóñez echa mano de un caso tremendo de la nota roja para decir al cuerpo en el cuerpo. En la página 74, justo al final del libro, leemos: “Entre 1978 y 1991, Jeffrey Dahmer asesinó a 17 hombres. Practicó con ellos la necrofilia y el canibalismo, y conservó partes de sus cuerpos como trofeos. Por sus crímenes, se le conoce como el carnicero de Milwaukee”. Participando de ese discurso público del que hablaba Perloff, en este caso a través de este ejemplo de la cultura popular que es la nota roja, Ordóñez logra articular el lenguaje del asesinato con el lenguaje del amor. Lo logra porque no olvida en ningún momento el punto mismo de su imbricación: el cuerpo. Hablando en el lugar de Jeffery, o hablándole a él, o tomando el lugar de la víctima, Ordóñez construye, acaso como LeWitt, una autobiografía sin auto, un recuento personal donde el yo no es un eje sino apenas un reflejo en uno de los tantos espejos que existen en cada palabra ya de por sí citada o extraída de la lectura de un recuento popular.

Alguna vez, en una charla que ofrecía para el Laboratorio Fronterizo de Escritura, el poeta Reynaldo Jiménez se quejaba del espacio tan grande que la poesía contemporánea le había cedido a las canciones populares. Eduardo de Gortari no estaba entre los 20 o 25 participantes de ese experimento fronterizo, pero bien pudo haber estado ahí, asintiendo. En La radio en el pecho, el poeta también echa mano de un discurso público —la canción escrita en inglés por grupos de gran popularidad como Radiohead o The Beatles— para trabajar con el lenguaje y la experiencia del lenguaje. Ejerciendo la traducción en el sentido más amplio de la palabra, es decir, creando covers que no aspiran a ser las canciones mismas en otra lengua sino su extraño doble o su gemelo maldito, De Gortari actualiza y re-localiza una forma que toca a ya varias generaciones de consumidores.

Más, mucho más puede ser dicho de estos dos libros intertextuales, dialógicos, citacionales, oblicuos. Básteme decir que ambos se retiran de la falsa dicotomía que por tanto tiempo estuvo a cargo de construir los diques entre La Literatura y Lo Popular (ambas con mayúsculas). Ambos son profundamente personales sin necesidad de recurrir al yo del ego lírico. Y en ambos titubea esa huella irónica o melancólica o feroz de la persona que somos cuando leemos los diarios de reojo o escuchamos las canciones del top ten.

Una biografía de la maldad-(Sexenio-Puebla 10/01/12)

Disparos en la oscuridad es la más reciente novela de Fabrizio Mejía Madrid, publicada bajo el sello Suma del grupo editorial Santillana. Un libro por demás sorprendente; donde el autor logra novelar con gran atino la vida de Gustavo Díaz Ordaz, sin perder verosimilitud y sin convertirla en un texto tendencioso.

Disparos en la oscuridad retrata con certeza y peso histórico los procesos por los que paso Díaz Ordaz para convertirse de un oaxaqueño jodido al Presidente de México.

Valiéndose de la técnica narrativa del flashback, Mejía Madrid, lleva al lector por los momentos que marcaron a Díaz Ordaz. Pasajes y personajes que se presentan ante él -como si fueran los tres fantasmas que aparecen en Cuento de navidad de Dickens-, para cuestionarlo y buscar un arrepentimiento que nunca llega.

A través de Disparos en la oscuridad el lector podrá conocer a un Díaz Ordaz que –prácticamente-, durante toda su vida fue un ser acomplejado física-moral y socialmente, y es gracias a la fortuna, las palancas, la corrupción y la consistencia se transforma en un monstruo lleno de odio contra cualquiera que no pensara como él.

Díaz Ordaz aprendió de los grandes monstruos de la política poblana: los Ávila Camacho y Gonzalo Bautista O’Farril, de ellos obtuvo todas las herramientas para convertirse en un personaje digno de ser temido y con tales aprendió que la mejor forma para mantener la paz social es reprimiéndola, cortándola de raíz sin tomar en cuenta los cómos. Sin embargo, la maldad y las malas decisiones cobran factura. Al final de sus tiempos, todos aquellos que decían ser sus amigos lo abandonan, lo cuestionan y termina solo, muriéndose sin que le importe a nadie.

El poder es benevolente si lo sabes usar, pero si abusas de éste puede ser cruel; pareciera ser la gran lección de este libro.

Un libro imperdible que ayuda a cualquiera lector a entender mejor el pasado oscuro del México moderno, que no aparece retratado en los libros oficiales de la Historia.

lunes, enero 16, 2012

La svástica emplumada (Diario Milenio/Opinión 16/01/12)

Están de moda los videos de idiotas prepotentes, más aún si desatan la inquina linchadora de quienes los envidian sin saberlo.

1. El clásico goringlón

A veces, lo mejor de YouTube no está en la novedad, sino al contrario. Algo hay de fascinante en descubrir allí, documentadas, escenas que uno ha visto en la realidad, no pocas veces con temor, vergüenza o un cocktail de los dos. Desde nuestros primeros años, por ejemplo, fue moneda corriente la gritería de los bravucones: esa gentuza impune y en el fondo cobarde que vivía guarecida tras la omertà mafiosa de los niños, pues era preferible verse las caras con el goringloncito que ganarse la fama de soplón y cargar con el odio de la pandilla entera. De entonces para acá, los buscapleitos fueron reformándose, pero hubo algunos que se perfeccionaron. Si de niños solían ser crueles y sañudos, de adultos se hacen fama de acomplejados e imbéciles. Todas ellas, por cierto, cualidades maleables que se magnifican en presencia de ciertos estímulos.

Un berrinche, un rechazo, un despecho, tres tragos, dos jalones, un guiño, una mirada rara o inclusive una espalda sospechosa: la bestia apenas necesita de algún pretexto para despertar. Y ahora que abre esos ojos de rencor instantáneo aunque vicario, ya no va por un palo para hostigar al que pueda dejarse, si en la guantera trae un pistolón para que vean con quién se están metiendo. Asumen a menudo los empistolados furibundos, cuya capacidad de raciocinio es evidentemente limitada, que ya sólo por eso nadie entre los presentes va a acreditar su escandalosa imbecilidad. Los hemos visto en calles, taquerías, tiendas, bares, aunque no siempre con el arma en la mano. Hay algunos que gustan de castigar con golpes y patadas. La mayoría, incluso, no nos hemos librado de convertirnos en un energúmeno ante una situación de por sí exagerada. Pero verlo en video es otra cosa, si en vez de provocar en el mirón la ansiedad del testigo presencial, le brinda a cambio la distancia objetiva, y con ella la chusquedad propia de la escenita. Si allá en la realidad su furia conseguía intimidarnos, acá en YouTube es carne de linchamiento, y lo mejor es que se lo ha ganado.

2. Palurdos en horas hábiles

El par de grabaciones que exhiben a un sujeto de apellido Sacal como uno más de aquellos acomplejados, y hoy se han puesto de moda en YouTube, desataron de paso una respuesta avasalladora entre manadas de falsos antípodas del energúmeno de Bosques de las Lomas. Empecemos por el cruzado que colgó alguna de las múltiples réplicas del video donde Sacal aplica una golpiza al empleado del edificio. “EL JUDÍO Moises Sacal Smeke dando muestras de odio anticristiano”, reza literalmente, mayúsculas incluidas, el título del video. Es decir que lo digno de escándalo no es que el patán sea patán, sino que sea judío. Esto es, anticristiano, a decir de los numerosos émulos de Sacal que hoy se valen de idénticos prejuicios para multiplicar los efectos perversos de su patanería. Cierto que pesa el dato de que el rufián tratara de “indio” y “gato” al agredido, pero de paso cabe preguntarse qué tanto contaría el dato de su gato. Esto es, el gato hidráulico de su Porsche.

“Si son el pueblo elegido. ¿porque están llenos de puro malvado pendejo y usurero? Porque sus viejas son unas putas? Aceptenlo desde Jesús De Nazareth ningún judío ha valido la pena” (sic), comenta algún palurdo en un foro de la red. Otro más los insulta con mayúsculas y los llama “usureros asesinos de Cristo”, y hay inclusive uno que suplica: “necesitamos nazis, pero ya”. Quienes tengan estómago para bucear entre los argumentos del antisemitismo local, no encontrarán el asco racial ni el recelo centenario que han sembrado cizaña en otras latitudes, sino otro sentimiento aún más vulgar, como es el de la envidia. No menos infumables son al fin las rabietas del envidioso que las del ostentoso, uno y otro cegados por carencias que saben impresentables. “¡Vaya!... Yo creía que hoy había huelga de idiotas, pero parece que salieron a trabajar”, decía Manolito, el de Mafalda. El efecto Sacal consiste al cabo en brindar un puñado de horas hábiles a paletos, cobardes y gazmoños cuyo antisemitismo de kermés veríase saciado si al menos consiguieran rayarle el porschecito al ahora legendario Gentleman de Las Lomas.

3. Shajatos de este mundo

Tan cierto es que todos hemos visto a más de un bravucón como que es del dominio popular la imagen del shajato. Según se les conoce, son aquellos hebreos poco sofisticados que gustan de ostentar cadenas de oro, logotipos de marcas exclusivas y carros deportivos, entre otros privilegios indiscretos. No faltan, por su parte, quienes opinan que el término incluye asimismo a los árabes ricos y presumidos. ¿Y los rusos, los gringos, los chinos, los mexicanos? ¿Quién no tiene su kitsch y sus shajatos? No obstante, al envidioso le provoca una placentera certidumbre mirar al energúmeno del Porsche y opinar que es el típico shajato. Lo de menos es que patanes como el de los videos proliferen en YouTube, y de hecho en cualquier parte, cuando lo que más urge es descargar fracasos y frustraciones encima del primer representante obvio de una minoría que tuviera el mal gusto de aparecerse.

Más allá de su origen, que puede ser cualquiera, y de su religión, que a muchos nos da igual, el shajato sólo puede ser acusado de tener mal gusto: pecado del que nadie se ve del todo libre. Ahora mismo, escribo a media sala enfundado en unos pants Lacoste francamente shajatos, y en un descuido voy a acabar con ellos en el supermercado. No estoy, por tanto, a salvo que algún envidioso distraído me tache de shajato y me atribuya las cadenas de oro y el pelo en pecho de los que para bien o mal carezco. Creerá entonces que soy el típico energúmeno que en un arranque de ira golpea a sus empleados o crucifica a Cristo. Sentirá ganas de incendiarme el Porsche que no tengo y darme en la cabeza con el gato hidráulico. Y nadie lo sabrá: de eso se trata. No todos los patanes y paletos van a dar a YouTube. Fuera de eso, a juzgar por sus huellas y más allá de credos y complejos, podría decirse que son todos iguales.

martes, enero 10, 2012

Lo que pasa es que yo trabajo (Diario Milenio/Opinión 10/01/12)

Son numerosos los escritores que describen su encuentro con los libros de Juan Rulfo como un momento crucial de asombro y de liberación confundidas. Generalmente bien recibida por la crítica, tanto de su tiempo como después, la obra rulfiana generó especial entusiasmo entre aquellos escritores que buscaban con avidez nuevas rutas de exploración. No es de extrañarse, luego entonces, que autores tan diversos como Gabriel García Márquez o Sergio Pitol, por mencionar sólo dos, reaccionaran casi de inmediato con un gusto y un asombro irrevocables. En sus respuestas, como en tantas otras, no sólo queda la huella de la admiración que surge ante lo conocido sino también, acaso de mayor importancia, está ahí el extraño estupor que marca a las cosas hasta ese momento inconcebibles. ¿Cómo pudo un hombre de provincias, de poco menos de 40 años, casado y con hijos, que había desempeñado, además, oficios tan variados como el de agente de inmigración y agente de viajes para una compañía de neumáticos, componer un universo de escritura y de lectura tan lejano a la tradición imperante?

Acaso la respuesta a esta interrogante se encuentre en la pregunta misma: únicamente un hombre nacido lejos de la Ciudad de México, sólo de manera tangencial vinculado a los círculos literarios de la época, habituado a leer con avidez tanto dentro como fuera de los cánones establecidos, y con una rica y muy privada vida personal pudo haber trasgredido, sin afán principista alguno, los gestos automáticos de la literatura circundante, y haber puesto de manifiesto una versión resumida e íntima de las enseñanzas de la vanguardia. Porque si Rulfo es, en efecto, nuestro gran escritor experimental, habrá que decir que lo es tanto dentro del texto como fuera del mismo. Con él no sólo se inauguran o se develan rutas inéditas en el mapa literario mexicano sino que también surgen maneras singulares, maneras alejadas del ejercicio del poder cultural, de vivir esos procesos de escritura.

En el México de medio siglo, cuando escritores de la más diversa índole comprendían, y empezaban a utilizar a su favor, los beneficios de una relación estratégica con el estado, la reticencia rulfiana no deja de ser especialmente notoria. Después de todo la hegemonía del estado pos-revolucionario descansó, a decir de muchos, en el uso estratégico y más bien flexible de una arena cultural dinámica e inclusiva. Así, evadiendo tanto el margen minimalista de un Efrén Hernández como la afanosa búsqueda de prominencia de un Octavio Paz, más que encontrar el punto medio, Rulfo fundó un lugar a la vez incómodo y tangible para el escritor mexicano moderno. Una posibilidad, al menos. Notorio, sí, pero rodeado de distancias. Asequible a traducciones y reediciones, pero modesto en presentaciones públicas y contacto con los incipientes medios. Sin rechazar a instituciones y grupos culturales, pero autónomo respecto a ambos en lo concerniente procuración de sus medios de vida. Calificado por Vila Matas como un escritor del No, Rulfo fue tomando decisiones peculiares en tanto autor de una obra cada vez más reconocida tanto a nivel nacional como internacional. Es cierto que, a simple vista, Rulfo únicamente publicó dos libros y que, después, dejó de escribir. Pero esta realidad por todos conocida, no quiere decir que Rulfo haya dejado de producir una obra que tomó vericuetos distintos y altamente singulares para su época o para la nuestra.

Rulfo aceptó, por una parte, la afanosa ayuda de los colegas que buscaban, y conseguían, traducciones de sus libros, pero en lugar de concentrarse en la acumulación de la obra personal, editó por muchos años textos de antropología e historia para el Instituto Nacional Indigenista —un trabajo cuyas demandas al decir de biógrafos y lectores especializados no eran muchas, pero cuyo horario cumplió de manera más bien medrosa. Si esto es cierto, entonces he aquí no sólo al Rulfo que dejó de publicar, sino también, acaso sobre todo, al Rulfo editor que publicó de otra manera. Habrá que tomar en cuenta también que, en lugar de multiplicar su obra literaria como era de esperarse, Rulfo concentró sus energías en el ejercicio de la fotografía, sin dejar de lado sus incursiones en el cine. He aquí a Rulfo en su activo papel de artista visual, continuando con su producción igualmente de otra manera. En lugar de convertirse en el literato oficial del régimen, continuó con un empleo que le permitía hacerse responsable de una familia que crecía. He aquí al Rulfo de lo cotidiano. En lugar de buscar, ya activa o pasivamente, posiciones en la burocracia cultural, ejerció su gusto por la conversación y el discurrir literario en el Centro Mexicano de Escritores y en el mundo semi-privado del café y del bar. ¿Es este el Rulfo bohemio? Claro que sí y qué va. Guardando sus distancias de las canonjías oficiales, Rulfo no sólo creó una leyenda sino, sobre todo, una ética: una leyenda basada en una ética que incluía el trabajo. No por nada, en aquella famosa entrevista que concedió a la televisión española en 1977, justo cuando el periodista se esforzaba por entender los mecanismos más oscuros de su proceso creativo, Rulfo aclaró de manera sucintamente rulfiana: “Lo que pasa es que yo trabajo”. Se refería, sin lugar a dudas, a las horas que, a lo largo de su vida, fue dejando en diversas oficinas tanto de la iniciativa privada como en el Instituto Nacional Indigenista. Pero quiero creer que también hacía referencia a la interrupción que representaba ese trabajo, a las necesidades que satisfacía, a la independencia que otorgaba. Todo junto y todo a la vez. El Rulfo escritor, artista visual, editor.

Murió, me lo recuerda la fecha, hace unos 26 años. Por estos días. Va un traguito de mezcal todo discreto a su salud, cómo no.

lunes, enero 09, 2012

El rebaño ilustrado (Diario Milenio/Opinión 09/01/12)

Se rifa un papelón

En los años de escuela, no existía un fantasma tan temido como el de la ignorancia, tanto así que solía reprimírsele por triplicado. Tomemos por ejemplo el horror cotidiano de la examen oral: no saber responder a una pregunta, o peor aún hacerlo erróneamente, ponía en peligro la calificación, y con ella el favor de nuestros padres, pero tal vez lo peor de todo fuera el ridículo entre los compañeros, siempre entusiastas a la hora de encontrar candidatos propicios a la picota. Y si no era un examen general, sino alguna pregunta intempestiva, los demás ignorantes se veían delante de una oportunidad invaluable. ¿No era acaso un descanso entre el rebaño que fuera otro quien cargara con el fardo de la fama de estúpido? ¿Y no se distinguían entre tantos burlones aquéllos que tampoco sabían ésa y otras respuestas? De ahí que fueran justo los ignorantes emboscados —mayoría aplastante, dondequiera que esté— más crueles y sardónicos que los sabihondos mismos, pues nadie sino ellos estaba urgido de curarse en salud ante una opinión pública sin pelos en la lengua y un examinador pródigo en mala leche.

Terminar con los cursos escolares no es necesariamente vencer a la ignorancia, sino en algunos casos enseñarse a esconderla tras la pedantería o la mediocridad. O, por qué no, una mezcla de ambas, tan generosas. ¿Alguien recuerda haber jugado Maratón, aquel juego de mesa mexicano donde entre todos los participantes solía destacar la Ignorancia, especie de fantasma que iba avanzando de casilla en casilla, cada vez que ninguno entre los jugadores atinaba a encontrar la respuesta correcta a una de las preguntas del juego? Destacaban también aquellos embusteros acomplejados que con tal de mostrarse más cultos que los otros se entregaban a estudiar Maratón, si bien lo más frecuente solía ser el clima de indulgencia plenaria que solía reinar cuando no resultaba el mejor informado, sino la Ignorancia quien ganaba la partida. Reprobados en masa: menos mal.

México en una laguna

Valdría preguntarse cómo demonios no va a triunfar la ignorancia en un país donde legiones de maestros se rehúsan airadamente a ser evaluados en sus conocimientos y desempeño, cual si ese requisito elemental fuese una vejación intolerable. Ya me habría gustado en los años de escuela encabezar alguna rebelión cada vez que un ultraje en la forma de examen amenazaba con exhibir mi ignorancia, y siquiera una vez salirme con la mía. En cuyo caso, al menos, no habría habido más burro que yo. Pero es un hecho que el villamelón habla con tanta o más soltura que el conocedor, más aún si se trata de causar buena impresión entre los presentes y espantar de una vez eventuales sospechas en torno a sus lagunas culturales, toda vez que el rebaño se expresa a este respecto mediante el linchamiento: nada ha cambiado desde la primaria. Imaginemos al niño pulcro y aplicado, de seguro mimado por las autoridades escolares, responder con alguna irregularidad a una pregunta súbita del profesor. Lo de menos es si uno conoce la respuesta, lo urgente es abuchearlo hasta que llore.

Ya sé que están de moda los debates, pero si me preguntan preferiría ver a los aspirantes a cargos públicos jugando Maratón. Si, como afirman sus creadores, hay a la fecha veinticinco distintas versiones del juego, no estaría de más realizar una a la medida de los puestos en pugna. Lo cual tal vez no fuese garantía de nada, pero seguramente nos brindaría el privilegio compensatorio de pitorrearnos con justicia y equidad, y eventualmente echar porras a la Ignorancia. Pues lo cierto es que el gusto por los libros suele ser parte de los propios principios, y es de entenderse que en ciertos ambientes donde muy raramente escasea la codicia, tanto los medios como los principios vivan atados al capricho de los fines. Se piensa en lo inmediato, no se encuentra el negocio en pasarse veinte horas con un libro delante. Si el libro da ventajas a largo plazo, el poder paga en cash y en caliente. Lo demás es barniz, y para eso no hace falta leer ni el instructivo. Si el maquillaje es cien por ciento compatible con la fealdad, el barniz cultural es amigo entrañable de la ignorancia.

El síntoma invisible

Me gustaría saber cuántos libros ha leído Luiz Inácio Lula Da Silva, quien alguna vez fue fotografiado absorto en la lectura de un volumen que estaba de cabeza. Tantos quizá como Lech Walesa, que se enorgullecía de no frecuentarlos. Aún así, a los líderes se les reprocha menos la falta de lectura que la impudicia. Que el fulano sepa o no administrar una institución pública parece poca cosa comparado con la sonora desvergüenza de no ponerse a tiempo el barniz cultural. A toda hora leemos y escuchamos a profesionales de la información que se equivocan escandalosamente y jamás acreditan sus errores, sin por ello quejarnos y reírnos, sino acaso extrañarnos y olvidarlos (y uno, que ha figurado en esa lista, lo agradece con la cola entre las patas). Pero nos sacudimos de aldeana indignación si quien aspira a ser el líder de la tribu no se aprendió la lección de memoria. ¿Qué no se supondría, de acuerdo a la más rancia tradición, que un aspirante a líder tendría que mostrarse invulnerable? Es decir que esperamos que nos mienta, y que lo haga con tanta elegancia que transmita respeto y confiabilidad. O sea que nos seduzca, y que luego nos coja.

A mí tampoco me simpatiza el partidazo que por setenta años repartió la ignorancia en mi país, y menos todavía el detritus patético que emergió de su vientre para usurpar el papel de la izquierda, pues ya los resultados están a la vista, pero no solamente en los traspiés de sus candidatos, sino en ese prurito pueblerino de proyectar un hecho sintomático cual si fuese un suceso excepcional: por lo visto, entre tantas personas cultivadas, sorprende que quien busca gobernarnos no se interese mucho por la lectura. De eso se trata, ¿cierto? Que no se enteren de que no leímos. Que piensen que sabemos lo que no sabemos y vayan por ahí haciéndonos la fama de enterados. Y que cuando haya un líder a la vista, se haya aprendido bien el Maratón.