lunes, diciembre 15, 2008

Ese viejo fascismo emocional

Diario Milenio-México (15/12/08)
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1 Enreglarse o arreglarse
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Es un hecho que a uno las reglas le fastidian. Aun sabiendo que su puntual seguimiento le acarreará en teoría beneficios concretos, la idea de romperlas es por algún motivo más seductora. Hay quienes creen, de paso, que la mera idea de acatar las reglas es sinónimo de vejez, cobardía o estupidez. Nada hay más fácil que burlarse del que siguió las reglas, en la medida que esto se lleve a cabo según el protocolo correspondiente. ¿O es que cree el romperreglas a ultranza que su capricho no obedece a ninguna? Habría que ver la cantidad de pobres diablos que gozan admirando al romperreglas porque al hacerlo elige perder, y de esa forma se les empareja. Si todos la cagamos al unísono ya no habrá un perdedor, ni un responsable, ni un culpable por toda esa inmundicia, pero igual seguirá operando el reglamento, y al cabo la manada de rompedores habrá de obedecer a las reglas propias de la manada, que no son justamente las más liberadoras, ni las más democráticas, ni las más justas.
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Claro, hay reglas idiotas. Ahora mismo, también, hay idiotas que escriben reglamentos. Menudean, también, quienes sólo hacen uso de esos instrumentos con la idea de negociar su aplicación. Todos aquí crecimos en mitad de esa mierda, tanto que nunca faltan quienes suspiran en voz alta por ella. Reglamentos inaplicables en las manos de autoridades más o menos flexibles, cuyas reglas son a menudo más arbitrarias que las del código que se quiso evadir. “Si de camino lo para otra patrulla, dígale que viene en X-2”, concede el policía de tránsito al automovilista recién extorsionado, que con ese pequeño salvoconducto se sentirá por media hora a salvo del reglamento que oprime a los otros. A menos que una nueva patrulla lo detenga y el agente le diga que no sabe qué es eso de equis dos. ¿O es que trae un papel, un oficio, un documento que le dé validez a esa visión de la clave de impunidad ciudadana, que por lo visto no es más que una prueba de corrupción cumplida? ¿Qué necesidad tienen las reglas no escritas de ser mejores que las escritas? ¿Cómo se evita que una regla no escrita sea alevosa, manipuladora y autoritaria, si de entrada no existe apelación posible?
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2 Chiquero en libertad
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“Los altos se pasan con criterio”, reza un adagio hijo de ese gusto chilango por la diaria anarquía. Hoy más que nunca esas palabras tienen sentido. Hay que ser muy ingenuo para detenerse ante una luz roja entre calles vacías a media madrugada, a sabiendas del riesgo que se corre con ello. Pues lo cierto es que en calles como las nuestras no son precisamente las reglas las que operan, empezando por las del código penal. Prefiere uno romper una pequeña regla, si con eso se libra de que otro rompa una de las grandes a sus costillas. ¿Con qué cara —se increpan los chilangos sobrerreglamentados— nos piden que evitemos las infracciones, cuando ellos no han sabido evitar los crímenes, ni siquiera en sus propias corporaciones, donde están enquistados varios de sus mayores promotores? Lo dicho, la pocilga es hospitalaria. Consuela descubrir que es posible vivir apestando. Ay del primer traidor que se dé un baño.
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No se puede pedir a una multitud que juzgue a gritos la pertinencia de una cierta regla. No obstante, es muy sencillo convencer a la masa de romperla. Insisto, no nos gustan. Muchos las obedecen por no tener que pagar consecuencias, pero las multitudes suelen ser impunes. En medio de ellas puede uno cometer toda suerte de tropelías extremas, si es que los otros están en lo mismo. Se trata de romper, mejor aún si no se sabe qué, ni por qué, ni menos para qué. Cada quién sabe lo que trae en el costal, ningún trabajo cuesta transferir frustraciones y agravios personales a las cuentas pendientes del montón, y a partir de ese punto echar abajo cuanta regla se interponga. Quienes creemos que la pena de muerte constituye una regla inaceptable, menos aún daríamos por buenas las reglas que conducen al linchamiento, donde el juicio lo ejerce la falta total de éste.
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3 Valientes del montón
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Quien no entienda la lógica de los pogromos —vecinos masacrando a sus vecinos: la libertad del odio desatado— tendría que ponerse en el lugar de quienes por un día se miran más allá de toda regla. Saquear, robar, allanar, torturar, violar, matar: todo está permitido, pero sólo por hoy. Aprovechen, honestos ciudadanos. ¿Cuántos son los valientes que se niegan, y con ello se arriesgan a sufrir justo lo que no quieren ocasionar? ¿Cuántos serían capaces de cortar un cuello tan sólo por probar que no son los cobardes que son? No es un horror tan raro, si se le piensa. Algo muy similar sucedía en el universo infantil, y en algunos creció al llegar la adolescencia. En el imperio estólido del montón, es común que el cobarde haga mofa del valiente, y que al cabo entre todos lo llamen a él cobarde. A coro, por supuesto. Si el letrero me pide que no maltrate las flores, arranquémoslas todas entre todos. ¿Reglitas a nosotros? Sólo eso nos faltaba.
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No me parece cosa de risa que quienes han llegado al poder con la misión expresa de defender los derechos de los más débiles acepten acatar las reglas básicas de la civilidad. ¿Tendría eso que ser una noticia? Graciosa es, para el caso, la obediencia de tantos desobedientes oficiales cuando llega la hora de cuadrarse ante el dogma; pero no ese fascismo emocional que espera de los hombres del poder que quebranten las reglas que nos protegen de ellos, so pena de juzgarlos cobardones y colaboracionistas. Conducta pertinente entre furcia y cafiche, no entre quienes se encargan de crear, revisar y aprobar las reglas que nos rigen y limitan. Si de por sí es difícil hacer caso a las reglas, a ver a quién va a querer respetar reglamentos firmados por rufianes.

Bettie, la bella

Diario Milenio-México (15/12/08)
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—¿Mmmhhhh?
—Perdón pero… se murió Bettie Page.
La respuesta, con otra pregunta, se produce en voz tierna y tenue, adormilada.
—¿Bettie Page? Mmmmhhh… ¿Y ésa quién era?
—La pin-up de los 50. La de La vida invisible.
—Mmmhhh… ¿Qué es La vida invisible?
—Una novela que te gustó mucho. De Juan Manuel de Prada…
—Ah, sí… Es bueno Juan Manuel de Prada.
—Ajá.
—…
—¿Cómo ves? ¿Daré la nota en la tele?
—¿De la Bettie esa?
—Ajá.
—No creo. Es de esas cosas kitsch exquisitas que nomás te interesan a ti.
—Y a Juan Manuel de Prada.
—…
—¿Entonces no?
—No.
—Bueno. Gracias.
Y regresa mi mujer a su sueño envidiable. Y me deja con la obligación de tener que levantarme a trabajar y con la frustración de no poner homenajear a Bettie, la bella, en cadena nacional. Y, claro, con la pena infinita de que ya no more ella en este mundo, ése que un día fue todo suyo.
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Bettie May Page nació en 1923 en Jackson, Tennessee. Tras una infancia tan triste que casi se antoja un cliché —abuso sexual, abandono, orfanato—, hizo estudios de magisterio, los truncó, soñó con ser estrella de cine, fracasó y terminó por mudarse a Nueva York y emplearse como mecanógrafa. Tenía, eso sí, un punto a su favor: era bellísima. Tanto que a sus 27 años —edad harto avanzada para que una modelo de fotos eróticas comience su carrera—, un policía aficionado a la fotografía habría de descubrirla, desvestirla, retratarla y lanzarla a un estrellato acaso menos glamoroso que el que ella soñaba pero, de todos modos, más estimulante que la condena a dedicar ocho horas diarias a aporrear una máquina de escribir (cuando menos eso concedería ella misma, décadas después).
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A lo largo de los 50, Page, Miss Glory, habría de dejarse fotografiar hasta el cansancio (suyo) pero nunca hasta la saciedad (nuestra) en toda suerte de situaciones lúbricas aunque púdicas (y es que, recatada antes que retacada, nunca protagonizó una escena de sexo explícito): imágenes y cintas súper 8 de un burdo y esquemático sadomasoquismo, portadas y centerfolds primero de revistas marginales y, después, de la mismísima Playboy, cuya edición navideña de 1955 presidía, devenida Señora Claus sin tapujos ni tapados ni frío. Después, el arrepentimiento, la predecible conversión al cristianismo (hasta misionera en África quiso ser, ella que tanto hizo por librarnos de la tiranía de la posición del misionero), la miseria y la oscuridad. Finalmente el revival en los años 80, cuando su alegre y apenas ridícula lascivia terminaría por hacerla mutar en objeto de culto. Es ahí donde entra el español Juan Manuel de Prada, quien basara uno de los personajes centrales de su prodigiosa La vida invisible en su figura, su persona y su historia, quien años antes incluso nos diera su mejor retrato verbal:
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Tenía una mirada desvalida que contrastaba con las pasiones un tanto calenturientas que suscitó y suscita. Tenía una sonrisa grande que sabía disfrazar con un mohín de picardía, y una dentadura húmeda que parecía susurrar ingenuas obscenidades. Tenía unas facciones ovales, tan redondeadas como el resto de su anatomía, enmarcadas por una melena de bruja bondadosa. Tenía los brazos mórbidos, a menudo velados por unos guantes de cuero negro que le trepaban hasta el codo, y unos senos nada neumáticos que se deshojaban sobre su cuerpo, si no había un sostén que los cautivara. Tenía un torso como de plastilina, adiestrado en mil y una danzas exóticas, que revelaba la arquitectura de sus costillas y la opulencia de sus caderas.
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Tenía en suma, dice De Prada —ya en La vida invisible—, la capacidad de lucir “increíblemente hermosa, increíblemente incontaminada por la sordidez de las situaciones que interpreta[ba]”.
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El secreto residía en la cabellera, ésa que el mismo escritor describe como “coronada por un flequillo al estilo de Louise Brooks”. Y es que, poseedora en sus años de gloria de una melena voluptuosa a lo Rita Hayworth y renegrida a lo Hedy Lamarr, la linda Bettie supo diferenciarse de toda vana vampiresa mediante la adopción del fleco coqueto e ingenuo que popularizara más de 20 años antes una actriz de poderío sexual igualmente enorme pero mucho menos evidente, aquella que encarnara la melancólica y transparente alegría del espíritu de la tierra para Pabst. Así la recordaremos, un poco Lulú y un poco Gilda, cifradas las deliciosas contradicciones de lo femenino en su bruna cabellera de india brava (pero buena).

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-15/12/08)

LA BOLITA
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¿Dónde quedo? Pregunta que nos hacemos a cada instante, en cada momento, y obviamente más aún en los últimos días, sobre todo durante la semana pasada todos teníamos prisa, andábamos a las carreras, no existía segundo, minuto, hora que alcanzara, ¿para qué? Bien a bien no se sabe para que, pero de que andábamos a las carreras, andábamos. Tal vez y por que el viernes fue 12 de diciembre, clásico día de peregrinación, de reflexión, de promesas, de sacrificios, de refrendar los votos, eso si, el día guadalupano ya es sin duda alguna más espectáculo de TELEVISA que otra cosa, y como no, si la mayoría de los artistas acuden a cantarle las mañanitas a la virgen morena, aquella que se le presentó algún día al famoso indio Juan Diego, para ordenar que en el cerro del Tepeyac se le levantase un templo, y como todos sabemos así se hizo.
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Pero ¿qué queda de la verdadera devoción guadalupana? Más allá del exagerado espectáculo representado por los cantantes de moda, de las cámaras registrando minuto a minuto el sacrificio de los mexicanos hincados, las caras de sufrimiento que no han cambiado de año en año, y que más bien esa angustia se ve que va en aumento, los vestigios guadalupanos han sido arrinconados al cajón, en efecto, al del desastre, ¿a qué otro podría llegar?
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La desenfrenada prisa ha de tener en cuenta ese día precisamente; por que ya ha llegado la hora para comenzar a brindar, a desearse un mejor año, prepararse para los regalos navideños, como que todos entramos en un espasmo para poner buena cara al mal tiempo, ese que vaticina que nos va a ir de la chingada, pero que de momento es bueno creerse todo lo que nos dicen sobre bienestar, buenaventura, esperanzas a corto tiempo, total, por que no seguir creyendo, si de todos modos no hay manera de cambiarse de país, de ciudad, de estado, de planeta.
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Es por eso que la bolita sigue girando escondida en los pequeños recipientes, para que cada quien haga sus apuestas, que la ilusión óptica no nos maree, los cacicazgos en el estado están de a peso, la prepotencia de los presidentes municipales cuenta con el aval y la sinrazón de las autoridades estatales, ya ven, que si hubo un narco alcalde y todo felices, que si por allá hay otro que se atreve a madrear diputados y no pasa nada, por acá otro más es testigo de cómo un animador de las fiestas denigra a niños por 200 pesos y ni quien lo toque, que si el otro se fue de borracho cargando con los dineros públicos y la sanción es inexistente; para eso precisamente el gobierno del estado apoyo la producción de la filmación “Arráncame la Vida” la famosa novela de Ángeles Mastretta, la cual critica la impunidad del poder de los lejanos años cuarenta y precisamente ha sido financiada desde el actual poder impune, ¿qué ironías no? Me atrevo a invertir en una película que pone al descubierto las atrocidades de un Ávila Camacho, pero hoy yo puedo hacer y deshacer, corromper, proteger, chantajear, tal y como padeciera este estado hace ya 55 años atrás.
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Por último, cuando la bolita va de izquierda a derecha, nos llega la noticia del fallecimiento de Doña Amalia Solorzano viuda de Cárdenas, mujer historia, mujer testigo de los grandes acontecimientos nacionales, primero al lado del entonces Presidente de la República de 1934 a 1940, luego como sombra durante el actuar de aquel personaje hasta que éste falleciera en 1971, por que vaya que a pesar de ser expresidente nunca se quedo sentadito y calladito, luego apoyando a su hijo Cuauhtémoc en todas sus andadas, e incluso llego ver al nieto gobernador de Michoacán. Doña Amalia no lo aparentaba, pero opinaba, sabía, leía, no fue una clásica ama de casa, ajena a los acontecimientos políticos y sociales de su país, estuvo ahí, en la trinchera, sin ser protagónica, aún que eso no impidió que fuera protagonista de los sucesos importantes del siglo XX en nuestro país, y ahora es una noticia más de otra defunción en lo que va del mes.
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Mientras la bolita sigue oscilando escondida en los recipientes, todos deseamos que nuestra apuesta sea la mejor, dar con ella en el momento preciso para evitar lo que evidentemente nos viene para el 2009.

domingo, diciembre 14, 2008

Un fragmento, uno.

Telaraña
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Dios era una telaraña. Arrasada, no queda trazo, ni el más sutil, que nos sostenga. Se dispersaron los prójimos. Y todos sabemos cuán fútil es amarse a uno mismo.
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El jardín devastado. Jorge Volpi.

jueves, diciembre 11, 2008

Se nos hizo tarde

Diario Milenio-Puebla (11/12/08)
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En mi colaboración pasada anoté que presentaría la novela de Fritz Glockner editada por B, Se nos hizo tarde en el Complejo Cultural Universitario. Adelanté sólo un poco de lo que leería para la ocasión. Completo ahora –y lo comparto nuevamente con ustedes— mi lectura de Se nos hizo tarde.
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Comienzo por el final de mi participación. Leí la novela de Fritz Glockner tan cerca en el tiempo como cuando, a la mitad de los años setenta, vi el cometa Kohoutek estacionado en el cielo durante casi un mes. En efecto: las referencias de los años setenta que sigo reteniendo son claras, porque ésa fue nuestra década juvenil. Nos tocó presenciar algunos prodigios del milenio, cosa que no le ha sido dada a ninguna otra generación: una final como la del Mundial México 70 entre Italia y Brasil/ Una película abiertamente antipsiquiátrica como Atrapado sin salida y una canción como “Imagina” de Lennon, entre otras muchísimas cosas que nos marcaron para siempre.
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En Se nos hizo tarde se narran dos historias paralelas que confluyen en un punto: los dorados años setenta. La historia del Instituto Oriente es el tema central y de ahí, convocados por alguien, veinte años después de haber terminado la preparatoria, los personajes van hablando de sus vivencias, de sus miedos y de sus experiencias. La nostalgia entonces invade desde el inicio hasta el final, las páginas de Se nos hizo tarde.
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Se abre una puerta y luego se cierra. Y en ese abrir y cerrar de puerta transcurre la historia: en retrospección los personajes reconocen ante el espejo aquello que dice en sus versos José Emilio Pacheco y que es el epígrafe que encierra el contenido temático: “Antiguos compañeros se reúnen./ Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos/ a los veinte años.”En la primera de las historias, Fritz Glockner es el historiador que habla de la fundación del Instituto Oriente. Se asoma a esa parte de la historia que tiene que ver con el fallido intento de fundar un sindicato no charro, al interior del plantel, en 1984. Glockner no abandona sus preocupaciones: en alguna de las páginas del libro menciona la Guerra Sucia del sexenio de Luis Echeverría.
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La otra historia, la que van contando los personajes de viva voz, es la historia de la ciudad y de sus habitantes, la historia del México donde los jóvenes vivíamos queriendo transformar el mundo. Éste es un testimonio de esa ansiedad por querer cambiar las cosas, de ahí que en la portada de Se nos hizo tarde aparezca la imagen del Che (que nunca faltaba en ninguna familia clase media), Rigo Tovar, Mafalda, Travolta, Meche Carreño, los Picapiedra y un micrófono a la usanza de esos años.
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Personajes vivos que nos trasladan hacia el torbellino de allá. La novela de Glockner está escrita para que los años pasados regresen en imágenes, en palabras. La otra historia puede resumirse en dos frases que he subrayado de Se nos hizo tarde: “Nosotros somos los fantasmas que hemos vivido con la información a trasmano de los ecos de lo que fue el 68”/ “¿Qué tanto se puede recuperar la vida desde la nostalgia?” Pienso que parte de la vida sí es recuperable si esa nostalgia no queda estática, tal y como lo aconsejaba Cortázar.

miércoles, diciembre 10, 2008

"La Frontera más distante"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 10/12/08)

Existen en México pocos novelistas que a lo largo de su obra, más allá de mantener una línea temática, mantengan y ofrezcan al lector, en cada una de sus narraciones, una propuesta estética. Realmente eso es lo que debe de importar, más allá de una temática totalizadora. Sergio Pitol, Mario Bellatin, David Toscana y la generación del Crack así como la del Boom, pueden ser un ejemplo de ello. Entre esta gama de novelistas se encuentra, sin lugar a dudas, Cristina Rivera Garza.
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“La Frontera más distante” (Tusquets, 2008), no puede entenderse sin “La muerte me da” (Tusquets, 2007), donde la autora -usando el thriller como arma discursiva para contar una historia llena de asesinatos y en cada uno de ellos un poema de Alejandra Pizarnik- hace gala de una estructura completamente postmodernista; la Detective, uno de los dos personajes principales, vuelve a aparecer en los cuentos: “Simple placer. Puro placer”, “Estar a mano”, “El perfil de él” y “El último signo”; que juntos quizá podrían conformar una noveleta o acaso ser la continuación de la novela en la que naciera la Detective. En “La muerte me da” los asesinatos tenían ver con castraciones, mientras que en “La Frontera más distante” existe un personaje que pierde la cabeza y otro que extravía la mano, ambos de forma extraña. Y nuevamente, como en dicha novela, la autora se preocupa por explorar el reconocimiento del yo en cada uno de sus cuentos.
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El lector que se enfrente a este libro se topará con cuentos, que van de la ciencia ficción, al ensayo, pasando por la narrativa policial y erótica, escritos con una prosa excelente, poética. Cuentos que por la construcción de sus oraciones, cortas en su mayoría, plasmarán la imagen que la autora desea crear en la mente del lector y donde son escasos los personajes con nombres como: Juan, Pedro, etc. La invitación que hace la narradora, creo, es la de otorgarle al lector la función de nombrar a cada personaje, ya sea por reflejo o porque en alguno de ellos encuentra retratado a algún conocido.
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“La Frontera más distante”, está compuesta por “El rehén”, “Autoetnografía con otro”, “La ciudad de los hombres”, “El gesto de alguien que está en otra parte”, “La mujer de los Cárpatos”, “Fuera de lugar” y “Raro es el pájaro que puede atravesar el río Pripiat”, además de los cuentos nombrados con antelación.
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Un libro que difícilmente se le caerá al lector de las manos.
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Anuncios del diván
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La “Revista de la Universidad de México” en su número 58 correspondiente al mes de diciembre, hace entrega de un especial dedicado a Carlos Fuentes. Participan escritores como Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, José Ramón Ruisánchez, Ignacio Solares, Rosa Beltrán, Elena Poniatowska, entre otros. Vale la pena adquirir el ejemplar.

¿Pederastas posmodernos?-ISRAEL LEÓN O’FARRILL (La jornada de oriente 10/12/08)

Recientemente trabajé con mis alumnos la excelente novela de Jordi Soler Nueve Aquitania, misma que tiene fuertes tintes de posmodernidad, empezando por su personaje principal, el Nómada, y continuando con su estructura, totalmente fragmentada y repleta de referencias a medios electrónicos y sus productos. Lo anterior, especialmente después del discurso en películas como Trainspotting, Pulp Fiction e Irreversible –por citar algunas–, establece quizá ya una estética posmoderna que motiva reflexiones diversas, y no pocos juicios negativos de los espectadores, acostumbrados a los discursos lineales, sosos y cursis del cine gringo del común.
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Sin embargo, en este instante, me interesa centrarme en el personaje del Nómada, pues encarna elementos atribuidos a la época actual, catástrofe moderna ocasionada por el acelerado crecimiento de la tecnología. Este individuo se manifiesta totalmente insensible a los elementos de la moral de nuestra sociedad a lo largo de toda la novela, y toma y deja trabajos de cualquier especie y denominación, sin importar la legalidad o no del entorno de su actividad. Lo mismo trafica con hachís en Lisboa que contrabandea medicamentos hacia Cuba, que organiza una banda de muchachitos limpia parabrisas para hacer todo tipo de triquiñuelas, entre las que se encuentra la prostitución. Sobra decir que los muchachos son menores de edad, y que, por la necesidad y un dejo de resignación –cuasi destino manifiesto que determina que si se es mexicano y niño, lo más seguro es que habrás de ser explotado de todas las maneras posibles sin que nadie meta las manos– entran de lleno a las actividades que les plantea el mercado y la demanda, canalizados por el Nómada. Es en este punto, justo aquí, que quiero dirigir los tiros.
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Hemos sido testigos en días pasados de una de las representaciones más asquerosas, gandallas y basuras que propicia nuestra calidad de seres humanos, seres, por cierto, bien mexicanos, piadosos y guadalupanos. En el municipio de Hueytlalpan, durante la celebración de las fiestas patronales del pueblo, en pleno acto, ante cientos de personas, un simpático –mierda– conductor del acto decidió que era también simpático –mierda también– encuerar a unos escuincles para beneplácito de otro simpático –¿dije mierda ya?– auditorio, entre los que se encontraban funcionarios del municipio y varios familiares y padres de familia. No entraré en detalles, pues el respetable lector de estas líneas los conoce a la perfección; ni entraré en el análisis legal y político que deriva de tal acción (no es tema de este espacio). En donde me meteré es en analizar las implicaciones sociales y culturales del hecho, que es en realidad lo que nos debería preocupar.
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Leyes van y vienen, computadoras, electrodomésticos, el hombre pisó la luna, y claro, la democracia y sus frutos han llegado para quedarse; a la vez, tenemos un flamante sistema económico que todo lo resuelve (¡ja!), la Trevi arrasó con el show de los megasueños o como se llame y cumplimos la meta del Teletón. Bien, echemos cohetes. Pero, la pederastia, una de las representaciones más deplorables del ser humano, sigue instalada en la médula de las actividades nacionales. Entiendo que a todo el país le preocupe realmente poco el asunto de las elecciones, de la inseguridad, de la caída de la economía, incluso de la constante incertidumbre que ha traído el fracaso de la modernidad –por cierto, tema central del discurso posmoderno–; lo que me cuesta asimilar es que semejante circo romano de lujuria y perversión se haya dado, en plaza pública frente al contubernio de toda esa gente reunida allí. Más de 500 espectadores aplaudían como focas amaestradas al espectáculo dantesco que se les mostraba, y sólo unos cuantos reclamaron. El Nómada, el personaje de novela es posmoderno, es individualista, es ególatra y le interesa sólo su propio beneficio; el público de Hueytalpan es totalmente premoderno, arcaico, decadente. No me parece que estemos presenciando la conjunción de cientos de Nómadas en un pueblo al que seguramente no ha llegado la novela de Jordi Soler; lo que me parece es que nuestro propio sistema de valores no resiste la más mínima prueba, y que la hipocresía de toda la sociedad se vio evidenciada en un día aciago en que se dio un “simpático” espectáculo. Esta raspadura en la superficie de muchas cosas calladas sólo nos deja ver la profundidad del problema que tiene visos de ser inmenso. A esto se le suman el incesto y el abuso sexual que, aunque de manera soterrada, siguen sucediendo en nuestro estado y en el país.
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El Nómada no tiene un sistema de valores compatible con el nuestro y su justificación es que es posmoderno; la mayoría de los presentes en el acto dicen regirse por ese sistema de valores, pero lo cierto es que no tienen madre. Por si fuera poco, el Nómada es un personaje de novela, aunque aquí es donde se aplica lo que dijera alguien por allí: “la realidad supera la ficción”. En estos momentos, lo juro, me quedo con los libros, la realidad es lo suficientemente terrible para creerla. Hasta Norman Bates me parece entrañable.

martes, diciembre 09, 2008

En esto creo-Diana Hernández-(Diario Cambio de Puebla-09/12/08)

Periodista, maestra y secretaria particular de la Dirección de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP
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Cambio, realmente fue mi escuela de periodismo, porque yo estudié letras; ahí aprendí a trabajar los géneros: crónicas, entrevistas, reportajes. Gabriel Sánchez Andraca era el director, Fernando Crisanto el subdirector; estaban Chucho Rivera, luego Sergio Mastretta. Con todos ellos se hacían terturlias a la manera que describe Gabriel García Márquez: la tarde en la redacción era estar comentando, estar aprendiendo, intercambiando libros… Fue una etapa muy bonita.
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Cuando yo llegué a Cambio todavía usábamos de las Remington de la Segunda Guerra Mundial, el periódico se hacía en linotipo —me sentía en la era de Gutenberg—. Me tocó el cambio a la era del offset, que ya fue un gran avance, y las primeras computadoras también —eran de esas grandotototas, que tenían la pantalla negra y las letras amarillas—. En cuanto a contenidos, en esa época Cambio era un periódico muy leído por la comunidad universitaria, de hecho en las épocas de huelga o de enfrentamiento de los grupos de izquierda, Cambio era el medio con el que se comunicaban unos con otros. Era un periódico muy interesante, con un alto contenido en cuanto al valor de la gente que escribía ahí pero, con muchos errores tipográficos —por la impresión con linotipo—. Ahora lo veo muy bien cuidado, con una muy buena edición; noto —sigo siendo lectora de Cambio— que están trabajando mucho los géneros periodísticos, cosa que me gusta; me gusta que le imprimen un estilo irónico, que hay mucho mensaje entre líneas. Cambio es un periódico para gente inteligente.
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A veces parece que Cambio emprende campañas de ataque contra determinados personajes, eso no me gusta, porque precisamente se pierde uno de los principios básicos del periodismo —que también es un mito, una falacia— como es la objetividad. Los últimos meses no ha ocurrido; pasó en el trienio pasado, últimamente están más equilibrados. Me gusta mucho ese periódico.
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Hay muchos comunicólogos que no saben comunicarse. Muchos periodistas hablan con faltas de ortografía y escriben igual; y la gente da por hecho que porque así lo dijeron en la tele o en la radio, es correcto. Como periodistas también contribuimos a educar o a maleducar a la gente.
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Uno sabe, cuando es un buen periodista, cuando estás ante un acontecimiento que verdaderamente es noticia y hasta te estremeces, sientes esa adrenalina. Un buen periodista debe ser un buen comunicador, debe manejar bien el lenguaje, sentir pasión por informar y tener sensibilidad —porque hay quienes reuniendo todo lo que dije antes, no tienen olfato periodístico—.
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Convives con todo tipo de personas, desde el más humilde hasta con la gente más rica y poderosa, y percibes cómo las personas se transforman a partir de que tienen un poquito de poder; hay quienes mantienen su esencia como seres humanos y siguen siendo los mismos, pero son poquititos. Mis casi doce años en Cambio me ayudaron a entender verdaderamente la complejidad del ser humano.
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Un día puedes estar desayunando con el presidente de la República y al día siguiente, comiendo un tamal en la esquina, porque no te dio tiempo de otra cosa. El periodismo no es un trabajo ordinario: cada día vives cosas distintas, empiezas a una hora distinta, terminas a una hora distinta, o más bien como dice Fernando Crisanto: “tienes hora de empezar pero nunca hora de terminar”. Es una dinámica siempre variante.
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Cuando uno toma la actitud ser muy crítico, todo lo ve permanentemente mal. Hay una etapa en la que uno se vuelve muy agresivo, a veces plenamente justificado pero, en ocasiones es nada más para llevar la contra: “todo me parece malo”, “soy antioficial”, “esto hay que denunciarlo” y no se admite que pueda haber cosas buenas. Tuve un poco esa etapa pero, la semana pasada Savater dijo en su conferencia “es bueno rectificar lo que uno piensa en un momento dado”, porque luego de cierto tiempo te das cuenta que a lo mejor estabas equivocado.
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Una de las grandes satisfacciones que deja el periodismo es ver que con tu trabajo ayudaste en algo a la gente. Recuerdo el caso de unos campesinos que tenían 20 años con un problema ejidal; tras el seguimiento que hice de ese problema, les restituyeron sus tierras. Y un día llegaron al periódico con una bolsita de monedas que habían juntado entre todos; ¡me dio tanta ternura!, porque sabía el trabajo que les había costado juntarla: “Le queremos agradecer”. Me gustó el gesto pero no lo acepté. Total que para no estar que sí y que no, fuimos a comer todos juntos. Estaban muy agradecidos porque les ayudé a solucionar un problema con el que tenían muchos, pero muchos años. Son de las cosas que de verdad te hacen sentir bien, y sé que aunque no los he vuelto a ver, deben tener un buen recuerdo hacia mí, como yo tengo un buen recuerdo hacia ellos.
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Un funcionario de Mariano Piña Olaya llegó a pedir al periódico que me despidieran, porque en una entrevista yo había sido muy agresiva, y no sé qué tanto decía, pero recuerdo que tanto Fernando Crisanto como don Gabriel Sánchez Andraca fueron me defendieron pero, imagina que no hubiera sido así: te despiden y te quedas en la indefensión, tanto laboralmente, como con un acoso muy desagradable. Ellos fueron muy solidarios conmigo, y se los agradezco, pero no en todos los medios se da, y la gente se queda sin trabajo de un momento a otro, sin una razón válida, porque a alguien se le ocurre, o no le gusta lo que estás denunciando algo incorrecto.
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Hay muchos intereses moviéndose, más allá de lo que el simple reportero o periodista percibe, y a veces uno cae en muchos juegos.
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Muchos estudiantes menosprecian al periodismo; por ejemplo, en Letras, la mayoría estudia con la pretensión de llegar a ser grandes escritores —ojalá lo consigan— pero de mil, a lo mejor sale uno o dos —y ya sería mucho—; y a veces me parece que pasa lo mismo en las escuelas de comunicación: “ay, somos comunicólogos, ¿periodistas?, no” —desafortunadamente no son ni una cosa ni la otra, porque a veces son incapaces de armar un texto con una lógica estructural básica—.
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Tal vez los periódicos continúan siendo las principales escuelas de periodismo, porque hay muchas escuelas de comunicación en Puebla pero, no hay de periodismo. Y citando a Gabriel García Márquez “la universidad de la vida es la que verdaderamente te gradúa y te certifica como un buen periodista o uno malo”.
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Llegó un momento en el que me cansé, ya quería descansar los domingos y llevar una vida un poco más normal en el sentido de poder disponer de mis horarios. Porque cuando todos están disfrutando la Nochebuena y la Navidad tú tienes que trabajar: no te puedes seguir la parranda a gusto porque al día siguiente tienes noticiario, tienes que estar en el periódico y demás. Sí es mi gran pasión el periodismo, pero la dinámica de los medios es tan intensa que, por ejemplo, me costó muchísimo trabajo titularme. Si hubiera las condiciones de descansar los domingos, sí regresaría al periodismo porque me encanta. Yo que lo viví, sí lo añoro.
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Yo empecé en cultura; a cultura y sociales se les ve como fuentes para mujeres y para principiantes, ya con el tiempo te van dando oportunidad, cuando aprendes, cuando maduras, de cubrir otras fuentes. Así fue como se me asignó la fuente educativa, la universitaria y terminé con la política.
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Texto: Elisa Vega Jiménez
Fotos: Tere Murillo / Ulises Ruiz

Gabo, abuelo generacional de escritores-(Intolerancia de Puebla/Cultura-09/12/08)

A los escritores latinoamericanos se les criticó cuando abordaban temas no estrictamente ligados a nuestro continente, dice el novelista Jorge Volpi
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El escritor mexicano Jorge Volpi señaló que los escritores latinoamericanos de su generación se sienten como los nietos de Gabriel García Márquez por la influencia que ha tenido en ellos el premio Nobel colombiano (1982).
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“A nuestra generación de los que tenemos 40 años García Márquez, más que un padre, lo podemos considerar un abuelo”, señaló el lunes Volpi a un grupo de periodistas al tiempo que comparó su influencia en la literatura latinoamericana sólo con la del argentino Jorge Luis Borges.
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Volpi participó de la primera exposición conjunta de la producción literaria latinoamericana y el mundo editorial italiano “América Latina tierra de libros. Del realismo mágico al mundo global”, realizada en Roma del 5 al 9 de diciembre.
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Señaló que tras la aparición de la obra cumbre del escritor colombiano, Cien años de soledad, y el realismo mágico, “a los escritores latinoamericanos se les criticó cuando abordaban temas no estrictamente ligados a nuestro continente”.
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Situación, precisó, que por fortuna ya no existe, pero que él mismo vivió con su novela En busca de Klingsor, sobre un científico norteamericano que se une al ejército al final de la Segunda Guerra Mundial con la misión de descubrir quién es Klingsor, presumiblemente un científico nazi de muy alto nivel.
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Reflexión
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Contó en una charla que, a raíz de esa novela, le llovieron una cantidad impresionante de ataques y que incluso un crítico literario llegó a pedir que le quitaran el pasaporte mexicano.
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Dijo que los grandes temas de hoy en día se relacionan con la tremenda violencia que existe en México por la guerra frontal en contra del narcotráfico.
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“El escritor tiene la posibilidad de reaccionar frente a eso, tratando de interpretarlo a través de la ficción o de artículos en la prensa”, declaró.
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Sobre el futuro de la literatura latinoamericana no pudo hacer ninguna previsión “por la simple razón que no tengo la menor idea, y esa es la ventaja de esta época, que no sabemos hacia dónde va porque hay una enorme cantidad de propuestas distintas”.
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Con su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999) inició una llamada trilogía del siglo XX y obtuvo varios premios, que supuso su consagración internacional al publicarse en 19 idiomas. Completó la trilogía con las novelas El fin de la locura (Seix Barral, 2003) y No será la tierra (Alfaguara, 2006).
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Autor de numerosas novelas, ensayos y artículos periodísticos, Volpi actualmente dirige el canal de televisión 22 de México y es profesor universitario. Anteriormente se ha desempeñado como diplomático; fue agregado cultural de la Embajada de México en Francia.

La Sobremesa desde el futuro

Diario Milenio-México (09/12/08)
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Imagino que los arqueólogos del futuro medirán nuestros niveles de sofisticación cultural por la duración de nuestras sobremesas. Poco a poco, conforme vayan configurando los equipos a cargo de la exploración de ese mundo que, después de la hecatombe, habrá quedado atrapado entre escombros y olvido, desentrañarán uno de los fenómenos más suculentos de la vida cotidiana de antaño. Imagino sus rostros durante el proceso: incrédulos y agradecidos. Imagino sus manos: temblando. Los ojos: abiertos en desmesura.
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Los especialistas de finales del siglo XXII avanzarán con cuidado entre los desechos de los grandes centros urbanos del norte y, sin duda, se detendrán con curiosidad y disgusto frente a los contenedores de plástico que aparecerán junto a las pantallas de antiguas computadoras. Esto, se dirán entre ellos conteniendo apenas el asco, esto es un popote. A medida que retiren el polvo con brochas de pelo finísimo, se darán cuenta de la extraña cercanía registrada entre los tenedores y los lápices y los clips sobre los escritorios de metal, sugiriendo la compenetración absoluta entre el proceso de trabajo y el proceso de alimentación. Los especialistas se preguntarán entonces, con justa razón, sobre el lugar del placer en ese cuadro. Lo observarán todo desde lejos y, luego, se verán uno al otro con miradas oblicuas. Entonces moverán las cabezas de izquierda a derecha en signo de pesar y resignación pronunciando, al mismo tiempo, las palabras “soledad absoluta”, “materialismo desatado”, “locura sideral”.
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El equipo de arqueólogos encargados de la zona sur del orbe desenterrará, sin embargo, remanentes distintos. Ahí, en esos territorios informes y todavía tibios, con base en datos rescatados metódicamente del desastre del pasado y con la ayuda de teorías antropológicas elaboradas in situ, los especialistas desentrañarán, con asombro y envidia confundidos, el concepto de la sobremesa. En los gruesos reportes que mandarán a la Estación Central de Estudios Culturales aparecerán los dibujos de círculos y rectángulos que, organizados en una estructura planetaria, representarán a los platos y tazas y copas que compartían espacio con los tenedores y los cuchillos. Se trataba, definirán en sus altos diccionarios, de una congregación sin fines productivos que se llevaba a cabo después de la comida, es decir, una vez que el momento del consumo necesario llegaba a su término. El tiempo, medido por el número de objetos de porcelana y cristal presentes sobre el rectángulo de la mesa, pasaba sin resabios entre los antebrazos y los ojos y las bocas de los convidados. A pesar de contar con instrumentos de medición casi perfectos, los ur-arqueólogos tendrán dificultades casi insalvables para calcular el número exacto de horas que duraban estos asuntos. A veces eran cortas, ciertamente, pero con frecuencia, esto lo descubrirán al constatar la mezcla de las vajillas, la sobremesa se extendía hasta alcanzar el inicio de la próxima ingesta de alimentos. Los manteles, esto lo notarán los especialistas con cierta suspicacia, escribiéndolo apenas en pies de páginas pequeñísmos, guardaban un inquietante parecido con la consistencia de las sábanas. Esos pliegues. Aquellas manchas.
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Ya sin datos duros, pero inducidos por el placer mismo del descubrimiento, los arqueólogos se darán a la tarea de repetir lo que, en su imaginación, era sin duda el lenguaje de la sobremesa. “¿Vamos a sobremesear?”, se dirán entre ellos, guiñándose un ojo. “Uno puede comer con cualquiera, eso es cierto, pero no a todo mundo se le convida a la sobremesa”, asegurarán con autoridad científica. “¿Así que este es el significado de la palabra ahíto?”, se preguntarán en voz baja, preguntándose en realidad muchas otras cosas. “Te invito a sobremesear mañana, ¿cómo ves?”. El futuro será, sin duda, un mejor lugar después de todo esto.
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Dudo que esta columna sobreviva el desastre que se avecina pero, por si acaso, va aquí mensaje en metafórica botella de cristal.
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Estimados Ur-Arqueólogos del Futuro:
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Si en algo nos parecemos, y no estoy segura de si esto es un buen o un mal pensamiento, asumo que disfrutarán, como lo hemos hecho por siglos en ciertas regiones de este mundo, de la sobremesa. Tendrán razón si deducen que se trata de una de las actividades más improductivas e inútiles que llegamos a inventar en nuestra historia, sólo equiparable, aunque en sentido contrario, al descubrimiento de la agricultura. Tendrán razón si, al imaginarla, se les nubla la vista o se les hace agua la boca. A todo eso le llamamos, incluso ahora, gozo o placer (existen hasta el momento debates elegantísimos al respecto). Pero no les escribo yo para arrebatarles el gusto del descubrimiento propio, sino para sugerirles, con la humildad característica del más remoto de los pasados, que al introducirse por primera vez en los vericuetos de la sobremesa escuchen con atención las palabras de un cierto artefacto musical (denominado canción) que, en voz de una andrógina del punk nacida todavía un siglo atrás, ha transmitido un mensaje cuya validez no cesa. Patti Smith, en efecto, dijo alguna vez: “Desire is hunger, the fire I breath; love is the banquet on which we feed”.

lunes, diciembre 08, 2008

39 preguntas parranderas

Diario Milenio-México (08/12/08)
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1. ¿Quién les ha dicho a los querúbicos diputados que los trasnochadores de esta ciudad somos sus hijos?
2. ¿Es un avance de la democracia que los legisladores de la Ciudad de México coincidan a la hora de persignarse?
3. ¿Deberíamos considerar un honor que se santigüen en nuestro nombre y a nuestra salud?
4. ¿Pensarán que los hemos votado por oscuros complejos de Edipo y Electra que les ceden pedazos de nuestra potestad?
5. ¿Protegen los legisladores nuestros intereses, o se protegen escudados en ellos?
6. ¿Es en verdad extraño que quienes acostumbran perorar en el nombre del pueblo sean pródigos en propuestas y censuras pueblerinas?
7. ¿Qué democracia es aquélla cuyos respresentantes se arrogan el derecho de limitar al ciudadano “por su bien”, como a un menor de edad?
8. ¿Sería más respetable el parrandero si mejor le llamásemos parrandista?
9. ¿Hemos pasado de padecer la bota ancha de papá gobierno a soportar los puntiagudos mocasines de un consejo de tíos entrometidos?
10. ¿Sabe uno dónde está su conveniencia, o precisa para ello del celo de un poder que le rebase?
11. ¿Corresponde a las autoridades gubernamentales vigilar hasta qué hora puede uno desvelarse?
12. ¿Nos convierte el deseo poco edificante de salir y divertirnos en algo así como hijos de familia descarriados a los que es necesario devolver al redil a ciertas horas?
13. ¿Debería darnos vergüenza hacer con nuestra vida lo que nos viene en gana, incluso cuando es tarde y otros duermen?
14. ¿Si algo malo nos pasa cuando andamos de noche por la calles, podría decirse que nos lo hemos ganado, por golfos?
15. ¿Somos los ciudadanos imputables por la inseguridad que padecemos?
16. ¿Calma el estrés de los policías dar por hecho que el parrandero tiene la culpa, o será que los deja negociar a sus anchas?
17. ¿Pierden realmente el sueño los legisladores porque a los ciudadanos les place desvelarse?
18. ¿Debería el falso insomnio de los politiquillos convertirse en problema de los ciudadanos?
19. ¿Cómo es que el crimen no ha triunfado en Madrid, esa ciudad noctámbula, si la gente acostumbra desvelarse y pasear por las calles hasta el amanecer?
20. ¿Cuándo van a entender los moralizadores de curul que en cada prohibición habita el germen de una transgresión?
21. ¿Es más segura una ciudad con las calles vacías, donde tanto los policías como los ladrones podrán contar con una conveniente capa de negrura?
22. ¿Son los dueños y empleados de centros nocturnos nada más que envenenadores con licencia, y nosotros sus pobrecitas víctimas, privadas de criterio y voluntad?
23. ¿Es, quien sale de noche y bebe porque quiere, un borrachín al que urge tutelar?
24. ¿Hay constancia de que hasta hoy los inspectores de bares y desplumaderos se conduzcan con mínima rectitud?
25. ¿Por qué los gobernantes, a cuya irresponsabilidad se debe en buena parte el crecimiento de la criminalidad, han de tratarnos como si los irresponsables fuésemos nosotros?
26. ¿Cómo explicar que sean los más reconocidos asiduos del leonero quienes luego terminan por clausurarlo?
27. ¿Entienden los legisladores a la seguridad citadina como una disciplina consistente en apretarle las tuercas al hijo de vecino y aflojárselas al uniformado?
28. ¿Cuántos uniformados incorruptibles hemos tenido el gusto de conocer?
29. ¿Y si en lugar de gusto fuese un privilegio?
30. ¿Cuántos legisladores se han ganado, por cierto, nuestra confianza?
31. ¿Se han ganado de menos su sueldo, según nuestra opinión mayoritaria?
32. ¿A quién puede acudir el ciudadano cuando conservadores y supuestos progresistas limitan sus derechos al unísono?
33. ¿Alguien sabe de dónde ha salido semejante legión de capuchinos y carmelitas unánimes?
34. ¿A un país sin izquierda tendría que considerársele manco, o es que es un privilegio contar con dos derechas?
35. ¿Dé qué valen conceptos como izquierda y derecha en la provincia del priismo emocional?
36. ¿Existe algún partido que no sea partidario del allanamiento de conciencia?
37. ¿Cuántas veces oímos, cuando niños, aquella frase odiosa: “¡No te mandas solo!”?
38. ¿Cómo no consolarnos creyendo que algún día seríamos soberanos legítimos de nuestros actos?
39. ¿Quién quiere ver volver a Pepe Grillo en la persona de un fariseo con fuero?
La 40: ¿Qué decir de una connivencia trasnochada que limita el derecho de cada cual a trasnochar según le dé la gana?

Sin pena (de muerte) ni gloria

Diario Milenio-México (08/12/08)
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Mi madre (esa romántica, esa pesimista) se place y se duele en decir de cuando en cuando que esta vida no es sino una cárcel. Almoloya, dice. O Alcatraz. O, en una de ésas, el Panóptico de Bentham. Una prisión, en suma, de la que no habría escapatoria posible, a donde habríamos venido a purgar una cadena perpetua por el crimen imperdonable de haber nacido.Hoy que estoy misántropo recuerdo la amarga metáfora materna y le concedo algo de razón. Y, ya que pienso en prisiones, me viene a la mente aquella, paradigmática, en que el guerrillero Valentín y el homosexual Molina aguardan el beso de la mujer araña —final, fatal, letal— en la novela homónima de Manuel Puig. La pena es inconmutable, la espera larga. ¿Qué hacer para matar el tiempo antes de que el tiempo lo mate a uno? Molina apela a la ficción y entretiene a su compañero de celda contándole películas, en un esfuerzo (vano pero entusiasta) de evasión.
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La idea no es mala o, en todo caso, daño no puede hacer. Así, compañeros de celda, les cuento aquí la trama de una cinta en blanco y negro, vista hace años. Ojalá les permita escapar, aun si sólo por un momento.
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La película es la historia de un escritor: uno que ha publicado ya una primera novela con relativo éxito, a partir de lo cual se afana en responder a la urgente presión de su editor por un segundo manuscrito. Nuestro escritor está, además, comprometido en matrimonio, y su chica es la hija del dueño de un periódico de militante línea liberal. Nuestro escritor quiere cumplir con su editor. También quiere casarse con la chica. Y encuentra, en una acaso descabellada propuesta de su futuro suegro, la forma de matar ambos pájaros de un tiro. Me explico: el suegro es un opositor ferviente a la pena de muerte y quiere demostrar los riesgos de injusticia que ésta conlleva; así, propone al proyecto de yerno dedicar su segundo libro a un experimento periodístico: sembrar él mismo las pruebas que lo inculpen de un asesinato (a la sazón, el de una bailarina de burlesque, acaecido por esos días), conseguir así la condena a la silla eléctrica y develar en el último momento las pruebas de su inocencia, que papito suegro tendrá a buen resguardo.
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El escritor accede, procede, y, en efecto, muy pronto se procura la sentencia mortífera, tranquilo de poder probar su inocencia en el último momento. El hado maligno del destino se manifestará, sin embargo, cuando el suegro muera en un accidente —su automóvil se desbarrancará y, a consecuencia de ello, explotará—, llevándose consigo al otro mundo las pruebas —ahora cenizas— que habrían podido salvar de la muerte al prometido de su hija.
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Y así, por la inquina del Estado, de la Ley y de los Hombres, un inocente se condena.
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(En efecto, querido lector: es éste uno de esos textos bienpensantes contra la pena de muerte que han empezado a pulular por obra y gracia de Humberto Moreira. Me disculpo, desde luego, por mi predecibilidad, que es mi debilidad.)
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Sorpresa: ahí no termina la película. Y es que la novia huérfana no quiere quedarse también solterona y mueve cielo, mar y tierra hasta lograr que su prometido sea declarado, por fin, inocente. La vida, sin embargo, le tiene reservada su propia sorpresa, ahora cruel. Y es que, descubre la incauta demasiado tarde —es decir cuando el caso y la cosa ya han sido juzgados—, el tipo es, en efecto, el asesino de la bataclana, y aprovechó el delirio justiciero del suegro para librarse de la condena que a todas luces merecía.
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Crueldad de los hombres, crueldad del destino. Incapacidad del Estado y de la Ley para lidiar con complejidades que los superan.
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En ocasión de su estreno, en 1956, Beyond a reasonable doubt —tal es el título de la cinta de Fritz Lang— no logró causar sino desconcierto. ¿Era un alegato a favor de la pena de muerte? ¿O en contra? La condena deberá recaer en un público y una crítica que no supieron comprender la ambigüedad moral de Lang, su concepción del cine como filosofía y no como propaganda.Quiera el destino —nuestro celador, diría mi madre— que el remake de la cinta anunciado para el año próximo sirva para reencauzar el debate sobre la pena de muerte: esto dicho por alguien —yo mismo— que se opone a ella porque cree que las reacciones histerizadas y definitivas poco aportan a la convivencia humana pero que sobre todo se opone a las triquiñuelas politiqueras que en su nombre despliegan oportunistas como Moreira, más allá de toda duda razonable.

jueves, diciembre 04, 2008

Dos (breves) notas

Diario Milenio-Puebla (04/12/08)
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Uno: mañana, viernes 5 de diciembre estaré hablando, en el CCU (Complejo Cultural Universitario), a las 6:30 horas, de la más reciente novela de Fritz Glockner Se nos hizo tarde, misma que recién acaba de llegar a las librerías bajo el sello editorial de B.He leído la novela de Glockner de un tirón. Puedo adelantar algo de lo que mañana leeré, con el fin de que los lectores interesados vayan y la adquieran, ya que no podrán arrepentirse.
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Debo agradecer a Fritz Glockner el que me haya invitado a hablar de Se nos hizo tarde. No formo parte de la historia “de adentro”, al igual que muchísimos lectores, pero sí compartí con esta generación (un poco más joven que la mía) la vida cultural de la Puebla de finales de los años setenta, ya cuando había aparecido Travolta en el panorama internacional con Fiebre del sábado en la noche y Vaselina.
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Creo, fuera de toda duda, que los años que marcaron el final de los setenta, son quizá los últimos en los que la juventud se preocupó por querer lograr algunos cambios en el mundo. Luego lamentablemente no ha sido así. Muchos factores han influido en el cambio de mentalidad de los jóvenes de ahora. Es por eso un motivo de satisfacción reencontrarse en las páginas de Se nos hizo tarde.
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Dos: La antigua Academia de Bellas Artes de Puebla, fundada por José Antonio Ximenes de las Cuevas, ahora Instituto de Artes Visuales del Estado, cumple su aniversario ciento noventa y cinco.
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El actual director del instituto, el arquitecto Roberto Rojas García, ha convocado para la celebración de estos acumulados años, a integrarse a lo que ha llamado “De lo tradicional a lo cotidiano”, con una exposición que reúne la obra plástica de los estudiantes y de los maestros. El lugar señalado para el evento es la exfábrica textil La Constancia, y la exposición será inaugurada el día de hoy a las 20:00 horas.
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Se han preparado además una serie de eventos, ya que como lo dice el director del instituto, desde que la institución fue Academia de Bellas Artes ha tenido, a lo largo del tiempo, cambios importantes. En los setenta fue conocida como EPA (Escuela Popular de Arte). Habrá que recordar que la EPA estuvo en el edificio de Las Bóvedas, la Galería José Antonio Jiménez de las Cuevas, ubicado en la Avenida Juan de Palafox y Mendoza, edificio que pertenece a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
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José Antonio Jiménez de las Cuevas nació en 1775 en San Andrés Chalchicomula, y en el mes de julio de 1813 funda la Real Academia de las Primeras Letras y Dibujo.
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Ha circulado ya una convocatoria de parte del Instituto de Artes Visuales del Estado para honrar la memoria de su fundador, aparte de la conmemoración por estos ciento noventa y cinco años, cuya temática es una revisión histórica, estética y plástica de las épocas y tendencias por las que ha transitado el arte poblano, y de esta manera estimular el espíritu creativo de los jóvenes artistas de Puebla.

miércoles, diciembre 03, 2008

"Del fin de año"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 03/12/08)

Diciembre ya empezó y literalmente la navidad está encima de nosotros. Al caminar uno se puede dar cuenta de la propagación de adornos y comerciales alusivos en la radio, en la tele, en los centros comerciales y en algunas casas. Lejos quedaron aquellos años en los cuales la festividad con la que se cierra el año se respiraba pasando el día de la Virgen de Guadalupe, casi símbolo patrio de este país.
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Juan Gerardo Sampedro ha llegado a comentar en sus clases de la Facultad que cuando ve las luces de las fiestas patrias se deprime porque de ahí a fin de año no queda prácticamente nada. En parte tiene razón, a partir de las fiestas patrias, vienen los días de muertos y el año entra en su ocaso.
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A diferencia de Sampedro, a mi me deprimen los anuncios del Teletón, las ciudades de México se inundan del logotipo oficial en cualquier centro comercial o del negocio perteneciente a alguna de las firmas patrocinadoras de dicho evento. Su fin es invitarnos a cooperar para ayudar los mexicanos de capacidad diferenciada. Siempre que veo próxima la llegada del Teletón, sé que el año estará a punto de irse al demonio, pero de la manera más deplorable.
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Una sarta de mexicanos desprendiendo dinero de su escasa bolsa para unirse a una “causa justa” promovida por el Zar de la televisión mexicana: Televisa. Causa que es publicitada de una manera lastimera y humillante: comercializando con las personas de capacidad diferenciada, los ponen a cantar un rapcito estúpido.
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Y no digo que no ayuden estas empresas, si lo hacen, pero para evitar el pago de impuestos. ¡Vaya manera! Luego el gobierno se anda rasgando las vestiduras porque no hay de dónde tomar y le cargan la mano al mexicano que a duras penas tienen para salir justo en las cuentas.
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Mejores reconocimientos se han hecho a los de capacidad diferenciada. Alex Lora es un claro ejemplo, no sólo compuso una canción para ellos, donde los dignifica, regala sillas especiales con lo que entra en las taquillas de cada concierto. Inclusive, ellos mismos, los publicitados por Televisa van y traen más medallas que los de “capacidad completa”.
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Quizá el teletón debería buscar ayudar a los “deportistas de alto rendimiento” para ver si así pueden competir a alto nivel por una medalla.
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Por lo pronto, propongo un teletón a favor de la lectura y la creación de lectores. Creo que muchos soportaríamos cantar algo ridículo con tal de recibir libros para incrementar nuestra biblioteca y nuestro conocimiento.
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Como ya se va acabar el año y no quiero ser mal educado, de una vez les mando a todos su abrazo de navidad y espero me pidan un libro para mi biblioteca, prometo agradecer públicamente el patrocinio.

martes, diciembre 02, 2008

Todos perdemos

Diario Milenio-México (02/12/08)
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Kiran Desai nació en Nueva Dehli pero desde los 14 años ha vivido fuera de India —primero una estadía más bien breve en la Gran Bretaña y luego, de manera un poco más permanente, en los Estados Unidos. Esa experiencia errante en un mundo post-colonial está sin duda presente en las dos novelas que Desai ha publicado hasta la fecha: Hullaballoo in the Orchard y The Inheritance of Loss/ El Legado de la pérdida, con la que se hizo acreedora al prestigioso Premio Man Booker en 2006 y que en años anteriores recayera en autores como Coetzee, Atwood y Banville. Celebrada de manera unánime por la crítica, El legado de la pérdida no sólo recibió elogios por la compleja humanidad de sus personajes trasatlánticos —hombres y mujeres, jóvenes y viejos, en continua confrontación moral y material con las equívocas fuerzas del colonialismo tanto en Nueva York como en India— sino también por su fino tratamiento (acaso profético) de la política de la región. En vísperas de los sangrientos eventos que han asolado a Bombay en días recientes, no hay más que estar de acuerdo con la máxima aquella que dicta que la literatura, y no el análisis científico de la realidad social, puede llegar más hondo cuando de lo que se trata es de develar la cara más humana, más apegada a la tierra, de los grandes eventos macroeconómicos del mundo globalizado.
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El amplio set de personajes que convive en esa casa medio derruida al pie del Monte Kanchenjunga, en Kalimpong, en las inmediaciones de los Himalaya, se da inicio con Jemubahi, el amargado juez que recibió su educación tanto en derecho como en la sutil idiosincrasia del racismo en Cambridge. Allá, solo, Jemu aprendió a desconocerse (“a tomar refugio en la tercera persona”) y a despreciarse. Allá, solo, sin poder reír y casi sin hablar, Jemu aprendió la crueldad con la que luego tratará a su esposa, acusándola de carecer de modales occidentales hasta debilitarla de tal manera que la locura llega a parecerle una opción ventajosa frente a la vida con el marido que su familia eligió para ella. Junto a un Jemu incapaz de verific ar su pasado emerge, hablador y ferviente, el cocinero, cuyo hijo lleva una existencia precaria como garrotero en diversos restaurantes de la gran manzana, y con quien sólo se comunica por carta. Ese es el par que recibe a Sai, la nieta de 17 años que ha perdido a ambos padres en un accidente y que llega, cual de la nada, después de una estancia en un convento. La presencia de Sai no sólo convoca los recuerdos reprimidos del juez —su crueldad, su maledicencia, su soledad— sino también la presencia de Gyan, el joven tutor Nepalí con quien Sai aprende lo fluido, por no decir traicionero, que puede llegar a ser el amor: “No era algo firme, eso estaba aprendiendo [Gyan], no estaba escrito en piedra; era más bien algo informe que se prestaba a la traición y tomaba la forma del molde en que lo virtiera”.
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La ambivalencia de la lucha por y dentro de India aparece de la mano precisamente de Gyan. En un ambiente público dominado por la testosterona, Gyan pronto deja el espacio íntimo de los escarceos amorosos para formar parte del ejército de liberación de Gorkha —es a sus jóvenes soldados a quienes confiesa los lugares donde el juez guarda alimentos y otros objetos de valor, y a ellos a quienes entrega, no sin pesar o remordimiento posterior, la clave para irrumpir en el hogar en el que antes descubriera el amor. Recordando la retirada del ejército británico en 1947 surge la pregunta: “¿Una nación con tal clímax en su historia, en su corazón, no tendrá hambre por eso otra vez?”. La respuesta, en los gritos de los Nepalis que poco han ganado con la independencia, es un enérgico Sí.
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En lo que podría ser una de las descripciones más vívidas de la experiencia de los inmigrantes de India —y de más regiones del mundo para tal efecto— en Nueva York, Desai sigue de cerca las hazañas cotidianas de Biju, el hijo del cocinero que, aunque manda cartas de triunfo hasta el Himalaya, con frecuencia se va a dormir con hambre sobre colchas que coloca directamente sobre el suelo sucio de los restaurantes donde trabaja. Sin papeles migratorios y ninguna otra protección de por medio, Biju vive a expensas de los depredadores urbanos, a menudo paisanos de India con más años de residencia en los Estados Unidos. En la tumultuosa soledad del inmigrante, Biju aprende, entre otras cosas, que “se vive intensamente con otros, sólo para verlos desaparecer de la noche a la mañana, puesto que la clase de la sombras estaba condenada al movimiento.
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Aunque los registros de la novela son variados y nunca sentimentales, puesto que Desai evita por igual el folklore y la victimización, es claro que a los ojos de la autora pocas cosas se salvan de la devastación moral y económica que resultan del colonialismo contemporáneo. Todos perdemos, parece decir. Perdemos dentro de India, devastada por la bomba de la pobreza y la violencia confundidas. Y perdemos fuera de India, en la soledad y la discriminación. Pierde el que se va y también pierde el que regresa, como también pierde el que ni siquiera es capaz de irse la primera vez. Acaso como a Sai, la única opción que queda, de haber una, es “nunca volver a creer que sólo existe una narrativa y que esa narrativa le pertenece sólo a ella”. En todo caso, eso se lo podrá preguntar a la propia autora este diciembre 2, en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde sostendremos una charla juntas.

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-01/12/08)

PARA SORPRESAS
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Esas que siempre dicen que te da la vida, hoy al parecer se encuentran por demás escasas, ya que toda información que se revise parece no causar estragos en la conciencia del receptor. Las cifras de ajusticiamientos suben y van construyendo una realidad aparte, ya no nos incomodan, son sólo números, los recientes acontecimientos en el Municipio de Huachinango se minimizan como parte de un hecho aislado, ¿acaso los hechos aislados no son los que conforman el todo de una realidad histórica?
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El mundo al revés se ha instalado en el ánimo colectivo, me invitan a presentar mi más reciente novela “Se nos hizo tarde” en la delegación Iztacalco, y de pronto surgen algunas voces que censuran las llamadas malas palabras que conforman parte de mi discurso; pretendo hacer ver que decir tal o cual de aquellas llamadas malas palabras es parte del bagaje cultural, que no están siendo utilizadas para ofender a nadie, que no son dardos de insultos, ni nada que se le parezca, y la turba comienza a enarbolar las buenas conciencias, la actitud rijosa de mis censores me lleva a concluir de la mejor manera mi participación. ¿Qué será más ofensivo? ¿Un chingado, o un muerto? ¿La certeza ficticia del Secretario de Agricultura sobre aquello de que no ha faltado la comida en ninguna de las mesas de los mexicanos?
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Me traslado a Chiapas, en San Cristóbal de las Casas Marcos sigue siendo la mejor de las atracciones aún y cuando sus bonos hayan bajado dentro de la popularidad mediática, las indígenas recorren las calles de la ciudad, ya no tan sólo para ofrecer los ya clásicos zapatistas de estambre, chales, o cualquier otra artesanía, sino que ahora hay plumas, llaveros, encendedores con la figura del enmascarado, incluso se oferta también a Tacho y a Ramona, el idealismo de un ejército libertador convertido en símbolo de consumo.
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Reviso los periódicos y me entero de que los Chuchos han alcanzado el control absoluto del PRD, al parecer hay fiesta y en grande en la sede del partido albizul, la capacidad de asombro tiene sus límites, y parece que se han alcanzado con creces.
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Estamos próximos a iniciar los festejos navideños, y estos sin duda van a permitir que la cortina de humo aumente, ¿a quién le va a interesar la realidad nacional? Si los brindis siempre serán una parte importante para desear mejores tiempos, aún y cuando las bolas de cristal para predecir el futuro estén absolutamente enrojecidas.
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De todas estas estampas que acabo de enumerar ninguna genera extrañeza o desconcierto, todo parece previsible, imaginable, remuevo en el cajón de los desastres para intentar localizar una chispa de optimismo; lo revuelvo todo, salta Campanita, esa hada que vuela alrededor de Peter Pan en el país de Nunca Jamás, y mis recuerdos infantiles de cuando me enamore platónicamente de aquel ser alado contribuye para que ahora si exista un poco de sorpresa en mi desgastado ánimo.
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Opto por conservar el enamoramiento platónico, a pesar de saber que se debe sobrevivir en este mundo al revés, ya que alguien podría decir por ahí que si se gasta demasiado el ánimo, los sueños pueden comenzar a escasear y esa si que puede llegar a ser una mala sorpresa.

La noche del derroche

Diario Milenio-México (01/12/08)
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Bienvenidos, insolventes
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Hace tres días que ocurrió el Viernes negro. Algunos lo supimos horas antes, otros se relamían los bigotes ya de tiempo atrás. Contra lo que pudiera pensarse, no se trataba de otra quiebra financiera, sino de un subterfugio para combatirlas. Black Friday!, anunciaban los correos promocionales de Amazon.com, que por razones obvias evitan distribuir malas noticias. Y la noticia era que por el solo día que siguió a la cena de Acción de Gracias habría una venta con descuentos especiales, misma que en los locales comerciales ocurriría durante la noche. Hasta antes de anteayer, conocíamos en México esa clase de eventos como Venta nocturna, título ciertamente más estimulante que Viernes negro, aun si las conciencias perturbadas quieren ahora pintarlo todo de negro como antes preferían verlo blanco. Más allá, sin embargo, de tonos y colores, quien ha estado en alguna Venta nocturna sabe que no es difícil terminar padeciéndola como una noche negra.
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Ya lo dijo Rodríguez Zapatero, consumir es mejor para la economía. Si antes los compradores compulsivos eran vistos con desdén y reproche implícitos, hoy esperamos que sean ellos quienes vengan armados de billetes y tarjetas de crédito a rescatarnos de la gran debacle. Si en el crack anterior el horror comenzó a partir de un Martes negro, ochenta años después el Viernes Negro se dispone a salvarnos. Pero no es fácil, pues. Qué más quisiera uno que pasarse la noche comprando chucherías a 12 meses sin intereses —diríase planeadas para saldarse de aquí al próximo Viernes Negro— pero algunos pensamos en esa magna noche como un breve calvario premonitorio. Horas lentas en medio del gentío que acude a la vendimia con la misma mentalidad de los clientes de una venta de garage. Quiere uno aprovechar. Sacar ventaja. Abalanzarse sobre la mercancía con el temor de que otro la descubra primero. Se está, además, dispuesto a padecer numerosas penurias en el proceso, si ya la rebatinga general subraya lo especial de la ocasión, que por lo visto alcanza el rango de misión.
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Festín de sobregiros
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En el principio de las ventas nocturnas, el almacén lucía casi tan concurrido como en un día normal. No eran muchos los que se aventuraban a desvelarse en aras de las compras; había tiempo y espacio para despacharse a placer, y hasta algunos meseros que repartían vino entre la clientela —trampa mortal para los abusivos dispuestos a embriagarse sin pagar, y después a endrogarse sin remedio—. Una cuantas vendimias más tarde, la idea había prendido. Literalmente miles de personas acudían dispuestas a gastar cuanto fuera gastable, así ello supusiera gastarse el hígado entre la multitud que hace colas incluso para entrar a la tienda. Por no hablar de las escaleras eléctricas, cuyo ascenso o descenso toma de pronto cinco o más minutos de fila. Un ambiente de exceso, donde la contención está fuera de tono y la prudencia siempre puede esperar. ¿Quién querría padecer tamaños empujones y salir con las manos vacías, cuando el ambiente exige integrarse al festín y perder la cabeza just for one night?
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Nunca será el gustillo de gastar el dinero con el que uno cuenta comparable al deleite de dilapidar el que no se tiene. Ello explica quizás que hasta el par de horas que los clientes pasan intentando salir del estacionamiento formen parte vital de la diversión, pero sólo si antes han cumplido con el deber impuesto de salir desplumados de la tienda, tal vez haciendo cuentas alegres en torno a los ingresos probables para el año siguiente. Nada parece tan sencillo a la hora del derroche como ingeniar recursos numerosos para empequeñecer la talla visible de la deuda. Es factible, no obstante, que cuando llegue la hora de sufrir el endeudado realice milagros para salir del trance, y al paso de los doce meses de maromas se felicite por esos compras locas que de otro modo nunca habría hecho. Pocas cosas fastidian tanto la autoestima del cliente como la certidumbre de no haber hecho una compra inteligente. Y ese es otro ingrediente de las ventas nocturnas. ¿Quién va a tachar de torpe a quien obtiene un poco más por su dinero?
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¿Jo jo jo?
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Habemos, claro, los que nos engentamos. Es difícil no hacerse con una cosquilleante misantropía cuando se forma parte de una horda sin concierto cuyo factor común es la voracidad de un niño encerrado en una juguetería. Busca uno, ya engentado, los espacios más o menos vacíos, que sin embargo son tan aburridos como las oficinas de un club nocturno. Acudir a una venta nocturna y no comprar nada, o siquiera cuidarse de no gastar mucho, equivale a ser invitado a un gran baile y dedicarse a criticar a los que bailan. No se divierte uno, aun si así lo piensa y hasta se cree más listo que el resto sólo porque lo suyo es el ahorro. La idea imperante, al fin, consiste en que el ahorro verdadero sólo se da en mitad del máximo derroche, si al fin quienes más compran más ahorran.
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Quienes en numerosas ocasiones hemos caído redondos en los sofismas que ayudamos a construir sabemos que el malgasto no se justifica solo. Hay que ayudarle con los argumentos más estrambóticos, tal como suele hacerlo quien se enamora de la persona errónea. Hay veces, ya avanzada la madrugada, en que el insomnio acaba por llevarlo a uno a hacer compras nocturnas por internet, de modo que al final concilie el sueño por la satisfacción del gasto consumado. Lo de menos es si necesitamos el objeto comprado, basta al final cualquier razonamiento intrépido para justificar la transacción hasta darla por absolutamente necesaria. Antes, los compradores compulsivos temíamos ser tachados de consumistas; hoy se nos dice que nuestros excesos ayudan a salvar la economía. Tal vez no esté tan lejos el día en que los viernes negros se prolonguen por días o semanas para que todo el mundo se sienta Santa Claus y suelte un destemplado jo jo jo al salir de la tienda. Quién pudiera, como él, carcajearse a costillas de las cuentas que jamás pagará.

lunes, diciembre 01, 2008

Disculpa: no hay culpa

Diario Milenio-México (01/12/08)
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"Ni Freud ni tu mamá” es una canción —acaso la más exitosa— de la cantante pop mexicana Belinda. A decir verdad, es mediocre (pero pegajosísima): la despedida de una boba niña nice a su novio irresponsable e inmaduro, sembrada de los clichés habituales del género. El título, sin embargo, a medio camino entre Georges Bataille y Gordolfo Gelatino, se antoja una genialidad y una, además, que puede ayudar a preguntarnos por fenómenos tan extravagantes e incomprensibles que ni la perspicacia del padre del psicoanálisis ni la presunta sabiduría de nuestras cabecitas blancas bastarían para explicarlos.
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Ni Freud ni tu mamá, por ejemplo, resultarían de gran ayuda para comprender las reacciones al reciente video (apenas) sexual protagonizado por la dicha Belinda y subido a internet por un ex novio acaso despechado pero incontrovertiblemente cabronazo. Lo he visto ya (soy tan morboso como el que más) y lo resumo (también lo rezumo) aquí: la imagen, en blanco y negro, ofrece a una Belinda hermosísima, impecablemente maquillada y sugerentemente posada (tanto así que hay quien duda de lo amateur de la factura), que se afana (pero con recato) por alebrestar a un hombre del que no conocemos más que la voz en off, a un tiempo suplicante y divertida. En algún momento, la linda Belinda gira hacia el otro lado, se quita la blusa, muestra a la cámara una espalda espigada y flexible. El hombre, por supuesto, pide más; Belinda, púdica, se niega, ofrece un fugaz perfil y con él la sugerencia tenue y tersa de la silueta de sus senos. Fin del video, principio del caos.
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Que el video sea o no genuino —es decir genuinamente lúbrico e íntimo— es cosa que me viene huanga, como sin cuidado me tiene también la reacción de la propia Belinda, quien vive (o imposta, a saber) una suerte de choque psicológico a partir de su difusión. (En todo caso, no la habría creído capaz de la dignidad amazónica de esa Madonna que, cuando fueran vendidas a Playboy y Penthouse sus fotografías de desnudo de juventud, reaccionara ante tal escándalo con un lúcido y lucidor, liberado y libertario “I’m not ashamed”). Más me preocupa la violación a la intimidad que supone su aparición pública… pero no demasiado, dado que no hay verdadero dilema posible en torno a esto. Si, en efecto, el video fue subido a la red sin la venia de Belinda, hubo dolo y, por tanto, debería haber castigo, lo que habría de llevarnos a una urgente discusión en torno a derechos civiles e internet y, a partir de ella, a reformas legislativas: en eso, creo, estamos de acuerdo todos. Queda, eso sí, el asunto de la reacción primero mediática y después social al suceso: el hecho mismo, pues, de que haya mutado en escándalo.
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El tan llevado y traído y consultado video no muestra sino una cosa (amén del más bien casto atisbo de seno): que Belinda, como cualquier chica de 19 años —es decir mayor de edad—, tiene una vida sexual. ¿Justifica esto el circo mediático, el morbo social y el presunto quiebre emocional? Yo diría que no. De hecho, debería darnos gusto por ella.
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Ni Freud ni tu mamá podrían ayudarme tampoco en lo que toca a la comprensión de otro fenómeno social que me deja igual de perplejo: la molestia de algunos integrantes de la comunidad judía —al menos de eso he sido informado— ante la instalación del artista Miguel Ventura que, bajo el título de Cantos cívicos, se exhibe desde hace unos días en el flamante Museo Universitario Arte Contemporáneo. Cierto: la pieza contiene una enorme cantidad swásticas y parafernalia nazi, en lo que bien podría definirse como una suerte de Disneylandia del Tercer Reich. No ha hecho Ventura, sin embargo, una obra acrítica y menos apologética del horror hitleriano. Delirio multimedia que incorpora ratas vivas y amaestradas, imágenes pornográficas y referencias inclementes al mundo del arte, Cantos cívicos recurre a la iconografía nazi para hacer un llamado atencional, para erigirse en advertencia moral contra la seducción del mal. No soy judío pero sí amigo de muchos y admirador de su ecléctico y transnacional legado cultural; de serlo, sin embargo, mi reacción sería exactamente la misma: admiración ante lo que no es sino una condena lúcida y lúdica del horror pasado y acaso del horror por venir.
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“Disculpa: no hay culpa” canta Belinda en el estribillo de “Ni Freud ni tu mamá”. Lo mismo digo: disculpen ustedes pero, a mis ojos, ni en un caso ni en otro hay culpa (a no ser la de la estrechez de miras).

Van 44 mexicanos al Salón del Libro de París

El pabellón llevará por título 'México. Mosaico de diversidad', y reunirá a una delegación 'representativa' de la literatura nacional
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Yanet Aguilar Sosa, enviada
El Universal
Guadalajara, Jal. Lunes 01 de diciembre de 2008
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Al Salón del Libro de París, que se realizará del 13 al 19 de marzo de 2009 y en el que las letras mexicanas son las invitadas de honor, acudirán 44 escritores, entre novelistas, poetas, ensayistas y dramaturgos, que manejan un elemento común: la diversidad.
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El pabellón, que ocupará mil metros cuadrados, llevará por título "México. Mosaico de diversidad" y reunirá a una delegación "representativa" de la literatura nacional.
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Autores como Calos Fuentes, Jorge Volpi, Homero Ardjis, Héctor Aguilar Camín, José Agustín, Mario Bellatín, Carmen Boullosa, Gonzalo Celorio, Elsa Cross, Fernando del Paso, Álvaro Enrigue, Ximena Escalante y Guillermo Fadanelli, han sido invitados a participar en el encuentro literario.
Aunque se habla de diversidad, sólo dos de los escritores seleccionados son representantes de lenguas indígenas, se trata de Juan Gregorio Regino y Briseida Cuevas, quienes se darán cita al lado de otros narradores como Ana García Bergua, Margo Glantz, Sergio González Rodríguez, Mario González, Vicente Leñero, Angeles Mastretta, Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor.
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Durante la presentación del programa que llevará México a París, Benoit Yvert, presidente del Centro Nacional del Libro Francés, aseguró que los criterios que se consideraron para seleccionar a los 44 escritores fueron cuatro: que tuvieran al menos una publicación en francés, que escribieran en lengua española, representaran la diversidad de géneros y tuvieran a México como lugar de residencia, pero no descartaron la "diáspora" que hay en las letras mexicanas.
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Sin un presupuesto definido, aunque sí con un diseño arquitectónico completo, a cargo del arquitecto Bernardo Gómez Pimienta, la presencia de México en el Salón del Libro en París, no se ciñe a las letras, llevarán exposiciones ---una de la cultura teotihuacana--, teatro, danza y otros espectáculos que den cuenta de la diversidad cultural.
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Como parte de los intercambios, al menos 20 editoriales francesas publicarán 34 novedades traducidas de los autores que asisten al encuentro que cuenta con la participación de Claude Fell, quien fue amigo y colaborador de Octavio Paz y quien conoce la literatura mexicana y quien estuvo a cargo de la selección de autores, entre los que podría no estar Juan Villoro, pues tiene problemas de agenda.
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La organización del Salón del Libro de París está a cargo de la Dirección General de Publicaciones (DGP) del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y fue la razón por la que Vicente Herrasti renunció a su cargo como director de la DGP a principios de este año, pues le quitaron a él la planeación.
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Nombres de los 44 autores que viajarán a París:
  • Homero Ardjis
  • Héctor Aguilar Camín
  • José Agustín
  • Mario Bellatín
  • Carmen Boullosa
  • Gonzalo Celorio
  • Elsa Cross
  • Breseida Cuevas
  • Fernando del Paso
  • Alvaro Enrigue
  • Ximena Escalante
  • Guillermo Fadanelli
  • Carlos Fuentes
  • Vilma Fuentes
  • Ana García Bergua
  • Margo Glantz
  • Sergio González Rodríguez
  • Mario González
  • Vicente Leñero
  • Pura López Colomé
  • Alain-Paul Mallard
  • Héctor Manjarrez
  • Ángeles Mastretta
  • Fabrizio Mejía Madrid
  • Carlos Monsiváis
  • Carlos Montemayor
  • Fabio Morábito
  • Guadalupe Nettel
  • Ignacio Padilla
  • Sergio Pitol
  • Elena Poniatowska
  • Juan Gregorio Regino
  • Daniel Sada
  • Alberto Ruy Sánchez
  • Jaime Alfonso Sandoval
  • Enrique Serna
  • Tomás Segovia
  • Martín Solares
  • Jordi Soler
  • Paco Ignacio Taibo II
  • David Toscana
  • Alvaro Uribe
  • Juan Vlloro
  • Jorge Volpi

sábado, noviembre 29, 2008

Aclaraciones.

Los cierres son exhaustivos, a veces el entorno aprieta, ahoga, como invitando a que uno vocifere: váyanse todos a la chingada.
Pero, no, uno debe aprender a calmarse.
Hay tanto alrededor: el qué dirán, el que no la debe y por razón justa, no debería pagarla; enseguida, el todopoderoso creador de lo que conocemos como vida, que está ahí, listo para degollar al idiota que no esté preparado para gozar de su imperio celestial y, antes, por encima de todo: la familia, ese apellido que uno carga sin haberlo escogido, a la que uno puede dejar en mal, por culpa de una mala decisión o una palabra, frase u oración, mal empleada por mi culpa, por su santa culpa, mi puta culpa.
Por eso ruego a quién se deje engañar por mi verborrea, que no me abandone en las tinieblas.
Me da tanto miedo la oscuridad.
La vida es corrosiva lo que no hace daño, no sabe. Lo que no mata, simplemente no es agradable.
Quizá por eso, desde chico he tolerado que pasen por encima de mí.
Hay que aprender a ser pisoteado, para después, chingarme a todos a gusto.
Y si alguien me pregunta por qué, le diré: es más humano que los lleve de la mano al camino que conduce a la chingada, a aventarlos a la deriva.

viernes, noviembre 28, 2008

jueves, noviembre 27, 2008

Ernesto Cardenal en Zacatecas

Diario Milenio-Puebla (27/11/08)
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Esta vez voy a reproducir para todos los interesados parte del boletín de prensa que recibí del gobierno del estado de Zacatecas y que contiene la programación del Festival Internacional de Poesía 2008, ahora con la presencia del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal:
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El antecedente del Festival Internacional de Poesía “Ramón López Velarde” se remonta al festival que desde 1982 se comenzó a organizar para dar a conocer las más recientes ediciones de la colección Praxis-Dosfilos.
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El Festival de Poesía se ha celebrado durante la primera semana del mes de diciembre y desde 1990 se ha honrado la obra de alguno de los más sobresalientes poetas, entre los que se podrían mencionar a Tomás Segovia, Jaime Augusto Shelley, Homero Aridjis, Eduardo Lizalde, Dolores Castro, Jaime Labastida, Sergio Mondragón, Alejandro Aura, Juan Gelman y Elsa Cross.
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Con el objetivo de conmemorar el 175 aniversario de la Universidad Autónoma de Zacatecas y el 25 aniversario del Festival de Poesía, en el 2007 se elevó al rango de “Festival Internacional de Poesía” y honra la obra no sólo de alguno de nuestros más notables poetas en lengua española, sino también extranjera.
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Y este 2008, entre los días que corren del 3 al 6 de diciembre, el poeta invitado es Ernesto Cardenal. Paralelamente el Festival Internacional de Poesía participa de la organización de la Feria Municipal del Libro, de una serie de exposiciones plásticas (individuales y/o colectivas) y de una ofrenda floral en la ciudad de Jerez a la inestimable memoria de Ramón López Velarde.
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Ernesto Cardenal nació en Granada, Nicaragua, el 20 de enero de 1925. Es sacerdote católico y poeta. Un destacado promotor de la teología de la liberación.
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De 1942 a 1946 realiza estudios de literatura en la ciudad de México y de 1947 a 1949 los continúa en Nueva York. En julio de 1950 regresa a Nicaragua y participa dentro de la denominada «Revolución de Abril» de 1954 en contra del régimen de Anastasio Somoza García. Por diversas circunstancias, el plan revolucionario fracasa y posteriormente Cardenal ingresa en el monasterio de Gethsemani (Kentucky). En 1959 lo abandona para estudiar teología en Cuernavaca.
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Recuerdo a Ernesto Cardenal recibiendo el Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Puebla en 1980, en el tercer patio del Edificio Carolino, de manos del entonces rector Luis Rivera Terrazas. Cardenal es autor de varios libros de poesía: Hora 0 (1960); Epigramas (1961); Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (1965); Salmos (1967); Oráculo sobre Managua (1973); El Evangelio de Solentiname (1975); Nueva antología poética (1979), etcétera; y de los libros de memorias: Vida perdida (1999), Las ínsulas extrañas (2002) y La revolución perdida (2004).
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Entre los organizadores del festival, gracias al decidido apoyo de la gobernadora Amalia García Medina, están el ayuntamiento de la ciudad, el Instituto Zacatecano de Cultura, la Universidad Autónoma de Zacatecas, la Asociación de Libreros de Zacatecas, el Instituto Jerezano de Cultura y Dosfilos Editores. Allá los esperamos.