jueves, marzo 05, 2009

"La palabra sencilla, como poesía transparente y precisa"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 04/03/09)

“Textofilia” hace su aparición en el ruedo de la edición y la publicación de obras con “Poemas de la mano izquierda” de Luis M. Verdejo, uno de los libros que recientemente salió a la venta.
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La edición sin duda es preciosa, sencilla, muy bien lograda.
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Una portada que asemeja o ilustra a los Bambús. Asunto que no resulta gratuito pues a lo largo del poemario el autor hace constante referencia a ellos.
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El poemario está conformado por cuatro divisiones o partes: Pintores, Frescura, Estas cosas también y Elegías.
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En cada una de ellas, el lector asiste a un diálogo poético muy intenso y sabroso.
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Sin usar tantas palabras rebuscadas, Luis M. Verdejo construye un poemario bien logrado. Recurre al uso exacto de imágenes que buscan exigir al lector utilice su imaginación. Un ejemplo puede ser “es terrible saber que:”, poema que aparece dentro de Frescura: la frescura/ la frescura/ la gota de agua/ de lluvia/ llena de luz/ en la hoja e la higuera/ o en un hoja/ más grande/ de planta/ que no conozco/ la frescura de luz/ ya no estará/ cuando nos volvamos/ (si es que nos volvemos)/ a ver// ella/ no estará ya// ya no.
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La imposibilidad de saber que todo en esta vida suele o parecer ser efímero: los bellos paisajes, las personas que se aman, la naturaleza, al placer de tocar y saborear una fruta, pero también la ubicación del ser con todo lo que le rodea; sentimientos que plasma con asombrosa maestría Luis M. Verdejo.
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Un poeta que además se dedica al arte plástica. Ha realizado algunas exposiciones como: “Infancias botánicas” junto al japonés Hosumi Masafumi y “Dos de barro” al lado de la escultora Jimena Granados. Actualmente cura la maestría en pintura en la Academia de San Carlos. Estos estudios influyen en que logre crear con poesía que sin duda, parece un cuadro de pintura. Un poeta que dialoga con los pintores y anhela ser parte de los trazos de pintores como Van Gogh o Cézzane. Pintores abre con un poema titulado “Vicent”: si existen los campos/ encendidos/ de Van Gogh/ si están en algún sitio/ quisiera/ caminar en ellos/ adentrarme en su aire/ en su luz// y si existen/ plenos de viento/ de mareas/ ¿existes tú también, / Van Gogh?/ ¿estás/ eres todavía?
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La poesía y la pintura, son las únicas maneras de plasmar la belleza del mundo. Quizá una de las pocas vías que existen para buscar un diálogo con las generaciones venideras. Una constancia de presencia es este poemario.
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Habría que agradecerle al poeta la frescura con que construye cada poema y plante cada tema, pues viene a demostrar que no se necesita recurrir a las palabras rebuscadas para construir poesía.

El libro fuera de sí

Diario Milenio-México (03/03/09)
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Desconfío de los libros que se dejan leer rápidamente. Sucede más o menos así: el lector selecciona el libro por la recomendación de un amigo o por la atractiva portada o por la fuerza del primer párrafo o por el prestigio de la autoría de sus páginas. El lector, en todo caso y por razones múltiples aunque no obvias, toma el libro, poseyéndolo. El lector, en algún momento (seguramente no el menos pensado), se sienta y abre, no sin cierta parsimonia, sus hojas. De ser posible, el lector huele sus páginas, embebido, y pasa las yemas de los dedos sobre las letras impresas como si de verdad no pudiera ver nada. Mano de súbito ciego. El lector empieza. Y ahí, justo en ese instante, se da inicio un vertiginoso viaje en un tobogán de letras que no terminará sino dos o cinco horas después. El lector no se levanta para comer o contestar el teléfono o ir al baño. Lo que es peor: el lector no interrumpe la lectura ni para hacerse del lápiz con el que subrayará, es decir, con el que re-escribirá, el libro que lee.
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¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? A veces. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Seguramente.
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Tres confesiones en un párrafo minúsculo: Sospecho del libro que se lee de “una sentada” y que me pide, como un amante celoso, una atención única y, además, pasiva. Sospecho del libro que, aspirando a borrar al mundo que hace posible su lectura, cree que puede sustituirlo. Sospecho del libro que inicia sin otro objetivo más que el de llegar a su fin.
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Mi lectura ideal es de otra factura. Veamos. Tomo el libro e inicio una lectura atropellada y zigzagueante. De hecho, es tan atropellada y zigzagueante esa lectura que casi parece no dar inicio. Creo que puedo leerlo sin lápiz pero pronto entiendo que eso no será posible. Interrumpo la lectura, busco el proverbial lápiz que nunca encuentro, veo el cielo, pienso en el libro dentro del mundo del libro y fuera del mundo del libro. El libro, lo sé bien desde ese instante, me saca de quicio: es demasiado esto o muy poco lo otro, en todo caso lo aviento contra la pared. Juro que no volveré a abrir sus páginas. Salgo. Afuera no hago otra cosa más que pensar en el libro —en su escritura que es un obstáculo, en su estructura que me asquea o me asombra o las dos cosas juntas, en todos y cada uno de los elementos que me imposibilitan bajar por sus páginas como si estuviera en un tobogán. Oscuro, tal vez; seguramente denso. Ilegible. Cosa hechas de páginas crudas. Pienso, quiero decir, en todas y cada una de las cosas que me obligan a pensar en ese libro y no en cualquier otra cosa. Un par de horas después lo tomo de nueva cuenta. No sólo lo subrayo una y otra vez —una vez por el acuerdo, otra vez por el desacuerdo— sino que también escribo pequeños mensajes inentendibles en sus márgenes. Se trata de pequeñas misivas para el otro lector que alguna vez, pasados ya los años, seré. Es ahí, en ese momento, que empiezo a pensar en otro libro —el mío. El producto de esta lectura se convertirá, eso creo en el aquí y ahora de mi apasionamiento, en un próximo libro. La convicción es tanta que, sin reparar en detalles, sin darme cuenta de lo absurdo de la situación, inicio la escritura de ese otro engendro en las últimas páginas, usualmente vacías, del libro leído. Son palabras hechizas, garabateadas a toda velocidad, urgentes. Escribirlas es una forma de no acabar. Colocarlas ahí, al final, es una forma de posponer el final.
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Pero a medida que se acerca el final, cuando ya quedan sólo quince o diez páginas por leer, empiezo a sufrir —es un pesar absurdo, como todo en esta lectura, pero es real— y, por eso, interrumpo la lectura una vez más. La postergo. Cierro el libro y lo coloco, como si se tratara de un objeto doméstico, y no de un animal con rabia, sobre alguna repisa de color azul. Salgo. Afuera me comporto como si no pasara nada, como si no estuviera yo viviendo dentro de las páginas de un libro. Hablo. Sonrío incluso. Cuento chistes o me intereso por el drama de los otros. Hasta puede que piense en el clima o en mis obligaciones cotidianas. Hasta puede que vaya a fiestas o saque a pasear el perro del vecino. Todo o cualquier cosa con tal de no cerrar sus páginas. Todo, o casi cualquier cosa, con tal de seguir dentro. Pero las cierro. Eventualmente todo libro debe cerrarse. Cuando lo hago, me consuela saber que lleva consigo, a través de los subrayados y los ilegibles mensajes en sus márgenes, mi marca. Y que yo, en un justo intercambio de cicatrices, me llevo la suya. Es, ahora, en todo caso, un libro mío. Se trata, a final y a principio de cuentas, de un libro mío. Un libro apropiado. Un libro fuera de sí. Un libro conmigo.
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¿Una lectura ideal? Lo dudo. ¿Un buen libro? Con mucha frecuencia. ¿Un libro fácil de leer y digerible? Nunca.
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El libro no ayuda a descubrir el secreto que hay en el lector; el libro, cuando es libro, produce ese secreto en el lector.
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El libro no es una revelación (de lo que ya estaba ahí) sino un encubrimiento (de lo que está en-proceso-de-estar-ahí).
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El libro no expresa; el libro produce.
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Un final: El libro que me gusta es un libro con otro tipo de velocidad.

lunes, marzo 02, 2009

El revés del estandarte


Diario Milenio-México (02/03/09)
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Era un tipo tan de izquierdas, tan de izquierdas, que una noche dio vuelta y apareció por el otro lado.”
Toni Martínez
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Extremos y razones
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“No es lo mismo.” “Tampoco es para tanto.” “Una cosa es una cosa y otra cosa es otra.” Tiene que ser sencillo, para quien ha hecho ya carrera y patrimonio diciendo defender los derechos ajenos, dar la pelea por los propios privilegios. Finalmente la extrema izquierda y la extrema derecha están lo suficientemente próximas para compartir armas, mañas, municiones y papel higiénico. Está claro que no pueden vivir la una sin la otra, tanto así que se inventan cuando es preciso, y de paso se cumplen el favor mutuo de magnificarse. Es cosa cotidiana que a sus representantes más conspicuos se les descubra con divertida frecuencia refocilándose en alguna práctica que los suyos condenan desde sendos púlpitos, comúnmente inflamados de indignación. No menos común es resultar inmerecidamente obsequiado con esos argumentos rocambolescos según los cuáles ellos pueden permitirse trampas y desacatos que son imperdonables en sus enemigos. En cuentas resumidas, el privilegio pertenece a quien, según su propio juicio, tiene Mucha Razón.
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A ver. Tengo la sensación de haber visto la misma película. Un militar que hereda a su hermano un poder absoluto de medio siglo no es un dictador si según él le asiste La Razón. ¿En qué cuartel siniestro habría cabido una certeza así? Ya nada más el puro convencimiento de que a uno tiene toda la razón y el otro nada de ella remite no sólo a la más rancia idea del autoritarismo, sino de la ignorancia y la estupidez. Lo que antes se llamaba fascismo, y ahora no tiene nombre porque es de izquierda y cuenta con derechos especiales. Los que antes se llamaban privilegios. Oficialmente, aparte, los fascistas son de derecha. Y esto nos deja en un entuerto mayor, pues vemos que un fascista derechista, valga la demasía, no tiene más que llamarse izquierdista para hacer de sus privilegios derechos y lanzarse a las calles a echarnos en la cara kilos de Su Razón. Si no te gusta, serás tú el fascista.
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En el altar del odio
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Hoy día, Ernesto Cardenal acusa de fascista a Daniel Ortega, quien a su vez ha integrado su propia Lista Oficial de Fascistas —como lo manda el género, pintoresca, insidiosa y paranoica—. Curiosamente, Cardenal afirma que hoy día en Latinoamérica no existe una dictadura evidente y prolongada. Cura al fin, medio siglo de barbas le parecerá poco. O será que una cosa es pelearse con jerarquías menores del infierno y otra plantarle cara al mismísimo Mefisto. Pero en fin, me confundo. Veo alas y trinches, no sé cuál sea de quién. ¿En qué iglesia pasa hoy lista el poeta, cuando su némesis está íntimamente aliado con secuaces de la talla de Chávez, Ahmadineyad y los siempre aclamados hermanos Castro? Debe de ser fuente de gran zozobra tener que solapar a los mejores amigos de tus enemigos sólo para evitarte el trance de caer de la gracia del compañero Yahvé, pero al cabo sólo el poeta sabe qué tal le iría en Managua sin la bendición del Señor de las Barbas, de cuya prédica es oveja fiel y sumisa. “Gran genio de la oratoria”, le ha llamado por escrito, escatimando apenas las mayúsculas.
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Muchos en el lugar del padre Cardenal tampoco pueden ver dictadores evidentes, y menos prolongados. Hay algo que se mete entre los párpados una vez que se tiene toda la razón, o se cree en las palabras de quien dice tenerla y en tanto se detesta a los que no la tienen, ni por supuesto la merecerían. No se es original a la hora de odiar, se empieza y se termina replicando el estilo de los clásicos. Ya nos dirá quien odia sin duda ni pausa como hace para no copiar a sus maestros y acabar convertido en algún adefesio similar, pero el problema llega más lejos. El odio es pegajoso, como la necedad. No es difícil saltar un día de la cama y descubrirse contagiado por la cizaña reinante. Si ese juego llegara a funcionar, acabaríamos todos acusándonos con sobrada razón de fascistas.
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Prédica y escopeta
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Hay por supuesto cantidad de matices que permiten diferenciar entre socialismo nacionalista y nacional-socialismo. Nada que no consiga disimular en tres patadas uno de esos funámbulos ambisiniestros cuyo radicalismo no está a discusión, y en realidad no hay nada que lo esté porque los radicales no discuten. ¿Quién que posea el 100% de la razón se va a sentar a razonar con nadie, si lo que le urge es darse a predicarla? No deja de zumbar en el oído el hecho que aquellos que más ciertos están de poseer esta razón rica en salvoconductos son quienes menos aceptan razonar. Como si la razón no fuese ya un medio, sino el fin último. Se llega a La Razón y allí se vive para siempre dichoso. Una idea derechista, por cierto. Y ojo: de las más empalagosas.
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Hace un par de semanas que el juez Baltazar Garzón, verdugo planetario de fascistas incautos, fue atrapado con el ministro de justicia cazando sin permiso. Hoy día el ministro se ha quedado sin trabajo, mientras el juez soporta el fuego a mansalva de la derecha en pleno, cuyos halcones lo tildan de extremista. ¿Garzón de extrema izquierda, como los terroristas a los que persigue? Sólo un fascista histérico sostendría esa burrada. Pero ahí está nuestro héroe, cazando sin permiso como cualquier etarra fugitivo. Acabando con ciervos, conejos, pájaros, jabalíes y otros seres que para su desgracia no tienen los abogados de Pinochet, ni las coartadas de los abertzales, ni el peso y la fortuna de los falangistas. De manera que si alguien se pregunta quién paga por los casos que el juez pierde, ya puede ir a buscarlos en la mira de su escopeta, que es territorio libre de justicia. Lo ha dicho Ray Loriga en muy pocas palabras: Cuando la izquierda caza y la derecha llora, ¿en qué creer?

Lucky star

Diario Milenio-México (02/03/09)
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Eunice y Susana ya no eran esas chicas que, llegada la hora, guardaban los esténciles con textos de Habermas y de Lukacs en la misma mochila de la que sacaban mallas y leotardos para correr a la clase de danza contemporánea. De entrada, ahora no podían verse sino los fines de semana. Y, acaso en virtud del fragor laboral, preferían dedicar su tiempo libre a actividades algo más reposadas, como ir al Palacio de Hierro a elegir un televisor para la nueva casa de Susana.
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Ahí estaban las amigas, rodeadas de Sonys y de Panasonics, de Zeniths y de Zondas, cuyos atributos y costos explicaba el dependiente. Susana quería conocer la opinión de su amiga, preguntarle si las bondades del sistema Trinitron valdrían la diferencia sustancial en el precio, pero no pudo hacerlo: al girarse para dirigirse a Eunice no la encontró a su lado. ¿Se habría distraído mirando un vestido? Una pesquisa sumaria habría de derribar de un plumazo tal hipótesis: lo que Eunice veía, a apenas un pasillo de distancia, era la tele.
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Parpadeaba en la pantalla una imagen en frenético movimiento que la joven escrutaba con deleite rayano en el pasmo. Habida cuenta de los gustos comunes a ambas amigas, uno habría imaginado que se trataba de Callas o de Baryshnikov. Nada de eso. Había música, sí, pero más redolente de la discoteca que de la sala de conciertos. También había baile, y de primer orden, pero con un vocabulario en todo ajeno al que las amigas habían intentado dominar años atrás.
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En un limbo blanco, una rubia coqueta ejecutaba cabriolas sicalípticas. Daba intrincados saltitos, anudando sus pies como si jugara rayuela. Se alargaba en el suelo con lasciva displicencia antes de tornar sobre su propio eje y ponerse de pie en un solo movimiento. Era hermosa, sí, pero de una belleza común. Y su vestimenta se antojaba de plano adolescente. Lo notable, entonces, era su plasticidad: el arco profundo y perfecto de su espalda, el quiebre a un tiempo lúbrico y preciso de su cadera. También su contagiosa joie de vivre, su desparpajada sensualidad.
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—Es una cantante nueva —acotó el solícito dependiente. Se llama Madonna.
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—No sé si cante —terció Eunice, emergente de su trance. Pero baila como pocas que haya visto yo.
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Susana se alzó de hombros y extendió al vendedor su tarjeta de crédito.
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Eunice habría de contarme esta anécdota poco después de iniciado nuestro amor, cuando apenas descubríamos nuestras coincidencias y, entre ellas, la admiración por Madonna. Fue entonces que le conté que, en efecto, antes que cantante, Madonna era una bailarina profesional con las mejores credenciales: las de la escuela de Martha Graham. Si la chica había dejado su Michigan natal para aventurarse a un Manhattan hostil, había sido para estudiar con Pearl Lang, otrora primera bailarina de la compañía de Graham y para entonces directora del American Dance Center, fundado en complicidad con Alvin Ailey.
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Recordé esto el viernes pasado, al enterarme de la muerte, a los 87 años, de quien resulta a la fecha poco conocida por el gran público, a no ser en tanto nota a pie de página en la historia de una leyenda de la danza o en la de una leyenda del pop. Recordar me ha llevado a investigar y, gracias a internet, a ver a Lang bailar. Así, he descubierto a una artista notabilísima, no sólo dueña de su propio cuerpo y de la técnica de Graham —toda ángulos imposibles y talante trágico— sino también de una capacidad de empatía emocional indispensable a todo gran creador escénico. La veo encarnar a una mujer habitada por el espíritu de su amante muerto —la coreografía se llama La poseída— y, aunque por lo general insensible a la danza, percibo su dolor, su locura, su escisión. Lo que no veo (no todavía) es qué pueden tener en común sus bailes tortuosos con los muy gozosos, golosos de Madonna.
* * *
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En preparación de este texto interrogo a Eunice: ¿qué fue lo que tanto le impresionó al ver bailar a Madonna?
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—Su técnica es buena pero eso es lo de menos: lo que hace de Madonna una gran bailarina es que siempre logra dibujar a la perfección un personaje
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Me viene entonces a la cabeza una cita sobre Pearl Lang leída horas antes: “Sus coreografías tratan de algo: no son vacuos despliegues aeróbicos con fondo musical estridente”.
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Es entonces que percibo con claridad la influencia. Es entonces que comprendo que Madonna, suertuda, tuvo una estrella de la suerte. Y que esa estrella lleva el nombre refulgente de Pearl Lang.

sábado, febrero 28, 2009

Opinión-Soufflé poético por Israe León O’farril (La Jornada de Oriente (24/02/09)

La poesía suele ser un tema espinoso, sobre todo cuando lo tocamos en ciertos círculos, concretamente en aquellos donde se duda de la virilidad de aquel a quien dice gustarle. Como he comentado en otras ocasiones, la poesía para muchos es una cuestión de mariquitas o de ñoños que no pueden conquistar al público femenino con la simple presencia masculina, paquete de por medio; a la vez, suele confundirse con líneas cursis que se recitan a adolescentes inflamadas de hormonas, líneas salidas generalmente de telenovelas más cursis aun, si es que eso es posible. Incluso pueden ser obtenidas enviando “poema al 71111”, integrando la maravillosa tecnología a la destrucción de la verdadera poesía. Recuerdo que alguien mencionó por ahí cuando pregunté por algún poeta del momento que Arjona era un excelente ejemplo.
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La poesía ha de enfrentar otro problema fundamental: la incomprensión. Cuántos de nosotros nos hemos encontrado totalmente confundidos y patidifusos ante las elucubraciones de un escritor que seguramente se dio una cruzada entre solventes, hierba y peyote, especialmente cuando nos adentramos a la poesía contemporánea, donde priva el verso libre sobre la métrica y rima. Resulta cada vez más difícil diferenciar entre poesía o masturbación mental. De cualquier manera, la poesía no debe buscar ser clara, no ha de encantar a almas simples que no busquen complicaciones. Ha de ser pulso de época, enfrentarse al ser y sus circunstancias para dotarle de voz; y dicha voz dista de ser asible por medios mortales y por supuesto no es mensurable por métodos científicos, por más que los lingüistas así lo digan. Por cierto, uno no se mete a leer un libro de poesía de un tirón, sino que se deja cautivar sutilmente por algunas líneas, y ha de leerse y leerse para poder realmente extractar todo el jugo de las palabras, de los ritmos, de los juegos. En este momento he de confesar que soy un lector púber de poesía, empecé quizá demasiado tarde. No obstante, me parece que ese descubrir ha sido, por decir lo menos, en extremo agradable.
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Por supuesto, entrarle a la poesía requiere sacrificio personal y en ocasiones, literalmente cometer suicidio social, pelearse con los padres, hermanos y novias superficiales... requiere en pocas palabras lanzarse a un mundo fuera de lo normal.
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Decía un amigo boricua y excelente poeta que si una línea de un poema nos gustaba, entonces la poesía completa había cumplido con su cometido. Me parece un punto de partida genial. Sin embargo, para todos aquellos que decidan emprender su entrada a la poesía, puedo recomendar una receta fundamental.
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Quizá se pudiera empezar con una leve pizca de Sabines, que a la par de ser rico en expresión, es bajo en metáforas complejas que nos provoquen un infarto por coagulación poética. Más adelante, pudiéramos añadir un tanto más de Benedetti, ligero y entrañable como pocos, además de que no aumenta esa llantita incómoda en el costado del intelecto. Revuelva suavemente con un puñito de Lorca, Alberti, Cernuda y aderece al gusto con Neruda... tendrá un leve sabor surrealista que bien se queda en el paladar.
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Acto seguido, cernir un poco de Villaurrutia sobre una base de Novo, mezclar copiosamente con Pellicer y matizar con un tanto de Maples Arce, hornear media hora hasta dorar. El resultado tendrá un buqué vanguardista, con gusto a conflicto y pinta individualista. Lo contemporáneo le dará un ligero toque moderno y ciertamente escurridizo, difícil de atrapar.
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Ya que estamos en eso, igual y le entramos con dos cucharadas de Taboada para conseguir un auténtico sentido oriental al guiso; y si se prefiere, incluso un poco más de Baudelaire, Rimbaud, Valéry, para dotarlo con algo de deliciosa malicia que nunca viene mal.
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Como postre, y excelente preámbulo al escarceo del ayuntamiento carnal posterior a la cena, bien se pueden paladear unos toques de Girondo, que a fuerza de simpleza, nos explota en la boca como una pléyade de sensaciones diversas. Pudiera sugerir un barroquísimo vino para acompañar la cena con algo de la décima musa, o quizá un tanto de Lezama, pero me dan harta güeva, además de que igual perdemos el subsecuente encuentro carnal. Mejor le entramos al mismo Sabines cosecha del 51.
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En fin, la poesía, como hemos dicho bien puede cambiarnos la existencia cuando aflojamos el cuerpo y los sentidos. Vivimos en un mundo tan soezmente material y pragmático, que aspectos tan etéreos nos parecen inútiles, vanos. Y aunque hay que tragar y cuentas que pagar, la poesía puede ser un excelente escape para no pensar en el abono de la colcha. Después de todo, igual y hasta un poco de sexo nos consigue. Si eso no les es suficiente, entonces mídanse el pulso, probablemente ya han muerto.

Algunas décimas populares para Sergio Pitol en sus 75 años (Diario Milenio/Laberinto (28/02/09)

Qué privilegio haber sido de Pitol contemporáneo, dice Pacheco en los versos que escribió para celebrar al autor de No hay tal lugar.
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1
Ya pocos toman en cuenta
Aquellos años veloces,
Grises, radiantes y atroces
Que llamamos los cincuenta.
Quizá la memoria inventa
Y su incógnito crisol
Le da una luz de farol
A una época más que muerta.
Pero si el ayer despierta
Es por magia de Pitol.
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2
Medio siglo de escribir
Sobre Sergio, es demasiado.
Entiéndase, ya he agotado
Lo que tengo que decir.
Así, voy a recurrir,
Sin miedo y de corazón,
A una forma de expresión
Que en otras manos es luz:
Décimas de Veracruz,
Que ojalá suenen a son.
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3
El ingenio del Potrero
Vio la infancia de Pitol.
Hoy nunca se pone el Sol
En su mapa de viajero.
Su mundo es el orbe entero.
De él se adueñó por lectura
Y su brillante escritura
Lo vuelve de muchos modos
El paraíso de todos
Los que entren en su aventura.
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4
Qué privilegio haber sido
De Pitol contemporáneo.
Es como un don simultáneo
Aquel de haber compartido
Algo de lo que ha ceñido
Como materia en su obra.
Nada en ella está de sobra,
Todo conecta con todo
Y encuentra exacto acomodo
La risa con la zozobra.
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En las Obras reunidas V de Sergio Pitol (Puebla, 1933) del FCE, tomo de ensayos aparecidos originalmente en Adicción a los ingleses, La casa de la tribu y El mago de Viena —este último con el que le otorgan el Premio Cervantes 2005—, se incluyen seis coplas de José Emilio Pacheco a manera de epílogo, y que fueron leídas por Rosa Beltrán en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 30 de marzo de 2008, en el homenaje que se le rindió a Pitol por sus 75 años, donde también le fue entregada la Medalla de Oro de Bellas Artes.
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Sobre el quinto tomo, con el que se concluye la recopilación de la obra de Pitol, se comenta que el autor se muestra en sus textos “diverso y excéntrico, pues cada uno de los ensayos incluidos en este volumen esclarecen el camino del lector apasionado que es, del viajero incansable por geografías literarias poco frecuentadas: Rusia, Polonia, China, Hungría, y las zonas marginales de las lenguas literarias clásicas”.
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José Emilio Pacheco

Ensayo-Mazatlán mentir

Diario Milenio/Laberinto-México (28/02/09)
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El juego del engaño que Volpi utiliza en el libro Mentiras contagiosas rige el siguiente texto donde recuerda a la generación del crack y el surgimiento de su vocación.
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Son las once siete de la mañana —lo sé porque el secretario de acuerdos me trae un documento para firma, en un descuido vacío la taza encima y, al alzar la vista, reparo en las impertinentes manecillas del reloj en la pared de enfrente— cuando suena la chillante versión electrónica de la Marcha eslava de Chaikovski que hace un par de días descargué en mi celular. No reconozco el número: empieza con un misterioso 6 y eso, en mi profesión, resulta preocupante. Una gentil voz femenina me ordena: “Le llamamos de Mazatlán, esté usted listo a las doce treinta porque volveremos a llamarlo”, y cuelga sin más. Imagino lo peor. Mazatlán. Siento un escalofrío. Observo la foto de mi esposa —de acuerdo, ex esposa— y de mis tres hijas, y suspiro. ¿Qué hacer en un caso como éste? Desconozco si el manual de procedimientos señala algún protocolo, y me quedo paralizado. En esta profesión uno escucha tantas historias. Una llamada anónima. Y luego… No tiemblo —detesto el melodrama— pero el sudor empapa mi camisa. Me limito a esperar a que las manecillas del reloj —esa circunferencia de cifras y de angustia— desgasten los minutos. Podría decir que el curso de mi vida transcurre ante mí en un relámpago, como en las películas, pero no sería exacto: veo las orejas de Happy, el apático beagle que acompañó mi infancia; recuerdo la admonición constante de mi padre: “la verdad te hará libre”; recito los veinticinco primeros artículos del Código de Procedimientos Penales del Distrito Federal —¿por qué justo esos?—; lamento el día en que mis hijas me anunciaron a coro que se irían a vivir a Michigan con su madre; reniego de mi reciente ascenso y no logro borrar de mi vista el rostro malencarado del Tuercas mientras balbucea su declaración preliminar.
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A las doce treinta en punto reaparece la Marcha eslava. Se me pone la carne de gallina. Mazatlán. Con esa fría puntualidad norteña. Contesto. La gentil voz femenina me dice que a continuación me hablará el director del Instituto. ¿Instituto? No entiendo nada. “Jorge Volpi”, asevera, más que preguntarme. “Sí”, contesto tímidamente. “¡Felicidades! —estalla entonces—, se ha hecho usted acreedor al Premio Mazatlán de Literatura”. Sigo sin entender, pero guardo silencio. ¿Qué clase de amenaza es esta? “¿De literatura?”, musito. “¿Sabe usted por qué lo ha ganado?”, me pregunta el director con voz flemática. Quizás allí radica lo oscuro. “No”, confieso. “Por su libro Mentiras contagiosas”. “Mentiras contagiosas”, repito. “Felicidades, hombre. Ya nos comunicaremos con usted para fijar los detalles, pero por lo pronto enhorabuena”, y cuelga.
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Mazatlán. Libro. ¿Una broma? ¿Una sofisticada advertencia? ¿Alguien trata de decirme algo? Todo parece un sinsentido. Porque, si bien en la adolescencia llegué a acariciar la idea de convertirme en escritor, yo nunca he escrito un libro. Y menos uno que tenga el ominoso título de Mentiras contagiosas. La educación que me proporcionó mi padre, un orgulloso general del ejército, tenía una divisa fundamental entre las mil normas que debíamos poner en práctica cada día: “nunca mientas”. Mi hermana Rosalba y yo podíamos incumplir cualquier orden, menos esta: desafiarla equivalía a semanas de ostracismo familiar y a una culpa que era como una cama de clavos. Por años no me atreví a mentir, y menos a intentar esa apología de lo falso que es la escritura. A diferencia de otros niños, detestaba los cuentos infantiles y las películas de Disney porque no se apegaban a la sacrosanta realidad; para satisfacción paterna, prefería leer los periódicos, refugios contra el engaño y la manipulación (eso creía). De niño quería ser científico justo para poseer certezas indudables; luego, cuando mis profesores de física se empeñaron en arruinar esta expectativa, me decanté por la historia: soñaba con ser medievalista y dedicarme a desenterrar castillos y armaduras.
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Sólo en la adolescencia tuve un lapso de rebeldía: en la escuela católica donde me habían confinado encontré de pronto a un joven tan extraño como yo mismo: se llamaba Eloy y se dedicaba a escribir frenéticos poemas desde los diez años. Su temperamento atrabiliario terminó por fascinarme: nos hicimos inseparables, par de inadaptados en medio de aquellas hordas que soñaban con ser futbolistas o ingenieros. Un buen día me dijo: “Mira esta convocatoria, es para el concurso de cuento de la escuela, tenemos que participar”. No era una pregunta. Me dijo que ese mismo premio lo había ganado Carlos Fuentes en los cuarenta, como si ese nombre significase algo para mí. Por alguna razón le hice caso. Por las noches, a escondidas del general, pergeñé la historia de un campesino mexicano cuyas desventuras eran también, simbólicamente, las de la patria. Los jurados debían ser ciegos, o el nivel intelectual de los demás participantes similar al de un simio, porque obtuve el tercer lugar. Eloy quedó en quinto. Un tal Ignacio quedó en primero. Mentiría, y no quiero hacerlo, si dijera que no me hinché de orgullo. Por un segundo —no, por unos meses— fantaseé con la idea de convertirme en escritor. Tramar cuentos y novelas. Incluso un libro de ensayos. Pero luego pensé en el general y, como si se tratase de una enfermedad que de pronto hubiese remitido, recuperé la cordura. Qué idea tan insensata: dedicar la vida a las mentiras. No podía traicionarlo así. Al término del año, Eloy abandonó la escuela —reprobó todas las materias menos Literatura— y yo decidí estudiar Derecho en la UNAM. A la mitad de la carrera encontré un trabajo en la Dirección Jurídica del Distrito Federal —¡ahora recuerdo que mi jefe era mazatleco!—, me consagré en cuerpo y alma a las leyes —y a la verdad— y nunca más volví a la literatura: a la fecha incluso soy un lector más bien reticente. ¿Cómo iba yo, pues, a ganar un premio literario con un libro titulado —insisto— Mentiras contagiosas?
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Pasada la conmoción, asumí el malentendido. Nada más que eso. Alguien marcó un número equivocado, pronto encontrarían al verdadero ganador. No ocurrió así: al día siguiente, mientras escribía un acta de consignación, mi secretaria me dijo que tenía a una periodista en la línea.
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“¿Qué siente? —me preguntó de sopetón y, antes de que pudiera responder algo, añadió—: ¿Y qué opina de lo que dice ese periódico de Sinaloa?” Otra vez no entendía nada. “Prefiero no hacer comentarios”, exclamé, ufano, como si me refiriera a uno de los casos que veo a diario; ella pareció satisfecha, y colgó. A los pocos minutos, otros periodistas. Repetí lo mismo. Y luego, otra vez, el director del Instituto. “Lo esperamos el domingo, su vuelo está arreglado”.
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Sólo entonces se me ocurrió buscar en internet. Google. “Mentiras contagiosas”. Apareció una portada —una bella foto de Lola Álvarez Bravo— y, sí, sí, mi nombre inscrito en ella. Un caso de homonimia, por supuesto. Mi apellido, de origen italiano, es poco común en México, pero todo es posible. Volví a Internet. Wikipedia. “Jorge Volpi”. Apareció una ficha: en efecto, existía otro Jorge Volpi. Escritor mexicano. Perteneciente a una cosa llamada “grupo del Crack” (tendría que fijarme bien en eso). Y a continuación, horror de horrores, más coincidencias: también nació en julio de 1968, el mismo año que yo, aunque con diferencia de un día; también estudió en una escuela católica; también ganó el tercer lugar en un concurso de cuento en la preparatoria. Pero después de eso, tranquilizadoramente, él escribió más de diez libros… Y yo ninguno.
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Extraño, me dije de nuevo, pero cosas más raras se han visto. Todo se aclararía en su momento. No ocurrió así: el viernes recibí mi boleto de Aeroméxico para venir a Mazatlán. Pensé en llamarle al director del Instituto y aclarar el error. Estuve a punto de hacerlo, lo juro. Pero no pude. Lo siento, no pude. Lo confieso aquí, ahora, ante todos ustedes. Vine a Mazatlán a recibir un premio por un libro que yo no escribí. He traicionado al general y, lo que es peor, he traicionado mi vida al servicio de la verdad. Asumo públicamente las consecuencias: la mentira me ha contaminado. Nada puedo hacer al respecto. Pienso en el otro Volpi, el auténtico autor de este libro: lamento haber usurpado su lugar. Pero ustedes tienen que entenderme: sus mentiras me han otorgado, por un momento, otra vida. Me han arrancado de mis propias mentiras. Me han salvado. No se enfaden, por favor. No llamen a la policía. No me juzguen. Antes permítanme decir, simplemente, lo orgulloso que estoy de haber ganado este premio. Y de haber venido a Mazatlán. Se trata —nunca mejor dicho— de un honor inmerecido.
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De verdad, muchas gracias.
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Jorge Volpi

El horror de la ficción

Diario Milenio-Puebla (26/02/09)
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En algunas de mis anteriores colaboraciones he dicho que desde hace muchos años nos hemos habituado (o nos han habituado, más exactamente) a presenciar la violencia cotidiana sin que ésta nos deje el mínimo sentimiento de culpabilidad. Tenemos ante nosotros una gran cantidad de notas que narran hechos sangrientos, y nosotros recurrimos a las bromas quizá como un último escaño de los mecanismos defensivos.
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Circula en la red un caso que me ha dejado pensativo y mirando hacia arriba, hacia las estrellas. No es muy creíble, porque me ha llegado anónimamente y en todos los casos (como sucede con las leyendas) han cambiado el lugar de los acontecimientos. Las notas de la red no dan nombres ni hay un estado que se haya pronunciado de manera oficial. No hay nada, sólo la terrible historia que pudo ser escrita, aun sin los parámetros de la verosimilitud, por una anónima mente truculenta.
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Narra la nota de la Internet que hace pocos días en el entronque de la carretera Colima-Jalisco (un e-mail más dice en Nuevo Laredo) un camión congelador propiedad de una fábrica de paletas (otro e-mail agrega que era de una fábrica de alimentos enlatados) chocó contra el auto de una señora, a quien se le ofreció un pago extraordinariamente más alto a los daños causados por el percance. Sin embargo ella no aceptó y llamó al seguro, a los peritos y a la policía.
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El conductor del camión (otro e-mail más afirma que era una camioneta) se sube hasta donde está el volante, pone los seguros y luego se da un tiro en la cabeza. Al revisar el camión (o la camioneta, para el caso es lo mismo), se descubre que en el congelador hay diez cadáveres de niños sin órganos. Se dice que las autoridades detuvieron todo tipo de información para no causar pánico.
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Ahora la misma versión circula en Ameca, Jalisco y ha causado un aterrador miedo entre los habitantes, que comienzan a creer que sus hijos serán robados de las escuelas y que se han visto autos sin placas rondando las calles, etcétera. Todo como en las mejores leyendas. Se pide precaución en el cuidado de los niños en las escuelas y en los hospitales.
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Lo que no encaja muy bien en esta historia son un par de argumentos: ¿Por qué la señora no se deja de embrollos y no acepta la cantidad ofrecida por el conductor del camión para irse tranquilamente a su casa? ¿Qué le hubiera costado al mismo conductor darse a la fuga, ya que el camión no estaba inservible?
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Son preguntas para Columbo. He buscado en páginas electrónicas algo que me pueda ilustrar el caso y no hay nada, absolutamente nada. A fuerza de repetirse una versión, llega a creerse. Estas versiones son síntomas de los malos tiempos. El e-mail termina: “No dudes en reenviar este mensaje, salva a un niño”. El horror como ficción en las páginas de la Internet.

Del minutario

Diario Milenio-Puebla (19/02/09)
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La excelencia de los minutarios es que en poco espacio pueden entrar varios temas. Estuve hace unos días en Morelia, Michoacán. Me invitaron de parte del Instituto de Cultura a la entrega del premio “Eréndira” a la trayectoria literaria de cuarenta años a mi amigo y casi hermano, el poeta Gaspar Aguilera Díaz, quien ha hecho tanto por la cultura purépecha. La ciudad es patrullada por la policía federal; me imagino que luego de los lamentables hechos del 15 de septiembre de 2008, ahí se ha reforzado la vigilancia.
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Estoy viendo la televisión y es muy probable que hace veinte años no me hubiera dolido tanto la cabeza, ni me hubiera preocupado ante el desolador panorama que los analistas políticos presentan para el futuro del país. Me produce vértigo y náuseas lo que veo aquí, tan cerca de mí.
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Pero ante el miedo a la crisis, siempre hay recursos: se obtiene un récord más a las páginas de Guinness para México: casi cuarenta mil parejas se besaron en el zócalo del DF el pasado día del amor y la amistad. Hubo, según las crónicas, tolerancia a hacia las distintas preferencias sexuales.
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Muchos son los que hablan de una crisis inevitable y nadie sabe a ciencia cierta qué es, sólo se presienten sus efectos. Lo que a mí me queda claro es que la gran mayoría de mexicanos no la hemos provocado. Veo en el mismo programa que ha muerto una mujer bombera, la primera que muere en un siniestro. Declaran los responsables que se trató de accidente, como cuando se sube un auto a la banqueta y mata súbitamente a alguien. Sin embargo, se agrega que el equipo de bomberos es muy deficiente. Lo creo.
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¿Nos vamos a acostumbrar definitivamente a la violencia cotidiana?
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Aconsejan los trabajadores de la salud mental que no se piense en eso. Para qué, si sólo se produce daño uno mismo. “Váyase el cine,” aconsejan, “camine cortas distancias y deje en casa los problemas que mañana encontrará quizá un empleo”. Y dice López-Dóriga, lo pregunta dos veces: ¿usted sabe cuántos besos caben en el zócalo? A mí me duele tanto la cabeza que no me detengo a calcularlo. Mejor trato de dormir.
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Escucho luego las noticias en la radio, en “Panorama informativo”. Es lo mismo: pocas opciones ofrecen los expertos que saque del bache al mundo. Me acordé de Mafalda cuando mira a un globo terráqueo sobre una cama de hospital al tiempo que piensa “es verdad, ahora sí estás enfermo”. La violencia se ha vuelto cotidiana, por más que los comunicadores traten de esconderla.
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Nada será igual de aquí a los pocos minutos que ya están corriendo. Yo por lo pronto creo en el futuro de la humanidad. Felicidades Gaspar Aguilera, disfruta de tu reconocimiento. Se lo merece tu calidad humana y tu labor de poeta.

"De quimeras y algo más"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 25/02/09)

“El androide y las quimeras”, editado por Páginas de espuma, reciente entrega de Ignacio Padilla, es el segundo volumen de la tetralogía de cuentos: Micropedia.
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Al libro lo conforman dos partes: “El androide en nueve tiempos” y “Quimeras de tres orillas”.
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La primera parte contiene los cuentos: “Las Furias de Menlo Park”, “Romanza de la niña y el pterodáctilo”, “Las tres Alicias”, “Pacto de caballeros”, “Las entrañas del Turco”, “Guía de ruso para principiantes”, “Antes del hambre de las hienas”, “Viaje al centro de una chistera” y “Of Mice and Girls”.
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Mientras que la segunda parte está compuesta por tres cuentos: “Galatea en Brighton”, “Miranda en Chalons”, “Circe en Galápagos”.
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Los doce relatos, según cuenta Padilla, en las referencias que aparecen en la parte final del libro, tienen una base teórica. A Ignacio sólo le correspondió armar las historias que cada texto exigía.
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Los cuentos presentados por el ganador del Premio Juan Rulfo 2008 -por su cuento Los anacrónicos-, coinciden en su brevedad, pero también por la maestría con la que atrapa a sus lectores, casi de manera inexplicable.
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Soy un lector lento. Pensaba leer este libro con calma, un cuento por día, pero cuando empecé a leerlo, me di cuenta, de pronto, que ya había terminado de leer la primera parte en un abrir y cerrar de ojos.
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A Ignacio Padilla lo caracteriza el manejo de un lenguaje amplio y cuidadoso. Esta no es la excepción. El lector que se topará con un libro que mezcla el estilo borgiano (lo fantástico) con el cortazariano (por aquello de la contundencia aplicada en cada final).
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Padilla construye un mundo tan real que no parece fantástico. He ahí el don de la verosimilitud. El hecho de imaginarse al autor de las dos Alicias: en el país de las maravillas y a través del espejo, en sus últimos días, desesperado por recomponer su libro y dar paso a una tercera versión de Alicia, es relatado por Ignacio de una manera agraciada que termine creyendo que lo leído era una crónica, cuyo único fin era dar veracidad al acontecimiento.
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Como bien dice la contraportada del libro, este libro es un catálogo de muñecas, androides, quimeras, de igual forma, creo, de obsesiones y descubrimientos que terminan en: la destrucción y la fatalidad.Cuentos concisos y precisos. Leves y exactos. Redondos. Bellos y envolventes. Una lectura que estoy seguro a más de uno hará pensar y pasar un rato ameno, provechoso.

martes, febrero 24, 2009

La imposible soledad del mexicano

Diario Milenio-México (24/02/09)
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Apesar de lo que se haya argumentado en aquel famoso ensayo escrito justo a la mitad del siglo XX, tengo la impresión de que el mexicano está estructuralmente imposibilitado para estar solo. La explicación no radica en ningún entramado cuasi metafísico con fecha de origen en la conquista del continente ni en algún complejo psicologista teñido con datos del novohispano. No le debemos esa artera imposibilidad tampoco a la modernidad, o la falta de modernidad, a la que se le achacan tantas cosas en estos tiempos. La razón, me parece, es más práctica y, como se dice, más prosaica, y le corresponde, además, al presente. En una sociedad donde casi todo funciona como puede, y no como debe, uno siempre acabará necesitando, como bien lo decía aquella canción de los Beatles, de la ayuda de sus amigos. Para lo cual hace falta, por principio de cuentas, tener amigos —un complejísimo proceso que, como todo mundo sabe, precisa de un uso bastante improductivo, aunque también bastante placentero, del tiempo que, en esos otros países donde todo funciona como debe y no como puede, simplemente no existe.
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Para ejemplo basta el mítico botón. Si el Mexicano (así con la mayúscula M esencialista) algún día pretende, emulando a cierta película estadounidense, encerrarse en su propio laberinto acompañado únicamente de su computadora, no faltará el súbito corte de luz que acabará (porque en su falta de planeación ese Mexicano no se habrá hecho de un regulador de voltaje) con su disco duro, razón por la cual tendrá que salir de su habitáculo para lidiar (sin posibilidad alguna de éxito) con el vendedor de computadoras y, luego, con el amigo aquel que conoce a un amigo que, a su vez, tiene un conocido experto en este tipo de percances. Si por alguna milagrosa razón, no hubiera corte de luz en esa zona, no faltaría de cualquier manera el husmear (es uno de los derechos humanos en la ciudad de los muchos) ya discreto o indiscreto de la vecina o, de plano, el toquido sobre la puerta, de preferencia a deshoras, del vecino ése que invitó a sus cuates al depa pero se olvidó del descorchador. He ahí el meollo del asunto: ese Mexicano no puede estar solo.
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Pero sigamos con el ejemplo. Supongamos que ese Mexicano que desea contra toda posibilidad real vivir en la más absoluta de las soledades tiene que pagar, como cualquier otro mexicano, la luz (puesto que de otra manera no logrará su cometido de estar encerrado en su laberinto con su computadora). Como es bien sabido, pagar por los servicios básicos es un sofisticado proceso que, en su gran mayoría, requiere de la presencia física del contribuyente. Así entonces, a menos que ese Mexicano tenga un ejército de mensajeros rescatando y pagando recibos de esto y de lo otro en distintos bancos y comercios de la ciudad (lo cual, de hecho, implicaría un contacto bastante organizado con sus subordinados), ese Mexicano tendrá que desplazarse por las calles de la ciudad hasta formar parte de las colas que tienden a organizarse por el más endeble de los motivos. ¿Y qué sucede en las colas de las más diversas ciudades mexicanas? La gente habla, por supuesto. La gente pregunta o le espeta al silencioso que busca afanosamente su propia soledad la historia en turno. La gente se le acerca y, sin respetar los 4 u 8 metros de distancia personal, le toca el codo o le roza el hombro mientras le invita un cafecito —aguado, sí, pero caliente— porque la mañana, ya ve usted, se puso fría y así nomás no se puede vivir. Ahora que si a ese Mexicano le han cortado la luz... Y si a ese Mexicano se le ocurre, en pleno uso de sus facultades, enfermarse…
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Los laberintos nacionales no están hechos de pasillos huecos por donde resuenan los ecos de las voces aisladas. Ese ruidito incómodo. Ese constante rechinar. El poder que se ejerce desde arriba sin afán alguno de reconocer como ciudadanas a las voces que emergen de todos los puntos del territorio de lo social vive, en efecto, en el centro de su propio laberinto de la soledad. El poder que se mira a sí mismo verse (y se encuentra además hermoso) vive, en efecto, en un laberinto hecho de espejos propios. Su propia saciedad. Los verticales, los unívocos, los que sí tiene para mandar a otros a que paguen la luz, pues, pueden gozar o sufrir, según les venga en gana, de esa soledad que los otros, los muchos otros que, por ser muchos, en realidad somos los unos, estamos estructuralmente imposibilitados a tocar. Si el Poder toca la puerta y la Mexicana que se esconde dentro contesta, en un prurito de humildad, “no hay nadie”, seguramente es porque sabe que pronto le cortarán la luz. Presas de la cacofonía o de la imprecación o del relajo, las voces que se multiplican por las paredes porosas y escindidas de esos laberintos llenos de gente le pertenecen por igual a la queja y a la animadversión. Tal vez no sería descabellado pensar que también le han pertenecido a una soterrada conversación que pocos, dentro de sus propios laberintos, se han aprestado a escuchar.

El sueño de ser otro

Diario Milenio-México (23/02/09)
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1 De la sangre al espíritu
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Alguna vez ha dicho Javier Bardem que su sueño de actor sería llegar a viejo y reunir en una sola habitación a cuanto personaje ha interpretado, esperando que fueran todos tan diferentes que no pudieran entenderse entre sí. Para los detractores del actor, que ya sólo por serlo tienen ante sí una labor titánica e ingrata, semejante declaración es constancia sobrada de megalomanía, pero lo cierto es que hasta hoy nadie le ha visto a Bardem dos personajes afines. Inquisidor, sicario, desempleado, escritor, policía, Village People, cuadrapléjico, con cada uno se ha inventado de nuevo y es seguro que entre ellos jamás se han dirigido la palabra; si han de estar juntos es para formar parte de una tribu imposible, su Village People personal. Todo lo cual, parece, no acaba de ser grato a los ojos de aquellos entre sus detractores que lo son con mayor virulencia porque se consideran parte de su tribu.
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Pierde el tiempo quien busca explicaciones razonables a los celos tribales, fruto de alguna mezcla emponzoñada de envidia, despecho, frustración y revancha, entre otros pestilentes ingredientes. Vale más, para el caso, apreciar a esta expresión folclórica del rencor por la riqueza de su aportación. Escuchar en las calles de Madrid denuestos repetidos contra un actor de la calidad de Javier Bardem parece francamente estrambótico, aunque seguramente menos de lo que se verá de aquí a unos años, cuando sus malquerientes se miren finalmente obligados a frenar el mezquino regateo y benévolamente le perdonen la vida. ¿Cómo certificar que uno hace bien las cosas, sino mediante el generoso juicio reprobatorio de los guardianes del espíritu tribal? ¿No es verdad que lo que estas personas más aprecian y esperan es la repetición prosaica y desvergonzada de lo que antes ya vieron y disfrutaron? ¿Cómo se atreve Bardem a ser otro, y otro, y otro, con la correspondiente dificultad para volverlo símbolo de nada o ejemplo para nadie? ¿Qué le cuesta ser lo bastante humilde para aburrirse un poco mientras sus detractores se divierten? Me queda la impresión de que si un día Bardem les diera gusto, por esa sola causa lo crucificarían. Lo menos fotogénico de los celos tribales no es que les falte causa, sino que acepten una u otra cualquiera con tal de seguir vivos y calientes.
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2
Videntes y autodidactas

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Uno de los aspectos en teoría entrañables del sentimiento de tribu tiene que ver con el convencimiento de que se pertenece a ella en cualquier circunstancia, pero pasa que tanta coincidencia de vísceras dificulta advertir que la entidad tribal carece, entre otras cosas, de cuerpo y opinión, y puede ser tan grande o tan pequeña como resuelvan quienes se expresan en su nombre. Un grupo de exaltados, una camarilla, una banda de asesinos. Cualquiera puede hablar en nombre de la tribu y echar pestes de quien juzga que ha traicionado su espíritu. Pues quienes interpretan el sentir de la tribu encuentran que la suya es ánima quisquillosa. Qué trabajo sabroso debe de ser ese de encontrarle alma a los conceptos y dialogar con ella de tú a tú. Invocar, por ejemplo, ya no al abuelo ni al marido difuntos, sino al Espíritu de la Mexicanidad. ¿Quién necesita un médium para esa chamba, si ya a todos nos consta que dicho fantasmón habla hasta por los codos que tampoco tiene? ¿Cómo quieren que uno le pague algún respeto al tal espíritu, cuando éste tiene la costumbre de elegir por voceros a los más ignorantes, insidiosos y falsos entre sus lamesuelas?
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No es, por supuesto, un mal exclusivo de mexicanos y españoles, y quizá forme parte de la razón de ser de toda tribu. No se espera que se abran las tribus por gusto, ni que sus miembros más talentosos asciendan más allá de lo tolerable. Cierta vez, un amigo australiano se gastó un par de horas intentando explicarme por qué los australianos que conquistaban el mercado norteamericano dejaban para siempre de ser australianos. De los Bee Gees a Nicole Kidman, pasando por Paul Hogan y cualquier otro actor que haya interpretado en Hollywood a un connacional suyo, le parecían todos gringos inconfundibles. Nada muy diferente decían los brasileños de Tom Jobim, que vivía habituado a la reverencia de todas las tribus y el desdén de la propia.
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3
Nostalgia por el otro
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Pergeño estos renglones luego de ver la entrega de los Independent Spirit Awards, un ritual refrescante que se ahorra en pompa y mal gusto lo que invierte en ingenio y espontaneidad. Razones más que buenas para que sea completamente opacado por la gala del Óscar, cuyo más grande mérito consiste en asumir como universal una entrega de premios estrictamente local, con la epidemia de agoreros consecuente: orgullosos no tanto de entender de cine, como de predecir los resultados de acuerdo con el espíritu de la academia que los juzga. Un espíritu ñoño, si he de dar mi opinión en torno al tema abstracto por excelencia. Medio mundo se ufana de conocer el espíritu de los que llama suyos, hasta el punto de poder advertir en qué momento dejan de ser suyos y deben ser sumados a una lista de traidores que crece cada vez que un miembro de la tribu tiene el atrevimiento de crecer por su cuenta. ¿Pues qué se cree?, tiemblan de indignación los administradores del espíritu tribal, honroso cargo para el que cada quién se designa a sí mismo, no faltaba más.
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Si el Óscar agasaja mayoritariamente a los afortunados establecidos, el cine independiente se celebra a sí mismo asumiendo su perpetua escasez de presupuesto como una condición más pasional que heroica. Sin conocer los límites de cada tribu a la que alguna vez he pertenecido, celebro en el momento los premios a Penélope Cruz, Charlie Kaufman y Mickey Rourke, nombres que pertenecen a todas las tribus y a ninguna. Ser uno, y otro, y otro, le guste o no al gurú de la tribu. Qué envidia, Javier Bardem. Salud por ese club de perfectos extraños.

Cartesiana

Diario Milenio-México (23/02/09)
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La Periodista y yo coincidimos como presentadores de un libro. Aunque nunca nos habíamos topado cara a cara hasta entonces, yo tenía noticias suficientes de quién era ella y ella creía saber a la perfección quién era yo, de ahí que me recibiera con un “Qué bien que hayas logrado un espacio cultural en Televisa; lo único que me preocupa es ¿cómo vives con la autocensura?”. En vano hube de explicarle que, a lo largo de casi dos años que llevo trabajando en dicha televisora, nunca he sido víctima y ni siquiera testigo de episodios de censura, ya infligida desde dentro, ya desde fuera. Y digo en vano porque no hubo manera de convencerla de ello. (Acaso valga consignar aquí que La Periodista trabaja en La Jornada).
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Minutos después presentábamos ya el libro y ella aprovechaba cada oportunidad para digresiones pasionarias en las que enarbolaba una agenda a todas luces política y, sobre todo, para hacer mofa, a mi juicio paranoide, de la empresa en la que trabajo y de lo que ésta, a su entender, representa. Me declaro culpable: no pude sino contestarle con la expresión de mis fuertes reservas a propósito de su visión y de la del medio en que colabora. La cosa terminó (casi) en pleito, para deleite de la concurrencia morbosa y gozosa y de la representante de la editorial, feliz de haber brindado al público un buen espectáculo y de haber postulado el libro presentado como capaz de generar consensos en virtud de su calidad, incluso entre personas tan opuestas como La Periodista y yo.
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Cuando menos entretuvimos. (El entripado quién me lo quita).
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El sábado pasado vi una película que me gustó mucho. Trata de un cura, que puede o no ser compasivo, que puede o no ser generosísimo, que puede o no ser inmoral, que puede o no ser pederasta. Su némesis es una monja, que puede o no ser un monstruo de oscurantismo y de conservadurismo, que puede o no ser una mentirosa a su vez inmoral (y por tanto puede o no ser una traidora a los principios de la fe que con tanto celo profesa), que puede o no ser una heroína, que puede o no ser la salvadora de generaciones de niños por venir.
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La acción esta ambientada en 1964. El cura y la monja trabajan en una escuela religiosa en la que, gracias a una beca, acaba de matricularse un primer alumno negro. El cura es particularmente amable con este alumno negro: se erige no sólo en su único amigo en ese entorno hostil y nuevo sino en una suerte de figura paterna, fuente de escucha y orientación cuando, en casa, su propio padre no le prodiga sino gritos y golpes. Un día, el alumno negro es llamado al cubículo del cura y regresa a clase en actitud de desazón y con aliento alcohólico. Sin más información que ésa, la monja se convence de que el cura ha abusado sexualmente del niño. Acosa y después acusa al cura, pero no logra extraerle una confesión y menos una renuncia. Habla con la madre del niño pero ésta, consciente de la homosexualidad incipiente de su hijo, de las palizas que le propina su padre por ello, de lo solo y desamparado que está el niño y de que su permanencia en la escuela parecería su única vía para salir de la pobreza, le manifiesta su beneplácito por la relación de éste con el cura, sea ésta de naturaleza sexual o no: al menos alguien lo atiende y lo escucha. Pese a ello, la monja cree su deber alejar al cura de la escuela: así, urde una mentira para atemorizarlo y logra que pida su cambio a otra congregación. Al final, el cura es transferido a otra escuela, más prestigiada, más poblada. Al final, la monja rompe en llanto. ¿Ha sido injusta o justa con el cura? ¿Ha salvado o condenado al alumno negro? ¿Ha faltado a sus votos con su mentira? ¿Ha puesto en riesgo ahora a más niños? Lo único cierto es que sus certezas se tambalean. Ahora duda.
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* * *
-Ceno con El Escritor. Le narro mi encuentro con La Periodista, anticipando su simpatía conmigo. He aquí, sin embargo, que El Escritor y La Periodista también son amigos. Y que, si bien El Escritor no comparte sus ideas, tiene afecto por ella y el mayor de los respetos por su trabajo. (En ello tiene razón: La Periodista es solemne, sí, pero también seria.) Así, no puede evitar lanzarme una pregunta azorada:
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— ¿Pero por qué te cae tan mal?
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Antes de responder, me tomo unos segundos para meditar mi respuesta (la pregunta lo amerita):
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—Porque me cuestan mucho trabajo las personas que tienen certezas.
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Sólo entonces accede El Escritor a brindar conmigo.

viernes, febrero 20, 2009

Finalistas del I Premio de Narrativa Breve Rivera del Duero

El jurado del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero ha elegido a los seis autores finalistas de esta primera edición del certamen. Las seis obras han resultado seleccionadas entre los más de quinientas manuscritos presentados por escritores de veinticinco nacionalidades diferentes. El perfil de cada uno de los finalistas es muy heterogéneo aunque todos ellos están ligados desde hace tiempo al mundo de las letras, habiendo publicado otras obras con anterioridad.
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AUTORES Y OBRAS FINALISTAS
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· Fernando Iwasaki (Lima, 1961), con España, aparta de mi esos premios
· Eduardo Halfón (Guatemala, 1971), con Los cuentos del cuartel.
· Javier Sáez de Ibarra (Vitoria, 1961), con Mirar al agua.
· Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), con Llegado el momento.
· Pedro Ángel Palou García (Puebla, 1966) con Demonios en casa.
· Luciano González Egido (Salamanca, 1928), con Vísperas de la nada.
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SEIS AUTORES INTERNACIONALES
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· Fernando Iwasaki es escritor, columnista y docente universitario. Su vida y sutrayectoria profesional han transcurrido entre España y su país natal, Perú. Enla actualidad dirige la revista literaria Renacimiento, la Fundación CristinaHereen de Arte Flamenco y es columnista del diario ABC. Es autor de ensayos,novelas y cuentos como Tres noches de corbata, Inquisiciones Peruanas y Helarte de Amar. Ha recibido varios galardones como el otorgado por la Conference on Latin American History Grant Award o el Premio Algaba.
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· Eduardo Halfon es un joven escritor guatemalteco, autor de obras como Decabo roto, El ángel literario, Siete minutos de desasosiego y El boxeador,escritos que han sido traducidos al serbio y portugués. En el año 2007 integró la lista de seleccionados Bogotá 39.
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· Javier Sáez de Ibarra es natural de Vitoria, aunque desde hace años reside en Madrid. Trabaja como profesor de Lengua y Literatura en un instituto. Ha publicado los libros de relatos El lector de Spinoza y Propuesta imposible que tuvo una excelente acogida de la crítica; y el poemario Motivos. Escribe ensayos y textos de creación que han aparecido en diferentes revistas.
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· Juan Carlos Márquez es un escritor bilbaíno cuyo trabajo ha sido reconocidocon diversos premios, como el Tiflos de Cuento (2008), el premio Rafael González Castell (2005) y el "Unión Latina", premio Juan Rulfo al escritornovel (2003). Su última obra, Norteamérica profunda, ha sido finalista del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España.
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· Pedro Ángel Palou García es un autor mexicano nacido en Ciudad de Pueblaque ha alumbrado una gran diversidad de obras, incluyendo ensayos, novelas,textos literarios y crónicas históricas. A lo largo de su vida ha desempeñado multitud de ocupaciones, como la de profesor universitario, investigador,editor, promotor cultural, chef o árbitro de fútbol, trabajando en el periodo entre 199 y 2005 como Secretario de Cultura del Gobierno del Estado dePuebla. Pedro Ángel Palou se describe como un autor polifacético que ha alumbrado más de treinta novelas, algunas de las cuales han sido galardonadas con reconocimientos de prestigio, como el Premio Nacional de Historia, el Premio Nacional de Literatura o el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores por su obra Con la muerte en los Puños.
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· Luciano González Egido nació en 1928 en Salamanca, aunque en 1963 setrasladó a Madrid. Trabajó en el periodismo, el cine y la televisión y no es hasta 1993 cuando publica su primera novela, iniciando una carrera en la quele han sido concedidos ya varios reconocimientos, entre ellos el Premio Miguel Delibes por El cuarzo rojo de Salamanca, el Premio Nacional de la Critica por El corazón inmóvil, el I Premio de la Critica de Castilla y León por La piel del tiempo y, en 2004, el Premio Castilla y León de las Letras.
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ENTREGA DEL I PREMIO DE NARRATIVA BREVE RIBERA DEL DUERO
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La Denominación de Origen Ribera del Duero entregará el 26 de marzo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el I Premio Internacional de Narrativa Breve. Al evento está prevista la asistencia de personalidades del mundo de la cultura, a quienes acompañarán otros invitados por el Consejo Regulador ribereño. El I Premio de Narrativa Breve fue convocado por el Consejo Regulador Ribera del Duero el pasado año, durante el XXV Aniversario de esta Denominación de Origen. El certamen literario, de carácter bienal, está organizado en colaboración con la Editorial Páginas de Espuma, destacado sello en el género del Cuento español y latinoamericano. El interés que ha despertado el I Premio Internacional de Narrativa Breve, que en su primera edición ha recibido más de quinientas obras (se adjunta dossier con los datos de participación), lo convierten en uno de los más importantes en su categoría,tanto en España como en Latinoamérica.

miércoles, febrero 18, 2009

"¡Qué viva el ocio!"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 18/02/09)

No hay fin de semana más saludable para estos días de crisis que el pasado. Aclaro nada tiene que ver con el catorce de febrero. La sanidad de la que hablo me la provocó un par de ensayos demasiado frescos y combativos. El culpable, querido lector y lectora, es Rafael Lemus con su libro “Contra la vida activa” editado por -la desenfadada y bien dirigida- editorial Tumbona. Este libro viene a ser el round (o número) nueve, perteneciente a la colección “versus”. Lemus escribe dos ensayos: “Elogios de las cosas” y “Elogio del aburrimiento”. En ambos textos el nombrado autor invita al lector a reflexionar sobre su situación y contexto actual en el que se encuentra. Le pide unos minutos de su atención para discutir sobre un tema: la búsqueda de una vida feliz, plena. Lo que todo humano desea en esta vida.
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Pero momento querido lector, nuestro autor en cuestión no receta determinadas fórmulas para alcanzar la meta. Al contrario, combate toda ecuación conocida y sugiere que se despierte a la realidad que rodea y perjudica a cada uno de los humanos que habitan el planeta. Lemus, de manera combativa y amena, apunta que la vida contemporánea es extraña, contradictoria, pues en estos días la felicidad se vende como este asunto de trabajar muchas horas libres para obtener un sueldo “bien merecido”, aunque mal pagado, y así poder comprar artículos diferentes y objetos varios que nos harán la vida más placida. Y sobre todo se busca combatir al ocio (tiempo libre), ya que la nueva visión ve a tal como un mal social.
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Empero han olvidado que el ocio es saludable, porque es un respiro, una oportunidad para estar con uno mismo, para tirarse en el pasto y gozar de algo natural o simplemente para no hacer nada. Pero eso es insano y criticado. Los padres no pueden ver a sus hijos tirados en la cama un fin de semana, porque, dicen, desperdician su vida. Que mejor deben buscarse algo productivo que hacer como trabajar para obtener algún sueldo y volverse activos socialmente. Sólo así podrán entender lo que es la vida y convivir en ella. Lo cual no está alejado de la realidad. La estabilidad emocional, personal y social se gana trabajando ocho horas diarias en una oficina, soportando malos tratos del patrón; maltratando al cliente; comiendo fast food en el tiempo libre; viboreando al colega del escritorio vecino; llegando a casa fundido a medio comer luego ver las noticias y enterarse que al mundo se lo lleva el carajo. Eso señala Lemus es la calidad de vida que se anhela. Y se anhela, porque se tiene miedo a “no hacer nada”. En ese “no hacer nada” se puede leer un libro, ver una película, hacer el amor, ver la salida del sol en el mar, en fin, captar bellos momentos que podrán dar plenitud a la vida. Sin embargo, eso es no ganar dinero, es perder el tiempo y la vida es corta como para darse ese lujo.
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Un libro para leer en un rato de inactividad que al menos le arrancará una sonrisa, en el peor de los casos; en el mejor, le dará la esperanza de que aún es tiempo de no malgastar su vida, convirtiéndose en un ente sin ociosidad, como fueron en un inicio los trabajadores de “Metrópolis” (Fritz Lang). Hay que aspirar a la rebelión o la vida que plantea Jean-Pierre Jeunet en su “Amélie”.

martes, febrero 17, 2009

Las ruinas convocantes

Diario Milenio-México (17/02/09)
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A un lado de la carretera que pasa por el poblado de La Rumorosa, en el centro de un pequeño valle rodeado de rocas gigantescas, emergen espectrales las ruinas de las edificaciones que alguna vez conformaron Campo Alaska. Ya no son lo que fueron, es cierto, pero lo que fueron —una estación militar y un fortín y una escuela y una casa de gobierno durante los salvajes veranos mexicalenses, antes de convertirse en un manicomio y un hospital para tuberculosos entre 1929 y 1955— refulge de manera extraña en las paredes vandalizadas y los techos abiertos al cielo en dos de los tres edificios originales del complejo. Basta con detenerse un poco para sentir sobre el rostro el viento cortante de la sierra. Basta con cerrar los ojos para oír los rumores que vienen de lejos. Hasta aquí llegaba o de aquí partía —según se fuera o se regresara de Mexicali— el Camino Nacional que, gracias a constantes explosiones de dinamita, empezara a construirse hacia 1916 y que, según dicen, el compositor Agustín Lara bautizó en alguna memorable ocasión como La Rumorosa debido al peculiar sonido del viento en la zona. De la mano del viento, los rumores. Aquí: Alaska.
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Siempre hay algo entre seductor y espantoso en los edificios donde han vivido los locos. Imposible avanzar sin sentir que se avanza exactamente sobre los pasos de sus sombras. Una huella, dos. Imposible alzar la vista y observar el cielo a través de la alta ventana cruzada por rejas sin invocar la mirada perdida o ansiosa que se posó hace tantos años ahí, por primera vez. Imposible tocar la argolla que, sobre el piso, todavía recuerda las extremidades encadenadas de los desdichados de Alaska. Imposible entrar, pues, al gran edificio que, después de ser una estación militar se convirtiera en el Pabellón para Dementes, sin experimentar la extrañeza primigenia de lo que estuvo por 26 años más allá de la razón. Ahí, con espaciadas visitas médicas y con la atención más bien interrumpida de unos cuantos enfermeros, en el corazón de una comunidad formada casi exclusivamente por hombres —los ingenieros, los militares, los trabajadores— un puñado de enfermos y de enfermas (un total de 45 en 1955) se enfrentaron al paisaje lunar de La Rumorosa con la misma falta de esperanza que suele acompañar a las expulsiones radicales y los largos exilios.
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Y ahí, en Campo Alaska, mientras la mano se desliza cautelosamente sobre la baldosa y la frente se recarga sobre lapared blanquísima en un gesto de cansancio y de desolación confundidas, queda de alguna manera en claro porque cuando terminó la vida administrativa y médica del Manicomio La Castañeda en 1968, las autoridades de la Ciudad de México decidieron también desaparecer el edificio completo. Poco importó entonces el diseño arquitectónico que, desde el primero de septiembre de 1910, produjo un orgullo claramente modernizador entre magos del progreso del gabinete porfiriano. Poco importó que la fachada del edificio se hubiera convertido, unos 50 años después de su fastuosa inauguración, en un emblema de Mixcoac —un poblado más bien bucólico a inicios de siglo y un barrio populoso y pujante a mediados del mismo. Lo que importó fue, sin duda, deshacerse de la evidencia: esa ruina que, por serlo, tendría la posibilidad infinita de convocar a las voces —las del pasado y las del futuro— que pululan en los otros muchos lados de la razón. De ahí el hechizo de la ruina, su poder.
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A mediados de la década de los 20s, mientras intentaba de alguna manera evadir el calor asfixiante del verano mexicalense, el gobernador Abelardo Rodríguez se llevó la casa de gobierno y parte de su ejército a la sierra, allá donde el aire freso y la nieve del invierno hicieron pensar a más de uno en la palabra Alaska. Un punto equidistante entre Tijuana y Mexicali también le permitió al gobernador Rodríguez una férrea vigilancia sobre zonas neurálgicas fronterizas, así como una facilidad de movimiento que garantizaría el ejercicio expedito de su poder. Que apenas unos años después, ese mismo sitio fuera utilizado para concentrar enfermos mentales y tuberculosos vuelve a hacer intrigante el lazo que une a los grandes proyectos de modernización pre y posrevolucionaria con el surgimiento de instituciones especializadas en el tratamiento de los locos.
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A la orilla de la orilla, en las inmediaciones de un paisaje que recuerda los horizontes de planetas ya desaparecidos o todavía sin nacer, Campo Alaska sigue convocando los ecos de sus propios delirios —los ecos de la posrevolución temprana, un tiempo animado por una fe casi ciega en la capacidad redentora del progreso, y los ecos del dolor de los locos, como siempre mostrando el lado más frágil y más oscuro de esos procesos de modernización que tanto suelen animar a los gobernantes más diversos. Ahora ya no queda nadie: apenas unas cuantas paredes a punto de caerse. Ahora sólo queda el viento, incansable. Es el mismo viento que azota, diríase que sin piedad, a una nación convulsa y volátil y rota a la mitad.

lunes, febrero 16, 2009

Debates-TV & Novelas

Rodrigo Fresán (Página 12-15/02/09)
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Si por un lado se suele agitar el latiguillo de que si los grandes escritores clásicos vivieran escribirían guiones para televisión, también se insiste en el potencial novelístico de muchas series de la más reciente producción norteamericana. Aun así, la Gran Novela Americana parece seguir siendo un asunto estrictamente literario. ¿O no? ¿O ya no tanto?
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No pasa semana sin que algún intelectual de renombre diga eso de “Si Cervantes/Shakes-peare/Austen/Dickens/Dumas/Proust viviera, hoy estaría escribiendo guiones para la HBO” o algo por el estilo. Y lo dicen con la misma feroz satisfacción con que el publicista Dan Draper ilumina un slogan cualquier noche de estas, en las oficinas de la agencia Sterling-Cooper, en cualquier episodio de Mad Men.
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Semejantes afirmaciones un tanto alucinadas se continúan con un más acertado “vivimos una edad dorada de la televisión” para rematar con “la caja boba es inteligente”. Pero, enseguida, la cosa vuelve a complicarse cuando alguien suelta como si nada un “La Gran Novela Americana se escribe en estos días como guión de serie televisiva”. Y, así, otra vez, volvemos a sintonizar el colorido fantasma de Scherezade y el epiléptico ruido blanco del zapping.
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Está claro que, hoy por hoy, la televisión ha incorporado lo mejor del gran cine (sí es posible pensar que si Mario “El Padrino” Puzo estuviera aún entre nosotros escribiría para la HBO y habría sonreído un cameo en Los Soprano), se ha quitado de encima tabúes y límites gracias a esa zona libre que son los canales de pago. Y que buena parte de los mejores actores y actrices a los que ya nada tiene para ofrecerles o pedirles un celuloide cada vez más adolescente y efectista (pienso en Glen Close en Damages o Gabriel Byrne en la tan tensa como reposada In Treatment) gravitan con naturalidad y gracia hasta la pantalla pequeña cada vez más grande y ocupando un espacio cada vez mayor en las salas de los hogares de esta nueva Gran Depresión. En los años ‘20, la gente buscaba olvidarse de todo con los lujosos musicales de Hollywood. Aquí y ahora, gratifican más los revolcones cortesanos de esa Dallas medieval llamada Los Tudor o el trance casi hipnótico producido por la jerga hermética de House, Bones o de la tarde o temprano inevitable fundación de CSI Palermo.
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Y sin necesidad de salir de casa.
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Pero: ¿la Gran Novela Americana? Y de ser así: ¿entonces se supone que Gran Hermano y cualquier otro reality son algo así como ejercicios vanguardistas de escritura automática?
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No hace mucho, el escritor y guionista Richard Price (autor de varios capítulos de la serie) se refería a la magnífica The Wire como “esa gran novela rusa que transcurre en Baltimore”. Y sus palabras tienen su gracia: The Wire –posiblemente lo mejor que ha dado el formato en estos tiempos revolucionarios– bien podría llamarse La guerra y la guerra. Y, sí, hay algo de aliento tolstoiano en su ambición panorámica, en el perfecto trazado de personajes, en una trama que se expande y se contrae y no deja piedra sin voltear o esquina sin investigar. Pero no creo que sus intenciones pasen por ser una nueva especie de novela sino, sencillamente, por consagrarse como un nuevo estilo de televisión. Algo parecido a lo que la novela experimentó entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX.
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“Esto no es televisión”, proclama, críptico, el lema de la HBO cuando en realidad debería decir: “Esto sí es, por fin, televisión y lo que la televisión siempre debería haber sido; disculpen, por favor, las molestias ocasionadas por la demora, prometemos que no volverá a ocurrir”.
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¿Y cómo fue que empezó todo, cuál fue el momento en que la bestia comenzó a despertarse de ese largo y apenas interrumpido letargo? A mí me gusta pensar que lo que vivimos ahora nació con el Twin Peaks de David Lynch, el Seinfeld de Jerry Seinfeld y Los Simpson de Matt Groening. Cada una, a su manera, conseguía lo mismo: alterar para siempre nuestra idea de tempo dramático televisivo. Así, de pronto, un medio de lenguaje hasta entonces escolar, económico y legible, proponía las opciones de no comprender nada, de que no pasara nada y de que el desgastado territorio de la family sitcom se reinventara en un lujoso caos animado y amarillo donde se invocaban desde los espectros de los viejos y sangrientos dibujos animados al fantasma verdadero de Thomas Pynchon.
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Ahí comenzó todo y aleluya. Pero creo que no es conveniente confundirse. De acuerdo: Band of Brothers podría ser una novela de James Jones, Six Feet Under una novela de Anne Tyler, Deadwood una novela Elmore Leonard, Battlestar Galáctica una novela de Dan Simmons, Mad Men una colaboración entre John O’Hara y John Cheever, Los Soprano una novela de George Pelecanos, Perdidos una novela de Philip K. Dick, El Ala Oeste una novela de Tom Wolfe, John Adams una novela de Gore Vidal, Mujeres desesperadas una novela de... pero no son novelas. Ni lo quieren ser. Y, atención, los guiones –que yo sepa– no los firma nadie que pueda demostrar
fehacientemente haber escrito la Gran Novela Americana. Tampoco creo que les interese: hay más dinero en escribir para la tele.
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Y dos apuntes curiosos: ¿dónde están las adaptaciones catódicas de Grandes Novelas Americanas como Moby-Dick, El gran Gatsby, la Trilogía Snopes, Las aventuras de Augie March, la Tetralogía de Conejo, Falconer o Meridiano de sangre? Respuesta: en ninguna parte –queda clara que la agenda de HBO, Showtime, AMC & Co. es muy diferente a la de la BBC– y para qué complicarse cuando se pueden comprar bastardas y graciosas novelas de Charlaine Harris y Jeff Lindsay, ennoblecerlas y rebautizarlas como True Blood y Dexter y convertirlas en clásicos del video?
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Y otra cosa: si se trata de insistir en la potencia novelística de la nueva televisión, ok, de acuerdo. Pero introduzco un matiz: las grandes series de hoy solo funcionan –novelísticamente hablando– cuando el espectador/lector dispone, por lo menos, de una temporada completa y puede administrar tiempos e intensidades como si se tratase de un libro. De otro modo, buena parte de lo mejor que se emite por estos días –semana a semana– resulta insuficiente y no satisface del mismo modo en que alguna vez lo hicieron los sucesivos capítulos de algún folletín victoriano. Así, no es que estemos viviendo una edad dorada de la TV sino una edad dorada del DVD. Créanme: se los dice alguien que tuvo la paciencia y la disciplina de esperar varios años a que concluyera Los Soprano y recién entonces irse a vivir, feliz, a esa casa de New Jersey durante un par de meses.
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Volviendo a lo del principio: a la hora de la eufórica traslación espacio/temporal de los grandes titanes de la literatura, nadie se detiene a preguntarse si ellos serían felices con el cambio. Fitzgerald y Faulkner y Huxley y Mann y Yates –entre muchos otros– no la pasaron demasiado bien escribiendo para las cámaras de los grandes estudios.
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Por otra parte y hasta donde yo sé, Hank “Californication” Moody todavía sueña con escribir la Gran Novela Americana.
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Y quiere que primero la lean.
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Y después, si hay suerte, que la miren por TV.

Nostalgia por Monópolis

Diario Milenio-México (14/02/09)
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1. La gula original
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Hay juegos infantiles que uno rememora con la nitidez propia de un suceso reciente, como podría ser el caso del Turista. Amén de ser un juego apasionante y absorbente, se trataba una suerte de aventura maratónica que conseguía tener a varios rufiancitos quietos durante varias horas en torno a un gran tablero de cartón. Un juego de avidez, también; quizá lo más cercano al póker que podía uno jugar sin sufrir la censura de sus mayores. Si al principio el placer consistía nomás en dar la vuelta al tablero y por ese solo hecho hacerse de una guapa marmaja, no había después deleite comparable al de ver caer a los otros en la casilla donde acababa uno de plantar un hotel. Y luego dos, y tres, en una desbocada carrera por convertir a los demás competidores en clientes cautivos y empobrecidos. Recuerdo que no había gozo comparable al de ir desplumándolos uno por uno, luego ir absorbiendo sus negocios y propiedades, de manera que nadie más lograra hacer negocios en todo el tablero. Sueño de niño goloso: poseer la pelota, la cancha, el estadio, la liga.
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Comprende uno el sentido del Turista cuando lo juega en su versión más descarnada, que es el Monopolio. Se juega a ser magnate y poseer el mundo. Incluso se presume, con arrebatadora candidez, que quien gana en el juego tiene las aptitudes para ser un magnate en la vida real. Corrección: un monopolista, que es algo así como un emperador comercial. Más que una estricta visión de negocios, lo que despierta un juego como el Monopolio es una panorámica napoleónica, de la mano de un cáustico sentido del humor que permite cebarse en los contrarios y hacerlos picadillo con la ironía y el desdén propios del nuevo rico, todo dentro de un juego que al final no enriquece ni empobrece a nadie, si bien a veces llama a monstruos ocultos que habrían hecho mejor en jamás asomarse. Pocos necios existen tan temerarios e intransigentes como un mal perdedor del Monopolio. Se les ha visto destrozar tableros, y hasta tomar tribunas y bloquear avenidas.
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2. Marchante mata filántropo
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Hay quien espera del jugador que va ganando que sea generoso y reparta los beneficios del negocio hasta acabar con él. Expectativa no menos gaznápira que la del agiotista empeñado en exprimir al cliente y al empleado hasta que ya no queden unos ni otros. Quien posee un negocio busca las condiciones óptimas para ganar una rebanada mayor del mercado. Si habla públicamente al respecto, se entiende que será en favor de ese objetivo y contra todo cuanto lo dificulte. No me imagino al dueño de la tortillería pidiendo que dejemos los tacos por las tortas, así sea compadre del panadero y el tortero sea una gran persona. La gente de negocios se dedica a hacer negocios, antes que obras de caridad, toda vez que éstas suelen precisar de aquéllos. Es muy fácil jugar al filántropo cuando se es el emperador universal del software y se ha aplastado sin piedad, y de pronto sin ética, a los competidores de cada ramo. Desde su nicho de superprohombre, Bill Gates deduce impuestos, abona capital a su imagen pública, legitima la práctica monopólica y al cabo contribuye a prestigiar productos de calidad dudosa, con frecuencia sujetos al consumo forzoso. Cada vez que un Amigo de la Humanidad aparece en escena, no está de más esconder la cartera.
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Hoy día, casi todo el mundo le compra algo al señor Carlos Slim, seguramente el único mexicano que jugaría al póquer de tú a tú con Mr. Microsoft. Sólo que él, en lugar de viajar por el mundo repartiendo zorrunamente muestras gratis de sus cachivaches, se ha concentrado en seguir con lo suyo. Agnóstico en el tema de la computación, se asocia con Bill Gates y al propio tiempo posee franquicias de Mac Shop. En menos de dos décadas, ha hecho de un herrumbroso monopolio telefónico estatal una empresa moderna e internacional, que no obstante hasta hoy goza de privilegios imperiales, rémoras de una era abominable donde el emperador en turno sexenal partía y distribuía las rebanadas de su pastel entre una corte de ávidos incondicionales, que no tan casualmente se referían a ellas como huesos. Hace veinticinco años, el señor Slim sólo habría logrado estar a la cabeza de Teléfonos de México mediante la posesión temporal de un hueso.
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3. La sombra del Ogro Único
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Imagino la decepción de Carlos Slim tras haberle comprado tantos coches usados a Carlos Salinas, a quien para pintar de cuerpo entero sólo hay que recordarlo ganando año con año por decreto no escrito el maratón de su pueblo-feudo, igual que un reyecito de caricatura. ¿Quién se lanza a comprar un tendajón administrado por tantos sucesivos emperadores caprichosos y opacos? ¿Cómo estarían los números de Telmex antes de aquella ola de privatizaciones, cuyo trámite opaco tanto contribuyó a desvirtuar? ¿Cómo entender entonces que quien ha invertido fortunas en corregir algunos de esos descontroles manifieste añoranza por las doradas épocas de los números rojos y el verbo impostado? 1976, 1982. Tiempos de ideas fijas y ganones exclusivos. La mera era del compadrazgo imperial, cuando los monopolios se amarraban en mitad de un bautizo y bastaba un plumazo para invalidar toda probable competencia. Gobierno único de partido único. Mercado único, productos únicos, precios y calidad al antojo del único productor.
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Parece espeluznante la perspectiva de caer bajo esa nueva forma de humillación total que es el capitalismo autoritario, hoy en boga en versiones tan distintas como la rusa y la china, monopolios de facto cuyo Soberano tira los dados y éstos indefectiblemente le obedecen. Un imperio opresivo administrado por un gang que a nadie rinde cuentas, donde para salvar fortuna y pellejo es preciso plegarse a la estricta voluntad de los únicos dueños del poder político. Inyecciones letales, envenenamientos, censura, persecución, gulag. El sagrado atavismo al servicio del pensamiento único. No de otro modo se monopoliza la fuerza y se uniforma la opinión general. ¿Qué empresario moderno quisiera trabajar en esas condiciones?
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Según ha declarado el señor Slim, sus palabras fueron incomprendidas. Tiene mucha razón: no entiendo una palabra.