martes, marzo 31, 2009

La guerra y la imaginación 1

Diario Milenio-México (31/03/09)
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En uno de los capítulos que componen El legado de la pérdida, la novela que Kiran Desai —escritora nacida en India con residencia en Estados Unidos e Inglaterra—publicó en 2006, Gyan, un joven e improvisado tutor de matemáticas, se une casi por casualidad al Ejército de Liberación de Gorkha. Como muchos habitantes de Nepal, Gyan ha resentido tanto el colonialismo británico como el de la India, pero la tarde en que llegará a formar parte de una marcha de protesta, la decisión se debe más a que conoce a muchos de sus integrantes —antiguos compañeros de colegio— que a convicciones netamente políticas. Mientras avanza con ellos por las calles de Kalimpong, alzando su voz junto a las otras voces, llega primero la sensación vertiginosa de estar haciendo historia y, luego, casi de inmediato, la sensación de estar actuando a estar haciendo historia. El desdoblamiento lo abate. De pronto, mirándose desde afuera, no puede dejar de notar los elementos cotidianos de sus calles con una melancolía que en mucho se parece al cariño: el tráfico de las calles, los comercios locales (los sastres sordos, los herreros, la farmacia homeopática), la loca que pasa corriendo. “Y luego, viendo hacia las montañas, se salió de la experiencia otra vez. ¿Cómo puede cambiarse lo ordinario?”, se pregunta. Mientras recuerda la manera en que los pobladores de la India se unieron para demandar el desalojo de la presencia británica en la península, recordando la gloria y el riesgo que forma parte de la médula latiente de la India liberada, Gyan reflexiona: “¿Si una nación ha tenido tal clímax en su historia, en su corazón, no tendrá hambre de eso otra vez?”.
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Suelo hacerme preguntas similares de cuando en cuando, especialmente en un año que, como 2009, se aproxima al cierre de los ciclos de 100 años que marcan el surgimiento de los movimientos de independencia y de revolución en México, iniciados cada uno, al menos formalmente, en el número 10 del nuevo siglo. Me hago esas preguntas de manera por demás ahistórica, pues, en un año que ha comenzado con una ola de violencia que las generaciones urbanas nacidas hacia finales del siglo XX sólo hemos conocido de oídas, en los relatos de los abuelos o en ciertas novelas o ciertos libros de historia o, incluso, en películas. La historia, todo parece indicarlo, ya está de regreso de su sueño de progreso y globalización. Despierta, la historia se pasea por las calles de la ciudad o las veredas de los campos con su hambre a cuestas. Fauces en vela. La historia nos recuerda, como siempre, que somos mortales. Que hay cosas irresueltas.
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En Los grandes problemas nacionales, el detallado análisis de la historia mexicana que Andrés Molina Enríquez publicara en 1909, éste argumentaba que el gran problema de México no era, como decía Francisco I. Madero en su libro La sucesión presidencial, la democracia o, más precisamente, la falta de democracia, sino la tierra. En su opinión y con base en datos históricos de larga duración, el problema de México no era, luego entonces, meramente político sino profundamente material: la propiedad de la tierra. A mayor concentración de la tierra, mayor desigualdad. A mayor concentración de la riqueza en pocas manos, mayor explotación del trabajo. A mayor explotación del trabajo, mayor posibilidad de violencia popular. Al contrario de lo que esgrimía el hijo de hacendados norteños educado en París, Molina Enríquez creía que, de no resolverse, esta desigualdad seguiría llevando al país una y otra vez a los ciclos de violencia ancestral. El problema no se resolvía, pues, en las urnas, sino en el contexto en que se producían esas urnas.
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Habrá que recordar que, de acuerdo con algunos historiadores, la conquista de México coincidió, de hecho, con una ola de sublevaciones populares contra el poderío azteca, cada vez más distante de sus gobernados. Si las crónicas indígenas de la época son dignas de confianza, habrá que recordar que no sólo los españoles le llamaron “perro” a Moctezuma, y que fueron sus propios congéneres quienes le arrojaron las piedras que lo acabarían. Habrá que recordar también que, de entre todas las movilizaciones que resultaron en las independencias de Latinoamérica, sólo la mexicana se convirtió, al menos entre 1910 y 1915, bajo el liderazgo de Hidalgo y de Morelos, en un verdadero intento de revolución estructural. Basta leer ese maravilloso documento que es Los sentimientos de la nación (somos una nación en cuyas letras iniciales se desliza, en efecto, la palabra sentimiento) para darse cuenta de lo se reside en la médula misma de este país: igualdad entre las razas, distribución de la tierra, devoción a la Virgen de Guadalupe. Y habrá que recordar que, justo como lo argumentaba Molina Enríquez en su grueso tratado, aún cuando Madero llegó a ser presidente de México, la falta de apoyo popular marcado por la distancia establecida por Zapata en el Plan de Ayala, lo llevó directamente, y sin metáfora de por medio, a la muerte.
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¿Qué se sentía vivir en esos tiempos? ¿De qué manera se fragua, desde la vida cotidiana, una revolución? En palabras de Gyan, el personaje de Kiran Desai: “¿Cómo es posible cambiar lo ordinario?” Según algunos, aquellos que mantienen la teoría de “la bola”, todo se resume con frecuencia en el efecto de la bola de nieve —un proceso acaso “natural” y en todo caso irracional al que son afectas las clases populares de un país. Alguien empieza sabiendo poco o muy poco, y otros, sabiendo todavía menos, lo siguen. ¿Por qué? Por seguir a La bola. Algunos historiadores han trabajado de manera más o menos explícita con este tipo de nociones. Y la misma idea no deja de estar presente en Los de abajo, la famosa novela de Mariano Azuela en la que un doctor civilizado de la clase media citadina llega a asquearse ante la ferocidad sin agenda de los campesinos y soldaderas con los que convive durante los años de la gesta revolucionaria. No todas las visiones de la revolución, sin embargo, son tan clasistas (y racistas y chouvinistas). Hay también los que han argumentado que son las disparidades estructurales, ya económicas o políticas o culturales, las que palpitan en el corazón de un levantamiento. Eso, por supuesto, y la esperanza. ¿Quién que no crea que hay algo mejor adelante, en ese otro lugar que no es el aquí, puede dejar su casa una mañana y levantarse en armas? ¿Quién que no crea que hay algo más por ganar, porque en lo que hay todo está perdido, puede empuñar el arma que terminará con esa otra vida que representa todo un sistema de muerte?

lunes, marzo 30, 2009

La hora desierta (43) (Del Libro de las horas) por Pedro Ángel Palou

Tropezarás en luces. Y al fin de tu osadía,
sólo hallarás, cerrada, una ciudad que llora

JRJ

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I
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Ha llegado el momento de mirar tu vida
después del arduo año de la limpieza
de la roza y quema de tus antiguos campos.
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Ya es otro tu lugar aunque parezca el mismo
Largas nubes negras y alegres rosas,
desvanecidas notas mientras el corazón salta.
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¿A qué huele el agua de la lluvia en la tarde untuosa?
Todo, hasta el misterio, vagamente retorna.
Un pájaro y tres niños fantásticos. Una mujer llora.
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Ante el sol violeta tiemblan helados los volcanes:
no te queda más que el alma. Y el viento, furioso.
¿Quién demonios cumple sus promesas?
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II
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Y entra la noche como un entierro enlutado.
¿A quién miras, helado? Eres tú, también de piedra.
Juegan tus dedos sobre la urna sellada. Pétalos quemados.
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Quieto el jardín, con su luna desnuda y cínica.
Escribes: No añoro, sólo aguardo. La dicha es pobre.
La lluvia llora sobre tu cuerpo sus lágrimas de sangre.
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Lloverá también en la memoria. Y olerá a tierra y a silencio.
Amanecerá con un cielo transido de amarillo. En el pasado.
Estarás tú, -¿recuerdas?- y tu piel, tus ojos y mis besos blancos.
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Mientras más frondosos los árboles más sin hojas tus brazos.
Cansado de apretar todo tu cuerpo laxo. Anochece al fin.
Reposan el jardín y sus aves, tu alma y sus sollozos.
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III
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¿Siempre serán de otro las rosas reidoras?
¿O habrá nuevos amaneceres en estás tierras viejas?
Nada sino un océano de preguntas. Bebe su agua, transparente.
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La hora viuda (43 bis)
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Olvidar es vencer, decía el poeta.
Pírrica victoria, la del olvido, pero permanente.
Hemos vuelto, andado el mar de regreso
La barca ha resistido, ningún tripulante enfermo.
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Hay, lo percibo, un dolor sin nombre que nos ronda
Es como la respiración del moribundo, o el imaginario
Acúfeno del hipocondríaco. Pero allí está.
Es una voz que de cuando en cuando reaparece.
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Sobrevivimos convencidos de que la decisión fue buena
Los pequeños roncan en sus camas, mi mujer lee un libro
Yo creo que duermo, que los estoy soñando
La noche es la gran presencia: nosotros no tenemos rostro.
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El mayor se hace hombre. El otro, que le sigue, ríe
Y la pequeña nos dibuja largos y delgados como sombras
Voy y vengo de mis trabajos y sus días. Allí están siempre
No necesitamos decirnos que nos amamos, pero cómo conforta.
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Alguno piensa en dios, o lo descubre entre sus dudas. Otro sufre
La primera pérdida. Una más siente que se le acaban las fuerzas
Un tiempo creí llevar el timón del barco, su dirección.
Hoy me doy cuenta de que es trabajo de las olas y del tiempo.

Tiempos de barbajanes

Diario Milenio-México (30/03/09)
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1. Antiguamente las llamaban raposas
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Aseguran algunos suspicaces que el galán encarnado por Mauricio Garcés en cine y televisión solía echar mano de la expresión arroz para acusar la entrada en su radar erótico de lo que, leído por el revés, habría venido a ser una zorra. Pero un galán de entonces no decía esas cosas, que en tal caso lo habrían señalado no como un casanova desdeñoso, sino como un cochino barbaján. Hoy día, cuando la corrección política reinante permite a las conciencias acomodadas mirar hacia el pasado con ojos regañones, llamar zorra a una chica complaciente puede ser traducido como acoso y convertido en infracción legal, pero en la práctica parece un requiebro. Fascina y horroriza sumergirse en el mundo de una serie como Mad Men, cuyos protagonistas, una cuadrilla de trogloditas elegantes, escenifican el catálogo de patanerías machistas que en los tempranos sesenta eran parte del paisaje. La idea de elegancia consistía en jamás llamar zorra a una zorra, pero en cambio asumirlo con alguna quijotería de caricatura, más similar a la padrotería e escaparate. Que es un poco lo que hacía el personaje de Mauricio Garcés, acostumbrado a redimirse a través del ingenio del pícaro de alcoba, cuyo pellejo en juego suscita cierta solidaridad en los espectadores, que ya encuentran graciosos los trapecismos del mancornador y a carcajadas premian sus ocurrencias.
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De pronto no celebra uno tanto el ingenio como la ingenuidad de ciertos chistes viejos. El avance de la tecnología permite la ilusión de ver hacia el pasado como un tiempo borroso y primitivo, cuya low definition lo hace indigno de consideración. ¿Qué se le puede ver a un mundo en Betamax, por decir algo y no tener que ir tan lejos? ¿Quién querría ver Mad Men sin la resolución espectacular que le deja mirar hacia el pasado como éste jamás pudo verse a sí mismo? Qué sencillo sería horrorizarse de aquí al fin de estas líneas por esos tiempos rudos y olvidados, cuando un obstetra podía ensañarse con su paciente, y darle en realidad trato de zorra, si ésta era soltera y se interesaba por un método anticonceptivo. A casi medio siglo de distancia, nos asusta que un hombre pulcro en apariencia resulte, ya en privado, un barbaján. Hipocresía a todas luces innecesaria, si hoy a los barbajanes se les quiere, admira y condecora.
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2. La moda del denuedo
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Sucedió hace unos pocos años. Saltaba, como tantos insomnes, de canal en canal, cuando apareció un viejo rockero local, apuntando el micrófono hacia la curvatura de sus nalgas, al tiempo que pujaba por parir cierto flato de ímpetus estelares. Un gesto muy gracioso en los años tempranos, ciertamente estrambótico más allá de los ¿quince, veinte? Un instante más tarde el cantante, casi un sesentón, solicitaba al público del programa “un aplauso para mi yoyito”, mismo que acto seguido le fue prodigado para delicia de los programadores, que en otra época se habrían persignado y ahora entienden que la osadía barata es rica en clientes fáciles. Ya entrados en el tema de la sencillez, justo es decir que no hay osadía más fácil que la del barbaján, que no tiene siquiera que entrar en personaje para representar al silvestre garrafal que es. El que a todo se atreve porque así se le hincha, y a ver quién se le va a plantar enfrente. Nadie quiere ser visto como cuadrado, antes que eso parece preferible celebrar el arrojo del pedorro atrevido con una salva de aires solidarios.
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Sufre y gana congoja el genuino espíritu aventurero cuando pasa que está de moda atreverse. Situación muy propicia para que cualquier bembo se atreva a cualquier cosa y cualquier día sea aplaudido por eso. Atreverse en manada, en tropel, en un tris. Pasarle por encima a los preceptos que ya antes pisotearon millones de hijos de vecino, pretendiendo que se es el primero, cuando más el segundo. Jugando a ser osado trasgresor igual que se asesina a los contrarios en un videojuego. Sin riesgo alguno, pues. A cubierto contra esa adversidad que a menudo se ensaña con tantos atrevidos freelance. Asumir por principio que se es un patán y en cualquier situación se actúa en consecuencia, garantiza el respeto de los pusilánimes. Cada uno, con esto de las modas, barbaján en potencia, y por tanto renuente a entrar en conflicto con un colega de mayor jerarquía.
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3. Anónimos incómodos
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Hará un par de semanas que me lo topé. Volvía, como muchos, del trabajo, y yo quería inmiscuirme en su camino. Lleno de enjundia en medio embotellamiento, el tipo dió un acelerón violento para pegarse al coche de adelante y cerrarme el acceso a la fila que iba por la avenida. Nada que sea raro a las siete de la tarde en la Ciudad de México, pero me sorprendió la enjundia del sujeto, que no bien observó mi teatral extrañeza —moví incluso las manos, asumiendo el papel de civilizado que no siempre me sale, en estas circunstancias— bajó la ventanilla derecha y procedió a gritarme: “¡No es a huevo!”. Una vez en la fila, detrás de él, no pude ya por menos de darle la razón, entre risas que habría querido compartirle. En el tráfico duro de la Ciudad de México, la decencia es equipo opcional.
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Confieso que pensé en darle un rebasón, pero no hubo manera durante los dos kilómetros que avancé detrás de él, a vuelta de rueda. Hasta que, para mi sorpresa, el extraño dio vuelta en mi calle y se estacionó a pocos metros de mi casa. No era su día, claro. Uno sale a la calle listo para pelearse con perfectos extraños y el último resulta ser su vecino. Creemos que sabemos a qué nos arriesgamos, sin calcular que incluso la osadía más predecible no tiene precio fijo en el mercado. Diríase que no hay dados más riesgosos que aquellos que se anuncian cien por ciento seguros. Vi de reojo al vecino, al rebasar su coche estacionado. Si otras veces jugué el papel del gritón, esta vez me tocaba el del caballero. Como un último gesto de diplomacia, entré sin acusar su incómoda presencia. Desde entonces no lo volví a ver, pero sospecho que al final de esa tarde tuvimos que arreglárnoslas para matar a un par de barbajanes.

Cirugía mayor

Diario Milenio-México (30/03/09)
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A caso la escena paradigmática de la nueva novela de Carmen Boullosa, El complot de los Románticos (Siruela), sea aquella en la que departen en un restaurante Ramón López Velarde, Catherine Zeta-Jones y un Dante Alligheri vestido con gorra de merchandising de Britney Spears y camiseta estampada con la leyenda “Don’t fuck with me!”. En efecto: es éste un libro desmesurado y delirante. ¿Posmoderno? Sí: tanto como Si una noche de invierno un viajero pero también como El Quijote.
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Su premisa ha sido ya referida en esta misma sección: un encuentro de escritores consagrados y (acaso por tanto) muertos, narrado casi siempre (pero no siempre) por una escritora viva y, sobre todo, loser. Anticipo ya lo que se dirá de él. Muchos lo pronunciarán el libro más literario de Boullosa y tendrán razón. Otros tantos afirmarán que se trata del libro más metaliterario de Boullosa y también tendrán razón. Y no faltará quien diga que El complot de los Románticos es un libro profundamente antiliterario; cosa curiosa, tampoco se equivocará.
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Es, en efecto, una novela particularmente literaria, una en la que Carmen Borracha se pone boullosísima de literatura. Primero, y de manera más evidente, por sus personajes: todos escritores que piensan en lo que escriben y en lo que no escriben (incluso en lo que podrían escribir una vez muertos), en su relación con otros escritores, en la pertenencia o no a una tradición, en esas cosas que sólo nos importan a los escritores. Después, por quiénes son esos personajes: si no todo el canon occidental, cuando menos el canon personalísimo de Boullosa, de Sócrates a Kafka, figuras icónicas a las que la autora saca a pasear a las calles y a los cafés, a los lobbys hoteleros y a los centros comerciales, un poco como en campaña publicitaria de promoción de la lectura. (Apunte al margen: alguien debería proponer esta práctica a la FIL; sería un exitazo.)
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Y es, claro, evidentemente metaliterario. No sólo por la manera en que Boullosa cuestiona las convenciones mismas de la ficción sino por la forma (más bien amorfa) en que se divierte con ellas. Lo es, de entrada, por sus múltiples narradores: una tal Carmen Boullosa, refulgente pero hierática, un autor anónimo y francamente farragoso, algunos pastiches pertinaces (uno de Rosario Castellanos admirable, uno de Humboldt de una deliciosa crueldad), y, sobre todo, su narradora en jefe, especie de hija bastarda de la propia Boullosa y de Blanca de Castejón, despistada y autocompasiva y caótica y (otra vez) desmesurada pero también lúcida y gozosísima. Pero también lo es por la pésima relación entre todos esos narradores, que se socavan, se mofan unos de otros, se detestan… pero ahí siguen narrando juntos. Y, finalmente, lo es por la plétora de géneros de los que abreva (del poema al prólogo al torneo de spoken word) y por el juego de plano absurdo con el tiempo y el espacio.
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Lo que, sin embargo, es sobre todo El complot de los Románticos es una novela antiliteraria.
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Caricatura malora de este mundo de presentaciones y capillas y encuentros y premios y grillas y poetitas gringuis que escriben como autoras del Cono Sur (¿o será del Coño Sur?), ha sido esbozada por alguien que conoce a los escritores y se reconoce como uno de ellos, que profesa odio entrañable al gremio y a sus mores. Y no solo en sus trazos más epidérmicamente reconocibles sino también en puntos como la angustia por la trascendencia o el peso de los méritos y deméritos políticos.
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De detenerse ahí, El complot de los Románticos sería un divertimento, un juguete tímidamente, tiernamente antiliterario (y al mismo tiempo hinchado y henchido de literatura). Pero tiene un apéndice: un cuento que a priori nada tendría que ver con el resto de la novela, que pasaría por otro indicador de mera desmesura si no viniera a resignificar la novela toda. Su anécdota es sencilla: la crisis de un hombre que abjura de la literatura para hacerse crítico de arte, todo a raíz de un sueño. En ese sueño, un puñado de grandes, de Scherezada a Bioy, devienen crueles cirujanos, empeñados en arrancar los ojos a un grupo de chicas guapas. “Esto es lo que hacemos”, espetan al azorado soñante. “Te llamamos para iniciarte en el oficio; ¿quieres como nosotros fabular?”.
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Es en esas líneas que Boullosa postula que lo atroz, lo maligno, no son los escritores sino la literatura misma. Y en esa idea —y en la manera literaria y metaliteraria y antiliteraria de exponerla— hay espléndida literatura.

viernes, marzo 27, 2009

"El escritor es un esquizofrénico". Perfil de Pedro Ángel Palou (El Universal/Cultura 27/03/09). Textos de Sandra Licona

Hallar a los ocho años los textos de Borges y los Contemporáneos en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, fue el germen de su vocación literaria.
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Pedro Ángel Palou (1966) hizo su catecismo literario en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, entre los 8 y los 11 años, leyendo la poesía de Jorge Luis Borges y Los Contemporáneos, entre otros autores, en hojas mecanografiadas por la directora del lugar, Estela Galicia, quien lo introdujo en las letras y lo enseñó a leer en voz alta.
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Nació en la ciudad de Puebla, en medio de un pasado colonial que aún se hace presente a través de sus edificios, iglesias y conventos. De hecho estudió en un colegio de jesuitas hasta la preparatoria, en el Instituto Oriente.
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A los 8 años “me impresionó llegar a la Palafoxiana y ver en esa enorme mesa de marquetería a una mujer que me llama y me pregunta si sé leer. Fui durante más de dos años, todos los sábados a leer con ella, a aprender eso que a veces en las escuelas primarias no se enseña, y que es apreciar la poesía antes incluso de la compresión de lectura”.
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Luego, como todos los niños curiosos que se acercan a la literatura y tienen acceso a una buena biblioteca familiar, Palou empezó a leer prácticamente toda la literatura de aventuras: Salgari, Verne, Dickens, desde Oliver Twist hasta Historia de dos ciudades y Club Pickwick. Más tarde se apasionaría por las letras mexicanas y la literatura policiaca.
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Este historiador, cronista, periodista y escritor, que también ha sido secretario de Cultura de Puebla y ex rector de la Universidad de las Américas, fue un adolescente atípico, que cambió las “cascaritas de futbol” por la lectura de Proust y Joyce, y terminó siendo árbitro, pero más por una pertenencia familiar que por otra cosa.
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“Yo lo viví con mucha naturalidad porque venía de una familia en donde los libros eran fundamentales. Mi padre era historiador, había sido promotor cultural y secretario de Cultura de Puebla, pero también tenía una pasión por el futbol, uno de mis hermanos se dedicó profesionalmente al futbol, como portero, para mí era una salvación tener la literatura cerca en lugar de dedicarme mal al juego”.
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En Puebla había un taller literario, muy clásico e importante, que lo mismo estaba en Aguascalientes y en la UNAM: Punto de partida, que dirigía Miguel Donoso Pareja. A Palou le tocó, muy joven, trabajar dos cuentos en este espacio, antes de que Donoso regresara a su natal Guayaquil.
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“Retomó el taller David Ojeda yo me quedé como escritor en ciernes, escribiendo cuento y de ese periodo viene un libro que publica Premia Editora, en coedición con la Universidad de Zacatecas y con la revista Dos hilos: Música de adiós, de manera que publico en una editorial local, mucho antes de publicar en editoriales comerciales”.
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Hoy en día, Pedro Ángel Palou es autor de más de 30 libros, entre ellos destacan las novelas En la alcoba de un mundo. Una vida de Xavier Villaurrutia (finalista del Premio Internacional Pegaso), Memoria de los días y El diván del diablo, así como los libros de cuentos Amores enormes y Los placeres del dolor. Recientemente concluyó una trilogía de héroes mexicanos: Cuauhtémoc: La defensa del Quinto Sol, Zapata y Morelos.
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“Estoy convencido de que hay varios tipos de narradores: el que va decantando su literatura en una especie de ejercicio de destilación permanente, un ejercicio en los mismos temas, en el estilo o en el trabajo del lenguaje, sin embargo, yo pertenezco a otra estirpe, una donde el narrador pone toda su sabiduría para el tema, una en la que el libro se parece al libro y no al autor.
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“Para mí el estilo es más que una marca, es una negación de la condición del narrador, el escritor es un personaje que se desdobla, un esquizofrénico que deja que las voces lo habiten y que éstas hablen en el libro”.
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“Empecé a escribir novela casi a la par de cuentos, eran muy experimentales, de la época. Escribí una muy corta, llena de juegos, una especie de ‘Rayuela’ mexicana”
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La mayor parte de sus novelas ocurren a partir de un personaje, puede ser ficticio o real, pero que empieza a habitar al narrador y éste a servirse de él, a escucharlo y a darle voz.
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La puntada del Crack
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En el verano de 1996 Palou, junto con otros cinco amigos escritores: Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Eloy Urroz, Vicente Herrasti y Ricardo Chávez Castañeda, se aventaron la puntada de firmar, cada uno por separado, un manifiesto literario, en el que abogaban por dejar la literatura “bananera” y volver a las raíces del boom latinoamericano: recuperar el respeto que por el lector inteligente tenían las primeras obras de aquel mítico momento de las letras hispanoamericanas, y que supusieron un soplo de aire fresco para la anquilosada escena literaria española.
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Pedro Ángel recuerda aquella aventura, que enfureció a muchos intelectuales, como una “payasada”, más que como un manifiesto formal.
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“Independientemente de que en sus primeros años el Crack fue malinterpretado, en el mismo manifiesto había una broma absoluta que difícilmente se entendió, y es que cada quien firmaba su parte del manifiesto, algo que no sucede en ningún manifiesto literario original, como los históricos de las vanguardias.
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“Yo mismo en las líneas finales del manifiesto dije: quizá las siguientes novelas sean las novelas del anticrack. Desde entonces hablaba de que el Crack había sido más una confluencia de intereses que un grupo literario”.
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Sin embargo, Palou reconoce que de aquellos años queda la amistad, “que se ha ido profundizando con el tiempo”, y un ejercicio permanente, en todos, de mandarse los manuscritos, “de criticarnos ferozmente, de juntarnos a ver esos escritos y de no tener complacencias el uno con el otro”.
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A la fecha, este escritor sigue siendo un lector asiduo de William Faulkner, y cada vez que termina de escribir una novela, ya sea a mano o en computadora, la imprime y en ese momento se fuma una pipa y se toma un vaso de whisky, “como una celebración personal por el final de la escritura”.

miércoles, marzo 25, 2009

"Casi nunca"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 25/03/09)

“Casi nunca” de Daniel Sada, galardonada con el Premio Herralde de Novela, es una novela por demás entretenida. Narra los periplos amorosos de un agrónomo coahuilense que trabaja en Oaxaca: Demetrio Sordo, que en las primeras escenas se deja ver como un individuo que disfruta del sexo sin compromiso. Visitante frecuentemente algún burdel de Oaxaca donde conocerá a Mireya, con la cual poco a poco, o después de muchos “meter, sacar; meter, sacar” e inclusive pasando por encima de un aumento constante en la renta de Mireya por parte de la madrota, se irá enamorando irremediablemente. Pero al mismo tiempo que Demetrio juega al asunto de “meter, sacar” con Mireya tiene que emprender un viaje a Coahuila para ver a su madre: Telma, para asistir a una boda en Sacramento, poblado donde vive Zulema, prima de Demetrio, quien tiene intenciones de presentarle a alguna jovencita con la cual se pueda entender y así buscar un casamiento. Aquí es donde hace acto de aparición Renata, con la que aceptará sin más ni menos comenzar un compromiso amoroso. Aquí es donde empieza el verdadero periplo amoroso de Demetrio, un cuasi triángulo amoroso, más bien sexoso. Por un lado Mireya lo sigue recibiendo con las piernas bien abiertas, pero planeando ya huir algún día muy próximo del burdel para refugiarse en los brazos del protagonista principal de la novela. Mientras que del otro lado está Renata una mujer decente, de buenas costumbres que ha prometido esperar a Demetrio el tiempo que sea necesario para unirse en matrimonio y sólo en ese entonces poder darle vuelo a la hilacha y jugar a “meter, sacar; meter sacar” con él y en vía de mientras deberá conformarse con tan sólo tomarle la mano cuando nadie los vea. Es preciso aclarar que la situación con Renata es terrorífica, pues ella vive en Sacramento y Demetrio sigue en Oaxaca trabajando y de vez en cuando le dan una semana de vacaciones, las cuales utilizará para ir a verla, pero se hace 3 días de viaje, razón por la cual sólo puede disfrutar de un día para lograr tomarle la mano a Renata. Pasado el tiempo, el sexo con Mireya empieza a ser incomodo, pues ya tiene brisas de incluir un compromiso: el de huir del burdel para refugiarse en alguna casa decente en brazos de su amado Demetrio a quien le agenciará un hijo. Huyen juntos con todos los ahorros de Demetrio, pero en alguna parte del camino, éste huye. Regresa a Sacramento donde trabajará hasta hartarse de atender unos ranchos y desesperarse de no poder formalizar un casamiento con Renata. A Demetrio le urge jugar al “meter, sacar; meter, sacar”. Hasta que un día, harto de nada de nada, se anima a darle un beso en la mano a Renata con riesgo de perderla.
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Pocos escritores como Daniel Sada pueden presumir de tener un estilo perfectamente definido. Siempre recurriendo a una voz que nos cuenta todo, casi de forma imperativa, nos va diciendo cómo pasan las cosas y al mismo tiempo le agrega un humor, a veces, sarcástico. Estructuras complicadas debido a su puntuación. Sada lleva a sus lectores por donde quiere y como quiere a través de un narrador que no teme jugar con el lenguaje y va alternando el que podrían usar los personajes y el que él irá ocupando a su gusto.
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Una novela que divertirá a cualquiera.

Alfabeto sin memoria

Diario Milenio-México (24/03/09)
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En un número reciente de la revista Granta, la escritora sudafricana Elizabeth Lowry da cuenta de las experiencias vitales e intelectuales que la condujeron a elegir el inglés como la lengua de su escritura. Lowry, nacida y criada como Afrikaner en Pretoria y, gracias a la profesión diplomática de su padre, en varias capitales importantes del mundo, se comunicó desde el inicio de sus días y justo como sus conterráneos en afrikaans. Sin embargo, y a pesar de las críticas de la familia, pronto, después de una estancia educativa en Londres, tomó el inglés como cosa propia. “Es imposible”, asegura la autora en su breve testimonio, “adoptar una nueva lengua cuando se es niño sin convertirse también en una nueva persona. El lenguaje que uno habla, con sus compactas adaptaciones a la historia, sus sutilezas de significado y las implícitas suposiciones culturales, en realidad nos habla”. Dice también que “J. M. Coetzee alguna vez caracterizó a la literatura sudafricana en la era del apartheid como ‘una literatura menos que humana, antinaturalmente preocupada por el poder’. Ese no era el tipo de libro que yo quería escribir”.
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Resulta evidente que si Lowry estuviera analizando las razones por las cuales eligió el inglés por sobre, digamos, el francés o incluso el alemán, sus comentarios no dejarían de parecerse a muchos que se han hecho y se hacen a la ligera, en el terreno absoluto del sobreentendido, en relación a los cada vez más numerosos casos de bilingualismo o multilingualismo que pueblan el mundo. Después de todo vivimos en la era global, testigo plurivocal del deslizamiento humano sobre el planeta. Pero Lowry, en un inglés sin traza alguna de sentimentalismo, en un inglés austero y hasta contenido, sabe muy bien que está hablando del afrikaans, la lengua del apartheid, y también sabe que está hablando del inglés británico. Y, en este contexto, las frases “adoptar una nueva lengua”, “convertirse en una nueva persona”, “no era el tipo de libro que quería escribir”, adquieren ecos (que no significados, porque estos los resguarda la escritora absteniéndose de hacer comentarios explícitamente políticos) que resuenan si no con gravedad propiamente dicha, sí con un peso más bien descomunal. Lowry sabe que la decisión de escribir en un idioma que no es el afrikaans, al serla, es una decisión de vida o muerte.
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También son condiciones extremas las que justifican que Jakob, el personaje principal de Fugitive Pieces, la novela que la canadiense Anne Michaels publicara en 1996, tomara al inglés no sólo como lengua de comunicación cotidiana sino, sobre todo, como herramienta de escritura. Avecinado en los Estados Unidos como un sobreviviente del holocausto —salvado, de manera milagrosa, por un científico griego— el futuro poeta describe así su ambivalente contacto con la otra lengua, la lengua que se convertirá con el paso del tiempo en su lengua propia: “el inglés era comida. Me lo ponía en la boca, hambriento de él. Una oleada de calidez invadía mi cuerpo, pero también de pánico porque, con cada bocado, el pasado se callaba más”. En uno de los registros más detalladamente humanos del tipo de acciones microscópicas que se llevan a cabo cuando alguien “decide” escribir en un idioma con el que no nació, Michaels incluye: “Lenguaje. La lengua entumecida se adhiere, huérfana, a cualquier sonido: se pega, la lengua al metal. Entonces, finalmente, muchos años después, se despega dolorosamente y se libera”. Y luego, como el mismo Jakob lo reconoce eventualmente, toma lugar el descubrimiento: “Y luego, cuando empecé a escribir los eventos de mi infancia en un idioma en el que no sucedieron, llegó la revelación: el inglés podía protegerme; un alfabeto sin memoria”.
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Se trata, sin duda, de una revelación sagrada.
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Es usual señalar, con mayor o menor cantidad de amargura, las limitaciones que impone el uso de una lengua con la que no se creció. Hay varias imágenes: el hablante que se mueve sólo tentativamente dentro de la casa de la segunda lengua; el oyente que, sobre tierras movedizas, está siempre a punto de ser engullido por el sinsentido o el fuera de lugar; el hablante que, deseoso de expresar algo, únicamente atina a abrir los labios para sentir el paso seco del aire. Es mucho menos usual señalar, como lo hacen, cada cual a su modo, Lowry, la escritora, y Jakob, el personaje de otra escritora, que esa incertidumbre, esa falta de seguridad, esa perenne tentativa de dominio destinada a fracasar también conlleva un paradójico componente de protección y otro, tal vez más embriagador, de libertad. Ahí está, toda entera, la posibilidad de reconstruirse desde cero. Ahí está, también completa, la posibilidad de oír esa otra manera en que la lengua “nos habla” y, luego entonces, nos inventa. Vida acentuada. El alfabeto sin memoria o, para ser más exactos, el alfabeto con la memoria más reciente, vuelve real la posibilidad de ser esa otra persona que acaba de doblar la esquina y desaparecer, con un poco de suerte, para siempre.

viernes, marzo 20, 2009

Explorador del mundo. (El Universal/Cultura 20/03/09)

Antes de iniciar sus labores en Canal 22, dedica tres horas de la mañana a escribir; ahora trabaja en una nueva novela
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Entre las siete y las diez de la mañana, puntualmente, Jorge Volpi escribe. El cambio en sus horarios —era un escritor nocturno— fue uno de los hábitos que adquirió al volver a México hace poco más de dos años, tras residir en San Sebastián y otras ciudades de Europa.
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Sentado en su oficina de Canal 22 —que dirige desde enero de 2007—, el creador de la serie de novelas Trilogía del Siglo XX admite que la verdadera sacrificada ha sido la lectura: acude a la palabra “dispersa” para definir cómo lee. Aún así no le falta tiempo para mantenerse atento y disfrutar, de manera especial, lo que hacen sus contemporáneos: desde los manuscritos de sus amigos del Crack, hasta las novedades de una editorial joven o, más allá, los recientes premios internacionales, como Là où les tigres sont chez eux, de Jean Marie Blas de Robles, ganador del Médicis, (aún sin publicar en español).
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“Con mis amigos del Crack —Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Vicente Herrasti y Pedro Ángel Palou— seguimos intercambiando muy frecuentemente manuscritos. Normalmente intentamos ser muy duros entre nosotros”.
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Nacido en el DF en 1968, Volpi se formó con maristas; en la UNAM estudió Derecho y posteriormente se graduó allí como maestro de Letras Mexicanas. En la Universidad de Salamanca, España, hizo su doctorado en Filología Hispánica. Además de escritor, ha sido maestro en varias universidades, funcionario en el Servicio Exterior Mexicano y columnista de diversos medios.
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Se hizo lector desde muy niño: con no poca frecuencia el asma le obligaba a estar más horas que los demás ante los libros. Como escritor se inició hacia los 12 años: son cerca de dos décadas las que lleva de publicar y han sido más de 15 libros. Un conjunto de volúmenes diversos en cuanto a extensión, géneros narrativos —novela, ensayo, antología—; y temas —ciencia, política, literatura, historia—. Esos asuntos atraviesan los libros En busca de Klingsor, El fin de la locura y No será la tierra, que componen la Trilogía del Siglo XX.
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A la par de libros como éstos, Volpi ha participado en ediciones tan variopintas como una donde casi 70 escritores reflexionaban sobre Edgar Allan Poe —a quien buscaba imitar en sus primeros escritos—, o el inclasificable volumen que creó con Denise Dresser: México, lo que todo ciudadano quisiera (no) saber sobre su patria.
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Como con la lectura —que se permite en el coche, en medio del tráfico de la ciudad— el escritor encuentra el tiempo para el hábito de visitar librerías y tiendas de discos. Una o dos veces por semana destina un par de horas a su estancia en el antiguo cine Bella Época, del Fondo de Cultura Económica.
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De fuera de México recuerda con especial interés las librerías La Central, de Barcelona; la Mollat, en Burdeos; la Strand, en Nueva York, que es una librería de viejo, aunque reconoce ser poco asiduo a las de viejo de la calle Donceles, en el DF.
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“Una de las cosas que más disfruto es leer contraportadas. Es, como dicen, un género —lo han ejercido muy bien desde Juan José Arreola hasta Roberto Calasso—. Me encanta hacerlo, y descubro libros a partir de eso”.
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En sus horas de escritura, hoy Volpi teje una nueva novela corta: Oscuro bosque oscuro, que a finales de año publicará con la editorial Almadía. Con la idea de hacer ese libro —no da muchos detalles para “hacerlo un tanto más misterioso”— leyó todos los cuentos de los hermanos Grimm, aunque no será un libro para niños y sí abordará uno de los temas centrales de su obra: el poder.
“Aunque sigo publicando con Alfaguara, publicaré este libro con Almadía porque Martín Solares es un gran amigo mío, es un gran editor, y creo que es imprescindible que proyectos como Almadía o Sexto Piso continúen desarrollando lo que se perdió en las últimas décadas: editoriales mexicanas independientes, arriesgadas, sólidas, coherentes, capaces de devolver esa iniciativa editorial perdida a partir de los años 70 y 80 cuando prácticamente todas las grandes editoriales latinoamericanas fueron adquiridas en España”.
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Con todo y que gran parte de las lecturas de Jorge Volpi tienen como fin documentar los libros que escribe, el narrador no tiene por costumbre releer: “Tal vez es algo que me viene de niño. Prefiero la novedad. Sólo en casos muy extraños, y desde luego jamás como Carlos Fuentes que relee El Quijote cada año, no tengo un libro que yo lea con cierta meticulosidad cada tanto”.
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Aunque se precia de una complicidad con sus amigos escritores, mexicanos o no, asume que a la hora de escribir, el del escritor es un oficio más solitario que el de cualquier otro creador: “El trabajo literario sigue siendo solitario en doble medida: uno no es un artista que aparezca ante un público, sino que lleva a cabo un trabajo en solitario, pensando, quizás, en un lector imaginario como decía Umberto Eco. Uno tiene que intentar interpretar cómo puede ser ese diálogo con un lector al que nunca se está enfrentando, es una más de las construcciones imaginarias que tiene que llevar a cabo el escritor”.
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No le pone cuerpo a ese lector, sin embargo, sí ha intentado en sus obras más recientes una especie de juego con él: una suerte de trampas, guiños, provocación hacia ciertas reflexiones o dilemas morales.
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“La novela es una forma de explorar el mundo, explorar a los seres humanos, cómo se comportan, de qué manera somos y cómo es también en general la sociedad humana”, explica el escritor.

jueves, marzo 19, 2009

Cadáver crítico

¿La crítica se entiende?, ¿tiene que entenderse? A veces el perdón da pie a la opinión, a la crítica, entender es a veces intrascendente.
Mi abuela necesita tan sólo el perdón, pero claro que la he criticado, lo malo es que por eso no la entendía. Sigo sin entender, sigo criticando. Lo único es que ahora me crítico y aunque no me gusta, a veces me ayuda a entenderme.
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Yo acabando de leer Bestiario hice la cosa más facilona, que fue poner lo que me acordaba. Pero luego lo volví a leer y me salté unas partes bien sabrosas, como que nada más me acordé de lo que habían comentado en la otra clase. Pura faramalla y pose. A la otra escojo un autor menos conocido y escribo lo que me pasó en el día, como si hubiera sido un libro de alguien más.
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De reversa. Las letras vuelven a ser tinta y las ideas regresan a una razón que se desvanece en la materia gris. La crítica ya no es crítica sino una impresión de un texto cuyas letras van del ojo al papel y del papel al tipo de la imprenta y a la pluma que recibe la tinta que es una idea en la materia gris de quien escribe.
Luis Miguel desdobla la hoja y sus letras vuelven al bolígrafo, dobla la hoja y se la da a Sandy…
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En el bar de siempre, av. Siempre muerta número quince, nos reuníamos a intercambiar opiniones o impresiones acerca del placer que nos provocaba la lectura y re-lectura del primer cuento que había escrito Bernardo antes de fallecer. Era un homenaje que le rendíamos.
Un día Roberto soltó una verdad –lo digo, porque parecía seguro al pronunciar su idea-: “lo que hacemos en honor a Bernardo es una crítica literaria. Lo aprendí en clase”.
De repente, el silencio reino y decidimos que era mejor tomar una coca-cola para recordarlo. Lo otro, era ya un ejercicio viejo y aburrido.
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En algún lugar de la infernal Puebla de los ángeles:

Rodrigo Millán
Sandra Palacios
Luis M. Estrada
Alfredo Godínez

"Juan Eduardo Cirlot: su poesía y su grandeza"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 18/03/09)

A Carmen, por su amor y paciencia.
A Pedro Ángel Palou, por Bronwyn.
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Pocos poetas como Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) se dan en el ámbito de la poesía. Mejor dicho, casi ninguno como Cirlot se ha dado. En México se le conoce, quizá, como el autor del “Diccionario de símbolos” (Siruela). Pero pocos hablan de Cirlot como poeta, crítico de arte o músico.
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Intentaré hacer un bosquejo del poeta, a propósito de la reciente edición que Siruela entrega a los seguidores de Cirlot: “Del no mundo”, que abarca la obra poética de Juan Eduardo de 1961 a 1973, exceptuando “Bronwyn” (Siruela), la gran obra poética de Cirlot concebida bajo el augurio del movimiento surrealista, donde el lector que se acerque al ciclo de Bronwyn –personaje que interpreta Rosemary Forsyth en la película “El señor de la guerra” de Franklin Schaffner-, podrá ver cómo Cirlot experimenta con la sonoridad de las letras que conforman el nombre del personaje femenino, cómo crea imágenes poéticas con tan pocas palabras, la brevedad en todo su esplendor. Y desde luego podrá ver la magnificencia poética-amorosa convertida en palabras. Un amor, el de Cirlot a Bronwyn, que se puede tocar, pero que jamás se puede concebir de otra forma que no sea a través de la poesía, pues la dama no le pertenece.
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“En la llama”, (Siruela), antologa aquellos poemas que fueron publicados de 1943-1959, en tiradas cortas y fuera del ámbito comercial de aquella época. Donde la experimentación y toque cirlotiano -como señala la contraportada-, siempre estará alejado de postulados garcilasistas, de la poesía social, pero le acompañara la vanguardia europea que quedó cercenada en España gracias a la guerra civil. En esta etapa poética Cirlot deja ver cómo sus conocimientos sobre simbolismo, música, arte y su acercamiento al surrealismo se han consumado en cada uno de los poemas que escribió en estos años.
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“Del no mundo” contiene una poesía más experimental, más atrevida. Cirlot se atreve a romper las estructuras sintácticas para buscar que las palabras signifiquen otra cosa. Aquí uno se puede topar con un poeta que se preocupa por la existencia, la totalidad, la nada y la muerte. El ritmo y la rima, excesivamente musical siguen apareciendo en estos poemas, así como su juego con las letras de algún nombre, con el fin del que sonido también tenga otro sentido. Como parte de esa preocupación por la existencia, aparecen una serie de aforismos donde el poeta busca responder cuál es el fin de existir en este mundo lleno de deseos que al mismo tiempo son muestra de carencias. Cirlot fue un poeta que, como señala Luis Antonio de Villena en una reseña que hace para “El cultural.es”: “perteneció cronológicamente a la llamada “Primera generación de postguerra” -la de Hierro, Otero, la de García Baena- pero nada tenía que ver con aquellas actitudes plurales, sino era desde su cercanía juvenil al mundo del postismo y a Carlos Edmundo de Ory que al fin lindaba con el surrealismo, una de las grandes fuentes cirlotianas”. Cada uno de los libros ha sido presentado y comentado por sus tres grandes estudiosos: Victoria Cirlot (“Bronwyn”), Enrique Granell (“En la llama”) y Clara Janés (“Del no mundo”).

martes, marzo 17, 2009

El amor acaba

Diario Milenio-México (17/03/09)
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El análisis de 292 juicios de divorcio del siglo XIX, de los cuales 212 (73%) fueron promovidos por mujeres y sólo 61 (20%) por hombres, le da pie a la historiadora Ana Lidia García Peña para argumentar que el divorcio fue desde el inicio un arma de resistencia femenina para escapar del yugo matrimonial, especialmente de la violencia verbal y física que lo caracterizaba. No es éste el caso, añade cautelosa García Peña en su libro El fracaso del amor. Género e individualismo en el siglo XIX mexicano, de heroínas libertarias en busca de cambiarlo todo, sino de mujeres comunes y corrientes, de diversas clases sociales (la gran mayoría de los divorcios decimonónicos le corresponden, por clase, a los grupos medios de la sociedad) que “no buscaron la independencia o ser iguales a los hombres; en realidad, no querían cambiar las relaciones de poder entre los géneros sino que simplemente utilizaron instituciones ya existentes que las protegían, para desobedecer a sus violentos maridos” [92]. Yo no sé que se encierra con exactitud dentro de la palabra “simplemente” en la cita anterior, pero los pocos, por desgracia muy pocos, casos extraídos del expediente y citados de manera literal en el texto de análisis histórico, dejan una materia ominosa sobre el adverbio.
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“Hace doce años”, dice María Rita de la Vega en 1817, “que soy casada con el indicado mi marido y puede decirse que en todos ellos no he tenido un solo día de gusto o de descanso en la pésima vida que paso con él. De día y de noche, esté enferma o sana, me halle grávida o parida, en mi casa o en la ajena, jamás se pasa un periodo de 24 horas en que no me golpee lo menos dos o tres veces, pero esto ¿con qué rigor? Con cintazos, palos, cuartas, reatas, a mordida, bofetadas, pellizcos. No desconoce mi cuerpo ningún género de crueldad o padecimiento porque todos lo ha ejercido en él mi verdugo”.
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“A cada instante acecha mi vida”, dice Dolores Aceituno en 1877, “como últimamente lo hizo que me encerró en un cuarto y después de golpearme con la espada y marro hasta que se cansó, me tomó de los hombros y me echó a la calle. Repetidas veces, mi marido espera las altas horas de la noche en que estregada yo al sueño me toma con sus manos por el cuello y descarga sobre mí puros golpes aun estando grávida, por lo que tengo siete cicatrices en la cabeza”.
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Entre tantas otras, pues, María Rita de la Vega y Dolores Aceituno utilizaron el recurso de la narrativa —detallada y personal, con descripciones puntuales, uno se atrevería a calificarlas de realistas, de sus cuerpos— dentro de un discurso de victimización femenina para, de manera acaso no simple, servirse de las instituciones que existían, al menos oficialmente, para su protección.
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Aún sin pretender la igualdad o buscar la independencia, las mujeres decimonónicas lograrían hacer del divorcio, que hasta 1859 era eclesiástico y desde entonces hasta el 1914 fue civil aunque no vincular, una estrategia de resistencia —un acto digno de llamar la atención especialmente en un medio que, tanto legal como socialmente, insistía en restarles, no aumentarles, derechos. García Peña argumenta, pues, que, hecho por y para hombres, el proceso de individuación que se llevó a cabo a través de la reforma liberal enfatizó la construcción del sujeto masculino, excluyendo del mismo concepto de individuo, y sus derechos, a las mujeres. De ahí que García Peña sostenga que los únicos los beneficiados del reformismo individualista borbónico y liberal hayan sido los hombres.
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Sostener lo anterior no es difícil, quitarle el velo de lo evidente y descubrir, no por debajo, como harían los hermeneutas de la sospecha, sino en la misma construcción de la tautología, los escabrosos medios a través de los cuales esto fue posible, es lo que hace leíble, es decir, disfrutable a El fracaso del amor, uno de los pocos libros académicos de historia que me ha mantenido volviendo sus páginas sin saber a ciencia cierta, que es una manera exquisita de experimentar el asombro, qué me espera a la vuelta de la frase. ¿Qué se descubre cuando se descubre que la ausencia de cualquier mención de violencia doméstica en los códigos civiles del 66, 71 y 84 se registró mientras los juzgados liberales también evitaban, a toda costa, la incorporación de los relatos del maltrato conyugal que esgrimían las esposas al demandar el divorcio?
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Un fenómeno que había sido, y de manera legítima y amplia, de interés público y social durante la época colonial, el maltrato conyugal, tan abrumadoramente presente en los divorcios iniciados por mujeres, se convirtió en un asunto privado y, por lo tanto, mudo, gracias a una reforma liberal que abogó por los derechos y la libertad del individuo. La violencia doméstica, que era una violencia masculina, se privatizó y, además, se estereotipó, como es posible comprobar en cualquier novela o tratado de nuestros próceres liberales, como una patología de los pobres. La privatización de la violencia conyugal, además, implicó la exclusión de las narrativas del conflicto doméstico, casi todas ellas autorizadas y esgrimidas por mujeres, casi todas ellas elaboradas a partir de las inscripciones que la violencia misma dejaba en el cuerpo, de los juzgados liberales, cuyos abogados preferían ceñirse a las fórmulas jurídicas que encubrían, en muchos casos, hasta la causa misma de la petición de divorcio.
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Lo privado, así entonces, al menos en sus orígenes decimonónicos mexicanos, parece ser un parapeto. En honor a la precisión: lo privado es un parapeto que resguarda narrativas femeninas acerca de la violencia masculina. Silenciado, oscurecido, vuelto materia íntima y, luego entonces, materia muda, lo privado, que había sido cosa pública en juzgados coloniales todavía aquejados de manera obsesiva por la culpa y el pecado y la expiación, entrará en su fase subterránea, en su fase secreta, es decir, en su fase femenina. Lo privado, pues, no es, sino que deviene, a través de un impulso liberal, en femenino. Lo femenino no es, sino que deviene, privado.

lunes, marzo 16, 2009

Fábula de viernes 13

Diario Milenio-México (12/03/09)
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El sitial de los dichos
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La noticia de una tragedia aparatosa suele lucir más espectacular cuanto más familiar resulta el escenario. ¿Qué sería de la ciudad de Dallas, ya de por sí escasa de atractivos, sin el nombre y la huella de Lee Harvey Oswald? ¿Quién va a la Zona Cero de Manhattan y se libra de curiosear y morbosear en todas direcciones, de forma que la nueva familiaridad redunde en un encore imaginario del espectáculo nunca mejor fisgado? Campea un aire de fatalidad helénica en esos escenarios de repente siniestros que acaso nos advierten de la fragilidad de todo cuanto lo sostiene a uno aquí, y hay quienes hasta creen —al amparo de la vieja sentencia: no hay camino más seguro que el que acaban de robar— que estar ahí les brinda cierta seguridad, cuando menos en el plano esotérico. Sabrá el diablo qué es lo que gana el paisaje con tan ineludibles conmemoraciones, pero el hecho es que somos ya legión los habitantes del sur de la Ciudad de México que asistimos al rico espectáculo imaginario de una madrugada siniestra: la del último viernes 13, cuando el estudiante de derecho José Luis Romo Trujano arrolló a un policía, lo paseó agazapado en el cofre por un trecho de mil cuatrocientos metros y lo lanzó más tarde contra el camellón donde los paramédicos se toparían ya con un cadáver.
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Thriller en Insurgentes
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Para deleite de los cabalistas, los hechos ocurrieron justamente en el trecho que separa al Monumento a Álvaro Obregón y la estatua del papa Juan Pablo II, y el infeliz borracho de ocasión que conducía la Volkswagen Sportvan de su desgracia estudió hasta ese día en la Universidad Panamericana, que está por cierto en manos del Opus Dei. Quienes de niños jugamos en el parque de Chimalistac no olvidaremos el detalle siniestro de la mano del hombre que cayó balaceado por León Toral, sumergida en formol tras una vitrina al interior del monumento. Por eso ahora nos espeluznamos a detalle y hondura al reconstruir la escena de la madrugada del viernes 13:
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No bien el coche llega al área de control del alcoholímetro, un policía le indica que se orille, el conductor reduce la velocidad, quién sabe si dudando en detenerse o ya buscando el hueco para la huída, pues sucede que trae una de esas pítimas de nevero que hacen saltar todos los dígitos del alcoholímetro. El policía se ubica frente al coche, como suelen hacerlo sus colegas cuando se trata de evitar una fuga, y uno puede inferir que José Luis, nublado por los humos de la bacanal, carece por ahora de la destreza propia del chilango en las sufridas artes de aventar lámina. De ahí que en vez de hacer a un lado a los policías a través de pequeños acelerones y enfrenones, se lance hacia adelante con el ímpetu del outlaw que de pronto lo apuesta todo por evitar un arresto que lo tendría enjaulado hasta la tarde del sábado 14.
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Lo que viene después semeja el desenlace de una road movie cuya última escena, de no ocurrir así, parecería a los ojos de cualquier espectador la típica gringada que hace la trama inverosímil, por no decir grotesca: el Papa deteniendo al pecador. Según se afanarán más tarde policías y testigos en dejar claro, José Luis se dispara de la esquina de Insurgentes y Arenal con el cuerpo del policía Fernando Corona Mercado incrustado en el cofre y el rostro fijo a medio parabrisas. Nada que no le hayamos visto hacer a Bruce Willis, de modo que tal vez la mente del borracho no encuentre esta película del todo extravagante, y así vuele evadiendo semáforos, ya con las consiguientes patrullas detrás, por Miguel Ángel de Quevedo, Vito Alessio Robles, Encanto, Olivo, Hortensia y Francia, donde la fantasía del policía heroico y el forajido en fuga termina no bien se interpone la efigie dorada del Pontífice. Con la estatua quebrada en el suelo y el cuerpo de Fernando tendido sobre el camellón, José Luis es extraído del coche por sus perseguidores más cercanos, que bien pronto lo informan de la muerte del pasajero accidental. Pero el aún beodo se resiste a creerlo. Supone que lo quieren asustar. Se dice y les repite que no es un asesino ni un delincuente, sólo venía de una reunión con sus amigos...
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Difusas moralejas
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Hay en toda esta fábula siniestra piezas que no terminan de encajar. Quien no sea familiar con el caos chilango, encontrará inaudito no sólo que un estudiante de derecho se atreva a echarle el coche encima a un policía sino, el colmo, que éste se le ponga delante para impedirlo. Lucha a muerte: pellejo contra lámina. Lo hemos visto decenas de veces, el de azul es tan macho que se planta ante nuestra defensa, con la torpe arrogancia de quien ignora lo más elemental: todo vehículo de cuatro o más ruedas es un arma arrojadiza en potencia. Aquí la gente se le escapa a los policías porque juega con ellos al gato y al ratón. Ningún ratón con patas alcanzará jamás a un gato con ruedas, y si eso sucediera siempre habría manera de arreglarse. Nos cuesta respetar a los policías porque a todos nos han chantajeado y tememos que vuelva a ocurrir, una vez que por ellos y sus jefes aprendimos lo elásticas que pueden ser las leyes. En términos jurídicos, nos hemos enseñado a ser sus secuaces. Cuando uno se nos planta enfrente, no creemos que tratamos con la autoridad, sino con un malandro que quiere intimidarnos para cobrar la cuota de un apandillamiento fugaz.
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Mal puede un estudiante de derecho ignorar las consecuencias jurídicas de sus actos, aún en medio de la peor papalina, ni por supuesto las ventajas que un sistema de leyes elásticas puede otorgar a sus regateadores. Tampoco ignoraría que los escuadrones del alcoholímetro son técnicamente incorruptibles. Y mientras los jerarcas de la policía culpan de todo a los giros negros que nada tuvieron que ver con la tragedia, la moraleja no apunta hacia las quejas del secretario de Seguridad Pública, que ha aprovechado la ocasión para recordar a los bares su nueva hora de cierre “para evitar tragedias como ésta”, sino justo hacia el peligro contrario: que la mojigatería de nuestros legisladores incremente las reuniones privadas donde el alcohol, por cierto, corre sin diques, pues no hay ni que pagar por los tragos. De una de ésas venía José Luis, que ahora va a pasarse unos lustros liquidando la cuenta por jugar al Bruce Willis aquí cerca, entre Chimalistac y la Florida. En el thriller de horror donde tantos pudimos un día haber estado.

La disparition

Diario Milenio-México (16/03/09)
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Tal es el título de la novela publicada en 1969 por Georges Perec, aquella cuya fama deriva en buena medida de su carácter lipogramático. Me explico: un lipograma es el texto en que se omiten deliberadamente todas las voces que contienen determinada letra, y he aquí que, en La Disparition, Perec no emplea una sola “e”. Así, G.P. nombrará a su protagonista Anton Voyl y lo lanzará a una ominosa trama. Disparition: vacío, adiós, omisión. “¿Hay un animal con un corpus circular, mas no clausurado, acabado por un trazo casi rígido?”; con tal animal, motor para la acción, hallamos lo no hallado, grafía proscrita.
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Para mi apretada sinopsis de la novela me he esmerado en imitar el procedimiento perecquiano, en cultivar un minilipograma marcado por la ausencia de la e. No ha sido fácil. Si pierdo la e pierdo el nombre de Georges, que tiene dos, y el apellido Perec, con otras dos (de ahí mi recurso a la iniciales G.P.). Pierdo también las expresiones “llamarse” y “responder al nombre de”, por lo que Anton Voyl se ve obligado a ser “nombrado”. La trama, sin e, no podrá ser misteriosa y menos enigmática sino apenas (que no meramente) ominosa. Habrá, sí, vacío, adiós y omisión pero —¡ay!— no ausencia. Y mi traducción de la frase “Y a-t-il un animal qui ait un corps fait d’un rond pas tout à fait clos finissant par un trait plutôt droit?” devendrá crípitica al no poder sustituir corps por cuerpo sino por el latinajo corpus, al obligar al círculo a estar “no clausurado” en vez de “no cerrado”, al devenir el trazo que da su forma a la e no “más bien recto” sino “casi rígido”. ¿Por qué me ha costado tanto trabajo? Primero, claro, porque no soy Perec: porque mi pluma, de sí menor, no se ha visto fogueada en el extravagante ejercicio de las limitaciones autoimpuestas. Pero también porque escribo en español y no en francés, y he aquí que el vocabulario de nuestra lengua supone una recurrencia todavía mayor de la letra e.
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La Dispatition tiene tres traducciones inglesas, y si bien una —la de John Lee— es tramposa ya desde el título, que apela a la contracción para escribir Vanish’d!, las otras dos resuelven bien el problema de la elisión de la e en al llamarse A Void (la de Gilbert Adair) o A Vanishing (la de Ian Monk). También hay una española, hecha en comité, que, cosa harto reveladora, opta por eliminar la a en lugar de la e, lo que redunda en un nuevo título —El secuestro— y una mayor facilidad de adaptación a nuestra lengua, ese español que es todo encanto y entendimiento, pendiente y dependiente de la e.
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Conclusión exprés: escribir en español sin e es empresa ya no heroica sino eminentemente errada. Y estúpida.
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Todo esto me vino a la cabeza la semana pasada, cuando mi teléfono celular tuvo a bien (peor: a mal) quedarse sin e. Pulsaba yo el teclado y en la pantalla aparecía ora la q, ora la w, ora la r… pero nada de e, lo que habría de lanzarme a toda suerte de complicaciones a la hora de enviar mensajes de texto, modo privilegiado de la comunicación en estos tiempos fragorosos. “¡Perdón!”, quise decir a mi asistente, asumiéndome jefe consciente de sus errores, pero no pude escribirle sino “Sorry!” antes de añadir un “t djo la grabadora n mi casa sta tard; como vrás, mi tclado s jodió” (huelga decir por qué hube de decretarlo jodido y no meramente echado a perder). Lo peor, sin embargo, vino cuando un amigo, que visitaba en ese momento la exposición Zares, integrada por piezas del Museo del Ermitage, me pidió le recordara cuál era la que más me había gustado. La tragedia estribaba en que se trataba de una caja de rapé, azul, sembrada de diamantes. Problema: sin e, la caja de rapé devenía caja de rap, suerte de boombox más adecuada a Diddy que a Dmitri. Solución: describirla como “una cajita para tabaco, azul con diamants, qu stá n la misma sala dl rtrato d Catalina la Grand” antes de ofrecerle disculpas por mi “catalanismo involuntario”.
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La semana que pasé sin e fue terrible. Fue un tiempo sin esposa Eunice ni abuela Elvira ni madre Teresa (es la mía: no la de Calcuta) ni padre Miguel (mi progenitor, no mi confesor). Sin escritura —nada de ensayo pero tampoco novela, cuento o poesía— y sin algo extático, evanescente, erótico, entrañable o aun hermoso que redimiera esta existencia que ya no era sino vida.
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Gracias, pues, al técnico de Iusacell. Gracias por haber terminado no sólo con la disparition sino también con la desaparición, por haberme devuelto al encantador, eterno, entorno de la e.

Algo más sobre el maltrato a los animales

Diario Milenio-Puebla (12/03/09)
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Como consecuencia de la nota anterior que publiqué en este espacio de Milenio, llegaron a mi buzón electrónico una gran cantidad de mensajes que me dejaron muy sorprendido, porque entendí que hay una gran cantidad de personas que se preocupa por el tema del maltrato a los animales.
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Sé que es difícil que suceda algo (que algo proceda legalmente) en el caso de Jaltenco.
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Entre las misivas que recibí había una que contenía una frase terrible: “¿Si hay quienes matan personas sin cargo de conciencia alguno qué se espera del trato hacia los animales?” Sin embargo y pese a todo, tengo en mis archivos cartas hasta de Yucatán, donde la gente protesta por la gravedad de los hechos de Jaltenco. Varios blogs de amigos subieron el texto y uno que otro comentario que yo mismo envié.
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Encontré en Puebla una sociedad protectora de animales con cuyos miembros estoy en proceso de contactarme y navegando por la Internet me topé con varias direcciones similares en toda la República mexicana.
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Respondí a mis amables lectores lo siguiente, lo reproduzco con las debidas correcciones: “Me alientan a seguir tratando estos temas. Hace tiempo escribí sobre la cruel matanza de las focas en Canadá, imágenes ingratas que transmitió López Dóriga en la televisión. Leí desde siempre, desde que era pequeño, a Carlo Coccioli, italiano radicado en México desde 1953 y quien siempre habló del sufrimiento de los animales. Me indigna cualquier maltrato, venga de quien venga, en contra de los indefensos animales”. Debí agregar aquella frase que es también de Coccioli: “Los animales están más cerca del cielo porque no saben que van a morir.”
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Destaco aquí las generosas palabras de Marielena Hoyo, exdirectora del zoológico de Chapultepec (1983-1997), activista independiente de los derechos de los animales no humanos, miembra honoraria de la Asociación Franciscana y miembra del Consejo Consultivo Ciudadano por los Animales. Marielena Hoyo escribe una nota semanal para Crónica sobre el tema de los animales y, como ella misma lo subraya, sus tribulaciones. Éste es un pequeño extracto de su e-mail: “No sabes qué importante es que personas ajenas al medio, pero con la gran sensibilidad que demostraste, nos ayuden con su opinión”.
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Toda su vida la ha dedicado Marielena Hoyo a la protección de los animales y ha mostrado siempre una gran sensibilidad. La recuerdo perfectamente en las entrevistas que le hicieron para la televisión. Siempre admiré su firme disposición hacia la protección de los animales.
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En una ocasión, en aquel tiempo que podía yo beber una cerveza, no recuerdo si fue en Torreón, un hombre arremetió a patadas contra un perro callejero. Nunca he sabido cómo pude apartarlo, pero lo hice. Días después no me abandonaba una terrible inquietud. La sigo teniendo, creo.

miércoles, marzo 11, 2009

El Condicional

Diario Milenio-México (10/03/09)
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Escuché mi nombre en el altavoz del aeropuerto pero tardé un par de minutos en reconocerlo. Cuando finalmente lo identifiqué como mío, cuando me sentí ligada a ese nombre, cerré el libro que estaba leyendo y, como si me dispusiera a cumplir con una cita largamente aplazada, me dirigí a la cabina de sonido. El lento rasgar de los zapatos. El reflejo del cuerpo sobre los mosaicos de mármol. El tiempo.
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El hombrecillo que me miró detrás de unos pesados anteojos de carey volvió repetir el nombre con una sonrisa socarrona y un hastío difícil de ocultar antes de pedirme una identificación oficial. Se la dí sin preguntar nada. Un pasaporte: una mueca. E, igual, sin preguntar nada, recibí luego un sobre amarillo tamaño carta.
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—Eso es para usted —dijo el hombre con el mismo hastío y la misma sonrisa. La eternidad encarnada.
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Toqué el sobre pero no me atreví ni a verlo ni a abrirlo. No recuerdo si le dí las gracias o si me despedí. Caminé por los pasillos del aeropuerto con el paquete bajo el brazo, tratando de no prestarle atención pero imposibilitada para pensar en algo más en realidad. Cuando lo abrí, lo hice sin pensarlo, en uno de esos pestañeos proverbiales por entre los cuales, a veces, se trasmina el mundo. Un acto intempestivo. Una verdadera irracionalidad.
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Supongo que esperaba una bomba o una serpiente, algo peligroso e inusitado, pero lo único que salió del anónimo sobre fue una libreta de tapas negras, bordes rojos y hojas cuadriculadas. Un objeto ciertamente entrañable, pero anodino. La abrí. Pasé mis ojos y mis manos sobre sus hojas sin huella. Pronto me cercioré que no había nada, en efecto, dentro. Ninguna palabra. Ninguna oración. Ninguna fecha. Además de la cuadricula azul y los bordes rojos, la libreta estaba completamente vacía. Iba a entretenerme con alguna idea obsesiva acerca de los libros deshabitados o las estructuras vacantes cuando cayó al piso la nota que decía: “Aquí irían todos los poemas que no has escrito.” Pensé, de inmediato, en el uso del condicional. Luego me llamó la atención el locativo. Sólo hasta el final me asestó un golpe la certeza: lo que no has escrito. El aliento de alguien tras la nuca. La punta del zapato. La sombra que se va. Entonces alcé la cara y, de izquierda a derecha, espié mi entorno. Parpadeé. Había logrado fingir un poco de desinterés pero, apenas unos segundos más tarde, los aires de la impaciencia me alborotaban el cabello. Supuse que debería estar cerca y que, si me conocía tanto, también yo sería capaz de reconocer su rostro. Intenté vislumbrar el guiño o el ademán que no me dejara duda: ésa era su mano o su ojo o su pie. Ahí había nacido la intención y luego, como de la nada, el envío. Un sobre tamaño carta: una libreta que reconocía. Aquí irían. Nadie, sin embargo, se volvió a verme. Nadie desapareció de improviso o se ocultó malamente detrás de una columna. Nadie se inmutó.
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Recordé mientras tanto que muchos años atrás, en la ciudad que estaba dejando en ese momento, había comprado yo, en una tarde llena de viento y coronada de jacarandas, una libreta similar. El viento me obligó a cerrar los ojos. El aroma de las jacarandas me obligó a abrirlos. La había adquirido con la malsana intención de escribir ahí lo que había suscitado ese viento y esas jacarandas. Rememoré la ansiedad: la sensación de vivir con sólo mitad de la respiración. El pulso en la garganta. La distorsión de los rostros. Rememoré la velocidad del intercambio: el ruido de las monedas y la bolsa de plástico y hasta el aroma del local. No había podido escribir nada, de eso también me acordé, aunque fui incapaz de identificar el motivo o la circunstancia. No supe si había sido falta de tiempo o una simple distracción o la incomodidad del avión. No supe si había iniciado alguna frase, alguna palabra y, luego, en el momento menos pensado, me había dado por vencida, o si había claudicado aún antes de inclinarme sobre las hojas cuadriculadas. Por un momento tuve la sensación de que no había logrado salir nunca de ese momento. Aquí irían. Entonces giré la cabeza y, como si mi tiempo verdaderamente se acabara, corrí de regreso a la cabina de sonido. Cuando pregunté por el hombrecillo de los anteojos de carey, la mujer que estaba frente al micrófono me miró como si le estuviera hablando en un idioma no reconocido por las Naciones Unidas.
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—Pero si él me entregó esto hace unos minutos apenas –dije, tratando de explicar.
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La mujer me vio de arriba a abajo y, con una sonrisa socarrona y un hastío difícil de ocultar, decidió ignorarme.
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—Señorita —lo intenté otra vez, pero pronto comprendí que era imposible. Ella ya trataba de localizar a otro pasajero por el altavoz. El eco.
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Regresé a la sala de espera arrastrando los zapatos. Me senté. Coloqué la libreta sobre mi regazo e, inclinada sobre sus hojas cuadriculadas, la abrí una vez más. Aquí irían, eso me dije ciertamente. Si los escribiera, aquí, de seguro, irían todos.

lunes, marzo 09, 2009

Felipe, el fidelófilo

Diario Milenio-México (09/03/09)
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Noche de cuchillos light
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Se le veía oficioso desde el gesto mismo. Su expresión facial a un tiempo grave, amable y solícita reflejaba en empeño de quien nunca se cansa de hacerse útil. Hábil para esgrimir las ideas prestadas y fustigar con ellas a las impensables, el secuaz Pérez Roque daba más la apariencia de mayordomo que la de canciller, y uno creía con él que sus inclinaciones de escudero tendrían que dar frutos durante tantos años como lo permitiera aquella proverbial ductilidad caravanera que en su tiempo alcanzó prestigio universal. Sus palabras encarnaban ya una reverencia permanente, al punto que era fácil temerse que el pobre hombre albergara en su rectilínea conciencia todo un Comité de Defensa de la Revolución. ¿Tendría el canciller alguna opinión personal, quizás extravagante o un poco demasiado notoria? En todo caso, se le advertía cómodo eligiendo entre las estrictamente autorizadas. Bien lo ha dicho Kundera, nunca sabe uno cuándo va a empezar a gritar el Estado que tal o cual palabra lo subvierte.
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Pero he aquí que Felipe era el Estado, igual que mientras crecen mis uñas se solazan diciendo que son yo, hasta que cualquier día el cortauñas viene y las pone en su lugar. Hoy que tu dictadura te ha tirado al basurero..., le ha escrito Ciro Gómez Leyva al recién ex canciller Felipe Pérez Roque en una brevería no menos contundente que regocijante. Borrado de la Historia por supuestos errores cuya naturaleza nadie aclara, el otrora mejor amigo del Gran Ventrílocuo sólo se asoma a ella como caricatura de sí mismo: ese esbirro sin gracia que abandona la escena para siempre con chusquedad de cómico involuntario. No ajeno a la sutil comedia imperante, Ciro echa mano de un adjetivo que por sí mismo contribuye a explicar la situación del hoy ex compañero: sobradísimo. Término, a todo esto, sobrado de acepciones, entre las que se cuentan creído, valentón, pagado de sí mismo, atrevido, rico, audaz y licencioso, encabezadas todas por la más obvia: demasiado, que sobra. En sus mejores sueños, a los kleenex les da por sentirse pañuelos.
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Ahí viene la cuchilla
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Todos hemos sufrido alguna vez el desdén de un subordinado autoritario; ese entusiasmo administrativo que tan a tiempo advirtió Dostoievski. Llegado el caso, fastidian y disgustan en especial los cojones prestados con los que el individuo pretende hacer valer la sinrazón de sus razones superiores. Se le nota seguro, desafiante, sobrado. Cree que su burda réplica de mandón le será agradecida con todos los estímulos y privilegios que espera quien trabaja día y noche por hacerse imprescindible. ¿Quién le explica al cretino los peligros que implica ser único y vistoso allí donde cualquiera que alza la cabeza se arriesga a coincidir con el paso tenaz de la cuchilla? La ingenuidad angélica del sirviente arrogante consiste en apostar por igualarse con quien lo necesita desigual. Ante la paranoia vitalicia que supone la permanencia del tirano, incluso el genuflexo aventajado —sospechoso por cuanto tiene de solícito— corre el riesgo de significarse un poco más allá de lo aceptable. Y un poco, en ciertas ínsulas, es siempre demasiado. Un poco más de filo y ruedan las cabezas.Sabe uno que debe sobrevivir a una dictadura feroz cuando la mejor forma de distinguirse es esmerarse en jamás distinguirse. Empeñarse en ser algo al extremo de renunciar a ser alguien y no olvidar jamás esa renuncia. Opinar con autoridad prestada, de ser posible sin mucha gracia, ideas cuyo dueño se adivina desde la entonación que las anuncia, y que ya Dostoievsky encontraba lo bastante vulgares para hallarlas a orillas del arroyo. Se vive en dictadura cuando nada que sea o parezca nuevo está libre de las sospechas oficiales y aun debajo del agua se evita mencionarlo por miedo a que lo escuchen las paredes del océano. La dictadura condecora en público la cabeza agachada del don nadie con la desgracia súbita de los jerarcas que como nadie le han lamido las botas. La dictadura monta un espectáculo donde el caído en desgracia se confiesa culpable, en coincidencia con la opinión de un líder habituado a ejercer como predicador, inquisidor y juez, en nombre de principios ajustables a su oportunidad y capricho. A menudo, por ello, quienes más saben de esto reconocen la huella de una dictadura por la sintaxis de sus represaliados.
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La firma del gendarme
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No hay ni que analizarla: es la misma. Independientemente del idioma, se reconoce a la sintaxis de cuartel por esa parquedad siniestra donde ya no leemos las palabras del abajofirmante, como las del genízaro que lo atenaza. Adivinamos tras las frases atropelladas, que en nada se distinguen de las de otros que igual se dijeron culpables de cargos nebulosos y prestaron su mano para borrarse de la Historia, el ambiente opresivo del centro de detención, o con alguna suerte nada más los severos regaños del líder que, dictador al fin, conoce como nadie los intríngulis de esa burda filigrana donde puntos y comas a destiempo recuerdan a los potenciales respondones cuánto puede llegar a temblar una mano que se creía firme. No interesa a la dictadura que la sintaxis del caído en desgracia sea siquiera un poco verosímil, si de lo que se trata es de verlo vencido y dispuesto a firmar un papel en su contra. Acostumbrado a compartir la autoría de las ideas del patrón, el paje Pérez Roque no calculó que el precio de hacerse escudero sería acabar firmando su propia condena.
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¿No es la del último ex boy-scout de la Revolución una sintaxis similar a la de personajes tan disímbolos como Arnaldo Ochoa y Heberto Padilla? La misma que acusaba Solyenitzin en los capítulos iniciales de Archipiélago Gulag, donde la fuerza del Estado se expresaba no en la contundencia, como en la vaguedad de las acusaciones y lo endeble de las pruebas contra los condenados. La sintaxis de un rastreador de culpas que dicta confesiones y sentencias con estilo orgullosamente idéntico. La sintaxis que consigna el ingreso del ciudadano ex compañero en la fosa común de la Historia. La sintaxis que nunca se atreverá a escribir un epitafio.

Universos para lelos

Diario Milenio-México (09/03/09)
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Apenas he hablado de otra cosa desde el miércoles pasado. Y no sólo desde la archianunciada conferencia de prensa sino desde muy temprano aquella mañana, cuando la persona con quien tenía mi primera reunión de trabajo del día —una funcionaria de un medio de comunicación público— me compartía los rumores que le llegaban desde la sala de redacción. De ahí acudí a otra cita, ahora con alguien que es a un tiempo creador, crítico y promotor cultural y que detenta un cargo institucional (si bien la institución que lo emplea es una asociación civil y no una dependencia gubernamental). Con él, el tema redujo su espectro: ya hablábamos sólo de la posible sustitución en Conaculta, la misma que, de producirse, ya tenía día (ese mismo) y hora (aquellas trece-cuarenta-y-cinco). Nueva lista de nombres, ahora todos posibles candidatos a la Presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Nueva especulación. Nueva excitación.
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Después vino el anuncio, que escuché en la radio de mi automóvil. (De hecho, procuré acelerar mi siguiente cita —un trámite personal— a fin de estar de vuelta a bordo a la hora señalada, todo por no perderme la noticia en directo.) Los rumores, llevados y traídos desde hacía meses, se confirmaban: Sergio Vela dejaba su puesto, Consuelo Sáizar lo asumía a partir de ese mismo instante. SMS súbito en mi celular: “Fuera Vela!!!!!” rezaba el texto, redactado por un amigo periodista que nunca ha compartido mi buena opinión de Sergio (ni, como se verá, mi puntillosidad por abrir siempre los signos de admiración, incluso en los mensajitos celulares). Discusión electrónico-epistolar derivada de la comunicación primigenia: que si pobre Sergio, que si ya se veía venir, que si es un tipo decente, que si no hizo nada, que si siempre anduvo en terreno minado, que si él mismo se lo buscó, que si su gestión no merecía un final así. También sobre Consuelo: que si es una chingona, que si es muy trabajadora, que si siempre quiso el puesto, que si siempre negó que lo quería, que si es muy amiga de la Maestra, que si ya no tanto, que si tiene todo para hacerlo bien. (Un acuerdo al fin y, con él, la despedida y un descanso para mis pulgares, agotados ya de tanto chismear.)
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Un alto para comer, ahora con una amiga editora. Nuevo filón del tema: ¿y quién ira a quedarse en el Fondo? (No es ésta una metáfora existencial: nos referíamos al Fondo de Cultura Económica.) Nuevo SMS, ahora al teléfono de mi contertulia, emitido desde una redacción de periódico: que todo parece indicar que Joaquín Diez Canedo. ¿Será, tú? Pues ha de ser.
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Así ese día. Así también los siguientes, repletos de balances, de preguntas, de tristezas, de esperanzas, de preocupaciones y, otra vez, de chismes. Postura uno a propósito de Vela: que es un gran director de escena y un buen abogado pero no un buen funcionario público. Postura dos: que su gestión fue lo peor que pudo ocurrir al aparato cultural mexicano (ésa se manifiesta, sobre todo, vía cadenas de correo electrónico). Postura tres: que nunca tuvo la oportunidad de demostrar lo que podía hacer, víctima —como de hecho lo fue— del fuego amigo. Postura consensual del mundo editorial y literario a propósito de Consuelo Sáizar: albricias.
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Postura más o menos consensual del resto de los actores culturales de nuestro país a propósito de la misma Sáizar: incertidumbre. (Ejemplo de ello será el correo que me envía una amiga curadora —otra que no gusta de abrir signos, ahora de interrogación—: “Y qué piensas de nuestra nueva presidenta de Conaculta? En las artes visuales nadie la conoce, todos preocupados. Tú?”.) Cenas, comidas, citas, cafés, correos se dedican al tema. Y todo ante la indiferencia del resto de la población.
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Los periódicos, cegados por el fulgor del affaire Téllez, han asignado un lugar discreto a la información y uno prácticamente nulo a su análisis. El más importante de los noticiarios nocturnos ni siquiera ha considerado el relevo en Conaculta digno de su teaser. Los escritores, los periodistas culturales, los artistas, los curadores, los promotores nos rasgamos las vestiduras o brindamos de contento o nos preocupamos por el futuro mientras el resto del mundo no ve la vela apagada ni encendida, no experimenta ni añora el consuelo.
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Constatación terrible: lo que suceda en la cultura es cosa que no preocupa sino a un ghetto, al que pertenezco. Ahora ruego me disculpen: debo seguir con mis cavilaciones de marginal.

domingo, marzo 08, 2009

Violencia contra los animales

Diario Milenio-Puebla (05/03/09)
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El dólar ayer cerró a 16 pesos. Se habla de importantes despidos en muchas empresas, y la desesperación de la gente está tomando tintes de riesgo ante la violencia y la inseguridad. En medio de todo esto, un hombre de 30 años, Javier Cervantes Hernández, quien fundó una asociación protectora de animales en el fraccionamiento Alborada Jaltenco, iniciativa que hubiera gustado mucho a Carlo Coccioli, de pronto se da cuenta que su casa ha sido invadida por un grupo de encapuchados quienes (de acuerdo a la columna de Carlos Monsivaís aparecida en El Universal el 1 de marzo) mataron con machetes y tubos a cerca de 37 gatos y perros que tenía bajo su cuidado y atención.
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Los encapuchados amenazaron a los testigos, luego de aventar a una camioneta los cadáveres de los animales. Como bien puede suponerse, la vivienda de Javier Cervantes quedó completamente llena de sangre. De acuerdo a las declaraciones del alcalde del PRD Germán Romero Lugo, los mismos vecinos de Alborada Jaltenco se habían quejado en repetidas ocasiones por el olor y los insectos que provocaba la presencia de los perros y gatos por lo que, y de acuerdo a la ley, Cervantes Hernández estaba cometiendo una presunta violación a la Ley de Condominios, al mantener a tantos animales en su departamento.
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Cuando todo pasó y después de golpear a un amigo de Javier Cervantes que intentó detener la agresión, un grupo defensores de los animales rescató a algunos aún con vida.
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Deberían de verdad anotar el caso y protestar por el sangriento hecho los grupos defensores de los animales. Hace tiempo, en un programa de televisión de esos que advierten que las imágenes que se transmitirán pueden no ser nada gratas, pasaron una escena que alguien grabó con una cámara oculta: unos cretinos, en estado de ebriedad, metieron al microondas una pecera y la programaron para que, al cabo de unos pocos minutos, se comenzaran a reír al ver cómo los peces que ahí estaban se retorcían y saltaban al tiempo que el agua comenzaba a hacer ebullición.
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¿Y qué me dicen de los delincuentes que grabaron en un celular la manera en que se incendiaba un indigente, a quien le habían rociado gasolina para inmediatamente después aventarle un cerillo?
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No cabe duda que la falta de sensibilidad es ya una constante. Y estoy seguro que mucha gente vio el video más de una vez, como se puede ver la repetición de un gol de Gio.
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En la columna que Carlo Coccioli escribía para Excélsior, en el 2003 hablaba de un hombre llamado Rafael Carrera, quien sin un centavo tenía en su casa más de cien perros callejeros. "Quién se ocupa de un perro hambriento?," se preguntaba el columnista. "Nadie, sobre los perros agonizantes sólo pesa la muerte."
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Los comentarios que el autor de esta columna ha recibido:
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Mensaje reenviado
De: blanca palomino blancapaov@yahoo.com.mx
Enviado: jueves, 5 de marzo, 2009 14:09:46
Asunto: Violencia contra los animales, producto de nuestra cultura y economia
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Sr. Sampedro.
Comparto con usted el sentir de que la poblacion cada vez nos degradamos mas, maxime cuando los recursos economicos son pocos. Nuestra poblacion mal dirige sus reclamos sociales y aunque es cierto que se cometen errores en tratar de ayudar a tantos animales abandonados, nada justifica convertirse en asesinos.
Como podra una autoridad retener a una muchedumbre enardecida, cuando ya no haya para comer? si ella misma propicia, apoya y promueve ejecusiones por mano propia.
Que terrible es vivir en un pais sin leyes y que desgracia para las especies tener por compañia a la humana.
Saludos.
Blanca
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Sr. Juan Gerardo Sampedro:Muchisimas gracias por darle un espacio, en el cual nos hace reflexionar sobre la insensibilidad que se va siendo más frecuente hacia nuestra sociedad a la que incluyo a los animales de compañía.
Atentamente,
Perla Romero
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Hola, Lic. Sampedro, soy protectora independiente, una más que cada que encuentra a un perrit@, gatit@ en apuros entra como Hada madrina, para que ya en las mejores condiciones físicas se le busque el mejor hogar, debo decirle antes que nada que le agradezco mucho su reportaje, es un material altamente valioso, un contenido que mientras más lo revisa uno, encuentra un sin fin de situaciones, Lic. Sampedro, muchas gracias por apoyar a nuestro grito, estamos desolados y aún más estamos temerosos, todos los días conocemos en "hogares" un maltrato más. Es muy grato saber que su reportaje lleva escencialmente un mensaje de la necesidad de rescatar los valores que hemos perdido, la pregunta es: se podrá?. Le mando un abrazo y nuevamente muchas gracias, Adriana.
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Adriana Benítez
PueblaImmunization Business Manager / Marketing
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Estimado Juan Gerardo,
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Felicidades por tu columna!
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Creo que has dado en el clavo y te comento que el sábado se hicieron marchas pacíficas para exigir se castigue a los culpables del atroz hecho. Por otra parte, te comentaba que has dado en el clavo ya que esto sí es el inicio del caos y está en manos de las autoridades detenerlo; es verdad, los desquiciados empiezan martirizando animales pequeños, luego se van a otros más grandes y de ahí pasan a los humanos, generalmente las víctimas son aquellas que su silencio es grande al igual que los animales, como por ejemplo los indigentes, los niños y las mujeres.
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Con gran tristeza he escuchado opiniones de personas que dicen que no comprenden como es que la sociedad se indigna por la masacre de unos cuantos perros, cuando en México se asesinan seres humanos a diestra y siniestra, a lo que yo contesto, si la sociedad se hubiera quedado insensible ante la matanza de pobres seres inocentes sin voz ni protección, entonces si ya no habría humanidad y si no se castiga el hecho de que irrumpan unos encapuchados armados en una casa y destacen mascotas, que mensaje se le está dando a la sociedad: bueno pues, yo lo entendería como que es correcto que la justicia se tome cómo a cada quien le convenga y entonces detrás del anonimato se escuden los hechos más crueles e inhumanos del mundo.
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Saludos,
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MUCHAS GRACIAS POR SU REPORTAJE SOBRE EL MALTRATO ANIMALES ME RECONCILIA CON LA VIDA EL QUE AUN EXISTAN PERSONAS COMO USTED...........NO TODO ESTA PERDIDO,....LE HA DADO LUZ A MI VIDA HOY Y POR ELLOS Y POR ELLO. MUCHAS GRACIAS ANDREA
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El conocido amor que demuestro hacia los animales empaña la objetividad con el que transmito el caso Jaltenco entre que me conocen, sin embargo sus palabras finales en su nota "El caso Jaltenco es el principio del caos", me sirven de mucho pues ud. describe lo que en realidad me preocupa y me ocupa.
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Siempre he sido espectante pero con lo sucedido en Jaltenco no quiero seguir cruzada de brazos, no porque el miedo que me embarga por haber sido víctima de robo, por la preocupación de ver salir a mi familia quedándome con la esperanza de recibirlos de regreso y bien, me activa, me encamina a ver qué puedo hacer desde mi ser, desde donde estoy, y letras como la de usted Sr. Sampedro me animan y me dicen que no soy la única que quiere contribuir a mejorar la vida de este hermoso país.
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Quiero ser parte de un proyecto que, a través de la educación a los niños, se contagie de valores de respeto sobre todo hacia los más débiles, del respeto a la vida en cualquiera de sus manifestaciones. Quisiera que la muerte cruel de tantas vidas (sean animales o humanos) sirva para despertar y ver que estamos retrocediendo a pasos agigantados, que ahora los "seres humanos" además de prepotentes y creernos soberanos y dueños de las vidas ajenas nos estamos autodestruyendo con tales actitudes.
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Si venimos de una "evolución" estoy de acuerdo pero de esa evolución nos crearon con la RESPONSABILIDAD de proteger y PRESERVAR LA VIDA, pero hacemos lo contrario al grado que nos estamos exterminando unos con otros....
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Estimado Sr. Sampedro,

Gracias por su comentario sobre el penoso caso en Jaltenco, las protectoras de animales en la ciudad y en varios estados de la República apoyamos a Javier de diversas formas, escribiendo a los políticos, a organizaciones internacionales y a los medios, a éstos últimos especialmente para exigir objetividad e imparcialidad en la información que han presentado del caso ya que, desafortunadamente, no han cesado de manipular los hechos pretendiendo desprestigiar la labor y la imagen de Javier.
Esperamos (y exigimos constantemente) que pronto se esclarezcan los hechos y se castigue a los autores materiales e intelectuales de tan cruenta masacre, nosotros no lo olvidamos y nos encargaremos de que las autoridades no lo olviden.

Atentamente

Rocio Rosas
Comité por un Trato Digno para los Animales
http://www.poruntratodigno.org/