jueves, diciembre 03, 2009

Artemio Rodríguez-(Diario Milenio-México 01/12/09)

Conocí a Artemio Rodríguez (Tacámbaro, 1972) hace ya bastantes años, cuando fuimos compañeros de beca del Fonca —él en artes plásticas; yo, en poesía— allá por 1999. La suerte tuvo a bien colocarnos hombro con hombro en una de esas cenas de bienvenida y, mientras todo mundo se entretenía en sesudas conversaciones intelectualosas, Artemio y yo descubríamos nuestra impar pertenencia fronteriza. Él vivía por ese entonces en Los Ángeles y yo ya tenía un par de años viviendo en San Diego, así que cuando empezó a contar la hilarante historia de su primer cruce fronterizo (a pie, de la mano de polleros, con la adrenalina que da la falta de documentos) la risa tuvo mucho de complicidad. Reí, eso sí, por unas tres o cuatro horas seguidas, y no miento si digo que fue sin parar. No tardé mucho en darme cuenta de que el mismo sentido del humor que desplegó esa noche —alharaquiento y dolido, autoreflexivo y crítico— formaba parte intrínseca de los trazos de sus grabados. Un diablo pequeñísimo detrás de la espalda cansada de un campesino. Una referencia evidente a la guerra en Irak dentro de un cuadro de apariencia bucólica. Las cartas de la lotería. A los pocos días, y con la vocación lúdica que he entendido que también lo caracteriza, aceptó llevar a cabo los dibujos de los diplomas que los poetas de esa generación del Fonca se disponían a otorgar a los ganadores de un concurso apócrifo, ciertamente, pero divertidísimo.
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Volví a ver a Artemio pocos años después, cuando organicé una exposición de su obra en mi casa de San Diego. Compramos vino, retiramos muebles, colgamos cuadros sobre las blanquísimas paredes e invitamos a los que se supondrían adquirirían los grabados: profesores universitarios. Cuando la muchedumbre alcohólica hubo partido, nos dimos cuenta que habíamos sostenido charlas interesantes y bebido bien, pero que sólo uno de los famosos y pudientes profesores universitarios se había decidido a sacar el proverbial cheque de su cartera. Fracasados pero contentos, nos tiramos en el suelo a platicar de cosas. Artemio hablaba de José Guadalupe Posadas con tanto entusiasmo como del libro de estampas medievales que acababa de descubrir en casa. Hablaba de su vida en Los Ángeles, es cierto, pero más todavía del paisaje rural de Michoacán. Decía, desde entonces, que regresaría. Ya en la mañana y antes de partir se dio a la tarea de plantar un cactus pequeñito en el jardín delantero de la casa. Creció tanto con el paso de los años que, no hace mucho, tuve que ordenar una poda radical.
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Los años, como dicen los narradores, siguieron pasando. Y Artemio no se volvió a presentar en mi casa fronteriza hasta que no volví a tener casa en la frontera. Organizaba una cena con amigos en Tijuana, y Artemio, como se dice, pasaba por ahí. Trajo ejemplos de su trabajo más reciente, y la charla que solía concentrarse en los avatares de los mexicanos en Los Ángeles, ahora se deslizó hacia el sur, hacia ese lugar en Michoacán donde se esfuerza por establecer El Huerto, un taller de grabado y un centro cultural al mismo tiempo. Trajo también algunos de los libros que publica en La Mano Press, su taller-imprenta, y hasta el juego de cartas de lotería que a bien tuvo regalar a Matías, mi hijo. Esa fue una de las últimas noches que Yvonne Venegas, mi fotógrafa favorita, pasó en Tijuana antes de mudarse en definitiva a la Ciudad de México. Los grandes, grandísimos ojos de Lya, su hija, alumbraron la velada y ampararon la conversación.
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Hace todavía menos tiempo Artemio me anunció que venía otra vez a San Diego. Esta vez llegaba al lugar que se ha ganado con el trabajo propio y el talento propio y el esfuerzo propio: las paredes del Museo de Arte de San Diego. Decir que fue gusto lo que me dio al ver ahí El Triunfo de la Muerte, el inmenso grabado que Artemio llevó a cabo durante una estancia en un prestigioso taller ubicado en Hawai donde plasma su visión carnal y estentórea, feroz y carcajienta del mundo contemporáneo, es decir poca cosa.
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Las dimensiones son justas para acomodar una visión que es abarcativa (se me antoja aquí la palabra imperial, pero como que no va), moviéndose con singular flexibilidad del pasado más remoto hasta el presente de pacotilla. Los muertos se levantan de sus tumbas, efectivamente, para atormentar a los vivos. Y los vivos no se quedan atrás. Un contingente de esqueletos alza pancartas que invitan a la avaricia, el consumo, la envidia, la explotación. Un tambo de petróleo trae una vez más el tema de la guerra de nuestros tiempos a colación. Los hombres de a caballo de su grabado, como tantos hombres de la vida real, se sirven del sexo y de los recursos y del esfuerzo de las mujeres que yacen sobre el camino. Un perro le muerde los talones a un niño que huye, despavorido. Entre Brueghel y el Bosco y Posadas, la muerte que Artemio graba es, sin embargo, eminentemente fronteriza y contemporánea. Es la muerte de hoy. La muerte que nos toca.
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Pero Artemio, justo como aquella noche de becarios, también me volvió a hacer reír con los chaneques —esa gente menuda— que roba burros por las noches, y con los trazos que llenan la superficie del Grafico Móvil, el vehículo del 47 convertido en pieza de arte y estudio sobre ruedas. ME VES Y SUFRES. Sus relaciones con la literatura son bien conocidas —recuerdo que aquella noche de la expo en mi casa mostró también los grabados con los que había ilustrado Woodcuts of Women, el libro de relatos de Dagoberto Gilb— y el trabajo que ha hecho con las escenas cotidianas que José Rubén Romero describió en Tacámbaro forman ya una especie de haikús del grabado.
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Me da gusto ver el ir y venir de Artemio por la frontera, moviéndose con tanta ligereza por las orillas de Los Ángeles como por las lomas del “rancho”, como le llama a su espacio en Michoacán. Me da gusto que su visión siga tan fresca y crítica, tan lúdica y pertinaz como la que descubrí una noche de mucha risa tantos años atrás. Me da un gusto enorme comprobar que este mundo no sólo le pertenece a los advenedizos del odio y los oportunistas de ocasión, sino que está aquí, entre gente de bien, gente de trabajo, gente de lucha que sabe reír y reunirse a platicar y, por supuesto, brindar. ¡Salud!

lunes, noviembre 30, 2009

La escritora recibirá, por segunda ocasión, el Premio Sor Juana (Diario Milenio-FILias)

Cristina Rivera Garza vuelve entre homenajes
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Guadalajara.- Cristina Rivera Garza regresa a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Y, aunque no trae novedad editorial bajo el brazo, su agenda luce movida. La escritora tamaulipeca llega a la fiesta librera para recibir, por segunda vez, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, convirtiéndose así en la primera autora en ganar dos veces el galardón. Y por eso la sonrisa se sigue dibujando en su cara.
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La autora de La muerte me da --volumen que le mereció el galardón por segunda vez-- asegura que se trata de "dos escritoras distintas": la que ganó el premio en 2001 y al que lo hizo en 2009. "Por eso es importante ganar este premio con éste libro, que es un volumen atípico. Es un gran apoyo".
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Cristina Rivera Garza participará hoy en la presentación del libro Solo cuento, el miércoles 2 de diciembre recibirá el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y al día siguiente estará en El placer de la Lectura.

La noche inenarrable-(Diario Milenio-México 30/11/09)

1 Vísperas sin sosiego
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Sucedió el seis de enero de 2007, sábado por la noche. Imposible olvidarlo, aunque siga dudando ser capaz de contarlo. Durante los dos meses precedentes me fui a la cama cada noche diciéndome lo que iba a pasar al inicio de enero, a ver si comenzaba a creérmelo. Tantos años de imaginar aquella cita me habían dejado un fantasmón en la cabeza, y esperaba que fuera aquel espectro quien a la hora buena me guiara por todo el ritual. Mañana con mañana, ya en el hotel, nada más despertar abría el cajón del buró donde guardaba los boletos, ocultos entre las páginas de un libro, y me daba a leerlos una vez más. Veía el día, la hora y el lugar, pero seguía sin dar mucho crédito, pues con el paso de años y años me fui haciendo a la idea de que jamás presenciaría un concierto de Chico Buarque.
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Sólo de ver el nombre en los boletos me decía no es cierto, no puede ser, pero lo único cierto es que tenía que ser, toda vez que ya me había comprometido a regresar con una crónica para el suplemento Laberinto. Nadie me la pidió, pero apenas quedaron reservados los boletos le había llamado a José Luis Martínez para ofrecerme a venir con el chisme. No asiste uno al mismo concierto cuando sabe que tiene que escribir de él: hay que estar más alerta, tomar notas mentales obsesivas, hurgar en los detalles con la ansiedad de quien aún no sabe si hallará lo que busca y no puede volver con las manos vacías. En el caso de Chico, apenas me inquietaba la idea de quedarme sin palabras, luego de tantos años de seguirlo de lejos y no obstante encontrarlo tan familiar como todo un racimo de memorias y sentimientos entrañables. Habría demasiado por contar, calculaba en la víspera, luego de una semana tan lluviosa que tampoco acababa de creer que ese paisaje gris y nebuloso fuese realmente Río de Janeiro.
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2 La voz y la experiencia
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Ya en la noche del sábado, camino del concierto en el legendario Canecão, paladeaba un desasosiego similar a los instantes previos a la consumación de un romance. Puesto de otra manera, no había ni llegado al lugar de los hechos y ya me había deshecho del ansia del cronista, que aún sabiendo imposible la objetividad se parte el alma por poner en escena todo cuanto le es dado atestiguar. Sabía, por un par de videos y el relato sin gracia de algunos enterados, que Chico Buarque estaba lejos de ser un showman, y hasta había quien lo encontraba monótono, pero esas opiniones no hicieron mejor cosa que empecinarme. La sola idea de escuchar allí mismo Construção, Futuros Amantes, Morena de Angola, Mulheres de Atenas o Gení e oZeppelin me parecía lo bastante excitante para escribir un tratado al respecto, incluso si a la estrella le daba por cantar quieto y de espaldas.
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Hay voces que se llevan tatuadas por adentro, y la de Chico es de ésas. Ni siquiera de verlo allí delante, sentado ante el micrófono, había creído que estaba donde estaba, pero apenas sonó la voz del cantante narrando una visión irrepetible —Todo lo que no era ella se desvaneció: apenas la segunda línea de la noche y ya tenía la primera de la crónica— supe que aquella cita era tan importante como la había creído. Dos canciones más tarde, ya no pensaba más en la crónica: Chico, en efecto, con trabajos movía los dedos y la boca, pero ni falta hacía que moviera otra cosa. Jobim tampoco hacía circo alguno, seguramente porque ya sus canciones aparecían repletas de efectos especiales. Imposible saber a partir de qué punto había caído redondo en el hechizo; bien pudo suceder quince años antes. El punto es que una vez entrado en el espacio hipnótico-macumbero, me temí que la crónica terminaría llevando las de perder. Entre más avanzaba el concierto, menos cosas había por contar. Era un viaje hacia dentro y no había vuelta atrás.
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3 Hechicero de palo
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¿Qué tenía ese espectáculo de extraordinario? Visto fríamente, nada, pero lo extraordinario no se contempla así. Corear Joao e María junto a tantos extraños, con la mano pescada de una mujer fundamental, no daba para más que dejarse arrobar por el instante y engañarse pensando que todas esas notas tan queridas lo acompañaron a uno desde la cuna y las oyó en las calles de su ciudad, las fiestas, los paseos, los almacenes. Pero lo cierto es que aquellas canciones eran un patrimonio de tal manera íntimo y excluyente que no podía asociarlas sino con ideas, sueños y sucesos ocurridos adentro, en esa zona de la conciencia que rara vez acepta convidados. Si aquellos brasileños coreaban las canciones que los habían seguido por tantas partes, yo me esforzaba por hacer lo propio luego de tanto ir tras esa música, con la voracidad de quien descubrió un mundo y no quiere dejarlo, así se quede solo y sin bailar.
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Salimos y no supe qué decir. Cenamos en un restaurante japonés de Leblon, casi en silencio porque los dos teníamos los ojos inyectados de tantas emociones no sé si compartidas, pues al cabo me había ido tan lejos que no estaba seguro de haber visto y oído lo que el resto. Sentía una dicha extraña e intermitente, porque ya me decía que no tenía crónica, ni la iba a tener. Más aún, no me daba la gana ni intentarla, por más que me dijera que al regresar a México de seguro se me iba a ocurrir algo. Con el paso de algunas noches de zozobra —se me caía la cara de vergüenza cada que hablaba con José Luis y volvía a decirle que ya mero— entendí que no había más opción que hacer literatura, pero igual eso me parecía pecado. Chico Buarque, además, no se lo merecía. Un día, me quedó claro que la mayor virtud del concierto de Chico tenía que haber sido no dejarse narrar. Desvanecerlo todo, incluso las ideas más persistentes, hasta arrojarme a aquella zona de perfecta inocencia donde todo está dicho y el mundo está en su sitio. Qué placer, al final, quedarse sin palabras. Enmudecer gozando, gozar enmudeciendo. Qué alegría saber, al final del concierto, que del amor tampoco se puede escribir crónica.

domingo, noviembre 29, 2009

Tenemos un país de negaciones y contradicciones: Pedro Ángel Palou

El escritor señala, en su nuevo libro La culpa de México, que no hemos sido capaces de reconocer nuestra diversidad y no podemos ser felices
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Verenise Sánchez
Fuente: http://www.wawis.com.mx
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En entrevista, dijo que el ensayo —Editorial Norma 2009— es una revisión histórica de México durante el siglo XIX y XX. “El libro se generó al terminar mis tres novelas históricas: Zapata, Morelos y Cuauhtémoc, y me di cuenta que se requería una reflexión más allá de los personajes. Se tenía que buscar qué había con el país y cómo llegamos a ser la nación que hoy tenemos…
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“¿Por qué como nación no pudimos entender a José María Morelos o a Emiliano Zapata en su momento?, además de saber cómo el país fue planteando sus prioridades”, comentó.
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Al hacer este ejercicio, señala, “encontré que en buena medida el país fue hecho para los criollos, que la Independencia se gana con una contrarrevolución, la revolución de Agustín de Iturbide, quien se hace emperador justo cuando nosotros queríamos libertad”, señaló.
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Destacó: “negamos lo otro que pudimos ser. Negamos al indígena, no sólo al del pasado, sino al del presente. Negamos a la madre patria, pero pedíamos que llegara Fernando VII en algún momento a gobernarnos, incluso en el Grito de Independencia se dijo: ‘¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII!’.
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Negamos a los conservadores y nos volvimos liberales por decreto. Negamos la reelección de Juárez con el Plan de la Noria y llega Porfirio Díaz para quedarse 30 años en el poder”, indicó.
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La Revolución Mexicana construye su proyecto, no sólo ideológico, sino a partir de la idea de un mestizo único y occidental, al que de alguna manera José Vasconcelos le llamaba la raza de bronce, y otra vez se hace excluyendo y negando a las otras patrias, subrayó.
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“Planteo en el libro que no hemos sido capaces de ser felices y no hemos sido capaces de reconocernos en la diversidad”, expresó.
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Dijo que su publicación en este momento, a unos meses de conmemorar los 200 años de la Independencia y los 100 años de la Revolución Mexicana, no es un gesto aislado.
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“Es un momento en que podríamos dedicarnos sólo a la celebración vacía o utilizar este momento para reflexionar lo que hemos sido, pero también sobre lo pendiente”, agrega.
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Indica que a los mexicanos nos hace falta, “más que ajustar cuentas con el pasado, construir un futuro posible, abrir los espacios de participación ciudadana, democratizar al país, que hoy es partidocrático, y plantear mínimos comunes para construir un México del siglo XXI que no repita los errores y horrores del siglo XIX y XX”.
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2010
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Señaló que no va a participar en la celebración oficial de los festejos del Bicentenario, pero sí va a hacer un recorrido por toda la república mexicana con algunos escritores como Héctor Zagal, Paco Ignacio Taibo y Eugenio Aguirre para platicar y debatir con la gente sobre la historia de nuestro país.
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“Vamos a empezar el recorrido en marzo por Mazatlán, Sinaloa, y tenemos planeado que termine en septiembre”, indicó.
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Explicó que habrá encuentros en librerías. “No hablaremos de nuestros libros históricos, sino de la historia de México, decirle a la gente lo que por muchos años quedó oculto, aplastado por la historia oficialista.
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“Pero la idea no es que nosotros hablemos y hablemos, sino que la gente nos platique, nos pregunte sobre lo que tienen duda y así desembrollemos las marañas históricas que nos han querido hacer saber”, indicó.
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En otro tema, dijo que para abril del próximo año va a publicar una novela, pero ya no histórica, sino una novela de amor y amistad que se va a llamar La profundidad de la piel y que estará ubicada entre México y Japón.

jueves, noviembre 26, 2009

"Una novelita lumpen"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 25/11/09)

Esta novela, del chileno Roberto Bolaño (1953-2003), ha sido editada recientemente por Anagrama dentro de su colección Narrativas hispánicas.
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“Una novelita lumpen” tiene como escenario la ciudad de Roma y como personaje principal a una mujer: Bianca, quien irá contando todas las peripecias que ella y su hermano pasaron tras la muerte de sus padres en un accidente automovilístico.
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Por la forma en que Bianca narra su vida, pareciera que el lector pudiera encontrarse ante una mujer que, por azares de la vida, acabo convirtiéndose en puta, ladrona y asesina Pero realmente es la historia de un par de hermanos que, después de estar en la gloria, han descendido a un extraño infierno, para luego salir avante, sin sangrar, sólo con unos escasos rasguños.
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No me puedo considerar un experto lector de Bolaño, porque no lo soy, aunque si tengo ganas de serlo, “2666” es un libro que está en mi librero esperando el tiempo adecuado para ser leído, mientras “Los detectives salvajes” fue una novela que llego justo cuando la quería y me atrapó como esperaba que lo hiciera. Pero sí creo tener las suficientes herramientas para ejercer un poco de crítica ante esta novela de Bolaño que es póstuma como todo lo que ahora se está y estará publicando de él.
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A “Una novelita lumpen” le falta carne y por ende a sus personajes. A lo largo de la novela aparecen personajes del tipo secundario que sirven para darle sostén a la trama, pero desaparecen sin chistar de la misma forma en que llegaron a ser parte de la historia. Sonará descabellado, pero la televisión, frente a la que están sentados la mayor parte del tiempo los personajes, aparentemente tiene más importancia en la novela que muchos de los personajes.
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A pesar de todo, se agradece poder seguir leyendo a Bolaño, aunque sería interesante que los familiares respetarán las decisiones de los escritores cuando mueren, si en vida no publicaron ciertas cosas, quizá es porque no las sentían listas o simplemente no querían publicarlas. Y me temo que está siendo el caso de Bolaño.

miércoles, noviembre 25, 2009

El perro de la memoria-(Diario Milenio-México 24/11/09)

para Sara y Claudia y Marco y Carlos

Hace apenas un par de semanas escuchaba con algo de emoción y otro tanto de asombro las respuestas que Susana M.C. García Iglesias, la ganadora del primer premio Aura Estrada, le daba a un puñado de periodistas congregados en una de las alas de ese recinto sagrado que es Santo Domingo, en la capital del estado de Oaxaca. Recuerdo, por ejemplo, que le preguntaron qué tipo de libro anhelaba escribir. Y recuerdo con lujo de detalle su escueta respuesta: Un libro honesto. Recuerdo también que le preguntaron cuáles eran los temas con los que trabajaba. Y recuerdo su contestación: la memoria. Dijo: La memoria es como ese perro al que le avientan algo y siempre regresa con más. Ese, insistió, es el único tema de la literatura y es, también, el único tema de la vida. Después habló de otras cosas, el presente, por ejemplo, el pasado. Y más tarde se dio incluso tiempo para entonar alguna canción favorita frente al micrófono. Luego de escuchar sus respuestas me quedé contenta de haber participado en las conversaciones que resultaron en la elección de Susana como la primera ganadora de un premio entrañable. Ahí estaba, sin duda, una escritora: sólida, desparpajada, única, arriesgada. Ahí estaba alguien que sabía.

A mí todavía me faltaba entonces una semana más o menos para emprender otro viaje, esta vez hacia el Golfo de México: el puerto de Tampico. Me faltaban más o menos siete días para comprobar que, efectivamente, la memoria es un perro que siempre regresa con algo de más dentro del hocico. ¿Cuál es el mecanismo que desata la aparición clarísima de las imágenes del pasado? ¿Cómo es posible que rostros y escenas que uno jamás ha rememorado aparezcan en tropel y con lujo de detalle frente a los ojos alucinados? ¿De qué está hecha la sensación que brota sobre la palma de las manos y se extiende, después, como un ejército de hormigas, a lo largo de los brazos hasta llegar a la base de la nuca y de ahí a los labios? Naturalmente no tengo respuestas para todo esto.

Llegué a Tampico una tarde de viernes. Estaba nublado y, tal como me informaron de inmediato mis anfitrionas, se esperaba un norte que, aunque a fin de cuentas no se materializó, si dejó a su paso el rastro oloroso de una lluvia mansa. Los amigos que no tardaron en hablar por teléfono y presentarse a las puertas el hotel me lo informaron de inmediato: estaban listos para iniciar el recorrido por una ciudad en la que viví por una muy corta temporada hace más años de los que puedo admitir en público. Como suelo hacer en esos casos, opté por la única alternativa posible: me puse un suéter ligero y salí tras de ellos. Mejor dicho, pensé que salía tras de ellos, pero en realidad iba ya desde ese momento tras los pasos de mi infancia.

Las ciudades son como teclados sensibles. Basta con que el pie roce apenas la pieza indicada para que aparezca de inmediato la palabra completa que, justo en ese instante, parece haberse balanceado por toda una eternidad sobre la punta de la lengua. Así que esto era. Así que de esto se trataba, amiga. Desde el inicio me hablé al tú por tú con las callejuelas del puerto, con los saleros oxidados y las ventanas, que se cierran. Desde el inicio estuvo el tú por tú con la bandera negra que prohibía a los bañistas sumergirse en las aguas picadas del Golfo. Desde el inicio se dejaron escuchar todas esas voces: la de la abuela que pronunciaba la palabra “pacón” en lugar de pop corn; la de las tías que hablaban de béisbol y de cuadernos escolares; la del abuelo antes de caer ante los embates del cáncer. De repente, como en Comala, todo se llenó de murmullos y, bajo la apariencia de una ciudad contemporánea, surgió inaudita la ciudad de la infancia. Se trataba de un conglomerado urbano construido alrededor de las refinerías y las vías del tren. Todo ahí olía a algo industrial. Se trataba de un lugar atravesado por tranvías.

Ahí estaba la laguna que, hace muchos años, producía un olor insoportable y que ahora albergaba la oronda presencia de bastantes cocodrilos. Ahí estaban las escarpadas subidas que conducían entonces como ahora a la zona céntrica de los mercados y las plazas y los muelles. Ahí estaban todavía los vetustos edificios que alguna vez significaron afluencia y eficacia, pero que ahora yacían abandonados detrás de la negligencia o el desuso. Ahí estaban las refinerías y, a su alrededor, entre callejuelas todavía sin pavimentar, ahí aparecían las casas semiderruidas y los terrenos baldíos por donde pastaban, en plena ciudad, una manada de cabras. Ahí estaban las dunas y, sobre las dunas, los árboles de un verde deslucido que seguían enfrentándose al viento marino. Ahí el malecón. Las escolladeras. El mar.

Justo cuando caminaba bajo los almendros de la Plaza de Armas, mientras las palomas se disponían a comer migajas y los vendedores de globos daban ya la enésima vuelta descreída, pude ver a la niña de trenzas que correteaba dentro del kiosco. Luego pude ver su mano dentro de las manos pequeñas y curtidas de las otras manos femeninas. La abuela siempre supo de responsabilidad. Entonces las vi a las dos avanzar a paso veloz hacia la reunión ritual de la familia esa tarde nublada que los obligó a hablar a todos de un norte que nunca se materializó. Iban las dos, alborozadas, hacia el encuentro. Porque sí, antes de que las muertes vistieran a las tías de viudas, antes de que las traiciones y los engaños acabaran por desarmar matrimonios que daban la apariencia de ser la eternidad misma, antes de que el homicidio se llevara a los más jóvenes y los más frágiles y, sin duda, los mejores, antes, en la edad en que todo parecía ser lo que era, hubo una tarde gris que cobijó a los paseantes en su lento andar por las escolladeras. Era la misma tarde gris que, en ese momento, se decidió a acompañarme hasta el faro para observar, desde ahí, lo que ya nunca volvería a ser. Una familia feliz. Algo todavía completo. Supongo que fue el mismo perro del que hablaba Susana García Iglesias en aquel recinto de Santo Domingo el que se abalanzó, contra toda precaución y a pesar de la banderita negra, al mar. Supongo que su negra cabeza fue lo que vi un poco más allá de las bollas, justo en el punto donde el mar se convierte en cielo. Horizonte en fuga. Consuelo.

martes, noviembre 24, 2009

El blog que sería thriller

Diario Milenio-México (23/11/09)
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Esta calle es de Reinaldo
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La foto es elocuente, aunque engañosa. Una mujer de gesto enardecido grita y levanta el puño ante la cámara, rodeada por decenas de inconformes que parecen corear la misma consigna. Por su expresión ardiente y furibunda, se diría que algo le han quitado, o le quieren quitar. Cuba, qué linda es Cuba, se lee al frente de su camiseta roja. Junto a ella, también levanta el puño y sigue al coro un gordito, asimismo vestido de rojo, aunque no furibundo ni exaltado. En un descuido, se está aburriendo. Detrás de la mujer, que medirá no más de 1.60, se yergue un hombre alto, la camisa morada con bolitas blancas y la boca perfectamente cerrada. Igual que la mujer, mira a la cámara, con una ceja alzada y el ojo entrecerrado. Se diría que no pertenece a la escena; es como si lo hubiesen montado en la foto. Más todavía, su expresión circunspecta se empeña en subrayar que no comparte fines, medios ni principios con la turba que ahora lo rodea.
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Igual que la mujer, el hombre de la foto le está hablando a la cámara. Es Reinaldo Escobar —periodista y bloguero, casado con la bloguera Yoani Sánchez—, que ha hecho pública cita en cierta esquina de La Habana con un agente de seguridad del gobierno cubano y quiere reclamarle en un “duelo verbal” la reciente golpiza propinada a su esposa. Según dirán más tarde los voceros del régimen, el piquete de repudiadores que repiten a coro es-ta-calle-es-de-Fi-del son ciudadanos que espontáneamente se han manifestado, pero a juzgar por el guiño afanoso del hombre de la foto no parece tan fácil ir y venir por La Habana manifestando ideas espontáneas, menos aún organizarse en turba sin los ojos del régimen encima. Para manifestarse aquí y ahora, Reinaldo Escobar sólo puede contar con los fotógrafos extranjeros. No tiene una pancarta, ni una camiseta, ni un puño en alto. Por el contrario, se mantiene sereno, pese a las circunstancias imperantes. Insultado, escupido, vejado, golpeado, Escobar planta cara ante la cámara y se roba la escena.
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Entre Barack y Raúl
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Es de dudarse que la jeta furibunda de la mujer de la amigable camiseta promueva las virtudes de su presunto edén, pero ella no pretende dirigirse al mundo, sino con suerte a sus superiores. Igual que los fotógrafos, ha llegado al lugar a hacer su chamba. Si al cabo va a salir en una o varias de esas fotos inoportunas, quiere que en ellas consten méritos tan notorios como enseñar al mundo paladar y amígdalas en el nombre de Cuba, que es tan linda. Como lindo será disfrutar de unas cuantas pequeñas recompensas extraoficiales a cuenta de esos gritos sin duda destemplados que hoy constan en la prensa del mundo entero. Aunque lo cierto es que nadie en la foto ha hecho más de lo que estaba en el guión: si los unos no pueden darse el lujo de parar de gritar, el otro no se atreve a abrir la boca. Su gran temeridad consiste en subrayarlo: de sólo ver el porte de Reinaldo Escobar entre el gentío rudo y oficioso, uno entiende que hay pájaros en los cables.
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A saber cuántas cartas se escriben cada día dirigidas al presidente Obama; hoy sabemos que al menos la de Yoani Sánchez sí encontró respuesta. Imaginemos el regio entripado que tamaña noticia debió de provocar en los mandos más altos del gobierno cubano. Peor todavía, más que una simple carta, la bloguera había publicado un par de cuestionarios, para ser respondidos por Barack Obama y Raúl Castro, respectivamente. Y he aquí que cada uno, por cierto, ha hecho precisamente lo que le tocaba. Obama respondió pregunta por pregunta y Castro envió al gentío a hostigar al marido de la preguntona. ¿O es que alguien imagina a los hermanos Castro dando respuesta a los cuestionamientos de nadie, y menos todavía sus conciudadanos?
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Periodismo telegráfico
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Las dictaduras de hoy tienen un mismo problema: ninguna sabe qué hacer con internet. Por más que los controles y restricciones se multipliquen, la información termina por fluir. Y eso es veneno puro allí donde se ha impuesto por medio del sigilo una visión del mundo oficial y excluyente. El blog de Yoani Sánchez no necesita documentar secretos de Estado para imantar a miles de lectores: le basta con narrar la cotidianidad. ¿Qué van a hacer ahora los hermanos Castro contra una filóloga, madre, ama de casa y bloguera que es interlocutora de Barack Obama? Si hasta hace algunos meses uno leía Generación Y, que es como se titula el blog de marras, para asomarse a Cuba desde la perspectiva de una librepensadora, hoy se hace imperativo conservarse al día con el thriller político cuyos protagonistas difícilmente pueden ser más renombrados. Asistimos también a sesiones de miedo a fuego lento, documentadas con fotografías o videos, donde se ve a los infelices en turno cumplir con la penosa tarea de vigilar la casa de Yoani Sánchez y hacérselo saber, a modo de advertencia. Como era de esperarse, la cotidianidad de Yoani Sánchez ha perdido el derecho a llamarse tal. Ahora sus lectores no asistimos a la vida sencilla de cualquier cubana, sino a la extraordinaria peripecia de una pareja de apestados sociales.
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Quien se haya entretenido en leer el reciente informe de Human Rights Watch sobre Cuba sabrá por qué en la foto Reinaldo luce quieto como un cadáver. El régimen lo puede encerrar en cualquier momento con sólo declararlo peligroso. Pero he aquí que como buen periodista, Reinaldo tiene urgencia de enviar su nota al extranjero, y a falta de un sistema de transmisión de datos a la altura de su ambición profesional, elige el mismo gesto que uno emplearía para expresar su total impotencia. No puede hablar, quejarse ni moverse: basta esa información para dar vida a un titular a ocho columnas. Y si no se le ve muerto de miedo es porque en ese instante sabe que tiene lista la nota y es el momento de transmitirla. Vaya esta nota como acuse de recibo.

domingo, noviembre 22, 2009

En esto creo-Xavier Velasco (Diario Cambio/Indira Cerón)

Autor de Diablo Guardián, El materialismo histérico, Éste que ves, Luna llena en las rocas
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Escribir es una enfermedad, es algo que no se puede evitar, sin lo cual la propia vida es miserable, puedes llorar sangre si no lo haces. El que escribe, con o sin apoyos, lo va a seguir haciendo, se trata de pasión.
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El momento más feliz de mi vida fue cuando tenía 14 años y bailé con la chica que en ese momento era el amor de mi vida. Pero también fue el 23 de febrero del 2003, cuando me dieron el premio Alfaguara y entendí que mi locura se iba a convertir en profesión.
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Crear una historia es poblar un mundo. Narrar es terrible porque uno siempre tiene ese sentimiento de insuficiencia.
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Mi vida tiene muy poca importancia ante la vida de mis personajes, puedo dejar de comer, dejar de bañarme, dejar de dormir, para darles vida a ellos.
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Preferiría que no hicieran mis novelas en el cine. Me han hecho varias propuestas pero nada me gusta, no lo tolero. Me pongo muy mal.
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Cuando empecé a sentir la necesidad de tener dinero para sobrevivir me fui a prostituir a una agencia de publicidad. Mi jefe me dijo que me estaba traicionando y me ordenó que me pusiera a hacer lo que en verdad me gustaba.
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Al escribir tratas de hacer algo mejor que tú mismo, yo estoy lleno de defectos, pero que no me digan que mi novela los tiene, porque les saco los ojos.
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La única vez que conseguí un trabajo espectacular fue de extra en una película de Luis Miguel, cuando él cantaba yo era uno de los sonsos que le aplaudían.
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Mi trabajo es como una película de horror; me siento incomprendido y siento que lo que estoy escribiendo no le va a gustar a nadie.
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Entre más obstáculos tiene una novela, más oportunidades tiene. Como novelista tienes que jugar a ser, debes tener hambre de vida.
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Parte de la inquietud de escribir es andar por el mundo a ver qué me puedo robar como autor para dárselo a mis personajes. Robo refranes, vestimentas, miradas, caras, gestos, música y hasta modos de hablar.
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De niño era tímido, hijo único, inadaptado. Cuando los demás jugaban fútbol yo siempre era elegido como reserva, solía guardar un cochecito de metal en mi bolsa derecha del pantalón para entretenerme cuando nadie me pelaba.
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Las palabras tienen olores, colores, sabores, nunca será lo mismo decir piscina que alberca. Amo la palabra exacta, la historia exacta.
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No quiero tener un autor favorito, porque me gustan los escritores que sorprenden, que me desafíen. Sin embargo, leo mucho a Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier.
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El valiente no es el que no tiene miedo, es el que se lo aguanta. Yo pensé que si me atrevía a saltar de un avión podría escribir una novela, y así lo hice.
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Diablo Guardián no es una novela, es un estupefaciente, mi idea precisamente fue hacerlos sentir como en una montaña rusa.
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Toda la vida me ha acompañado la música, en mis novelas no falta el ritmo, es como si mi escritura se contoneara.
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Cuando estoy escribiendo el cerebro no tiene lógica, al escribir no sirve el cerebro, el orden. Por eso escribo todas mis novelas a mano, de ladito, en los márgenes, en cualquier lugar para poder hacer lo que quiera con mis letras.
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A quien más admiro en la vida es a mi perro, es el único que me puede hacer entrar en razón. Usualmente admiro a los seres que tienen más de dos patas.
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En este trabajo tienes que perder tu vida, meterte en la subjetividad de los personajes. Tu vida no existe, la objetividad no es posible.
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Luna llena en las rocas la escribí cuando me mandaron a los tugurios a reportear sobre la vida nocturna. Conocí a una rubia y amanecimos en un concierto de los Rolling Stones tirados de borrachos sobre unas piedras y viendo una enorme lunota. Tres meses después me casé con ella y por supuesto, nos divorciamos.
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En realidad nunca quise ser escritor, nunca lo decidí. Empecé a jugar a escribir historias y como la escuela era insoportable, me encontré con este juguete maravilloso que era mi cuaderno de escribir.
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Mi cuaderno no acepta competencia; es más importante que mis compromisos, que mis sueños, que mis deseos. Puedo postergar cualquier deseo con tal de quedar bien con mi cuaderno.
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El momento más feliz es cuando acabas y publicas tu primera novela. En ese momento dejas de ser un novelista sin novela.
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Mi vida es muy aburrida, sólo soy un tipo que está leyendo, viendo películas, escribiendo, a veces salgo a orearme o a visitar a mis amigos.

viernes, noviembre 20, 2009

¿Un nuevo panorama de la narrativa regional?

Nota de este blog: En particular no comparto mucho de lo expresado aquí, pero en pro de una libre expresión y apertura de opinión, es que publico el artículo del amigo y maestro Sampedro.
Es una pena que dos personas tan apreciadas y destacadas tengan un distanciamiento.
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Diario Milenio-Puebla (19/11/09)
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Quizá sea necesario hacer ahora un nuevo recuento que contemple el panorama que ha dejado la narrativa regional en los últimos sesenta años. Los límites temporales no son caprichosos, si se toma en cuenta que la investigación de don Enrique Cordero y Torres abarca hasta 1950. Después solamente apareció la investigación de Pedro Ángel Palou, Puebla, una literatura del dolor, pensada para el programa del Conaculta, que a principios de los noventa había demandado como un “encarguito” a todos los estados. En el caso de Puebla, el recuento de obras y autores corrió a cargo de un señor de apellido Del Postigo que no cubría los requerimientos mínimos y, por lo tanto, el proyecto se quedó a la espera en un cajón. Palou retomó entonces la investigación y fue así que decidió publicarla en la Secretaría de Cultura en 1995.
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Luego de Puebla, una literatura del dolor, no ha habido nada serio.
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Hay un par de “antologías” (o tres, ya no lo sé) que tratan de abordar el asunto: una elaborada sólo de manera coyuntural por el actual director de la Casa del Escritor, el maese Martínez Garcilazo, quien ya veía en el panorama cómo escalar a un cargo cultural. Esa “antología” debió llamarse “La veleta literaria”. De cualquier manera, sus endebles bases no tienen cimientos. No hay un estudio previo, es como si la hubiera preparado "El Borras".
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Hay otra llena de inexactitudes (lo dije en su momento) de Jorge Arturo Abascal, quien no tardaría en fusilarse sin pudor alguno a Lauro Zavala. Pruebas las hay. Tampoco cubrió las expectativas y el resultado fue más que nulo.
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Es indiscutible que ahora han aparecido otras voces, todas ellas surgidas como resultado de los talleres que se ofrecieron, aunque ya no existen por la incapacidad de sus actuales directivos, la Secretaría de Cultura. Definitivamente, esas voces merecen la atención de los críticos.
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En la antología de narrativa de Alejandro Toledo El hilo del minotauro (Fondo de Cultura Económica, 2006), el autor subraya que “los mapas literarios se forman siempre por piezas cambiantes”. Es la misma idea que, con otras palabras, exponía Pedro Ángel Palou en Puebla: una literatura del dolor.
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A lo mejor vale la pena intentar ahora una recapitulación de la nueva narrativa poblana. No lo sé, soy un tanto escéptico. En todo caso, quien se encargue de la tarea tendrá que contemplar que las antologías no deben basarse en la simulación, no se deben elaborar sólo en coyunturas y, ante todo, deben realizarse con la debida honestidad intelectual. Esto es, sin fusiles abiertamente cínicos y descarados que ofenden a los lectores.
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Que en todo caso las “piezas cambiantes” sean tomadas en serio. Mínimamente, creo.

"La casa de cartón"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 18/11/09)

De las editoriales recientes y con ganas de innovar es sin duda Textofilia. Anteriormente había reseñado un par de libros publicados por esta misma editorial, muy bellos y excelentes, ambos. El de esta ocasión no es la excepción.
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Dentro de la colección Lumía, de la editorial ya nombrada, aparece el número dos: “La casa de cartón” de Martín Adán (2009), un libro por demás extraño y sorprendente.
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Martín Adán, es en realidad, Rafael de la Fuente Benavides 1908 -1985) fue un poeta peruano considerado como uno de los grandes representantes de la literatura vanguardista latinoamericana. Además de “La casa de cartón” llego a escribir una suma importante de poemarios como: “La Rosa de la Espinela” (1939), “Sonetos a la Rosa” (1931-1942), “La Mano Desasida, Canto a Machu Picchu” (1964) “Mi Darío” (1966-1967), “Diario de Poeta” (1966-1973), entre otros. Fue contemporáneo de Emilio Adolfo Westphalen y Carlos Oquendo de Amat, poetas también ellos.
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“La casa de cartón” es la primera obra que Martín Adán publica en 1928 cuando sólo tenía veinte años de edad. Esta obra fue concebida bajo el augurio del vanguardismo y engloba en sí toda una polémica, pues hay quienes dicen que es una novela, otros un poema, mientras que algunos más prefieren, para no meterse en problemas, definirla como un poema-narrativo o una narración poética. Se dice que esta obra es una de las mejores obras peruanas de aquella época.
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Este libro es una de esas obras que no deben englobarse bajo ningún género literario pues su grandeza recae en esa imposibilidad por clasificar la obra. Este libro extraordinario nos deja ver la pureza propia de la juventud, así como las inquietudes que le aquejaban y maravillaban; como es su evocación del balneario de Barranco, la cual conlleva una trama mínimamente tratada y el cual transcurre a través de cuadros que contienen las vivencias y reflexiones propias de la edad, pero aderezadas con un humor a veces sarcástico, otras irónico y sin dejar de plasmar nunca sus opiniones respecto a la literatura y a los autores que lo han influenciado ya para bien, ya para mal. “La casa de cartón” es un espacio en el que se alojan todas las entrañas del autor, aquí no hay lugar para las máscaras o la ficción, sólo para la transparencia. Ya lo dijo Nietzsche: los poetas carecen de pudor con respecto a sus vivencias: las explotan, y eso hace Martín Adán en su libro, explota su vida y la convierte en literatura, verdadera literatura.
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“La casa de cartón” trae una introducción de Javier Sologuren de 1979, un prólogo de Luis Alberto Sánchez, así como un Colofón de José Carlos Mariátegui, estos últimos de 1928.
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Nuevamente, la crítica que se le puede hacer a esta preciosa y agradable edición es la ambigüedad en la publicación, pues no sabemos si la introducción pertenece a la razón del por qué se re-edita esta obra o si es parte de alguna otra edición más vieja. Quizá la postura de la editorial es necesario que se deje ver. Uno como lector puede suponer muchas cosas, pero no sabemos lo que la editorial nos está queriendo decir con esta publicación.

martes, noviembre 17, 2009

La perseverancia de lo que es

Diario Milenio-México (17/11/09)
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Quería enterrar a Policenes, su hermano, y, por querer hacerlo, cosa que implicaba quebrantar la ley, Antígona se metió en problemas. Esa muchacha selvática de Atenas. Perseverante. Convencida. Apasionada. Alguien que “no sabe inclinarse ante las dificultades”. Una mujer que no sabe inclinarse. Punto.
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Joan Copjec publicó “La tumba de la perseverancia: sobre Antígona” en Imaginemos que la mujer no existe. Ética y sublimación en 2006. Ahí, apoya muy de cerca la lectura de Lacan, quien además de declarar a Antígona como la única verdadera heroína de la tragedia de Sófocoles ataca la interpretación de Hegel (al menos la presentada en la Fenomenología) en la que, muy en el sentido del coro ateniense mismo, el filósofo alemán critica tanto a Creonte como a Antígona por sus obvias terquedades. Copjec por el contario argumenta que “la perseverancia para llevar a cabo el entierro de su hermano es éticamente diferente a la fijación de Creonte con el cumplimiento de la prohibición estatal del entierro”.
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Independientemente de una argumentación antigoniana que parece excitar a los expertos, Copjec adelanta en este texto una teoría de la socialidad que, acaso por encontrarla natural, me deja perpleja. Dice ahí Copjec que nuestra manera de volvernos sociales se basa en, o en todo caso no puede escapar a, los lugares vacíos (y eternos) que dejan los muertos. Esta es la cita textual: “Cuando alguien muere deja atrás su lugar, un lugar que lo sobrevive y que no puede ser ocupado por nadie más. Esta idea construye una noción específica de lo social, que no sólo se concebiría compuesto por los individuos particulares y sus relaciones de uno con otros, sino también como una relación con esos lugares imposibles de ocupar. Lo social se compone, entonces, no sólo de aquellas cosas que desaparecerán, sino también de relaciones con lugares vacíos que no desaparecerán”.
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La paradoja me marea: en un mundo donde todo insiste en desaparecer (desde el trabajo hasta el cuerpo, por citar sólo dos elementos importantes de la modernidad), sólo lo desaparecido permanece. Esto: el lugar que se dice (¿qué se sabe?) vacío porque ha sido ocupado, ciertamente, y porque dicha ocupación, al ser plena, ha dejado marcas imborrables. Marcas que no dejan de significar. Las imágenes abundan: el lipstick, por ejemplo, alrededor de la taza de té ya sin líquido; las sobras después del festín; las arrugas que deja en la silla el que acaba de partir. El recuerdo. Lo que no está tiene sus maneras curiosas de hacerse notar. “Brillar por su ausencia” es uno dicho, sin duda, espectacular.
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Si la teoría de la socialidad copjeciana es cierta, entonces habría que tomar más en serio nuestros trasiegos con fantasmas. ¿Y quién no ha sentido el aliento tibio de lo que no está justo dentro del pabellón de la oreja derecha? ¿A quién no lo ha sorprendido la sombra que, asustada de sí, corre con gusto hacia el más allá? ¿Quién no ha entablado largas conversaciones con seres transparentes y menudos creyendo que habla solo en un pasillo del supermercado? Lo que no está es un campo magnético; el imán que no dejará de atraer la mejor de nuestras energías hacia su centro. Lo que no está nos obliga a dar. En el momento menos pensado, eso que no está nos obliga a ver. Las historias de epifanías y apariciones que terminamos por descartar por “irreales” o “improbables” o, sobre todo, por ser únicamente “producto de la imaginación” constituyen acaso la médula más cierta, en todo caso la más emocionante, de nuestras vidas. Como un eco apenas perceptible pero constante, esos trasiegos con lo que no está van configurando una cronología subterránea y, punto a punto, paralela a la vida de todos los días. Más invisible entre más cierta, y viceversa. Supongo que esa es la razón principal por la cual soñamos. Tal vez es, incluso, la razón por la cual escribimos. Los muertos.
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Para la selvática de Atenas, para esa Antígona a la que alguna vez conminaron de la siguiente manera: “si has de amar, ama a los muertos”, el problema del lugar eternamente vacío, del lugar nunca sustituible radicaba en que Policenes, a quien se empeñaba en enterrar siguiendo la ley de los dioses y la familia y desobedeciendo la ley del estado, era su hermano. Decía: “Si mi esposo hubiese muerto, podría haber tenido otro, y parido un hijo de otro hombre si hubiera perdido al primero, pero con mi madre y mi padre allá abajo, en el Hades, jamás podré tener otro hermano”. Incapaz, pues, de producir al sustituto del hermano debido a que, en sentido estricto, el hermano o hermana es dado o impuesto por el deseo de otros, Antígona opta por el llanto público y la piedad y, por consiguiente, la tumba, hacia donde avanza. A Creonte, por cierto, tal decisión le costaría a fin de cuentas un hijo y una esposa.
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Se trata, señala Copjec, del “carácter indestrucible de lo que es”. No una fijación (como la de Creonte), sino una perseverancia auténtica. No el deseo de la trasgresión por la trasgresión misma, sino la obediencia a una ley más alta. Eso es lo que guía a Antígona en su condición de ser hermana, a enterrar a Policenes. Eso es lo que guía.

lunes, noviembre 16, 2009

La semana: pensamientos, sensaciones y situaciones que nacieron

Estás sentado, frente a ti todo un mundo se puede recorrer con un simple click. Virgilio pasó de moda, ahora eres, somos, conducidos por Google y a estas alturas la mayoría ha dejado de creer en Beatriz con la misma facilidad con que de grande se pierde la ilusión por Santa Claus, los Reyes Magos o el ratón de los dientes.
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Sin embargo, tú, te mantienes en pie de lucha, aún crees en los cuentos infantiles. Y por qué no, en el amor a primera, segunda o tercera vista. No importa desde dónde se vea, pero si no se cree en el amor, de qué serviría llamarnos humanos.
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Ya madura es la petición social. Pero ¿para qué?, ¿para andar vagando por la vida temiéndole a las relaciones, a los fracasos?, es mejor seguirse atreviendo a arriesgar que optar por la amargura, el verdadero regalo que da la adultez. Ser adulto no siempre conlleva a la maduración. La maduración viene con las experiencias, los fracasos, los madrazos, los amores y los desamores, los triunfos; siempre y cuando cada acto vaya inundado de amor y convencimiento propio, si no, será mejor quedarse viendo la televisión.
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La vida es más que eso, lo sabes, lo presientes, pero no logras vislumbrarlo; la misma hija de la chingada se encarga de esconderte su vino. Puta envidiosa que es la vida, piensas y lo gritas en tu cuarto rodeado de libros.
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Por muy extraño que parezca, la muy cabrona te sorprendió con un regalo, de esos que no se dan cualquier día, ni se venden en los aparadores. De puta o cabrona, la vida paso a ser bendita, amada. De eso se trata a veces la vida, un día estás aquí, otro allá; la diferencia recae en que unos se deslindan y borran su historial de vida, en cambio los valientes que siempre son los menos, cambian de página sin olvidar lo que las anteriores les dejaron y les quitaron.
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Ella cayó del cielo y te deslumbró con sus ojos-rayo; luego sus ojos-pistola te mataron de una corazonada, pura y transparente, cada una de tus máscaras. Ahora estás, desarmado y con las entrañas de fuera.
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No tienes miedo, lo sabes y te extraña.
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A veces la vida se debe afrontar con todo y el miedo, de repente nos exige ser valientes.
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Y heme aquí, aceptando el reto sin ninguna arma.

jueves, noviembre 12, 2009

"Pequeño decálogo sobre las generaciones literarias de Puebla"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 11/11/09)

0. En Puebla no existen generaciones de escritores, existen grupúsculos literarios que devienen en pequeñas escuelitas, donde los alumnos son enseñados a pensar conforme sus maestros desean que lo hagan. Se ha acabado la autonomía del pensamiento y hemos abrazado a las escuelas dictatoriales.
1. La literatura hecha en Puebla carece de posturas públicas, artísticas y políticas, en cambio está llena de vedetismo.
2. Los alumnos que toman talleres literarios con las pequeñas glorias locales, rara vez podrán aspirar a la proyección nacional, su lugar está asegurado en alguna editorial como Lunarena, Ediciones BUAP y similares.
3. Los escritores poblanos son todo menos eso. Han dejado de buscar la obra que los defina y optaron por la persecución del hueso cultural; contradictoriamente en la prensa escrita y radiofónica se dedican a develar todos los defectos del pesebre que les da de comer. A un lado han dejado la propuesta y se dedican a la calumnia como deporte local y popular.
4. Dos mandamientos parecen permear en los grupos literarios: odiarás al otro grupo por sobre todas las cosas y, criticarás a capa y espada a toda aquél que apueste por la publicación en editoriales transnacionales. Pareciera que la verdad que buscan proclamar, es la siguiente: los escritores que publican en y para Puebla, valen la pena ser leídos, los otros no.
5. Cada escritor suele moverse por la conveniencia o la obligación. Todos padecen de la contradicción y aquellos que cuentan con una postura improstituible, son tachados con adjetivos discriminatorios.
6. Cada editorial poblana suele crearse para publicar a aquellos autores que no han sido aceptados por las editoriales de peso a nivel nacional. Mientras en las editoriales nacionales el filtro pareciera ser de calidad, en las locales la amistad es un factor estético y crítico muy importante.
7. Las revistas y/o suplementos literarios en Puebla a veces sacrifican la calidad estética en pro de la difusión.
8. Amarás a Alejandro Meneses y su noble escuela por sobre todas las cosas.
9. Ha ocurrido lo que más se temían otros escritores y lo que menos quisieron aceptar los escritores locales: la Literatura murió y la mataron, cada uno de ellos, con sus excesivos paternalismos; con su terquedad por superar a Borges, Cortázar, Pitol, Fuentes y compañía; y con su excesiva necesidad por acabar con el otro y su literatura.
10. El problema de la literatura hecha en Puebla, quizá lo resuma bien Cortázar: “Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas[1]”.

[1] Cortázar, Julio. Cuentos Completos. Punto de lectura. Buenos Aires. 2007. Cuento: El perseguidor. Página 328. Tomo I.

Salvador Plascencia

Diario Milenio-México (10/11/09)
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Si se busca información en internet sobre Salvador Plascencia, lo primero que se encuentra es la siguiente frase (en inglés): “Escritor americano nacido en Guadalajara, México, en 1976”. Si se toma en cuenta que para casi todos los estadunidenses ser americano no significa haber nacido en algún lugar del continente, sino ser originario de Estados Unidos de América, no deja pues de ser extraño que un escritor “americano” haya nacido en México. ¿O lo es? Esta es una de las preguntas que le he planteado a algunos escritores angelinos que están planeando asistir como invitados de honor a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara este año. Lo que sigue es, fundamentalmente, el inicio de un diálogo que con toda seguridad continuará en toda su riqueza y complejidad en las salas de eventos y en los pasillos y demás circunstancias de la feria. Por lo pronto va aquí una breve introducción, a través de la conversación y la entrevista, al trabajo y visión del mundo de uno de ellos.
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Salvador Plascencia llegó a El Monte, California, a los 8 años y, desde entonces hasta la publicación de su primer novela The Paper People/Gente de Papel (McSwweneys, 2005), ha desarrollado una vida binacional y bicultural alrededor de un trabajo escritural que se plasma sobre todo, si no es que exclusivamente, en inglés. Una licenciatura de Whittier Collage y, luego, un MFA de la Universidad de Syracuse, le permitieron entrar en contacto con escritores experimentales que en algo han influido en un temperamento ya de por sí aventurero y fronterizo. De ahí que su primera novela, que en sus propias palabras es acerca de “la intimidad y las limitaciones del papel”, tenga entre muchas virtudes el haber incorporado “el tema, la metáfora y la trama a las hojas que tienes en tus manos. El tópico hizo imposible que ignorara la anatomía material de la novela, así que introduje todos esos elementos en el libro y traté de explotar al máximo la tecnología de la impresión de hoy”.
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Ciertamente, al recorrer las páginas del libro es fácil encontrarse capítulos enteros escritos a la manera de columnas y, en el caso de la primera edición publicada por McSweeneys, bloques en tinta negra y agujeros reales en las hojas. “Siempre estoy buscando”, asegura Plascencia, “los poros entre los géneros, la parte en la que un hoyo de gusano puede convertirse en un puente entre la novela de detectives y uno de los océanos de Melville. Estoy consciente de que hay grandes esfuerzos por parte de la promoción de mercado y torres de disertaciones de doctorado tratando de codificar los escritos en géneros específicos pero yo no creo que esa clase de pureza exista”.
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Esta actitud coloca a Plascencia en una especie de umbral entre el escritor chicano y el experimental, términos que hasta hace muy poco solían aparecer en espacios no sólo distintos, sino incluso opuestos. “Como un México-Americano que trata de publicar en los Estados Unidos, siempre me topo con la tácita expectativa de que, como narrador minoritario, estoy de alguna manera ‘sirviendo a la raza’. La idea generalizada es que nuestro trabajo es testificar, protestar, corregir la historia. Por eso, usualmente nos acogen o nos rechazan como actores políticos pero a menudo a costa de nuestro arte. Esta presión viene, por cierto, tanto de nuestras comunidades como de las editoriales y en general del público lector. Es un peso que suele distraer pero yo no he querido que el mundo de mi imaginación sea afectado por esta obligación no expresada.”
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De cualquier modo, tal como lo expresa Plascencia, la definición misma de lo que es un escritor o un libro Chicano ha cambiado tanto que, en estas fechas, “mi novela chicana favorita fue escrita por un Dominicano”. Sin querer aparecer como un guión de “culture clash”, Plascencia asegura que “los libros chicanos que [lee] son escritos sólo de manera circunstancial por chicanos. Los escritores que vienen a la mente incluyen a: Michael Jaime Becerra, Nina Marie Martínez, Joe Loya, Felicia Luna Lemus”. En su manera de ver, “hay en efecto una literatura que utiliza Spanglish, tal como hay una literatura que usa la metáfora o la metaficción sin que ello garantice que esas técnicas formen sus propios géneros”. Las mezclas inesperadas y el afán por ir más allá del orden aparentemente natural de las cosas lo llevó, pues, a autodenominarse como escritor experimental, un apelativo que a bien tuvo liberarlo, casi “mágicamente”, dice sin ocultar el guiño adverbial.
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Seguramente es por todo eso que su posición frente a un término que en México, y en cierta medida también en Estados Unidos, suele tratarse con suspicacia cuando no con desdén, sea tan relajada. Dice: “¿Es el experimentalismo más sospechoso que el realismo? Yo desconfío de cualquier estética que se vea a sí misma como el orden natural de las cosas, una especie de poder hegemónico dictando las reglas de lo que queda dentro y lo que está en los márgenes. De hecho, con frecuencia creo que esta dicotomía entre el realista y el experimentalista no es más que un rumor, una pelea que nadie tiene efectivamente. Te digo esto porque, primero, nunca estoy seguro de quién es el experimentalista y quién el realista. James Baldwin rompe el mundo en dos oraciones; Borges los reconstituye en tres. Cualquier cosa que estén haciendo, ya sea como experimentalista o realista, eso desafía la física del universo y a mí no me importa cómo lo hacen, siempre y cuando pueda tenerlo en mis manos para leerlo. ¿Qué me puede importar a mí la tarjeta de membresía que portan?”
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Eso sí, al preguntarle por el futuro de español en las prácticas de escritura en el sur de California no duda en responder: “¿Cómo podría no haber un futuro en español? Cada lunes en la mañana tengo que caminar a cuatro diferentes puestos de periódicos para poder encontrar un ejemplar de La Opinión, que sigue agotándose a diario mientras que el L. A. Times sigue ahí, acumulando polvo”.

domingo, noviembre 08, 2009

Visitando el siglo XIX- (El universal/ Opinión 08/11/09)

Siglo lleno de contradicciones y debates. De la invención del país por sus élites letradas y económicas. Son los criollos, y luego las élites dominantes, con nuestra tentación decimonónica a la dictadura, quienes detentan el poder, inventando el concepto de nación. Su primera actividad consistió en legitimarse en ese poder ahondando en la diferencia: se estaba dispuesto a ser europeo, no español. El mismo discurso de Bolívar —y Sarmiento— de otras latitudes está inmerso en esta esquizofrenia.
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Nuestros patricios, por un lado, tienen que educar a esos bárbaros que son sus coterráneos. Por otro, los valores europeos son su única referencia. Inventar el país exigía negar la Colonia; operando una doble retorsión discursiva inauguraron el presente como su único tiempo posible. Un presente tan lábil y veloz que permitía inventar o reinventar al país en dos años. Santa Anna es una figura epigonal de este andar. Pudo ser centralista y federalista casi al mismo tiempo, amigo y enemigo. Y cuando el discurso dejaba de tener valor se recluía por meses en su hacienda de Veracruz esperando a que una nueva vuelta de tuerca lo regresara al poder, su única palabra verdadera.
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Si lo que caracteriza el paisaje americano es su exotismo y con el discurso apelo entonces a mi cultura para domeñarlo, yo americano retuerzo mi diferencia en un giro letal que alcanzará sus más altas expresiones con la ebullición romántica tan contradictoria de un Altamirano. Dando la espalda a España, los latinoamericanos —término galo— voltearon a Francia y construyeron el discurso de la identidad en vilo.
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En juego estaba nuevamente la hegemonía del discurso y su poder. La cultura dominante (la hispanidad colonial expulsada), los elementos marginales (indígenas y africanos), las importaciones de culturas nuevas (Inglaterra y Francia) y las identidades nacionales sufren un reacomodo. Había que empezar de cero. En ese reacomodo se jugó una de las cartas más importantes de nuestra historia, apostando por una cultura unitaria, marginalizadora. El ideal americanista de Bolívar en su Carta de Jamaica encierra la necesidad de aquel ideal nacional, instaurando uno de los mitos de la modernidad. No hay que perder de vista, sin embargo, lo que afirma Bolívar Echeverría, al pensar que la nación moderna saca su derecho a existir de la empresa estatal que una sociedad de propietarios privados pone en marcha en torno a un conjunto determinado de oportunidades monopólicas para la acumulación de capital.
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Y esto se hizo en toda América: la acumulación de capital simbólico y la detentación del poder que le va aparejada. El caso de Sarmiento y de Alberdi en Argentina es significativo: hablan de recolonizar al país, de ser los nuevos europeos de América. Durante el siglo XIX se buscó esa integración mediante la renominalización: la Hispanoamérica de Bolívar, la Latinoamérica de los sucesivos congresos del mismo nombre (1847, Lima; 1856 y 1864, Chile) y que fundó el arielismo de Rodó pero que le debe mucho a la política expansionista de Napoleón III, y a la Iberoamérica, la Panamérica y la Indoamérica que no alcanzaron estatus integrador como las otras.
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Podemos agrupar los diversos proyectos nacionales en tres grandes ejes: el proyecto de organización nacional (conservador oligárquico que pretende el mismo sistema colonial de prebendas sin la dependencia con la metrópoli); el liberal-criollo (contra el mestizaje y la barbarie); el tercero puede denominarse liberal-mestizo (el de Justo Sierra en México o el de Martí en Cuba).
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Ese tercer proyecto, sin embargo, no estaba sustentado en una burguesía orgánica por debajo de la oligarquía y pagó caro el costo de la industrialización, en la que apostaba su proyecto modernizador con capital extranjero. El origen de nuestras nacionalidades es una tensión que no ha podido ser superada porque se apostó por un proyecto urbano de élite y se marginó cualquier otro discurso. En el tránsito del romanticismo al positivismo se afianzan las tres preocupaciones fundamentales de Bolívar: la valoración del pasado, la cuestión de la identidad continental o el ideal americanista y la formación de los estados nacionales. Por ello, es necesario comprender cómo se articularon las formaciones sociales y económicas con las discursivas en el siglo XIX y la dislocación entre ideología y práctica social; porque se negaba la Colonia por ser un pasado ilegítimo como para fundar en él las raíces de la nacionalidad y lo que se estaba haciendo era, en realidad, descalificar el propio discurso fundacional.
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El conflicto cultural del XIX es producto de la tensión entre el proyecto de las élites enamoradas de la modernización y de la Europa industrial o de EU, y el proyecto de la vasta mayoría de los latinoamericanos —otras élites no hegemónicas y las clases populares—, que perdieron la batalla ante los mitos de la urbanización, la industrialización y la modernización que, contradictoriamente, basaba su economía en el latifundio, la exportación y la dependencia. Adolfo Castañón ha pintado a este tipo de sujeto social latinoamericano: “En cuanto americano, ejercería doblemente su tarea ilustradora y didáctica en la tierra insuficientemente conocida donde la liturgia católica apenas si recubría los rituales, vestigios de hieráticas y crueles teocracias. Aquellas tareas ilustradoras y didácticas eran misiones de las que él mismo se había hecho cargo, enriqueciéndolas de paso con cierto espíritu de fundación”.
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Esta paradoja nos marca desde el inicio, desde la Nueva España en la que indios y españoles apenas convivían, a la no lograda unificación borbónica, al sueño republicano liberal triunfante con Juárez —después de habernos jugado el territorio y la fe entre centralistas y federalistas, masones y católicos, siempre con el sueño monárquico rondándonos como una pesadilla—, en el que todos quisimos ser iguales bajo la ley sin que se rompieran los privilegios de las élites. Esas élites que el porfirismo —y la revolución institucional, si se quiere— nutrió y protegió con su manto. Una culpa que está en no habernos visto, en no habernos reconocido en la diversidad, no en la unidad.
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En el México actual, desigual y fracasado, que se jodió, no podemos darnos el lujo de dejar de pensar y de actuar. No de dedicarnos al show del bicentenario. Nuestra élites quieren desperdiciar una fecha para el debate convirtiéndola en espectáculo mediático: y el puro día 16 de septiembre de 2010 nos va a costar ¡60 millones de dólares!, que vendrán seguramente del ahorro de haber apagado la luz, a la fuerza…

sábado, noviembre 07, 2009

¿Que no ves que todos se están muriendo?-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 06/11/09)

Me hubiera gustado no ser agramatical (y es que lo correcto habría sido decir “todos están muriéndose”). De hecho, me hubiera gustado no ser histriónico, no parecer histérico, no violentar a mi mujer, no ponerme a gritar como un loco, no hacerlo, sobre todo, en la vía pública, no convertirme de súbito en un señor desquiciado que peroraba fatalidades a grito pelón, sobre una banqueta de 5 de Mayo. Pero ése –¡ay!– fui.
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Era un sábado de agenda repleta. A las dos debía asistir a San Ildefonso para entrevistar a un fotógrafo de imágenes sorprendentes que terminó por depararme una sorpresa adicional (y malhadada) al resultar no sólo imbécil sino de una impuntualidad francamente majadera. A las cuatro llegué, con una hora de retraso y un genio de los mil demonios, al restaurante Mercaderes, donde, por arrojarme a los brazos siempre amorosos de Eunice, cometí el dislate de no saludar a su ginecólogo, sentado por absurdo azar del destino en la mesa contigua. (A la fecha no me arrepiento: un hombre decente no es gentil con quien conoce las oquedades de su esposa acaso mejor que él mismo.) No comí: me atraganté un plato de cualquier cosa –y eso que la cocina del Mercaderes me gusta– mientras mi mujer, que a esas alturas había llegado ya al café en humillante soledad, escuchaba lo mejor que podía mis ansiosas incoherencias.
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Se nos hacía tarde. Teníamos que pasar a visitar a mi abuela, en convalescencia simultánea de una peritonitis subproducto de cálculos vesiculares y de una fractura de cadera, antes de que la mujer que conduce mi vida (y mi coche) me depositara en el hospital, donde mi programa era pasar la noche en vela junto a mi padre, a quien recién no sólo le había sido practicada una doble angioplastía sino que le había sido instalado un adminículo híbrido (¡es marcapasos!, ¡es desfibrilador!, ¡hoy-las-ciencias-adelantan-que-es-una-barbaridad-es-una-brutalidad-es-una-bestialidad!) para paliar su insuficiencia cardíaca (su corazón es made in China le digo, después de dos infartos y cuatro stents) y su concomitante hipertensión pulmonar. De ello, por supuesto –de ese cuadro triste y preocupante, a mi entender de entonces funesto, y no de la grosería del fotógrafo conmigo o de la mía con mi mujer, con su ginecólogo o con las enchiladas del Mercaderes–, derivaba mi casi inmanejable ansiedad.
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Pagamos la cuenta, salimos, pedimos el coche, todo mientras yo proseguía mi monólogo a un tiempo doliente e irritante, puntuado apenas por los vanos intentos de Eunice por calmarme. Fue entonces que proferí la frase incriminatoria –recordémosla en su melodramatismo galopante, en su pathos al agua, por así decirlo–: “¿Qué no ves que todos se están muriendo?”. (Si no me asaltara el pudor tipográfico yuxtapondría a las interrogaciones largas filas de admiraciones, ya sólo para sugerir mejor al lector lo desbordado de mi angustia… y de su formulación.) Ella, lógica, me recordó que no, que ni mi abuela ni mi padre se encontraban ya en trance de muerte, que por fortuna convalescían. Yo, patológico, le repliqué que no me refería a ellos sino a todos: ella, yo, el señor del valet parking, los transeúntes que me observaban con azoro, todos estábamos muriendo.
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Esa angustia de muerte –a propósito de ella pero, hipérbole mediante, también susceptible de provocarla–, me llevó al diván del psicoanalista, donde dos veces a la semana vierto mis cuitas, discuto sobre Octavio Paz y Albert Caraco (se trata, por fortuna, de un psicoanalista culto) y me esfuerzo porque mi formulación, estrictamente cierta, no me resulte tan agobiante. Enfrentado a problema más o menos idéntico aunque peor –el proceso de decadencia física y eventual muerte de sus padres–, Rafael Pérez Gay, mejor escritor y acaso mejor neurótico (todos los somos) que yo, se puso a escribir una novela, recién publicada por Planeta bajo el título de Nos acompañan los muertos. Como literatura es notable: catálogo de digresiones, de paseos, viene y va de la merma de quienes le dieron la vida a la de la ciudad que lo vio nacer, de las pesquisas históricas (¡cómo no!) a las psicológicas, todo mientras el whisky (single malt, claro) anega su garganta y sus penas y el agua –la muerte es una inundación de dolor– todo lo demás.
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Y como elaboración de duelo –a priori como a posteriori– es mejor: todos estamos muriendo; nos acompañan los muertos mientras morimos nosotros, muertos que acompañaremos a la siguiente generación.

Alda Merini (1931-2009)

Diario Milenio-Puebla (05/11/09)

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Llegué a conocer la poesía de Alda Merini a través de la psiquiatría. Más exactamente, a través de un ensayo que hablaba de algunas grandes personalidades destacadas en el arte italiano que habían caído en las garras de la locura y del manicomio, visto como una institución de la violencia.
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En el remoto 1978 se había traducido ya parte de la poesía de Alda Merini al castellano, y entonces me di cuenta que los viajes a través de la locura (recuérdese el caso de Mary Barnes, tan estudiado por David Cooper) pueden darse, percibirse y sentirse gracias al quehacer artístico. Mary Barnes, por ejemplo, descubrió que podía pintar cuadros magistrales utilizando sus propias heces fecales.
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El caso de Alda Merini es singular: desde muy joven supo, se dio cuenta y trató de salir de ese túnel, que algo en ella se movía por dentro y que la llevaba de la melancolía a una “distorsión de la realidad”. Entonces para tratar de no llegar a las profundidades del túnel, decidió estudiar piano y escribir poesía. Así, con el tiempo Alda Merini se convirtió en la poeta más importante de Italia. En 1974 estuvo internada en un hospital psiquiátrico.
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Nacida en Milán, Alda Merini escribió siempre sobre la marginación, sobre los desposeídos y los considerados “anormales”. Está por demás decir que hasta su muerte logró ser fiel a lo que verdaderamente creía. Una de sus últimas fotos la muestra con un grueso abrigo negro abierto y mostrando a la cámara sus pechos. Su mirada firme, como dos destellos de una rara inteligencia, de una extraña percepción de las cosas, del mundo.
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Quizá por eso me interesó en aquel momento la escritura de Alda Merini. La leí en las páginas de una revista que se editaba en Barcelona y luego (no creo en la casualidad) leí uno de sus poemas en una revista de especialidades médicas mientras esperaba la consulta de un neurólogo.
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Razón tuvo Dario Fo al proponerla al Premio Nobel de Literatura en 1996. En un escueto comunicado de prensa se informa recientemente que Alda Merini falleció el 1 de noviembre en un hospital de San Paolo de Milán. Entre sus obras destacan “La urraca ladrona”, “La otra verdad. Diario de una distinta”, “Delirio amoroso”, “El tormento de las figuras”, “Vacío de amor”, “Amores en torno a Titán”, “Sueño y Poesía”, “La loca de la puerta de al lado” y “Baladas no pagadas”. Fue galardonada con los premios Librex-Guggenheim Eugenio Montale, Vareggio y Procida-Elsa Morante, entre otros.

miércoles, noviembre 04, 2009

"Contra los no fumadores"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 04/11/09)

Tumbona ediciones, dentro de su colección Versus, presenta en el round número 7 a Richard Klein con el ensayo “Contra los no fumadores”, que en realidad es un fragmento de su libro “Cigarrettes are sublime” (Duke University Press, 1993) y ha sido definida como una historia cultural de los cigarrillos; traducida a 14 idiomas. La traducción de lo que Tumbona presenta corrió a cargo de Pablo Duarte.
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Richard Klein (USA., 11 de abril de 1941), es profesor de literatura francesa y de antropología en la Universidad de Stanford (California). Durante muchos años ha sido editor de “Diacritics”. Autor de la novela “Eat Fat”, está salpicada de una crítica especial sobre temas sociales más contemporáneos; también ha escrito “The Dawn of Human Culture”, “Jewelry Talks”, una novela de ficción acerca de la joyería en siglo XIX y principios del siglo XX.
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Esta pequeña convidada que Tumbona ofrece sus lectores es muy rica y atractiva. Contrario a lo que el lector pudiera pensar Klein nunca ataca al no fumador, lo que crítica es la postura de los gobiernos ante los fumadores y la pésima forma de combatir la adicción al tabaquismo. Entre tantas posturas que crítica y quizá la más interesante es esta campaña constante donde los gobiernos informan a través de un montón de campañas de salubridad de lo dañino que es el tabaco, sin embargo la gente sigue fumando. Klein explica que eso es lo que hace atractivo fumar: lo prohibido, el peligro de muerte; si fuera saludable, nadie fumaría.
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Klein argumenta que la vida diaria está llena de rutinas banales y que fumar viene a romper ese tipo de rutinas, además fumar es una forma de expresión y una postura ante la vida, y a estas alturas hasta una consigna política porque las campañas de antitabaquismo no lo combaten, más bien censuran al fumador en pro del “bienestar vital de la sociedad”. Entre otras cosas Klein deja ver que el fumar es algo así como un mal social necesario, pues define a la misma sociedad, es parte ya de la cultura, inclusive gente como Machado le ha escrito versos al cigarro.
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Y de cualquier manera, como dice aquél viejo dicho, el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. Este libro aporta y ofrece una perspectiva interesante y controversial a esta lucha que los gobiernos han emprendido contra el cigarro. Sin duda alguna, vale la pena que se acerquen a este libro.
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Dos invitaciones, dos
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Viernes 6 de noviembre: Conferencia Magistral del escritor Pedro Ángel Palou García: “Bienvenidos los bárbaros; el fin de la literatura”, 11:00 horas, en la Biblioteca Palafoxiana.
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Sábado 7 de noviembre: Segundo Panel de Escritores. Tema: Las generaciones y la literatura: coincidencias y diferencias. Participan: Alfredo Godínez Pérez, José Luis Prado, Rubén Darío Zeleny, José Luis Oviedo Rodríguez y César Pérez; 9:00 horas en la Casa del Escritor

martes, noviembre 03, 2009

Nótese el plural

Diario Milenio-México (03/11/09)
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De vez en cuando, pero con una puntualidad pasmosa, ciertos sectores de la crítica literaria mexicana se dan a la tarea de decretar, de nueva cuenta, la muerte de la escritura experimental. Eso, claro, cuando esos sectores de la crítica literaria amanecen de buenas y admiten, en un acto de augusta flexibilidad y bajo el sol que ilumina el sur de la Ciudad de México, que tal cosa, cualquiera cosa que el término escritura experimental designe, existe. Las vanguardias, conjeturan, tuvieron lugar a mediados del siglo XX y allá están bien. Además, para ser francos eso (cualquier cosa que eso sea) es asunto de la poesía y no del serio quehacer de la narrativa, cuya tarea es “contar”. Nostalgia retro. Juegos de decoración. Privilegio frívolo de la Forma sobre el Contenido. Pírrico triunfo del intelecto sobre la emoción. El Último que Verdaderamente lo hizo, si es que lo hizo (si es que eso puede ser hecho), argumentan en un afán casi comprensivo, fue Salvador Elizondo. Los textos de esos ciertos sectores de la crítica literaria mexicana en general tienen la apariencia de conminar a la muy alta práctica de la pureza artística o gramatical, pero en realidad no son más que llamados a la conformidad. Porque, dicho sea con todas las palabras juntas, ¿qué escritura que es, no es experimental?
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Habrá que empezar esta serie de párrafos recordando el nombre de nuestro gran experimentalista: Juan Rulfo. Anclada en el corazón mismo de la literatura moderna mexicana brilla esa novela publicada en 1953 que, entre otras cosas, descartó a la anécdota y a la verosimilitud como ejes rectores de una tarea que bien puede ser descrita con una diversidad de términos excepto con el verbo “contar”. Habrá que decir que, justo como lo recordara Jorge Aguilar Mora en un ensayo memorable, a Pedro Páramo la precede otro librito “raro” por fragmentario e híbrido: Cartucho de Nellie Campobello, y lo circundan (esto ya no lo dice Aguilar Mora, por cierto) los experimentos narrativos (clasificados de antemano como menores) de los Contemporáneos. Y, luego, ya entrados en gastos, habrá que recordar los juegos híbridos del lenguaje de Juan José Arreola y las novelas que publicó por allá de la década de los 70 Julieta Campos, desde El miedo de perder a Eurídice hasta Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, y la primera etapa narrativa de Héctor Manjarrez. ¿Y cómo se le podría denominar a ese temprano ejercicio entre la autobiografía y el balazo periodístico que llevó a cabo Silvia Molina en La mañana debe seguir gris? ¿Y dónde colocar sino en la veta de la búsqueda radical la última etapa de búsqueda del delicioso (porque además era de Delicias, Chihuahua) Jesús Gardea?
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Ahora el asunto de la Forma. ¿Hay alguien que escriba, que verdaderamente escriba quiero decir, dispuesto o dispuesta a admitir en público que no tiene trasiegos con La Forma? ¿A inicios del siglo XXI existe alguien que escriba, pero que verdaderamente escriba o quiera escribir, dispuesto a argumentar en público que en la escritura la Forma y el Contenido son cosas distintas? Porque una cosa es que ciertos sectores de la crítica literaria mexicana gusten de presentar una forma narrativa dominante (lineal o fragmentaria pero definida por la anécdota, por una relación representativa con el referente y, luego entonces, con la mimesis y la verosimilitud, y por una noción explicativa de las funciones del párrafo e incluso de la oración) como un constructo “natural” y otra muy distinta es que lo sea. Una cosa es, pues, que se le asigne al escritor la penosa tarea de repetir, cada vez con una perfección creciente (a eso se le denomina estilo), modelos aceptados (y bien reseñados en la prensa local), y otra muy distinta es que ese escritor o escritora se de a la tarea de lidiar crítica y lúdicamente con tradiciones plurales y contenciosas y concomitantes respecto a las cuales, o junto a las cuales, tendrá que tomar decisiones que por pertenecerle a la escritura le corresponden, luego entonces, a la vida (o, si el riesgo es grande, como debe de ser, a la muerte). Nótese el plural.
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Y viene el asunto, por supuesto, de la emoción. Pregunto: ¿Es el desconcierto una reacción emotiva? ¿La irritación? ¿La estupefacción? ¿El extravío? Me parece que cuando esos sectores de la crítica literaria acusan a textos experimentales de abdicar de la emoción, se refieren, en realidad, a las emociones de la identificación más comúnmente asociadas al melodrama. Puesto que las practico a diario no tengo nada personalmente en contra de ese tipo de emociones, pero admito que ésas sólo son unas cuantas en el espectro amplio, vastísimo de hecho, de conexiones íntimas que produce un texto. Que ciertos lectores quieran experimentar sólo ese tipo de emociones identificatorias una y otra vez, de manera cada vez más depurada (a eso se le llama estilo), no quiere decir, o no tiene que decir, que no sea legítimo o deseable que otros lectores busquen y produzcan otro tipo de emociones, llamémoslas desidentificatorias para mantener la simetría del argumento. ¿Será posible pensar que no todos los lectores van hacia el libro para enunciar el ¡eureka! proverbial del sí mismo y que existen aquellos deseosos de ver a otro desconocido en el espejo turbio y artificial de la página?
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Me intriga, por cierto, que no pocos críticos y, de hecho, algunos escritores se manifiesten a favor de estrategias de escritura que ocultan a la escritura. Tersa superficie, dicen. Que no se note la costura, dicen. ¡Tan real que parezca la vida misma! Me intriga, claro, porque usualmente lo que tenemos, lo ineludible, de hecho, es “la vida misma” y vamos (porque no creo ser la única ciertamente) hacia los libros no sé si por algo más allá o por algo más acá, pero sí en definitiva por otras cosas (nótese el plural).

lunes, noviembre 02, 2009

Aquiles calza Vuitton

Diario Milenio-México (02/11/09)
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Suertudos de siete suelas
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Hablemos, pues, de tenis. Es un tema de moda sobre el que casi todos sabemos algo. Recuerdo que en la prepa eran fundamentales, toda vez que pasados los quince años aún teníamos que vestir uniforme y la única diferencia se expresaba en los tenis. Yo atesoraba unos Adidas Stan Smith con los que me había hecho durante un viaje —nada fácil me fue convencer a mis padres de comprarme unos tenis de piel—, pero había compañeros que los tenían de todas las marcas y no paraban de estrenar modelos. Dado que allí estudiaban decenas de hijos de políticos encumbrados, no era raro que algunos midieran la fortuna de los padres por los tenis que calzaban los hijos. Que varios entre aquellos políticos fuesen públicos enemigos del dispendio y la desigualdad no parecía una contradicción, sino incluso al contrario. Uno daba por hecho que a los hijos de la Familia Revolucionaria les había hecho justicia la Revolución, y cuando iba a sus casas hallaba natural la proliferación de choferes, sirvientes y guaruras, tanto como la convivencia de los símbolos patrios con el fruto de un largo shopping planetario, allí donde inclusive los clavos y tornillos eran de rigurosa importación.
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Nunca tuve decenas de tenis importados, pero algo sé de marcas y calidades. Entiendo que es posible comprarse unos buenos Fila por 50 o 60 dólares, unos Ellesse de piel por 90 o 100, unos Le Coq Sportif a todo lujo por algo más de 150; no hace mucho vi en internet que los Adidas Porsche Design se dejaban llevar por doscientos. En tiendas mexicanas, unos tenis que aspiren a ser envidiables rara vez atraviesan la frontera de los tres mil pesos, y en tal caso no sirven para mejor deporte que la ostentación. La idea no es correr, como apantallar. Cuando, hace pocos días, en estas mismas páginas, supe de la existencia de unos tenis que rondaban los novecientos dólares, y que había quien principescamente los llevaba nada menos que en una marcha obradorista, el asombro se me hizo carcajada. Si esos tenis de verdad existían, tendrían que hacer juego con un Ferrari Spider de 300 mil dólares. ¿Cómo no rebelarse, pues, contra la carestía?
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Para ponerse agujeta
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A diferencia de sus mil doscientos amigos de Facebook, sé muy poco de Andrés Manuel López Beltrán. Hasta donde leí, es uno de esos juniors alivianados que sobrelleva con sentido del humor la popularidad de su padre. Nacido en 1986, contaba 14 años cuando aquél gobernaba ya la Ciudad de México; es seguro que ha vivido toreando los halagos, falsedades y envidias de una nutrida corte de amistades untuosas, que lo creen o lo saben adinerado y poderoso. “Deja que se te suba l’aguila y se te alborote la serpiente”, aconseja el amigo al hijo del presidente en Todas las familias felices, de Carlos Fuentes, y de sobra sabemos qué tantas desmesuras se cometen al amparo de una serpiente alborotada.
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Se dice que entre sus amigos online, a Andrés junior se le conoce por un apodo pícaro, dada su circunstancia: Popis. Muy joven para haber conocido la vetusta campaña publicitaria de El Taconazo, que decía ofrecer “los zapatos más popis a los precios más jipis”, el amigable Popis confesaba en su Facebook el gusto por cumplirse guilty pleasures. Así, en inglés, para que los placeres parezcan más culpables y por lo tanto más satisfactorios. ¿Qué puede hacer el hijo de un poderoso líder de la izquierda institucional e intransigente para cumplir no sólo con las expectativas de sus amigos ricos o trepadores, sino también con las de la familia, los socios de papi y, ouch, la opinión pública? Por lo visto, el buen Andy se lo tomó tan campechanamente como pudo. ¿O no es verdad que la buena vida sirve precisamente para conciliar los extremos opuestos y campechanearlos? ¿Pero cómo evitar que eventualmente la simple buena vida termine convertida en La Gran Vida y le dé por hacerse notar?
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Put yourself in my shoes!
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No es posible calzar descuidadamente unos tenis Vuitton de 12 mil pesos. Se está consciente de ellos como de un Maserati convertible, más allá del caudal que se posea. Vamos, que Paris Hilton estaría muy al tanto. ¿Cómo no lo iba a estar quien se entretiene hablando de guilty pleasures, asiste a un mitin de obreros desempleados y es vástago de un puritano a ultranza? Creer que el bueno de Andy llevaba puestos distraídamente los tenis más domingueros del mundo sería tanto como asumir que posee varios pares en su ajuar y la cochera llena de prototipos. Tiene que haber alguna dosis de humor negro en el gesto sardónico de ponerse precisamente esos tenis, Los Tenis, para esa ocasión, y acaso paladear el deleite secreto de solidarizarse con los supuestos pobres mediante una discreta cachetada a la pobreza. Imaginemos ahora el obvio comentario de algún amigo al tanto de la osadía: ¡Te la jalaste, Popis!
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Hasta hace poco tiempo, los detractores de Papá Tartufo insistían en preguntarse de qué vivían él y su familia, cuando probablemente la cuestión espinosa era cómo lo hacían. Una de esas verdades ocultas con las que uno de pronto se divierte jugando hasta ya mero revelarlas, por el puro deleite de arriesgarse a que se venga abajo la ficción. También hay quienes gozan en especial de echarse un rapidito en un parque público o recetarse un pase al pasar por las puertas de la Procu. Por que al final el inocente de Andy no inventó las mentiras. Nadie jamás lo ha visto arengar multitudes con ellas, ni barajar calumnias contra sus detractores para ubicarse entonces en sus antípodas. Andy Jr. no ha hecho más que atreverse a llevar la verdad en sus zapatos, toda vez que muy pocos la conocen como él. Tal vez nunca sabremos cuántos domingos le han costado sus tenis o, why not?, cuántos tenis compra con un domingo, pero ya consta que nadie como él sabe jugar a la honestidad valiente.