lunes, mayo 24, 2010

Más cornadas da el hombre (Diario Milenio/Opinión 24/05/10)

Cuando se hace la chica

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Por sí misma, la imagen proyecta una película de horror: el torero Julio Aparicio es levantado en vilo por el cuerno izquierdo del toro, que le entra por el cuello y sale por la boca, mientras su mano diestra sostiene aún el estoque por el mango. Es una de esas fotos que van doliendo más conforme uno se entrega a calcular el golpe que revienta la mandíbula, el paladar, los dientes, de manera que en las horas o días subsiguientes la adhesiva obsesión le acompaña del sueño a la vigilia, igual que un mal espíritu.

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Suelo esquivar la vista de imágenes taurinas, tal vez por la manía de ponerme no en el pellejo del torero, como en el del toro. Por eso hago excepciones con las cornadas: cada una un golazo del equipo más débil. Quienes aborrecemos la llamada fiesta brava, y hasta a veces nos cuesta distinguir a una plaza de toros de un rastro con gradas, encontramos a veces consuelo en ese hecho simbólico —la cornada que hace trizas los momios y pone al débil en fugaz ventaja— sin acaso advertir que al hacerlo compramos boleto para el festín que tanto despreciamos. ¿O es que no lo entendemos? Seguramente. Nada más la lectura de una de esas crónicas taurinas saturadas de cierta jerga pretenciosa y eufemística que a menudo es vecina de la cursilería, me produce un rechazo poco menos que orgánico. La idea de llamar querencia, por ejemplo, a la puerta de escape del martirio, sugiere una crueldad refinada y sardónica. Pero ahí está la foto del toro bautizado como Opíparo, zarandeando a Aparicio por la quijada. Insisto: se ha movido el marcador. Esas cosas no pasan en un rastro.

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En un sentido, la barbarie consiste en la incapacidad de verse dentro del pellejo ajeno. Uno se cree piadoso cuando intenta ponerse en el lugar del toro de lidia —toda una hazaña ñoña de la imaginación— cuando lo cierto es que difícilmente se ha movido del suyo: quién pudiera rascarse la mala conciencia. No digo, ni diré, que la afición a los festines sanguinarios me parezca una muestra de salud mental, pero al fin quién es uno para dictar parámetros al respecto. No es al fin tan difícil meterse en los zapatos del taurófilo, si ya se ha cultivado una pasión malsana y gratificante, como por suerte hay tantas disponibles.

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La opinión del filete

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Casi ninguno hemos estado en un rastro. Pocos, también, han visto a un toro de lidia en su medio, donde cuentan que vive como un príncipe. Si hacemos un zoom back de la plaza de toros donde el público vibra de emoción conforme la estocada destroza las entrañas del animalazo y movemos la cámara hasta un matadero, pasaremos sin duda del susto histriónico al horror histérico. Y si, entrados en morbo, seguimos el proceso de cría de los que nacen para morir a manos de un tablajero, puede que descubramos que Heinrich Himmler no vivió en vano. Gallinas inmovilizadas entre rejas estrechas, con el pico cortado, vírgenes y rehenes de su ovulación. Pollos que viven tres semanas menos porque sus criadores los revolucionan a fuerza de sobrealimentarlos con una dieta que incluye el excremento reciclado. Millones de millones de animales convertidos en cosas virtualmente invisibles e inaudibles: bultos móviles a los que hay que amarrar o encerrar y un día destripar, cada cosa al criterio libérrimo del dueño.

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Cierto es que nada de esto sale en primera plana, pero si al cabo va uno a horrorizarse por el dolor perpetuo que el ser humano inflige a incontables especies, la lista es suficientemente larga y nutrida para seguir plañendo por la suerte del único entre los masacrados que tiene cuando menos una oportunidad. El más vistoso, es cierto, porque a los que murieron en el rastro sin recibir un nombre ni salir en la tele nos los comemos con notable discreción. Para tranquilidad de todos, los paquetes de carne molida no mugen, ni nos miran, ni pudieron alguna vez defenderse. Sabemos cómo muere un animal de lidia, no qué tal vive el resto del ganado ni cómo se hace para castrar a un toro. Somos sensibles, pues. No nos hablen de sangre ni chillidos de puerco, que nos van a estropear los tacos al pastor.

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Conciencias en formol

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Alguien me dijo un día por qué, supuestamente, los narradores son mejores personas que los poetas: si éstos se centran en su intimidad, y así se vuelven díscolos e insensibles al dolor ajeno, aquéllos se condenan a ocupar los zapatos de sus personajes, lo cual los mimetiza con el prójimo. Una teoría simplista y prejuiciosa que sin embargo me apuré a celebrar, toda vez que me daba el bálsamo oportuno de mirarme al espejo como buena persona. Algo muy similar me sucede cuando hablo con un antitaurino: el colofón es la buena conciencia. Más todavía, tiendo a clasificar a las personas de acuerdo a su actitud hacia los animales, pero igual a esos tacos no les hago el feo. Y aún si los despreciara, ¿cómo me libraría de temerme algún día, más que vegetariano, vegeticida?

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Saberse miembro de una especie díscola y abusiva no es firmar compromiso con la barbarie, ni con la estupidez, pero al cabo el infierno en la tierra sólo es completamente concebible para quien tiene plumas, o escamas, o cuatro patas. ¿Qué, sino su hermetismo, es la característica más temible del infierno? ¿Quién lo defiende a uno de la alegre y perpetua sordera del verdugo? ¿Y qué decir de la perfecta indiferencia del mundo? Hoy día cualquier malnacido puede enjaular, mutilar, torturar y matar a su perro, o al que encuentre sin dueño que lo defienda. Para hacerse acreedor a una pequeña multa, tendría que presumir su bestialidad en YouTube, como han hecho otros locos peligrosos que deberían estar, ellos sí, enjaulados. Antes, pues, de siquiera asomarse a las discusiones bizantinas entre taurófilos y antitaurinos, habría que tratar temas como la hipocresía y la indolencia humanas, evidentes en la ausencia de leyes protectoras de la más básica dignidad animal. Discusiones aparte, mientras tanto, me considero miembro de una tribu de bárbaros. Peor todavía, bárbaros hipócritas. Con su permiso, voy a pasear al perro.

miércoles, mayo 19, 2010

Ideas para la ciudad-(Pedro Ángel PalouDiario El Columnista 18/05/10)

Después de la Expo-Shangai (y de los artículos que a la ciudad moderna dedicó El País Semanal) bien conviene hacer una pausa en la revisión de las propuestas estatales a la luz de las próximas elecciones en Puebla y enfocarnos a la ciudad capital y sus retos.
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Lo primero, el modelo de ciudad que queremos. ¿Existe alguno o hemos crecido anárquicamente a la sombra de la megalópolis? Las colonias del sur, hasta dónde llegarán un día, la zona conurbada con Cholula-Huejotzingo y ya incluso San Martín Texmelucan es un gran cinturón que podríamos llamar ciudad dormitorio, con grandes problemas de seguridad y de vida cotidiana. Hace tiempo pensamos que nuestro mal mayor –por incontrolable- se llamaba La Margarita, una ciudad de más de treinta y cinco mil habitantes. Hoy los conflictos se multiplican por la falta de planeación y reglamentación urbana. ¿Será posible detener el caos? El problema central de la ciudad dormitorio es que no está planeada para la vida entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche: no hay nada allí que lugares para pernoctar. Los niños regresan a barrios vacíos, sin servicios conexos, sin lugares de esparcimiento, sin una administración del ocio. En Medellín, Colombia. lo solucionaron con un proyecto novedoso: los parques biblioteca (cinco para una ciudad de ocho millones). Alrededor de esa figura de cultura, esparcimiento y convivencia giran grandes zonas de la ciudad antes perdidas. Una casa de cultura –y de oficios-, una biblioteca pública donde los niños y adolescentes pueden hacer la tarea, bien asesorados por profesores jubilados que reciben una gratificación, en lo que sus padres regresan a casa del trabajo. Los sábados y domingo se multiplican las actividades de convivencia y las deportivas que nutren el parque-cultural. No es necesario ir a la plaza comercial –donde se ve pero no se compra- para convivir con esa idea novedosa que retoma la idea de centro (aquí, por el tamaño, de muchos centros fuera del centro). Por eso hablaba de la necesidad de una secretaría de desarrollo humano, como central para el rediseño de las políticas públicas sociales, culturales y educativas.
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En ese mismo orden de ideas. Y si Puebla decide –como Londres- de plano ya no crecer fuera de un cinturón verde que puede crear por una decisión de cabildo e invertir en ello los recursos actuales para el futuro. ¿Suena posible? Yo si lo creo. Se necesita voluntad política. Puede haber pequeñas ciudades alrededor, cada una con sus propios planes de desarrollo (y los estatales para una zona metropolitana de respeto mutuo y desarrollo sustentable), pero ya con una firme idea. No crecer: mejorar lo que ya tenemos. Londres así lo ha decidido y ya tiene un millón menos de habitantes que hace cuarenta años. Nuestra periferia no puede seguir siendo ilimitada o nunca alcanzarán los recursos para hacer de esta una ciudad moderna, con verdadera recolección verde de basura, con proyectos de largo plazo. Un programa de rescate integral del Centro Histórico no puede ser de remozamiento (¡No otra vez!) sino de rescate de la vivienda y de la vida cotidiana en él. Repoblar el Centro Histórico con vivienda media debe ser una prioridad de corto plazo.
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Con decisiones así de radicales se puede pensar en una ciudad distinta, por ejemplo con sustitución paulatina de coches por bicicleta, con planes de cerrar calles los fines de semana para caminar, patinar, comprar, convivir. Con decisiones así podríamos revitalizar nuestra cultura y nuestro turismo. En 40 años el 70% de la población del mundo será urbana, según la ONU. Luego no habrá posibilidad de regreso al campo. Una ciudad verde es central si pensamos vivir sin morirnos de asfixia. Por ello otra decisión inaplazable es el control y la planeación del transporte urbano. Un metrobús, se ha dicho. Bien si viene con otros mecanismos que nutran, por ejemplo, los dos ejes –norte/sur, oriente/poniente en los que podrían iniciar los primeros ramales de tal proyecto (la 11 norte/sur y la 25 poniente/oriente, por ejemplo). Los colectivos son una plaga, los taxis crecen como hongos –aunque algunos sean hongos rosas-, otra vez en medio del caos y la corrupción por los permisos (definir la competencia municipal en la materia y sacar de aquí a la Secretaría estatal de Comunicaciones y transportes es central).
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Otro dato escalofriante: la mitad de la riqueza mundial se concentra en este momento en sólo 25 ciudades del mundo. ¿Cómo será el caso para México, con los 18 millones del DF y las otras dos grandes ciudades, Monterrey y Guadalajara? ¿En qué lugar queda Puebla en la riqueza del país? Me temo que ya no tenemos el mismo honroso lugar de la Colonia. Si es cierto lo que dicen los urbanistas, que el elemento constitutivo de la ciudad capitalista moderna es la desigualdad entonces el estado no puede abdicar de su papel regulador. Sólo así las oportunidades pueden equilibrarse. Contigüidad de la cultura –museos y libros, un buen Museo de la Ciudad y una buena Biblioteca Central, más las tres o cuatro parque-biblioteca que propongo-, contigüidad del deporte, no sólo por instalaciones sino por oferta de clases y de deportivos gratuitos o baratos en las zonas más desfavorecidas. Contigüidad de la limpieza y la seguridad para que Puebla no tenga focos rojos.
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Si la ciudad es por definición heterogénea –a ella llegan gentes de todo lugar-, hay que hacer de la diversidad su fortaleza central. La pregunta del antropólogo francés Marc Augé es crucial: ¿cómo conciliar la pertenencia a las redes globales y la vida local? Es decir, cómo no perderse en la modernidad, como conservar las señas de identidad en un mundo que cambia continuamente. Oportunidades –internet gratuito en esas bibliotecas y museos y Puebla como gran zona libre, wifi. ¡Qué adelanto sería!
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Lo que he venido diciendo con ideas concretas no es sino el intento por primera vez en la ciudad de Puebla de vincular las políticas económicas a las políticas urbanas y sociales. Lucha contra los guetos –de los pobres y de los ricos con sus villas aisladas por bardas, policias, asépticas- es central en una ciudad que se humaniza día a día, que no se urbanaliza, sino se urbaniza.
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Porque la pregunta es si seguimos creciendo –insisto- o si nos rehacemos ya, con decisiones fuertes, finales. No crecer, insisto, más allá de un cordón verde definido y delimitado (y sembrado y cuidado). Rehacernos dentro. Invitar al negocio inmobiliario privado en una ciudad que puede tener muchísimas plusvalías: la belleza, ser Patrimonio de la Humanidad, la escala humana, pero que también ofrece seguridad, sustentabilidad, que ha decidido ser una ciudad verde de a de veras, con rehabilitación de las mejores zonas de Puebla y su democratización vía la vivienda media y la educación.
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Pero no nos quedemos allí: urge que esta Puebla del futuro próximo sea una ciudad con varios centros (pienso al menos en cuatro, como ya he dicho), planeados, re-generados, reintegrados y que giren en torno a estos parques-biblioteca-deportivos que he definido arriba.
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Podemos vivir en esa ciudad pronto, lo que urge es voluntad política.

Días endemoniados (Diario Milenio/Opinión 18/05/10)

No exagero si digo que he vivido días muy extraños. Un reporte objetivo revelaría que estuve, en efecto, en San Juan, esa ciudad que es mi segunda ciudad, la más parecida a Tijuana en el mundo, la más dueña mía. Y caminé por ahí y miré hacia el cielo y, de conformidad a las expectativas, alcancé a conversar. Los amigos, poseídos por novísimas lecturas y más novísimas experiencias, no dejaron de recomendar libros de poesía ni de discurrir, con asombro y rabia y orgullo, sobre la huelga universitaria que, incluso en estos días, se vale entre otras cosas de las nuevas plataformas de la tecnología para enfrentar la intransigencia del poder. Toda una isla.
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El informe tendría que manifestar en ese lenguaje escueto y aparentemente objetivo de los comunicados oficiales que, en efecto, regresé a mi estación fronteriza por aproximadamente 6 horas antes de volver a partir, de madrugada y café con cardamomo en mano y sin haber abierto la maleta, hacia el aeropuerto donde, según el plan original, se iniciaría el periplo que me llevaría primero a New York y, luego, un poco más tarde apenas, cuestión de unas cuantas horas, a Barcelona. El avión, el primero, partió con tres horas de retraso. Y eso fue sólo una probadita de lo que vendría. Por si hicieran falta señales más ominosas compré The Possessed. Adventures with Russian Books and the People Who Read Them, en una de las librerías del aeropuerto nada más porque recordé que una colega se lo había recomendado a una poeta admirada no hacía mucho en una cena entrañable. Las historias que a bien tiene reunir Elif Batuman me hicieron olvidar que estaba tirada sobre la alfombra de un aeropuerto, oyendo de cuando en cuando el número creciente de horas que tardaría en llegar el siguiente vuelo. Con la espalda sobre el suelo y pluma en mano entré una vez más en un mundo que conozco bien porque de ahí salí hace ya muchos años: el mundo de Tolstoi, sobre todo; el mundo también, ineludiblemente, de Fyodor. Y nótese que a uno me le acerco, cariacontecida y obnubilada, a través del apellido y al otro, como si no hubiera necesidad de otra cosa, por el nombre. El mundo de los estudios de posgrado en las universidades gringas. El mundo de conferencias y maletas perdidas y vuelos pospuestos. Los poseídos, en efecto. O Los endemoniados, en su defecto.
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Fue hasta pasada la media noche que me enteré de la cancelación del vuelo. Me dolía la espalda para entonces y un súbito ardor en las anginas me hizo temer el regreso de la enfermedad que me tuvo atada a la fiebre por tantos muchos tristes días de abril. Tomé el teléfono y pedí consejo: ¿Me regreso a casa o le sigo?, pregunté, escueta, tratando de emular los 140s del twitter en mi conversación. ¿Cuál casa?, oí por el auricular. Justo entonces me di cuenta de que una lenta, amorosa, bella pareja de catalanes solicitaba con esa típica desesperación de la edad adulta un traductor y fue así como me aproximé, intentando llevar a cabo mi buena obra del día. Les traduje y me traduje entonces que nos quedábamos un día más en New York y que, luego, volábamos todos a Londres. Si nos iba bien, llegaríamos a Barcelona en dos días. ¿Cuál casa?, me repetí y fui por mi maleta. No la había abierto, recordé en ese momento, mientras visualizaba los vestidos que habrían estado bien para el trópico pero eran poco aptos para el lugar de mi destino.
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Es posible hacer muchas cosas en 24 horas en New York, ni qué decir. Esto lo cubriría de manera por demás eficaz el informe de los hechos. Y todos llevamos dentro, eso espero, o eso desearía, un clásico ruso en el mismísimo corazón de lo que, entrados en gastos, podríamos denominar ahora mismo, con la mayúscula del caso, El Adentro. Recordé, pues, bajo esa luz primorosa y sobre sus calles, al maestro aquél del preparatorio que, como ya lo he contado antes, a bien tuvo demandar la lectura completa de Ana Karenina y Crimen y Castigo, las dos juntas, para uno de los bimestres de primavera. Lo que es la ilusión. A las 9 de la noche del siguiente día anunciaban ya que el vuelo, una vez más, iba retrasado. Elif Batuman andaba en Samarkand aprendiendo algo de Uzbek, una lengua que, según una de sus profesoras, tenía unas cien palabras distintas para expresar el llanto, a saber: la que describe el estado en que uno quiere llorar pero no puede hacerlo, la que apunta a lo que causa el llanto, la que emula un llanto sonoro como los truenos entre las nubes, la que describe el llanto que se expresa a sollozos, la que contiene el llanto interno o secreto, la del llorar incesante y en voz alta, la que coloca en el mismo plano el llanto y el hipo, y la que describe el llanto mientras se pronuncia el sonido hey hey. ¿Cuál casa?, me repetía yo, quien, de súbito, había resultado buenísima para el Uzbek.
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Salimos nuevamente con un par de horas de retraso, eso es cierto, el informe así lo revelaría. Tanto la pareja de amorosos catalanes como los otros refugiados de los aeropuertos perdimos, como era de esperarse, nuestra última conexión. Puedo atestiguar que de algo sirve haber memorizado el pasaje sobre el Uzbek antiguo cuando se trata de platicar con un grupo de desamparados viajeros cariacontecidos. En corto: pudimos tomar un vuelo más tarde. Demasiado tarde. Fue cosa de despedimos en el Prat para comprobar que llorar, les decía, sigue siendo una palabra muy vasta. Todos llevamos, en efecto, un clásico ruso en El Adentro.
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Tranquila ya, porque lo sabía todo perdido, abordé el taxi que me esperaba en el aeropuerto. Atravesamos las calles con gran lentitud gracias al tráfico. La luz sobre la cara exterior de las hojas. La sensación de que iba a llover o de que acababa de llover. Elif empezaba, por entonces, a desbrozar el mundo de Nikolai Stavrogin. A algo iba yo con todo esto. Los endemoniados. La gente se dedica, en efecto, a cosas extrañas. Y se dedica a esas cosas extrañas, además, con extraña determinación. Por eso pasa lo que acontece, supongo. Por eso, después del periplo más largo, después de cancelaciones y retrasos de vuelos, después de las esperas más largas, llegué a tiempo. Justo a tiempo. Para no exagerar y en honor a la verdad: llegué unos 15 o 25 segundos antes de tiempo.

lunes, mayo 17, 2010

Unidos por la Historia - Episodio 8 "Nuestro Lugar en el Mundo" (5/5)

Unidos por la Historia - Episodio 8 "Nuestro Lugar en el Mundo" (4/5)

Unidos por la Historia - Episodio 8 "Nuestro Lugar en el Mundo" (3/5)

Unidos por la Historia - Episodio 8 "Nuestro Lugar en el Mundo" (2/5)

Unidos por la Historia - Episodio 8 "Nuestro Lugar en el Mundo" (1/5)

Si samba matara fatwa…(Diario Milenio/Opinión 17/05/10)

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Salud por esa sharia
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Debería decir que escribo estas palabras con el alma en un hilo, pero lo cierto es que me estoy riendo. No es una risa sana, constructiva o responsable, pero en este renglón nadie se manda solo. Me explico: al momento de escribir estas líneas, la noticia es que el mundo está en vilo porque Lula da Silva se reúne con su colega Mahmoud Ahmadineyad para intentar hacerlo entrar en razón sobre el tema espinoso de las instalaciones nucleares, y yo tengo una duda: ¿se puede estar en vilo de la risa? Así está, cuando menos, Diogo Mainardi —columnista incendiario, tal vez el más leído en tierras brasileñas—, quien al respecto opina que “si Brasil fuese Inglaterra, Lula ya estaría consagrado como nuestro Chamberlain”. Y como no se puede hablar de Chamberlain sin referirse al Sátrapa de Linz, que el ingenuazo inglés creía un caballero, Mainardi nos recuerda tres de las medallitas que han hecho del palurdo jerifalte iraní el rock star de los neonazis: “Como Hitler, mata a sus opositores. Como Hitler, persigue a las minorías. Como Hitler, tiene un plan para eliminar a todos los judíos.”
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Fue justamente Diogo Mainardi quien por primera vez ventiló el romance entre Luiz Inácio da Silva y la cachaça, para escándalo de sus partidarios cercanos y regocijo de una mayoría que lo prefiere así, defectuoso, folklórico y afecto al aguardiente. Pues para asombro de propios y extraños, Lula ha sobrevivido a sucesivos escándalos políticos aferrado a su imagen de hombre sencillo y débil, cordero entre los lobos que cuando llega la hora de dar explicaciones comienza recordando a los televidentes que su madre era analfabeta, y un minuto después ya está lloriqueando. Nada muy diferente de lo que hacen los niños y los borrachos cuando son sorprendidos in fraganti, aún si la evidencia los condena y ya no cabe el cuento de que su inocencia o su mal estado los predisponen a decir verdad. Cuando Lula tuvo el colmillo de llamarse “padre de todos los brasileños”, debió de calcular que al fin a un padre todo se le perdona.
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Os Picaretas

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Cuesta trabajo imaginar un pedazo del diálogo entre Luis Inácio y Mahmoud sin recurrir al algún sarcasmo de ocasión, pero es un hecho que el pernambucano más popular del mundo tiende a llevarse bien con los déspotas. Castrista, chavista, orteguista, ahmadineyadista, y al propio tiempo socio de la democracia, dista Lula de ser un buen prospecto para comprarle un carro usado, pero el hecho es que medio mundo quiere ser su cliente. Importa poco incluso que sus colaboradores más cercanos hayan sido atrapados en estafas y tramas siniestras que el presidente no podía ignorar, como ésa que asignaba un sobresueldo de doce mil dólares mensuales —el famoso Mensalão— a los diputados opositores que votaran por las iniciativas presidenciales. Ciertamente los editores de la revista Time no se han gastado el tiempo en averiguaciones antes de proponer al amigo y mentor de los autoritarios como el hombre más influyente del mundo.
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Como su amigo el beato iraní, Lula está lejos de mandarse solo. Si por él y los suyos fuera, tendrían a los medios controlados por las leyes mordaza que sus opositores echaron abajo. Detrás de sus políticas liberales —ésas que sus amigos bolivariables satanizan por dogma— no está un hombre pragmático y progresista, sino una camarilla donde asoman cabezas de viejos enemigos como José Sarney y Fernando Collor de Mello, todos aliados hoy en un negocio con buena fachada. Una empresa rampante bendecida por la fama intachable de un personaje inmune a todas las tormentas, entre ellas las que él mismo desata o alimenta. Cuentan, quienes han departido con él, que Lula es un sujeto franco y simpático. Sólo que si en efecto al inquilino del Palacio de Planalto le gusta contar chistes, brindar y prodigar palabrotas, habrá que ver la clase de franqueza que le va a ofrecer al fan número uno de Jomeini y Jamenei. ¿Será que va a llorarle, o va a llegar bien persa, en honor suyo?
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El beato y el sibarita

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Se cuenta entre los clásicos instantáneos el performance neoyorquino del Paleto de Aradán en la Universidad de Columbia. No hay más que verlo en YouTube: interrogado sobre la ejecución de homosexuales en su país, el hombrecillo acaba preguntándose quién les ha dicho que existe en Irán un fenómeno como la homosexualidad, entre los abucheos y carcajadas generales. Una teoría no muy distante de la de su amigazo Evo Morales, para quien todo aquél que come pollos es un devorador de pollas potencial. Imaginemos, pues, el tremendo espectáculo que podrían armar tamaños histriones ante un público afecto a la comedia. Decir Mahmoud y Lula sería como hablar de Oliver y Stan o Abbot y Costello o Viruta y Capulina, casi siempre el juicioso antes que el mequetrefe, toda vez que la ligereza de éste nos hará carcajear a costillas de la tiesura de aquél. De cumplir cabalmente con su parte, el Pícaro de Pernambuco tendría que convencer a su ilustre mas no ilustrado anfitrión de aflojar ese esfínter apretado que de cualquier manera ni quién aceche, pero dudo que fuera bastante para que don Mahmoud nos aclarara si al decir que una cosa “no existe” lo que quiere implicar es que está enterrada.
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No es de extrañar que Lula —en esencia, un sobreviviente— sea querido y admirado por tantos en su gremio, especialmente esos mandones belicosos con los que tanto gusta de congeniar, y cuyas impecables intenciones avala con la misma facilidad que les concede credenciales democráticas. Al final, nadie queda sino él para entenderse con los tiranuelos, aunque ese privilegio de interlocutor no esté a disposición de los disidentes y presos políticos cubanos, por ejemplo: todos inexistentes a los oídos sordos del amigo juerguista del beato Mahmoud. Chamberlain, pues, Tartufo o Capulina, no oculta Lula sus afinidades, ni las ventajas que éstas reportan a su pandilla de ayatolas bolivarianos. Si de camino a alguna de sus citas en Teherán, Lula se topa con un ajusticiado inexistente colgando de una grúa, a media calle, lo probable es que atine a rascarse la cabeza y hacer cara de menso, como sus clásicos. Corresponde a Mahmoud darle un zape y volverlo a la realidad: “Ya no alucines, Lula, que aquí tampoco existen los drogadictos”.

viernes, mayo 14, 2010

Taller de Poesía y Edición por Miguel Maldonado

Inicio: 1º de Junio

Martes de 5 a 7. Tres meses.

Gratuito.

Requisitos: Entregar hoja de vida y poemas en la Casa del Escritor.

5 Oriente No. 201. Col Centro. Puebla.

Tel: 2 46 33 29

Nuestra Señora, la Opinión (palabras del aforista).-Pedro Ángel Palou (Revista Poder y Negocios 03/05/10)

“En el principio era la prensa y después apareció el mundo”. —Karl Kraus
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1. Los filósofos solían partir de la evidencia, que hoy se ha refugiado entre los unicornios. Sólo nos resta la opinión, ubicua.
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2. La opinión adopta cualquier sentido, niega incluso las tesis que presenta, engulle el pensamiento.
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3. Karl Kraus lo supo muy pronto, lo dijo en su Diario sobre los Diarios (Die Fackel, 1899-1936) cuando teorizó sobre lo parásito de lo parasitario.
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4. El órgano por excelencia de la opinión, la prensa.
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5. La opinión descansa sobre el lugar común y la frase hecha. Es el refugio de los bienpensantes.
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6. Kraus, de nuevo, en su polémica contra Maximilian Harden: “Harden, que mide el periodismo con una ética relativa quiere mejorar la prensa. Yo quiero empeorarla, quiero poner trabas a sus infames intenciones, socavada de pretensiones espirituales, y considero más peligrosa a la prensa estilísticamente mejor”.
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7. El mundo, su materia, es idea platónica emanada de la prensa. Las ideas salen sólo de los periodistas. El director del periódico es el único demiurgo del siglo XXI.
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8. Kraus dixit: “¿La prensa es un mensajero? No: es el acontecimiento. ¿Palabras? No: la vida. Porque no sólo tiene la pretensión de que los verdaderos acontecimientos sean sus noticias sobre los acontecimientos”.
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9. A los animales no les interesa la ecología.
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10. Una opinión vale igual que cualquier otra, es intercambiable. La opinión es la mercancía última de la sociedad del espectáculo.
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11. “El progreso hace jamón de la piel humana”.
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12. La prensa la convierte en tocino ahumado.
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13. El escritor no puede ser opinólogo. Escritor es quien crea un camino metafísico para el pensamiento. Un miasma. La opinión es contagiosa. Es un virus que requiere de la infección inmediata. La opinión, si funciona, es una pandemia.
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14. La opinión destroza los matices del lenguaje, tiene la forma de un continuo.
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15. El lenguaje no es sino la cobertura de la opinión. Su coartada ideológica.
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16. De gustibus non disputandum, en gustos se rompen géneros, ese el código filosófico de la opinión, lo que lo justifica.
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17. Hay que romper ese código, destrozarlo. En el mundo de la información, llenar de complejidad la aparente facilidad con la que se explican todas las cosas. El opinólogo no sólo explica, simplifica. Idiotiza.
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18. Hay que poner toda esta época entre comillas.
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19. Parménides habla de la diosa Diké: “Es preciso que lo aprendas todo, tanto aquello en que el corazón no tiembla en la bella esfera de la verdad, como en la opinión de los mortales, en que no hay auténtica certeza. Pero también deberás estudiar cómo las apariencias han de afirmarse gloriosamente pasando por todo y a través de todo.
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20. Aletheia y Doxa. Ser y parecer. Opinión y apariencia.
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21. En Gorgias se dio la ruptura entre opinión y apariencia. “Al ser, por inmanifiesto, no le corresponde el aparecer. Al aparecer, por inane no le corresponde el ser”, escribe en su Fragmento 26.
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22. La opinión fue discurso sobre las apariencias y ahora es discurso de la apariencia. Aparente. Doxa, (opinión, presentada por Parménides) contra aletheia, verdad. ¿Dónde ha quedado hoy la verdad? Las palabras, en cualquier caso son insuficientes. Es el evento, en toda su magnitud, y el trauma de su presencia en nuestras vidas, un significante que deriva. Somos hijos de esa significación imposible, de ese devenir sin sentido que es la vida.

Aspiraciones-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 14/05/10)

Dos fueron los felices descubrimientos que hice aquella tarde. Uno, que la trompeta podía tocarse también con la ayuda de un artefacto llamado sordina, especie de festivo sombrerito que tenía la feliz facultad de desatar en su portadora un pequeño paroxismo de asfixia temporal, traducible en nasal deliquio melódico. Otro, que ante mí se erigía no sólo una de las mujeres más hermosas que hubiera visto jamás -dueña, además, de una voz privilegiada, mitad tormenta, mitad satín- sino una que me era imposible clasificar en categoría racial alguna. Su rostro era raro -la frente despejada, los ojos almendrados (de india), la nariz finísima (de blanca), los labios carnosísimos (de negra), la piel de oro- y esa rareza lo hacía hipnótico. Cierto: el cuerpo, fino y espigado, enfundado en un vestido de un albor contrastante y casi enceguecedor, contribuía a la seductora impresión general. Cierto, que me cantara -porque, estaba seguro, era a mí que se dirigía- que era yo su azúcar, y que sólo tenía que rozar su taza, y que la endulzaba al removerla, se erigía en iniciación erótica acaso inconsciente. Y, cierto, la sordina aportaba lo suyo con los estallidos ahogados que hacía bramar a la trompeta. Pero lo verdaderamente importante era el rostro, exótica ensoñación.
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En la narración del documental -That’s Entertainment, homenaje a los años de gloria del musical de la Metro-, Elizabeth Taylor manifestaba su envidia ante aquella voz de lija y terciopelo e identificaba a su dueña con el nombre de Lena Horne. En mi esfuerzo por retener el nombre ni siquiera reparé en el que más tarde habría de identificar como su gesto característico: una tendencia a coronar cada final de canción no sólo con una sonrisa amplísima y satisfecha sino con un par de contracciones de la delicada naricita, sucesión de aspiraciones inexplicables para mí, que entonces sólo aspiraba a regodearme en su belleza e ignoraba a qué podía aspirar ella, que todo lo tenía, incluida mi atención monomaniaca.
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Con los años supe más de esa Miss Horne cuyo apellido era -qué casualidad- trompeta (horn), con la e a guisa de permanente y azorada sordina. Que era, en efecto, negra, blanca e india, pues ambas ramas de su linaje parental tenían raíces ancladas en África como en Europa y en la América indígena. Y que había sido corista en el mítico Cotton Club y vocalista con orquestas de medio pelo, con una de las cuales cantaba en Los Ángeles en ese 1941 de su descubrimiento por parte de Louis B. Mayer, mandamás de la MGM.
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Como yo, Mayer quedó prendado de Lena Horne. Como yo, no supo bien a bien identificarla con un tipo étnico determinado. A diferencia de mí, sin embargo, eso le significaba un problema aunque, pensaría entonces, también una solución. Nunca hasta entonces una gran productora hollywoodense se había permitido el lujo liberal de ofrecer un contrato estelar a una negra, lo que presagiaba dificultades de exhibición en un sur estadounidense todavía orondamente racista. Mayer tuvo una idea deshonesta: ¿por qué no presentarla al gran público como mexicana o egipcia? (La piel clara y los rasgos multiétnicos de Horne habrían sido buenos cómplices de la treta). Sólo que la debutante, orgullosa de su origen pero sobre todo orgullosa a secas, se negó al engaño y, milagro de la belleza, Mayer cedió. El resultado fue una carrera integrada por apariciones fugaces en muchas películas, a las que concurría como estrella invitada en aras de filmar una o dos secuencias exclusivamente musicales, narrativamente prescindibles y por tanto eliminadas para la exhibición en cualquier territorio lastrado por la polarización racial. Perdió el papel de Julie -la mujer derrotada por el ápice imperceptible pero certero de sangre negra que corre por sus venas- en el musical Show Boat cuando el estudio determinó que el público no aceptaría a una verdadera negra en el rol. Digna, dejó entonces el cine para embarcarse en una carrera de conciertos marcada por el orgullo racial, por la negativa a cantar en escenarios militares donde los prisioneros de guerra ocupaban mejores asientos que los negros o en hoteles donde no se le permitía alojarse en virtud de su color.
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Hoy que ha muerto -el pasado domingo, a los 93 años- y que homenajeo su hermosura pero también su integridad, recuerdo aquellas aspiraciones. Y me queda claro que eran voluntarias y que la ayudaron a elevarse por encima del odio, en las alas de la belleza pero también de la verdad.

miércoles, mayo 12, 2010

"A Salud-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 12/05/10)

Disculpe, lector, la poesía sentimentalista. Espero sea de su agrado.

Cuando te moriste sin aviso,
el miedo y el vacío me cubrieron,
ver tu cuerpo inamovible, inerte
se convirtió en la espada
que hasta la fecha luce en mis entrañas.

Los familiares lloraban y nadie
se explicaba la ausencia de mi llanto,
que apareció cuando un ejército
disparó sin discreción, a quemarropa
una ráfaga de pésames y anunciaban
paraísos y el famoso lugar ante Dios.
¿A quién se referían?

Si hay un más allá en esta vida,
te habrás percatado que con tu muerte,
se fue parte de mi esencia, de mi vida.
De unos años para acá, camino
arrastrando traumas, cadenas y reclamos
sanguíneos. La dignidad y la libertad
es algo que perdí con tu muerte.

Lo que ves es lo que resta,
soy individuo en busca de una voz
que ante tus ojos empezaba a nacer
y aún no termina de hacerlo.
Algunos han dicho que es de poeta,
otros la ven filosófica,
unos más dicen que política.
La cabra y el vino,
voces que bien conoces,
buscan que mi voz construya parlamentos
a los que controlan el oro.

Después de tu muerte, el vacío y el miedo,
no había vuelto a aparecer,
hasta que el vuelo de una colorida mariposa
se poso en mi vida.
La dignidad, la libertad quieren renacer,
para emprender el vuelo, al lado
de la colorida mariposa, pero
he olvidado cómo eran cuando vivías

martes, mayo 11, 2010

¿No es sólo la economía, estúpido?- (Diario El Columnista 11/05/10)

Desde hace unas semanas he venido analizando a los candidatos y a las campañas sin ánimo de perturbar, sino en el de abrir el debate a las ideas. Porque son ideas –luego convertidas en acción política- lo que los ciudadanos buscamos antes de ir a las urnas. ¿No entenderán los asesores de los aspirantes a gobernarnos que ya nadie cree en promesas? Calles pavimentadas, por ejemplo. ¿Cuántas faltan? ¿Alcanzará el dinero de los ciudadanos para que nuestros gobernantes sigan siendo malos albañiles? A las promesas ahora las arropan (me encanta ese verbo típicamente priísta) con la suscripción de compromisos: por la economía, por el abatimiento de la pobreza, por la calidad de la educación, y un sinfín de etcéteras. Y siguen creyendo que tomarse la foto con unos cuantos notables del ramo –empresarial, sobre todo- va a traerles votos. Ahora valdría cambiar la vieja frase del sistema: El que sale en la foto no hará nada por Puebla.

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Estoy seguro que los candidatos y sus equipos de campaña –tan costosos, tan enormes, tantas veces tan inútiles- tienen en sus diagnósticos del estado muy claras las prioridades de los votantes: seguridad, empleo, educación. En ese orden, si no me equivoco. ¿Cuánto de eso que los votantes anhela está en el verdadero margen de maniobra de un gobernador, ya no digamos de un presidente municipal o un diputado local –pocos ciudadanos saben qué demonios hace un diputado y le piden, por ejemplo, agua potable, no leyes? En el DF, por ejemplo, no hay otro eslogan desde hace tiempo en una campaña que el que tenga que ver con el combate a la inseguridad (¡O cumplo, o renuncio!, decían los pendones de un candidato delegacional, como si no fuese ese mandato por el que se jura al tomar posesión de cualquier cargo, como si dijera: ¡En este país de ineptos nadie funciona pero todos cobran! Rafael Ruiz Harrel lo resumió en una frase: exaltación de ineptitudes.). Y sin embargo vivimos presas del miedo, secuestrados por una minoría armada (del lado del poder y del lado del crimen organizado) que según cálculos no supera los ciento cincuenta mil sicarios. ¡En un país de cien millones! ¿Se puede amurallar, cercar a Puebla para que no la contamine la guerra contra el narcotrafico, el secuestro express, el robo habitacional?

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Por otro lado el empleo y la educación requieren planes serios de atracción de inversión extranjera. No vale sólo decir que se crearán veinticinco mil empleos o que tendremos un PIB superior a la media nacional. Vale decir, primero, cuántos empleos se necesitan en Puebla, cómo se los conseguirá en seis años, con qué estrategias (la media del PIB es de por sí ridícula, hoy un mexicano gana la mitad que un brasileño). La riqueza del estado no viene por decreto ni por buenas intenciones. Se necesita una estrategia integral que no hemos escuchado aún y que no tiene que ver con los empresarios que ya hay en Puebla y que no tienen tampoco la holgura para hacernos crecer. Las universidades y los tecnológicos tienen que trabajar cercanamente a los empresarios locales y quienes puedan invertir en Puebla porque nos falta mano de obra calificada, desarrollo y transferencia tecnológica y la formación de científicos, investigadores, ingenieros especializados que nutran esas plantas posibles. Hace tiempo con mi amigo, el entonces embajador de Francia en México, Phillipe Fauré –formado en la élite europea, antiguo director mundial de una empresa de seguros, hermano del CEO de Renault-Nissan-, intentamos que el entonces secretario de desarrollo económico presentara Puebla a la posible inversión extranjera (se trataba de cuarenta empresarios y gerentes mundiales que cenarían en la Embajada de Francia en el Distrito Federal). El asunto se limitó, de verdad, a la presentación de un penoso video de Puebla que recordaba a esos clips antiguos de Demetrio Balbitúa que nos soplábamos en las salas de cine en los años setenta). Huelga decir que el resultado fue nulo. La promoción económica no puede hacerse como si se quisiera atraer a un turista a dormir dos noches en nuestra ciudad, ¡por favor!

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Philippe Fauré me dijo entonces: “El problema con ustedes es, muchas veces, su complejo de inferioridad”. No necesito agregar nada.

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Me pregunto, entonces, de qué forma recomponemos a una Puebla que se ha ido pauperizando, que ha dejado de tener liderazgo alguno –ni en lo político, ni en lo intelectual o artístico, ni en lo económico. No se hace, ya lo dije, sino con inteligencia, la que parece ausente por completo. Estoy seguro que si un candidato –cualquiera- dejara de preocuparse por el rival y se concentrara y ocupara por juntar ideas, voluntades, posibilidades de acción y las compartiera decididamente ganaría aplastantemente. ¡No se necesita un debate para eso, que será descalificatorio, ya lo estoy viendo!

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Hace tiempo que me queda claro que la patria –la nación- es fálica, patriarcal, es la Ley del No, los Nombres del Padre Lacanianos. El estado –la matria- es un superego materno irracional que no sabe ni atina a comportarse con una verdadera lógica matriarcal. Para decirlo sin sicologismos: Puebla no sabe ser frente a la República, perdió su lugar entre los “hijos bastardos” del federalismo hipócrita que es México. Lo que ocurrió aquí con nuestro malhumorado e inepto presidente el 5 de mayo es una muestra fehaciente de la falta de respeto, es cierto, pero también de nuestra incapacidad de ser independientes, de protestar, de construir nuestras vidas de manera seria y autónoma. Lo he dicho varias veces: la poblanidad como tal es una inmadurez, una eterna adolescencia que se refugia en el pasado –la casa materna- para evitar la ley del Padre, el presente de trabajo, desarrollo, madurez. En Puebla no aplica la frase de Clinton, aquí mejor digamos: No es sólo la economía, estúpido.

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Veamos, simplemente, los espectaculares. Un candidato no nos ve, mira a otro que han hecho nebuloso en photoshop. El otro candidato nos mira y sonríe; junto a él–sin interacción plástica alguna- aparece un potencial representado: una mujer, un indígena, un discapacitado. En ambas propuestas ese es el problema central que oculta, a mi juicio, uno de mayor fondo: no existe el ciudadano. Se trata de meras abstracciones –una nuca metonímica, una silla de ruedas vanamente metafórica. En las democracias modernas el ciudadano, el individuo no existe. Se hacen campañas para las masas indiferenciadas. No se trata de este votante concreto al que le hace falta un rosario completo de cosas, no. Se trata de un significante vacío al que la estrategia simplemente alude. Y es que no se trata, parece, de convencer, sino de vencer mediante la única estrategia visible: el posicionamiento mediático. Pero resulta que un candidato no es una marca, ni siquiera el partido político que representa es una marca. En Medellín, por ejemplo, Sergio Fajardo –un ejemplo de político ciudadano de verdad- fue casa por casa, a los mercados, a las tienditas. Y les dijo uno por uno, lo que pensaba hacer, para qué pensaba hacerlo. En Florida Obama y sus huestes hicieron lo mismo: convencer en una campaña de tierra. Lo que quiere decir: aterrizada. Ambos ganaron –Fajardo y Obama- aplastantemente.

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Y lo peor entonces es que votamos –democráticamente entonces- por individuos que tomarán al menos 90% de sus decisiones de gobierno de forma antidemocrática…

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Lo que me temo es que lo peor –no lo mejor- está por venir. Descalificaciones, guerra sucia, patadas de ahogado mientras se acorten los tiempos electorales. Nulas ideas, mientras tanto. Nada que ver, oír, discutir en estas ya escasas seis semanas que nos quedan por sufrir.

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Jugando con Lacan –y con Ubu Rey de Alfred Jarry, podemos decir este chiste que resume nuestra fijación narcisista y nuestra falta de propuestas: “¡Viva Puebla!, porque si no hubiera Puebla, no habría poblanos”

Perra brava (Diario Milenio/Opinión 11/05/10)

Hace no mucho, con ayuda de las declaraciones del Mayo Zambada y las noticias de la nota roja, me fue quedando claro que una buena manera de organizar a la diversidad de mujeres que participan de la vida del narcotráfico sería dividirlas en tres categorías distintas: las hijas del monte, las reinas del sur, y las bushonas. El primer grupo comprendería a las esposas fieles de los jefes, mujeres usualmente de las clases populares con las que se unen tanto civil como religiosamente y con las cuales procrean los hijos legítimos que heredarán sus puestos. Dentro del segundo apartado se contaría, en honor al título de la novela de Pérez Reverte, a las mujeres que adquieren y ejercen cierto poder ya por asociación familiar o ya por tener participación directa en los negocios de la misma. Las bushonas, por su parte, serían las mujeres jóvenes y guapas que acompañan a los hombres del narcotráfico en sus paseos por la ciudad: amantes y cómplices deslumbradas por el dinero y la autoridad que ejercen sus hombres.

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Como toda clasificación que se precie de serlo, la anterior devela ciertos aspectos de la realidad, en efecto, pero lo hace a costa de ocultar otros tantos. Las zonas grises, los puntos intermedios y, a veces, contradictorios, suelen escaparse a estas vistas panorámicas. Uno de los valores de las novelas que exploran aspectos candentes de la vida contemporánea es, precisamente y sólo cuando lo hacen bien, su capacidad para internarse en el escurridizo terreno de la singularidad que no pocas veces hace estallar en mil pedazos a las clasificaciones más férreas. Una de las cualidades de Perra brava, la primera novela de la narradora regiomontana Orfa Alarcón es precisamente esa. Así, aunque su Fernanda Salas dista mucho de ser una Hija del Monte, puesto que es una muchacha universitaria que goza de ciertos privilegios económicos, sería fácil asociar la rabiosa lealtad que le profesa a Julio, quien además de su pareja es un Jefe de Jefes local, con la de una esposa devota y honesta. No es una bushona, ciertamente, aunque sus atributos físicos no les pasan desapercibidos a varios hombres y ciertas mujeres con los que tiene contacto. Y, aunque al inicio de la novela sabe poco del negocio, resulta obvio que, hacia el final, la mujer ha tomado las riendas, si no del aspecto público y económico del narcotráfico, sí, por lo menos, de sus aspectos más psicológicos.

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Pero eso es decir poca cosa de una novela cuya primera frase es: “Supe que con una mano podría matarme”. Y que justo luego se desboca en una descripción a la vez puntual y austera de un encuentro sexual entre Fernanda y Julio. Un encuentro con sangre. Directo, el lenguaje. Conciso. Sin falsos rubores. Aún más, y todavía mejor, sin impostaciones. Cuando Fernanda quiere lamerlo completo dice: “Quiero lamerte completo”. Cuando Julio le pide que se la chupe, dice: “Chúpamela”. Quien busque grupas de encanto y carreras conjuntas al orgasmo del cielo, puede ir a otro libro o, de preferencia, a otro siglo. Aquí, quiero decir, hay putazos. Fernanda y Julio van del forcejeo a la subordinación y viceversa y, al hacerlo, descorren el velo que de otra manera suele cubrir la dinámica de poder entre los cuerpos. Entre una cosa y otra, la palabra. Para que no me vuelvas a salir con que te da asco. Para que se te quite lo fresita. ¿Qué pasó? ¿Ya no te gustó? Establecidas con destreza desde la primera página, las reglas de la novela se resumen en una: aquí hay un alma que lleva el diablo. Tal vez dos. Síguela, gandul. La fragmentación y la rápida oscilación entre el pasado y el presente emergen, seguras, en el primer capítulo para dar más tarde lugar a una narración más bien lineal que va desgajando la historia entre un hombre mamado y fuerte y varonil y despiadado y egoísta y perturbador (y esos son sólo los primeros adjetivos) y una mujer que puede sacarse las pantaletas en un concierto y aventárselas al cantante tan ágilmente como puede ponerse el vestido de marca que la distinguirá como la posesión más valorada de su hombre o fingir una estancia en otro país para comprobarse a sí misma la autonomía de su deseo. Ese hombre y esa mujer tienen familias y trabajos y amores y celos y traiciones. Ese hombre y esa mujer son parte de un país cuyas ciudades responden a nombres como Monterrey o Linares. Oyen música. Bailan. Se desdicen. Ese hombre y esa mujer se quiebran.

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Orfa Alarcón sabe muy bien que la novela no dice, muestra. También sabe muy bien que los personajes que representan algo que no sean ellos mismos se vuelven de cartón y caen pronto en el estereotipo. Por eso en lugar de contextualizar a Fernanda y a Julio o en lugar de explicar su desarrollo hasta el punto en que entran en la vida del lector, Orfa los muestra en acción. Julio no es el Narcotraficante; Julio es Julio. Él puede mandar por la cabeza del enemigo o abofetear a la mujer que se le desbalaga, pero también es capaz de decir “te traigo bien adentro, Fernanda. Bien adentro”. Fernanda está inscrita en la universidad aunque rara vez se para por ahí. Va de compras al otro lado con su amigo gay. Cuando la sensación del poder propio aumenta, es capaz de tomar una pistola y ponérsela cerca a la mujer que osa molestarla en el tráfico de la ciudad: “¡Para que aprendas a no jorobarme, pendeja!”. Y aunque no sabe “cuáles hombres son más peligrosos, si los que ladran o los que se hacen los tímidos”, puede también asegurar ser ella misma, y esto sin bochorno alguno, “un animal hostil”.

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Se me acaba el espacio. No puedo dar por terminado este comentario sin repetir lo que dije cuando leí el libro por primera vez: Orfa Alarcón es, sin duda, la narradora que he estado esperando por mucho tiempo: valiente, certera, irreverente, muy ella misma. A Orfa no le tiembla la mano ni se le agüita el temple. Oíganme bien: denle becas a esta mujer, asegúrense que tenga tiempo para escribir. Las letras mexicanas y los lectores del mundo de habla hispana se los agradecerán. Yo, por lo pronto, también la sigo en twitter: @Orfa. Y estoy esperando desde ya su siguiente libro.