lunes, mayo 10, 2010

Ponte abusado, hijo mío (Diario Milenio/Opinión 10/05/10)


La capa del señor cura

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A veces la vergüenza más insoportable sobreviene por causa de otra menos penosa que inútilmente se trató de esquivar, para sorna de propios y extraños. Sucede mucho durante la niñez y adolescencia, cuando uno teme que hasta el mínimo error es susceptible de ganarle mala fama perpetua, y así esgrime una excusa que resulta cómica, o finge sin talento la indiferencia, o simplemente tartamudea, para risa y solaz de los presentes. Pero el festejo puro e inclemente pasa cuando ya no es un menor de edad, y ni siquiera un joven, sino alguna figura de respeto la que enseña la cola al defenderse. Un festejo enfermizo, de repente, cuando sucede que el sujeto patético, para más señas un alto clérigo, está hablando de curas que abusaron de niños. Duda uno entre reír y vomitar cuando se entera de las razones de los santos barones para justificar atrocidades por las que, en mi humilde opinión, la Santa Madre Iglesia, otrora tan severa en el castigo público, tendría que empezar por cortarle esas bolas tan azules a cada uno de los infractores. Insisto, nada más para empezar.

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Debe ser difícil, cómo no, mirarse ensotanado en el papel del bueno de la historia, y en tanto eso tener que hablar en público midiendo las palabras para no cometer un costoso miscast, pero de ahí a opinar ante un micrófono que a veces son los niños quienes provocan, o que la corrupción de la sociedad —y el colmo: su raíz— es responsable de unas atrocidades inimaginables para el común de los sencillos pecadores, hay un margen tan amplio de patetismo que cuesta imaginar a una beata de bien besándole la mano de nuevo a ese señor. ¿Será que allá en el campo, donde las diversiones escasean y se le teme a Dios con celo proverbial, las ovejas y chivas son culpables de que el pastor las monte, no exactamente para desplazarse?

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Agapito y la vergüenza

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Escribe estas palabras quien de niño asistió a misa puntualmente (desde que un accidente dominical convenció a mis papás del peligro de no ir a misa el domingo). Solíamos ir al Carmen, San Jacinto, Guadalupe Inn o la Emperatriz de América —es como las recuerdo, no he regresado— hasta que mi mamá consiguió que una beata me diera un curso de catecismo, todos los lunes en la penumbra infausta de una de las alas de la parroquia de Tlacopac. En los años siguientes, ya rara vez faltamos a las misas del padre Agapito. Me gustaría decir que fui el primer sagaz en descubrir que el nombre de aquel cura lo dejaba en principio mal parado en su rol de hombre grave y ajeno a fruslerías, pero hubieron de ser dos de mis amiguitos, curiosamente aquellos inscritos en escuelas religiosas, quienes soltaron las primeras risotadas y al chico rato ya le habían colgado al párroco de marras un rosario de apodos alusivos a ese nombre de pila tan vulnerable.

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Fueron también aquellos amigos persignados pioneros en el tema de la pornografía: capaces de robarle un Playboy a su padre y mirarle las tetas a su abuelita. Pero eran mochos, eso los absolvía. Se persignaban, cierto, algo menos de lo que se pintaban violines y mocasines, pero éstos, cuando menos entre nosotros, podían contarse con los dedos de un ciempiés. Al final, conseguían pasar por niños buenos no sólo ante sus padres y mayores, sino incluso ante mí, que en misa los miraba atentos al sermón o rezando con los ojos cerrados y sentía vergüenza de mi mala entraña, pues la única verdad era que me aburría insoportablemente de la primera a la última oración. Alguna vez —recuerdo, nebulosamente— dedicó su sermón el padre Agapito a fustigar a los creyentes vergonzantes, y sentí que ese látigo me alcanzaba. Puede que lo que menos me agradara de mis amigos mochos fuera esa manía mustia de encomendarse a Dios en voz bien alta por quítame estas pajas, cuando mi relación con El Crucificado solía transcurrir en silencio y a oscuras, en ese mismo espacio vergonzante donde a los pocos años —qué casualidad— floreció la lujuria como una religión inconfesable.

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Los límites del Gólgota

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Odio ser redundante, pero el recogimiento espiritual es capaz de engendrar espectros más tangibles, persistentes, chocarreros y seductores que la pornografía, pues mientras aquél siente lascivia por sus límites y cada noche sueña con saltárselos, ésta vive acotada por sus limitaciones, nuestra credulidad la más grande de todas. Cada vez que un ministro religioso alza su voz airada para justificar unas lujurias y condenar otras, no me queda sino otorgarle el mismo crédito que a la fornicatriz Jasmin St. Claire cuando aúlla de presunto placer entre media legión de garañones. Mienten todos, sin duda, aunque en algunos casos menos piadosamente.

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Francamente no soy capaz de imaginar al padre Agapito haciendo deshonor a su nombre. Como otros de su estilo, era un cruzado amable, incluso bonachón, aunque ya algo anticuado y demasiado adulto. No sin cierta nostalgia por aquellos domingos aburridos, lo imagino morado de vergüenza de verse precisado a dar una opinión en torno a los depredadores de sotana: gente que se ha saltado muchas trancas más de las que ha de cruzar un laico depravado para llegar a ese mismo lugar. Y lo imagino así porque le da la gana a mi salud mental, y porque pasa que el exceso de cruces tiene la inconveniencia de afear el paisaje y arruinar el skyline, y porque en todo caso vamos crucificándolos de uno en uno.

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Una vez más: nadie ha dicho que sea un trabajo fácil. Olvidemos, por tanto, en un ancho desplante de piedad laica, que el violador de niños es un cura que inspira confianza y emana autoridad. Digamos que es un hombre común y corriente. ¿Volvería uno a hablarle, así fuera su amigo o su hermano o su padre? ¿Lo solaparía? ¿Lo justificaría? Devolvámosle ahora al indiciado su papel de pastor espiritual, sumemos esas trancas saltadas con el rosario en la mano. Sumemos amenazas y chantajes y horrores infinitos perpetrados en el nombre de Dios. Encendamos los cirios. Evitemos la náusea y el mareo. Subamos hasta el púlpito del inquisidor. ¿Quién, que no sea un demonio, se anima a defenderlo?

martes, mayo 04, 2010

Tuit es racimo. 10:05 am (Diario Milenio/Opinión 04/05/10)

Primera definición del lugar:
Sala de emergencia del lenguaje:

twitter. 10:06 PM Mar 31st via web

Entran los personajes:
Despilfarradores, cariacontecidos, manirrotos, madrugadores, pródigos, desbocados, lenguaraces: tuiteros. 5:11 AM Apr 3rd via web

Big Drama Queens del teclado: tuiteros. 4:31 AM Apr 3rd via web

Médicos forenses de la oración: tuiteros. 10:06 PM Mar 31st via web

Caníbales del abecedario: tuiteros. 10:05 PM Mar 31st via web

Punto de vista de la autora:
Desde que estoy en Twitter, desconfío de los párrafos de más de tres líneas. 12:21 PM Apr 9th via web

Los buenos hábitos: antes era de carrera larga, ahora me disciplino para llegar a los 140. 12:20 PM Apr 9th via web

Todo empieza con las erráticas:
Ante la oración correcta, la frase errática. 6:52 AM Apr 15th via web

Me gustan las frases que llegan de la nada a romper la quietud de un párrafo. Remo contra lago. Piedra contra fondo de río. 10:53 AM Apr 15th via web

La frase errática lleva a la escritura a donde no iba. Extra-vagante. 10:31 AM Apr 15th via web

Pero errar es el objetivo. Manar. Exceder. Cimbrar. 6:57 AM Apr 15th via web

Cuando está de suerte, el tuit es ésa frase errática. 10:44 AM Apr 15th via web

La frase que llega de la nada siempre obliga a la pregunta: ¿quién enuncia? ¿desde dónde se enuncia? Entonces la lectura es diálogo. 10:55 AM Apr 15th via web

Siendo propia, la frase errática se produce como ajena. Un eco. 7:05 AM Apr 15th via web

En la frase errática el yo, de existir, es un mero reflejo. 7:06 AM Apr 15th via web

El campo magnético o apuntes para una teoría de la atracción:
Acaso la tarea sea producir un campo magnético capaz de atraer la visita efímera de las frases que vienen de la nada. 11:14 AM Apr 15th via web

Más que escrito, un texto/campo magnético atravesado por frases erráticas. 11:30 AM Apr 15th via web

El texto como un campo magnético: un montaje de atracciones: un campo de co-existencia. 8:16 PM Mar 28th via web

La tl-novela:
La tuitnovela es un TL escrito por personajes. about 16 hours ago via web

Como en cualquier TL, en la tuitnovela importa la manera en que un tuit se deja afectar/deformar por otro. about 16 hours ago via web

Un tuit verdadero contiene siempre el otro tuit que lo cruza. 9:15 PM Apr 23rd via TweetDeck

Un tuit verdadero no porta un mensaje sino un secreto. 9:10 PM Apr 23rd via TweetDeck

Más que enunciar algo, el tuit alude a otra cosa. Esa otra cosa es, precisamente, lo que el tuit no sabe: su propio punto ciego. 9:12 PM Apr 23rd via TweetDeck

Un tuit es un pacto (no necesariamente entre caballeros). 9:11 PM Apr 23rd via TweetDeck

La estructura no antecede a la TL-novela. La estructura (yuxtapuesta) y no la anécdota (lineal) es el descubrimiento de la TL-novela. about 15 hours ago via web

El tuit no permite desarrollar una idea (progreso) sino que contrapone varias (alegoría). Benjamin estaría encantado con esto. 10:07 AM Apr 18th via web

La TL-novela, pues, descubre la producción plural de una estructura. La TL-novela no cuenta. about 15 hours ago via web

@alisma_deleon Un TL es dialógico/corálico/ecóico: textos de distinta procedencia, principio de yuxtaposición, yo desdoblado. Creo. about 15 hours ago via web in reply to alisma_deleon

@javier_raya Analiza bien tu TL. Debe haber ahí un par de secuencias narrativas escritas por “personajes” que podrían extraerse ya. about 15 hours ago via web in reply to javier_raya

@psicomaga @javier_raya @criveragarza// {Obras de las divinidades del caos}>>hay cierto método en la yuxtaposición y, ergo, en el caos. about 15 hours ago via web in reply to psicomaga

Sospecho que quien sólo ve desorden en su TL, todavía no advierte el método de sus asociaciones más secretas. Ese latido.

12:46 PM Apr 28th via web

Ejercicios de estilo:
Su propia novelatuit: lea la novela, subraye los tuits, recorte los tuits, péguelos en otro papel. Tire el resto. Organice presentación. about 16 hours ago via web

Purga textual: lea una novela, subraye los tuits, borre todo lo demás. Voilá. about 16 hours ago via web

Un cuento es a veces un tuit dentro de contexto de otro tipo de muchas palabras. about 16 hours ago via web

Podría verse de esta manera: un artículo son tres o cuatro tuits rodeados de texto. about 16 hours ago via web

Interrumpimos la interrupción para decir:
El tuit que se deshace sobre la lengua. 9:14 PM Apr 23rd via TweetDeck

Relaciones Foráneas:
Por bienes separados, de mutuo acuerdo y por incompatibilidad de caracteres: divorcio FB/Twuiter. 8:58 AM Apr 23rd via TweetDeck

Divorcio entre FB y Twitter. En la repartición de bienes uno se quedó con la propaganda y el otro con la escritura. Se llevarán bien, creo. 8:26 AM Apr 23rd via TweetDeck

Segunda defnición del lugar:
Tuit es racimo. 10:05 AM Apr 18th via web

Twitter es la Zona Aledaña del Texto.

11:11 PM Mar 28th via web

El origen:
Uno empezó a escribir por otra cosa. A esa otra cosa es a la que hay que regresar. Siempre. 8:00 AM Apr 23rd via TweetDeck

La otra cosa de la escritura, que es su origen, habla siempre en voz baja. 8:21 AM Apr 23rd via TweetDeck.

Otra reflexión sobre Puebla- Pedro Ángel Palou(Diario El Columnista 04/05/10)

En nuestras anteriores intervenciones intentábamos poner el dedo en la llaga. Pero la llaga supura, requiere más que reflexión, acción. Y ese es el papel de la política (si tiene alguno) resolver las cosas. Alguien afirma que es el arte de negociar y la clase política mexicana (que no tiene clase, por cierto) está llena de anécdotas al respecto. Finalmente el problema no radica en la política, o su definición, sino en el poder y su maldición: las promesas se olvidan, los días se hacen cortos, los trienios y sexenios pasan veloces y un día el hasta hace poco candidato se descubre ya no sólo fuera de la silla que ocupó tres o seis años sino olvidado en un triste rincón, como la muñeca fea de Gabilondo Soler.
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El otro día viajé en el mismo avión que Diódoro Carrasco –en su momento todopoderoso gobernador de Oaxaca y secretario federal de gobernación. Nadie lo reconoció a pesar de su esfuerzo por pasar frente a todas las filas esperando un: “Buenas tardes, licenciado”, que nunca llegó.
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Es ley no escrita de la política mexicana debería hacer pensar a los candidatos –desde ahora, desde las campañas- que dado que el tiempo es preciado y los intereses obnubilan la única manera de pasar a la historia es hacer cosas. Cosas importantes, trascendentes, que cambien o modifiquen –no pasajeramente- el estado lamentable en el que nos encontramos.
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Los indicadores son claros: Puebla no va para ningún lugar, retrocede con prisa (no sólo se estanca, ojalá, regresa a ese pasado levítico que es su peor rostro: el de la cerrazón reaccionaria que dice: “Estábamos mejor cuando estábamos peor”, y lo pregona a voz en cuello.
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Sí, Puebla necesita un tren rápido –como no me he cansado de repetir-, ese sueño que se ha postergado desde Jiménez Morales por mafias de transportistas que perderían el suculento negocio. Sí, Puebla necesita un metrobús pero antes que eso necesita un reordenamiento radical del transporte público que es un cáncer con sus metástasis permanentes –las viejas combis-, una regulación que tenga en cuenta, principalmente al Centro Histórico, eje de la riqueza de la ciudad vía el turismo (nadie viene a Puebla para visitar La Vista). Se necesita un proyecto integral del Centro Histórico de la ciudad que rescate el comercio (no es posible que esté sólo lleno de Centros Joyeros y que el Zócalo parezca una plaza de armas de pueblito con todo y sus chisguetes). Son propuestas sensatas que empezamos a escuchar, pero hasta ahora propuestas aisladas que no se replantean la vocación de la ciudad y el estado, que no hablan de planes microrregionales y de rescates serios (de bosques, por ejemplo, pero también de actividades que fueron fuente de riqueza de aquellos lugares por décadas o incluso siglos).
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Como el elector al que se está buscando es urbano no hemos escuchado un plan integral en materia de desarrollo rural que integre la puesta en marcha de la modernidad de nuestro campo (sustentabilidad, agricultura orgánica, temas que agregan valor a las cosechas y a la larga producen desarrollo sostenido e ingresos para los campesinos. Ya basta de inventarnos el campo cada seis años con buenas intenciones. Hace tiempo escuché decir a Alberto Jiménez Merino que el principal problema a solucionar para el futuro inmediato de Puebla es el del agua. Oigamos a los expertos, por una vez. Allí está el Colegio de Posgraduados y la BUAP que desde hace años han hecho propuestas centrales en la materia, allí están las ONG´s de las que he hablado aquí –en la sierra norte y en la mixteca-, que han desarrollado comunidades enteras a través de la medicina tradicional, del replanteamiento de la artesanía. Se necesita reaprender a producir para poder hacer circular los volúmenes y las calidades que necesita el mercado global. No podemos seguir teniendo un campo que, eventualmente, se limita a la alimentación de traspatio.
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Las plataformas electorales –que tristemente les parecen a los institutos políticos mero trámite pues no podrían ser más pobres-, muestran a unas coaliciones sin ideas, sin creatividad, sin arrojo o empuje. Necesitamos escuchar ya –y creer que va a ser posible- un proyecto integral de una Nueva Puebla. Quien lo haga con absoluta contundencia, quien muestre que puede correr el riesgo y que está dispuesto a hacer de estos tres o seis años historia, ese ganará las elecciones, más allá de las encuestas (hasta dos días antes, en Baja California Norte, todo mundo decía que Hank era el ganador, incluidas por supuesto las encuestas: el electorado decidió otra cosa en una sorpresa enorme en contra de una de las fortunas más importantes del país, no pocas lecciones deberían sacar de esto los war romos de los candidatos).
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No tenemos un candidato en ninguno de los frentes –ni a diputados, si a esas vamos- con un carisma arrollador, que se lleve la elección por imagen. Es mejor, a la larga, porque permite que los candidatos saquen ideas, propongan cambios, se muestren confiables y confiados en su capacidad de sacar a Puebla del agujero en el que estamos enterrados. Es bueno, también, a corto plazo, porque nos evita la vanidad del líder mesiánico que se cree salvador por su carisma (al fin, gracia, según la etimología), y los hace necesitar del voto casa en casa, del voto que cuesta trabajo. En política la lealtad del elector se gana con sudor, con valentía. Ideas, muchas ideas. Hablar, hablar. Necesitamos escuchar. Y como lo he dicho también aquí: participar. Un foro estatal en serio, donde escuchemos incluso lo que los candidatos no quieren oír (ya de zalameros estamos hasta el copete, por cierto). Uno de al menos cinco foros. Este primero puede ser en general, de diagnóstico. Otros, los individuales, deberán cubrir: desarrollo rural y regional, turismo cultura y economías alternativas, otro desarrollo económico, inversión y empleo; uno más democratización y modernización del estado, una reforma política integral. En estos foros cabríamos todos y podríamos discutir, antes de votar, por una plataforma política seria. ¿Qué coalición tomará la idea y llevará mano?
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Una vez más debemos creer en la política, no en el nihilismo. Debemos creer que es posible hacer algo por Puebla. Si estos candidatos no están dispuestos a compartir ese sueño es probable que el votante mayoritario sea, de nuevo, el abstencionismo. Muchos seguiremos trabajando organizadamente para una mejor Puebla pero la plataforma para relanzar al estado se habrá quedado, nuevamente, oxidada, en el olvido. La política no es de los políticos, es de los ciudadanos, los verdaderos agentes del cambio. Aquel que tome en cuenta esta verdad incontestable habrá de hacer la verdadera diferencia.

lunes, mayo 03, 2010

Las neuronas de plomo (Diario Milenio/Opinión 03/05/10)

Herodes también fue niño
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Es la noche del 30 de abril y en la televisión aparece una escena escalofriante: ante los féretros de dos niños asesinados, miembros de la familia berrean presas de un desconsuelo vacío de respuestas. Poco después, aparece la madre señalando que no fueron los narcos, sino los militares quienes ocasionaron esas muertes. Por su parte, los militares se defienden afirmando lo contrario. Y arranca la polémica a nivel nacional: un torneo de pedradas entre repartidores de culpas. Tal parece que a uno debiera tranquilizarle saber que el fuego infame vino de los villanos y no de los guardianes del orden, como si fuese un hecho deliberado, cuando lo único evidente al sentido común elemental es que se trata de un accidente estúpido, en mitad de una guerra estúpida motivada por una legislación estúpida. Darle vueltas al tema de si a esos inocentes los mató la granada de los malos o las balas de los buenos, conduce a discusiones bizantinas que pueden ayudar a aliviar la conciencia, no así la estupidez original. ¿O será que pensamos que combatir el síntoma elimina per se la enfermedad?
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Espeluzna leer noticias como aquella de que “únicamente por precaución” ya se adiestra a los niños, en plazas de Chihuahua y Tamaulipas, a protegerse en caso de balacera, mediante simulacros donde aprenden a rodar por el piso y resguardarse. ¿Debería eso tranquilizar a sus familias? Vamos, si yo tuviera un hijo en esas condiciones ya estaría pensando en largarme de allí de cualquier forma, pero ésa no es opción para la mayoría; parece más plausible hacerse a la idea de vivir con la muerte encaramada y el Jesús en la boca, asumiendo que la vida es así y al fin y al cabo a todo se acostumbra uno. Sólo que en estos casos ni la muerte es bastante para ponerle fin a la zozobra. Escribe la española Judith Torrea, periodista y bloguera radicada en Chihuahua: “En Juaritos todo aquel que protesta o muere pasa a la lista —de las autoridades— de tener vínculos con el narcotráfico. Eso sí, sin investigar.”
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Inteligencia cero
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Hace ya muchos años que hablé de drogas con Joaquín Sabina. Se había metido, contó entre risotadas, varias rayas con esas impecables celebridades que de pronto salían en la televisión previniendo a la gente contra los estupefacientes, y al cabo remató con una sentencia irrefutable: “Quien es imbécil, con drogas es más imbécil”. ¿Y un imbécil con armas, me pregunto ahora, no es también más imbécil? ¿Y qué tal uno armado de millones de dólares fáciles? Nada lejos andaba de la verdad Frank Zappa cuando dijo que el elemento más abundante en la atmósfera no es el oxígeno, sino la estupidez. Es al menos ridículo declararle la guerra a un enemigo omnipresente para defender leyes que contribuyen a fortalecerle más allá de cualquier límite concebible. Al final, ser imbécil tiene sus privilegios, en especial para quien posee drogas, armas y dinero a granel.
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Hipocresías aparte, el de las drogas es un negociazo. El más grande y redondo del planeta. Hacer la guerra contra sus promotores no es menos que pelear contra potentados, que además son perfectamente reciclables porque business is business y esos changarros nunca estarán vacíos mientras la mercancía siga alcanzando semejantes precios. No es casual que los nuevos narcos resulten cada día más atrevidos y despiadados, cuando la guerra arrecia y los precios no paran de subir. Verdad es que los cárteles de la droga son organizaciones criminales, y en tanto eso es preciso combatirlos, aunque no necesariamente a sangre y fuego. Si se concede, pues, que este combate no es del todo estúpido, seguramente lo es la prohibición que mantiene los precios de las drogas por encima de la estratósfera. En el mejor de los casos, libramos una guerra inteligente al servicio de una causa estúpida. Creemos que un jarabe para la tos sirve para curar una tuberculosis, y el resultado se expresa en cadáveres. Gente muerta por nada y para nada en mitad de un infierno sin orillas.
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Por muertos no paramos
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Cada vez que me topo, en la columna diaria de Ciro Gómez Leyva, con los números tétricos de la guerra del narco, intento refugiarme, como Stalin, en la frialdad de la mera estadística. Puede que la más grande pesadilla de Hitler —quien para bien de todos era un estupidísimo estratega militar— durante el sitio de Stalingrado fuese la inagotable cantidad de reemplazos y refuerzos al servicio del ejército soviético. Al igual que los cárteles de hoy, el dictador disponía de infinitas reservas de muertos potenciales; por él, la escabechina podía prolongarse indefinidamente. ¿Cómo esperar, entonces, que en la guerra a los narcos disminuyan los números del muertómetro, si el negociazo sigue viento en pipa y abundan pobretones prestos a sumársele?
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No hay más que echar un ojo a la televisión americana, donde al menos la mota es pan de cada día y es un hecho que a nadie consigue asustar, para entender que todo apunta a una despenalización inminente. Mientras tanto, campea la hipocresía de la mano de la estupidez. Amigas entrañables, ya se sabe. ¿Cómo van a explicarse los padres de esos niños masacrados, de aquí a unos pocos años, que sus hijos murieron en nombre del respaldo a una prohibición idiota, o sea, insisto, por nada? ¿Consideramos héroes a los uniformados y civiles que murieron en aras de la ley seca? ¿Qué cantinero gringo no sentirá extrañeza de ver hacia un pasado ya remoto en el que su trabajo era un delito grave? ¿Qué pensarán todos esos soldados y agentes federales, luego de tanto tiempo de jugarse la vida, cuando lo que hoy combaten se vuelva legal? ¿Qué contarán las viudas a los huérfanos, “papá fue un héroe y murió por la patria”? ¿Qué porcentaje de civiles y niños inocentes debe recibir sobredosis de plomo antes de que se entienda que no salen las cuentas? ¿Es México un patio o un cuartel trasero? ¿Son respetables las leyes estúpidas, obsoletas y abusivas? ¿Hay para estas preguntas, pocas en realidad, mejor respuesta que balas y esquirlas?

martes, abril 27, 2010

Campañas sin ciudadanos- (Diario El Columnista 27/04/10)

En México –no es sólo privativo de Puebla-, los ciudadanos no podemos participar de la vida política (no hay nada menos ciudadano que un candidato ciudadano metido en un partido político, por favor). Nuestra participación se limita, tristemente, al acto electoral. Al mero hecho de elegir entre una u otra persona para el cargo. Al no tener ninguna figura jurídica de contrapeso ciudadano –plebiscito, referéndum-, al no ser consultado posteriormente sobre aquellos asuntos cruciales que no estuvieron en la plataforma electoral, lo más penoso es que los actos de gobierno son entonces, en su inmensa mayoría, antidemocráticos.
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¿Y qué sabemos los electores de Puebla sobre las dos coaliciones que compiten hoy por la gubernatura? Por un lado, lo que publicitan, la mercadotecnia electoral. A vuelo de pájaro lo allí propuesto es meramente asistencial (pa que te alcance, quinientos pesos a los adultos mayores, banco de la mujer o créditos a la palabra para la mujer, quitar la tentencia, Internet en todo el estado, útiles y uniformes gratis, un tractor por cada diez hectáreas y un sin fin de etcéteras). Allí los ciudadanos hemos sido prostituidos por la mercadotecnia. No se nos convence, se nos compra. Y votar significa elegir, solamente al mejor postor, a quien más me va a dar. El problema central de estas propuestas es que no contienen ningún viso, ningún atisbo de desarrollo económico o social. No se nos explica cómo –o de dónde- se sacará el dinero para esos programas, un dinero que es originalmente del individuo que paga impuestos, no del estado que sólo lo redistribuye. No se nos dice, alternativamente, cómo vamos a hacer de Puebla un mejor estado que nos permita vivir mejor, quizá algún día sin necesidad de que me regalen los uniformes o un tractor.
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Y allí está a mi juicio la clave del futuro próximo para nuestro estado, en el desarrollo. No podemos votar por un instituto político o una coalición de los mismos que no nos diga, claramente, qué va a hacer económicamente y cómo lo va a hacer. En otro momento hablábamos aquí mismo de las vocaciones regionales ( y de la vocación misma, comercial de sector terciario) de Puebla. ¿Cómo atraer inversión y producir empleo? La clave del capitalismo es la circulación. ¿Cómo va a haber menos pobres en Puebla? ¿Cómo se hará circular el dinero y le llegará directamente a las familias para que verdaderamente les alcance sin necesidad de hacer pequeño el monedero? ¿Cómo lograr que la perspectiva para un joven serrano o de Piaxtla a los doce años no sea emigrar a Estados Unidos y vivir en Puebla York?
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¿Cómo utilizar la educación como pivote del desarrollo? ¿Cómo utilizar la capacitación permanente para reorientar a gente desempleada, a personas que perdieron sus negocios, que han sido defraudadas? ¿Cómo trabajar codo a codo con la gente por primera vez? En una palabra: cómo reaprender a gobernar.
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Me gustaría, como elector, ver que mis candidatos son ellos mismos la encarnación de esos ideales democráticos de los que hablo. Ver que desde la campaña misma se bajan del pedestal de sus asesores y coordinadores y escuchan. No se trata de un debate –aunque varios debates no estarían del todo mal en un contexto no mediatizado de la política. Y no se trata de ello porque el debate en México –culpa de Fernández de Cevallos, pero también del duopolio televisivo- es un combate mediático. Se mide quién ganó como si fuera un duelo Chivas-América, y no quién propuso mejores ideas. En el último debate federal, por ejemplo, ganó en realidad Patricia Mercado, pero su partido político hoy mismo ha desaparecido, y con él la alternativa de una socialdemocracia en México. Entonces el debate y su formato (y tristemente lo que el ciudadano ya espera de él, una lucha libre a tres caídas y con límite de tiempo, sangre…) no agregan nada a la democratización de la campaña electoral misma que propongo.
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Tampoco se trata de ir mostrando músculo –ya sea por la cantidad de personas que llevo a mis mítines o por la calidad de ciertos grupos, por ejemplo de empresarios, que me apoyan. Eso es en sí mismo también antidemocrático (¿cuántos de los que están en el mitin fueron por gusto? ¿los gremios de empresarios no tienen intereses en cierto candidato y por eso lo apoyan públicamente sin empacho?). Se trata de estar con la gente, de ponerle atención. Eso es atender, un verbo que está fuera de la política actual, tristemente. ¿Alguien sabe qué quiere esa señora de Acatlán que sigue soplando en su anafre, indiferente a los actos públicos, a las miles de pancartas, bardas, espectaculares? ¿Alguien ha ido a preguntarle, señora, qué espera usted de nosotros?
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Los partidos políticos hace tiempo que no cubren los intereses de los ciudadanos, que no los representan (de allí que las coaliciones no estén del todo descabelladas), Alain Touraine hizo un análisis excepcional al respecto. Pero eso no significa que los ciudadanos no tengan intereses, anhelos, necesidades. O los buscan en otro lado o simplemente descreen de la política y dejan de participar. Es un error –quizá la más grave miopía del capitalismo salvaje- pensar que el ciudadano es un individuo (la persona si es un individuo, y de todas maneras con intereses familiares, profesionales, etc.), que actúa solitariamente. Los ciudadanos nos agrupamos y reagrupamos una y otra vez: con vecinos, con gente que comparte mis intereses, en asociaciones profesionales. Y es esa participación gregaria la que vale la pena en política. Hace décadas que en México las ONG que trabajan e inciden en la protección al medio han hecho una labor excepcional, muchas veces traducida a políticas públicas otras no tanto. Han hecho más que el Partido Verde por la conservación y el desarrollo. Han enseñado, por ejemplo, a las comunidades rurales a vivir del bosque y por ende, a reponer el bosque. Práctica ancestral que se nos había olvidado. Hoy hay cooperativas –pienso en Cuetzalan, simplemente- que trabajan casi en todas las áreas, desde el desarrollo rural hasta la artesanía pasando por la tradición oral y la medicina tradicional y empiezan a poder vivir de ello. Volviendo a su cultura –la cultura da trabajo- han podido obtener riqueza, eso es la verdadera sustentabilidad.
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¿Y mientras tanto a usted alguien lo ha tomado en cuenta?

Ansextonización literaria (Diario Milenio/Opinión 27/04/10)

No fue hace mucho en realidad que el medio literario se debatía entre otorgar o no el estatus de literario a obras que se realizaban, y esto sin ambages, alrededor del yo. Todavía no estaba de moda lo autobiográfico y faltaba algo de tiempo para que el non-fiction estableciera su reinado a través de los variados usos de plataforma 2.0. En América Latina, por ejemplo, el debate se llevó a cabo a través de la así llamada literatura testimonial que, desde un inicio, se movió hacia la izquierda y se alió con las que ahora llamaríamos subjetividades subalternas: mujeres, indios, negros, niños, gays y queers. En Estados Unidos sus representantes más explícitos fueron a menudo minorías y mujeres. La poeta Anne Sexton reinó sin lugar a dudas sobre todos ellos en sus orígenes con una poesía eminentemente confesional donde los rastros de su vida física y psicológica eran evidentes. El statu quo en todo caso veneraba la tercera persona del singular —el objetivo él o ella detrás del cual quedaba oculta la historia personal— y aducía que la primera persona —el subjetivo yo que mostraba y se mostraba en cada historia— exhibía una relación primeriza si no es que torpe o, peor aún, nula con el lenguaje. Resultaba común oír entonces, y esto como un argumento en no pocas ocasiones académico, que las distintas narrativas del yo —de la confesión al testimonio, de la autobiografía al diario— le restaban valor a lo literario o no alcanzaban el valor de lo literario, como si lo literario hubiera sido o fuera una forma de plusvalía, un valor añadido a fuerza de esdrújulas y citas cultas. El hecho de que mucha de esta literatura fuera escrita por hombres y mujeres pobres o raros, con tonos de tez oscura y sexualidades diversas que, además, tomaban la pluma, o el teclado, sin el amparo del pedigree de las distintas élites hizo que la causa se volviera, desde un inicio, polémica. ¿El yo? Puaf. Asunto de mujeres o iletrados. Último recurso de la chabacanería. Materia prima, si acaso. Sentimentalismo. Experiencia en bruto y bruta. Inocencia. Next.
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Les cuento, por supuesto, de otro mundo. Era otro siglo. La gente mandaba cartas en hojas manuscritas y utilizaba la lengua para humedecer los timbres postales. Si tenía prisa, esa misma gente enviaba telegramas: 30 palabras de no más de 10 caracteres por texto. Oulipo eterno. Todavía no existían los teléfonos celulares y el servicio de Telmex, tan malo entonces como ahora, ciertas cosas no cambian nunca, reducía el número de aparatos a unos cuantos por cuadra. Nos comunicábamos, todo parecía indicarlo así, a través de una forma ancestral aunque efectiva de telepatía. Llovía a sus horas y en el verano. Paz estaba vivo todavía. Nadie menor de 40 publicaba en Fondo de Cultura Económica y pocos en realidad podían atravesar sus puertas. Los que nacíamos en provincia nos íbamos al DF para poder estudiar o cotorrear, como entonces se decía, a gusto. Unos cuantos editores decidían qué y cómo y cuándo se publicaba en el país.
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Bueno, el tiempo pasó, como dicen los narradores. Yo me resistí a todo, pero igual caí en todo: del blog al Twitter, pasando por el celular. Me convertí, y esto lo digo con gusto, en una integrante más de esas hordas que tomaron a la pantalla por asalto y se saltaron, no sin una risilla cómplice, las viejas jerarquías. Como todos los que han hecho de la plataforma 2.0 su casa, también caí en el yo. El yo del non-fiction. El yo que, siendo a de veras, es como siempre una invención. Y viceversa. Hasta llegué a armar talleres sobre la novela de lo cotidiano —que no era otra cosa más que la aplicación de los principios del blog al papel. La materia de la novela es la materia de todos los días, dije en no pocas ocasiones. Lo que hace la estructura de la novela es filtrar.
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El caso es que mientras caía con gusto y gracia en las jornadas disímbolas del alfabeto del yo, me fui dando que los compañeros de viaje no sólo iban en aumento sino que también empezaban a ser distintos. Enrique Serna, que había escrito al menos dos novelas históricas con gran aceptación de la crítica y el público lector, incluyó un capítulo personalísimo en Fruta Verde, su libro todavía más reciente. Xavier Velasco publicó Este que ves, en cuya portada decidió colocar un óleo que, según creo recordar, colgaba en las paredes de su casa paterna. Jorge Volpi escribió unas memorias a las que intituló El jardín devastado. Y, más recientemente todavía, Rafael Pérez Gay entregó un libro híbrido, un libro que me atrevería a calificar de experimental, en el que yuxtapone con acierto la crónica, la investigación histórica, el relato de viajes e, incluso, acaso sobre todo, el relato íntimo. Es un libro que, justo como la vejez que persigue amorosamente y atestigua con rigor, dubita y tiembla. Cosa viva. Letras como honda y como piedras. En Nos acompañan los muertos Rafael Pérez Gay es Rafael Pérez Gay y, cuando se echa a llorar, al lector le quedan pocas alternativas además de echarse a llorar con él.
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Todo parecería indicar que los autores más diversos hacen ahora lo que la filósofa argentina, Sibilia, argumentaba que hacen los no-autores de la era digital: una extraña pero sugerente combinación entre el culto a la personalidad y una noción alterdirigida del yo dentro de un régimen de visibilidad total ha provocado que cientos de miles de seres poshumanos se lancen a transmitir mensajes escritos sobre lo que les acontece en ese justo y pompéyico instante a través de las distintas posibilidades que ofrece el soporte Web 2.0. Y, en el proceso, pasa lo que tenía que pasar: hombres y mujeres, raros o no, subalternos o no, descubren, o reclaman, que tienen un yo y que ese yo también tiene una historia —personal, íntima, con frecuencia sentimental— que contar y, naturalmente, la cuentan. Estamos presenciando, y digo esto con profunda seriedad, la annesextonización de la literatura mexicana. Interesante resulta por supuesto que, ahora que el yo es masculino, los debates alrededor del valor literario de estos libros pasen por otro tamiz. Es otra época, en efecto. Las reglas, aunque poco pero por fortuna, van cambiando. ¿Mi veredicto? Si el asalto a la primera persona del singular se sigue dando como en los cuatro libros citados arriba, yo los seguiré leyendo.

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lunes, abril 26, 2010

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Crónica de un contubernio (Diario Milenio/Opinión 26/04/10)

El arte de dominguear
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Escribo esto en domingo, día difícil y hasta tortuoso para quienes de pronto no sabemos llenarlo. Trabajar el domingo en lo que a uno le gusta es acaso el camino más eficaz para evitarse el peso de esas tardes huecas y solitarias donde meterse un tiro parecería un acto de autoayuda. O cuando menos eso pensaba entonces (hará ocho, nueve años), ya se sabe lo que divierte la exageración, especialmente si han sonado las seis de la séptima tarde y uno se carcajea en compañía de un antiguo amigo afectado por neurosis afines. Hasta donde recuerdo, en rigurosa low definition, transitábamos por la hora del suicidio con esa ligereza sospechosa que le permite a uno reírse hasta olvidar de lo que se reía. Pero, obsesos al fin, viciosos del trabajo incluso en el asueto (entre otras cosas porque nunca supimos diferenciarlos), consumíamos al final el domingo hablándonos de nuestros proyectos. El mío, una novela en forma de estupefaciente literario. El suyo, una colección de canciones crudas, intensas y socarronas, hechas para agitar con extrema rudeza la osamenta.
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Sólo para maniáticos
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Conocí a Paco Huidobro cuando aún no salía de la preparatoria y ya era buen amigo de la mala vida. Vivía yo asilado en una casa gigantesca que a una provocación se convertía en tugurio tumultuario, tal vez bajo el influjo de un estilo Mauricio Garcés tardío que invitaba a excederse en la golfería. Recuerdo a Paco —diecisiete años en extremo precoces, la melena hasta casi la cintura y los ojos burlones de quien se hará tu amigo sólo después de haber sido tu cómplice— tocando el timbre comúnmente a deshoras, al tanto de que aquellas horas libres de manecillas eran en esa casa no sólo hábiles, sino de hecho abusivas y voraces. Ya manejaba entonces un humor negro totalmente incorrecto, cínico y criminal, motivo más que bueno para invitarlo a fiestas grandes y pequeñas, pero tenía asimismo otras destrezas: componía canciones y rascaba la guitarra como un maniático. Pronto, su banda —Fobia— ya tocaba en el patio de la casa, con algo más de mil fulanos delante.
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Ignoraba yo entonces que las manías sonoras de Huidobro se remontaban a su más tierna infancia, cuando sus pasatiempos favoritos eran tenderse en el pasto y cerrar los ojos cerca de los columpios (para oírlos rechinar a destiempo, como una sinfonía randomizada) o abrazarse a la aspiradora de la casa (para crear sonidos en la cabeza siguiendo los ciclos del motor). Me tomó un par de años de vida crápula compartida dar por hecho que antes que guitarrista, compositor, letrista o libertino, mi sardónico amigo era un artista. Es decir que él tampoco iba a ir atrás en la resolución de vivir improductivamente (cuando menos de acuerdo a los estándares del yuppie que ninguno servía para ser), antes dispuestos a inventarnos la ruina que a seguir instructivos infumables.
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Adagios y contagios
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Volviendo al 2001 en su casa en el Limbo (“un pueblo sin iglesia”, le divertía informar a sus invitados), de camino al Desierto de los Leones, Paco dormía apenas a unos cuantos metros de la consola y los demás aparatos (casi siempre encendidos, no fuera a ofrecerse algo a media holganza). Era allí donde a veces me invitaba a escuchar una nueva canción de su proyecto, antes o después de bombardearlo yo con las recientes peripecias de una musa zorrísima a la que había puesto el nombre de la rusa intrépida que conocí en la calle luego de, cierta noche, haber salido de chez Huidobro con la cabeza repleta de música: Violetta. ¿Y no era acaso su cd de Stereo Total el que sonaba en el coche esos días besucones, y continuó sonando hasta el fin de la novela? El punto es que jamás lo planeamos, pero nuestros proyectos crecieron a su modo entrelazados. No fue casualidad que una noche me llamara de Amsterdam en alto estado etílico sólo para informarme que acababa de ver a Iggy Pop y no sabía bien a bien distinguir entre eso y el sentido de la vida.
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“Desde hace un tiempo todo me ha salido mal, es como mi segunda casa este hospital: la enfermera, el terapeuta y muchos ceros en la cuenta me aconsejan que me olvide de ti”, rezaba una de aquellas canciones que iban cambiando de piel y entrañas conforme los encuentros dominicales se sucedían. Y como resultaba que la banda Fobia había desaparecido de la escena merced a las argucias de la disquera, el exilio en el Limbo exigía dosis extremas de fe. A saber si para ese contagio elemental nos servían las tardes domingueras (siempre ayuda saber que hay otro desquiciado en la misma ruleta). Pues a mi juicio aquellas canciones no podían ignorarse, una vez que lo habían parado a uno del sarcófago: “Le pregunté a un amigo, al doctor chino y al rabí, hice llorar al güey del taxi hablándole de ti; el macho de Jalisco y el marica en San Francisco me aconsejan que me olvide de ti”.
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Imposible olvidar la noche del 14 de diciembre de 2002, cuando al fin terminé de escribir la novela y horas más tarde, ya entrada la noche, Huidobro debutaba con esa nueva banda: Bikini. No fue casualidad que ellos mismos tocaran en la presentación de mi novela, como tampoco lo era que una de las canciones (la letra la había escrito diez años antes) llevara justamente el nombre del libro, Diablo guardián.
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Hoy día, aquella banda es conocida con un nombre a la altura del humor negro púrpura de marras: Los Odio. Ante el pasmo y torpeza de las disqueras que nunca antes supieron qué hacer con ese intenso proyecto respondón, Los Odio —ya no tres sino cinco, tras el fichaje de Tito y Quique— han persistido y al fin esas canciones llegaron a un cd. Y hoy mismo, que es domingo, termino de escribir estas palabras antes de que Huidobro pase por mí para ir al festival Vive Latino, donde Los Odio (un bandón, debería decir) habrán de sonar por ahí de las ocho de la noche. Puesto en otras palabras: qué emoción.

viernes, abril 23, 2010

Ciudad Juárez. Con nosotros muy cabrones, con el narco maricones. El dolor de Ciudad Juárez como símbolo del país. (PODER 360°-domingo 8/04/10)

La que el propio Calderón llamó guerra contra el narcotráfico, ha demostrado su inoperancia y su costo social y político. Hoy algunos analistas –y la gente de a pie, aunque ninguno haya aportado pruebas contundentes– cree que el gobierno actual ha apoyado y protegido al Chapo Guzmán y desmantelado sistemáticamente a los otros carteles. Sicarios abundan. La nueva moda son las pandillas juveniles –y formas sucedáneas de los maras, grupos tatuados como Los Aztecas– contratadas para matar en nombre de un cártel o un grupo de narcotráfico. La liga, La Familia, Los Zetas, no importa cuáles.
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En México amanecemos hoy, todos los días, con una nueva noticia escalofriante. En una fiesta asesinan a 16 adolescentes, en un velorio matan a varios de los asistentes, con frialdad, escogiendo a las víctimas. Afuera de una fiesta infantil asesinan a tres personas ligadas al Consulado de Estados Unidos. Todo esto dentro de la ciudad más violenta de México y quizá, hoy, de todo el continente americano. Ciudad Juárez es un cáncer, un símbolo, un reto.
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Cada fin de semana al menos 20 personas, muchas de ellas civiles –como los estudiantes becados por calidad académica muertos por error en el Tec en Monterrey– son asesinadas en nuestro país, no sólo en Chihuahua. La geografía de la guerra no conoce fronteras o estados.
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El gobierno no se cansa de estigmatizar, primero: son sicarios, criminales. Muchas veces tiene que disculparse pronto porque el fuego cruzado ya nos alcanza a todos. Slavoj Zizek, el gran teórico contemporáneo, habla de la violencia sistémica, la que el gobierno se encarga de convertir en plataforma política y en prueba de su capacidad. Nosotros a ese discurso lo llamamos aquí mismo inseguirismo. Sin embargo, cuando el gobierno desata una guerra que no puede ganar los índices de popularidad se caen estrepitosamente.El gobierno de Calderón no ha sabido contarnos una historia paralela a su guerra. No ha sabido convencer. En su última conferencia de prensa en Ciudad Juárez, los distintos representantes –federales, estatales, municipales– se encargaron de repetirle a la gente que ha disminuido el crimen.
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Nadie cree esto, aunque estadísticamente sea comprobable, porque no hay una narrativa paralela a la guerra que haga coherente el esfuerzo. No hay la capacidad del gobierno de decirnos que todo esto tiene un objetivo coherente y, sobre todo, un final próximo.
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Si un día se van los militares de Ciudad Juárez, qué pasará, se pregunta la gente. A muchos que he entrevistado –desde taxistas hasta maestros universitarios, pasando por comerciantes y estudiantes– les parece que si se desmilitariza disminuirá la violencia. Es decir que la gente, para decirlo en español, ve más caro el remedio que la enfermedad. Yo no creo que a estas alturas la desmilitarización, per se, arreglará las cosas, de la misma manera que la salida de las tropas estadounidenses de Iraq no arreglará el país ni detendrá la violencia. Sería simplista pensarlo.
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Lo que urge, entonces, es una estrategia de mediano plazo que muestre la posibilidad de tener un efecto positivo. Lo que urge es que, además, la gente crea en ella y que la percepción (que los comunicólogos nos han repetido en las últimas décadas, crea la realidad) se modifique radicalmente.
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Según la demoscopista María de las Heras, seis de cada 10 personas cree que las visitas de Calderón a Ciudad Juárez obedecen sólo a la necesidad de mejorar su imagen, no a un legítimo interés por cambiar las cosas. Una madre doliente por uno de esos niños muertos en un fuego cruzado se lo dijo directamente: “No es usted bienvenido, señor Presidente”.
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¿Es un tema de percepción solamente? No lo creo. Lo que sostengo es que pasa por la percepción, pero se necesitan acciones reales, coherentes y concretas que nos convenzan a todos. Como en la Chiapas del EZLN, ahora en la Chihuahua secuestrada por la violencia el presidente reconoce que la guerra no ha dado frutos positivos y anuncia gasto social como solución. Me pregunto si ese gasto social se quedará en asistencialismo. La economía de las familias no se mejora por decreto. Hoy matar a alguien en México es fácil. Los expertos dicen que no cuesta más de 3,000 pesos el encarguito. Empleo, empleo y más empleo, pero con circulación de capital, educación y becas, suena bien pero no en una ciudad y en un país casi entero, para quien la única esperanza de futuro está en cruzar el Río Bravo.
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El FBI participa –y cinco agencias más– en el esclarecimiento de sus propios muertos. La secretaria de Estado, Hillary Clinton reconoce la responsabilidad compartida (pensemos sólo en la venta de armas de la frontera), dice que la cooperación económica se dará de manera más expedita. Todo esto son buenas intenciones, claro, pero lo que se necesita es una estrategia que funcione, insisto. Y se necesita ya.
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Por eso la mejor frase de estos tiempos es la de los jóvenes que en una de las visitas presidenciales querían protestar y fueron impedidos por el Estado Mayor. “Con nosotros muy cabrones, con el narco maricones”. Ésa es la percepción y, lamentablemente, la realidad para muchos mexicanos en el balance de la guerra idiota contra el narco.

Con la P de Puebla, los valores que nos faltan (Diario El Columnista 20/04/10)

El viernes pasado participé –involuntariamente ya que uno no elige ser nominado a un reconocimiento- en una ceremonia que, instituida por la alcadesa Blanca Alcalá busca promover ciertos valores que llama fundacionales (y por eso la premiación busca coincida con la Fundación de Puebla). Son valores, por otro lado, que no son privativos de nuestra ciudad, sino de toda comunidad digna de ese nombre. Es una noble tarea. O como decía el otro día sobre la Guadalupana la gran Chavela Vargas: “Es lindo ese cuento”. Nada más que no podemos seguir viviendo del cuento, ¡basta! Hoy me gustaría más ser el aguafiestas. Preguntarnos con seriedad a la luz de las próximas elecciones y de la reinvención justamente fundacional que el sistema político mexicano produjo y que José Emilio Pacheco llama sistema métrico sexenal, qué valores nos faltan. ¿Por qué Puebla, que alguna vez rivalizó en todo con la capital de la Nueva España no pinta, para nada que no sea el escándalo, en el escenario nacional?
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Como un mero ejercicio descriptivo, hablemos de cinco valores que nos caracterizaron alguna vez y que hoy parecemos desconocer: perseverancia, priorización, proyección, participación y pasión.
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Uno por uno, entonces. Perserverancia. ¿Dónde se nos acabó el fuelle? Yo creo que después de la guerra de Reforma (con el gran paréntesis de los Serdán), porque a partir de ese momento no fuimos capaces de vivir las dos Pueblas que siempre convivían luchando, la conservadora y la liberal. Hay un lugar común falaz, como todos los lugares comunes, que repite que Puebla es conservadora. Aquí, sin embargo, se vivieron una a una todas las gestas liberales, desde el Plan de Ayala, la misma impresión del Plan de Iguala independentista, el triunfo contra la Intervención francesa, el inicio de la Revolución, el primer reparto agrario zapatista, la Universidad de izquierda más importante de provincia y la ruptura con los FUAS (Federación Universitaria Anticomunista) que dio lugar a la escisión, la polarización y el desencuentro. Pero también dejó para siempre claro que atrás de la Puebla levítica, minoritaria del Yunque, hay la Puebla que publicó La Abeja Poblana, que fue decisiva en el Virreinato (aquí Sor Juana imprimía sus obras y estrenaba sus villancicos). ¿Qué nos pasó? ¿Por qué claudicamos?
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¿Por qué no perseveramos? El poblano actual es acusado, no sin razón, de apático. Poca Participación (nuestro segundo valor ausente) y, además, intermitente, claudicante. Cuando ha ocurrido algo que levante el clamor –la última vez en la serie de manifestaciones civiles por el caso Lidia Cacho, por ejemplo-, nunca sabemos llegar hasta las últimas consecuencias. Por alguna razón nos desinflamos en el camino. Incluso no apoyamos a las organizaciones no gubernamentales más que eventualmente. Aquí no deja de preocuparme una figura lábil, tramposa, la del ciudadano. Todos somos ciudadanos, pero tenemos que unirnos en grupo para poder participar políticamente, para construir un espacio público. Lo malo son los ciudadanos que con ese nombre en realidad buscan aspirar a puestos de elección popular o públicos, desvirtuando el mismo concepto de ciudadano independiente. Hay muchas maneras de incidir en la política local, pero definamos claramente quiénes somos ante los demás, sólo así nos tendrán confianza. Yo, por ejemplo, he decidido no volver a ser servidor público y desde hace mucho decidí no participar en campañas políticas ni postularme para ningún puesto de elección popular. Soy un ciudadano. Un escritor. Y desde ese divisadero, como decía mi maestro Luis González, es que veo y participo en el debate. Puedo desde aquí contribuir mucho mejor a una Puebla más justa, más equilibrada y más sana.
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En Puebla hace mucho tiempo –quizá el último en hacerlo bien fue Esteban de Antuñano, aunque Alfonso Velez Pliego hizo mucho también en su campo- que no tenemos liderazgos específicos, de gente que sabe su área y trabaja allí con denuedo. Mejora, hace innovaciones, contribuye. Es decir Prioriza. Queremos ser anjonjolíes de todos los moles. Lo mismo el empresario que el político. Sólo hace falta ver los nombres de las personas que participan en los patronatos (siempre son los mismos y nunca participan económicamente, sólo se lucen, o intentan hacerlo colocando su nombre que ya no prestigia, pues se presta para todo). Hace tiempo se contaba una anécdota de Manuel Espinosa Yglesias. Se decía que quiso donar una importante suma y que reunió a los grandes empresarios poblanos. Por cada peso que ellos pusieran el pondría un dólar –lo de menos es la causa que convocó-, huelga decir que nadie dio un clavo y que, finalmente, fue la Fundación Mary Street Jenkins la única en participar económicamente en ese empeño. Los poblanos olvidamos, tristemente, vivimos del pasado pero sin memoria histórica, en plena identificación narcisista con nuestras imágenes. No hemos salido de la etapa anal o para decirlo más lacanianamente, del estadio del espejo.
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El viernes pasado me quedó claro en la ceremonia a la que aludí al principio. Seguimos hablando de poblanidad y metemos allí todo lo que no sabemos en realidad definir (la poblanidad es el adverbio de nuestro ser, es el cajón de sastre de nuestra ontología imposible).
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Por ello cada vez más no hay proyección –ni nacional ni internacional-, ya sea de nuestras personas (nuestros hombres y nuestras mujeres verdaderamente preclaros) ni de nuestras instituciones o nuestro Estado. ¿Qué significa Puebla en el contexto nacional, subcontinental o mundial? Nadie sabe. Somos ya un punto olvidado de googlemaps. Pero eso sí, nos ufanamos de ser poblanos. Y es que nos falta Pasión, eso que define verdaderamente a un grupo, a un ser humano o a una región.
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Hace tiempo que no sabemos cuál es nuestra vocación, para qué servimos (o a quién servimos, si es el caso). Damos palos de ciego en inversión, en infraestructura, en desarrollo. Nuestros políticos son albañiles preocupados de la obra pública –que es por definición inacabable- y no sabemos invertir en obra social o en obra humana.
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¿Ya valimos? ¿Cuándo se jodió Puebla?, podemos preguntarnos como hizo Vargas Llosa con el Perú en Conversación en la Catedral. Yo aventuré aquí una hipótesis: después de la Reforma. Llevamos ya siglo y medio sin saber qué carajo somos, viviendo del pasado, en una regresión infantil que nos impide madurar del todo. Vuelvo a Lacan: la tragedia de quedarse en el estadio del espejo –por otro lado una etapa fundamental para la construcción del yo- es que necesitamos la mirada del otro para existir. Lo especular necesita de la aprobación constante del otro, de su mirada que nos devuelve el rostro. Nuestro Imaginario pocas veces se contrasta con un Simbólico que no sea cliché o banalidad cursi –Barroquísimo, Poblanidad-, y menos acepta ese fantasma –sinthome-, que es lo Real.
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Bienvenidos, sin embargo, al desierto de lo Real.

miércoles, abril 21, 2010

La guerra que perdimos / II (Diario Milenio/Opinión 20/04/10)

Otra manera de desmitificar la auto-agrandada imagen que el narco tiene de sí mismo es cuestionar su alianza, tanto material como cultural, con las clases más desposeídas de nuestro país. Su buscada adhesión a las clases populares se confirmó de inmediato al perfilarse como una especie ingrata de campesino contemporáneo: Zambada no sólo declaró ser un “hijo del monte”, sino que también habló, cual le corresponde, de la tierra y del cielo, con agradecimiento respeto a la primera y desconfianza en relación al segundo. De hecho, hacia el final de la entrevista aceptó que se dedicaba a “la agricultura y la ganadería”. Pero ni Zambada ni Calderón mencionan lo obvio: que estos negocios agrícolas son grandes emporios globalizados y que, a pesar de designarla como mera “tontería”, la fortuna de El Chapo sí está en las listas de Forbes. Lejos están de “la gente del monte” tanto los Jefes de Jefes como los otros miles de empresarios que ocultan sus nombres y las fortunas que han ido amasando en sus conexiones con el narcotráfico. Gente del post-monte en todo caso y, a juzgar por el golpe mediático, aguzados lectores de las formas populares de la comunicación contemporánea: el narco. Neo-campiranos. Aspirantes a dueños de la aldea, ciertamente, global. Es evidente que mientras no se despenalice el consumo de drogas, es decir, mientras haya Jefe de Jefes y Empresarios Oscuros que acumulen dinero, y mucho, con ellas, este negocio no desaparecerá.

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Cuando Zambada explicó que había escapado del Ejército en algunas ocasiones gracias a su conocimiento del terreno también hizo alianzas, metafóricas y no, con tradiciones guerrilleras campesinas que están en el corazón mismo de la historia de México, y más allá. Su crítica a las atrocidades que comete el Ejército mexicano (justo cuando el mismo ejército parece estar saliendo de Ciudad Juárez), sin duda intentaba crear una empatía con los dolientes contemporáneos. Evitó mencionar, por supuesto, las atrocidades propias delnarco, las cuales han marcado escenarios urbanos y rurales por igual en los últimos años. Y pudo evitar mencionarlo porque, por lo que se deduce de las pocas palabras que le dijo a Scherer, Zambada sigue pensando que, a diferencia del Ejército, el narco sólo ejerce la revancha o en todo caso la violencia con sus pares. Y nosotros, los que ya somos cada vez menos Nosotros, así, autoprotegidos en un pronombre con muros, sabemos bien que eso no es cierto. Las masacres contra estudiantes en Ciudad Juárez y en Monterrey son un alarmante recordatorio, entre otros tantos que se pierden en las páginas interiores de la prensa local o que no abandonan el sonido bajo del rumor, que la honorabilidad del narco, si la hubo, es cosa del pasado. No habrá que olvidar tampoco las continuas masacres dentro de los penales más diversos. Todos ellos, en las escuelas o en las prisiones, son parte de ese 23% de ejecutados que tienen menos de 23 años. Frente a sus sicarios de hoy todos somos vulnerables. Todos somos víctimas potenciales de sus atrocidades.

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Como los anónimos mensajeros que dejaron, en mayúsculas, un texto en la sección de comentarios de MILENIO de Tampico, la definición de pueblo en el discurso de Zambada va acompañada, explícita o implícitamente, de la palabra subordinación. Y en esto, como en su manera de aliarse cultural y materialmente con las muy diversas clases desposeídas, Zambada emula los mejores tiempos del PRI. Recuérdese que la incorporación de trabajadores y campesinos al aparato del Estado fue, desde el inicio, altamente selectiva: se dejó entrar a los que capitulaban, como los sindicatos que luego formaron la CTM, pero se descartaron a los independientes y a los anarquistas. Pueblo y subordinación constituyen un pleonasmo en ese léxico. En el mayúsculo texto (lo digo por el uso de las mismas así como también por su extensión), los anónimos anunciaban, por ejemplo, un toque de queda y, al mismo tiempo, prometían la protección consabida para el pueblo, y no así para la “gente que no”. ¿Cuál “gente que no”? La definición se sigue casi con naturalidad, es una frase de uso popular, al final de la oración cortada: la gente que no está con ellos. “Somos Tamaulipas”, escribieron varias veces. Insistiendo. Lo cierto fue que la gente no salió de sus casas. Lo cierto es que “la gente que no” puede ser más numerosa que “la gente que sí”. Lo cierto es que hay una posibilidad de que ellos no sean Tamaulipas.

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Si a todo esto se le agrega la figura imponente, jovial incluso, que colocó el brazo derecho sobre el hombro cansado del viejo periodista mientras retaba, y esto no sin orgullo, a la cámara, es entendible que nosotros, todos nosotros, los nosotros en plena minúscula, hayamos perdido la guerra que nunca quisimos. La ecuación es fácil: frente a gente como Zambada, atento a los discursos públicos y el sentir popular, manipulador de nociones de masculinidad que parecen empatar a la perfección con machismos seculares, se encuentra gente como Calderón, incapaz de crear lazos, ni siquiera retóricos, con las mayorías dolientes. Encerrado en una torre de marfil de la que sólo sale, y eso a veces, para regañar la mala conducta del respetable, autista de la política (esto va con disculpa incluida para todos los autistas y los familiares de los autistas, por favor), a Calderón le ha importado más su legitimidad abstracta que su trabajo. ¿Cómo comparar a un hombre que retóricamente al menos habla de “llorar” a un hijo frente a otro que fue incapaz de escuchar, ya no digamos conmoverse, frente al dolor de una madre que acababa de perder a dos de los suyos debido a la violencia desatada por ese otro que se dice llorar por el propio? No olvidemos, por favor, a doña Luz María Dávila, Villas de Salvárcar, Ciudad Juárez, Chihuahua, madre de Marcos y José Luis Piña Dávila de 19 y 17 años de edad. Incapaces de abrazar, y digo esto en el más amplio sentido de la palabra, tanto Calderón como su esposa defraudan y, con razón, encolerizan. Incapaces ambos de moverse de sus asientos y de salirse de protocolo. Si ya tuvieron la desfachatez de iniciar una guerra que no pedimos ni apoyamos, no estaría de más tener el valor de asumir las consecuencias de sus actos y, al menos, parpadear. Porque el narco, al menos a nivel popular, no sólo va ganando por dinero (los sueldos de los aprendices de sicarios no son tan altos como uno pudiera llegar a imaginarse), el narco va ganando también porque, como dijo la periodista Gabriel Warketin en un muy buen artículo publicado en El País, en la foto que se tomaron Scherer y Zambada todos, pero todos de verdad, nos vimos ahí. Desconcertados, cariacontecidos, tomados por sorpresa, afirmados o negados, pero todos ahí.

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Coda: este 5 de junio esperamos una decisión de la Corte sobre los culpables de la injustificada y atroz muerte de 49 niños sonorenses. Si Calderón tuviera a bien preocuparse más por su trabajo y menos por su abstracta legitimidad podría, por una vez, salirse de su torre de marfil y aceptar que estos mexicanos, estos otros en minúsculas, estamos ahí, dolientes. La justicia es, a veces, la forma del abrazo.

martes, abril 20, 2010

Las penas del puntero (Diario Milenio/Opinión 20/04/10)

La cruz del de adelante
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Para quienes, de niños, solíamos perder en casi todos los juegos, la experiencia de verse rebasado no era ni con mucho traumática. Por el contrario, uno aprendía de eso a ganar otras cosas, como resignación, paciencia y una ambición oculta, por ridícula, de pronto confundible con ensoñación: la de un día vencer ya no tanto al contrario como a sí mismo; conquistarse, atreverse, ir más allá de lo que nadie espera. ¿Qué es lo que pierde uno cuando en vez de perder se habitúa a ganar? Al menos en el ámbito de las competiciones —y hay quienes piensan que éstas lo abarcan todo— sólo una desventura supera la del siempre perdedor, y ésta es la del perpetuo ganador: ese infeliz secreto que a cambio de la gloria fugaz de los aplausos se obliga a ser mañana quien fue ayer, so pena de caer del penthouse hasta el sótano en un solo tropiezo. Nadie en su sano juicio y buena leche aconsejaría al perpetuo ganador que se creyera cuanto elogio escucha, o asumiera que todo seguirá siempre así, o tomara distancia de quienes aún se atreven a increparle, pero quien se acostumbra a dar por hecho el triunfo difícilmente aceptará otro consejo que los rendidos a su monomanía.
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Es, por cierto, verdad de Perogrullo que en cualquier situación todos quieren ganar y ninguno perder, pero bien poco aprende quien se habitúa a no tener a nadie por delante, y en tanto eso vivir dando la espalda al resto de los competidores. Qué monserga intrincada tiene que ser no convertirse en un perfecto papanatas cuando hay que dar la cara por tantas hazañas, que sin embargo no parecen bastantes porque el mañana sigue comprometido a extender los aplausos del ayer y ya nada parece pesar más que esas ansias. Semejante hipoteca del espíritu suele llevar a algunos a opinar —no sin envidia, las más de las veces— que el mortal en cuestión pactó con el demonio, y lo cierto es que son contratos tan afines que hay que ser un experto para diferenciarlos entre sí.
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Gracias por la derrota
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Hará un año que los cronistas deportivos coincidían en ver a Tiger Woods y Rafa Nadal como los deportistas más competitivos del planeta. Poco tiempo después, le tomó a éste un solo partido —el de Robin Söderling en Roland Garros, retransmitido hasta la náusea cual si fuese la ejecución de Luis XVI redivivo— y a aquél un zipizape conyugal caer del pedestal de palabras donde los habían puesto. “He visto a Rafael estrellar en el piso el control de la PlayStation, pero jamás una raqueta en la cancha”, dice orgulloso el tío Tony, que además de entrenarlo se encarga de afirmarle los pies en el piso, al extremo de no aceptarle sueldo alguno y prohibirle el acceso a “privilegios que luego duele perder”. Lejos de refugiarse en presuntas mansiones de Mónaco o Dubai, el entonces aún número uno del mundo volvió del escenario del regicidio al domicilio familiar, donde el abuelo sigue escandalizado “porque a un chaval de esa edad le den toda esa pasta”. Ya habría querido alguien como Mike Tyson tener el diez por ciento de esa protección.
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Once meses después de haber sucumbido al saldo del desgaste propio de jugar cada punto como si fuera el último, tras superar lesiones físicas y anímicas —éstas menos notorias, en principio— y desde entonces ganar y perder calibrando el valor de la experiencia, antes que el resultado, el Matador Nadal ha mordisqueado al fin un nuevo trofeo, luego de hacer puré a Fernando Verdasco y darse a sollozar sobre la toalla (nadie como él sabrá la cantidad de diablos contra los que ha peleado para salir con esa fuerza a la cancha). No debería ser tan sorprendente que Verdasco, al tomar el micrófono, haya empezado por dar las gracias a su contrincante, no sólo por cuanto hizo en este torneo, como por las seis copas consecutivas que se ha llevado ya de Monte Carlo. ¿Pues cómo, sino yendo tras las huellas de una bestia salvaje puede uno enseñarse a afilar las garritas, y eventualmente hacerle algún rasguño? ¿Y cómo no apreciar la lección del amigo-fenómeno que te borra del campo de juego sin trampas ni rabietas ni desplantes?
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Tigre al agua
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Poco antes de que el aura de Tiger Woods rodara lecho conyugal abajo hasta los precipicios de la ignominia, recibí una propuesta inaceptable: escribir un artículo comparando a Tiger Woods con Roger Federer. Sabía demasiado sobre uno y muy poco del otro. Cierto que había visto a Woods hacerse con trofeos acá y allá, y alzar el puño ante el público en pie luego de un nuevo eagle milagroso, e inclusive silbar la tonada de Eye of The Tiger en un comercial, pero hasta entonces nunca lo vi caer, cuantimenos llorar, cual era el caso del tenista legendario.
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Francamente no me imagino a Roger Federer escenificando un papelón como el de Tiger Woods a la hora de pedir público perdón por sus deslices. Un montaje evidente, espeluznante, donde sólo faltaron humos de hielo seco, dedicado a esas almas pudibundas que aún pierden el sueño de saber que su Tigre es, amén de campeón, un pitoloco. Si alguna vez el hoyo 19 había estado en todas partes, no lo estaría ya más allá del Hogar. Una vez autoabsuelto, Woods volvió a competir en la edición reciente del Masters de Augusta, donde alcanzó un notable cuarto lugar, tomando en cuenta el medio año de ausencia. No obstante, entrevistado tras el último hoyo, un Woods con las facciones tiesas por el enfado se declaró del todo insatisfecho. “Si yo voy a un torneo, es para ganarlo”, subrayó, diríase que empeñado en demostrar que poco o nada ha aprendido de su paseo por el purgatorio. Dos momentos más tarde, el vencedor Phil Mickelson abrazaba a su esposa, que había ido a esperarlo al hoyo 18, todavía débil por su pelea vigente contra el cáncer. Un escenón, sin más efectos especiales. Volví un poco hacia atrás la grabación y apareció de nuevo Tiger Woods, sinodal y hagiógrafo de sí mismo, solo con su disgusto de triunfador perpetuo en stand-by. Moralejas aparte, no sé si alguna vez vi a un campeón con tan mala puntería.