martes, julio 08, 2008

Lo que yo quiero de él...

Diario Milenio-México (08/07/08)
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Una de las razones por las que Susana San Juan ha sido considerada como un poderoso personaje femenino rulfiano, se debe a la relación estrecha con su propio deseo
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No son pocos los personajes femeninos de Juan Rulfo que expresan su deseo, especialmente su deseo sexual, de manera directa. En los primeros fragmentos de Pedro Páramo, Eduviges Dyada no tarda mucho en relatarle a Juan Preciado cómo es que ella estuvo a punto de ser su madre. “Dolores fue a decirme toda apurada que no podía. Que simplemente se le hacía imposible acostarse esa noche con Pedro Páramo. Era su noche de bodas”. El ruego continua, el proceso de convencimiento, y Eduviges, al fin, cede. “Y fui”, dice. “Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo. Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrincheré en su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así que pasó la noche roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus piernas entre las mías”. Es apenas el fragmento número nueve del libro y ya Pedro Páramo ha sido despojado de la proeza sexual que suele asociarse a fuertes personajes masculinos, especialmente cuando sus nombres son llevados al título del libro. El lector se enfrenta, pues y de entrada, a un héroe emasculado y a una mujer “con ganas”. Eduviges no es aquí la Malinche pétrea y perforada de Octavio Paz, ni la limitada mujer de la condición femenina de Rosario Castellanos. Eduviges es aquí un cuerpo sexuado a cargo de su deseo.
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Fragmentos después, cuando en típica estrategia rulfiana, el lector se entera prepósteramente de la razón por la cual Dolores Preciado no puede acostarse con Pedro Páramo en su noche de bodas, Rulfo introduce el cuerpo menstruante de la mujer en Comala y, de paso, en las letras mexicanas. Obedeciendo las órdenes del cacique, Fulgor Sedano pide en matrimonio a Dolores Preciado para de esta manera reducir las abrumantes deudas de la Media Luna. La mujer, reaccionando con gusto, le solicita, sin embargo, una tregua. Ante la renuencia del administrador, la mujer insiste: “Pero además hay algo para estos días. Cosas de mujeres, sabe usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da decirle esto, Don Fulgor. Me hace usted que se me vayan los colores. Me toca la luna. ¡Oh!, qué vergüenza”. Fulgor Sedano, sin embargo, se muestra inflexible y, por ello, Dolores se ve obligada a intentar algunos remedios caseros. Así, ella “corrió a la cocina con un aguamanil para poner agua caliente: ‘Voy a hacer que esto baje más pronto. Que baje esta misma noche. Pero de todas maneras me durará mis tres días. No tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!’”. Cuando el remedio falla, Dolores Preciado no tiene otra solución más que pedirle el favor a Eduviges. El favor de suplantarle el cuerpo.
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Una de las múltiples razones por las que Susana San Juan ha sido considerada por muchos como un peculiar y poderoso personaje femenino en la literatura mexicana del siglo XX es, precisamente, debido a su relación estrecha y directa con su propio deseo. Viuda y trastornada, Susana, a pesar de estar casada con Pedro Páramo, no hace otra cosa más que recordar a su difunto marido, Florencio. La memoria de Susana, sin embargo, no es meramente romántica o platónica. Sus recuerdos se pueden masticar. “!Qué largo era aquel hombre! ¡Qué alto! Y su voz era dura…! Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos”. Aprovechando la voz femenina, Rulfo lleva a cabo algo rara vez visto en la literatura mexicana de mediados de siglo: describir, con puntualidad, el cuerpo masculino. Rulfo nota y hace notar las fisuras, los temblores, los encantos de los cuerpos de los hombres, sin por ello dejar de lado su posible impotencia, tanto física como anímica, ante y por el cuerpo femenino.
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Es claro que las ánimas que se pasean por Comala purgando culpas y murmurando historias son ánimas sexuadas. Al contrario del dios que increpa Susana San Juan en uno de sus ardientes monólogos, a Rulfo no sólo le interesan las almas, sino más bien, acaso sobre todo, los cuerpos: las marcas de esos cuerpos, las interacciones de esos cuerpos, las transgresiones de esos cuerpos. Por esas áridas tierras donde sólo crecen arrayanes ácidos se desliza un tufo sexual. Por las ventanas de las casas de una Comala nocturna, cubierta de nubes, entran y salen hombres husmeando a sus presas-mujeres que otras mujeres, ya Dorotea o Eduviges o Damiana, le han facilitado al cacique y, sobre todo, al hijo del cacique, Miguel Páramo. Del otro lado de esas ventanas asimismo esperan sobre sus lechos mujeres desnudas, como Damiana Cisneros, o temerosas de la muerte, como Ana Rentería. Y, para nombrar cada uno de estos encuentros, cada uno de estos deseos, Rulfo ha elegido sustantivos directos y denotativos, así como adjetivos de un gran poder de evocación sensorial. Cuando Dolores Preciado atiende el llamado de Inocencio Osorio, el provocador de sueños, la sesión con ese hombre “que escupe como los gitanos” consiste “en que se soltaba sobándola a una, primero en las yemas de los dedos, luego restregando las manos; después los brazos, y acababa metiéndose en las piernas de una , en frío, así, aquello al cabo de un rato producía calentura”. Cuando Abundio se emborracha debido a la muerte de Refugio, su mujer, éste recuerda cómo “se acostaba con él, bien viva, retozando como una potranca, y que le mordía y le raspaba la nariz con su nariz”. Incluso cuando Juan Preciado se descubre compartiendo una estrecha tumba con Dorotea La Curraca ella está “en el hueco de [s]us brazos”. Las rodillas juntas.
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Los lectores tempranos de Rulfo, aquellos que recibieron sus libros con entusiasmo y recomendaron sus traducciones a otros idiomas, han escrito, y mucho, sobre la violencia sexual que ejercen los violadores, el cacique y, en su caso, el hijo del cacique, en los caminos de Comala, ligando así la figura del hijo bastardo con el sentido de orfandad de una nación en pos de su propia modernidad. A esta visión que, aunque certera, no deja de ser parcial, habría que agregarle ese deseo sexual femenino tan cabal como complicadamente presente a lo largo del texto rulfiano. Nuestra interpretación de las múltiples maneras en que México enfrentó el reto de su propia modernidad a mediados del silgo XX sería así más compleja, más dinámica y, sin lugar a dudas, más interesante.

lunes, julio 07, 2008

Se presentó en México el nuevo libro de Volpi

Celebra Jorge Volpi cumpleaños 40 con presentación de nuevo libro
El Universal-Notimex (05/07/08)
Comentan los escritores Juan Villoro y Martín Solares el texto Mentiras contagiosas
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Con puntualidad inglesa y humor a la mexicana, el escritor Jorge Volpi celebró sus 40 años con la presentación de Mentiras contagiosas, su nuevo libro, cuyos comentarios estuvieron a cargo de sus dos mejores amigos: Juan Villoro y Martín Solares.
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Volpi es un real "cronista de las ideas" , de acuerdo con la ponencia de Villoro. "Es un autor sofisticado, maniático del control literario, cuyas fronteras son sus propios límites", añadió en su escrupulosa retrospectiva sobre la obra del también director del Canal 22 de televisión.
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La librería Rosario Castellanos del Centro Cultural Bella Epoca se vio anoche colmada de amigos y compañeros de Volpi, quien estaba rodeado de personalidades del mundo de las letras, el análisis humanístico y el estudio del devenir social del país, ávidos de leer su libro.
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Al tomar la palabra, Solares mencionó que el autor de Mentiras contagiosas creó un libro provocador y desenfadado, propio de quien es un escritor divertido. "Parece que el texto se comenzó a escribir con saco y corbata y se terminó con tenis y jeans", consideró.
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Entre serio y no tanto, dijo que desde el punto de vista lógico "no debería sorprendernos que luego de convertir en personajes de ficción a científicos y ensayistas como Einstein, Barthes o Lacan, Volpi la emprenda ahora con el ensayo mismo y busque la manera de volverlo materia de la ficción".
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Aseguró que con Mentiras contagiosas, el también autor de En busca de Klingsor transgrede con desenfado las fronteras y acaso experimenta con astucia el ensayo-ficción. En sus propias palabras, "`acaso la unión de la ficción con el ensayo represente el mejor camino que le queda por explorar a la novela en nuestros días'".
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Lo cierto es que en el libro desfilan numerosos personajes destacados reales en las más variadas áreas del quehacer humano, como Darwin, Newton, Welles, Juan Rulfo, García Márquez, Carlos Fuentes y muchos más, pero también imaginarios, como Don Quijote de la Mancha.
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El volumen se integra de ensayos, de reciente factura y de hace años, en los que el hilo conductor es la novela, con sus aristas y sus protagonistas; su arte, autores latinoamericanos y otros aspectos en torno a ese género literario.
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A lo largo del tomo se puede encontrar una mezcla de elementos reales con ficción en sus temas, tramas y apartados. El escritor se hace algunas preguntas, como "¿Qué son las novelas, para qué sirven, cuál es su papel dentro de la sociedad?", a las que él mismo halla las respuestas y las expone claramente.
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La selección de textos sobre novela y arte escritos por el autor se rigió bajo el criterio de crear un todo literario. Aunque cada uno de sus capítulos y ensayos puede ser disfrutado de manera aislada, en conjunto hacen una reflexión magistral; el libro presenta ensayos sobre libros, editores, libreros y escritores.
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Baste unos ejemplos: El Quijote de Cervantes y la forma como lo abordó Orson Welles en el cine, o su posible existencia real, así como los nuevos novelistas latinoamericanos y los consagrados, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Cabrera Infante, Sergio Pitol y otros escritores de esta región.
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El libro, que ya se encuentra a la venta en librerías de todo el país, España y algunas ciudades latinoamericanas, luce en su portada una fotografía de Lola Álvarez Bravo, Unos suben y otros bajan, imagen emblemática de esa artista de la lente que comulga con el contenido literario.
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Mentiras contagiosas reúne textos que exploran los límites de la novela y desmenuzan sus múltiples posibilidades de supervivencia, desafiando a quienes la consideran un entretenimiento inútil o certifican su inevitable y próxima extinción. Volpi se declara enemigo de toda clase de fronteras.
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"Frente a la plaga de novelas banales que nos invade es necesario combatir por la novela compleja, aquella que no se rinde a la imitación, que desafía las convenciones, que busca superarse a sí misma; nos corresponde mantenerla con vida", señala el autor.

Rehenes de la Historia



Diario Milenio-México (07/07/08)
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Las imágenes posteriores a la Operación Jaque muestran que entre las armas poderosas sobresale la cámara de video, capaz de adormecer los egos más alertas.
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Lente de alto calibre
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Hay que tener una imaginación intrépida para ponerse en el lugar de los tripulantes del helicóptero que rescató a los quince rehenes de las manos del FARC. Quienes de esto más saben aseguran que no existe emoción tan intensa como la de ser parte de una balacera, pero la sola imagen del video tomado desde el aparato, que aterriza a mitad de un gran círculo de guerrilleros armados con kaláshnikovs apuntando hacia ellos, habla de otros estándares en lo que toca a la derrama de adrenalina. Aunque no sólo son las armas de fuego temibles por el pánico que provocan en quienes las enfrentan desarmados; también, y tal vez más, porque generan una curiosa petulancia en los que las empuñan. No suele ser con una metralleta entre manos que la gente razona mejor, aun si esa ventaja relativa le da un aire de superioridad tanto más deleitoso que nutritivo, pues entraña una peligrosa arrogancia que desdeña el cerebro y el instinto de conservación ajenos, así como la probable existencia de algún arma estratégica superior. Que es el caso, en la historia que nos ocupa.
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¿Cómo hacen unos cuantos impostores para tomar ventaja sobre decenas de enemigos armados con kaláshnikovs en tierra firme? No hay más que ver la generosa sonrisa del comandante César para entender cuál es el arma contra la que no sabe pelear. Un arma que transforma su fiereza en mansedumbre, seguramente porque interesa órganos y tejidos profundos con una sutileza instrumental que el plomo desconoce. Con trabajos se entiende que todo un comandante guerrillero permita la irrupción de cámara y micrófono en mitad de una transferencia de rehenes, pero está su sonrisa para explicarlo. No quiere verse mal en la televisión, ya se imagina —y nada más en esto no se equivoca— que su imagen dará la vuelta al mundo en unas cuantas horas. Se le ve amable, casi con ganas de acceder a cada petición del falso reportero. Pensará, por qué no, que los jefes verán con buenos ojos esa demostración de autoridad amable que el público no espera en un secuestrador. Pensará cualquier cosa, excepto lo que debería estar pensando. En lugar de alertarlo, la cámara ha apagado su instinto de conservación.
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Atados de neuronas
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Haciendo cuentas raudas, se observa que los guerrilleros sucumbieron cuando menos dos veces al poder de la lente. Una por asumir que el arma filmadora estaba de su lado; la otra por el par de camisetas con la imagen del Ché, que en principio tanto decepcionaron a los rehenes (son iguales a éstos, se temieron). ¿Quién, que estuviera en el pellejo narcisista del comandante César, no iba a darse a soñar con su cara de prócer del futuro impresa en varios miles de camisetas? ¿Cómo no acicalarse de menos mentalmente cuando del helicóptero bajan la cámara y el camarógrafo con los logos de la bolivariana cadena Telesur? Nadie que fuera el comandante César iba a perderse de la oportunidad de aparecer en el programa de Hugo Chávez con esa sonrisota perdonavidas en el momento de trepar al helicóptero.
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“Ejército del pueblo”, exclama en el micrófono uno de los falsos periodistas, y ello otorga a la escena cierto airecillo de pasaje histórico. Contra lo que uno espera del par de carceleros de élite que ya se aprestan a trepar al aparato, ambos se muestran joviales y magnánimos ante la lente del camarógrafo que aún insiste en obtener declaraciones de rehenes o guerrilleros. ¿Quién tiene tiempo para revisar el helicóptero, exigir credenciales o verificar la autenticidad de la maniobra, cuando ahí viene la cámara y hay que estar a la altura de la magna ocasión? Entre las camisetas del Ché y los prometedores logos de Telesur se encargan de tomar prisioneros a los hombres de las metralletas, no atándoles las manos ni los pies, como el razonamiento. Alguien contó a los estrategas del ejército que el comandante César es vanidoso, y contra eso se sabe que no hay defensa.
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Fugitivo a la vista
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“Si no come, se muere y la enterramos”, relata el cabo William Pérez que opinaron los hombres de las FARC cuando pidió ciertos medicamentos urgentes para Ingrid Betancourt, que llevaba ya días sin probar alimento. En un video tomado al día siguiente del rescate, el enfermero narra las condiciones de poca o nula asepsia en las que se veía obligado a trabajar, ante la indiferencia de sus captores, pero a uno ya poco le sorprende, pues le ha bastado con escuchar la tranquila sentencia del carcelero que bien podría ser el comandante César o su subordinado, Enrique Gafas. Se muere y la enterramos, resuenan las palabras en el cráneo, todavía minutos después. Uno a uno, los videos posteriores al rescate van estallando bajo lo poco bueno que podría quedar de la imagen de las FARC. En uno de ellos, aparece un alto jerifalte del ejército señalando las dos bolsas de plástico que ambos guerrilleros llevaron consigo al helicóptero, en presencia de sendos detenidos —César amoratado, más lejano que nunca de su sonrisa—. Teatralmente, el general ordena a sus soldados que muestren a la gente el contenido de las bolsas: solamente cadenas, llaves y candados. Quienes se dicen combatientes de la libertad viajan acompañados de rehenes y cadenas. ¿Para qué disparar obuses y misiles, si con la pura cámara los están devastando?
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“Me quedé frío”, declaró Hugo Chávez, pasadas las primeras veinticuatro horas de desconcierto, y uno sabe que en eso sí no ha mentido, aunque ya lo del júbilo ni quién se lo crea. De una u otra manera, Chávez sabe de sobra lo que ignoran las FARC en torno al arma que los ha vencido. Pocos cuidan como él la fotogenia histórica, y menos son aún los que aprenden a disparar estigmas con ella. Ya lo decía Mike Connors al final de cada capítulo de la vetusta serie En la cuerda floja: “En la confusión, un hombre escapó: yo.”

viernes, julio 04, 2008

Presentación de una novela

Ahí están dos seres, sentados, esperando buscar la respuesta a su pregunta: ¿qué hago aquí?, mejor dicho: ¿qué hacemos aquí? Uno de ellos, digamos el que representa la masculinidad en esta pareja tan dispareja, juega en sus manos con una cámara fotográfica, que irá a retratar lo que acontezca. Mientras, la parte femenina ve el reloj insistentemente, casi cada minuto, la impuntualidad de los demás le choca, pero no le incomoda en ella, en su cabeza pasan muchas cosas, pero la que más le taladra tiene que ver con las ganas de no estar ahí, rodeada de tanta gente.
Por fin, dice ella, son las 5:14 pm. Quince minutos de retraso, qué falta de respeto. Él sólo atina en apuntar la hora en un cuaderno de hojas, recuerda que debe y tiene que reseñar la presentación para pasar una materia impartida por uno de los presentadores de la novela en cuestión que dicen habla de muerte, mujeres y música.
La libreta destinada a servir de apunte de ideas para la reseña se vuelve en un recadero-reseñistico, debido a que él espera encontrar algo que escribir, ella, ante la incapacidad de éste y la necesidad de llenar hojas en blanco, escriben.

Él: 5:14 pm, empezó la presentación y ACF tiene la palabra.
Ella: tú no escribes, pero yo sí…Por alguna extraña razón me siento más cómoda manchando tus hojas…Alí terminó de hablar…siempre habla de los signos…es un poco como en clase…pobrecito.
Él: quizá le falta espontaneidad, no sé.
Aplausos, termina un ponente, sigue otro.
Él: 10 minutos después empieza ISP mi amigo, él siempre sabe qué decir y cómo lo va a hacer.
Luego, silencio del auditorio para poder escuchar a ISP. Viene de lejos dice la biografía leída, crítico, poeta, investigador, antologador, etc. De esos no hay acá, piensa él. Si no fuera gordito y chistosito le robaría un beso, ella hacía sus adentros.
Él: breve, conciso, sin papel en mano. Todo de memoria. Seguridad, sí, se nota la escuela amistosa de la que proviene.
Ella: simplemente experiencia, mi amor, experiencia.
Ella: ahora ISP hablan tanto como investigador que prefiero evadirme, esconderme, sí ocultarme, y aunque hablará de otra forma, soy adicta al escape, al s i l e n c i o, shhhhhhh.
Él: habla de universalidad, de la importancia de esta novela en México, luego habla de un cuentario. Hace un mapeo, lo coloca al lado de Lemus, Maldonado y dice, asegura que es mejor que Mendoza. Novela refinada, con registros prosísticos altos, novela polifónica. Gran potencialidad de estilos. Novela que rompe con los axiomas, mantiene la violencia, el erotismo y demás requisitos de las novelas policíacas y/o detectivescas, pero sin ser repetitivo, repetitivo, repetitivo, en sus registros. Tiene su propia personalidad, no tiene una genealogía conocida, no es Pitol, ni Rulfo, se deshace de sus fantasmas y no está sujeta a nada y por ellos logra una nueva escritura.

Ella le rebata a él la libreta, le corta la inspiración y el movimiento hace que la pluma caiga y apunte hacía él, mal presagio, piensa, dicen que cuando la pluma inconscientemente al ser colocada o al caer apunta hacía uno, es que uno está en desacuerdo y en desconfianza con lo que uno ha escrito. Y al mismo tiempo termina el presentador y sigue el escritor de la novela.

Ella: ver tu pantorrilla a través de tu pantalón, por ese agujero tan poco glamoroso, siempre tú así, tan sin glamur, pero aún así, me encanta…, es tan poético. Luego, pienso en acariciarte y no escucho a ACF (esto seguro no te agrada…je…es broma, pero lo que sí es cierto, es que tú eres poeta y el poeta premiado)…después, se me ocurre que debo morderte, lentamente, luego, hacerte porquerías, pero serían armoniosas, rítmicas, artísticas, porque al fondo se escucha música “clásica”, Stravinski por si preguntas, su violencia musical me agrada, perfecto para una tarde fría y lluviosa como esta. Necesitamos una guarida…All you need is fuck, a perdón, me equivoqué es “La Consagración de la primavera”, sabes tiene un ritual, aparte es ballet y tiene su historia, está basado en antiguas prácticas…
Él: sí, ya sé, dicen que antes le pedían a una bella y joven dama que bailará hasta que literalmente se muriera.
Ella: sabes, es bueno encontrar a otro loco amante de la música y que aparte escribe…chévere…al menos alguien sí supo que prefería más la escritura que la música. Yo no sé nada, pero él autor sí, está hablando del escándalo del estreno de la obra de Stravinski, en fin, este autor me agrada…sobre todo su preocupación por el mundo, la economía, etc.
Él: novela que nace de su amor por la música, pero, al mismo tiempo, es una protesta por los efectos económicos de 1994 en México, luego por los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez. Después, el autor, se anima a decir que Joyce no renovó en lenguaje como dicen en las academias literarias, más bien lo tienen de forma innata los agentes del ministerio público y sus redactores.
Ella: si, me agrada, está leyendo un acta….una declaración…hasta mencionó a una güerita contrabajista. Tiene un talento especial para leer eso, ¿cuántas declaraciones habrá leído?, sí, definitivamente, este escritor me gusta…sólo le quitaría la facha de ñoño, nerd, ¡eaaaa!, arriba los ñoños, ¡oh sí, mmmmmmm, qué rico, arriba los ñoños!
¡Ups! Me equivoqué de idea, quise decir: ¡los ñoños al poder!

Se hace el silencio, las novelas ahora en manos de los lectores que leerán la novela para chaquetearse mientras releen la escena donde habla de cómo uno de los personajes le meta la verga de manera constante a una de las protagonistas. Entonces piensa él, que quizá la novela deba leerse un 21 de marzo bailando con la verga de fuera y la mano en ella, en algún centro prehispánico ceremonial teniendo en los audífonos del discman a Stravinski, quizá así pueda consagrarla para que al momento que tenga una mujer enfrente pueda presumirle que tendrán una cogida consagrada por los dioses prehispánicos.
Ella: tu final, querido, ha sido un poco como si durante todo este tiempo haya estado acariciándote la entrepierna, mientras escribíamos tontadas, mientras escuchábamos distraídos fingiendo poner atención... sí, acariciándote hasta que no resististe más y tuvimos que escapar a algún rincón oscuro de esta casa-asilo-que-siempre-me -ha-parecido-tan-pequeña...
al final, recuerda, soy adicta a los escapes...

jueves, julio 03, 2008

Estampas de San Luis (II)

Diario Milenio-México (03/07/08)
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Por las mañanas San Luis tiene un sol tibio y sus calles están impregnadas del poeta Manuel José Othón. El programa del Cuarto Festival Internacional de Letras estuvo siempre concurrido. Todos los actos se llevaron a cabo en la sede del H. Ayuntamiento. Félix Dauajare ingresó al taller de poesía de Miguel Donoso Pareja cuando dejó de fungir como presidente municipal, a la edad de cincuenta y ocho años. En el marco del festival y a sus ochenta y nueve, recibió un merecido homenaje donde el grupo musical “La Sed” interpretó algunos de sus poemas.
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Recorrí las calles de San Luis Potosí. Estuve en la casa donde nació Manuel José Othón y luego estuve frente al Teatro Alarcón, donde Othón estrenó sus primeras obras de teatro. Poco a poco y buscándola pacientemente, llegué a la casa en la que murió el poeta en 1906. Es difícil porque sólo tiene una pequeñísima placa desgastada en la parte de arriba, y casi no se aprecia la clásica leyenda: “En esta casa murió el poeta…”
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En su discurso, José Emilio Pacheco dijo que a la gente le interesa mucho más la íntima vida de Niurka o las peripecias del Fabiruchis que la poesía. Escribir poesía es como lanzar un pétalo a las turbulentas aguas del río Éufrates. Pero también dijo que es importante lanzar esos pétalos al río porque de alguna manera pueden modificar el curso de la corriente. Me brincó rápido el tiempo en San Luis. Hace tiempo que no me detenía a observar esas bellas fachadas del Centro Histórico.
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¿Cómo recuerdo San Luis? Me refiero al San Luis que conocí en los años setenta. Mi referencia es el Versalles, un café que ahora está muy cambiado. Ahí se reunía la clase política e intelectual de la época. Ahora ya no. Lo noté incluso muy abandonado. Así pasa con el tiempo. Y al San Luis de los setenta lo recuerdo también por el Plan, el estadio de futbol que sólo está ahí ya como un elefante blanco. Los años pasan y uno sólo voltea y mira hacia atrás con un dejo de nostalgia. En su momento, José de Jesús Sampedro habló de las dificultades con las que se topa el editor actualmente. Dijo que en lo particular la edición en México pasa por un mal momento. El problema de la distribución siempre ha sido el mismo. Quienes han distribuido y recuperado las ventas se niegan luego a saldar las cuentas. La historia se repite y el círculo se vuelve vicioso. Pero dijo también que su labor de editor le ha dado muchas satisfacciones.
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Casi omito decir aquí que la inauguración del festival abrió con la inauguración de la Feria Nacional “Manuel José Othón” del libro de poesía y la selección del concurso de grabado de la Escuela Estatal de Artes Plásticas con el tema “la poética del escritor Félix Dauajare”.
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Excelente la organización del festival a cargo de Laura Elena González, al frente de la Dirección de Cultura Municipal. Gracias desde acá por la invitación. Ya falta muy poco para el siguiente. Me gustaría –cómo no— regresar a la ciudad de San Luis, tan familiar para mí, y visitar nuevamente el impresionante museo que tiene como casa Fernando Betancourt, lugar donde el tiempo en verdad se acorta.

miércoles, julio 02, 2008

Un fragmento, un fragmento

"Vivimos en una sociedad de imágenes multiplicadas, de eslabones de nosotros mismos que se suman unos a otros en medio de una proliferación interminable de abstracciones que se parecen a nosotros –o son, incluso, idénticas a nosotros- pero que no son nosotros. Estos aborrecibles espejos ensanchan el universo, expanden nuestros límites y nos muestran –horro de horrores- cómo podría ser el infinito: la suprema derrota de la identidad. Espejos reales, centelleantes y fatuos: la fotografía, el cine, la televisión, las computadoras. Espejos humeantes arrancados a los dioses pero que sólo nos engañan: creemos vernos en ellos, reconocer nuestros rasgos –ése soy yo-, pero en realidad nos convierten en monstruos: en otros. O quizá sea al revés, y eso sea lo que mayor espanto provoca: nos imaginamos de cierta forma, creemos ser de cierto modo, y el espejo nos desmiente y nos asusta”.
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La paz de los sepulcros, Jorge Volpi

martes, julio 01, 2008

Los objetos abandonados

Diario Milenio-México (01/07/08)
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A la vista de todos e ineludible a un tiempo, estaba el contenedor que servía de depósito para los objetos pesados y no tan pesados que dejaban tras de sí los residentes que partían.
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Llegué a X, un pequeño pueblo universitario a las orillas del mar, una tarde de sábado. Había manejado unas cinco horas bajo la punzante luz del verano cuando me presenté, cansada y despeinada y medio ciega, en la oficina administrativa donde me darían, eso me habían informado con meses de anticipación en una carta, las llaves del departamento donde viviría mientras impartía mi clase. Poco sospechaba que, al tomar las llaves del departamento 348, una unidad alejada del bullicio de la zona céntrica de complejo habitacional y reservada para los profesores, estaba dejando atrás todo lo que había sido mi vida para residir, ahora sí de tiempo completo, en Las Afueras.
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En aquel entonces tenía ya bastante tiempo de no vivir en el país al que pertenecía X, pero de los años en los que me había establecido ahí y de mis subsecuentes y reiteradas visitas conservaba recuerdos más bien gratos: la puntualidad de las personas más diversas, la eficiencia de su sistema de cobranzas, la organización de sus burócratas, el funcionamiento de las señales de tráfico y, en general, una cierta superficialidad en los tratos de la vida cotidiana que, por una parte, me producía un supremo aburrimiento, pero que no dejaba de darle a esa vida cotidiana una ligereza que a menudo celebraba. Vivir sin intensidad tiene, sin duda alguna, consecuencias, y no todas ellas son negativas. Solía decirme cosas así. Seguramente fue por eso que, cuando finalmente logré dar con el 348 luego de avanzar a vuelta de rueda por el complejo habitacional, abrí la puerta sin temor alguno. Me esperaban, eso creía entonces, unas de esas semanas trilladas y serenas e idénticas a sí mismas que una vida llena de sobresaltos y aventuras me ha enseñado a apreciar en su justo valor. Así, en pocos días, y siguiendo a pie juntillas las indicaciones de una carta recibida con varios meses de anticipación, obtuve mis nuevas identificaciones, me hice de una bicicleta, y me dispuse a establecer y respetar una rutina diaria.
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Me levantaría temprano, eso quedó claro desde el principio, y después del baño y del café matutino, iría a la universidad –ya para impartir mi seminario o para leer con toda tranquilidad en la biblioteca– para no regresar al 348 sino hasta la hora de la comida. Antes de emprender cualquier otra actividad vespertina, así fuera caminar o seguir leyendo, me había hecho a la idea de lavar los trastos. En Fugitive Pieces, una de mis novelas favoritas, la narradora y poeta Anne Michales asegura que, de manera por demás equivocada, solemos creer que estamos a merced de las cosas grandes y que podemos, en cambio, dominar a las pequeñas. Es todo lo contrario, recuerdo que decía uno de sus personajes. En algo parecido debí haber pensado la primera vez que observé lo que sucedía en el mundo de Las Afueras a través de la ventana de la cocina mientras lavaba platos y tazas, sartenes y cucharas.
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A través de la ventana podían verse, en efecto, las montañas, casi azules en su lejanía. También era posible disfrutar de la vegetación silvestre que producía flores de extrañas formas y colores agresivos en la frontera ignota de los estacionamientos. Pero justo enfrente de la ventana de la cocina, ahí, a la vista de todos e ineludible a un tiempo, estaba también el contendor que servía de depósito para los objetos pesados y no tan pesados que dejaban tras de sí los residentes que partían. Anne Michales tenía razón: es difícil imaginar las consecuencias que pueden emanar de un hecho tan pequeño como ver un basurero a través de la ventana de una cocina.
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Sin quererlo así aunque más bien pronto, me di cuenta de la agitada vida que se desarrollaba alrededor de los objetos abandonados. Los cargamentos de desperdicios no cesaban ni durante el día ni durante la noche. Aproximadamente cada media hora aparecían ahí los objetos más diversos: televisores, hornos, muletas, computadoras, ropa, ollas, libros, impresoras, zapatos, sillas, macetas, lámparas, colchones, flores artificiales, joyas. Y, detrás de ellos, aparecían puntuales los hombres y las mujeres que, fingiendo distracción, usualmente con las manos dentro de los bolsillos y silbando una tonadilla extraña con los labios apretados, se asomaban al contenedor con iguales dosis de tenacidad como de método para evaluar y, en su caso, extraer esas sobras del circuito del desperdicio.
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Los objetos siempre me han hechizado, especialmente los objetos de consumo masivo. Me interesa su proceso de producción y la manera en que su contacto con los humanos los transforma de cosa en símbolo, por ejemplo. Me intrigan las historias que contienen o que encarnan. Siempre quiero descubrir la mirada que los ha marcado y, a su vez, las cicatrices que han producido en el espacio del que sin duda han sido arrancados. Me maravilla que siempre están en lugar de algo más. El proceso de su consumo, quiero decir, no ha dejado de ejercer su cuota de asombro en mí. Acaso por eso no fuera del todo extraño que, a medida que pasaba los días en X, esos días tranquilos e idénticos a sí mismos signados por una ligereza que no cesaba de celebrar, le dedicara más y más tiempo a observar la intensa vida de los objetos abandonados tan cerca de mi ventana. Fue así como empecé a retirarme del recinto universitario a la menor provocación y, luego, a pasar ahí sólo el tiempo más necesario. Dejé de visitar la biblioteca y, cada que abría un libro, no cesaba de preguntarme qué nuevo objeto habría llegado al contenedor justo en ese momento. Pronto, como es posible adivinarlo, crucé la línea divisoria: dejé de observar desde la ventana de la cocina para tomar parte en el ciclo.
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Con las manos en los bolsillos y la mirada fingidamente perdida, me aproximé al contenedor. Luego, sin pensarlo mucho, más bien con la adrenalina que produce a veces un deseo reprimido, di el salto. Estiré la mano: los toqué. Fui evaluándolos con tenacidad y mesura. Ojo clínico. De ahí a llevar un registro de los hallazgos no pasó mucho tiempo. Si no hubiera sido por eso, por esas notas garabateadas con velocidad y torpeza en una libreta escolar, no tendría yo ahora memoria alguna del origen. Si no hubiera sido por eso, habría olvidado que antes y allá, allá adentro, hubo otra vida –esto que se le queda pegado a veces a las cosas que observo y toco en los contenedores de Las Afueras.

Campeonato 89-90 del Puebla, narrado en Emevisión

Recordando al Puebla Campeón

lunes, junio 30, 2008

"Los vecinos" interpretada por la guapa Susana Zavaleta

Moi...Lolita de Alizée, un regalo más que nos da el YouTube

Mario Bellatin perdido en YouTube

Siniestros ambidiestros



Diario Milenio-México (30/06/08)
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1. Se vende valle de lágrimas
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No sé por qué soy de esos ingenuazos que piensan que la izquierda tendría que ser moderna, decente y respetuosa. Mis abuelas creían asimismo que los curas eran por fuerza píos, bondadosos e incorruptibles. Para ser cura, es preciso ingresar a un seminario y ordenarse, varios años después, mientras que para ser de izquierda no hace falta otra cosa que proclamarlo. Ser de izquierda, en los tiempos de mis abuelas, era un camino raudo al desafío y la liberación de los diversos traumas adquiridos durante el catecismo y sus secuelas, aunque no pocas veces conducía a catacumbas equivalentes. Hoy, a estas alturas, cuesta creer que ciertos personajes de José Revueltas estén hablando en serio. Más increíble aun parece desde aquí que todavía en 1970 Revueltas estuviera en la cárcel, básicamente por pertenecer a una izquierda que ya lo había excomulgado. A otros, en cambio, les preocupa que el mundo tenga menos de esos colores tétricos. ¿Quién diría que esas personas son de izquierda?
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Remontarse a las épocas de la derecha golpista y antisemita enfrentada a la izquierda conspiradora y clerical debería ser nada más que una travesía fugaz al reino del absurdo, pero está visto que hay quienes prefieren vivir allí. Tal vez toda la idea de no olvidar el 2 de octubre tenga que ver con pretender que desde entonces nada ha cambiado, y se entiende que no habrá cambios reales si no son ellos quienes hacen la chamba. Si no recuerdo mal, por esa misma pista andaban las ideas de los curas, en cuya autorizada opinión nadie se salva de ir a dar al infierno sin el patrocinio de su abogada, la Santa Madre Iglesia. Tampoco andan muy lejos estas ideas de las de aquellos comentaristas políticos abominables, capaces de encontrar una conspiración comunista en cualquier pensamiento ajeno al suyo. Si entonces, entre guerras o ya en la guerra fría, esos bichos autoritarios hacían ya el triste papel de anticuados y antipáticos, que papelón no harán quienes replican esas mismas actitudes desde lo que sólo ellos y sus antípodas se atreven a llamar izquierda, no exactamente para prestigio de la izquierda.
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2. Extremismo y herrumbre
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El enemigo del extremista herrumbroso es el mismo que aún desvela a los curas. No está en una trinchera, ni en el infierno, ni en el poder, sino precisamente adentro del usuario. Entonces, cuando menos, imperaba la clandestinidad. La paranoia, aliada permanente, podía llegar a salvarle a uno la vida, puesto que el enemigo, poderoso o proscrito, atacaría también clandestinamente. Si este enemigo era cobarde y tramposo, razonaba cada uno desde su bando, había que serlo tanto o más que él. ¿Cómo no convertirse en el peor enemigo de sí mismo, luego de contraer aquellas mañas que hasta hace poco hacían de su antípoda un sujeto perverso y despreciable que merece el infierno en la tierra? Pues tal era el lenguaje que por entonces empleaban los adversarios políticos, conscientes de que había más de un camino para callar al otro, o encerrarlo, o exterminarlo. Palabras empeñadas en encajarse como cuchillos, o en hacer estallar pedazos de enemigo. Más que palabras, órdenes al pelotón.
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Uno de los aprendizajes más difíciles para el extremista herrumbroso consiste en comprender que al adversario no se le puede matar. Ni encerrar, ni anular, por más que desde el púlpito se le envíe a podrirse en los infiernos. Si el catecismo que enciende sus flamas le dice que los otros son quienes se oponen a que él conduzca su rebaño al edén, a ver quién va a evitar que se comporte como un cruzado; menos habiendo tantos infieles por ahí. No es que concretamente se proponga matar a nadie, pero el asco ideológico no le permite concederle al otro el derecho a vivir. Tampoco a dialogar, o siquiera a expresar un punto de vista, pues el inquisidor asume que todo lo que salga de boca del impío es por fuerza palabra de Satanás. ¿Cómo va a hablarle sin amenazarlo?
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3. La izquierda no se santigua
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La sola idea de una izquierda clerical parece un disparate para quienes creemos que entre los compromisos naturales de quien dice ubicarse a la izquierda política o social debería contarse el de no combatir estupidez con estupidez, llámese ésta racismo, clasismo, autoritarismo o gangsterismo. Simpatizar con una izquierda gangsteril equivale a aceptar que el señor cura se dedique a la trata de blancas, si así puede apoyar a los pobres. Es decir, apoyarse en los pobres. Lo que tanto nos fastidió una vez que hicieran ciertos hombres de sotana hoy lo vemos rehecho en las manos de los profetas de la historia, que heredaron esa vieja facilidad para estigmatizar a los demás y absolverse a sí mismos en un solo conjuro. Que es lo que alcanza a hacerse en el curso de una guerra santa, cuando no queda tiempo para juicios y hay que venderse por entero a la fe. Hace ya muchos años que nadie les declara la guerra, pero es que ellos no saben vivir en otro estado. Su negocio es pelear, pues una vez inmersos en la batalla se autorizan a hacer toda clase de trampas y patanerías, al fin que son en contra de la derecha. ¿Está de más decir que todos los demás somos, en su opinión, parte de esa derecha?
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Recuerdo al catecismo como algo parecido a la promoción de un igualitarismo celestial autoritario que antes o después me sometería al temido Juicio Final, donde seguramente no pararían de rechinarme los dientes. Tener ideas de izquierda es —o en fin, tendría que ser— una puerta hacia afuera de la superstición y el oscurantismo, más que la misma sopa con otro condimento. ¿Qué tanto les asusta que esta clase de izquierda llegue al poder y pase por encima de los que prometió apoyar? ¿No es justo lo que hacía la vieja derecha, con sus botas y sus obispos regañones? ¿No se decía de izquierda el responsable del 2 de octubre y el 10 de junio? ¿Quién informa a las huestes del autoritarismo mesiánico que la izquierda no está arriba y adelante?

viernes, junio 27, 2008

Ser poeta

I
Escribir desparpajado
a punto de emprender
un viaje
en busca del poeta
que deseo ser.
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II

Analogías baratas,
metáforas comunes
y símiles inservibles
es la poesía que escribo.
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III

Sufro de hepatitis literaria.
Un libro es la vacuna,
no escribir, el resultado.
Y sin embargo, a mi lado
tengo la compañía de una mujer
morena-música-poesía,
a pesar de la probabilidad.
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IV
A veces, pienso, la poesía
no se escribe, se besa y,
quizá, el poeta es un mísero ser,
mientras inventa un poemario
para su musa, siempre lejana,
yo amo a mi mujer, de carne y hueso, siempre.
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V
Si ser poeta es estar sin amor,
prefiero amar y dejar a un lado
mi sueño de ser el poeta
más grande de México.

jueves, junio 26, 2008

Estampas de San Luis (I de II)

Diario Milenio-México (26/06/08)
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Estoy mirando hacia allá desde el séptimo piso del Hotel Panorama, en la Avenida Venustiano Carranza, en el Centro Histórico de San Luis Potosí.
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Trato de ubicarme y de ubicar a los populares personajes que la pasada administración del ayuntamiento ha dejado en bronce en sus principales plazas y jardines.
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Muy cerca del Palacio del Ayuntamiento está el Señor de las Palomas. Hace más de diez años que no visitaba San Luis Potosí. Lo halló preservado, limpio: un centro hermoso, peatonal, de cantera rosa y de calles estrechas.
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Los visitantes acostumbran fotografiarse con el Señor de las Palomas, un hombre que era parte del paisaje cotidiano y que ahora sigue siéndolo en bronce, igual que Juan del Jarro, en otra plaza cerca de ahí.
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Uno de los cronistas de la ciudad de San Luis me informó que Juan del Jarro era un hombre clarividente y que su vida fue un verdadero misterio: vivió hacia el siglo XIX y corren dos versiones acerca del jarro que cargaba en su saco; una, que lo usaba para darle agua a los indigentes; y la otra, que ese jarro lo traía consigo porque era incontinente.
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Sólo son versiones de la gente, porque no hay un registro; ni siquiera se conoce su nombre real.
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Es, para todos, Juan del Jarro. Quizá ése sea un ejemplo que debieran seguir todas las ciudades del país: preservar en bronce (al igual que a los héroes) a sus personajes que forman parte del paisaje cotidiano. Se nota que el movimiento cultural aquí es hiperactivo.
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El presidente municipal, el licenciado Jorge Lozano Armengol, ha dado a conocer, a través de la Dirección de Cultura, de la que está al frente mi amiga Laura Elena González, una serie de ediciones con la producción de los jóvenes poetas y cuentistas potosinos.
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Además, se han dedicado a organizar cada año el Festival Internacional de las Letras, que este 2008 ha llegado a su cuarta versión con tres buenos motivos: la entrega del Premio “San Luis” al Mérito Literario que, de acuerdo a la lectura del acta del jurado, recayó merecidamente en el poeta José Emilio Pacheco, ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo, que el año próximo cumple 40 años de haber sido editado.
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Dentro de estas jornadas se le rindió un merecido homenaje al poeta potosino Félix Dauajare, expresidente municipal y animador de la cultura en el estado.
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El otro motivo ha sido la entrega del Premio “Joaquín Antonio Peñaloza” al Mérito Editorial que recibió José de Jesús Sampedro (mi hermano), por su trayectoria de más de treinta y cinco años dedicados a la Revista Dosfilos, única revista independiente que aparece en el Árbol Hemerográfico de la Literatura Mexicana de Christopher Domínguez Michael. José de Jesús Sampedro obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1975 con Un (ejemplo) salto de gato pinto.
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El primer número de la revista Dosfilos se editó en 1974, y el año pasado pudimos conocer la edición del número 100.
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No se puede dejar de recorrer las calles de esa ciudad tan impregnadas de Manuel José Othón…

martes, junio 24, 2008

De Cortazar desde el más allá, para Carmen del más acá

"Me va la vida en ello" de Luis Eduardo Aute



Un pequeño presente para mi vampirita consentida tan fan de Aute.

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (6ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (5ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (4ta parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (3era parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (2da parte)

"El re-encantamiento del mundo" Michel Maffesoli (1era parte)

Dorotea / Doroteo



Diario Milenio-México (24/06/08)
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Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género
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Hay un gran momento queer en la literatura mexicana y es éste. Se trata del fragmento número 34 de Pedro Páramo, el libro que Juan Rulfo publicó en 1955. Juan Preciado, el personaje que ha llegado acá, a Comala, buscando a su padre, un tal, acaba de morir debido a la falta de aire provocada por la canícula de agosto o por el miedo.
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“No había aire”, explica el personaje principal en el fragmento 33. “Tuve que absorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se fuera. Lo sentía ir y venir, cada vez menos; hasta que se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.” Todo parece indicar que la explicación ha terminado, pero después de un punto y aparte, emerge, certera, diríase que fulminante, la repetición: “Digo para siempre”.
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Así, justo después del espacio en blanco, en uno de esos múltiples cortes a través de los cuales la novela se aleja de desarrollos lineales o cronologías terrestres, surge casi de manera natural la voz que increpa la explicación proveída anteriormente.
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“–Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado?”, interroga esa voz sin presentación alguna, en la primera línea del fragmento 34. Intempestivamente. Y, desde la sepultura, mientras abraza o es abrazado por otra presencia, Juan Preciado responde larga, sinuosamente, inmiscuyéndose de esa forma en un diálogo con innumerables consecuencias:
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“–Tienes razón, Doroteo”, murmura, titubeante, sólo para preguntar luego, “¿Dices que te llamas Doroteo?”.
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“–Da lo mismo”, le responde la voz, aclarando apenas un minuto después: “Aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo”.
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Cuando ser Doroteo o Dorotea da lo mismo, justo ahí, Rulfo no sólo consigue cuestionar cualquier entendimiento fijo o sedentario de lo que es la identidad en general, sino que también trastoca, y aquí de manera fundamental, nociones perentorias u oficialistas de lo que es la identidad de género. Que esa identidad sea inestable y fluida, tal como lo sugiere la mera posibilidad de que un personaje pueda ser una u otro, y que además esa posibilidad “dé lo mismo”, no se debe, claro está, a posición ideológica alguna o a vanguardismos extemporáneos, sino que obedece a la naturaleza liminal del lugar donde toma lugar la novela así como al carácter fantasmagórico de todos sus personajes. El cuerpo sexuado de Dorotea puede ser Doroteo porque, después de todo, la voz le pertenece a un muerto o a un fantasma o a un espectro. Se trata, además, de un muerto tan insignificante, tan pequeño, que es en realidad “algo que no le estorba a nadie” y que, por lo tanto, cabe “muy bien en el hueco de los brazos [de Juan Preciado]” aunque, en característico movimiento oscilatorio, también se pregunte si no debería ser ella la que lo abrazara a él. Así, abrazados (¿abrasados?), en una cercanía que se antoja tan sexual como la compartida, no sin culpa, por Donis y su hermana, Doroteo/Dorotea y Juan Preciado platican desde la estrechez del sepulcro final sin preocuparse, o de plano trasgrediendo, nociones terrenas de lo que debe ser un hombre o una mujer. Que esto haya sido escrito en 1955, apenas cinco años después de que Octavio Paz publicara su Laberinto de la soledad, libro con el que contribuyera, entre otras tantas cosas, a la definición poco flexible de los linderos de la feminidad y la masculinidad en México, no es un hecho menor. Leído a inicios del siglo XXI, ese momento de intermitencia genérica que, además, incluye la descripción de un sueño bendito y un sueño maldito, propicia, sin duda, una lectura alternativa, una lectura queer, de los cuerpos de la modernidad mexicana desde uno de sus textos fundadores.
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Rulfo se refirió varias veces a Pedro Páramo como “una novela de fantasmas que toma vida y después la vuelve a perder”. También llegó a asegurar, especialmente cuando se le invitaba a elaborar sobre la referencialidad de la misma, que “lo único real [era] la ubicación”, comentario que por sí mismo azuza toda una serie de elucubraciones sobre los nexos que van de Rulfo como paisajista, tanto en términos verbales como visuales, a Rulfo como un autor no realista. Dijo también en más de una ocasión, sobre todo cuando discurría sobre la estructura de Pedro Páramo que, de ese libro, había eliminado todas “las moralejas”, acaso el vocablo que utilizara para denominar el contenido o lo meramente tramático de la novela. Así, entre una cosa y otra, decidiendo a contracorriente de una tradición literaria realista, fincada en la referencialidad histórica y en las bondades de la anécdota, Rulfo extrajo el cuerpo de la cárcel de sus muchos deberes para, en cambio, hacerlo dudar y, sobre todo, para hacerlo decirse y enunciarse (¿anunciarse? ¿denunciarse?) de otra manera. Experimental en el sentido en el que lo son aquellos libros que establecen sus propias reglas, Pedro Páramo saca a la modernidad mexicana de la historia como realmente pasó, de la historia como contexto o como continuum, para llevarla al espacio líminal donde, a fuerza de convivir con fantasmas, los cuerpos de esa historia pueden ser y dejar de ser y ser una vez más en su propio terror o en su sueño alucinado o en su interrupción redentora.

lunes, junio 23, 2008

El blog desobediente



Diario Milenio-México (23/06/08)
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1
Peligro: focos subversivos
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Antiguamente, había sólo una clase de foco, que cuando se fundía se reemplazaba sin más polémicas. Se hablaba, en todo caso, del tema de los watts. Cierta noche, mi padre advirtió un resplandor inusual escapando de mi recámara de niño. ¿Quién había cambiado el foco de la lámpara de mi buró? Todavía orgulloso del increíble timo que el día anterior había llevado a cabo, le aclaré a mi papá que el foco se lo había trocado a un amigo… ¡El muy idiota me dio uno de 100 watts a cambio de uno de 25! Luego de una paciente explicación que puso en claro quién era el más idiota, recibí de sus manos un nuevo foco de 40 watts, que tenía la virtud de alumbrar mi recámara sin quemar la pantalla de la lámpara ni dejar viendo estrellas a las visitas, pero al fin me dormí pensando triunfalmente que había salido ganando 15 watts.
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Hoy día, la discusión se ha complicado tanto que casi no se puede hablar de focos sin caer en desacuerdos. Sin ir más lejos, en la Cuba de hoy las antiguas bombillas son poco menos que la encarnación del diablo. Que lo diga, si no, Yoani Sánchez, la bloguera superstar que ha despertado la ira de Fidel Castro por escribir sobre una cotidianidad por cuyos incontables intersticios se asoma una autocracia infumable que anula toda forma de privacidad, y que en su más reciente entrega se refiere precisamente al tema de los focos. Desde que el régimen envió trabajadores sociales a reemplazar las viejas bombillas brillantes por nuevos focos lúgubres —cuya luz no permite distinguir los detalles, si bien ahorra grandes montos de energía—, en una terminante operación casa por casa, la bombilla se ha convertido en un objeto subversivo y desafiante. Quien la tenga o la use es oficialmente un antipatriota y un traidor.
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2
Prohibido decidir
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Tengo dos de estos nuevos focos en mi casa. Uno alumbra el garage, el otro el baño de mi recámara. De ese modo, si me despierto a media madrugada, puedo entrar y salir como el vampiro de su sarcófago, sin que un deslumbramiento majadero acabe de una vez de espantarme el sueño. Pero ya he dicho que esto de los focos se presta a discusiones. A ojos femeninos, por ejemplo, un baño con la luz mortecina es el peor enemigo de un buen maquillaje, o siquiera un arreglo personal aceptable. Nada que, ya en la convivencia, no pueda ser resuelto con dos focos distintos, cada uno en su lámpara. Democráticamente. Por eso Yoani Sánchez no necesita hablar en concreto sobre dictaduras para exhibir a aquella que la oprime en todos los rincones de la vida cotidiana, si para eso ya basta con tratar sobre focos en su blog y recordar que tiene uno escondido; luego atreverse a la temeridad de fotografiarlo, y además enfrentar a los sumos sacerdotes de la ideología con palabras sencillas a extremos sacrílegos: “Necesito creer que al menos puedo decidir bajo qué tipo de luz leo, ceno o veo la tele”.
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Necesitar creer que al menos puede decidirse algo es el estado usual de quienes viven bajo férreo cautiverio. Prisioneros, esclavos, perturbados mentales. En el caso de Cuba, ciudadanos. Es decir, algo menos que compañeros. Uno, ingenuo, cree que tiene derechos; el otro sólo sabe de sus obligaciones. Hasta hace poco, en Cuba, ganaban todos el mismo sueldo, independientemente de su desempeño, aunque los siempre dóciles compañeros siempre han tenido acceso a prerrogativas inaccesibles a esos díscolos ciudadanos que se creen con derecho a elegirse una vida a su gusto y alumbrarse como les venga en gana. Ahora, cuando ya el esclavismo en el poder han observado que el igualitarismo salarial tenía el defecto de fomentar la indolencia y disminuir la productividad, los compañeros deben disciplinarse y alinear su opinión con ideas que hace un par de semanas eran objeto de persecución. Tal vez el único atenuante para los antiguos tratantes de esclavos fuera que no esperaban que éstos opinaran como ellos en todos los temas, ni que se delataran los unos a los otros, ni que aplaudieran al paso de sus dueños.
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3
Los celos tienen barbas
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Cuando empecé a pergeñar estos párrafos, el texto de Yoani sobre los focos había merecido poco más de 3,300 comentarios. Ahora que lo actualizo, ya van 3,700. No tantos, comparadas con los casi cinco mil que mereció otro de sus textos recientes. Si yo fuera Fidel, me darían unos celos del carajo; y si fuera su hermano, es seguro que la noticia me espantaría el sueño. Pues si tal es el número de las opiniones, habrá que imaginar las decenas de miles o quizás más lecturas silenciosas de quienes cada día se asoman a la Cuba de hoy mismo por la ventana Generación Y —así se llama el blog de Yoani Sánchez, ganador de ese Premio Ortega y Gasset que tantas comezones le provocó a Fidel—. ¿Cómo esperar que el anatema del dictador pudiera contribuir a mejor cosa que hacer crecer la bola de nieve tropical en que se ha convertido Generación Y?
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Alguna vez le pregunté a Wendy Guerra si su empeño en permanecer en Cuba respondía a los deseos de la persona y se oponía a los de la escritora. “Al contrario”, repuso, como si fuese obvio, “la escritora es quien no puede perderse lo que está sucediendo en Cuba”. Y claro, es obvio. Quien lo dude no tiene más que asomarse a Generación Y, donde un foco apagado basta para encender toda suerte de animosidades, hasta hace poco tiempo impensables para un régimen cuyos esbirros temían al envío de un e-mail no supervisado como a la fuga de un reo peligroso. Hay una libertad poco menos que envidiable en esa isla dentro de la isla, conectada a su vez con muchas otras, donde darse a escribir sobre las cosas simples es alzar esa voz ciudadana que tanto quita el sueño a los compañeros.

jueves, junio 19, 2008

Yo quiero que haya mundo. 50 años... ¿solamente?* de Felipe Galván

Elena Garro es una hechicera. Con esta definición arranca Víctor Hugo Rascón Banda el núcleo del prólogo en la edición pensada, convocada, potenciada y ejecutada por Patricia Rosas Lopátegui para el corpus de 653 páginas puntillosamente aglomeradas en 42 líneas de alrededor de 100 golpes en letra Times New Roman de 10 puntos. Con esta magnitud de obra prioritariamente ensayística sobre la producción literaria de la poblana–igualtecacapitalina y ciudadana del mundo, por supuesto que le da la razón a nuestro actual presidente de escritores mexicanos.
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Elena hechizó a Patricia Rosas Lopátegui como hechizó a los estudiosos de su narrativa, su dramaturgia, su poesía, su memoria, su periodismo, su vida y su leyenda; como hechizó a sus intérpretes y a sus creadores propositivos. Sin embargo, hablar de la autora como hechicera y quedarnos ahí es ver la superficie por entre la posibilidad de cala oculta y resguardada por el olvido, el desinterés o el cuasi delincuente academicismo que la escondió por décadas. Al presente trabajo editorial que sellan la editorial Porrúa y la Universidad Autónoma de Puebla le ha tocado ser un grito contenido durante muchos años, un estudio omitido en décima de quinquenios, un concentrado que viene a omitir un silencio ominoso de medio siglo.
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¿Quién es Elena Garro? Cuando esta pregunta me fue formulada en 1998 por una periodista local un día después de su fallecimiento contesté: es la mayor escritora nacida en este territorio desde los tiempos de Juana de Asbaje. Así se publicó y no faltaron los críticos mordaces que comentaron sobre lo escandaloso de Galván. Tenían razón en lo escandaloso que suelo ser, a veces, pero no en las implicaciones sobre nuestra Elena. Hoy, a 10 años de haberlo externado, lo veo impreso y firmado por René Avilés Fabila en el libro que nos ocupa esta tarde. En estos 10 años lo he repetido varias veces con mi querida maestra Maite Colchero y ella, que es bastante más cauta que yo, sonríe con un gesto alegre que interpreto como ¡sí! Pero lo dices tú. Creo que académicamente el tiempo va dando la razón a la escandalosa afirmación del 98 en el siglo pasado.
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Elena Garro hechiza, pero no por ser una maga, una bruja, una chamana o manejadora de artes metafísicas; su capacidad de hechizar la da su inventiva, su ficcionalidad, su contundente imaginación al desarrollar sus planteamientos dramatúrgicos y narrativos, principal pero no exclusivamente. Es ahí, en su obra, donde brota la maestría, la seducción, la elevación del espíritu del receptor que accede a la propositividad literaria de la autora; más, mucho más allá de lo que la leyenda negra o las leyendas negras que empantanan el acercamiento al corpus de su creación.
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¿Por qué hablar de la esposa de Paz y elucubrar alrededor de una relación abortada después de años cómplices y tormentosos? ¿Por qué discernir alrededor de una vida señalada, perseguida y empobrecida? ¿Por qué llorar por una mujer que vivió el exilio en la casi miseria? Por supuesto que son factores interesantes para la creación de la leyenda, de la heroína, de la otredad en una propuesta narrativa o dramática; es válido. Pero para fines de análisis de la obra sólo será la obra misma la que debe hablar y en esto se debe centrar el estudio alrededor de la autora que provoca esa hipótesis de trabajo de ser la más grande en nuestro territorio desde sor Juana. Con esto hay para trabajar décadas y seguramente siglos.
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Los señalamientos sobre su vida llevan a señalamientos automáticamente asumidos alrededor de la obra que alejan del rigor e impiden la profundización en cala. Hace algunos años en Lylle, Francia, durante un panel sobre teatro del 68, escuchamos a un investigador calificar la obra dramática póstuma de la Garro, Sócrates y los gatos, como una obra reaccionaria por los ataques implícitos al Partido Comunista. Mi reacción incluso fue grosera pues mandé al investigador a leer las Memorias de España, haciéndole hincapié en la descripción solidaria de trotskistas y anarquistas perseguidos por los comunistas españoles. Elena Garro, le dije, está no sólo en retardataria contraposición a los comunistas sino, por el contrario, parece ubicarse en una izquierda más allá del comunismo ortodoxo que reclama los calificativos de arte reaccionario, entre otros.
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De momento me vino muy bien para zanjar la discusión sobre el supuesto reaccionarismo de Elena en esa obra, e incluso me permitió afinar el artículo sobre ideología en el teatro del 68 mexicano, ¿pero realmente estaba Elena Garro más a la izquierda del PCM? Interesante cuestión para la provocación creativa alrededor de la Garro, pero ociosa cuestión para el análisis de su obra. A nadie se le ocurrió analizar la influencia de la mano perdida en Lepanto sobre la génesis de don Alonso Quijano, pero muchos quieren ver la obra de Elena Garro desde la perspectiva de mujer o ex mujer de Paz o aliada política de Carlos Madrazo o perseguida por la pobreza, el priismo y el comunismo mexicano.
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Yo quiero que haya mundo. Elena Garro, 50 años de dramaturgia abre el espectro sobre la obra de Elena con planteamientos de toda la ocurrencia amigable, curiosa, solidaria, analítica estructural, interpretación poética, política o de naturaleza múltiple que viene a subsanar el gran vacío alrededor de una de las obras de mayor envergadura en la literatura mexicana del siglo XX. Hay que agradecerle a Rosas Lopátegui el señalamiento de cualquier línea de trabajo que se quiera abordar y profundizar sobre la autora; a partir de la edición será ésta la referencia obligada y plataforma de innumerables trabajos por venir.
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La aportación poblana es contundente no sólo por la coedición firmada por la universidad pública de la entidad y apoyada por el municipio recién superado cronológicamente. Héctor Azar, María Teresa Colchero, Olivia Hernández, Ana María del Gesso, Aída Gambetta, Diana Hernández, Araceli Toledo, Ligia Rivera, Tanya González, Sara del Valle, María del Carmen Santibáñez, Blanca Estela Santibáñez, Mario Calderón y Rosa María Farfán acompañan a la originalmente poblana Elena Garro en la antología de Patricia Rosas Lopátegui. Esto no es casual porque, si bien Elena es un personaje de la cultura de habla hispana, bastaría con Un hogar sólido para corroborar lo anterior de quien hemos hipotetizado que es la más grande desde Juana de Asbaje. Nadie podrá refutarnos que es la mayor escritora de la historia de Puebla, y esto no es hipótesis, es axioma. Por supuesto que en , donde la autora tiene su nicho original, biológicamente hablando, tuvo, tiene y tendrá su centro de interés de investigación primigenio. Las Jornadas latinoamericanas de investigación teatral organizadas en Puebla por la Universidad de Tennessee y Espacio 1900 de Manuel Reigadas, ahora apoyado por la comunidad cultural y académica local, desde principios de los 90 del siglo XX inició en su primera versión precisamente con un homenaje, reflejado en trabajos de investigación, a Elena Garro. Ahora Patricia Rosa Lopátegui fuerza con su entrega, su amor y dedicación a nuestra autora a que profundicemos cotidianamente en la tarea de conocer más a Elena, estudiar más a la Garro, reflexionar más sobre la obra de nuestro autor mayor, trabajar más sobre el trascendente corpus heredado
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¿Qué podemos hacer en Puebla alrededor de la obra de Elena? Apunto algunas posibilidades
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Se ha mencionado que Pedro Páramo marca el inicio del bien o mal llamado realismo mágico, lo cual se traduce como que éste tiene padre y su apelativo es Juan Rulfo, podemos decir en esa misma dirección que Un hogar sólido es el inicio dramatúrgico en la misma línea, esto quiere decir entonces que también tiene madre, y se llama Elena Garro. A partir de la anterior observación, cabría establecer relaciones, semejanzas, interculturalidades, coincidencias y contradicciones estilísticas entre una y otra obra.
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Los recuerdos del porvenir nos transporta a la cristiada y su control en el hipotético poblado de Ixtepec, que muchos decodificadores ubicamos en la Iguala guerrerense; durante los 20 tardíos la tropa llega a tomar la población relacionándose con las pobladoras principalmente. El lado de las relaciones humanas en el marco de una guerra absurda y poco estudiada, porque el discurso hegemónico priista lo impidió durante años. Novelas diversas como Los cristeros, de De Anda, permanecieron en el ostracismo por definición del poder. Los recuerdos del porvenir pasan sin censura, y aunque es cierto que su recepción pareció ser limitada y lenta, también es obvio que tiene características que la diferenciaron de otros corpus que abordaron una temática coincidente. Tampoco son aún los 80, cuando Chao Eberguenyi publica De los altos primero y Matar al manco después, que vuelan de las librerías, entre otras cosas, sospechas aparte, por abordar una temática hasta entonces “prohibida”. De esto surgen varias preguntas, entre éstas: ¿cómo es que 20 años atrás la novela de Garro no sufrió ningún contratiempo? ¿Qué diferencias existen entre el corpus de Los recuerdos... y novelas anteriores (o posteriores) sobre la misma temática?
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Finalmente, un comentario: hace algunos años editamos el primer tomo del Catálogo de la obra de Emilio Carballido, un trabajo enorme de Socorro Merlín por lo cuantitativamente contundente que fue la producción de nuestro clásico dramaturgo recién fallecido. Patricia Rosas Lopátegui apunta en su arduo trabajo el catálogo de la obra de Elena Garro; está su narrativa, su dramaturgia, su memoria, su poesía, su periodismo. Es la primera y a la mano tarea que claramente podemos, debemos y tenemos que abordar. Con lo de esta edición, lo ubicado en los archivos de Escenología, del CITRU, de la UNAM, de Puebla, de Tennessee, de la Universidad de Guadalajara y de entrevistas directas ya nos estamos dando a la tarea de construir el catálogo de la obra de Elena Garro, un catálogo necesario para el acercamiento básico a nuestra gran autora de la postrimerías del siglo XX pero que, sin lugar a dudas, crecerá cada vez más como lo ha hecho en los diez que lleva de ausente, pese a los innumerables “Salieris” que tanta sombra le hicieron en vida y a los cuales ya no les quedan pasillos palaciegos, páginas de diarios o chismes boca a oído, sino lo único que las postrimerías pueden escuchar: la solidez artística de las obras. Y en eso la poblana–igualteca–chilanga ciudadana del mundo lleva bastante buen ritmo, algo de lo que nos informamos por obviedad gracias a Rosas Lopátegui.
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*Texto leído por Felipe Galván ayer, durante la presentación del libro Yo quiero que haya mundo. Elena Garro, 50 años de dramaturgia, de Patricia Rosas Lopátegui, editado por la Universidad Autónoma de Puebla y editorial Porrúa.

Producciones ultracostumbristas

Diario Milenio-Puebla (19/06/08)
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El movimiento literario Ultracostumbrista proviene de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla. Sus miembros (todos ellos egresados del Colegio de Lingüística) son conocidos bajo esa denominación gracias a Édgar List, poeta hijo del estridentista poblano don Germán List Arzubide. Ellos –los Ultracostumbristas— no se han autoincluido en ninguna ridícula generación inexistente: trabajan con modestia, sólo eso.
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Bajo la atinada conducción del doctor Carlos Contreras Cruz, director de Fomento Editorial de la UAP, dos miembros del movimiento Ultracostumbrista han publicado parte de su obra. Me refiero a Rodrigo Durana y Ricardo Cartas Figueroa, ambos académicos de la Preparatoria Emiliano Zapata. Los dos escriben sin alardes y en silencio, como se debe hacer con el ejercicio literario. El resultado de su trabajo, como todo en la vida, lo marcará el tiempo. Por lo pronto, ellos nos han entregado un libro de cuentos y una novela. El libro de cuentos de Rodrigo Durana El calzón de Margarita (sugestivo título) aparece en la colección “Alejandro Meneses”; y la novela de Ricardo Cartas Los suplicantes, en la colección Asteriscos del catálogo editorial de la UAP. Una muy buena decisión –hay que recalcarlo— del doctor Contreras Cruz. Las ediciones de la Autónoma de Puebla tienen un muy buen reconocido sitio a nivel nacional e internacional
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Durana y Cartas no son improvisados en la materia; ellos fueron miembros del taller de cuento que impartió Guillermo Samperio en Puebla, además de que ejercen el oficio desde hace tiempo.
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He leído con mucho placer El calzón de Margarita, libro donde encuentro en sus textos la imaginación desbordante de Rodrigo Durana. Sólo con imaginación se hace la verdadera ficción narrativa. Si no la hay, los resultados serán siempre magros, nulos. Debo confesar, sin embargo, que algunos de los cuentos ya los conocía desde que Durana había trabajado los originales, caso de “La isla II. El Mico” y de “Brave”. Y debo confesar que me han sorprendido de la misma manera que la primera vez.
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La novela de Ricardo Cartas lleva una cuarta de forros de René Avilés Fabila, donde asienta que “Los suplicantes brilla por sus personajes y su trama inteligente”. No he de contar la trama, para que los lectores la busquen. Lo prometo: no se van a arrepentir.
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René Avilés Fabila, un crítico con enorme autoridad, describe Los suplicantes como una novela donde el narrador se mete en sus personajes para hacerlos verosímiles, y su desenlace es intenso e inesperado: es en “el entierro de los muertos” donde se pierde la inocencia y se levanta el enigma. Felicidades a los Ultracostumbristas Durana y Cartas por la edición de estos volúmenes, que sí serán leídos dentro de treinta años con el mismo gusto de hoy y en su movimiento que defienden con orgullo. Viva entonces el agua de horchata, como ellos mismos lo proclaman.

martes, junio 17, 2008

Juntos

Y permanecer en tu regazo,
para morir de locura contigo,

después

revivir en el calor de tu abrazo.

Luego, juntos, caminar hacia
la calma.

Y al final, antes de volvernos fantasmas,
engendrar un retoño
para ser recordados.

El guiño de lo real / y II



Diario Milenio-México (17/06/08)
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La novela histórica captura y detiene la realidad con una especie de guiño, ese gesto entre seductor e incompleto con el cual se evoca y se invita a lo que no está ahí.
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Fragmento y Collage: conocimiento como choque y revelación.
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Este entendimiento de la imagen como invocación de la muerte tiene su corolario en el énfasis que Walter Benjamin siempre puso en el fragmento —el fragmento que usualmente denominó como altamente significativo—. Los objetos de conocimiento no eran, dentro de esta acepción, fenómenos que una vez desdoblados en la línea ascendente del tiempo progresivo podrían ser cooptados en formas políticas que, para un Benjamin que trataba de huir de Europa, estaban firmemente reflejados en los efectos perniciosos del fascismo. Se trataba, en cambio, de pedazos, trozos, cachitos, donde la historia se inscribía y, para conocerlo/as, era necesario actualizar tal imagen, es decir, hacerla presente, rompiendo el mito de continuidad y del progreso. No es extraño, entonces, que haya optado –e incentivado a su vez a tantos más– a utilizar el collage como una forma narrativa capaz de capturar tal ruptura. Presentando imágenes desiguales y, con frecuencia, contradictorias, Benjamin aspiraba a escenificar el choque del cual podría emerger la revelación del conocimiento –ese instante para el que siempre utilizó la metáfora del flash. Y desde aquí, si me lo permiten, regreso al quehacer de la narrativa histórica.
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Nueva historia social/cultural
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Otra vertiente que podría ayudar a comprender el realismo peculiar de la nueva novela histórica viene, por supuesto, de cambios ocurridos en el campo mismo de la historia. Usualmente catalogada como un recuento de nombres y fechas, la escritura de la historia ha sufrido transformaciones importantes en las últimas décadas. Hay, por ejemplo, un mayor énfasis en lo que se ha dado en llamar una historia “desde abajo”, es decir, una historia que funcione con interpretaciones horizontales, y no verticales, del poder. Hay, también, una preocupación mayor por el significado del dato, más que en el dato mismo, cuyo proceso es analizado por medio de tensas negociaciones, más que claras imposiciones, culturales. De ahí el interés en la vida cotidiana de personajes anodinos que nunca llegaron a nada, pero que se inscribieron de maneras más sutiles, tal vez menos aparatosas, en la historia. Finalmente hay, también, una preocupación más íntima, un tanto afiebrada, con los mecanismos narrativos y de representación, como se atestigua en los trabajos de Hayden White.
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Este tipo de preocupaciones en el campo de la historia han dejado su marca en la novela histórica no sólo en obras cada vez menos interesadas en las vidas personales de los grandes personajes notables y/o famosos y, consecuentemente, cada vez más atraídas por las epopeyas cotidianas de los comunes y corrientes, sino también en un cierto afán por eludir el había-una-vez de las narraciones lineales que pretenden dar cuenta de lo que realmente pasó. Y en esto creo ver una cierta similitud entre el reto que la fotografía presenta a interpretaciones fáciles del realismo y las acusaciones de estrecho “realismo” muchas veces hechas en contra de la novela histórica.
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La nueva novela histórica y la fotografía
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Hasta aquí algunas de las vertientes que, a mi entender, influyen en la creación de esos textos alquímicos y heterogéneos que son la nueva novela histórica.
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Si bien la peculiaridad de este tipo de narrativa radica en el uso abierto de documentos como referente externo, creo que las conexiones entre la narración y el referente son menos directas y más oblicuas de lo que se cree. No creo, por ejemplo, que esta referencialidad sea reflejo directo de una falta de imaginación, sino, como en la fotografía, de un uso peculiar del proceso de esa creación de imágenes. La nueva novela histórica, por ejemplo, no mira la realidad con los ojos abiertos que capturan y reproducen todo e indiscriminadamente a su paso. Eso, por otra parte, ni existe ni ha existido nunca. La novela histórica captura y detiene la realidad con una especie de guiño, ese gesto entre seductor e incompleto por medio del cual se evoca y se invita a lo que no está ahí, esos fantasmas y esas sombras que, al decir de Benjamin acerca de la fotografía, habitan en los datos más concretos. No se trata pues, o no solamente en todo caso, de textos que buscan rescatar silencios o revelar ausencias, sino de producir nuevas realidades en el vaivén mismo que va del documento a la narración basada en éste. Parafraseando la frase de Goethe con que inicié este texto, si todos los hechos son ya imaginados, si son imaginación concreta, esto quiere decir que el realismo de la novela histórica, como el realismo de la fotografía, es menos “realista” de lo que usualmente se supone. Asimismo, si la imagen no se concibe como un proceso de creación subjetiva, sino como expresión objetiva, reproducir el lenguaje de los objetos, o de los hechos, o de lo real, en el lenguaje mismo es un reto mayor, y altamente imaginativo, del realismo.

lunes, junio 16, 2008

"Repulsión" de la mala


Diario Milenio-México (16/06/08)
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El reciente documental de HBO sobre el acoso judicial norteamericano contra Roman Polanski logra que sus acusadores den incluso más miedo que sus villanos
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Duro contra el polaco
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“Pienso que tiene un lado sombrío. Un ángulo triste. Una vertiente oculta. A partir de su infancia, lleva una relación con la vida y la muerte de la que no puede hablar. Tiene dentro de sí una poderosa visión de la muerte y la tristeza, pero con esa energía, esa fuerza para el trabajo, ese deseo de hacer cosas extraordinarias, al fin él prevalece.” Estas palabras de Pierre-André Boutang podrían describir a muchos artistas, inclusive aspirar a constituirse como una definición válida de lo que es un artista, mas he aquí que las ha pronunciado en torno a quien mejor las encarna, que es su amigo Roman Polanski. Difícilmente puede llegar a envidiarse una vida azarosa como la del autor de El inquilino —natural candidata al título de la más perturbadora película de horror jamás filmada—, donde increíblemente se han alternado tragedias devastadoras y golpes de fortuna bastantes para hacer del relato de su vida una historia entre fascinante y aterradora. Su mismo nombre, empleado como título de su autobiografía francesa de 1984, funciona con el doble sentido perfecto. Sólo a él podía pasarle vivir de esa manera y llamarse Novela.
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Mucha gente jamás se enteró de la aparición de Roman par Polanski, ni aun de la traducción que por una vez le permitió presentarse ante el público norteamericano más allá de la insidia de esa prensa que encontró buen negocio en lapidarlo tras el asesinato de su esposa, y sepultarlo pocos años después, a lo largo de un caso judicial más apegado a los parámetros del show-biz que a las leyes vigentes. Algo turbio tenía que esconderse tras las maneras suaves y gentiles de ese polaco menudo, cuyas películas quitaban el sueño y sugerían, a los ojos de una opinión pública famosa por pacata e ignorante, tratos siniestros con poderes ocultos. Siempre hay una manera de descalificar el talento ajeno, y de paso vengarse por la escasez del propio.
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El FBI acusa, Hollywood paga…
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Roman Polanski, Wanted and Desired, se llama el documental donde Marina Zenovich explora paso a paso ese raro incidente de 1977 en casa de Jack Nicholson, mismo que hasta hoy cuelga del apellido Polanski como estigmata a la medida de sus malquerientes. Siempre es reconfortante contar con algún mal ejemplo hacia el cual apuntar con el dedo flamígero de quien así de paso barre la propia casa. Hace más de tres décadas que los americanos, y no sólo ellos, se refieren al caso de Polanski como una “violación”, usando todo el peso que el término supone para cómodamente ponerse por encima de él. Degenerado Violador. Drogadicto. No se sabe que quien emplea a mansalva esos calificativos tenga la obligación o al menos la inquietud de probarlos, pues al contrario, bastan para anular la autoridad moral de quien súbitamente los encarna. Perseguido por unos, deseado por otros: a Zenovich le basta el caso Polanski para contar una historia de horror judicial que desemboca en ópera bufa, y al mismo tiempo exhibe a la opinión pública y sus manipuladores como herederos de la tradición de Salem.
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En su American Tabloid, James Ellroy se mete en los zapatos de J. Edgar Hoover, quien patrocina por debajo del agua una revista de chismes llamada Hush-Hush, donde sus mercenarios se encargan de echar lodo encima de quien se ofrezca, asumiendo cuán frágil puede ser la reputación de una estrella de cine para quien decidió convertirse en el nuevo Witch Finder General de Hollywood. ¿Dónde, si no en el ambiente auspicioso y permisivo de la industria del espectáculo, se encuentran los ideales chivos expiatorios, de cuya vida poco recatada casi cualquiera puede dar cuenta? Existe un fondo ilimitado de crédito para cualquier patraña que tenga que ver con personajes públicos hasta ayer envidiados, y en tanto plenamente envilecibles a los ojos de los espectadores. ¿Cómo va a ser decente la famosa Fulana, si para estar ahí tuvo antes que haberse ofrecido y vendido? Hay quienes nunca logran entender los éxitos ajenos sin alguna coartada que explique sus fracasos.
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…y el rebaño aplaude
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Cuesta algo de trabajo indignarse sin luego reírse cuando el fiscal del caso Polanski —un mormón que, a decir de sus colegas, era el único que jamás se había ido a la cama con una menor— describe cuál ha sido su metodología para entender la psique del acusado: no bien supo que en un cine cercano se proyectaba un ciclo de películas de Polanski, acudió día tras día a documentarse en las obsesiones del director, hasta hacerse con un concepto redondo que, a su entender, no dejaba ya duda sobre la culpabilidad del acusado. De acuerdo a esas sesudas especulaciones, fácilmente elevables al rango de prueba contundente, Polanski no había hecho con la menor de edad otra cosa que poner en escena sus obsesiones. ¿No la había fotografiado dentro de un jacuzzi, en coincidencia con esas películas donde siempre hay escenas sucediendo en el agua, o por encima de ella?
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Calumniar a un artista y escarmentarlo en público es también un intento burdo y palurdo de borrar su trabajo, o cualquier cosa buena que pueda haber hecho, no porque al morbo público no le interese el tema, sino porque es más fácil digerir la basura, y más interesante propagarla. ¿Para que va uno a ver la película, si ya cree conocer las aficiones íntimas del director? Y eso es, curiosa aunque no sorprendentemente, lo que realmente fastidia a Polanski, quien llegado un momento pregunta a un entrevistador monotemático si hay por ahí algún tema de su persona o su obra que le interese, además de esa conocida predilección por las mujeres jóvenes. Pero evidentemente no es así, pues al cabo la gente acabará creyendo lo que prefiera. Lo más fácil, lo más escandaloso, lo que mejor la deje conformarse con jamás haber sido lo que un día soñó ser.

domingo, junio 15, 2008

Taibo II y Palou sobre Villa y Zapata, respectivamente, en entrevista con Aristegui (Parte III)

Taibo II y Palou sobre Villa y Zapata, respectivamente, en entrevista con Aristegui (Parte II)

Taibo II y Palou sobre Villa y Zapata, respectivamente, en entrevista con Aristegui (Parte I)

Xavier Velasco habla de su novela "Éste que ves" (video que baje de You Tube, pero que es producción de Alfaguara)

Ahí están

Ahí está sola y escuchando algún tango de Gardel, qué más se puede hacer cuando uno está sin compañía en una noche de lluvia, diluvio.
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Él permanece lejos, al otro lado del mundo estudiando los factores del cambio climático, quiere comprender la tierra, para entender mejor la actitud del humano. El corazón del humano cuando está enamorado se asemeja al centro de la tierra, a esa lava incandescente, que en algún momento saldrá para arrasar con todo de forma intempestiva. Esa teoría es lo obligo a salir fuera de México para irse a instalar a tierras alemanas. Vaya ironía, en uno de los lugares más fríos del mundo se va comprender las razones de calor insoportable.
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Pero ella yace, ahí, en su cama, sola, esperando el regreso de su amado. Aunque eso le lleve toda la vida.
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Él se fue en busca del Nobel, ella prefiere la pobreza con tal de que él, su amado, se encuentre envuelto en sus brazos y los senos de ella friccionen a cada rato con el flaco pecho de su querer. Antes pobre que sola.
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Sin embargo está sola.
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Pero siempre hay un remedio, a veces un amigo, otra veces el amor propio. Está noche de aniversario, 3 años de estar juntos, pero 2 de ellos a través del internet; prefiere la compañía de su presencia metafísica de él. Total si ella puede crear en sus novelas grandes escenas de erotismo, podrá imaginarse que él está, ahí, con ella.
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Una caricia, luego una lamida, otra caricia, después la penetración.
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Al final, la gloria.