sábado, octubre 13, 2007

Archivo hache.-Literatura blog

Suplemento Laberinto del Milenio Diario-México (06/10/07)
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Cuando en 2002 comencé a escribir en blog (entonces llamado Border Blogger) no faltaron amigos que me recomendaban cerrarlo inmediatamente porque el blog era visto, entonces, como callejero, amateur, antiliterario. Tener blog era desprestigiante.
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En un lustro todo ha cambiado. Hoy escriben en blog autores tan reconocidos como Christopher Domínguez o José de la Colina. Qué bien que ya no exista ese desdén.
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Un blog es una página que su autor mismo sostiene. Ésa me parece la característica más concreta del weblog. Tiene que ser un espacio levantado, autoconstruido y mantenido por el individuo que lo firma. Si no es así, se trata de otro género.
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El blog, además, no es un sitio donde se copypastean textos. El blog tiene su género central: el post. Un post es un texto relativamente breve, una especie de ensayema, de tipo informal, con temas cotidianos en que la autoconstrucción de la figura del escribiente es la teleología. El post es una tecnología del yo, para decirlo con Foucault. Se trata de crear un personaje vital.
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El trasfondo del blog es cuál es la relación entre escritura y vida.
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Otra característica del blog es que se trata de una herramienta posmediática, esto es, es un contrapeso crítico al pensamiento impulsado por los periódicos, sus suplementos y las revistas.
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Como en el blog se autopublica lo que se desea —¡adiós editor!— tiende a generar polémicas y fuerzas de resistencia. La literatura mexicana de nuestra generación debe al blog muchas de sus actuales características. El blog, por ejemplo, ayudó a mermar el poder del centro del país, y si hoy revistas como Letras Libres tienen blogs —muy interesantes, por cierto— se debe a que blogs de escritores mexicanos de varias generaciones erigieron desde su espacio-tiempo autónomo, cotidiano, comunidades de lectores que, en algunos casos, diariamente siguen los nuevos posts de ciertos blogs.
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El blog, para bien y mal, acercó al escritor y al lector.
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En México todavía no se explota bien al blog. Faltan blogs teóricos, por ejemplo. Blogs de reseñas independientes. Blogs con crítica sagaz y, a la vez, que construyan una paradójica privacidad pública (siempre ficticia).
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Lo que los lectores del blog buscan es asomarse a la vida del autor. El blog es un género biográfico. El blog no se ocupa de mis opiniones sino de mi existencia. Es una combinación de e-mail, prosa lúdica, anuncio y diario. El blog es autogossip. Se trata de un ensayo intermitente acerca del yo y los otros.
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Como lo dije hace cinco años, si Alfonso Reyes hubiera nacido en nuestra época hubiera tenido un blog y ese blog hubiera sido el mejor. Reyes era un maestro de lo anecdótico, lo instantáneo y lo breve, las tres virtudes máximas que puede tener el blog.
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¿Qué es un blog? Un blog es un espacio-tiempo de autoconstrucción de un heterónomo digital del escritor.
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Heriberto Yépez

“Yo maté al Che Guevara”



Milenio Diario-México (12/10/07)
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La memoria, que por esos días solía ser de elefante, con el tiempo se borra, se despule. Esa frase, sin embargo, “Yo maté al Che Guevara”, dicha y más que dicha, disparada a bocajarro como tarjeta de presentación, una mañana de 1990 en San Salvador, no se me olvida ahora ni habrá de olvidárseme jamás. La dijo, me la dijo, un hombre que frisaba entonces los 45 años. Un cubano-americano, agente de la CIA y al que hoy identifico como Félix Rodríguez, compinche de Posada Carriles, responsable como él del atentado contra el avión Douglas DC-8 de Cubana de Aviación, el vuelo 455 que volaba de Barbados a La Habana, acto terrorista ordenado por el gobierno de Estados Unidos, que cobró 73 vidas inocentes.
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Félix Rodríguez estaba a cargo de la operación de apoyo de la CIA a la contrarrevolución nicaragüense. En la base aérea de Ilopango, de la fuerza aérea salvadoreña, aviones cargados con cocaína llegaban del sur para reemprender el vuelo en la misma dirección pero ahora cargados de armamento que se dejaba caer en el norte de Nicaragua. Poco tiempo después, Rodríguez, quien también jugaba un rol como asesor en la lucha contrainsurgente, abandonó El Salvador. El escándalo Irán-contra estalló en la cara a la administración de George Bush padre y no hubo manera de continuar con el criminal intercambio de partes de misiles y aeronaves para Irán, droga colombiana para el consumo doméstico en Estados Unidos y armas para la contrarrevolución.
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Félix Rodríguez era una asesino y lo conocí esa mañana rodeado de otros asesinos; un tal “Iván”, puertorriqueño, que se movía directamente en el terreno con la tropa élite del ejército salvadoreño y un norteamericano —de unos 60 años— que se identificó como jefe de Operaciones de la estación de la CIA en San Salvador. No había manera de no tomar en serio sus palabras. Ahí nadie alardeaba; todos tenían las manos manchadas de sangre.
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Desayunábamos en casa del coronel Mauricio El Toro Staben, sanguinario comandante del batallón de reacción inmediata (BIRI) José Manuel Arce. Había yo recorrido, en el cumplimiento de tareas periodísticas y con la cámara al hombro, casi todo el oriente salvadoreño en operaciones de combate con Staben y su batallón y se le ocurrió a este hombre, responsable entre otros crímenes de la tortura y asesinato de “Elsa”, conocida también por su breve estatura como La Pajarito, la compañera que fue mi primer contacto con la guerrilla, la peregrina idea de reclutarme —así se estilaba en esos tiempos— para realizar una operación que condujera al asesinato de Joaquín Villalobos, a la sazón el más importante jefe militar del FMLN.
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Para convencerme de las bondades de la tarea que quería encomendarme Rodríguez, al tiempo que exhibía cínica y descaradamente su currículum, ponderaba la labor de destacados periodistas norteamericanos “al servicio de la libertad y la democracia” y me ofrecía la cobertura de cualquier medio, “el que fuera”, para cubrir mis movimientos. Narraba el cubano-americano, con detalle y orgullo, el cerco tendido a la guerrilla en la cañada de Ñancahuazú y cómo había hecho de ella un callejón sin salida. Contaba luego, entre sorbos de café, cómo se había entrevistado con el Che al apenas llegar éste capturado a la escuelita de La Higuera. La revisión detallada de sus papeles. La confirmación precisa de su identidad. El ir y venir de las comunicaciones con La Paz y cómo de Washington llegó la confirmación a la orden que él y su otro compañero de la CIA (quizás Posada Carriles) habían dado al gobierno y al ejército boliviano: el Che tenía que morir.
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Mantenerlo vivo, someterlo a un juicio era un riesgo que no podía Estados Unidos correr de ninguna manera. América Latina era un pastizal seco y soplaba un viento que hacía muy posible la propagación del fuego. Había simple y sencillamente que asesinar al Che. “Y así lo hicimos —decía Rodríguez—. Dimos la orden, entró un sargento y lo mató de un rafagazo”. “Yo maté –insistía– al Che Guevara. Fui yo, no el miserable soldado que cumpliendo órdenes le disparó y que no sabía lo que ese hombre herido y andrajoso significaba”. Para terminar, Rodríguez narraba el viaje en helicóptero hasta Valle Grande con el cadáver del Che a su izquierda, en una camilla, amarrada al patín de aterrizaje del helicóptero; el pelo al viento, los ojos abiertos.
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Villalobos, a quien Rodríguez intentaba poner en la mira, decía que del Che esa generación, la mía por cierto, “había tomado lo más científico: su locura; su ejemplo”. Hace 40 años murió asesinado Ernesto Guevara, mejor conocido como el Che. El hombre que dice haberlo matado ya no es nadie, no importa en absoluto. Sólo yo lo recuerdo y por una frase: “Yo maté al Che Guevara”, que por más verdad que sea, no deja de ser una mentira.

La impronta del Che



Diario Milenio-México (12/10/07)
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Toda gran revolución —la que modifica casi todo en la política y la sociedad— busca su propia expansión. Así ocurrió con las revoluciones francesa, rusa y china, entre otras muchas. La Revolución Cubana tenía una necesidad aún mayor de expandirse hacia América Latina: dejar de ser la única sede revolucionaria frente al asedio del gobierno de Estados Unidos.
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Ernesto Guevara, el Che, marchó a Sudamérica en busca de un proceso revolucionario continental. Era del todo natural que el dirigente cubano de origen argentino se propusiera una revolución latinoamericana en un momento en que la influencia de la Revolución Cubana seguía siendo grande en la región. Hoy, 40 años después de su caída en Bolivia, podría decirse que el empeño de Guevara era irrealizable, pero entonces no parecía igual para todos.
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La cuestión no era la exportación de una revolución triunfante sino su expansión, es decir, tomar la Revolución Cubana como un punto de apoyo hacia un proceso internacional, cuyas condiciones políticas podían madurar.
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La forma de lucha del foco guerrillero era ya cuestionada como elemento común para cualquier país latinoamericano, pero tal era justamente un debate: el Che creía en la revolución a partir de la acción armada de pequeños grupos capaz de desatar procesos de organización y conciencia de carácter popular.
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El Che no era un iluso suicida como algunos tratan de identificarlo, sino un hombre de acción cuyos objetivos estaban muy definidos. La acción armada —tan combatida con supuestos principios humanistas y pacifistas— no era nueva en nuestra América sino algo de lo más viejo: piénsese tan sólo en Hidalgo, Bolívar, San Martín, para mencionar a padres de patrias. Madero, por ejemplo, contaba con unos cuantos hombres armados cuando tomó y casi perdió la vida en Casas Grandes: pocos creían entonces en su causa.
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La acusación de haber ido a pelear a Bolivia siendo él argentino carece de imaginación, pues Guevara era ya un líder revolucionario en Cuba, una isla muy diferente a su patria original. Los revolucionarios nunca se han detenido demasiado en las fronteras aunque los contrarrevolucionarios, menos aún.
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Se habla ahora de la muerte del Che. Eso es un error. Guevara fue asesinado después de su detención, lo que clarifica el carácter del gobierno y el ejército de Bolivia en ese entonces. El hecho de que haya sido aprehendido con arma en mano, como corresponde a la generalidad de los rebeldes, no podrá nunca justificar su asesinato a sangre fría.
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El Che ha sido comercializado y expuesto como una especie de héroe moral. Sin embargo, la historia es necia. Ernesto Guevara era un revolucionario.

viernes, octubre 12, 2007

Desde tu histórica altura...



Diario Milenio-Puebla (12/10/07)
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El 9 de octubre del ‘67, yo todavía no era “arrojado” a este mundo (qué heideggeriano). Un general boliviano disparaba, con mano trémula, sobre el pecho de Ernesto Guevara de la Serna. “Dispara ya, que viniste a matar a un hombre,” fueron las últimas palabras del guerrillero argentino-cubano. En la escuelita boliviana La Higuera, aunque capturado, maniatado, imposibilitado, moría un hombre de pie.
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Octubre, 2007. Los jóvenes del nuevo siglo continúan apolillados bajo toda la parafernalia mercadotécnica del Che. Playeritas chica/mediana/y/grande; llaveros para las “revolucionarias” llaves de la casa, del carro; encendedores que, congruentemente, encenderían habanos, pero que, en su lugar, alumbran Marlboro o Camel; no digamos los afiches con aquella foto que Alberto Korda tomó sin afán de dinero, esa imagen de Ernesto Guevara viendo hacia el horizonte, después del desastre del buque francés, con esa legendaria expresión de rebeldía, de América Latina, del hundimiento yanqui, de la patria o la muerte. Y a eso nos dedicamos: a comprar retratos, playeras, encendedores, llaveritos del guerrillero. ¿Y hasta dónde se olvida la importancia de su vida, su herencia, sus pasos por el Congo, Tanzania, Praga, Bolivia, Guatemala? Como si cargar su imagen en un simple souvenir nos hiciera revolucionarios. Como si decir “Hasta la victoria siempre” nos hiciera revolucionarios. ¿Acaso a Ernesto Che Guevara le hubiera gustado este plástico y esencialmente vacío despliegue de publicidad y mercadotecnia? ¿Acaso los empresarios que se benefician de su fotografía son partidarios de lo que representa una figura así?
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A cuatro agitadas décadas de la muerte del Che, soldado y ciudadano de América Latina, los jóvenes, que somos quienes más nos identificamos con él, al menos en apariencia (por pose, por esnobismo, o por una real admiración hacia él), nos estancamos superficialmente en la figura de Ernesto Guevara, sin apreciar su valor histórico, político y social, sino viéndolo como un hombre mil veces fotografiado, como si hubiera sido un gran astro del pop.
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Hasta siempre, comandante.

Mentes asesinas



Diario Milenio-Puebla (11/10/07)
No podría quedarme al margen de comentar y compartir con mis queridos lectores una lectura que me ha dejado bastante impresionado. Se agrega a mi colección de temas sobre asesinos seriales un libro que descubrí antes de que lo viera anunciado en los diarios: Mentes asesinas de la doctora Feggy Ostrosky-Solís y editado por Quo Libros. El libro lleva un subtítulo sugerente que no debemos tirar por la borda: “la violencia en tu cerebro”. Y más abajo: “Todos somos un psicópata en potencia, conoce los factores que desatan este trastorno de la personalidad”.
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El libro contiene también el expediente completo de Juana Barraza Samperio, la “Mataviejitas”, personaje novelado ya por Víctor Ronquillo en Ruda de corazón (Ediciones B, 2006).
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La autora parte del siguiente cuestionamiento: ¿qué genera la violencia? Y sobre esa interrogante desarrolla su investigación. La violencia –lo sabemos– engendra violencia. ¿Pero qué engendra la violencia contra la familia o contra los amigos y conocidos? Voy a reproducir una parte que aborda la evaluación de los llamados psicópatas. Veamos lo que dice Feggy Ostrosky-Solís, lo repito: es sólo un extracto
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1. Encanto superficial: personas con tendencia a ser –dice– extremadamente verbales, sin miedo a decir las cosas... (aquí me reconozco un poco)… / 2. Son egocéntricos y se sobrevaloran. Son tajantes en sus pobres opiniones. Son arrogantes y se creen superiores a los demás (léanse mis notas que he escrito sobre la situación que guarda la cultura del estado gracias a quien la encabeza) / 3. Se aburren fácilmente y necesitan retos novedosos. Les gustan los desafíos y retos peligrosos (este tipo de gente abunda y no necesariamente son psicópatas) / 4. Mienten de manera patológica, manipulan sin escrúpulos (léanse las notas referidas en el punto 2) / 5. Engañan a los demás para ganancias personales (búsquese el caso de plagio que denuncié hace tiempo sobre una supuesta investigación del cuento poblano) / 6. Falta de arrepentimiento y culpa (esto es una regla en los asesinos seriales, por ejemplo) / 7. Falta de empatía, indiferencia hacia los demás (ver notas del punto 2 y 4) / 8. Pobre autocontrol: expresiones de irritabilidad, amenazas e impaciencia, control inadecuado del temperamento (otra vez notas 2, 4 y 7). La lista es larga y no puedo reproducirla toda. Recomiendo ampliamente el libro, para que el lector realice la crítica y la autocrítica respectiva.
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Dice la cuarta de forros: “el miedo a ser víctima del crimen tiene un serio impacto en la calidad de vida y determina, de alguna forma, nuestras actividades: cómo nos vestimos, qué tratamos de obtener, etcétera (…) queda mucho trabajo en la comprensión y el tratamiento de la violencia; sin embargo hay ya una gran esperanza para encontrar una solución a este deleznable fenómeno”.
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¿Usted lo cree? Yo no lo sé. La violencia es algo propio del ser humano. La violencia cotidiana a nadie sorprende ya.

domingo, octubre 07, 2007

Una frase, una.

Para la Changa con toda admiración y cariño por su gran vena creativa.

"Uno nunca sabe ni sospecha qué espectros de su pasado volverán de pronto en carne y hueso para recordarle que lo vivido no fue un sueño".


Ignacio Padilla, Espiral de artillería.

viernes, octubre 05, 2007

México 1968, o la historia negra de un gobierno que eliminó a sus jóvenes



Diario Milenio-Puebla (05/10/07)
Efectivamente, el 2 de Octubre ha quedado marcado en la vida de este país como un capítulo negro de la historia reciente, en donde a la luz de la reflexión jurídica y política se incurrió en el uso excesivo de la fuerza pública del Estado. Escribo hoy sobre este lamentable acontecimiento, porque como universitario y espero que aquellos que han pasado por alguna universidad compartan estas ideas. Sabemos bien, de la “ardiente paciencia” (en palabras de A. Skármeta) que nos genera el cobijo de una universidad y la aspiración constante por el pleno ejercicio de nuestros derechos y libertades.
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Se ha dicho con insistente vehemencia que México es un país desmemoriado, o que al menos los mexicanos nos educamos con una historia oficialista que, sin ton ni son, crea héroes y antihéroes. Por ello, desde mi opinión, México 1968 representa la expresión de una generación que corre el peligro de ser olvidada, no obstante haber sido masacrada.
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En Posdata, Octavio Paz retrata y denuncia con elocuencia y lucidez que: “el régimen mostró que no podía ni quería hacer un examen de conciencia; ahora bien, sin crítica y, sobre todo, sin autocrítica, no hay posibilidad de cambio. Esta debilidad mental y moral lo condujo a la violencia física. Como esos neuróticos que al enfrentarse a situaciones nuevas y difíciles retroceden, pasan del miedo a la cólera, cometen acciones insensatas y así regresan a conductas instintivas, infantiles o animales, el gobierno regresó a períodos anteriores de la historia de México: agresión es sinónimo de regresión. Fue una repetición instintiva que asumió la forma de un ritual de expiación; las correspondencias con el pasado mexicano, especialmente con el mundo azteca, son fascinantes, sobrecogedoras y repelentes”.
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Pero, ¿qué lecciones nos sigue dejando México 1968? En primer lugar, nos muestra la existencia de una cultura política represiva, autoritaria, una política que hizo prevalecer el uso de la fuerza por encima del diálogo.
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En segundo lugar, México 1968 es una radiografía de un México antidemocrático, sometido y humillado, que ante la inconciencia del respeto a los derechos más fundamentales de sus jóvenes, permitió que de un solo tajo el gobierno cortara los ideales de una pléyade de universitarios. El propio Octavio Paz concluye que “la matanza de Tlatelolco nos revela que un pasado que creíamos enterrado está vivo e irrumpe entre nosotros. Cada vez que aparece en público, se presenta enmascarado y armado; no sabemos quién es, excepto que es destrucción y venganza. Es un pasado que no hemos sabido o no hemos podido reconocer, nombrar, desenmascarar”.

jueves, octubre 04, 2007

Don Ángel Baquero



Diario Milenio-Puebla (04/10/07)
En 1978 acompañé a Jesús Reyes Cordero a visitar la casa de Pita Amor, porque a él lo había citado para tomarle unas fotografías. No recuerdo bien a bien la casa, pero sí una estancia llena de objetos y miniaturas. Luego Reyes Cordero escribió en una crónica que la casa de Pita Amor (con todos esos objetos) era sólo comparable al Museo André Breton de mi casa paterna.
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Poco después conocí el "Restaurante Puebla" de Ángel Baquero, un restaurante que estaba sobre la 3 Poniente, entre la 5 y la 7 Sur. Tenía a la entrada, del lado derecho, una enorme vitrina llena de objetos, muchos, todos en miniatura. Quizá eso me sorprendió y me hizo un aficionado más a la sopa de sesos y de médula y a las orejas de elefante, las milanesas que ahí se preparaban. No tardé en hacerme su amigo. Me decía “camarada” porque sabía de mi militancia en el Partido Comunista Mexicano y porque quizá fue una expresión que le contagió el periodista Gabriel Sánchez Andraca, su asiduo cliente, al igual que Alfonso Yañez Delgado.
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Lugar de estudiantes, periodistas e intelectuales, el "Restaurante Puebla" contaba con unos cómodos reservados recubiertos de piel de color café perfectamente alineados desde la entrada hasta el fondo a mano izquierda. Más allá estaba la cocina.
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Como pasó con muchos negocios, el "Puebla" se dividió para desaparecer paulatinamente.
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No puedo dejar de pensar en ese fatídico día de hace aproximadamente diez años, cuando unos patanes entraron a asaltar el negocio y no conformes con ello, golpearon salvajemente a don Ángel. Creo que nunca fue el mismo a partir de ese momento. Lo supe por el diario y lo visité después, en su convalecencia. Le gustaba sentarse, pensativo, al final de los reservados.
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Durante los años sesenta fue un lugar muy popular. El trato amable de don Ángel hacía que hubiera gente de pie, esperando un sitio. Él se llamó Ángel Baquero Pardavé. Nunca, que yo lo recuerde, habló de su parentesco con el autor de “Varita de nardo”, Joaquín Pardavé. Él era Ángel Baquero, y lo era por sí mismo.
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Hace unos días murió don Ángel Baquero a la edad de 91 años. Cuenta a manera de anécdota Mauro González que cada aniversario de lo que fue el Diario de Puebla, su director don Julián Cacho Allende, organizaba ahí, en el restaurante de don Ángel Baquero, la fiesta de los aniversarios, el 11 de marzo de cada año.
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Cada vez que paso por ahí, por donde estuvo el "Puebla", me acuerdo de los años travoltianos, de mi época de estudiante de psicología y, por supuesto, de don Ángel –don Lencho— Baquero y de su pequeño pero gran museo. Lo vi no hace mucho en el portal, caminando con su familia. Lo saludé y se acordó de mí, me dijo “camarada”. Ha muerto don Ángel y ha muerto una tradición gastronómica de Puebla. Lo habremos de recordar por siempre y, como acostumbramos a verlo en los obituarios, ha sido una gran pérdida. Descanse en paz.
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No sé que fin haya tenido el museo de miniaturas de Pita Amor. Me han dicho que la familia de don Ángel custodia el que estuvo en el "Restaurante Puebla". Ojalá así sea, porque si esas miniaturas (ordenadas en el desorden) se mantienen vivas, vivo se mantendrá en la memoria don Ángel Baquero. La Puebla cambia y sus personajes se van. Es una ley. No hay otra. A don Ángel ya lo extrañábamos desde hace mucho. Ahora lo extrañaremos más.

martes, octubre 02, 2007

Historiadores y escritores consultados por "La Jornada" reflexionan en plenas fiestas patrias.


La Jornada Nacional.
viernes 14 de septiembre de 2007 → Cultura
Nos encontramos en medio de un intenso “debate por la historia”
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Recobran vigencia temas como la independencia frente al imperio, el clero metido en política y el porfirismo como concepto de dominación dictatorial.
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Auge de publicaciones sobre el tema
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Arturo García Hernández
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El intenso debate intelectual y político que se dio a lo largo del siglo XIX sobre el proyecto de país, no está cerrado. De varias maneras continúa en el presente y una de sus expresiones se da en la constante producción editorial –historiográfica o literaria– sobre ese periodo histórico de México.
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Consultados por La Jornada, diversos autores de obras sobre el asunto, lectores asiduos de historia, ofrecen aquí una reflexión colectiva.
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Varios de los entrevistados no dudan en afirmar que también estamos en medio de “un debate por la historia”.
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La consulta se hace a 20 años de la publicación de la novela Noticias del Imperio, del escritor Fernando del Paso, ganador este año del premio literario de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, y con la mira puesta en la, ya desde ahora, controvertida celebración del bicentenario del inicio de la guerra de Independencia.
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A cada autor se le hicieron cuatro preguntas comunes o parecidas.
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La primera, en el sentido de si consideran que su obra, de algún modo, forma parte del mencionado debate.
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La segunda, sobre la interpretación que dan a la copiosa producción bibliográfica que en los años recientes se ha hecho sobre el siglo XIX.
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La tercera pregunta se refiere a su posición sobre las conmemoraciones del bicentenario de la Independencia.
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Y al final a cada uno se le ha preguntado sobre las obras o autores que considera fundamentales para mejor entender el siglo XIX mexicano.
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Novelas polifónicas
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Fernando del Paso considera que Noticias del Imperio “ni retoma, ni forma ni continúa el debate intelectual porque no soy historiador, soy un novelista que ama la historia. En ese sentido soy amateur, como el nombre lo indica, el que ama la historia”.
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No obstante, pondera, “es posible que más allá de mis intenciones, sí contribuya a ese debate”.
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A diferencia del historiador, “que habla con una sola voz”, los novelistas gozan “del privilegio de tener muchas voces y de contar la historia desde diversos puntos de vista. Por eso son novelas polifónicas.
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“Yo puedo decir lo que pensaban Maximilliano o Carlota, o lo que pensaba Benito Juárez. Así analizo muchas cosas en esa novela, porque el novelista queda impune. Si tomamos esto en cuenta, Noticias del Imperio de algún modo sí puede formar parte del debate, aun cuando sea de manera casi involuntaria.”
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Paco Ignacio Taibo II sostiene que su libro El cura Hidalgo y sus amigos, “más que formar parte de ese debate, forma parte de uno nuevo, el debate de lo que es en estos momentos la Independencia para los mexicanos”.
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Distinta es la opinión de Pedro Ángel Palou, autor de la novela Morelos: morir no es nada, quien sí ubica ese libro de Taibo II como parte del mencionado debate, “es un libro excepcional”, y del mismo modo se refiere a los ensayos de Carlos Monsiváis recogidos en Las herencias ocultas (de la reforma liberal del siglo XIX), “es uno de los grandes libros sobre ese periodo”.
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A juzgar por estos y otros títulos, deduce Pedro Ángel Palou, “el siglo XIX tiene todavía muchas preguntas que responder”.
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Surgen oleadas de investigadores
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En cuanto al auge bibliográfico sobre ese periodo histórico, Fernando del Paso aclara primero que no se atreve a atribuir el fenómeno a Noticias del Imperio, aunque sí le parece que contribuyó a reconocer a Maximiliano y Carlota como parte de nuestra historia:
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“La novela salió hace 20 años, una época en que no se hablaba de Maximiliano ni de Carlota; los libros de texto pasaban por ellos como a vuelo de pájaro. No se soñaba con hacer una exposición sobre el imperio o la intervención francesa. Estaban dejados de la mano de la historia de México.”
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Cuenta el también autor de Palinuro de México que cuando hizo su larga investigación para Noticias del Imperio, “sí noté que más o menos cada 30 años había una oleada de historiadores tanto mexicanos como franceses o austriacos que se interesaban en el drama histórico de Maximiliano y Carlota.
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“Y parece que hay oleadas de historiadores que surgen para retomar temas y luego pasan 30 o 40 años hasta que surge otra generación de investigadores interesados en tal o cual tema. Esa es la impresión que tengo.”
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La explicación que Paco Ignacio Taibo II da por su parte al fenómeno es que “el siglo XIX sigue estando a debate, es la centuria de la Independencia frente al imperio, el siglo de la Reforma para sacar al clero de la vida pública, el siglo de las movilizaciones contra la dictadura de Porfirio Díaz, encabezadas por los hermanos Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón, precursores de la Revolución. Está a debate el siglo XIX y los principios del XX”.
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Por un Parque del Bicentenario
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A dos años del bicentenario del inicio de la guerra de Independencia, Fernando del Paso dice que no tiene una propuesta para las conmemoraciones, “teniendo en cuenta además que se van a confundir en la mente popular el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución”.
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Al respecto, alude a una encuesta “lamentabilísima” que vio en televisión entre niños de 10 u 11 años, a quienes se les preguntaba por un héroe de la Independencia y los infantes nombraban a Porfirio Díaz.
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“Se decían barbaridades increíbles, hay mucha ignorancia no precisamente por su culpa. Ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Un edificio (la Torre Bicentenario) como el que quieren levantar a la orilla de Chapultepec? No sé como calificarlo.
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“Los políticos que quieren pasar a la historia, tiranos o no, dejan siempre grandes obras arquitectónicas.
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“Mi posición frente a ese edificio es un poco ambigua, porque me parece que el problema va a ser un aumento espantoso del tráfico en esa zona de la ciudad. ¿Qué debemos hacer? No sé. Preferiría pensar en un gran Parque del Bicentenario, que tuviera un árbol por cada año.
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“Quizá las universidades, El Colegio de México y esa clase de instituciones podrían crear estímulos para escribir textos sobre la Independencia o se podría crear un Premio Bicentenario para la mejor historia de la Independencia.”
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Para Paco Ignacio Taibo II, la conmemoración “debería ser un gran debate popular en el que los mexicanos de todos los días, los de la calle, los que están condenados a ver telenovelas y programas de Televisa, los que sufren el proyecto neoliberal empeñado en volverlos pobres, puedan tener acceso a múltiple información, imágenes, ideas sobre la Independencia”.
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La celebración “tal como se está diseñando desde el gobierno federal, es porfiriana, ‘hazte un Ángel de la Independencia para tu mayor gloria’, es una especie de Disneylandia para niños pendejos y de derecha.
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“Pedro Salmerón y yo, con la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, estamos realizando una serie de conferencias en la calle que se llama Curso de historia para mexicanos rebeldes. La respuesta ha sido poca madre, hay un interés inmenso por parte de la gente. ¿Por qué? Porque para ponerte frente al presente, necesitas las muletas del pasado, saber de dónde vienes. No basta con decir que vienes de canciones de Jorge Negrete y Pedro Infante y del cine de Cantinflas.
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“También necesitas saber si vienes de Zapata o de Villa; si tu abuelito ideológico es Juan Escudero en Acapulco. O sea, el debate viene de atrás y eso construye lo que se llama signos de identidad.”
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Larga lista de autores esenciales
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Como lectores acuciosos de historia de México, tanto Fernando del Paso como Paco Ignacio Taibo II tienen obras y autores –historiadores o novelistas– que consideran fundamentales.
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Del Paso menciona a Francisco Bulnes, Manuel Orozco y Berra, Luis González Obregón, José Fuentes Mares, Salvador Alvarez, Enrique González Pedrero, Guillermo Prieto, Enrique Serna, Francisco Martín Moreno, Antonio García Cubas y en general los historiadores de El Colegio de México, “institución que ha surtido a muchos muy importantes autores sobre el siglo XIX”.
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A Taibo II le gustaría que se hiciera “una edición popular del Hidalgo de Castillo, hoy por hoy una edición carísima e incómoda; el libro de Luis Villoro, El proceso ideológico de la revolución de independencia, sigue siendo padrísimo y es un respiro.
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“Orozco y Berra escribió un texto memorable sobre Cuautla; el José Mancisidor que rescata las figuras de Hidalgo, Morelos y Guerrero, está poca madre. Sobre la Independencia la lista podría ser larga, sobre la Reforma hay material menos sabroso.
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“Para la etapa de la Reforma hay que irse al documento de época, las crónicas de Guillermo Prieto o Ignacio Manuel Altamirano, o ahí está el libro de Carlos Monsiváis, Las herencias ocultas, que está a toda madre.
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“Y no estaría de más volver a circular El libro rojo, de Riva Palacio”.

jueves, septiembre 27, 2007

Renuncias en la Secretaría de Cultura



Diario Milenio-Puebla (27/09/07)
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El inepto secretario de Cultura, el señor Alejandro Montiel, ahora mejor conocido como el Rey de la Intriga, vuelve a hacer olas en momentos que no debiera sólo por sentido común. Son tiempos difíciles y la cultura, desde que el Rey de la Intriga ostenta el cargo, sigue en la más profunda oscuridad y sólo se habla de la dependencia cuando son provocados los escándalos a los que nos tiene ya acostumbrados.
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Carlos Flores Mancilla, director de Comunicación Social de la referida secretaría, programó sus vacaciones y salió de la ciudad. Aún no ha vuelto y ya ha sido removido de su cargo. ¿Cómo lo supo? Porque una amiga reportera se comunicó con él para preguntarle por qué había renunciado… “¿Ya me renunciaron?”, alcanzó a responderle sin poder disimular su sorpresa. ¿De quién fue la orden?: del Rey de la Intriga, don Alejandro Montiel quien, como dice una columna periodística del pasado martes 24, no se “arredra al asumirse como ‘secretario de Cultura’ sin ningún merecimiento”.
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El caso de la compañera Verónica López, encargada de la Subdirección de Recursos Humanos, es sintomático de lo que ocurre al interior de la dependencia: cansada y enferma por las presiones a las que fue sometida por el secretario Montiel, decidió poner su renuncia la semana pasada.
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¿Quién puede soportar el carácter patán de Montiel Bonilla? La dependencia tiene desde hace tiempo muchas de sus áreas en la congeladora y quienes mandan, ordenan y disponen son las conocidas “chicas superpoderosas”, equipo cercano al Rey de la Intriga.
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Ejemplos los hay, como la Palafoxiana, biblioteca que nadie puede consultar sin el consentimiento de Judith Fuentes. Y así las cosas... todo sigue ahí sin proyectos y en la más absoluta inmovilidad.
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Reproduzco parte de la información que publicó Yadira Llaven el pasado martes 24 del mes que corre: Tlaxcala, Oaxaca y Veracruz superan a Puebla en proyectos aprobados por el Conaculta.
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Al estado de Tlaxcala se le aprobaron dieciséis proyectos mientras que al estado de Puebla sólo le fueron aprobados cinco, tres de ellos pertenecen a la Secretaría de Cultura.
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A 21 días de la publicación de los proyectos beneficiados, el Rey de la Intriga no ha informado nada, absolutamente nada, de cómo serán empleados los ocho millones de pesos que le fueron asignados.
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Lo anterior explica el hecho de que, a toda cosa, el secretario quiere la renuncia de Rafael Durá Durá al puesto que ocupa como Coordinador General Administrativo.
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En el fondo lo que quiere es la plena libertad para manejar discrecionalmente los magros recursos con la complacencia de Erika Ruby Ramírez. Pero Durá Durá, quien ha pensado en renunciar, no lo hará por lo pronto, cosa que mantiene inquieto al secretario de Cultura. En síntesis: el señor no quiere sombras.
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Para que se vea quien tiene el mando de la cultura de Puebla –y la responsabilidad de la Biblioteca Palafoxiana— es posible que esté por descubrir un documento, un oficio que se encuentra en el Archivo Municipal, fechado durante la administración de Gabriel Hinojosa Rivero, donde se involucra a nuestro personaje, al Rey de la Intriga (recuérdese que él trabajó ahí en esa administración panista) en un incómodo asunto.
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¡Viva México!, mes de la patria.

domingo, septiembre 23, 2007

sábado, septiembre 22, 2007

Morelos en los ojos de Palou.--El legado es el rescate de la conciencia de lo americano y reivindicación étnica.



Nuevo Excelsior
Por: Virginia Bautista
06/09/2007
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El rescate de la conciencia de lo americano y una reivindicación étnica es el legado del líder independentista José María Morelos y Pavón, a quien el escritor Pedro Ángel Palou define como el “líder comunitario por excelencia”, el aportador del primer pensamiento agrario-social.
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El editor y promotor cultural devela en su novela más reciente, Morelos. Morir es nada, al héroe y al hombre, al sacerdote y al amante, con sus dolores de cabeza, sus vacilaciones y sus temores. “Necesitamos redimensionarlo; pues Morelos es el verdadero independentista, el verdadero americano. Se la juega completa, es el único que dice se acabaron las castas, todos somos americanos.”
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Para el profesor y periodista, al acercarse a un personaje histórico, “sobre todo si es un icono”, hay que desterrar la imaginación. “Hay que usar los métodos del historiador, ser muy cuidadoso con la documentación; y la libertad del escritor está en el ordenamiento de los hechos, en la forma de contar.”
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Explica que lo primero que se debe encontrar son las razones del héroe y partir de la premisa de que “son seres humanos que viven vicisitudes y se convierten en héroes con el tiempo, en la historia”.
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Confiesa que lo que le fascinó del autor de los Sentimientos de la Nación fue la “conciencia de orfandad que tenía desde muy chico, sus 14 años de arriero, su gran conocimiento del campo y de las vías de comunicación entre Michoacán y Guerrero. “No es novato ni analfabeta, es un cura bien formado que leyó a los jesuitas, por lo que tiene clara la noción de guerra justa y así se defiende en el juicio inquisitorial.”
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Las tres mujeres que tuvo, una de las cuales es la narradora, y la imagen casi mesiánica que tiene de Hidalgo son recreados con detalle. “Hidalgo no lo quiere, no se acuerda de él; y cuando lo recibe le dice que no puede ser su capellán, que tiene cara de general. Lo que no es cierto, pues era gordito y chaparrito. Le dijo que se fuera y que lo nombraba Jefe de los Ejércitos del Sur. Pero muere Hidalgo, cuyo movimiento duró nueve meses, y él siguió en la lucha durante cinco años.”

La vida oculta de Morelos.---Prócer y cura con hijos y amigos herejes.



Luz Adriana Santacruz Carrillo, Univision Online
14 de Septiembre de 2007
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CIUDAD DE MÉXICO - Irreverente y contradictorio, con un pasado turbulento que dio de qué hablar en su época. Un sacerdote católico que tuvo mujeres e hijos, odiado por muchos y querido por otros. Así fue José María Morelos y Pavón, artífice de la segunda etapa de la Guerra de Independencia de México.
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A Morelos se le conoce por sus estrategias militares y su participación en el proceso de Independencia en el país, pero poco se sabe de sus amoríos, su doble vida y su pasado antes de que fuera luchador social.
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Morelos, morir es nada descifra algunos de estos enigmas relatados en una novela del escritor Pedro Ángel Palou.
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La vida y suerte del caudillo es narrada por una de sus mujeres, quien, obligada por la Iglesia a arrepentirse, utiliza esta penitencia como una forma para que su hija conozca la verdadera historia de su padre
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Es por esta razón que Palou decidió narrar en Morir es nada, las historias poco conocidas de Morelos. En entrevista exclusiva con Univision.com nos explicó un poco más de la personalidad de este héroe de la patria.
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P. ¿Por qué Morir es nada?
R. Es revelar los amores de Morelos, de un ser humano que vivía todas las contradicciones de la época. Era un sacerdote, pero también un ser humano, aceptó el celibato pero no pudo vivirlo; creía en Dios pero aceptó que hubiera guerras justas. Sustituyó la imagen del rey, al que odiaba, por la Virgen de Guadalupe.
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P. ¿Cómo era Morelos?
R. Morelos medía 1.62, era bastante gordito, difícilmente podría haber tenido la imagen del general; Miguel Hidalgo se burlaba de él. Sin embargo, este hombre se lo tomó en serio y en unos días tenía a más de 2,500 soldados. Venía de un estrato social absolutamente humilde, de pobreza, de orfandad, de 14 años como herrero. En él hay un pensamiento agrario que no existe en ninguno de los independentistas.
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P. Como sacerdote tenía que seguir el celibato, pero al parecer no lo hizo...
R. En el juicio inquisitorio se atreve a hablar de sus mujeres, incluso de las relaciones que tenía con personajes acusados de herejía. Después de la Inquisición todavía hay 25 días de tortura, 2 batallones le apuntaban a la cara las 24 horas del día y él nunca delató a sus compañeros de armas.
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P. ¿Qué se sabe de sus amores?
R. Morelos tiene primero una mujer que se llama Brigida Almonte, con la que procrea a su primogenito Juan Nepomuceno Almonte, un hijo que le sale muy mal y que termina siendo ministro de Maximiliano (emperador austríaco en México). Tiene una hija con otra segunda mujer a la que deja anónima en la junta inquisorial y todavía tiene una tercera en Oaxaca, Francisca Ortíz, con la que tuvo un hijo.
Estas familias se perdieron con el tiempo, no se supo de su descendencia.
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Bajo el acoso de la culpa
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P. Morelos es muy conocido por su paliacate inseparable. ¿Tenía algún significado?
R. Hay dos versiones. Una es que padecía de migrañas muy fuertres desde los 12 años y el paliacte servía para sostenerle, usaba remedios populares, y por el tro lado ocultaba el rizo, el pelo; su origen mulato no era muy patente en el color de la piel, pero sí en el cabello, lo que lo hacía parecer mucho más mestizo de lo que era.
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P. ¿Y qué puede decirse de su carácter?
R. Era muy necio, muy tozudo, casi inflexible, muy formado en la dureza del campo, muy poco amable, con poco setido del humor, muy devoto y esto seguramente le produjo culpa, pues había roto muchos de esos votos: el del celibato especialmente, y el del rey a la corona.
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P. ¿Y sentimentalmente?
R. Seguramente era muy duro porque no hay testimonio. Sus relaciones eran ocultas, casi prohibidas.Vivía en "pueblo chico, infierno grande". Su mujer anónima era ayudante del sacristán, la que daba clases de retórica a los niños en el catecismo. Seguramente sus relaciones estaban muy marcadas por el signo de la culpa, por el signo de lo oculto.
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P. ¿Qué tiene Morelos que no tengan otros personajes de la historia de México?
R. Acercarse a Morelos en el siglo XXI es acercarse a una figura que lo mismo luchó por su propia libertad, por tener un reconocimiento en una sociedad de casta, racial, que por resolver temas personales como su propia orfandad, su propia libertad sexual frente al celibato y la libertad política frente a la corona.
Me enseñó la velantía, y que no hay que claudicar en los ideales y por eso el título del libro: Morir es nada. Morelos trata de salvar a la patria y nos enseña que la libertad se consigue en México.
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P. ¿Cómo se imagina al Morelos de este nuevo siglo?
R. Muy molesto, profundamente perturbado por lo que está pasando en este país en donde vemos que hemos trabajado tanto para constuir una democracia que es tan costosa. Los héroes son héroes porque la historia los hace héroes, pero antes que eso fueron seres humanos: sufrieron, amaron, fueron traicionados, fueron queridos, y por eso hay que humanizarlos.

El escritor habla de su novela histórica sobre el "Siervo de la nación".---Ningún libertador tuvo conciencia de la americanidad como Morelos: Palou




La Jornada --> sábado 15 de septiembre de 2007 → Cultura
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“Seguimos importando un modelo de nación y no nos reconocemos en los muchos Méxicos”
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Arturo García Hernández
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El intenso debate –intelectual y político– que se dio a lo largo del siglo XIX sobre el proyecto de nación, no ha terminado. Sigue abierto y de él forman parte numerosos títulos publicados en los años recientes –históricos, ensayísticos, literarios–, a los que ahora se suma la novela más reciente de Pedro Ángel Palou, Morelos: morir es nada, que cuenta la vida del caudillo independentista, quien se autodenominó “El siervo de la nación”.
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Palou sostiene que “el siglo XIX tiene todavía muchas preguntas que responder, no es gratuita la aparición de libros como El cura Hidalgo y sus amigos, de Paco Ignacio Taibo II, el ensayo Las herencias ocultas (de la reforma liberal del siglo XIX), de Carlos Monsiváis, uno de los grandes libros sobre ese periodo, o la biografía de fray Servando (Teresa Mier), de Christopher Domínguez.”
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Morelos es el segundo personaje de la historia de México al que se aproxima Palou. Antes lo hizo con Emiliano Zapata.
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–¿Cómo y por qué el salto de Zapata a Morelos?
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–Estos libros surgieron como parte de una tetralogía sobre lo que yo llamo sacrificios históricos: es decir, muertes terribles que no representaron, sin embargo, un gran avance en la historia de México. Son el de Zapata, este de Morelos, uno de Cuauhtémoc y uno sobre Pedro Díaz Cuscat, líder tzotzil que encabezó la primera rebelión indígena contra Porfirio Díaz, en San Juan Chamula.
“En el caso de Zapata, su muerte es tremendamente trágica porque impide que se cumpla un verdadero reparto agrario y la revolución termina siendo una revolución burguesa, de los ricos y hacendados del norte.
“En la guerra de Independencia, los indios, los mulatos y los negros son los grandes perdedores, terminan ganando los criollos. Por eso me interesan esos personajes, porque pienso, por ejemplo, que si Morelos o Zapata hubieran triunfado, otro gallo nos hubiera cantado.”
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–No obstante, Zapata y Morelos hoy son inmensas estatuas de bronce.
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–Utilizadas sobre todo por el PRI, durante muchos años, para construirnos una historia falsa de padres de la patria.
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–¿Entonces también hay en la novela sobre la vida de Morelos un propósito desmitificador?
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–Absolutamente. Me interesa que el lector conozca las razones del héroe; el héroe cuando vive no es héroe, es un ser humano y tiene también razones individuales para hacer lo que hace. Morelos no es español, no es criollo, es un mestizo con ascendencia mulata que está luchando por tener un lugar en una sociedad que no abre un espacio para él.
“Mientras Hidalgo grita ‘¡Viva Fernando VII!’ y Bolívar juega badmington con el mismo Fernando VII en Francia, Morelos escribe ‘América para los americanos’ y rompe con la corona: tiene una conciencia de la americanidad que no hay en ningún otro libertador. Es quizá el único con plena conciencia de lo que eso significa. Dice: aquí todos somos iguales, se acabaron las castas, no hay indios, mulatos mestizos, todos somos americanos.”
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–¿Era un ideólogo?
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–Es un hombre muy instruido, había leído y se nota en las actas inquisitoriales porque cita de memoria, después de cinco días de tortura, a Hugo Grocio y la idea de guerra justa. Cita a los padres jesuitas del liberalismo francés. Puede escribir de puño y letra Los sentimientos de la nación, un texto tan moderno que lo único inaceptable para nuestra mentalidad actual es que dice que sólo puede haber una religión, la católica. Salvo esto, el texto podía haber sido escrito ayer, como respuesta a la falta de democracia en el país, a la inequidad existente hoy día, a la falta de oportunidades.
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–¿Es biografía o novela histórica?
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Novela histórica. El biógrafo y el novelista se parecen, sin embargo el novelista tiene libertades que el biógrafo no. Por ejemplo, yo escojo como narrador a una de las tres mujeres de Morelos, reconocida por él en las actas inqusitoriales pero que deja anónima para protegerla. La primera mujer fue Brígida Almonte, madre de Juan Nepomuceno Almonte, quien termina siendo ministro plenipotenciario de Maximiliano; es decir, todo lo contrario que Morelos.
“Sabemos que existió una mujer en Oaxaca, Francisa Pachita Ortiz. La decisión de Morelos de no dar el nombre de la tercera me da mucha libertad en el manejo del punto de vista del personaje.”
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Morir es nada
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Para Pedro Angel Palou, el punto de vista y el tono son centrales en Morelos: morir es nada. “Es una novela histórica construida a partir de la confesión de una mujer que amó a Morelos”. El autor decide llamar a esta mujer Jerónima.
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–Se expresa con mucha claridad, parece una mujer muy instruida.
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–Hay razones para eso. Cuando a Morelos lo cambian de su primer curato, en Churumuco, a Curécuaro, junto a Nocupétaro, el ex cura de ese pueblo deja una sobrina que le ayudaba en las clases de retórica; era una mujer instruida, no monja, no preparada de manera formal, pero sí por su tío. Eso le permite tomar la pluma, ser una gran lectora. Y en el caso de la novela, además puede hacer citas. Tiene muchos papeles de Morelos que ha recuperado.
De los hechos que no puede testimoniar, porque no estuvo en el momento (algunas batallas, por ejemplo, o el fusilamiento en Ecatepec), la mujer cita a otros personajes reales:
“Porque todos los personajes, salvo ella, están basados en documentación histórica. Por eso digo: me interesa la novela histórica siempre y cuando no mienta.”
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–¿Qué le quiere decir al presente mexicano haciendo estos libros sobre el pasado?
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–Primero, que los grandes perdedores de la historia tienen más que decirnos que los que aparentemente ganaron. Que ahí donde están las derrotas de la historia de México es donde debemos explorar nuestras deficiencias. Cuando fuimos a la primaria nos enseñaron una historia de triunfos pírricos.
“El 5 de mayo ganamos la batalla de Puebla, sí, y el 6 de mayo y todo el año tuvimos el sitio y luego un imperio francés. Los niños héroes, todos, se inmolaron. Nos enseñaron una revolución como un triunfo cuando en realidad no ganó ninguno de los verdaderos revolucionarios y terminó siendo una revolución de hacendados.”
En cambio, “si exploramos en los grandes derrotados sus razones y sus causas, como creo que lo hice con mucha justicia para Zapata, hay una visión de largo plazo para México que nos permite respondernos en qué nos seguimos equivocando”.
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–¿En qué nos seguimos equivocando?
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–Fundamentalmente en seguir importando un modelo de nación, en no reconocer que México es muchos Méxicos. No nos reconocemos en la pluralidad. Es un resabio de 70 años de priísmo en el que imperó la noción de un único país. Hoy estamos perfectamente conscientes de que hay muchos Méxicos, no sólo el México profundo de Guillermo Bonfil Batalla.
“Debemos estar conscientes de lo que el peruano José María Arguedas supo desde hace muchos años: no es posible vivir felices todas las patrias. Lo que queda claro es que no estamos y no podemos en este momento ponernos de acuerdo en los mínimos comunes múltiplos de esas patrias para vivirlas felices porque no somos el mismo México. Por que no es el mismo Chiapas, que el Distrito Federal o el Norte. Ese mito de unidad mexicana nos ha hecho mucho daño.

jueves, septiembre 20, 2007

El Colegio de San Juan, reciente edición de la UDLA-P



Diario Milenio-Puebla (20/09/07)
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El maestro Ernesto de la Torre Villar, a sus noventa años cumplidos, recientemente publicó, bajo el sello editorial de la Universidad de las Américas-Puebla, una de sus más recientes investigaciones en la que trabajó durante algunos años: El Colegio de San Juan/ Centro de Formación de la Cultura Poblana. El libro está escrito con la colaboración de Ramiro Navarro de Anda. La edición es verdaderamente pulcra y el diseño es de Germán Montalvo y de Zared Lamadrid. Las fotografías de interiores provienen de la cámara de Rafael González Sánchez.
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De la larga trayectoria de Ernesto de la Torre Villar como investigador menciono La Historia de la Educación en Puebla, Metodología de la investigación bibliográfica, archivística y documental, Historia de México, La Biblioteca Mexicana de Juan José de Eguiara y Eguren e Instrucciones y memorias de los virreyes de la Nueva España. Como bien sabemos, el maestro de la Torre Villar es poblano. Nació en Tlatlauqui el 24 de abril de 1917 y realizó sus estudios profesionales de abogado en la Facultad Nacional de Jurisprudencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Posteriormente ingresó al Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México y a la Escuela Nacional de Antropología. Se especializó en la Facultad de Letras de la Universidad de París (Sorbonne) y en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de París. Actualmente es investigador emérito del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Este libro que publica ahora la UDLA-P es una investigación importantísima para los historiadores de México. Desde la parte introductoria se advierte que es un libro donde se asientan “los colegiales que entran y salen en los reales y muy insignes colegios de San Juan y San Pedro de la ciudad de los Ángeles”.
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La investigación de Ernesto de la Torre Villar habla del proceso educativo realizado en Puebla por las autoridades civiles y eclesiásticas, bajo la influencia cultural realizada en algunas regiones de la Nueva España.
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El Colegio de San Juan/ Centro de Formación de la Cultura Poblana contiene entre sus páginas la escritura de donación de don Juan de Palafox y Mendoza de la biblioteca para la formación de quienes ingresaban a los colegios.
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Luego de la fundación de las universidades en Europa –explica Ernesto de la Torre—“en América, al iniciarse la organización clerical, los mitrados formaron poco a poco a sus propios estudiantes llamados a proseguir una carrera eclesiástica”.
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Y esta investigación de Ernesto de la Torre que nos ofrece la UDLA contiene varios anexos donde se da cuenta del registro pormenorizado de los alumnos que poblaron los colegios de San Juan y de San Pedro en 1655. Y no sólo eso, se cuenta el registro de los padres de los alumnos y las fechas en las que abandonaron los colegios para dedicarse a otras actividades. Estamos ante una muy interesante investigación de Ernesto de la Torre Villar cuya lectura es desde ahora obligada para los investigadores que quieran ahondar sobre la historia de la educación.

domingo, septiembre 16, 2007

Suplemento-Laberinto-Diario Milenio (15/09/07)

EntrevistaPedro Ángel Palou: Morelos, el héroe desconocido
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Antes de 1810, muy poco se sabe del “Siervo de la Nación”, afirma Palou, quien habla en entrevista de su narración acerca de este personaje y sobre el devenir de la novela histórica en México.
15-Septiembre-07
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Pedro Ángel Palou entrega el segundo libro de la que él llama su tetralogía “Sacrificios históricos”: Morelos. Morir es nada (Planeta), donde explora la vida del insurgente, desde sus borrosos inicios hasta su trágico final.
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¿Qué significa Morelos en tu obra y qué significa para la historia mexicana?
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Morelos forma parte de una tetralogía que llamo “Sacrificios históricos”, que empezó con Zapata. Me estoy yendo para atrás a propósito porque voy haciendo una especie de descubrimiento como escritor. Yo creo que el escritor va descubriendo, como dice Faulkner en El sonido y la furia, a aprender a leer; yo estoy aprendiendo a leer hacia atrás. Así que comencé con Zapata, aunque sabía que las contradicciones de un personaje y de una época tan ambigua y tan compleja, como lo es la de Revolución, me iban a llevar a una serie de contradicciones que no me responde Zapata, que no me responde el siglo XX, que seguramente me iban a llevar al otro héroe que yo pensaba que era importantísimo y que se une al primero bajo el mismo concepto de sacrificio.
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De la misma manera en que Martín Luis Guzmán hablaba de las muertes históricas, a mí me parece que tendría que hablar de los sacrificios, es decir, aquellas muertes que no significaron nada finalmente, a pesar de que hoy están en el panteón como iconos de lo mexicano; Zapata no representó nada, ninguna de las reivindicaciones agrarias se ha cumplido, ni mucho menos lo que él pensaba que tenía que ser el reparto agrario. Él, si hubiera estado vivo, hubiera hecho la revolución a Lázaro Cárdenas, hubiera descreído, sabiendo sobre todo la necesidad de la tierra, en el minifundio, con toda seguridad. Y Morelos es alguien que te permite responder a otras razones. Siempre he pensado que cuando uno escribe sobre historia, y quiere ser respetuoso profundamente con la Historia —que es otro de mis objetivos en esta tetralogía, quitar la imaginación novelesca, que sólo esté basado en documentos, que realmente haya un trabajo muy cuidadoso sobre la documentación histórica—, cuando uno tiene este prurito, decía, no de la verosimilitud que tenemos todos los novelistas, sino de verdad histórica, entonces Morelos me permite pensar en las razones del héroe.
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Finalmente los héroes no sólo responden a lo que la historia ha querido ver expuesto en ellos, sino a reivindicaciones incluso personales: en Morelos se da la reivindicación étnica, es central para mi novela y central para entenderlo; reivindicación del hombre americano, como la libertad, y por lo tanto de las liberaciones, es el gran personaje para hablar de las libertades individuales, más allá de las libertades sociales; y luego es el primer agrarista, está muy demostrado en todos los documentos; él es único no criollo realmente en todo el pensamiento americano, mientras Bolívar —nuestro libertador— está jugando bádminton con Fernando VII, divertidísimo en Francia, existe en México un verdadero libertador peleado con la Junta Nacional de Zitácuaro, con López Rayón y con todos los realistas de nuestra Independencia, porque es el primero en afirmar, en un texto casi infantil para la guerra de Independencia —no para Morelos, porque él llega tarde—: se acabaron las castas, aquí no hay indios, no hay mulatos, no hay negros, hay americanos, y América para los americanos, y de ahí su insistencia y su necedad —parecida a la de Zapata— de no permitir ningún reconocimiento a la Corona española; misma necedad que lo llevará a la postrera muerte. Él no siguió una línea criolla de pensamiento, que es la de todas las libertades americanas, salvo la de Morelos.
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Estoy convencido de que cuando se le presenta Morelos a Hidalgo en plena campaña, éste lo debe haber visto con un desprecio criollo absoluto. Seguro dijo: “¿Y qué hago con este negro?”, y en vez de llevarlo con todos a Guadalajara, le dice que él, más que capellán parecía general. “Vaya a liberar el sur, que no tiene un solo liberado”, le ordena. Lo manda a la guerra más absoluta, nada más que éste está tan loco que logra reunir más de 5 mil soldados, levanta la zona negra de Guerrero, una zona siempre muy ruda, la zona de lo que es la tierra caliente de Michoacán, y junta un ejército maravilloso, donde están varios de nuestros más fuertes independentistas: los hermanos Galeana, los Bravo, Mariano Matamoros —su queridísimo Matamoros— e incluso Guadalupe Victoria.
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¿Qué sigue después de Morelos en tu tetralogía?
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Sigue Cuauhtémoc, que me parece que es central para entender todos los sacrificios, y central para entender una de las grandes pérdidas en México. Y voy a cerrar con un personaje muy curioso, mucho menos conocido en la historia de México, que es Pedro Díaz Cusca, un líder tzotzil de San Juan Chamula, que en los mismos tiempos que sucedió la rebelión de Tomóchic, encabeza una rebelión indígena maya, llena de matices religiosos, que es lo que me interesa también en toda la tetralogía.
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¿Cuánto se sabe de Morelos en México?
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Poquísimo. En primera, no sabemos nada antes de 1810. Entre otras cosas porque es un personaje muy menor, miserable, un curita de pueblo, con el peso étnico terrible de ser mulato, que fue enviado a una zona muy insalubre para esas fechas en la zona de Morelia, adonde más bien se dedicó a dar extremaunciones.
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Otra época que se desconoce son los años que pasa como arriero, prácticamente huérfano. Morelos queda al cuidado del abuelo, al que quiso muchísimo, siendo muy pobres en una hacienda agustina muy cerca de la vieja Valladolid, hasta que muere el abuelo y la madre, desesperada, manda a José María, de 14 años, con un tío que era arriero a Apatzingán. Años interesantes, no sólo para la especulación y por lo que él contó a Carlos María de Bustamante, porque es en los últimos cuatro años de hacer comercio entre Apatzingán y Acapulco donde aprende el territorio de sus campañas y acude al espectacular bautizo del hijo de un hacendado de apellido Iturbide, quien pondrá fin a la carrera militar de Morelos, aunque no a su vida, en Valladolid, en una emboscada.
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Habla de tu proceso de trabajo con la novela.
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Comencé con la documentación, y de ahí hice, como en Zapata, un recorrido exhaustivo por el territorio de las escenas. Hay un momento que para mí fue muy difícil de describir, porque ha cambiado mucho: la batalla de Acapulco, porque yo necesitaba realmente ver la bajada del Aguacatillo, y observar cómo fue el doble encuentro con el grupo que venía del fuerte y el que venía de la bahía en contra de Morelos, y cómo se le convierte una necedad histórica de 18 meses esa batalla, que es el tiempo que le da a Calleja para reagruparse. Yo creo que si él toma Toluca o entra a Puebla, fácilmente puede entrar a la capital de la Nueva España, y pasa como con Hidalgo. Ambos tienen la posibilidad de obtener el triunfo, pero nunca dan el último paso.
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En la novela coinciden tres libros, ¿cuál de ellos te complace más?
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El de en medio es el que más me gusta, porque es el más veloz. El episodio de la guerra es muy fácil de contar. A pesar de que no tenemos novelistas que narren guerras, y algunos como Carlos Montemayor que incluso dicen “no sé cómo haya sido, pero me la imaginé como mis clásicos griegos”. A mí me interesaba muchísimo contar las batallas, y se vuelven muy ligeras. Lo que más me gustó fue el final de la novela, que es pura altura tonal, y cierra muy bien con los oficios de difuntos.
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Habla un poco de tu experiencia como lector y hacedor de novela histórica en México.
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Creo que hay una revitalización cuando Fernando del Paso escribe Noticias del Imperio, tuvimos a la novela de la Revolución, que es todo menos novela, es una especie de crónica velada con excelentes momentos como Martín Luis Guzmán, con la mejor de todas que es Nellie Campobello, pero la mejor novela histórica está ligada a la época reciente. Cuando Del Paso escribe Noticias… para todo mundo parecía un anacronismo. ¿Qué hacía este gran novelista dedicando ocho años de su vida a una investigación sobre Carlota y Maximiliano? Hace un prodigio, que abre la puerta otra vez a una literatura muy mediocre, y empieza a haber novelistas que han logrado grandes obras en México. Pienso indudablemente en Enrique Serna y su Seductor de la patria; Eugenio Aguirre que escribió un buen Victoria, aunque ya había hecho un Gonzalo Guerrero interesante.
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Creo que empieza a haber una necesidad de recontar nuestra historia literariamente. No hay una novela histórica mexicana, una escuela, ¡qué bueno! Tenemos desde un Ibargüengoitia que hace entrar a López de Santa Anna en patines, hasta Taibo II con la parte más testimonial del Villa, pero también con lo hecho con La búsqueda del tesoro y el anarquismo; aunque no debemos olvidar una novela que es una contribución importante a la novela de la Independencia, que ha sido poco leída, que es La campaña de Fuentes.
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La novela histórica o es muy alegórica —Son vacas, somos puercos, la novela sobre los piratas de Carmen Boullosa— o apenas alcanza un estado de madurez en estos años, y la marca para mí es Fernando del Paso.
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Praxedis Gilberto Razo
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Editorial:EDITORIAL PLANETA MEXICANA
Sección:Lit. Ibero.Mexicana
ISBN: 9789703706877
Edición: 1ª
Año:2007
No. de páginas:272
Idioma:ESPAÑOL
País:MEXICO
Colección:[SIN COLECCION]
EAN:9789703706877

miércoles, septiembre 12, 2007

De cómo escapar de este mundo

Para Monique y Erika.
Y uno está ahí, o acá, no importa dónde. Simplemente se está, como esperando que algo increíble suceda y no pasa nada. Nada.
Entonces toma uno cualquier libro y empiezas a viajar, a perderte, a sentir. En seguida te das cuenta que tu vida es interesante y dejo de ser aburrida. Un libro acompañado de cualquier vicio de elección particular, las únicas necesidades para vivir, te dices. Lo cierras y empiezas a escribir.
Aspiras a ser escritor, a trascender o simplemente a que tus palabras digan algo y no sean, sólo eso, palabras comunes, corrientes y banales.
Pero estás inconforme. Nada te satisface. Nada lo hará nunca. La ambición te mata y te proyecta a lugares insospechables. Escribes y borras, borras, escribes, arrugas el papel y a la basura. Vuelves a empezar. Terminas las primeras líneas y entiendes que no sirvieron. Prendes un cigarro. Te quedas mirando al vacío y te vienen a la memoria los viejos amores, los que nunca llegaron y los que deseas lleguen. O quizá, estás pensando en la siguiente línea que vas a escribir.
Por lo mientras retomas el libro y te pierdes en el, porque necesitas escapar de la rutina.
Y luego, luego el abismo.

viernes, septiembre 07, 2007

En busca de Sergio Pitol*



Con pena -pero también con orgullo- puedo decir que soy un temprano lector de Sergio Pitol. El descubrimiento de su literatura se la debo a uno de los promotores más constantes, eficaces y sinceros de la obra de Pitol, a un maestro y amigo personal: Pedro Ángel Palou, a quien le escuché decir en el taller de Voluntad y Renuncia en la Literatura que tomé en la Casa del Escritor en el 2004: “El Arte de la Fuga de Sergio Pitol es uno de los libros más extraordinarios que se han escrito. La gran reflexión literaria”. Al escucharlo no tuve otro impulso más que obtener a como diera lugar ese libro. Y para la navidad de ese mismo año ya estaba leyendo la primera página, por demás impresionante, escrita por nuestro Premio Cervantes 2005, y donde comparte con el lector sus primeras sensaciones y sentimientos al estar en Venecia. Así fue como de la mano de Pitol viajé no sólo a Venecia, sino también a Varsovia, Roma, México, Barcelona, Praga, Londres y sentí que ya había leído todos los libros que él tuvo que haber leído para referirse a cada lugar visitado con tanta pasión.
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Al leer su texto Con Monsiváis, el joven, tengo que aceptar la envidia que me provocó saber que Pitol en un día de 1957 participó en un Comité Universitario de Solidaridad con Guatemala, colectando firmas de protesta, distribuyendo volantes y acudiendo, junto con su eterno amigo Carlos Monsiváis, a una manifestación que partió de la Plaza de Santo Domingo, en donde vieron a Frida Kahlo rodeada por Diego Rivera, Carlos Pellicer, Juan O´Gorman y algunos otros “grandes”. En ese instante cerré los ojos para imaginar la escena y me pregunté: ¿cómo se habrán visto Carlos y Sergio en una manifestación de corte político?, ¿alguna vez los veré apoyando algún movimiento político?
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La vida hace no mucho me regaló mi propia visión, no tuve que cerrar más los ojos para imaginármelos. Habían pasado las elecciones donde se dice, se rumora, hubo un fraude orquestado desde los pinos en pos de favorecer al candidato del PAN: Felipe Calderón. El pueblo estaba inconforme. AMLO había perdido. El país estaba dividido, incluyendo a los intelectuales: algunos se pronunciaron públicamente a favor de los resultados oficiales y otros más se unían al sin número de protestas. Mi madre se encontraba entre ese tumulto del pueblo ofendido, inconforme y decepcionado. Y un día del 2006 ella me insistió en acompañarla a una de las asambleas nacionales convocadas por AMLO en el zócalo del DF. No quería ir, porque ante esa situación preferí permanecer escéptico. Pero ya estando en dicho lugar escuché a Jesusa Rodríguez anunciar la presencia de Carlos Monsiváis acompañado de Sergio Pitol para pronunciar un discurso de apoyo al candidato y a la petición del “voto por voto, casilla por casilla”. Allí fue cuando me convencí de que todo era verídico y no simple teatro politiquero: si Pitol estaba ahí, él que había viajado y vivido en varias ciudades del mundo, él que caminó con Monsiváis un día de 1957 al lado de Kahlo, no podía errar en su apoyo. Eran dos voces autorizadas, no había más que decir ni que dudar y sí mucho que apoyar. Debo agradecer entonces a mi madre por otorgarme la oportunidad de tener mi propia visión. Tengo también que pagarle algún día a Pitol, pues su presencia en ese movimiento hizo que tuviera el afán de seguir asistiendo a algunas asambleas más, teniendo así un momento de coincidencia ideológica con mi madre, algo difícil de conseguir en estos días. Este homenaje es parte de mi pago, más no todo.
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Estar dirigiendo unas mínimas palabras a Sergio Pitol como parte de un homenaje a su persona y la valiosa aportación que nos ha regalado con su literatura a lo largo de los años, aparte de ser un privilegio, es la culminación de un sueño que duró dos años: el primer acercamiento lo tuvimos a finales del verano del 2005 cuando lo contactamos para invitarlo a participar dentro del Encuentro Interno de Estudiantes de Lingüística y Literatura que se realiza en el Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica de la BUAP cada inicio de año escolar. Desafortunadamente, en esa ocasión no fue posible tenerlo con nosotros. Luego el sueño se retomó en una de las oficinas de la UDLA-P, teniendo como soñadores a Atala Solorio, Israel Aguilar, Jenny Kim, Viridiana Carreto, Padua Herrera, Ana García Saravia, Gustavo Osorio, Juan Manuel Mendoza y al que ahora habla. El destino y las circunstancias hicieron que unos perdieran la esperanza y cayeran en la incredulidad actual, otros nunca dejamos de insistir.
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Hoy estamos aquí haciendo verídico lo que para unos sonaba a “nunca”, para otros a sueños guajiros, pero he aquí a Sergio Pitol… ¡despertemos del sueño! Cosa que no se habría hecho realidad sin el apoyo constante de amigos como Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla y Roberto Martínez Garcilazo que nunca han dejado de confiar en nosotros y siempre nos han apoyado y encaminado cuando lo hemos necesitado. Y, desde luego, al maestro –que esperemos a partir de hoy también amigo- Sergio Pitol, quien tuvo a bien hacer un espacio en su agenda y galardonarnos con su presencia.
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A Sergio Pitol no sólo debemos agradecerle su sinceridad y compromiso ante sucesos políticos mexicanos y culturales. También le debemos sus reflexiones y enseñanzas acerca de la escritura, como las escritas en su texto El narrador que aparece en El Arte de la Fuga: “Los caminos de la creación son imprecisos, están llenos de pliegues, de espejismo, de demoras. Se requiere la paciencia de un ángel, una buena dosis de abandono y, a la vez, una voluntad de acero para no sucumbir a las trampas con que el inconsciente se encarga de obstaculizar al escritor su camino (…)”.
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Páginas más adelante, en el texto ¿Un Ars Poética?, Pitol habla de cómo en Moscú se acercó a los formalistas rusos y dice que, gracias a una platica que sostuvo con Víctor Sklovski, se dispuso y propuso estudiar varios aspectos lingüísticos: Genette, Greimas, la Escuela de Praga, etc. Luego cuenta su frustración al no poder con los textos especializados en el área y, producto de ello, vino un abandono y un sentimiento de falta de capacidad para hablar de un Ars Poética, ya que, citándolo: “¿cómo se podía atrever a discurrir sobre un Ars Poética? sin tener conocimiento de la retórica clásica”. Algo que inclusive nos pasa a los que estudiamos letras: desconocemos algunas teorías -ya por la incapacidad de los docentes, ya por propia ignorancia. También se da el caso de que como producto de la escasa didáctica uno acabe odiando y repudiando a escritores y teóricos.
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Pitol, en este texto, va contando cómo llegó a la definición de un Ars Poética: el primer paso es producto de las lecturas de novelas, cuentos, entrevistas, ensayos de novelas, así como de las conversaciones con gente dedicada al oficio. También los numerosos libros que intentan encaminar al joven que aspira a ser escritor fueron de ayuda, y dicta la siguiente verdad: Cada autor, a fin de cuentas, ha de crear su propia ars poética, a menos que se conforme con ser el súcubo o el acólito de un maestro. Cada uno constituirá, o tal vez sea mejor decir encontrará, la forma que su escritura requiere, ya que sin la existencia de una forma no hay narrativa posible. Y a esa forma, el hipotético creador habrá de llegar guiado por su propio instinto. Y continua: Uno aprende y desaprende a cada paso. El novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella. Todo lo vivido, los conflictos personales, las preocupaciones sociales, los buenos y los malos amores, las lecturas, y, desde luego, los sueños, habrán de confluir en ellas, puesto que la novela es una esponja que deseará absorberlo todo. Luego Pitol habla de cómo después de idolatrar a un escritor, pasamos a cuestionarlo -quizá a abandonarlo- pues éste se convirtió en un mero amanuense. Y entonces Pitol nos da dos reglas para que la escritura no muera, la primera: Impedir que el lenguaje se convierta en parodia de sí mismo y que todo lo que tenga que ver con la escritura, será el instinto del escritor quien tendrá la última palabra. La otra regla y definitiva es: jamás confundir redacción con escritura. La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura la palabra es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es; se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca.
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Estas dos reglas bien podrían unirse a lo que Faulkner dice en la entrevista publicada en el libro El Oficio de Escritor donde afirma que aquel que desea ser un buen novelista necesita 99% de talento, 99% de disciplina, 99% de trabajo; y aunado a lo escrito por Pitol a lo largo del Arte de la Fuga, agregaría que también se necesita de 99% de viajar, 99% experiencia de vida, 99% de amor y pasión por este oficio de escribir y 99% de capacidad para absorber, entender y saber plasmar en una hoja lo que vemos y escuchamos, además de la madurez necesaria para creer, porque como algún día me dijo Pedro Ángel: “mientras escribas debes creer que eres el mejor escritor del mundo, después deberás tener la suficiente humildad para aceptar cualquier critica, pero sobre todo para entender que nunca tendrás la receta secreta para saber cómo se puede o debe escribir la novela perfecta. Esto es una constante búsqueda y no sabes cuándo te va a llegar el final de tu búsqueda”.
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Es por eso que -aprovechando este espacio- me atrevo a anunciarles de forma oficial el nacimiento de un movimiento cultural denominado: La Fuga Literaria.
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Los que conforman este grupo creemos que la escritura y cualquier expresión artística son una fuga de ideas que no se detienen, que nunca paran. Pero aún así, éstas se aprenden a capturar por medio de la palabra, el pincel, la cámara, encarcelando de esta manera a las ideas y convirtiéndolas en arte.
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También es un homenaje simbólico a uno de los libros más importantes de la literatura mexicana: El Arte de la Fuga escrito por Sergio Pitol, porque como señala Carlos Monsiváis en la contraportada del libro publicado por Era: “Partir hacia ninguna parte… con tal de que ninguna parte nos lleve a todos lados. Sergio Pitol, en este libro de ensayos, crónicas, relatos, diarios, memorias, se fuga de las ataduras del sedentarismo y nomadismo, y emprende la travesía donde las ideas son formas de vida y reminiscencias…”.
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convence la cultura y los cánones actuales, pues huimos y rehuimos, tomando como base al postmodernismo, el cual vino a decirnos – recordarnos- que TODO está ya hecho, dicho, escrito, pintado, fotografiado. Si es así, pues entonces “fuguémonos” para re-inventar lo conocido, dándole un toque propio, valiéndonos de cualquier medio: la prensa, la radio, la televisión y desde luego la Internet a través de los blogs, ahora tan necesarios para aquellos que, como nosotros, tiene hambre de expresión. Si es necesario usar las paredes, las banquetas o los monumentos históricos para crear cultura, lo haremos, porque estamos hartos de que ésta no sea tomada en cuenta como algo necesario para la humanidad. La Cultura es todo, ella nos da voz, nos explica. La cultura no debe pasar por trabas burocráticas, más bien la burocracia y sus ejecutantes deberían de pasar por una concientización y educación cultural: habrá que hacerlo.
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De esta forma hago otro pequeño pago al maestro, no sólo ya con este homenaje, sino con un grupo cultural dispuesto a seguir sus pasos y ampliar el legado que nos ha dejado a todos.
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Una vez más, gracias Mtro. Sergio Pitol por permitirnos contar con su presencia, y, ojalá sea la primera de varias veces. Afectuosamente un lector más.
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*Discurso leído el martes 4 de septiembre de 2007 a las 17:00 horas, dentro del Homenaje al Mtro. Sergio Pitol, celebrado en el Salón Paraninfo del Edificio Carolino de la BUAP. Evento organizado por el Movimiento cultural "La Fuga Literaria", la UDLA-P y la BUAP.

jueves, septiembre 06, 2007

De una entrevista a Bonifaz Nuño



Diario Milenio-Puebla (06/09/07)
El suplemento cultural de La Jornada del domingo anterior incluye una interesantísima entrevista que Marco Antonio Campos le hizo al poeta (ése si es poeta y no poetastro) Rubén Bonifaz Nuño. Ustedes saben, lectores amigos míos, que cuando hago esta distinción –entre los poetas y los poetastros— me refiero solamente a dos formas de hacer, entender y concebir la poesía. Los primeros saben que la poesía descubre lo velado; los segundos son por lo regular son pésimos versificadores, imposibilitados para visualizar una imagen poética y –eso nunca les falla— son cursis involuntarios, grotescos y carentes de investigación.
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Si quieren ver más sobre el tema hay un ensayo al respecto de Ramón López Velarde, donde aprovecha bien la ocasión para realizar una severa crítica a un poetastro que dictaba clases de literatura en un seminario a principios del siglo XX. Ese texto de López Velarde se halla publicado en sus Crónicas literarias editadas por Océano.
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Pero no deseaba hablar de los poetastros, que los hay y abundan en todos lados. No, perdón por desviarme del tema, más bien quiero retomar la entrevista de Marco Antonio Campos, porque ahí Bonifaz Nuño habla de la ciudad que lo hizo poeta, y se refiere a Aguascalientes. El antecedente del Premio Nacional de Poesía lo fueron los Juegos Florales. Bonifaz Nuño concursó en 1945 y el premio se entregaba al galardonado –como se sigue entregando el Nacional de Poesía desde 1968— de manos de la Reina de la Feria de San Marcos, a quien el poeta debe besarla la mano enfundada en un largo y fino guante, por lo general blanco.
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La memoria prodigiosa de Bonifaz Nuño evoca a la reina de la Feria de San Marcos de 1945: Alma Tiscareño. Y recuerda Bonifaz que ese año él obtuvo el cuarto premio. Lo que me interesa subrayar es lo que dice el poeta: ese año el premio lo obtuvo un poeta poblano: Antonio Esparza Soriano, un excelente versificador como lo define Bonifaz Nuño. El segundo premio fue para un poeta de Aguascalientes llamado Jesús Reyes Ruiz, apellidos muy familiares para mucha gente de Zacatecas, ya que su hermano, José Reyes Ruiz es un médico de gran prestigio y quien llegó a vivir a la ciudad en 1950 aproximadamente. Poco tiempo después el poeta Jesús Reyes Ruiz obtuvo el primer premio participando en los Juegos Florales organizado por el gobierno del estado de Zacatecas, antecedente del Nacional de Poesía Ramón López Velarde que se entrega año con año durante el mes de diciembre.
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Confiesa Bonifaz Nuño que la ciudad de Aguascalientes lo hizo poeta. Y habla de Alejandro Topete del Valle, otro apellido muy familiar, ya que él tenía un hermano médico también al que visitaban, dada la cercanía, muchas familias zacatecanas.
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Bonifaz Nuño obtuvo los dos primeros premios en 1946 y dice que por ese hecho él es poeta y que por lo tanto ser poeta se lo debe a Aguascalientes. Buena entrevista la que realizó Marco Antonio Campos a Bonifaz Nuño, quien termina diciendo que esa ciudad fue la felicidad de su juventud. Un verdadero poeta el maestro Bonifaz Nuño. Felices recordanzas y mucha nostalgia contenida a lo largo de la entrevista.