lunes, diciembre 05, 2011

Devuélvanme mi acento (Diario Milenio/Opinión 05/12/11)

Camino sin señales

Hasta donde recuerdo, revisé tantas veces aquel primer artículo que me sentía tranquilo frente al ojo del jefe de redacción. Encontraría tal vez algún vicio sintáctico, pero nunca una falta de ortografía, me jacté mientras lo miraba recorrer cada línea sin levantar el lápiz, hasta que se detuvo en la palabra fue. Decía “fué”, que es como había yo aprendido a escribirla, pero mi corrector fue despiadado. “Esa ya sólo la acentúan los viejitos”, me hizo un guiño sonriente y tachó para siempre aquel acento, pues desde esa ocasión nunca más volví a usarlo. Es cierto que al principio me daba la impresión de que faltaba énfasis, cual si el “fue” sin acento pareciese menos definitivo, pero al cabo de algunos cuantos usos el acento perdido se reveló como era: superfluo y redundante. No caben dos sentidos en la palabra fue, ni el acento prosódico cae en lau. Y lo mismo sucede con fui: el acento en la i le va como un bombín encima de la cachucha.

No soy especialista, sino usuario frecuente. Como todos los niños, detesté los acentos mientras no supe cómo y dónde ponerlos. Parecía muy difícil, al principio, tanto que más de uno contrajo esa costumbre gañanesca de escribir solamente con mayúsculas, y que equivale a hablar a grito pelado, pero conforme el idioma fue requiriendo de usos más sofisticados descubrimos que aquellos tildes quisquillosos brindaban un servicio inigualable a la hora de emplear palabras nuevas o leer en voz alta, por ejemplo, pues fungían como señalamientos providenciales a la hora de pronunciar y enfatizar. Por más que uno conozca las palabras en sus varios sentidos y crea tener un cerebro veloz para desentrañar los entuertos verbales, un texto en español que no contiene acentos se parece a un camino rico en bifurcaciones pero vacío de señalamientos. Quien no conozca de antemano esas líneas y pretenda leerlas en voz alta sin un previo repaso, estará condenado a tropezar indefinidamente.

El tilde rescatista

Se equivoca quien piensa que el acento es algo así como una exquisitez francamente opcional, cuando su uso no es menos necesario que el de los barandales en las escaleras o los estribos en los autobuses. Cierto que es un recurso algo elegante, pero asimismo cumple una función social, pues garantiza a quien sabe leer que sabrá pronunciar, por el mismo boleto. Si al aprender inglés uno comete cientos de errores vergonzosos en la pronunciación (¿alguien se ha dado cuenta, por ejemplo, del favor que le haría un acento en la o a la palabra orchestra?), el español se vale de diéresis y acentos para evitarnos tales papelones. Gracias a ellos, la ignorancia se transparenta menos, y de pronto con ella la extranjería, que a los ojos del discriminador equivale al pecado original. ¿Y no es cierto, además, que basta con saber poner el énfasis en algunos acentos para que la lectura monótona y tediosa se transforme en arenga, confesión, juramento, súplica, amenaza, declaración, sarcasmo, sugerencia, exigencia? ¿No define el acento la música del texto?

Hoy, no obstante, de todos los acentos me preocupa sólo uno. Y me preocupa tanto porque aquí mismo, en la línea anterior, habría dado igual escribir “solo uno”. Peor todavía, ese acento esencial que hace la diferencia entre la soledad y la unicidad es hoy día un señalado anacronismo, además de una falta de ortografía. Semana tras semana, en este mismo espacio, tengo que decidir entre escribir de acuerdo a mis necesidades y las de la gramática vigente, nada más se me ofrece usar esa palabra: sólo. Envidio de repente a los angloparlantes que tan bien se la llevan con el only y el lonely, que serán más corrientes pero al menos no tienen nada que perder. Regatearle el acento a la palabra “sólo” es lanzarla desnuda a los dominios de la ambigüedad. Nunca será lo mismo decir que Perengano llega únicamente por la noche que afirmar que ha llegado a solas por la noche, pero si para ello contamos nada más con la palabra solo y no existe un acento para ayudarnos, lo probable es que gane la confusión. ¿Que debe uno entender, así las cosas, cuando escucha que Perengano llega solo por la noche? ¿Parecería extraño si además nos dijeran que viene en compañía de su familia, o que piensa quedarse una semana? ¿Y qué decir de aquél que afirma que “hablará solo por esta ocasión”? ¿Nadie tiene un acento que le rescate del malentendido?

Only me

“Solo” es sólo un ejemplo del absurdo. O también, si se quiere, un solo ejemplo. Parecería lo mismo, pero es tan diferente como dos mismas notas en escalas vecinas. Cambia el matiz, y con él la intención. La falta del acento le resta claridad a la idea, de forma que al final de la oración el flujo se interrumpe para hacer deducciones apresuradas: ocurrencia fatal cuando se lee en voz alta buscando alguna cierta entonación dramática, y la falta de algún acento indispensable provoca una lectura accidentada que rompe abruptamente con el hechizo. Y todo porque no hubo cerca un viejito aferrado que plantara el acento donde más falta hacía.

No ignoro que estas líneas tienen perdido el juicio de antemano. Si hasta hoy he conseguido que algunos de mis textos lleguen hasta la imprenta infiltrados de al menos uno de esos acentos polizontes, más temprano que tarde se multiplicarán las manos y las máquinas resueltas a sacarme a empujones de mi necedad. Una cosa, no obstante, es verse despojado arbitrariamente de una función vital y otra muy diferente callar y obedecer. Como usuario frecuente del idioma español, tiendo a abusar de términos como ese “sólo” que hoy se mira tan solo sin el acento que le daba carácter, y es así que me opongo a la barbarie de dispensar lo que es indispensable, por más que haya quien piense que un entuerto como éste cabría sólo en un asilo para ancianos. Sólo, he dicho, por más que esté mal dicho. Y si efectivamente llego a anciano, me recrearé pensando que me he quedado solo con mi acento, pues nadie más lo pone. Sólo yo.

martes, noviembre 29, 2011

Hasta siempre, querido, Daniel Sada-(Sexenio-Puebla 22/11/11)

Con motivo del reciente fallecimiento de Daniel Sada, dejo una reseña que hice de “Casi nunca”. Un pequeño y sencillo homenaje al escritor del desierto.

Casi nunca de Daniel Sada, galardonada con el Premio Herralde de Novela, es una novela por demás entretenida.

Casi nunca, narra los periplos amorosos de un agrónomo coahuilense que trabaja en Oaxaca: Demetrio Sordo, que en las primeras escenas se deja ver como un individuo que disfruta del sexo sin compromiso. Visitante frecuente de algún burdel de Oaxaca donde conocerá a Mireya con la cual poco a poco, o después de muchos “meter, sacar; meter, sacar”, pasando por encima de un aumento constante en la renta de Mireya por parte de la madrota, se irá enamorando irremediablemente. Al mismo tiempo que Demetrio juega al asunto de “meter, sacar” con Mireya, tiene que emprender un viaje a Coahuila para ver a su madre Telma, con quien asistirá a una boda en Sacramento -poblado donde vive Zulema, prima de Demetrio, quien tiene intenciones de presentarle a alguna jovencita con la cual se pueda entender y así buscar un casamiento-. Aquí es donde hace acto de aparición Renata, con la que aceptará sin más ni menos comenzar un compromiso amoroso. Iniciando así el verdadero periplo amoroso de Demetrio, un cuasi triángulo amoroso, más bien sexoso. Por un lado Mireya lo sigue recibiendo con las piernas bien abiertas, pero planeando algún día muy próximo huir del burdel, para refugiarse en los brazos de Demetrio. Mientras que del otro lado está Renata, una mujer decente, de buenas costumbres que ha prometido esperar a Demetrio el tiempo que sea necesario para unirse en matrimonio y ahora sí darle vuelo a la hilacha y jugar a “meter, sacar; meter sacar” con él; en vía de mientras deberá conformarse con tan sólo tomarle la mano cuando nadie los ve. Es preciso aclarar que la situación con Renata es terrorífica, pues ella vive en Sacramento y Demetrio sigue en Oaxaca trabajando, de vez en cuando le dan una semana de vacaciones, la cual utilizará para ir a verla, dicho viaje dura 3 días, razón por la cual sólo puede disfrutar de un día para lograr tomarle la mano a Renata. Pasado el tiempo, el sexo con Mireya empieza a ser incomodo, pues ya tiene brisas de incluir un compromiso: el de huir del burdel para refugiarse en alguna casa decente en brazos de su amado Demetrio, a quien le agenciará un hijo. Huyen juntos con todos los ahorros de Demetrio, sin embargo en alguna parte del camino éste huye. Viaja a Sacramento donde trabajará hasta hartarse de atender unos ranchos y desesperarse de no poder formalizar un casamiento con Renata. A Demetrio le urge jugar al “meter, sacar; meter, sacar”. Hasta que un día, harto de nada, se anima a darle un beso en la mano a Renata con riesgo de perderla.

Pocos escritores como Daniel Sada pueden presumir de tener un estilo perfectamente definido. Siempre recurriendo a una voz que nos cuenta todo -casi de forma imperativa-, que nos va diciendo cómo pasan las cosas, al mismo tiempo que le agrega un poco de humor sarcástico. Con base en estructuras complicadas, debido a su puntuación, Sada lleva a sus lectores por donde quiere y como quiere, a través de un narrador que no teme jugar con el lenguaje y con los personajes.

Una novela que divertirá a cualquiera y que se basa -un poco- en la historia de cómo es que se conocieron sus padres.

lunes, noviembre 28, 2011

Quién pudiera ser profeta (Diario Milenio/Opinión 28/11/11)

Cinco siglos no es nada

Hará unos pocos días que recibí un mensaje con una petición tan fantasiosa que invitaba al sarcasmo despiadado. Mi remitente estaba recolectando algunas opiniones en torno al porvenir del libro y la lectura, a partir de una sola pregunta: ¿cuál será el panorama editorial de aquí a quinientos años?Pensé, primero, en responderle que de acuerdo con mis cálculos más escrupulosos, el mundo va a acabarse en cuatro siglos, pero temí que me tomara en serio, si antes no había tenido el menor reparo en pedirme la clase de profecía que sólo un absoluto charlatán habría pretendido considerar. Y sin embargo ocurre a cada rato: la gente hace preguntas que no aceptan respuesta inteligente, como no sea un chiste a la medida de su ingenuidad, pero no falta quien se sienta lo bastante intuitivo para dar su opinión al respecto, con tal de no aceptar que carece de la menor idea. Todos los días se topa uno con encuestas y entrevistas donde los cuestionados alzan la voz para que nadie crea que son ignorantes: empeño a todas luces contraproducente que exhibe otras carencias aún más vergonzosas, como la del sentido elemental de la realidad.

Los profetas, no obstante, suelen gozar de una credibilidad que ya quisieran los especialistas. Por lo demás, en un mundo invadido por el miedo al ridículo, que al propio tiempo es su cliente mayor, si algo nos sobra son especialistas. Si como tanto dicen los supuestos embajadores de la tolerancia, todo es siempre cuestión de opinión, debe entenderse que inclusive los dichos más gaznápiros merecen ser tomados por sesudos, así sea por mera cortesía o pura hipocresía, que viene a ser lo mismo. El hecho es que al final ninguno nos salvamos, pues entre más absurda es la pregunta menos se halla uno listo para ella, y en un descuido ya está abriendo la boca para lucirse con una idiotez. Respondemos, en estas ocasiones, no tanto para proveer información, como para tratar de quedar bien. Es decir, por horror al qué dirán, y luego ya es muy tarde para recular porque resulta que nos tomaron en serio, y hasta nos preguntamos, entre la vanidad y la picardía, si de pura chiripa le habremos atinado y ahora toca aceptar los halagos correspondientes.

Se solicita gurú

¿Y tú cómo haces para estar tan guapo?, preguntó cierto día una amiguita cábula a un tontarrón que en vez de seguirle la broma se aplicó a describirle todos los ejercicios y cuidados que posibilitaban sulook apolíneo, mientras los que ahí estábamos hacíamos heroicos esfuerzos por no dejar salir las risotadas. Y eso es lo peor del caso: nada incomoda tanto a la vergüenza ajena como manifestarse, así que quienes alzan la voz en estos casos son los usuales bembos y lambiscones que darán al bocón la certeza bastante para escupir sandeces sin medida. Pues si la estupidez no ha tenido jamás el disgusto de ser presentada con la prudencia, mal podría pedirse a quien se ha permitido caer en su hechizo que mida sus palabras, si ya se ve que otros han llegado muy lejos persistiendo en la charlatanería.

No se puede negar que algunos, entre tantos profetas de ocasión, son no sólo ingeniosos, sino a veces geniales. Supe de uno que va de reunión en reunión, exhibiendo un talante misticoide que suele despertar entre sus numerosas adeptas instantáneas un curioso apetito esotérico. Maestro, le llaman ellas, nada más enterarse de que su exótica especialidad consiste en la lectura del pezón. Según cuentan, el hombre puede ver el porvenir y el alma de su paciente con sólo revisarle el pectoral y asomarse a sus íntimos secretos. Ignoro si al gurú le basta con uno de los pezones, o si acaso requiere de los dos para poder hacer una lectura precisa e inspirada; en todo caso me quito el sombrero, si ya entrados en quiromancias no parece un exceso ir por ahí leyendo los rincones privados que a uno se le antojen, y acaso entonces será lo más normal presumir que uno sabe leer la vulva como nadie en el mundo, merced a algún secreto de origen ancestral y a no dudar exótico. Con permiso, señora, se lanzará el vivales, necesito mucha concentración.

Todos somos Kalimán

Suelen ser tan graciosos los charlatanes que a menudo caemos en la trampa de creerlos perfectamente inofensivos. Alguna vez, en sus primeros años de provocador —cuando sólo debían aguantar el rigor de sus peroratas los demás inquilinos de la casa de huéspedes donde vivía— el joven Adolf Hitler recibió de un vecino claridoso un comentario a la medida de sus méritos: ¿por casualidad alguien se cagó en tu cerebro y no te has dado cuenta? Infelizmente, el Palurdo de Linz ignoró aquel comentario tan sensato y siguió hacia adelante, contra baba y mareo. Y ahí esta el resultado. Pocos años después, no quedaba un valiente capaz de cuando menos interrumpir al farsante, ya transformado en sembrador de odio e inmunizado contra las advertencias del sentido común. ¿Quién, que se embriague con sus propias palabras, por idiotas que sean y asquerosas que suenen, va a requerir de algún sentido común?

Tampoco es cierto que los charlatanes sean excepcionales, si casi todo el mundo hemos estado alguna vez en sus calcetines, así fuera en los años escolares. No hay más que asomarse a las noticias del día para encontrarlos por centenares. Y es que son persistentes, ya saben que el talento es desdeñable cuando se tiene dura la cachaza y ninguna opinión pesa más que la propia. Pueden soportar burlas y humillaciones, al principio, en la certeza de que llegará la hora de pasar la factura por aquellos desdenes y en adelante acostumbrarse a los elogios, que no por más baratos habrán de resultar menos cuantiosos. ¿Y no son mayoría arrolladora los charlatanes que terminan mandando o gobernando, y en tanto eso tomando decisiones que nos afectan irremisiblemente? ¿De quién se ríe pues uno cuando se burla de ellos? ¿Qué es peor, ser un paleto o verse sometido a los caprichos de los paletos? Pensándolo de nuevo, debería quizás iniciarme en la chamba de predecir futuros inminentes y dar lectura a los pezones fatídicos. Un poquito de arrojo, una capa, un turbante: no faltaría más.

martes, noviembre 22, 2011

En tiempos de necropolítica (Diario Milenio/Opinión 22/11/11)

Cuando Luz María Dávila, la madre de dos de los adolescentes que fueron masacrados en enero del 2010 en Ciudad Juárez, increpó al Presidente, el Presidente, de acuerdo a todas las descripciones, se limitó a “asentir con la cabeza”. Luego de su primera intervención, aquella donde la mujer de Salvarcar le negara tanto la bienvenida como la mano al Presidente, aquella donde la trabajadora de la maquila le pidiera al Presidente que, en cuanto tal y cumpliendo con las responsabilidades de su cargo, hiciera algo, Felipe Calderón se limitó a enunciar un “por supuesto”, que la señora Dávila no tardaría en rebatir de nueva cuenta. Mientras esto pasaba, el Presidente la miraba, esto de cuerdo a la misma Luz María, “como diciendo: ‘Ya cállese, señora. Ya váyase’”. Incapaz de salir de protocolo, incapaz de extender un gesto de empatía o de mostrar alguna emoción, Calderón se limitó a ser testigo de su retirada. El Presidente actuaba, en efecto, como un hombre de Estado, es decir, como un hombre de razón. Después de todo, de acuerdo a ciertos paradigmas de la modernidad, “la razón es la verdad del sujeto y la política es el ejercicio de la razón en la esfera pública”.

Pero las emociones, al decir de la teórica Sarah Ahmed, no son algo que el sujeto tenga de manera privada, es decir, no son lo contrario de la esfera pública. Es a través de las emociones, argumenta enThe Cultural Politics of Emotion, “a través de la manera en que respondemos a los objetos y a los otros, que producimos las superficies y las fronteras (del sujeto)”. Porque las emociones son causadas por el contacto que tenemos con los objetos, en lugar de ser causadas meramente por ellos, reconocer el papel de las emociones en la vida social —en esa tan afamada esfera pública— nos permitiría entender, entre otras cosas, por qué y de qué manera los sujetos se enganchan a, o batallan contra, las estructuras de las que forman parte.

Ahmed critica así esa división aparentemente natural que contrapone la razón del Estado y sus diversas, aunque limitadas o altamente codificadas, expresiones en la vida pública, y el mundo privado de las emociones definidas así, y a priori, como irracionales o, por lo menos, como prácticas que se encuentran en los mundos privados que yacen más allá de la razón. Esta división no pasaría de ser una mera entelequia teórica si no tomáramos en cuenta que en los Estados contemporáneos, tal como lo argumenta Achille Mbembe en “Necropolítica”, el artículo que publicó en Public Culture en 2003, “la última expresión de la soberanía reside en el poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe morir”. “Ejercer la soberanía”, añade, “es ejercer el control sobre la mortalidad y definir a la vida como una manifestación de ese poder”. Si alguna vez la categoría de biopoder, acuñada por Michel Foucault, nos ayudó a entender “el dominio de la vida sobre el cual el poder ha tomado el control”;

Mbembe contrapone ahora el concepto de necropoder, es decir, “el dominio de la muerte sobre el cual el poder ha tomado el control”.

Habrá que reconocer, argumenta Mbembe, que las guerras modernas se caracterizaron alguna vez por el establecimiento de estados de emergencia y la organización de conflictos bélicos con fin de dominar territorios. No así las máquinas de guerra actuales. “Este nuevo momento es de movilidad global. Una característica importante de la movilidad global es que ni las operaciones militares ni el ejercicio del ‘derecho a matar’ son ya el monopolio de los Estados; y el ‘ejército regular’ ya no es, por tanto, la única forma de llevar a cabo estas funciones”. En tiempos de la necropolítica, las máquinas de guerra responden más a las nociones de espacio —desterritorializado, en segmentos— de los nómadas que a la de los sedentarios. Ya sea en una relación de autonomía o de incorporación con respecto al Estado, estas máquinas de guerra toman prestados elementos de los ejércitos regulares pero también añaden sus propios miembros. Ante todo, la máquina de guerra adquiere múltiples funciones, desde la organización política hasta la de las operaciones mercantiles. De hecho, el Estado, en estas circunstancias, puede convertirse, de suyo, en una máquina de guerra. Aunque los casos que le permiten a Mbeba llegar a estas conclusiones son los de ciertos Estados africanos de fines de siglo XX y, más concretamente, el caso de Palestina, muchas de las descripciones —desde las características de las máquinas de guerra hasta la transformación del Estado en una máquina de guerra— podrían aplicarse sin mayor violencia al Estado mexicano durante el sexenio de Felipe Calderón —un sexenio que Jesús Silva-Herzog Marquez atinadamente ha nombrado como el sexenio de la muerte.

Si esto es cierto —y, puesto que lo cito, es que así lo creo— nunca ha sido más importante, ni más políticamente relevante, el cuestionamiento de la división artificial entre la razón del Estado en la esfera pública y las emociones “privadas” de la población. En tiempos de necropoder, cuando el poder es, sobre todo, el dominio que el poder ha ganado sobre la muerte, hay que insistir vigorosamente en el potencial político de la emoción, entendida ésta a la manera de Ahmed: en su dimensión de contacto y de crítica y de liberación. Mientras las distintas máquinas de guerra insisten —ya desde el Estado o con la vinculación corrupta de agencias del Estado— en la depredación y el desmembramiento, en la ganancia y la autoridad, como muestras de su “razón”, resulta más importante que nunca extender los brazos que todavía tenemos —a los que todavía tenemos brazos— para producir así, en el cuerpo, la bienvenida del otro. Ese gesto del que fue incapaz el Presidente de la muerte, el Presidente de una máquina de guerra ahora fuera de control, nos corresponde, sin duda, a la ciudadanía. Y esa es la lectura que quiero proponer tanto de los abrazos o los besos que el poeta y el activista político Javier Sicilia ha prodigado en su recorrido por la paz a lo largo y ancho del país, como de la así llamada “república amorosa” mencionada en el discurso con el que López Obrador se convirtió en el candidato de la izquierda para las elecciones del 2012.

El curioso caso de un enfermo de insensibilidad-(Sexenio-Puebla 15/11/11)

En días tan aciagos como los que México está viviendo, donde las miles de víctimas, por culpa de la guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón. Es puntual hacerse una pregunta: ¿existe la posibilidad de perder la sensibilidad?

Ricardo Menéndez Salmón -filósofo y novelista nacido en Guijón-, parte de ésa posibilidad para darle cuerpo a La ofensa (Seix Barral, 2007) novela que ha sido bien recibida por la crítica española y ha sido punta de lanza para el autor en otro tipo de mercados como el latinoamericano.

A lo largo de 142 páginas, el lector se enfrentará a la historia de un joven sastre alemán: Kurt Crüwell, que por azares del destino ha sido testigo de una cruel matanza en la Bretaña francesa. Acción que dará origen a un suceso raro, poco común: la pérdida de sensibilidad. Punto de origen para dar paso a un sinfín de circunstancias: la estancia en el hospital de Notre Dame de Rocamadour, donde intentarán curar su extraña enfermedad; posteriormente el protagonista aparecerá viviendo en Londres bajo otro nombre y nacionalidad diferente, con el objetivo de algún día poder borrar de su memoria aquél hecho que lo marcó, se sabe enfermo y quiere sobrellevar dicho malestar. Sin embargo, el narrador de esta historia recordará al lector que olvidar es un hecho imposible, pues la muerte y la memoria existen para regresarnos a la realidad. Una realidad que para Kurt se llama: Segunda Guerra Mundial y se apellida: Nazismo.

Una novela breve, donde el autor opta por la precisión para contar una historia que por su temática se antoja pesada y riesgosa, debido a que ya existen muchos novelas escritas bajo la temática del nazismo. Empero, esta historia sirve de pretexto para abordar un tema importantísimo: la fragilidad del ser.

La Ofensa es una novela imperdible y agradable para el lector.

Para los mexicanos - La Ofensa-, pareciera ser una advertencia. Corremos el riesgo de enfermarnos de insensibilidad, si no reaccionamos a tiempo. Así como vamos, la noticia será saber cuántos mexicanos siguen vivos y no cuántos están muriendo.

lunes, noviembre 21, 2011

Las alas en la espalda (Diario Milenio/Opinión 21/11/11)

Maniobra y turbulencia

Hay días en los que a uno le enferma volar, tanto así que en mitad de algún susto fugaz se pregunta hasta dónde podría evitarlo. Hace unas pocas horas, recién amanecía, el avión daba tumbos entre las nubes, casi al final de un vuelo nocturno entre Belem y Río de Janeiro; la clase de momento en el que nadie todavía osa gritar, pero cada uno se pesca febrilmente de los descansabrazos cual si viniera en una Montaña Rusa. Pésimo día, maldije, para abrigar esta calaña de temores, si llegaría apenas a la segunda escala de un viaje dividido en cuatro vuelos más o menos al hilo. Afortunadamente, quedaba el día entero para dejar atrás la paranoia, mientras llegaba la hora de abordar el siguiente aparato. Un día entero en la playa, ni modo de negarlo, sería una gozosa compensación entre dos travesías nocturnas con escalas en medio de la madrugada. Uno sueña, de niño, con aventuras aún más largas y accidentadas, pues entonces los sueños no suelen agotarnos ni molernos los huesos y el sosiego.

Ipanema y Leblon no son lo que prometen cuando el día está nublado. Una vez al volante del Fiat recién rentado, me consolé pensando que una mañana entre discos y libros tampoco era para despreciarse. Encontrar novedades de Seu Jorge, Chico Buarque, Ana Carolina, Paula Lima, además de ese clásico instantáneo que es el concierto de Caetano Veloso y María Gadú, vale ya por la escala y el día completo. Por no hablar del estante repleto de los versos de Carlos Drummond de Andrade, entre tantos vibrantes hallazgos mañaneros. Sería el mediodía cuando, de vuelta a la intemperie, la resolana me hizo abrigar esperanzas. De Barra da Tijuca a Leblon mediarían quizás veinticinco minutos, y si había mucho tráfico podía hacer un alto en la playa de São Conrado, donde podría pescar el sol durante el poco tiempo en que se asomara, y con algo de suerte disfrutar de un ansiado coyotito en la arena. Una hora de sueño playero tendría que valer por cuando menos tres en el avión.

Despegue a la carrera

Mentía, por supuesto, con ese plan insulso. Aun si los periódicos de días recientes dieron cuenta del arribo triunfal de la policía carioca a las favelas de Vidigal y Rocinha, una y otra vecinas de São Conrado, la idea de dormir a solas en la playa sería una invitación abierta a presuntos malandros circundantes: AAA. Turista incauto solicita bandidos . Por otra parte, el sol había vuelto a meterse, pero llegando a la citada playa distinguíase ya, en lo alto del bosque de Tijuca, la envidiable presencia de ciertas aves recurrentes. Pájaros coloridos con las alas abiertas, planeando lentamente hacia la playa. Pájaros cosquilleantes, a decir verdad, si de sólo mirarlos ya empezaba a tragarme las palabrejas necias de la mañana. Pensándolo de nuevo, ¿a quién, que haya nacido sin alas, no le seduce la idea de verse de repente flotando entre las nubes? ¿No era cierto que toda esa faramalla de la siesta tenía que ver con la comezón vieja de estar en São Conrado y metamorfosearse en uno de esos pájaros, así fuera por diez gloriosos minutos?

¿Sabes correr?, preguntó el instructor, casi sarcástico. Con eso es suficiente, sonrió, metió primera y aceleró, en camino hacia lo alto del bosque. Cuando menos pensé, ya estábamos delante de la plataforma. Luego de asegurarse de poner cada cuerda del papalote en su sitio, me recordó el consejo esencial para quien va a enfrentarse a las alturas: No mires hacia abajo . Dicho esto pegamos la carrera, se nos acabó el piso y en un instante estábamos volando. ¿O flotando? ¿O cayendo? ¿O ascendiendo? Vaya el diablo a saber. De pronto era como si todas las sensaciones se agolparan en una plenitud sin nombre ni pasado. Muy poco se parece el vuelo en ala delta al descenso dichoso del paracaidista que ya ha sobrevivido a la caída libre; o al paseo comodino del ultraligero, con el motor haciendo casi todo el trabajo. El acto de planear por las alturas, gozar del viento helado como de una caricia celestial en mitad de un paisaje que por sí mismo invita a soltar alaridos de alegría en su estado más puro, no se parece más que a aquellos sueños infantiles donde podía uno ir y venir abordo de una prodigiosa alfombra mágica. ¿Quién sería el amargado que una vez nos mintió que tal no era sino una fantasía irrealizable, para echarle una bien ganada trompetilla?

Aterrizaje dudoso

Da hasta tristeza acercarse a la playa. No en balde los frecuentadores de las nubes suelen pasar la vida padeciendo nostalgia por aquellas alturas donde el mundo parece abarcable, y de hecho abrazable. Nada más tocar tierra, soltarse las amarras, dar los primeros pasos hacia afuera del papalote, experimenta uno la sensación -ésta sí familiar para los primerizos reincidentes- de una victoria íntima exultante, todavía mojada de adrenalina. Como si alguien adentro continuara volando con alas propias y en adelante ya no hiciera falta más que abrirlas para unirse al destino audaz del viento.

Oscurecía ya cuando una mala nueva, caída del cielo por correo electrónico, me devolvió de golpe a la tierra. Varias horas atrás, quizá cuando abordaba yo el avión en Belem, se había ido para siempre Daniel Sada. Despega uno del suelo sin la certeza clara de que cuando aterrice las cosas seguirán tal como las dejó. El funeral, leí, sería en pocas horas; para entonces ya estaría volando, aunque nunca tan rápido para hacer el amago de alcanzar al querido Daniel en su despegue.

Me quité los zapatos y dejé el coche atrás. En un rato tendría que emprender el camino al aeropuerto, quedaba poco menos de una hora para dar una vuelta por Ipanema y recordar la tarde en que anduve sin rumbo con Daniel por las calles de Guadalajara. Platicando de todo y de nada. Riéndonos de repente. Entendiéndonos más allá de lo esperado. A ver qué día nos vemos en el DF, ofrecimos. No sirve arrepentirse por lo que no se hizo, concluí mientras mojaba los dos pies en la espuma de la última ola. Mejor sentir el agua, como hace rato el viento, y creer porque quiero que ese súbito frío es un gesto de adiós al que se ha ido volando como si cualquier cosa. Va por ti, pues, Daniel, que no todos los días se abren las alas.

martes, noviembre 15, 2011

Un fantasma perdido en Juárez (Diario Milenio/Opinión 15/11/11)

La propuesta editorial Atelos se fundó en 1995 como parte del proyecto Hip’s Road. Tenía como finalidad publicar, bajo el signo de la poesía, todo tipo de escritura que retara las definiciones limitadas de la poesía. Ahí, en un listado de 50 libros, apareció el trabajo de Rae Armantrout, Leslie Scalapino, Rodrigo Toscano, Tan Lin, entre tantos otros. The Popedology of an Ambient Language, de Edwin Torres —poeta nacido en Nueva York de padres puertorriqueños— fue publicado en esta serie curada por Lyn Hejinian y Travis Ortiz en el 2007. Torres ha participado en un buen número de performances donde se combina la improvisación vocal y física con el teatro visual. Es coeditor de la revista /DVD Rattapallax. Aquí apenas dos poemas rápidos, nerviosos, extraídos como sin querer de las enunciaciones del lenguaje oral que los contiene y los libera.

La invitación de Pedro

mira, te llamaré porque tengo/ tu número y te juro que deberías conocer/ a alguien, ¿no? esa persona de la que te hablé, ¿recuerdas?/ ¿como hace 2 años? Debería ser la próxima/ persona que conocieras y esto es una imposibilidad no-humana/ lo sé, pero lo que te estoy diciendo es que/ a alguien así le gustaría conocerte a ti/ o a alguien como tú, o al menos tener el chance/ de una conversación telefónica con todo eso de la esencia de/ lo que eres, ¿no? Así que, mira/ tengo tu número de teléfono, te lo juro/ tienes que conocer a esta persona de la que te hablo, va/ porque oye, tengo tu número de teléfono/ y como hace 2 años te conté de esta/ persona, ¿no? tengo tu número de teléfono/ ¿verdad? te hablaré, mira, hazme un favor,/ anótame tu número de teléfono/ sí tengo tu número pero anótalo/ porque tienes que conocer esta persona, ¿no?/ mira te llamaré porque esta persona/ que tienes que conocer y este número funciona, ¿verdad?/ bien, bueno mira, hace como, como 2 años...

Un fantasma perdido en Juárez

era el muchacho hermoso de Juárez, estábamos en Juárez/y él ÉL era un muchacho en Juárez, pero hermoso/ como si fuera de otro lugar, como si fuera de allá o de otro planeta u otro país/ que no imaginábamos los pudiera fabricar [fabricar a estos muchachitos]/ algo tan hermoso, pensamos, podría salvar el mundo/ algo así, un hermoso muchacho de belleza inconcebible…//

fue lo que nos reunió [al menos a nosotros dos] sentados allá,/ en aquél café de Juárez, después de ahorrarnos tanto dinero/ en el mercado, ese mercado mexicano fronterizo lleno de viejos nombres en inglés/ pintarrajeados sobre cantinas desechas, comprando cobijas por dos dólares/ y jugo de nopal de a dólar, o tal vez era al contrario,/ las sandalias las cambiamos por una oportunidad de hacernos de fama…//

el precio de la belleza era conocido en Juárez, el muchacho que vimos, él/ ÉL fue lo que nos deslumbró [si la belleza deslumbrara] la orilla/ del pueblo fronterizo es sólo un territorio de fantasmas perdidos, [si el océano va más allá de su golfo]/ como el río que nos atrevimos a bajar a pie, aquel pequeño ángulo de luz,/ tocó sus mejillas y nos dejó ver no la poesía diseminada, no, la pobreza/ [sus mangas rotas] de la que estaba hecho, la hechura de él//

incluso más [esto es lo que es, lo sabes, la aparición de la belleza cuando es/ vista por la belleza] que es lo que lo hizo incluso más hermoso,/ mientras NOSOTROS lo construíamos a cada ojeada [así lo construimos tú y yo]/ un país a la orilla de un monstruo, un monstruo patriótico que vestía/ su arrogancia como una malteada de cuatro dólares [fue eso, el ángulo del sol fue lo/ que volvió lo normal imposible] lo que puedes comprar con una cartera así…//

o era imposible [en lo posible] imaginar a algo tan joven,/ apenas formado dentro de nuestros ojos, completando nuestra visión/ algo tan foráneo debería ser inalcanzable, debería recordarnos/ el dormir eterno, y salvar al mundo [ese algo/

tan inalcanzable podría salvar al mundo, porque/ no podrías tocarlo, lo sabes] TÚ sabes lo que quiero decir//

lo que puede darnos un pueblo por sólo estar a la orilla de algo, algo/ tan algo en su algo más, lo que nos podría traer a Juárez/ un pueblo fronterizo [uno más de ésos, ya sabes lo que quiero decir]/ sin piedad, tendrías que verlo, no a la piedad sino a él/ miles de caras hermosas, nosotros, no ÉL, los miles de nosotros que algunas vez fuimos él,/ nunca podríamos haber llegado a ser una cara así, detenida//

como un despertar de rasgos esparcidos en el olvido, tan viejos como nosotros/ y lo que éramos [lo conocimos] conociéndonos, estábamos en presencia/ de un perplejo resbalón del tiempo, un reacomodo en la posición del lugar/ [en nuestro tiempo, así éramos] resbalábamos, sorbíamos nuestro café de 25 centavos/ descalzos, al final del día en Juárez, en este acabado café de las afueras y tú/ tu hermosa nariz, el perfil angular, robándose las miradas…//

en aquella sombra cálida [si la sombra se dejara tentar] robándose una mirada/ de la cicatriz de un sol bajuno/ en lo que queda, en lo que eventualmente nos dejará, a los dos, ciegos...

En la cresta de Ilión-(Sexenio-Puebla 07/11/11)

Leer a Cristina Rivera Garza es siempre un reto.

Terminar un libro de ella y no quedar con una sensación de locura, es casi extraño, imposible.

La locura y Cristina Rivera Garza son un binomio que se dio desde que ella se encontró con la literatura.

La Cresta de Ilión es una de las novelas imprescindibles dentro del conjunto de obras que lleva publicada Cristina Rivera Garza.

La Cresta de Ilión cuenta la historia de un hombre, un alguien que una noche cualquiera está esperando la llegada de una ex-novia, nombrada como la Traicionada, empero antes de su llegada; Amparo Dávila -, la desaparecida- toca a la puerta de su casa pidiendo asilo temporal. Luego vendrán una serie de sucesos extraños: la Traicionada enfermara y será cuidada por Amparo Dávila, lo que alargara su estancia, pronto entablarán conversación por medio de un lenguaje secreto desconocido por el hombre. El hombre de esta novela es médico y trabaja en un hospital en el que se ingresa a enfermos terminales, un trabajo un poco deprimente que le da el privilegio de vivir en una casa con vista al océano, lo que hace que su trabajo sea más leve y la visita de ésas huéspedes inesperadas sea menos pesado. Sin embargo, conforme se alarga la estadía de sus visitas, comienzan también los rumores dentro de su trabajo respecto a sus inquilinas y a la par se empieza a interesar por la historia de Juan Escutia –un antiguo paciente del hospital que acabo arrojándose por la ventana del nosocomio-; todos estos elementos provocan que el hombre de esta novela experimente una vida llena de locura, de muerte, de encuentros sexuales extraños y por supuesto de locura.

Ciento cincuenta y ocho páginas que atrapan al lector y no dejan en paz al lector hasta llegar al punto final, donde también encontrará el porqué del nombre de esta novela.

La Cresta de Ilión es una novela que deja constancia de la arriesgada y original pluma de Cristina Rivera Garza.