lunes, agosto 27, 2012

Querido Tiradero (Diario Milenio/Opinión 28/08/12)


Hasta donde recuerdo, El Tiradero siempre estuvo ahí. En un principio eran juguetes, cuentos, estampas, boletos, dibujos y otros chunches que, niño al fin, sentía lástima de echar a la basura. “¡Todo guardas, caray, pareces rata!”, se quejaba mi madre, pues solo en mis dominios había fracasado su plan de tolerancia cero contra la porquería. Tras años de ganar tolerancia hogareña, El Tiradero fue diversificándose. Revistas, libros, discos, cuadernos, cables, aparatos, manuales, controles, herramientas perdidas y kilos de basura mal disfrazada de memorabilia, unos encima de otros como en una gran tómbola.
De mudanza en mudanza, El Tiradero se fue haciendo más amplio y auspicioso, de modo que no solo abarcaba completa una habitación, sino que iba invadiendo las demás, como una enfermedad oportunista. Madre, sí, solo hay una, y eso lo tienen claro lo desmadres, que en su ausencia tienden a ser pandilla. “¡Maldito tiradero!”, suele uno farfullar de cuando en cuando, como quien culpa de la gripe al estornudo, pero al final se rinde al poder corruptor de la costumbre. “¡Un día de éstos tengo que escombrar aquí!”, se justifica ante los visitantes, como si solo en medio de ese trance pudiera ver su caos a través de unos ojos imparciales. O como si quisiera prevenir comentarios del tipo “si así tiene la casa, cómo tendrá el cerebro...”.
Cierto que hubo opiniones comprensivas, como aquélla que me tildara de “coleccionista”, cuando no era sino amontonador. Otros, menos amables, arriesgaron diagnósticos tan bochornosos como ese del “anal retentivo” que no hizo mejor cosa que estreñirme otro poco la conciencia. ¿Y no es ahí, por cierto, donde sienta sus reales la oficina matriz del Tiradero, S.A.? Si Neil Armstrong cobró celebridad por un viaje a la luna, otros pagamos renta por el trip de vivir en esas suburbiales latitudes, mientras en torno nuestro se amontona un paisaje disfuncional que nos condena a seguir en la luna. ¿Quién va a querer aterrizar en medio del Tiradero, Inc., si ello implica enterrarse en un gran laberinto de cuya entraña puede emerger cualquier cosa, reptiles, roedores y alacranes incluidos?
“¿Cómo tendré el cerebro?”, termina uno también por preguntarse, si bien de pronto lo hace por narcisismo vil. Como si solamente el Santo Tiradero pudiera hacer que yo fuera yo, cuando lo único cierto es que al cabo lo soy a pesar suyo. Verdad es, asimismo, que encontrar un objeto extraviado entre las varias sedes del desmadre en un tiempo menor a quince minutos me daba un raro orgullo empecinado: “¿Ya ves cómo sí sé dónde tengo las cosas?”. Y eso que nadie entró en mi disco duro.
El gran inconveniente de vivir en la luna es que las rentas nunca dejan de subir y los caseros suelen ser implacables a la hora de cobrarse, como solía decirse, a lo chino. Pues en mitad del amontonamiento, difícilmente sabe uno lo que tiene, y menos todavía lo que le falta. En general y en particular. En cuerpo y alma. Podría hacer memoria y recordar en qué momento, incluso con qué objetos fue invadiendo el desmadre cada recámara; lo que sí no recuerdo es dónde estaba y cómo me distraje cuando se me instaló en la cabeza. Tampoco sabe uno cómo es que terminó convertido en rehén. En todo caso, iba llegando la hora de aterrizar en plena capital del Tiradero. Muy temprano, en silencio, igual que un batallón de paracaidistas.
Nunca entendí por qué mi madre era implacable con las huellas del recuerdo, hasta que me enfrenté al Tiradero. La vi destruir fotografías preciosas de sus años de soltera y echarlas sin piedad a la basura, con tal de no ofrecerle cuartel a tiradero alguno, así fuera en cajones organizados con rigor militar. Con esa misma táctica, eché en cuestión de horas al Tiradero fuera de la recámara principal. ¿Cómo es que cancelé todo ese espacio en tributo a la hueva de cada día? Pero mientras aquí se imponía latolerancia cero, ya El Tiradero se atrincheraba en las otras recámaras, reforzado por la presencia reciente de objetos exiliados en montón. Qué difícil resulta no tomar prisioneros.
Releo lo ya escrito y confirmo que no logré evitar el tufo de rehab domiciliario, cuando lo que intentaba en un principio era abundar en torno a los diversos monstruos que es preciso enfrentar antes de decidirse a escribir novela. Sucede, sin embargo, que los míos están acechando allá afuera, y yo para vencerlos no tengo sino un par de franelas, una aspiradora y un relato tramposo que ya da por extinto al caos imperante: estrategia y terapia en un solo paquete. Sé que suena a autoayuda, pero es pura teoría literaria: sin monstruos arrasados no hay novela posible ni vida tolerable.

martes, agosto 21, 2012

Jesús: aquél del Chopo (Diario Milenio/Opinión 20/08/12)


Hasta el día en que abrí aquel periódico, nunca había ganado un concurso, ni un premio ni una rifa. Y ahí estaba mi nombre, junto a los de otros dos desconocidos que asimismo ostentaban el primer lugar. Un jurado clemente y generoso había decidido no definir segundo ni tercero y eso fue suficiente para que al día siguiente llegara yo hasta la oficina del director de la prepa con el periódico entre las manos. “¿Cómo la ve?”, le sonreí, sarcástico, no bien peló los ojos ante la noticia, “¿verdad que no soy tan vago...?”
Supongo que una cosa explicaba la otra: el alumno problema ganó un concurso de periodismo de rock. Aún sin acabar de comprender qué demonios era eso —el premio incluía la opción de escribir para la revista que había convocado a los concursantes—, me imaginaba entrando en un gran edificio, en cuya parte alta se leería, iluminado, el título de la publicación. Con permiso, señores, háganse a un lado todos que ya llegó Clark Kent.
Pocos días más tarde me citaron, no en el penthouse de un edificio inteligente, sino en un restaurante de comida plástica. Nada más saludar a los otros dos ganadores —unos mocos, también— y ver venir a nuestros editores —dos melenudos que seguramente no tendrían ni para invitarnos el desayuno—, dije adiós al futuro imaginado y me fui resignando al desastre que dibujaron nuestros improbables empleadores: no había presupuesto, y muy probablemente ya tampoco revista. “Así es el rocanrol”, nos explicó uno de ellos, al que llamaban Muni, con la sonrisa puesta y nuestros premios listos: dos discos, un librito y la promesa de darnos trabajo, sabría el diablo cuándo.
Volví a ver al tal Muni en una conferencia de prensa a la que ni él ni yo habíamos sido invitados. No tenía la pinta de una estrella de rock: era bajito, cachetón, dicharachero, sardónico y dado a la ensoñación. Coleccionaba discos y revistas, pasaba lista en el tianguis del Chopo, atesoraba discos de Moody Blues y seguía creyendo que algún día iba a darme trabajo. Fue así que nos hicimos amigos, a fuerza de encontrarnos cada sábado y hacernos carcajear con chistes y ocurrencias interminables, no pocas veces a nuestras costillas. ¿Quién nos mandaba, al fin, ejercer ese oficio deficitario?
“¿Otra vez andas bruja, güey?”, me recibía Muni en su puesto del Chopo, nada más me veía llegar con un nuevo tambache de discos listos para irse con el mejor postor. Me había hecho al fin con un trabajo de comentarista musical y recibía ya decenas de álbumes regalados, gran parte de los cuales no tenía destino mejor que la vendimia. Si Muni no podía ofrecerme un empleo, sí que me hacía lugar en aquelpuesto estrecho donde juntos peleábamos contra la prángana, rasguñando los pocos billetitos que nuestras mercancías imantaban.
¿Y qué era el rock, al fin, sino el gusto de echar por la borda lo seguro y aventurarse a lo desconocido? Una mañana Muni me vio llegar ya no con un tambache, sino con varias cajas de discos: me había comprado una motocicleta negra con vocación de viuda, debía los impuestos de importación y para liquidarlos no tenía más que una colección discos que tardaría dos sábados en desaparecer. “¿Estás seguro que los quieres rematar?”, me repetía Muni con los ojos saltones, aunque al fin comprendiera —poco tiempo después, ya abordo de la moto— que para quien ansía vivir a tope, mil centímetros cúbicos en marcha tienen que valer más que mil quinientos discos apilados.
Contra todo pronóstico, Muni fue mi editor tantas veces como logró publicar revistas o folletos, para luego venderlos en su puesto, me pagó cada vez por el trabajo y me sacó de apuros siempre que aparecí con la repetitiva novedad de que tenía hasta el tope la tarjeta de crédito. “¿Ya ves, güey, por vivir del rocanrol?”, se carcajeaba y me hacía un hueco en el puesto. Y si no había venta me prestaba dinero: la desgracia ayudando a la necesidad.
Hace ya dos semanas que supe de la muerte intempestiva de Jesús Muñoz Olivares, conocido por todos como Muni. Pocos años atrás nos encontramos. Traía algunas revistas y libros viejos, así como unos cuantos chistes nuevos. “Nos vemos en el Chopo”, me despedí, lejos de imaginar que jamás volveríamos a reírnos del mundo y sus apuros en ese par de metros cuadrados. Cierro los ojos ahora e imagino a mi amigo recortando este artículo, para su colección. ¿Y es que acaso lo he escrito con otro fin?

miércoles, agosto 15, 2012

Puntos ciegos (Diario Milenio/Opinión 14/08/12)


No soy una defensora de la ignorancia, por supuesto. Pero en el mundo de la escritura, que es un mundo signado por la incertidumbre y el claroscuro, saber es, a menudo, saber demasiado. Atiendo a mi historia como lectora y atestiguo que los libros que me han marcado, esos a los que regreso una y otra vez con la curiosidad intacta, no son aquellos que me aclaran, ilustran o develan (todos verbos luminíferos, en efecto) la así llamada realidad, sino aquellos otros que me inquietan con su oscuridad, me problematizan con sus preguntas sesgadas o secretas, y me atenazan con sus desvaríos. Cosa incesante. Lo que esos libros me dan no es conocimiento sino algo a la vez enteramente distinto y todavía más hondo: la posibilidad de desconocer lo que conozco y, sobre todo, lo que aparentemente conozco (y por eso es que un libro es primeramente y sobre todo una crítica de todo lo que es y todo lo que está).
La imagen, a veces, es brutal: hay un trampolín y, abajo, una alberca vacía. El lector avanza por el tablón que tiembla y se avienta para sentir el vértigo.
El libro marea.
La imagen, a veces, es sagrada: hay algo sin palabras allá, más lejos. El lector avanza por el camino más largo para participar de una comunión.
El libro se deshace sobre la lengua.
Un libro verdadero, quiero decir, no porta un mensaje sino un secreto (Gruner dixit), las páginas convertidas en el velo de lo que está hecho. Más que enunciar algo, ese libro alude a otra cosa. Esa otra cosa es, precisamente, lo que el libro no sabe: su propio punto ciego. Un libro así no pide ser digerido o descifrado o consumido, sino ser compartido, estar implicado. Un libro es un pacto (no necesariamente entre caballeros). Inacabado siempre, lleno de ángulos imposibles, ese libro sabe hacerse de lado dentro de sí mismo para que yo entre. Es, luego entonces, un libro aptamente, vicensinamente diríamos en mexicano, vacío.
Las páginas de ese libro comparten forma con la puerta, la mesa, la cama, la tumba: el rectángulo de las experiencias básicas. Por ahí entro, en efecto. Ahí me alimento y descanso y siento placer y ahí, también, fallezco para volver, si eso me toca, a nacer. Por ahí también salgo, ciertamente, pero convertida en otra. Metamorfosis única.
Los autores de esos libros, de Dostoievski a Duras, de Woolf a Rulfo, de Lispector a Pizarnik, saben. Saben mucho, incluso. Saben que saben y saben, de hecho, más. Acaso por eso sus personajes no abren la boca para soltar datos o argumentos de lo conocido. Oscuros, paradójicos, aptos sólo para representarse a sí mismos, esos personajes a menudo, y por algo, se quedan con la boca abierta, incapaces de articular sonido o sentido. Hondos, escarban hacia abajo. Categóricos, guardan silencio y escupen y entierran. Únicos. Irrepetibles. Irrevocables. Si el personaje está en lugar del concepto, entonces no es personaje sino, literalmente, un concepto disfrazado de personaje. Si el personaje es, como se dice, de carne y hueso, entonces no es personaje sino calca de lo real. Artificial (en el sentido más amplio de ser lo contrario a lo “natural”), el personaje cuando es, es puro texto. Garabato. Galimatías. Entresijo. Espejo de lo que producirá en el reflejo.
No soy una defensora de la ignorancia, lo repito. Asumo que el trabajo del escritor es leer. Disfruto de la sapiencia y la erudición, a menudo trémula, de muchos. Me gusta aprender. Participo con frecuencia en discusiones maniáticas alrededor de datos y de cifras, detalles nimios. Admiro sin reservas un argumento bien documentado y mejor medido. Desconfío, vamos, de la puntada de ocasión o el chiste o la cosa visceral que quiere hacerse pasar por ácida crítica. Pero el saber de los libros fundamentales, ese que conmueve desde el sesgo de su punto ciego, ese que me implica desde su propia inarticulación, cerca como está de esos varios conoceres, se encuentra, sin embargo, en otro lado. Prefiero el trampolín, quiero decir. Prefiero el momento del salto (los pies en el aire) y el momento estrepitoso del colisión. Esa sacudida. Prefiero la cabeza rota sobre la superficie azul de la alberca vacía. Prefiero el libro que, pegado a la lengua, se disuelve dentro del cuerpo para ser lo que es: cuerpo. Cosa viva. Cosa que tiembla. Prefiero esa página aptamente rectangular donde descansaré. Sin paz.

Terapia 'verde-amarela' (Diario Milenio/Opinión 13/08/12)


Son legión quienes creen —o asumen, o se temen— que del futbol depende el progreso de México. Lo peor del caso es que es en parte cierto, si de la fe en sí mismos de los seleccionados nacionales surge la inspiración de sus estoicos fieles. Un pobre desempeño de la oncena en la cancha es una cuchillada por la espalda para la autoconfianza de millones. Peor todavía, un alimento para nuestros complejos y un enésimo trauma en la colección.
Escribo estas palabras aún bajo el efecto de la terapia olímpica. Apenas unas horas antes del par de goles y la medalla de oro que por fin me libraron de un complejo adquirido desde temprana edad, me rehusaba a aceptar que si la selección perdía la medalla de oro yo debía correr a hacerle compañía en la primera persona del plural. “Perdimos”, se defiende uno, huele a manada. ¿Yo qué perdí, a ver? Mas en el fondo sabe que no puede ocultar el ardor de la herida en el orgullo: pudor mal disfrazado de arrogancia.
Pero he aquí que ganamos, y en tan estrepitosa conjugación no hay quien no quiera hacerse un lugarcito. Más todavía hoy, cuando la selección que resultó vencida es de paso nuestra más admirada (y en los hechos, por cierto, la más querida). Algo hay en el genoma nacional que tiende hacia el hechizo de la batucada. Este país es hincha de brasileños, a menos que los tenga de rivales y ya sólo por eso duela hacerles pelea. Pero el pleito que importa es el que libra uno contra el equipo de sus propios traumas, y en ese no se puede dar cuartel. La idea de vencer a quien se admira parece un despropósito y una desproporción, tanto así que su mero cumplimiento apunta hacia una matazón de complejos. Por lo pronto, una cosa está clara: para las Olimpiadas de 2016 ya habrá una multitud de niños llamados Oribe.
“Parábola del hombre común rozando el cielo”, describe Chico Buarque —deidad universal de la canción, novelista, delantero del equipo amateur Polytheama— a su amado deporte en la canción O Futebol, y de sólo pensarlo me da la tentación de pedirle disculpas al venerado autor de Construçaopor esos dos boquetes que el Cepillo Peralta debió de abrir el sábado pasado en su ánimo de píotorcedor. Si el complejo siguiera en su lugar, me excusaría diciendo que metimos otro gol como si fuese lógico.
¿Qué habrá sentido, por ejemplo, Roger Federer el día que venció a su ídolo Pete Sampras en la cancha central de Wimbledon? ¿Orgullo? ¿Paz interna? ¿Piedad? ¿Pura emoción? Especulaciones aparte, Roger tuvo que haber sacado jugo del feliz desenfado de saberse superior a sus miedos y mirarse al nivel de su estándar más alto y admirable. Vencedor de sí mismo y sus demonios, antes que del contrario y su fantasma.
Más de una vez, hablando con brasileños, he pecado de extrema modestia cuando el tema en cuestión es el futbol. No sé si sea mero complejo nacional o si tenga que ver el respetazo que a cualquiera le impone el sambenito de pentacampeones, pero el hecho es que me he sentido tan incómodo que debí dar el salto al tema de la música, donde los brasileños me parecen aún más admirables y queribles, pero no hay marcadores que nos comparen ni obstáculos que impidan hacer mía su música y suspirar con ella hasta alcanzar el estado de gracia. ¿Cómo no dirigirse aquí y ahora a Chico Buarque mismo y alzar una cerveza a su salud, sin más complejo que el de quien ya se sabe desafinado?
Es de suyo imposible cuantificar el peso de un estímulo así. Hay incluso quien jura que todo el espectáculo es mero conformismo catártico, pero insisto: hoy que paso lista a mis complejos, hay uno que no está. Cierto es que mis problemas siguen todos ahí, tanto como que nada puede hacer elCepillo Peralta para resolverlos, pero igual desde aquí me parecen un poco más pequeños.
Claro, es una ilusión, y en tanto eso la expreso no sin cierto temor al ridículo. ¿Yo qué gané, a ver?, me pregunto de pronto con ánimo aguafiestas, pero igual traigo puesta una sonrisa zonza mientras garabateo la palabra ganamos y recuerdo que el miedo, ese rufián eunuco, se alimenta de nuestros complejos vigentes. Por falta de experiencia, ignoro cuánto duren los efectos de una medalla de oro. No estaría de más arrasar, entre tanto, con unos cuantos miedos anticuados.

martes, agosto 07, 2012

Las ventanas abiertas (Diario Milenio/Opinión 07/08/12)


No lo sabíamos, por supuesto, pero todos aquellos que escribimos alguna vez a máquina, colocando el papel cuidadosamente en un rodillo y presionando las ruidosas teclas con una fuerza que no pocas veces dejaba adoloridas las yemas de los dedos, fuimos también artistas visuales.
La máquina en cuestión, la que era de escribir, parecía un animal antediluviano. Ya no era en efecto la mole aquella en color negro creada a inicios del siglo XX debido al aumento de trabajos de oficina que, una vez colocada en su sitio, resultaba imposible mover, pero comparada con nociones de peso contemporáneos, incluso los modelos que se anunciaban como más ligeros, aquellos diseñados con efectos de movilidad, eran en realidad bastante pesados. Poco importaba eso, sin embargo. Si a uno le gustaba escribir y había que entregar algún manuscrito, allá iba uno con su Lettera 33 de un lado para otro: de los salones de clase a los parques, de la casa de algún amigo a la cabina del tren (había trenes entonces, y cabinas dentro de ellos). El proceso en general recibía el nombre de “pasar a máquina”, suponiendo, como solía ser el caso, que toda escritura era primero realizada a mano —en sucio— para luego sujetarse a varias revisiones antes de llegar a la limpieza del aparato mecánico. Mecanografiar: pasar en limpio. Borrar. Tachar. Volver a empezar. Escribir era, pues, escribir demasiado. Escribir era estar escribiendo todo el tiempo. Escribir era corregir.
Hasta aquí el efecto dramático de la nostalgia. Todo eso cambió, se sabe.
Un buen día las pesadas, inamovibles computadoras de escritorio fueron reemplazadas por las ágiles y ligeras laptops. Cuando las laptops lograron estar conectadas inalámbricamente las 24 horas del día, fue entonces que todo empezó otra vez.
La escritura lo notó primero. Los largos procesos de corrección y revisión no desaparecieron, pero sí se transformaron en ese parpadeo inmediato, este pálpito continuo que sucede cada que se aprieta la tecla delete. Más un órgano que un aditamento, a decir verdad. Una manera de respirar. Tal vez no utilice ninguna otra tecla tan frecuentemente como ésta, eso lo sé de cierto. Indicación, por lo demás, de que escribir sigue siendo re-escribir, pero que el proceso de revisión se ha vuelto algo sináptico y nervioso, algo inmediato también. Un gesto automático. Avanzar es retroceder, y viceversa.
Escribir con las ventanas abiertas supuso, también, cambios en la atención y en la definición misma de lo que es la famosa concentración de la escritura. Las ventanas de la pantalla, se entiende. Por mucho tiempo creí que solo podría escribir en absoluto silencio y sin ninguna clase de interrupción —una visión que heredé de autores de siglo XIX. Lo que los cambios tecnológicos de nuestra época me han enseñado es que hay distintos tipos de atención y todos ellos pueden rendir frutos, distintos, ciertamente, pero frutos al fin y al cabo. La distracción siempre me ha llevado a lugares más interesantes que la atracción, dije alguna vez eso, pero nunca como ahora fue tan cierto. Mirar de lado o de reojo o de soslayo es lo de hoy. Mirar como quien casi no mira, pero con el fin de ver todavía más.
Las tecnologías digitales no han inventado una escritura a la deriva, en disenso, interactiva, pero sí han tenido una influencia determinante en imaginar y poner en práctica procesos creativos que en mucho cuestionan los estereotipos básicos del XIX: el escritor como el genio solitario y atormentado, cuando no francamente elitista, en contacto con fuerzas acaso supernaturales pero con pocas ligas con su entorno. Lo que hacemos los que participamos en plataformas horizontales 2.0, tales como Twitter, es escribir con otros, es decir, escribir en comunidad. Las voces que escuchaban los escritores del pasado ya no están dentro de sus cabezas sino en la pantalla. Y tienen, además, vida propia. Decía Kathy Acker al inicio de la revolución digital que había que recuperar la energía del que, habiendo empezado a escribir en internet ya sea a través del correo electrónico o el blog, cree que es posible eso, escribir, escribir siempre, escribirle al otro y con el otro. Mucho de lo que acontezca en el futuro de la escritura en el contexto digital dependerá de esa energía alterada, lúdica, comunal que marca lo que hacemos hoy.

La cotidianidad vuelta poesía-(Sexenio-Puebla 01/08/12)


La poesía embellece el alma y reaviva las esperanzas.
La poesía duele hondamente.
La poesía es la única capaz de poner nombre y apellido a cada uno de los sentimientos, sensaciones.
La poesía es tan notable que convierte a lo grotesco en bello.
Inclusive la poesía también es capaz de hacer reír a las personas.
En fin, la poesía es una de las artes más completas.
Estas son algunas de las impresiones que quedan al leer a Fabián Casas y su poemario El pequeño mecanismo de los acontecimientos; editado por Almadía y conformado por 58 poemas. Dicho poemario, consiste en una antología –casi cronológica- organizada por Hernán Bravo Varela. Un antología perfecta, pues el antologador realiza un bello trabajo al alimón con el poeta, ya que logran ordenar cada uno de los poemas de tal forma que se plasme una clara evolución poética, pero también buscando mostrar una estética propia dentro del libro. Haciendo de El pequeño mecanismo de los acontecimientos un poemario independiente, temático.
Fabián Casas es un poeta de pocas palabras, pero todas ellas precisas y sencillas. Versos que retratan su mundo personal con belleza y conmueven hasta al más duro de corazón, como lo es la muerte de su madre.
Sin embargo, Casas también se inspira en cosas tan contemporáneas como los cómics o  es capaz de poetizar experiencias cotidianas como lo es quedarse sin llaves en medio de la oscuridad o esperar que la aspirina haga su efecto debido.
La capacidad de Casas es amplia.
Leer a Casas es entregarse a una poesía que es sencilla para cualquier lector, pero con una complejidad: la hacer que cada uno de nuestros acontecimientos diarios, tan mecánicos, tan burdos sean al mismo tiempo muy poéticos. Lo que hace que el lector pueda fácilmente apropiarse de este poemario.
El arte del libro corre a cargo de Alejandro Magallanes y viene a redondear la belleza de este libro.
Almadía es una editorial que ha arriesgado con propuestas novedosas para el lector mexicano, donde el libro como objeto sigue siendo de alto valor. No hay edición que no sea artística.

Anónimos entrañables (Diario Milenio/Opinión 06/08/12)


“Que cada quien hable y escriba
como pueda, que al hombre
lo revelan sus palabras.
Fernando Vallejo

Todos los días pelean, aun si jamás se han visto las caras. Pero ya se conocen, con esa intimidad ajedrecística que suele florecer entre los enemigos emboscados. Suelen ser despiadados, mordaces, iracundos, cuando menos en los foros virtuales donde su identidad está protegida. Se llaman como quieren, y si mañana mudan de principios sólo tendrán que hacerse con un nuevo nombre. Y entonces, imaginan, habrá quien los extrañe en el campo enemigo. Con lo bonito que era, suspirarán, enviarse mutuamente a la mierda cada día, a cada rato, con motivo o sin él. Snif.
No es que uno se proponga leerlos, y es probable que nunca recorra entero uno de esos rabiosos culebrones que ocurren a lo largo de varias horas hábiles, pero hay un morbo oscuro que invita a tropezar en la clase de zipizapes circulares donde el anonimato da licencias bastantes para, si el impulso parece irresistible, convertirse en la peor versión de sí mismo e insultar a los otros como nunca osaría en su presencia física. Por lo demás, tener al enemigo escribiendo es también esperar a que meta la pata: el entusiasmo del guerrero forista se alimenta de los tropiezos de los otros. Y como sus enjundias llevan prisa, cometen los errores suficientes para que cada uno viva convencido de que sus adversarios son imbéciles y lo escriba sin pizca de diplomacia.
La mecha suele ser algún artículo, incluso una noticia polémica en potencia. Igual que los amigos de vagancia suelen saber a qué horas y en qué bares encontrarse, sin para ello tener que ponerse de acuerdo, los peleoneros del foro electrónico siempre saben dónde está la camorra, y cuando no la encuentran la inauguran. Cierto es que sus capacidades son disímbolas, pues mientras unos logran argumentar con solidez y agilidad verbal, otros dan pena desde la ortografía y hay algunos que no conocen la sintaxis, pero al cabo no hay árbitro ni juez. De ese modo, cada uno puede cantar victoria, por más que haya salido vapuleado de la contienda.
¿Contienda, dije? Mal puede serlo, al fin, un juego donde todos siempre ganan y nadie pierde más que el tiempo o la paciencia. ¿Cómo explicar que un puño de desconocidos se cite diariamente en el sitio web de una publicación sólo para ofenderse los unos a los otros en el nombre de meras abstracciones? ¿Son aún desconocidos, cuando encuentran deleite en recordarse las burradas que pudieron decir tres días, dos semanas, seis meses, un par de años atrás? Tanto tiempo de desahogarse juntos y endilgarse por turnos la miseria del universo entero difícilmente va a pasar en vano. Esos experimentos llegan a crear lazos, ¿no es verdad? La cárcel, el anexo, el hospital, el foro: hay encierros que hermanan adversarios.
Los guerreros del foro no quisieran saberlo, pero asisten a una terapia grupal. Diariamente se desahogan en presencia de propios y extraños, al extremo de arrojarse a la jeta las ponzoñas más íntimas —el pus de sus fantasmas— sin el menor respeto al qué dirán. Y al contrario, si el juego es provocar. Empapar al extraño de la clase de epítetos que se habrían destacado en un cuartel de la SS Waffen, sólo para que aquél pierda igual los estribos y responda con una retahila de invectivas infames, de las que en otra parte se avergonzaría. Puede uno imaginarlos a pantalla doble, rabiando y carcajeándose a un tiempo, a la distancia y al unísono.
Cuando a algún navegante ajeno a la dinámica del foro se le ocurre dejar un comentario, lo probable es que varios combatientes se le vayan encima como murciélagos. Carne fresca, ideas espontáneas: quién va a privarse de ese banquetazo. Por eso no es extraño que ahí de cuando en cuando caiga un nuevo exaltado y muy pronto le dé por mentar madres a los inquilinos, como con ganas de pasarse a avecindar. Es como si debajo de un puente hospitalario se reunieran los mismos vagabundos y pelearan por el mejor espacio y de tanto aguantarse terminaran reunidos en la misma familia. ¿O es que entre las familias no cunden los rencores soterrados?
Me gusta imaginarlos juntos en Nochebuena, brindando por la libertad de expresión, y unas horas después trenzados en un pleito de gatos callejeros, cada uno convencido de que sus adversarios son todos ratas y no tienen derecho a expresarse más allá del drenaje. Y es así que se animan y confortan, arrojándose ofensas embarradizas, salpicadizas y encima pegajosas desde la impunidad más comprensiva. Qué va uno a hacer, si así funciona la terapia.

Midaevil (Diario Milenio/Opinión 31/07/12)


Años antes de desaparecer en el aire, Amelia, usted escribió una carta que, de haber sido respetados sus deseos, yo no debí leer el 24 de julio del 2012, justo 115 años después de su nacimiento, en Achison, Kansas. Hablo de la famosa carta que usted escribió e hizo llegar a su prometido la mañana misma de su matrimonio. “No interfiramos en el trabajo o la diversión del otro”, le pedía en el cuarto párrafo de esta carta breve pero explosiva, “ni dejemos que el mundo vea nuestras alegrías o nuestros desacuerdos”. Heme aquí, Amelia, todos estos años después, interfiriendo. Heme aquí, justificando mi interferencia de la manera más alevosa y, acaso, la más desfachatada, al decir que lo hago nada más de gusto. Por gusto. Nunca he dejado de hacer las cosas nada más que por eso.

A veces es bueno desaparecer en el aire, Amelia. A veces es bueno ahorrarse la constatación de que las cosas no solo no cambiaron sino de que se pusieron, ¿cómo decirlo?, peor. Mire usted. Luego de las luchas feministas de los 70, años en que las ideas que se transparentan en su carta de la reticencia matrimonial fueron diseminadas y discutidas a lo largo y ancho del globo, las cosas regresaron a un impasse más bien conservador. Hay ciclos sociales, se entiende, ciertos ritmos de liberación y represión que cubren lo que damos en llamar “las épocas”. ¿Se habría imaginado usted, con su apego al trabajo propio y la libertad del aire, que hacia fines del XX e inicios del XXI sus reclamos ante el carácter medieval, sino es que totalmente ficticio, de cualquier tipo de fidelidad de pareja, serían tan válidos como en 1931?

Tal vez debería empezar por explicarle que, dominados por un discurso terapéutico que abarca tanto el terreno del cuerpo como de la mente, las sociedades contemporáneas hablan cada vez con mayor frecuencia de la vida en pareja como de un trabajo, es decir, de un trabajo deseable. Lejos de los arengas que exaltaban la pasión, el amor loco, o la experimentación emocional y/o sexual, el mainstream ha argumentado ya por años que las relaciones estables, ya de orden hetero u homosexual, se construyen con base en la fidelidad y el respeto y, luego entonces, producen la evidencia de mayor éxito: su duración. Se trata de lo que los sociólogos de la familia han denominado como la pareja filial (acompañantes) o, que en términos económicos, se conoce como la sociedad anónima. La exaltación a la familia nuclear de los 50s ha dado lugar a la exaltación a la pareja de dos, y los valores subyacentes, aunque edulcorados con ciertos términos prestados del New Age, en realidad siguen siendo más o menos los mismos. Hay lugares para lo femenino y lo masculino; existe la preponderancia de lo emocional sobre la creatividad personal; se valora la continuidad sobre lo discontinuo. Pocos de los documentos sobre las vidas privadas de mi época aceptarían abiertamente lo obvio: “…si fuéramos honestos podríamos evitar los problemas que pudieran surgir si llegáramos a interesáramos profundamente (o de manera momentánea) en alguien más”. La delicadeza en su uso del subjuntivo, Amelia, me subyuga.

Redactada en 1931, para más señas a inicios de febrero, su carta es, aún 81 años después, uno de esos documentos frescos y críticos que no dejan de articularse felizmente con distintos tiempos. “Querido GPP”, empezaba usted, amable y hermética a un tiempo. “Hay cosas que deben quedar por escrito —cosas de las que hemos hablado ya— la mayoría de ellas”. Después de cinco rechazos, GPP debió haber estado al tanto que usted, Amelia, le tenía cierta aversión al matrimonio. No la movían, eso hasta a mí me queda claro en esta lectura indiscreta de su misiva, cuestiones de las así llamadas sentimentales (la posibilidad de un eventual fracaso, la existencia o no del amor, el hecho de que el fueron-felices-para-siempre pudiera ser un espejismo, o cierta incapacidad ante el compromiso) sino, sobre todo, las consideraciones respecto al riesgo en que ponía el futuro de su trabajo (“que es lo más importante para mí”) con una decisión como ésta. Alerta y honesta consigo mismo y con su época, usted no podía dejar de ver que casarse, o que vivir con otro, más específicamente en pareja, toma un tiempo que, bien mirado, se le quita a otros proyectos de tipo personal que pueden tener igual o más relevancia que el trabajo de vivir con otro. ¡Bienvenida a mi época!

Pero no solo era eso, ¿verdad, Amelia? Estaba esa otra cosa. Esa necesidad, aceptada y asumida en su caso, de que siempre hace falta otro lugar: ese refugio privado y personal y propio; ese espacio intransferible. El lugar a donde uno va, en las felices ocasiones en que esto es posible, de la mano de nadie más. Usted lo dijo así: “Voy a tener que conservar un lugar donde pueda ser yo misma de vez en cuando porque no puedo garantizar que en todo momento pueda soportar el confinamiento de una jaula por muy atractiva que sea”.

Debí haber empezado esta carta con el “Querida Amelia Earhardt” que tantas veces adornó la correspondencia de sus fans, querida piloto de artefactos voladores no identificados. Debí haber anotado, sin más: “Yo también soy de las que desaparece en el aire”. Y, ahora mismo, debería concluir estas notas con el consabido “Queda de usted”. Pero no quedo de usted, Amelia. Sé que sabrá entenderlo. Quedo, eso sí, de la emoción de saber que esto que escapa al discurso de la época —que esta exploración lúdica y amorosa con el uno mismo en relación a los otros al que a veces denominamos como “vida alternativa”— tiene una genealogía locuaz y, con toda seguridad, un futuro insensato. ¡Los cielos que nos falta por surcar!

Es verano, Amelia, y llueve. 

P.D. Aunque la persona que transcribió su carta hizo caso omiso del error mecanográfico que transforma lo “medieval” en “midaevil” cuando califica al código de fidelidad que domina las relaciones de pareja, yo prefiero ese otro término suyo tan personal y tan azarosamente acertado que nos aproxima a lo diabólico (evil) cuando se trata de fingir, de conformidad a las ideas conservadoras del momento, con lo que no se es. m

El original de la carta se puede consultar aquí: http://www.lettersofnote.com/2010/04/you-must-know-again-my-reluctance-to.html

martes, julio 31, 2012

Se solicitan chivatos (Diario Milenio/Opinión 30/07/12)


He olvidado si aquel anuncio espeluznante venía de la radio o la televisión. Con tantos datos sueltos fluyendo de uno y otro monitor, enfocar uno nuevo y hacerse cargo de su contenido no es cosa tan sencilla como se pretende. Por la noche, no obstante, la mosca no paraba de zumbarme en la oreja. Según se prometía en el anuncio, toda persona puede hacerse acreedora a una recompensa si consigue tomar una fotografía de probable interés noticioso y ésta es seleccionada para difundirse. O mejor todavía, un video. Interesados, favor de hacer contacto con la oficina del doctor Goebbels.
En la teoría no suena tan mal: hoy, cualquier desempleado con un teléfono en la bolsa puede aspirar a ser corresponsal de una cadena informativa. Estrella por un día, o por medio minuto, o por un triste octavo de página. Y eso si hay mucha suerte, porque es seguro que solamente un ínfimo porcentaje de informantes enviará material de interés. Menos aún serán los que repitan. La mayoría, se entiende, malgastará su tiempo y muy probablemente hará el ridículo, aunque de eso nadie se va a enterar. De ahí que suene raro, y hasta cómico, llamar corresponsal al soplón solitario que se busca la vida hurgando entre las vidas de los otros, igual que el miserable que rebusca monedas entre las coladeras. La diferencia es un teléfono inteligente.
A menudo, la inteligencia artificial comete estupideces naturales. Un celular realmente perspicaz ya habría aprendido a no estarme fastidiando en los momentos menos oportunos. Cierto que hay otros aún más gaznápiros, pero hasta un aparato primitivo viene equipado con su debida cámara y memoria bastante para incriminar a incontables incautos. ¿Pues quién, si no un incauto, va a atreverse a ser él o ella en plena calle, cuando ésta bulle de soplones potenciales armados de teléfonos con cámara y micrófono? ¿Cómo saber si no detrás de una ventana, un poste, un árbol, un parabrisas pleno de reflejos solares, se esconde alguna lente entrometida? ¿Será que hay que asumirlo, y en adelante actuar aquí y allá como si se estuviera en un escenario y al final aguardaran aplausos o tomates?
Hace ya muchas décadas, cuando aún los teléfonos no hacían más que ring y mi abuela no había cumplido los veinte años, le bastaba con un par de algodones para evitar el ruido del timbre telefónico y atender a susurros la llamada del novio pertinaz. Es decir que mi abuela contaba de antemano con la estolidez propia del aparato y aplicaba su ingenio a resolverla favorablemente. Sin chat, ni email, nitwitter, ni un miserable identificador de llamadas, podía sin embargo resguardar su invaluable privacidad con no más que dos trozos de algodón.
Cierto es que los teléfonos inteligentes admiten toda suerte de ajustes al gusto del usuario, incluyendo el botón de apagado. Ahora bien, esta opción produce suspicacias automáticas. ¿Pues qué andabas haciendo, que apagaste el teléfono? ¿Dónde voy a encontrarte, si acaso se presenta una emergencia? ¿Cómo pudiste ser tan egoísta? Desde que cada uno trae su teléfono, en especial si éste es inteligente, no atenderlo o de plano apagarlo parece tan difícil de creer como de perdonar. Se me acabó la pila, se disculpan algunos. Es que iba en un avión, inventan otros. El punto es que están dando cuentas de sus actos como un niño delante del prefecto y aceptan, cabizbajos, que el pecado social de la desconexión no está exento de recriminaciones y pide a gritos un justificante.
Sería sin duda sano, respetuoso y correcto poder argumentar que estaba uno leyendo, pensando o dormitando y por eso no quiso contestar, pero a oídos ansiosos esas salidas suenan a grosería. ¿Qué andaba, pues, haciendo cuando no se me dió la gana responder? He ahí el problema grande: puede uno controlar su teléfono, y si así se le antoja tirarlo en un retrete, ¿pero qué hacer con los demás teléfonos? Imposible saber cuál de ellos ahora mismo te vigila, sobre todo si tu conducta es de cualquier manera inusual o invita a la sospecha intempestiva. Ninguna de sus cámaras averigua motivos y razones, pero todas empujan a la conclusión rauda de que en esas imágenes hay gato encerrado.
Es un hecho que el mundo se llenó de fotógrafos. De ahí a decir que está repleto de acusetas no hay sino algunas cuantas campañas exitosas y un posicionamiento a la medida. “La policía eres tú”, por ejemplo. Ya están listas las armas: sólo falta esperar la multiplicación de las ofertas para armar un ejército de correveidiles y hacer del mundo un condominio de cristal. “¡Me leyeron la mente!”, habría celebrado J. Edgar Hoover.

jueves, julio 26, 2012

Erase que era el amor-(Sexenio-Puebla 09/07/12)


 Leer a Cristina Rivera Garza, desde que la descubrí, siempre es un placer. Me gusta leer el trabajo literario realizado por algunos escritores que considero amigos, es otra forma de poder dialogar con ellos.

Cristina es una escritora que siempre ha experimentando con la palabra ya sea a través de la novela, la poesía o los 140 caracteres del tuiter.

La muerte me da es, probablemente, la novela más experimental que ha escrito. Ahí la escritora dio vida a una Detective que mientras avanzaba en su caso, se iba convirtiendo en escritora. Detective que posteriormente aparecería en algunos cuentos de La frontera más distante. No es una Detective cualquiera, ella se interesa en comprender con precisión los pasos dados por la mujer en cuestión (siempre son mujeres las investigadas), y toma como punto de referencia los textos producidos ya sean cartas o diarios. Para saber cómo encontrar a alguien, primero es necesario saber qué lo llevo hasta ese lugar. Mientras más se adentra en lograr comprender-entender a la perseguido, más se convierte en lo que persigue.

Recientemente Cristina ha publicado –bajo el sello editorial Tusquets- la novela El mal de la taiga. Una novela que va acompañada de algunas ilustraciones alusivas, inspiradas en la misma novela. Nuevamente experimental. Aquí vuelve aparecer la Detective, aunque hace mucho que abandono la profesión para dedicarse a escribir. Acepta volver a investigar un caso, porque muy el fondo –pienso- intenta encontrarse a sí misma. Su misión: buscar a una mujer que ha dejado a su esposo, para internarse con otro hombre en las entrañas de la taiga. ¿De qué y por qué huye la mujer?, son las preguntas que asaltan a la Detective-escritora; sus pistas ahora serán una serie de cartas que la susodicha va dejando y que la Detective-escritora intentará comprenderla a través de sus anotaciones. Sí, otra vez, la Detective-escritora se conjugará-perderá al querer saber las razones de la huída.

Una novela que habla del desamor. Una novela que busca comprender qué es el amor, pues sólo así sabrá cuándo y cómo aparece el desamor. En esta búsqueda se corre el riesgo de perderse, de contagiarse del mal de la taiga: esas ganas de huir de todo y de nada, esas ganas de internarse en la soledad y no volver, esas ganas de perderse y algún día encontrarse.

El mal de la taiga más que un thriller, más que una teoría del cuento de hadas o infantil; es una novela que va sobre el impacto de la palabra –la saludable obsesión de Cristina- y también del golpe que deja la brevedad y exactitud de la misma.

Un buen día el amor y el desamor se van, dice la Detective. Y la palabra estará para registrarlo en la bitácora de la vida, dice quien esto escribe.

Una novela que llega a calar.

Y sí, -perdonen el atrevimiento- imposible no sentir atracción por la Detective.

martes, julio 10, 2012

De la cordura a la locura-(Sexenio-Puebla 25/06/12)


Me parece extraño que México siendo un país donde, supuestamente, no hay tantos lectores; sí sea uno donde el mapa de escritores –y últimamente editoriales- existentes es amplio. Perdido en este mar de escritores está Felipe Soto Viterbo, quien vuelve a los encordados literarios con su novela: Conspiración de las cosas, bajo el sello editorial de Random House Mondadori.

En esta novela se narra la vida de Diego García, un tipo cualquiera con una vida lograda y que arrastra consigo un sinfín de recuerdos y frustraciones. De joven, Diego García era un poeta en ciernes, pertenecía a una cofradía de poetas y borrachos, y estaba enamorado de forma desmesurada de Valeria, una mesera del bar Zafiro. Sin embargo, la vida lo encarrilo a dejar la poesía y dedicarse a trabajar en un corporativo. No se puede quejar tiene una casa amplia, un buen carro y una esposa guapa y perfecta; por si fuera poco, también tiene una bella amante. La vida de Diego es hasta cierto punto rutinaria, pero perfecta. Hasta que un día sus recuerdos que llevan por nombre Valeria, lo invaden y lo invitan a revivirlo; a la par lo acusan de fraude en el corporativo y Rocío –su esposa- se pelea con él debido a los celos que la carcomen por dentro. De pronto, su presente no es tan bueno, su estabilidad desaparece y Rocío se va de la casa. A partir de esta cadena de hechos, Diego pierde el control de sus actos y da cabida a un extraño desdoblamiento entre su pasado y sus presentes, alterando su realidad y sin darle espacio para intentar comprender su situación. Se vuelve presa de los instintos más pasionales y su único objetivo es huir del presente y encontrar confort al lado de Valeria.

Conspiración de las cosas es una novela bien construida, donde los personajes se sostienen perfectamente y logran atrapar al lector. Gran atino de Felipe Soto Viterbo es que la narración vaya acorde a la acción. Una novela que se lee de forma rápida y deja un buen sabor de boca. Una novela que mezcla una posible realidad con algo de locura extrema.

Con Conspiración de las cosas, Felipe Soto Viterbo se va colocando como un buen narrador dentro del mapa literario de México y va exigiendo ser leído. 

Bullying, según Trino y Luigi Amara-(Sexenio-Puebla 11/06/12)


Recientemente la editorial Sexto piso ha apostado por la novela gráfica o el cómic. Dicha editorial, ha entregado grandes joyas estéticas como Diario de Nueva York de Peter Kuper, Viva la vida. Los sueños en Ciudad Juárez de Edmond Baudoin y Jean-Marc Troubet o Alicia en el país de las maravillas/a través del espejo de Lewis Carroll. Estas y otras obras se encuentran agrupadas en la colección Sexto piso ilustrado, la cual se ha ido colocando exitosamente entre los lectores.

En dicha colección, los niños y jóvenes han tenido cabida, como se puede ver con las publicaciones de libros como: La calavera de Cristal de BEF y Juan Villoro o Señor Fritos de BEF y Mauricio Montiel Figueiras; así como Los calcetines solitarios, donde los textos pertenecen al poeta Luigi Amara, mientras que las ilustraciones son de Trino.

Con gráficos atractivos para el público al cual se dirigen, además de una narración juguetona y llena de rima, Los calcetines solitarios cuenta la historia del calcetín Petete, víctima de un sinfín de abusos perpetrados por la malosa Calceta Negra y sus compinches. Petete harto de sufrir acude a sus padres y no le hacen caso. Al sentirse solo, abandona su cajón, pues es preferible sufrir afuera que en su propio cajón de calcetín. En dicha aventura conoce a Rayas Rojas con quien se divierte y juntos regresan al cajón para enfrentar a los malosos. Sin embargo, se dan cuenta de que portarse de la misma forma no los lleva a ningún lado y se dan cuenta que a ellos los molestan por ser auténticos y diferentes.

Los calcetines solitarios es un libro necesario para nuestros niños y jóvenes, pero –sobre todo- para los adultos, pues a veces no logran comprender con exactitud todo el daño que puede provocar el bullying y cuando actúan es demasiado tarde. No digo que la panacea sobre el tema sea este libro, para eso está la psicología; pero sí es una forma amena y didáctica de acercarse al fenómeno.

Los calcetines solitarios es un libro que pueden compartir papás e hijos, además de ser una forma de fomentar la lectura en los niños.

La mejor parte del mejor trato (Diario Milenio/Opinión 10/07/12)


Tengo la impresión de que fue en un libro de Henry Miller que leí por primera vez una frase que se comentaba mucho en casa: no aceptes nunca la mejor parte de un mal trato. Eso, con sus variantes respectivas y sus norteños acentos, decía mi padre o pregonaba mi madre a la menor provocación, en cualquier sobremesa. Ninguno, que yo supiera, había leído a Miller, pero se trataba de cuestionar el oropel con que vienen a veces los triunfos fáciles, las derrotas disfrazadas. El famoso gato por liebre. ¿Andar con el hombre que te trata bien pero al que no amas?, eso era ejemplo de la mejor parte de un pésimo trato. ¿Aceptar una beca jugosa en una universidad a la que no te llevaba ni el interés crítico ni el corazón?, mal trato absolutamente. ¿Aceptar el oropel de una democracia a la que la alientan, y esto de raíz, la corrupción y la impunidad?, el peor de los tratos posibles, en efecto.

Como siempre he creído, junto con tantos críticos de cepa, que, justo como el capital, el Estado es una relación (Marx dixit) y no una serie de instituciones establecidas e inamovibles, me parece obvio que a cada iniciativa, ya sea popular o del Estado, le corresponda una reacción viva y, de ser posible, intensa y apasionada. Así se arma el diálogo tenso, volátil, crítico que nos define como partícipes de una relación social. En efecto, para contestar la pregunta de FB: todos estamos en una relación con ese otro que son los otros. En efecto, nuestra situación es, luego entonces y de suyo, complicada. El así llamado orden establecido, que a muchos les parece la regla y no la excepción, a mí me ha parecido, luego de años de revisar y explorar la historia nacional desde abajo, es decir, desde las experiencias de los menos favorecidos por el estado imperante de las cosas, la excepción y no la regla. Si uno lee la historia de México desde sus puntos más débiles —el de los locos, ejemplo— es fácil darse cuenta de algo que ya decía Benjamin hace muchos años: la historia es un estado de emergencia constante. El conflicto es la regla. La lucha, de clases y más, es la regla.

Digo todo esto porque, como tantos otros, sigo con expectación y, sí, con gusto, las actividades que organizan los jóvenes en México durante estos tensos y muy discutidos días poselectorales. Me queda claro que, a esos furibundos jóvenes mexicanos no les disgusta tanto el resultado de la elección (el triunfo del candidato del PRI y de Televisa) como el proceso a través del cual se gestó un proceso electoral inequitativo y plagado de trampas desde años atrás. Están enojados, pues, y con justa razón. Como ellos no crecieron bajo el yugo de un régimen para el cual no contaban los ciudadanos, ni mucho menos sus votos (en las elecciones federales de 1976, para no ir más lejos, el único candidato era el candidato oficial: López Portillo: http://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_federales_de_México_de_1976), les parece evidente, por no decir que justo, que en un ejercicio de verdadera democracia se recuenten los votos, cosa que se ha hecho ya. Así, en largas jornadas —cuyas huellas, como migajas, van dejando en Twitter— llenan las calles en manifestaciones multitudinaria recuperando así, de esa forma festiva y vociferante, el espacio público. Y yo prefiero eso mil veces al dominio que han ejercido sobre el mismo, y siguen ejerciendo de manera más visible en ciertas zonas del norte del país, el narco y la guerra calderonista que sólo ha dejado cabezas y manos y sangre regados por todos lados.

No sólo pongo atención a las expresiones de desacuerdo más visibles y más colectivas de los jóvenes mexicanos de hoy. También leo, con igual expectación y más gusto, a los que empiezan a organizar colectivos de lectura con base en las bibliotecas gratuitas que ellos mismos han vuelto accesibles a través de #bibliotuit. Me entero de las que organizan talleres de dibujo o escritura en lugares que están más allá de Cuautitlán (EHuertadixit). Estoy de acuerdo con los que insisten una y otra vez, otra vez y una (de otra manera no sería insistir) en que todo verdadero cambio inicia en el coto privado de nuestras decisiones más íntimas. Y me parece, porque creo que el Estado es una relación y no una serie de instituciones establecidas e inamovibles, que ese es el tipo de sociedad que nos merecemos: alerta, crítica, dinámica, propositiva. Esto apenas empieza, eso se dice, y ojalá sea así.

Mientras que los adultos acostumbrados a obedecer, o ya para siempre derrotados por el fracaso o la comodidad, o a los que animan intereses más oscuros y complicidades más viejas, se conforman con la mejor parte de un mal trato, adulando a una “democracia” a la que entrecomillan con toda justicia el escandaloso ejercicio de la corrupción y el mal uso de los recursos públicos; los jóvenes, hoy por hoy el verdadero tesoro de esta nación, hacen bien en reclamar la mejor parte del mejor trato posible: un estado de derecho en el que el primer derecho sea cuestionar al Estado y el estado de cosas imperantes.

No es necesario acudir a manuales de radicalidad y ni siquiera leer a Miller para saber, como se decía tantas veces en casa a la menor provocación, que nunca es una buena idea aceptar la peor parte de lo que aparenta ser un buen trato. Mejor aún: propongamos las bases de ese trato que es la relación en la que todos estamos juntos y a la que llamamos, por algo ha de ser, Estado. De eso, y no de otra cosa, se trata vivir en sociedad y tener, claro está, una relación.

De hocico al cielo (Diario Milenio/Opinión 09/07/12)


Teóricamente es él quien no me entiende. Desde muy niño escucho a los demás decir que pertenezco a la única especie inteligente. Hay que ver, sin embargo, las que pasa mi can para hacerme entender lo elemental. Impedido para decir, escribir o precisar sus necesidades, menos aún sus antojos u ocurrencias, no tiene más recurso que la paciencia. Si yo fuera él, ya habría hecho un escándalo. Gruñiría, ladraría, a saber si no acabaría por morder a quien me hiciera lo que yo le hago a él. O en fin, lo que no le hago.

¿Qué habría hecho hace años, por ejemplo, si mis padres se hubieran ausentado por la mañana entera sin tener la bondad de darme el desayuno? ¿Qué tanto diría un niño si se viera encerrado y hambriento y no tuviera acceso al refrigerador? ¿Y un adulto? Por qué eso es lo que es él, un adulto privado de voz y voto. Pero jamás me gruñe, y al contrario. He regresado al fin de un desayuno largo y él me recibe con carreras y saltos. Diría incluso que está demasiado obsequioso. Un minuto más tarde, pongo un pie en la cocina y me topo de frente con su opinión: un gran charco amarillo a las puertas del refri.

La paciencia de Boris merecería un altar. Ha resistido toda suerte de coerciones destinadas a hacerlo recular en esa mala maña de orinar la cocina. Y no es que no le importe, si ya mismo ha corrido a esconderse para eludir probables consecuencias, pero él es firme en ciertos gestos simbólicos. Si lo abandona uno sin dejarle su brunch, o si se ausenta por demasiadas horas, el líquido reclamo aparece en sitio que el can ha decidido habilitar como ventanilla de quejas.

Ya imagino su justa indignación. “¿Cuántas veces me relamí los bigotes en tu mera cara?”, me quejaría yo si fuera él. “¿Qué más tengo que hacer para que entiendas que me retuerzo de hambre?”, me desesperaría. “¿Naciste así de imbécil o te fuiste esmerando en el camino?”, me ensañaría al fin. Sólo que entonces dejaría de ser perro y volvería a ejercer mi humana mezquindad.

Trato de razonar: si Boris accediera a mi exigencia y dejara de autografiarnos la cocina, ¿cómo protestaría contra los abandonos y negligencias? ¿No es verdad, así visto, que ese gesto apestoso parece menos una mera rabieta que un principio de suyo irrenunciable? Llámenle conveniencia, dignidad, derecho, cuestión práctica, el punto es que no hay ser inteligente que soporte o tolere ser silenciado. En eso sí que Boris no negocia. De hecho finge demencia. Si hablara, diría “hazle como quieras”.

Cierto es que, si le explican, sabe hacer excepciones. Puedo volver a casa con el alba y encontrar la cocina perfectamente seca, si es que antes de salir me senté junto a él y le pedí que me tuviera paciencia. Eso puede entenderlo, pero no que lo ignore o lo trate, como suele decirse, a lo pendejo. Podría gruñir, ladrar, corretear y agredir, como a menudo hacemos los autodenominados animales racionales. Pero entonces se buscaría problemas, perdería mi confianza y quién sabe si incluso mi cariño. Pues si el suyo tampoco es negociable, lo probable es que el mío peque de voluble. Uno es toda su vida, ellos sólo son parte de la de uno. Será por eso que les toca ser prudentes.

Sin palabras, menos aún argumentos, Boris ha conquistado numerosos derechos, como el de un menú no sólo nutritivo sino además sabroso, mediante numerosas huelgas de hambre express. Por no hablar del derecho a monopolizar tres cuartas partes de la cabina del coche. O el de ya no quedarse sin comer sólo porque el alcaide es un irresponsable. “Si al fin lo he secuestrado de por vida”, me recrimino al tiempo que caliento el arroz con pollito que habrá de acompañar a sus croquetas, “tendría que tratarlo como se merece”. Y verdad es que a esta última reflexión he llegado conducido por él, que en teoría es el cerebro débil.

Boris pesa 55 kilos y tiene el cráneo más grande que el mío. Hoy que al fin renuncié a la prerrogativa de reprenderlo por mearse delante del refrigerador, entiendo y doy por hecho que tal gesto es no sólo una legítima vía de expresión, sino además demanda una disculpa y la correspondiente reparación del daño. Si seguimos así, tal vez un día Boris termine de educarme y me quite la maña de quejarme con gritos, patadas o sarcasmos cuando es más que bastante con un solo mensaje, expresado con toda civilidad. No es un proceso rápido, eso sí, pero él es muy paciente con los que somos lentos de entendederas.