martes, marzo 13, 2012

El otro rostro de Juárez-(Sexenio-Puebla 07/03/12)

El próximo jueves 8 de marzo a las 18:00 horas en el Museo Regional Casa de Alfeñique (4 Ote. #416 Centro Histórico) se vestirá de gala al recibir a Eduardo Antonio Parra para presentar su novela Juárez. El rostro de piedra; lo acompañaran Mario Alberto Mejía y Luis Felipe Lomelí. Por eso es que me permito reproducir la reseña que hice de esta novela en el extinto diario El Columnista.

Eduardo Antonio Parra se inscribe en esta avalancha de escritores mexicanos que han optado por novelar a los próceres de nuestra mítica Historia. Sin duda, Antonio ha escogido a uno de los insignes más importantes para la nación mexicana: Juárez ni más, ni menos. Juárez, el prestigioso liberal; Juárez, el personaje más representativo de la masonería en México y quizá en Latinoamérica; Juárez, el gran reformista; Juárez, el que en México le dio a la Iglesia lo que es de la Iglesia y al gobierno lo que le pertenece; Juárez, el que está en todo el país ya como nombre de escuela, ya como designación de alguna calle o como “el rostro de piedra” que se erige en alguna plaza de cada ciudad y a la que cada 21 de marzo se le deja una ofrenda floral. Hablar de Benito Pablo Juárez García es una ardua y complicada tarea, pues aparentemente –según Monsiváis- ya se ha dicho todo acerca del personaje plasmado en los billetes de veinte pesos. Sin embargo, Antonio con esta novela demuestra lo contrario.

Eduardo logra mezclar con gran perfección dos estilos literarios, por decirlo de una forma: el realista y el actual. Recurre a las descripciones detalladas, a veces asfixiantes (propias del realismo); pero juega con los tiempos para romper con la linealidad, logrando así una novela redonda en la cual va retratando a aquél Juárez que luchó a muerte contra Santa Anna; que derrotó a Miramón en la Guerra de Reforma y a Habsburgo en la Guerra de Intervención; pero también habla del Benito que conforme transcurren los años y los logros en el poder, se va volviendo más ambicioso y se reniega a perder o ceder tal, porque Juárez en vida se sabía héroe y se sentía indispensable para el país.

Juárez es la novela de un héroe lleno de claroscuros, de un humano que actúa bajo la razón, el amor, el patriotismo, la humildad, la sencillez; pero también bajo los efectos de la envidia, la soberbia, la egolatría. Aquí también se plasma la vida de un Benito que llega al poder fortalecido y apoyado siempre por Margarita, su esposa, y sus amigos liberales como: Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada, Sebastián Lerdo de Tejada; entre otros, pero poco a poco la guerra, la vida y la búsqueda por permanecer en el poder -hasta que encuentre alguien capaz de manejar el país o la muerte se lo lleve-, le van arrebatando a cada una de sus fortalezas hasta volverse un ente débil o al menos una frontera fácil de pasar.

A lo largo de cuatrocientas cuarenta páginas el lector se acercará a un Pablo que caminará por situaciones adversas de las cuales saldrá triunfante y verá cómo un hombre tan lleno de certezas y seguridades en el inicio de su carrera política, al final de su vida se la vive en la duda y el desacierto, víctima de su propia historia que él y nadie más trazó.

Juárez. El rostro de piedra es publicada por Grijalbo en su colección de novela histórica y a diferencia de muchas otras novelas que recientemente proliferan, ésta sí aporta algo nuevo en la forma de mirar a Juárez.

Las lecturas fáciles (Diario Milenio/Opinión 13/03/12)

Asumir que todos los lectores prefieren siempre la familiaridad y el refugio de una lectura fácil es lo mismo que ha conducido a tantos matrimonios a la ruina. La falta de riesgo y de asombro suele conducir sin mucho problema de por medio a la rutina.

Siempre me ha parecido por lo menos paradójico que para promocionar un libro con frecuencia se diga de él que se lee con una facilidad tal que “casi parece que no se le está leyendo”. Nótese aquí que la posibilidad de hacer circular un libro que no se lee es una cosa buena, por cierto. La lectura, debe sobreentenderse, es una actividad engorrosa, si no es que absurda, que mejor habría de ser sustituida por un proceso de ósmosis o telepatía capaz de transmitir el contenido del texto sin tener que detenerse en el bagazo de las palabras. Ese desecho. Que a un mercenario del mercado esto le parezca positivo no tiene mucho de inusual, puesto que a ellos les interesa vender, de preferencia de la manera más rápida posible, un producto, y no necesariamente fomentar esa relación crítica con el mundo que a menudo se logra a través de la lectura de libros. De hecho, a juzgar por el énfasis que suele ponerse sobre palabras tales como “absorbente, fascinante, fácil de leer” en tanto carnadas para atraer al lector denominado como promedio o, de plano, mayoritario, todo parecería indicar que el objetivo último de los mercaderes de libros es ofrecer un libro sin la molesta presencia de palabras en sus páginas. Se trataría de un libro vacío, literalmente. Sería, para no ir muy lejos, un libro sin lenguaje.

Antes de llegar a ese nirvana de las lecturas fáciles, tal vez no sería mala idea del todo detenernos unos minutos en las inmediaciones de la palabra facilidad. ¿Qué decimos cuando elogiamos un libro porque su lectura fue fácil, es decir, rápida y sin complicaciones y, de preferencia, placentera? Algo nos resulta fácil porque, por principio de cuentas, nos es familiar. Moverse por un territorio conocido, siempre reconociendo (y no sólo conociendo) los alrededores, suele ser cosa fácil. Formar parte de una situación en la que sabemos exactamente qué hacer y, además, sabemos qué se espera de nosotros, parecería ser el epítome de la facilidad. Saber las reglas. Confirmar el estado de las cosas. Proseguir sin obstáculos. Llegar al final. Todas esas son también etapas de la lectura fácil.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Lo contrario de una lectura fácil es una lectura interesante, no una difícil. No todos los libros se mueven en territorio familiar y, algunos, de hecho, hacen todo lo posible por llevarse a la lectora a sitios inimaginables. El moto de estos libros es el riesgo o el asombro. O ambos. Sospechando del poder único de la anécdota, los libros de lectura interesante ponen en juego varios elementos del lenguaje a la vez. Lejos de juegos herméticos impuestos desde afuera, un libro interesante invita la participación activa, o cuando menos a la sospecha adictiva, del lector. Una descodificación o una adivinanza, da lo mismo. Sin respetar las reglas aristotélicas (o de cualquier otro tipo) del relato, ciertos libros aspiran, de hecho, a ser leídos. De ahí el énfasis puesto en la materialidad misma de las palabras —sus texturas, ritmos, sonidos, presencias, sintaxis. Un libro que aspira a ser leído produce, por necesidad también, su propia teoría de la lectura y su propio, e insustituible, manual de la misma.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Asumir que todos los lectores prefieren siempre la familiaridad y el refugio de una lectura fácil es lo mismo que ha conducido a tantos matrimonios a la ruina. La falta de riesgo y de asombro suele conducir sin mucho problema de por medio a la rutina. Y de la rutina al aburrimiento el trecho no es muy largo, eso se sabe. ¿Será mucho pedir que imaginemos un mundo en el que a los lectores les interese, de hecho, leer palabras en un libro? Tengo la impresión de que, si a alguien le interesa leer, terminará por interesarle leer otra cosa. Otro reto. Otro juego.

Si la función del lector dentro o con respecto al texto consiste en estar siempre a punto de irse, optar por estrategias de lectura fácil o de lectura interesante es estar promoviendo relaciones de suyo específicas no sólo con el libro en cuestión, sino también, acaso sobre todo, con el mundo a su alrededor. Una lectura que invita a la consideración de las texturas varias de las palabras no es una estrategia difícil (o poética) de la escritura, sino una invitación a poner una atención similar en las texturas varias que configuran el mundo como acto vivido y también, cómo no, como cosa por vivir. A diferencia de las lecturas fáciles que se cumplen con el libro y con éste se cierran, confirmando todo alrededor de sí mismas, las lecturas interesantes viven abiertas hacia lo que las rodea, en una profunda interacción que pasa por el uso del lenguaje. Ese desecho. Y ese deshecho. Y ese hecho.

Eso que nos hincha el pecho (Diario Milenio/Opinión 13/03/12)

Qué tan baratos son ciertos orgullos que hasta de su ignorancia se envanecen?

Algunos no entendemos por qué son divertidos los reality shows. De hecho, nos negamos a entenderlo, tanto así que jamás hemos visto uno durante más de tres minutos seguidos. Es como si un recóndito sentido del orgullo nos impidiera darnos la oportunidad de juzgar a partir de la experiencia (y entonces arriesgarnos, ¡horror!, a que nos interese y se convierta en vicio). ¿Y no es verdad que a veces, cuando nos lo preguntan, respondemos con un dejo de orgullo que jamás hemos visto uno de esos programas, ni los veremos?

Conocí a aquel noruego en una fiesta. Su trabajo, me dijo, consistía en producir un reality show. Unos tragos más tarde, me presentó a otro amigo de ocasión. “Es de Guadalajara”, me hizo saber, y no bien descubrió que nos simpatizábamos, procedió a sugerirnos que dijéramos lo que no nos gustaba de la ciudad del otro. A menos, por supuesto, que alguno fuera muy sensible a ese respecto. Que de seguro lo éramos, pero reconocerlo en ese momento equivalía a darse por acomplejado: otro de esos deslices que el orgullo no suele permitirse.

Tratamos, al principio, de hacer críticas ñoñas e insignificantes a nuestras dos ciudades, pero el noruego no mordió el anzuelo. “¡No me digan que es todo lo que se les ocurre!”, se burló, divertido, al tanto ya de que aquel acicate sería suficiente para echarnos a andar y disfrutar callado del palenque. Ya no recuerdo qué tanto dijimos, o será que el pudor bloquea la memoria, pues ninguno supimos digerir las observaciones del otro con la calma que habíamos prometido, de modo que muy pronto nos vimos enzarzados en un torneo de orgullos gaznápiros y quebradizos, para deleite del amigo noruego. Nada más advertimos sus carcajadas, volteamos a mirarnos y soltamos la risa junto a él, que en un par de minutos había conseguido meternos en su reality show.

“Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.” He ahí la definición de orgullo que brinda el diccionario: no hay que ser académico para entender con cuánta sutileza se insinúa que el orgullo es idiota de origen, aunque a veces también disimulable. No mucho, claro está, pues se trata de un sentimiento escandaloso que de por sí abomina de la discreción. Y es seguro que crece cuando nace de “causas nobles y virtuosas”, pues cómo no sentirse orgullosísimo de encontrarse uno mismo sobrado de tan nobles atributos. Ya entrados en palabras, no estaría de sobra que el diccionario nos recordara que no por ser estúpido deja el orgullo de ser tramposo. Pues al final el estúpido es uno, qué duda cabe.

Supongo que el orgullo sólo es noble cuando se experimenta vicariamente. El orgullo del hijo, la madre, el amigo, la hermana, los amantes, incluso los fanáticos, es una suerte de suficiencia exultante que se hace perdonar porque logra encarnarse en un ser admirado y querido, aunque nada parece más chocante que toparse con una de esas tribus petulantes para quienes no existe rival capaz de superarlos en sentido alguno. Pues todo engreimiento, aun cuando pretende ser discreto, tiende al expansionismo y el pisoteo. Familiar, citadino, corporativo o patriotero, el orgullo es aquel intruso bienvenido que nos pide aventón y un minuto más tarde ya quiere manejar. Y lo peor es que uno se lo permite, halagado por sus zalamerías.

“¿De qué estás orgulloso?”, pregunta la sonriente periodista y ya el entrevistado, si por azar conserva los pies sobre la tierra, se mira en una trampa peliaguda. No hay tentación más pronta que soltarse largando burradas delatoras, como si la pregunta hubiera sido: “¿Cómo haces para verte tan guapo, corazón?” Y tampoco cae bien el circo de impostada humildad al que no pocos listos suelen acudir, para salir del trance y de paso adornarse ante los otros. Finalmente, nadie que se proponga tener nuestro respeto va mostrarnos su vanidad desnuda.

Vuelvo al inicio presa de sonrojo: pocos orgullos hay tan tristes y patéticos como el que se envanece de sus carencias. “Yo jamás abro un libro”, eructa uno, y el otro contraataca jactándose de nunca ver televisión. Lo curioso es que tienen opiniones sobre el tema que juran desconocer, cual si esa garantía virginal les confiriese alguna autoridad. ¿Cuesta mucho decir “sé poco de ese tema”, o incluso “no sé nada”? Es la mejor salida, en realidad, pero el orgullo idiota se interpone, al mando de un ejército de complejos entre henchidos, hinchados y ardorosos: ay de quien ose mirarlos de frente.

jueves, marzo 08, 2012

Bienvenida sea la novela gráfica mexicana-(Sexenio-Puebla 27/02/12)

Sexto piso es una editorial muy propositiva y cuya característica es apostar por escritores y títulos novedosos, controvertidos y que difícilmente veríamos en editoriales comerciales.

Una de las recientes apuestas de esta editorial está siendo la novela gráfica y el cómic, sus primeros aciertos fueron Viva la vida. Los sueños en Ciudad Juárez de Edmond Baudoin y Jean-Marc Troubet, y Diario de Nueva York de Peter Kuper, dos libros muy bellos y que lograron una opinión positiva, tanto de lectores como de críticos, debido a su contenido y belleza artística.

La calavera de cristal es la nueva apuesta mexicana de Sexto Pisto, escrito al alimón por Juan Villoro y Nicolás Echeverría e ilustrada por BEF. Este libro, desde mi perspectiva, busca colocarse –principalmente- en el gusto de los jóvenes y un que otro lector infantil.

Aquí se cuenta la historia de Gus, quien después de asistir al décimo aniversario de la muerte de su padre: el capitán Rodríguez de Plata y tras haber escuchado las palabras que le dedican, se da cuenta que para él su padre era un completo desconocido. A partir de aquí nace en Gus la curiosidad de saber quién fue realmente su padre. Después de una visita hecha a su abuela, ésta le manda a Gus un armario que su padre le había dejado y después de mover algunos cajones aparecen de forma sorpresiva: un códice maya, un reloj y la bitácora de su último viaje. Este descubrimiento lo llevará a conocer mejor a su tío Felipe y así, junto con él, poder descifrar el códice que su padre había dejado escondido. Juntos se darán cuenta que el códice habla de un tesoro que fue otorgado a uno de los emperadores mayas, esta pista los hará partir en búsqueda del tesoro; en el camino se encontrarán con gente codiciosa como Venus de Venegas y su bella Circe, a quienes sólo les interesa obtener tesoros invaluables para destruirlos a placer. Gus y su tío Felipe, al lado de Bernabé y “El reptil” Rodero descubrirán el tan preciado tesoro que el capitán Rodríguez de Plata había ocultado de los malandrines.

Intriga, traiciones y diversión; aunada a su narración precisa y envolvente de Juan Villoro, así como de los excelentes dibujos de BEF; son algunos de los elementos que convierten a La calavera de cristal en un hermoso libro.

Un texto disfrutable que seguro se colocará en el gusto de todos los lectores y que podrá ser un buen gancho para atraer a miles de jóvenes al mundo del libro.

Bienvenidas más obras como La calavera de cristal.

martes, marzo 06, 2012

Contra el mantel verde (Diario Milenio/Opinión 06/03/12)

Si los autores, como algunos lo argumentan incluso ufanamente, se dedican a escribir porque no saben hablar en público o no les interesa salir de la esfera privada de la creación silenciosa, ¿para qué ir a verlos?

Muchos autores dicen estar interesados en establecer una cierta forma de contacto, especialmente dialógico, con sus lectores. Pocos, sin embargo, ponen atención al aspecto performativo de su trabajo textual, conformándose con tomar asiento detrás de una mesa rectangular, con toda seguridad cubierta con un mantel verde, para ponerse a leer, con distintos grados de eficacia, en voz alta. Esto, hasta hace no mucho, constituía el performance más común en que autores y lectores escenificaban su encuentro en la esfera pública. Que dicho encuentro cerrara frecuentemente con la más que simbólica firma de la autora estampada en tiempo real sobre las primeras hojas de un libro adquirido por la lectora no hacía más que ratificar la premisa propia del ritual: el intercambio comercial que, como causa-efecto, ocurría antes del encuentro o, cuando mucho, durante el mismo.

Como tantas otras cosas, las tecnologías digitales y las búsquedas interdisciplinarias han revisado a cabalidad este formato. Cada vez es más sencillo, y lo será mientras leyes como SOPA no se conviertan en nuestros policías del ciberespacio, bajar libros de internet —con o sin el consentimiento de los autores o las editoriales correspondientes. La distribución gratuita de material textual a través del intercambio de pdf no sólo ha venido a cuestionar la propiedad sobre el lenguaje y sus consecuencias tanto estéticas como legales, sino también ese ritual cansino e invariable a través del cual autores y lectores fundaron su encuentro público durante la modernidad.

¿Qué busca en realidad el lector que, sin ser amigo o familiar del autor, va a las presentaciones de libros o las lecturas de los mismos? Si los autores, como algunos lo argumentan incluso ufanamente, se dedican a escribir porque no saben hablar en público o no les interesa salir de la esfera privada de la creación silenciosa, ¿para qué ir a verlos? O si, como aducen otros autores, todo está en los libros y agregar algo desde fuera sería no sólo desleal sino hasta autoindulgente, ¿qué se puede esperar legítimamente de ver un autor en persona? La primera respuesta que se me viene a la cabeza, puesto que la he vivido como lectora, es que uno va a esas cosas para confirmar que todo es de verdad. Este es el momento en que Santo Tomás muerde la moneda de lo real. No por casualidad el encuentro suele terminar con una firma: el sello con el que se cierra el acuerdo de lo que existe en tanto cuerpo. Que ese garabato, a través del cual asienta ante todos la existencia conjunta de autor y lector, vaya estampado sobre un objeto que ha sido intercambiado por dinero también cierra otro círculo: el de las mercancías.

Ahora bien, si la lectora puede conseguir el libro gratuitamente y si el autor sólo lee, y para el caso mal o con desgano, detrás de una mesa con mantel verde, ¿para qué ir a verlo? Lo saben los que asisten a los conciertos: por experiencia en tiempo real. Por algo que no está en el disco y que sólo puede ocurrir en el momento mismo en que nota y oído coinciden en el mismo plano. Por un poco de presente (y que en inglés la palabra “present” signifique también “regalo” tiene su relevancia en este momento). Los músicos, que como todos los otros creadores van muy por delante de los escritores en temas que tienen que ver con tecnología o interacción pública, han optado por lo más lógico: regalar, como lo hizo Nortec ante el embate de la ley SOPA, el producto que antes se vendía, y vender, en cambio, sus presentaciones en persona. El valor de cambio se traslada así del disco, en tanto objeto, a la relación de trabajo en tiempo real que ocurre sobre los escenarios.

Para que esto fuera posible entre escritores muchas cosas tendrían que cambiar. No que los escritores no sean performers ya. La lectura pública es, de hecho, un performance. Pero es un performance aburridísimo. A diferencia de los narradores que suelen confiar a ciegas en el poder de la anécdota para capturar y mantener el interés de sus lectores, a los poetas les han preocupado históricamente otros niveles del lenguaje: sus texturas físicas, la cualidad de sus sonidos, sus relaciones varias con el cuerpo, su presencia misma en el afuera del texto. No por nada, las lecturas de poesía menos oficialistas suelen incorporar a menudo una dimensión interactiva que involucra de lleno las capacidades preformativas del lenguaje. No digo nada nuevo cuando digo que pocos compran libros de poesía. Y tal vez a eso se deba, de manera sola aparentemente paradójica, que las lecturas públicas de poesía estén hasta ahora más capacitadas para proveer a los asistentes con lo que desean: presente. Mucho me temo que si a los narradores les interesa de verdad encontrar a sus lectores en la esfera pública, y no sólo utilizar las presentaciones para ratificar la venta de sus libros, habrán de repensar de manera radical el formato del mantel verde.

La lengua farisea (Diario Milenio/Opinión 05/03/12)

Reglamentar el uso del lenguaje para evitar la discriminación es como combatir la miseria declarando a los pobres oficialmente ricos.

Alguna vez, en el curso de cierta sobremesa exaltada, peleaba con mi madre por el uso decente del español. Según yo, esa manía de llamar “negritos” a los negros —hasta hoy socorrida por legiones de blancos simpatizantes—, cual si necesitasen de la piedad de nadie, delataba un racismo deleznable. ¿O acaso aceptaríamos que hablaran de nosotros como “blanquitos”?, le reclamaba, entre la indignación y la ironía. Para ella, sin embargo, el respetuoso ahorro del diminutivo le parecía una gros era muestra de insensibilidad, pues desde la niñez quiso diferenciarse de los kukuxclanecas que empleaban la palabra negro despectivamente. No había sido ella quien la corrompió.

Negrito… Por más que a mi furor igualitario le pareciera inmundo ese diminutivo, al delicado oído de mi mamá sonaba detestable el sustantivo a secas, luego de tantas veces de oír a los imbéciles darle uso de adjetivo estigmatizador. Teníamos, además, un amigo negrísimo de Nueva York, compañero de escuela de mi padre, al que ni él ni ella se habrían atrevido a llamar “negro”. ¿Pero cómo, si lo estimaban tanto? ¡Qué vergüenza!, exclamé, cargado de razones, y acto seguido abandoné mi lugar en la mesa y di la media vuelta teatralmente, como esos diputados que dejan sus curules en señal de indignada protesta, para sorna de mis progenitores, que ni con chochos habrían accedido a someterse a mi yugo lingüístico. Nomás eso faltaba.

¿Emplea uno el español para hacerse entender, o vale más para hacerse querer? ¿Y qué tal respetar, admirar, inmunizar, reverenciar, o por qué no, para hacerse votar? En su sesudo informe para El País(Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer), Ignacio Bosque cita un libro de José A. Martínez (El lenguaje de género y el género lingüístico) donde aparece una de esas providenciales expresiones que lo llevan a uno a preguntarse cómo pudo hasta hoy expresarse sin ellas: el despotismo ético.

Se entiende que sea grande la tentación de subirnos al púlpito, si desde ahí somos invulnerables, pero no menos grande es el esperpento de esos curas freelance que intentan imponer a los otros la tiranía de sus melindres morales. ¿O es que debí escribir “los otros y las otras”, según quienes pretenden reglamentar el uso de la lengua de acuerdo a mandamientos y manuales gazmoños, redundantes y pueblerinos? Ya sé que en su opinión acabo de insultar a millones de habitantes de pueblos, pero he aquí que escribo estas palabras en mi casa en Tetelpan, que es un pueblo encerrado en la ciudad donde ahora mismo se celebra una feria. Buena me la estarían haciendo los curas de la lengua si para no ofenderme a mí mismo debiera renunciar a un término con semejante peso específico: pueblerino. No el que vien del pueblo, sino aquel moralista que pretende inmiscuirse en la vida y costumbres de los otros para imponer la ley de su sacerdocio. Perdón, pero no tengo la costumbre de persignarme antes y después de hablar.

Ya sea con auxilio de la pluma o la lengua, uno suele expresarse presa de la ansiedad, de modo que a menudo y sin así quererlo delata sentimientos y emociones que le muestran de cuerpo entero delante de los otros. Y esto a los mojigatos no les gusta, si sufren duermevela por el qué dirán y tienen tantos esqueletos ocultos que viven a la caza de eufemismos, como quien busca plumas que adornen su careta. ¿Es de verdad extraño que los déspotas éticos pretendan imponer una lengua en esencia ornamental, de manera que niños y adultos hablemos como cónsules y no digamos nada que no sea ya esperado?

Por su naturaleza exagerada, la ridiculez no conoce los límites. Supongo que es el caso de quienes recomiendan no hablar siquiera de “los reyes de España”, sino el rey y la reina. Cierto es que, a partir de la legalización del matrimonio gay, se hace probable el caso de que ambos reyes fueran del mismo sexo. Hasta hoy, sin embargo, tal perspectiva parece distante, y como no se escriba una historia de ciencia ficción, difícilmente cabe la indicación de que a “la reina” sigue siendo una mujer. Cuesta, por lo demás, creer que la hipocresía sea el mejor remedio contra la discriminación, cuando no hace sino cerrar la herida con la infección adentro.

Si yo fuera mujer, les agradecería a mis redentores que no me dieran por acomplejada, pues tal vez tendría un genio muy parecido al de mi mamá, y como ya lo he dicho ella no soportaba los despotismos éticos. Nomás eso faltaba.

martes, febrero 28, 2012

Sin asidero (Diario Milenio/Opinión 28/02/12)

¿Tenemos, de hecho, la menor idea de las consecuencias que traerá el más pequeño de los cambios que añadamos a la rutina diaria?

Un buen día, sin saber exactamente por qué, Hannah Lundmark, el personaje principal de la más reciente novela de Henning Mankell publicada en español, decide dejar un barco que la llevaba originalmente a Australia para cruzar, en cambio, la pasarela que la dejaría en Lourenço Marques, capital de la África Oriental Portuguesa, ambas conocidas hoy como Maputo y Mozambique, respectivamente. Enterarse del porqué y el para qué tal decisión fue hecha es la materia que le corresponde descifrar no sólo al lector de Un ángel impuro, sino también, acaso sobre todo, a su protagonista. El narrador omnisciente de este relato, aparentemente basado en “unos extraños documentos” encontrados en el antiguo archivo colonial de Maputo, por su parte, se declara derrotado de antemano en esta tarea: “Lo que sucedió después y, sobre todo, el porqué de que sucediera es algo que Hannah jamás logró explicarse. La decisión que tomó a última hora de aquella noche, después de que los misioneros abandonaran el barco, le resultó insondable mientra vivió”. (75/342) 

¿Cómo es que tomamos las decisiones que terminarán marcando años enteros de nuestras vidas? ¿Tenemos, de hecho, la menor idea de las consecuencias que traerá el más pequeño de los cambios que añadamos a la rutina diaria? ¿Es posible, de alguna manera, avizorar lo que viene como resultado de las muchas decisiones que tomamos sabiendo tan poco respecto a ellas? Las respuestas a todas estas preguntas son, por supuesto, negativas o, cuando menos, difusas, cuando no francamente relativas. De ahí, precisamente, la necesidad de que la novela exista. Más que para explicar lo que desde un inicio se describe como insondable, el objetivo del relato es a la vez más humilde y más descarnado: rastrear las acciones que llevaron a y resultaron de una decisión aparentemente inexplicable.

El relato inicia en el 2002, el año en que un habitante de un antiguo hotel de Bieira, convertido ya en una derruida vecindad, encuentra un cuaderno bajo la duela. Sobre la pasta del cuaderno es posible reconocer un nombre y una fecha: Hannah Lundmark, 1905. Pronto, la narración se trasporta a la cubierta del Lovisa, el barco sueco que partió en 1904 del puerto de Sundsvall con 32 tripulantes a bordo: uno de ellos, la cocinera para ser más exactos, la única mujer. Ahí, sobre esa cubierta, acaba de registrarse el entierro en altamar del oficial que, apenas un mes antes, se había convertido en el esposo de esa mujer. El duelo y la oscilación de la memoria femenina obligan al relato a retroceder una vez más tanto en términos de tiempo como de espacio. Ahora es el año 1899, y la cubierta de un barco ha dado lugar a los bosques muy fríos del norte sueco. El padre de la protagonista está muriendo y, con dificultad, pronuncia unas últimas palabras para su hija. En el desasosiego, nunca podrá saber a ciencia cierta si el padre la había dicho que ella era un “ángel impuro” o un “ángel pobre”.

La historia migratoria de Hannah, por su parte, se desenvuelve muy conforme a las narrativas globalizadoras de fines del XIX e inicios del XX: la muchacha pobre de una zona peritérica, en este caso de un pequeña aldea sueca, se ve forzada a dejar los bosques para contratarse como sirvienta en una ciudad donde no conoce a nadie pero en la que aprende a leer. Conminada por el dueño de la casa, la muchacha se entrena como cocinera y se embarca en el Lovisa, cuyo destino final es Australia. La viudez, tan súbita como el matrimonio mismo, la llevan a abandonar un barco y, con el él, una vida que prometía el regreso a Suecia, optando en su lugar por un destino apenas imaginable en Lourenço Marques.

Que la mujer termine casándose otra vez y heredando por este medio el prostíbulo más rentable de la región es, entre muchas otras cosas, lo de menos —aunque es lo que aparentemente permitió que la historia fuera imaginada e imaginable gracias a los registros de impuestos pagados por una mujer sueca de la que pocos otros datos existen, si existen algunos, en el archivo colonial de Mozambique. Lo que esta novela más bien convencional añade a una larga tradición de relatos de migrantes es esa pregunta incisiva y molesta que, a pesar de pedir, y acaso por pedir, no recibe respuesta: ¿Por qué se baja alguien de un barco que lo lleva en otra dirección para iniciar una vida de otra manera impensable?

La innegable destreza de Mankell se rehúsa a dejar a Hannah en paz a lo largo de estas páginas. Incómoda siempre, fuera de lugar en todos los lugares, sólo a medias entendiendo lo que tanto blancos como negros logran comunicarle, Hannah se mueve con dificultad en un país donde vivirá experiencias que se antojan fundamentales pero que, desde el punto de vista borroso del que apenas comprende lo que pasa, no dejan de ser hasta cierto punto ilegibles. Que con base en todo ello, Mankell logre transmitir el punzante peso de esos años incomprensibles sobre los hombros de una vida que todavía parece irresuelta sólo habla de la habilidad de un escritor que puede hacer a estas alturas lo que se le da la gana con el lenguaje. Pocos libros consiguen producir el vacío atroz de alguien que decide marcharse de un lugar donde no ha verdaderamente estado con rumbo hacia ninguna parte. Fiel a la premisa del libro, el personaje, y el lector, son arrojados al mundo una vez más sin asidero alguno.

Desde otro punto de vista, y a través de novelas de corte más radical, esta experiencia del fuera de lugar migratorio ha sido explorada con gran agudeza por autoras como Yoko Tawada, en The Naked Eye, o Renee Gladman, en Event Factory, novelas que desgraciadamente todavía no están traducidas al español. En Un ángel impuro, el narrador omnisciente le aclara al lector lo que el personaje no entiende bien a bien, otorgándole así un asidero al lector del que la migrante carece. En las novelas de Tawada y de Gladman, por otra parte, no existe tal refugio: tanto el personaje como el narrador (que a ratos se confunden) entienden sólo con dificultad lo que acontece y, esa falta de claridad, encarnada en una sintaxis que no por extraña carece de legibilidad, obliga al lector de estas novelas a experimentar en carne propia, como se dice, la falta de asidero original. Porque, después de todo, ¿quién no ha desembarcado algún día en su propia África para terminar cumpliendo un destino que parece de otro?

lunes, febrero 27, 2012

Papá, me habló el payaso (Diario Milenio/Opinión 27/02/12)

Esa vieja tendencia a culpar al editor por no callar a tiempo al colaborador delata el feudalismo emocional de los nostálgicos del gorilato.

1. La opinión del ganado


Por motivos acaso inconfesables, a la gente le encantan los libelos. Aparecerse en una redacción con una carta ardiente de indignación, un artículo escrito con picahielo, una denuncia en forma de reportaje o la siempre gustada reseña carnicera, suele garantizarle al portador la gratitud de un público afecto al espectáculo patibulario. Aquella tarde, llegué hasta el escritorio del jefe de redacción blandiendo el que sería el último de mis escritos a publicarse en aquella revista. Pero no era un artículo, sino una carta, ya no sé si indignada o furibunda, porque he olvidado al fin su contenido, pero recuerdo bien que equivalía a una declaración de enemistad hacia otro colaborador de la publicación. Tampoco olvido el entusiasmo cantarín que la idea del pleito despertó en el jefazo de redacción —a la sazón amigo de los dos—, tanto que se esmeró en añadirle una cabeza más o menos picante y enviarla de inmediato a la redacción. No era gran cosa el texto, pero había sido escrito con un incorruptible asco juvenil (cuyo rastro de sangre, ya se sabe, nunca escapa al olfato de un periodista que se respete).

No tardó el afectado en responder, sólo que en vez de hacerlo por carta se lanzó a reclamar a quien consideró responsable mayor de la publicación. Esto es, no el remitente sino sus editores. Como solía decirse en la preparatoria, el ofendido colaborador quería hablar con el dueño del burdel, no con las putas. Y he aquí que nuestro jefe de redacción estaba de algún modo de acuerdo en esa concepción ganadera del periodismo, ya que en vez de explicarle que había publicado aquella carta en atención a su deber profesional, le juró que yo mismo la había capturado, imprimido y pegosteado sobre el original mecánico, aprovechándome de su ausencia y mi amistad con los formadores. De otro modo, tenía que entenderse, jamás la habría publicado. Pues si yo era un sujeto artero, despreciable y abyecto, él era un buen amigo antes que un periodista.

2. Pandilleros amigos

La amistad: en su sagrado nombre cualquier abuso parece aceptable. De un amigo se espera todo lo positivo; de un enemigo, justo al contrario. Lo cierto, sin embargo, es que ninguno de ellos es tan poderoso. Y tampoco es que vivan sólo para quererte o detestarte, ni que carezcan de algo mejor en qué pensar (y eso tiene que ser lo más difícil de perdonarles). Pero la amistad peca de golosa, de ahí que con frecuencia se indigeste de sus propias expectativas; más todavía cuando se la entiende como un pacto mafioso (y pocas son las veces en las que esto no ocurre). Pasma enterarse que entre los políticos es usual escuchar peticiones del tipo Yo quiero ser tu amigo. Es decir, “te propongo proceder a unir fuerzas en el nombre de la amistad cuyo trámite inicio por este medio”. A partir de ese punto uno podrá esperar todo lo bueno del otro. Más todavía, quien busque hacerle daño a éste se las tendrá que ver con aquél, y viceversa. Un verdadero amigo, en tal sentido, es aquel que te presta su jardín para enterrar el cuerpo de tu enemigo.

La enemistad sectaria puede entenderse entre competidores tan encarnizados que cualquier gesto amable hacia el otro lado sería sospechoso de quintacolumnismo, aunque no deja de ser abusivo, y de paso enfermizo, que el sueldo de un empleado incluya su lealtad inquebrantable a las fobias del patrón y su clan. En otros casos, como el de los gobiernos y mafias gremiales cuyos trabajadores tienen que convertirse en militantes e hinchas de un proyecto político exclusivo a cambio de la paga sufragada por todos, cabe hablar de pandillerismo subsidiado. Pocos de estos extremos mafiosos, sin embargo, huelen tan mal como en el periodismo (donde, carroña al fin, el cuerpo del delito suele descomponerse a la vista de todos). Si el mejor periodista es aquel que se atreve a desafiar sus propios intereses, hay que ver la bazofia que sale de las teclas de quien cuida los suyos y los de sus aliados con el celo de un hincha genuflexo. Y sin embargo abundan quienes así lo esperan, aunque no sean amigos. Si acaso un editor se niega a censurarme, todo cuanto publique con mi firma al calce le será acreditado como si de sus manos hubiese salido.

3. Arrebáñeseme ahí


Es de por sí asombroso que esta noción ovina de la lealtad sobreviva en los tiempos de internet, cuando la información no necesita de un editor para tornarse pública y notoria, aunque no sea tan raro que dados arcaísmos provengan de los personajes más inverosímiles, como sería el caso del pintoresco Rafael Correa, que en fecha muy reciente ha confesado entender la relación entre los editores de un periódico y su equipo de colaboradores como la del “dueño del circo” y sus “payasitos”. Es decir que de acuerdo a la idea que tiene de nosotros el mandamás ecuatoriano, ahora mismo me empeño en provocar las risas público a machincuepa limpia, según el guión estricto de mis editores: ya bastante trabajo les costó entrenarme como a un chimpancé. Como quien dice, si me la jalo aquí será por culpa suya.

Hay que ver el desprecio aristocrático que se esconde tras el entendimiento de que un buen editor es por necesidad un buen pastor. “Quiero hablar con la bacinica, no con el contenido”, solíamos decir en la primaria para hacer entender al entrometido que le faltaba rango para dirigírsenos. Tratar de payasito a quien firma un artículo y de dueño del circo a quien se compromete a publicarlo, es antes la conducta de un señor feudal que la de un gobernante que se dice de izquierda. Entre tantos borregos, se entenderá que el tipo sólo quiera entenderse con los demás pastores. ¿Y uno cómo le explica a ese tartufo alado que no conoce más ni mejor pastor que aquel que se presenta con cilantro, cebolla y limón? En todo caso, sé algo sobre payasos y desde niño reconozco a los involuntarios. Afortunadamente no soy editor: ellos sí que padecen sus payasadas.

Entre lo fantástico y lo filosófico-(Sexenio-Puebla 21/02/12)

Leonardo Da Jandra es, quizá, uno de los escritores más “extraños” en mundo literario de México. Como pocos, mejor dicho: como ningún otro, Da Jandra además de ser un buen narrador mexicano es un filósofo muy propositivo y un editor muy visionario. Si esto no es suficiente para diferenciarlo de los demás escritores, el autor de novelas como La almadraba, Samahua y Huatulqueños vivió por un buen rato en los territorios de la selva de Huatulco.

Recientemente Almadía –con ya 7 años de vida editorial- publicó Distopía, la nueva novela de Da Jandra donde la ciencia ficción y la filosofía convergen para contar la historia de un futuro que parece muy lejano.

Dentro de un lugar llamado Continente existe otro conocido como la granja, aquí se aíslan a aquellos seres con deficiencias genéticas, así como a los delincuentes y personajes tachados de subnormales. Hartos de esta discriminación, comienzan una rebelión para exigir les sea reconocido su derecho a circular de forma libre por el Continente sin discriminación alguna; de no ser así todos los habitantes del Continente poco a poco irán desapareciendo, víctimas de un virus letal liberado por los habitantes de la granja. Situación que orilla al Consejo Cívico –conformado por un teólogo, un filósofo y una jurista- a establecer una reunión para resolver la situación. En su búsqueda por encontrar la mejor solución para los habitantes de la granja, los expertos se perderán en un mar de conceptos y temas donde el aborto, la eugenesia y el libre albedrío se convertirán en los protagonistas del diálogo entre estos personajes.

Distopía se ubica dentro de la tradición novelística al mas puro estilo de Huxley u Orwell, la cual a través de la ficción invita al lector a reflexionar sobre el rumbo que como humanidad le estamos dando el mundo. Con esta novela Da Jandra defiende la postura de que las novelas no sólo deben contar historias fantásticas, sino que deben ser capaces de transformar la vida del lector.

Distopía es una novela que marca diferencia en la novelística mexicana, tal como lo hace la vida del mismo autor.

Una novela que no tiene pierde y debe leerse con suma atención.

Por una estética citacionista (Diario Milenio/Opinión 21/02/12)

Este es un artículo estrictamente literario sobre una de las estrategias de escritura más polémicas y abundantes en la era digital: la apropiación de textos.

Un fantasma recorre el mundo de la escritura en español: es el fantasma del plagio. Lo esgrimieron, en alguna de sus formas, los que preocupados por la propiedad y el prestigio lograron retirar de circulación el Remake de Fernández Mallo. Lo blandieron aquellos que, luego de mostrar evidencias encontradas en artículos periodísticos, obligaron a la renuncia de Sealtiel Alatriste, un alto funcionario de la UNAM. Estuvo ahí, como figura amenazante, en la demanda que se inició contra Pablo Katchadjian y su Aleph engordado. Los casos, se nota, son distintos. Una cosa es, en efecto, utilizar el texto de otros para cuestionar el texto mismo y las nociones imperantes de autoridad y propiedad; y otra cosa distinta es utilizar el texto de otros para refrendar nociones imperantes de autoridad y propiedad. Pero a ojos del plagio, es decir, a ojos de quienes empuñan esta figura para mantener el estado de las cosas, el plagio es ahistórico, transparente, y siempre igual a sí mismo. Nada más lejos de la verdad. El que esta discusión se haya desatado en tantos frentes al mismo tiempo sólo es indicación de que el contexto digital en que vivimos —uno que hace del uso del copy-paste un ejercicio cotidiano— modifica, y esto a niveles tanto estéticos como políticos, el significado de este concepto e, incluso, su práctica.

Este es un artículo estrictamente literario sobre una de las estrategias de escritura más polémicas y abundantes en la era digital: la apropiación de textos que bien puede manifestarse a través del reciclaje, la copia, la recontextualización, y el dialogismo inter o transtextual, entre otros. Tal como lo ha señalado la prominente crítica norteamericana Margorie Perloff, una de las repercusiones casi inmediatas del contacto entre escritura y tecnología digital ha sido la proliferación de textos que privilegian el diálogo, ya sea con textos anteriores o con textos producidos en otros medios, a través de procesos que podrían denominarse como de escrituras atravesadas —todos ellos métodos que le permiten al escritor establecer una participación mayor en la producción y, en su caso, la subversión del discurso público. No es extraño que formas de escritura que se configuraron gracias a citas textuales, ya sea documentadas o no—
en el corpus literario de la lengua inglesa basta con mencionar La tierra baldía, de T.S. Elliot, por ejemplo, o los multilingües Cantos, de Ezra Pound, o, en alemán, aunque para ser precisos en realidad en varias lenguas, la monumental obra de Walter Benjamin en sus Pasajes sean releídas ahora como precursoras de estrategias textuales que, por fin, han encontrado su momento de realización, cuando no de culminación, en la tecnología de la que disponen los escritores del nuevo siglo. A estas estrategias, cuyos orígenes históricos podrían también rastrearse tanto en el concretismo de mediados del siglo XX como en las poéticas oulipianas fundadas en Paris alrededor de la década de los 60s, Perloff las ha organizado bajo el concepto de estética citacionista. Se trata, pues, de un corpus de trabajo fundamentalmente dialógico que cuenta, además, con una enorme capacidad para moverse —para mutar, dirían algunos— entre distintos soportes o plataformas, y que insiste, luego entonces, en la práctica incesante de la re-escritura. Un texto citacionista nunca, luego entonces, es original. Es más: un texto citacionista descree, fundamental y radicalmente, del concepto de originalidad. La invención, esa ilusión tan entrañable para el creador del XIX, ha dado lugar así a la apropiación textual como la marca misma de la revolución digital de nuestros días.

Muchos han reaccionado con suspicacia, cuando no abierto rechazo, ante este nuevo estado de las cosas. Algunos han optado por hacer como si nada estuviera pasando y denostan, como denigrante y denigrada, a toda forma de escritura digital. Otros, viendo amenazado el otrora sacrosanto concepto de propiedad autorial, temen por los efectos económicos y legales que representa esta embestida de los bárbaros. Existen incluso los que, temiendo por el destino de sus regalías, han anunciado que se niegan a escribir más. Pero muchos también han reaccionado con gran entusiasmo, con algo que se parece mucho a un cierto gozo crítico ante las posibilidades de escritura que apenas se empiezan a vislumbrar. De entre todos, tal vez sean los conceptualistas norteamericanos y los mutantes españoles los que han producido las primeras obras abiertamente citacionstas de nuestra época. Ahí está, por ejemplo, la obra completa de Kenneth Goldsmith, cuyo bagaje teórico y didáctico queda brillantemente establecido en su reciente Uncreative Writing. Managing Language in the Digital Era. Este autor, que ha copiado literalmente un número entero del New York Times (en su libro Day), o que ha transcrito también de manera literal los mensajes de tránsito que se captan por la onda corta (en su libro Traffic), y que regularmente da clases sobre los beneficios literarios del plagio en la Universidad de Pennsylvania, fue invitado, por cierto, a la Casa Blanca junto con otros poetas connotados no hace tanto. [Para el lector interesado: en el TL de @roman-lujan encontrarán un buen número de pdf de libros fundamentales en esta tradición, y los pueden bajar gratis].

Los citacionstas de habla hispana, sin embargo, no reciben invitaciones a su equivalente local de la Casa Blanca. Da mucho en qué pensar —y habrá que pensarlo muy bien— que aquellos que empiezan a practicar ciertas formas de esta estética abiertamente y desde perspectivas críticas, como una posición específica respecto a la relación entre autor, lector y texto, sean “castigados” con el secuestro de sus libros con base en argumentos económicos y/o legales, cuando no moralistas, en los que el fantasma del plagio juega un papel fundamental. En efecto, mucho de lo que se argumentó para retirar de circulación el Remake de Agustín Fernández Mallo o para organizar la demanda contra El Alpeh engordado, de Pablo Katchadjian, está enraizado en nociones de originalidad y autenticidad que poco tienen que ver con cuestiones literarias y sí, mucho, con ideas verticales de autor y autoridad, así como con estratagemas de ganancia ya sea monetaria o de prestigio. Bajo los reclamos de plagio, que algunos utilizan como si se tratara de un concepto transparente o tautológico o, peor, ahistórico, se esconde la voraz figura de la propiedad privada y su circuito de poder policíaco.

Sería verdaderamente poco afortunado que esta poderosa reacción conservadora contra las alternativas de producción textual que las tecnologías digitales han traído a la escritura retrasara innecesariamente el proceso de búsqueda de las escritoras del XXI. Y digo retrasar porque estas obras citacionstas son, sin duda, únicamente las primeras de una larga e ineludible lista de trabajos que resultarán de la interacción cada vez más estrecha entre los autores y las cambiantes tecnologías digitales de los años venideros —el exceso textual y el copy-paste incluidos. Seguramente los DJ de hoy miran con una risita socarrona lo que los escritores finalmente se decidieron a enfrentar como propio y como cierto en su campo de acción. Acaso los artistas visuales bostezan con los dilemas de un gremio que, hasta no hace mucho, poco había tenido que decidir respecto a asuntos de tecnología y autoridad. Seguramente habrá muchas más acusaciones de “plagio” en los años por venir. Poco a poco habremos de aceptar, sin embargo, que lejos de ser transparente, su definición misma configura, al menos en términos estrictamente literarios, el campo de contestación y producción del que han emergido algunos de los libros más interesantes, divertidos, irreverentes, y verdaderamente contemporáneos de lo que llevamos de siglo.