lunes, enero 02, 2012

El gordo y los flacos (Diario Milenio/Opinión 02/01/12)

Al peor patrón del mundo lo delatan sus números. ¿Qué decir de un país donde una vida entera de trabajo no se cotiza en más de cien dólares?

1 Embriaguez pitagórica

Según aconsejaba Dean Martin, el mejor remedio contra la resaca consiste en permanecer ebrio. Algo igual de riesgoso podría decirse de los números, que así como son útiles para poner en orden las ideas, suelen pintarse solos para sacar de quicio al más equilibrado. Cierto es que algunas veces la numeralia miente, tanto como que otras expresa las verdades de una manera tan despiadada que incluso la mentira sería preferible. Hoy, por ejemplo, que acometo estas líneas —primer día del año, tiene que haber centenares de millones de mortales sufriendo los rigores de lacruda— me ha servido de poco despertar razonablemente libre de resabios etílicos, una vez que el vacío propio de esta suerte de doble domingo me ha hecho caer en una honda ebriedad numérica, cuya resaca evito aplicando la cura del bueno de Dean Martin. Una vez que los números conspiran en el empeño de desquiciarlo a uno, solamente otros números conseguirán salvarle del abismo. ¿Cuántas noches no han llegado los negros, por irreales que fueran, a rescatarnos del feroz insomnio causado por los rojos, maldita sea su estampa?

Abundan, por supuesto, las noticias que le dejan a uno la conciencia atascada de números rojos. Como aquellas que hablan de los países donde ciertas empresas multinacionales encuentran la manera de explotar a niños y adultos en la maquila de sus productos. Horarios inclementes, pagas misérrimas y situaciones de esclavitud virtual son moneda corriente en estos casos, de modo que más de uno elige combatir el malestar que estas noticias le provocan a fuerza de evitar consumir las marcas identificadas con esas infamias, y asimismo recomendar a sus amistades que se unan al boicot. Funciona, en estos casos, apelar al auxilio hiperbólico de la numeralia. ¿Cuántas horas, digamos, tendría que trabajar un niño hambreado por la maquiladora para comprar tan sólo un par de tenis como los que ésta produce? He ahí una oportunidad de oro para lanzarse hasta el fondo del pozo de la embriaguez numérica y el morbo consecuente. De ahí a calcular los ingresos totales de la compañía y contrastar salarios diminutos con ingresos astronómicos ya no hay casi distancia. Los números invitan, todo es cuestión de seguir embriagándose.

2. ¿Quién dijo esclavos?

Justamente el primer día del año, Georgina Higueras ha publicado en El País uno de aquellos enojosos reportajes que expanden la conciencia hacia abismos donde hasta los más sobrios quedan sujetos a los efectos de la resaca moral. Luego de entrevistar a dos contrabandistas norcoreanos —vendedores de champiñones, cazadores de ranas, importadores a ínfima escala de videos prohibidos— que tras meses de intensa peripecia consiguieron llegar a Seúl, la periodista acude a algunas cifras que ya de por sí expresan la hondura del abismo, como los trece años que un norcoreano debe pasarse en el servicio militar, pero seguramente la más perturbadora de sus cifras tiene que ver con el salario promedio al que puede aspirar: 10 centavos de euro. Esto es, 13 centavos de dólar. Un peso mexicano con ochenta centavos cada mes, o en su caso seis centavitos diarios.

Con el fin de evitar, al menos por ahora, comparaciones drásticas y tragicómicas, tomemos un ejemplo conservador: bajo el régimen de los hermanos Castro, un trabajador adscrito a una maquiladora multinacional gana un salario neto equivalente a 20 dólares al mes, una vez que el Estado le retiene 380 como impuesto automático. Para ganar lo que un afortunado obrero o profesionista cubano recibe cada mes, los norcoreanos deben tallarse el lomo a lo largo de doce años y nueve meses. Ahora bien, si la meta fuese llegar al sueldo bruto de 400 dólares por mes, el súbdito de Kim Jong-un debería trabajar durante poco más de 256 años. En términos realistas, 64 años de trabajo fecundo le rendirían un total de cien dólares. Es decir que si empieza a trabajar a los dieciséis años y ahorra desde entonces la heroica mitad de lo que gana, tendrá a los ochenta años el dinero bastante para comprarse unos tenis baratos, aunque no tenga dónde ni cómo. ¿Numeralia tramposa, ocio fácil, quirofricción mental? ¿Y qué más puede hacerse con tamañas cifras?

3. Engordando la nómina

Sobra decir que la información disponible para el común de los mortales sobre la economía norcoreana suele ser tan dudosa como contradictoria. Supongamos que así es y los norcoreanos ganan en realidad el doble, o el quíntuple, o hasta diez veces más el sueldo aquí citado. ¿Sería siquiera un poco reconfortante saber que se les paga el equivalente a dieciocho pesos mexicanos al mes? Volvamos, pues, a esos 13 centavos de dólar y echemos a volar la fantasía, nosotros que podemos. Pues si para uno resulta complicado figurarse cómo se vive con un sueldo así, la casi totalidad de los veinticuatro millones de norcoreanos son sin duda incapaces de imaginar las dimensiones de un sueldo anual como el de, digamos, Novak Djokovic, quien nada más que jugando al tenis se embolsó en 2011 la friolera de 12 millones y 600 mil dólares. Esto es, el sueldo anual de ocho millones de norcoreanos.

Desde que la televisión norcoreana transmitiera supuestamente en vivo el entierro del sátrapa rollizo, las imágenes de todos esos miles de llorones enjutos han suscitado toda clase de hipótesis. ¿Lloraban por ingenuos, por serviles o nada más buscando salvar el pellejo? ¿Cómo era que berreaban todos al unísono? ¿Cumplían instrucciones, hacían méritos, sentíanse quizás desamparados ante la ausencia súbita del patrón más abusivo del mundo? Podría uno pasarse el reinado completo del rechoncho heredero especulando en torno a estas ideas, sin por ello reunir las mínimas certezas al respecto. Pero ahí están los números y son demoledores. Si hay quienes creen, acaso con razón, que efectuar esas cuentas inclementes significa una triste pérdida de tiempo, ¿qué decir de las dudas sobre si los dolientes del gordolobo lloraban de verdad o hacían de plañideras para no malquistar a sus mandamases? ¿Es menos indignante saberlos oprimidos como esclavos o engañados como niños pequeños? ¿Qué hacer con esta clase de resacas?

domingo, enero 01, 2012

Poesía y política (Diario Milenio/Opinión 27/12/11)

La pregunta que no es posible dejar de plantearse es qué o cuál será la mejor manera de rendir cuentas sobre lo que acontece ahora

La guerra que pelean una férrea casta de tecnócratas neoliberales contra un grupo de empresarios transnacionales que se dedican a la producción y comercio de sustancias hasta ahora consideradas como ilegales ha sumido a México en una de las etapas más sangrientas de las que se tenga historia desde inicios del siglo XX. Interpretar críticamente estos fenómenos es acaso una de las tareas más urgentes en nuestros días para comprender y, luego entonces, proponer alternativas al estado de creciente crueldad y horror. Pensar críticamente en momentos de dislocamiento y ruina, de violencia extrema y duelo, no es cosa fácil. Como lo asegura Achilles Mbembe en relación al reto de pensar África fuera del eje de la teoría occidental, “lo que la teoría social no ha podido comprender es su tiempo [el tiempo histórico de África] como tiempo vivido,no sincrónica o diacrónicamente, sino en su multiplicidad y en su simultaneidad, su presencia y ausencia, más allá de las perezosas categorías de cambio y permanencia tan socorridas por tantos historiadores”. Contra los muchos estereotipos que, más que explicar, oscurecen la compleja realidad de la vida cotidiana y política de África, Mbembe asegura en On the Postcolony que “las fluctuaciones y la indeterminación de estos países no necesariamente significan una falta de orden. Cada representación de un mundo inestable no puede ser automáticamente subsumida bajo la etiqueta de ‘caos’. Pero, reducida por la ignorancia y la impaciencia, dejándose llevar por cierto delirio verbal, slogans, y en general la impericia lingüística, la literatura al respecto recurre con mucha facilidad a la repetición y el plagiarismo, a las declaraciones dogmáticas y las interpretaciones arrogantes, y las conclusiones superficiales están a la orden del día”.

No se necesita ser un crítico avezado para estar en general de acuerdo con Mbembe en lo que respecta a África e, incluso, en lo que podría tocar a la realidad mexicana de hoy. La pregunta que no es posible dejar de plantearse es, sin embargo, qué o cuál será la mejor manera de rendir cuentas sobre lo que acontece ahora. Heme aquí diciéndolo de nueva cuenta: Contra ese estado de cosas, aquí y allá, la poesía. No pienso, por supuesto, en la práctica versificadora que tiende a encerrarse en la torre de marfil de ciertos lenguajes prestigiosos que poco o nada tienen que ver con lo poético. No pienso, claro está, en el lenguaje imperialista (dar voz a otros) y con frecuencia ramplón que, con la excusa de acercarse a la comunidad que la produce, deja de exigirle a la poesía ese práctica de cuestionamiento del lenguaje que la determina. En lo que pienso mientras trato de elaborar un argumento sobre la urgencia y, por suerte, la presencia de una luminosa poesía política en nuestro medio es, sobre todo, en tres libros publicados recientemente en México. Se trata de Degenerativa, de Alejandro Tarrab; El baile de las condiciones, de Oscar de Pablo; y Hechos diversos, de Mónica Nepote. Es posible que estos tres libros no me hayan ayudado a entender (en el sentido meramente intelectual del término) lo que sucede en el país, pero no me cabe duda que me han acercado de manera punzante y riesgosa, de manera humana y crítica a lo que testifico en mi día a día.

En Degenerativa, un ejercicio casi orgánico de apropiación que resulta en una serie intrigante de variaciones y versiones de un material que ya nunca más podrá ser El Original, Tarrab trabaja de cerca con lecturas y otros artefactos artísticos pero no se olvida de dirigirnos “Hacia las maquiladoras, hacia el abismo de las sepulturas/ se entiende este reducto”. Y el lector de Tarrab puede, si así lo desea, detenerse en el casco de las viejas ciudades “donde puede llorar despierto” hasta las periferias que en mucho se parecen a las fotocopias y los loops donde la experiencia se daña y se difumina y cambia.

En El baile de las condiciones, un título que es una referencia poco discreta a un escrito de Karl Marx de 1844, Óscar de Pablo le da la mano a las condiciones de expresa desigualdad y explotación que caracterizan el mundo de hoy y, sin empacho, con inusual sentido del humor y agilidad lingüística y referencias tanto religiosas como históricas, las saca, en efecto, a bailar. De entre todos, sólo comento ese largo poema alrededor y dentro de la fábrica Modelo, donde los turnos de trabajo se transforman en mareas y los trabajadores, marineros imprevistos de una ciudad vuelta toda océano de químicos y de orina y de hartazgo, resisten el vómito y, sí, piden cerveza en el naufragio.

La poesía de Hechos diversos se produce justo en el lugar de la costura del libro que divide (o junta) las páginas donde se llevan a cabo los ejercicios con la sintaxis y las imágenes (a la izquierda) y aquéllas donde se plasma el lenguaje informativo de las noticias (a la derecha o en la parte inferior de la página, pero siempre en otra tinta). La yuxtaposición, que además involucra hechos ocurridos tanto dentro como fuera de México, trae a colación lo nimio, en efecto, pero también los fenómenos macroeconómicos sin los cuales eso nimio —la violencia doméstica, el nombre que se registra con sangre porque de otra manera se olvida, la mirada sobre el cuerpo desmembrado que alumbra la cámara de un paparazzi— no tendría por qué ser registrado. Lejos del facilismo de la representación directa o de la empatía superficial, Nepote pone a funcionar, y con estilete, el nivel de la investigación del lenguaje. En la primera línea del poema “Las muchachas bailan”, por ejemplo, las preguntas indirectas, que se establecen con el uso del tilde sobre el pronombre interrogativo, se atropellan una a otra a través de comas que, lejos de proponer una respuesta o, incluso un terreno propicio para la respuesta, insisten en la pregunta misma. “Dónde están bailando, dónde las muchachas, todas”. En la tercera línea, aparece, se diría que de la nada o de esas condiciones que ha sacado a bailar De Pablo, el primer imperativo: “Digan”, conmina la poeta. “Digan, dónde las muchachas bailan, dónde levantan las manos pálidas, no sus huesos”. Y en ese “digan”, que es plural, va el lector y va también el que no lee. En ese digan, mucho me temo, vamos todos.

Más podría decirse de estos tres libros, pero el espacio apremia: tres de entre los mejores libros de poesía política del México de hoy. Es decir, tres de entre los mejores libros de poesía que han tocado este país.

El proletario epicúreo (Diario Milenio/Opinión 26/12/11)

No sería un fotógrafo, sino un cocinero, quien retratara al hoy difunto líder Kim Jong-il como un glotón excéntrico y caprichoso

1 Un espía en la cocina

La verosimilitud también tiene un límite: cuesta trabajo creer aquello que se anuncia demasiado común, y en tanto ello parece sacado de la manga. Es el caso de Kenji Fujimoto, nombre que pide a gritos ser descreído. Y sin embargo tiene que haber centenares de tipos que se llaman así, de modo que buscar a uno entre tantos sería un trabajo ingrato y quizás infinito. O al menos eso espera el cocinero japonés “Kenji Fujimoto”, autor del bestseller que lo condenó a vivir desde entonces escondido de los esbirros de su antiguo patrón, el virtual emperador Kim Jong-il. Más de diez años trabajando como chef del sátrapa coreano pueden delatar menos al hombre público que al sibarita íntimo, toda vez que el habilidoso Fujimoto era miembro esencial de su selecta corte. Alimentado según la dieta prescrita y diseñada por un equipo de doscientas personas entregadas a ese solo objetivo, Kim Jong-il tenía en su cocinero personal a un facilitador entregado a mimar su exquisito hedonismo, cruzando para ello mares y continentes en busca de materias primas y manjares sin límite para su proletario apetito.

Carne de puerco de Dinamarca, caviar de Irán y Uzbekistán, mango de Tailandia, melones del noroeste de China, mariscos de Japón, cerveza de Praga, papayas de Malasia: Fujimoto viajaba por el mundo, armado de un falso pasaporte dominicano, según a su patrón se le ocurrían nuevos esnobismos gastronómicos. Dueño de un paladar que a decir de su chef era asombrosamente discriminante, el mayor gerifalte norcoreano solía cumplirse súbitos caprichillos imperiales, como invertir tres mil dólares en mandar a su cocinero a un famoso almacén de Tokio por doscientos pastelitos cuyo precio total apenas rebasaba los doscientos cincuenta. Nada tan raro en quien antes había enviado a un emisario de Pyongyang a Beijing con la misión secreta de llevarle a su líder una Big Mac. Con un sueldo de cinco mil dólares mensuales y una vida colmada de privilegios, Fujimotohabitaba nada menos que el edén norcoreano: esa zona entre mítica y mística donde los ciudadanos –por entonces, diezmados a causa de una hambruna que se llevó más de un millón de vidas– imaginan a su líder desplegando atributos divinos para librarlos de todo mal (ahí donde la distancia entre líder y Dios resulta a simple vista inapreciable).

2. Calabozo al aire libre

A lo largo de sesenta y tres años, la dinastía Kim ha controlado la información con el rigor del más celoso de los celadores. Sólo así se comprende que hasta la fecha ignoren noticias como la llegada del hombre a la luna o la prosperidad de sus paisanos del sur, si según diariamente se les informa todo el resto del mundo sufre peores penurias que ellos. Es decir, diariamente a toda hora, si digieren la misma propaganda dondequiera que estén –radio, cine, tv, medios impresos: nadie ahí se destaca ni recibe algún crédito, como no sea el líder todopoderoso– e incluso las familias campesinas son obligadas a tener el día entero prendida una bocina que repite la propaganda estatal como una letanía interminable: lecciones invaluables para quienes ya saben que la sobrevivencia consiste en repetirlas como pericos, so pena de ser estigmatizado por el régimen como aliado indeciso o enemigo frontal: candidatos a una cadena de infortunios que bien puede acabar en el Kwan-li-so. Es decir, cualquiera de los diez campos de concentración donde malvive –y esto es amabilísimo eufemismo– un cuarto de millón de caídos en desgracia no necesariamente por una razón, si todas las razones son una y esa es el culto al líder, dondequiera que esté.

En un país que pasa las noches a oscuras, literalmente muerto por la total carencia de electricidad, parecería superfluo que el gobierno se gaste cien millones de dólares en la edificación del mausoleo de Kim Il-Sung. Ahora bien, no se trata de hacer los clásicos ahorros mal entendidos. Cuando se ha desplegado una misma ficción a lo largo de tantas décadas infames, no es mala idea exagerar un poco la verosimilitud. Cien millones de dólares tienen que ser morralla comparados con el tamaño de la fe que necesita el pueblo para seguir creyendo en la grandeza de su líder, cuyo cumpleaños es una fiesta nacional equivalente a la Navidad. Ya sea que se le ame histriónicamente o se le odie en lo más hondo del alma –actitudes extrañamente compatibles– nadie quiere tener un enemigo de esas dimensiones.

3. Sashimi a la King Kong-il

Según su cocinero, el líder Kim Jong-il no tenía mayor empacho en verse aventajado durante una carrera de jet-skis, pero igual no tardaba en ganar la revancha con un nuevo modelo más potente que todos los de su corte. Podía ser incluso un patriarca justo, cuando menos en su círculo íntimo, donde muy rara vez se le veía rabiar y todo funcionaba para complacerlo. Si otros sátrapas criaron hijos monstruosos y abusivos, Kim Jong-il trajo al mundo a otro bon vivant para reemplazarlo, a saber si no el único golfista de su país, hoy alabado por su propia prensa como “Pilar espiritual y faro de esperanza”. Es decir, todo listo para que el sibarita veinteañero Kim Jong-un encabece la única monarquía teocrática literalmente más papista que el Papa.

Tal parece que nadie sino el falso Fujimoto consiguió retratar a Kim Jong-un –a los once años, en mitad de los noventa– pero sería difícil superar el retrato que logra de su goloso padre a través de una anécdota simple y siniestra, donde cuenta que Kim Jong-il gustaba de un sashimi en tal medida fresco que el pez aún se moviera mientras él masticaba, objetivo que el cocinero cumplimentaba sentado a su diestra, cortando rebanadas de peces aún vivos a los que respetaba los órganos vitales mientras el líder máximo de la República Popular Democrática de Corea las saboreaba con enorme deleite. Un glotón devorándose un pez vivo a rebanadas, en medio de millones de infelices que viven como niños presidiarios y ni siquiera agonizando por el hambre se cansan de alabarlo a la vista de propios y extraños, pues no conocen otra fórmula para la sobrevivencia. Sé que no es verosímil, pero a veces la desventura ajena complementa la buena sazón.

lunes, diciembre 12, 2011

Aquel primer gafete (Diario Milenio/Opinión 12/12/11)

Pereza de especialista

Hasta donde recuerdo —y es seguro que miento, esas cosas se olvidan—, la última vez que escribí sobre un disco estaba en otro siglo y tenía una montaña de ellos enfrente. Todos regalados, casi siempre en montón, de modo que tenerlos ahí delante no era, como pasó al principio, la perspectiva de un banquete lujuriante, sino algo similar a un deber engorroso. Como si esa montaña de discos nuevos fuese un ciento de exámenes en espera de ser calificados, a sabiendas no sólo de que había tiempo menos que suficiente para enterarse de su contenido, ya no digamos interesarse por él, sino encima, y sobre todo, que el calificador estaba lejos de tocar decentemente un instrumento, y esa sola carencia lo descalificaba para otorgar a un producto musical más calificación que la sentimental. Nadie ignora, por cierto, cuan caprichosos y autoritarios pueden llegar a ser los sentimientos, de por sí desdeñosos ante lo demasiado familiar y ávidos de todo cuanto luce más allá de su alcance.

Cierto es que pocos deleites hay tan suculentos para el aficionado como el de hacerse parte de la función que admira, pero vale advertir que el gusto dura poco, una vez que se agotan las fichas de la mística. Imposible olvidar aquella sensación de privilegio extremo que lo cautivó a uno durante la noche mágica de su primer gafete. Hasta que un día el gafete se vuelve, como el coche, un mero requisito de trabajo, que a menudo confina al portador a asistir al concierto desde un palco repleto de espectadores que no se divierten, y si lo hacen se obligan a disimularlo, en el nombre de su estatura crítica. Si alguna vez el portador se vio envidiado por los fanáticos, desde ese palco triste aprenderá a envidiarlos, y con el tiempo simpatizará con ellos desde alguna distancia profiláctica, pues le toca asimismo juzgar a ese público del que hace tanto tiempo dejó de formar parte.

Las olas del deseo

Uno de los auténticos privilegios del culto al gafete consiste en la prerrogativa intermitente de acercarse a personas y personajes de los que aprende cosas invaluables. Philip Glass —durante un tiempo músico de noche y taxista de día— me pidió alguna vez que imaginara la vida atormentada del especialista, que está obligado a ir adonde los demás van por placer, a un ritmo de trabajo esclavizante que atrofia los sentidos aun del más entusiasta. ¿Quién goza cinco, seis conciertos por semana, a lo largo de años de aplicar los rigores del intelecto ahí donde los demás prefieren ser juguete de sus emociones? Entre palcos, camerinos, zonas VIP y pasillos iluminados como baños públicos, la mística se esfuma y en su lugar se impone la simulación. Si antes, en la butaca, era uno dichoso, ahora es oficialmente feliz. Así debe creerlo, y si acaso lo duda puede empezar por preguntarse cuánto le costarían todos sus privilegios, suponiendo que todos tuvieran un precio. De esta dicha aritmética deberá extraer fuerzas para seguir pensándose envidiable y creer que ese monte de discos sin estrenar es un botín que invita a relamerse los tímpanos.

Quienes han obtenido ya miles de canciones gratuitas en formato MP3 saben probablemente de lo que hablo: la adicción a lo fácil y lo gratuito adelgaza el volumen del deseo. A más de una década de aquellos últimos discos regalados, miro el buró y confieso que hay dos montañas de discos sin abrir. La diferencia es que éstos están junto a la cama, y eso porque no caben en el botiquín. Los he comprado todos como quien pone fichas en el tapete verde, no pocas veces presa de acuciantes punzadas en el codo, sólo que tengo tiempo de sobra para que la ruleta gire y gire. Ya sé que se amontonan los placeres pendientes, pero así es el oleaje del deseo. Por su naturaleza veleidosa, los antojos suelen llegar desordenadamente, pues nada en sus dominios huele a compromiso. Son la parte más libre de nosotros y les importa un pito lo que se espere de ellos. Ahora mismo que pergeño estas líneas a lomos del nuevo álbum de Chico Buarque, no me ha dado la gana revisar su alineación de músicos. Y eso que llevo dos semanas oyéndolo. Debería decir: gozándolo sin freno. Con su permiso, no soy especialista.

Palabras sin gafete

No me es fácil hablar de Chico Buarque porque pasa que es uno de esos temas en tal medida íntimos que temo carecer ya no nada más de objetividad, sino de hecho sentido de la realidad. Escucharlo por días y semanas, sin siquiera cambiar de disco porque uno se ha mudado a vivir en esa colección de canciones, transforma en cotidiano lo sobrenatural, y viceversa. Es decir que deja uno de saber si lo que escucha es en sí maravilloso o sólo una ventana que hace ver así al mundo. Pero claro, estas cosas pueden decirse igual de cualquier otro afecto, si al fin hablan más de uno que del tema. Antes, cuando había logrado la dudosa proeza de convertir el gozo en trabajo serial, me ocupaba de conocer de cerca, según yo, la causa del placer a ser narrado. Y ahora que ese placer no es sino una dichosa pieza del paisaje, asumo mi papel de vicioso irredento: no me interesa más que el puro efecto.

Pasar de aficionado a especialista no implica mucho más que conseguir un par de gafetes de prensa y seguir la corriente hacia el palco callado. Hay bebidas gratuitas y área especial de estacionamiento; y hay gente que se pasa dos semanas hablando de una noche como aquélla. Luego les da por irse entremezclando en el recuerdo, pero uno está obligado a manejar los datos con soltura, si no con el aplomo de un divo de la trivia, mientras al otro lado los aficionados sacan jugo a la noche como les da la gana, y siempre que es preciso se exceden como y cuanto se les antoja, sin que se enteren todos sus colegas. ¿Y no es cierto que de esto se trataba la música, antes de que llegara aquel primer gafete? Perdón que no hable más de Chico Buarque, pero ha sido difícil recobrar el papel de aficionado. Adiós, palabras necias. Que se escuche la música.

martes, diciembre 06, 2011

La historia del amor-(Sexenio-Puebla 29/11/11)

Se dice que el amor es el ingrediente principal en todas las historias contadas por el hombre.

El amor como motor del mundo.

El mundo como un todo amoroso.

El amor el ausente cuando nace una guerra.

No hay novela que no contenga una historia de amor.

No existe poema que no refleje un acto amoroso.

Se divulga que el mejor resumen de la Biblia es: amor al prójimo, al otro.

Algunos más, aseguran que se han invertido siglos para explicar cómo ama un hombre a una mujer y viceversa.

Todo ello hace pensar que hablar de amor es sencillo, que cualquiera podría responder con facilidad a la pregunta ¿por qué me amas? o ¿cómo sabes que me amas?; etc.

Lo anterior es la novela del amor, aquí los personajes son secundarios; lo que importa es rastrear al amor.

Más bien, a Cristina Rivera Garza le interesa saber por qué se puede describir al amor, cuando éste ha terminado y eso qué significa.

Amor como un sueño del que tarde o temprano se despertará.

Desear que nunca termine y misterio por saber cómo empezó todo, eso también es el amor.

Amor como un acto efectuado entre dos personas, dos desconocidos conocidos, y después -tal vez- sean dos conocidos desconocidos.

El amor como un juego de espejos, donde se refleja lo que quieres ver.

¿Y si el amor no existiera, si tan sólo fueran palabras?

¿Y si el amor sí existe, pero termina cuando busca explicarse?

¿Si el amor es todo lo anterior y el desamor también?

Lo anterior de Cristina Rivera Garza es una novela sorprendente, donde las palabras se vuelven el papel central. No hay novela de ella que no atrape, que no deje con la sensación de más cucharadas de ficción; pero también no hay novela de ella que no deje al lector con una sensación de locura.

Una novela de escepticismos donde no importan los nombres, ni el sexo; tan sólo interesa saber qué pasa con el amor.

El amor como protagonista de un presente (lo que se vive) o de un posible futuro (lo que se espera), que corre el riesgo de convertirse en pasado (lo anterior).

Hic sunt leones (Diario Milenio/Opinión 06/12/11)

Había ido al parque para ver las nubes. No lo hacía a menudo. De hecho, no lo hacía casi nunca y mucho menos entre semana. Pero atravesaba una de esas crisis veraniegas que lo dejan a uno con poca energía, muchas dudas, y ese característico sabor agridulce sobre la lengua. Sumido en un dilema sin nombre, sin rostro, me puse ropa de ejercicio para camuflagear mis verdaderas intenciones y, una vez en el parque, lo único que hice fue recostarme sobre el pasto, boca arriba. Las nubes eran de un blanco casi iridiscente a esa hora de la mañana.

-Son bonitas, ¿verdad? -me preguntó una muchacha de pantalón de mezclilla y camiseta holgada. Su interrupción me molestó. No había ido al parque para buscar compañía y mucho menos plática.

-Sí -le dije, cortante, dándole a entender que esa era mi última palabra. Ella no entendió el mensaje y, en lugar de seguirse de largo, se sentó a mi lado. Abrió su mochila de explorador y sacó una cajetilla de cigarros.

-No fumo -le informé cuando me ofreció uno de sus tabacos.

-Hace bien -comentó a la distraída-. ¿Cree que llueva hoy?

No le respondí lo que pasaba por mi mente y cerré los ojos. Así estuve largo rato, poniendo atención a los ruidos del tráfico y al murmullo lejano de gente caminando de prisa. Mientras tanto pensé en la oficina oscura donde pasaba gran parte de mis días garabateando números y memorándums. Luego, sin poder evitarlo, pensé en la mujer energética que había dejado nuestra cama matrimonial a tempranas horas, dispuesta a conquistar al mundo con la voz firme y sus pasos largos. No escuché ningún pájaro en el parque, ningún otro ruido animal. Sólo me decidí a abrir los ojos cuando supuse que la muchacha de la interrupción ya se había marchado.

-¡Pero si sigues aquí! -exclamé con sincera sorpresa cuando levanté los párpados.

-Pues dónde más iba a estar -me contestó como si de verdad no hubiera otro sitio en el mundo para ella. Después sonrió con un mohín amplio, ligero. Bajo un flequillo desigual, sus ojos negros me miraron abiertamente, con calma. La confianza de su gesto me asustó. Por un momento pensé en Miriam, la niña terca que Truman Capote inventó en uno de sus cuentos. ¿Qué tal si se pegaba a mi vida y ya nunca desaparecía? Me acordé también de las ladronzuelas urbanas que ciertas canciones de moda han inmortalizado, pero la muchacha no era tan hermosa ni tampoco parecía interesada en aventuras eróticas. Luego pensé en las lolitas de Hollywood, seguidas por las mujeres fatales y las vampiras. Un aire de amenaza nubló mi día. Fue entonces que quise escapar, pero el peso de mi cuerpo me mantuvo exactamente donde estaba: sobre el pasto, boca arriba, en posición de crucificado.

Ella se recostó junto a mí.

-Ésa parece un barco -dijo, señalando una nube con su cigarro encendido. No era cierto pero, inmovilizado por el miedo como me encontraba, no osé contradecirla.

-Y ésa, la de más allá, ¿la ve? Ésa tiene forma de león -continuó sin tomar en cuenta mi silencio. Para entonces ya había olvidado el dilema que me llevó al parque y una angustia nueva, diferente me invadió por completo. Hic sunt leones. La frase llegó entera a mi cerebro y ahí se deslizó con una lentitud pasmosa. En los mapas antiguos, recordé, esa oración indicaba territorios inexplorados.Terraincognita. Los ecos de las palabras juntas retumbaron dentro de mi cráneo. Con el ruido dentro de mi cuerpo, me volví a verla una vez más. La posición de su cuerpo, sus palabras, hasta el cigarrillo entre sus dedos parecía normal. Era sólo una muchacha, tal vez una estudiante con algo de tiempo extra o una desempleada sin mucha preocupación por el futuro. En cualquier caso, no había explicación racional para mi súbita inmovilidad y tampoco para el sudor frío que empezaba a cubrir mi frente. Un cosquilleo absurdo en mi mano derecha capturó mi atención y, cuando logré divisarla con el rabillo del ojo, me di cuenta que había una hilera de hormigas atravesándome como a una montaña en medio el camino, un obstáculo más. Entonces volví a cerrar los ojos deseando con toda el alma que la muchacha tan sólo fuera una alucinación, una de esas imágenes que aparecen y desaparecen sin dejar mayor huella. Deseando que el parque fuera imaginario. Deseando que lloviera.

-Tienes miedo ¿verdad? -me preguntó finalmente sin dejar de observar las nubes-. Es normal -añadió después de un rato de silencio.

-¿Qué es normal? -inquirí con voz malhumorada, ya dentro del terror. Era la primara vez que yo le preguntaba algo. Al mismo tiempo intentaba mover los brazos sin conseguirlo.

-Cuando la gente se vuelve loca, ya ves, así pasa -comentó como si se estuviera refiriendo a un resfriado-. Cada quien tiene su manera.

La observé una vez más y no volví a encontrar nada excéntrico en ella. Traté de decir algo gracioso o algo complejo, pero cuando abrí la boca sólo pude balbucear algo sin sentido.

-No te preocupes -insistió-. Es normal.

Me tocó el hombro derecho y me vio con una misericordia tibia y llana. Parecía que ella me entendía mejor que yo. Luego volvió la cara al cielo y empezó a incorporarse.

-Va a llover muy pronto hoy -aseguró. Traté de mover un brazo para detenerla pero no lo logré. Lo único que pude hacer fue seguirla con la mirada hasta que su cuerpo desapareció entre las frondas de los árboles. Volví a cerrar los ojos. Añoré como nunca antes el espacio oscuro de mi oficina, el hueco tibio dentro de la cama, la mujer de energías múltiples con quien la compartía. Las cosas que se habían quedado atrás, perdidas para siempre. Entonces una gota fría se deslizó por mi cuello. Hic sunt leones. Más al rato le siguió una tormenta sin rayos y sin truenos.

lunes, diciembre 05, 2011

Devuélvanme mi acento (Diario Milenio/Opinión 05/12/11)

Camino sin señales

Hasta donde recuerdo, revisé tantas veces aquel primer artículo que me sentía tranquilo frente al ojo del jefe de redacción. Encontraría tal vez algún vicio sintáctico, pero nunca una falta de ortografía, me jacté mientras lo miraba recorrer cada línea sin levantar el lápiz, hasta que se detuvo en la palabra fue. Decía “fué”, que es como había yo aprendido a escribirla, pero mi corrector fue despiadado. “Esa ya sólo la acentúan los viejitos”, me hizo un guiño sonriente y tachó para siempre aquel acento, pues desde esa ocasión nunca más volví a usarlo. Es cierto que al principio me daba la impresión de que faltaba énfasis, cual si el “fue” sin acento pareciese menos definitivo, pero al cabo de algunos cuantos usos el acento perdido se reveló como era: superfluo y redundante. No caben dos sentidos en la palabra fue, ni el acento prosódico cae en lau. Y lo mismo sucede con fui: el acento en la i le va como un bombín encima de la cachucha.

No soy especialista, sino usuario frecuente. Como todos los niños, detesté los acentos mientras no supe cómo y dónde ponerlos. Parecía muy difícil, al principio, tanto que más de uno contrajo esa costumbre gañanesca de escribir solamente con mayúsculas, y que equivale a hablar a grito pelado, pero conforme el idioma fue requiriendo de usos más sofisticados descubrimos que aquellos tildes quisquillosos brindaban un servicio inigualable a la hora de emplear palabras nuevas o leer en voz alta, por ejemplo, pues fungían como señalamientos providenciales a la hora de pronunciar y enfatizar. Por más que uno conozca las palabras en sus varios sentidos y crea tener un cerebro veloz para desentrañar los entuertos verbales, un texto en español que no contiene acentos se parece a un camino rico en bifurcaciones pero vacío de señalamientos. Quien no conozca de antemano esas líneas y pretenda leerlas en voz alta sin un previo repaso, estará condenado a tropezar indefinidamente.

El tilde rescatista

Se equivoca quien piensa que el acento es algo así como una exquisitez francamente opcional, cuando su uso no es menos necesario que el de los barandales en las escaleras o los estribos en los autobuses. Cierto que es un recurso algo elegante, pero asimismo cumple una función social, pues garantiza a quien sabe leer que sabrá pronunciar, por el mismo boleto. Si al aprender inglés uno comete cientos de errores vergonzosos en la pronunciación (¿alguien se ha dado cuenta, por ejemplo, del favor que le haría un acento en la o a la palabra orchestra?), el español se vale de diéresis y acentos para evitarnos tales papelones. Gracias a ellos, la ignorancia se transparenta menos, y de pronto con ella la extranjería, que a los ojos del discriminador equivale al pecado original. ¿Y no es cierto, además, que basta con saber poner el énfasis en algunos acentos para que la lectura monótona y tediosa se transforme en arenga, confesión, juramento, súplica, amenaza, declaración, sarcasmo, sugerencia, exigencia? ¿No define el acento la música del texto?

Hoy, no obstante, de todos los acentos me preocupa sólo uno. Y me preocupa tanto porque aquí mismo, en la línea anterior, habría dado igual escribir “solo uno”. Peor todavía, ese acento esencial que hace la diferencia entre la soledad y la unicidad es hoy día un señalado anacronismo, además de una falta de ortografía. Semana tras semana, en este mismo espacio, tengo que decidir entre escribir de acuerdo a mis necesidades y las de la gramática vigente, nada más se me ofrece usar esa palabra: sólo. Envidio de repente a los angloparlantes que tan bien se la llevan con el only y el lonely, que serán más corrientes pero al menos no tienen nada que perder. Regatearle el acento a la palabra “sólo” es lanzarla desnuda a los dominios de la ambigüedad. Nunca será lo mismo decir que Perengano llega únicamente por la noche que afirmar que ha llegado a solas por la noche, pero si para ello contamos nada más con la palabra solo y no existe un acento para ayudarnos, lo probable es que gane la confusión. ¿Que debe uno entender, así las cosas, cuando escucha que Perengano llega solo por la noche? ¿Parecería extraño si además nos dijeran que viene en compañía de su familia, o que piensa quedarse una semana? ¿Y qué decir de aquél que afirma que “hablará solo por esta ocasión”? ¿Nadie tiene un acento que le rescate del malentendido?

Only me

“Solo” es sólo un ejemplo del absurdo. O también, si se quiere, un solo ejemplo. Parecería lo mismo, pero es tan diferente como dos mismas notas en escalas vecinas. Cambia el matiz, y con él la intención. La falta del acento le resta claridad a la idea, de forma que al final de la oración el flujo se interrumpe para hacer deducciones apresuradas: ocurrencia fatal cuando se lee en voz alta buscando alguna cierta entonación dramática, y la falta de algún acento indispensable provoca una lectura accidentada que rompe abruptamente con el hechizo. Y todo porque no hubo cerca un viejito aferrado que plantara el acento donde más falta hacía.

No ignoro que estas líneas tienen perdido el juicio de antemano. Si hasta hoy he conseguido que algunos de mis textos lleguen hasta la imprenta infiltrados de al menos uno de esos acentos polizontes, más temprano que tarde se multiplicarán las manos y las máquinas resueltas a sacarme a empujones de mi necedad. Una cosa, no obstante, es verse despojado arbitrariamente de una función vital y otra muy diferente callar y obedecer. Como usuario frecuente del idioma español, tiendo a abusar de términos como ese “sólo” que hoy se mira tan solo sin el acento que le daba carácter, y es así que me opongo a la barbarie de dispensar lo que es indispensable, por más que haya quien piense que un entuerto como éste cabría sólo en un asilo para ancianos. Sólo, he dicho, por más que esté mal dicho. Y si efectivamente llego a anciano, me recrearé pensando que me he quedado solo con mi acento, pues nadie más lo pone. Sólo yo.