lunes, agosto 08, 2011

Siempre otro el que quiere (Diario Milenio-Opinión 02/08/11)

De repente, sin que existiera una verdadera decisión de por medio, me desabotoné la blusa y señalé, con una pequeña navaja de bolsillo, el lugar de la incisión.


Me dijo que quería que le diera el corazón para romperlo y darme el suyo. Lo miré por un largo rato sin decir nada. Un popote de plástico entre los labios. La mosca contra el ventanal. Supongo que lo meditaba bien o que consideraba, al menos, algunas de las posibilidades. El dolor, por ejemplo. El lugar donde pasaría la recuperación. Los días libres que tendría que pedir en mi trabajo. Eso sin tomar en cuenta el engorroso asunto de las compatibilidades. Los estudios. Los idas y venidas al laboratorio. De repente, sin que existiera una verdadera decisión de por medio, me desabotoné la blusa y señalé, con una pequeña navaja de bolsillo, el lugar de la incisión. La temporada se prestaba para los grandes gestos.


—Sería aquí, ¿verdad? —dije. Debí haber tenido una cara angelical durante el proceso.


El sonrió, complacido. Y luego empujó un poco mi mano hacia la derecha.


—Aquí —corrigió. ¡La delicadeza de su gesto! Nunca antes una mano más verosímil o más leve. Sus cinco dedos.


Las ganas de sacarme el corazón se multiplicaron en el acto. Lo besé. Es mejor decir: tomé su boca. Labios contra labios, dientes. Introduje mi lengua por la hendedura de su boca y, luego, embarrada de su saliva, procedí a besar su ojo derecho, su oreja, su mejilla. Besar es en realidad lamer a veces. La lengua sobre su cuello y, luego, sobre la nuca y, más tarde, sobre las vértebras cervicales. Una. Dos. Tres. Temblaba. Cuando comprobé que temblaba, arremetí con más fuerza. . El trepidar de la sangre. El latir bajo la piel de las sienes o de las muñecas. Más que una decisión, un contagio. Le pedí que levantara su brazo para pasar la lengua sobre los vellos de la axila.


—Aquí —dijo luego, señalándose el pecho. Y guió la mano que todavía empuñaba la navaja de bolsillo hacia su tetilla izquierda. Ir de un punto a otro. Dirigirse a. Deslizarse por. Los mapas se hacen de líneas pequeñísimas.


No dejaba, mientras tanto, de considerar la posibilidad. Lo besaba, eso es cierto, con cierta voracidad. Lo tocaba palmo a palmo, la mano convertida en una especie de marca de agua sobre la misiva de su torso y de su tórax y de su escápula anterior, y no dejaba, mientras eso sucedía, de considerar la posibilidad. Los corazones se rompen todo el tiempo después de todo, me decía. Hay miles de canciones al respecto. Hay poemas. La industria cinematográfica se alimenta de eso. La mano sobre su espina dorsal, el glúteo medio, el trocanter mayor. Incluso cuando nadie los pide con antelación, se rompen. Incluso cuando el corazón se queda ahí, solitario cazador, latiendo entre las vértebras dorsales, las costillas y el esternón, se rompe. La pelvis contra la pelvis; el abrazo de las piernas. A cada rato, en efecto. Por razones nimias. Sobre todo cuando no hay nada con que sustituirlo, cuando no hay nada que poner en su lugar, sobre todo en esas circunstancias, se rompe. Ve uno a tanta gente con la caja torácica en vilo por las calles. ¿Por qué no darle el corazón en esas circunstancias a alguien que me lo pedía con cierto decoro y que, al hacerlo, me decía sin tapujos lo que haría con él?


Pensé en el regadero de sangre. Las moscas. Las miradas de los pordioseros y de los niños. El súbito arribo de la ambulancia.


—Pero si me das tu corazón, qué pondrás ahí —pregunté, verdaderamente intrigada. Las preguntas clave suelen surgir justo en el penúltimo momento. El dedo índice sobre su pecho, estático. La mirada directamente sobre sus rodillas. Un hueco es un hueco es.


La interrogante pareció incomodarlo. Bajó el brazo y desenrolló la camiseta hasta volver a cubrir una vez más su axila. Luego de carraspear un poco, se incorporó.


—Pues me pondré otro —dijo como al descuido, tratando de ocultar cierto tono de hartazgo en la voz. Fue entonces que aprovechó para encender un cigarrillo.


—Pero ¿de quién? —pregunté a mi vez. Tal vez era el sabor de su sudor dentro de mi boca lo que me forzaba a seguir adelante. Un ejército en marcha. Un regimiento decidido a conquistar una ciudad. El lema: No hay que tomar prisioneros. Los trenes a veces se descarrilan de esa manera.


—De alguien; no sé —mencionó en voz muy baja. Balbucir, eso es lo que hacía. La mirada en el techo o el cielo, imposible saberlo a ciencia a cierta. Su mano, de repente, sobre mi cerviz. Una mujer que se inclina—. Haces demasiadas preguntas —añadió.


—Pero con eso dentro de ti —dije y alcé la cabeza al mismo tiempo—, ¿cómo podrás? —no fui capaz de seguir. El pudor suele causar más interrupciones de las que creemos. La vergüenza. La vergüenza que, según el diccionario, no es más que una “turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena”. Del latín verecundîa.


—¿Cómo podré qué? — preguntó, tomándome el rostro con ambas manos, obligándome a verlo de frente —. ¿Cómo podré quererte así, quieres decir?


Tuve que asentir. Lo único que puedo argumentar a mi favor es que lo hice en silencio y que pensaba, mientras tanto, en otra cosa. Pensaba, de hecho, más que nada, en su barbilla. Pensaba en lo hermosa que era, desde ese ángulo preciso, su barbilla. El nacimiento abrupto del vello. La boca.


— Siempre es otro el que quiere — aseguró —. Siempre es así, ¿no te habían
dicho?


Dejó mi rostro de lado entonces y sonrió. Luego, se incorporó de la mesa sin dejar su cigarrillo. Expulsó el humo. El humo formó cuerpos que chocaron contra el ventanal. La mosca se asustó. Un popote rodó por el suelo. Todo pasó tan rápido que apenas si pude abotonarme la blusa y colocar la navaja de bolsillo en el interior de mi bolsa.


La vergüenza también designa las partes externas de los órganos humanos de generación. Eso dice el diccionario. Las definiciones son absurdas con frecuencia, juro que eso fue lo único que pensé cuando crucé el umbral de la puerta y subí el cuello de mi abrigo y coloqué la mano derecha sobre el pecho que latía. Aún.


[mientras escuchaba “You look so fine”, en versión de Garbage y Fun Lovin’ Criminals Mix]

martes, agosto 02, 2011

El rencor astigmático (Diario Milenio/Opinión 01/08/11)

Qué difícil es ser civilizado ahí donde la belleza convoca sin saberlo al rencor y el horror y el odio es pegajoso como boñiga fresca


1. Odiarás a tu prójimo como a ti mismo


No siempre de la vista nace el amor, y más raro es aún que éste nazca del odio, cuyos vástagos suelen ser imbéciles sonoros, pues para el caso lo común es que el amor, llegado un cierto estado de descomposición, sea propenso a engrendrar odios ciegos y pútridos cuyo acreedor en turno podría ser cualquiera. O casi, porque el odio nunca es del todo ciego; en todo caso es miope, astigmático y tiene serios problemas de enfoque. Nada que no padezca ya el amor, de manera que basta con oprimir unos cuantos botones para que aquel manjar tan deleitoso se transforme en carroña agusanada. “Al fin que ni quería”, ruge de rabia el pecho del jamás amado, que sin embargo amó hasta el fin de su fuerza, ingenio y corazón, razón más que bastante, le parece, para aplicar el peor de los castigos a su prenda imposible, por no haber apreciado cuanto que se le entregó sin condiciones, o más exactamente dando por hechas las condiciones, mismas que se reducen a una sola cláusula que convierte al amado en deudor: has de ser para mí o para nadie.


Hace casi siete años que Ameneh Bahramí rechazó la última de las propuestas matrimoniales de Majid Mohavedí, un ex compañero de la universidad con quien jamás había tenido relación, y no obstante la amaba desde una timidez que resolvió en principio convenciendo a su madre de pedir su mano, y después a través de un acoso tenaz y enfermizo que iría envenenando sus sentimientos conforme los rechazos de Ameneh ganaran contundencia y su sola sonrisa pareciera, a los ojos del furibundo Majid, una burla que a gritos pedía reprimendas. Con el amor podrido y el aliento apestando a revancha, Majid fue tras Ameneh armado con un frasco de color rojo, decidido a hacer cierta una visión, según confesó luego, según la cual su muy odiada amada ya nunca más vería el sol y el cielo azul. Nada más la alcanzó, a media avenida, Majid le vació el frasco de ácido en los ojos y pegó la carrera. Una vez detenido, explicó el agresor: “Quería que fuera mía para siempre”.


2. Intermezzo noruego


Pocas cosas sacuden tanto la conciencia de las personas civilizadas como enterarse de las atrocidades que perpetran las incivilizadas, pero al cabo les queda ese consuelo. “Gente ignorante”, se consuela uno. “Países atrasados”, lamenta otro. Pues no sólo se trata de explicarse el horror, sino de acomodarse más allá de su alcance. Porque claro, esas cosas aquí no pasan… hasta que pasan. Y entonces asistimos al horror, o más exactamente a la necesidad de entender el horror, ponerle nombre, aislarlo, acorralarlo, definirlo y sumarlo a la lista de excepciones que en su papel de tales no tendrían por qué quitarnos más el sueño. Mientras eso sucede, no está de más echar un ojo a cierto detalle, perdido entre los terabytes de información que ha circulado en la última semana sobre el terrorista noruego Anders Behring Breivik: parece que en su senda de asesinatos a lo ancho de la isla de Utoya el perturbado mostró cierta debilidad por las chicas bonitas, a quienes disparaba en primer lugar.


Como a estas alturas todos sabemos, Breivik se ve a sí mismo como un combatiente antimusulmán, pero he aquí que en lugar de intentar su cruzada en un país islámico, donde el precio habría sido incomparablemente más alto, elige como blanco a noruegos muy jóvenes que acampan juntos en una isla poco menos que encantada. Son modernos, politizados, liberales. Es decir, unas víctimas muy similares a las que elegiría un extremista wahabí. ¿O no es obvio que se están divirtiendo bajo las condiciones más propicias para favorecer la carnalidad? ¿No siguen esas chicas sonrientes y contentas provocando con su belleza desdeñosa la rabia y el rencor de aquellos que no atinan a alcanzarlas? ¿Quién si no la más guapa debe pagar por tanta frustración? No estaría de más traer a cuento la edad que los guardianes de la revolución islámica iraní han fijado para considerar a un menor de edad penalmente responsable, y por tanto acreedor potencial a cualquier sentencia, incluyendo la muerte por ahorcamiento o lapidación: hombres a los 15 años, mujeres a los 9. Da horror imaginar el destino probable de una niña bonita. Porque ellas son el blanco, ¿no es verdad? La impotencia se ensaña siempre con las bonitas.


3. El perdón de Ameneh


Ciega, desfigurada y en la ruina, Ameneh Bahramí logró que la sentencia de su agresor, quien hasta entonces iba a morir ahorcado, fuera permutada por la ley del talión, todo de acuerdo con el derecho vigente. Es decir que Ameneh —o quien ella eligiese, dada su ceguera— vertería veinte gotas de ácido en uno de los ojos de Majid Mohavedí. ¿Y por qué sólo en uno? Porque de acuerdo con la ley iraní la vida de una mujer vale sólo 50 por ciento de la de un hombre. Si la quejosa quería cegarlo de ambos ojos, tenía que pagarle como indemnización una cantidad cercana a los treinta mil dólares. Legalismos babilónicos, pues. Todo lo cual horrorizó a la fracción civilizada del mundo, al extremo de enviar a Ameneh toda suerte de peticiones y súplicas de clemencia para el infame que habíala convertido en monstruo. ¿Cómo admitir tamaña salvajada? Por su parte Majid, que hasta la fecha sigue terco en casarse con Ameneh, suplicaba que mejor lo mataran, antes que proceder a cegarlo con ácido, allí donde al ladrón se le corta la mano con sierra eléctrica.


Da grima imaginar el patíbulo oftálmico montado especialmente para la ocasión. Un aparato para inmovilizar no sólo la cabeza sino el cuerpo completo. Otro para dejarle los párpados abiertos. El gotero con ácido. Pero he aquí que minutos antes de cumplirse la sentencia, Ameneh tuvo piedad y reculó. Una actitud sin duda decepcionante para los partidarios del código hamurábico, pero tal vez la única salida que permitía a la víctima librarse de quedar asimismo desfigurada por dentro, y peor aún: idéntica al verdugo que la desgració, si ahí donde no hay amor cada quién es igual a lo que odia. Ahora bien, no siempre es uno tan civilizado. Sería mustio negar al demonio interior que de pronto se para al lado del teclado y en el sagrado nombre de la belleza recomienda vaciar ese gotero donde corresponde. Del odio nace el odio, cómo no.

miércoles, julio 27, 2011

El látigo magenta del alma (Diario Milenio/Opinión 26/07/11)

La poeta canadiense Lisa Robertson ha reparado en un mineral, la lucita, para de ahí generar un conjunto de textos que responden a su gran inquietud por la experimenetación literaria


El látigo magenta del alma de Lisa Robertson, el libro que la poeta canadiense llamada Lisa Roberston publicó en el 2009, inicia con una referencia a un mineral de difícil descripción pero de relativo fácil acceso conocido como lucita. Una forma transparente de plástico. Un polímero. Algo cuyos componentes podrían encontrarse en la naturaleza pero que pudiera ser también manufacturado. Sobre todo: un nombre. “Siéntanos gentilmente sobre la lucita y te diremos cómo nos llegó el conocimiento./ Primero el lodo informe se suavizó, produciendo putrefacción, lujuria e inteligencia, glóbulos de perla, montones de cosas enjoyadas como hurones, pequeños teatros de mica, una bolsa que contiene todos los horribles olores del día. Luego sólo esa vocal, pronunciada y aludida y a punto de expirar; inclinándose, abrazando, mirando fijamente. Con nuestra garra diseñó la identidad por el bien de la comida. Yos, dice, alimentándonos, los adoro, lo saben bien. Como un niño soplando desde un árbol, decidimos que esto lo arreglaba todo, que éramos libres. Nos preparábamos para el futuro de manera incesante”. Que de ahí, de esa lucita original, las páginas nos conduzcan por una serie de textos que igual pueden responder al nombre de poemas, cartas, confesiones, proyectos, traducciones, lamentos, utopías, o ensayos, no es extraño del todo en una poeta que se ha asociado a la experimentación con los límites del lenguaje, igualmente influenciada por los así llamados language poets (especialmente Leslie Scalapino y Lyn Hejinian) que por la enunciación peculiar del latín cuando se incorpora a las iteraciones del inglés. Algunos de los textos de su látigo del alma, de hecho, son re-escrituras o intervenciones directas a textos de, entre otros, Lucrecio. Pero ésta no es la escritura de una experta en los clásicos (a la manera de Anne Carson, por ejemplo), sino más bien de alguien a quien le interesa ver a través de otra lengua, construirse a través de otras enunciaciones, y ante todo fabricar un léxico desde su presente para su presente. Erudita es una palabra que aparece con frecuencia en las críticas de su poesía, pero también respladenciente. Aquí apenas una sección del inicio de este libro que recoge textos publicados en los últimos 15 años de su producción.

EDUCACIÓN TEMPRANA

Diseñé mi propia pasividad. Te la presento por mi cara, por tus entrañas, y en nombre del espacio humano. Nací en una pequeña ciudad bronca, sitio de invenciones rápidas que se disolvían activamente en el cielo de acero. La ciudad era una ruina centelleante y chupada hacia arriba.

I.
las grandes virtudes son numerosas y la sabiduría tiene una magnitud risible. la circunferencia de la criatura humana es su propio testimonium, su gran resistencia mortal en tanto criatura es una puerta líquida. nuestros corazones son inteligibles. para excitarte e incitarte te contaré los modos de mi infelicidad pasada. ¿debería invocar a la necesidad o al destino? el elemento del quomodo que invoco es increíble. todos los dioses son dioses de una tumba. ¿qué es sin el predicado? cantemos para el dios que lo requiera. cantemos también para nuestros enemigos. quarem te, invocans te et inventaré credens in te: un predicado es un enemigo noble y mi fidelidad es mi propio desastre, inspirasti mihi per sentimiento humanitatem con su discurso.

(Otra versión del mismo inicio es más simple y más directo: en la larga ciencia de la sumisión es la mente la que, de una quieta manera espectacular, desabrocha los cuerpos y abre la cara).

II.

el dominante está acunado dentro de mí: ¿cómo le llamarías a eso? cuando discutimos y cuando festejamos, ¿cómo le llamarías a eso? puesto que tua quid quid se desvanece, se ha desvanecido, este quidquid que es tu nombre.

todo lo que es feral en mí, cualquier ser que soy, roe mi docencia. invoco al dominio para desatarme.

no tenía enemigos, ni familiares, ni reloj. el tú dominante llenaba los senos de la enfermera y me enseñaba a beber abundantemente. te cuento de cosas que no recuerdo, sólo esto, fabulando y sorbiendo, sorbiendo y fabulando, muy similares. et cum non intellecto me obsessit, non subditus indignation, no servitude. quam sientes es mi nutriente. dominant qui est samper vivus y nada en nosotros tu creasti et realmente instavilium et immutable. quam illa intra matriz visceral? dominante mi palabra suave, ninguna memoria me pudo haber preparado para tu tierra. soy la primera amamantada entre multa, tu artificio, tu animal, chillón con sus gritos, chillón con su hambre y amoroso con su hambre y hambre.

III.

escucha a las mentirijillas humanas. el misterio dicta. recuerdo las mentirijillas de mi infancia, una mentirijilla por cada latido del corazón preparado por la tierra. ¿me conmemorará esto? ¿dominante me recuerdas? mi ego está hecho de leche, abundantes fuentes de leche, mis dominantes, mis propias, que se dedican al illuminant corpus, instructoras de los sentidos, de tal manera que les hablo en las sílabas de tu nombre dominante y como algo extra hago para ti un nido de mis muslos ordinarios, tu, forma et lege.

ergo dominant para ti tengo la fidelidad de la zorra un lechón un enemigo un nombre multum tantas fidelidades y olvidos para ti son sombras y concepto sin memoria sin vestigio sin necesidad.

(CONTINUARÁ)

lunes, julio 25, 2011

La historia del amor zen-(Sexenio-Puebla 19/07/11)

Participar de la vida diaria y optar por una actitud contemplativa ante los problemas. Tomar la decisión adecuada en el momento preciso. Asumir las consecuencias, respirar y continuar. Algunas de las características que refleja uno de los personajes de La profundidad de la piel, novela que Pedro Ángel Palou publicó bajo el sello editorial Norma, dentro de la Colección La otra orilla -previa a la aparición de Pobre Patria Mía-, razón por la cual ha sido una novela tan injustamente valorada.

Con esta novela Pedro Ángel Palou regresa a una narrativa atractiva, ya experimentada en Qliphoth. Donde existe una fineza para combinar el erotismo con una prosa poética.

En Qliphoth, los personajes son más carnales y reflejan una soledad asfixiante. En esta nueva novela, la soledad sigue haciendo acto de presencia sólo que es una soledad asumida, ahora no se huye de ella, se va hacia ella.

La profundidad de la piel es la historia de dos personajes: la de “la mujer de cuello largo y cuerpo de oboe”, que cuenta de qué forma le marcó la relación amorosa sostenida con “el pintor del mundo flotante” -su maestro en el arte de la pintura y en el arte de tomar el té. La otra historia le pertenece al narrador, que recorre una larga distancia para ir a escuchar la anécdota amorosa de “la mujer de cuello largo y cuerpo de oboe”. Su amiga de toda la vida. Aquí se desarrolla otra historia de amor, donde los cuerpos se buscan, se encuentran; pero los sentimientos fracasan.

Una novela que a lo largo de su narrativa cala profundo; al mismo tiempo que es un remanso de calma. La profundidad de la piel -como él dijo en una entrevista dada para un medio colombiano-, no hubiera sido posible sin haber practicado la meditación budista. Novela que, a diferencia de todas las anteriores, fue concebida a la antigüita: a mano.

La profundidad de la piel (si se sabe leer entre líneas), es el punto de partida que da origen a su poemario Catálogo de las aves.

Quien se acerque a esta novela terminará cansado, pero seguro se reconciliará con alguna de las facetas que en algún punto de la vida han desarrollado: la del amigo que ama en secreto o la del amigo que vira para otro lado, sin darse cuenta de lo que tiene en frente.


Adiós, lectura opulenta (Diario Milenio/Opinión 25/07/11)

1. El papel del papel


A mí también me gustan más los libros de papel que los electrónicos, pero tampoco sé qué tanto más. ¿Un veinticinco, un cien, un quinientos por ciento? ¿Qué tanto pagaría felizmente con tal de que mi libro fuera de papel? ¿Cinco veces su precio, diez, quince? Descontando las prestaciones más notorias de uno y otro formato, así como sus obvias insuficiencias, la diferencia más notoria entre ambos tiene que ver con su costo de producción. Traer al mundo un libro electrónico cuesta lo mismo que fabricar cien millones. Del otro lado, el presupuesto suele ser astronómico. Papel, tinta, impresión, encuadernación, almacenaje, distribución, transporte, exhibición, espacio, merma, comisiones: por más que sea posible ahorrar en cada uno de esos rubros, no se puede evitar que hasta el más económico de los libros de papel resulte ser artículo de lujo. Especialmente si se le compara con el costo de producción y distribución de uno electrónico. Extrañamente, los que hasta hoy he comprado para el Kindle me han costado más o menos lo mismo que uno de papel, y si al fin he pagado ese precio abusivo ha sido por ahorrarme el flete y de paso justificar la compra del aparato. ¿Qué es lo que huele mal en este asunto?


Se ha sabido que Amazon ofrece a los autores la publicación y distribución de sus obras, con regalías de 70%. Tal cual. Si el libro tiene un precio de diez dólares, siete de ellos se enfilan directo hacia el bolsillo del autor. No diré que me suena mal la idea, pero es como si vienen y me ofrecen un Lamborghini nuevo por cuarenta mil pesos. No puede ser, algo hay de chueco ahí. Si decido comprarlo, no seré sólo ingenuo sino asimismo pícaro. Mala combinación: las cárceles están repletas de ésos. Si para hacer un libro electrónico nos hemos evitado un porcentaje inmenso de los gastos, al grado de volverlos irrisorios, ¿es justo, o cuando menos inteligente, convertir el ahorro en botín y ofrecer esos libros arriba del quinientos por ciento de su costo? No hago mercadotecnia, sino vil aritmética. Y lo cierto es que no salen las cuentas.


2. ¿Cuánto por la cajita?


Escribo estas palabras en una aplicación que compré para el iPad por la notable suma de veinticuatro pesos. Aún más sugerente parece el precio original del producto: un dólar con 99 centavos. Sirve para escribir todo tipo de notas, ya sea con teclado o apuntando directo en la pantalla. Replica los plumiles, marcadores y lápices de diversos colores. Sirve de pizarrón y libreta de apuntes, amén de que permite enviar lo escrito por e-mail en formato pdf. ¿Todo eso por veinticuatro pesos? Francamente, me suena muy moderno. Y el autor del programa debe de estar aún más satisfecho, ya que según leí su invención lleva cientos de miles de descargas. Se ha hecho millonario vendiendo un block de notas de papel sin papel. Lo cual seguramente no habría sucedido si en lugar de dos dólares la aplicación costara veinte, o treinta, o cien. Se trata de pagar por una idea y un tiempo invertidos en la fabricación del programa, no por materias primas que nadie requirió. Y se trata, asimismo, de que nadie sea lo bastante miserable para no poder pagar por una buena herramienta de trabajo. O, por qué no, un buen libro.


No sé por qué me siento más tranquilo cuando compro un programa dentro de una caja que si lo bajo del sitio web. Es como si la caja compensara al usuario por gastar su dinero en un objeto inmaterial. Años después, cuando escombra y encuentra cajas chicas y grandes que jamás han servido más que de estorbos, entiende uno que la ganga del paquete consiste en ofrecer un lote de basura teóricamente gratuita pero al cabo costosa, cuya utilidad única consiste en ayudar a que los compradores se sientan un poquito menos despojados. Sensación que, por cierto, no me embargó al bajar, hace unos días, el sistema operativo Lion a cambio de 360 pesos. Sin cajas, ni etiquetas, ni papel alguno. Hace unos pocos años, había comprado el sistema operativoLeopard, en su bonita caja de cartón, por un precio cuatro veces mayor. ¿No es acaso moderno, progresista y razonable que un adelanto tecnológico sea cada día más perfecto, provechoso y barato? ¿Y no sería retrógrada, estúpido y contraproducente tratar de encarecerlo por la pura miopía que a veces trae consigo la avidez?


3. Lujo de interés social


Nunca estuvo tan claro que el papel es un lujo. Los libros son un lujo, como lo eran los discos antes de que eltsunami de la piratería los convirtiera en poco más que cascajo. Si no recuerdo mal, hasta hace algunos años tanto computadoras como programas eran también artículos de lujo. Y han bajado de precio porque son necesarios, no menos que los libros. ¿Quién se interesaría en robar o replicar una novela espléndida cuya copia legal se ofrece por, digamos, cuarenta pesos? Nada sería más simple, además, que ofrecer un descuento especial para estudiantes, o alguno aun mayor a las instituciones educativas por la compra de miles de volúmenes. Sin duda un escenario más promisorio que el hasta hoy trazado por la piratería.


La gran noticia, pues, del libro electrónico, no está en las prestaciones que ofrece a los lectores, sino en el fin del libro como artículo de lujo obligatorio. Uno tiene derecho a preferir el formato en papel, pero eso tiene un precio y hay que pagarlo. Por lo demás, no todo lo que quiere uno leer está impreso, a la venta o a la disposición de todo el mundo. No pesa, no hace bulto, no tiene cuerpo alguno, pero lo cierto es que el libro electrónico está en vías de acabar con el tiempo de la lectura inaccesible. Y el editor puede invertir un poco de lo antes derrochado en promover sus nuevos títulos disponibles. Los números no mienten: una vez anulados los costos del volumen de papel, la versión electrónica permitiría dividir a partes iguales entre autor y editor el ingreso por cada descarga, con obvios beneficios para todos. No es un sueño, ni una insensatez. Si el lujo del papel es al fin prescindible, convendría ir haciendo nuevos números: pura estrategia de sobrevivencia.

jueves, julio 21, 2011

El sí de Yoko Ono (Diario Milenio/Opinión 20/07/11)

Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda.

Hay varias cosas que colocaré aquí: Una alberca luminosa, por ejemplo. Mira. Es una alberca azul de grandes dimensiones que está dentro de un balneario que se construyó en 1930 cerca de una costa. Poseo el cartel que lo comprueba. Esta es una escalera de caracol hecha de hierro, sinuosa y angosta, sí. Desvencijada. Ruidosa. Su último escalón da a una ventana. Del otro lado de la ventana está Yoko Ono sobre una escalera de caracol sosteniendo la palabra Sí en la mano derecha, y una lupa en la mano izquierda. Es para que veas mejor, dice la lupa sin que nadie le pregunte nada. Así es como nos damos cuenta de que no es una lupa sino un lobo. En algún lado de esta escena hay una enredadera. No la vemos, eso es cierto, pero podemos aspirar su aroma. La clorofila es a veces así.

Abajo de la escalera de caracol hay otra escalera, pero ésta es de piedra. Viejas rocas. Grafito o malaquita, da lo mismo. Abajo de las piedras se yergue un teatro diminuto. Dentro del teatro, justo sobre el escenario, colocaré a un hombre de tirantes y sombrero panamá (estoy segura de que tiene dos rodillas) y a una pequeña bailarina con un vestido de tul y una diadema de insectos.

Este es el momento en que se encienden las luces. Hay murmullos. Alguien tose.

Habitantes de la casa del verano (esto lo dice una voz).

Ex-habitantes de la intemperie del otoño y de la intemperie del invierno y de la intemperie de la primavera (continúa la misma voz: grave, limpia, masculina).

Ex-intempéricos (pareciera que lo repite aunque en realidad lo dice por primera vez).

Las luces han cambiado de color y de intensidad ahora mismo. Los murmullos se expanden por la platea. Alguien tose todavía. A esto en otros lugares se le conoce como silencio.

Habitantes del siglo XIX y del siglo XXI (continúa el eco a través de varios altavoces).

Hombres y mujeres capaces de hablar en oraciones completas y cláusulas dependientes y vagones repletos de acentos.

Queridos astronautas atados a objetos flotantes que miran sin cesar una libélula mientras imaginan una cueva.

Todos los que se llaman Cuerpo de Té de Regaliz y de Menta.

Es hora de que sepan esto: Estamos a un lado de la alberca luminosa, bajo una escalera de caracol que da a una ventana por la que es posible ver el sí de Yoko Ono, y bajo una escalera de piedra sobre la que, según cálculos, se han posado algunos cientos de millones de zapatos muy viejos, para presenciar, que es otra manera de decir comulgar, con una pequeña obra de teatro.

Habitantes del verano (y aquí la voz alza la voz) toda conversación es un drama, eso se sabe. O una comedia.

Ex-intempéricos, habitantes del siglo XIX con dos rodillas y una escafandra, miren:

(y justo aquí haré aparecer el sonido de un remo o de varios remos sobre las aguas tranquilas de algo que todavía no decido si es un río o una laguna o uno de los cuatro océanos)

Este es el momento en que la bailarina avanza por el escenario dando de vueltas, una y otra vez, y otra vez y otra vez con su corto vestido de tul y su diadema. Los brazos en alto. Las piernas más resueltas. La actividad continúa sin cambio alguno hasta que, exhausta, sudorosa (el ambiente, de hecho, ha dejado de oler a clorofila para oler a sudor, un olor punzante que entra por las fosas nasales y se clava luego en los huesos), recargada ya contra los talones de los zapatos de charol del hombre de tirantes que ha puesto atención a toda la escena, sudando también, acaso exhausto de antemano, toma conciencia de lo que ha escrito con las piernas a lo largo de la pista:

DEJEN QUE TODO MUNDO EN LA CIUDAD PIENSE EN LA PALABRA SÍ POR AL MENOS 30 MINUTOS AL MISMO TIEMPO. HÁGANLO CON FRECUENCIA.*

Este es el momento en que los hago levantar los brazos y flexionar los codos y golpear una palma de la mano contra la otra. Ahora se miran, embelesados. Ahora dicen, aunque en realidad murmuran: El verano nunca había sido tan largo.

La voz, masculina y clara, regresa por los altavoces del teatro: Habitantes de las escaleras y de las piscinas luminosas (incluso aquellos disfrazados de agentes ultrasecretos o de campesinos rusos o de mujeres con trece meses de embarazo), astronautas que miran el paisaje terrestre con esa larga, oh tan dúctil, con esa atroz melancolía, todos los que se llaman Cuerpo de Vapor de Agua que Hierve, esto ha sido, en efecto, una instrucción.

Y aquí es cuando se apagan las luces y una cortina de terciopelo rojo cae con un pesado ruido sobre el escenario. Ahora un helicóptero arroja papeletas de cartón sobre una ciudad de grafito que ha estado desierta por al menos 121 años. Las papeletas contienen la palabra: Respira. Las palabras: Esto es un abrazo. ¿Es eso un bosque de taiga? Está bien, aquello es un bosque de taiga. ¿Hay alguien sobre el borde del trampolín más alto que, inmóvil, observa las aguas que brillan allá abajo? Sí, en efecto, hay alguien allá arriba, estático.

Justo en este instante haré que los relojes digan la verdad.

Ahora es cuando sonrío.

Y, sí, alguien tose.

____
*Yoko Ono, fragmento de “Let´s Piece I”, Spring 1960.

martes, julio 19, 2011

Los ingrávidos-(Sexenio-Puebla 12/07/11)

Pocos autores considerados como críticos y/o reseñistas tienen buenos resultados al enfrentarse a trabajar una novela o un cuento.

Valeria Luiselli se ha desempeñado como libretista del New York City Ballet, además de editora, guionista y articulista para diversos periódicos y revista de alto prestigio. Recientemente se anexa una nueva faceta a su biografía: la de escritora de ficción.

Papeles Falsos (Sexto Piso, 2010) fue su primer libro, el cual ha recibido buenos comentarios y a pesar de tener tintes de ensayo; dialoga con la novela y goza de un estilo muy poético.

Bajo este mismo sello editorial, Valeria Luiselli ha publicado su primera novela: Los ingrávidos.

A lo largo de 143 páginas, el lector podrá leer una novela donde convergen dos historias: la de una joven mujer, la narradora, quien añora su vida pasada en New York, donde además de dedicarse a editar, era perseguida por el fantasma de Gilberto Owen. La otra voz, es la de un Gilberto Owen, quien cercano a la muerte recuerda sus años de juventud. Ambos narradores añoran su pasado, se desapegan de su presente y se buscan durante sus viajes en el subterráneo.

Una novela cuya consistencia, va desde el título de la novela. Pues los protagonistas de esta novela son entes sueltos y ligeros como la niebla; están ahí, quizá porque no tienen de otra. A diferencias de los fantasmas, los personajes de esta novela no pueden desaparecer completamente, porque afuera hay un mundo que no los quiere soltar.

Novela fragmentaria que convive con la poesía; donde si uno no tiene cuidado y se aligera; tal vez se convierta en uno de los fantasmas que habitan en este libro.

Valeria Luiselli es una joven narradora; que escribe como habla y piensa, muy segura de lo que quiere lograr a la hora de escribir.

Los ingrávidos, probablemente, es una de esas novelas que sobrevivirán a su época, pues lograr atrapar al lector y si tomamos las propuestas de Italo Calvino como guía; la novela de Luiselli cumple con muchas de esas propuestas.

Quien se acerqué a esta novela, se llevará una rica y grata sorpresa.

Obsoletos de origen (Diario Milenio/Opinión 19/07/11)

Vivimos acechados por un sinnúmero de caducidades aceleradas e inminentes, ahí donde el adelanto es el germen del desperdicio


1. El hambre no caduca


“No se va a arrepentir”, me dijo aquella tarde de derroche el vendedor de refrigeradores. Pocos minutos antes, me había sonsacado a comprar uno que, según decía, me duraría por muchos años. ¿Cuántos serían muchos? ¿Diez, quince, veinte, treinta? En todo caso, ya han transcurrido cuatro. Sin ser un vejestorio, el artefacto debe de haberse depreciado más allá de cincuenta por ciento. Lo que llaman un aparatoseminuevo. Es seguro que hoy día se cuentan por decenas los refrigeradores que lo superan en una o más funciones, pero justo es también decir que le he agarrado cierto apego. Esto último lo tengo por fin claro desde que regresé de un viaje largo en el cual rara vez pude encontrar un refresco bien frío. Iba de tienda en tienda, tocando muestras en cada hielera. Entrebuscaba atrás, donde daba por hecho que latas y botellas tendrían que estar más frías, pero apenas notaba la diferencia. Y he aquí que al reencontrarme con mi añorado refri descubro que además de varios refrescos heladísimos, guardaba cinco frascos de yogurt de los que mi memoria no tenía registro. Presa de un mal presagio fruto de prontas cuentas de calendas, encontré en cada frasco una leyenda tan obscena como descorazonadora: CAD 04abr11. Pasaba de tres meses desde que esos yogurts eran imbebibles.


2. Prodigios desechables


A algunos todavía nos asombra, y de repente nos insubordina, la velocidad de la obsolescencia. Buena parte de los clientes de aparatos electrónicos salimos de la tienda cargando mercancía nueva y obsoleta. Por más que la costumbre nos adiestra en la dura disciplina de mantener abajo las expectativas, resulta complicado aceptar que se vive entre objetos efímeros: prodigios tecnológicos cuyo pronto destino es el basurero. Chatarra reluciente a la que hasta anteayer admirábamos, aunque ya a lomos del cinismo impertérrito que prohíbe los apegos a mediano plazo. Ahora bien, si en los tiempos que corren no hay bólido más raudo que la obsolescencia, difícilmente quedan nociones claras sobre el tamaño actual de los plazos. Parecería que los antaño cortos no califican ni para medianos. De hecho, son medianos sólo aquellos que no son inmediatos. Y de los largos no hay que esperar mucho, que en un descuido se hacen cortísimos.


En otros tiempos, cuando alguien se gastaba la ligereza de comprarse un Rolls Royce, pretextaba que había realizado una inversión para toda la vida. Uno sabía entonces que las cosas valían más por su expectativa de duración que por la novedad de sus funciones. Campeaba todavía la ilusión de que los verdaderos objetos de valor estaban hechos para disfrutarse hasta el último día de nuestra existencia. Se hablaba mal, incluso, de aquellos herederos utilitarios que no tenían empacho en malbaratar los objetos preciados del difunto. Ahora, hasta donde sé, el problema de los que heredan bienes en especie ya no es encontrar cómo malbaratarlos, sino dónde tirarlos, toda vez que hace tiempo son obsoletos y daría hasta vergüenza tratar de venderlos. Cables, adaptadores, baterías, manuales, conexiones, pantallas, accesorios: nada que valga un peso, triques amontonables cuya presencia absurda testifica el azoro del dueño por la depreciación de esos haberes que han dejado de serlo para volverse lastres impresentables.


3. Esos plazos traicioneros


Es también la velocidad de la obsolescencia lo que agrega una cierta ternura lastimera al recuerdo de tiempos que parecen recientes, pero el actual galope los hace ver borrosos y distantes. ¿Alguien aún recuerda, por ejemplo, cuándo fue la última vez que escuchó a un vendedor emplear el término escalable para vender una computadora? Por entonces campeaba, entre los compradores de buena fe, la certidumbre de que la máquina valía más si ofrecía la posibilidad de ir poniéndola al día con futuros adelantos, en lugar de tener que comprar una nueva. Muy pocos lo intentaban, sólo para enterarse de que la pretendida actualización no era sino una forma de ponerle muletas a un aparato cuya utilidad práctica seguiría en declive acelerado. Tan sólo imaginemos que a estas alturas del campeonato nos topamos con el siguiente aviso clasificado: AAA. Vendo o permuto computadora 386, escalable a 486, con cd rom y entrada para diskette y floppy. ¿Y no es cierto que quince años atrás este anuncio ya habría movido a ternurita?


Si he de medir el tiempo de acuerdo con los inventos y adelantos registrados en una y otra época, estoy ahora más lejos de 1980 de lo que mis abuelos lo estuvieron del siglo XVIII. El paso de cinco años en los tiempos que corren —nunca antes mejor dicho— da la idea de una pequeña eternidad, que sin embargo pasa como una ráfaga. ¿Y cuántas de esas ráfagas caben al interior de una sola vida? Si me preguntan qué es un corto plazo, diré que más o menos equivale al tiempo en que se espera respondamos a un correo electrónico. En ese orden de cosas, el mediano plazo puede no ser más largo que la vida de una mosca. Y en cuanto al largo plazo, temo que es comparable con el número de días que le toma a un yogurt terminar de podrirse en el refri. Pero no. Me equivoco. Exagero. Eso ya es mucho tiempo. La eternidad, quizás.