martes, julio 19, 2011

Obsoletos de origen (Diario Milenio/Opinión 19/07/11)

Vivimos acechados por un sinnúmero de caducidades aceleradas e inminentes, ahí donde el adelanto es el germen del desperdicio


1. El hambre no caduca


“No se va a arrepentir”, me dijo aquella tarde de derroche el vendedor de refrigeradores. Pocos minutos antes, me había sonsacado a comprar uno que, según decía, me duraría por muchos años. ¿Cuántos serían muchos? ¿Diez, quince, veinte, treinta? En todo caso, ya han transcurrido cuatro. Sin ser un vejestorio, el artefacto debe de haberse depreciado más allá de cincuenta por ciento. Lo que llaman un aparatoseminuevo. Es seguro que hoy día se cuentan por decenas los refrigeradores que lo superan en una o más funciones, pero justo es también decir que le he agarrado cierto apego. Esto último lo tengo por fin claro desde que regresé de un viaje largo en el cual rara vez pude encontrar un refresco bien frío. Iba de tienda en tienda, tocando muestras en cada hielera. Entrebuscaba atrás, donde daba por hecho que latas y botellas tendrían que estar más frías, pero apenas notaba la diferencia. Y he aquí que al reencontrarme con mi añorado refri descubro que además de varios refrescos heladísimos, guardaba cinco frascos de yogurt de los que mi memoria no tenía registro. Presa de un mal presagio fruto de prontas cuentas de calendas, encontré en cada frasco una leyenda tan obscena como descorazonadora: CAD 04abr11. Pasaba de tres meses desde que esos yogurts eran imbebibles.


2. Prodigios desechables


A algunos todavía nos asombra, y de repente nos insubordina, la velocidad de la obsolescencia. Buena parte de los clientes de aparatos electrónicos salimos de la tienda cargando mercancía nueva y obsoleta. Por más que la costumbre nos adiestra en la dura disciplina de mantener abajo las expectativas, resulta complicado aceptar que se vive entre objetos efímeros: prodigios tecnológicos cuyo pronto destino es el basurero. Chatarra reluciente a la que hasta anteayer admirábamos, aunque ya a lomos del cinismo impertérrito que prohíbe los apegos a mediano plazo. Ahora bien, si en los tiempos que corren no hay bólido más raudo que la obsolescencia, difícilmente quedan nociones claras sobre el tamaño actual de los plazos. Parecería que los antaño cortos no califican ni para medianos. De hecho, son medianos sólo aquellos que no son inmediatos. Y de los largos no hay que esperar mucho, que en un descuido se hacen cortísimos.


En otros tiempos, cuando alguien se gastaba la ligereza de comprarse un Rolls Royce, pretextaba que había realizado una inversión para toda la vida. Uno sabía entonces que las cosas valían más por su expectativa de duración que por la novedad de sus funciones. Campeaba todavía la ilusión de que los verdaderos objetos de valor estaban hechos para disfrutarse hasta el último día de nuestra existencia. Se hablaba mal, incluso, de aquellos herederos utilitarios que no tenían empacho en malbaratar los objetos preciados del difunto. Ahora, hasta donde sé, el problema de los que heredan bienes en especie ya no es encontrar cómo malbaratarlos, sino dónde tirarlos, toda vez que hace tiempo son obsoletos y daría hasta vergüenza tratar de venderlos. Cables, adaptadores, baterías, manuales, conexiones, pantallas, accesorios: nada que valga un peso, triques amontonables cuya presencia absurda testifica el azoro del dueño por la depreciación de esos haberes que han dejado de serlo para volverse lastres impresentables.


3. Esos plazos traicioneros


Es también la velocidad de la obsolescencia lo que agrega una cierta ternura lastimera al recuerdo de tiempos que parecen recientes, pero el actual galope los hace ver borrosos y distantes. ¿Alguien aún recuerda, por ejemplo, cuándo fue la última vez que escuchó a un vendedor emplear el término escalable para vender una computadora? Por entonces campeaba, entre los compradores de buena fe, la certidumbre de que la máquina valía más si ofrecía la posibilidad de ir poniéndola al día con futuros adelantos, en lugar de tener que comprar una nueva. Muy pocos lo intentaban, sólo para enterarse de que la pretendida actualización no era sino una forma de ponerle muletas a un aparato cuya utilidad práctica seguiría en declive acelerado. Tan sólo imaginemos que a estas alturas del campeonato nos topamos con el siguiente aviso clasificado: AAA. Vendo o permuto computadora 386, escalable a 486, con cd rom y entrada para diskette y floppy. ¿Y no es cierto que quince años atrás este anuncio ya habría movido a ternurita?


Si he de medir el tiempo de acuerdo con los inventos y adelantos registrados en una y otra época, estoy ahora más lejos de 1980 de lo que mis abuelos lo estuvieron del siglo XVIII. El paso de cinco años en los tiempos que corren —nunca antes mejor dicho— da la idea de una pequeña eternidad, que sin embargo pasa como una ráfaga. ¿Y cuántas de esas ráfagas caben al interior de una sola vida? Si me preguntan qué es un corto plazo, diré que más o menos equivale al tiempo en que se espera respondamos a un correo electrónico. En ese orden de cosas, el mediano plazo puede no ser más largo que la vida de una mosca. Y en cuanto al largo plazo, temo que es comparable con el número de días que le toma a un yogurt terminar de podrirse en el refri. Pero no. Me equivoco. Exagero. Eso ya es mucho tiempo. La eternidad, quizás.

martes, julio 12, 2011

Recuérdame para qué es la luz (Diario Milenio/Opinión 12/07/11)

Esta es una historia de amor. Es una historia de amor escrita en versos. Es una historia de amor escrita en versos que han escrito otros. La historia de amor escrita en versos escritos por otros está en traducción. La traducción (del inglés al español) la hice yo. Esta es una historia de amor que escribieron, en conjunto, Keith Waldrop y Kate Hall y Gennady Aygi y Juliana Spahr y Rae Armantrout. Pero ellos no lo saben. Esta es la historia de amor que ellos desconocen. Esta es la historia de amor de otros que compuse yo. Aunque tal vez sea al contrario o al revés o viceversa.


I. Y estábamos listos para algo nuevo./ Pensamos que avistamos tierra.


Te vi viendo tus caballos de miniatura, tu bote modelo con su pequeño timón del capitán.

Debiste hacerte aún más pequeño para caber en ese espacio. Yo debí hacerlo. En cierto punto estaba en la popa y tú estabas solo en la proa con tu caleidoscopio.

Hicimos desfilar demasiadas cosas vivas en esos navíos diminutos. Pudimos haber creado nuevas especies con tanto hacinamiento. Estábamos ocupados en la cubierta, temerosos de abrir esa puerta de madera. Los leones podrían ser los mismos viejos leones que han poblado cada sabana y estábamos listos para algo nuevo.

Pensamos que avistamos tierra. Queríamos tierra(1).


II. Si fuera posible entender/ el peligro de caer, sin la experiencia de/ caer


Todas las acostumbradas fases del amor. El miedo a la oscuridad se parece al miedo a los animales. Virando un poco a la izquierda, lejos de calles suburbanas. Profunda emoción.

Puedo predecir desagradables eventos, aunque el miedo al d lor raramente se menciona. Damas con velos en palacios protegidos, intercambiando cartas.

Si fuera posible entender el peligro de caer, sin la experiencia de caer, su efecto manifiesto en el alma. Oculta bajo la manga, la ansiedad.

El sacrificio previsto es eventualmente sostenido en otro sitio. La fotografía puramente imaginaria de la persona cuyo velo se mantiene sobre la mente. Los mensajeros van y vienen.

La voz de una muchacha canta del otro lado de la pared. El sobresalto, el llanto y los movimientos difusos. Padezco una nerviosismo constitucional en cuestión de fuegos.

Sin una visión real del objeto amado. Esparcido sobre sofás, vistiendo ropas indecentes. Marca en tu memoria este insomnio(2).


III. Luego entonces y por consiguiente/ ya en la eternidad

a veces—pensamos: amor (y sin embargo sólo hay silencio): parece un círculo único—de luz—y quietud para nadie—desde hace tanto: ya—con nosotros—¡distante! así que ahora con todo el verano ya (y todavía más hasta el otoño) tú—como algo no visto—en la abierta blancura ¡en el brillo despreocupado! y viviendo tal vida (si la recuerdo como acción) mirando acaso ciegamente sé (como siento las heridas de los niños) que sí: un poco al pasar:jugar—a través de la vida tú—como cierto círculo (de las distancias como distancia) como un débil “dios” en la mente (y luego entonces y por consiguiente ya en la “eternidad”)—eres adorable(3).


IV. El alma/ está haciendo demasiadas preguntas


Queridos ocupantes del bosque de los cerillos, estamos haciéndonos más altos. Enciendo la carne asada de mi amigo al rozar una simple idea contra mi paisaje visible. Ocupantes, sé que están pensando si dejamos las ramas con las hojas podrían crecer hasta ser lo suficientemente grandes para que nuestros autobuses pasen a través de ellas.

Pero esto tomaría un tiempo que tal vez no tengamos. El mundo se está reduciendo conforme el universo se expande, y recuerden, es posible prenderle fuego a todo eso, y entonces hacer que produzca semillas en la ceniza.

Queridos ocupantes de las cajas de mudanza, hay días en que olvido que ustedes tienen que vivir tambi n aquí, en estos cubos de cartón, revueltos junto con lámparas que no funcionan.

Todo está etiquetado pero como hemos usado las cajas una y otra vez, los objetos en la lista no son los que están dentro. Así que, ocupantes, estoy perdiendo la fe. Los que me ayudan a mudarme están en movimiento también.

Ustedes han visto que se puede inundar un sótano.

He buscado a Santo Tomás como uno buscaría a un plomero. Y sufro de mareos.

Recuérdenme que vivo aquí, aún si no vivo. Dejen que se pierda la arquitectura.

Si la luna debe ser un péndulo, dejen que el reflejo permanezca inmóvil.

Queridos ocupantes del tiempo y del espacio, sujetos a leyes causales, estoy escapando a través de una ventana rota, allá donde las estrellas están, viendo hacia adentro de mí a través de mí. Hace frío.

Estos son regalos más bien extraños. A mi amigo le di hipotermia. Llevábamos puestos trajes de astronauta atados por cuerdas atadas a objetos flotantes. Le pasé los cristales de hielo a través de esta composición. Ocupantes, el alma está haciendo demasiadas preguntas. Quiere saber si tiene una bella forma. Y no sé qué responderle(4).


V. Y hablamos todo el día porque amábamos


Pusimos nuestras cabezas sobre una almohada estrecha, sobre una piedra, sobre una estrecha almohada de piedra, y hablamos todo el día porque amábamos.

Amábamos el arroyo.

Y éramos del arroyo.

Y no podíamos no amar porque llegamos al banco del arroyo y empezamos a respirar y el arroyo era variado y estaba lleno de información y cambió nuestros cuerpos con sus podridas con su frío con su limpio con su mugriento con sus hojas caídas con sus cosas que muerden las orillas de la piel con sus hojas con su arena y su sucio y con su olor acre a veces con sus secas y espinosas con su calidez con su blando y húmedo con sus piedras planas y duras al fondo con sus líneas del horizonte de las lomas apacibles con su oscuridad con su luz veteada con el zumbido de las cigarras con sus trinos de pájaros(5).


VI. Los años; el/ sotobosque


Conocemos la historia.

Ella se vuelve
atrás para encontrar su rastro
devorado por los pájaros.

Los años; el
Sotobosque(6).


1 Kate Hall, “Estamos ocupados escribiendo animales”, El sueño de la certeza, 11.

2 Keith Waldrop, “Un invierno involuntario”, Estudios trascendentales. Una triología
3 Gennady Aygi, “Phlox (Y: acerca de un cambio)”, Campo-Rusia, Trans. from chuvash by Peter France

4 Kate Hall, “Recuérdenme para qué es la luz”, El sueño de la certeza, 33-34.

5 Juliana Sphar, “Sé amable ahora, no rompas más corazones”, Tarpaulin Sky, V3n2, Summer05.

6 Rae Armantrout, “Generación”, Velo: Poemas nuevos y seleccionados, 17.

lunes, julio 11, 2011

Desde lo más hondo del ser-(Sexenio-Puebla 05/07/11)

A Salud y Juanita, por seguir siendo mis ángeles de la guarda.

A mi familia y ambos apellidos, a pesar de las diferencias, por seguir ser familia.

A Dulce María, por enseñarme otra forma de ver la vida.

Disculpe, querido lector, que nuevamente abandoné la lectura; pero es preciso dedicarles unas palabras a mis ex-alumnos del Instituto Covadonga, con motivo de su graduación de preparatoria.

A principios de este semestre los abandoné, sin despedida de por medio, sirva esto como una disculpa sincera.

Me hubiera gustado poder ser padrino de su generación, pero otros caminos me llamaron y había que dar paso al crecimiento. No ha sido sencillo. La vida es todo menos fácil, hay que aprender a vivirla; como les dije siempre se saldrá raspado y aun así deberá seguirse avante, no dejar que vean nuestra derrota. Por muchos obstáculos que la vida les ponga, jamás se rindan; luchen por sus sueños; defiendan sus ideales; no pierdan la capacidad de sorprenderse; construyan su lugar en esta vida, no sean una estadística más, sean capaces de cambiar las estadísticas y darles un rumbo positivo. Cuestionen cualquier decisión, argumento o sentencia. No den paso al absolutismo. Palabras más, palabras menos; es lo que siempre les dije mientras fueron mis alumnos.

Sin embargo, nadie de ustedes; son máquinas para caminar sin miedo, sin dudas y sin ganas de querer echar todo a volar al sufrir la primera derrota contundente. También hay que hacerlo, porque son humanos y es válido sentirse derrotados; pero tendrán que levantarse, sacar fuerzas y continuar con su proyecto de vida, no pierdan la meta, quizá deberán experimentar nuevos rumbos, siempre es sano hacerlo; porque si no se puede de una forma, deberá poderse de otra.

Empero, ni el triunfo sabe, ni la derrota se supera sin amor. El amor es el motor de la vida, amor para reconocer la dualidad que la vida nos dio: se es tan fuerte como débil, se es tan transparente como oscuro. Al final, como lo enseñan tantas religiones y “sociedades secretas”: uno es una piedra en bruto y hay que aprender a pulirse, para convertirse en el templo más hermoso del mundo, digno de ser visitado o habitado por una o más personas. Amor para tener el valor de darle paso a la humildad –no confundirlo con la humillación, jamás se hinquen ante nadie que no sea la Divinidad-; amor para aprender a reconocer los errores y tener la capacidad de cambiarlos, anularlos o controlarlos. Amor para darle sentido y significado al camino por andar, para ponerle vida a la vida. Luchen por sus amigos, por su familia y por su pareja; ciertamente a veces dan ganas de mandarlos lejos; quizá es cuando más se necesitan cerca.

Habrá que entender que por más que la vida nos diga que se está solo, no es así; se tiene familia, amigos, novia o novio y, sobre todo, a uno mismo. Aprender a conservar a los que valen la pena y quitar a los que no, también es una enseñanza que la vida nos da a cada uno. Una de las tantas batallas por librar, para al final ganar la guerra. Que ninguna pelea quedé en ustedes, jamás se retiren, den todo hasta que ya no tengan nada por dar.

Quisiera decirles que es fácil, darles la receta; pero no la hay; me gustaría compartirles una experiencia y no la tengo; si acaso digo esto, a ustedes que tantos enojos me provocaron , como alegrías me regalaron; es por parafrasear una frase de antaño: Te lo digo 3er de prepa del Instituto Covadonga, para que lo escuches profesor Alfredo. Siendo su profesor fui su alumno y les agradezco las enseñanzas que me dieron y aún me siguen dando en la distancia.

No escribir el futuro, aprender del pasado y vivir el presente como si fuera el último día; es lo que los hubiera dicho en su último día; tal vez sería la forma más breve de todo lo anteriormente dicho.

Gracias a todos y cada uno de ustedes, por haberme dejado compartir un tramo de camino en su vida.

Hay de libros a libros (Diario Milenio/Opinión 11/07/11)

¿Quemarlos o borrarlos?


El de los libros electrónicos es uno de esos temas en los que uno prefiere pasar pronto la página, antes de que no sea ya tanto a su criterio como a su ignorancia que le dé por hablar fuerte al respecto. Como suele pasar ante esas novedades absolutas que amenazan cambiarnos el modo de vida, al libro electrónico se le ve con prejuicios y esperanzas extremos. Vamos, quiero decir que el tema me incomoda, tanto que a lo mejor lo toco ahora mismo porque algún atavismo supersticioso me dice que es un modo de conjurarlo. Si con la mayoría de los aparatos suelo esperar con ansia que salgan al mercado, nada me tranquilizaría tanto como enterarme de que el libro electrónico tardará ocho o diez años en llegar a nosotros (como si fuera algún castigo diferido, y en tanto eso remoto y apenas importante). Más allá de razones en pro y contra, da horror la sola idea de que ya no se leen y escriben libros, sino otras cosas a las que sería fácil nombrar, pero ya el puro intento es asqueroso. En todo caso es un archivo de texto. Es decir, un pedazo de nada muy vulnerable. Algo que es muy sencillo de borrar, recortar, replicar o modificar. Algo sin cuerpo, peso o presencia física. Algo que no sé sabe bien si es algo.


“¿Quieres que te mandemos el pdf?”, me ofrecieron hace unos pocos días en torno a una novela, y respondí que no con carne de gallina. Pude haber preguntado si podría leerla en el Kindle o el iPad, pero me daba aún más miedo que así fuera. ¿Alguien recuerda cómo era el mundo antes de que a las canciones se les llamara mp3 y fueran gratuitas? ¿Quién habría pensado en aquellos entonces en deshacerse de la mitad de su música? Y ahora que eso es sencillo y además cotidiano, da escalofríos pensar que gracias su nueva calidad etérea los libros serán fáciles de borrar, especialmente para quien tiene cientos o miles por los que no pagó, de modo que tampoco puede decir que valgan gran cosa. ¿Qué tantas porquerías no se juntan en el disco duro y uno jamás se entera ni para qué servían?


Apuestas electrónicas


Por supuesto que abundan las razones prácticas. Solamente el ahorro de papel que esta revolución traerá consigo debería ser motivo de sobrado entusiasmo. Otra ventaja enorme, que es la función de búsqueda, podría bastarse sola para hacer ver ridículo al libro de papel, donde encontrar un par de líneas perdidas puede significar hasta la relectura del volumen completo. Prácticamente, ponerse en contra de los libros electrónicos es asumir una postura incómoda frente a los optimistas que ven ahí un futuro resplandeciente. Ellos tienen razones múltiples y sensatas, uno se guía apenas por el olfato, y en cosecuencia arruga la nariz. Eso de que los libros pierdan su peso y de aquí a pocos años ya nadie entienda por qué un ladrillo era un ladrillo parece parte de un paisaje empobrecido. Lo dicho, pues: a los escépticos nos faltan las razones, aunque algo de gracioso hallamos en las sonrisas amplias de quienes hablan del tema como si ya estuvieran de vuelta del futuro y trajeran de allá las mejores noticias. Sobra decir que nos ven como niños a los que es necesario adoctrinar en torno a las bondades del porvenir.


Hasta donde se ve, nadie sabe de qué habla. Estamos en proceso de crear un futuro que no ha sido inventado y saldrá como tenga que salir. Quienes resulten golpeados en el proceso pueden darse consuelo asumiendo que todo es para bien, porque la lógica siempre nos dice que esa clase de cambios son positivos, aunque su efecto a veces se note a largo plazo y requieran de un poco más de fe. Es decir que son cambios irreversibles, no dependen de la opinión de nadie. Estar en contra de ellos puede ser tan estúpido como inconformarse con un eclipse o negar la ocurrencia de un aguacero, aunque estar a favor tampoco es tan sencillo. Si se va a publicar una novela en formato digital, antes de eso hay que llegar a un acuerdo y firmar un contrato. ¿Basados en qué? En el futuro, claro. O en lo que ambas partes creen que podría llegar a ser el futuro. No importan las certezas que uno ofrezca y reciba durante la negociación del contrato por cesión de derechos electrónicos, que de todas maneras queda la sensación de que se está jugando a las apuestas. Peor todavía, a las corazonadas. ¿O hay cosa más moderna que la incertidumbre?


El papel del papel


Desde los que aseguran que el formato electrónico sepultará a los libros de papel hasta quienes se atreven a garantizar que el libro de papel es irremplazable, lo más claro es que nadie sabe nada y el sentido común no alcanza para mucho. Vamos hacia un futuro que desconocemos igual que una manada de chivos viaja sobre un camión de redilas. No hay más alternativa, eso sí. Vamos a hacer lo que nos toque hacer, y a la larga tendremos que opinar que fue mejor así, porque las cosas ya eran insostenibles. Diremos que los libros de papel fomentaban el egoísmo, el elitismo, el fetichismo, y olvidaremos que todo esto ocurría en dosis más bien breves e insignificantes. Poco se habla, por cierto, de los deleites en vías de extinción.


Imposible explicar el por qué del placer de que las cosas sigan siendo cosas y tengan peso y cuerpo y puedan arrojarse por los aires. ¿O es que alguien se ha fijado lo que pesa un archivo pdf? Muy poco, en cualquier caso. Ya en los viejos floppies cabían libros con cientos de páginas. Una sola canción puede ocupar el espacio de veinte traducciones completas de la Biblia. Una película en tercera dimensión emplea los suficientes gigabytes para almacenar una biblioteca. Para el cerebro humano, un libro es cosa grande. Para una memoria artificial, poquito más que nada. Por más que escucho, pues, grandes apologías del libro electrónico, sigo sin entender cómo algo tan pesado se vuelve tan ligero sin que su esencia cambie para siempre. Tendrá que haber un brujo que me lo explique.

martes, julio 05, 2011

Escribir contra la guerra (Diario Milenio/Opinión 05/07/11)

No hay pocas escenas de horror y sangre en la crónica gráfica que Joe Sacco publicara en 2001 sobre la guerra en el este de Bosnia, especialmente sobre la manera en que ésta se desarrolló en Gorzade, un pequeño poblado enclavado en el valle de Drina y cuya población fuera predominantemente musulmana y serbia. En el recuento crítico de la guerra durante el álgido período que va de 1992 a 1995 aparecen,naturalmente,las escenas de hambre y creciente desesperanza que fueron marcando la región, así como los recuadros en los que se da cuenta de los tiroteos nocturnos que pronto se convertirían en diurnos y, luego, en permanentes. Están las aguas ensangrentadas de un río, el Drina, cuyo nombre se convertiría luego en el nombre de los cigarros que calmaban los nervios y servían también como moneda de cambio. Narradas a veces en la voz de la primera persona que le pertenece a los testigos presenciales y a los sobrevivientes, pasan por estas páginas llenas por igual de dibujos y de palabras, las vergonzosas masacres de Foca y Srebrenica. Las violaciones masivas de mujeres, los cuerpos descuartizados de hombres y de niños, los hospitales donde se operaba, cuando se podía, sin anestesia: todo eso está en el libro.


Pero tal vez no hay cosa más escalofriante en estas páginas traspasadas por las marcas más atroces de la guerra que cuando los personajes, habitantes comunes y corrientes de Gorzade, empiezan a contar, más con estupor que con verdadera rabia al inicio, más con el horror que no pocas veces conduce a la incredulidad que al deseo de venganza, cómo fueron reconociendo las caras de sus vecinos en los cuerpos de sus atacantes. Y digo que tal vez no haya cosa más escalofriante porque es ahí, en ese cruel reconocimiento, que los lectores de este libro maravilloso y horrendo, humano y atroz, finalmente nos damos cuenta de lo que significa vivir en guerra, hacer la guerra, sufrir la guerra en el día con día.


De manera por demás sintomática, es en el capítulo intitulado “Vecinos” que la madre de Edin, el amigo-informante que es el Virgilio a cargo de llevarnos tanto a Joe como a sus lectores por los intrincados caminos de Gorzade durante estos años tan difíciles, comienza a mencionar los nombres de los rostros de sus vecinos serbios en una filmación casera. La mujer recuerda ahí, en un par de recuadros que privilegian un rostro ya cruzado de arrugas, cómo solían tomar café en sus casas o cómo celebraban sus navidades ortodoxas o, incluso, asistían a sus bodas. “Cuando los serbios se acercaron como a 50 metros”, admite otro mientras, asomado apenas detrás de un barandal, reconoce a lo lejos a un soldado perpetrado bajo el dintel de una puerta, “reconocí a mi vecino. Uno de ellos había pasado mucho tiempo con mi hijo más joven, mucho tiempo en mi casa… haciendo la tarea, con mi hijo”.


“La cosa más espantosa y aterrorizante del fascismo”, detalla Christopher Hitchens en la introducción de este libro, “es que sólo toma unos cuantos gestos (la cabeza de un cerdo en una mezquita, el rumor de un niño secuestrado, una provocación armada en una boda) deshacer lo que el trabajo comunal ha hecho por generaciones enteras”. Y añade: “Pero normalmente los fascistas no tienen las agallas para llevar a cabo este trabajo por sí solos, necesitan el apoyo de sus superiores o la ayuda de un poder externo, y necesitan saber sobre todo que “la ley”, ya sea definida nacional o internacionalmente, será una broma a expensas de sus víctimas”. De acuerdo a Hitchens, estas tres indulgencias fueron garantizadas en Bosnia durante los años del monumental conflicto. Así fue como los vecinos olvidaron a los vecinos y se encerraron en su terror. Así también fue cómo representantes del Estado, originalmente elegidos para servir y salvaguardar el bienestar de los ciudadanos, eligieron una alharaca nacionalista, enunciada aquí en términos étnicos, para demostrar que tenían la razón en lugar de gobernar. Así fue cómo el trabajo de generaciones enteras en eso que hacemos bien en llamar vecindario o, más generalmente, comunidad, fue disolviéndose en un río (y esto no es metáfora) de sangre y de impunidad.


Si algún lector cree que me he equivocado y, en lugar de hablar de Gorzade a finales de siglo XX, estoy hablando de México a inicios del XXI, debo decirle que no ha cometido un error. La historia que Joe Sacco va desarrollando en textos bien informados, diálogos delirantes y verosímiles (tal vez verosímiles por lo delirantes), y dibujos precisos, de gran poder evocador, es, en efecto, sobre la guerra en el este de Bosnia, pero es sobre todo, de ahí el paralelismo, sobre La Guerra, así, con las mayúsculas de las minúsculas. Difícil no asociar el hambre de poder, el cinismo y cerrazón de los gobernantes, el reino imperante de la corrupción y la impunidad, con los hechos que forman la realidad del país donde nací. No son gratuitos los consejos de no viajar por carretera, ni las sugerencias, sobre todo en ciertas ciudades del norte, de no salir a cenar en lugares públicos ni mucho menos a bailar o divertirse. No son exageraciones lo que cuentan en voz baja los parientes que visitan desde esas ciudades fronterizas: ya se pude cruzar ciertas brechas y el olor a cuerpos chamuscados por las tierras de adentro no es tan obvio, pero nada se ha calmado. No es exceso de cariño ni proclividad por el melodrama lo que provoca que cada despedida vaya precedida de un “cuídeseme mucho” y el abrazo del que no está seguro que esto, este abrazo, volverá a suceder.


¿Cuántos recuerdan todavía lo que sucedió en Bosnia? ¿A cuántos les estremece aún el nombre de Srebrenica? Mi temor es que, sin un registro de los testimonios de esta guerra mal llamada contra el narcotráfico, sin un gran archivo que resguarde las voces de las víctimas de la guerra con la que el gobierno de México decidió unilateralmente iniciar el siglo, en algunos años no sólo habremos de olvidar las masacres y el dolor, sino también, acaso sobre todo, ese trabajo de generaciones enteras, ese trabajo amoroso y rutinario, dialógico y constante, que cuesta formar la comunidad que bien hacemos en llamar vecindario. Escribir es un estremecimiento también. Y es algo nuestro.

lunes, julio 04, 2011

La premura del santón (Diario Milenio 04/06/10)

Entre el fin y los médiums


Hacía días que circulaba la noticia, pero no había forma de confirmarla. Ni la hay, todavía, ni quizá la haya nunca porque en realidad no es una noticia, sino materia pura de especulación. Y todavía más: materia religiosa. O eso al menos intentan los hagiógrafos, con todos los recursos a la mano menos el más urgente, que es el tiempo. Se trata de que nunca sepamos más verdad que la que ellos decidan transmitir, pues la idea no es registrar la historia, sino escribir alguna forma de evangelio antes que se haya hecho demasiado tarde. Si Hugo Chávez se muere de aquí a pocas semanas, sus valedores y beneficiarios necesitan el tiempo indispensable para que, antes de enfriarse, su carne se haya transformado en verbo. Divino, si es posible. Que siga trabajando, aunque no pueda ya hablar ni moverse y sea preciso prenderle veladoras para escuchar el eco de sus santas palabras. Como esos deudos que se resignan a vivir al lado del cadáver del ser querido con tal de no dejar de cobrar su pensión, hoy los hermanos Castro son como un par de viudos potenciales en actitud querúbica y desesperada. Por eso no es el médico, sino Fidel quien habla con el enfermo, y éste lo escucha como a una eminencia.


Igual que ocurre con las vidas de los santos, las noticias sobre la vida y probable agonía de Hugo Chávez se arman igual que los rompecabezas. Un trazo por aquí, un color por allá, un detalle que inusitadamente encaja en medio de la confusión general. Para una élite que lleva más de medio siglo en el poder, acostumbrada a reescribir la historia de acuerdo con su precisa conveniencia, la idea de tratar con un personaje tan voluble y antojadizo como la muerte tiene que ser un trámite tortuoso e indignante. ¿Quién se cree esa señora para venir aquí a imponer sus condiciones? ¿Y quién se cree cualquiera, comenzando por el que escribe estas líneas, para hablar de la muerte cuando ninguno de ellos ha tocado el tema y oficialmente sólo hay enfermedad, por supuesto curable pero ya digna del mayor heroísmo? ¿Sería posible arreglar este asunto sin tener todavía que llamar al médium?


Todo es posible en el pus


Una de las ventajas de la hagiografía consiste en ubicar al tiempo de su lado: si el santo ya está muerto, se puede trabajar con calma y mente fría de modo que después pueda ser adorado tal como corresponde a los de su estatura; pero ir contrarreloj en el empeño y colgarle la aureola al hombre vivo de forma que se muera ya sobre el altar es tarea titánica que a nadie se le envidia. ¿Qué van a hacer los Castro si se les quiebra el santo sin haberle construido el altarcito? ¿Quién garantiza que su ausencia intempestiva no abrirá el apetito de más de sucesor en potencia, a saber si no algún opositor? ¿Y si pasa como con tantos mandatarios inmaculados, que a la hora de espichar les salen trapos sucios por doquier y no hay ya quien controle la información? Por eso digo que éste es trabajo para hagiógrafos. Si han de brincar noticias estruendosas sobre el muerto, conviene que ya tenga la aureola en su lugar, de modo que sus fieles puedan lanzar cómodos anatemas contra los herejes y no quede lugar a discusión.


Los indicios son múltiples. Desde las planas llenas de líneas sobre Chávez en el Granma —sería frivolidad apodarlas información— hasta la recentísima declaración de Adán Chávez Frías (hermano radical que hace ver a Hugo como un moderado) sobre la eventual necesidad de usar las armas para defender su revolución, si acaso los votantes opinaran distinto en las urnas, todo apunta, otra vez, a una situación grave que debe camuflarse con eufemismos. Si a lo que hasta hace poco se le llamaba absceso ya se le reconoce como tumor-maligno-totalmente-extirpado, habría que ser ingenuo u obediente para creer que al fin se escucha la verdad sobre un tema espinoso del cual dependen tantos asuntos acuciantes, como la transferencia y conservación de un poder que hasta pocas semanas atrás era unipersonal e intransferible.


El primer autohagiógrafo


Tal vez la peor desgracia del tirano sea jamás poder confiar en nadie, aunque también para eso están los lazos fraternos. De ahí que tanto los hermanos Castro como sus socios y émulos, los Chávez, sean reacios a soltar información y muy propensos al envío de mensajes. Tienen que controlar la situación, aun a sabiendas de que sus inmensos poderes no valen más allá de sus fronteras. Pero ahí está la santa hagiografía: si los números nunca terminan de cuadrarles y los panes y peces no nada más no se les multiplican, sino que ya no alcanzan ni para dividirlos, sólo queda contar con los fieles más duros de un culto que demanda sumisión absoluta y no depende de hechos ni resultados, sino de la palabra de sus ministros. En la eventual aparición de dudas cosquilleantes, contradicciones obvias o algún problema de verosimilitud, se invita al compañero solidario a oprimir ipso facto el botón de amén.


Renuente a dejar chamba tan delicada en manos de cualquiera que no sea él mismo, hace años que Fidel se ha entregado a construir su propia hagiografía. Sus “reflexiones” tienen vocación de epitafios y en ellas se respira la nostalgia del añejo mandón por las épocas previas a esa calamidad de la información globalizada. Qué esperanzas que en esos buenos años hubiera batallones de blogueros denunciando, por ejemplo, los grandes tirajes de sus libros, cuya edición obliga a sacrificar las de otros acaso más legibles y menos aburridos. ¿“Acaso”, he dicho? Quise decir: sin duda. Y esto ya nos devuelve a la hagiografía, que de por sí es tediosa pero igual no se espera que sea entretenida. Entre tantos herejes empeñados en derrocar tiranos, la vida de un exégeta de la opresión debe de ser triste y sacrificada. El libio, el sirio, el coreano, el cubano, el venezolano: ¿Qué harían sin hagiógrafos? ¿Qué más les queda sino mandar hasta la muerte? ¿Qué va a hacer de su iglesia cuando queden más rezos que fieles?

miércoles, junio 29, 2011

Los hombres de Hu (Diario Milenio/Opinión 28/06/11)

Algunos dicen en Babilonia que ciertos peces se esconden para conservar la humedad cuando el río se seca. Luego salen a la superficie para alimentarse. Caminan sobre sus aletas. Mueven la cola en signo de saludo o despedida. Todo eso dicen. Cuando se les persigue, huyen; pero siempre voltean a ver la cara del perseguidor un segundo antes de zambullirse de vuelta.

Dicen en Nuevo Laredo alrededor de la mesa de una cantina, entre el ruido de tarros que chocan, que, a pesar de las apariencias, no son delfines ni mantarrayas ni peces de dimensiones muy finas. Dicen que son hombres. Carne de su carne. Hueso.

En Amecameca, frente a una fachada que fue traída de otro lugar ladrillo por ladrillo, pieza por pieza, dicen que por esas ventanas alguna vez fue posible avizorar en todo su esplendor, en su infinita alicaída presencia, el rigor del océano sobre el que es posible imaginar las distancias más serenas.

Hay una cosa maravillosa en las veredas gélidas de Siberia. Dicen que alguien de nombre Fyodor alguna vez dijo que los hombres de Hu son reales.

En Cyrene dicen que las abejas no tienen voz y que la miel terminará por escaldarte la lengua.

Dicen en la punta del cráter de un volcán muy alto, ahí donde Juan Rulfo alguna vez encendió una pipa, que la falta de respiración es una queja muy real y muy amplia y muy sin embargo.

Dicen en los parques encantados, y esto mientras brota una mariposa de la palma de una mano y un anciano jura que está de pie porque necesita salvarle la vida a dos de ellos, que los hombres de Hu encienden hogueras pequeñísimas sobre platos muy blancos. Dicen que son pirómanos y románticos y no hay nada que se pueda o se quier hacer al respecto.

En las islas Electrides, que quedan en el golfo adriático, dicen que hay dos estatuas, una de estaño y otra de cobre, dedicadas a alguien o algo.

Algunos dicen en Coal Oil Point que lo más difícil es tomar el remo y arrojarlo contra la superficie del agua y hundirlo ahí, una y otra vez, una y otra vez, como si se tratara de un cuerpo al que se le quiere sacar las entrañas.

En Oxnard dicen que sus voces se apagan.

Dicen en Pontus que algunos pájaros se esconden durante el verano en los agujeros de ciertos troncos y que, ahí, no sienten cuando les arrancan las alas aunque sí reaccionan ante el color del fuego cuando los colocan sobre las brasas.

En Montecito dicen que los han visto salir por las mañanas —el sol sobre sus frentes, los remos en las manos, las abejas alrededor de sus hombros— y que sí tienen piernas y brazos y cuellos.

Hay otra cosa maravillosa entre los habitantes de Coal Oil Point. Dicen que, cuando la bruma entra antes de las cuatro de la tarde, especialmente si tiene un tinte amarillo o rosa, las garzas no vuelan sino que levitan sobre las aguas inmóviles del estuario. Dicen que los hombres de Hu las observan, extenuados.

Dicen los que ven el cielo que cuando avizoran los catorce míticos pelícanos que vienen de Lo Lejos algo sucederá en Tirrenia o en Matamoros o en la ciudad de México.

El moribundo que yace sobre la banqueta de Reynosa dice que hay un lugar que responde al nombre de Hu y que los hombres de Hu caminan o se deslizan o se arrastran sobre la superficie entre gris y azul del océano. Dice que recuerda o cree recordar el relato de un hombre que también caminaba sobre las aguas.

En Chipre dicen que los ratones comen hierro y que los hombres de Hu sobrevivirán, sin duda, el invierno.

Algunos de los que viven en Valencia dicen que han visto cómo se inclinan sobre extrañas máquinas negras para escuchar, y esto con devoción de obseso o fanático, los sonidos que de ahí brotan. Dicen que son caleidoscópicas ondas electromagnéticas. Dicen que ante su influjo, esos hombres de Hu mueven el cuello, las rodillas, la cadera en tenues óvalos oscilantes. Dicen que a su manera de gemir la conocen ya, incluso, como los gemidos de los hombres de Hu.

Dicen en una iglesia vacía de Ciudad Juárez, la voz vuelta un puro eco o un puro alarido o un puro estertor, que de nada vale rezar o pedir o creer, pero que sí han platicado con los hombres de Hu. Dicen que tienen lenguaje y que entienden lo dicho a la perfección. Dicen que asienten.

En Armenia dicen que hay un lugar que se llama Hu y que sus hombres mascan tabaco y escupen luego sobre las plantas que sienten y desean y gozan y padecen.

Hay una cosa maravillosa entre los habitantes de Yásnaia Poliana. Dicen que nada les impide pensar al tiempo como el título de propiedad de una granja considerable, de nombre, pongamos por caso, Yásnaia Poliana. Dicen que el tiempo después de las 5:30 de la tarde es no más que una parcela dentro de esa granja de la que algunos, por razones que se desconocen o no vienen al caso o a nadie molestan, han ido tomando posesión.

En San Petesburgo dicen que, algunos de ellos, especialmente en los días posteriores al solsticio de verano, se preguntan insistentemente: ¿Así que esto se siente ser una casa de verano?

Dicen en Hu que los hombres de Hu reman, sin embargo.

[Un poco con base en “OnMarvellousThingsHeard”, atribuido a Aristóteles, en Minor Works, Englishtrans. by W. S. Hett, M.A., 1936]

martes, junio 28, 2011

Para matar al amigo (Diario Milenio/Opinión 27/06/11)

Ojos que no veían


Tu indiferencia me mata, dice el mensaje. Te ha llegado por Twitter en un lunes cualquiera, de parte de tu amigo Alfonso, mientras mirabas un partido de tenis. Piensas en revisarlo al fin del día, pero la comezón ya te domina, de modo que haces clic y esperas al video, mientras conectas y te cuelgas los audífonos. Sabes que es justo lo que no quieres ver, pero una angustia íntima no te deja parar. Ves perros enjaulados, pones pausa y apagas el aparato. ¿Cómo es que iba el partido? No logras concentrarte. Prendes el aparato. Ya no puedes parar, ni lo deseas siquiera. Te dices que eres fuerte y vas a resistirlo. Haces otra vez clic. El video habla de métodos de sacrificio canino, algo así, pero no entiendes bien porque ya la espiral del horror te atrapó y lo que miras te quita el aliento. Pones pausa de nuevo, miras en torno tuyo. Todos están abstraídos en el tenis, puedes ir adelante.


Se escucha un mazacote de música y ladridos, o será que la escena te aturde y te rebasa. Un hombre lanza al piso el cuerpo de un perrito faldero recién ejecutado, como si fuera alguna jerga húmeda, justo frente al hocico de otro más grande que espera ya en poder de su verdugo, y parece acercarse al muerto, o moribundo, como para olisquearlo, pero ya el matarife lo remoja, le conecta los dos polos del cable, da un paso atrás y aplica la descarga. Es un perro bonito, color blanco y marrón, que de pronto se tensa y se sacude, intempestivamente convertido en zalea. Varios otros aguardan detrás de un enrejado, ladrando y sollozando porque entienden muy bien lo que va a sucederles en cosa de minutos. Luego aparecen varias leyendas con cifras y estadísticas espantosas, pero ya no respondes porque de pronto el mundo se convirtió en espanto. Cuando el video termina, eres otra persona. Taciturno, extraviado, te sales del estadio, aunque no del infierno. Piensas que quien te mire te llamará lunático, pero no indiferente. No más.


La rabia y el suplicio


Han pasado los días y adónde vas te siguen las imágenes. Intentas eludirlas prendiendo el aparato para jugar un poco de Flight Control, pero cada vez que aterrizas un avioncito, regresan los perritos a tu cabeza. (Corrección: quien regresa es la muerte.) En lugar de ayudarte a la evasión, el juego te devuelve a las imágenes. Una noche de plano abres el Twitter y buscas el mensaje del lunes anterior. Hasta donde recuerdas, lo retwitteaste. Pero no está, seguro que metiste la pata (esta última palabra te estremece como una visión siniestra). Por fin encuentras el mensaje de Alfonso y haces clic otra vez. Vale más torturarte mirándolo con calma que dejar al cerebro reconstruir el recuerdo a su tétrico modo. Si observas bien, el perrito no trata de olisquear nada, sino que abre las patas y se queda en tensión, aguardando la descarga inminente. Una vez más, la indiferencia campechana de los matarifes te congela la sangre. Te espeluzna. Te enoja hasta las lágrimas, maldita sea. Cierto: son más humanos los condenados que ellos. Quién pudiera mostrar esa entereza para enfrentar el peor de los horrores.


¿Tendría nombre el perrito marrón y blanco? Te gustaría llamarlo Solovino, pero lo has visto irse, nunca venir. Morir solo, asustado, abandonado a la peor de las suertes, sin la menor piedad o siquiera respeto de parte de nadie. ¿Tiene nombre la gente que es responsable de tamaña atrocidad? ¿Alma, corazón, madre? ¿Cómo se atreven a llamar sacrificio a esa carnicería mecánica e inconsecuente cuyas víctimas son cada día maltratadas como trapos mojados inertes e insensibles? ¿Cuál es el sacrificio ahí donde jamás se conoció el respeto? ¿Parecería ridículo a los ojos de aquellos barbajanes que a cada condenado se le diera siquiera el privilegio mínimo del aislamiento? ¿Les parece normal que los demás perritos tengan que estar presentes en la matachina, o es que son tan imbéciles que asumen que no sufren por el doble martirio? ¿Creen los torpes burócratas que han hecho el reglamento de estos diarios horrores que sería un lujo exótico dar a los condenados la muerte apenas digna por la vía de una sobredosis de anestesia? Y a todo esto, ¿cómo es que a los cadalsos para perros y gatos se les conoce como centros antirrábicos, cuando son meros centros de exterminio? ¿Cuál de esas pobres víctimas inocentes llegó hasta allí con rabia, por el amor de Dios?


Gracias por la amargura


Odias escribir esto, pero hace una semana que no tienes opción. A veces, el deber salta a la vista. Si hubiera más espacio, escribirías el triple porque tú sí que sientes una rabia loca desde que las preguntas no te dejan en paz. ¿Deberías quejarte con tu amigo Alfonso por colmarte los días de amargura? Muy al contrario. Por extraño que suene, se lo agradeces con toda el alma porque al menos ahora no eres indiferente y hay aflicciones hondas que también cauterizan las heridas que causan. Se lo agradeces por el perrito blanco y marrón, por los demás que mueren en aquel video negro, por los que ahora mismo son masacrados de idéntica manera. Se lo agradeces porque gracias a eso te has sentido persona, y esa sola certeza te llena de vergüenza. Y al fin se lo agradeces por todos los perritos que han sido tus amigos, compinches, familiares, hermanos. Por los que te han matado, los que se han ido solos y hasta los que vendrán. Cuadrúpedos que entienden mucho más de lo que alguna vez son entendidos. Que no darías por ser así de humano.


¿Qué hacer ahora con las demás preguntas, si son tantas y urgen y sólo queda un párrafo? ¿Tienen sangre en las venas todos esos canallas irresponsables que van y compran perro como quien se hace de un objeto desechable, y al chico rato lo echan a la calle porque nunca supieron lo que hacían? ¿Es verdad esa pavorosa estadística según la cual siete de cada diez mascotas son abandonadas por sus dueños en el plazo de un año? ¿Que un perro abandonado no sobrevive por más de dos semanas en la calle? ¿Cómo llamar a aquellos mercachifles que ofrecen cachorritos a media calle como otros venden chicles y cacahuates? ¿Se imaginan el miedo que sentirán esos animalitos desdichados cuyo destino negro se resuelve en un idiota impulso irreflexivo? Hasta aquí las preguntas. Vuelves al aparato. Ahora que lo recuerdas, tienes que retwittear el mensaje de Alfonso:
http://www.youtube.com/watch?v=FbA3neYBie8&feature=youtu.be.

miércoles, junio 22, 2011

Recicla este libro (Diario Milenio/Opinión 22/06/11)

Escribe la poeta norteamericana Harryette Mullen en la introducción de su libro Reciclopedia (Greywolf Press, 2006): “Si la enciclopedia colecciona conocimiento general, la reciclopedia rescata y encuentra usos imaginativas para ese conocimiento. Eso es lo de lo que la poesía se encarga cuando rehace y renueva palabras, imágenes, ideas, transformando así un excedente cultural en algo inesperado”. Si bien con Sleeping with the Dictionary/Dormir con el diccionario, una publicación del 2002, Mullen fue finalista de, entre otros, el prestigioso Premio Nacional del Libro en Estados Unidos, los libros incluidos en esta Reciclpedia son publicaciones anteriores: Trimmings (1991), S*PeRM**K*T (1992), Muse & Drudge (1995). Los que presento aquí en traducción al español son poemas de Trimmings/Ribetes, en los que Mullen deja fluir su interés por materialidad de ciertos objetos domésticos, especialmente aquellos que rozan el cuerpo femenino, siempre bajo el amparo de aquellos Brotes tiernos de Gertrude Stein.


Ribetes


No me preguntes qué ponerme (atribuida a Safo)

Convertirse en algo, para una canción. Un cinturón se convierte en una cintura tan pequeña. Las serpientes alrededor de ella, envolviendo. Añada la cintura a cualquier figura, substraiga, divida. Los accesorios multiplican un look. Qué cosa, un cinto sugiere un abrazo. La aspira. Ella se abrocha. Sonríe, más tensa. Rápido identifica el bulto bajo el cinturón.

Los labios, muy bien cerrados. Piel que se abrocha con una pequeña presión. Estar en aprietos, en quiebra. Un veloz arrebato, de emergencia, persiguió a la dama con el bolso de cocodrilo. Un ladrón verde, sin alivio, se metió en su cartera como gancho o como pillo.

Su roja y blanca, blanca y azul bandera manera. Su roja y blanca y toda negra y azul. La mascada de Hannah le hace señas en la cocina con Dinah, con Jenima. Alguien en la cocina que conozco.

Desborda los lentes oscuros y la complexión relajada, un tono delicado, la tapa mantiene la cabeza fría bajo el alto sombrero.

Un poco apretado, algo picudo, se acerca al escándalo. Una del par levanta el empeine con el tacón. Si el zapato queda bien, la mula* patea, un caído, un arco de ángel que pierde el solo apoyo de la suela.

Dos piernas bien torneadas se estiran, luego corren. Pura magia, una caja que se divide. Alguien vio a una mujer partida a la mitad que ondeaba unos pies formidables.

El color “desnudo”, un tono de piel. La piel de quien apenas despliega un bronceado que se antoja. Lo que duran en el mostrador los bienes almacenados. El cuerpo acosa los inventarios de las existencias del verano. Una susceptible Godiva con peluca y a caballo, un molde de yeso sentado en calma.

Dentro de los pliegues de las castas enaguas, chupamirtos. Dentro de una bolsa roja con un cordón de seda, colibrí, cuya lengua es dulce. Un amuleto de amor, un batir cautivo, un aleteo. Escondido bajo los holanes, el corazón secreto, una bolsita atada con seda.

De una muchacha, en blanco, entre líneas, en los espacios donde nada está escrito. Sus enaguas almidonadas zafándose de él. Los labios entreabiertos, un gesto revelador, justo donde la besaron, y dijo. Quién le creería, yaciendo sobre las sábanas. Las fundas, la ropa sucia ya lavada en casa. La plática sobre la almohada en un sofá de piel aparece y desaparece en sueños. Sin permiso, pasa bajo la puerta. Un nombre adora los lapsus freudianos.

Algunos calzones tienen los suficientes. A algunos les hace falta. Algunos o cualquiera. Algunos son una apuesta.

De qué la suavidad material que se dobla en dos para envolverla, abajo cuándo sobre, al revés o al derecho, donde el aire es, lo que hace la diferencia en la capacidad de movimiento, vivir aquí —o caminar. Partir, ponerse la ligerísima prenda. Los agujeros respiran, y tragan. Las aperturas, la bastilla, la manga. Los bordes en las orillas donde la piel se detiene, o empieza. El deseoso ribete. Coser los botones, aunque se abran lentamente las flores —imagina su color. La falda suelta, un pétalo, un bolsillo para tu mano. Mi vestido cae sobre mi cabeza. Una sombra me asombra.

Cuando un vestido es rojo, ¿hay un final feliz? ¿Hay murmullo y satisfacción? ¿Silencio o alarma? Promete pero quién cumple. La aflicción es roja. Vende, grita, una urgencia puesta al revés. Niña de mis ojos, mejor verte. De paseo, preparándose para el insulto.

La novia se vistió de blanco. Posó en un modesto corpiño a la moda. El pastel con los capullos de azúcar y el betún blanco. A todo mundo le toca una tajada. Los chistes pasados de color, prestados y azules. Su rubor, la punta del iceberg, congelado en capas de encaje en la fotografía de su sonrisa.

* La referencia es a los zapatos destalonados que en inglés se denominan “mules”.