martes, marzo 12, 2013

Elogio de la bibliografía (Diario Milenio/Opinión 12/03/13)


Las notas de pie de página, las bibliografías —comentadas o no— o las comillas, antes señas de uso exclusivo y obligatorio de la escritura académica, se han ido colando con mayor frecuencia en las últimas páginas tanto de novelas como de libros de poesía. Alejándose de la impostura del autor genial y solitario que, aparentemente, nace sabiéndolo todo, este gesto apunta hacia otro tipo de entendimiento autorial que implica, de suyo, una relación con el lector más horizontal y dinámica. Cada lista bibliográfica devela el tipo de lectura —y luego entonces el trabajo y tiempo de lectura— que el autor precisó para generar tal o cual idea, escena, personaje, atmósfera, juego de lenguaje. Se trata del momento más otro de la creación: su sitio más alterado. Poblado de otros, circundado por voces que vienen de lejos gracias a la pantalla o el papel, el autor se muestra así como una entidad plural a la que la configuran mil cabezas. Lejos del ensimismamiento o la noción autoglorificadora del autor como mito genial, lo que la bibliografía nos da es la figura de un autor que es, ante todo, un lector. Se trata, además, del tipo de lector que, ya con cuidado o ya con gozo o ya con ambos, corre el velo sobre su proceso de producción de conocimiento para compartir y compartirse con otros lectores, volviéndolos autores potenciales en el acto. En efecto, se trata más que un momento de comparecencia (dícese de la acción que lleva a una persona ante un juez o un tribunal), de un instante de compartencia. El lector que se inmiscuye en la bibliografía de su autora camina, de hecho, por las bambalinas de la obra con la libertad que otorga la información fidedigna y clara. Las listas bibliográficas muestran, así entonces, el momento más hospitalario del libro. Su figura más generosa. En pocos lugares como en la bibliografía nos queda más claro el estar-en-común del libro. Esto es: el momento en que el autor decide saltar del pedestal solitario de la jerarquía literaria, para caminar a pie en la calle del nosotros.
Cada libro de Michael Ondaatje, por ejemplo, cuenta con un par de páginas al final en las que desgaja minuciosamente el abanico de sus fuentes. El autor nacido en Sri Lanka y avecindado desde hace mucho en Canadá, no creció sabiendo todo acerca de los vientos que describe, digamos, en El paciente inglés y, por ello, al final de la novela, anota los títulos de los libros en los que encontró esa información. Lo mismo hace con la palabra gotraskhalana en la novelaDivisadero. Por esa nota al final de libro el lector sabe con el autor que gotraskhalana significa, de manera literal, “tropezar con un nombre”. Es un término de la poética sánscrita, dice Ondaatje basado en el trabajo de Wendy Doniger, con el que se describe al acto de llamar a un ser amado con un nombre erróneo. Se trata de un accidente verbal que dirige “la luz de la linterna hacia el interior del cerebro, revelando un vasto museo de hechos y deseos”. El lector interesado puede, así entonces, dirigir su atención a esos viejos o nuevos libros para seguir las huellas de los vientos africanos o para perderse en los tropiezos del sánscrito. El lector vigilante puede, si así lo decide, corroborar si la fuente de información fue fidedigna o no. Independientemente del objetivo último de cada lector, la bibliografía se extiende aquí como una invitación a continuar con la conversación que es todo libro en el contexto de otros libros. Una tradición.
Lo mismo hacen, aunque no con la frecuencia que podría esperarse, los autores de cierta novela histórica. Enrique Serna, por ejemplo, incluye una generosa bibliografía, que incluye tanto fuentes primarias como secundarias, al final de Ángeles del abismo, la novela en la que narra la historia de amor entre una falsa beata y un indio que finge su propia conversión en el México del siglo XVII.
Tal vez en ningún lugar la presencia de la bibliografía sea tan escandalosa, sin embargo, como en los libros de poesía. Un campo de escritura hasta hace no mucho dominado, al menos en ciertos sectores de la producción mexicana, por la idea del canto lírico que obedece a un yo autónomo y unitario en su momento más íntimo, los poetas han rechazado, ya sea por considerarlo inútil o autoritario, este momento de compartencia con los lectores. A medida que aumenta el uso de estrategias de apropiación que vinculan el lenguaje prestigioso de la poesía con el discurso cotidiano de la vida pública, se ha vuelto igualmente necesario desarrollar una serie de estrategias para dar cuenta de la presencia de otros en los procesos de des- y re-contextualización de lenguajes que conforman muchos de estos libros. Una de las maneras más simples, y acaso por eso más socorridas, es la incorporación de la lista bibliográfica en las últimas páginas de los libros de, entre otros, Juliana Spahr, Derek Beaulieu, Mark Nowak o Jen Hofer. Así es que los lectores nos damos cuenta del dónde y el cómo, del por qué y, en lo que cabe, el para qué de los textos que nos comparten. Así es como los lectores nos volvemos, pues, cuerpo en un mundo de cuerpos junto con los autores. Y viceversa. Cuestionar la configuración plural de la autoría y encontrar formas creativas de incorporar el momento alterado de la comunalidad en el cuerpo del texto—o en el cadáver del texto, si lo vemos dentro del contexto necropolítico de su producción—es una de las tareas fundamentales de la desapropiación que viene. Eso es cierto.

Los días del tiempo: "Ese misterio, Hugo Chávez Frías, teniente coronel"- Pedro Ángel Palou (Y sin embargo/Opinión 11/03/12)


Los hechos son incontrovertibles, un país que hace 14 años tenía más del 40% de pobreza (con sus 33 y pico millones), posee sólo el 6%. El mismo país es desde 2005 declarado por la UNESCO como libre de analfabetismo. La cantidad de hospitales, escuelas, carreteras y viviendas construidas y habilitadas desde hace una década ha cambiado el rostro del lugar, por siempre. Un líder carismático –un caudillo, diría él– ha logrado todo esto ganando más de 10 elecciones y dos referendos con porcentajes mayores al 50% de los electores (aunque nunca abrumadores), produciendo una especie de religión laica –el neobolivarismo, o el chavismo fuertemente centrada en su persona. Hoy que ha muerto Hugo Chávez, Venezuela es otro, muy distinto que el que dejó en quiebra el segundo periodo presidencial de Carlos Andrés Pérez. No se trató de un dictador, aunque tampoco de un demócrata para los estándares internacionales. Un autócrata, más bien, que concentró el poder y gobernó gracias a la enorme riqueza petrolera, en un país con infinitas desigualdades sociales. Los miles que salieron a llorar a la calle en su sepelio no son actores, muchos de ellos ni siquiera beneficiados directos del chavismo, son simplemente pobres que han ganado en estos años haber dejado de ser invisibles. Emancipados, con derecho al voto, han cobrado carta de ciudadanía. (Como supo ver con tino en 2010 Eduardo Galeano). El precio, sin embargo, ha sido caro pues muchas libertades civiles han sido clausuradas por el mismo sistema que hemos descrito. Censura, cierre de televisoras, un enorme programa de nacionalizaciones y una brutal deuda pública dejan al país sin saber cómo responderá –con qué programa social– ahora que se termina la revolución chavista, el sueño de un joven cadete que afirmó una y otra vez que nunca leyó a Marx y que inventó, o reinventó el socialismo latinoamericano del siglo XXI. ¿Será capaz Maduro de enfrentar la división interna, cohesionar a la élite militar y continuar la labor de su maestro? ¿Volverá Capriles esta vez por todo? ¿O muchos chavismos –locales– se disputarán la herencia, dinamitándola? Porque su bolivarismo –y el excedente petrolero– le permitieron promover y patrocinar a una nueva izquierda con tintes absolutamente distintos, desde el indigenismo de Evo Morales hasta el extraño retorno de Daniel Ortega, hasta la salida de la crisis del kirchnerismo en Argentina o el equilibrio financiero de Cuba. El petróleo le permitió convertirse en el amigo, el compañero de todos estos nuevos liderazgos a los que apuntaló y fortaleció. Esa es la segunda incógnita después de su muerte, la internacional: ¿qué pasará con los países amigos, vecinos y no tanto, cuyos negocios con Venezuela son tan lucrativos? La geopolítica latinoamericana sufrirá, sin duda, un reacomodo inevitable pues por más bolivarismo el sucesor tendrá que vérselas con la economía interna más pronto que tarde. Es fácil desde ese periodismo de lobby de hotel que denunciaba Christopher Hitchens, en donde pocos van a las fuentes y todos buscan más bien una conexión wifi para ver qué se está diciendo y publicando instantáneamente en los medios para producir una nota en consonancia con el sensus comunis, descartar a Chávez, o al populismo que encarna. Se hace desde la comodidad de una lectura uniforme del mundo que tiene tres falacias centrales: 1) la democracia es un bien en sí mismo y por ende cualquier país que no se rige por lo que el capitalismo financiero y el liberalismo llaman libertades democráticas es esencialmente malévolo; 2)el capitalismo y el libre mercado entrañan una libertad de elección que produce agentes autónomos, emancipados que eligen no sólo a sus gobernantes sino racionalmente sus decisiones; 3)las economías emergentes lo son en tanto se ajustan a los criterios del capitalismo financiero internacional. En nuestros países la desigualdad sigue siendo tan brutal que estos tres principios son fácilmente falaces. No hay free choice, pues el sujeto está siempre condicionado por su situación económica y social y se encuentra francamente excluido no sólo del estado de derecho sino del derecho al estado, razón por la cual los populismos son tan efectivos: empoderan y emancipan a amplios sectores de la población otorgándoles a veces por primera vez en su historia voluntad política y capacidad de decisión. No hemos encontrado una alternativa al capitalismo que no merme las libertades individuales y las llamadas socialdemocracias hoy no son sino formas distintas de gastar/ahorrar el presupuesto público, no soluciones de fondo, alternativas viables. Sin embargo la crisis del modelo es clara y figuras como las de Chávez, incluso con sus excentricidades mayores, son dignas de revisión y reflexión, como ha hecho la periodista Alma Guillermoprieto en su excepcional perfil para el New York Review of Books, The last caudillo. (“Se preocupaba por la gente. Desafió el racismo venezolano y saltó por encima de las barreras de clase. Al venir de circunstancias él mismo de circunstancias abyectas, trajo mejoras significativas en la salud, la educación y el bienestar público a los pobres, allí mismo donde vivían, en sus barrios. Él se mostraba desafiante. Él era un macho”). Reflexionar y debatir sobre los años de Chávez en lugar de denostarlo o ensalzarlo debería ser una tarea de los medios y de los intelectuales (si es que queda alguno que no se haya convertido en simple opinionador de lobby de hotel, para seguir de nuevo a Hitchens, quien por cierto criticó fuertemente a Chávez después de acompañar a Sean Penn a un viaje por la Venezuela profunda, en su irónico Hugo Boss). Esa reflexión es la única manera de llenar el vacío que las gracejadas y ocurrencias del comandante nos dejan a quienes seguimos pensando que en América Latina pueden decidirse aspectos fundamentales de nuestra vida humana. Más allá de su necrofilia bolivariana, como la calificó Hitchens, o de la adoración de sí mismo que bien vio Guillermoprieto, su liderazgo social produjo para un enorme sector de la sociedad resultados que difícilmente se han visto en otros países de nuestro continente donde el neoliberalismo sentimental todavía cree que la inclusión y la incorporación son las únicas formas de vivir felices todas las patrias, silenciando y volviendo invisibles a los verdaderos sujetos de la patria, los ciudadanos sin ciudad, los de las favelas y los cinturones de miseria, los expulsados a Estados Unidos o a la droga, a la miseria o a la muerte). Es cierto que Chávez construyó un gran teatro en el que él era el actor principal, es cierto que su mesianismo endeudó al país, pero también es cierto que nunca tantos venezolanos lo fueron de veras, ciudadanos al fin, con rostro y voz.

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Maricón a la vista (Diario Milenio/Opinión 11/03/12)


Claro que no es igual la vieja vaca que la vieja vaca. Y eso mismo sucede con el viejo buey. Las palabras son naturalmente tramposas, amén de esquizofrénicas y transformistas. Una sola palabra puede significar decenas de cosas, incluso sin salir de un mismo barrio, dependiendo del peso y la jiribilla que se le apliquen; no es posible contar ni imaginar la diversidad de significados y connotaciones que ese término tuvo que ir sumando conforme cruzó códigos postales, generaciones, épocas y fronteras. Menos aún podemos predecir de cuántas formas pueden ser las palabras usadas, abusadas, tergiversadas y malinterpretadas, de ahí que algunos cándidos opten por proscribirlas, que es la manera ideal de promoverlas. Pues así como hay gente cuyos oídos sufren ante el chirriar de ciertas palabras —ya sea por ofensivas, malsonantes, incorrectas, impropias o discriminatorias— abundan quienes hallan en tales aversiones la prueba irrefutable de que es lenguaje vivo y necesario.
El miedo a las palabras es pariente cercano de la superstición. Nombrar es invocar, y entonces atenerse a las consecuencias. El origen del miedo no está ya en la palabra, su mensajera, sino en el interior de quien evita oírla, leerla o pronunciarla. Se teme uno a sí mismo, por eso se contiene, y eventualmente intenta contener a los otros: un afán tan inútil como ruinoso, pues en vez de restar músculo a ese vocablo le estará confiriendo un poder similar al del conjuro —no se exhiben así las debilidades— al tiempo que se gana el indeleble calificativo de putito.
A menudo, no hay bulto más pesado y alevoso que la carga semántica. Si medimos el valor del lenguaje de acuerdo a la justicia y buen sentido en las implicaciones de cada palabra, la conclusión será que vale más cerrar la boca para siempre, y por supuesto no volver a escribir. Nuestras palabras son en tal modo caóticas, groseras y libertinas que expresan siempre más de lo que dicen, y a menudo retratan mejor a quien describe que a los descritos. No existe un solo término en el diccionario que no admita una carga de mala leche, y los hay que se acuñan a partir de calumnias y prejuicios. Mala leche, por cierto, hecha en casa. Pues no es el tumbaburros sino el usuario quien colma de sentido sus palabras, aun si rara vez se detiene a pensarlas. “Putito”, por ejemplo.
Vocablos como puto y maricón no vinieron al mundo para hacer justicia. Su primera misión era estigmatizar al receptor, y en lo posible ridiculizarlo. Nadie mejor para esa chamba que los niños, cuyos códigos suelen ser implacables ante cualquier atisbo de extravagancia. Cuando algún niño es visto por los otros como llorón, miedoso o indiscreto —o si se siente Batman, o se parece a Robin, o se junta con niñas, o es hincha de un equipo impopular, o no es hincha de nada— se le suma a la lista oficial de maricones. Y si luego de un cierto hostigamiento el estigmatizado pide ayuda a sus padres o maestros, quedará confirmada su condición presunta: maricón. Es decir, cobarde y delator. Indigno de amistad, confianza o simpatía. Apestado y en un descuido contagioso. Y eso que aún nadie habla del asunto sexual.
Pocas combinaciones se antojan tan difíciles como la homosexualidad y la cobardía, excepto para quienes las guardan en secreto y eventualmente llaman al linchamiento de los desinhibidos. Gente que tiene miedo de salirse un milímetro de la cuadrícula. Gente que espera a oír la opinión de los otros para expresar la propia. Gente muy propia, claro, que jamás va a arriesgar una sola palabra que la ponga en el blanco del qué dirán. Gente que tiene miedo a las palabras. Esos, y no los otros, son quienes se han ganado el rango de putitos.
No hacen falta palabras para que el apestado acuse recibo de discriminación. Se ha pasado la vida pretendiendo que no se entera de guiños, codazos, muecas y murmullos a propósito de su forma de vida. Sabe de varios entre sus malquerientes que actúan por envidia o cobardía o muy probablemente las dos cosas. Pues llama la atención no tanto la insistencia de la burla, como la obvia viveza de su interés. Y otro detalle: la misoginia implícita. Quien hostiga a los otros “por maricones” y los da torpemente por cobardes, lo que hace es igualarlos a esas mujeres que en teoría le gustan, aunque en el fondo las envidia o desprecia u otra vez: las dos cosas. Quienes hacen la ley puede prohibir y castigar las palabras que gusten, que de todas maneras nunca van a acabar. Lo saben los cobardes de verdad: no se curan los síntomas sin atacar de frente a la enfermedad.

lunes, marzo 04, 2013

Lía y su guía para perder el miedo-(Sexenio-Puebla 25/02/13)


Escribir libros para niños es una empresa difícil y delicada.

Existen editores y escritores que menosprecian la capacidad de entendimiento que un infante puede tener y deciden entregar textos pobres, sin mucha carne. Afortunadamente aún quedan escritores y editoriales que creen en una calidad textual y gráfica.

La editorial méxico-española: Sexto piso, sigue apostando por la novela gráfica como un género netamente literario y ha ido creando, poco a poco y a pasos agigantados, un catálogo de gran calidad. Con esta colección buscan cubrir al público infantil, adolescente y adulto. Una de las fórmulas que les ha funcionado es la de invitar a escritores mexicanos a crear una historia profunda y fuerte para niños -de temáticas actuales- y a ilustradores mexicanos para acompañar al texto. Los ojos de Lía de Yuri Herrera es uno de los títulos que se agregan a este valioso catálogo.

Con un lenguaje sencillo y una bella narración, Yuri Herrera cuenta la historia de Lía, una niña que disfrutaba de mirar todo lo que le rodeaba y se maravilla por las formas y colores de cada objeto que observaba, hasta que un día su entorno recibe una alteración: la violencia en las calles. Los adultos y la televisión empiezan a hablar de estos hechos, mientras que sus padres hacen todo lo posible por ocultarle esa triste realidad a Lía. Dicen que la verdad, aunque trates de ocultarla, termina por asomarse y así le pasa a Lía, un día al salir de la escuela se encuentra con un tumulto de gente que rodean a un hombre que yace muerto en el asfalto. A partir de este momento, la actitud de Lía ante sus padres, así como la percepción que tiene del mundo cambia para bien y busca la forma de perder el miedo y empezar a componer -desde su trinchera-, las cosas para poder regresarle a sus ojos la belleza que tanto disfrutaba admirar.

Los ojos de Lía es un cuento –para niños y adultos- que ofrece salidas para confrontar nuestra realidad y perder el miedo. Es cierto que ahí está la violencia, pero depende de nosotros que las cosas sigan de esa forma, una de las tantas reflexiones que nos ofrece este libro. Nunca menospreciemos la inteligencia y comprensión de los niños, pues siempre nos llevaremos gratas sorpresas debidas a la gran visión que poseen; tal vez en su “inocencia” están las soluciones que los adultos necesitamos para transformar nuestro presente, pareciera ser la otra reflexión que arroja el texto de Yuri Herrera.

Los ojos de Lía es el libro que los padres necesitan para compartir tiempo de calidad con sus hijos.

Hablando de trepadores (Diario Milenio/Opinión 04/03/13)


Bum. Pam. Crash. Cataplum. Pocas debacles hay tan espectaculares como la caída en desgracia de un nuevo rico. Verle perder el porte, la altivez, el garbo y al fin la compostura. Cebarse en la memoria de su antigua pinta; traer a cuento desplantes y desdenes, humos y fatuidades; celebrar la transformación vertiginosa de su chirriante ayer en un anteayer chusco y esperpéntico; pitorrearse a costillas de ese candor patético que confundió la fama con el prestigio. Hacer cuentas de compras, joyas y propiedades, ponderar los alcances de la exageración, resaltar los detalles de mal gusto. ¿Quién va a querer perderse un showasí?
“Nuevo” es, por lo común, palabra mágica. Pocos pasan de largo frente a ella, y eso lo saben bien publicistas, políticos y seductores varios. A la gente le aburre todo cuanto cree viejo, tanto así que cuando hace una excepción debe echar mano de eufemismos redentores como “tradicional” o “clásico”. Entendemos así que quien posee un coche clásico se dé el lujo de arrugar la nariz ante el aroma del auto nuevo: un perfume capaz de marearlos a todos menos a quien llegó a este valle de lágrimas con la innata etiqueta de viejo rico, y en tanto ello creció con la certeza de que nada encanece tan lentamente como la fortuna.
Se nace viejo pobre, se muere nuevo rico. Pues si los herederos de herederos asumen la opulencia y el don de mando con naturalidad y desenfado, el legado del pobre consiste en batallar desde la infancia con toda especie de privaciones ancestrales, mismas que no se irán por causa de un gran golpe de fortuna, ni ésta será bastante para esconderlas (y al contrario: las magnificará). Hacerse millonario en media hora es proeza sencilla, comparada con el vital aprendizaje de la discreción: un sacrificio inútil para quien se desvive por brindar la primicia de su prosperidad. ¿Y qué es la exhibición de la abundancia, sino la confesión de la carencia? La gran tarea pendiente de todo nuevo rico es aplacar la sed del viejo pobre.
El derecho al respeto ajeno: he ahí la más grande pretensión del nuevo acaudalado. Si al de apellido ilustre y fortuna vetusta le incomoda vivir entre guardaespaldas y vehículos blindados, al riquillo reciente le urge hacernos partícipes de sus medidas de seguridad. Quiere ser admirado a la distancia, se enorgullece tanto de su castillo como del dique pleno de cocodrilos que lo hace inalcanzable al peladaje (esa tribu de pronto irreconocible cuyo mayor defecto es saber demasiado), pues el candor del nuevo rico alcanza para todo menos para olvidar que vive en pie de guerra contra su pasado. ¿Cómo explicar, si no, que defienda su zona VIP cual si fuesen las migajas postreras del último bolillo?
A ojos del nuevo rico, admiración y envidia son la misma cosa. O casi, porque al fin la segunda le reafirma en su ánimo guerrero. Descubrir en los ojos de los otros el malestar estrábico del resentimiento es ver colmada un ansia de revancha cuyo rastro se pierde en la memoria, por más que el gusto dulce del trago suculento tienda a pasar tan pronto como vuelve el apremio por el respeto ajeno —droga dura para el acomplejado— y renace la sed de saberse envidiado. Es decir, admirado en secreto y a disgusto por quienes una vez menospreciaron sus capacidades, o se rieron de sus aspiraciones, o simplemente aspiran a lo mismo y temen que jamás lo alcanzarán. Difícilmente encuentra el nuevo rico placer más exquisito que ser objeto de esa variante corrosiva de la fascinación.
Nuevo rico es aquél que invierte su fortuna en provocar a los envidiosos: una legión tan grande, a ojos de su ego regordete y goloso, que abarca virtualmente a todo el mundo. Tal como el viejo pobre se da por desdeñado con razón o sin ella, el nuevo rico encuentra la ojeriza del otro en sus gestos más insignificantes —o en la ausencia de gestos, aún más sospechosa—, y desde luego la usa como coartada para invalidar chismes, críticas y acusaciones en torno a su persona. “No soportan mi éxito”, se disculpa y al propio tiempo se congratula, con la vista perdida en el cielo raso, la colección de monos de lladró o la estatua del niño meón a media alberca.
La muralla insalvable para el nuevo rico se parece al obstáculo que segrega al fuereño: no conoce los códigos locales ni domina las dobles intenciones. Alterna la tiesura más grotesca con la desenvoltura menos bienvenida. Encuentra distinción allí donde el vecino reconoce estigmata. Se disfraza con la ropa más cara del almacén más caro, y no será accidente si acaso la etiqueta con el precio aún cuelga del bolso o el portafolios, entre tantos detalles de casual elegancia. Hasta que un día bum. Pam. Crash. Cataplum. Otro alpinista que despierta clavadista.

lunes, febrero 25, 2013

Amor tras bambalinas (Sexenio-Puebla 11/02/13)


No hay Historia no que no esté llena de pequeñas historias y no existe personaje que no tenga cosas que ocultar; son algunas de las pequeñas ideas que surgen al leer la más reciente obra de la escritora mexicana Mónica Lavín: La casa chica (Planeta, 2012).

La casa chica combina con gran precisión y fineza los hechos históricos con la ficción para contarle al lector una serie de historias amorosas que “quizá” pudieron haber sucedido en México, tal y como se cuentan en este libro, entre los años de 1930 a 1950.

El lector que se acerque a La casa chica podrá conocer la parte amorosa y protectora del expresidente de México: Miguel Alemán; la fortaleza amorosa que Frida Kahlo tenía para amar fervorosamente a Diego Rivera y al mismo tiempo sostener grandes amoríos con personajes como Nickolas Murray; o el amor diocesano que Emilio “El indio” Fernández le tenía a la actriz Olivia de Havilland, razón por la cual rebautizó a una de las calles de Coyoacán como Dulce Olivia. Sin dejar a un lado la pasión, devoción y el desenfreno amoroso que existía entre Manuel Rodríguez Lozano y Abraham Ángel. O los pleitos amorosos e intelectuales que José Vasconcelos tenía con Enrique Gómez Carrillo por el amor de Consuelo Suncín, quien al final sería la viuda del escritor Antoine de Saint-Euxpéry.

Historias que transcurrieron tras bambalinas de esa Historia que se estudia en las primeras etapas escolares. Relatos que gozan de gran verosimilitud y donde cuesta trabajo ubicar dónde comienza lo ficcional y dónde lo real.

Quizá faltó contar la obsesión amorosa que Agustín Lara le profesaba a María Félix.

La casa chica como una metáfora de ese México que todos tenemos certeza de su existencia, pero que nos negamos a ver. Relatos que retratan cual fotografía a ese México amoroso, pasional, perverso y desenfrenado que cobró vida lejos de toda mirada.

La incursión de Mónica Lavín con la narrativa histórica sigue siendo exitosa, como demostró anteriormente con Yo, la peor y Las rebeldes; las cuales han alcanzado un gran número de ventas. Esta nueva obra –sin lugar a dudas- cubrirá las expectativas de muchos lectores, pues la casa chica está inscrita en el inconsciente colectivo de los mexicanos.

Un libro muy rico, disfrutable e imperdible y que estoy seguro ayudará a muchos a comprender el origen de muchas de las decisiones que cambiaron a México.

lunes, febrero 18, 2013

De pureza y contagio (Diario Milenio/Opinión 18/02/13)


Pocas cosas divierten tanto a un niño, más aún cuando se hace adolescente, como atraer la ira de los persignados. Un enojo especial porque parte del pánico y suele acompañarse de pantomimas que llaman al remedo y el pitorreo. Verdad es que los niños se sienten retribuidos cuando logran hacer reír a sus mayores, pero no hay recompensa comparable a asustarlos y reirse a sus costillas; aunque luego se enojen y se acabe el desmadre, uno de niño goza de merecerse el grado de escuincle del demonio. ¿Quién no quisiera estar entre los enanitos que espantan al gigante?
Las beatas de la iglesia, generalmente dadas a la pedagogía regañona, son la mejor clientela del mocoso ladilla. Necesita uno sparrings, a esa edad, para medir su fuerza y estirar sus alcances. No es, por cierto, una hazaña sino una alevosía bajarse los calzones delante de una vieja persignada, pero de eso trata: los sustos y los chistes son alevosos por definición. Persignarse delante de un pequeño blasfemo le confiere estatura de enemigo, y en tanto ello le otorga la medalla de objetivo militar del Espíritu Santo (que si anda por ahí va a reírse con él).
Convertirse en demonio verosímil a los ojos medrosos de un persignado no es un trabajo muy elaborado. Lo supe una mañana, ya adolescente, a costillas de un par de cándidos cruzados cuyas voces entraron en la línea nada más descolgar el teléfono. “¿Pero cómo es posible que a estas horas esté cerrado el templo, hermana?”, perdía la paciencia el ferviente señor, y para colmo la devota señora le informaba que un tal hermano Juan se había llevado las llaves y no iba a regresar en varias horas. Y en qué iba uno a pensar, con dieciocho años ávidos de risas, sino en sacar partido de ese cruce de líneas para poner a prueba a los cruzados.
“¡Jesucristo te reprenda!”, respingó la mujer no bien me oyó rugir y carraspear las primeras sandeces que se me ocurrieron en el papel de amo de las tinieblas. “¡Ya sabes que estás vencido!”, se unió el hombre a la gresca, y a lo largo de un par de minutos de exorcismo tenaz ninguno de los dos paró de repetir a gritos destemplados su conjuro. Cuando ya comenzaba a arderme la garganta por causa de tan rudos efectos especiales, fui cayendo en la cuenta del piadoso favor que estaba haciéndoles. Una vez que el chamuco chocarrero había dejado la conversación, ambos cruzados soltaron el aire, fatigados de tanto batallar y de seguro con los pelos de punta, porque se despidieron ipso facto. A ver en adelante quién iba a convencerlos de que no habían hecho correr al más grande enemigo de su fe.
Hace ya mucho tiempo que le he perdido el gusto a espantar persignados, no sé si porque veo demasiados o porque ahora son ellos los que me asustan. Y es que no son los mismos, por más que se parezcan y a menudo compartan el árbol genealógico. Pues no hablo ya de beatos chupacirios, como de aquellos que se burlaron de ellos hasta el extremo de estigmatizarlos, y así reprodujeron su mismo esquema. ¿Para qué se persigna el persignado en presencia de dudas y tentaciones, sino buscando preservar su pureza? Se sabe corruptible: tal es la madre de sus preocupaciones. La desgracia de estar entre los puros es tener que vivir con pavor al contagio.
Una cosa es el miedo a lo desconocido y otra el miedo a gustar de lo desconocido. Especialmente, en el segundo caso, si es que el contagio exótico supone contradecir certezas o compromisos en los que el persignado sostiene su infinita fragilidad. Y ello explica que vaya por la vida como un enfermo crónico sin rastro de sistema inmunológico, privándose —o por lo menos eso es lo que nos dice— de toda clase de licencias infecciosas, como la de quitarse el sambenito, aflojarse el cilicio y servirse un tequila con los impíos.
No menos complicado es entenderse con un beato recalcitrante que con un persignado del ateísmo. Y cada ismo tiene sus persignados. Quien creció avasallado por una cruzada tiene todas las armas para sumarse a otra contraria en la teoría e idéntica en la práctica. Y una de ellas consiste en imponerse el deber narcisista de no ver, ni tocar, ni oler, ni siquiera mentar aquello cuya pura insinuación es susceptible de inducir al contagio. Gente muy orgullosa de todo cuanto no hace, ni ha hecho, ni hará. El pecho se les hincha al declarar en voz bien alta que no saben ni están dispuestos a saber en qué consiste aquello que rechazan, si ya ese solo gesto les ha ganado un sitio entre otros persignados. No es que sean muy amigos, pero comparten ascos: ésa es su inmunidad.

lunes, febrero 11, 2013

Radiografía juvenil-(Sexenio-Puebla 28/01/13)


El mapa literario en México cada vez es más amplio. Seguir a las nuevas voces, a veces, es un poco complicado. Gracias a Jaime Panqueva tuve la oportunidad de descubrir a una voz literaria con un futuro prometedor, la de César Tejada. Quien acaba de publicar su ópera prima: Épica de bolsillo para un joven de clase media, bajo el sello editorial Planeta. Tejeda actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y fue director de la revista Los suicidas.

Épica de bolsillo para un joven de clase media es protagonizada por Julio; un joven que quiere ser escritor, que es novio de Clara y juntos comparten una casa, el amor por una perrita y la edición de una revista. Sin embargo, un día su vida da un giro inesperado al recibir la petición de Clara para tomarse un par de semanas de distancia. Ante la ausencia de Clara, el lector asistirá a las inseguridades propias de un joven que un día lo tenía todo y de repente siente que se queda sin nada. Este abandono momentáneo le servirá a Julio para entender las razones de la posible ruptura y de paso saldar cuentas con su pasado. El lector acompañara a Julio a lo largo de dos semanas llenas de divagaciones, de sesiones con el psicoanalista y de una serie de acontecimientos que le ayudarán a ir entendiendo la decisión de Clara y de igual forma irá tomando el valor necesario para afrontar la transición de hacer a un lado el mundo juvenil, para dar la bienvenida al adulto.

Escrita de forma fluida y recurriendo a una narración que va alternando el presente con el pasado, César Tejeda toma una serie de hechos cotidianos para construir una historia aparentemente sencilla. Épica de bolsillo para un joven de clase media es una novela muy rica en su trama y donde el lector podrá identificarse ampliamente con el narrador o con las situaciones que sufre Julio. Una novela que con naturalidad invita al lector a reflexionar sobre cada una de las decisiones que uno va tomando en el día a día.

Novela que podría considerarse como una pequeña radiografía generacional.

Un grandioso debut literario el de César Tejeda y cuya obra lo inscribe a una serie de autores que van mezclando exitosamente las experiencias personales con la ficción; como lo son Guadalupe Nettel o Ximena Sánchez Echenique.

Los trabajos del quejoso (Diario Milenio/Opinión 11/02/13)


Escribir nunca es fácil, y mientras más se escriba más difícil será. Temo como a la peste la perorata de esos fatuos baratos que se ufanan de escribir bien y fácil, con el convencimiento de quien vende laxantes en la vía pública. ¿Cómo va a ser sencillo un quehacer que ventila todo cuanto nos falta? Escribir es difícil a todas las edades, por motivos que crecen, se multiplican y se enredan en la maceta craneana. Pero de eso se trata. La sola idea de un día dominar la escritura se antoja pavorosa, si ésta es una herramienta de autocrítica y como tal no acepta la tiranía idiota del sujeto. Siempre puede escribirse mejor, la escalera hacia arriba no termina y el tropiezo es el pan de cada día. ¿Qué es el perfeccionismo, sino una trompetilla a la perfección?
Hay profesiones que se escogen temprano, antes de que el cerebro se haga adulto y aconseje en sentido contrario. Se escribe o se dibuja o se hace música para jugar a solas, si es que no queda de otra. Como en todos los juegos infantiles, el objetivo está en imaginar un horizonte más atractivo que éste y darle vida de común acuerdo. Creamos un espacio de mentiras donde hay principio y fin, aunque no lo parezcan porque nos escasea la destreza. Para eso, nos tememos, hay que hacerse mayor, y en nuestra ingenuidad consideramos que los mayores nunca juegan a las mentiras (excepto los villanos, que siempre pierden).
Hace días que escribo con una lentitud exasperante. Situación especialmente conflictiva para mi capataz interior: de niño era el amigo imaginario y hoy se ensaña mostrándome la película en sepia de una mano de niño, me temo que la mía, escribiendo a velocidad de videojuego. Lo hace mal y lo sabe, pero no se detiene porque está jugando y esa coartada es más que suficiente para dejar de lado el complejito que de pronto le endilgan los hermanos Grimm (esos montoneros). “¿Y qué tiene ese niño que no tenga yo ahora?”, repelo airadamente, pero igual mi ex amigo imaginario se retuerce de risa. Nadie como un secuaz de la niñez sabe dónde nos duele la memoria. Escribir es también ir por la vida recogiendo pedazos de escuincle desmembrado.
Cierto es que no se puede escribir sin al menos algún sucedáneo de disciplina, pero de ahí a creer que disciplina garantiza constancia media un trecho tan grande como el océano de incertidumbre en el que uno naufraga cuando pasan tres horas y no consigue terminar un párrafo. ¿Cómo es, pues, que ayer mismo se chutó cuatro páginas en doscientos minutos? Mi capataz interno se niega a comprender que la escritura es siempre amante caprichosa. No está para nosotros, estamos para ella. Pues nadie sino ella, una vez invocada, nos librará del miedo a no existir. Lo escrito, nos han dicho, escrito está. Como el adolescente que redacta en la sombra una carta de amor, sabemos que escribir nos incrimina, cuando menos ante nosotros mismos. Y si alguien va a leerlo, peor tantito. Una página en blanco es agresiva porque para llenarla no tiene uno sino su desnudez. ¿Qué clase de gaznápiro encuentra una misión sencilla en tamaña emboscada para la autoestima?
Claro que uno se envicia, y a menudo se queja para justificarlo. Si te dedicas a esto, nunca falta el grosero que te pide uno o más textos de gratis. “Total, te gusta, ¿no? ¿O qué, eres un mercenario de la escritura?”, desafía el lenón desde su púlpito, y es como si dijera qué pasó, mirreinita, ¿no le va a dar cachucha a su camotón? Una actitud, por cierto, de pronto compartida por mi capataz interior, que como buen cafiche desconfía de las chambas que producen placer al operario. Pero lo necesito, porque como él bien dice: la autocrítica no te libra de la quiebra.
“¿Ya estuvo?”, me reclama, como si no supiera de qué estoy escribiendo. Ya quisiera uno arrear con esa autoridad a sus neuronas, pero quién va a explicarle a un capataz el infumable tránsito hormonal que hace lenta y pesada la carretera, cuando no la constela de baches y pedruscos. ¿Y qué puede uno hacer, sino quejarse? ¿De qué otra cosa trata este juego de niños sin amigos donde el ratón se hace pasar por gato? ¿Quién que se siente a corregir el mundo no está llenando al fin un formato de quejas?
Es un placer quejarse, cómo no. Un consuelo, también. Un vicio, de repente. Escapar de un lugar con la imaginación es plantar una queja en el buzón de la propia conciencia. Y a eso venía hoy, con su permiso. No logra uno escribir si no mienta unas madres en la ventanilla.

jueves, enero 31, 2013

Lista de libros leídos en 2012


 En esta lista hay muchas deudas que espero este años saldar todas.

1.      El ajuste de cuentas de Tibor Déry (Cuento).
2.      Diario de un loco de Lu Hsun (Cuento).
3.      El daño no es de ayer de Ignacio Padilla (Novela).
4.      La vuelta de tuerca de Henry James (Novela).
5.      Distopía de Leonardo Da Jandra (Novela).
6.      Rating de Alberto Barrera Tyszka (Novela).
7.      La calavera de cristal de Juan Villoro y BEF (Novela gráfica).
8.      Señor Fritos de Mauricio Montiel Figueiras y BEF (Novela gráfica).
9.      Los calcetines solitarios de Luigi Amara y Trino (Novela gráfica).
10.  Diario de invierno de Paul Auster (Novela).
11.  El año de la liebre de Arto Paasilinna (Novela).
12.  Escribir ficción de Edith Wharton (Ensayo).
13.  La derrota de Dios de José Luis Trueba Lara (Novela).
14.  La soledad de los números primos de Paolo Giordano (Novela).
15.  Los living de Martín Caparrós (Novela).
16.  Conspiración de las cosas de Felipe Soto Viterbo (Novela).
17.  El mal de taiga de Cristina Rivera Garza (Novela).
18.  Un hombre con suerte de Pedro Ángel Palou (Relato).
19.  La naturaleza de las cosas de Pedro Ángel Palou (Relato).
20.  No hacen falta alas de Pedro Ángel Palou (Cuento infantil).
21.  Los libres no reconocen rivales de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
22.  El pequeño mecanismo de los acontecimientos de Fabian Casas (Poesía).
23.  El general orejón ese de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
24.  Ave Xóchitl y la serpiente de luz de Ximena Sánchez Echenique (Cuento infantil).
25.  El impostor de Pedro Ángel Palou (Novela).
26.  Fútbol. Dinámica de lo impensado de Dante Panzeri (Ensayo).
27.  Fuga en mí menor de Sandra Lorenzano (Novela).
28.  Mentiras de verano de Bernhard Schlink (Cuento).
29.  El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán (Cuento infantil).
30.  Efusiva penitente de Valeria Guzmán (Poesía).
31.  Cuartos para gente sola de J.M. Servín (Novela).
32.  Coronada de moscas de Margo Glantz (Ensayo).

Lo que equivale a 2.6 libros leídos por mes. Muchos de estos libros fueron reseñados en mi columna El Guardián del Diván que aparece en Sexenio-Puebla, otros para la sección de reseñas de la revista UniDiversidad-BUAP: Taller. Y algunos libros de Pedro Ángel Palou fueron leídos para la realización de su página web.

lunes, enero 28, 2013

Vivir o morir, no hay más-(Sexenio-Puebla 21/01/13)


Conforme pasan los años, Almadía se consolida como una editorial que apuesta por autores sin una presencia clara en el mercado mexicano y por tener entre su catálogo a una serie de escritores cuya narrativa es arriesgada, provocativa y llena de entrañas. En algunos casos, son textos literarios llenos de una crudeza que pueden maravillar o causar repulsión.
Cuartos para gente sola de J. M. Servín no es un libro recién escrito, es más bien un rescate literario que hace esta editorial con el fin de acercar a este autor con más lectores. Años atrás fue publicada por el sello Joaquín Mortiz.

En esta novela se cuenta la vida de Edén Sandoval; un hombre que vive arrumbado en un pequeño cuarto, donde también habitan una televisión de bulbos y una caja de libros, sus pertenencias más valiosas, quizá. La vida de este personaje está llena de una cotidianidad muy tediosa y una soledad hondamente abrumadora; por si esto fuera poco, la casera de la vecindad se caracteriza por ser un tanto paranoica. Cansado de poseer una vida intrascendental, un día la vida le ofrece una oportunidad que cambiará el resto de sus días: ganarle una pelea a un perro altamente peligroso. A partir de esta escena se desarrollarán una serie de acontecimientos que eliminaran al tedio de su vida y le darán la bienvenida a un novedoso y atractivo caos: la repentina aparición de una vecina que lo salva de encontrarse con la muerte, así como la repentina y extraña muerte de la casera.

La virtud de esta novela corta recae en el peso del personaje, no podría concebirse esta narración sin la serie de actitudes que conforman a Edén Sandoval. Un tipo acostumbrado a la soledad, al desapego emocional, a las pérdidas humanas y animales. Un hombre que se abriga en el abandono cada noche. Por ello, -creo- la parte trascendental de la novela se encuentra en todo lo que acontece después de la pelea de perros, pues Edén sufrirá una especie de muerte iniciática y esto le ayudará a encontrar las fuerzas necesarias para deshacerse de todo aquello que lo ata a su pasado y a la ciudad donde vive.

Cuartos para gente sola es una novela con una simple, pero bien trabajada estética y que de una u otra forma, sin ser el propósito –pienso- del autor deja una gran enseñanza sobre la vida y el papel que desempeñamos en la misma. Un libro que no te suelta hasta llegar al punto final.

A dos topes del infierno (Diario Milenio/Opinión 28/01/13)


¿De qué tamaño es un tope mexicano? La pregunta es muy simple, pero difícilmente hay quien la responda. Tampoco está muy claro qué requisitos es preciso cubrir para instalar un tope en una cierta calle. Es decir, para hacerlo instalar. Uno supone que hay una autoridad facultada para evaluar la pertinencia de una medida así, y en su caso ordenar que se pongan manos y pesos a la obra. Pero he aquí que nuestros topes son especiales: rara vez se parecen entre sí, diríase que cada uno lleva impresa la firma de su autor.
De pronto hay quien los pinta, y hasta quien los repinta si es que se decoloran, pero lo más común es que estén camuflados con el mismo color del pavimento. Conocer la ciudad, en esta situación, implica guardar cierta memoria de sus topes. Nada delata más al conductor fuereño que el brinco intempestivo de la carrocería cada vez que algún tope traicionero se cruza en su camino. Aunque claro, los topes se reproducen. Para mañana habrá otros y en ellos toparemos por sorpresa y habrá siempre un imbécil que se ría cuando nos mire sobarnos el coco. ¿O alguien por ahí no sabe que los topes, igual que los semáforos, son coadyuvantes lógicos de las leyes de Murphy?
Para entender, no obstante, la lógica del tope, necesita uno entrar en la cabeza del vecino imperial. Todos tenemos uno, cuando menos. Por su naturaleza expansionista, el vecino imperial tiende a pensar que la banqueta es de su propiedad, así como el espacio donde deja su coche. No es extraño, por tanto, que el vecino imperial aparte su(s) lugar(es) con cubetas rellenas de cemento, o incluso siembre tubos con cadena y candado, no faltaba más. Y ya puesto a expandirse, lo de menos será juzgar que en sus dominios nadie tiene derecho a andar con prisas y es hora de plantar un nuevo tope. Al vecino imperial le complace imponer reglas de convivencia, siente que de ese modo se hace respetar. ¿Y cómo no, si cada uno que pasa por su casa se detiene en el tope, cual si hiciera una breve caravana?
De más está decir que menudean los topes aberrantes, algunos al extremo de coincidir con un semáforo activo. A la vista del absurdo patente, los fuereños acusan recibo del mensaje: la estupidez existe y aquí manda. Al igual que las leyes arbitrarias, los topes aberrantes cumplen con la función de recordar a la gente pequeña el escaso valor de sus derechos allí donde gobiernan los antojos. “¿A poco la calle es suya?”, preguntaba uno antes, en estos casos. Ahora ya ni eso hace porque abundan los frescos que responden que sí, la calle es mía, ¿y qué?
Otro extremo del tope aberrante suele ser el que parte en dos la calle para facilitar el cruce a media cuadra de los alumnos de una cierta escuela. Es decir que los niños se enseñan cada día a cruzarse la calle lejos de la esquina, conducta a todas luces silvestre y temeraria que muy probablemente repetirán en otras avenidas. Pues si en la escuela lo hacen, a la vista de padres y maestros, a ver quién va a explicarles que a partir de la próxima cuadra nada de eso se vale y es peligroso. Ya se sabe lo que aprenden los niños de quien dice lo opuesto de lo que hace.
Topes por triplicado. Topes en vía rápida. Topes de contentillo. Topes en plena curva. Topes facinerosos. Topes por no dejar. Topes de cooperacha. Topes accidentados. Topes feudalistas. Topes en cordillera. Topes de un día para otro. Topes vindicatorios. Topes impresentables. Topes premeditados, alevosos y ventajistas. Topes que multiplican el monóxido. Topes verdes de envidia. Topes sin ton ni son. Topes que hablan muy mal del país donde abundan. Topes que nos recuerdan que hace tiempo las calles dejaron de ser nuestras y la autoridad es de quien pueda comprarse un saco de cemento.
Vale más ni hacer cuentas relativas al gasto de combustible y la abundancia de contaminantes que implica la cultura rústica del tope; es seguro que son astronómicas, y en tanto eso nos ponen en ridículo. Cada vez que le tengo que explicar a un extranjero el por qué y para qué de los miles de topes, me siento lugareño de una isla infestada de paletos salvajes que se entienden no más que a garrotazos.
Se cuenta que una vez llegó desde Alemania una pregunta de cierto fabricante de automóviles a su filial local: ¿Cuál es la medida estándar de los topes en México? Es probable que hasta hoy duren las carcajadas de los ingenieros.

martes, enero 22, 2013

Se fue el 2012 y luego qué-(Sexenio-Puebla 08/01/13)


El año que se acaba de ir, tuvo muchas cosas dignas de mandar a vagar por un desierto para jamás volverlas a encontrar o de quemarlas y evitar que sus cenizas renazcan como una ave Fénix de las desgracias.

La última columna que escribí el año pasado data del 15 de noviembre. Un día, de repente se me fueron las ganas de escribir de la misma forma en que se van las ganas de todo.

A principios de septiembre descubrí lo endeble que soy. Nunca es grato percatarse de la fragilidad individual. Fui diagnosticado con un cuadro leve de estrés provocando una fuerte migraña y un terrible vértigo. Luego en terapias con mi psicóloga, también salió que tengo cuadros leves de depresión.

Por chistoso que suene, me deprimió más saber que tengo un poco de depresión.

Para colmo mis alegrías y pasiones personales, tampoco daban para más: un Puebla con la franja en rojo y al revés, además de una forma de juego digna de cortarse las venas; percatarme que perseguir los sueños no conlleva un resultado positivo y perder toda esperanza en cuanto al futuro político que nos espera como mexicanos. Darse cuenta que para progresar como sociedad nos falta mucho y no sé sí tengo las suficientes ganas para poner mi grano, porque a veces siento que no vale la pena, que nadie valora el sacrificio y el esfuerzo de la gente de buena fe. Que no basta con alzar la voz, que no sirve de mucho ser joven, que ser ciudadano es sinónimo a no ser nadie, ni nada. Que funciona más ser prepotente, corrupto. Desde que hacía eventos para mi facultad sin ganar un peso y con la pura satisfacción de conocer a un escritor (muchos de ellos, ahora mis amigos) se decía que seguro andaba en corruptelas. Ya no tengo la suficiente energía para soportar ese tipo de acusaciones mal fundadas.

El año pasado perdí mucha esperanza, hoy queda la esperanza de algún día recuperarla.

Y los últimos días del año me despidieron con la muerte de mi Tía Andrea, una tercera abuela para mí.

Sin embargo, existieron cosas muy rescatables: ser de las pocas personas que pudieron convivir con Carlos Fuentes antes de su fallecimiento, haber sido anfitrión de Cecilia Suárez, lograr conocer a Alondra de la Parra, así como las grandes charlas con escritores e historiadores que se pudieron dar, gracias a los eventos que he organizado en el Museo Casa de Alfeñique. La llegada de una nueva integrante a mi familia: Nala, una bella bóxer, gracias a ella mi casa no se ve tan vacía. El ser testigo de la existencia de personas que buscan -a través de las artes y la literatura - combatir los daños que han percudido a nuestra sociedad, como lo son las jornadas de lectura realizadas por Fernando Manzanilla.

Y sí, el fortalecimiento y retorno de viejas amistades, así como la apertura a otras más.

Tristemente, con todo y esto, a veces me dan ganas de soltar todo y largarme. Reinventarme en otro lado. Curarme de todo lo que me ha exprimido Puebla y de lo que no me ha querido devolver.

Dicen que este año vendrá mejor, que es año de cambios positivos.

Por lo pronto retornaré a mis raíces, a refugiarme en lo que supuestamente me hace feliz, a intentarlo nuevamente, antes de abandonar este barco llamado Puebla. Leer, escribir, fútbol, XBOX360, Nala, amigos, familia y caminar por DF; todo al mismo nivel.

Queda creer que las cosas deben cambiar y que después de la tormenta y el sufrimiento, viene la calma y la felicidad.

Publicarse o morir (Milenio diario/Opinión 21/01/13)


Debería empezar por aclarar que vengo de una época en la que casi todo se hacía con papel. Los tiempos cambian hoy a una velocidad que deja mal parada a la memoria; uno tiende, además, a acomodar las cosas según convenga. Recuerdo bien, no obstante, la pesadilla que era en esos años tener guardado algún original —un cuento, alguna crónica, un artículo nunca solicitado— y esperar, como se aguarda la visita de un arcángel, que cualquier editor quisiera publicarlo.
“Esperar” no es un verbo bienvenido, menos aún si tiene uno veinte años y se pregunta si aquello que escribe puede servir para algo más que alimentar el bóiler. Me recuerdo llevando y trayendo bajo el brazo un ejemplar de cierta revista literaria en cuyas páginas había yo logrado publicar un cuento. Un logro, sin embargo, puesto en entredicho por cierto requisito del que no hablaba uno cuando sus amistades hojeaban la revista: para que un texto viera la luz en aquellas páginas, había que pagar seiscientos pesos.
“Hubo un debate fuerte para aprobar tu cuento”, me confió un enterado, y no pude por menos de imaginar a los adustos integrantes del consejo editorial lanzando pros y contras sobre la mesa. “Es un texto malísimo”, se quejaría uno. “Una mierda absoluta”, se le uniría alguien más. “¿Y los seiscientos pesos?”, llamaría un tercero a la cordura. ¿Qué teoría literaria iba a poner en tela de juicio los méritos de seis billetes de cien? Si no recuerdo mal, tamaña cantidad daba para comprar entre cuatro y cinco discos importados, pero los entregué con la ilusión de ver al menos uno de mis escritos publicado en una revista de verdad.
“¿Dónde la venden?”, me preguntaba alguno, cuando tocaba el tema, y ya mis titubeos delataban la poca monta de la hazaña. Del tiraje ni hablar, el autor era el último interesado en saberlo. Ya tenía bastante con ser publicado: una suerte de gracia que caía del cielo, aun si difícilmente le servía al agraciado para más que un masaje fugaz del ego maltratado. Pero era lo que había. La otra opción era conservarse inédito, y en tanto ello seguir temiéndose en silencio que derrochaba el tiempo con esa necedad de la escritura.
Hoy me suena grotesco, pero en aquel entonces llegué a hacer planes tan descabellados como el de enviar novelas por entregas por fax. O distribuir diskettes y esperar que la gente los imprimiera. Ideas que dejaban a mis escuchas con el ceño fruncido y la boca chueca. ¿Cuánto tiempo y dinero había que invertir en enviar cuatrocientas páginas por fax? ¿Alguien iba a leer una novela en rollos de papel térmico? ¿Cómo evitar que de un solo diskette se imprimieran quinientas novelas? ¿Quién iba a interesarse por un libro así? En cualquier caso, el tema era el papel. En tiempos como aquellos, ninguno concebíamos la posibilidad de publicar siquiera un manifiesto sin tratar con la tinta y el papel.
Hoy día, publicarse a sí mismo toma un poco de tiempo y ni un solo centavo. Superada la tiranía del papel, hay decenas de formas de hacer público el propio trabajo, y asimismo ayudar a difundirlo sin tener que esperar la simpatía de nadie. Un buen blog promovido por Twitter y Facebook puede llegar más lejos que la gran mayoría de las revistas de papel. Y si lo que uno quiere es publicar un libro electrónico y ponerlo a la venta en iBooks, Amazon y una decena de librerías más, no tiene más que darse a seguir los lineamientos básicos que permiten lanzarlo al mercado sin gastar un centavo.
En mi experiencia, publicar un librito electrónico de no más de cuarenta cuartillas me costó exactamente 34 dólares, repartidos en configuración del texto y diseño de portada. Mismos que se amortizan con espectaculares regalías de entre 60 y 70 por ciento, lo cual hace posible bajar el precio a extremos que hacen inútil la piratería. No es, por cierto, un negocio espectacular, pero permite difundir los textos con eficacia global, por extensos o breves que resulten, sin pasar por más filtro que el autor. Qué no habría dado uno en la era del papel por la prerrogativa de editarse en casa sin tener que esperar a que otros decidieran invertir en llevarlos al papel: una opción preferible, naturalmente, si bien ya no la única.
¿Qué tan difícil es para un libro electrónico abrirse paso en medio de una gran librería digital? Seguramente es casi una quimera, pero parece fácil comparado con las esperanzas que uno podía tener en la era del papel, cuando sus ocurrencias hibernaban por años en el buró y no había cómo rescatarlas de ahí. Queda, en última instancia, la opción de regalar el libro electrónico a un número infinito de lectores: la famosa estrategia ninja de promoción. Qué no habría uno dado por poder hacer eso, en la era del papel...