lunes, febrero 20, 2012

El secuaz invisible (Diario Milenio/Opinión 20/02/12)

Plagiando a Juana Inés, valdría decir que el negro literario es sólo aquél quepeca por la paga y encuentra en la penumbra su absolución.

1. Fantasmas de alquiler

Por más que hago el esfuerzo, no logro imaginar a un escritor profesional carranceándose párrafos de internet. De hecho, la mera idea delata cierta falta de imaginación en quienes investigan, acusan o sospechan. Entre la multitud de lectores rabiosos que parecen turnarse para lanzar denuestos alplagiario notorio —el cuerpo del delito, en estos casos, suele echarse a perder en plena vía pública— reina un curioso exceso de candor, quién sabe si resabio de pudor, que les impide ver un centímetro más allá de sus narices. O tal vez sea el puro aroma de la sangre, que de por sí despierta urgencias y apetitos descuidados. Seguramente hay más de un papanatas ávido de copiar y pegar textos ajenos para hacerlos pasar por propios, pero tal no es conducta propia de un narrador, cuyo mayor haber es la capacidad de hallar gato encerrado inclusive donde nunca lo hubo, y cuyo auténtico pecado mortal consistiría en ser un ingenuazo. Pícaro de por sí, el que escribe ficción necesita ocultar sus entramados como si de un gran crimen se tratase. Antes de ejercitar la imaginación hasta verle al tramposo las manos en la masa, un lector suspicaz debería preguntarse si la evidencia da para sostener la tesis del plagiario solitario. Con la pena, señores: aquí sobra un fantasma.

Entre los antiguos romanos, ilustra el diccionario, el verbo plagiar significaba “comprar a un hombre libre sabiendo que lo era y retenerlo en servidumbre”, o bien “utilizar un siervo ajeno como si fuera propio”. Quienes alguna vez hemos sido plagiados de este modo conocemos de cerca la experiencia. Si el acto de escribir es en sí mismo un rito liberador, hacerlo por dinero para que otro plante su firma al calce produce en el autor una abyecta impresión de servidumbre, más la sospecha de ya ser una puta sin siquiera haber hecho rechinar un catre. “¿Ya me entiendes lo que quiero decir?”, se esmera en explicar el cliente y patrón, asumiendo que su dinero alcanza para silenciar a los demonios del secreto escribano (siempre tan elocuentes). Hacer uso y abuso de la palabra escrita para expresar lo que otro quiere decir equivale a cortarse las alas para llenar un florero de plumas. ¿O es que alguien va muy lejos con alas prestadas?

2. Yo no fui, fue mi negro

Hace falta, por cierto, una concha tamaño caguama para firmar aquello que otro redactó, y de paso una dosis de osadía rayana en indolencia supina. Por más que quien contrata al negro literario se piense redimido por el pago puntual de la suma ofrecida, ello no le libera de quedar fatalmente a su merced. Si el negro se equivoca, el error quedará acreditado a nombre del conchudo que da la cara en busca de la gloria. Y si resulta que es fantasma irresponsable, o perezoso, o quizá resentido y revanchista, poco o nada le temblará la mano a la hora de hacerse con líneas ajenas para confeccionar el pastiche. Tan sólo imaginemos la clase de ordalía criminal que podría desatarse si por veinticuatro horas nos fuera dado a todos delinquir a placer, sin pagar consecuencias ni dejar huella alguna: tal es la garantía de que goza el secuaz invisible.

No sé qué tanto alivio produzca en los lectores despechados encontrar que un supuesto plagiario es en la realidad un narrador negrero: contrasentido extraño que remite a otra clase de impostura. Aún así, parece preferible padecer decepción que ojeriza. Nunca sabremos cuánto de lo que hemos leído proviene de esta clase de componenda, y es probable que no queramos enterarnos, pues si el plagio supone exceso de candor, el empleo del negro literario tiene facha de fraude maquinado y su incidencia es todo menos escasa. Que un orador se valga de estos artilugios no parece mayor felonía, y a veces al contrario: se agradece que quienes toman la pública palabra dispongan cuando menos de un asesor capaz de adecentar su verba, toda vez que no son especialistas en asociar sujetos, verbos y complementos. Tampoco es excesivo que los autores de libros técnicos reciban varias manos de corrección extrema. El arte narrativo, sin embargo, está lejos de conceder esas licencias. Uno, como lector, traba amistad anónima y distante con aquellos autores que han sabido llevarle de paseo por sus íntimos vericuetos mentales. ¿Cómo entonces no va a decirse traicionado nada más enterarse de que ha leído maquila vil?

3. Los que pagan por pecar

Cínicamente visto, el respeto por el cerumen del lector es un tema de mutua conveniencia, dado que no es sólo uno sino sabrá el demonio cuántos los lectores del texto. Demasiados, en todo caso, para esperar que ni uno de ellos advierta que está siendo tratado a lo pendejo. Es decir, con descuido y desdén. ¿Cómo va uno a aceptar que allí donde la forma y el contenido son parte indivisible de una misma cosa pueda haber un autor intelectual y otro material? ¿Qué clase de escritor se limita a tramar los asuntos del qué y deja en manos de otro, cuando no de un equipo, la materia del cómo? Llámenme puritano, pero todo este entuerto de la escritura sin escritura y el equipo de negros que maquilan best sellers suena como a una orgía de probetas en un banco de semen. Vamos, que los antojos ajenos no calientan. ¿Y para qué escribe uno, si no para hacer todo cuanto se le antoja?

Verdad es que no todos los negros son por necesidad maquiladores, ni todos sus clientes los usan para todo. Algunos cumplen estrictamente como investigadores, otros sólo se encargan de los escritos menos importantes y aún así son escrupulosamente corregidos. Pero están en lo oscuro, y no pueden salir porque el cliente y patrón los necesita ahí, en la penumbra que salvaguarda su ego, cuando no el grueso de sus regalías. Y ahí está el gran peligro del negro literario: sencillamente sabe demasiado. Cualquier día se despierta con hambre de venganza o sed de crédito. A lo mejor es que soy un cobarde, o que me faltan miras, o que me sobra orgullo, pero si mi carrera pendiese del silencio de un secuaz invisible, viviría cautivo de la paranoia propia de la clientela de un sicario en apuros. Los fantasmas no hablan, juran los optimistas. Me temo que por pura superstición.

La infusión (Diario Milenio/Opinión 14/02/12)

Una mujer se agazapaba, en cuclillas, en una esquina del cuarto donde guardaba unos pocos víveres enlatados y las escobas. La mujer, sorprendida, sólo atinó a alzar el rostro.

El ruido me distrajo. Era algo pequeño. Algo como un rasguñar apenas. Un roce terco. Dejé la libreta de las cuentas sobre la superficie de formaica de la mesa y seguí, a tientas, el hilo del sonido. Me asomé por las ventanas sólo para comprobar que la aldea seguía oscura y callada a esa hora. Abrí la puerta y, en efecto, no había nadie esperando asilo o respuesta. Ya nervioso, puse a hervir agua en un cuenco de peltre pensando que pronto prepararía un té. Me volví a sentar a la mesa. Cuando me calmé, inmóvil como una estatua, el ruido volvió a aparecer. Esta vez supe, por instinto, de dónde venía. Era la alacena, sin duda. Dos zancadas. La ansiedad. Antes de darle vuelta a la perilla imaginé una rata gigantesca.

—¿Pero quién eres tú? —le pregunté a la mujer que se agazapaba, en cuclillas, en una esquina del cuarto donde guardaba unos pocos víveres enlatados y las escobas. La mujer, sorprendida, sólo atinó a alzar el rostro. La boca abierta. Pedazos de nueces entre los labios. Esa manera de indicar que no estaba en realidad en ningún lado y que no sabía, además, quién era o qué iba a ser. ¿Qué se mira en realidad cuando se mira así, por largo rato?

—Pero si hace mucho frío aquí —dije, jalándola del brazo. Ella se resistió al inicio pero, tan pronto como se dio cuenta de que no le haría daño, se dejó llevar hasta la cocina. El agua hervía ya. Dándole la espalda, preparé la infusión. El agua cayó sobre el cedazo donde se arremolinaban algunas hierbas. El aroma. Los ojos súbitamente cerrados.

Empecé a hablarle en ese momento sin saber bien a bien por qué. Supongo que todos los que se nos aproximan son, al inicio, apenas un ruido molesto dentro de un cuarto cerrado. De espalda hacia ella, algún comentario hice sobre las figuras que formaba el humo que brotaban de la taza de té.

—Mira —le dije, al darme la vuelta. Esa fue la primera vez que la vi sonreír. Jalé una de las sillas y la invité a sentarse. Le ofrecí algo de pan, algo de mantequilla, un poco de sal. Le expliqué que no contaba con mucho más. Que me había distraído. Que una vez más se me había olvidado ir a los almacenes colectivos por mi dotación de víveres. Abrí la puerta de la alacena donde la había encontrado y dije, para constatar algo que ella ya sabía: está vacío. Mi ir y venir por la habitación terminó por darle risa. Se cubrió la boca con la mano derecha y reacomodó luego, con algo de pudor, la pañoleta con la que mantenía los cabellos largos y lacios en su lugar.

—¿Quieres bañarte? —le pregunté, no sé por qué. Tenía la cara manchada de algo que bien podría ser mugre o tiempo. Su ropa olía mal. Pero en realidad le ofrecí el baño por otra cosa. Ella me miró fijamente, sin entender. Hice señas: las manos sobre mi cabeza, a manera de agua; las manos sobre mi torso, como si con jabón; las manos alrededor de los antebrazos, como abraza una toalla. Como nada daba resultado, la invité a incorporarse de la silla y, luego, la llevé del codo al baño . Abrí el grifo. Dije: ¿Ves?

Ella veía, en efecto. Ella veía todo. Me pidió que saliera con un par de señas y me regresé a la cocina para esperarla junto a la infusión de hierbas.

Las figuras del humo son, a veces, cuerpos.

Imaginé lo que pasaría después. Iba a irse y a regresar, muchas veces. Esa era, y lo adiviné desde el momento mismo en que el ruido de su boca interrumpió las sumas y las restas con las que intentaba llevar la cuenta de la distribución de los granos en la aldea en tiempos de sequía, su única manera de quedarse. Aparecería de la nada y a la nada se iría con una regularidad que llegaría a denominar como pasmosa. Aprendería mi lengua y yo la suya con el paso de los días. Con el paso de los días, de hecho, elaboraríamos palabras y formas peculiares de describir las cosas. Un alfabeto propio. Una gramática intransferible y única. Cuando un pájaro se quedara observando nuestra interacción a través de las ventanas, ese pájaro confirmaría sus sospechas: la gente es rara. ¡Pero qué extrañas son, repetiría a su manera, esas criaturas de dos piernas y cabeza, esas criaturas con bocas y manos! Cuando alguien por casualidad escuchara nuestras conversaciones en voz baja, esas conversaciones que nos causarían una risa desbordada y loca, se iría cabizbajo sin haber entendido apenas dos o tres vocablos. Hablaríamos así por mucho tiempo, alrededor de la mesa que se habría transformado en una planicie, en el rectángulo tibio infinito atroz de la cama, bajo los dinteles majestuosos de las puertas. Conocería, a su lado, una extraña forma de la felicidad. Me contaría algo del lugar de dónde venía, de sus amigos, de su familia. Me describiría, por ejemplo, la flora y la fauna. Usaría muchas veces la palabra “agreste”. Crearíamos ciudades y nombres de ciudades y mapas para que los nombres pudieran acoplarse a las ciudades. Dividiríamos el tiempo en antaño y hogaño. Con el tiempo, con ese mismo tiempo dividido en dos mitades exactas, aprenderíamos, incluso, a callar, espiándonos apenas con el rabillo del ojo, las yemas de los dedos, el aliento.

Y luego, una tarde por ejemplo, una tarde de invierno, para ser más exactos, lo notaríamos. Esto: la despedida. Esto: la lenta triste única manera de despegarse del lenguaje y de las cosas y de las manos.

Y recordaría yo esa noche entonces, esta otra noche invernal en que el ruido de su boca me había distraído de las cuentas de la sequía, obligándome a dar las zancadas necesarias para abrir la puerta de una alacena desierta. Y la abriría de nueva cuenta, esa puerta, esta alacena vacía, convenciéndome incluso de que la iba a encontrar ahí por primera vez, acuclillada en la esquina, mordisqueando nueces.

Y la vería, sí, una vez más. En efecto. Y ella alzaría el rostro, incomprensible. Y yo, aturdido por su aparición, abrumado de inmediato por su presencia, la invitaría a ir a otro cuarto, a ese cuarto con agua y vapor y espejos, nada más para descansar un poco, para alargar un poco lo que iba a pasar, para respirar un poco como antes.

Y me dirigiría entonces de regreso a mi mesa, a mi pequeña taza té, a mi manera de imaginar lo triste, en verdad, que todo esto iba a ser. Lo largo. Lo inútil. Lo pleno.

martes, febrero 14, 2012

La vuelta de tuerca-(Sexenio-Puebla 06/02/12)

Curioso les parecerá a algunos lectores que una de mis recientes lecturas sea La vuelta de tuerca de Henry James, pues dicho libro es considerado como un “clásico de la literatura universal y un imprescindible” para cualquier estudiante de letras.

Sin embargo, siempre me consideré un estudiante atípico en comparación con mis compañeros de generación y me asumo un lector “raro”.

Mientras unos van por la vida leyendo “las obras clásicas”, yo opté -desde hace muchos años- por leer a los autores vivos antes que los muertos, la razón es simple y sencilla: la posibilidad de conseguir un diálogo con el escritor y así tener la oportunidad de intercambiar impresiones. Esto propicio que mientras algunos de mis compañeros seguían armando sendas reverencias al Boom latinoamericano, yo comenzaba a tener entre mis lecturas a: Cristina Rivera Garza, Bolaño, Pitol, Tabucchi, Calvino, Xavier Velasco, la generación del Crack, Cirlot; entre otros. Ahora, lejano de toda opinión académica y cercano a la pasión literaria que ciertos autores “clásicos” provocaron en escritores vivos como Sergio Pitol es que me acerco a esos “libros obligatorios e imprescindibles”.

Leer a Henry James ha sido una gran experiencia, el primer acercamiento que tuve fue con Washington Square y ahora La vuelta de tuerca se convierte en el segundo enfrentamiento literario con James. Lecturas que fueron posibles gracias a las cuidadosas y precisas traducciones realizadas por Sergio Pitol; hoy reunidas bajo la colección Sergio Pitol traductor.

La grandeza de James es amplia e indiscutible.

Sin duda, lo que más me ha maravillado de su escritura es la capacidad con que recrea los ambientes y logra crear la atmósfera necesaria para que el lector se adentre en la historia, de tal forma que lo convierte en un fidedigno observador de la historia. De igual forma, la habilidad para lograr que una historia sencilla, sin tantos vericuetos, se convierta en una narración que atrapa y entretiene.

Por supuesto las traducciones de Pitol son bellas. Quien haya leído alguna novela de Pitol sabrá que éste ha sido muy cuidadoso al evitar que su voz narrativa aparezca en sus traducciones; cediéndole así la voz al autor que se está traduciendo, pues se trata de que el autor, en este caso James, logre hablar a través de un idioma que no es el suyo.

Histeria de amor (Diario Milenio/Opinión 13/02/12)

Técnicamente, la República de San Valentín es gobernada por un presidente ilegítimo.
O lo que es lo mismo, un personaje inverosímil.


1. Ayúdame a creerte


Unos son lo que eligen, otros son lo que pueden. Cuando pretendí estar en el primer grupo, elegí dedicarme a la política. Un par de años después, celebré mi fracaso saltando hacia las filas del segundo grupo. Una vez atenido al oculto deleite de ser lo que podía, encontré que además del conflicto vocacional, había padecido el pavor narrativo de mirarme camino a encarnar un personaje totalmente inverosímil. Si alguna vez, poco antes de elegir lo inelegible, me había imaginado discurseando delante del Congreso de la Unión, llegó el punto en que aquella pompa escénica se aparecía como una comedia involuntaria. Me miraba al espejo, tomaba aire, miraba al horizonte y soltaba una risotada preventiva, como quien se aconseja: Ni se te ocurra. Toda esa idea de volverse personaje y lanzarse a manipular a los hijos de vecino, inclusive con medios aceptables y los mejores fines, tenía que parecer un despropósito a los ojos de quien no ambicionaba sino lo contrario. Esto es, ser hijo de vecino, y desde ahí manipular personajes.


A veces, cuando no existe la amistad sincera pero en su lugar brilla el interés genuino, lo menos que esperamos de quien nos corteja es que sea tan amable de taparle un poquito el ojo al macho. Es decir, que se esfuerce por ser verosímil. Nada muy complicado; sólo una pizca de control de calidad. Puede uno soportar la compañía esporádica de quien se esmera en fingirle el afecto, pero causa vergüenza y mina la autoestima verse objeto de una pantomima barata donde incluso los comentarios más sesudos parecen extraídos de un manual de cumplidos y caravanas. Tampoco satisface, y tal vez lo haga menos todavía, cuando el interesado ni siquiera se toma esa molestia y se avienta exigiendo sin prolegómenos, como si en vez de pedir un favor estuviera cobrando un pagaré. “¿Cómo estás?”, nos saluda, y no hemos alcanzado a responderle cuando ya está ingresando su pedido. Naturalmente, poco o nada le importa ser el protagonista de una amistad a todas luces inconcebible. Es decir que nos miente, se nota y le da igual. ¿Quién le explica a ese cínico que valen más los leales enemigos que los amigos inverosímiles?


2. La máscara de Sybil


Si ciertos niños crecen de la mano de un amigo invisible, los adultos acostumbran coleccionar amistades inverosímiles. En todo caso, algunos hacen uso de los buenos modales para volver creíble, oficialmente al menos, lo que todos sabemos improbable. Mientras el novelista dota a sus personajes de atributos humanos para que no lo atrapen con las manos en los hilos, el seductor de masas prefiere trabajar con efectos especiales, que son el mejor preámbulo a la fe en lo imposible. Lo de menos es si le falla el guión, o si nunca lo hubo, con tal de que funcione la eucaristía. Asistimos a la asunción del personaje a un rango sobrehumano desde el cual nos ofrece su increíble amistad. Y más aún, su amor. Porque nos ama, ¿cierto? Igual que aquella locutora esperpéntica cuya voz rasposita nos confiesa pasiones multitudinarias, el hombre del templete se cuelga el sambenito del corazón abierto para hacerse con el fervor general. Si antes hablaba pestes de sus adversarios y los multiplicaba como panes y peces, hoy no tiene para ellos sino amor…


Corte. No me la trago. Si es preciso creerse un personaje así, urge alguna coartada que sostenga su milagrosa conversión. ¿Vió la luz, puede ser? ¿Se cayó del caballo? ¿Habló con el fantasma de un prócer nacional? ¿Lleva dentro del pecho un corazón salvaje? Cualquiera puede ser, aun la más quemada de las estratagemas, con tal de no dejar ese vacío en medio del sembrador de odio y el cónsul del amor. ¿Se equivocaba aquél, según éste? ¿Se pusieron de acuerdo en algún punto? Porque una cosa es que, según el dogma, la Trinidad esté integrada por una y tres personas distintas, y otra muy diferente que al personaje a venerar lo habiten dos personas enfrentadas. Es decir que si no hay un subterfugio que exija y justifique la sybilización del personaje, uno tiende a creer que eso que trae encima es una máscara. Accesorio, por cierto, execrable a los ojos del amor.


3. Fábrica de corazones


Desde el primer semestre de Ciencias Políticas y Administración Pública, los maestros hacían especial énfasis en el tema del compromiso; por ahí del tercero iba uno comprendiendo la importancia de comprometerse con el personaje que había elegido ser. En contra, sin embargo, de las reglas elementales de la ficción, buena parte de esos protagonistas daban por hecho que tal metamorfosis implicaba un proceso de acartonamiento y robotización. Lo primero, en todo caso, era acabar con la espontaneidad, y más tarde quizá sustituirla con algo similar, ya avanzada la fase de rehumanización. La clase de historieta, me dije por entonces, de la que el narrador suele escapar como si de la peste se tratara. ¿Pues qué más puede ser el que cuenta una historia insostenible, y de hecho irrespetuosa del intelecto ajeno, sino un embaucador con el culito al aire? Situación ciertamente comprometida cuando lo que se busca es el crédito ajeno.


Ya puedo imaginar al personaje del corazonzote contando hasta ochocientos temprano en la mañana, mientras llena de amor sus prístinas alforjas y reprime los últimos impulsos de mandar a sus fieles al carajo con tantos corazoncitos. Contra su vocación confrontadora, debe salir al mundo a repartir amor. Ser lo que han elegido sus estrategas, si espera que lo elijan sus compatriotas. Y qué más quisiera él, sino mostrarse idéntico al patrón elegido. Diseñarse a placer y por capricho, sin prestar atención a los asuntos técnicos. Dar por sentado que detrás del efecto se asoma el milagro y se anuncia el artículo de fe. Hablar de los escépticos como traidores y conspiradores, y luego bendecirlos con una rebanada de su amor. Contradecirse a diestra y siniestra y dar por buenas todas las coartadas. Pero está el tema del control de calidad. Como el lector de una mala novela, me da igual lo que diga el personaje. No le creo, de todas maneras. De todos los poderes en juego, le falta el de convencimiento. Lo siento, licenciado, no está listo su trámite. Vuelva mañana con otra coartada.

martes, febrero 07, 2012

El daño no es de ayer-(Sexenio-Puebla 01/02/12)

Nuevamente Ignacio Padilla vuelve a ser noticia o mejor dicho, ya se está volviendo costumbre oír su nombre al lado de algún premio literario.

Recientemente ha salido a la luz su más reciente novela: El daño no es de ayer, la cual viene acompañada del premio La Otra Orilla 2011; convocado por la editorial Norma y la Asociación para la Promoción de las Artes de Cali. El jurado de este premio estuvo conformado por el argentino Horacio Vázquez-Rial, el colombiano Juan Gossaín y el español Pere Sureda. Tristemente esta novela es la última -de corte literario- que se publica bajo este sello, por ende este es el último premio que se otorga, quedándose tan sólo en 7 ediciones.

Finalista entre 468 obras recibida, El daño no es de ayer marca el regreso de Ignacio Padilla al género de la novela, pues por un tiempo se dedicó a la publicación de ensayos, cuentos y cuentos infantiles.

Con una prosa fluida y una estructura que juega y busca confundir, Padilla cuenta la historia de un veterano del Frente del Pacífico que se dedica a ser reportero, quien viaja a un pueblo desértico –casi el infierno-: San Damián, donde un cura le cuenta la historia de los gigantescos hermanos Ramson y su enorme perro negro, los cuales fueron devorados por un Rolls-Royce sepultado en la arena. Ahí, nuestro narrador se encuentra cerca del pueblo con el comisario Srb, quien persigue a un mutilador de meñiques mientras le cuenta le romance entre una solterona espiritista y un ingeniero militar que soñaba con inventar un motor perpetuo capaz de desafiar los designios del creador. Cada historia es parte de una Historia, donde las conspiraciones de sociedades secretas por controlar el mundo, así como la sensación de pertenecer a un algo que cambiara o transformara lo conocido, al igual que esa extraña sensación de sentirse vigilado y/o perseguido; tienen cabida en esta novela donde el autor logra mezclar de forma irreverente la fantasía, el western y lo policiaco y/o detectivesco.

Al igual que en La gruta del toscano, Padilla inyecta en esta novela una fuerte carga de humor para contar una historia simple en apariencia, pero que en profundidad es una amplia crítica a la situación actual: la pérdida de la espiritualidad y la falta de credibilidad en el otro. De igual forma, es una burla a la extraña moda que existe en el mundo literario de publicar historias sobre conspiraciones que buscan dominar el mundo.

El daño de ayer es una novela juguetona, arriesgada que atrapa, seduce y divierte; que busca perder al lector en su búsqueda por encontrar la coherencia del texto. Pues, quizá, para encontrar la verdad es necesario perderse.

Jerarquías convulsionadas (Diario Milenio/Opinión 07/02/12)

Existen en la historia de la humanidad ejemplos de escritores que construyeron una obra basada en una visión descarnada de las mismas jerarquías que sustentaban su hacer

Detesto citar a Bolaño. Me había prometido ya hace años nunca traer a colación su nombre, entre otras cosas porque todo mundo lo estaba, y lo está, citando todo el tiempo. Pero aprovechando que lo voy a citar en extenso aprovecho para decir que el futuro de la literatura latinoamericana habría sido otro si le hubiéramos puesto más atención a Amberes, un libro, para utilizar la terminología sevillana de Bolaño, de “ruptura” que se “sumerge con los ojos abiertos” en las aguas del mundo, y menos a Los detectives salvajes, que terminó, y aquí sigo utilizando su propia terminología, vendiendo tanto. Vaya. Lo dije ya. Ahora a la cuestión del asunto. ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana?, se preguntaba Bolaño en aquel célebre texto con el que participara en la reunión de Sevilla, su última. Y se contestaba así: “Venimos de la clase media o de un proletariado más o menos asentado o de familias de narcotraficantes de segunda línea que ya no desean más los balazos sino respetabilidad”. Luego, de manera por demás interesante, y a decir verdad, bastante paradójica tomando en cuenta que Bolaño siempre quiso presentarse a sí mismo como el epítome del escritor callejero, si no es que pendenciero, aseguraba, citando a Pere Gimferrer que “antaño los escritores provenían de la clase alta o de la aristocracia y al optar por la literatura optaban, al menos durante un tiempo que podía durar toda la vida o cuatro o cinco años, por el escándalo social, por la destrucción de los valores aprendidos, por la mofa y la crítica permanentes”.

Deténganme si soy la única a la que este argumento le parece sospechoso proviniendo como proviene de un escritor que nunca tuvo reparo en volver explícitas y pronunciarse en contra de cuestiones de clase, que no las de género, tanto en su obra creativa como crítica. ¿Pero estaba de verdad diciendo Bolaño que sólo los escritores aristocráticos, los que, digámoslo así, tienen asegurado su modo de vida por medios extra-literarios (herencias, contactos, asesorías) y se mueven con ligereza en los ámbitos más altos de nuestra escala social, tienen acceso al paraíso de la crítica contra el establishment y, en general, y luego entonces, a la Verdadera Literatura? Hay una cierta lógica en esto: ciertamente, los que tienen la vida asegurada pueden darse el lujo de jugar rudo. Existen en la historia de la humanidad ejemplos, en efecto, de escritores que, contrario a las expectativas de su clase de origen, construyeron una obra basada en una visión descarnada de las mismas jerarquías que sustentaban su hacer. En psicología, a esa condición se le designa con el nombre de Síndrome de Estocolmo: “una reacción psíquica en la cual la víctima de un secuestro, o persona retenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado” (no que yo sepa mucho de psicología, y que me perdone Franzen, pero estoy conectada a internet mientras escribo esto y he aquí que la definición proviene de Wikipedia). En una cierta época histórica a algunos de estos síndromestocolmistas (o intelectuales orgánicos, para decirlo a la Gramsci) se les conoció también como poetas malditos, el halo de intensa perversidad adolescente alrededor de sus pipitas de opio. La cuestión, sin embargo, y no me dejen mentir al respecto, es que también abundan los ejemplos de escritores (o ciudadanos varios) aristócratas para quienes la permanencia de las jerarquías que los constituyen no sólo son ineludibles, sino también deseables, cuando no del todo transparentes. Quiero decir: también abundan en la historia los ejemplos de los escritores aristócratas que, en un afán de conservar el estado de las cosas que los benefician, se alzan con una vehemencia singular en defensa del status quo que, en el ámbito de la escritura, lo constituyó más o menos hasta fines del XX, Lo Literario, dicho sea esto con voz grave y en mayúscula. La cuestión, también es, para añadirle al sin embargo, que pocos como los que no tienen nada que perder para jugar rudo, ¿no es cierto?


Me distraigo. Me desvío. Pero regreso a la argumentación con otra pregunta: ¿Entonces todos los escritores producto de la clase media o de un proletariado apenas en disfraz (que somos casi todos, en esto Bolaño tenía razón) estamos condenados a una búsqueda fatal e infructuosa de eso que él llama “respetabilidad” pero que en realidad se traduce en el mismo artículo como el acto de “vender bien”? Habrá que reconocer que, en las no muy lejanas épocas de auge de lo literario como factor hegemónico en la formación de cánones, el acceso a la literatura contribuyó sin duda a procesos de movilidad social de las clases trabajadoras y de los estratos medios tanto en términos materiales como simbólicos (más simbólicos que materiales, a decir verdad). La educación pública, cuando existía en su apogeo, participó de manera fundamental en este proceso. Y ahí está el caso de la UNAM para ejemplificarlo con creces. Es decir, sí hay, cómo no, evidencia de que ciertos grupos sociales han aumentado su posibilidades de movilidad gracias al capital cultural que alguna vez tuvo la literatura. Y, ciertamente, como lo decía no hace mucho un amigo a quién sólo cito de memoria: es difícil que alguien cuyo salario depende de mantener el estado de las cosas, critique tal estado de las cosas. Las intrincadas y muy largas relaciones de ciertos grupos literarios con el poder político constituyen, para no ir más lejos o al menos en México, buenos ejemplos al respecto. ¿Pero quiere eso decir que todos los escritores proletarios y/o de la clase media nunca podrán alzar la voz ni jugar rudo entre las arenas movedizas de las escrituras contemporáneas? Habría que revisar el origen social de los escritores experimentales, de los tuitescritores, de los escritores de los así llamados sub-géneros, de todos los que, en fin, han construido un lazo crítico con Lo Literario, para contestar con veracidad esta pregunta.

Se me acaba el espacio. Veamos. No creo, como parece haberlo argumentado Bolaño en su conferencia “Sevilla me mata”, que una posición de clase específica, ya sea de arriba o de abajo, garantice capacidad crítica alguna. Sí creo que, aunque ligada de maneras complejas a cuestiones de temperamento y/o de cuna, ese tipo de decisión, porque es una decisión tanto estética como política, constituye sobre todo una toma de posición frente y con respecto a un cierto estado de las cosas (literarias y no). No es raro, pues, que cuando ese estado de las cosas se ve convulsionado por la incorporación agresiva de un nuevo elemento, como lo constituye en nuestros tiempos la tecnología digital, se genere esa ola neoconservadora entre los que, temiendo perderlo todo, es decir, temiendo perder los privilegios de su inserción específica en una cierta jerarquía, se lanzan en una defensa a ultranza de Lo Literario. Así es como Lo Literario se convierte en mainstream. Y así es, en tanto tal, como producto de la ansiedad social que produce una jerarquía convulsionada, como también puede y/o debe ser cuestionado. Porque si no es para cuestionarlo todo, ¿entonces para qué escribir?

lunes, febrero 06, 2012

Oficio de "franelero" (Diario Milenio/Opinión 06/02/12)

El franelero es aquel cobrador que nos recuerda que la vía pública es algo menos pública de lo que supondría la opinión pública

1. De la gorra a la franela

Antiguamente carecían de rostro. Varios, los más confiables, usaban gorra y uniforme caqui, a partir de lo cual podía saberse que aquel desconocido era un viene-viene. Esto es, un orientador de estacionamiento, cuyas funciones solían extenderse a la consiguiente vigilancia del vehículo. Un trabajo sufrido y con frecuencia ingrato, expuesto a toda suerte de peligros, chantajes e indignidades, para colmo sujeto a las propinas voluntarias y en tanto ello pariente de la mendicidad. Con los años, no obstante, la proliferación del malandrinaje hizo de cada esquina un feudo apetecible para más de una especie de la fauna urbana, especialmente aquellas entrenadas en la toma y defensa feroz del territorio. Fue así que donde había un viene-viene apareció de pronto el franelero: mezcla de lavacoches, acomodador, cuidador, cobrador, administrador, gestor e interventor de la transa cotidiana.

Si el viene-viene debía soportar el menosprecio de su clientela, el franelero sabe de memoria cuántos pesos y centavos vale su territorio, tanto así que día a día tiene que defenderlo con uñas y dientes, haciendo malabares sobre la línea fronteriza —fina, en su situación— entre el subempleo y el hampa. Si al viene-viene nadie se molestaba en verlo, el franelero está en la mira de todos. Policías, vecinos, comerciantes, visitas, delincuentes: de cada uno de ellos tiene algo el franelero. Si el viene-viene vivía de propinas ratoneras, el franelero impone sus tarifas y exige el pago por adelantado. ¿O es que los patrulleros, de los cuales depende para seguir haciendo lo suyo, le ofrecen crédito en las cuotas diarias? Es la calle, al final. No existen garantías, ni vale en su dominio más papel que el que uno esté dispuesto a desempeñar. De ahí que el franelero tienda a ser arbitrario y terminante, cuando no atrabiliario y bravucón, cada vez que un prospecto de cliente cuestiona su dudoso derecho a expropiar y explotar la vía pública. ¿Y quién es tan gaznápiro de abandonar su coche al arbitrio de un enemigo potencial a quien recién ha declarado la guerra?

2. Carne de sospecha


Hay al menos dos clases de
franelero: el propio y el extraño. Uno leal, amigable y eventualmente providencial; el otro desafiante, chantajista, mandón. Uno con nombre y el otro sin madre. Todo depende, a veces, del humor que traigamos al momento de vernos por primera vez. Por las buenas, el franelero me ofrece sus cuidados; de otro modo, me vende protección. ¿Contra qué? En rigor, contra nada. En el peor de los casos, contra él mismo. Y en última instancia, contra mi paranoia. Si al regresar encuentro que a mi carro le falta un par de llantas, me recriminaré por la idiotez de no haberme entendido con el franelero; y si le había pagado y aún así me robaron, me quedará el consuelo de echar mierda sin mucho salpicarme porque he sido una víctima, pero no un pichicato. Ahora bien, esto de la extorsión callejera tiende a herir los principios de ciertas personas, por causas tan diversas como el orgullo, los preceptos morales o la defensa de un estado de derecho cuyo imperio se antoja difícil de probar, dadas las circunstancias. Ponérsele flamenco al franelero por cuestión de principios: he ahí una gesta cívica improductiva.

Quienes no trabajamos en la calle solemos ignorar la cuadrícula estricta de sus espacios y el entramado de leyes no escritas que permiten la convivencia pacífica entre competidores tan encarnizados como policías, ladrones, vendedores, asaltantes, pordioseros, cargadores, boleros, pirujas y lenones, por citar unos cuantos. Asumimos, a veces, con un candor indigno de nuestra condición de citadinos, que si desaparece un franelero no llegará algún otro a reemplazarlo. ¿O es que los policías van a dar por perdida esa rentita? ¿Qué harían los vecinos sin ese franelero al que bien o mal han terminado por adoptar y es una suerte de conserje de banqueta? ¿Quién les dice que el próximo no será demasiado codicioso, tanto así que le dé por unir fuerzas con sabrá el diablo qué banda de hampones? Y esa es otra calamidad del oficio: nadie mejor que el vándalo de la franela para encajar en el papel de sospechoso.

3. El salario del chantaje


Podría aventurarse que una ciudad es o pretende ser civilizada cuando sus calles carecen de dueño, o al menos aparentan no tenerlo. Francamente, no logro imaginar a un
franelero apareciendo en una de esas novelas de Henning Mankell donde los policías hacen su trabajo pensando en agradar a sus patrones, los contribuyentes. Aquí, en cambio, los guardianes del orden ven a los ciudadanos como contribuyentes ambulantes, pero como no tienen tiempo para atender los asuntos administrativos de tamaña cartera de clientes, dejan ese quehacer en las manos de sus ejecutivos, los franeleros. De ese modo no tienen que desgastarse dando cara y razones a sus extorsionados, ni arriesgarse a ser vistos o filmados en mitad del cochupo incriminante; venden la protección a distancia, sin compromiso ni más garantía que la pura palabra de su representante en la banqueta, que para eso se pasa el día entero negociando la conciencia tranquila de su clientela.

Son nomás veinte pesos. Son cuarenta pesitos. Son cincuenta, por toda la noche. Esta última tarifa, por cierto, debería parecernos especialmente atractiva, pues su sola mención insinúa que la noche es muy larga y su transcurso puede resultar incierto. Un espejo de menos, un rayón de más, un cristalazo a media madrugada: todo puede pasar, más todavía si el propietario del vehículo en riesgo no acaba de entender el tema del tributo, y mucho peor si ocurre que el falso franelero se dedica al asalto, el secuestro o la extorsión. Por más, pues, que se teman, desprecien o aborrezcan, hay una sociedad indisoluble entre automovilista y franelero, una vez asumido que la vía pública es propiedad privada y alguien tiene que ir a poner la cara para cobrar la renta, con todo y su tajada. Alguien que no se deje intimidar y a su vez intimide, si es posible. Alguien que sepa conquistar, imponer e invadir tanto como ceder, negociar y ayudar. Un protector que no sea policía y un maleante que no sea delincuente. Franelero: qué oficio complicado.