martes, noviembre 22, 2011

En tiempos de necropolítica (Diario Milenio/Opinión 22/11/11)

Cuando Luz María Dávila, la madre de dos de los adolescentes que fueron masacrados en enero del 2010 en Ciudad Juárez, increpó al Presidente, el Presidente, de acuerdo a todas las descripciones, se limitó a “asentir con la cabeza”. Luego de su primera intervención, aquella donde la mujer de Salvarcar le negara tanto la bienvenida como la mano al Presidente, aquella donde la trabajadora de la maquila le pidiera al Presidente que, en cuanto tal y cumpliendo con las responsabilidades de su cargo, hiciera algo, Felipe Calderón se limitó a enunciar un “por supuesto”, que la señora Dávila no tardaría en rebatir de nueva cuenta. Mientras esto pasaba, el Presidente la miraba, esto de cuerdo a la misma Luz María, “como diciendo: ‘Ya cállese, señora. Ya váyase’”. Incapaz de salir de protocolo, incapaz de extender un gesto de empatía o de mostrar alguna emoción, Calderón se limitó a ser testigo de su retirada. El Presidente actuaba, en efecto, como un hombre de Estado, es decir, como un hombre de razón. Después de todo, de acuerdo a ciertos paradigmas de la modernidad, “la razón es la verdad del sujeto y la política es el ejercicio de la razón en la esfera pública”.

Pero las emociones, al decir de la teórica Sarah Ahmed, no son algo que el sujeto tenga de manera privada, es decir, no son lo contrario de la esfera pública. Es a través de las emociones, argumenta enThe Cultural Politics of Emotion, “a través de la manera en que respondemos a los objetos y a los otros, que producimos las superficies y las fronteras (del sujeto)”. Porque las emociones son causadas por el contacto que tenemos con los objetos, en lugar de ser causadas meramente por ellos, reconocer el papel de las emociones en la vida social —en esa tan afamada esfera pública— nos permitiría entender, entre otras cosas, por qué y de qué manera los sujetos se enganchan a, o batallan contra, las estructuras de las que forman parte.

Ahmed critica así esa división aparentemente natural que contrapone la razón del Estado y sus diversas, aunque limitadas o altamente codificadas, expresiones en la vida pública, y el mundo privado de las emociones definidas así, y a priori, como irracionales o, por lo menos, como prácticas que se encuentran en los mundos privados que yacen más allá de la razón. Esta división no pasaría de ser una mera entelequia teórica si no tomáramos en cuenta que en los Estados contemporáneos, tal como lo argumenta Achille Mbembe en “Necropolítica”, el artículo que publicó en Public Culture en 2003, “la última expresión de la soberanía reside en el poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe morir”. “Ejercer la soberanía”, añade, “es ejercer el control sobre la mortalidad y definir a la vida como una manifestación de ese poder”. Si alguna vez la categoría de biopoder, acuñada por Michel Foucault, nos ayudó a entender “el dominio de la vida sobre el cual el poder ha tomado el control”;

Mbembe contrapone ahora el concepto de necropoder, es decir, “el dominio de la muerte sobre el cual el poder ha tomado el control”.

Habrá que reconocer, argumenta Mbembe, que las guerras modernas se caracterizaron alguna vez por el establecimiento de estados de emergencia y la organización de conflictos bélicos con fin de dominar territorios. No así las máquinas de guerra actuales. “Este nuevo momento es de movilidad global. Una característica importante de la movilidad global es que ni las operaciones militares ni el ejercicio del ‘derecho a matar’ son ya el monopolio de los Estados; y el ‘ejército regular’ ya no es, por tanto, la única forma de llevar a cabo estas funciones”. En tiempos de la necropolítica, las máquinas de guerra responden más a las nociones de espacio —desterritorializado, en segmentos— de los nómadas que a la de los sedentarios. Ya sea en una relación de autonomía o de incorporación con respecto al Estado, estas máquinas de guerra toman prestados elementos de los ejércitos regulares pero también añaden sus propios miembros. Ante todo, la máquina de guerra adquiere múltiples funciones, desde la organización política hasta la de las operaciones mercantiles. De hecho, el Estado, en estas circunstancias, puede convertirse, de suyo, en una máquina de guerra. Aunque los casos que le permiten a Mbeba llegar a estas conclusiones son los de ciertos Estados africanos de fines de siglo XX y, más concretamente, el caso de Palestina, muchas de las descripciones —desde las características de las máquinas de guerra hasta la transformación del Estado en una máquina de guerra— podrían aplicarse sin mayor violencia al Estado mexicano durante el sexenio de Felipe Calderón —un sexenio que Jesús Silva-Herzog Marquez atinadamente ha nombrado como el sexenio de la muerte.

Si esto es cierto —y, puesto que lo cito, es que así lo creo— nunca ha sido más importante, ni más políticamente relevante, el cuestionamiento de la división artificial entre la razón del Estado en la esfera pública y las emociones “privadas” de la población. En tiempos de necropoder, cuando el poder es, sobre todo, el dominio que el poder ha ganado sobre la muerte, hay que insistir vigorosamente en el potencial político de la emoción, entendida ésta a la manera de Ahmed: en su dimensión de contacto y de crítica y de liberación. Mientras las distintas máquinas de guerra insisten —ya desde el Estado o con la vinculación corrupta de agencias del Estado— en la depredación y el desmembramiento, en la ganancia y la autoridad, como muestras de su “razón”, resulta más importante que nunca extender los brazos que todavía tenemos —a los que todavía tenemos brazos— para producir así, en el cuerpo, la bienvenida del otro. Ese gesto del que fue incapaz el Presidente de la muerte, el Presidente de una máquina de guerra ahora fuera de control, nos corresponde, sin duda, a la ciudadanía. Y esa es la lectura que quiero proponer tanto de los abrazos o los besos que el poeta y el activista político Javier Sicilia ha prodigado en su recorrido por la paz a lo largo y ancho del país, como de la así llamada “república amorosa” mencionada en el discurso con el que López Obrador se convirtió en el candidato de la izquierda para las elecciones del 2012.

El curioso caso de un enfermo de insensibilidad-(Sexenio-Puebla 15/11/11)

En días tan aciagos como los que México está viviendo, donde las miles de víctimas, por culpa de la guerra contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón. Es puntual hacerse una pregunta: ¿existe la posibilidad de perder la sensibilidad?

Ricardo Menéndez Salmón -filósofo y novelista nacido en Guijón-, parte de ésa posibilidad para darle cuerpo a La ofensa (Seix Barral, 2007) novela que ha sido bien recibida por la crítica española y ha sido punta de lanza para el autor en otro tipo de mercados como el latinoamericano.

A lo largo de 142 páginas, el lector se enfrentará a la historia de un joven sastre alemán: Kurt Crüwell, que por azares del destino ha sido testigo de una cruel matanza en la Bretaña francesa. Acción que dará origen a un suceso raro, poco común: la pérdida de sensibilidad. Punto de origen para dar paso a un sinfín de circunstancias: la estancia en el hospital de Notre Dame de Rocamadour, donde intentarán curar su extraña enfermedad; posteriormente el protagonista aparecerá viviendo en Londres bajo otro nombre y nacionalidad diferente, con el objetivo de algún día poder borrar de su memoria aquél hecho que lo marcó, se sabe enfermo y quiere sobrellevar dicho malestar. Sin embargo, el narrador de esta historia recordará al lector que olvidar es un hecho imposible, pues la muerte y la memoria existen para regresarnos a la realidad. Una realidad que para Kurt se llama: Segunda Guerra Mundial y se apellida: Nazismo.

Una novela breve, donde el autor opta por la precisión para contar una historia que por su temática se antoja pesada y riesgosa, debido a que ya existen muchos novelas escritas bajo la temática del nazismo. Empero, esta historia sirve de pretexto para abordar un tema importantísimo: la fragilidad del ser.

La Ofensa es una novela imperdible y agradable para el lector.

Para los mexicanos - La Ofensa-, pareciera ser una advertencia. Corremos el riesgo de enfermarnos de insensibilidad, si no reaccionamos a tiempo. Así como vamos, la noticia será saber cuántos mexicanos siguen vivos y no cuántos están muriendo.

lunes, noviembre 21, 2011

Las alas en la espalda (Diario Milenio/Opinión 21/11/11)

Maniobra y turbulencia

Hay días en los que a uno le enferma volar, tanto así que en mitad de algún susto fugaz se pregunta hasta dónde podría evitarlo. Hace unas pocas horas, recién amanecía, el avión daba tumbos entre las nubes, casi al final de un vuelo nocturno entre Belem y Río de Janeiro; la clase de momento en el que nadie todavía osa gritar, pero cada uno se pesca febrilmente de los descansabrazos cual si viniera en una Montaña Rusa. Pésimo día, maldije, para abrigar esta calaña de temores, si llegaría apenas a la segunda escala de un viaje dividido en cuatro vuelos más o menos al hilo. Afortunadamente, quedaba el día entero para dejar atrás la paranoia, mientras llegaba la hora de abordar el siguiente aparato. Un día entero en la playa, ni modo de negarlo, sería una gozosa compensación entre dos travesías nocturnas con escalas en medio de la madrugada. Uno sueña, de niño, con aventuras aún más largas y accidentadas, pues entonces los sueños no suelen agotarnos ni molernos los huesos y el sosiego.

Ipanema y Leblon no son lo que prometen cuando el día está nublado. Una vez al volante del Fiat recién rentado, me consolé pensando que una mañana entre discos y libros tampoco era para despreciarse. Encontrar novedades de Seu Jorge, Chico Buarque, Ana Carolina, Paula Lima, además de ese clásico instantáneo que es el concierto de Caetano Veloso y María Gadú, vale ya por la escala y el día completo. Por no hablar del estante repleto de los versos de Carlos Drummond de Andrade, entre tantos vibrantes hallazgos mañaneros. Sería el mediodía cuando, de vuelta a la intemperie, la resolana me hizo abrigar esperanzas. De Barra da Tijuca a Leblon mediarían quizás veinticinco minutos, y si había mucho tráfico podía hacer un alto en la playa de São Conrado, donde podría pescar el sol durante el poco tiempo en que se asomara, y con algo de suerte disfrutar de un ansiado coyotito en la arena. Una hora de sueño playero tendría que valer por cuando menos tres en el avión.

Despegue a la carrera

Mentía, por supuesto, con ese plan insulso. Aun si los periódicos de días recientes dieron cuenta del arribo triunfal de la policía carioca a las favelas de Vidigal y Rocinha, una y otra vecinas de São Conrado, la idea de dormir a solas en la playa sería una invitación abierta a presuntos malandros circundantes: AAA. Turista incauto solicita bandidos . Por otra parte, el sol había vuelto a meterse, pero llegando a la citada playa distinguíase ya, en lo alto del bosque de Tijuca, la envidiable presencia de ciertas aves recurrentes. Pájaros coloridos con las alas abiertas, planeando lentamente hacia la playa. Pájaros cosquilleantes, a decir verdad, si de sólo mirarlos ya empezaba a tragarme las palabrejas necias de la mañana. Pensándolo de nuevo, ¿a quién, que haya nacido sin alas, no le seduce la idea de verse de repente flotando entre las nubes? ¿No era cierto que toda esa faramalla de la siesta tenía que ver con la comezón vieja de estar en São Conrado y metamorfosearse en uno de esos pájaros, así fuera por diez gloriosos minutos?

¿Sabes correr?, preguntó el instructor, casi sarcástico. Con eso es suficiente, sonrió, metió primera y aceleró, en camino hacia lo alto del bosque. Cuando menos pensé, ya estábamos delante de la plataforma. Luego de asegurarse de poner cada cuerda del papalote en su sitio, me recordó el consejo esencial para quien va a enfrentarse a las alturas: No mires hacia abajo . Dicho esto pegamos la carrera, se nos acabó el piso y en un instante estábamos volando. ¿O flotando? ¿O cayendo? ¿O ascendiendo? Vaya el diablo a saber. De pronto era como si todas las sensaciones se agolparan en una plenitud sin nombre ni pasado. Muy poco se parece el vuelo en ala delta al descenso dichoso del paracaidista que ya ha sobrevivido a la caída libre; o al paseo comodino del ultraligero, con el motor haciendo casi todo el trabajo. El acto de planear por las alturas, gozar del viento helado como de una caricia celestial en mitad de un paisaje que por sí mismo invita a soltar alaridos de alegría en su estado más puro, no se parece más que a aquellos sueños infantiles donde podía uno ir y venir abordo de una prodigiosa alfombra mágica. ¿Quién sería el amargado que una vez nos mintió que tal no era sino una fantasía irrealizable, para echarle una bien ganada trompetilla?

Aterrizaje dudoso

Da hasta tristeza acercarse a la playa. No en balde los frecuentadores de las nubes suelen pasar la vida padeciendo nostalgia por aquellas alturas donde el mundo parece abarcable, y de hecho abrazable. Nada más tocar tierra, soltarse las amarras, dar los primeros pasos hacia afuera del papalote, experimenta uno la sensación -ésta sí familiar para los primerizos reincidentes- de una victoria íntima exultante, todavía mojada de adrenalina. Como si alguien adentro continuara volando con alas propias y en adelante ya no hiciera falta más que abrirlas para unirse al destino audaz del viento.

Oscurecía ya cuando una mala nueva, caída del cielo por correo electrónico, me devolvió de golpe a la tierra. Varias horas atrás, quizá cuando abordaba yo el avión en Belem, se había ido para siempre Daniel Sada. Despega uno del suelo sin la certeza clara de que cuando aterrice las cosas seguirán tal como las dejó. El funeral, leí, sería en pocas horas; para entonces ya estaría volando, aunque nunca tan rápido para hacer el amago de alcanzar al querido Daniel en su despegue.

Me quité los zapatos y dejé el coche atrás. En un rato tendría que emprender el camino al aeropuerto, quedaba poco menos de una hora para dar una vuelta por Ipanema y recordar la tarde en que anduve sin rumbo con Daniel por las calles de Guadalajara. Platicando de todo y de nada. Riéndonos de repente. Entendiéndonos más allá de lo esperado. A ver qué día nos vemos en el DF, ofrecimos. No sirve arrepentirse por lo que no se hizo, concluí mientras mojaba los dos pies en la espuma de la última ola. Mejor sentir el agua, como hace rato el viento, y creer porque quiero que ese súbito frío es un gesto de adiós al que se ha ido volando como si cualquier cosa. Va por ti, pues, Daniel, que no todos los días se abren las alas.

martes, noviembre 15, 2011

Un fantasma perdido en Juárez (Diario Milenio/Opinión 15/11/11)

La propuesta editorial Atelos se fundó en 1995 como parte del proyecto Hip’s Road. Tenía como finalidad publicar, bajo el signo de la poesía, todo tipo de escritura que retara las definiciones limitadas de la poesía. Ahí, en un listado de 50 libros, apareció el trabajo de Rae Armantrout, Leslie Scalapino, Rodrigo Toscano, Tan Lin, entre tantos otros. The Popedology of an Ambient Language, de Edwin Torres —poeta nacido en Nueva York de padres puertorriqueños— fue publicado en esta serie curada por Lyn Hejinian y Travis Ortiz en el 2007. Torres ha participado en un buen número de performances donde se combina la improvisación vocal y física con el teatro visual. Es coeditor de la revista /DVD Rattapallax. Aquí apenas dos poemas rápidos, nerviosos, extraídos como sin querer de las enunciaciones del lenguaje oral que los contiene y los libera.

La invitación de Pedro

mira, te llamaré porque tengo/ tu número y te juro que deberías conocer/ a alguien, ¿no? esa persona de la que te hablé, ¿recuerdas?/ ¿como hace 2 años? Debería ser la próxima/ persona que conocieras y esto es una imposibilidad no-humana/ lo sé, pero lo que te estoy diciendo es que/ a alguien así le gustaría conocerte a ti/ o a alguien como tú, o al menos tener el chance/ de una conversación telefónica con todo eso de la esencia de/ lo que eres, ¿no? Así que, mira/ tengo tu número de teléfono, te lo juro/ tienes que conocer a esta persona de la que te hablo, va/ porque oye, tengo tu número de teléfono/ y como hace 2 años te conté de esta/ persona, ¿no? tengo tu número de teléfono/ ¿verdad? te hablaré, mira, hazme un favor,/ anótame tu número de teléfono/ sí tengo tu número pero anótalo/ porque tienes que conocer esta persona, ¿no?/ mira te llamaré porque esta persona/ que tienes que conocer y este número funciona, ¿verdad?/ bien, bueno mira, hace como, como 2 años...

Un fantasma perdido en Juárez

era el muchacho hermoso de Juárez, estábamos en Juárez/y él ÉL era un muchacho en Juárez, pero hermoso/ como si fuera de otro lugar, como si fuera de allá o de otro planeta u otro país/ que no imaginábamos los pudiera fabricar [fabricar a estos muchachitos]/ algo tan hermoso, pensamos, podría salvar el mundo/ algo así, un hermoso muchacho de belleza inconcebible…//

fue lo que nos reunió [al menos a nosotros dos] sentados allá,/ en aquél café de Juárez, después de ahorrarnos tanto dinero/ en el mercado, ese mercado mexicano fronterizo lleno de viejos nombres en inglés/ pintarrajeados sobre cantinas desechas, comprando cobijas por dos dólares/ y jugo de nopal de a dólar, o tal vez era al contrario,/ las sandalias las cambiamos por una oportunidad de hacernos de fama…//

el precio de la belleza era conocido en Juárez, el muchacho que vimos, él/ ÉL fue lo que nos deslumbró [si la belleza deslumbrara] la orilla/ del pueblo fronterizo es sólo un territorio de fantasmas perdidos, [si el océano va más allá de su golfo]/ como el río que nos atrevimos a bajar a pie, aquel pequeño ángulo de luz,/ tocó sus mejillas y nos dejó ver no la poesía diseminada, no, la pobreza/ [sus mangas rotas] de la que estaba hecho, la hechura de él//

incluso más [esto es lo que es, lo sabes, la aparición de la belleza cuando es/ vista por la belleza] que es lo que lo hizo incluso más hermoso,/ mientras NOSOTROS lo construíamos a cada ojeada [así lo construimos tú y yo]/ un país a la orilla de un monstruo, un monstruo patriótico que vestía/ su arrogancia como una malteada de cuatro dólares [fue eso, el ángulo del sol fue lo/ que volvió lo normal imposible] lo que puedes comprar con una cartera así…//

o era imposible [en lo posible] imaginar a algo tan joven,/ apenas formado dentro de nuestros ojos, completando nuestra visión/ algo tan foráneo debería ser inalcanzable, debería recordarnos/ el dormir eterno, y salvar al mundo [ese algo/

tan inalcanzable podría salvar al mundo, porque/ no podrías tocarlo, lo sabes] TÚ sabes lo que quiero decir//

lo que puede darnos un pueblo por sólo estar a la orilla de algo, algo/ tan algo en su algo más, lo que nos podría traer a Juárez/ un pueblo fronterizo [uno más de ésos, ya sabes lo que quiero decir]/ sin piedad, tendrías que verlo, no a la piedad sino a él/ miles de caras hermosas, nosotros, no ÉL, los miles de nosotros que algunas vez fuimos él,/ nunca podríamos haber llegado a ser una cara así, detenida//

como un despertar de rasgos esparcidos en el olvido, tan viejos como nosotros/ y lo que éramos [lo conocimos] conociéndonos, estábamos en presencia/ de un perplejo resbalón del tiempo, un reacomodo en la posición del lugar/ [en nuestro tiempo, así éramos] resbalábamos, sorbíamos nuestro café de 25 centavos/ descalzos, al final del día en Juárez, en este acabado café de las afueras y tú/ tu hermosa nariz, el perfil angular, robándose las miradas…//

en aquella sombra cálida [si la sombra se dejara tentar] robándose una mirada/ de la cicatriz de un sol bajuno/ en lo que queda, en lo que eventualmente nos dejará, a los dos, ciegos...

En la cresta de Ilión-(Sexenio-Puebla 07/11/11)

Leer a Cristina Rivera Garza es siempre un reto.

Terminar un libro de ella y no quedar con una sensación de locura, es casi extraño, imposible.

La locura y Cristina Rivera Garza son un binomio que se dio desde que ella se encontró con la literatura.

La Cresta de Ilión es una de las novelas imprescindibles dentro del conjunto de obras que lleva publicada Cristina Rivera Garza.

La Cresta de Ilión cuenta la historia de un hombre, un alguien que una noche cualquiera está esperando la llegada de una ex-novia, nombrada como la Traicionada, empero antes de su llegada; Amparo Dávila -, la desaparecida- toca a la puerta de su casa pidiendo asilo temporal. Luego vendrán una serie de sucesos extraños: la Traicionada enfermara y será cuidada por Amparo Dávila, lo que alargara su estancia, pronto entablarán conversación por medio de un lenguaje secreto desconocido por el hombre. El hombre de esta novela es médico y trabaja en un hospital en el que se ingresa a enfermos terminales, un trabajo un poco deprimente que le da el privilegio de vivir en una casa con vista al océano, lo que hace que su trabajo sea más leve y la visita de ésas huéspedes inesperadas sea menos pesado. Sin embargo, conforme se alarga la estadía de sus visitas, comienzan también los rumores dentro de su trabajo respecto a sus inquilinas y a la par se empieza a interesar por la historia de Juan Escutia –un antiguo paciente del hospital que acabo arrojándose por la ventana del nosocomio-; todos estos elementos provocan que el hombre de esta novela experimente una vida llena de locura, de muerte, de encuentros sexuales extraños y por supuesto de locura.

Ciento cincuenta y ocho páginas que atrapan al lector y no dejan en paz al lector hasta llegar al punto final, donde también encontrará el porqué del nombre de esta novela.

La Cresta de Ilión es una novela que deja constancia de la arriesgada y original pluma de Cristina Rivera Garza.

lunes, noviembre 14, 2011

Para cambiar al mundo (Diario Milenio/Opinión 14/11/11)

¿Aló, Steve?

Dieciocho años atrás, cuando tomó la decisión de acosar a Steve Jobs, por entonces mandamás de la firma NeXT, hasta lograr una cita con él, Christine Comaford era una directora ejecutiva frustrada. Harta de preguntarse por qué la tecnología de los años noventa no estaba cambiando al mundo a la velocidad suficiente, buscaba alguna clase de esperanza en un medio plagado de limitaciones. Tras una larga hilera de llamadas y siete cartas enviadas por mensajería, Jobs respondió al teléfono. “Acabemos con esto, ¿qué se te ofrece?”, capituló por fin el fundador de Apple y acto seguido le concedió un encuentro de cinco minutos. “Trae un cronómetro”, exigió al final.

¿Creación o talacha?

Conforme va pasando la hora de las elegías, brotan aquí y allá los comentarios en torno a la rudeza que caracterizaba al impaciente Jobs, entre otros atributos desvelados por su biógrafo, Walter Isaacson, cuyo grueso volumen sobre vida y milagros del legendario hombre de la manzana se cuenta hoy entre los libros más leídos del planeta. Una de estas lecturas, diríase inquisitiva y despiadada como lo fuera Jobs ante el fantasma de la mediocridad, es la del escritor canadiense Malcolm Gladwell, que en la edición reciente de The New Yorker lo tilda, desde el título, de simple ajustador, para más adelante describirlo como un plagiario intolerante dispuesto a batallar con todo su poder por detener a aquellos que copiaban los diseños de su empresa. “Digamos que los dos teníamos un vecino rico llamado Xerox”, se defendía Bill Gates en la cita de Gladwell, ante la acusación de Jobs de plagiar para Windows la interfaz de Apple, “yo me colé en su casa decidido a robarle la televisión, y descubrí que tú ya te la habías robado”.

Según afirma Gladwell, con cierta ligereza despectiva y acaso alguna inquina soterrada, Steve Jobs no era un creador ni un visionario, dado que sus presuntas habilidades tenían que ver con sacar provecho de los descubrimientos ajenos, a fuerza de aplicarles una serie de ajustes oportunos, mismos que por sistema rechazaban las modificaciones posteriores. “El más grande ajustador de su generación”, reprocha Gladwell, “no toleraba que otros lo ajustaran”. En cuentas resumidas, al autor del artículo le rompe el corazón que el trabajo del fundador de Apple, NeXT y Pixar no fuera estrictamente creativo, en el sentido bíblico de la palabra. Para satisfacer tales expectativas, Jobs tenía que haber traído al mundo sus productos prácticamente a partir de la nada.

Fiat lux, dijo el poeta

“Amante sombra de mi bien esquivo”, rezaba una bonita línea del poeta Luis Martín de la Plaza. Algún tiempo más tarde, la religiosa Juana Inés de la Cruz pergeñó aquel famoso verso, de ascendencia indudable: “Detente, sombra de mi bien esquivo”. Lejos de acalambrarse por lo que muchos vieron como plagio, Octavio Paz acreditaba el parecido mediante un comentario que devolvía las cosas en su lugar (cito de memoria): Sí, ¡Pero qué diferencia!

Si cada una de las grandes creaciones fuera vista con lente de aumento, difícilmente quedaría una que mereciera el calificativo de invento. Toda invención, al fin, es un trabajo de perfeccionamiento. No se escribe una línea de mediano valor si antes no se ha leído miles de ellas, y es justamente por haberlas digerido con pasión y avidez que a uno le da la gana de ir más allá. En un sentido estricto, no se crea, se ajusta; pero de ahí a tachar a Sor Juana de simple talachista de trabajos ajenos media una gran distancia que nadie en sus cabales quisiera recorrer. Tampoco habrá, por cierto, muchos valientes, y ni siquiera pocos, dispuestos a asumir el paquete de ajustar un soneto que se sabe perfecto, so pena de acabar iluminados por los anchos reflectores del ridículo.

Ajustando el Gran Desbarajuste

Según relata Christine Comaford en su reciente artículo para Forbes, su encuentro con Steve Jobs resultó algo muy próximo a la iluminación. Pasados los primeros cinco minutos, apenas el cronómetro le reveló que ya era hora de ahuecar el ala, hizo ella el amago de levantarse, mas el jefe de NeXT le indicó, imperativo, que volviera a su asiento: aún no había terminado con ella. Así le habló a lo largo de tres cuartos de hora sobre el futuro que ya entonces vislumbraba, dibujándole un mundo en el que “las computadoras estarían en tal modo integradas naturalmente a la vida que todas nuestras necesidades resultarían fácilmente accesibles”. Presa de un entusiasmo irrefrenable que ignoraba cualquier clase de límite, Jobs le describió el iPod, el iPhone y el iPad más de 10 años antes de que cualquier de ellos impactara el mercado. Había que crear nuestro destino, fue en muy pocas palabras lo que le explicó a Comaford su fugaz anfitrión, a lo largo de una exposición que la llevó de paseo a un futuro que hoy día se ha tornado palpable.

Volviendo al tema de los ajustes, parece cuando menos temerario describir a un personaje en tal modo consciente de sus objetivos como un oportunista amigo del plagio. El mismo Malcolm Gladwell, autor de dos bestsellers millonarios, tendría que ser ingenuo para querer dar fe de la absoluta originalidad de su trabajo, que como toda obra literaria parte de un afán de ajuste y corrección. No se escribe para inventar el hilo negro, como para intentar corregir una realidad que parece incompleta o insatisfactoria.

Ahora bien, hay a saber dos tipos de ajuste: el que se lleva a cabo para mejorar el original y aquél que se perpetra con el jugoso fin de abaratarlo. Nadie que ponga el alma en su trabajo estará muy de acuerdo en que otro lo degrade por mera conveniencia. No se sabe, hasta hoy, de alguien que haya llevado a un nivel superior las obras más notables del equipo de Jobs, y ello quizás explique tantas elegías para un hombre difícil que jamás se propuso ser fácil, y sí en cambio hacer simple lo que antes de él solía ser complicado. Cambiar al mundo, al fin, no es volver a inventarlo —como quisieran tantos charlatanes— sino tal vez hacerle unos cuantos ajustes que lo mejoren, o siquiera lo tornen un poco más amable, echando mano de esa rara gema que en la jerga común llamamos simplemente creatividad.

martes, noviembre 08, 2011

El príncipe de lo azul (Diario Milenio/Opinión 08/11/11)

¿Les ha pasado que se enamoran de un color? Maggie Nelson, poeta establecida en California sostiene, como otros antes que ella, que uno “no decide de qué o de quién se enamora… Uno nunca elige”. Pero ella lo dice utilizando un sofisticado sistema de yuxtaposiciones que involucra pequeños fragmentos (algunos los podrán llamar párrafos y, otros, versos) a los cuales enumera de manera ascendente. Escrito entre 2003 y 2006, y compuesto de 240 fragmentos, Bluets —el nombre que en inglés recibe esa delicada flor silvestre que es la No Me Olvides— es el libro de una poeta que también ha escrito biografía (Jane: A Murder, 2005), autobiografía (The Red Parts: A Memoir, 2007), y crítica literaria (Women, theNew York School, andOtherTrueAbstractions, 2007). En parte meditación acerca de la naturaleza del color, en parte diálogo con otros coloristas de las palabras y las cosas (Wittgenstein, Goethe, Mallarmé), en parte una manera muy personal de cubrir la experiencia con el incidente emocional de todo aquello que es azul, estas No Me Olvides se desparraman sobre la página como sobre la piel. Y son, como Nelson misma describe a las flores de sus fragmentos: “americanas, fachosas, silvestres y fuertes. No significan romance. No fueron enviadas por nadie para celebrar nunca nada”.

1. Supón que fuera a empezar diciendo que me he enamorado de un color. Supón que fuera a hablar de esto como si se tratara de una confesión; supón que destrozaba mi servilleta mientras hablaba.Empezó muy lentamente. Una apreciación; una afinidad. Luego, un día, se volvió algo más serio. Entonces (mirando el fondo de una taza de té vacía, una mancha de excremento marrón enroscada como un caballito de mar ahí) se volvió algo de alguna manera personal.

2. Y así fue cómo me enamoré de un color —en este caso del color azul— como si cayera bajo un hechizo, un hechizo bajo el cual traté de quedarme y del cual traté de escapar, una y otra vez.

3. Bien, ¿y qué de todo esto? Un engaño voluntario, se podría decir. Que cada objeto azul pueda ser una especie de matorral en llamas, un código secreto designado para un agente único, una X en un mapa demasiado difuso para ser desdoblado por completo y que contiene, sin embargo, todo el universo cognoscible. ¿Cómo podría ser que todos los jirones de bolsas de basura color azul que se quedan atorados en las zarzas, o las lonas de un azul muy brillante que vuelan sobre las colonias pobres o las peceras del mundo, fueran, en esencia, las huellas de dios? Trataré de explicar esto.

4. Admito que es posible que haya estado sola. Sé que la soledad puede producir accesos de dolor caliente, un dolor que, de permanecer caliente por suficiente tiempo, puede empezar a estimular o a provocar —seleccione su propia opción— una aprehensión por lo divino. (Esto debe despertar sus sospechas).

5. Pero primero consideremos una especie de caso al revés. En 1867, luego de una largo periodo de soledad, el poeta francés Stéphane Mallarmé le escribió a su amigo Henri Cazalis: “Estos últimos meses han sido aterradores. Mi Pensamiento se ha pensado a sí mismo y ha alcanzado una Idea Pura. Lo que el resto de mí ha sufrido durante esta larga agonía, es indescriptible”. Mallarmé describió su agonía como una batalla que había sucedido en el “ala huesuda” de Dios. “Luché contra esa criatura de plumaje ancestral y maligno —Dios— a quién desafortunadamente derroté y aventé a la tierra”, le dijo a Cazalis con una agotada satisfacción. Eventualmente, Mallarmé empezó a sustituir “el cielo” por “el azul” en sus poemas, en un esfuerzo por quitarle las connotaciones religiosas al cielo. “Afortunadamente”, le escribió a Cazalis, “estoy bastante muerto ya”.

6. El medio círculo de turquesa brillante del océano es la escena primordial de este amor. Que este azul exista hace que mi vida sea notable, sólo el hecho de haberlo visto. Haber visto cosas tan hermosas. Hallarse en su medio. Sin salida. Ayer regresé allá y me detuve otra vez sobre la montaña.

8. No cometas, sin embargo, el error de pensar que todo deseo es anhelo. “Amamos contemplar el azul no porque avanza hacia nosotros, sino porque nos hace avanzar hacia él”, escribió Goethe, y tal vez tenía razón. Pero no tengo el anhelo de vivir en un mundo en el que ya estoy viviendo. No tengo ningún anhelo de cosas azules ni mucho menos, Dios me libre, de cualquier objeto azuloso. Por sobre todas las cosas, quiero dejar de extrañarte.

9. Por favor, no me escriban para decirme más sobre hermosas cosas azules. Para serles franca, este libro tampoco les dirá nada de ellas. No diré, ¿no es X hermosa? Tales cosas son crímenes contra la belleza.

14. Me ha dado gusto decirle a la gente que escribía un libro acerca del color azul aun cuando no lo estaba haciendo. Lo que pasa entonces, sobre todo, es que la gente termina dándote historias o claves o regalos, y tú puedes jugar con estas cosas en lugar de con las palabras. En la década pasada, recibí tintas azules, pinturas, postales, decolorantes, brazaletes, rocas, piedras preciosas, acuarelas, pigmentos, pisapapeles, y dulces. Me han presentado a un hombre que había reemplazado uno de sus dientes frontales con una piedra de lapislázuli, nada más porque amaba esa piedra, y a otro que es devoto del azul a tal grado que se niega a comer cualquier alimento azul y sólo cultiva flores blancas y azules en el jardín que rodea la excatedral azul donde vive. He conocido al hombre que es responsable de la producción mundial de índigo, y a otro que canta Blue, de Joni Mitchell con una gran impostura sentimental, y a otro con una cara de derrelicto de cuyos ojos goteaba literalmente el color azul. A éste último lo llamé el Príncipe de lo Azul, el cual es, de hecho, su nombre.

15. Pienso en estas personas como mis corresponsales azules, cuyo trabajo es mandarme reportes sobre la situación del color azul en el mundo.

16. Pero hablas de todo esto a la ligera, cuando es más como que has estado mortalmente enferma y estos corresponsales te envían noticias azules como si se trataran de las últimas trincheras de la esperanza de encontrar una cura.

17. Pero qué pasa cuando hablas del color como si fuera una cura cuando todavía no has definido tu enfermedad.

18. Una tibia tarde de los primeros días de primavera, en Nueva York. Fuimos al Hotel Chelsea para coger. Después, desde la ventana del cuarto, observé cómo del otro lado de la calle una lona azul revoloteaba por el viento. Tú dormías, así que este fue mi secreto. Era apenas una embarradura de lo cotidiano, un brillante copo azul en medio de tanta providencia fría y húmeda. Fue la única vez que me vine. Era esencial para nuestras vidas. Temblaba.

19. Meses después de esta tarde, tuve un sueño, y en este sueño un ángel aparecía para decirme:Debes pasar más tiempo pensando en lo divino y menos tiempo imaginando que le desabotonas los pantalones al Príncipe de lo Azul en el Hotel Chelsea. Pero qué tal si desabotonar los pantalones del Príncipe de lo Azul es lo divino, supliqué. Pues que así sea, dijo, y me dejó sollozando contra la cuadrícula azul del piso.