lunes, noviembre 14, 2011

Para cambiar al mundo (Diario Milenio/Opinión 14/11/11)

¿Aló, Steve?

Dieciocho años atrás, cuando tomó la decisión de acosar a Steve Jobs, por entonces mandamás de la firma NeXT, hasta lograr una cita con él, Christine Comaford era una directora ejecutiva frustrada. Harta de preguntarse por qué la tecnología de los años noventa no estaba cambiando al mundo a la velocidad suficiente, buscaba alguna clase de esperanza en un medio plagado de limitaciones. Tras una larga hilera de llamadas y siete cartas enviadas por mensajería, Jobs respondió al teléfono. “Acabemos con esto, ¿qué se te ofrece?”, capituló por fin el fundador de Apple y acto seguido le concedió un encuentro de cinco minutos. “Trae un cronómetro”, exigió al final.

¿Creación o talacha?

Conforme va pasando la hora de las elegías, brotan aquí y allá los comentarios en torno a la rudeza que caracterizaba al impaciente Jobs, entre otros atributos desvelados por su biógrafo, Walter Isaacson, cuyo grueso volumen sobre vida y milagros del legendario hombre de la manzana se cuenta hoy entre los libros más leídos del planeta. Una de estas lecturas, diríase inquisitiva y despiadada como lo fuera Jobs ante el fantasma de la mediocridad, es la del escritor canadiense Malcolm Gladwell, que en la edición reciente de The New Yorker lo tilda, desde el título, de simple ajustador, para más adelante describirlo como un plagiario intolerante dispuesto a batallar con todo su poder por detener a aquellos que copiaban los diseños de su empresa. “Digamos que los dos teníamos un vecino rico llamado Xerox”, se defendía Bill Gates en la cita de Gladwell, ante la acusación de Jobs de plagiar para Windows la interfaz de Apple, “yo me colé en su casa decidido a robarle la televisión, y descubrí que tú ya te la habías robado”.

Según afirma Gladwell, con cierta ligereza despectiva y acaso alguna inquina soterrada, Steve Jobs no era un creador ni un visionario, dado que sus presuntas habilidades tenían que ver con sacar provecho de los descubrimientos ajenos, a fuerza de aplicarles una serie de ajustes oportunos, mismos que por sistema rechazaban las modificaciones posteriores. “El más grande ajustador de su generación”, reprocha Gladwell, “no toleraba que otros lo ajustaran”. En cuentas resumidas, al autor del artículo le rompe el corazón que el trabajo del fundador de Apple, NeXT y Pixar no fuera estrictamente creativo, en el sentido bíblico de la palabra. Para satisfacer tales expectativas, Jobs tenía que haber traído al mundo sus productos prácticamente a partir de la nada.

Fiat lux, dijo el poeta

“Amante sombra de mi bien esquivo”, rezaba una bonita línea del poeta Luis Martín de la Plaza. Algún tiempo más tarde, la religiosa Juana Inés de la Cruz pergeñó aquel famoso verso, de ascendencia indudable: “Detente, sombra de mi bien esquivo”. Lejos de acalambrarse por lo que muchos vieron como plagio, Octavio Paz acreditaba el parecido mediante un comentario que devolvía las cosas en su lugar (cito de memoria): Sí, ¡Pero qué diferencia!

Si cada una de las grandes creaciones fuera vista con lente de aumento, difícilmente quedaría una que mereciera el calificativo de invento. Toda invención, al fin, es un trabajo de perfeccionamiento. No se escribe una línea de mediano valor si antes no se ha leído miles de ellas, y es justamente por haberlas digerido con pasión y avidez que a uno le da la gana de ir más allá. En un sentido estricto, no se crea, se ajusta; pero de ahí a tachar a Sor Juana de simple talachista de trabajos ajenos media una gran distancia que nadie en sus cabales quisiera recorrer. Tampoco habrá, por cierto, muchos valientes, y ni siquiera pocos, dispuestos a asumir el paquete de ajustar un soneto que se sabe perfecto, so pena de acabar iluminados por los anchos reflectores del ridículo.

Ajustando el Gran Desbarajuste

Según relata Christine Comaford en su reciente artículo para Forbes, su encuentro con Steve Jobs resultó algo muy próximo a la iluminación. Pasados los primeros cinco minutos, apenas el cronómetro le reveló que ya era hora de ahuecar el ala, hizo ella el amago de levantarse, mas el jefe de NeXT le indicó, imperativo, que volviera a su asiento: aún no había terminado con ella. Así le habló a lo largo de tres cuartos de hora sobre el futuro que ya entonces vislumbraba, dibujándole un mundo en el que “las computadoras estarían en tal modo integradas naturalmente a la vida que todas nuestras necesidades resultarían fácilmente accesibles”. Presa de un entusiasmo irrefrenable que ignoraba cualquier clase de límite, Jobs le describió el iPod, el iPhone y el iPad más de 10 años antes de que cualquier de ellos impactara el mercado. Había que crear nuestro destino, fue en muy pocas palabras lo que le explicó a Comaford su fugaz anfitrión, a lo largo de una exposición que la llevó de paseo a un futuro que hoy día se ha tornado palpable.

Volviendo al tema de los ajustes, parece cuando menos temerario describir a un personaje en tal modo consciente de sus objetivos como un oportunista amigo del plagio. El mismo Malcolm Gladwell, autor de dos bestsellers millonarios, tendría que ser ingenuo para querer dar fe de la absoluta originalidad de su trabajo, que como toda obra literaria parte de un afán de ajuste y corrección. No se escribe para inventar el hilo negro, como para intentar corregir una realidad que parece incompleta o insatisfactoria.

Ahora bien, hay a saber dos tipos de ajuste: el que se lleva a cabo para mejorar el original y aquél que se perpetra con el jugoso fin de abaratarlo. Nadie que ponga el alma en su trabajo estará muy de acuerdo en que otro lo degrade por mera conveniencia. No se sabe, hasta hoy, de alguien que haya llevado a un nivel superior las obras más notables del equipo de Jobs, y ello quizás explique tantas elegías para un hombre difícil que jamás se propuso ser fácil, y sí en cambio hacer simple lo que antes de él solía ser complicado. Cambiar al mundo, al fin, no es volver a inventarlo —como quisieran tantos charlatanes— sino tal vez hacerle unos cuantos ajustes que lo mejoren, o siquiera lo tornen un poco más amable, echando mano de esa rara gema que en la jerga común llamamos simplemente creatividad.

martes, noviembre 08, 2011

El príncipe de lo azul (Diario Milenio/Opinión 08/11/11)

¿Les ha pasado que se enamoran de un color? Maggie Nelson, poeta establecida en California sostiene, como otros antes que ella, que uno “no decide de qué o de quién se enamora… Uno nunca elige”. Pero ella lo dice utilizando un sofisticado sistema de yuxtaposiciones que involucra pequeños fragmentos (algunos los podrán llamar párrafos y, otros, versos) a los cuales enumera de manera ascendente. Escrito entre 2003 y 2006, y compuesto de 240 fragmentos, Bluets —el nombre que en inglés recibe esa delicada flor silvestre que es la No Me Olvides— es el libro de una poeta que también ha escrito biografía (Jane: A Murder, 2005), autobiografía (The Red Parts: A Memoir, 2007), y crítica literaria (Women, theNew York School, andOtherTrueAbstractions, 2007). En parte meditación acerca de la naturaleza del color, en parte diálogo con otros coloristas de las palabras y las cosas (Wittgenstein, Goethe, Mallarmé), en parte una manera muy personal de cubrir la experiencia con el incidente emocional de todo aquello que es azul, estas No Me Olvides se desparraman sobre la página como sobre la piel. Y son, como Nelson misma describe a las flores de sus fragmentos: “americanas, fachosas, silvestres y fuertes. No significan romance. No fueron enviadas por nadie para celebrar nunca nada”.

1. Supón que fuera a empezar diciendo que me he enamorado de un color. Supón que fuera a hablar de esto como si se tratara de una confesión; supón que destrozaba mi servilleta mientras hablaba.Empezó muy lentamente. Una apreciación; una afinidad. Luego, un día, se volvió algo más serio. Entonces (mirando el fondo de una taza de té vacía, una mancha de excremento marrón enroscada como un caballito de mar ahí) se volvió algo de alguna manera personal.

2. Y así fue cómo me enamoré de un color —en este caso del color azul— como si cayera bajo un hechizo, un hechizo bajo el cual traté de quedarme y del cual traté de escapar, una y otra vez.

3. Bien, ¿y qué de todo esto? Un engaño voluntario, se podría decir. Que cada objeto azul pueda ser una especie de matorral en llamas, un código secreto designado para un agente único, una X en un mapa demasiado difuso para ser desdoblado por completo y que contiene, sin embargo, todo el universo cognoscible. ¿Cómo podría ser que todos los jirones de bolsas de basura color azul que se quedan atorados en las zarzas, o las lonas de un azul muy brillante que vuelan sobre las colonias pobres o las peceras del mundo, fueran, en esencia, las huellas de dios? Trataré de explicar esto.

4. Admito que es posible que haya estado sola. Sé que la soledad puede producir accesos de dolor caliente, un dolor que, de permanecer caliente por suficiente tiempo, puede empezar a estimular o a provocar —seleccione su propia opción— una aprehensión por lo divino. (Esto debe despertar sus sospechas).

5. Pero primero consideremos una especie de caso al revés. En 1867, luego de una largo periodo de soledad, el poeta francés Stéphane Mallarmé le escribió a su amigo Henri Cazalis: “Estos últimos meses han sido aterradores. Mi Pensamiento se ha pensado a sí mismo y ha alcanzado una Idea Pura. Lo que el resto de mí ha sufrido durante esta larga agonía, es indescriptible”. Mallarmé describió su agonía como una batalla que había sucedido en el “ala huesuda” de Dios. “Luché contra esa criatura de plumaje ancestral y maligno —Dios— a quién desafortunadamente derroté y aventé a la tierra”, le dijo a Cazalis con una agotada satisfacción. Eventualmente, Mallarmé empezó a sustituir “el cielo” por “el azul” en sus poemas, en un esfuerzo por quitarle las connotaciones religiosas al cielo. “Afortunadamente”, le escribió a Cazalis, “estoy bastante muerto ya”.

6. El medio círculo de turquesa brillante del océano es la escena primordial de este amor. Que este azul exista hace que mi vida sea notable, sólo el hecho de haberlo visto. Haber visto cosas tan hermosas. Hallarse en su medio. Sin salida. Ayer regresé allá y me detuve otra vez sobre la montaña.

8. No cometas, sin embargo, el error de pensar que todo deseo es anhelo. “Amamos contemplar el azul no porque avanza hacia nosotros, sino porque nos hace avanzar hacia él”, escribió Goethe, y tal vez tenía razón. Pero no tengo el anhelo de vivir en un mundo en el que ya estoy viviendo. No tengo ningún anhelo de cosas azules ni mucho menos, Dios me libre, de cualquier objeto azuloso. Por sobre todas las cosas, quiero dejar de extrañarte.

9. Por favor, no me escriban para decirme más sobre hermosas cosas azules. Para serles franca, este libro tampoco les dirá nada de ellas. No diré, ¿no es X hermosa? Tales cosas son crímenes contra la belleza.

14. Me ha dado gusto decirle a la gente que escribía un libro acerca del color azul aun cuando no lo estaba haciendo. Lo que pasa entonces, sobre todo, es que la gente termina dándote historias o claves o regalos, y tú puedes jugar con estas cosas en lugar de con las palabras. En la década pasada, recibí tintas azules, pinturas, postales, decolorantes, brazaletes, rocas, piedras preciosas, acuarelas, pigmentos, pisapapeles, y dulces. Me han presentado a un hombre que había reemplazado uno de sus dientes frontales con una piedra de lapislázuli, nada más porque amaba esa piedra, y a otro que es devoto del azul a tal grado que se niega a comer cualquier alimento azul y sólo cultiva flores blancas y azules en el jardín que rodea la excatedral azul donde vive. He conocido al hombre que es responsable de la producción mundial de índigo, y a otro que canta Blue, de Joni Mitchell con una gran impostura sentimental, y a otro con una cara de derrelicto de cuyos ojos goteaba literalmente el color azul. A éste último lo llamé el Príncipe de lo Azul, el cual es, de hecho, su nombre.

15. Pienso en estas personas como mis corresponsales azules, cuyo trabajo es mandarme reportes sobre la situación del color azul en el mundo.

16. Pero hablas de todo esto a la ligera, cuando es más como que has estado mortalmente enferma y estos corresponsales te envían noticias azules como si se trataran de las últimas trincheras de la esperanza de encontrar una cura.

17. Pero qué pasa cuando hablas del color como si fuera una cura cuando todavía no has definido tu enfermedad.

18. Una tibia tarde de los primeros días de primavera, en Nueva York. Fuimos al Hotel Chelsea para coger. Después, desde la ventana del cuarto, observé cómo del otro lado de la calle una lona azul revoloteaba por el viento. Tú dormías, así que este fue mi secreto. Era apenas una embarradura de lo cotidiano, un brillante copo azul en medio de tanta providencia fría y húmeda. Fue la única vez que me vine. Era esencial para nuestras vidas. Temblaba.

19. Meses después de esta tarde, tuve un sueño, y en este sueño un ángel aparecía para decirme:Debes pasar más tiempo pensando en lo divino y menos tiempo imaginando que le desabotonas los pantalones al Príncipe de lo Azul en el Hotel Chelsea. Pero qué tal si desabotonar los pantalones del Príncipe de lo Azul es lo divino, supliqué. Pues que así sea, dijo, y me dejó sollozando contra la cuadrícula azul del piso.

Varón de Deseos; hombre de infortunios-(Sexenio-Puebla 01/11/11)

Escribir novela histórica siempre –pienso- representa un reto para el escritor, pues aquí la Historia debe servir a la historia para lograr una novela verosímil y no un panfleto histórico.

Novelar la vida de un ilustre personaje del que sólo existen textos de investigación o de índole religioso; me atrevo a afirmar que hace la tarea más complicada para el escritor, ya que se corren riesgos de herir muchas susceptibilidades. Cuantimás si se trata de un personaje controvertido para la Historia de una ciudad de Puebla, tan levítica, tan angelical como olorosa. Uno de esos personajes es Juan de Palafox y Mendoza, sin el cual no se podría entender la Historia poblana, a él le debemos la majestuosa Catedral, la Biblioteca Palafoxiana; por nombrar algunas cosas. Otros más opinarán que el otrora Obispo y Virrey de la Nueva España, debería quedarse en el olvido, pues su presencia sólo trajo descontentos.

Varón de Deseos (Planeta, 2011) es la más reciente novela publicada por Pedro Ángel Palou, la cual aborda -a lo largo de 152 páginas- los pasajes más importantes de la vida de Juan de Palafox y Mendoza. Con una prosa amena, poética; Palou narra los cambios drásticos que la vida le tenía preparados a Juanico. De ser un hijo bastardo que sufre el mismo destino que Moisés: ser colocado en un camastro río adentro, para luego ser rescatado y llevar una vida digna, aunque pobre. Tiempo después sería reconocido por su padre biológico y empezaría a ser educado para así convertirse en el personaje que conocen todos los hispanoamericanos. Ése que por mandato de Felipe IV vino a la Nueva España a aplicar las Reales Cédulas, a erradicar la corrupción, a otorgarle un lugar a los indígenas, a poner orden e impartir cultura a todos por igual. Actos que le provocaron odios, los cuales vieron su fruto al lograr que Palafox fuera desterrado a Osma y ahí permanecer hasta la hora de su muerte. Solo y en la inmundicia. Solo y olvidado. Deseando siempre morir en Puebla. Estos son algunos de los hechos, bellamente retratados por Pedro Ángel Palou en Varón de Deseos.

Una novela que atrapa, entretiene y maravilla, además de algo extraña, pues a pesar de ser un personaje perteneciente a la época del barroco mexicano, pareciera que Palafox es sacado de una novela romántica: termina, casi, como empieza. Nació en la pobreza, posteriormente escala y se desarrolla en la riqueza, para luego morir en la pobreza y el abandono. Más aún, comparte similitudes con Juárez, el actual símbolo de muchos mexicanos; ambos lograron llegar a las esferas altas debido a la educación que recibieron, patrocinada por algún padrino, familiar indirecto o mecenas. A ciencia cierta, no sé si Palou buscaba ofrecer esa impresión, pero al menos esa me deja a mí como lector. La diferencia es que Palafox era un hijo bastardo, tardíamente reconocido y Juárez quedó huérfano a temprana edad.

Varón de Deseos es una novela interesante para acercarse al mundo que rodeó a Palafox y Mendoza, y de una u otra forma comprender el porqué del comportar de la sociedad poblana.

lunes, noviembre 07, 2011

La escritura indigesta (Diario Milenio/Opinión 07/11/11)

Cuestión de adrenalina

Hay días, por fortuna raros, en los que no está uno listo para ella. Pero claro, eso a ella le tiene sin cuidado. Uno dice que es suya, aunque lo cierto es que pasa al revés. Tenemos una cita, impensable faltar. Ayer mismo, presa de una nefasta indigestión, me preocupaba menos el mareo en sí que la idea de levantarme hoy y no poder quedar bien con ella. Y ahora que lo intento, la experiencia me dice que si logro cumplirle se irá este malestar igual que un mal espíritu con el amanecer. Tantos años de convivir con ella y mirarla cambiar de nombre e intenciones me han enseñado al cabo que es tan indispensable como algún día lo fueron los viernes por la tarde, cuando el aula monótona quedaba en el recuerdo y el oasis del fin de semana no parecía más un espejismo. Si exagerara, diría que ella es una de suerte de columna vertebral, aunque quizá sería más exacto describirla como una columna de la independencia. El punto es que llegamos al fin del primer párrafo y es preciso aclarar que el tema de este escrito tiene que ver con la columna semanal.

Hace tiempo que renuncié a la aspiración de escribirla desde unos días antes, lo cual sería un alivio indudable, mas cada nuevo intento en tal sentido ha servido de poco, y en realidad de nada porque sin la presión del lunes tan cercano la columna se niega a dejarse escribir. Ya se sabe que otros, más previsores, gozan de libertades extraordinarias gracias a que conservan la costumbre de guardar una cierta dotación de columnas inéditas en el congelador, y uno mira de lejos esos hábitos, con una envidia próxima a la resignación porque la suya tiende a alimentarse de la adrenalina. Si Pedro de Alvarado impuso una marca importante en salto de longitud no fue porque tuviera capacidades físicas extraordinarias, como porque detrás venían tantas furias en camino que un decímetro menos bien podía costarle la vida.

Que descansen los muertos

A ratos se aparece una mujer querida y hermosa, cargando medicinas y suero oral. ¿Ya te sientes mejor?, insiste, y por toda respuesta pongo mi mejor cara de agonizante. ¿Cómo decirle que su sola visita es como un bálsamo caído del cielo, si mientras esto pasa la columna comienza a refunfuñar porque aborrece las interrupciones? Ya bastante ha tenido con saberme ocupado en otro proyecto durante la semana completa para que ahora acepte compartirme, así que cuando trato de volver a ella deliberadamente me vuelve la espalda, como si no supiera más quién soy y menos todavía le importara. Sobra decir que me lleva ventaja, pues ella y yo sabemos que no puedo llegar hasta el fin del domingo si no he llegado antes, y ojalá mucho antes, a la conclusión del último párrafo. Miro el reloj: es tarde y con trabajos vamos a la mitad. La indigestión feroz, personaje siniestro al que nadie invitó, ha decidido volver al libreto y llega acompañada por las náuseas. No es la primera vez, por cierto, que a la mitad de la columna semanal sopla un viento de nihilismo tenaz del que hay que deshacerse a como dé lugar.

¿Y si llamo y les cuento que estoy malísimo? Esa idea peregrina es una falsa amiga a la que hay que expulsar tan pronto como llega. Poco me costaría convencer a Ariel González de que soy incapaz de terminarla y es seguro que Carlos Marín se sumaría al equipo de los comprensivos, pero el presente entuerto no es con ellos, sino con la columna, que no tiene por qué compadecerme y continúa exigiendo que siga adelante. Maldita sea, me digo, si la última vez que esto me sucedió dejé plantada nada menos que a Cristina Rivera Garza en la presentación de su perturbadora Verde Shanghai, ¿cómo es que no consigo dejar esta columna por la paz, llamar a México y echarme a dormir? ¿Por qué tenía que venir a enfermarme justo aquí, en mitad de la selva amazónica, bajo el yugo de un sol abrasador que se empeña en hacer al pensamiento lerdo y a la náusea veloz? ¿De dónde sale esta fiebre kantiana que se mete entre los retortijones para imponer su ley y exigirme que siga trabajando?

Obras y zozobras

Omeprazol, Pedialyte, Amandin, Bonine, Gelusil: entre todos ya forman un batallón resuelto a salvar el destino de esta columna, puesto que a estas alturas no es lícito mirar hacia atrás, como no sea para corregir la líneas que no acaban de estar listas. En un día normal, acercarse a las ochocientas palabras es como avistar tierra desde un barco: doscientas más, me animo, y la línea de meta estará poco menos que a tiro de piedra. Imposible eludir la sensación de que más que escribir se libra una batalla contra los propios monstruos y demonios, sobre todo cuando éstos se hacen uno con la sublevación estomacal, de modo que las dudas se fortalezcan y uno de nuevo dude que sea capaz de llegar a buen puerto. ¿Y no son esas dudas, a todo esto, el motor que da vuelo a la columna, al igual que entre el miedo y la zozobra se encargan de impulsar los últimos capítulos de una novela en proceso?

Pienso en otros enfermos y me siento un quejiche vergonzoso. A saber cuántas páginas escribiría Juan García Ponce a través de los años en medio de una postración progresiva que a otros los habría quebrado de forma ineluctable. Verdad es, sin embargo, que al llegar a los últimos renglones sopla una brisa desde el monitor que pareciera darle a uno de alta. Ver la columna en pie, después de tanta guerra, es la mejor terapia contra el retortijón. No sería mala idea salir ahora mismo a la calle y empaparse bajo la lluvia torrencial cuyo estruendo le suma dramatismo al momento de la culminación. ¿Ahora sí estás mejor?, pregunta la mujer linda de marras y le digo que sí, que por supuesto, una vez que se asoma el renglón final pruebo sus efectos terapéuticos. La columna está lista, ¿cómo no celebrarlo con la sonrisa de un recién sanado?

martes, noviembre 01, 2011

Lejos de las cabeceras (Diario Milenio/Opinión 01/11/11)

En alguna de las páginas de la primera parte de la nueva novela de Michael Ondaatje es posible leer lo siguiente: “Lo interesante ocurre casi siempre en secreto, en los lugares donde no hay poder. Nada de mucho valor pasa en la cabecera de la mesa, organizada usualmente de acuerdo a una retórica familiar. Los que ya tienen poder tienen que continuar deslizándose en una ruta conocida que han hecho para sí mismos”. Es así como nos queda claro que la mesa, y las posiciones en que distribuyen los comensales alrededor de la mesa, corresponden en mucho a las relaciones tensas y vivas que animan los vínculos humanos más diversos. La mesa del gato, que éste sería la traducción literal al español de The Cat’s Table, el título de esta novela, adquiere un poco más de sentido si recordamos que con esta frase se designa a la mesa que queda, en la estricta jerarquía social de un barco, justo en el extremo opuesto de la mesa del capitán. A la mesa del gato van a parar los vagabundos, los pobres, los sospechosos, los irregulares, los amantes de los libros, los huérfanos, los solos, ese tipo de “extraños” que, al decir del narrador, siempre tendrán la capacidad de “alterar su vida”. La frase es mucho mejor completa: “Siempre serían ese tipo de extraños, en las varias mesas de gato de mi vida, los que terminarían alterándome”.

Y alterar, en este texto, no es un verbo menor. En una larga carta que nunca llega al remitente deseado, una vieja escritora rememora una primera relación sexual y amorosa utilizando precisamente ese verbo: “Pensé que me amaba porque me estaba alterando”. Así mismo, el narrador, preguntándose años después sobre la importancia que una larga travesía en barco pudo haber tenido para una prima, dice: “¿Se había convertido en una adulta debido a lo que había pasado en ese viaje? No lo sabía. Nunca sabría cuanto la habría alterado a ella”. En un tono más benigno, pero igualmente revelador, otro personaje reflexiona sobre la huella de ciertas cicatrices en el cuerpo y en la vida: “[e]l corte en la carne. ¿Lo ves? Uno se sobrepone con el tiempo. Uno aprende a alterar su vida”.

Del latín alterare, de alter, otro, dice el diccionario de la Real Academia, señalando lo que parece interesarle a Ondaajte de este verbo. El cambio de la esencia o forma de algo, sí, pero siempre en relación a la huella del otro. Perturbar, trastornar, inquietar, sí, pero junto a o a causa de otro. Enojar o excitar. Estropear, dañar y descomponer también, y también con otros.  Si alguien me preguntara de qué se trata esta novela, tendría que decir lo que acabo de anotar en estos tres párrafos: de los cambios relacionales que experimenta un grupo de tres niños en un viaje en barco que va de Sri Lanka a Londres. De la manera en que los extraños que convergen en la mesa de los desheredados alteran las vidas de los unos y de los otros en 21 días sobre el mar. De las experiencias, casi todas ellas ilegales (“cada día teníamos que hacer al menos algo prohibido”) o ilegibles (“¿Fui testigo de algo que pasaba bajo la superficie de los acontecimientos de esa noche?”), que viven tres niños en un viaje de 21 días en barco, del que saldrán convertidos, a sabiendas de sí mismos o no, en los adultos que serán. De la manera en que uno de ellos al menos, el de nombre compartido con el autor de la novela, los recuerda y los busca o se deja encontrar por ellos a lo largo de los años (“¿Y por cuánto tiempo significaríamos algo para los otros?”). De cómo un prisionero logró obtener, por fin y de manera peligrosa, su libertad. The Cat’s Table es esto y, como toda novela que se precie de serlo, es mucho más.

Aunque la novela inicia con el proceso de embarque, en el cual el personaje principal, el “Mynah” (nombre de un ave) apenas si se despide de su familia porque desconoce en general la importancia o la duración del viaje, hasta llegar 21 días después al desembarque en que un “Michael” es recibido por su madre, la novela tiene poco de desarrollo lineal. Un narrador adulto observa de cerca y con gran curiosidad al niño que atraviesa el océano, pero no se deja limitar por el punto de vista del infante. De vez en cuando, y con poca explicación de por medio, el memorioso tomará los desvíos que son ya un sello de la casa Ondaatje, para llevar al lector hacia un pasado menos remoto donde un encuentro ha acontecido o donde una historia es alterada una vez más. En lo que parecería ser una declaración de principios de la novela pero que en la novela se refiere a una función de cine, se lee esto: “No sabemos más que lo que los personajes saben de sí mismos. No debemos sentirnos seguros o ciertos de sus motivos; no podemos despreciarlos. Creo en esto”. Y, aunque tratándose de otra cosa, esta otra frase produce un eco similar: “Siempre hay una historia delante de ti. Apenas existente. Sólo es de manera gradual que te pegas a ella y la alimentas”.

“A algunos eventos les lleva toda una vida revelar su daño o su influencia”, declara el narrador mientras reflexiona sobre las razones que lo llevaron a casarse, años después, con la hermana de Ramadhin, uno de sus dos amigos en ese viaje, el delicado del corazón, el cuidadoso que, sin embargo, termina muriendo antes que los otros dos. “A algunos eventos les toma toda una vida revelar su daño o su influencia. Ahora veo que me casé con Massi para estar cerca de una comunidad de mi infancia en la me sentía a salvo y que, ahora me doy cuenta, todavía deseaba”. No es sino hasta años después igualmente que, viendo las pinturas que exhibe Cassius, el tercer amigo, en una galería de Londres, el narrador se da cuenta de que “Lo que veía ahora en la galería era el exacto ángulo de visión que Cassius y yo teníamos aquella noche, desde el barandal, mirando hacia abajo a los hombres que trabajaban esos charcos de luz. Un ángulo de 45 grados, más o menos. Estaba otra vez en el barandal, viendo, que es lo donde Cassius se encontraba también, emocionalmente, al hacer estas pinturas. Adiós, les decíamos. Adiós”.

Y de esto también se trata la novela. De lo que se ve a la distancia, con comprensión o añoranza. De lo que se va, a veces para siempre. Pero sobre todo de lo que se queda, alterado pero permanente, en el centro de la memoria que es el cuerpo.

La frontera y sus caras, a través de Crosthwaite-(Sexenio-Puebla 18/10/11)

Había oído hablar de Luis Humberto Crosthwaite gracias a Ignacio Padilla: excelente narrador, hay que leerlo. Luego Pedro Ángel Palou me dijo lo mismo respecto a su calidad narrativa, después me percaté que en su libro El último campeonato mundial, Crosthwaite aparece descrito de la siguiente forma: “Traicionero escritor tijuanense, amigo de quien esto escribe hasta el 28 de octubre del aciago año de…No quiere escribir no quiere. Ídolo de dos personajes femeninos de la literatura clásica: Beatriz e Isolda. Lo peor de todo es que dio un aventón al autor y corrector de esta novela, y cuenta buenos chistes”.

Y efectivamente, busqué libros suyos y no encontraba, se había, quizá, desaparecido del espacio literario. Por ahí del 2006, cuando solía dar mi vuelta por algunas librerías del Centro Histórico de Puebla, encontré en descuento Instrucciones para cruzar la frontera; fue el primer libro por el cual conocí –literariamente- a Luis Humberto Crosthwaite. Dicho libro estaba editado por Joaquín Mortiz, sello perteneciente a Planeta. Al leer éste libro de Luis Humberto me enfrenté por primera ocasión a una narrativa ágil y corta. Me agradó, recuerdo haberlo leído en menos de un día. Era un libro que me atrapó hasta llegar al fin. Aquí nació mi inquietud por seguir leyendo y conocerlo.

Justo cuando empecé a reseñar libros para esta columna y entrar en contacto con Tusquets editores -como por arte de magia-, reapareció Crosthwaite con Aparta de mí este cáliz y posteriormente Tijuana: crimen y olvido. Libros que devoré y disfruté.

Tijuana: crimen y olvido, fue el libro que dio un excelente motivo para traerlo a Puebla a presentar dicho libro y por fin conocerlo. Al término de la presentación de tal libro, Luis Humberto me regaló la re-edición de Instrucciones para cruzar la frontera, ahora dentro la colección Fábula de Tusquets.

Muchas re-ediciones suelen tener breves cambios y no ofrecer tanto al lector. En cambio, Instrucciones para cruzar la frontera es distinta a la primera edición. De la primera versión se quitan: Y le digo que no, y me dice que sí y Zapatistas en la playa. Y en la segunda edición se agregan: Corriendo hacia el fuego; Plumita consentida, plumita de mi vida; El ritmo que hay en sus pestañas; Ambiente de fiesta en la playa; además de integrar, a modo de Bonus track: Misa fronteriza. Cambios que enriquecen más esta nueva edición y muestran a un Crosthwaite más maduro e irreverente, pero sobre todo a un autor que no deja de experimentar y arriesgar; virtud que muy pocos escritores tienen.

En este libro, Crosthwaite es capaz de combinar con crudeza y humor la realidad de la frontera. Instrucciones para cruzar la frontera, son una serie de relatos que se impactarán en la imaginación del lector, cual certera bala, que en lugar de ocasionar una muerte, incita a poner a trabajar el cerebro; así como a sentir indignación y pena por toda la clase de suertes que algunos mexicanos tienen que librar para cruzar la frontera.

Un libro imperdible.

lunes, octubre 31, 2011

Morir a la Gadafi (Diario Milenio/Opinión 31/10/11)

Al playboy de la familia Gadafi no lo mató una turba. Ejecutado por los milicianos, Mutassim encendió su último cigarro mientras por una vez oía la verdad.

1. Me lo dijo Jack Daniel’s

Una botella de Moët & Chandon tamaño Nabucodonosor —equivalente a 20 botellas de 750 ml— se vende en 2 mil dólares, dentro de una bonita caja de madera que a su modo subraya la ocasión memorable del descorche. ¿Y cómo no iba a ser digna de recordarse la suerte de acudir a una fiesta de Mutassim Gadafi, donde esos 15 litros de champaña solían llover sobre los jubilosos invitados? No es que fuera un secreto. Cualquier libio podía asistir por YouTube a los fiestones del playboy de los Gadafi. No contrata uno a Beyonce o a Mariah Carey esperando que nadie vaya a enterarse. ¿O de qué mejor tema esperaría que hablaran los pasmados invitados en los días y semanas siguientes? Por otra parte, nada gusta al mal gusto tanto como exhibirse delante de quien pueda, y de paso mostrar que puede más que muchos. ¿Qué son unas decenas de litros de champaña para quien vuela cada Navidad de Trípoli a la isla caribeña de San Bartolomé abordo de su Boeing privado con una extensa corte de vividores?

Mutassim prefería el Jack Daniel’s diluido en Coca-Cola. Así brindó con una de sus incontables novias —la modelo holandesa Talitha van Zon, que huyó de Libia en barco proclamando que los rebeldes se proponían quemarla viva— por la victoria que consideraba inminente, una semana antes de la caída de Trípoli. Al igual que su padre, era de la opinión de que los insurgentes no pasaban de ser un puñado de ratas. “No hablo con adolescentes”, le había respondido a uno de sus captores, minutos antes de caer cadáver y ser fotografiado con un hueco sanguinolento a la altura de la garganta, capaz de por sí solo provocar un alud planetario de especulaciones. “Alza la cara y bebe agua, se acabaron los días de lujo”, le había dicho el soldado, entre varios insultos y amenazas que a Mutassim Gadafi nadie le había soltado en sus treinta y tres años de vida opulentísima.

2. ¿Dónde están los lambiscones?

En los pocos instantes filmados de sus últimas horas de vida, Mutassim aparece fumándose un cigarro, consciente acaso de que lo más probable es que sea el último. Ahí mismo, ensangrentado, revisándose las pequeñas heridas que le constelan los brazos y el torso, el hijo sibarita del coronel es un príncipe desdeñoso y ensimismado. Desde donde él está, sus captores no existen. Son, con mucho, las sombras amargas de un revés decisivo pero inaprehensible. Desgreñado, con la barba crecida, el Asesor de Seguridad Nacional está más ocupado en limpiarse la sangre que en prestar atención a los milicianos que parlotean en torno suyo. “¡Ya verás pronto, perro!”, lo amenaza uno de ellos, pero difícilmente acepta Mutassim más compañía que sus pensamientos. Por una vez, no obstante, escucha la verdad. ¿Cuántas mentiras tuvo que haber oído de sirvientes, amigos, socios y matarifes, ninguno de los cuales habría osado mostrarle realidad cruda alguna a un Gadafi, habida cuenta pública del precio que acostumbra cobrar esa familia por un solo causal de ofuscación?

Hoy que se multiplican los internautas interesados por las tumultuosas imágenes de la muerte del mandamás libio, no faltan los videos dedicados a la vida suntuosa de la familia. Entre cajas de Cristal y Blue Label, la cámara recorre el piano blanco, los jacuzzis y el mobiliario digno de una boutique de autor en Copenhague. Ello, más los fiestones en el Caribe y los muertos hallados en mazmorras y tumbas clandestinas, permite a los curiosos armarse cada uno su documental, con las dosis exactas de cada ingrediente para colmar al morbo sin saturarlo. Volvamos, pues, a la imagen del playboy que sangra, fuma y piensa. Podría escribirse un tupido tratado misantrópico desde el lugar de Mutassim Gadafi. Está solo, pero no mucho más de lo que ha estado el resto de su vida, habituado a vivir entre incondicionales y aduladores. Muy tarde se ha enterado de que hasta sus amigos le mentían por sistema, aunque adentro supiera que uno como él no puede hacer amigos, y si los hace es para devorárselos.

3. La verdad empalada

Hasta donde se sabe, los ídolos de Mutassim Gadafi eran tres: Adolf Hitler, Fidel Castro y Hugo Chávez. Como ellos, se juzgaba bien informado, si no incluso el mejor informado después de su padre. ¿Pero cómo iba el padre a figurarse que había libios deseosos de clavarle una estaca en el culo, y para colmo filmar el momento y subirlo a la red? Un dictador que agoniza ensartado, cacheteado y pateado por la turba tiene que haber perdido más de una brújula. Tras cuarenta y dos años de vivir la irrealidad de un poder absoluto y protagónico, salpicado de narcisismo, megalomanía y crueldad extrema, nada hay más complicado que pretender saber qué opinión tienen de uno sus subordinados, tanto los que conspiran a sus espaldas como aquellos que intrigan a sus órdenes; por no hablar de millones de súbditos que temen por su vida al escuchar su nombre.

“No hay placer más profundo en este mundo que empalar a un tirano moribundo”, opinaría un anónimo hincha de los linchadores en uno de esos foros donde la gente dice lo que le viene en gana, especialmente si es una burrada que en otra parte no podría soltar. Nada que pueda ser comprendido desde la soledad de un Gadafi, y para muestra basta el testimonio de los sirvientes de Aníbal, que comparte con su esposa, la modelo libanesa Aline Skaf, la fama de golpearlos y maltratarlos a niveles de tortura por una mínima desobediencia, amén de rara vez pagarles sueldo. Antes de terminar con la sesión, conviene echar un ojo al video donde aparece una infeliz mujer con la cabeza totalmente quemada por el agua hirviendo que le echó encima Aline Skaf de Gadafi. ¿Qué tan solo en la vida está quién trata así a la nana de sus hijos? No más solo que Mutassim Gadafi, con el último cigarro en la boca. No más solo que un viejo fanfarrón planetario con una estaca dentro del esfinter. No más solo que el fondo de una botella de Moët & Chandon de quince litros, regados por el piso en el nombre de la irrealidad.

martes, octubre 25, 2011

Los héroes carniceros (Diario Milenio/Opinión 25/10/11)

Verdugos sin patíbulo

Las estrellas del video son tres, pero solamente habla el que está en el centro. Estan sentados entre un par de banderas, con una mesa al frente y un logo de la banda detrás. Los tres visten de azul, usan guantes, portan el mismo escudo que los identifica como etarras y llevan una boina sobre la capucha blanca. Escenifican un ritual solemne y ampuloso como sus vestimentas, un poco por hacerse respetar y algo más para hacerse temer, en todo caso henchidos de razón y mejor dispuestos a conceder disculpas que a pedirlas. Los inventores de la “socialización del sufrimiento”, perversión terrorista que en la práctica incluye la estigmatización de los deudos, saben que arrepentirse equivaldría a darse por asesinos. Y ellos se piensan héroes, aunque luzcan ridículos como quienes impostan voz y gesto para mirar de frente a la Historia. Su patetismo es también su coartada, de otro modo tendrían que dar la cara. Cuando el que habla termina de recitar el manifiesto, alza el puño junto a sus dos acompañantes y remata con tres consignas al hilo.

Para su mala suerte, el día del manifiesto los tres encapuchados recibieron apenas la atención de los medios, si en esas mismas horas la imagen del cadáver de Moammar Kadhafi se adueñaba de la atención universal. Nadie mejor que un terrorista activo sabe el poder que tienen los cadáveres. Y digoactivo porque ya van tres veces que miro el video y ni quién hable allí de retirarse. ¿Será que los etarras guardarán armas, bombas y capuchas para dar gravedad a sus reuniones? Uno diría, por el tono altanero del de la voz, que no habla en nombre de una banda derrotada sino justo al revés: han ganado la guerra y conceden la paz como una gracia. ¿Y luego qué? ¿Cada quien a su casa, con todo y capucha? ¿Qué hace con su vida el ejecutor cuando la autoridad elimina el patíbulo? ¿Busca chamba en el rastro o se interesa por la jardinería?

Narciso, el olvidadizo

En términos etarras, el fin de la violencia terrorista es la reprivatización del sufrimiento. Un disparate, claro, si bien no menos que esa idea torcida de lanzarse a matar hijos de vecino con el pretexto de repartir penas. Una vez que se cruza la línea que separa al combatiente del asesino, hace falta una excusa poderosa, no tanto por sesuda como por simplona. Algo que sea o parezca una responsabilidad superior, capaz de desplazar a la propia, y eventualmente reemplazarla del todo. Como decían antes, eldiablo me obligó. Qué más quisiera un buen terrorista, sino vivir en paz y cultivar mejores relaciones con sus vecinos, pero pasa que no se manda solo y debe responder por un deber más grande que su pequeña vida, valga la vanidad. ¿Cómo, si no ostentando como una medalla el desprecio por la propia vida, va uno a darse licencia y buena conciencia para acabar con la de quien sea? ¿Y cómo no encontrar a un héroe en el espejo?

Hay empresas que no conocen la reversa, como el nazismo y el estalinismo. Cualquier paso hacia atrás, o incluso a un lado, será entendido como traición; cualquier escepticismo sonará a sabotaje. Se trata de ir al fondo del remolino, irremisiblemente, apostarse completo y hasta el fin por una sola idea más grande que la vida y sus deleites, capaz de oscurecerla o cercenarla si una razón de peso lo hace ver preciso. No vale arrepentirse, ni apiadarse, ni pensarlo siquiera. La valentía del matón con causa consiste en atreverse a cometer las peores cobardías imaginables sin dejarse acosar por la conciencia (toda vez que esta ha sido suplantada por razones mayores, frente a las cuales no hay más alta canallada que la desobediencia). Entre los que masacran inocentes en nombre de abstracciones tiránico-mesiánicas, el mérito es más grande cuanto mayor es la crueldad invertida, así como la indefensión de las víctimas. No se trata de escrúpulos, cuentan los enterados, sino de cojones. Quien los tiene no mira para atrás.

Yo no fui, fue El Conflicto

Ochocientos, se dice, redondeando la cifra, es el número de muertos atribuibles a ETA. Demasiados difuntos para sencillamente dar la cara por ellos, de ahí que los matones culpen al Conflicto, del cual se consideran cualquier cosa menos instigadores. Si yo salgo a la calle a echar tiros al aire porque no estoy contento con cierta situación, puedo endilgar los muertos al Conflicto, cual si éste fuese un ser independiente frente al cual no he hecho más que tomar partido. Ahora bien, una cosa es echar tiros al aire y otra muy diferente descerrajarlos en la nuca de una víctima equis como método de presión política. O plantar una bomba en un supermercado, oprimir play en el control remoto y desaparecer de la escena dantesca, en la certeza de que no ha sido uno sino Mr. Conflict quien dejó todos esos charcos de sangre en el piso. Y así, hasta llegar a ochocientos. Si los encapuchados y su ritual macabro nos parecen ridículos, no está de más pensar en ese peso muerto. Más todos los heridos y mutilados que por lo visto no son tan importantes y de por sí se suman a la cifra redondeada para el consumo global. Más la amargura y el terror de unos deudos estigmatizados por los fanáticos y su imperio del miedo. Ochocientos, es decir chorrocientos. Más de los que podría uno contar. Las capuchas están en el video para no rendir cuentas por esa numeralia.

Matar a una persona es un asesinato en toda la extensión de la palabra; llevarse entre las patas a ochocientas es no más que la consecuencia de un conflicto. O sea que hay opiniones involucradas, quien lo dude eche un ojo a las capuchas y observe la gran carga idiosincrática que se esconde tras ese solemnísimo simulacro de Halloween donde los asesinos hacen alarde de conciencia histriónica para mostrar al mundo y a la Historia que los verdugos saben ser piadosos, a pesar del Conflicto. O mientras El Conflicto lo permita. En todo caso, larga vida al Conflicto y que viva la piedad, mientras pueda.