martes, marzo 02, 2010

Mensajes desde Pompeya (Diario Milenio 02/03/09)

Son varias las razones que explican mi reciente adicción al Twitter. Si he leído bien los ensayos teóricos acerca de este fenómeno de comunicación instantánea que se establece a través de mensajes escritos en no más de 140 caracteres, esas razones también son complejas. Todos los caminos parten esta vez de Pompeya, y no de Roma. Nuestra cuna no es ya más esa ciudad eterna donde las ruinas yacen, capa sobre capa, en un gesto de circular totalidad. Nuestra cuna es, aquí y ahora, esa otra ciudad petrificada en la gloria de un instante: Pompeya. Corte. Tajo. Interrupción.

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Hubo, alguna vez, eso es cierto, un homo psychologicus. Se trataba de ese ser humano de las sociedades industriales que construyó gruesos muros para separar lo privado de lo público y proteger así una noción silenciosa y profunda, individual y estable, del yo. Porque tenía un secreto, el homo psychologicus inventó el psicoanálisis, por ejemplo. Tener un rico “mundo interior” y una “historia propia” fueron, en esa época, cosas de suyo importantes. Escribir largos libros laberínticos (libros, en este sentido, romanos) que llegaban, sin embargo, a un final bien establecido, no sólo era especial para el escritor que firmaba el relato con su nombre, desligando así al autor del narrador y del personaje, sino también para el lector que, en silencio, en otra habitación del mundo privado, recibiría el mensaje que lo alertaría sobre los recovecos propios. Se narraba, pues, para ser o porque se era alguien extraordinario. Se leía por igual cantidad de razones. Uno de los máximos representantes de ese mundo —francés, por cierto, y de apellido de Mallarmé— llegó a argumentar que la vida existía par ser contada en un libro. A juzgar por el peso del papel, los libros eran objetos bastante engorrosos en esa época.

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Pero el homo psychologicus, como se sabe, ya fue. En su lugar se ha ido formando, no del lento quehacer de la ruina romana, sino del imperioso instante de Pompeya, el homo technologicus: un ser poshumano que habita los espacios físicos y virtuales de las sociedades informáticas para quien el yo no es ni secreto ni una hondura ni mucho menos uno interioridad, sino, por el contrario, una forma de visibilidad. Conectado siempre a digitalidades diversas, el technologicus escribe dentro de habitaciones transparentes bordeadas de pantallas y, de hecho, acompañado con frecuencia de gente. Ahí, pues, escribe esa vida que sólo existe para que aparezca inscrita en fragmentos de circulación constante en esa exterioridad —para usar un término vintage— conocida como soporte Web 2.0.

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Se trata, en ambos casos, de escribir la vida. Pero en la iracunda competencia entre la ficción y la no-ficción (como nombran estas cosas en el ex-imperio de Estados Unidos) la no-ficción va ganando, y por goliza. En plena era de la muerte de la muerte del autor, vale más que a uno le digan, por ejemplo, “te quiero non-fiction”, a que le espeten en la cara su infame contrario. Una extraña pero sugerente combinación entre el culto a la personalidad y una noción alterdirigida del yo dentro de un régimen de visibilidad total ha provocado que cientos de miles de millones de seres poshumanos se lancen raudos y veloces a transmitir mensajes escritos sobre lo que les acontece en ese justo y pompéyico instante. Sin trama totalizadora ni objetivo teleológico alguno, esos pedazos de escritura cruzan el espacio cibernético sin otro fin más que el aparecer donde aparecen, es decir, frente a la vista legitimadora de su otro igual. Leer es, en efecto, una forma de constatar. No hay secreto.

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Porque soy una DM (Digital Migrante), he llegado al twitter con algunos años de atraso. Eso no le resta, sin embargo, ni intensidad ni placer a mi nueva twitadicción. De mis alebrestadas exploraciones por esta Pompeya mexicana del siglo XXI rescato la diseminación horizontal de la información (me he enterado de más minucias culturales y políticas a través de la lectura y los subrayados de mi comunidad twittera —desde los links de Alberto Chimal o Ernesto Priego a los comentarios de Yuri Herrera o Irma Gallo—que en cualquier otro medio); el ejercicio crítico del periodismo ciudadano (la información producida y propagada acerca del terremoto de Chile me basta como ejemplo); y sobre todo, las formas de escritura que responden con creces a la pregunta/abracadabra de todo twitt: ¿Qué le está pasando (al lenguaje)?

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Por malformaciones del oficio, busco escritura en todo lo que hago. Contra todo pronóstico eso también lo he encontrado en el twitt. Tengo la impresión, por ejemplo, de que a twittescritores como @diamandina y @franklozanodr les importa escribir y aparecer en la pantalla, en ese orden. Más que informar sobre lo que les pasa (aunque lo hacen), estos dos escritores de Guadalajara (es lo más que pude colegir de sus sitios) escriben lo que le pasa al lenguaje (que les pasa). Sus textos nos permiten ser testigos de lo que le sucede cuando Oulipo ha tomado el mando y la sociedad entera se atiene a la máxima de los 140 golpes de extensión. Analizar con justicia lo que hacen me llevaría páginas enteras, pero anoto aquí la manera jocosa y deslumbrante en que ambos desensamblan el lenguaje popular, con frecuencia cambiando letras que convierten una palabra en varias más o re-posicionando palabras dentro de una oración que se convierte, así entonces, en una oración ya desconocida. En su “Me haces falta de sobra”, de @diamandina, o en “Que-herida”, que aparece en este instante en mi pantalla dentro de una cajita horizontal firmada por @franklozanodr, no sólo hay un profundo conocimiento de los giros cotidianos del lenguaje sino una lúdica subversión de la sintaxis y la ortografía que me indican que ahí hay escritura y, por lo tanto, pongo atención, implicándome. En un terreno que no alcanza a cubrir el aforismo pero al que no llega del todo el poemínimo, @diamandina escribe: “Desde 1998 te estaba esperando en 2010”, “El acto malabárico de poner en movimiento tantos celos al mismo tiempo”, “Reaccionaria: preferiría no preferir no hacerlo”, “Mis planes tienen una agilidad sorprendente para dar vuelta en bu”. De @franklozanodr: “Recuerdas ese jardín. No lo tuvimos”. “Yo en realidad tengo una piedra en el corazón, y oídos sordos”. “Y rueda la piedra, gira en su pértiga sonámbula hasta su conversión en polvo”. Llevo días ya citándolos a la menor provocación y eso, válgame dios, voy a decir una reverenda barbaridad (cosa que se me da, a decir verdad), eso es algo que no hice ni siquiera con Tolstoi.

La apuesta del olvido (Diario Milenio 01/03/10)

Perezas del instinto

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Antiguamente, cuando uno se olvidaba de algún dato importante, se le sugería ir a la tienda de la esquina a comprarse dos pesos de memoria. Ahora que al fin existe la memoria artificial, y puede uno en efecto comprarla en una tienda, se tiene de repente la impresión de vivir en un mundo cada día más falto de memoria. Igual que esos modernos artefactos eléctricos que ejercitan las carnes y los músculos sin que el dueño tenga que enderezar un dedo, cada dispositivo armado de memoria artificial le evita a uno el esfuerzo anticuado de hacer memoria. Hasta donde recuerdo, que es poco y tira a menos porque nada lo exige ni queda quien lo espere, solía experimentar un orgullo especial por recordar los sucesivos números telefónicos de los amigos próximos, y hasta de los distantes. En cuanto a los actuales, ni hablar. Están todos guardados en archivos electrónicos, con trabajos recuerdo cuál es propio número de celular (y eso con cierto esfuerzo, jamás a la primera). Una vez solapado el capricho del olvido, basta un error humano para quedarse desmemoriado.

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Una mañana salgo a la calle poseído por la prisa, de forma que muy tarde me doy cuenta que he dejado en la casa las prótesis electrónicas. La laptop, el teléfono. No recuerdo los números, ni los emails, ni los datos precisos de nadie. Mientras no tenga cuando menos una computadora rentada entre manos, seré algo así como exiliado de mí mismo. Y ahora que lo pienso, también las contraseñas estaban archivadas entre el teléfono y la computadora. No recuerdo ninguna con precisión, confundo unas con otras, se me barren las claves alfanuméricas. Pude haberlas memorizado una por una. Pude valerme, como solía hacerlo en otros tiempos, de ciertas referencias inaccesibles a los cocos ajenos, como esas fechas que conducen a nombres y sobrenombres en los que nadie más pensaría. Pude hacer un esfuerzo del que tal vez ahora me miraría orgulloso, pero según el alma de mi tiempo solamente un palurdo se sienta a hacer memoria cuando puede comprarla en una tienda.

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La memoria comodina

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Una de las ventajas de los niños sobre sus mayores tiene que ver con sus capacidades mnemotécnicas. Solía ser de gran ayuda para los infractores reincidentes contar con un maestro desmemoriado, y es seguro que hoy día la situación es aún más ventajosa para quien no ha acabado de enseñarse a olvidar. Hay demasiada información fluyendo ahora mismo para gastarse el tiempo recordando la de ayer o anteayer. Pues lo que es tiempo, ya no le sobra a nadie. Uno también se niega a memorizar nada tan sólo de pensar en el tiempo que deberá invertir, por no hablar de la baja confianza que le inspiran los datos archivados en una memoria natural (así sea la suya y le conozca el modo). Con tantos báculos a sus disposición, no es de esperarse una memoria musculosa, sino acaso otra torpe y burocrática que se tiende a dormir siempre que “no hay sistema”.

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No nada más los niños se sirven de la desmemoria imperante; también los pícaros la encuentran idónea para torcer los dichos y deshacer los hechos. Y uno, cuya memoria vive en dichoso estado de relajamiento, experimenta un cierto consuelo no bien se desentiende de aquello que en principio teme incómodo. Que es el caso de aquellos recuerdos cuya obscena nitidez impide a la memoria procesarlos sin tener que ponerse a chambear en texturas, aromas, vientos y humedades, por no hablar de emociones y sentimientos que no siempre consiguen hacerse un hueco en las memorias artificiales. Muy lejos de saber a partir de qué punto el precio de la comodidad se eleva por encima de su valor, me aterra ya bastante imaginar el costo de darle vacaciones al instinto. Si, como cuenta Javier Cercas en el principio de su Anatomía de un instante, una cuarta parte de los británicos cree que Winston Churchill es un personaje de ficción, a nadie extrañe ya si cualquier día empieza a parecer confortable recordar a los nazis como unos tipazos.

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El club de Hugo, Paco y Luis

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A veces, sin embargo, la desmemoria peca de insuficiente. Enciende uno la televisión y como que le falta desmemoria para otorgar sentido a las imágenes, o crédito siquiera. ¿Qué demonios hace Felipe Calderón en papel de boy scout entre Castro, Chávez y Ortega? ¿Su buena obra del día? Hasta donde recuerdo, corríjanme si no, el Presidente constitucional de éste país debe su puesto menos a sus encantos que al rechazo extendido del autoritarismo. ¿A qué le tira entonces con ese sonrisón de sobrinito del Pato Donald, buscando las palmadas de los autoritarios? ¿A quién ahí le está fallando la memoria? ¿O será que esa puesta en escena tan barata debe ser superpuesta en todos los recuerdos colectivos, de modo que la información que fluye en este instante actualice ya para siempre la anterior? ¿Debo borrar ahora la memoria del blog de Yoani Sánchez, por ejemplo, para dejar en su lugar la imagen de mi presidente rendido a los encantos de los comandantes? ¿No es cierto que es incómodo hablar de tiranías apestosas allí donde se ganan posiciones para posar ante la lente de la Historia?

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Sé que soy anacrónico, y por si fuera poco de repente me falla la memoria. ¿No eran los mismos hombres que corregían las fotos históricas para sacar de ahí a los héroes caídos en desgracia quienes dieron inspiración y causa justo a estas antiguallas intratables? ¿No son ellos la prueba escandalosa de que la desmemoria no sabe perder? Ahora bien, una cosa es no saber y otra muy diferente no poder. Ahora mismo, en la Cuba donde muy pocos pueden comprar una memoria artificial, ni darse el torpe lujo de guardar ahí datos potencialmente comprometedores, hay demasiada gente que no olvida, y eso es lo que ha olvidado el presidente. La desmemoria es cómoda y hasta decorativa, pero tiene un defecto: nos subestima. Piensa que de memoria no nos queda sino la artificial y apuesta a que muy pronto compraremos más.

miércoles, febrero 24, 2010

"Un cuarto de siglo"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 24/02/10)

A Salud Marines y Juanita Pérez, donde quiera que estén; a Pedro Ángel Palou por creer en mí; a mi Kurá, por regresarme a la vida y la “Fuga” por seguir.
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Querido lector, antes de empezar con la columna de esta semana, ofrezco disculpas por ausentarme la semana pasada; pero la asfixia mental y física que sufrí la semana pasada no permitió tener una mente libre y despejada para sentarme a escribir con calma esta columna. Dicho esto, a lo que me truje.
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Hago un alto a las reseñas literarias para compartir con usted, apreciable lector, la felicidad que me da haber llegado a los tan anhelados veinticinco años: el famoso cuarto de siglo o cumpleaños de plata. En este pequeño transcurrir las vivencias han sido variopintas: los gustos musicales y televisivos han cambiando, evolucionado o se han confirmado; algunas amistades dejaron de existir, para dar paso a otras y unas pocas, se han conservado a pesar de las distancias y las diferencias propias de la edad y profesión. Misma que han dado nacimiento a un sinfín de monumentos a la amistad, como lo es “La Fuga literaria”.
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El aprendizaje siempre ha estado ahí y se ha dado en todos los niveles desde el escoutismo hasta el rotarismo y desde el futbolístico hasta el cultural-literario. Cada una de estas etapas han ayudado a cimentarme, pero sobre todo a darle forma a esa piedra bruta que uno es sin los conocimientos y el aprendizaje.
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Hace muchos años, cuando me vislumbraba en esta edad, me veía jugando en el Puebla y quizá sin una carrera de por medio; empero hoy estoy en el proceso de realizar la tesis de la carrera de Lingüística y Literatura Hispánica, trabajo como docente en una preparatoria privada, escribo en este diario –siempre apoyado por Mario Alberto Mejía y Roberto Martínez Garcilazo- y he adquirido la costumbre de organizar eventos de índole literario que me han dado la oportunidad de conocer a personajes como Sergio Pitol, Mario Bellatin, Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza, entre otros; de quienes he aprendido y obtenido su sincera y fraterna amistad, en este proceso he estado invariablemente acompañado y aconsejado por Pedro Ángel Palou, Nacho Padilla, Jorge Volpi, Guillermo Samperio; entre otros más.
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Cada paso dado genera una alegría y origina algunas envidias, una crítica mal sana y subjetiva. Cada una ha sido recibida con gran simpatía.
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La familia también ha hecho acto de presencia, algunos con mayor convicción, como simpatía y complicidad, mientras que otros permanecen por mero compromiso sanguíneo, y agradezco, a cada uno, infinitamente. La parte amorosa ha tenido su espacio, unas cuantas historias terminaron bien, otras no; pero cada uno de los golpes recibidos han dado origen a la felicidad y satisfacción que vivo en la actualidad. Pero también he conocido lo que significa perder a un ser querido, Salud y Juanita, siempre están presentes en cada acto, pues les debo la conversación, el oído, la paciencia, el consejo y la comprensión.
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Hoy esta columna pretende ser un pequeño agradecimiento a quienes han confiado en mí, sin importar la vestimenta, la ideología, la religión.
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Una vez más, agradezco a usted que me lee por esta pequeña oda al ego.

martes, febrero 23, 2010

El divino desollador (Diario Milenio/Opinión 23/02/10)

Primera Confesión: Siempre me gustaron los títulos de las obras de Max Ernst. En algunas ocasiones llegué incluso a pensar que las veía con cuidadosa atención, que las observaba en todo detalle, nada más para postergar el instante en que descubriría el nombre de las mismas. El asunto era que las palabras con que Ernst terminaba sus pinturas o sus collages o fotomontajes no describían las obras en cuestión, sino que más bien las trastocaban, subvirtiéndolas por dentro. Me desdigo: los títulos no terminaban las obras, sino que las continuaban pero de otra manera, convirtiéndolas así en lo que eran: dos en lugar de una, o una, pero multiplicada en muchas. Ha sido por eso y no por otra cosa que suelo pensar en Ernst como un autor narrativo. Mis pobres evidencias no sólo incluían sus dotes como titulador, sino también, acaso sobre todo, esa sapiencia para sugerir el desarrollo de una historia plural y frágil del mero choque generado entre la palabra y la imagen. Yuxtaponer es el nombre del juego. Y el juego, por supuesto, no es una narrativa lineal.
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UN FANTASMA METICULOSO EN EXCESO
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Segunda Confesión: Encuentro miles de posibilidades en frases como: “El imán asociativo de lo insólito”. Pienso en la alucinación, por supuesto, y luego, de inmediato, en la labor crítica de la epifanía. Pienso en el sueño; pero sobre todo en la revelación de la pesadilla. Pienso en los recortes de la realidad que, al mostrarla en pedazos, no pueden sino de-mostrarla en la denuncia. He ahí la cuestión técnica del collage y el fotomontaje; y he ahí también la cuestión filosófica de su quehacer. Ver en pedazos es, literalmente, ver en pedazos. Ver en destrucción es, por necesidad, ver insólita, críticamente. Así nos obliga a ver el Desollador, ese Divino. Ver en las elipsis; completar o zambullirse en los puntos suspensivos del cosmos. Re-encuadrar. Las palabras de Ernst fueron, en cambio. “La explotación sistemática de la coincidencia casual, o artificialmente provocada, de dos o más realidades de diferente naturaleza sobre un plan en apariencia inapropiado… y el chispazo de poesía, que salta al producirse el acercamiento de esas realidades”. Faltó mencionar la violencia. Falta la presencia del tajo. Y la sangre. Y el grito o el susurro, que laten.
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HE AQUÍ LA SED QUE ME CORRESPONDE
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Tercera Confesión: Estoy leyendo las tres novelas gráficas que Max Ernst publicó entre 1929 y 1935, a saber, La mujer 100 cabezas, Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo y Una semana de bondad. Leo con una calma que no me asegura el traslado en avión ni la frenética búsqueda de un equipaje que parece andar extraviado. Leo con la calma, pues, de quien aguarda, engatusando, el momento de la trepidante manifestación de la epifanía. La pesadilla atroz. La puerta.
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ARRASTRADA POR EL SILENCIO, UN APUERTA SE ABRE HACIA ATRÁS
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Los datos: Los collages de Max Ernst fueron sobre todo emblemáticos hasta el inicio de la segunda década del siglo XX. Más tarde tomaron un cariz más narrativo, coincidiendo con los tiempos en que se inventaba el cine sonoro y se reunían las tiras cómicas en las así llamadas historietas. Por la misma época aparecieron también las novelas gráficas de Lyn Ward, God’s Man, publicada en 1929, y He Done Her Wrong, de Milton Gross, que vio la luz en 1930. El método ernstiano, el cual dio pie a la elaboración de las novelas publicadas por Atalanta en el 2008 y epilogadas con mucha claridad por Juan Antonio Ramírez, se basa al menos tres momentos distintivos: la yuxtaposición de los personajes y las cosas, su ubicación en un escenario, y la incorporación de un anclaje verbal. Ernst trabajó con imágenes extraídas de antiguos grabados en madera. También hizo buen uso de manuales didácticos y de publicaciones de divulgación científica, sin dejar de prestar atención a las ilustraciones de relatos bíblicos y cuentos épicos, así como viejos folletines novelescos. Sus readymades se confabulan para producir esas habitaciones abigarradas, esas alas de espanto o asombro, esa agua que fluye, inundando. Sus mujeres desnudas y tenues. Sus monstruos.
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TODOS MIS COLIBRÍES TIENEN UNA COARTADA Y MI CUERPO SE CUBRE DE CIEN VIRTUDES PROFUNDAS
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Las novelas, como bien lo apunta el epilogador Juan Antonio Ramírez, se deslizan sobre una estructura hecha de círculos concéntricos: “Este procedimiento narrativo puede compararse a un sistema solar, con los collages de cada capítulo girando a distinta velocidad en torno a una o varias imágenes que constituirán el núcleo temático predominante de esa parte de la historia. La agrupación de cada uno de estos sistemas en otro más amplio daría lugar al relato total”. Hay, en cada una de las novelas, pues, una anécdota. Hay, en efecto, ese “significado que se desdobla en el tiempo”. El desdoblamiento, sin embargo, no aclara tanto como sugiere. El lector adivina, enlaza, concatena. “Como cuando miramos lo que sucede a través de una cerradura”, así se leen.
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PERO ¿POR QUÉ SE MODELA UN CUERPO DE ATLETA? ¿POR QUÉ SE UNTA DE UNA BABA VISCOSA? LA CABELLERA: “PARA ESTRANGULARTE MEJOR, HIJA MÍA”.

lunes, febrero 22, 2010

¿Alguien dijo falange? (Diario Milenio 22/02/10)

Señas particulares
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“¡Tengan!”, grita la imagen, con ánimo festivo y chacotero. Pues por más que la seña fotografiada sea en sí una agresión, quien la esgrime parece divertirse. Es una de esas fotos que hay que ver varias veces para darlas por hechas, y puede que otras tantas para procesarlas: José María Aznar, ex presidente del gobierno español, enfrenta los insultos de sus detractores en la Universidad de Oviedo con el dedo bien alto y una sonrisa amplia de niño malcriado. Quienes no la hayan visto seguro ya sospechan: no es el pulgar, ni el índice, sino el dedo siguiente —corazón, que le llaman— el que el hombre enarbola frente a los estudiantes exaltados que le gritan “fascista” y “criminal de guerra”. A su izquierda se mueven dos guardaespaldas, cuyos ojos han sido emborronados para seguridad suya y desconsuelo nuestro, ya que nos quedaremos sin mirar la reacción de uno y otro, con certeza poco o nada habituados a que su defendido se defienda solo, encima con un arma de largo alcance. “¡Tengan!” “¡Tomen!” “¡Chupen!” “¡Coman!”
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No sabe uno si reírse, asustarse o taparse las napias cuando ve a un hombre de rango y profesión semejantes hacer público uso de una señal obscena. Un mensaje común, y por cierto trillado, al que la mayoría hemos recurrido tanto alegremente —como broma, entre amigos— como con cierta rabia o notorio desdén. “Esto es todo lo que vas a obtener de mí”, declara la expresión, al tiempo conmina a sus receptores a clavarse ese dedo justo allí donde nunca brilla el sol. Un gesto bien común entre quienes se miran sin más alternativa y por alguna causa no están en posición de negociar; un signo de impotencia, finalmente, pero también de orgullo: “Hoy no puedo alcanzarte, pero no me he rendido y ya vendrá la mía”. Nada de raro tiene que al paso de un fulano poderoso la gente de la calle alce ese dedo y manifieste así su desaprobación, pero verlo en la mano de un político, custodiado además por hombres armados, es un evento digno de espantar a cualquiera. Si eso hace este señor delante de las cámaras, ¿qué no hará cuando nadie puede verlo?, se pregunta más de uno ante el desplante que no hace sino dar razón a sus detractores, por aquello de que el fascismo es, diría Carlos Fuentes, una prolongación asquerosa de la adolescencia.
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Las artes del metacarpo
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Quienes nunca servimos para políticos vemos a veces con cierta piedad a quienes no se cansan de intentarlo. Debe de ser lo que los españoles llaman un coñazo tener que negociar con esos denodados intolerantes que se creen con derecho exclusivo al insulto y la vejación del otro, acaso porque piensan que la vida está en deuda con ellos o su causa. Pero ése es el trabajo del político: intentar conciliar lo inconciliable, para lo cual se hacen precisas dotes como el instinto, la sagacidad y la templanza, todas ellas en dosis admirables. Se le paga para eso, no faltaba más. Si la gente se atreve a salir a la calle y repetir a coro el nombre de un político, justo es que supongamos que lo admiran por aquello que él tiene y a ellos les falta: no el ardor contagioso del manipulador, sino el don de quien une a los contrarios y sabe negociar en bien de todos. Pero las multitudes no suelen distinguirse por su buen juicio, y a menudo están listas para aplaudir al primer merolico que sepa blasfemar ante un micrófono.
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Pocos son los trabajos donde es bien visto que el empleado insulte y gesticule para manifestar su mal humor. La mayoría debe, si no quiere quedarse sin trabajo, contener sus impulsos durante las horas hábiles, inclusive sonreír ante quien siente ganas de estrangular. Hasta en la lucha libre, donde los simulacros de ahorcamiento se esperan y se aplauden con pasión, el profesionalismo supone la capacidad de controlar los ímpetus, incluso y sobre todo cuando se es insultado y amenazado; más todavía si se está en superioridad evidente. Que es el caso de los políticos, cuyo solo quehacer supone el compromiso de conducirse con civilidad, so pena de dar prueba de ineptitud. Si una vendedora o un ejecutivo le levantan el dedo corazón al cliente, lo probable es que sean despedidos. ¿Cómo es entonces que un servidor público, del que todo contribuyente es en parte patrón, puede echar mano de tales desmesuras a la vista de todos y continuar cobrando y ejerciendo?
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Falange, falangina y falangeta
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Cierto: José María Aznar ya no es el presidente de los españoles, pero sigue cobrando su sueldo como ex. Y es en ese carácter que da la cara en los eventos públicos. ¿Qué pasaría con sus guardaespaldas —cuyo sueldo es seguro que él no cubre— si se les viera haciendo la misma seña? A la calle, ¿no es cierto? Pero resulta que al Don Ex Mandatario no hay quien le quite un día de sueldo ni se atreva siquiera a reconvenirlo, porque aun en su cómoda calidad de emérito, sucede que es un hombre poderoso y puede hacer lo que le dé la gana. ¿Cómo entonces no quiere que le llamen fascista? ¿Cómo no es más amigo de otros atrabiliarios a los que no se cansa de criticar, como esos dictadores tropicales de quienes se ha jurado antídoto y antípoda? ¿Cómo dar crédito a la vocación democrática de un encumbrado que se j acta de no saber tragar camote ni respetar las reglas de su profesión?
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Un hombre custodiado y poderoso que insulta de regreso a la plebe que se ha dado a imprecarlo no es muy distinto del que le pega al niño que le ha picado el culo. Hacen falta estatura y elegancia para tratar con esas situaciones, y si el maltratador de menores no las tiene se espera cuando menos que no le falten a un ex mandatario. Pero está visto que el amigo de Bush es un mero gañán venido a más. Y uno, que no es político ni aspira a serlo, tiene al fin un mensaje para el hombre de la falange tiesa: Siéntese usted en ella, señor Aznar. Créame que se la ha ganado entera.

martes, febrero 16, 2010

Mis horas con las hormigas (Diario Milenio/Opinión 16/02/10)

Hace no mucho, una persona que no conozco me envió, también por razones desconocidas, un mensaje en el que hablaba de hormigas. En realidad, para ser precisa, el desconocido no “hablaba” de hormigas en el mensaje. Lo que hacía era copiar un párrafo completo de un libro del escritor francés LeClezio, el cual incluía una descripción bastante dramática del quehacer cotidiano de estos insectos. El mensaje concluía con alguna nota críptica acerca de una fobia padecida por mucho tiempo y unos cuantos comentarios dispersos en los que se creaba un paralelo entre las hormigas y las ciudades contemporáneas. Algo así creo recordar en todo caso. Dejar el mensaje de lado fue fácil, quiero decir, pero no el tema que había conminado a su emisor a saltar del libro de LeClezio al teclado con algo que, a la distancia, todavía tiene el sello de alguna inefable urgencia o fantasía.
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Bajo la influencia de ese mensaje recordé, por ejemplo, el gran hormiguero que aterraba a los estudiantes de una de las muchas escuelas primarias a las que asistí. Creo rememorar que ésta se encontraba en el norte, un lugar de veranos fieros. El hormiguero, que dominaba el patio trasero de una escuela semi-rural, no sólo era motivo de intensa curiosidad y callado escrutinio entre los avezados que se atrevían a aproximarse, sino que también constituía el eje de una serie de ensoñaciones más bien sadomasoquistas entre los estudiantes. ¿No era casi una leyenda la historia de la maestra cruel que castigaba a los estudiantes obligándolos a arrodillarse por horas enteras sobre el hormiguero manteniendo, además, los brazos en cruz? La imagen aún ahora me resulta delirante, pero la primera vez que la escuché no pude dejar de mirar a la maestra del caso —una mujer ya no tan joven que, además de usar minifalda, definía las cejas con la presteza de un látigo y adornaba la parte superior de su cabeza con una restiradísima cola de caballo— con justificado temor. Si la pregunta era si yo estaba dispuesta a creer que la mujer sería capaz de una crueldad así, mi callada respuesta fue, desde el principio, una resonante afirmación. Nunca, sin embargo, me tocó presenciar tan inclemente pena. Lo que sí veía por horas enteras era el ir y venir de las hormigas, desde el agujero ignoto del hormiguero hasta los sitios donde encontraban lo que andaban buscando: pedazos de hojas, semillas, fragmentos de objetos pequeñísimos, presas. Me gustaba, a veces, después de horas de inmóvil observación, trazarles nuevos caminos con la ayuda de alguna rama y ver su desconcierto. Me gustaba colocar obstáculos en su camino o buscar una piedra que pudiera tapar la entrada su hogar subterráneo. Hacía esas cosas nada más para comprobar su tenacidad y su reciedumbre, supongo, porque las hormigas siempre se salían con la suya. Poco a poco, con una parsimonia que tenía que ver más con la confianza en sí mismas que con la lentitud, las hormigas recuperaban el camino, avanzaban alrededor o sobre los obstáculos y escarbaban alrededor de la roca que de manera por demás efímera había cubierto la entrada de su hormiguero.
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Pero luego vinieron a la memoria, por supuesto, las escenas de Marabunta, aquella película que convierte una de las características básicas de las hormigas —su sentido de la cooperación dentro de una sociedad altamente estratificada que se dedica con ahínco a sobrevivir el invierno, por ejemplo— para retratar el miedo atroz del imperialista ante una naturaleza (extranjera) que no puede controlar. No recuerdo quién la dirigió ni los actores que trabajaron en ella (aunque una rápida búsqueda en google me dice que la película data de 1954 y que el actor principal fue Charlton Heston), pero recordé a la perfección las horrísonas escenas en que el contingente de hormigas, vulnerables por separado, transforman su socialidad en una arma letal. La moraleja: el imperialista que intentó trasladar su civilización a la selva se verá derrotado ante la acción conjunta de los pequeños bichos mancomunados. La sutileza, como se sabe, no fue una característica formidable de los años 50.
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Luego, como si las relaciones desiguales del imperialismo estuvieran de alguna e íntima forma relacionadas con el desequilibrio que produce, o del que parte, el deseo, recordé los versos que López Velarde les dedica a las hormigas, ese “encono en [sus] venas voraces”. Hay un hormigueo dentro del cuerpo y otro, tal vez más agudo, dentro de los versos, cuando el poeta anota las detalles de una boca: “y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,/ tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno/ tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo/ como réproba llama saliéndose del horno”. El barullo de cosa diminuta que en la película era motivo de angustia si no es que de puro terror, se transforma en la pluma de Velarde en algo poderoso, ciertamente, pero suave. Ya ha dicho Velarde que sus “hormigas… han de huir de mis pobres y trabajados dedos” cuando le ruega a la Amada que las deje hacer, a esas hormigas, algo cerca o en la proximidad de su boca: “Antes de que deserten mis hormigas, Amada/ déjalas caminar camino de tu boca”.
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Pero tal vez no guardo en mi memoria recuerdo más punzante de hormiguero alguno como el que crecía dentro de la casa del personaje de Zapatos Italianos, una de las novelas de Henning Mankell. El hombre había vivido ya 12 años solo, en una remota isla de perenne invierno, cuando se materializa esa mujer que, tiempo atrás, él había abandonado. La mujer lo busca porque está a punto de morir y porque, en esas circunstancias, desea que el hombre le cumpla una promesa: visitar un lago. La realización de la promesa los lleva a los dos a un viaje en el que se aparecen, entre otros tantos seres, una hija cuya existencia él desconocía, una colección de chicas heridas y salvajes, los habitantes de bosques tan remotos que producen su propio lenguaje. Al final, la mujer va a morir en la casa del hombre, justo en la habitación donde pervive un hormiguero. La escena, por sí misma, es desconcertante. Pero lo resulta aún más cuando, ya fallecida ella, el hombre decide deshacerse del hormiguero sólo para encontrar, dentro de ese laberinto, una botella con un mensaje también dentro: “Hasta aquí llegamos tú y yo”, había escrito ella detrás de una vieja fotografía. “No más lejos”, añade el sobreviviente, “pero hasta aquí habríamos llegado tú y yo”. El cambio de tiempo verbal sólo añade una pizca de sal a la melancolía de toda esa escena de por sí poblada ya de hormigas.

lunes, febrero 15, 2010

Contra la identidad (Diario Milenio/Opinión 15/02/10)

1. Una velada de fado
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La mujer se llama Piedade Fernandes y en su voz hay un filo que se abre paso entrañas adentro. El lugar es pequeño, lo bastante para que no hagan falta los micrófonos y una conversación impertinente resquebraje el hechizo por todos compartido. Menudean entre los callejones del Bairro Alto de Lisboa los bares presididos por divas del fado, pero una vez adentro de la saudade trémula uno tiende a creer que está en el único, acaso por el sentimiento de contacto de la voz que echa raudas raíces en quien se deja avasallar por ella. Hay una identidad en el dolor cantado cuyo magneto no puede rehusarse; o será que intentarlo parece canallada para quien fue tocado por su sortilegio y ya se mira dentro de la historia. Identidad: qué término tramposo.
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Nada más terminar de hacer lo suyo, Piedade —alta, de ojos profundos y una larga melena castaña— se detiene en cada mesa para ofrecer su cd a cambio de 15 euros. Casi nadie resiste, y nosotros tampoco. Mientras escribe la dedicatoria y pregunta por sendas procedencias, levanta la cabeza y me interpela: ¿México? Promete entonces algo así como un bolero, no bien regrese al pequeño escenario que comparte con dos guitarristas espléndidos. Una hora más tarde, tras el paso de tres fadistas en hilera y el silencio final de un pelagatos que insistía en perorar en mitad del ritual, Piedade vuelve al púlpito de las pasiones con un regalo oculto en la garganta. Tres fados más allá, toma aire y hace nuestro lo prometido: Si tienes un hondo penar, piensa en mí... ¿Qué hacer ahora con las ganas de llorar que toman por rehén a la añoranza? ¿No es cierto que este fado que no es fado comete un obvio abuso de autoridad? Miro en torno y encuentro ojos mojados. Una vez vulnerada la pureza del fado, una empatía honda recorre la epidermis de cantidad de extraños que por ese solo hecho ya cesaron de serlo. Una vez en la calle, a medianoche, Lisboa abre los brazos, como quien se ha rendido a la evidencia.
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2. Entre tacones en Triana
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El tablao se llama El Arenal y tiene fama larga de genuino. Luego de padecer en otras latitudes imitaciones zafias destinadas al gozo fácil del borracho, la aparición de la primera bailaora —una silueta teñida de rojo, plena de autoridad sobre dos pantorrillas que de aquí a unos minutos serán inolvidables— vuelve todo lo previo nebuloso y es como si no hubiera antes ni después. Los tacones martillan sobre los sentidos, las palmadas se enciman en el cante hasta que de repente ya no hay sino temblor. Y uno, que no es gitano ni torero ni ha pisado jamás un país árabe, se mira dentro de esta intensidad cual si de siempre hubiese pertenecido a ella. ¿Bastan acaso varios versos de Lorca y unas cuantas películas de Saura para encontrar identidad aquí? No lo sé, no me importa. De pronto se me ocurre que manejamos a lo largo de los trescientos y tantos kilómetros que separan a Lisboa de Sevilla sólo para buscar este momento. Esto es, para encontrarnos en lo profundo y preguntar de nuevo: ¿Quién soy yo? ¿Qué diablos hago aquí?
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Una vez que el espectro cumplió su cometido y no sin el pesar propio del abandono acepta uno el arribo del fin de la función, toca aguantar las ganas de entremeterse hasta los camerinos y abrazar a los diez, doce oficiantes que pusieron el suelo a temblar. Dos bailaores, tres bailaoras, los demás voz y palmas. Nada que no conozca de algún modo, pero insisto en que nunca antes vi algo así. Hay asimismo en cantidad de ojos un brillo palpitante de perplejidad. Nadie acaba de creer lo que acaba de ver, ni es fácil atribuir estos extremos tan sólo al impecable profesionalismo de los ejecutantes; pobre del que reduzca todo este tremebundo acto de amor a un asunto meramente turístico.
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3. Cruzando el Mediterráneo
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No sé cómo se llame este bar, ni logro establecer cómo fue que llegamos entre todo este caos. Solamente cruzar de Algeciras a Tánger implica un extravío lo bastante movido para perder incluso la noción del tiempo. Entre las multitudes de la Avenida Pasteur, los cafés sin mujeres —sólo decenas de hombres a los que no comprendo— y los meandros que llevan al mercado cercano a la Kasbah, caímos en el bar atraídos por su música, como quien busca cura para la confusión. No bien hemos entrado, ya un par de camareros nos abruma con platos repletos de pescado, verduras, habas y sabrá el diablo qué otros coadyuvantes de una hospitalidad que no admite reservas. Compartimos la barra y al cabo el vino con un ruidoso grupo de franceses que se toman en serio la fama liberal de los marroquís. Uno de ellos, por cierto, celebra ya el inicio de San Valentín al lado de una chica local cuyo escote es noticia en todo el bar. Si allá afuera menudean caftanes y chadores, en este bar reina la desinhibición. Nada, de hecho, parece tan procedente como el imperativo de bailar entre las mesas —seis en total: el lugar no contiene más de setenta metros cuadrados— al ritmo de la orquesta de dos hombres sobre un parapeto armados nada más que de un par de teclados y un micrófono. Una suerte de música electrónica mediterránea repleta de fantasmas saharianos. Se diría que es un fiestón de bolsillo.
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Cuesta mucho creer, a estas alturas, que aún haya quien se mire desvelado por ese tema necio de la identidad. En unos cuantos días me he visto mexicano, lisboeta, sevillano y marroquí, al lado de una brasileña que ha sufrido las mismas transformaciones sin dejar un instante de ser todo lo que es. Ahora mismo, de vuelta de una mezquita donde fui musulmán por diez minutos, menos que nunca consigo entender el miedo pueblerino de quien cree amenazada su identidad o llora por su pobre cultura penetrada, en el nombre de una pureza inconcebible. ¿Pureza? Pura madre, ladies and gentlemen. Y que siga la música.

sábado, febrero 13, 2010

México y la Unesco de Pedro Ángel Palou (Revista Poder y Negocios-9/02/2010)

Se acaba de dar a conocer la noticia: México retira a su embajador –en este caso el poeta Homero Aridjis– de la Unesco y hace recaer sus funciones en el embajador de nuestro país en Francia. La medida, que no puede verse si no por el lado económico –no encuentro otra razón de peso– es absolutamente inaceptable, además de que muestra, nuevamente, que no hay la más mínima memoria histórica en el actual gobierno. México es el país de América Latina que mejor ha sido representado en la Unesco. No por nada otro poeta, Jaime Torres Bodet, presidió el organismo en 1948, cuando México era considerada una potencia cultural. Qué lástima que ahora...
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Una de las antropólogas mexicanas más reconocidas mundialmente, Lourdes Arizpe, fue entrevistada por Proceso para la ocasión y se mostró consternada. (Ella fue algún tiempo la directora de cultura de la Unesco, lo que la califica para las declaraciones). Lo que a mí me preocupa es que se trata no de la primera sino de una serie de malas decisiones del gobierno en la materia. Parece que al presidente Calderón no le interesara ni la cultura ni la educación. En Educación colocó a Alonso Lujambio, el ex consejero presidente del IFAI, quien ha hecho todas las remociones posibles –aunque no pudo cambiar al subsecretario de educación básica, yerno de Elba Ester–, para tener cerca al que será su equipo de campaña en su lucha por ser el abanderado del PAN a la Presidencia de la República.
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En el sector cultura, a pesar de la calidad administrativa de la presidenta del Conaculta, el gobierno federal ha hecho recortes por ¡1,000 millones de pesos!, es decir, los 100 millones de dólares que necesita para la fiestecita del Bicentenario, el evento para el que contrataron a un especialista australiano que dirigió la inauguración de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Arizpe sabe mejor que nadie que perdemos un asiento de primera fila en el organismo que se encarga de evaluar las políticas culturales y educativas mundiales, y que promueve, por ejemplo, la protección del patrimonio artístico material e inmaterial. Mientras más y más activos son los países en la materia, México decide, por ahorrarse un dinero (y entiendo que no es poco: 209,000 dólares mensuales); una estrategia arriesgada, amnésica.
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¿Quién tomará decisiones, el embajador De Icaza o el agregado cultural enviado a las largas sesiones de la Unesco? ¿Quién cabildeará por México en la fatigosas reuniones previas a las votaciones de, digamos, la lista de Patrimonio Mundial? ¿Quién velará por nuestros intereses mundiales en la materia? Con razón salimos reprobados en los exámenes mundiales de aprovechamiento escolar.
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Jorge Ibargüengoitia se preguntaba hace tiempo con sorna dónde aprendemos los mexicanos a pensar tan mal, en el colegio, en la familia, en la iglesia, durmiendo en la Cámara de Diputados, ¿dónde?.
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Yo participé hace tiempo con un grupo de expertos intentando –y fracasamos, con todo lo que se invirtió– que la cocina mexicana con base en el maíz fuera reconocida como patrimonio inmaterial. Me di cuenta del complejo mecanismo de discusión y votación de la Unesco. Participé en debates interminables –una larga discusión, por ejemplo, entre el embajador Latapi, por entonces nuestro representante en el organismo– y Claude Heller, el embajador de México en Francia entonces. Vi el complejo cabildeo, las largas horas. Para representarnos en la Unesco se necesita un especialista, un diplomático embebido en la cultura y en la educación. En lugar de suprimir nuestra legación especial hubiésemos puesto por ejemplo a Miguel González Avelar. Les aseguro que nuestro dinero invertido allí rendiría muchos frutos, no sería un gasto.
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Lourdes Arizpe fue muy perspicaz al decir que de lo que se trata –en ésta y otras decisiones– es de un “vacío de ética pública” creado en los últimos 10 años en México. Un vacío, por cierto, al que Julio Scherer hizo referencia hace poco. Existe una degradación política pocas veces vista. No hay otro tema que el de la inseguridad –convertida en miedo, en insegurismo como escribimos refiriéndonos a la fallida guerra de Calderón, el reformista insomne y amnésico, hace tiempo en PODER. La derecha en México no ha sabido entender el mensaje que la historia de México le transmitía casi osmóticamente al poder.
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Hace tiempo las relaciones exteriores de nuestro país eran un ejemplo internacional. Digamos que incluso uno de nuestros patrimonios. Después del “comes y te vas”, y miles de otras torpezas hemos perdido credibilidad en el extranjero, se ha acabado ese aprecio que cualquier mexicano sentía al decir en otro país de dónde se era.
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México se hizo como Estado moderno tras muchas luchas de orden simbólico. Después de la Revolución se instauró y se inventó una nación. Ese México nos servía como referente. Hoy no tenemos un proyecto de país alterno, no tenemos a dónde vernos, cómo medirnos. No sabemos, siquiera, para qué sirve nuestra costosísima democracia. El ciudadano no puede participar activamente en política, se le niegan sus derechos. Vivimos en una partidocracia, no en una democracia. Y no hay quien desde esa supuesta balanza y equilibrio de poderes frene la insensatez, porque todo entra en la gran bolsa de la negociación y el chantaje. Tú me das, yo te doy. Tu cedes, yo cedo. Esa es la única ética política en un país que se desgarra, con casi 16,000 muertos ya por la guerra contra el narcotráfico. Los intelectuales mexicanos han decidido también guardar silencio, son cómplices en su mayoría de esa amnesia colectiva que nos hace pensar como decía, burlándose, Pellicer: “Tengo 23 años y creo que el mundo empezó conmigo”. Los políticos mexicanos hoy piensan que el país nació con ellos. ¡Que los hados nos protejan!

jueves, febrero 11, 2010

"Conociendo al cura cabrón"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 10/02/10)

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla, mejor conocido como Miguel Hidalgo y Costilla o el Padre de la Patria, según las preferencias, es el personaje de esta novela escrita por Eugenio Aguirre –que después de escribir un par de novelas históricas de corte indígena- regresa sobre el mismo género a nadar en los mares del movimiento independentista, anteriormente tocó el turno al prócer Guadalupe Victoria, ahora ante el lector, Aguirre presenta a uno de los personajes más influyentes y controvertidos en nuestra historia.
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Con un estilo similar al tratado en “Victoria”, Eugenio hace que Hidalgo venga desde el más allá, con desenfado, familiaridad y excesiva naturalidad, a contarnos su historia; y es con Hidalgo que vamos entendiendo el qué, el por qué y el cómo se originó el movimiento de Independencia.
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De la mano de Aguirre, entramos a conocer con profundidad todos los mitos que rodearon y construyeron al personaje que hoy conocemos como Padre de la Patria. Al mismo tiempo vamos conociendo las causas primarias que originaron el levantamiento de armas y cómo fueron cambiando con el curso de las semanas y meses que duraron vivos: Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, entre otros. Cambios que provocaron diferencias entres los mismos caudillos y que indudablemente afectaron al movimiento.
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Blasfemo, mujeriego, seductor, aficionado al juego, parrandero; pero también era sensible, ilustrado, culto; hablaba seis idiomas, tocaba el violín al igual que disfrutaba de traducir a Moliere, aficionado a los toros, así como le gustaba montar obras teatrales y mientras era un simple párroco se dedicó a crear empresas en pro del progreso de los criollos y mestizos, excelente administrador, visionario, sacerdote convencido de sus creencias y crítico de las mismas. Etapas variopintas que conforman la personalidad de Hidalgo y mismas que son retratadas con precisión y detalle en esta novela.
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A diferencia de lo señalado por nuestra historia de bronce, plasmada en cada uno de los libros de textos, Hidalgo no es quien tiene la intención de levantarse en armas, no pasaba de discusiones acaloradas sostenidas con su círculo pequeño burgués y culto; éste llega a las reuniones de conspiración por invitación de Allende y es escogido por otra serie de personajes como líder por el hecho de ser una figura representativa en la sociedad.
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“Hidalgo. Entre la virtud y el vicio”, publicada por el sello Martínez Roca perteneciente a la editorial Planeta, es una novela que realmente viene a desmitificar el mito del Padre de la Patria y de una serie de acontecimientos que enmarcaron al movimiento de Independencia, entre ellos, el cómo resulta que la Virgen de Guadalupe acaba siendo la bandera de este movimiento.
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Una novela que no debe dejar pasar en este año del Bicentenario. No hay mejor forma de celebrar que con la reflexión y la crítica.

lunes, febrero 08, 2010

Lisboa en las entrañas (Diario Milenio/Opinión 08/02/10)

Encuentro y extravío
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Hay historias que crean compromisos extraños con el destino. ¿O será que en principio despiertan tentaciones que al cabo de unos cuantos sueños exagerados se transforman en compromisos íntimos? Uno asiste a la historia cuando ésta aún es ficción y de la nada se hace la propuesta de convertirla en realidad. “Tengo que estar un día en ese lugar”, nos decimos, pues de repente hallamos que nuestra vida no estará completa si incumplimos con ese compromiso, al que tal vez los otros llamarán arrebato, locura, capricho. Pues de cualquier manera no es posible explicarlo, y para el caso ni necesidad hay. No pretendo aquí hablar de nada que considere explicable, y hasta me refocilo en la certidumbre de que entre más oscuro parezca, más claro será al fin.
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La historia era muy simple: un marinero, de nombre Paul, descendía del barco que recién habíase detenido en Lisboa, y caía hechizado por la ciudad. Recién llegado a una suerte de bar con servicio de hostal, advertía a la cantinera, de nombre Rosa, que el reloj sobre la pared tenía descompuesto el segundero, mismo que iba en sentido contrario al de las manecillas convencionales. Pero la cantinera, que cumplía también con las funciones de camarera, replicaba que no era el reloj, sino el mundo el que caminaba al revés. A partir de ese punto, el marinero entraba en un ritmo distinto que le invitaba a dejar todo atrás, el barco incluido, y darse a un extravío lusitano cuyos tintes desvergonzadamente poéticos no permitían al espectador más salida que caer en un estado idéntico de asombro y seducción, donde el mundo objetivo se disolvía a la par de todo imperativo de congruencia mental. La idea era extraviarse, disolverse, ya no tanto en los desvaríos del protagonista, como en la magia propia de la ciudad. Luego de ver tres veces la película —En la ciudad blanca, de Alain Tanner, con Bruno Ganz y Teresa Madruga— entendí que algún día, cualquier día, tendría que hacer lo propio, y que entonces Lisboa me estaría esperando.
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Sospecha de omnipresencia
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Ayer mismo en la noche compré la película. Fue un consuelo feliz para piernas y pies, que ya no daban más después de tantas horas de probar un extravío de suyo inexplicable, tal como la hermosura del entorno. No por cierto la clase de belleza que se espera de una ciudad con virtudes turísticas intrínsecas, sino un hechizo extraño que va ganando hondura conforme el tiempo pasa y uno va descubriendo que aquí las horas tienen otra consistencia. Otro tiempo, otra luz, otros colores. Si uno entra por el puente Vasco da Gama, distinguirá a lo lejos nada más que un intenso resplandor nacarado, que luego palmo a palmo va ganando texturas y tonalidades. Lisboa es, en efecto, una ciudad blanca, aún con sus incontables tejados rojizos y hasta esos muros pardos y cochambrosos que la dotan de algún encanto oscuro y de pronto entrañable: un lugar que se va metiendo entre las vísceras sin que termine uno de enterarse. Si los relojes no marchan al revés, es seguro que lo hacen a su aire. La clase de ciudad donde daría vergüenza la premura.
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Hace ya cinco días que camino incansablemente por esta ciudad blanca, sin rumbo casi siempre, al garete entre meandros, callejones, escalinatas y pasadizos, intuyendo no obstante que de cualquier manera arribaré a un destino preferible. ¿Qué tendría de extraño que luego de elegir casi por norma las travesías torcidas y enrevesadas termine uno por desconfiar de los caminos rectos? Cada día que parto cuesta abajo por la Avenida da Liberdade —toda ella imponente, derecha y majestuosa— las calles aledañas insisten en hacerme guiños irresistibles. Y después, cuando al fin suba o baje por alguna de esas banquetas sembradas de adoquines blanquecinos, nuevas invitaciones irán surgiendo a diestra y siniestra, cual si el propósito de toda la ciudad fuese hacer del camino ya un destino. Conforme los días pasan y el hechizo se hace de autoridad, los rincones se van haciendo familiares, no así el mapa de una ciudad esquiva que se resiste a ser cartografiada. Se llega a cada sitio por una suerte de azar objetivo que rara vez defrauda al caminante; se está así en todas partes y en ninguna.
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En el revés del mundo
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Apenas se concibe que en calles tan estrechas quepa siempre un tranvía, y hasta dos. A veces, cuando ya las piernas no dan más, viajar abordo de uno es como hacer verdad las fantasías de un niño en un parque temático, entre parques y plazas que brotan todo el tiempo de entre los recovecos imperantes. Son tranvías angostos y pequeños, donde no cabe más que una treintena de pasajeros, si bien muy rara vez se ve alguno con prisa. Si en casi todo el resto de Europa se vive con un ojo en el reloj, el tiempo de Lisboa suele ser generoso como pocos. A menos que uno salga del centro hasta el sitio de la Expo 98 —la Lisboa ultramoderna del distante Parque das Nações: una majadería deslumbrante para quien ya se mira repleto de saudade—, hace falta una dosis extrema de imaginación para asumir que estamos en el siglo XXI.
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Camino entre las callejuelas del Bairro Alto, entre cafés pringosos, bardas pintarrajeadas, barecillos bohemios y ropa tendida, con la intención difusa de llegar al café de la zona del Chiado entre cuyas mesas está la figura de bronce Fernando Pessoa, sentado al lado de una silla vacía. No sabría explicar muy bien por qué aún traigo impresa esta sonrisa de bembo feliz, ni me preocupa que al final desemboque en cualquier otra parte, pues de cualquier manera mi sentido de orientación me pide que lo ignore a como dé lugar. Diría incluso que el solo hecho de llegar adonde quiero ir será a su modo una pequeña decepción, y ello entre otras cosas me conduce a concluir que sí, es muy posible que el resto del mundo vaya al revés, y adelante sea atrás y atrás adelante, que la izquierda sea zurda y el mañana el ayer, y al cabo el desvarío resulte entonces la última certeza. Pues mi única certeza en estos momentos es que al fin he cumplido con la cita y todo, por supuesto, era verdad.

sábado, febrero 06, 2010

ENTREVISTA: LIBROS - Entrevista JAIME BAYLY (Babelia/El País 06/02/10)

"Lima siempre me está vomitando personajes desdichados"
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Entre el periodismo y la literatura, Jaime Bayly publica El cojo y el loco, la historia de dos personajes marcados por el desamor, un delirio de violencia y un humor esperpéntico
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Jaime Bayly (Lima, 1965) vive entre los hoteles y los aeropuertos. Todos los fines de semana vuela de Bogotá a Lima, donde presenta El francotirador, un programa de entrevistas, por el que pasan señoras que viven de enseñar las piernas, roqueros o políticos. "Grabo el domingo, veo a mis hijas y me gano un dinerillo", cuenta el escritor en conversación telefónica. Se ha acostumbrado a esa rutina viajera. Lo ha hecho durante años. "Escribo mucho en los aeropuertos, cuando hay un vuelo demorado, y trabajo en los aviones, lo que parecería un tiempo perdido, para mí es útil". Hasta julio del pasado año su vida era aún más complicada, el vuelo semanal transcurría entre Lima y Miami (casi cinco horas de avión), pero aquello acabó cuando cumplió el contrato. "El dueño y la gerente de la cadena, cubanos ambos, no veían bien que tuviera libertad de expresión. En muchos canales se han acostumbrado a que los periodistas sean títeres que leen el telepromter", añade. Así que aceptó la oferta de la cadena colombiana RCN, que emite 24 horas y en la que comenta a lo largo de la semana los hechos más pintorescos y las declaraciones más cantinflescas: "No trato de ser neutral, tomo partido y digo ciertas cosas destempladas, algo a medio camino entre el periodismo y el humor".
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Desde la habitación del hotel donde se aloja en Bogotá, un Bayly recién amanecido habla sobre su nueva obra, El cojo y el loco (Alfaguara), en la que narra la vida de dos personajes patibularios que nacieron jodidos porque sus padres no los querían, uno más de esos casos en los que la falta de cariño genera monstruos afectivos. "En la novela no hay nada parecido al amor, es sórdida, violenta, decadente y, al final del cuento, se trata de una obra sobre dos vidas trágicas y jodidas por la imbecilidad de sus progenitores". El cojo y el locono tiene mucho que ver con el resto de su narrativa. A diferencia de otras novelas, basadas en su propia biografía o en las que ha recreado ciertas experiencias en las que siempre hay un personaje que parece ser su álter ego, Bayly no se encuentra entre sus páginas ni los protagonistas son reales. "Uno siempre va robando pedazos de información de la realidad para luego armar el rompecabezas, pero he de reconocer que sólo una idea iluminó esta novela: conocía a un tartamudo que parecía loco pero que, en realidad, estaba más cuerdo que todos nosotros; como nadie lo entendía, decidió que no quería ser él y quemó todos los papeles que pudieran demostrar quién era y desapareció. Esa imagen me resultó fascinante y a partir de ahí empecé a desarrollar la historia".
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En las primeras páginas de la novela se anuncia una declaración de principios: "El cojo llegó a Londres con una lección aprendida y bien aprendida: el mundo se dividía entre quienes rompían el culo y quienes tenían el culo roto". Naturalmente, el autor suscribe esa división maniquea y escatológica de su personaje. "Gabo alguna vez dijo que el mundo se dividía entre los que cagan bien y cagan mal, y yo pensé en una reinterpretación de esa frase", dice. "Sentí que era una novela que tenía que escribirse así, con esa procacidad y con ese nivel de violencia verbal, porque todo es brutal en la historia, el abuso del que ellos son víctimas de niños y las venganzas que se cobran; no sería verosímil que hablaran como dandis".
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La sordidez que desprenden las páginas se ha buscado a conciencia, desde la señora que quiere atender a un herido y, a la pregunta de si necesita algo, éste le responde: "Sí, por favor, si no le molesta, necesito que me la chupe", hasta párrafos como el siguiente: "El cura del pueblo era un astro 'mamándola de rodillas' y en misa de seis, cuando el cojo irrumpe con la moto en la capilla, el sacerdote que oficia pierde la concentración y la entrega al altísimo porque no pudo evitar que sus ojos se posaran sobre ese machazo musculoso que entraba en la iglesia con dos pistolas y un buen par de cojones".
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Como en la mayor parte de su narrativa, el blanco de sus críticas sigue siendo la sociedad limeña: clasista, intolerante y católica. "¡No lo puedo evitar! Sigo pensando que mucha de la gente más poderosa es infinitamente estúpida para tratar a los más débiles o a los que son diferentes. Esto lo he visto mucho en mi familia y en otras encopetadas de Lima donde todo tiene que ser muy perfecto, muy casto y pudoroso, y si te sale un hijo marica o cojo, entonces lo escondes en el cuarto de servicio. Eso no resulta inverosímil en la Lima de los cincuenta, que es la que recreo en la novela, pero tampoco en la de ahora. No asocio la ciudad con la felicidad, en mi literatura Lima siempre me está vomitando personajes desdichados".
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Hace 15 años, cuando aterrizó en Madrid para presentar No se lo digas a nadie, su primera novela, con la que se ganó una merecida fama de transgresor, se quejaba porque en las calles de Miraflores le llamaban Joaquín, como el protagonista de la obra, a modo de insulto. Pero algo ha cambiado. "Ahora los limeños son más tolerantes con las minorías sexuales y, en mi caso, la gente se muestra más cariñosa, aunque en cierta prensa sensacionalista sí es normal que hagan escarnio y ridiculicen al gay. En esto los jóvenes vienen sin esa carga venenosa del prejuicio". No se lo digas a nadie fue mucho más que un éxito literario: "Me cambió la vida, porque supuso una salida del armario, literariamente y personalmente. Con esa obra me atreví a ser un escritor y hubo muchas, muchas presiones para que no se publicara y, de verdad, cuando la leo ahora me avergüenzo un poco de escenas sexualmente muy explícitas, pero ésa era la novela que yo tenía que escribir en ese momento y el mérito es que fui fiel a mis demonios y a mis obsesiones". Bayly ha mejorado también su relación con los amigos. No con los que se sintieron traicionados por lo que contó sobre su homosexualidad y su relación con las drogas. "La gente a veces lee cosas que ni siquiera has escrito. Todo se confunde, se entremezcla y se vuelve borroso, pero confieso que, a veces, ya no sé qué es lo que he contado o si lo escrito ocurrió o me lo inventé", añade.
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También ha normalizado su relación familiar. Han asumido que es un destroyer y han aceptado la polvareda que levantan sus novelas. Él se las envía dedicadas y ellos guardan silencio: "Mi madre ha tenido el buen tino de no decirme una palabra. No se ha hablado del tema ni con ninguno de mis hermanos ni con mis hijas", añade. Sin embargo, la tranquilidad se quebró hace un mes cuando se anunció la muerte del escritor. Un hacker, que había usurpado el logo de CNN, anunciaba su fallecimiento en Madrid, atropellado por un coche. Sucedió entre las 10.00 y las 13.00, hora de Bogotá, momento sueño de Bayly. "Cuando la noticia es mala la gente siempre llama para contarla y la mala suerte fue que no pudieron comunicar conmigo, lo que supuso una conmoción en mi familia, la mamá de mis hijas, mi mamá, todas llorando". Lo curioso del caso fue tanto que le dieran por muerto como la reacción de su madre: "La he notado muy tranquila, me ha dicho que si ésa es la voluntad de Dios, ya estarás en el cielo conversando con tu papi", le comentó después Sandra, su ex mujer, cuando pudo aclarar el malentendido.
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Bayly baraja ahora la posibilidad de presentarse a las elecciones de Perú, en abril de 2011. En diciembre tendría que inscribirse. "Tomaré la decisión en base a lo que me digan mis hijas, el resultado de las encuestas y si el partido político que de momento me ofrece la inscripción (Cambio Radical) como candidato me sigue respaldando". No cree que tenga posibilidades de ganar pero, al menos, hará ruido. Por si acaso ya tiene programa y lo recita de corrido: "Voy a defender libremente mis ideas, no me voy a convertir en heterosexual. Tejiendo la idea de que el Estado debe ser laico, la Iglesia católica en Perú recibe millones de dólares del Estado, estoy en contra de eso; defiendo que las mujeres adultas decidan si quieren ser madres o abortar, que las minorías sexuales tengan derecho a casarse y hay que eliminar el Ejército, la marina y la aviación, como hizo Costa Rica. Se gastan millones para prevenir una guerra que nunca se va a producir, es una estupidez y una inmoralidad entrenar a 100.000 personas y pagarles un sueldo para una guerra imaginaria cuando esa plata había que gastarla en los niños pobres de Perú que no tienen ningún acceso a la educación. Ésa es la injusticia más grande de Perú...".
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El cojo y el loco. Jaime Bayly. Alfaguara. Madrid, 2010. 152 páginas. 17 euros.

martes, febrero 02, 2010

Sólo cuento (Diario Milenio/Opinión 02/02/10)

El cuento, dice Rosa Beltrán en el prólogo con el que da inicio Sólo cuento, la antología recientemente editada por la UNAM, es un género que simula estar en extinción. El cuento, pues, finge, engaña, aparenta. De hecho, el cuento conscientemente aparenta una cosa mientras hace otra. Lo que el cuento hace, esto nos queda claro a los lectores de estas páginas, es lo que le da la gana. Supongo que por eso simula, para poder salirse con la suya. Para que no lo molesten con reglas de estilo y exigencias formales y, sobre todo, con expectativas. Recuerdo lo que aseguraba Poe: una composición artística organizada para provocar un efecto único (singular). Recuerdo lo que decía Cortázar: la novela gana por puntos, el cuento por knock-out. Recuerdo lo que decía Piglia: todo cuento es, en realidad, dos cuentos. En fin, como pueden ver, recuerdo bastantes cosas. Pero mejor, como el cuento, voy a simular. Fingiré que nada de eso pasa por mi cabeza mientras llevo a cabo este recorrido que empieza, válgame dios, en la república de Uzbekistán, en el Asia central soviética, de la mano fresca y enigmática de Sergio Pitol, y que después de pasar por cuanta región pudo o quiso, termina del otro lado del espejo, en la memoria rencorosa del personaje de uno de los pocos cuentos que ha escrito Jorge Volpi.
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Pero mencioné lo del knock-out y lo del efecto singular y único por alguna razón (ninguna mención es inocente, se sabe). Lo mencioné porque quiero hoy hablar un poco de al menos dos de los cuentos de este libro que escapan de manera deliciosa, de golpe, de lo unívoco. Se trata de “Exilios”, de la argentina-madrileña Clara Obligado (quedo, en efecto, obligada a buscar sus otros textos luego de descubrir éste), y “La gente sencilla del campo”, de Luis Felipe Lomelí.
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El inicio del primer párrafo: “El 5 de diciembre de 1976 llegué a Madrid, procedente de Argentina” coloca al lector aparentemente (simuladamente) en el arranque de un relato realista que, sin duda (ahí está la temida fecha: 1976) seguirá los avatares de una mujer, como lo indica el título, en el exilio. Pero algo extraño sucede porque al inicio del segundo párrafo se dice: “El 5 de diciembre llegué a Madrid aterida de frío”. Para el inicio del cuarto párrafo la llegada a Madrid se hace en un vuelo de Iberia y, para el sexto, decidida ya a irse a Tanzania (porque le da lo mismo Madrid que Tanzania o la China), la mujer parece estar a la deriva. Para el séptimo párrafo la mujer (y el lector) regresan a terreno conocido: la desaparición de un hermano de una amiga o una mujer que apenas si se conocía. El hotel Mónaco. Un taxista. La ropa de verano. Ya en el octavo párrafo, cuando el lector se entera de que la narradora-personaje no dejó el aeropuerto de Uruguay para quedarse, en cambio, a practicar el sexo de una manera vehemente, eso dijo ella, con un desconocido que la invitó a regresar a Argentina, resulta inevitable preguntarse cosas. ¿Pero no había dicho que se había casado con el hombre del hotel Mónaco, un tipo no muy joven pero decente? ¿Y qué pasó, si algo pasó, en sus años en Tanzania? La fecha, sin embargo, ese 5 de diciembre de 1976, se sigue repitiendo aquí y allá al inicio de varios párrafos (se trata, sin duda, de una fecha ancla) (una fugaz búsqueda en google nos indica que ese día se llevó a cabo un juego memorable del Real Madrid, el PSOE tuvo una convención que mereció la primera plana de algunos periódicos y el número de desaparecidos se incrementó en argentina).
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Entrelazados magistralmente todos estos párrafos que son, en realidad, inicios de vidas distintas, desorientan pero no confunden. Lo que le invade al lector es, sin embargo, la nostalgia por esos destinos que, apenas en el arranque, se cortan para desparecer o continuar en otras vidas distintas. Pero la nostalgia no es del tipo de las amargas porque, contadas con humor e incluyendo eventos ¿cómo decirlo? peripatéticos, esas nuevas vidas tienen el aura de las aventuras que todo mundo ha querido vivir pero no se ha atrevido. La nostalgia por las vidas posibles y el gusto por la aventura se ven luego arrasadas por la rabia porque, en efecto, alguien sí desapareció y la narradora no sabe dónde está y ni siquiera si se trataba de ella misma. Vapuleada, pues, en un vaivén que visita un rango bastante amplio de emoción, el cuento de Obligado no gana por knock-out ni produce un efecto singular. Diseminado sobre el papel, diluido por los cortes de los párrafos, negado y afirmado a la vez, el cuento estruja y, como lo anoté antes, desorienta. A la manera del hipertexto electrónico, el cuento produce la sensación de que cada cabo suelto en realidad es un cabo atado a una vida que todavía no sabemos. Ese todavía no saber, ese presentimiento, esa sospecha de lo que por no estar, está más ahí, es sólo parte de los efectos plurales que, punto a punto, lo hace avanzar en un horizonte literalmente horizontal.
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Algo parecido hacen los muchachos que abandonan la ciudad de Monterrey para pasar unas cuantas horas en el desierto. Uno de ellos tiene una cita y, junto con él, la lectora sabe que tiene que regresar a tiempo. Si hubiera llegado a tiempo y se hubiera cumplido la cita, no habría necesidad alguna de escribir el cuento (esto es algo que anota sabiamente Piglia en sus tesis sobre el cuento: es el desfase y la promesa incumplida lo que constituye el suelo fértil del cuento), así que es lógico entrar en ese viaje alebrestado y medio etílico pensando que algo sucederá para atrasar su llegada y justificar, así, la existencia del cuento. Lo que sucede, por cierto, no es algo en particular (no hay un efecto único o singular), sino nada en general. Los muchachos conversan. La conversación es larga y sinuosa y toca todos los temas, desde el efecto de Platero y yo hasta las albinas nalgas de uno de los conversadores. Con un lenguaje coloquial que cualquier jovencito entendería y abundando en el uso de las onomatopeyas, la conversación continua, infatigable. La conversación y el recorrido por carretera y, más tarde, a pie, sobre la superficie del desierto. La conversación atraviesa el desierto. Los muchachos no dejan de hablar incluso cuando descubren que están perdidos y no tienen la menor idea (ellos dirían, claro, ni la puta idea) de cómo regresar. La sencilla gente de campo que finalmente encuentran no ayuda en mucho (y esto es ser amable con ellos), de ahí a que sean sencilla y de campo y gente. Sin sentido de triunfo o de conclusión, los muchachos se separan momentáneamente sabiendo que pronto podrán continuar una conversación que se presiente, no, más bien que se sabe ahora a ciencia cierta, inacabable.
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La escritura de Lomelí, como la de Obligado, no nos dejan partir a gusto. Sus palabras nos invitan a recorrer una trayectoria, a experimentar el paso del tiempo, a medir lo mensurable en cada momento, sin promesa alguna de solución o de clímax. Estos cuentos simulan, en efecto, ser la vida misma: sin manual, sin parapeto, sin punto de inicio o punto final.

lunes, febrero 01, 2010

Perras elucubraciones (Diario Milenio/Opinión 01/02/10)

Los arrebatos telúricos
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Muchos hemos deseado alguna vez, por lo común en medio de un arrebato, hacer temblar la tierra por un instante. Que de una vez el mundo se entere de nuestro hartazgo y alguien, quien sea, haga algo, por lo que más quiera. Una actitud esencialmente absurda, que al paso de las horas querremos enterrada entre la desmemoria reinante. “No sé qué me pasó”, dice uno en todo caso, ya repuesto del rato de necedad extrema que le llevó a perder el control y comportarse así, bestialmente. Esto es, mucho peor que la peor de las bestias, si hasta hoy no se sabe de ninguna que en un berrinche quiera hacer temblar la tierra. ¿Qué otra bestia salvaje se las arregla para culpar al mundo de sus fracasos? ¿Quién sabe de una fiera rencorosa?
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Lo peor de convertirse en una fiera imbécil —prerrogativa única de los seres humanos— es que uno suele ser, o al menos eso dice, el primer sorprendido. Cuando lo vio venir, el demonio ya estaba en sus dominios. Siempre habrá un argumento que permita explicar las propias explosiones ante otro ser humano, quien muy probablemente ya habrá hecho, querido hacer o al menos soportado alguno de esos panchos endemoniados. El problema, no obstante, sobreviene cuando intento explicarles a mis perros esas estupideces por las que yo, de estar en su lugar, ya me habría perdido el respeto. ¿Cómo voy a explicar la idiotez de mi especie a quienes ni siquiera conocen el rencor? ¿Cómo siquiera hablar del asunto, cuando esta especie entera encuentra absurda la pretensión de explicarse ante un perro? He escuchado el clamor de incontables idólatras postrados ante dioses a los que nunca han visto ni verán, contándoles su vida, suplicándoles dones y perdones, y aún así dirán que soy extravagante si me ven platicando con un perro. Uno de carne y hueso cuya sola presencia es don divino y me perdona todo de antemano.
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Opiniones de un cuadrúpedo
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De uno pueden decir que es un tigre, un lince, un águila, un león, o bien un cerdo, un burro, un gusano, una bestia. En todo caso el mérito o demérito no suele estar en la naturaleza del animal, como en las mañas del fulano en cuestión. Decimos que Zutano es un perro pensando en uno de esos canes infelices cuyo dueño ha entrenado para emular el odio por la vía del miedo. Lo cierto es que hace días, y aquí quería llegar, tuve un fuerte altercado con uno de mis canes, no bien salí al garage y advertí que se había orinado en el periódico. Un suceso minúsculo y hasta gracioso, que sin embargo me cayó en las muelas, luego de un par de días de pelearme con cierta página en blanco que traíame ya como un perro rabioso. ¿Cómo explicar después al inocente chucho que los gritos no fueron por el periódico, sino por la idiotísima necesidad de cargarle la cuenta de mis neurosis al primer perro meón que se atraviese?
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Lejos de pretender siquiera hojear el periódico hediondo, alcancé sin embargo a leer una noticia que de tan pintoresca me llevó a maldecir una vez más la puntería del perro regañado: según el comandante Hugo Chávez, todo ese asunto del terremoto en Haití no ha sido sino una prueba piloto del gobierno del presidente Obama para después hacer lo propio en Irán. ¿Terremotos man-made in USA? No conforme con ser el inventor del Socialismo del Siglo XXI, Chávez ya se ha instalado en el XXIII. Su enemigo ya no es Barack Obama sino tal vez Buck Rogers. Pensándolo de nuevo, había exagerado. ¿Merecía la pena destemplarle los tímpanos al querido can por un trozo de ciencia-ficción bananera? ¿No era, después de todo, su gesto una opinión más que elocuente? Una vez que acabé de enterarme en internet, atiné a preguntarme cómo haría para explicar un guión tan evidentemente descabellado ya no a un perro —que insisto, no sabe de rencor— sino a cualquier congénere capaz de distinguir un terremoto de un bombardeo. El problema de ciertos bombardeos es no tanto advertirlos como resistirlos. Eso fue lo que quise explicarle al perro, presa ya de una incómoda vergüenza de especie, luego de bombardearlo con todas esas palabras idiotas.
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Consejeros de ocasión
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No puedo asegurar que los perros me entiendan cuando intento explicarles alguna situación, pero sin duda advierto siempre que un argumento es insostenible. Quiero decir que yo, en su sitio, no me creería nada. Y como al fin me miro perdonado de origen y comprendido más allá del verbo, puedo decirles cuanto me venga en gana sin medir mis palabras ni temer a su juicio. A veces, en la calle, hago amistad con un vagabundo cuadrúpedo, le compro un refrigerio y me lo llevo a conversar aparte. Me miro, como él, solo entre demasiados haceres y decires que de pronto no entiendo, ni menos aún comparto. Despotrico, de pronto, al tiempo que le rasco la cabeza o la oreja o el lomo, contra mi propia especie, no sé si como un acto de contrición o mera cortesía frente al espejo insólito de sus pupilas. Quiero decir, frente a su inteligencia.
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Puedo engañar a muchos de mi especie y venderles la máscara de mi elección, no sólo una sino infinitas veces. Solemos creer lo que nos acomoda. A los perros, en cambio, no es fácil engañarlos con la identidad, y en todo caso nunca más de una vez. Por eso me sincero cuando hablo con ellos. Y por eso asimismo me doy cuenta que hay cosas que jamás sabré explicarles, como es el caso de esa noticia chusca sobre los terremotos inducidos a larga distancia, o mi necesidad por enterarme de los detalles alusivos a necedades de esas dimensiones. ¿Cómo van a entender que de pronto me ponga como cualquier fabricante de terremotos sólo porque el periódico se despertó empapado? ¿Cuántas veces yo mismo he llegado a opinar que los protagonistas de una cierta noticia están pa’ mearlos? Con toda discreción, esa mañana me escurrí entre los canes y procedí a rascarles sendas cabezas. Mientras se me quitaba la vergüenza.

jueves, enero 28, 2010

El balance de Obama-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión-28/01/10)

Anoche todo Estados Unidos —y buena parte del mundo— detuvo la marcha para escuchar el primer State of the Union, el discurso ante el Congreso de los Estados Unidos cuya historia se remonta a George Washington.
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Muchos eran los retos que Obama debía cumplir en ese discurso, según los analistas y, más aún, según la gente. Los temas que debía cubrir, además, eran amplios: la economía, Afganistán e Irán, su política –demasiado a la izquierda, según los republicanos- en materia de salud y de trabajo. Se trata, es cierto, de un acto protocolario pero que cumple un profundo papel simbólico. Para mí el reto mayor, sin embargo, no estaba en el discurso, sino en la posibilidad de que Obama recuperara la confianza en un electorado y un enorme grupo de votantes independientes que se sienten frustrados o incluso traicionados un año después y que lo castigaron con la reciente votación en Massachusets. Lo importante era saber si esa confianza podía recuperarse porque el ciudadano crea que al día siguiente Obama iba a empezar a trabajar en los términos de lo hablado. Obama es un excelente orador, pero eso ya no es parte de la expectativa. La verdadera esperanza es que ordene la situación económica, recupere los trabajos perdidos y, curioso o no, que se vea como un líder fuerte frente a la guerra contra el terrorismo que, curiosamente él heredó pero es inevitablemente parte de su agenda.
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Muchos, pues, escuchamos con algo más que atención este primer Estado de la Unión que, curiosamente, es coyuntural (como todos los discursos). En la mañana del miércoles dijo algo interesante como prueba de lo que vendría: “Prefiero ser un buen presidente de un solo periodo que el mediocre presidente de dos periodos”.
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Ese hombre, aparentemente sereno pero prematuramente encanecido entró a un escenario que conoce –dos veces antes estuvo allí ante las dos cámaras- y calmó su nerviosismo saludando amable y lentamente mientras se conducía al podium entre los aplausos. Era una mezcla de Obama y del presidente de los Estados Unidos, si se me permite: de quien ha sido votado y de quien aún es candidato. Esa mezcla le otorga carisma. Su sonrisa lo vuelve humano.
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No es gratuito que hablara de historia, de los 220 años de la costumbre. De los presidentes hablando en medio de la paz y la tranquilidad, pero también en momentos de guerra y depresión. Esas dos palabras traen la historia al presente, a un presente difícil y parecido “de nuevo hemos sido probados y debemos responder”, dijo Obama para empezar a hablar de economía (¡Es la economía, estúpido, había dicho alguna vez Clinton!). Por eso la estadística: uno de cada diez americanos ha perdido el empleo. Y con ello han perdido por lo que ha trabajado duramente. Es algo que conozco, les dijo a quienes lo escuchaban, es por esa lucha que quise ser presidente: el cambio no ha venido rápido.
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La capacidad de empatía de Obama es una de sus marcas. Y ha trabajado ese elemento. Por eso debía defender el bipartisanismo que lo ha caracterizado, la unión que ha predicado. Muchos pensaban que iba a cambiar de táctica. No. Es el hombre que dijo que los estadounidenses quieren un gobierno decente. Y con decencia respondió a sus críticos, de dentro y fuera de su propio partido.
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Esa palabra decencia, la repitió tantas veces como fue necesario. Es la palabra que definirá su política y su papel en la historia. Por decencia, como dijo, aceptó ayudar a los bancos. No por gusto, pero gobierna con lo que es efectivo, no necesariamente lo popular. “Hemos recuperado lo invertido en los bancos y cobraremos una cuota especial a los bancos, una cuota que se devuelva a los contribuyentes”. Es algo que muchos norteamericanos querían escuchar. Por eso habló de inmediato sobre el hecho de cortar impuestos, algo que obviamente los republicanos no aceptaban. Se permitió incluso una y otra vez algo de humor. La base: “circulación” del capital, nada de izquierda.
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Por eso el llamado a una nueva ley sobre empleo, el tema central de 2010. Nada de populismo. Comercio, comercio, comercio.
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Estos datos no serían lo que fueron en el discurso sin los ejemplos con los que Obama salpicaba su retórica. (la solución, utilizar 30 billones del dinero los bancos para el estímulo a la pequeña y mediana empresa, un nuevo estímulo para la pequeña empresa que contrate y obviamente obra pública y estimular a las empresas que usen trabajadores norteamericanos, lo que incluso fue alabado por los republicanos que aplaudían). ¿El Recovery act será el New deal del siglo XXI?, me preguntaba mientras lo oía.
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La segunda parte del discurso era la de un ciudadano más. No esperar, cambiar al sistema, actuar ya. No esperar para no convertirse en segundo o tercer plato mientras otras economías no esperan. El argumento no podía ser más prístino y entendible para todo norteamericano. Reforma financiera, ya. Decencia frente a falta de escrúpulos. Si, reforma pero con innovación. Otra palabra mágica para Obama. Dinero para investigación en energía limpia: y creación de plantas nucleares. Desarrollo en gas y biocombustibles, todo esto ya estaba en su campaña. Y eso no hay que dejar de mencionarlo. Metido en plena crisis no pudo, dijo ahora, pero esta vez no dejará que pase el tiempo sin responder.
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En tercer lugar: exportación. Nuevos mercados agresivamente buscado. El new deal obamiano consiste en producir en Estados Unidos, no en el extranjero. Y para ello hay que invertir en educación, su cuarta prioridad. Obama habla ya de una verdadera reforma educativa inaplazable, revitalizar los comunity collages, la única esperanza de muchos estadounidenses para mejorar su vida y conseguir trabajo. En Estados Unidos nadie debe entrar en bancarrota por estudiar la universidad. Por cierto que cuando habló de tratados de libre comercio hablo de Asia, de Panamá, de Colombia, pero no mencionó a México en ningún momento.
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El siguiente momento del discurso era esencia: la clase media (recordemos que en Estados Unidos nadie se llama clase obrera o popular y que clase media es en realidad el término para la clase menos favorecida).
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Otra vez con humor: dejemos en claro algunas cosas. Y habló obviamente de la reforma de salud. Y habló mal, obviamente, de las aseguradoras. No podía no tomar el tema de reducir el déficit público para que no se distrajera su argumento (y agradeció a Michelle Obama, convirtiendo el tema en asunto familiar). El llamado al bipartisanismo que esa noche lanzó el presidente de la decencia no puede pasarse por alto.
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Y aquí, por razones de espacio me detengo. Me parece que no sólo fue claro, humilde, carismático. Mostró su liderazgo, su fuerza sin soberbia alguna pero puso el dedo en la llaga de lo que hará a partir de ahora, de lo que pedirá a partir de ahora. Y lo dijo claramente. No sólo es mi responsabilidad, el Congreso no puede eludir la suya. Nadie le gritó esta vez: You lie (Mentiste). Nadie podía actuar indecentemente frente a un presidente que ha madurado significativamente en su primer año de gobierno. No hablaré ahora del tema de la seguridad que tocó al final, porque no tengo espacio y porque sale de mi objetivo central (aunque el anuncio de que saldrán las tropas en agosto de 2010 de Iraq no deja de ser excepcional). Hablar de lo que podemos aprender de ciertos actos verdaderamente civiles, republicanos, decentes, en nuestra propia política mexicana que para todos los electores se ha vuelto, hay que decirlo, indecente.
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El presidente de la decencia por eso volvió a poner el énfasis en que sólo el bipartisanismo puede salvar y mover a un país (la democracia no es ponerse de acuerdo, es aprender a negociar), algo que en nuestro propio país, México, es crucial ya. No somos un país parlamentario, seguimos siendo un país presidencial, como los Estados Unidos, pero o nos ponemos de acuerdo en algunos mínimos comunes múltiplos o no creceremos. El ejemplo de Obama nos enseña que se puede gobernar sin herir a los partidos de oposición, aprendiendo a actuar con la oposición, sin ser rehenes, como él mismo dijo, de una situación de campaña permanente en la cual todos los días son días de elección.

martes, enero 26, 2010

Keith Waldrop (Milenio Diario/Opinión 26/01/10)

Como lo reconoce el poeta californiano Michael Palmer, Keith Waldrop es una presencia a la vez vital, imprescindible y semi-secreta en la poesía norteamericana en esta vuelta de siglo. Su trabajo como traductor (sobre todo de poetas franceses, tales como Anne-Marie Albiach, Claude Royet-Journoud, Dominique Fourcade, Jean Grosjean y Paol Keineg) y sus numerosos libros, entre ellos su reciente Estudios trascendentales. Una trilogía, el cual le valió el Premio Nacional en 2009, le han ganado un lugar único. De acuerdo con Waldrop, el collage es su mayor modo de composición. Es “una manera de explorar, no necesariamente la cosa que estoy destruyendo, sino la cosa que estoy tratando de construir a partir de las partes destruidas. Si hubiera un propósito final en lo que hago”, añade, “sería en el disfrute de la composición, una preocupación común tanto a la estética como a la lógica”.
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Publicado en 2004, El sujeto real. Preguntas y conjeturas acerca de Jacob Delafon. Con poemas de muestra no es una novela, pero tampoco es un poema aunque contiene versos y personajes. Van aquí las primeras inciertas páginas de este libro inédito en español.
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Hay poemas que necesitan,
por orquestación,
sólo el viento.
Leos Janacek
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Jacob Delafon lee: “Para tratar la fiebre, corte un escarabajo en dos. Ponga mitad de él en su brazo derecho y la otra mitad en el izquierdo”.
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Él se pregunta por todo esto.
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¿Qué, de hecho, es un escarabajo?—el término lo inquieta.
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Lo busca. Es un escarabajo “nocturno color café pálido que vuela con un fuerte zumbido”.
Todo esto es teórico. Jacob no tiene fiebre.
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Jacob Delafon lee en algún lado que toda la actividad humana avanza a lo largo de dos vectores opuestos: la fuerza centrífuga de la paranoia y la fuerza centrípeta de la histeria.
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Jacob Delafon ha leído acerca del debate entre doctores respecto a si las monjas o las prostitutas son más proclives a la histeria.
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Jacob Delafon localiza la palabra orthoepy, que significa la “correcta pronunciación de las palabras”. La palabra le parece a él impronunciable.
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Jacob Delafon, notando que Parsifal (como su primo Lancelot) es un descendiente de José de Alimatea quien, a su vez, es de la Casa de David —en resumen, que Parsifal es un judío— se pregunta si Wagner estaba al tanto de esto.
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RONRONEO
No te alarmes, yo
no podría estar contento con
lecciones morales y continua
repeticióncomo el sistema solar, yo
no podría sostener en alto mi cabeza,
hacerla
incesantemente
brillar
destinado a las grandes ceremonias,
yo
me consterné al verme a mí mismo
tan
delgado y tan
acabado
(usamos teoría
queriendo decir que es posible
escoger, v.g., por qué soy sólo de la
talla que soy)
un millón de millones, una
fresca y mortificante manera —la
que
gobierna
el movimiento
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Jacob Delafon lee En busca del tiempo perdido.
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En las últimas páginas del último volumen, se da cuenta de que El Pasado ha sido recuperado. El prolífico Mundo (i.e., La Novela) se ha reducido ahora a un solo Personaje.
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Este debe ser, Jacob considera, el mayor texto de la histeria.
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Jacob Delafon se sorprende al leer de los astrónomos antiguos que “desafiaron el tiempo”.
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Más tarde, se da cuenta que era una errata de deificaron.
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El tiempo es algo acerca de lo que Jacob Delafon preferiría no pensar. Pero en efecto le inquieta que mientras el tiempo parece —cambiante imagen de la eternidad—deslizarse alrededor de él en su camino hacia otros lados, al mismo tiempo (“Tiempo”, masculla, “aquí está otra vez”), parece completamente detenido, absolutamente estático, mientras él mismo se hunde, o es hundido, a través de él.
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Si lee que el tiempo inició sólo con la creación —desperdicio-o-vacío o big bang— se pregunta, ¿qué fue primero? y le apabulla cómo algunos suponen que tenemos un nuevo espacio completamente nuevo por cada marca de tiempo transcurrido.
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Le gustaría arrancarse del pasado. Si, es decir, pudiera posponer el futuro.
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Siente el presente como tiempo prestado, un crédito más allá de sus ingresos, una deuda que no tiene esperanza alguna de poder pagar.
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Pagaría lo que fuera para creer que el tiempo se contradice a sí mismo. Daría cualquier cosa por un milagro a tiempo.
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El anhela un intervalo.
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Sueña con un final del tiempo (pero piensa ¿y entonces qué?) y trata de creer, como se ha dicho, que cuando los cuerpos celestes dejen de rotar, entonces su alma dejará de anhelar.
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Jacob Delafon se topa con la noción de los agujeros negros. No le resulta fácil creer en algo tan singular.
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Monsieur Teste utiliza tres nombres de mascota para llamar a su esposa:
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Etre,
Chose,
Oasis.
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Jacob Delafon trata de crear nombres aptos para su novia, Jane Floodcab. Él considera:
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Ver.
Comer.
Coro.
S. O. S.
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Jacob Delafon tiene una pesadilla que se parte en fragmentos, cada fragmento una pesadilla por sí mismo, cada segmento todavía activo, escabulléndose a través de su atribulado sueño.
*
Le dicen a Jacob Delafon que, después de morir, no sabremos nada pero que el dolor continuará. Él ve esto con injustificado optimismo.