miércoles, agosto 24, 2011

Allí te comerán las turicatas /I (Diario Milenio-Opinión 23/08/11)

Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI

Había soñado que alguien tocaba a la puerta y se presentaba con una pequeña tarjeta donde se alcanzaba a ver el dibujo de un monociclo. Era de noche. Justo en ese momento un par de autos con los faros encendidos atravesaba el jardín de árboles frutales. De las limusinas bajaban una serie de hombres delgados que, de inmediato, se montaban en sus monociclos. Pronto estaban ya moviéndose dentro de una coreografía que no dejaba de tener su encanto. Una serenata, entendía yo por fin, sonriendo. Una serenata en monociclos.

Eso le alcancé a decir, susurrando, en medio de la noche, justo cuando me despertó el ruido que provo caba la lluvia al tocar el techo. Luego me volví a dormir. Cuando logré despertar otra vez, la cama estaba vacía. Una nota en su lugar: Bajé al monasterio.

Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI. Las ruinas de un monasterio, sería más preciso decir. Todo se reducía, tal como lo habíamos visto el tarde anterior, a unas cuantas paredes de adobe, un par de cuartos con algunas reliquias de piedra y madera. Una noria ya seca en el centro de un patio. Algunas flores. Pero el lugar, lejano de todo y rodeado de pinos, tenía su magnetismo. Un raro encanto. Pude entender a la perfección que se levantara temprano y que cerrara con mucho cuidado la puerta de la habitación que habíamos rentado con tal de ir de regreso a ese sitio. Supuse que querría tomar fotografías o hacer los dibujos del caso. Tal vez solo quería admirar las ruinas a solas, rodearse de su silencio. Las parejas que han pasado mucho tiempo cerca suelen comportarse así. Por eso dejé pasar un rato antes de vestirme y tomar café y salir en la misma dirección. Por eso me estiré con gusto y, al enfrentar el paisaje, me sonreí. El aire de la sierra sobre la cara. Las manos dentro de los bolsillos. El ruido de las botas al caer sobre el pastizal seco, amarillo. Pensaba en todo eso mientras avanzaba por la vereda terriza que terminaba, eso lo habíamos comprobado el día anterior, justo ante las pesadas puertas del monasterio.

Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.

No supe en qué momento me perdí. Primero llegó la niebla a cubrirlo todo y, luego, de inmediato casi, la vereda desapareció bajo mis pies. A momentos me resultaba casi imposible ver la punta de las botas. Si seguí avanzando fue porque no se me ocurrió hacer otra cosa. Uno nunca sabe en realidad qué cosa hacer exactamente entre la niebla. Cuando por fin pasó, cuando abrió su manto y pude distinguir algo otra vez, el paisaje no había cambiado. Ahí estaba la línea de montañas y, más allá, la más remota lejanía. Los pinos seguían señalando algún punto del cielo. Los pájaros, que parecían tordos, volaban y cantaban al mismo tiempo. Lo que no alcanzaba a divisar, lo que ya no estaba por ningún lugar, era el monasterio al que me dirigía. Caminé todavía más, como si todavía me encontrara bajo la niebla, confiando en que pronto retomaría la vereda. Caminé al mismo paso veloz, primero con la boca cerrada, aspirando y exhalando por la nariz pero, al cabo de un rato, el corazón latiendo con prisa a causa de la altura, no tuve más remedio que abrir los labios. Resoplar es un verbo atroz. Por un momento pensé que me echaría a llorar o que caería de rodillas sobre el pastizal o que vomitaría a causa del esfuerzo. Iba a gritar su nombre cuando divisé una casucha a lo lejos. Era una cabaña de cuya chimenea emergía un humo blancuzco que me recordó mi estado de agotamiento. Incluso así, extenuada y miedosa, tuve fuerzas para correr. Ir es siempre ir a un encuentro. No dudé en tocar a la puerta. Supuse que ahí me dirían cómo regresar al monasterio o al poblado de donde había partido no hacía mucho. Supuse tantas cosas. Pero la mujer que abrió la puerta me miró con espanto y, luego, cuando se recuperó, dijo unas palabras que no entendí. Yo repetí mi nombre y extendí la mano. Aprisa, con una emoción que apenas podía controlar, le describí mi situación. Ella guardó silencio al inicio y, luego, mirándome con lo que parecía ser una paciencia infinita, volvió a decir algo que fui incapaz de comprender. Fue ella la que se dio cuenta primero que no hablábamos la misma lengua. Fue ella la que colocó su mano derecha sobre mi hombro mientras volvía la cabeza hacia en interior del recinto y se dirigía a un hombre que pronto estuvo también bajo el dintel de la puerta. Sus palabras me resultaron igualmente indescifrables. De todos modos, con ayuda de señas, me invitaron a entrar. Y entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas en el suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un hombre y una mujer. Fue entonces que noté que ambos iban desnudos.

—¿Pero cómo es que no tienen frío? —fue lo único que alcancé a balbucir antes de que ella colocara un vaso de leche sobre la mesa que era, apenas lo notaba entonces, una puerta. Dudé en tomarlo, pero ella me conminó a hacerlo. Cuando me resistí, colocó el vaso bajo mis labios y gruñó algo. El hombre nos miraba con atención desde su puesto frente a la chimenea. Un par de avecillas entraron por el agujero del techo y, luego de posarse momentáneamente sobre una escoba, salieron otra vez, en silencio. No sabía donde estaba y tenía miedo. Miedo y curiosidad. Miedo y un cansancio mayúsculo. Miedo y ganas de entender qué hacían ese hombre y esa mujer desnudos, dentro de una cabaña medio derruida que estaba cerca de un monasterio rodeado de bosque y de la lejanía. No sabía donde estaba y el miedo me obligaba a revisar con todo cuidado el contorno destrozado del interior de la cabaña. Una nuez. Una nuez seca o vacía.

Supuse que ellos tendrían sus preguntas también. Al menos ella. En todo caso fue ella la que se sentó frente a mí al otro lado de la mesa y, mientras volteaba de cuando en cuando, con aparente nerviosismo, hacia el lugar donde ya no estaba el hombre, se puso a hablar. Por las señas y el tono de la voz entendí que quería que viera las manchas sobre su cuerpo, especialmente sobre la cara. Parecía que entenderlo, o que al menos aparentara que lo entendía, era de alguna relevancia para ella. Llegó incluso a tomar mi mano y dirigirla hasta su mentón para que comprobara que ahí había algo. Hubo un momento en que colocó su cabeza sobre la mesa para que pudiera ver mejor lo que, de cualquier manera, no distinguía. Entonces moví el rostro de arriba hacia abajo, admitiéndolo, confirmando que ahí había algo, y entonces ella se calmó. Su charla continuó pero en un tono distinto ahora. De algo se quejaba, eso me quedaba claro. Se señalaba los senos y, luego, dirigía la mirada a su pubis mientras abría las piernas. Algo decía en voz muy baja que le causaba un temblor apenas perceptible en los labios. Algo le producía las lágrimas chiquitas que luego le escurrían por las mejillas huecas. Debía tener hambre o tener muchos años. Fue el instinto, supongo, el que arrojó mi mano hacia la de ella, tocándola. Pocas veces había estado tan desorientada en mi vida. El miedo del inicio había dado lugar a un miedo distinto. Sentía frío, en efecto, y el cansancio, que no había amainado con la casa y la leche y la plática, me jalaba hacia el piso. Estar exhausta es esto, pensé, tener raíces.

—¿Desde cuándo estás aquí? —le pregunté a sabiendas de que no obtendría respuesta—. ¿Quién es ese hombre? —insistí—. ¿Te tiene aquí a la fuerza?

(CONTINUARÁ)

martes, agosto 23, 2011

Llovizna, entre la tradición y la modernidad (Sexenio-Puebla 15/08/11)

Edson Lechuga, en términos editoriales es un autor joven, pues apenas hace un año la editorial Montesinos nos hacía llegar su opera prima: Luz de luciérnagas, una de las pocas -por no decir únicas-, novelas que hablan del fatídico temblor de 1985. Llovizna es su segundo libro, instaurado en el género del cuento; empero debido a su redondez temática, los cuentos aquí reunidos parecieran capítulos de una novela.

Pareciera que Edson Lechuga asume sin problema alguno, en Llovizna, el papel de Dios-escritor, y a pesar de que a sus personajes les otorga el derecho del libre albedrío, al final los lleva a su inclemente final: la muerte; ya que en algunos casos ésta es un castigo, en otros una salida para encontrar la felicidad y en algunos sólo significa el cierre de un ciclo. Lo emocionante y novedoso, es que los personajes de estos cuentos no buscan redención o perdón, más bien ofrecen una explicación con el afán de ser comprendidos, y quizá, así, Dios-escritor justifica el por qué están muertos, casi muertos o castigados. Y que como bien dice, en la cuarta de forros del libro, Pablo Raphael, Llovizna son cuentos que parecieran pertenecer a la tradición oral; quizá porque buscan dejar una huella, una lección, donde busca recordarle al lector que: a cada acción corresponde una reacción.

Al igual que en Luz de luciérnagas, los cuentos de Edson Lechuga no pierden el tiempo en largas y monótonas descripciones; al contrario, éstos gozan de una admirable precisión tanto lingüística como narrativa; logrando así imágenes perfectas (casi cinematográficas) que crean en el lector la sensación de estar presente cuál testigo fiel de los hechos o por qué no, ser uno de los personajes.

Llovizna, un libro de cuentos ampliamente recomendable que atrapará al lector y que viene a demostrar cómo se puede mezclar lo tradicional (la herencia rulfiana) con lo moderno, sin sacrificar la originalidad.

Y con este segundo libro, a Edson Lechuga ya debe considerársele entre los escritores poblanos con más fuerza narrativa y cosas por aportar, al lado de Pedro Ángel Palou, Eduardo Montagner, Jaime Mesa, así como de nuestra poblana por adopción: Iris García.

lunes, agosto 22, 2011

¡Atrás, regenerado! (Diario Milenio-Opinión 22/08/11)

Al poder corruptor del “degenerado” suele oponérsele la sed de poder del regenerador, listo para arreglar lo que no estaba roto.

1. ¿Quién es el degenerado?

“De condición mental y moral anormal o depravada, acompañada por lo común de peculiares estigmas físicos”, sentencia el diccionario en torno al sustantivo degenerado. ¿Qué es entonces una condición depravada? Aquí la Real Academia Española es aún más escueta, pues nos dice que un depravado es aquél que se halla “demasiado viciado en las costumbres”. Es decir que cuando alguien nos llama degenerado, en realidad no expresa gran cosa de nosotros y es probable que diga más de sí mismo. Especialmente si, como es de temerse, quien nos denuesta es unregenerado.

Nadie sabe el poder que tienen los fantasmas del regenerado, pero sus sombras son en tal modo notorias y chocarreras que él las ve en todas partes y quiere prevenirnos al respecto. “He estado ahí”, se dice, convencido de que nadie como él puede identificarlas y acusar sus estragos en el mínimo indicio. George W. Bush, tal vez el más famoso de los regenerados, se enorgullecía de no tomar una copa de alcohol “ni siquiera en Navidad”. Una conducta rara por donde se le mire. Tan sólo imaginemos la cantidad de moros con tranchete que es capaz de encontrar en los rincones más insospechados un individuo cuya conducta diaria es sospechosamente similar a la de un delincuente en libertad condicional. No muy lejos de Bush, el cantante José José opinó alguna vez que toda la cultura de las drogas era en gran parte culpa de los Beatles. ¿En qué delirium tremens habrá sido testigo el cantante excesivo por excelencia de tan demoledora revelación? ¿Sería quizás en el duro transcurso del síndrome de abstinencia? ¿Tendría que ver en ello alguno de sus incontables juramentos y golpes de pecho, una vez que salía del agujero y se hacía el propósito de nunca más rodar de acá para allá? En todo caso, el ejemplo de ciertos regenerados es por sí mismo un elemento disuasivo. Nadie quiere acabar como un regenerado regenerador.

2. Los fantasmas del zombi

“Hacer que alguien abandone una conducta o unos hábitos reprobables para llevar una vida moral y físicamente ordenada”, ilustra el diccionario sobre regenerar: verbo rico en connotaciones positivas, y no obstante cargado de otras más bien temibles, cuando no espeluznantes. Pues en la mayoría de los casos lo que llega a curarse no es la enfermedad, sino apenas sus síntomas conspicuos, y ello tal vez explique la tiesura de esos regenerados capaces de plantar la señal de la cruz frente a una botella de cerveza o un billete de lotería, y acto seguido hacer severas advertencias sobre el particular. Si los creímos zombis sólo porque se habían enseñado a reprimir sus instintos menos presentables, no estaría de más tomar en cuenta que inclusive los zombis, y sobre todo ellos, son ricos en demonios y se pasan la vida toreándolos. Un empeño seguramente colosal que asimismo merece compasión, si bien tampoco tanta para dar por bueno el papel de regenerador que para sí reclama el regenerado. La sola idea de verse padeciendo un tratamiento de ortopedia moral a manos de un cruzado puritano suena ya de por sí degenerada.

Imaginemos una campaña de regeneración moral llevada a cabo por antiguos criminales. Una idea loable, por supuesto, si es que los implicados pueden contar su historia frente a otros criminales que acaso tendrán tiempo para reflexionar y pensarán también en corregirse. Fuera de ahí, me permito dudar que un asaltante arrepentido pueda brindar consejos a quienes jamás hemos pensado en asaltar. Menos aún meternos en cintura, por chuecas que parezcan nuestras costumbres a sus ojos de beata espeluznada. Por mi parte, diré que me he excedido cuantas veces se me ha dado la gana, y otras he contenido mis impulsos cuando creí que estaba cerca de no poder volver a ser quien era. Puede uno perder la vergüenza y al día siguiente verla de regreso, pero dejar allí la libertad parece un sacrificio inaceptable. Nada causa más miedo en el puritano que el ejercicio de la libertad, tal vez porque ya sabe que es la más grande aliada de sus fantasmas.

3. Del muro al moro

Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, solía llamarse un grupo paramilitar de ultraderecha cuyos miembros buscaban regenerar a México bajo ciertos preceptos en teoría evangélicos. “Gracias a Dios soy blanco”, rezaban por su parte algunas camisetas de sus colegas del Ku Klux Klan. Afortunadamente, el asquerosamente célebre MURO terminó aterrizando en el basurero histórico que le correspondía, pero de ahí a pensar que esa ponzoña al cabo se extinguió hay un trecho poblado de candor. La exaltación del regenerador no siempre necesita de banderas para sobrevivir, y de hecho las cambia siempre que se le ofrece. A nadie debería extrañar toparse con las huellas de los regeneradores profesionales allí donde se supone que actúan sus antípodas, si con tanta frecuencia los polos que se dicen irreconciliables suelen tener fronteras difusas entre sí. ¿Cómo explicar, si no, el nacimiento en pleno siglo XXI de un Movimiento de Regeneración Nacional que se llama de izquierda y le gusta venderse con el bonito nombre de Morena?

Debe de ser terrible cargar con un pasado autocrático y combatir con dichos todo aquello que se ha apoyado en los hechos. No quiero imaginar la cantidad de monstruos y fantasmas que persiguen al regenerador iluminado que muy discretamente incita a sus creyentes a dar gracias a Dios por ser morenos, y en tanto eso también mayoría. Pero he aquí que no todos necesitamos que nos regeneren, y de hecho habemos varios que estamos hartos de ese mesianismo barato y mentiroso cuyas solas maneras dictatoriales apuntan hacia una honda recaída en los vicios que le dieron origen. No dudo que el señor al que vimos en la televisión embolsándose fajos de billetes producto de un chantaje escandaloso quiera regenerarse y ver la luz, pero de ahí a que venga a regenerarnos media tanta distancia como la que separa a unos huaraches de unos tenis Vuitton. “De jóvenes son putas y cuando viejas beatas”, reza el proverbio. No se trata de una sentencia moralista, pero si he de opinar diré que encuentro a ciertos regeneradores “demasiado viciados en las costumbres”.

viernes, agosto 19, 2011

El verano recorre las islas (Diario Milenio-Opinión 16/08/11)

Medio centenar de islas son exploradas por Judith Schalansky en un peculiar Atlas donde la realidad convive con hechos producidos por la más salvaje imaginación

Judith Schalansky nunca ha estado ni estará en ninguna de las 50 islas que describe y explora en Atlas of Remote Islands, un libro escrito originalmente en alemán en el 2009 y publicado en una hermosa edición de pasta dura por Penguin en 2010. Cada pequeña sección incluye el mapa de la isla en cuestión, los datos básicos de longitud y latitud, el número de habitantes, así como una serie de líneas pespunteadas que representan las distintas distancias que las separan (o las unen, dependiendo del punto de vista) de otros puntos en el orbe, así como también una breve cronología de su historia. De Floreana, también conocida como las islas Galápagos en las costas de Ecuador, adonde fueron a parar un dentista harto de la civilización y una maestra en 1929, a Fangataufa, en el archipiélago de Tuamoto, en la que el gobierno francés hizo estallar alguna vez una devastadora bomba de hidrógeno, las islas muy reales que se abren en este libro son también producto de la más salvaje imaginación. Tropicales o cubiertas de hielo, ya desiertas o apenas habitadas por un puñado de daltónicos, las islas son sobre todo historias. He traducido con algo de libertad apenas dos, pero todas y cada una de ellas merecería un comentario aparte. Mientras eso pasa, aquí viaja la historia de un amor que inicia dentro de los linderos de un lenguaje desconocido, y la historia también de unos cuantos isleños a los que irrita “toda esa charla insulsa sobre las glorias del color”.

UN LENGUAJE APRENDIDO EN SUEÑOS

Dicen que “en un pequeño pueblo en las laderas de Vosges, hubo un niño de seis años que tenía sueños en los que se le enseñaba un lenguaje completamente desconocido. El pequeño Marc Liblin pronto empezó a hablar ese idioma sin saber si existía o no de verdad. Se trataba de un niño dotado pero solo, con cierta sed de conocimiento. En su juventud se alimentaba de libros en lugar que de pan, por ejemplo. A los 33, habiéndose convertido ya en un outsider que vivía en los márgenes de la sociedad, se volvió el objeto de la atención de unos investigadores de la Universidad de Rennes. Querían descifrar y traducir su lenguaje. Por dos años, introdujeron los extraños sonidos que él hacía en computadoras gigantes. Todo en vano. Eventualmente, los investigadores decidieron visitar la zona de los bares en el muelle para ver si algún marinero había escuchado ese lenguaje alguna vez. Marc Liblin dio, de hecho, un performance en un bar de Rennes, un espectáculo que consistía en un monólogo que se desarrollaba frente a un grupo de tunecinos. El administrador del bar, un hombre que había estado en la marina, interrumpió la función diciendo que había escuchado esa lengua antes, en una de las más remotas islas de la Polinesia y que conocía una mujer que hablaba ese idioma. Se trataba de una mujer divorciada de un oficial del ejército que ahora vivía en los suburbios. El encuentro con la mujer de la Polinesia cambió la vida de Liblin, por supuesto. Cuando Meretuni Make abrió la puerta de su casa, Marc la saludó en el idioma que aprendió en sueños, y ella le contestó de inmediato en el viejo rapa de su patria. Marc Liblin, que nunca había estado fuera de Europa, se casó con la única mujer que entendía su lengua y, en 1983, se fue con ella a vivir a la isla donde se hablaba ese idioma”.

Es una historia de Rapa Iti, una isla austral de la Polinesia francesa también conocida como Rapa, anteriormente denominada isla Oparo. Se encuentra en el 27o 36’ S, 144o 20’ O. Mide 40 kilómetros cuadrados y tiene 482 habitantes. Está a 1, 180 km de Tahití; a 3, 620 km de Nueva Zelanda, a 1, 440 km de las islas Pitcairn. Fue avistada por primera vez en 1791, por George Vancouver. Marc Liblin murió en Rapa Iti, víctima de cáncer, el 26 de mayo de 1998, a la edad de 50 años. La historia no dice qué le pasó a la mujer.

ACROMATOPSIA

“Incluso los puercos en esta isla son de color blanco y negro. Es como si los hubieran creado especialmente para las 75 personas que viven en Pingelap que no pueden distinguir colores: ni el salvaje rojo crimson del atardecer, ni el azul del océano, ni el amarillo de las papayas maduras, ni el omnipresente verde profundo de la selva repleta de palmas y manglares. Una pequeña mutación del octavo cromosoma y el tifón Lienkieki, que devastó a las islas hace años, son los responsables de tal hecho. Sólo 20 habitantes de Pingelap sobrevivieron al tifón y la subsecuente hambruna; uno de ellos llevaba el gen recesivo que pronto se hizo notorio debido a la reproducción endémica. Hoy, 10% de la población de Pingelap es completamente daltónica, comparado con uno entre 30 mil que es el promedio en otros lugares. Se les reconoce por la forma en que inclinan las cabezas y parpadean constantemente, por la manera en que sus pestañas aletean y achican los ojos casi siempre, por las arrugas en la parte superior de la nariz. Evitan la luz, evaden el día, y con frecuencia sólo salen de sus chozas en el crepúsculo. Muchos dicen que recuerdan sus sueños y otros dicen que pueden reconocer los cardúmenes de peces en las aguas profundas del océano en la noche –los identifican con la ayuda de la pálida luz de la luna y el reflejo sobre sus aletas. El mundo puede ser gris, pero ellos insisten en que pueden ver cosas imposibles de discernir para aquellos que sí distinguen los colores: miles de tonos y de matices con frecuencia inimaginables. Las charlas insulsas sobre las glorias del color los enervan. El color, dicen, los distrae sólo de lo que es esencial: la riqueza de las figuras y las sombras, las formas y los contrastes”.

Esto en Pingelp, también conocida como las islas Carolina de la Micronesia. Se encuentra en el 6o 13’N y 160o 42 E. Mide 1.8 kms y tiene 250 habitantes. Está a 780 km de Bikini Atoll, a 1, 990 km de Papua Nueva Guinea y a 1,250 km de Banaba. El tifón Lienkieki devastó la isla en 1775, fue descubierta en 1792 por Thomas Musgrave y, en 1820, se detectaron los primeros casos de daltonismo. No fue sino hasta el año 2000 que el gen de la acromatopsia fue descodificado.

lunes, agosto 15, 2011

Cúchila, Mataperros (Diario Milenio-Opinión 15/08/11)

1 El asco de los limpios


A veces, la confianza es conmovedora. Tener a un ser querido recostado y dormido sobre uno brinda una sensación de paz y gratitud inesperadas. Percibir que respira, ronca y carraspea, o de repente se sacude completo por causa de algún sueño chocarrero, es verse encomendado a protegerle, y en tanto eso pensarse mejor persona de la que uno es. “Duerme, que aquí estoy yo”, dice nuestro sigilo cariñoso, en una de esas raras ocasiones en que la indefensión del otro parece y es un premio para quien la recibe. “¿Quién soy yo para merecerle esta confianza?”, tendría uno que preguntarse cada vez que esto pasa, pero he aquí que en mi caso pasa tan a menudo como permito al perro treparse en mi cama, de modo que aquel gesto de humildad sorprendida es suplantado por el puro placer de sentir que a lo ancho de ese rato entrañable nada hay en este mundo fuera de su lugar.


La amistad entre especies no es un evento raro, pero hay quienes insisten en mirarlo de lejos como cosa curiosa, cuando no insólita. Parece más normal, a ojos corrompidos, el exterminio de una a manos de otra. Y esta última, se entiende, es la especie de siempre. La única facultada para exterminar. La única, también, capaz de hacerlo en el nombre de un fin oficialmente noble. La salud pública. La seguridad. La niñez. La familia. La modernidad. Se extermina a una especie diferente, o a una cierta fracción de la propia, azuzando en los otros un prurito aséptico mejor emparentado con la fobia que con la profilaxis. Hasta donde se sabe, la coartada más repugnante para el exterminio tiene que ver con eso: la “limpieza”. Quien cree que al contribuir a la matachina de una especie querida, cariñosa y servicial está “limpiando” el hábitat de sus seres queridos, lo que hace es corromperse y corromperlos. Nada menos confiable que una estirpe de eunucos sentimentales.


2. Ratas a control remoto


Cuenta Milan Kundera que la campaña sanitaria de los estalinistas checos en contra de los perros sueltos o callejeros malescondía su propósito auténtico, que era el de preparar a la población para las atrocidades que más tarde serían moneda corriente. Insensibilizarlos al dolor de los otros, primero los perritos, más tarde los vecinos y al final las personas más apreciadas, si por casualidad el poder los consideraba un obstáculo en la construcción de la dicha oficial del pueblo checo. Estimular, de paso, la delación secreta, de modo que en lugar de ciudadanos el poder dispusiera de una legión de cómplices robotizados. Es decir, ya en la práctica, hijos de puta con mando a distancia.


Para el hoy mundialmente famoso Manuel de Jesús Baldenebro, médico cirujano y a la sazón alcalde de San Luis Río Colorado, Sonora, la corrupción moral es cosa secundaria. A él le preocupa, dice, la salud pública, y es por ello que en lo que va de su administración se ha exterminado a 17 mil perros, capturados por medio de un sistema de recompensas: el municipio paga doscientos pesos a quien entregue a un perro callejero para su ejecución. Por disposición oficial, el ciudadano queda habilitado como auxiliar de los matarifes. Y ahora que esa medida le ha valido al alcalde el vergonzoso mote deMataperros, él se argumenta en Twitter que “si las personas que integran las asociaciones protectoras de animales valoran mas la vida de un perro callejero que la de un ser humano YO NO!” (sic).


Ya se sabe la clase de amistad que es capaz de brindar un perro callejero. Basta con un cariño, un pedazo de pan, una mirada a veces, para que venga detrás de nosotros. Y si se nos ocurre darle techo, lo más probable es que se transforme en un guardián celoso y agradecido. Ahora imaginemos al émulo de Iscariote que se acerca al perrito y le regala media salchicha, sólo para ganarse su confianza e ir a entregárselo al doctor Baldenebro, a cambio de doscientos pesos de mierda. ¿Quién querría, a todo esto, caer dormido al lado de un alimaña así?


3. La familia matarife


Una vez asediado por los medios —tan sólo imaginemos la cantidad de insultos consecuentes que recibe cada hora en su cuenta de Twitter—, el tenebroso doctor Baldenebro ha aclarado que su programa de exterminio no paga recompensas en efectivo, sino a través de un incentivo fiscal, limitado a un descuento por familia. ¿Es decir que la cosa es familiar? ¿No basta, pues, con corromper a Judas, sino que hay que ensuciar a la familia entera? Ahora imaginemos a papá y mamá explicando a los niños por qué ayer secuestraron al Solovino y lo llevaron al matadero. Usarán de seguro los argumentos del Doctor Exterminio, y así los pequeñines irán asimilando que el Solovino no era su amiguito, sino “un vector para infecciones de la piel”, y no nada más eso, si también “un problema para la gente asmática en situaciones alérgicas”. No será extraño, entonces, que cuando miren a otro perro en la calle lo alejen a pedradas, qué tal si los infecta. Cúchila, gruñirán, perro sarnoso. ¿Quién les dirá a esos pobres de la infección moral que han contraído? Es al menos curioso que en un medio infestado por la violencia extrema, el alcalde no sepa que buena cantidad de los hijos de puta son hechos en casa.


El equipo de comunicación del doctor Baldenebro es diligente para twittear sus logros. Según escriben, el municipio a su cargo está hoy a la vanguardia en diversos rubros. Y uno sabe que son distintas manos cuando encuentra un mensaje tecleado o dictado por el propio Baldenebro, dirigido al senador Manlio Fabio Beltrones, donde el cuidado es menos escrupuloso y el estilo delata antes al lambiscón que al mataperros: “muchas felicidades Senador, que siempre Dios bendiga sus generaciones y sean prosperados” (sic). Y ahí sí que está pintado el alcalde-doctor, pero si de zalamerías se trata, francamente prefiero las del Solovino, que no corrompe a nadie en busca del poder, inspira el cien por ciento de mi confianza y se expresa indudablemente mejor. Por no hablar del perrote que ahora me acompaña y jamás ha escuchado la tenebrosa historia del doctor Baldenebro. Con su permiso, pues, lo dejo que me ronque otro ratito.

domingo, agosto 14, 2011

Sobre todas las cosas-(Sexenio-Puebla 09/08/11)

A Ximena Sánchez Echenique, con cariño.

La novela que hoy me convoca, tiene rato de haber sido publicada y considero no debe pasar desapercibida. Me refiero a Sobre todas las cosas (2004), opera prima con la que se dio a conocer Ximena Sánchez Echenique, fue galardonada con el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2003 que otorga la Universidad Autónoma del Estado de México. El jurado de este Premio estuvo conformado por Elmer Mendoza, Juan Pascual Gay y César López Cuadras.

Sobre todas las cosas, sin duda alguna, ya dejaba ver a una autora con un estilo narrativo sumamente atractivo: donde se cuentan tres historias que son parte de un todo, un todo en el cual es indispensable el juego con el sonido de las palabras, así como una capacidad para lograr crear las atmósferas idóneas al tema central de la novela.

Aquí en Sobre todas las cosas, se cuenta la historia de Mar, una mujer de veinticuatro años que ya no disfruta de las cosas elementales de la vida; veinte años antes su padre Dario, gracias a dos vasijas rusas originarias de los talleres Fabergé descubre que lo insignificante puede ser bello y extraordinario; mientras que un siglo antes Medelbek, joven aprendiz de joyero recibe una sutil maldición, una desazón que compartirán los tres personas centrales de la novela. La historia de Medelbek se desarrolla en Rusia y la de Dario y Mar cobra vida en el único lugar posible: la Tierra de los Sucesos Triviales; donde nada, por muy maravilloso que sea, causa sorpresa. Y es en esta tierra donde Dario ha dejado un par escritos que sí son bien interpretados por su hija Mar, podrían ayudarle a recobrar el gozo por lo pequeño, lo cotidiano, el día a día y así lograr salir del insoportable tedio que provoca la palabra: rutina.

Sobre todas las cosas, una novela que desgraciadamente ya no se consigue, pero que debería ser publicada nuevamente pues -como muy pocas operas prima- no tiene desperdicio; además que en palabras de la autora: tiene una ilación con las obras que posteriormente publicaría dentro del sello editorial Tusquets: El ombligo del dragón y Por cielo, mar y tierra.

Y como dice Javier Aranda al concluir cada programa de Retomando a… dice: porque lo novedoso, no siempre está en actual y nuevo

martes, agosto 09, 2011

Mis Emilys Dickinsons (Diario Milenio-Opinión 09/08/11)

A través de la escritura de Emily Dickinson, entra la revisión de formas poéticas heredadas del viejo mundo y la invención de otras nuevas.


Decía Roberto Bolaño en el prólogo de Las aventuras de Huckleberry Finn (Ediciones DeBolsillo) que, “todos los novelistas americanos, incluidos los autores de lengua española, en algún momento de sus vidas consiguen vislumbrar dos libros en el horizonte, que son dos caminos, dos estructuras y, sobre todo, dos argumentos. En ocasiones dos destinos. Uno es Moby Dick, de Herman Melville, el otro es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain”. Se entiende que el horizonte del que habla Bolaño es el de la narrativa norteamericana en modo, digamos, universal, y que el tiempo al que se refiere es, sin duda, el siglo XIX, que es otra manera de decir el origen de la modernidad. Pero en esa bifurcación tan equidistante, tan bien comportada, tan dada a las comparaciones con aspiraciones a aparecer como naturales o inevitables, se le olvidaba a Bolaño la incómoda, la inclasificable, la con frecuencia alterada tercera vía. Se saltaba, por decirlo así, el tercer libro y, siguiendo a pie juntillas sus palabras, el tercer argumento y, sobre todo, el tercer destino. Se olvidaba de Emily Dickinson. Sí, Emily Dickinson, la poeta que pocas veces salió de casa y cuyos retratos suelen capturarla vestida de negro y con el cabello estrictamente recogido en un moño. La habitante de una cuarto de Amherst, donde leyó todo lo que había y podía leer, por cierto; la inédita. Habrá que recordar que ningún mapa de la literatura norteamericana de ese tiempo estaría completo sin la poeta que consideraba el “no” la más salvaje de todas las palabras. Junto a Allan Poe o Whitman, donde usualmente se le coloca en recuentos respetuosos de los cotos de género (literario), pero también, y por derecho propio, en el espacio que creara Bolaño para Twain y Melville, ahí Dickinson. Por ahí, a través de la escritura de Emily Dickinson, entra la revisión de formas poéticas heredadas del viejo mundo y la invención de otras nuevas. Por ahí entra la ruptura con la linealidad cronológica, la rima y ritmo singulares, la dislocación de los sentidos del verso, los experimentos con la puntuación, especialmente su memorable uso del guión largo. Por ahí entra el riesgo.

Eso lo sabía, y lo sabía muy bien, la poeta norteamericana Susan Howe cuando publicó, en 1985, My Emily Dickinson, el libro que se encarga de re-contextualizar la obra de Dickinson dentro de las tradiciones de lectura y escritura y re-escritura del siglo XIX norteamericano, recuperándola así para el campo de la experimentación. Se trata, sin duda, de un ensayo de poeta sobre poeta en su versión más rigurosa y más fina. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de ver los manuscritos de Howe, una vasta colección de hojas amarillentas escritas a máquina que se hospedan en el Archivo de Poesía Moderna de las Colecciones Especiales de la biblioteca de la Universidad de California-San Diego, habrá podido registrar las múltiples huellas de los distintos niveles de revisión de la obra original. Susan Howe, autora ella misma de libros de poesía memorables que, al menos en sus versiones más recientes, tales como That, This, combinan iguales dosis de re-escritura, copia, reciclaje y autobiografía, se inmiscuyó en los documentos originales de Dickinson y, lejos de acudir al estereotipo de la escritura femenina como explicación omnipresente, aunque sin olvidar el omnipresente asunto del cuerpo sexuado como campo de producción, organizó una máquina interpretativa donde Dickinson es hábil lectora y sagaz, cuando no feroz, re-escritora de los libros de su tiempo. Las conexiones que va urdiendo Howe alrededor y a través de las obras de Dickinson tienen el añadido valor de extraer a la autora de Amherst del margen, donde a veces por comodidad se coloca a lo inclasificable y lo excéntrico, para ubicarla en el eje de una visión literaria que continúa viva y crítica hasta nuestros días. La reciente traducción al español de este importante libro, a cargo de Ana María Matute y en versión de ediciones Magenta, ha puesto por fin al alcance de los lectores hispanoamericanos no a una, sino a dos poetas norteamericanas imprescindibles.

Mientras Susan Howe trabajaba afanosamente en la composición de My Emily Dickinson, una autora de corte muy distinto y en otra lengua también merodeaba los linderos vitales y escriturales de la poeta norteamericana del XIX: Marguerite Duras. El año era 1987 y el título de la novela sigue siendo Emily L. Ahí, en la terraza de un café, hay una pareja. La mujer quiere escribir un libro sobre esa pareja, pero no sabe cómo o por qué. De esa imposibilidad que se lleva a cabo a finales de un verano, en el café de Ouillebeauf, nace la observación constante y densa que produce a otra pareja entrada ya en años, un capitán inglés y su esposa, esa extraña mujer que bebe con constancia y que, siendo poeta, rara vez menciona su trabajo. El lector sabe que la Emily del título durasiano es nuestra Emily porque una de las líneas recurrentes en la novela tiene su origen en uno de los poemas más famosos de Emily Dickinson: “there’s a certain slant of light”. Se trata, en la imaginación de la narradora francesa, de un poema necesariamente inacabado o, peor, de un poema y/o de una obra consumida por el fuego, quemada hasta lo más seco de sus cenizas, por un marido que rechaza, ¿qué se encela de?, la escritura que no lo menciona y que, al no mencionarlo, lo invisibiliza. A Emily L. se le podría leer como el manual de las relaciones imposibles de pareja, eso es cierto. Pero algo sucede cuando la lectora se topa con párrafos como el siguiente: “Te dije también que había que escribir sin corrección, no necesariamente deprisa, a toda velocidad, no, sino según uno mismo y según el momento que atraviesa uno mismo, en aquel momento, lanzar la escritura fuera, maltratarla casi, sí, maltratarla, no quitar nada de su masa inútil, nada, dejarla entera con el resto, no enjuiciar nada, ni rapidez ni lentitud, dejarlo todo en su estado de aparición.” Imposible no creer, con una convicción casi adolescente, que Emily L. es también, acaso sobre todo, el original de un libro que Marguerite Duras no publicara sino hasta 1992 y que lleva por título el escueto verbo Escribir. En efecto, Emily L. también es un ensayo, en modo de ficción y de escritora a escritora, sobre la práctica de la escritura.

Pero las respondencias baudelairianas que Emily Dickinson no deja de urdir con el presente siguen apareciendo. Hace apenas un par de meses, en mayo del 2011 por ejemplo, el compositor británico David Sylvan incluyó dos adaptaciones de poemas de Emily Dickinson —el mismo que afectó tanto a Marguerite Duras y que constituyó un tema recurrente en Emily L., “there´s a certain slant of light”, así como también “I should not dare (to leave my friend)”— en un trabajo que ha sido muy bien recibido por la crítica: Died in the Wool. En colaboración con compositores e intérpretes como Dai Fujikura y Christian Fennesz, David Sylvan logra conjurar, que es otra forma de decir actualizar, el fraseo intermitente y el ambiente entre abstracto e íntimo de la poeta del XIX.


La proliferación contemporánea de la Dickinson, sin embargo, no cesa. Emily Dickinson visitó la Ciudad de México justo en el comienzo de este verano que es, desde su inicio, el más largo en siglos. La mujer, vestida de negro, llegó puntual a una lectura que se llevaba a cabo en la Casa del Poeta. La mujer se sentó como en su casa de Amherst y escuchó, en un silencio inmóvil, la voz del poeta mexicano Jorge Esquinca. Es otra, en efecto, la Emily Dickinson que va emergiendo en su libro en preparación, y es, ineludiblemente, la misma. Sus lectoras, que aguardamos el libro de Esquinca con entusiasmo, también.

Del cómo el recuerdo-memoria, te pueden volver loco-(Sexenio-Puebla 02/09/11)

La experimentación como semillero. La reescritura como complemento. La herencia literaria acompañada de una prosa poética, son varias de las armas que Cristina Rivera Garza utiliza para construir su más reciente novela: Verde Shanghai. Sin dejar aún lado sus obsesiones y pasiones: el recuerdo, la memoria y la locura.

Aquí, en Verde Shanghai, se cuentan dos historias: la de Marina: una mujer cotidiana, sin trabajo, con demasiado tiempo libre para sí misma y casada con Horacio; y la de Xian: pintora, atrevida y casada con Chiang, -porque así se pactó desde que eran niños- que vive en el barrio chino del DF. Dos historias que se cruzan, se entrelazan, se funden o se pierden; gracias a la grieta temporal que se abre al sufrir Marina un accidente automovilístico. Marina-Xian; dos mujeres tan distintas como iguales, alter egos mutuos, antítesis la una de la otra, complementos que se estorban al mismo tiempo que se necesitan para coexistir; es aquí donde se encarna la Historia de las dos historias; la Novela que engloba las dos novelas. Acá se comienza a construir un laberinto, donde la línea que divide a la memoria y al recuerdo de una posible locura es muy delgada.

Verde Shanghai es, quizá, la novela más arriesgada de Cristina Rivera Garza; ya que también es un ejercicio de re-escritura, pues dentro de la novela aparecen algunos cuentos de La Guerra no importa, uno de los primeros libros de cuento que la autora escribió, que fueron adaptados para conformar un libro redondo. Sumándose el constante ejercicio de incluir fragmentos de otros autores que acompañan a la perfección a la novela.

Con esta novela, Cristina Rivera Garza, demuestra que no ha perdido la capacidad de experimentar en cada novela, de buscar nuevas fórmulas sin perder el estilo y mejorando cada día su prosa, cada vez más poética; y sus historias, cada vez más sólidas en su edificación, a tal grado, que parecieran parte de acontecimientos reales.

Verde Shanghai una novela que a su vez es resultado de todos los trabajos anteriores. Historias distintas, que al conjugarse conformen la Novela donde la locura y el recuerdo-memoria buscan ser un todo.

Una novela que sorprenderá a cualquiera que se acerque a ella, pero -sin duda alguna- se necesita del conocimiento previo de su obra, para valorarla adecuadamente.

Ya que hablamos de dinero (Diario Milenio-Opinión 08/08/11)

“¿Te importa si no te pago?”. He ahí la pregunta más idiota del mundo.
¿Cómo creer que hay quienes dicen “no”?


1. Aclaración no pedida


Un momento, señora editora: el indignado tendría que ser yo. Antes de que se vaya echando pestes por mi negativa, permítame abundar un poco sobre el tema. Yo sé que es un asunto molesto de por sí, tanto que con frecuencia se deja hasta el final de las conversaciones, cuando la sobremesa ya no da para más y entonces sale el peine: “Oye, por cierto, se me olvidaba, ¿no tendrás por ahí algún dinerito?”. Antiguamente, a quien dejaba ver un interés mayúsculo por el dinero se le llamaba metalizado, puesto que lo noble y caballeroso era, y es todavía, mostrar desdén por esas fruslerías periféricas. Un empeño ridículo que desde lejos se adivina cosmético, toda vez que el desinterés por el papel moneda raramente se da entre quienes se parten el lomo por conseguirlo, y es asimismo escaso en las altas esferas socioeconómicas, donde son incontables las cuchilladas que en su nombre se dan y reciben. Nada, pues, más absurdo que esperar ser creído cuando dice que el tema se le olvidaba, pero es lo que se estila en esas situaciones tan incómodas. Como esta misma, ¿cierto?


Vamos al grano, pues. Usted me ha perseguido durante varios días para plantearme lo que yo considero una propuesta indecorosa. Y si no se lo he dicho durante nuestra breve conversación es porque igual comparto ese extraño complejo de noble dieciochesco que me invita a evitar las asperezas en aquel turbio tema de la marmaja. ¿Discutir por dinero? No, por favor, aunque la alternativa sean esos modales neuróticos que no me permitieron expresarle hasta dónde me escandaliza la propuesta de hacerme su esclavo. “Estoy muy ocupado”, pretexté sin mentir, eludiendo de paso el mensaje que me envió días atrás donde decía que los honorarios por mi trabajo consistirían en la entrega de un ejemplar del libro que usted y sus patrones piensan publicar. Un libro divertido, sin duda. Un trabajo agradable y hasta tentador. ¿Por qué entonces me punza la conciencia?


2. ¿Dónde queda el respeto?


Uno de los activos más difíciles para quien vive de la creación artística es hacerse de alguna respetabilidad. Antes de conseguirla, quien se esfuerza por ser profesional de su disciplina debe encajar tal cantidad de rechazos, desdenes, groserías y humillaciones que desarrolla cierta caparazón, a la postre muy útil para el resguardo de la fe en sí mismo. Con el tiempo, uno entiende que nada es personal y se enseña a restar importancia a lo que en otro tiempo creyó grandes afrentas. Puesto en otras palabras, tarde o temprano se aprende a menospreciar el menosprecio ajeno, la inconsecuencia ajena o la majadería ajena justamente por eso: no son problema de uno, qué hueva contraerlos. Por lo demás, ya le conté que estoy muy ocupado, y esto tiene también que ver con el respeto. Nadie puede llamarse profesional de un oficio al que no respeta. Y lo que usted propone, seguramente sin así pensarlo, es que yo me coluda con su proyecto a espaldas de mi muy querida profesión. Pero eso sí: vamos a divertirnos.


Dirá que soy abstracto en mis metáforas, y es posible que tenga razón, pero hay un ángulo que aún no revisamos. Mi profesión querida no es solamente mía, sino que la comparto con legiones de colegas interesados en ejercerla antes que ninguna otra. Es decir, gente que vive de esto y está harta de escuchar esa patraña de que es un oficio muy mal pagado. Gente que con frecuencia recibe ofertas tipo “no te voy a pagar, pero vas a ganar mucho prestigio”. ¿Dónde está ese prestigio? Caí en la trampa no sé cuántas veces y todavía no me lo presentan. Quien cree que ganará notoriedad a fuerza de golpear a su gremio con la mal entendida generosidad de regalar la chamba, tendría que temerse que a ese paso ganará con trabajos la fama de esquirol entre quienes encuentran conveniente que nuestra profesión se abarate. Puede que sea antipático hablar de dinero, y todavía más escribir al respecto, pero aquí el tema es antes moral que monetario. La propuesta que usted me ha hecho no es indecorosa sólo porque usted paga la impresión y el papel, pero encuentra que puede ahorrarse el contenido, sino principalmente porque me exige traicionar a mi gremio y faltar al respeto a mi oficio. ¿Ya ve por qué le digo que estoy muy ocupado?


3. Escándalo a la vista


Nunca se me ha ocurrido pedirle a un niño que me lave el coche y ofrecerle una vuelta o un aventón en pago. No es mala idea para una novela, si hiciera falta algún villano sarcástico que tuviera la cara dura de plantear semejantes propuestas. Pero quiero pensar que su caso es cuestión de candor. Como le he dicho ya, fui esquirol varias veces y por entonces nunca lo vi así. Al contrario, me sentía aliviado de aceptar, aunque tarde o temprano refunfuñara por no siempre saber decir que no. El tema del dinero, una vez más. No quiere uno pasar por cuentachiles, hay un ego profundo que se mira crecer cada vez que se muestra uno desprendido. Y en ese caso créame que prefiero invitarle una buena cena que trabajar sin paga en su proyecto. Porque es eso, señora editora: el proyecto de usted y los suyos. Cuando me da la gana trabajar de gratis, subo el texto a mi
blog y nadie sale herido.


La diferencia entre ayuda y perjuicio al propio gremio la conoce quien ha contribuido a proyectos altruistas, donde cada implicado entrega su trabajo al servicio de una causa que considera noble, admirable y urgente. La oportunidad de limarse los cuernos de cuando en cuando es no sólo un alivio, sino un pago cumplido. Y lo mismo dirán los demás implicados en el proyecto, cada uno contento de no cobrar un peso por lo que hace. ¿Qué dirá, sin embargo, el editor amable y respetuoso que cada vez me paga a tiempo y sin empacho por mis artículos, si se entera que hago lo mismo para usted, pero sin costo alguno? Y para colmo no nos conocemos. ¿Entiende ya mi escándalo? Relea su propuesta: es una obscenidad. Afortunadamente, una vez más, estoy muy ocupado. Tanto que ni me acuerdo de lo que me propuso. Pero no se sonroje, que aquí no pasó nada, ni pasará.