
Cierto es que pocos deleites hay tan suculentos para el aficionado como el de hacerse parte de la función que admira, pero vale advertir que el gusto dura poco, una vez que se agotan las fichas de la mística. Imposible olvidar aquella sensación de privilegio extremo que lo cautivó a uno durante la noche mágica de su primer gafete. Hasta que un día el gafete se vuelve, como el coche, un mero requisito de trabajo, que a menudo confina al portador a asistir al concierto desde un palco repleto de espectadores que no se divierten, y si lo hacen se obligan a disimularlo, en el nombre de su estatura crítica. Si alguna vez el portador se vio envidiado por los fanáticos, desde ese palco triste aprenderá a envidiarlos, y con el tiempo simpatizará con ellos desde alguna distancia profiláctica, pues le toca asimismo juzgar a ese público del que hace tanto tiempo dejó de formar parte.
Quienes han obtenido ya miles de canciones gratuitas en formato MP3 saben probablemente de lo que hablo: la adicción a lo fácil y lo gratuito adelgaza el volumen del deseo. A más de una década de aquellos últimos discos regalados, miro el buró y confieso que hay dos montañas de discos sin abrir. La diferencia es que éstos están junto a la cama, y eso porque no caben en el botiquín. Los he comprado todos como quien pone fichas en el tapete verde, no pocas veces presa de acuciantes punzadas en el codo, sólo que tengo tiempo de sobra para que la ruleta gire y gire. Ya sé que se amontonan los placeres pendientes, pero así es el oleaje del deseo. Por su naturaleza veleidosa, los antojos suelen llegar desordenadamente, pues nada en sus dominios huele a compromiso. Son la parte más libre de nosotros y les importa un pito lo que se espere de ellos. Ahora mismo que pergeño estas líneas a lomos del nuevo álbum de Chico Buarque, no me ha dado la gana revisar su alineación de músicos. Y eso que llevo dos semanas oyéndolo. Debería decir: gozándolo sin freno. Con su permiso, no soy especialista.
Pasar de aficionado a especialista no implica mucho más que conseguir un par de gafetes de prensa y seguir la corriente hacia el palco callado. Hay bebidas gratuitas y área especial de estacionamiento; y hay gente que se pasa dos semanas hablando de una noche como aquélla. Luego les da por irse entremezclando en el recuerdo, pero uno está obligado a manejar los datos con soltura, si no con el aplomo de un divo de la trivia, mientras al otro lado los aficionados sacan jugo a la noche como les da la gana, y siempre que es preciso se exceden como y cuanto se les antoja, sin que se enteren todos sus colegas. ¿Y no es cierto que de esto se trataba la música, antes de que llegara aquel primer gafete? Perdón que no hable más de Chico Buarque, pero ha sido difícil recobrar el papel de aficionado. Adiós, palabras necias. Que se escuche la música.