Espacio del Poeta superfugado, hijo de Hugh Grant y sobrino flaco de Federer.
jueves, mayo 07, 2009
El año mil
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Apropósito de tanta calamidad que nos ha traído la vida al inicio del siglo XXI he leído, en el espléndido ensayo de Georges Duby (Gedisa, 1996) que el año mil representó para los hombres europeos un año de miedo y temor, ante ellos mismos y ante la naturaleza. La Edad Media, bautizada así por los hombres del Renacimiento y de acuerdo a Le Goff, fue una etapa difícil para el hombre en su relación con la naturaleza.
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Me llamó la atención (hoy que hablamos de epidemias) el texto que apareció en Milenio el pasado 28 de abril bajo la autoría de Francisco Báez Rodríguez, “El otro virus… los untores” y que se refiere precisamente a una creencia popular que durante la Edad Media asoló a Europa: la presencia de los untores, personas que esparcían las enfermedades untando las manijas de las puertas con la sustancia que infectaría a quien se atreviera a tocarlas. La presencia de los untores (dice bien Báez Rodríguez) son quizá meras conjeturas que desmovilizan a las sociedades. Lo cierto es que, siguiendo al historiador Duby, el año mil, los hombres de Europa vieron “Los prodigios del milenio”. Hacia el 1014, un enorme cometa se vio claramente y durante meses en el cielo durante el reinado de Roberto. Era un cometa de intenso brillo que se ocultaba con el canto del gallo. Fue una señal milagrosa que tenía la forma de una espada.
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Luego, el 29 de junio de 1033, hubo un eclipse de sol “muy tenebroso” que duró desde la sexta hora del día hasta la octava: “El sol tornó el color del zafiro y llevaba en la parte superior la imagen de la luna en su primer cuarto”.
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Duby habla también de un combate de estrellas que observó Ademar de Chabannes en 1023, cuando “las estrellas combatieron entre sí como lo hacían en ese mismo momento las potencias de la tierra”.
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Y siempre que pasaba el gran acontecimiento sobrevenía una desgracia. A la aparición del cometa siguió el incendio de muchas ciudades, castillos y monasterios italianos; luego de la lluvia de estrellas el Emperador Enrique murió sin dejar hijos, y cuando hubo pasado el eclipse “la sangre cubrió la sangre” porque se oía hablar de “fechorías desconocidas entre los pueblos”.
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El año mil también vio los desórdenes biológicos, mismos que Georges Duby divide en Monstruos, Epidemias y Hambres. La complexión del hombre –reflexiona—también está sometida al desorden y aparecen los monstruos, el hambre y las epidemias que a su vez anuncias discordias.
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Ahora que se ha incrementado el miedo en el mundo por lo que todos conocemos y un untor moderno podría ser el jugador de las Chivas Héctor Reynoso, quien escupió al chileno Sebastián Penco, rival del Everton de Viña del Mar, durante un partido contra el Guadalajara en la Copa Libertadores, lo que lo hará quedar fuera hasta que termine el torneo. Un untor chiva de corazón. Que no haya otros como él.
miércoles, mayo 06, 2009
"El gran Mankell"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-06/05/09)
Henning Mankell (1948) nacido en Estocolmo, Suecia es un escritor por demás consagrado en el ámbito literario actual y recién lo conocí en días pasados al enfrentarme a su más reciente novela: “El Chino” publicada por Tusquets a finales del año pasado.Mankell es conocido por desenvolverse de manera magistral en el género de la novela negra donde el protagonista estrella es un detective llamado Kurt Wallander.
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“El Chino” es un thriller sorprendente que atrapa al lector desde sus primeras líneas con la narración de un asesinato cruento y múltiple en un pueblo frio y desolado de Suecia: Hesjövallen. Un hecho sin precedentes que empieza a llamar la atención de la prensa local y nacional, a pesar de que la información empieza a ser manejada con absoluto hermetismo. La sospecha y móvil principal que manejará la policía se basa en que dicho asesinato tuvo que ser perpetuado por un demente, pero Birgitta Roslin, una jueza de avanzada edad, empieza a seguir el caso a través de la prensa y a interesarse por tal suceso, pues se percata que entre las víctimas se encuentra la familia adoptiva de su madre. Este interés la lleva a buscar un acercamiento con las investigaciones y es a través de un amigo personal que es presentada con Vivi Sundberg, una de las principales encargadas de la investigación de tan brutal asesinato. Gracias al acercamiento con Vivi Sundberg podrá tener acceso a la casa donde vivió la familia adoptiva de su madre y obtener un diario de alguno de los parientes donde narra sus experiencias al frente de la construcción de un ferrocarril. Al mismo tiempo la jueza Birgitta irá sacando sus teorías y conclusiones, basadas en la única pista: una cinta de seda roja. A la par que se va narrando esa trama se presenta la historia de los hermanos Wu, San y Guo Si, que quienes irán viviendo un sinfín de peripecias que los conducirán al sufrimiento y la muerte, no sin antes dejar testimonio a través de un diario que cobra mayor intensidad cuando narra el sufrimiento que en 1860 miles de chinos padecieron al construir un ferrocarril en la costa oeste de los Estados Unidos. Pero la búsqueda de Birgitta, que no sólo tiene tintes policiacos, sino también políticos la llevarán a interrumpir tal, cuando siente que su vida está en peligro.
“El Chino” es un thriller sorprendente que atrapa al lector desde sus primeras líneas con la narración de un asesinato cruento y múltiple en un pueblo frio y desolado de Suecia: Hesjövallen. Un hecho sin precedentes que empieza a llamar la atención de la prensa local y nacional, a pesar de que la información empieza a ser manejada con absoluto hermetismo. La sospecha y móvil principal que manejará la policía se basa en que dicho asesinato tuvo que ser perpetuado por un demente, pero Birgitta Roslin, una jueza de avanzada edad, empieza a seguir el caso a través de la prensa y a interesarse por tal suceso, pues se percata que entre las víctimas se encuentra la familia adoptiva de su madre. Este interés la lleva a buscar un acercamiento con las investigaciones y es a través de un amigo personal que es presentada con Vivi Sundberg, una de las principales encargadas de la investigación de tan brutal asesinato. Gracias al acercamiento con Vivi Sundberg podrá tener acceso a la casa donde vivió la familia adoptiva de su madre y obtener un diario de alguno de los parientes donde narra sus experiencias al frente de la construcción de un ferrocarril. Al mismo tiempo la jueza Birgitta irá sacando sus teorías y conclusiones, basadas en la única pista: una cinta de seda roja. A la par que se va narrando esa trama se presenta la historia de los hermanos Wu, San y Guo Si, que quienes irán viviendo un sinfín de peripecias que los conducirán al sufrimiento y la muerte, no sin antes dejar testimonio a través de un diario que cobra mayor intensidad cuando narra el sufrimiento que en 1860 miles de chinos padecieron al construir un ferrocarril en la costa oeste de los Estados Unidos. Pero la búsqueda de Birgitta, que no sólo tiene tintes policiacos, sino también políticos la llevarán a interrumpir tal, cuando siente que su vida está en peligro.
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Este tipo de novelas es de las que deben agradecerse en épocas como esta donde la imagen está por encima de todo. Mankell logra que uno se lleve al sueño esta novela, un sinfín de veces soñé con las escenas. Son cuatrocientas setenta y un páginas que se leen de forma amena. Una novela que además es una visión crítica a la eficacia policiaca para resolver casos delicados, a esa izquierda europea que es se quedó en un idealismo romántico, a esa China evolucionada, pero que no respeta los derechos primordiales del humano.
Este tipo de novelas es de las que deben agradecerse en épocas como esta donde la imagen está por encima de todo. Mankell logra que uno se lleve al sueño esta novela, un sinfín de veces soñé con las escenas. Son cuatrocientas setenta y un páginas que se leen de forma amena. Una novela que además es una visión crítica a la eficacia policiaca para resolver casos delicados, a esa izquierda europea que es se quedó en un idealismo romántico, a esa China evolucionada, pero que no respeta los derechos primordiales del humano.
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Descubrir a Mankell ha sido algo maravilloso, quien se anime, se llevará una grata sorpresa.
Descubrir a Mankell ha sido algo maravilloso, quien se anime, se llevará una grata sorpresa.
Ernesto Guevara, dijo alguna vez que para matar una idea no basta con matar a un hombre, se necesita más. Probablemente nunca lo entenderemos. Aún existen muchos Imperios, Emporios, Caciques, Idealistas, Religiosos, Políticos, Brujos, Fanáticos, Estudiantes, Alumnos, Masones, Yunquistas, Opus deis, Iluminatis, Templarios, Deportistas, Modelos, Ejemplos a seguir, Ejemplos a no seguir, Ídolos, Dioses, etc.
¿Y los humanos?
martes, mayo 05, 2009
Radiografías violentas

Diario Milenio-México (05/05/09)
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Como si se trataran de violentas radiografías, los desastres naturales tienden a poner de manifiesto males que la vida cotidiana vuelve —con sus prisas y sinsabores, con sus encuentros y rutinas— transparentes. Se requiere una cierta cantidad de olvido y una que otra estrategia de distracción, después de todo, para soportar una realidad no sólo imperfecta —ese sería, de hecho, el menor de los males— sino esencialmente injusta y mezquina, en resumen: insoportable. Así, aunque todos vivamos al tanto de los juegos sucios que componen no pocos de nuestros rituales, y aunque participemos ya pasiva o activamente en muchos de ellos, es más común hacerse el desentendido que poner una atención ya estética o ética no sólo a lo que nos rodea, sino también a las bases mismas de eso que nos rodea y, por rodearnos, nos funda. Pocos eventos, pues, nos obligan a desarrollar una conciencia del entorno de manera más rápida y puntual como los fenómenos que, fuera de nuestro control, nos avasallan, provocando muertes masivas. El temblor de 1985, por ejemplo, dejó al descubierto la serie de corruptelas públicas que debilitaron las trabes de los edificios que terminaron destrozando los cuerpos y las vidas de miles de víctimas. El huracán Katrina obligó a muchos norteamericanos a constatar la vergonzante falta de cuidado y protección que el gobierno de Estados Unidos brinda a los más frágiles de sus ciudadanos. Por eso no es de extrañar que la epidemia de influenza que ha azotado a la ciudad de México durante las últimas semanas de abril haya también levantado el velo de normalidad que ha encubierto, entre otra cosas, los defectos congénitos del sistema de salud pública en México, dejándonos ver lo que ya sabíamos: hospitales mal equipados, escasez de medicamentos, pobre infraestructura. Pero en la radiografía apareció también algo con lo que se contaba ya al menos desde 1985: una sociedad civil que, amasando una masiva voluntad de millones ha podido cuidar de sí y de una también masiva ciudad de México.
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La epidemia también ha puesto frente a nuestros ojos lo que ha estado frente a nuestros ojos por tanto tiempo: la intromisión constante de transnacionales que, aprovechando el costo de la mano de obra local y los acuerdos que logran establecer con autoridades locales, muestran poca preocupación por el medio ambiente y las condiciones sanitarias de las comunidades circundantes. La teoría de la dependencia y sus acólitos pueden haber perdido la popularidad de la que gozaron hacia el segundo tercio del siglo XX frente al embate de las nuevas historias sociales que, al pensar en la agencia de los elementos internos de un sistema, cuestionaron el peso real de las estructuras externas sobre las economías y sociedades latinoamericanas, pero la presencia de transnacionales con poco sentido de responsabilidad comunitaria es tan real ahora como entonces
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La facilidad con la que sale a flote el lenguaje coercitivo de la orden y la restricción es tal vez uno de los daños colaterales más obvios del paso de la epidemia. Sin necesidad del diminutivo ni las verdades a medias, con el justificado afán de contener el contagio y disminuir, así, el número de muertos, el lenguaje más uniforme de la imposición brota a la menor provocación. Lávese las manos. No salude. Cúbrase la boca al estornudar o al toser. No se aproxime. Vivimos justo entre las páginas de un manual gigantesco que está siendo leído en voz alta —y con ayuda de un micrófono— por aquellos que viven encerrados dentro de las oficinas del poder.
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Pocas cosas como el A/H1N1 dejan ver de manera más clara la suspicacia y la tensión que genera la presencia de los mexicanos en Estados Unidos. Acostumbrados como están a darle la espalda a la vecindad que tienen con México tanto desde sus orillas como desde dentro, los Estados Unidos ahora tienen que ver lo que ya saben que verán: la creciente presencia de trabajadores mexicanos sobre cuyos hombros descansa su sistema de vida. Como es bien sabido, el primero de mayo no es festejado en Estados Unidos excepto por trabajadores mexicanos que, exportando tradiciones de lucha, marchan por ciertas avenidas. Que frente a esos contingentes algunos hayan abogado por denominar al A/H1N1 como la influenza mexicana, mientras que otros hicieron un llamado incluso para cerrar las fronteras, no es más que la manifestación más virulenta de la falta de diálogo y la falta de conocimiento que producen ansiedad y miedo, especialmente en zonas donde, de acuerdo con el censo oficial, el número de mexicanos es cada vez mayor y el uso de una de sus lenguas —el español— no sólo es cada vez más obvio sino también más inevitable.
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Las teorías de la conspiración que se han expandido casi con tanta o más virulencia que el A/H1N1 han dejado en claro también aquella vieja verdad que dice que los ciudadanos mexicanos no sólo no confían en sus políticos sino que gozan de una envidiable capacidad narrativa y argumentativa. Éstas últimas, por cierto, no deberían pasarles desapercibidas a aquellos a cargo de promover prácticas de escritura tanto en la ciudad capital como en el país entero.
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Si pongo atención a los que dicen los amigos, y los amigos de los amigos, el paso del A/H1N1 también ha dejado al descubierto una extraña belleza en los espacios públicos de la Ciudad de México. Vacías acaso por primera vez, las calles y plazas que aparecen en las fotografías de la capital sugieren paisajes después de la batalla —esa melancolía, esa desesperanza, ese abatimiento—. Todo parece indicar que, de manera paradójica, algunos de los que están frente a esas calles, viendo pasar el aire y el silencio a través de las ventanas, han tenido la oportunidad de componer una forma inmediata de recogimiento. Algo, finalmente, de serenidad.
lunes, mayo 04, 2009
Lunes gris
Diario Milenio-Puebla (30/04/09)---
El lunes pasado, los habitantes de Puebla amanecieron reflexivos y tristes. Se veía a la gente un tanto temerosa por las calles. El día anterior, el domingo, se dijo que el estado entraría en estado de contingencia debido para evitar el contagio de la así conocida fiebre (o influenza) porcina: un virus nuevo que ataca al humano y que parece de muy fácil propagación.
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La historia es harto conocida, basta sintonizar el radio o ver la televisión para estar informados. No sé hasta qué punto llegue a ser creíble lo que los medios electrónicos han manejado. Las cifras son alarmantes.
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La ciudad lucía gris. A mediodía, las autoridades decretaron la suspensión de las clases en todos los niveles educativos. Luego, un poco después, se sintió un temblor que hizo crecer el miedo. Y en la tarde llovió. Desde muy temprana hora se agotaron los cubrebocas y todo tipo de gel antibacteriano. Hasta el momento no los hay. En el Centro Histórico los restaurantes y comercios lucían vacíos; y en los bancos, a la gente que se le ocurría estornudar delante de la fila se le veía con malos ojos.
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Se suspendieron las actividades educativas y culturales (como el programa Barroquísimo), pero las personas abarrotan los autobuses. Muchas van protegidas y llevan a la práctica las recomendaciones de la SSA: no saludar de mano ni de beso y lavarse las manos todas las veces que sea posible. Si te quiero, te lo demuestro alejándome.
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Algunos tenemos miedo, otros andan como si no pasara nada. De acuerdo a lo declarado por el doctor Roberto Calva, director de la Atención a la Salud de la Secretaría de Salubridad, en Puebla no se ha registrado un solo caso de influenza porcina.
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Lunes gris. Las calles se van vaciando poco a poco. El ruido que producen los autos se percibe en la lejanía, tímido. Los turistas van al zócalo con sus protectores nasales. Se anunció ese mismo lunes que los desfiles del trabajo y del 5 de Mayo serían definitivamente suspendidos. He seguido de cerca lo que ocurre en Puebla. Las entrevistas a los secretarios de Salud de todos los estados no paran: aparece más y más información, se actualiza.
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Estamos en la antesala del pánico. Se refleja el miedo en los rostros. Y de repente llueve sobre el centro.
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El terror de un lunes gris en Puebla.
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La historia es harto conocida, basta sintonizar el radio o ver la televisión para estar informados. No sé hasta qué punto llegue a ser creíble lo que los medios electrónicos han manejado. Las cifras son alarmantes.
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La ciudad lucía gris. A mediodía, las autoridades decretaron la suspensión de las clases en todos los niveles educativos. Luego, un poco después, se sintió un temblor que hizo crecer el miedo. Y en la tarde llovió. Desde muy temprana hora se agotaron los cubrebocas y todo tipo de gel antibacteriano. Hasta el momento no los hay. En el Centro Histórico los restaurantes y comercios lucían vacíos; y en los bancos, a la gente que se le ocurría estornudar delante de la fila se le veía con malos ojos.
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Se suspendieron las actividades educativas y culturales (como el programa Barroquísimo), pero las personas abarrotan los autobuses. Muchas van protegidas y llevan a la práctica las recomendaciones de la SSA: no saludar de mano ni de beso y lavarse las manos todas las veces que sea posible. Si te quiero, te lo demuestro alejándome.
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Algunos tenemos miedo, otros andan como si no pasara nada. De acuerdo a lo declarado por el doctor Roberto Calva, director de la Atención a la Salud de la Secretaría de Salubridad, en Puebla no se ha registrado un solo caso de influenza porcina.
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Lunes gris. Las calles se van vaciando poco a poco. El ruido que producen los autos se percibe en la lejanía, tímido. Los turistas van al zócalo con sus protectores nasales. Se anunció ese mismo lunes que los desfiles del trabajo y del 5 de Mayo serían definitivamente suspendidos. He seguido de cerca lo que ocurre en Puebla. Las entrevistas a los secretarios de Salud de todos los estados no paran: aparece más y más información, se actualiza.
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Estamos en la antesala del pánico. Se refleja el miedo en los rostros. Y de repente llueve sobre el centro.
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El terror de un lunes gris en Puebla.
Más allá del juego sucio
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Otros tiros a gol
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Hay prestigios nacidos para tornarse estigmas. Escupir, por ejemplo. Durante los primeros años adolescentes, quienes éramos buenos en las esquivas artes del gargajo certero y substancioso la pasábamos bomba escupiendo de bicicleta a bicicleta, y hasta no pocas veces callando al enemigo con un gallo acertado a medio paladar. Gestas muy celebradas por nuestros menores, que a los diez años no podían rivalizar con la flema, el alcance y la puntería de un labregón de quince. Todo lo cual podía transformarse en vergüenza fatal si acaso una vecina de buen ver se aparecía y lo escuchaba a uno jalar el pollo desde medio esófago, práctica repugnante que en teoría debía causar náuseas a cuanta dama se preciara de serlo, amén de señalar al agresor como un pelafustán o como un niño. Esto último, lo que más se teme cuando ya se ha dejado atrás la infancia y es urgente pintar la raya divisoria. El día menos pensado, no vuelve uno a escupir, ni por supuesto a ser escupido.
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Existen incontables inmundicias que a un niño le divierten, pero a muy pocos bembos causa gracia que un adulto las ponga en escena. Ningún alumno pasará por alto que el profesor se escarbe la nariz o el ombligo cuando es objeto de la atención general. Solamente los niños se lucen eructando y gargajeando en tales circunstancias, donde hasta los peditos saben ser bienvenidos. Los niños y los punks, en todo caso. Curiosamente, apenas nos extraña si ciertos deportistas — que ya sólo por eso suelen ser objeto de toda suerte de loas edificantes— son exhibidos en el acto de entregargajearse. Hay decenas de casos documentados de futbolistas escupidores, y éstos son una muestra insignificante, iniciada a partir de que las cámaras invadieron de zoom la intimidad del juego, sugiriendo que tal vez lo importante no sea ya competir, ni ganar, sino humillar. Darle al otro hasta con la bacinica, como solía decirse. O en su defecto con la escupidera.
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Hablando de rufianes
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Existen incontables inmundicias que a un niño le divierten, pero a muy pocos bembos causa gracia que un adulto las ponga en escena. Ningún alumno pasará por alto que el profesor se escarbe la nariz o el ombligo cuando es objeto de la atención general. Solamente los niños se lucen eructando y gargajeando en tales circunstancias, donde hasta los peditos saben ser bienvenidos. Los niños y los punks, en todo caso. Curiosamente, apenas nos extraña si ciertos deportistas — que ya sólo por eso suelen ser objeto de toda suerte de loas edificantes— son exhibidos en el acto de entregargajearse. Hay decenas de casos documentados de futbolistas escupidores, y éstos son una muestra insignificante, iniciada a partir de que las cámaras invadieron de zoom la intimidad del juego, sugiriendo que tal vez lo importante no sea ya competir, ni ganar, sino humillar. Darle al otro hasta con la bacinica, como solía decirse. O en su defecto con la escupidera.
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Hablando de rufianes
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No había ocurrido aún el incidente del hoy famoso futbolista mexicano que en una sola noche se reveló capaz de disparar viscosos proyectiles por buzón y napias, cuando ya lamentaba uno ante la cámara lenta, víctima de una risa nacida del azoro, las escenas donde el tenista sueco Robin Soderling se oprime con el índice una fosa nasal para lanzar el moco por la otra. Dos ocasiones, una de cada lado, con sendos resultados voladores. Ya no a lo lejos, en ese territorio futbolero donde el operador de la cámara necesita la suerte de un buen ángulo, sino en extreme close-up. Tampoco hay veintidós competidores entre los cuáles elegir al de pronto estelar. Ya sea que se disponga a sacar o recibir, al menos una cámara lo toma de frente. La probabilidad de que su gesto en curso resulte transmitido, cuando menos en parte, va más allá del cincuenta por ciento. Añadamos a ello que Soderling jugaba contra Rafa Nadal, razón más que bastante para elevar el rating a niveles inalcanzables para un moco. Al menos en el ámbito del tenis, incompatible con el juego sucio.
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Se sabe que las porras futboleras conocen de muy cerca la pamba gallega, desde los tiempos de la míticabotella con agua de riñón, pero en otros deportes tales extremos son aún por fortuna inconcebibles. Se ha dado el raro caso, pero la mayoría jamás hemos visto a dos tenistas darse con la raqueta frente a su público. El radical la toma en todo caso contra los jueces, aunque no les escupe y ni siquiera llega a insultarlos. No faltaría más. En un juego estratégico donde los puntos se construyen a puro golpe de ráfaga mental, la violencia mayor consiste en distraer al oponente mediante interrupciones chapuceras que el público castiga con abucheos. Pues se comparte al fondo un sentido de justicia que las reglas del juego permiten y estimulan. Nadie quisiera ver a su favorito ganar con malas artes y peores maneras. Que es justamente lo que intentó Soderling hace casi dos años, en la cancha central de Wimbledon, también frente a Nadal. Se preparaba éste para servir el quinto juego del partido cuando unas cuantas risas le hicieron ver al frente y descubrir que aquél remedaba sus movimientos con el talante de un niño envidioso. Nada importante en otras disciplinas, barbarie inusitada en términos tenísticos.
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“Es un tipo muy raro”, declararía Nadal respecto a Robin Soderling después de eliminarlo de Wimbledon 2007, “lo he saludado varias veces y nunca me contesta”. Sería un patán, más bien. Uno con mala leche, valga la redundancia. Ya a medio 2009 —hace unos pocos días, sobre la arcilla del Abierto de Roma— Soderling ha salido a la cancha y de antemano sabe que Nadal va a ponerlo en ridículo a raquetazo limpio. Antes que eso suceda, el rufián descerraja los dos mocos de marras ante la cámara. Cuadro por cuadro se les ve caer, como los moscos del comercial. Al final del partido, el fiero escandinaco sufre un demoledor 6-1, 6-0. A ver si eso también lo puede remedar.
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La etiqueta del fuego
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Se sabe que las porras futboleras conocen de muy cerca la pamba gallega, desde los tiempos de la míticabotella con agua de riñón, pero en otros deportes tales extremos son aún por fortuna inconcebibles. Se ha dado el raro caso, pero la mayoría jamás hemos visto a dos tenistas darse con la raqueta frente a su público. El radical la toma en todo caso contra los jueces, aunque no les escupe y ni siquiera llega a insultarlos. No faltaría más. En un juego estratégico donde los puntos se construyen a puro golpe de ráfaga mental, la violencia mayor consiste en distraer al oponente mediante interrupciones chapuceras que el público castiga con abucheos. Pues se comparte al fondo un sentido de justicia que las reglas del juego permiten y estimulan. Nadie quisiera ver a su favorito ganar con malas artes y peores maneras. Que es justamente lo que intentó Soderling hace casi dos años, en la cancha central de Wimbledon, también frente a Nadal. Se preparaba éste para servir el quinto juego del partido cuando unas cuantas risas le hicieron ver al frente y descubrir que aquél remedaba sus movimientos con el talante de un niño envidioso. Nada importante en otras disciplinas, barbarie inusitada en términos tenísticos.
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“Es un tipo muy raro”, declararía Nadal respecto a Robin Soderling después de eliminarlo de Wimbledon 2007, “lo he saludado varias veces y nunca me contesta”. Sería un patán, más bien. Uno con mala leche, valga la redundancia. Ya a medio 2009 —hace unos pocos días, sobre la arcilla del Abierto de Roma— Soderling ha salido a la cancha y de antemano sabe que Nadal va a ponerlo en ridículo a raquetazo limpio. Antes que eso suceda, el rufián descerraja los dos mocos de marras ante la cámara. Cuadro por cuadro se les ve caer, como los moscos del comercial. Al final del partido, el fiero escandinaco sufre un demoledor 6-1, 6-0. A ver si eso también lo puede remedar.
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La etiqueta del fuego
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A uno le gusta el tenis también por cuanto tiene de similar al duelo. Los contendientes usan armas redondas para despedazarse, sin faltarse jamás al respeto y a menudo excediendo la cortesía. Ya en la final de Roma, un juez señala falta en el servicio de Novak Djokovic, ante lo cual Nadal da unos pasos al frente, mira la marca y lo contradice, de manera que el árbitro da por bueno el servicio y el punto se repite, tal como corresponde. Luego, ya con Rafa Nadal atenazando el trofeo, Djokovic se resiste pero al fin accede a la petición de escenificar ahí mismo una de sus celebradísimas imitaciones off-court del campeón español, luego de que este acepta atestiguarla. Un detalle en extremo divertido cuando el juego no está ya de por medio y a la vida se le celebra sin complejos.
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En rigor, un duelista que juega sucio es un matón. Y uno que se distrae en sacarse los mocos sin pudor será probablemente un duelista muerto. Yo no sé si el deporte sea tan edificante como dicen, orondos, sus funcionarios, pero algunos seguimos admirando a aquellos que respetan las reglas de los duelos de pelota, quizás por ese niño que tiene una idea estricta de la justicia y aún se cree que son cosa de vida o muerte.
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En rigor, un duelista que juega sucio es un matón. Y uno que se distrae en sacarse los mocos sin pudor será probablemente un duelista muerto. Yo no sé si el deporte sea tan edificante como dicen, orondos, sus funcionarios, pero algunos seguimos admirando a aquellos que respetan las reglas de los duelos de pelota, quizás por ese niño que tiene una idea estricta de la justicia y aún se cree que son cosa de vida o muerte.
Despedidas
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Humbert Humbert maneja entre lágrimas por un camino polvoriento en medio de la nada. La silueta que se recorta en la puerta de la casa es la de Lolita, la que agita la mano en señal de adiós definitivo, la que no quiso vivir con él y morir con él y todo con él, la que un día fue la luz de su vida y el fuego de sus entrañas, la que un día lo atrajo nomás por su taxonomía —era una nínfula o, como sentenciara José Luis Guarner, una nínfula con ínfulas— pero que, hoy que la ha perdido, se le revela objeto de un amor verdadero, de uno que no tiene reparo en ofrendársele aun si envejecida, aun si astrosa, aun si embarazada de otro, aun si incapaz de corresponder ese amor.
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Despedida romántica (versión desesperanzada).
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La película es malísima pero contiene una de mis secuencias favoritas en toda la historia del cine. Sean Penn es un estafador de poca monta. Madonna es una misionera no demasiado adepta a la postura del misionero (a fin de cuentas es Madonna) pero sí a curar el dolor de los heridos de guerra (a fin de cuentas sale de misionera). El capricho del destino los ha llevado a cruzar sus senderos: han corrido un cúmulo de aventuras (más bien idiotas e irritantes, por cierto) en el Shangai de los años 30, en un afán compartido por hallar un cargamento de opio tan ilegal como indispensable a ambos. En el camino, parecen haberse enamorado pero no se lo han dicho. Su misión ha fracasado y tal escollo los ha llevado a carecer ahora de un pretexto para seguir juntos. Una última cena y adiós. Sean camina con Madonna por las calles desiertas de un Shangai caótico, la encamina a un taxi negro y lustroso. Sólo aquí comienza la escena. Mientras suena una melodía desolada, compuesta por George Harrison y rasgada en esa guitarra que llora gentilmente, ella —rubia y hermosísima y aterida— aborda el taxi. Él le dice unas palabras finales, pretendidamente hilarantes pero en realidad amargas. Comienza a alejarse pero se arrepiente. Precipita medio cuerpo por la ventanilla del auto pero sólo atina a golpearse el cráneo. Ella se conmueve, le hace una caricia en la cabeza, ambos ahogan una risita y, finalmente, se besan. No bien sus labios se rozan, el taxi arranca. Ella lo sigue con la mirada mientras él recorre el callejón solo, perdido su paraíso apenas entrevisto.
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Despedida romántica (versión chabacana pero entrañable).
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Como Dorothy Parker dijo una vez a su novio, que te vaya bien. Como Colón anunció cuando se supo botado, fue divino, Isabel, divino. Como Abelardo dijo a Eloísa, no te olvides de escribirme de vez en cuando. Como Julieta exclamó al oído de su Romeo, querido, ¿por qué no encarar las cosas de una buena vez? Fue sólo una de esas cosas, escribió Cole Porter, ese coleporteur (es decir contrabandista) de las emociones. Una de esas cosas locas, una de esas campanas que tañen de vez en vez, sólo una de esas cosas. Y sigue implacable: adiós, querida y amén; ojalá nos veamos de cuando en cuando. Fue una gozada, pero sólo fue una de esas cosas.
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Despedida cínica.
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Juan García Esquivel fue un genio. Un músico innovador y experimental. De lo que nadie podrá acusar a Esquivel, eso sí, es de sinceridad: su música de departamento de soltero de la era espacial es pura pirotecnia, despliegue virtuoso y ensoberbecido de humor socarrón y de elegante espectacularidad. Hay, sin embargo, una excepción a esa regla: una grabación (y una sola) en la que el maestro tamaulipeco cede a la ternura y a la tristeza para entregar a la posteridad tres minutos y catorce segundos conmovedores. La canción es unstandard del cancionero popular mexicano: “Adiós, Mariquita linda”. Comienza con una guitarra que resuena dulce, a la que pronto se suma un piano insistente y neurótico —el del propio Esquivel— y después maracas acompasadas y plañideras. Conforme avanza, sigue añadiendo elementos: una guitarra de surf melancólica, metales funestos, un silbido solitario, una marimba paroxística, un coro espectral. Aunque la versión es instrumental, creemos escuchar el lamento de ese enamorado que se aleja de su Mariquita linda, que se va porque ya no lo quiere como él la quiere a ella.
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Despedida tristísima.
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Con esta entrega, termino la etapa de mi vida en que fui colaborador semanal de MILENIO Diario. Agradezco a Carlos Marín. Agradezco a Ariel González. Agradezco a Javier García-Galiano. Agradezco al generoso lector. Y digo adiós con una disculpa por no encontrar el adjetivo preciso para calificar esta despedida.
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Despedida romántica (versión desesperanzada).
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La película es malísima pero contiene una de mis secuencias favoritas en toda la historia del cine. Sean Penn es un estafador de poca monta. Madonna es una misionera no demasiado adepta a la postura del misionero (a fin de cuentas es Madonna) pero sí a curar el dolor de los heridos de guerra (a fin de cuentas sale de misionera). El capricho del destino los ha llevado a cruzar sus senderos: han corrido un cúmulo de aventuras (más bien idiotas e irritantes, por cierto) en el Shangai de los años 30, en un afán compartido por hallar un cargamento de opio tan ilegal como indispensable a ambos. En el camino, parecen haberse enamorado pero no se lo han dicho. Su misión ha fracasado y tal escollo los ha llevado a carecer ahora de un pretexto para seguir juntos. Una última cena y adiós. Sean camina con Madonna por las calles desiertas de un Shangai caótico, la encamina a un taxi negro y lustroso. Sólo aquí comienza la escena. Mientras suena una melodía desolada, compuesta por George Harrison y rasgada en esa guitarra que llora gentilmente, ella —rubia y hermosísima y aterida— aborda el taxi. Él le dice unas palabras finales, pretendidamente hilarantes pero en realidad amargas. Comienza a alejarse pero se arrepiente. Precipita medio cuerpo por la ventanilla del auto pero sólo atina a golpearse el cráneo. Ella se conmueve, le hace una caricia en la cabeza, ambos ahogan una risita y, finalmente, se besan. No bien sus labios se rozan, el taxi arranca. Ella lo sigue con la mirada mientras él recorre el callejón solo, perdido su paraíso apenas entrevisto.
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Despedida romántica (versión chabacana pero entrañable).
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Como Dorothy Parker dijo una vez a su novio, que te vaya bien. Como Colón anunció cuando se supo botado, fue divino, Isabel, divino. Como Abelardo dijo a Eloísa, no te olvides de escribirme de vez en cuando. Como Julieta exclamó al oído de su Romeo, querido, ¿por qué no encarar las cosas de una buena vez? Fue sólo una de esas cosas, escribió Cole Porter, ese coleporteur (es decir contrabandista) de las emociones. Una de esas cosas locas, una de esas campanas que tañen de vez en vez, sólo una de esas cosas. Y sigue implacable: adiós, querida y amén; ojalá nos veamos de cuando en cuando. Fue una gozada, pero sólo fue una de esas cosas.
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Despedida cínica.
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Juan García Esquivel fue un genio. Un músico innovador y experimental. De lo que nadie podrá acusar a Esquivel, eso sí, es de sinceridad: su música de departamento de soltero de la era espacial es pura pirotecnia, despliegue virtuoso y ensoberbecido de humor socarrón y de elegante espectacularidad. Hay, sin embargo, una excepción a esa regla: una grabación (y una sola) en la que el maestro tamaulipeco cede a la ternura y a la tristeza para entregar a la posteridad tres minutos y catorce segundos conmovedores. La canción es unstandard del cancionero popular mexicano: “Adiós, Mariquita linda”. Comienza con una guitarra que resuena dulce, a la que pronto se suma un piano insistente y neurótico —el del propio Esquivel— y después maracas acompasadas y plañideras. Conforme avanza, sigue añadiendo elementos: una guitarra de surf melancólica, metales funestos, un silbido solitario, una marimba paroxística, un coro espectral. Aunque la versión es instrumental, creemos escuchar el lamento de ese enamorado que se aleja de su Mariquita linda, que se va porque ya no lo quiere como él la quiere a ella.
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Despedida tristísima.
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Con esta entrega, termino la etapa de mi vida en que fui colaborador semanal de MILENIO Diario. Agradezco a Carlos Marín. Agradezco a Ariel González. Agradezco a Javier García-Galiano. Agradezco al generoso lector. Y digo adiós con una disculpa por no encontrar el adjetivo preciso para calificar esta despedida.
viernes, mayo 01, 2009
El alma de América Latina-Jorge Volpi (El País/Babelia 02/05/09)
"Nadie sale indemne de su lectura", afirma Jorge Volpi sobre Las venas abiertas de América Latina, el libro de Eduardo Galeano que Hugo Chávez regaló a Barack Obama. El escritor mexicano reflexiona sobre su vigencia e imagina que el presidente de EE UU corresponda con el obsequio de Forgotten Continent, de Michael Reid.
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El gesto no es banal. Acostumbrado a protagonizar escándalos en todas sus citas internacionales, esta vez Hugo Chávez sorprende a sus detractores. En lugar de burlarse del mandatario de una república vecina, intercambiar denuestos con el rey de España o reventar los acuerdos, en la V Cumbre de las Américas se comporta con moderación, casi con mesura. A diferencia de Fidel Castro, su ídolo y maestro, quien fulmina la euforia despertada por Barack Obama entre sus colegas latinoamericanos, el presidente de Venezuela no logra sustraerse a su encanto. Poco antes, congregado con su pandilla del ALBA en Cumaná, amenazó con encararlo, pero cuando al fin lo tiene a su lado, escucha sus tersas palabras y constata el tono de su piel, decide un cambio de estrategia. Obama no es Bush e insultarlo sólo le restaría simpatías: lo único que le importa a un caudillo democrático. En un gesto de caballerosidad -y, admitámoslo, de repentina sutileza-, Chávez prefiere confrontarlo de manera civilizada. No un insulto, sino un libro. Y no cualquiera: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Una bomba literaria que muy probablemente Obama no ha leído, pero que -seamos justos- en efecto tendría que leer.
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Podrán decirse muchas cosa sobre esta obra de culto de la izquierda latinoamericana, que es maniquea o extremista, que distorsiona o exagera, pero nadie sale indemne de su lectura: ante este abigarrado relato de las vejaciones -en su mayor parte ciertas- que América Latina ha sufrido a manos de Estados Unidos, uno no puede sino terminar escandalizado. Publicada en 1971, y elevada al inmediato rango de best seller en lengua española -setenta ediciones hasta 2007-, no esconde su interpretación marxista ni sus ataques al capitalismo y al imperialismo. Si en 1969 el Zavalita de Vargas Llosa se preguntaba en Conversación en La Catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?", Galeano se demoró apenas dos años en dar su respuesta para América Latina. Su horizonte teórico, la llamada "teoría de la dependencia", hacía recaer todos los males de la región en los otros: los explotadores europeos y luego estadounidenses que no han dejado de enriquecerse a sus expensas. La tesis de Galeano, defendida con pasión y singular destreza narrativa, quizás no baste para explicar nuestro subdesarrollo, pero los hechos que enumera tampoco pueden desdeñarse aduciendo su ceguera ideológica. Como pocos panfletistas de nuestro tiempo, Galeano supo poner el dedo en la llaga y, a 35 años de distancia -y a 20 de la caída del muro-, conserva intacta su capacidad de indignar.
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Imaginemos la escena: acomodado en su asiento del Air Force One rumbo a Washington, Obama toma el libro que le obsequió Chávez y, más por aburrimiento que por curiosidad, lo hojea al desgaire, lee un par de párrafos y, como le ha ocurrido a miles, queda atrapado por la un tanto engañosa pero siempre inquietante narración de Galeano. Alguien tan sensible a las humillaciones sufridas por los afroamericanos podría descubrir en sus páginas más de una coincidencia con su educación radical, y sin duda le ayudaría a comprender mejor a quienes desconfían de Estados Unidos, incluso de esa parte de Estados Unidos que, escapando a los prejuicios, le permitió convertirse en presidente.
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Las venas abiertas de América Latina no es un manual de historia sino un vigoroso panfleto, y así debe ser leído y criticado. Su pesimismo resulta indigesto -los empresarios son siempre rapaces, los gobernantes siempre corruptos, los pobres siempre víctimas-, pero en esta época en que el capitalismo sufre su propia crisis de identidad conviene no olvidar las injusticias cometidas en su nombre. Su lectura puede resultar adictiva -mérito para su autor, peligro para sus fanáticos, sobre todo si se trata de líderes populistas como Chávez- y quien pretenda tener un panorama más amplio de América Latina ha de disponer de un antídoto. Desde su aparición, cientos de libros han tratado de descalificar a Galeano, pero ninguno se ha mantenido vigente durante casi cuatro décadas (y menos escalar al puesto seis de Amazon.com).
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Alejado de las réplicas viscerales de tantos escritores latinoamericanos, en especial de esa malograda imitación de derecha, el Manual del perfecto idiota latinoamericano de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (1997), convendría oponer a Galeano el brillante ensayo del periodista británico Michael Reid, Forgotten Continent. The Battle for Latin America's Soul (2007), cuya traducción al español está por aparecer. Responsable de la sección de las Américas de The Economist, Reid tampoco oculta su perspectiva ideológica, su preocupación ante el populismo y su defensa de la tradición liberal. El título es explícito: para Reid, América Latina se ha convertido en una de las zonas más olvidadas del planeta, pues si bien los desafíos que enfrenta continúan siendo mayúsculos, no se comparan con el ascenso de China o el infierno de África. Tras revisar las distintas teorías que explican el subdesarrollo de la región -y de discrepar con Galeano con particular vehemencia-, Reid analiza el auge y la caída del consenso de Washington, critica la deriva populista de Chávez y ensalza la transformación de Chile o Brasil (y se permite ser más severo con México). Frente al pesimismo de Galeano, Reid enuncia un optimismo moderado: las democracias latinoamericanas de principios del siglo XXI acarrean un sinfín de lastres, pero la solución a sus problemas no se halla en la vía revolucionaria del pasado sino en acentuar las reformas institucionales del presente: entre estos dos extremos radica la verdadera "lucha por el alma de América Latina".
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Imaginemos un final para esta historia: de vuelta en la Casa Blanca, con unas densas ojeras al no haber podido abandonar la lectura de Las venas abiertas de América Latina, Barack Obama estampa su firma en una copia de Forgotten Continent: "For my friend Hugo Chávez". Si por una vez los dos líderes se atrevieran a conocer los argumentos del otro, y a evaluarlos serenamente, sin amenazas ni insultos, "entre iguales", sería ya un gran avance para la región.
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Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) ha publicado recientemente la novela El jardín devastado (Alfaguara, 2008. 192 páginas. 18 euros) y la recopilación de ensayos Mentiras contagiosas (Páginas de Espuma. Madrid, 2008. 256 páginas. 15 euros).
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El gesto no es banal. Acostumbrado a protagonizar escándalos en todas sus citas internacionales, esta vez Hugo Chávez sorprende a sus detractores. En lugar de burlarse del mandatario de una república vecina, intercambiar denuestos con el rey de España o reventar los acuerdos, en la V Cumbre de las Américas se comporta con moderación, casi con mesura. A diferencia de Fidel Castro, su ídolo y maestro, quien fulmina la euforia despertada por Barack Obama entre sus colegas latinoamericanos, el presidente de Venezuela no logra sustraerse a su encanto. Poco antes, congregado con su pandilla del ALBA en Cumaná, amenazó con encararlo, pero cuando al fin lo tiene a su lado, escucha sus tersas palabras y constata el tono de su piel, decide un cambio de estrategia. Obama no es Bush e insultarlo sólo le restaría simpatías: lo único que le importa a un caudillo democrático. En un gesto de caballerosidad -y, admitámoslo, de repentina sutileza-, Chávez prefiere confrontarlo de manera civilizada. No un insulto, sino un libro. Y no cualquiera: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Una bomba literaria que muy probablemente Obama no ha leído, pero que -seamos justos- en efecto tendría que leer.
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Podrán decirse muchas cosa sobre esta obra de culto de la izquierda latinoamericana, que es maniquea o extremista, que distorsiona o exagera, pero nadie sale indemne de su lectura: ante este abigarrado relato de las vejaciones -en su mayor parte ciertas- que América Latina ha sufrido a manos de Estados Unidos, uno no puede sino terminar escandalizado. Publicada en 1971, y elevada al inmediato rango de best seller en lengua española -setenta ediciones hasta 2007-, no esconde su interpretación marxista ni sus ataques al capitalismo y al imperialismo. Si en 1969 el Zavalita de Vargas Llosa se preguntaba en Conversación en La Catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?", Galeano se demoró apenas dos años en dar su respuesta para América Latina. Su horizonte teórico, la llamada "teoría de la dependencia", hacía recaer todos los males de la región en los otros: los explotadores europeos y luego estadounidenses que no han dejado de enriquecerse a sus expensas. La tesis de Galeano, defendida con pasión y singular destreza narrativa, quizás no baste para explicar nuestro subdesarrollo, pero los hechos que enumera tampoco pueden desdeñarse aduciendo su ceguera ideológica. Como pocos panfletistas de nuestro tiempo, Galeano supo poner el dedo en la llaga y, a 35 años de distancia -y a 20 de la caída del muro-, conserva intacta su capacidad de indignar.
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Imaginemos la escena: acomodado en su asiento del Air Force One rumbo a Washington, Obama toma el libro que le obsequió Chávez y, más por aburrimiento que por curiosidad, lo hojea al desgaire, lee un par de párrafos y, como le ha ocurrido a miles, queda atrapado por la un tanto engañosa pero siempre inquietante narración de Galeano. Alguien tan sensible a las humillaciones sufridas por los afroamericanos podría descubrir en sus páginas más de una coincidencia con su educación radical, y sin duda le ayudaría a comprender mejor a quienes desconfían de Estados Unidos, incluso de esa parte de Estados Unidos que, escapando a los prejuicios, le permitió convertirse en presidente.
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Las venas abiertas de América Latina no es un manual de historia sino un vigoroso panfleto, y así debe ser leído y criticado. Su pesimismo resulta indigesto -los empresarios son siempre rapaces, los gobernantes siempre corruptos, los pobres siempre víctimas-, pero en esta época en que el capitalismo sufre su propia crisis de identidad conviene no olvidar las injusticias cometidas en su nombre. Su lectura puede resultar adictiva -mérito para su autor, peligro para sus fanáticos, sobre todo si se trata de líderes populistas como Chávez- y quien pretenda tener un panorama más amplio de América Latina ha de disponer de un antídoto. Desde su aparición, cientos de libros han tratado de descalificar a Galeano, pero ninguno se ha mantenido vigente durante casi cuatro décadas (y menos escalar al puesto seis de Amazon.com).
-
Alejado de las réplicas viscerales de tantos escritores latinoamericanos, en especial de esa malograda imitación de derecha, el Manual del perfecto idiota latinoamericano de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (1997), convendría oponer a Galeano el brillante ensayo del periodista británico Michael Reid, Forgotten Continent. The Battle for Latin America's Soul (2007), cuya traducción al español está por aparecer. Responsable de la sección de las Américas de The Economist, Reid tampoco oculta su perspectiva ideológica, su preocupación ante el populismo y su defensa de la tradición liberal. El título es explícito: para Reid, América Latina se ha convertido en una de las zonas más olvidadas del planeta, pues si bien los desafíos que enfrenta continúan siendo mayúsculos, no se comparan con el ascenso de China o el infierno de África. Tras revisar las distintas teorías que explican el subdesarrollo de la región -y de discrepar con Galeano con particular vehemencia-, Reid analiza el auge y la caída del consenso de Washington, critica la deriva populista de Chávez y ensalza la transformación de Chile o Brasil (y se permite ser más severo con México). Frente al pesimismo de Galeano, Reid enuncia un optimismo moderado: las democracias latinoamericanas de principios del siglo XXI acarrean un sinfín de lastres, pero la solución a sus problemas no se halla en la vía revolucionaria del pasado sino en acentuar las reformas institucionales del presente: entre estos dos extremos radica la verdadera "lucha por el alma de América Latina".
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Imaginemos un final para esta historia: de vuelta en la Casa Blanca, con unas densas ojeras al no haber podido abandonar la lectura de Las venas abiertas de América Latina, Barack Obama estampa su firma en una copia de Forgotten Continent: "For my friend Hugo Chávez". Si por una vez los dos líderes se atrevieran a conocer los argumentos del otro, y a evaluarlos serenamente, sin amenazas ni insultos, "entre iguales", sería ya un gran avance para la región.
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Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) ha publicado recientemente la novela El jardín devastado (Alfaguara, 2008. 192 páginas. 18 euros) y la recopilación de ensayos Mentiras contagiosas (Páginas de Espuma. Madrid, 2008. 256 páginas. 15 euros).
Inger, Permutaciones-Juan Eduardo Cirlot
Inger, permutaciones : " Este poema parte del ciclo permutatorio iniciado en 1954 con las metamorfosis sobre las " golondrinas " de Bécquer. Continuó esta serie con ' El Palacio de Plata ' (1955), su reedición en 1968, ' Bronwyn, n ' (1969) - de carácter fonetista como esta obra - y ' Bronwyn, permutaciones ' (1970). La parte I de ' Inger, permutaciones ' se compone de las 120 que da el nombre Inger ( 1 x 2 x 3 x 4 x 5 ). La parte II se compone de libres combinaciones formadas con el material fónico procedente de tales permutaciones. Al margen del origen de esta técnica ( relacionada con la música dodecafónica, el Tseruf cabalístico y una zona de las matemáticas ), este poema se propone menos una función lírica que constituir una suerte de rito ante el imposible. Rito que está realizado, en verdad, en la segunda parte del poema, siendo la primera de mero carácter técnico " ( Juan Eduardo Cirlot, Prólogo de ' Inger, permutaciones ' - 1971 -. Texto extraído de la compilación poética ' Del No mundo ' ( 1961-1973 ), Libros del Tiempo ( Poesía ), Editorial Siruela, 2008 Madrid. )
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Música: ' Suite otoñal' ( 1947 ), compuesta por Juan Eduardo Cirlot. Texto recitado por Javier Maderuelo. C.D. que forma parte del Catálogo de la exposición realizada en homenaje a Juan Eduardo Cirlot en el IVAM ( Instituto Valenciano de Arte Moderno ) - Centre Julio González de Valéncia, del 19 de septiembre al 17 de noviembre de 1996 ( Generalitat Valenciana, conselleria de cultura, educació y ciència ). Edición C. D.: E.G. Tabalet, Alboraia ( València ).
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Imágenes: Casa de L' Ardiaca, Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona ( c/. Sta LLúcia, Ciutat Vella )
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