jueves, octubre 07, 2010

"De rudos y técnicos"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 07/10/10)

Mucho se ha dicho acerca de la Lucha Libre: que si es un circo, que si los golpes son de verdad, que si está arreglado, que no son deportistas. Dichas opiniones tienen cierto valor. Sin embargo, la mejor manera de comprender, analizar y verificar cualquier versión y opinión alrededor de este deporte, es asistiendo.

Después de un año regrese a la Arena Puebla –acompañado de Carolina, mi hermosa Kurá-, para disfrutar de una función de Lucha Libre, cuya cartelera anunciaba en su semifinal a Rush, Máximo y Valiente del bando técnico; mientras que la tercia ruda estaba conformada por Averno, Mephisto y Ephesto. Por otro lado, la lucha estelar advertía la presencia de Místico, La Máscara y Máscara Dorada en contra de los Guerreros de la Atlántida: Atlantis y Último Guerrero, al lado del "Rey del Guaguanco": Mr. Niebla. La cita como de costumbre era a las nueve de la noche en punto.

Por motivos económicos, decidimos que el mejor lugar era ir a la zona de balcón, estando dentro de la Arena Puebla, elegimos en pro de una mayor visión y diversión sentarnos en el área donde se ubica la porra ruda. Ahí las pasiones salieron a flote y la seriedad de cada día quedo en el olvido. Ambos necesitábamos liberar adrenalina y gritar lo que hace mucho no gritábamos. De nuestras bocas emergían diversos gritos, desde mentadas de madre hasta porras rudas.

Asistir a la Lucha Libre es presenciar un teatro enorme donde luchadores y afición se conjugan para ofrecer una gran comedia. Ahí uno puede toparse con mujeres y hombres de todos colores y clases; acuden los trajeados, los malolientes, los pandrosos, los fresas, los comunes. No hay distingo de nada, durante las dos horas que dura la función todos se confunden y se transforman con el fin de sacar a flote aquél ente vulgar y corriente que está escondido en espera de encontrar el mejor lugar para mostrarse; la Lucha Libre es la zona indicada, pues aquí no interesa otra cosa que interpretar de la mejor forma posible el papel de rudo o técnico. A nosotros nos gusta el papel de rudos, pues este bando no basa su triunfo en la aprobación de una autoridad, (referí) ellos se generan las opciones: el triunfo legal o el triunfo ilegal, cuyo principal motor es humillar a cualquiera de los luchadores del bando técnico.

La Lucha Libre es un espectáculo como cualquier otro, donde probablemente el triunfo de determinado bando esté pactado con anterioridad; aunque se diferencia de los demás por la enorme preparación tanto deportiva como actoral; ya que los golpes son reales, pero, sin duda alguna, saben dónde y cómo pegarse. Tan reales son los golpes como los lances que las lesiones o la muerte durante la pelea son opciones contempladas por cada uno de los participantes.

No hay mejor forma de lograr una catarsis perfecta que la Lucha Libre y no existe mejor ruda, que además sea bonita, que Carolina. Y no conozco mayor poesía deportiva que la emergida por cada una de las porras, ya ruda, ya técnica.

¡Arriba los Guerreros de la Atlántida! y a quien no le parezca que vaya y que chi…y que chi… y que chiquitibum a la bin bon ba, ¡Rudos, Rudos, Rudos; rra, rra!

miércoles, octubre 06, 2010

El secuestro (Diario Milenio/Opinión 05/10/10)

Es que estamos secuestrados”. La repito aquí porque ésta es tal vez la frase más utilizada en las ciudades fronterizas del norte de México. Al menos fue la que escuché con mayor frecuencia en mi reciente visita a Matamoros, Tamaulipas, ciudad que colinda con Brownsville, Texas. Antes había formado parte de las conversaciones que tuve en Ciudad Juárez, Chihuahua, y no me extrañaría que apareciera con la misma insistencia en Monterrey, Nuevo León. Ya con aires de resignación o con la rabia que provoca la impotencia cotidiana, los fronterizos hablan de su secuestro como un estado de excepción que poco a poco se va convirtiendo ya en un modo de vida.

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¿Qué significa vivir secuestrados? Como todo en la cotidianeidad eso se nota, especialmente, en los detalles más pequeños, es decir, en los mecanismos sociales que, por usuales o comunes, se vuelven transparentes y pasan, luego entonces, desapercibidos la mayoría de las veces. Hasta que cambian, claro está. Hasta que se establece una clara frontera entre el antes y el después. Hasta que el origen desde el cual se mide el paso del tiempo cambia de lugar. “Hasta hace poco”, me comentan, “en Matamoros ni siquiera cerrábamos la puerta, ahora no podemos salir a la calle”. “Era bonito cuando los niños podían salir al parque o jugar en la cuadra”, dicen otros, súbitamente nostálgicos, como si hablaran de una jeroglífico cuyo significado fuera conocido apenas por muy pocos. “Lo malo de estar joven en estos tiempos es, que cuando pasen, y eso si pasan, yo no habré podido salir a divertirme y entonces, cuando podamos volver a salir, si es que eso vuelve a pasar, tendré ya muchos años más”, me dice, en un aparte, una mujer soltera cuya voz que se esfuerza, sin lograrlo del todo, por darle un tono de ironía a su predicamento. “Cualquiera puede estar coludido; cualquiera puede ser o es un informante”, me avisan otros en murmullos apropiadamente bajos. El gesto que más se repite es de la cabeza que se vuelve una y otra vez hacia atrás o a los lados, en claro signo de alerta.

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Los cambios más notorios y notables tienen que ver con los usos del espacio público. La vida nocturna, eso que en otros lados todavía se denomina la fiesta, languidece lastimeramente en las ciudades secuestradas del norte. Sólo los inconscientes o los de la resistencia infinita o los que no tienen nada que perder, arriesgan su vida por un par de cervezas o la música de una rocola. “Mejor nos vemos en la casa”, me contestan cuando, inconsciente o resistente o ambas, propongo el nombre de un restaurante como punto de reunión. “Tenemos niños”, añaden a modo de explicación. También obvios son los bloqueos, algunos, como los muchos que presencié en las calles matamorenses, llevados a cabo por el ejército; pero otros, como los que azolaron a Monterrey no hace tantas semanas, organizados por el narco. El resultado es el mismo: cuando el armatoste se posa perpendicular sobre la calle hay que virar, si se tiene suerte o calle disponible a la derecha; o hay que esperar o avanzar a vuelta de rueda mientras los hombres enmascarados apuntan las armas a los rostros o al auto. “Ya hubo balacera otra vez”, expresan como quien dice “yo creo que hoy sí llueve” o “pero mira qué bonita está la tarde”. A eso le siguen los “granadazos” o el “rafagueo” o, más genéricamente, los “sustos”.

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Los que tienen los recursos mandan a sus niños cada mañana a través de la frontera a las escuelas públicas de las ciudades fronterizas de los Estados Unidos. En los últimos meses, me informan, el número de niños mexicanos que se han inscrito a escuelas primarias o secundarias gringas se ha duplicado e, incluso, triplicado. De hecho, una de las actividades habituales de las pudientes madres fronterizas es organizar la ronda de autos que llevan y regresan a los jovencísimos migrantes intermitentes. Los que carecen de recursos, sin embargo, siguen mandando a sus niños a escuelas como la General Alberto Carrera Torres, ubicada en la calle Antonio Cabazos y 2 de enero, en la colonia 20 de noviembre, cuyos salones y patio central se inundan puntualmente en tiempos de lluvias, donde alumnos y maestros trabajan con 4 abanicos desvencijados en una ciudad cuya temperatura suele alcanzar los 30 y más grados con una facilidad, digamos, aterradora. A esto habrá que añadirle la ausencia de libros y, por ende, de biblioteca. Y ni qué decir de computadoras o conexiones electrónicas en un plantel cuyo cableado de luz fue robado no hace mucho y cuyo servicio de teléfono se instalará, aunque eso sólo si hay suerte, hasta este 7 de octubre de 2010.

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Acaso la traza más punzante del secuestro cotidiano sea el miedo de hablar; la necesidad de hablar, quiero decir, acompañada de su terrible hermano gemelo: el miedo a hacerlo. Cada que las conversaciones giran alrededor del tema de la inseguridad no sólo resulta usual que los participantes bajen la voz sino que aderecen sus comentarios con algo que parece un ruego insistente: “pero esto es off the record, ¿va?”. La paulatina desaparición del nombre propio. El ocultamiento estratégico de la identidad del conversador. La autoinvisibilización como estrategia de sobrevivencia. Cesar de existir antes de cesar la existencia.

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¿Y cómo no quedarse meditabundo y rabioso al mismo tiempo cuando, al despedirse, nadie dice “nos vemos luego” sino el proverbial “te cuidas mucho”?

martes, octubre 05, 2010

El gancho estambulita (Diario Milenio/Opinión 04/10/10)

Saltando continentes

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“Welcome to Asia”, reza el letrero a la mitad del puente, y su sola obviedad basta para llenarle a uno los pulmones de un recóndito aire de victoria, no sólo porque salta de un continente a otro sin por ello salir de una misma ciudad, sino asimismo porque el golpe del viento parece de repente propulsar las ruedas de la Piaggio y plantarlas encima de una nube, libérrimas. Y de paso porque hace unos instantes que seguí el mal consejo de un lugareño —el único que hablaba inglés allí—, consistente en pasar de largo el control de peaje sin la calcomanía que lo autorizaría. “No pasa nada, vienes en moto”, dijo y yo le hice caso, luego de diez minutos de tratar de entenderme con un empleado que insistía en venderme una tarjeta de cincuenta liras turcas (algo más de cuatrocientos pesos) que vale para un mes de cruces ilimitados. ¿Cómo dice uno en turco que sólo se propone atravesar el Bósforo por esta ocasión? Es inútil, me he dicho, tratar de forcejear con un idioma del que no se conocen ni cinco palabras, tanto como tratar de convencerse de dar marcha atrás o dejarse estafar incomprensiblemente. “Welcome to Asia”, leo de nuevo en voz alta, presa de una emoción que de paso me ayuda a ahuyentar el recuerdo de la sirena que ha sonado no bien el detector delató el vuelo libre de la Piaggio y no hubo ya otra opción que acelerar.

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Cierto es que no termino de estar en Asia, igual que hace un minuto no terminaba de verme en Europa. Estambul es la clase de ciudad que uno podría ubicar en cualquier parte, y esto tiene que incluir más de un planeta para quienes no logran entenderla, ya sea porque les parece demasiado oriental o insoportablemente occidental, según el juicio y credo de cada cual. Una ciudad tan libre que raya todo el tiempo en la anarquía, donde tal vez los únicos disciplinados sean esos turistas que hacen filas inmensas para entrar al Palacio de Topkapi y construirse una idea más o menos difusa de cómo era la vida del sultán y su harem-laberinto con cientos de esclavas. Una ciudad donde muy pocas cosas parecen imposibles, y aún éstas no dejan de insinuarse probables.

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Perderse es encontrarse

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Abrir los ojos en una habitación del Sultanahmet Sarayi —un hotel pequeñito y pintoresco, medio oculto detrás de la famosa Mezquita Azul— remite al visitante somnoliento a los dominios de la ingeniosa Sherezada, pero basta con andar media cuadra para mirarse inmerso en la marea turística que le arranca de golpe parte de la ilusión de flotar en otra dimensión del espacio y el tiempo, entre la majestad de muros y alminares y los rezos que cada pocas horas se elevan por los aires del barrio exótico por excelencia, donde Bizancio, Constantinopla y el Imperio Otomano resisten día a día el embate feroz de millares de cámaras digitales, resueltas a tornarlo no mucho más que un parque temático.

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Grande es la tentación de quedarse el día entero a colmar los sentidos del hechizo propicio de Sultanahmet, pero no menos fuerte es el magneto de la ciudad entera para quien viene de otra casi igual de caótica. Cruzar el puente Gálata y subir al Beyoðlu hasta Istiklal Caddesi —la imponente avenida peatonal a toda hora repleta, ruidosa, vivísima— es regresar a medias a la Europa del siglo XXI, sin salirse del todo de los dominios de Constantino. A dos días de ir y venir sin un rumbo preciso, consulto al fin la guía y sus pequeños mapas sólo por confirmar que la Piaggio ha logrado bastarse sola. Perderse entre avenidas y callejones de Estambul —una suerte de laberinto amigable, merced a la imponente omnipresencia del mar de Mármara— es un lujo al que la ciudad invita, más allá del turismo arrebañado y un pelo pusilánime delante de este caos delicioso al que un chilango mal podría sustraerse. Lo de menos es si los callejones serpenteantes son de pronto reemplazados por avenidas anchas, rascacielos y autopistas amplísimas, o si al caer la tarde el solo tráfico del Bulevar Barbaros se asemeja al de San Juan de Letrán; en esta ciudad caben tantas posibilidades que la imaginación no alcanza a concebirlas y vale más seguir al caos en su flujo.

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La adrenalina turca

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Las ciudades caóticas contienen una magia inmarcesible que a su modo acomoda lo disperso y lo deja en su sitio, pese a las predicciones fatalistas de quienes no terminan de aceptarlas. La sola idea de lidiar con esta clase de automovilistas —diríase que los microbuseros mexicanos vienen aquí a tomar sus cursos de manejo— parecería un suicidio para quien se decide a ir en dos ruedas, pero igual que sus incontables gatos callejeros el conductor se integra a los peligros aparentes mediante el uso pródigo de un sexto sentido sin el cual el colapso ya le habría ganado a la ciudad. Se va y se viene, al fin, con los sentidos en alerta máxima y una fe inquebrantable en la Providencia, entre los bocinazos y el salto intempestivo entre carriles. Nada que no aprenda uno en su ciudad de origen, donde ya de por sí la vida es un milagro de la supervivencia.

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¿Qué tendría de raro que los disciplinados europeos occidentales miren con desconfianza la anexión de Turquía a su pulcra pandilla? Mientras en otras partes se debate con furia sobre la posibilidad de permitir o no que las niñas de fe musulmana se cubran la cabeza en el colegio, en Estambul conviven minifaldas y burkas (ninguna abunda, es cierto) tanto como melenas y pañoletas. Entre tanta y tan ancha libertad, se antoja poco menos que quimérica la idea de meter costumbres en cintura, por más que los cuantiosos detectores de metales hablen ya de la rabia fundamentalista frente a la esplendorosa Babilonia eurasiática que ni el siglo XXI, tan ordenado él, consigue contener. Vuela la Piaggio a orillas del estrecho y un desfile de aromas impetuosos va penetrando el casco protector, cual si ellos se bastaran para trazar el mapa de la ciudad. No sé por qué ni como, pero me huelo ya que estoy en casa.

sábado, octubre 02, 2010

Teoría del reproche-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 02/10/10)

Alguien nos escamotea algo que creemos que nos pertenece –algo tan concreto como la mitad del flan o tan abstracto e indefinible como “nuestro lugar”–, nunca he entendido esa obra maestra del reproche criollo: “No me diste mi lugar”; un lamento tan inasible que no hay defensa que lo contenga.

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Ante la intuición de una injusticia todos le recetamos un reproche a la persona que estamos seguros que nos víctima. Se lo podemos hacer en el momento en que sucedió la infamia o 20 años después. No importa cuánto nos tardemos en hacernos justicia por mano propia porque el acto de reprochar es tan poderoso que ocupa el espacio completo de la cosa escamoteada.

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Reprochar es sustituir algo perdido por una sentencia: volver a la estatura y dignidad morales que teníamos antes de que nuestra hermana hubiera rasgado el póster de Led Zeppelin en 1974 como venganza al corte de pelo que bien merecido tenía su Barbie. La eficacia del reproche estriba en que ocupa con economía perfecta el lugar de la argumentación: no sólo es sumario, es restitutivo.

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El problema es que, contra los dictados de la sabiduría criolla, en realidad no tenemos “nuestro lugar” y nadie tiene nada garantizado. Las microcomunidades en que vivimos la vida de todos los días son meritocráticas y aunque funcionan de acuerdo con ciertas normas, no tienen mecanismos formales para hacer justicia. Las distintas posiciones que jugamos en nuestro entorno íntimo se pierden y ganan todos los días y los motores de nuestras conductas son tan misteriosos e incontrolables que no siempre actuamos con la estatura moral que creemos tener: no se puede llegar a tiempo todas las veces del mundo, ni responder diario con la grandeza que registramos en los días buenos, ni considerar todos los factores al alcance cada vez que tomamos una decisión.

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Además no todo lo que quisimos decir o hacer es lo que los otros entendieron o percibieron de nuestros dichos y actos; los canales de comunicación humana están dañados de origen porque un ejercicio de interpretación siempre pasa por el tamiz de la experiencia individual, azarosa e irrepetible.

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Nuestros lugares se desgastan, se alteran, se conquistan y pierden casi siempre de maneras involuntarias. Los reproches, en cambio, por estar afincados en la inmutabilidad de lo abstracto y estar planteados siguiendo la retórica macabra del sentido común, conservan siempre el lustre de lo nuevo. Reprochar implica traer de vuelta el pasado desde el futuro y renovarlo. No importa qué tan seguros estemos de que lo que nos imputan es inexacto, nuestra defensa va a requerir necesariamente a la memoria y el matiz: herramientas complicadas y poco higiénicas. El que reprocha gana porque está plantado en la nitidez del futuro; el reprochado pierde porque nuestros actos son, entre otras cosas, irremediables.

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La cultura del reproche es, al parecer, inseparable de los procesos de socialización y hay que aceptar que pocas cosas producen el placer de clavar bien clavada una daga de lenguaje en quien nos hizo algo que suponemos real -le cobramos a nuestros padres lo que nos cobrarán nuestros hijos y reclamamos de nuestros colegas lo que otros demandan de nosotros. El reproche es un mecanismo de reconstrucción de la autoestima que nuestros compañeros de viaje pueden decidir si aguantan o no, pero, ¿qué pasa cuando el reproche sale de la esfera de los mensajes íntimos y se transforma en una herramienta de comunicación pública? La sociedad que se permite ese lujo simplemente se quiebra, y deja de creer en los pactos que la mantienen saludable.

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Cuando en la política se pierden los asideros ideológicos y pragmáticos, la argumentación es automáticamente sustituida por el reproche, que no deja espacio para negociar y no permite proyectar: ocupa todo el futuro. Un país que ha dejado de argumentar en la tribuna política, pero también en la mediática, es una nación de novios criollos y tías sentidas.