lunes, diciembre 07, 2009

Palabras y secuaces (Milenio/Opinión 07/12/09)

¿Servicial o arrogante?
-
¿Escribe usted para sus lectores?, resuena la pregunta, y ya el escritor sabe que no existe respuesta segura. Cuesta trabajo creer en una página escrita y publicada completamente a espaldas del público lector: probablemente un acto de arrogancia y umblilicentrismo, amén de una contradicción intrínseca. Provoca desconfianza, por otra parte, una novela escrita previendo la opinión de los lectores, y muy probablemente buscando su favor: mera literatura clientelar. Ahora bien, habría que ver cuál de las dos posturas encierra una más alta petulancia, si al fin el narrador servicial comete ya de entrada el pecado mortal de tomar al lector por zopenco. Nadie que se respete se propone escribir para bobos y rústicos, menos aún cumplir con sus expectativas. ¿Quién querría jugar al ajedrez solo, o con un principiante que no sabe ni mover los caballos? Escribir es un juego de jaques y enroques donde al lector jamás se le derrota y no queda más triunfo que el de salir vivo.
-
Los lectores son siempre el gran misterio. Mentiría si dijera que jamás he pensado en provocarlos, incomodarlos o sacarles alguna carcajada, pero lo cierto es que no alcanzo a verlos, aun a sabiendas de que están ahí. De ahí que al escribir prefiera uno representarlos en su propia persona, que también es lector y le fascina ser puesto en jaque a fuerza de palabras chocarreras. Escribimos, a veces, aquello que quisiéramos leer, no porque ya lo hayamos leído todo sino porque nos urgen las respuestas a preguntas que no sabemos formular. Cosas que se le escapan al análisis frío de las obsesiones y de pronto son sólo descifrables mediante la inmersión incondicional en la pileta de las tentaciones.
-
Leer siempre es mejor cuando se hace por causa de una tentación, pero ésta sólo será satisfecha si quien ha escrito el texto lo hizo porque tampoco supo resistirse. No siempre va uno y compra cierto libro para llegar a casa y sentarse a leerlo, si buena parte de ellos se queda en el estante para engrosar la fila de las tentaciones. Se escribe, cómo no, para tentar. Por eso un buen estante no es el mejor surtido, sino el más tentador.
--
Deleitosos delitos
-
Rosa Montero fue quien tuvo la idea, siete años atrás en la FIL de Guadalajara, de que fueran precisamente los lectores quienes presentaran el libro de un autor. Hace unos pocos días, luego de una sesión conmovedora en la que literalmente no se cansó de escuchar las preguntas de sus lectores, José Emilio Pacheco insistía en llevárselos a otra parte donde fuera posible continuar con la charla. Pues los lectores son el gran fantasma: no solamente tienen miles de rostros, y por tanto ninguno que los represente, sino que saben siempre demasiado, o en todo caso inmensamente más de lo que quien escribe sabrá jamás de ellos. No en balde han asistido a las zonas más íntimas del autor, quien con algún candor llegó a pensarse a salvo tras la coartada de la ficción, tras lo cual son capaces de establecer conexiones e hipótesis inflamables.
-
Cierto: uno se lo busca. ¿Quién que haya hecho una carta, un poema, un trozo de ficción, no ha albergado siquiera en una línea el impulso secreto de tatemarse, e inclusive de darse El Gran Quemón? Una vez cometido el flagrante atentado contra la realidad, ¿cómo no interesarse hasta el punto del sarpullido emocional por el probable efecto de la fechoría? ¿Qué tanto me he quemado, cómo, dónde?, se pregunta uno luego de mirarse exhibido por sus propios engendros y estropicios, pero al fin ya decía Neil Young que mejor chamuscado que oxidado. No es fácil dar la cara por el propio trabajo, menos si uno lo entiende como fechoría, pero el juego reserva ciertas dosis secretas de deleite para quien se aventura a la chamusquina sin otra protección que su sed de artificio. O, si se quiere, su hambre de impostura. No puede uno prever hasta dónde sabrá llegar el próximo lector, pero en el fondo espera que se cuele a los últimos recovecos, no como un detective sino en papel de cómplice; o que al menos en un punto del texto se trasluzca que fuimos compañeros de fuga.
--
Fin de festín
-
Regresar de la FIL es como terminar de leer una buena novela. Hay un hoyo en el centro de las horas o días que siguen al enorme festín. Se está a disgusto en la normalidad, luego de haber probado lo extraordinario. Y todavía más que eso, lo impredecible. Nunca, en lugar alguno, he visto o concebido semejante parque temático dedicado a los libros y sus devoradores. La gente se aglomera en los eventos y corre de uno a otro como un niño entre el Pulpo y la Montaña Rusa veinte minutos antes del cierre del parque. No es raro que a menudo las ponencias resulten salpicadas de gracias y desmesuras infrecuentes en otros foros, visto el estado de ánimo imperante, allí donde por una vez la generosidad y el apetito resultan una y la misma cosa.
-
Me precio de haber sido, en otros años, un cazador de autógrafos de pesadilla. No puedo, pues, por menos de mirar las filas de la FIL con una suerte de simpatía secuaz. Y he aquí que una mañana, la semana pasada, de visita en una escuela Vocacional, a una alumna avispada —lectora implacable— se le ocurrió lanzarme una bola de fuego en forma de pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que pediste un autógrafo, y a quién? Luego de un titubeo balbuceante, hube de confesarle que pasó hace tres meses: en una pelota el de Rafa Nadal y en un gafete el de Roger Federer. No me iba a ir sin ellos, le expliqué, y ya muy tarde pensé en abundar: a mi modo, soy un lector asiduo del juego de quienes considero los mejores tenistas de la historia. Unas horas más tarde, me topo con David Toscana, que no tarda en mostrarme su libro recién dedicado por la pluma de Orhan Pamuk. Lo dicho: nadie sabe para quién trabaja, pero al cabo quién dijo que éste era un trabajo. Ningún trabajo envicia con la fuerza de un juego. Ni esclaviza, ni colma, ni recompensa, todo a un tiempo. Los lectores lo saben: por eso están ahí.

sábado, diciembre 05, 2009

Poética crepuscular

I

Las palabras han muerto,

el poeta se las llevo

y sus herederos, los lectores,

las prostituyen, sin recato.

En el pasillo de cualquier

calle se oyen las ofertas

y las invitaciones a consumirlas:

¡pásele, güerita, güerito

hoy, solo hoy, dos por uno,

con metáforas!

¡Pásele, pásele hay de todos los

modelos: Kafkianas, Proustianas,

Bolañescas, Pitolescas y sobre

Todo, las de moda, aquellas que

son crepusculares.

-

II

El poeta se murió

¡ay qué dolor, qué pena!

Sus lectores le lloran,

le extrañan

y erigen coloquios, congresos

y antologías.

Luego vendrán las estatuas de bronce,

primero las de oro.

si las palabras,

que deben de implantarse

antes de que el viento se las lleve.

¡Ay el viento y el tiempo!

¿Qué harán con sus cenizas?

-

III

Antes de escribir

vomite, el asco me inundaba

y salieron palabras,

ahí amontonadas yacían

en el escusado, sentí pena,

pobrecitas palabras,

llorar quería,

incluso pensé en organizar

un congreso que hablara

sobre la muerte de la palabra,

imagine ponentes,

y a los asistentes

pero algo me invito

a jalar la cadena.

Extrañamente el dolor

se había ido junto con

las palabras.

jueves, diciembre 03, 2009

"Aprendiendo del desierto"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 01/12/09)

Hay momentos en los que uno como lector debe agradecer la aparición y/o publicación de cierto tipo de libros. También es cierto que lo publicado por Anagrama siempre es garantía de calidad en todo el amplio sentido de la palabra. “El amigo del desierto” novela escrita por Pablo d'Ors es uno de esos libros que irradian belleza en cada una de sus frases.
-
Todo comienza cuando Pavel –protagonista principal se topa con la contraportada de un libro escrito por un tal Ladislao Pecha, en el cual expone su experiencia ante el desierto, la cual marcó y cambió tanto su vida que termino por convertirse en la única razón de su existencia, motivo por el cual decide emprender constantemente viajes al desierto. Ladislao Pecha funda una extraña y enigmática asociación iniciática: los “Amigos del desierto”, cuyo objetivo es reunir una serie de aficionados al desierto y dispuestos a realizar viajes expedicionarios a los distintos desiertos del mundo, mismo que estarán llenos de incomodidades. A lo largo de la novela Pavel contará de sus tres expediciones al Sahara: la primera será a su parecer un fraude completo pues no estuvo dispuesto a abandonar del todo la ciudad, la segunda estará llena de muchas incomodidades aunque tendrá más valor para Pavel, sin embargo la ciudad ahora es quien no quiere soltarlo; y para la tercera decide internarse solo sin la compañía de sus amigos, pues está dispuesto a enfrentar al desierto. Al tomar esta decisión se desencadenarás una serie de acontecimientos que irán cuestionando la actitud de Pavel ante sí y ante la vida.
-
“El amigo del desierto” es una novela que cuestionará a cualquiera que se acerque a ella y que, a pesar de no estar en el desierto, hará al lector sentir y sufrir cada una de las experiencias que el personaje de la novela va teniendo; una novela que según los críticos se inscriben en la tradición de “Siddharta” de Hesse o “Los ojos del hermano eterno” de Zweig.
-
Pablo d'Ors (Madrid, 1963), sacerdote y teólogo, enseña Dramaturgia en el Aula de Teatro de la Universidad Complutense y es crítico literario de Blanco y Negro Cultural, donde ha escrito sobre Zweig, Hesse, Musil, Bernhard, Thomas Mann, Pessoa y Pirandello, entre otros. Entre sus obras se encuentran “El estreno”, “Las ideas puras”, “Andanzas del impresor Zollinger” y “Lecciones de ilusión”, cada una de ellas bajo el sello de Anagrama.

Escribir es una “fregadera”: Xavier Velasco (Natalia Barragán/FILias-Milenio)

El autor del El diablo guardián ofrecerá la charla: Terapia de autoperjuicio, o cómo y por qué narrar es un horror
--
Guadalajara.-Para Xavier Velasco, escribir es un horror, es sufrimiento: “es una fregadera”. Por eso quiere desahogarse y quejarse con sus lectores y lo hará a través de en su charla Terapia de autoperjuicio, o cómo y por qué narrar es un horror.
-
“Todos sufrimos a la hora de escribir, porque hay un momento en el que no sabes si lo que estás escribiendo sirve para algo o es un desperdicio […] Escribir es una terapia de autoperjuicio. Narrar es un horror, porque no se puede narrar impunemente: siempre llega un momento en el que todo se complica”, comentó el autor del Diablo Guardián. Es un proceso lleno de dudas, de zozobra, en el que los demonios persiguen. A Xavier Velasco lo visitan siete, según dijo.
-
El escritor adelantó que durante la charla hablará de su próxima novela, Puedo explicarlo todo, que trata precisamente de un pseudoterapeuta que escribe libros de autoayuda, o mejor dicho de “autoperjuicio”.
-
En estos momentos, dijo, tiene la novela revuelta en la cabeza y por eso es el momento perfecto para esta charla.

Eduardo Antonio Parra reúne sus sombras en un libro.(Miriana Moro/FILias-Milenio

“Parra es el autor autor erótico de nuestra generación.“ afirma David Toscano durante la presentación de la obra.
--
Guadalajara.- Dos amigos norteños presentaron ayer el libro “Sombras de detrás de la ventana”, que reúne 28 cuentos escritos por el autor Eduardo Antonio Parra a lo largo de 15 años de trabajo. El autor nacido en Guanajuato, ha escrito novelas como Nostalgia de la sombra y Juárez. El rostro de piedra; y sombras..., Su publicación más reciente, obtuvo en noviembre el premio Antonin Artud.
-
Sus relatos se comparan con pesadillas narradas a un niño que desea seguir escuchando una y otra vez el terror tan ampliamente descrito. De Parra se recuerdan temáticas como violencia, sexo, miedo, bandalismo, prostitución, narcotráfico, notas rojas entre otros.
-
“Sus historias son terribles. Sus personajes son los con los que uno jamás querría encontrarse en su vida.” Comentó Élmer con los asistentes, hablando también de la introspección que provoca leer obras como la de Antonio Parra. “La literatura a veces opera como ese medidor social en que uno cuando está leyendo termina pensando en su propia vida y su papel en el mundo.”
-
La compilación contiene el cuento titulado “Plegarias silenciosas”, dedicado a Élmer Mendoza de quien toma elementos característicos para el desarrollo de la historia.
-
Para el propio autor, la obra presentada hoy resultó un viaje retrospectivo por el cual se dio cuenta de su evolución como escritor. Eduardo Antonio Parra, a sus 44 años publica esta compilación de cuentos y ha sido becario del Centro de Escritores de Nuevo León, del Sistema Nacional de Creadores del Fonca así también como de la John Simon Guggengeim Memorial Foundation en 2001-2002.

David Toscana: “Vivimos del recuerdo de las emociones” (Abril Posas/FILias-Milenio)

Los puentes de Königsberg, nueva novela del escritor mexicano, de manera lúdica y armoniosa rinde homenaje a una de sus obsesiones. Iniciado en la escritura gracias a El Quijote de Cervantes, platica con Filias acerca de su último trabajo
--
Guadalajara.- Existe un ritmo musical que aumenta y disminuye a lo largo de la narración, ¿por qué decidió que fuera así?
Para que fuera como una borrachera: siempre hay discursos, canciones, poemas. La novela no sigue las reglas de la razón.

¿Por qué están la niñas en la historia?
De niño, en Monterrey, veía en la televisión y en el periódico la foto de alguna niña perdida, y me resultaba espeluznante eso de estar en un cuarto oscuro, no poder volver a casa. Y luego la imagen de las jovencitas: en los años 60 no había mucha fotografía inmediata para mostrar, así que se utilizaba la de la primera comunión. Vestidas de blanco, como novias, colgadas de rosarios...

¿Cómo surge la idea de incluir este elemento en la historia?
Los novelistas estamos escribiendo de nuestros traumas infantiles. Los problemas los trato de poetizar. Es posible que me consideren pedófilo, sí, pero pederasta no. Amo a estas niñas, pero no tengo ninguna intención de poseerlas, no me las quiero robar. Mis personajes reaccionan igual: las ven de una forma muy amorosa, así como ellas también les corresponden.

Para escribir esta historia, ¿fue necesario recrear una borrachera?
(risas) Escribo con mucha música, pero no necesariamente con el alcohol a un lado. Se pueden recordar los momentos lúdicos para eso, pues vivimos del recuerdo de las emociones. Es un campo de juegos.

Sergio Pitol, el escritor que traduce “impecablemente” (Natalia Barragán/FILias-Milenio)

Guadalajara.- Sergio Pitol se disculpó con el público: no podía hablar, algo de la garganta, según se entendió por la seña que hizo con la mano. Pero, anoche, sonrió todo el tiempo y hasta se rió en ciertos pasajes del texto que el poeta colombiano Darío Jaramillo le dedicó, como un homenaje según dijo, y como parte de la presentación de los cuatro títulos más recientes de la colección Sergio Pitol Traductor, de la editorial Universidad Latinoamericana.
-
“Descentrada, excéntrica, arriesgada, es la ruta que Pitol asume desde un principio y que le vale convertirse desde un principio en referente, casi 50 años después de emprender su propio camino”, expresó el colombiano. Sergio Pitol sonrió y se recargó en la silla.
-
“No se trata de un traductor que escribe, sino de un escritor que traduce. Lo principal que nos regala Pitol en sus versiones es el castellano impecable, transparente, fluido e hilvanado de un excelentísimo escritor. Eso es lo primero y lo más importante”.
-
Luego, Jaramillo se disculpó porque se tenía que ir. Sergio Pitol se levantó y lo acompañó hasta la puerta; le dio un abrazo y una palmada en la espalda.
-
Desde 1970, Sergio Pitol ha traducido al castellano más de 40 libros, autores de la literatura clásica de todos los países y en siete idiomas. En 2007, la editorial Universidad Veracruzana lanzó la colección Sergio Pitol Traductor, que ya reúne catorce títulos de autores como Henry James, Jane Austen, Ford Madox Ford, Lu Hsun, Joseph Conrad y Tibor Déry, entre otros.
-
A las traducciones de las piezas de estos autores se unen cuatro más: Cosmo, del polaco Witold Gombrowicz; En torno a la excentricidades del cardenal Pirelli, del inglés Ronald Firbank; Salto mortal, del italiano Luigi Maleaba; y Cartas a la señora Z, de Kazimierz Brandy. En 2009 se lanzará otro más: Adiós a todo eso, de Robert Graves.

El insomnio de Bolívar, recorrido por América Latina (Jesús Alejo/FILias-Milenio)

Guadalajara.- En algunas de las pláticas sostenidas por Jorge Volpi a lo largo de la última década, la situación de América Latina y, en especial, de México, siempre estuvo presente como tema; diálogos de muchas preguntas y pocas respuestas, que lo llevaron a escribir los ensayos reunidos en el libro El insomnio de Bolívar, con el cual obtuvo el Premio Debate-Casa de América.
-
“Me parece que el libro es una especie de ajuste de cuentas y, al mismo tiempo, un libro colectivo, que surge a raíz de las conversaciones tenidas con muchos escritores latinoamericanos a lo largo de estos 10 años, tratando un poco de asentar una posición acerca de qué es América Latina, no sólo para mí, sino para muchos miembros de mi generación de varios países, tanto a nivel literario como político.”
-
La obra es una especie de recorrido por América Latina, “desde su pasado mítico hasta su futuro imaginado”, que parte de una certeza: son reflexiones más literarias que políticas, o más literarias que históricas, para contribuir al debate que debe de venir a partir del año próximo en el marco de los bicentenarios, asegura el director de Canal 22.
-
“Busqué una mirada no ideológica. Sabemos que ningún texto es inocente y siempre debe reflejar el pensamiento de algún autor, pero yo quería que fuera una visión que no viniera ni de la derecha ni de la izquierda, o criticara sólo algunos, sino que fuera un punto de vista más equilibrado para tratar de desmontar algunas de las constantes de América Latina en este principio del siglo XXI.”
-
Se trata de una reflexión que urge a realizar, sobre todo ante los festejos del 2010, bajo el entendido de que más allá de celebrar o recordar las gestas, primero deben establecerse ciertos criterios, como no verla como un fenómeno estrictamente nacional, sino más bien entenderla en el contexto de lo que ocurría en España y en el resto del continente en el siglo XIX.
-
“Además, tendríamos que debatir si queremos esta posición en la que estamos actualmente como país: fuera de América Latina, perdiendo todo el protagonismo de política exterior que en su momento tuvo México, centrando nuestra decisión política y económica, más en el enorme impacto social de la migración hacia Estados Unidos, por lo que vale la pena plantearse si es verdaderamente inevitable que nuestro contacto con América Latina sea cada vez menor y que la influencia disminuya.”
-
El papel de los intelectuales, de acuerdo con Jorge Volpi, es intentar contribuir al debate y más hacia la sociedad civil, porque quienes detentan el poder pocas veces miran hacia esas propuestas.

Artemio Rodríguez-(Diario Milenio-México 01/12/09)

Conocí a Artemio Rodríguez (Tacámbaro, 1972) hace ya bastantes años, cuando fuimos compañeros de beca del Fonca —él en artes plásticas; yo, en poesía— allá por 1999. La suerte tuvo a bien colocarnos hombro con hombro en una de esas cenas de bienvenida y, mientras todo mundo se entretenía en sesudas conversaciones intelectualosas, Artemio y yo descubríamos nuestra impar pertenencia fronteriza. Él vivía por ese entonces en Los Ángeles y yo ya tenía un par de años viviendo en San Diego, así que cuando empezó a contar la hilarante historia de su primer cruce fronterizo (a pie, de la mano de polleros, con la adrenalina que da la falta de documentos) la risa tuvo mucho de complicidad. Reí, eso sí, por unas tres o cuatro horas seguidas, y no miento si digo que fue sin parar. No tardé mucho en darme cuenta de que el mismo sentido del humor que desplegó esa noche —alharaquiento y dolido, autoreflexivo y crítico— formaba parte intrínseca de los trazos de sus grabados. Un diablo pequeñísimo detrás de la espalda cansada de un campesino. Una referencia evidente a la guerra en Irak dentro de un cuadro de apariencia bucólica. Las cartas de la lotería. A los pocos días, y con la vocación lúdica que he entendido que también lo caracteriza, aceptó llevar a cabo los dibujos de los diplomas que los poetas de esa generación del Fonca se disponían a otorgar a los ganadores de un concurso apócrifo, ciertamente, pero divertidísimo.
-
Volví a ver a Artemio pocos años después, cuando organicé una exposición de su obra en mi casa de San Diego. Compramos vino, retiramos muebles, colgamos cuadros sobre las blanquísimas paredes e invitamos a los que se supondrían adquirirían los grabados: profesores universitarios. Cuando la muchedumbre alcohólica hubo partido, nos dimos cuenta que habíamos sostenido charlas interesantes y bebido bien, pero que sólo uno de los famosos y pudientes profesores universitarios se había decidido a sacar el proverbial cheque de su cartera. Fracasados pero contentos, nos tiramos en el suelo a platicar de cosas. Artemio hablaba de José Guadalupe Posadas con tanto entusiasmo como del libro de estampas medievales que acababa de descubrir en casa. Hablaba de su vida en Los Ángeles, es cierto, pero más todavía del paisaje rural de Michoacán. Decía, desde entonces, que regresaría. Ya en la mañana y antes de partir se dio a la tarea de plantar un cactus pequeñito en el jardín delantero de la casa. Creció tanto con el paso de los años que, no hace mucho, tuve que ordenar una poda radical.
-
Los años, como dicen los narradores, siguieron pasando. Y Artemio no se volvió a presentar en mi casa fronteriza hasta que no volví a tener casa en la frontera. Organizaba una cena con amigos en Tijuana, y Artemio, como se dice, pasaba por ahí. Trajo ejemplos de su trabajo más reciente, y la charla que solía concentrarse en los avatares de los mexicanos en Los Ángeles, ahora se deslizó hacia el sur, hacia ese lugar en Michoacán donde se esfuerza por establecer El Huerto, un taller de grabado y un centro cultural al mismo tiempo. Trajo también algunos de los libros que publica en La Mano Press, su taller-imprenta, y hasta el juego de cartas de lotería que a bien tuvo regalar a Matías, mi hijo. Esa fue una de las últimas noches que Yvonne Venegas, mi fotógrafa favorita, pasó en Tijuana antes de mudarse en definitiva a la Ciudad de México. Los grandes, grandísimos ojos de Lya, su hija, alumbraron la velada y ampararon la conversación.
-
Hace todavía menos tiempo Artemio me anunció que venía otra vez a San Diego. Esta vez llegaba al lugar que se ha ganado con el trabajo propio y el talento propio y el esfuerzo propio: las paredes del Museo de Arte de San Diego. Decir que fue gusto lo que me dio al ver ahí El Triunfo de la Muerte, el inmenso grabado que Artemio llevó a cabo durante una estancia en un prestigioso taller ubicado en Hawai donde plasma su visión carnal y estentórea, feroz y carcajienta del mundo contemporáneo, es decir poca cosa.
-
Las dimensiones son justas para acomodar una visión que es abarcativa (se me antoja aquí la palabra imperial, pero como que no va), moviéndose con singular flexibilidad del pasado más remoto hasta el presente de pacotilla. Los muertos se levantan de sus tumbas, efectivamente, para atormentar a los vivos. Y los vivos no se quedan atrás. Un contingente de esqueletos alza pancartas que invitan a la avaricia, el consumo, la envidia, la explotación. Un tambo de petróleo trae una vez más el tema de la guerra de nuestros tiempos a colación. Los hombres de a caballo de su grabado, como tantos hombres de la vida real, se sirven del sexo y de los recursos y del esfuerzo de las mujeres que yacen sobre el camino. Un perro le muerde los talones a un niño que huye, despavorido. Entre Brueghel y el Bosco y Posadas, la muerte que Artemio graba es, sin embargo, eminentemente fronteriza y contemporánea. Es la muerte de hoy. La muerte que nos toca.
-
Pero Artemio, justo como aquella noche de becarios, también me volvió a hacer reír con los chaneques —esa gente menuda— que roba burros por las noches, y con los trazos que llenan la superficie del Grafico Móvil, el vehículo del 47 convertido en pieza de arte y estudio sobre ruedas. ME VES Y SUFRES. Sus relaciones con la literatura son bien conocidas —recuerdo que aquella noche de la expo en mi casa mostró también los grabados con los que había ilustrado Woodcuts of Women, el libro de relatos de Dagoberto Gilb— y el trabajo que ha hecho con las escenas cotidianas que José Rubén Romero describió en Tacámbaro forman ya una especie de haikús del grabado.
-
Me da gusto ver el ir y venir de Artemio por la frontera, moviéndose con tanta ligereza por las orillas de Los Ángeles como por las lomas del “rancho”, como le llama a su espacio en Michoacán. Me da gusto que su visión siga tan fresca y crítica, tan lúdica y pertinaz como la que descubrí una noche de mucha risa tantos años atrás. Me da un gusto enorme comprobar que este mundo no sólo le pertenece a los advenedizos del odio y los oportunistas de ocasión, sino que está aquí, entre gente de bien, gente de trabajo, gente de lucha que sabe reír y reunirse a platicar y, por supuesto, brindar. ¡Salud!