domingo, octubre 23, 2005

El placer de la aspirina.


No sé el motivo de mi estadía en la antigua Ciudad de México. Ya van más de quince años desde que decidí abandonarla. Cambie la modernidad y compañía ausente pero abundante, por la soledad completa adornada de la naturaleza de la Sierra Poblana. El trato de la gente es cálido, pero el clima y las montañas suelen ser ingratas.
Eduardo regreso después de tanto tiempo. Todo cambio, más bien él cambio. Las cosas siguen en su lugar acostumbrado, se siente como los españoles en tiempos de la antigua Tenochtitlán, lo que antes le parecía común, ahora resulta ser un descubrimiento inmenso, los carros parecen monstruos, con un aliento tan profundo que ha cubierto el cielo, parece que camina en los terrenos de su grande boca.
La fachada de mi casa tiene las huellas del abandono. Pero por dentro sigue siendo la misma casa de la Colonia Roma, sigue siendo barroca, pero moderna. En el buzón quedaron olvidadas las cartas que nunca tuvieron respuesta departe mí, todas son de Laura, el remitente marca Amsterdang, Holanda: la cosmopolita y culta ciudad, donde ella se fue aprender cocina.
La última carta, suena a reclamo: ¿Por qué no respondes? ¿Ya no me quieres? No le aviso, no por falta de querencia, más bien demasiada querencia, no podía permanecer quince años en el lugar donde hicieron el amor por primera y última vez. Cada parte de la casa le recordaba, le sigue recordando a ella. Partió por miedo a la soledad en el único lugar donde se sintió acompañado.
¿Dónde estará? Tengo ganas de verla y explicarle la razón de mi abandono epistolario hacia con ella. Necesito ver su cuerpo, saber si su olor permanece como lo recuerdo y si sigue sabiendo a esa fresa con chocolate que probé.
La lap-top, le acompaño en su estadía por la Sierra, pero jamás la prendió. Opto por volver a escribir a mano en sus antiguas libretas de colores. ¿Para qué escribir modernamente en un lugar donde se sigue hablando la lengua madre, la Náhuatl? Pero ha regresado al mundo actual, le responderá sus cartas aunque sea por correo electrónico, cuando le cuente que el viejo poemario ha sido publicado, entenderá el motivo de su ausencia.
Son las tres de la tarde del trece de diciembre del dos mil tres, justo la fecha en que la conocí hace veinticinco años. Como pasa rápido el tiempo. Ella se quedó en Holanda, su vida mejoro, la he visto en las portadas de las revistas nuevas que se quedaron almacenadas debajo de la puerta. Aún tengo oportunidad, no se ha casado. Pero seguramente no le faltará con quien tener sexo. Nunca le ha faltado, realmente yo he sido un adorno cultural para su vida. Aún así la quiero. Mientras ella cocina para grandes restaurantes y para eventos del presidente de Holanda, yo me sigo conformando con escribir para el mismo periódico desde que tengo veinte años, he publicado dos libros, aceptados por la crítica y el lector, pero jamás estuve convencido de ellos, pero a Laura la fascinaron, ella insistió. Nunca he podido negarle nada, como tampoco he salido de mi tradicional país. No tengo nada que ma ate a el, mi familia se ha muerto, sobreviven los primos, pero jamás tuve relación sana con ellos, mis amigos todos viajando, su casa es un hotel y cambian cada semana de uno. Nunca los he vuelto a ver, más que por fotos que recibo en el correo electrónico, y ella hace tiempo que cambio el tequila por un queso. Pero de la misma forma no existe ningún motivo que me anime a salir de aquí. El único lugar posible: Holanda, pero no es buena idea. No va tener tiempo para mí y yo no tengo dinero para turistear.
Tanto tiempo sin saber de mí, dirás que soy un ingrato y un mal amante. Pero en todo este tiempo no deje de pensar en ti, pero quise irme lejos de los recuerdos, para poder seguir viviendo y algún día poder volvernos a encontrar, Eduardo escribe el primer párrafo de la carta que irá dirigida a Amsterdang, buscando ser leía por la chef de cabello negro, ojos azules y piel morena. Cada frase de esa carta es un flecha insertada en su corazón, le duele, revive los recuerdos que en vano intentó olvidar en las ruinas de Cuetzalan. Sigue escribiendo y no deja de sudar, llorar. Enter, te amo, suprimir, te extraño, sigo vivo, me quiero morir. El vino tinto que toma mientras escribe quema la garganta de la misma forma que Laura mata la tranquilidad de Eduardo. Lleva dos horas sentado frente a su lap-top, el teléfono ha sonado más de diez veces, el no ha atendido. Su prioridad es acabar la carta que ira de mandar por correo electrónico a Laura.
No puedo ponerle que nunca la he dejado de amar, sería ridículo, no lo entenderá, sólo dirá: que tierno es Eduardo, nunca ha cambiado. No puedo dejarla enterase que no he cambiado, sería una derrota ante ella. No le interesan las cosas permanentes ni las estáticas. Me duele el hígado, no he ido al doctor desde que estoy en la Sierra, sólo te dan malas noticias. No necesito saber más cosas malas, basta con saber que la mitad de mi vida es una mierda, como para que me alguien me diga: su cuerpo está hecho una mierda.
El dolor es intenso, ahora son los dos riñones, Eduardo alza la bocina, le habla a su amigo de mayor confianza que es especialista en estos asuntos. Quedan en verse en quince minutos. Eduardo, arregla rápidamente su casa, al menos intenta dejarla en un estado menos deplorable. El timbre suena. Es Juan, justo a la hora en que acordaron, siempre puntual. Hace el ritual de costumbre, después de haber tenido una larga plática de remembranzas que a nadie le interesa más que a ellos.
     -Eduardo, tienes cáncer en los riñones. Desgraciadamente está muy avanzado. Te doy a lo mucho tres años, pero la mitad de estos necesitas pasarlos en cama.
     -Gracias Juan. Te hablo al rato para que me des más detalles, no puedo, más bien no quiero escuchar más acerca de esto. Al menos en este momento.
Se ha retirado Juan con quien años atrás solían sentarse en las bancas del zócalo a ver las chicas que se les antojaba tener desnudas, pero que jamás las iban a tener. Eduardo se olvida de los riñones y regresa a lo de antes, a acabar la carta para Laura. Sigue sangrando su alma, pero los riñones de Eduardo calma clemencia, le vale un pepino, Laura es lo que importa y nada más. Termina la carta, el dolor no disminuye aumenta. Se lo advirtió Juan, no puedes permanecer más de dos horas sentado, necesitas moverte, sino los dolores serán fuertes, casi cercanos a recibir dos patas en los testículos. Eduardo no hizo caso, nunca lo hace, además los médicos tienden a exagerar. Pero el dolor no exagera. Decide probar con un tequila bien cargado, eso hace olvidar todo, si por breves instantes ha hecho que deje de recordar por una noche a Laura, seguramente lo hará con el dolor. Tampoco lo logra. Desesperado prueba con aspirinas, una tras otras hasta acabarse dos cajetillas enteras.    
Al siguiente día. Los periódicos más importantes y culturales, empiezan su primera plana con la siguiente noticia: Encuentran muerto en la casa de la colonia Roma al escritor Eduardo Sotomayor, el forense índico que fue por un exceso de aspirinas, al parecer quería calmar un dolor de riñones. Noticia que también llega a Holanda.             

3 comentarios:

Capestone dijo...

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Lua Bar dijo...

tus historias, tragicas como siempre,, romanticas como de costumbre, y con el humor irónico que te caracteríza. Y claro, seria lindo hacer cenas pra el presidente de Holanda...