sábado, marzo 13, 2010

El exilio de mi abuelo (Revista Poder y Negocios 08/03/10)

Para mi madre, en el invierno de nuestro desconsuelo.
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Bajad la voz, os digo, el canto de las sílabas, el llanto! ¡Bajad el aliento que voy a hablar por vez primera de mi abuelo!
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Es la noche y el cielo cabe en dos limbos terrestres.
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La palabra exilio rondaba por los pasillos del departamento que mis padres alquilaban dos pisos encima del de mis abuelos. Ellos no eran de aquí, hablaban distinto, y tenían muy pocos amigos. Un niño como yo oía a retazos la historia de su vida: una vida truncada por el trastierro, una vida que dio un giro insospechado en 1939.
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Mi abuelo –quien había sido juez de instrucción en Santander y ahora fungía como magistrado en Oviedo– encontró culpables a unos falangistas de algún delito que se pierde en la noche de los archivos judiciales. Al caer la ciudad en manos de los nacionales es advertido por su propio cuñado falangista que debe salir de allí: te buscarán para darte el paseo.
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El paseo era un eufemismo para indicar que ésa sería la última noche y que no volvería jamás. Sin embargo para mi abuelo hubo una permuta: ser confinado a un pueblo de Galicia.
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Habían sido días de obuses y de miedo. Sus dos hijos –Chita y Juanjo– habían salido por los Pirineos y estaban en un campo en Francia. Su mujer huiría con un hermano a Marruecos –a las minas del Rif donde ese tío de mi madre, Ramón, fungía como médico–.
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Mi madre tuvo la osadía de nacer el seis de julio de 1939 y mis abuelos en un gesto aún más temerario la llamaron Victoria. Nació allí, cerca del gran Atlas, perseguida desde siempre por el viento del Sahara, el simún, y por sus recuerdos de la ciudad de su infancia, Melilla.
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Un buen día la abuela –mi abuela Enriqueta– cruzó disfrazada de soldado falangista hasta la frontera con Francia y rescató a sus hijos y a su suegra de la ignominia y el frío. Con ese mismo espíritu indomeñable investigó la sanción de su marido –Juan García Gavito, mi abuelo– y a pesar de sus responsabilidades políticas encontró que no había orden alguna para el confinamiento que le salvó la vida.
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En Melilla tuvo reunida nuevamente a su familia por algún tiempo. Hasta que vino el verdadero exilio, a México. Su hija mayor había casado y su hijo estudiaba Ingeniería de minas. Sólo la pequeña Victoria, entonces de 13 años, los acompañó aquí.
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En este país nací yo, un extraño también. Y mis hermanos.
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No éramos españoles –mi abuelo, además, se preocupó porque no intimásemos con gachupines que vinieron a hacer la América: por eso nunca fuimos socios del Parque España ni asistimos a ninguna romería–. España era la República y ese tiempo no existía más.
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Yo asistía a una escuela de jesuitas y allí con seguridad fue que se me complicaron aún más las cosas. Un buen día llegué con mi abuelo y le pregunté a bocajarro:
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—¿Es verdad que Asturias es el cielo?
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Su respuesta habrá sido negativa, pero no la registré: la humedad, el abanico de verdes en el campo, un lagar en el que se espicha la primer sidra.
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De eso estaba hecho el paraíso.
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El presente, en cambio, era gris. En los días descoloridos de mi abuelo no existía la felicidad.
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A los ocho años mi hermano Juan Ignacio y yo nos alternábamos el cuidado del abuelo (mi abuela había muerto joven de una embolia, precisamente un día en que la emoción la embargó al escuchar discos de asturianadas, y en medio de sus dos cajetillas diarias de Delicados, lo más parecido al tabaco de su tierra).
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La convivencia cotidiana con el otrora implacable juez me hizo comprenderlo: no había deseado dar clases de derecho, a pesar de las ofertas que tuvo, para no quitarle un espacio a un mexicano. Había dedicado algunos años de su vida en México a vender telas, aunque terminaba por regalarlas en los pueblos de Guerrero por los que transitaba. Tlapa, por ejemplo, era un destino del que volvía sin nada, alarmado por la pobreza, transportado entonces por los hombros de algunos hombres que así cruzaban un río en crecida y sin puentes.
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Un buen día las telas se quedaron para siempre guardadas en sus armarios: cientos de metros de popelinas y casimires; algodones y gasas se empolvaron allí hasta hacerse inservibles.
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Mi abuelo odiaba a los curas. Sin embargo cuando hicimos la primera comunión nos preguntó algunas cosas y se alarmó de nuestra ignorancia: él mismo nos instruyó en la doctrina.
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—Si vais a hacer la primera comunión debéis formaros, críos.
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Y allí estuvo un republicano de cepa transmitiéndonos el catecismo.
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Los días 15 de septiembre nos instruía a gritar en medio de los cohetes y la pólvora:
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—¡Viva México! ¡Mueran los gachupines!
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En 1975 murió Franco y por vez primera tuvo la idea de volver a su patria. La acarició por un tiempo, más con miedo que con voluntad absoluta. Su hijo le había ofrecido casa.
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Las cosas se complicaron con esa invitación. El niño que era yo entonces no podía comprenderlo del todo (habrá sido cosa de su nuera que temía la monserga, yo qué sé).
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Mi abuelo se dejó de afeitar y se volvió monótono: repetía una sola rutina, vestido siempre con su pijama, sin salir de casa, con pantuflas y el pelo revuelto. Enflaqueció y se dejó morir. Su nariz afilada se hizo más delgada y el cuello con la barba se llenó de unas enormes arrugas que yo no le había visto antes. Los ojos se le hundieron en las cuencas y dejaron de brillar, como si se le hubiesen secado las lágrimas. Escribió una frase con letra casi imposible de leer: “Cuando las facultades físicas y mentales te abandonan es mejor acabar de una vez por todas”.
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Tres años después, en el verano, declaró solemnemente:
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—No pasaré de este año.
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Juan García, mi abuelo, era pura voluntad. Voluntad de vivir a pesar de la depresión de sus años últimos –muchos, a decir verdad, para estar triste–. Voluntad para resistir un cáncer en la médula sin quejarse nunca y permanecer de pie, caminando como si tuviese vértebras. El doctor le había dicho a mi madre:
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—Médicamente es imposible que se sostenga. No tiene columna vertebral.
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Yo tenía 12 años. Escuchaba el reporte con estupor, viendo a mi abuelo como un gusano: invertebrado. No le di importancia a su frase veraniega, ni siquiera supe de qué se trataba hasta los primeros días de diciembre.
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Entonces mi abuelo fue internado en un hospital.
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Aún conservó el humor. Recuerdo un día, mientras escupía ya pedazos de sus órganos en el cómodo y yo limpiaba aquella cosa de plástico cuyo olor penetrante aún ahora no me abandona. Una religiosa llegó a su lado y al verlo tan mal le cuestionó:
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—¿No quiere que lo confiesen?
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Mi abuelo atajó:
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—Si quiere, madre, yo la confieso a usted.
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La monja salió de allí despavorida.
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Los días se sucedían con dolor y tristeza y las caras de los adultos me indicaban que el final estaba cerca. Leía en ese entonces a Sandokan y los Tigres de Malasia me ayudaban a soportar las noches en que yo lo cuidaba en el hospital, relevando a mi madre.
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Mi abuelo, fiel a su estilo, no vivió un día más de ese año: murió el 31 de diciembre. Fue mi primer entierro. Fueron las primeras lágrimas que me dolieron en la vida.
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Unas lágrimas que caían, pesadas, como si fuesen de piedra y me quebraban en pedazos.
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Todo lo que he escrito desde entonces, ha buscado explicarme ese día en el que me quedé para siempre solo, sin sus historias.
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No hay día en mi vida en la que no se aparezca. Es un espectro amigable, sin embargo. De él conservo algunas fotos y el sabor de la desdicha.
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Las guerras son absurdas, me digo con el poeta, porque la muerte de un hombre es un argumento central y en las guerras se derrochan miles de argumentos centrales.
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Es aún peor cuando ese que ha muerto en 1939 sobrevive otros 39 años a aquel día en el que la vida dio un giro inesperado para él y los suyos. Un giro que, curiosamente, lo inmovilizó en el territorio inveterado de la memoria.
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El único territorio en el que su vida –la de entonces, la única– tenía sentido.
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Y si la madre España cae, escribía Vallejo, digo, es un decir:
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…si cae España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes, en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena!

1 comentario:

Salamandra dijo...

fredo, cómo vas?

veo que sigues dándole a las andadas y escriturancias.... eso se celebra :)

recibe un abrazote.