miércoles, octubre 07, 2009

"Contra la vida activa"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 07/10/09)

¿Se imaginan trabajar cuatro horas al día en lugar de ocho es una de las propuestas que en 1932 hace Bertrand Russell en su ensayo “Elogio de la ociosidad”, es la idea con la cual Rafael Lemus –colérico crítico literario y mejor ensayista que cuentista- abre su ensayo “Contra la vida activa”, round 9 de la colección Versus de Tumbona Ediciones.
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Con una prosa ágil y confrontativa, Lemus invita al lector a analizar el sistema de vida con que se conduce día a día y le propone un cambio: descansar y buscar algo de paz debería ser lo esencial y trabajar como locos para ganar el pan de cada día. Inclusive el procurar un poco más de descanso nos haría personas más sanas en cada aspecto de la vida y abriría oportunidades a otros de obtener trabajo, pues si uno trabaja cuatro horas al día, otro, el desempleado, podría ocupar esas cuatro horas que restan para completar las ocho horas laborales que necesita la economía mundial para sobrevivir.
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Cincuenta y tres páginas que son una clara protesta contra el trabajo en exceso, la rutina diaria y la falta de creatividad, pues a mayor tiempo de ocio mejor oportunidad para sentarse a crear una novela, un cuento, un poema, una canción o una pintura: para crear se necesita de disciplina, dedicación y para contemplar al mundo y su movimiento constante, sin duda se necesita de tiempo.
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Un libro que no debe dejar pasar y que sin lugar a dudas lo hará reflexionar sobre el estilo de vida al que esta sociedad nos ha acostumbrado.
Ayer eran tus manos y labios
los que podía palpar con fineza.
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Hoy es el olvido, la lejanía y la muerte,
lo que corta cada pensamiento y palabra
que me remite a tu recuerdo.
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Cada ruptura es un fracaso;
cada fracaso, una muerte.

martes, octubre 06, 2009

El cigarri-yo

Diario Milenio-México (06/10/09)
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Dejé de fumar el 28 de julio de 2003, a eso de las 2:35 de la tarde. Lo recuerdo perfectamente porque uno no termina una relación de 20 años por casualidad o sin consecuencias. Pero sobre todo lo recuerdo porque ése fue el último día completo que pasé en los Estados Unidos de América antes de emprender un regreso que terminó convirtiéndose, a pesar de mí o a sabiendas de mí, en El Regreso Mismo.
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Fumar, ese gusto o esa adicción, es un verbo que encarna de maneras por demás físicas mi relación cambiante, paradójica, encontrada, con el vecino del norte. Fumar, la actividad biológica que consiste en colocarse un pitillo de tabaco entre los labios con el único fin de aspirar el humo para después expulsarlo, es, en realidad, una actividad social. Fumar, quiero decir, es política.
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Fumaba antes de llegar y fumé todo el tiempo que estuve ahí. A pesar de o debido a que la actitud pública ante el cigarrillo se volvió más rígida y más policiaca con el paso del tiempo, nunca lo dudé. Yo era una fumadora y fumaría. Aún más: Yo era una fumadora Mexicana y, por lo tanto, fumaría. Categóricamente. La identificación nacional quedó así íntimamente ligada a mi cigarro. Yo sentía que los consumía a los dos, a la identificación y a la nacionalidad, incorporándolos a mi cuerpo, cuando el humo raspaba mi garganta, y que los dos se quedaban junto a mí, protegiéndome del exterior, cuando las madejas grises, elípticas, delgadas, danzaban alrededor de mi cabeza. Como bien lo dice Cristina Peri Rossi en ese largo obituario a su relación con el cigarro que es su libro Cuando fumar era un placer, el cigarrillo se convirtió en mi confidente, mi hermano gemelo, mi interlocutor, mi mano derecha, mi resistencia, mi manifiesto público, mi manera de estar afuera. El cigarrillo fue, ante todo, mi manera de enunciar, con cada una de sus letras, esa palabra que Emily Dickinson calificaba de salvaje: No.
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No al cuerpo-máquina que promovían sus gimnasios.
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No a la salud ficticia que defendían sus filosofías y sus clínicas.
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No a las alarmantes fotos de pulmones ennegrecidos.
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No a las pieles lozanas y los dientes blancos de los renuentes.
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No a sus zonas prohibidas.
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No al cuerpo intacto.
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No.
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No se me antojaba darles mi Sí.
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Breve Cronología de un Amor Verídico:
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1) Al inicio estuvo ese ligerísimo mareo que ocasionó la primera bocanada. Una especie de levitación. Esa manera casi imperceptible de perder el control.
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2) Los amigos. Los otros. Los rebeldes. Los creadores. Todos ellos fueron llegando poco a poco, cigarrillo entre labio y labio, pidiendo fuego. Dándomelo.
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3) Y el humo se elevaba en cuerpo y el cuerpo se volvía sólo humo. Así nacieron las letras. Abajo: una máquina de escribir. Arriba: la humareda.
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4) Una larga historia dentro de una voluntariosa (y brevísima) falta de ortografía: cigarriyo.
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5) I rest my case.
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Cuando dejé de fumar, cuando el cigarriyo se transformó en un cigarrillo, incluso en un simple cigarro, estaba enferma. Padecía de todo: me dolían las nubes y las vocales y los bosques y las rodillas y los anteojos y el sereno y los horarios y los murmullos y la falta de voz. Me dolía el esqueleto. Me dolían las uñas y el cabello y el océano. Me dolía todo lo que no tocaba México. Sabía ya que regresaba: un año sabático interrumpía, de manera por demás azarosa, un viaje de demasiados años. Y fue en ese momento, cuando decidí cruzar justo por el centro del gran aro de la palabra No, retándola de hecho, que dejé de fumar. Abandonaba así una larga historia de amor verídico e iniciaba una inverosímil historia de amor con el Sí. El mío.
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El regreso.
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De eso hace aproximadamente un año y seis meses. Todavía lo sostengo con cierta frecuencia entre los dedos. Nunca dejo de aspirar su aroma cuando alguien lo consume cerca. Me continua subyugando la atmósfera enrarecida que produce a su alrededor. Aún lo describo como elegante, alegre, balsámico. Lo sigo queriendo mucho, mucho, mucho, quiero decir. Lo querré hasta el último de los últimos de mis días. Lo sé bien. Pero cada que estoy a punto de ceder, cada que casi estoy a punto de encenderlo, cuando ya toca mis labios con su misma escandalosa caricia, recuerdo lo muchos años lejos y, de la manera más callada, de la más firme también, desisto de mi locura o de mi esfuerzo.
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En un país donde todo mundo fuma, dejar de fumar, por cierto, me ha ayudado a seguir diciendo, enfáticamente, No.
¿Para qué despertar si lo único que hallaré es una vida inmensa,
llena de farsantes, enmascarados y soñadores como yo?
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¿Hasta cuándo las certezas?
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¿Para qué escribir si cada palabra se llena de ausencia
y camina a la nada?
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¿Hasta cuándo la corporeidad?
Pienso en el silencio, inmenso,
áspero, que a veces miente
como los labios de la mujer
y las canciones de cuna.
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No hay noches felices,
ni dulces sueños.
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Sólo ganas de no despertar.

lunes, octubre 05, 2009

Tartufos contra Polanski

Diario Milenio-México (05/10/09)
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Repulsión por los buenos
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Hasta donde recuerdo, no había ni cumplido los siete años y ya odiaba el realismo infantilista. O sería tal vez que sentía algún pudor ante la perspectiva de unirme al entusiasmo manadero cuando el vaquero bueno derrotaba a los malos de la película. Ese coro de vocecitas gritonas me parecía del todo abominable, pues no sólo me sustraía de la trampa tendida por la pantalla, sólo para instalarme de regreso en la impotencia propia de los años niños, sino además —y esto era inaceptable— contribuía a promover a la niñez como esa etapa bemba de la vida donde se cree uno cuanta patraña escucha y no es capaz de pensar por su cuenta. ¿Cómo explicar delante de ese coro de alaridos ovinos que el vaquero del copete impecable nada tenía que hacer contra el matón zaparrastroso por cuya causa el drama cobró cuerpo y sentido? ¿Cómo era, por cierto, que una vez terminada la película, con las luces prendidas, resultaba que entre los hinchas del vaquero bueno se distinguían los niños bravucones y fantoches? ¿O sería que los rufianes del mundo real sólo se hacían amigos de gente decente cuando ésta provenía de la ficción? ¿Cuántas veces no quise apasionadamente que ganaran los forajidos, nomás para callar a los gritoncitos?
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Nunca ocurrió, en aquellas funciones infantiles, que ganaran los malos, o al menos consiguieran escapar a su sino ejemplar. Y eso me parecía no solamente injusto, sino irreal, tomando en cuenta que no pasaba día sin que escuchara a alguno de mis mayores hablar pestes de los villanos del gobierno, que por supuesto siempre ganaban. Ya en la vida doméstica, los malandros eran aquellos motociclistas de tránsito amables y enguantados, cuyas buenas maneras anticipaban una mordida de burro en el presupuesto familiar. Los oía proferir toda suerte de cortesías rebuscadas, y un instante más tarde ya me torcía de risa escuchando a mi padre mascullar una larga retahíla de adjetivos que solía comenzar por algo así como desgraciado ratero. Y fue así, metiendo las narices entre los adultos, como años más tarde leí la siguiente declaración: En mis películas, el héroe es un perdedor.
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Rehén de la moraleja
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Hasta hoy, no me pierdo una sola de esas películas, acaso porque todavía las encuentro ideales para cortar de tajo el griterío de la hinchada barata. Polanski no me miente y se lo agradezco. Ya sea porque el vampiro logra al fin contagiar a sus cazadores, porque el abuelo incestuoso y triunfante rodea con sus brazos a la hija-nieta como a un trofeo lerdamente codiciado, o porque ya la espeluznante hostilidad de los vecinos convenció al hombrecillo de suicidarse por segunda vez, sus historias ocurren allá por las antípodas de la buena conciencia, donde no queda ni un retazo de Spielberg que nos rescate de la sospecha de habitar un mundo absurdo e imposible, repleto de adefesios repugnantes y aún así plagado de belleza siniestra y entrañable. ¿Y qué de raro hay, así las cosas, en que los peores monstruos de la filmografía polanskiana sean personas de apariencia tan convencional e inofensiva como el niño que aplaude al vaquero durante una insufrible matiné escolar? ¿Deberían los hinchas de la norma dar por buenos exhibición y escarnio semejantes?
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No es un secreto que lo más parecido a sus películas es la vida del propio Roman Polanski. Fatalmente, sus acusadores y perseguidores —al principio los nazis, después los comunistas, más tarde los pastores del Public Eye— son no menos grotescos que los fantasmas de la Deneuve en Repulsión. Y ahora que una vez más los sueños chocarreros del señor Trelkovsky cobran forma en el súbito rigor de burócratas oportunistas, arbitrarios y multinacionales, también es de rigor que una vez más se lancen miles de carroñeros entusiastas a comerse un pedazo del irredento favorito de la zopilotada. Violador, ya lo apodan, y hasta exigen que se le aplique la ley como a cualquiera. Como si los problemas legales de cualquiera se ventilaran en la prensa internacional, decenas de políticos sacaran raja de sus incidencias y el juicio fuese inmune a ese circo podrido que recuerda al de El extranjero de Camus. Condenado al ejemplo por el crimen de no ser ejemplar.
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Privilegio y estigma
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No sería exagerado suponer que gran parte de los asiduos a los pequeños y grandes festines que ocurrían en la casa de Jack Nicholson fueran en su momento libertinos, o al menos liberales, pero de ahí asumirlos como violadores hay la distancia que separa a La lista de Schindler de El pianista. En todo caso nadie solía llegar a la concurrida mansión sin saber lo que adentro le esperaba. Consumir chochos duros y meterse a la tina con quién sabe qué gente no eran, por cierto, prácticas extrañas, sino —cuentan— la regla. Eso sí: nunca se supo de alguien que llegase hasta allí por la fuerza. Ahora que si se trata de costumbres licenciosas —y ojo: vigentes— no estaría de más preguntarse cómo ha logrado Charles Manson grabar discos, venderlos y alimentar su base de fanáticos desde la prisión. A juzgar por la furia persignada de sus detractores, se diría que el director de Tess no es menos peligroso para la sociedad que el asesino intelectual de su esposa.
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No sé qué esperaría un hijo de vecino del privilegio de ser juzgado por un especialista en celebridades —digamos Elvis Presley, Marlon Brando, Cary Grant— de pronto atento menos a las evidencias que a los vaivenes de la opinión pública. Amante de las puestas en escena, el juez Laurence Rittenband asignaba papeles a las partes de acuerdo con su precisa conveniencia, de forma que ya el juicio en sí no era sino una farsa concertada cuyo autor insistía en ser protagonista. Sin ir más lejos, hace pocos días que el entonces fiscal se dijo mentiroso, por segunda vez. Mal podría decirse que el fugitivo de una mala parodia de juicio no haya sido tratado y maltratado en especial por causa de su fama y su carrera. Pero no hay una ley que impida convertir un juicio en el escaparate del público ejemplo, y al acusado en carne de picota. Por eso digo que algo huele a podrido. Parece ser que hay fiesta donde los zopilotes.

jueves, octubre 01, 2009

Ambrose Bierce

Diario Milenio-Puebla (01/010/09)
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Supe de Ambrose Bierce cuando, siendo un adolescente apenas, me topé con el Diccionario del diablo. Supe del humor (del sarcástico humor de Ambrose Bierce) cuando terminé de leer algunos de sus cuentos y luego supe de su enigmática personalidad y desaparición en México cuando leí su biografía. Carlos Fuentes, en Gringo viejo, llevó a la ficción de la novela su vida. Muy parcial e incompleta para todo lo que representa un escritor de la talla de Ambrose Bierce, desde mi humilde punto de vista. He retomado la lectura de Ambrose Bierce porque la editorial Valdemar, en su Colección Gótica se ha dado a la tarea de reeditar sus cuentos fantásticos completos. Un gran acierto de Valdemar.

Buscando algunos datos nuevos en la fama y la comodidad de Google acerca de Bierce, me encontré con la grata sorpresa de que es un autor leído por miles de jóvenes en todo el mundo. Las nuevas generaciones, ésas de las que ya hablaba hace tiempo y que están redescubriendo la música de los sesenta (creen que Los Doors son un grupo que acaba de conformarse) leen a Ambrose Bierce, lo que lo convierte en un autor clásico.

Me pregunto qué hubiera sido de Bierce sin la herencia de Edgar Allan Poe, para no ir muy lejos. Bierce, en efecto, le debe mucho a Poe. En un escrito que deja por ahí antes de su desaparición en 1914 en territorio mexicano, él afirmaba que ser un gringo en México es mejor que suicidarse. Nunca se supo, ni se logrará saber jamás, qué lo motivó a externar tal sentencia.

Su nombre completo fue Ambrose Gwinnett Bierce. Nació en 1842 y no se tiene aún la certeza sobre la fecha de su muerte, que pudo haber ocurrido hacia 1914. Como sucede alrededor de toda personalidad como la de Bierce, desde entonces se han conocido muchas hipótesis y muchas anécdotas sobre él.

Lo cierto es que, de acuerdo a sus biógrafos, Bierce cruzó la frontera con México en 1913. Tenía (lo dicen los editores en la presentación) dos mil dólares en oro y sus credenciales que le permitieron avanzar hacia el territorio de los constitucionalistas.

Fue, como se sabe, soldado, periodista y escritor de negro humor. Su Diccionario del diablo lo llevó a la fama póstuma y sus cuentos “Las delicias del Diablo” y “Telarañas de una calavera vacía” lo han hecho un autor imprescindible. Colaboró en diversos diarios y casó con Mollie Day, hija de un acaudalado minero.

Bierce escribió un par de cartas la Nochebuena de 1913 en Chihuahua y había dejado un equipaje en Laredo. Las versiones acerca de su desaparición y muerte son muchas. Lo único valedero sigue siendo su autoepitafio: “Para todos y cada uno de ustedes, la paz que no me perteneció”.