jueves, abril 05, 2007

Introspección XLVIII.

Nadar por un inmenso mar salado para recordar lo amargo que significa estar solo, lejos de ese místico enlace con sensación a eternidad que significaban tus piernas entre lazadas con las mías. Buscar resguardo en la sombra de una palmera para hacer menos pesada esta espera que se vislumbra infinita. ¡Me siento la versión masculina de Penélope! Esa Penélope que Serrat nos la metió en la memoria para que pudiéramos dar personificación a la espera amorosa. Y embargo, si quisiera personificar mi espera, no podría ser otra mujer, sino tú.

3 comentarios:

Clarice Baricco dijo...

Ud siga escribiendo, dibujando a esa mujercita que espera. Ya llegará.
Tranquilo.

Abrazo soleado.

El Caballero inexistente dijo...

El texto sobre la última novela de Pedrito.


Pocas portadas de una novela están tan afianzadas en la imaginería popular como la de Zapata de Pedro Ángel Palou. Ahí está el rostro mitológico del héroe, los bigotes abundantes y perennes; la mirada vidriosa, velada apenas por el humo: la fotografía de un fantasma prematuro. Fotografía reproducida en carteles, emblema de marchas, inspiración de movimientos armados. Zapata para todos los gustos. Zapata de exportación. Entrar al cementerio de los caudillos supone riesgos, aún para el escritor más cuidadoso. Hay pasos en falso, trampas propias del mito, del que revive al caudillo para ponerlo de nueva cuenta sobre la montura desempolvada, en un camino transitado por otras plumas, en una cabalgata denominada “novela histórica” que en temporadas, casi como una migración cuidadosamente planeada por los ejecutivos de las casas editoriales, saturan los estantes de las librerías con su firme vocación de bestsellers, pero que en sus páginas los personajes son maniatados a su condición de héroes, a no salirse de su papel, a languidecer en lugares comunes, frases de cartón, escaramuzas calcadas de los libros de historia escolares.

El Zapata de Palou trata de alejarse de este pelotón, toma su distancia con los recursos de un escritor con varias novelas a cuestas. Mencionaré los dos más sobresalientes: una prosa bien cuidada que echa mano del remate contundente, de la frase luminosa en labios del héroe, sentencias hechas para resonar en los oídos, que son como las ondas que perturban el agua después de arrojar una piedra. El “efecto Palou” me atrevería a patentar después de leer algunos de sus libros. La misión, en ese sentido, está bien librada. El segundo recurso viene acompañado por una extensa documentación, respaldada en la bibliografía al final del libro. Palou se mueve con facilidad entre documentos, autores, estudios. Se necesitan puntos de apoyo a la hora de enfrentar a la siempre resbaladiza historia y a la par de la verosimilitud, imagino que el autor tuvo en mente las hordas de estudiosos que ante el anuncio de Zapata comenzaron a afilar cuchillos, a sacar sus lupas para encontrar el dato impreciso, la frase mal cotejada, la fecha dudosa.

Estos dos elementos, por separado, cumplen, pero al entretejerlos pierden fuerza y hacen flaquear la novela. Al terminar la lectura de Zapata se tiene la sensación de haber querido atravesar una puerta y, después de algunos forcejeos, quedar con un pie afuera y otro dentro. Porque, en efecto, hay pasajes bien logradas, sobresalientes como el encuentro homosexual de Zapata con Ignacio de la Torre y Mier, la atmósfera onírica que culmina con sueños premonitorios, que impregnan de muerte el último trecho del caudillo. Palou va capítulo tras capítulo tras capítulo, corrido tras corrido, sentencia tras sentencia, manteniendo el pulso de Zapata con una clara voluntad estilística, pero que se ve desbordada ante el flujo pormenorizado de los hechos, ante el cuidadoso inventario de batallas, encuentros, planes malogrados. La atmósfera bravía, a veces oscura, se diluye cuando Palou entra al detalle que parece servir más a la anécdota curiosa y en el que el Zapata luce opaco, limitado al guión, a la ruta trazada, extrañando la mirada introspectiva que lo vuelve más personaje y menos héroe, más literatura y menos historia documentada.

Anónimo dijo...

me gusta leer tus textos, yo tambièn me siento sola e imagino a la persona que pueda amarme.