jueves, mayo 09, 2013

Del Amores platónicos al Tengo frío-(Sexenio-Puebla 29/04/13)


El pasado viernes 26 abril era la fecha, después de 5 años Julieta Venegas volvía a pisar tierras angelopolitanas.

Julieta es otra compositora que forma parte del soundtrack de mi vida. En esta ocasión no pude concertar una entrevista individual, pero sí acceder a la conferencia de prensa.

Julieta llega una hora antes de su presentación, ante diversos medios locales y nacionales, portando un vestido rosa que denotaba su belleza.

Todos peleándose por hacer una pregunta; algunos hacían constatar el conocimiento de su carrera  y otros una ignorancia total, sin embargo ella atendió a todos con una sonrisa y un humor avante. Ahí comentó que Puebla es el segundo lugar, en México, donde viene a promocionar su más reciente producción: Los momentos, disco donde la cantautora buscó reflejar sus preocupaciones emocionales sobre México, sin ser combativa. Considera que el miedo con el que se vive en México no debe definir nuestras acciones. Comentó que los mexicanos tienen la tendencia a cerrarse ante el miedo y creen que lo que pasa en otros Estados no tiene que ver con ellos, sin embargo tiene que ver con todos; por eso sugiere mirarnos entre todos para lograr que las cosas cambien. Respecto a su parte creativa, Julieta no se considera una compositora conceptual, pues se deja llevar más por su intuición. La inspira todo lo que ve, lee, escucha y lo que le preocupa. Prefiere probar y que la curiosidad la siga llevando en el acto de crear. No cree en las formulas musicales ni en los estilos, cree en contar historias y en las canciones; por eso no se considera alternativa, electrónica, popera o rockera. A Venegas no le incomoda la fama, no cree en ella, prefiere vivir su vida y la música es parte de la misma; tal vez por eso disfruta la inmediatez que las redes sociales otorgan, pues es un lugar donde ella puede compartir sus gustos musicales o lo que está realizando en el día a día. Parte importante de su vida es su hija Simona, a quien le compuso la canción Hoy, que forma parte de Los momentos.

Siendo las 8:30 en punto y durante hora y media, Julieta Venegas  deleitó a sus fans –que abarrotaron el Foro Artístico de la Feria de Puebla 2013- con canciones como A tu lado, Tuve para dar, Amores platónicos, Bien o mal, Despedida, Te vi, Por qué, Limón y sal, Lento, El presente, Eres para mí, Andar conmigo. Preciso mencionar que su actuación formó parte del Festival Internacional 5 de Mayo 2013, tal y como lo hizo la última vez que estuvo en Puebla en el antes nombrado FIP.

Y sí, logré tomarme una foto con ella y accedió a tomarse una foto promocionando la revista UniDiversidad.
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Contrastante, pero no menos emotiva fue la presencia de Ely Guerra en el Festival Internacional 5 de Mayo el sábado 27 de abril.

Teniendo de fondo el Estadio Cuauhtémoc, una leve llovizna y cerca de trescientas personas, que en palabras de Ely: parecían más mil almas; la compositora cantó canciones como: Peligro, ¿Por qué tendría que llorar por ti?, Tengo frío, Te amo, I love you, Ojos claro, labios rosas, Lucrecia y Rigoberto, Mi condición, Stranger. Mismas que fueron coreadas por sus fans. El momento cumbre y emotivo fue cuando Ely Guerra cantó a capela: Júrame, canción que hizo vibrar a todos los presentes y dejo constancia de la gran voz que ostenta.

Lo que podría haber sido un concierto masivo, se convirtió en uno casi íntimo. Sin embargo, la entrega tanto de Ely Guerra como de sus fans estuvo siempre presente, quizá por eso el concierto duró cerca de dos horas. Quizá la poca publicidad o la lejanía fueron factores.

Ely Guerra, estuvo en Puebla en menos de un mes. La vez pasada lo hizo en el marco del 1er festival 5 sentidos, donde compartió escenario con Natalia Lafourcade, Molotov, Paté de Fuá y Dannah Garay.
 Esta ocasión no viajó con su vida, se hizo acompañar sólo de un guitarrista.

A diferencia de muchos artistas que han participado en el Festival, esta ocasión no se realizó conferencia de prensa con la cantautora. Sólo algunos reporteros que esperaron al final, pudimos obtener una foto exprés con la cantante, misma que se logró gracias a la sencillez de Ely Guerra.
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Aunque Julieta Venegas abarrotó, muchos creíamos que merecía presentarse en el Zócalo; al igual que Ely Guerra.

Ya será para la otra y esperemos que no pasen tantos años para volver a ver a Julieta en Puebla y Ely tenga un escenario que esté a la altura de su calidad.

martes, mayo 07, 2013

Rulfo, la “mijería” y el progreso / y II (Diario Milenio/Opinión 07/05/13)


A la par, aunque de manera más escueta, Rulfo también le dedicó comentarios elogiosos, comentarios que también involucraban el uso del vocablo “esperanza”, a Luis Rodríguez, o don Luis, como lo llamó haciendo eco del trato respetuoso que le prodigaban los mixes a su líder. En su descripción de Zacatepec, una capital del distrito mixe, Rulfo hizo hincapié en la similitud del paisaje de miseria que compartía con otros poblados de la sierra, pero también recalcó que “en categoría política sobrepasa a cualquiera. Allí radica “el hombre” que mueve los ánimos de los hombres mixes, el patriarca de una raza que ha sabido subsistir a pesar de todas las adversidades: Luis Rodríguez, o don Luis, como se le nombra con respeto. Basta una orden suya para poner en movimiento al imperio mixe de un confín a otro. Basta un consejo, una palabra de consuelo, para que Tlahuitoltepec o Ayutla, azotados por algún mal, recobren la esperanza.”. A don Luis, tanto como al ingeniero Sandoval, Rulfo le atribuye una “visión extraordinaria”.
En una serie de frases sueltas que no llegó a convertir en una argumentación articulada en párrafos, Rulfo esbozó, sin embargo, algunas de sus ideas fundamentales acerca del mundo indígena y su relación con el impulso modernizador de la época. Lejos de detenerse en consideraciones esencialistas que tanto han privilegiado el “alma” de los pueblos o la diferencia inmanente del indígena, Rulfo se concentró en sus procesos de trabajo, especialmente el trabajo colectivo, también conocido como tequio, en tanto “formidable elemento de producción” y en tanto modo “solidario y orgánico” de producir comunidad. Es ahí donde radica, a su ver, es decir, de acuerdo con la visión del que estuvo ahí y lo vio todo, “la utilidad social” que había hecho posible la construcción de obras “en beneficio de su nación”. Si se destruían los vínculos generados por el trabajo colectivo, auguraba Rulfo, “la nación se convertiría en comunidades dispersas … fácil sería entonces que se vieran despojados de sus tierras”.
Muchos años después, hacia finales del siglo XX, Floriberto Díaz, el antropólogo mixe que impulsó el Comité de Defensa de los Recursos Humanos y Culturales Mixes, el cual tendría continuidad en la Asamblea de Autoridades Mixes, y la fundación de Servicios del Pueblo Mixe en 1998, prestó una similar atención a la relación del trabajo colectivo con la formación y la sobrevivencia de los pueblos indígenas. Además de considerar que “las plantas, el agua, las rocas, las montañas también expresan y captan sentimientos,” es decir, que el ser humano, el jää´y, no es el único con estas capacidades, los mixes han hecho del trabajo, en especial del trabajo colectivo conocido como tequio, la liga de producción que los une a la tierra y la liga de liderazgo que los estructura como entidad política. “Kutunk, en mixe, nada tiene que ver con el significado occidental de la palabra autoridad, significa, literalmente, “cabeza de trabajo”; en la práctica es quien con su ejemplo motiva que la comunidad realice las actividades necesarias para su desarrollo” (61). El trabajo comunal, el tequio, es “una energía transformadora que mantiene, además, al ser humano en constante contacto creativo con la naturaleza” (63).
No deja de ser llamativo que en “Una visión del Pueblo Mixe”, uno de los capítulos que integran el libro Floriberto Díaz. Escrito. Comunidad, energía viva del pensamiento mixe, compilado por Sofía Robles Hernández y Rafael Cardoso Jiménez, Díaz muestre una especial animadversión por el tipo de proyectos modernizadores que, generados desde el centro del país desde una óptica mestiza e integradora, nunca comprendieron la relevancia del trabajo colectivo de las comunidades indígenas, produciendo así despojo, dislocación y pobreza. Acusando la injusta adjudicación de tierras comunales mixes por parte de representantes de “los intereses de la nación” (las comillas son usadas así, en el original), Díaz acusó especialmente a “la Comisión del Papaloapan, Fábricas de Papel Tuxtepec, y el propio Instituto Nacional Indigenista y sus representantes regionales” (83). El ángel melancólico del progreso agita sus alas con desesperación: Juan Rulfo, escritor ejemplar, fue empleado en distintos tiempos de su vida por al menos dos de estas agencias citadas por Díaz. Asesor e investigador de campo para la Comisión del Papaloapan. Integrante del Departamento de Publicaciones, cuando estaba a cargo de Carlos Solórzano, del Instituto Nacional Indigenista desde 1963, hasta su muerte en 1986. Y el ángel del progreso guarda silencio.
En varios de los obituarios que se le dedicaron al ingeniero Raúl Sandoval en 1956 se comentó, casi al pasar, que su muerte había sido resultado de un accidente. Omar González, autor del texto “Juan Rulfo: Oaxaca”, publicado en el semanario Punto y Aparte el 19 de mayo del 2011 afirma, citando a su vez un artículo de Alberto Vidal en el número 409 de México en la cultura, que la muerte del apresurado constructor de la presa Miguel Alemán, el “domador de ríos” y, a decir de Rulfo, “el héroe de esos doscientos cincuenta mil huérfanos de la cuenca del Papaloapan”, fue producto de un asesinato “mientras investigaba negocios turbios en torno a la obra [de a Comisión del Papaloapan]”. Una fotografía de Rulfo, la ahora famosa “Músicos mixes” fue utilizada, en todo caso, para ilustrar el número con el que México en la cultura honoró la muerte de Raúl Sandoval. En el reverso, la foto llevaba la inscripción “Músicos Zacatepec-Mixes, Oax”.

Yo no fui, fue el mercado (Diario Milenio/Opinión 06/05/13)


Un villano tenaz domina el mundo y se ha propuesto acabar con los libros. A juzgar por el miedo que despierta en quienes se presumen víctimas indefensas e inminentes, su sola sombra augura un futuro ominoso para autores, lectores, editores y, ay, niños y jóvenes. Cierto es que sus feroces antagonistas —varios entre los cuales se abstienen de nombrarlo por superstición, asco o fervor ideológico— suelen magnificarlo tanto o más que quienes se le rinden igual que a un dios cabal y bondadoso, y es a esos despropósitos gazmoños que debe su nivel de personaje. Atrás, pues, crucifijos y detentes, que he de invocar al pérfido Mercado.
La sola insinuación de que un libro será lanzado al mercado mueve a extrañas censuras y justificaciones. Parecería que se habla de lanzarlo a la hoguera, y peor aún porque al menos las llamas prestigian sin querer las hojas que calcinan, mientras en el mercado se arriesgan a morir poquito a poco, bajo la indiferencia de una gran mayoría seducida por ofertas distintas y quién sabe si dignas de comparación.
Se acepta que jabones, martillos o camisas sean considerados mercancía. Álbumes musicales y películas disfrutan asimismo del rango de producto sin que los exquisitos levanten una ceja. ¿Pero libros? Ahí es donde la puerca tuerce el rabo, ya que lo culteranamente correcto es escandalizarse por ese tratamiento igualitario, a menos que haya indicios de que dicho volumen no oculta sus aviesos fines mercantiles. Una mierda de libro, claro está, cuyo título es más que suficiente para estigmatizar al comprador ante una minoría inquisidora.
Un libro que disfruta de éxito comercial despierta toda clase de sospechas, discolerías y envidias.¿Cómo pudo gustarle una sola novela a tanta gente, si ya se sabe que la gente no lee y es en su mayoría ignorante y estúpida?, respingan los lectores excluyentes —aquellos que se precian de ignorar cuanta página parezca fácil y comprender mejor que nadie lo “difícil”— con un celo en tal modo defensivo que delata la grave desazón del que no está dispuesto a pasar lista entre la muchedumbre. Es curioso, no obstante, que esta rancia avidez de aristocracia se valga de argumentos “democráticos” para disimular su terror a la plebe, cuando menos ante los distraídos.La culpa es del mercado, pontifican, con la nariz tapada y una cita elegante a flor de labio.
Uno puede entender el miedo, la soberbia o el fervor timorato del autor que se rinde al repelús que le causa la idea intolerable de promover sus obras, sobre todo si tuvo la dudosa fortuna de colgarse del puro patrocinio estatal. Y digo que es dudosa porque le evita el riesgo, inherente a su oficio, de jugarse el pellejo por su trabajo y atreverse a crecer como profesional. Hacerle ascos sonoros a la ley de la oferta y la demanda y estirar la manita por lo bajo para exigir subsidio paternal evidencia un apego al privilegio que en nada se parece a la virtud, tan cacareada en estas ocasiones.
Verdad es que no todos los libros entrañables encuentran el mercado generoso que según suponemos merecerían, y de hecho son pocos los afortunados. Pues pasa que el mercado no tiene el compromiso ni la capacidad de ser piadoso, altruista o tan siquiera justo. Nadie puede obligarnos a comprar y leer un cierto libro, por más que sea estupendo, profundo y seductor. Nadie se va al infierno si no sigue el consejo de la crítica y prefiere lo menos preferible. Nadie lee por bondad, sino por interés; el mercado se encarga de poner eso en claro sin el menor indicio de misericordia, de ahí quizás la furia de sus malquerientes.
Si echamos un vistazo a la publicidad editorial vigente, observaremos que es mediocre y apocada. Tal parece que quien anuncia el libro da por hecho que a medio mundo le interesa, o que pide disculpas por la frivolidad de tratarlo como a un producto más. ¿Es que acaso nos venden elCorán, la Biblia, el Ramayana? Y aun si fuese así, ¿debemos suponer que quien imprime un libro religioso comete algún pecado por ponerlo a la venta? ¿Es posible poner cualquier cosa a la venta sin exponerla a los vaivenes del mercado? ¿Atrae o acaso ahuyenta a los lectores la sacralización de la escritura?
Pocos éxitos causan tanto escozor entre exquisitos y persignados como el de un libro fácil o banal. Habría que ver cuántos de los libros difíciles y sin duda valiosos podrían publicarse, y a qué precio, sin las ganancias de esos fenómenos de ventas que tanto satisfacen al populacho y equilibran las cuentas del editor. “Ganancias”. “Ventas”. “Precio”. Qué palabras prosaicas. Pareciera que estamos en un pinche mercado.

martes, abril 30, 2013

La brevedad de Bali y Figueiras-(Sexenio-Puebla 15/04/13)


Cortázar –haciendo una analogía con el box- decía que la novela se gana por puntos, mientras que el cuento es por knockout. La herida en el cielo, libro más reciente de Rowena Bali, es un ejemplo claro de ello.

A lo largo de veintiocho cuentos, cuya extensión va de una a cinco páginas, Bali recurre a la ironía, al retrato de lo grotesco y el absurdo para relatarle a lector un sinfín de historias que pueden robarle una sonrisa o provocar en éste una sensación de rechazo. Historias que van desde un preso que ansía volver a la cárcel para retomar las lecturas que dejó pendientes e hizo todo lo posible para lograr su retorno; la de una mujer que envuelta en celos asesina a su marido y a una mujer sin tener memoria de ello; la de un hombre cuya excitación sexual consiste en la suciedad que cubre a su amada o la de poner al pene a realizar un discurso afirmativamente falocéntrico. 

Bali decide reunir una serie de cuentos –escritos desde su adolescencia hasta la fecha- cuyo vaso comunicante, principalmente, es su estética y estilo personal; haciendo a un lado una unidad temática, que bien podría ser la comunión de la fantasía con el absurdo. La brevedad de estos cuentos ha permitido que Bali mezcle con gran astucia una prosa fina y grandes líneas de poesía pura.
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Otro ejemplo de brevedad al estilo Cortázar, es la que práctica Mauricio Montiel Figueiras en su libro La mujer de M, publicado por la editorial independiente Taller Ditoria.

A lo largo de 64 mini páginas, Figueiras escribe distintas historias cuya protagonista es la mujer de M. Esta serie de relatos, según contó el autor en la FIL-G 2012, forma parte de un proyecto twittero, donde El hombre del tweed (cuenta que él mantiene a la red social) narra cómo ve la vida de esta mujer solitaria de un pueblo, donde ella es la única habitante. Sin este antecedente, La mujer de M podría pasar como un cuento bellamente onírico, donde M podría ser nuestra mujer imaginaria.

El gran atino de esta serie de relatos es la técnica con la cual fue concebido, pues pareciera que los 140 caracteres del Twitter tuvieron mucha influencia en su escritura.

La herida en el cielo y La mujer de M, son dos libros que divierten, atrapan y embellecen la experiencia por el mundo del cuento y el relato.

De vicios y golosos (Diario Milenio/Opinión 29/04713)


Como suele pasar con los flechazos, el de esta historia me tomó por sorpresa. “¿Dónde habría tenido la cabeza?”, se pregunta uno siempre que estas cosas ocurren y de pronto se siente original, tal vez porque el cerebro sigue tan descompuesto que no atina a mirar en torno suyo, ni escuchar la tonada omnipresente, ni captar el embrujo del perfume imperante. “¿Dónde habría…?”, mentimos, como dando por hecho que ya dimos con el cráneo perdido y es él quien articula nuestra palabrería, destinada también a encubrir y alargar su aventurada fuga. Pues lo cierto es que adentro, donde cuenta, uno espera que el coco sea sagaz y se tome unas largas vacaciones, para que cuando vuelva ya sea tarde y no le quede sino conformarse.
No sé si es una historia, en realidad, ni acabo de creer que la obsesión alcance para idilio. Puede que sea exactamente lo contrario, si peca de obsesiva, tediosa y circular, como suele tocar a los vicios mayores. Recién leo un artículo espléndido cuyo autor, Javier Cercas, divaga en torno a la presunta superioridad del no-pensamiento sobre el pensamiento, y me pregunto si este antojo intermitente me estará conduciendo a un estado de gracia similar. Tras algunas semanas de monomanía, he adquirido una cierta destreza mecánica, de modo que a menudo arrastro el dedo índice sobre la pantalla sin la ayuda de más de tres o cuatro neuronas esquiroles. No obstante, está por verse si esta especie de catatonia compulsiva tiene algo de agraciado, o es que no me doy cuenta que ya empecé a babear.
Candy Crush Saga es el nombre del vicio. Y ahí sí que no nos mienten: se trata de un flechazo de caramelo. Igual que esas gomitas de grenetina que no saben a nada ni en realidad le causan gran placer, pero uno las devora como un acto mecánico y ansioso del que sólo consigue desatarse cuando logra el consuelo-desconsuelo de dar mate a la bolsa. No sé si afortunada o fatalmente, elCandy Crush Saga —variante hiperviral del antiguo Bejeweled— se administra en dosis pequeñas. Basta un rato de alinear avatares de caramelos afines, tras cuatro o cinco saltos de nivel y un número creciente de frustraciones, para enganchar al coco más desapegado.
Muy tarde supe que estaba de moda, especialmente entre los usuarios de Facebook, que se regalan turnos entre sí cuando uno de ellos agota sus vidas y precisa de suministro externo. Pues tal es la estrategia de contagio. Éste, en principio, es un juego gratuito. Uno puede jugarlo de gorra hasta el final en la medida que esparza el virus entre sus conocidos y utilice su apoyo para librar el cobro de un dólar siempre que el mecanismo le saca del juego, ya porque malgastó los turnos que tenía, ya porque quiere más amplios poderes, ya porque lo ha hecho bien y ha llegado el momento de ascender a otra etapa.
A falta de una cuenta personal en Facebook, ignoro qué tal lo hacen los demás. No sé cuántos niveles tenga el juego, ni qué tan bien o mal me va en comparación, pero hace un par de días escuché a otro enganchado confesar, con alguna humildad avergonzada, que apenas ha llegado al 150. Lo peor fue que recién habíame jactado, no sin algún orgullo fanfarrón, de estar ya en el nivel 43.
Me precio, en todo caso, de no gastar un peso en turnos extra, como si ya ese límite al dispendio me devolviera el tiempo derrochado. El costo verdadero de una monomanía como Candy Crush Saga no está en los trece pesos del chantaje por continuar jugando, como en la suma de todos esos minutos que ya se expresa en horas y días. Los viciosos conscientes, me dispenso pensando, abandonamos el Candy Crush Saga nada más se terminan los turnos de rigor y volvemos a nuestras ocupaciones sin desgracias mayores por lamentar, hasta que pase un rato y disponga de un nuevo paquete de turnos. La misma cantaleta de todos los viciosos: Yo no estoy enganchado. Lo puedo controlar. Sé bien lo que hago.
Como hace un par de años a los Angry Birds, a este juego maldito lo detesto en secreto. Amén de adulterar las horas hábiles con paquetes de minutos ineptos, comparte con el resto de los vicios el carácter celoso y posesivo. Puede uno hasta ignorar a la mujer más linda de este mundo por sacarse de encima la comezón de alinear otros pocos caramelos. Y otros. Y otros. Igual que un asesino serial experimenta alivio a la hora del arresto, aspiro a rescatarme de este sutil secuestro y olvidar para siempre su sortilegio pérfido. Por lo pronto, ya voy en el nivel 60.

Hiraku Makimura (Diario Milenio/Opinión 23/04/13)


En una de las primeras escenas de Baila, baila, baila, una de las más recientes publicaciones en español de Haruki Murakami, hay un gato de rostro extraño. Según el narrador, el gato “sólo miraba a la gente con desazón, como diciendo ´¿Qué es lo siguiente que voy a perder?´”. Para más detalles, el gato “no había tenido una vida feliz. Nadie lo había querido, y tampoco él había querido a nadie”. La condición del gato muerto no dista mucho del dilema del narrador que, a los 34 años, habiendo sido abandonado por la esposa y, luego, por la amante en turno, siente un gran vacío y una falta de conexión radical con el mundo. De ahí su decisión de regresar al pasado, justo al momento donde todo empezó a salir mal. De ahí su vuelta al Hotel Delfín, donde vivió lo que pareciera ser una última conexión verdadera con otra mujer: Kiki, la prostituta de orejas hermosas que ya había encontrado en su novela anterior, La caza del carnero salvaje y que, aparentemente, llora por él dentro del citado hotel.  Muy en el tenor de Hiraku Makimura, el personaje del escritor famoso pero sin talento que insiste con desparpajo en que nada tiene solución, en que más vale acoplarse que resistir, Baila, baila, baila es un largo tour de force donde el viaje a otro mundo, el mundo de la imaginación en el que vive el hombre carnero, cuenta como la única alternativa ante la falta de conexión humana del mundo actual. Expresándose en un lenguaje que envidiarían los redactores de tarjetas de hallmark, el hombre carnero aconseja: “Esto es todo lo que un servidor te puede enseñar. Baila. Baila lo mejor que puedas, sin pensar en nada. Tienes que bailar”.

Murakami—un autor, sin duda, en pleno dominio de la forma—dictamina con justicia la hostilidad básica del mundo contemporáneo: un ambiente dominado por el capitalismo post-industrial donde los individuos, sometidos por las mercancías o las deudas, sólo pierden más y más. En ese contexto, el individuo sin conexión busca, acaso naturalmente, conectarse. Suspicaz ante la opción colectiva (“¿Quién se expondría de buen grado a una ducha de gases lacrimógenos? Así es el presente. La red se extiende de punta a punta. Fuera de la red hay otra red. No se puede escapar. Cuando se lanza una piedra, ésta traza una elipse y se vuelve contra uno mismo. Ciertamente es así”), Murakami ofrece como paliativo básico a la historia de amor convencional—una estrategia, por cierto, ensayada con gran efectividad por la novela rosa.

Acostumbrado a presentarse (¿a regodearse?) como “raro”, por no decir único, disciplinado hasta el hartazgo y dueño de una capacidad de observación que adquieren, a su decir, las personas que viven solas, el protagonista-narrador sólo puede conectarse a un lugar (el hotel Delfín) y a través de un servidor (el hombre carnero) con una mujer (la recepcionista de un hotel que también ha visto, aunque sin saber de qué se trata, al hombre carnero). Su capacidad de conexión acaba aquí. Acaso eso explique por qué, ante el asesinato de prostitutas pertenecientes a una red internacional de la que se sirven sus amigos y, a través de las conexiones de sus amigos, él mismo, la respuesta básica del narrador sea proteger el prestigio y la reputación de éstos y nunca cuestionar el estado de las cosas. En efecto, de cara al femenicido atroz, el narrador no elige ni investigar ni denunciar lo que pasa, sino ocultar lo que sabe a la policía y dolerse a solas, con algunos vuelos líricos, por las mujeres muertas. Nada más.

En no pocas ocasiones el relato fantástico ha sido utilizado como un mecanismo de crítica social—y en esto han insistido autores tan distintos como Todorov o Miéville—pero, convertido esta vez más en Makimura, Murakami nos lleva al mundo del hombre carnero para que oigamos, de su propia voz, esto: “Y no hay solución. Si no te gusta, no te queda más remedio que huir a otro mundo.”
Eso “que no te gusta” puede ser listado en breve así. El hotel Delfín es, ahora, el Dolphin hotel—una gran fortificación de acero y vidrio que, con su establecimiento, ha provocado la gentrificación de todo el vecindario. A ese mundo alineado y aterrador lo caracteriza estructuralmente el derroche propio del capital. Un entorno sin sentido sólo puede reafirmarse en trabajos alienados. Así, el protagonista es un escritor freelance que se aboca a su labor de “quitanieves cultural”. No se trata de un trabajo en el que pueda realizarse pero “se volcaba porque disfrutaba haciéndolo. Autodisciplina. Reinserción social”.  Peor es el caso de Gotanda, el amigo de adolescencia, quien luego de convertirse en un actor de moda se ve forzado a participar en bodrios cinematográficos y a rodearse de lujos impostados que sólo acrecientan la deuda que no le permite generar la vida que desea pero que, en un movimiento perverso del capital, le permite agrupar todos sus gastos—la prostitución incluida—como gastos de representación. De hecho, muchos de esos trabajos del capitalismo post-industrial—trabajos inmateriales, que dirían los neo-marxistas—se parecen a la prostitución. Mei, una de las prostitutas masacradas en Baila, baila, baila lo dice de manera indirecta: “Ella me preguntó qué clase de cosas escribía. Yo le expliqué brevemente en qué consistía mi trabajo. Me dijo que no parecía demasiado divertido. Le respondí que dependía de lo que escribiera. Yo era, por así decirlo, un quitanieves cultural. Me dijo que, entonces, ella era una quitanieves sensual”.

La única alternativa en este sitio irremediable es la imaginación. Por eso, en el piso 16 del Dolphin Hotel, el hombre carnero emite pequeños mensajes que no dejan de ser verdades comunes, el tipo de declaraciones que no ofenden a nadie y que no son más que la constatación de la ideología de una clase media que todavía gusta de verse como única, si no es que “rara” como el narrador mismo. “Si estás aquí es porque había llegado el momento en que vinieras”. “Si no quisieras venir, este lugar no existiría”. “No dejes de bailar mientras suene la música. ¿Lo entiendes? Baila. No dejes de bailar”. “Porque has perdido muchas cosas—dijo con voz calma—. Y no tienes adónde ir. Por eso me ves”. Con ese tipo de consejos que bien pudieran aparecer en cualquier manual new age, no es sorpresivo que el protagonista—y el autor—conecte con el sentido del individualismo conservador que tanto caracteriza a las clases medias que leen libros. Después de todo, ¿para qué ensayar la crítica de nuestro entorno—que es lo que se supone que hace la literatura—cuando está a la mano “la conexión” de una historia de amor convencional?

¿Quién dijo autocensura? (Diario Milenio/Opinión 22/04/13)


Hoy día, toda opinión es una infamia en potencia. Basta con que le demos un par de vueltas a la idea recién expresada para dar con alguna zona oscura que permita acusarla, juzgarla y condenarla en una sola frase. Lo cual sería asimismo no más que una opinión, pero suele ser tarde para esa salvedad, pues ya el inquisidor se transforma en testigo, fiscal, juez y verdugo, mientras aquel que osó opinar lo inopinable ha sido despojado de todo crédito, cuando no ridiculizado y estigmatizado. Una cosa es que cada quien tenga su opinión, otra muy diferente que tenga la torpeza de desembucharla.
El buen gusto imperante tiene opiniones claras en torno al mal gusto, tanto así que de pronto se las toma por leyes naturales. Se espera que opinemos dentro los linderos de lo opinable, como quien pasa lista entre los prudentes y ya solo por eso se hace merecedor de aplausos y respeto. Se espera, en realidad, que nos guardemos nuestra jodida opinión, que al fin y al cabo a nadie le interesa. Que externemos un falso parecer, blandengue y cobardón pero más que bastante para eludir el celo de los inquisidores. Se espera que tengamos el buen gusto de no causar disgustos entre quienes opinan sin desafinar. El buen gusto, decía Octavio Paz, es la muerte del arte.
El buen gusto de hoy es el de la intachable corrección política. Territorio de frases hechas, cortesías redundantes, deslindes oportunos, feroz autocensura y otros fariseísmos defensivos. Al principio es difícil dominar sus retruécanos, pero un poco de práctica permite abrirse paso en el manejo de ese tono afectado y eufemístico, cuando no doctrinario, que distingue a los dueños del buen gusto. El de la corrección política es un lenguaje aséptico, ampuloso, parroquial, miedoso de sí mismo y por ello profundamente conservador. Si otros se dan permiso de fallar, él sabe que una sola equivocación puede ser el principio de su ruina. Pues lo que más preocupa no es aquello que muestra, sino lo que pretende ocultar. Si ha de soltar la lengua, mejor que no se aparte ni una coma del guión.
Nada más dominar la esgrima del lenguaje defensivo, al usuario le gusta pasar a la ofensiva. Es decir, promoverse con lo que sus palabras dicen de su persona. Lo dice tan bonito que ya se lo ha creído y ahora además espera que lo quieran. Admiración, respeto, tributo, eso también lo quiere. Ya aprendió a no moverse más allá de los límites de su conveniencia, tiene opiniones listas e intachables acerca de cualquier tema vigente. Opiniones estrictamente inofensivas, que no obstante le dan brillo social, cuando no cultural.
El método es bien simple. Si a uno le preguntan por su autor favorito, debe escoger alguno que no cause polémica. Uno cuya mención baste para obligarles a alzar las cejas y asentir, como unos sinodales complacidos. Y si no fuera así, conviene recordar a quien quiera escucharlo que no está uno de acuerdo con las ideas que le hacen controversial, aunque admira el rigor de su escritura. ¿Pero cuál de sus títulos es el que uno prefiere?, querrán saber también, y en este caso toca señalar el más árido de todos. Destacar un ladrillo espeso e insondable que todos citan mal porque nadie leyó causará siempre mejor impresión que arriesgarse a elogiar un simple libro ameno y divertido: pecados capitales ahí donde el cuidado de la propia imagen aconseja leer nada más que por mérito, llegar al fin del libro como a la última hora de un arresto.
La obsesión por la corrección política es un pozo sin fondo. Siempre se puede rascar más profundo, aun si a partir de un punto se hace preciso entrar en demencia. Ahora mismo diría, por ejemplo, que silencio es la perfección del lenguaje políticamente correcto, si no me fuera fácil imaginar la cantidad de imputaciones a las que puede hacerse acreedor. Silencio insolidario. Silencio cómplice. Silencio discriminatorio. Silencio reaccionario. Silencio criminal. Silencio genocida. Tiene uno que expresar una opinión, pero esta debe ser lo bastante oportuna y complaciente para no distinguirse del silbido del viento. Porque estamos en un rancho pequeño, ¿cierto? No es que seamos hipócritas, pero alguien aquí tiene que sobrevivir.
Cierto es que las genuinas opiniones tienden a ser groseras e indiscretas, cuando no inconsecuentes y nocivas. Calamidades todas que no se hacen pequeñas por ocultarlas, y hasta vale creer que engordan en penumbra. Pero el buen gusto insiste en echar la basura debajo del tapete. Aquí no pasó nada, todo está limpiecito, más allá de opiniones discordantes. Pobre de aquel infame que pretenda barrer.

martes, abril 16, 2013

Cinco minutos con una Mujer divina.-(Sexenio-Puebla 08/04/13)


I
Pueden correrte de tu casa o castigarte la semana/ pueden prohibirte las bebidas, pero tú eres dueño de tu vida eran las líneas que me atraparon y me hicieron voltear a ver quién cantaba. Una voz, sumamente dulce, era dueña de unas palabras que cubrían mi extraña necesidad de rebeldía. A partir de ese momento, Natalia Lafourcade se convirtió un componente importante de los artistas que conforman el sound-track de mi vida.
Natalia Lafourcade no tiene miedo a experimentar con los ritmos, ha aprendido a dominar diversos instrumentos, produce y arregla canciones de otros artistas, ha colaborado con un sinfín de artistas como Julieta Venegas, Celso Piña, Eugenia León, Liquits e incluso ha incursionado en la actuación.
Vive por y para la música.
A grandes rasgos, ella es Natalia Lafourcade.

II
Hace un mes me había enterado que se realizaría en Puebla el Festival 5 sentidos, cuyo elenco estaba conformado por Molotov, Ely Guerra, Paté de Fuá, Dannah Garay y la más importante para mí: Natalia Lafourcade. En cuanto pude compré los boletos en primera fila, para admirarla de cerca.
Conforme se acercaban los días la sensación de poder conocerla en vivo, hacerle unas cuantas preguntas iba alimentándose dentro de mí. Decidí escribir a todos los medios posibles, buscando hacerle una entrevista. Una posibilidad se vislumbró días previos al concierto; empero no era nada concreto. Un día antes del concierto recibo un correo electrónico donde me avisaban que mi petición había sido autorizada. Tendría quince minutos para poder entrevistarla.
Los nervios se adueñaron de mí.
No dormí del todo, mi cabeza calibraba las posibles preguntas que podría hacerle en tan poco tiempo.

III
Será un día memorable, pienso al levantarme de la cama.
Karla, una amiga valiosa sería la compañía, la cómplice de este gran día.
Llegamos temprano al auditorio, pues la hora pactada para la entrevista era 3:30 pm; sin embargo se retrasó todo.
Al parecer Natalia llegó un poco tarde al auditorio, pues unas horas antes se encontraba en el Df recibiendo terapia en su brazo derecho, como dejaba ver en Instagram.
Antes de poder entrevistarla, el club de fans de Natalia Lafourcade: Bosque de Chamoy iba a tener su convivencia. Un club muy curioso, muchos de ellos no rebasaban los 25 años y mientras esperaban su turno, concursaban por obtener algunos objetos que solamente un club de fans logra conseguir: gorras promocionales, sencillos promocionales, etc. Algunos de los chicos que asistieron a esa convivencia venían de Xalapa, otros más eran poblanos. Otra cosa curiosa, era que muchos de ellos poseían el reciente disco de Natalia Lafourcade: Mujer divina. Un homenaje a Agustín Lara. Yo esperaría que tuvieran sus discos anteriores, pues las canciones de Agustín Lara son muy lejanas a ellos. Sin embargo, eso indica que uno de los objetivos de Natalia se está cumpliendo: acercar a las nuevas generaciones al gran compositor.
La espera se ha vuelto eterna, estamos sin comer. El club de fans tuvo cerca de media hora de convivencia más el acceso al soundcheck. Afortunados ellos, pensaba.
A esta espera se ha agregado la compañía de una ex-alumna y ahora amiga: Ivonne, acompañada de su novio Alain.
Entre los retrasos y el caos propios de un evento así -más siendo el primero para la compañía productora IMAE- se hicieron presentes.
Mi entrevista había sido pasada al concluir el evento y al término de la rueda de prensa.
Natalia Lafourcade fue la que abrió el evento. Muchos esperábamos que antecediera a Molotov o a Ely Guerra.
Aventurera, La fugitiva, Amar te duele, En el 2000, Limosna, Cursis melodías, Un derecho de nacimiento y Azul fueron parte de las canciones que brindó al público asistente. Número similar al que presentó en el foro Indio del Vive Latino de este año. Natalia disfruta estar en el escenario y lo dejo ver, se movía con naturalidad y bailaba con una sensual ternura algunas de las canciones. Natalia fue entrega total. Muchos nos quedamos con ganas de más canciones.
Al terminar su entrevista, salimos corriendo al área de prensa para presenciar la entrevista general a todos los medios y después tener mis ahora, por las prisas, cinco minutos para poder entrevistarla brevemente. La conferencia de prensa también se retrasó, Natalia estaba recibiendo terapia en su brazo derecho. Mandaba pedir paciencia a la prensa, la cual supo esperar. Era una de las más buscadas.
Pasada la casi media hora de espera, arriba Natalia y todos los medios le piden que pose para la foto. Luego vienen las preguntas acerca de su nueva producción. Natalia responde con naturalidad, pero con amplia seriedad. Parafraseando a Nietzsche, Natalia se toma con seriedad aquello que de niña le divertía, le inquietaba. Mujer divina, quizá ha sido el disco que más la catapultado musicalmente y es un disco que le permitirá ir de girar por toda Sudamérica, también quiere llevarlo a Estados Unidos y Europa. Quiere promocionarlo dónde y cómo se pueda. Quiere recordarle al mundo entero lo valioso que era y es Agustín Lara. Al terminar su gira, espera retirarse a vacacionar su natal Coatepec, para después emigrar a Canadá a darle forma a su siguiente disco. 

IV
Por fin, se va la prensa y es mi turno. Todo el mundo tiene derecho a sus quince minutos de fama, yo estoy presenciando mis cinco minutos de felicidad, de lograr un sueño: conocerla y poder entrevistarla.
Cuatro preguntas son las que pude hacerle y aquí las comparto:

-Has dicho muchas veces que tu disco de Mujer divina así como las colaboraciones con Alondra de la Parra, ha sido para ti como un despertar hacía México, junto con la canción de Un derecho de nacimiento. ¿Cómo te ha acercado todo esto con la juventud?
Natalia: Siento que la canción me acercó bastante. Fue una canción súper linda, porque generó mucha identificación de muchos jóvenes, de mucha gente. Creó un vínculo especial, fuerte. Es una canción muy bonita y de todas mis canciones, creo es la única con un sentido político, social, pero también humano, muy honesto; llena de mucha humildad y buena vibra. No es ninguna canción que esté atacando a nadie en específico, sino que habla de ponernos en causa, de perfilar nuestra energía hacía realizar cosas lindas y positivas. Ha sido una canción que -además de acercarme mucho con la gente-, me hizo sensibilizarme y conectarme ante muchas situaciones, por el hecho de haberla creado con la gente al pedirles en twitter que mandaran sus opiniones acerca de lo que pasa en México, de lo que les gusta o no les gusta. Componerla. Empezar también a analizar qué lo que quería decir y cómo decirlo. Fue un gran reto hacer esa canción, de todas mis canciones es a la que más dedicación le puse. Las otras  se daban en ratos pequeños de inspiración y quedaban bonitas, pero esta exigía más.

-¿Consideras que hay una Natalia Lafourcade antes y después de Un derecho de nacimiento?
Natalia: Sí, es una canción importante. Desde el hecho, que ahora al momento de componer trato de enfocarme un poco más en los mensajes de mis canciones. Ya no se trata sólo de escupir una canción.

-A partir de esta canción ¿te consideras una artista con compromiso social?
Natalia: Mi música jamás fue demasiado tirada hacía la política o hacía la crítica de la misma, ni nada. Pero sí, ahora me siento más comprometida que antes; en cuestión de que tengo la fortuna de poder subir y cantar en un escenario, de transmitir algún mensaje, de tener seguidores en twitter. Entonces sí trato de cuidar mucho qué es lo que hago, digo y comparto, aunque sigue siendo mi perspectiva y mi compartir desde mi vida, desde una experiencia de amor y desamor, intriga, algo que me guste o no me guste de la vida, de lo que veo, de lo que respiro y a través de eso generar algo lindo.

-¿Qué sigue para Natalia Lafourcade?
Natalia: Mi siguiente inédito que ya lo estoy preparando con composiciones que ya tengo y otras que quiero realizar todavía y ver que sale.

V
Al terminar la entrevista, le pido me firme uno de mis discos. Quisiera que me firmara todos, pero entiendo que hay prisa. Al siguiente día tiene que dar un concierto en San Luis. Le doy a firmar Mujer divina; luego –Karla y yo- le regalamos una pequeña copa de talavera poblana con dulces típicos, también le obsequió los últimos dos números de la revista UniDiversidad, le gustan y posa con ellas para la foto.
Al final, le pedimos la foto del recuerdo.
Posteriormente le mostramos unas imágenes del Museo Casa de Alfeñique y con el fin de que se anime a grabar ahí uno de sus videos. El lugar se presta con la temática de tu disco, le decimos. Le encanta la parte de la casa, me agrada más el piano; nos dice.
El trato ha sido ameno. Es una mujer muy sencilla, tiene los pies bien plantados en la tierra. Irradia ternura. Siempre tiene una sonrisa para todos. Incluso, antes de irse, recibe a un par de jóvenes que dicen venir desde Colombia exclusivamente a verla y le regalan un mándala tridimensional de alambre[1], acompañado de una gran explicación. Tiene tiempo para todos. Convivir con la gente que la escucha le da energías. A uno lo deja con ganas de conocerla más a fondo.


[1] Usados hace más de 3.000 años como elementos de contemplación y meditación. De origen Hindú, simboliza la infinidad de los cambios y la armonía del universo. La Flor de Loto o Mándala como se ha mencionado, se colapsa y se expande produciendo una gran cantidad de increíbles formas. http://arteajna.wordpress.com/nuevo-mandalas-tridimensionales-de-alambre/

El pájaro que votáis (Diario Milenio/Opinión 15/04/13)


En primer plano, los dos hombres de guayabera blanca y transparente se abrazan en mitad del mausoleo. Uno de ellos, el futbolista Diego Maradona, sumerge media cara —ojos cerrados, labios contraídos— en el pecho del otro, el presidente Nicolás Maduro, que a su vez lo conforta con la cabeza gacha y una expresión entre contrita y paternal.
Sobresalen las manos protectoras del político, posadas sobre torso y brazo del goleador, así como los dos enormes diamantes que le engalanan el lóbulo izquierdo. Parecería el retorno del nieto pródigo, contrito y pequeñito bajo la humanidad del hijo gigantón del Padre Hugo. Todo lo cual se mira harto confuso, si aparecen también, a espaldas de Maduro, unas gafas prensadas por La Mano de Dios. ¿O será el Niño Dios, ya en el Contexto Histórico?
Unos metros atrás de M. y M., más tiesos que la plancha de mármol a su izquierda, dos soldaditos miran fijo hacia el frente sin hacer foco más que en su deber, por lo menos delante de la cámara que ya capta su elegancia estridente: pluma roja en el quepis a juego con casaca corta coronada por vivos dorados y toda una parrilla de charreteras de oro, diez en total.
Al fondo, sobre un nicho empotrado en la pared, la escena es bendecida por una estatua negra de Simón Bolívar con el sable recién salido de la vaina, protegiendo quizás la plancha del difunto, y a pocos metros de ella salta a la vista un cuadro del Libertador que parece observar de reojo el abrazo. Una expresión en tal manera ambigua que se presta a que la malicia popular le adjudique comentarios del tipo ¡Cuéntale del pajarito! Que es lo que yo diría, con la pena, si me pudiese ver así abusado: convertido en el copyright de un copyright, santo detrás del santo que está atrás del santón.
Seguimos Tu Ejemplo De Lealtad al Pueblo a La Patria y a La Matria (sic), predicó hace unos días Nicolás Maduro en su cuenta de Twitter, con la mirada puesta en su Padre Celestial, que a decir suyo está a un lado del Nuestro y desde allá seguro le aconseja que sea generoso con las mayúsculas y no olvide que el alma de un gran patriota no cabe en un matriota de segunda, si servir a la Matria es honrar a la Patria, y viceversa.
Suena bonito, al fin, quién no quisiera ver al santoral invadido por Noelias, Reinas Magas y Conejitas de Pascua, con permiso del Santo Padre Iglesio y su Señora, pero igual no parece suficiente. Bastaría con elevar el ángulo y leer el remate del epitafio de Hugo Chávez Frías sobre la enorme plancha de mármol: ¡¡¡VIVIREMOS Y VENCEREMOS!!!
A ver, díganle que no. Mayúsculas totales con triple interjección. Así se dan las órdenes, especialmente si éstas vienen del otro mundo y pretenden llegar más allá del Cuartel de la Montaña, que es donde está ubicado el mausoleo y es mejor conocido como el 4-F, en memoria del golpe militar orquestado por Chávez y los suyos en el ’92. Una cosa, no obstante, es que te falle el Putsch y otra muy diferente que se te atore el Kitsch.
“Si me toca ir a la oposición”, ha afirmado Maduro con más zalamería que originalidad, “iré a una oposición de amor”. Palabras poco menos que desobedientes en quien va por la vida de heredero moral de un militar afecto al cuartelazo cuyo restos reposan justo en ese museo donde se conmemora su intentona. Palabras más probables, por ejemplo, en el Tin Tan de La marca del zorrillo que en el sucesor de un bravucón mayor. Palabras de ésas que hacen llorar, aunque no pocas veces sea de risa.
“Salgan a votar y exímanse de comentarios desestabilizadores”, ha amenazado Diego Molero, ministro de la Defensa, a los opositores entusiastas, tras aclarar en plena víspera de elecciones que él los llama “fascistas”. Es decir, los respeta con desprecio, condicionadamente, como toca al gendarme preservarle la vida al antimatriota. “Exímanse”, repite, pescado ya del lapsus dominguero que acabará de ponerlo en ridículo. Exímenos, Señor, de la autoeximición.
Y es que ni modo de pedir “absténganse”, hay que ver las que pasa el que amenaza para aspirar a ser obedecido. He ahí lo que le falla al hombre que dialoga con su pajarito. No logro imaginar a un alto militar bolivariano atendiendo a las órdenes de un pájaro nalgón, por más fuerte que grite el pajarero. ¿Por qué no vino un cóndor, un pavorreal, un pterodáctilo de gran tamaño? ¿Por qué no puso huevos, cuando menos? Ya puedo oír al hijo iluminado de regreso en su casa: “Vino a verme La Mano de Dios. Ya me enseñó a agarrar el pajarito.”

El cuerpo del escritor (Diario Milenio/Opinión 09/04/13)


No son pocos los libros en que los escritores se explayan sobre sus procesos creativos. Sin duda diseñada para jóvenes aspirantes a escritores, esta pequeña industria se ha ido haciendo de libros denodadamente personales en los que ciertos escritores reconocidos abren las puertas de sus estudios, sus métodos de trabajo y sus ideas sobre el acto creativo para el gran público. Después de todo, a diferencia de otros creadores que hacen algo que se ve al momento de hacerse, tal como la pintura o la danza, lo que hace un escritor suele estar envuelto por un halo de misterio. La escritora, de hecho, parece no estar haciendo nada mientras hace lo que hace: estar sentada, empuñar un lápiz o presionar unas teclas en una computadora. Ver el techo.
Por mucho tiempo, la gran mayoría de estos libros de escritores sobre la escritura privilegiaron los aspectos más intelectuales, y menos visibles, de su quehacer. En un tono de confidencia íntima o de consejo bienintencionado, quedaban en esas páginas las influencias o las fobias, los gustos y, con mayor frecuencia, los disgustos del escritor. Con un gesto que intentaba invitar al lector a pasearse por su biblioteca privada o interna, se listaban ahí las primeras lecturas, los libros que provocaron duda o regocijo, o los que impulsaron la escritura del primer libro propio. Se hablaba de la escritura como una vocación o un llamado, raramente como un oficio.
Tal vez la creciente atención hacia la materialidad misma del lenguaje provocó, a su vez, un mayor énfasis en las actividades concretas y, aún más, físicas, de los escritores. Poco a poco, a través de anécdotas inolvidables, los lectores nos fuimos enterando que algunos no escribían sentados, como era la norma, sino de pie, como era el caso de Hemingway. Aunque las fotografías los seguían presentando detrás de un escritorio, de preferencia resguardado por grandes libreros repletos de libros bien o mal ordenados, con la mirada perdida en un horizonte que se antojaba lejano, más y más escritores fueron confesando sus manías de todos los días —desde escribir en la cama, hasta leer mientras se camina. El proyecto Escritorio, que puede visitarse en esta dirección, incluye anécdotas frescas al respecto.
Los que no murieron a los míticos 33, nos dejaron saber que escribir, esa actividad de apariencia inicua causaba, sin embargo, estragos muy concretos en el cuerpo. Un buen número de escritores lidian a diario, por ejemplo, con el síndrome de carpo, una enfermedad que se presenta cuando, como con el uso del teclado, se llevan a cabo, de manera repetitiva, movimientos muy pequeños. Una de las consecuencias es el dolor, a veces paralizante, en muñecas y manos. Aunque los estereotipos gustan de presentar al escritor como un eterno adolescente hiperactivo que derrocha energía, de preferencia en fiestas nocturnas o arriesgados viajes, lo cierto es que el oficio, que se lleva a cabo sobre una silla, usualmente adoptando una mala postura, requiere de una vida sedentaria. La vida sedentaria, como se sabe, no solo conduce a la obesidad y la flacidez de los músculos, sino a condiciones todavía más peligrosas que van desde la mala condición física hasta la diabetes. Los dolores de la baja y la alta espalda son legendarios entre aquellos que pasan horas frente a un ordenador. ¿Para qué hablar de la gastritis que responde al estrés y la mala alimentación? Y no ha de ser por pura casualidad que una buena cantidad de escritores, quienes por razones de oficio pasan una buena parte de su tiempo leyendo, sufran de miopía, u otras afecciones oculares, y lleven lentes.
Poco antes de morir, Roberto Bolaño, el escritor que falleció debido a una afección del hígado, se burlaba de los escritores de la clase media para quiénes la escritura era poco más que una búsqueda de respetabilidad. Como evidencia ofrecía el gimnasio. Un escritor preocupado por su cuerpo, por la salud y consistencia de su cuerpo, era, según el escritor enfermo, poco más que un trepador social. Haruki Murakami publicó por ese entonces un libro revelador. No una novela sino un pequeño ensayo personal sobre la relación entre el entrenamiento para correr distancias largas y la escritura de sus novelas, De qué hablamos cuando hablamos de correr abría las puertas no a la historia intelectual del escritor sino a la mente, vuelta cuerpo, del mismo. Más que un simple elogio a la disciplina y la determinación necesarias para prepararse para un maratón, Murakami reflexionaba en sus páginas sobre la resistencia física y espiritual que requiere construir una frase, respirarla, atravesarla viva. Héctor Viel Temperley, el poeta argentino, había hecho lo suyo con los aspectos más místicos y poéticos del acto de nadar.
Tal vez el giro perfomativo de la escritura —que es como se le llama al momento posconceptual en el que vivimos— traiga a colación con más frecuencia, y de manera más punzante, la presencia del cuerpo en el trabajo creativo de todo escritor, develando mundos que aún permanecen en el misterio. ¿Cómo enfrentan los procesos de desgaste corporal aquellos que han elegido vivir a salto de mata, arriesgando la experiencia al límite, entre desveladas y drogas? ¿De qué manera concreta, es decir, corporal, se las arreglan las escritoras que se embarazan (o los escritores así embarazados) y deciden formar una familia? ¿Cómo se transforman los métodos de trabajo y los efectos de estos sobre cuerpos concretos cuando se deja atrás la vida sedentaria y se elige, en cambio, el reto del entrenamiento físico?
Hace no mucho, medio en broma y medio en serio, decía que un buen curso de escritura creativa tendría que involucrar idealmente al menos tres tipos de actividades para acentuar nuestro estado de alerta acerca de las múltiples materialidades implicadas en el acto de escribir: talleres de escritura (materialidad del lenguaje), talleres de encuadernación (materialidad de libro), y entrenamiento de triatlón (materialidad del cuerpo). El consumo de sal, eso sí, sería decisión de cada quién. No se preocupen.

martes, abril 09, 2013

¡A beber palabras!-(Sexenio-Puebla 04/04/13)


La columna pasada –so pretexto de Abismo de Ana Belén Barradas- escribí acerca de las nuevas voces poblanas que han ido emergiendo en los últimos años.

Si a Pedro Ángel Palou le debo, en gran medida, mi acercamiento a muchos de los autores que han pasado por mis manos y hoy son parte de mi biblioteca personal. A Jaime Mesa le agradezco mi aproximación a esas prosas poblanas que exigían lectores y encontraron espacio en la antología narrativa Piezas cambiantes. Una de esas voces es la de Eduardo Sabugal. A raíz de esa antología vinieron una serie de ediciones donde Arturo Ordorica, Juan Carlos Reyes y Sabugal tuvieron la oportunidad de publicar su primer libro de cuentos.

Sabugal es uno de esos pocos autores que goza del cine, la música, la cultura popular, da clases, conduce programas de radio, degusta la buena bebida, goza de viajar, ejerce la crítica literaria y cinéfila; empero permanece alejado del “mundo literario”, rara vez se le verá como parte del público en las presentaciones de libros. Tampoco es un autor que se haya cocinado en los tradicionales talleres literarios. Sabugal es un escritor de cepa, de los hechos a la antigua y todo eso está plasmado en su prosa. Por eso leerlo es toda una aventura y dar una opinión literaria sobre su obra se antoja muy insolente.

Sabugal juega a ser Dios mientras escribe y lo deja muy claro en Liquidaciones.

A  los personajes de estos cuentos, les otorga el libre albedrío  necesario para que se entreguen al placer, lo disfruten y como cruel ironía paguen –posteriormente- una condena líquida. Dime qué tan amplio es tu deseo y te diré cuán tan alta será tu condena; pero también dime qué bebes y te describiré quién y cómo eres; parece reflexionar Sabugal en esta colección de cuentos.

Vino, pulque, té, leche, café y whisky son los protagonistas de Liquidaciones, pero también la propuesta estética de este libro; pues cada cuento pretende adueñarse de los efectos y las propiedades de las bebidas y convertirlas en palabras.

La narrativa de Sabugal es la más poblana de todas, ya que su manejo variado de técnicas narrativas, sus amplias y detalladas descripciones y su juego con las estructuras le dan un barroquismo narrativo a Liquidaciones, sin dejar a un lado esa universalidad tan apreciada recientemente.

Un libro que puede atrapar o ahuyentar al lector, pero que al final deja una grata sensación.

lunes, abril 08, 2013

Los nuevos rústicos (Milenio Diario/Opinión 08/04/12)


Medio mundo se queja por la dificultad que entraña entenderse con las nuevas tecnologías, hasta que un día lo logran y zas: desaparecen. No es que no los veamos, sino que están presentes sin estar. Y lo de menos es si estaban con nosotros, pues ya se ve que tienen asuntos que atender y es inútil tratar de distraerles. Da vergüenza, además, si no les tiene uno mucha confianza, entrometerse de cualquier manera. Esto es, sin faltar a las buenas maneras; o a lo que queda de ellas, una vez que acabé de comer solo mientras mi rufianesca compañía sostenía 4 conversaciones telefónicas al hilo, enviaba 11 whatsapps, redactaba 6 tuits, respondía cuatro e-mails y otros tantos recados en el Facebook. “¿Qué me decías, por cierto?”, volverá fugazmente de su pantallita, se entiende que por pura cortesía.
El problema no es solo que la gente no lee los instructivos, sino que entre sus páginas no figura un control de daños emocionales. Uno acaba aprendiendo a manejar el artero artilugio tras valerse de ingenio, instinto, curiosidad, paciencia y demás ingredientes indispensables para crear, nutrir y engordar otra de esas monomanías implacables contra las que no existe cortesía que valga. Pues si ya cada quién se enseñó a manejar el gadget por su cuenta, cada uno tendrá su idea particular de cómo, cuándo y dónde darle uso, y ello incluye los protocolos sociales (aun y en especial si brillan por su ausencia).
Nadie nos ha educado para usar un teléfono inteligente, aparatos de suyo majaderos a los que nuestra madre no tuvo tiempo para meter en cintura y ahora son algo así como el centro nervioso de la vida social. Cada vez que ignoramos o somos ignorados por sus intromisiones infinitas, la conversación se hace un poco más chata. O vulgar, o epidérmica, o casual. Inclusive cuando no contestamos, queda algún sedimento de inquietud que impide concentrarse al cien por ciento en lo que uno escuchaba o elaboraba. ¿Para qué llamarían?, me importuno en silencio, preguntándome ya si no valdría la pena enviar un mensajito...
“Nada hay más repugnante que la exageración de la etiqueta”, sentenciaba Manuel Carreño en su célebre Manual de urbanidad y buenas maneras. Casi todos nos hemos pitorreado a costillas de ese libro anacrónico y paternalista, no porque seamos groseros y palurdos, sino porque creemos en el instinto básico que sin reglas ni cláusulas nos permite saber que no está bien sonarse con las cortinas. Pero los tiempos cambian y los modales rara vez se actualizan. Hoy lo que más repugna no es la exageración, sino la desaparición de la etiqueta. Esto es, peor todavía, surelativización. Si cada uno tiene sus reglas y excepciones, no habrá al cabo ni rastro de cortesía. Y no hablo de la forma de usar los cubiertos, sino de la decencia más elemental, que consiste en brindar al tiempo ajeno paridad con el propio. ¿O hay acaso más cruda grosería que hacer sentir al otro que mis horas valen más que las suyas?
Las pantallas comparten un defecto de origen: son de por sí celosas y absorbentes, exigen abstracción y difuminan el sentido del tiempo. Por ellas nos hacemos esperar un largo rato, que no obstante parece casi nada bajo su sortilegio; y al propio tiempo estamos dispuestos a esperarlas más que la mayoría de los mortales. Ahora mismo me sentaría a llorar si pudiera hacer cuentas del tiempo que he pasado inmóvil como un zombi delante de una barra que avanza entre izquierda y derecha de la pantalla. Como si esos segundos o minutos u horas obligaran a hacer pausa en la vida y hubiera que trabarse, mientras tanto: un trámite mimético por el cual el cerebro hace suyos los límites de la máquina.
Los nuevos aparatos arriban al mercado precedidos por las expectativas que antaño despertaban los príncipes azules. Se espera que nos traigan amigos y negocios, que nos mantengan y nos entretengan, que mitiguen la soledad y el frenesí, que sean ahorrativos y adictivos, que sirvan de barrera protectora frente a cualquier atisbo de intromisión en nuestro sacrosanto ensimismamiento. ¿No es claro que prefiero atender al juguete que estorba pero acompaña y no a quien me acompaña pero también me estorba? No lo digo, y al fin ni falta que hace. Me consuelo pensando que a estas alturas todos somos iguales.
Somos los nuevos rústicos. Hemos sido educados en la convivencia y reeducados en el aislamiento. Más que en reglas, creemos en excepciones. En todo caso el pelado es el otro, y lo será cualquiera que nos interrumpa. Y a fin de cuentas los otros no existen, a menos que aparezcan en la pantallita y ya solo por eso sean como nosotros.