lunes, febrero 25, 2013

Amor tras bambalinas (Sexenio-Puebla 11/02/13)


No hay Historia no que no esté llena de pequeñas historias y no existe personaje que no tenga cosas que ocultar; son algunas de las pequeñas ideas que surgen al leer la más reciente obra de la escritora mexicana Mónica Lavín: La casa chica (Planeta, 2012).

La casa chica combina con gran precisión y fineza los hechos históricos con la ficción para contarle al lector una serie de historias amorosas que “quizá” pudieron haber sucedido en México, tal y como se cuentan en este libro, entre los años de 1930 a 1950.

El lector que se acerque a La casa chica podrá conocer la parte amorosa y protectora del expresidente de México: Miguel Alemán; la fortaleza amorosa que Frida Kahlo tenía para amar fervorosamente a Diego Rivera y al mismo tiempo sostener grandes amoríos con personajes como Nickolas Murray; o el amor diocesano que Emilio “El indio” Fernández le tenía a la actriz Olivia de Havilland, razón por la cual rebautizó a una de las calles de Coyoacán como Dulce Olivia. Sin dejar a un lado la pasión, devoción y el desenfreno amoroso que existía entre Manuel Rodríguez Lozano y Abraham Ángel. O los pleitos amorosos e intelectuales que José Vasconcelos tenía con Enrique Gómez Carrillo por el amor de Consuelo Suncín, quien al final sería la viuda del escritor Antoine de Saint-Euxpéry.

Historias que transcurrieron tras bambalinas de esa Historia que se estudia en las primeras etapas escolares. Relatos que gozan de gran verosimilitud y donde cuesta trabajo ubicar dónde comienza lo ficcional y dónde lo real.

Quizá faltó contar la obsesión amorosa que Agustín Lara le profesaba a María Félix.

La casa chica como una metáfora de ese México que todos tenemos certeza de su existencia, pero que nos negamos a ver. Relatos que retratan cual fotografía a ese México amoroso, pasional, perverso y desenfrenado que cobró vida lejos de toda mirada.

La incursión de Mónica Lavín con la narrativa histórica sigue siendo exitosa, como demostró anteriormente con Yo, la peor y Las rebeldes; las cuales han alcanzado un gran número de ventas. Esta nueva obra –sin lugar a dudas- cubrirá las expectativas de muchos lectores, pues la casa chica está inscrita en el inconsciente colectivo de los mexicanos.

Un libro muy rico, disfrutable e imperdible y que estoy seguro ayudará a muchos a comprender el origen de muchas de las decisiones que cambiaron a México.

lunes, febrero 18, 2013

De pureza y contagio (Diario Milenio/Opinión 18/02/13)


Pocas cosas divierten tanto a un niño, más aún cuando se hace adolescente, como atraer la ira de los persignados. Un enojo especial porque parte del pánico y suele acompañarse de pantomimas que llaman al remedo y el pitorreo. Verdad es que los niños se sienten retribuidos cuando logran hacer reír a sus mayores, pero no hay recompensa comparable a asustarlos y reirse a sus costillas; aunque luego se enojen y se acabe el desmadre, uno de niño goza de merecerse el grado de escuincle del demonio. ¿Quién no quisiera estar entre los enanitos que espantan al gigante?
Las beatas de la iglesia, generalmente dadas a la pedagogía regañona, son la mejor clientela del mocoso ladilla. Necesita uno sparrings, a esa edad, para medir su fuerza y estirar sus alcances. No es, por cierto, una hazaña sino una alevosía bajarse los calzones delante de una vieja persignada, pero de eso trata: los sustos y los chistes son alevosos por definición. Persignarse delante de un pequeño blasfemo le confiere estatura de enemigo, y en tanto ello le otorga la medalla de objetivo militar del Espíritu Santo (que si anda por ahí va a reírse con él).
Convertirse en demonio verosímil a los ojos medrosos de un persignado no es un trabajo muy elaborado. Lo supe una mañana, ya adolescente, a costillas de un par de cándidos cruzados cuyas voces entraron en la línea nada más descolgar el teléfono. “¿Pero cómo es posible que a estas horas esté cerrado el templo, hermana?”, perdía la paciencia el ferviente señor, y para colmo la devota señora le informaba que un tal hermano Juan se había llevado las llaves y no iba a regresar en varias horas. Y en qué iba uno a pensar, con dieciocho años ávidos de risas, sino en sacar partido de ese cruce de líneas para poner a prueba a los cruzados.
“¡Jesucristo te reprenda!”, respingó la mujer no bien me oyó rugir y carraspear las primeras sandeces que se me ocurrieron en el papel de amo de las tinieblas. “¡Ya sabes que estás vencido!”, se unió el hombre a la gresca, y a lo largo de un par de minutos de exorcismo tenaz ninguno de los dos paró de repetir a gritos destemplados su conjuro. Cuando ya comenzaba a arderme la garganta por causa de tan rudos efectos especiales, fui cayendo en la cuenta del piadoso favor que estaba haciéndoles. Una vez que el chamuco chocarrero había dejado la conversación, ambos cruzados soltaron el aire, fatigados de tanto batallar y de seguro con los pelos de punta, porque se despidieron ipso facto. A ver en adelante quién iba a convencerlos de que no habían hecho correr al más grande enemigo de su fe.
Hace ya mucho tiempo que le he perdido el gusto a espantar persignados, no sé si porque veo demasiados o porque ahora son ellos los que me asustan. Y es que no son los mismos, por más que se parezcan y a menudo compartan el árbol genealógico. Pues no hablo ya de beatos chupacirios, como de aquellos que se burlaron de ellos hasta el extremo de estigmatizarlos, y así reprodujeron su mismo esquema. ¿Para qué se persigna el persignado en presencia de dudas y tentaciones, sino buscando preservar su pureza? Se sabe corruptible: tal es la madre de sus preocupaciones. La desgracia de estar entre los puros es tener que vivir con pavor al contagio.
Una cosa es el miedo a lo desconocido y otra el miedo a gustar de lo desconocido. Especialmente, en el segundo caso, si es que el contagio exótico supone contradecir certezas o compromisos en los que el persignado sostiene su infinita fragilidad. Y ello explica que vaya por la vida como un enfermo crónico sin rastro de sistema inmunológico, privándose —o por lo menos eso es lo que nos dice— de toda clase de licencias infecciosas, como la de quitarse el sambenito, aflojarse el cilicio y servirse un tequila con los impíos.
No menos complicado es entenderse con un beato recalcitrante que con un persignado del ateísmo. Y cada ismo tiene sus persignados. Quien creció avasallado por una cruzada tiene todas las armas para sumarse a otra contraria en la teoría e idéntica en la práctica. Y una de ellas consiste en imponerse el deber narcisista de no ver, ni tocar, ni oler, ni siquiera mentar aquello cuya pura insinuación es susceptible de inducir al contagio. Gente muy orgullosa de todo cuanto no hace, ni ha hecho, ni hará. El pecho se les hincha al declarar en voz bien alta que no saben ni están dispuestos a saber en qué consiste aquello que rechazan, si ya ese solo gesto les ha ganado un sitio entre otros persignados. No es que sean muy amigos, pero comparten ascos: ésa es su inmunidad.

lunes, febrero 11, 2013

Radiografía juvenil-(Sexenio-Puebla 28/01/13)


El mapa literario en México cada vez es más amplio. Seguir a las nuevas voces, a veces, es un poco complicado. Gracias a Jaime Panqueva tuve la oportunidad de descubrir a una voz literaria con un futuro prometedor, la de César Tejada. Quien acaba de publicar su ópera prima: Épica de bolsillo para un joven de clase media, bajo el sello editorial Planeta. Tejeda actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y fue director de la revista Los suicidas.

Épica de bolsillo para un joven de clase media es protagonizada por Julio; un joven que quiere ser escritor, que es novio de Clara y juntos comparten una casa, el amor por una perrita y la edición de una revista. Sin embargo, un día su vida da un giro inesperado al recibir la petición de Clara para tomarse un par de semanas de distancia. Ante la ausencia de Clara, el lector asistirá a las inseguridades propias de un joven que un día lo tenía todo y de repente siente que se queda sin nada. Este abandono momentáneo le servirá a Julio para entender las razones de la posible ruptura y de paso saldar cuentas con su pasado. El lector acompañara a Julio a lo largo de dos semanas llenas de divagaciones, de sesiones con el psicoanalista y de una serie de acontecimientos que le ayudarán a ir entendiendo la decisión de Clara y de igual forma irá tomando el valor necesario para afrontar la transición de hacer a un lado el mundo juvenil, para dar la bienvenida al adulto.

Escrita de forma fluida y recurriendo a una narración que va alternando el presente con el pasado, César Tejeda toma una serie de hechos cotidianos para construir una historia aparentemente sencilla. Épica de bolsillo para un joven de clase media es una novela muy rica en su trama y donde el lector podrá identificarse ampliamente con el narrador o con las situaciones que sufre Julio. Una novela que con naturalidad invita al lector a reflexionar sobre cada una de las decisiones que uno va tomando en el día a día.

Novela que podría considerarse como una pequeña radiografía generacional.

Un grandioso debut literario el de César Tejeda y cuya obra lo inscribe a una serie de autores que van mezclando exitosamente las experiencias personales con la ficción; como lo son Guadalupe Nettel o Ximena Sánchez Echenique.

Los trabajos del quejoso (Diario Milenio/Opinión 11/02/13)


Escribir nunca es fácil, y mientras más se escriba más difícil será. Temo como a la peste la perorata de esos fatuos baratos que se ufanan de escribir bien y fácil, con el convencimiento de quien vende laxantes en la vía pública. ¿Cómo va a ser sencillo un quehacer que ventila todo cuanto nos falta? Escribir es difícil a todas las edades, por motivos que crecen, se multiplican y se enredan en la maceta craneana. Pero de eso se trata. La sola idea de un día dominar la escritura se antoja pavorosa, si ésta es una herramienta de autocrítica y como tal no acepta la tiranía idiota del sujeto. Siempre puede escribirse mejor, la escalera hacia arriba no termina y el tropiezo es el pan de cada día. ¿Qué es el perfeccionismo, sino una trompetilla a la perfección?
Hay profesiones que se escogen temprano, antes de que el cerebro se haga adulto y aconseje en sentido contrario. Se escribe o se dibuja o se hace música para jugar a solas, si es que no queda de otra. Como en todos los juegos infantiles, el objetivo está en imaginar un horizonte más atractivo que éste y darle vida de común acuerdo. Creamos un espacio de mentiras donde hay principio y fin, aunque no lo parezcan porque nos escasea la destreza. Para eso, nos tememos, hay que hacerse mayor, y en nuestra ingenuidad consideramos que los mayores nunca juegan a las mentiras (excepto los villanos, que siempre pierden).
Hace días que escribo con una lentitud exasperante. Situación especialmente conflictiva para mi capataz interior: de niño era el amigo imaginario y hoy se ensaña mostrándome la película en sepia de una mano de niño, me temo que la mía, escribiendo a velocidad de videojuego. Lo hace mal y lo sabe, pero no se detiene porque está jugando y esa coartada es más que suficiente para dejar de lado el complejito que de pronto le endilgan los hermanos Grimm (esos montoneros). “¿Y qué tiene ese niño que no tenga yo ahora?”, repelo airadamente, pero igual mi ex amigo imaginario se retuerce de risa. Nadie como un secuaz de la niñez sabe dónde nos duele la memoria. Escribir es también ir por la vida recogiendo pedazos de escuincle desmembrado.
Cierto es que no se puede escribir sin al menos algún sucedáneo de disciplina, pero de ahí a creer que disciplina garantiza constancia media un trecho tan grande como el océano de incertidumbre en el que uno naufraga cuando pasan tres horas y no consigue terminar un párrafo. ¿Cómo es, pues, que ayer mismo se chutó cuatro páginas en doscientos minutos? Mi capataz interno se niega a comprender que la escritura es siempre amante caprichosa. No está para nosotros, estamos para ella. Pues nadie sino ella, una vez invocada, nos librará del miedo a no existir. Lo escrito, nos han dicho, escrito está. Como el adolescente que redacta en la sombra una carta de amor, sabemos que escribir nos incrimina, cuando menos ante nosotros mismos. Y si alguien va a leerlo, peor tantito. Una página en blanco es agresiva porque para llenarla no tiene uno sino su desnudez. ¿Qué clase de gaznápiro encuentra una misión sencilla en tamaña emboscada para la autoestima?
Claro que uno se envicia, y a menudo se queja para justificarlo. Si te dedicas a esto, nunca falta el grosero que te pide uno o más textos de gratis. “Total, te gusta, ¿no? ¿O qué, eres un mercenario de la escritura?”, desafía el lenón desde su púlpito, y es como si dijera qué pasó, mirreinita, ¿no le va a dar cachucha a su camotón? Una actitud, por cierto, de pronto compartida por mi capataz interior, que como buen cafiche desconfía de las chambas que producen placer al operario. Pero lo necesito, porque como él bien dice: la autocrítica no te libra de la quiebra.
“¿Ya estuvo?”, me reclama, como si no supiera de qué estoy escribiendo. Ya quisiera uno arrear con esa autoridad a sus neuronas, pero quién va a explicarle a un capataz el infumable tránsito hormonal que hace lenta y pesada la carretera, cuando no la constela de baches y pedruscos. ¿Y qué puede uno hacer, sino quejarse? ¿De qué otra cosa trata este juego de niños sin amigos donde el ratón se hace pasar por gato? ¿Quién que se siente a corregir el mundo no está llenando al fin un formato de quejas?
Es un placer quejarse, cómo no. Un consuelo, también. Un vicio, de repente. Escapar de un lugar con la imaginación es plantar una queja en el buzón de la propia conciencia. Y a eso venía hoy, con su permiso. No logra uno escribir si no mienta unas madres en la ventanilla.

jueves, enero 31, 2013

Lista de libros leídos en 2012


 En esta lista hay muchas deudas que espero este años saldar todas.

1.      El ajuste de cuentas de Tibor Déry (Cuento).
2.      Diario de un loco de Lu Hsun (Cuento).
3.      El daño no es de ayer de Ignacio Padilla (Novela).
4.      La vuelta de tuerca de Henry James (Novela).
5.      Distopía de Leonardo Da Jandra (Novela).
6.      Rating de Alberto Barrera Tyszka (Novela).
7.      La calavera de cristal de Juan Villoro y BEF (Novela gráfica).
8.      Señor Fritos de Mauricio Montiel Figueiras y BEF (Novela gráfica).
9.      Los calcetines solitarios de Luigi Amara y Trino (Novela gráfica).
10.  Diario de invierno de Paul Auster (Novela).
11.  El año de la liebre de Arto Paasilinna (Novela).
12.  Escribir ficción de Edith Wharton (Ensayo).
13.  La derrota de Dios de José Luis Trueba Lara (Novela).
14.  La soledad de los números primos de Paolo Giordano (Novela).
15.  Los living de Martín Caparrós (Novela).
16.  Conspiración de las cosas de Felipe Soto Viterbo (Novela).
17.  El mal de taiga de Cristina Rivera Garza (Novela).
18.  Un hombre con suerte de Pedro Ángel Palou (Relato).
19.  La naturaleza de las cosas de Pedro Ángel Palou (Relato).
20.  No hacen falta alas de Pedro Ángel Palou (Cuento infantil).
21.  Los libres no reconocen rivales de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
22.  El pequeño mecanismo de los acontecimientos de Fabian Casas (Poesía).
23.  El general orejón ese de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
24.  Ave Xóchitl y la serpiente de luz de Ximena Sánchez Echenique (Cuento infantil).
25.  El impostor de Pedro Ángel Palou (Novela).
26.  Fútbol. Dinámica de lo impensado de Dante Panzeri (Ensayo).
27.  Fuga en mí menor de Sandra Lorenzano (Novela).
28.  Mentiras de verano de Bernhard Schlink (Cuento).
29.  El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán (Cuento infantil).
30.  Efusiva penitente de Valeria Guzmán (Poesía).
31.  Cuartos para gente sola de J.M. Servín (Novela).
32.  Coronada de moscas de Margo Glantz (Ensayo).

Lo que equivale a 2.6 libros leídos por mes. Muchos de estos libros fueron reseñados en mi columna El Guardián del Diván que aparece en Sexenio-Puebla, otros para la sección de reseñas de la revista UniDiversidad-BUAP: Taller. Y algunos libros de Pedro Ángel Palou fueron leídos para la realización de su página web.

lunes, enero 28, 2013

Vivir o morir, no hay más-(Sexenio-Puebla 21/01/13)


Conforme pasan los años, Almadía se consolida como una editorial que apuesta por autores sin una presencia clara en el mercado mexicano y por tener entre su catálogo a una serie de escritores cuya narrativa es arriesgada, provocativa y llena de entrañas. En algunos casos, son textos literarios llenos de una crudeza que pueden maravillar o causar repulsión.
Cuartos para gente sola de J. M. Servín no es un libro recién escrito, es más bien un rescate literario que hace esta editorial con el fin de acercar a este autor con más lectores. Años atrás fue publicada por el sello Joaquín Mortiz.

En esta novela se cuenta la vida de Edén Sandoval; un hombre que vive arrumbado en un pequeño cuarto, donde también habitan una televisión de bulbos y una caja de libros, sus pertenencias más valiosas, quizá. La vida de este personaje está llena de una cotidianidad muy tediosa y una soledad hondamente abrumadora; por si esto fuera poco, la casera de la vecindad se caracteriza por ser un tanto paranoica. Cansado de poseer una vida intrascendental, un día la vida le ofrece una oportunidad que cambiará el resto de sus días: ganarle una pelea a un perro altamente peligroso. A partir de esta escena se desarrollarán una serie de acontecimientos que eliminaran al tedio de su vida y le darán la bienvenida a un novedoso y atractivo caos: la repentina aparición de una vecina que lo salva de encontrarse con la muerte, así como la repentina y extraña muerte de la casera.

La virtud de esta novela corta recae en el peso del personaje, no podría concebirse esta narración sin la serie de actitudes que conforman a Edén Sandoval. Un tipo acostumbrado a la soledad, al desapego emocional, a las pérdidas humanas y animales. Un hombre que se abriga en el abandono cada noche. Por ello, -creo- la parte trascendental de la novela se encuentra en todo lo que acontece después de la pelea de perros, pues Edén sufrirá una especie de muerte iniciática y esto le ayudará a encontrar las fuerzas necesarias para deshacerse de todo aquello que lo ata a su pasado y a la ciudad donde vive.

Cuartos para gente sola es una novela con una simple, pero bien trabajada estética y que de una u otra forma, sin ser el propósito –pienso- del autor deja una gran enseñanza sobre la vida y el papel que desempeñamos en la misma. Un libro que no te suelta hasta llegar al punto final.

A dos topes del infierno (Diario Milenio/Opinión 28/01/13)


¿De qué tamaño es un tope mexicano? La pregunta es muy simple, pero difícilmente hay quien la responda. Tampoco está muy claro qué requisitos es preciso cubrir para instalar un tope en una cierta calle. Es decir, para hacerlo instalar. Uno supone que hay una autoridad facultada para evaluar la pertinencia de una medida así, y en su caso ordenar que se pongan manos y pesos a la obra. Pero he aquí que nuestros topes son especiales: rara vez se parecen entre sí, diríase que cada uno lleva impresa la firma de su autor.
De pronto hay quien los pinta, y hasta quien los repinta si es que se decoloran, pero lo más común es que estén camuflados con el mismo color del pavimento. Conocer la ciudad, en esta situación, implica guardar cierta memoria de sus topes. Nada delata más al conductor fuereño que el brinco intempestivo de la carrocería cada vez que algún tope traicionero se cruza en su camino. Aunque claro, los topes se reproducen. Para mañana habrá otros y en ellos toparemos por sorpresa y habrá siempre un imbécil que se ría cuando nos mire sobarnos el coco. ¿O alguien por ahí no sabe que los topes, igual que los semáforos, son coadyuvantes lógicos de las leyes de Murphy?
Para entender, no obstante, la lógica del tope, necesita uno entrar en la cabeza del vecino imperial. Todos tenemos uno, cuando menos. Por su naturaleza expansionista, el vecino imperial tiende a pensar que la banqueta es de su propiedad, así como el espacio donde deja su coche. No es extraño, por tanto, que el vecino imperial aparte su(s) lugar(es) con cubetas rellenas de cemento, o incluso siembre tubos con cadena y candado, no faltaba más. Y ya puesto a expandirse, lo de menos será juzgar que en sus dominios nadie tiene derecho a andar con prisas y es hora de plantar un nuevo tope. Al vecino imperial le complace imponer reglas de convivencia, siente que de ese modo se hace respetar. ¿Y cómo no, si cada uno que pasa por su casa se detiene en el tope, cual si hiciera una breve caravana?
De más está decir que menudean los topes aberrantes, algunos al extremo de coincidir con un semáforo activo. A la vista del absurdo patente, los fuereños acusan recibo del mensaje: la estupidez existe y aquí manda. Al igual que las leyes arbitrarias, los topes aberrantes cumplen con la función de recordar a la gente pequeña el escaso valor de sus derechos allí donde gobiernan los antojos. “¿A poco la calle es suya?”, preguntaba uno antes, en estos casos. Ahora ya ni eso hace porque abundan los frescos que responden que sí, la calle es mía, ¿y qué?
Otro extremo del tope aberrante suele ser el que parte en dos la calle para facilitar el cruce a media cuadra de los alumnos de una cierta escuela. Es decir que los niños se enseñan cada día a cruzarse la calle lejos de la esquina, conducta a todas luces silvestre y temeraria que muy probablemente repetirán en otras avenidas. Pues si en la escuela lo hacen, a la vista de padres y maestros, a ver quién va a explicarles que a partir de la próxima cuadra nada de eso se vale y es peligroso. Ya se sabe lo que aprenden los niños de quien dice lo opuesto de lo que hace.
Topes por triplicado. Topes en vía rápida. Topes de contentillo. Topes en plena curva. Topes facinerosos. Topes por no dejar. Topes de cooperacha. Topes accidentados. Topes feudalistas. Topes en cordillera. Topes de un día para otro. Topes vindicatorios. Topes impresentables. Topes premeditados, alevosos y ventajistas. Topes que multiplican el monóxido. Topes verdes de envidia. Topes sin ton ni son. Topes que hablan muy mal del país donde abundan. Topes que nos recuerdan que hace tiempo las calles dejaron de ser nuestras y la autoridad es de quien pueda comprarse un saco de cemento.
Vale más ni hacer cuentas relativas al gasto de combustible y la abundancia de contaminantes que implica la cultura rústica del tope; es seguro que son astronómicas, y en tanto eso nos ponen en ridículo. Cada vez que le tengo que explicar a un extranjero el por qué y para qué de los miles de topes, me siento lugareño de una isla infestada de paletos salvajes que se entienden no más que a garrotazos.
Se cuenta que una vez llegó desde Alemania una pregunta de cierto fabricante de automóviles a su filial local: ¿Cuál es la medida estándar de los topes en México? Es probable que hasta hoy duren las carcajadas de los ingenieros.

martes, enero 22, 2013

Se fue el 2012 y luego qué-(Sexenio-Puebla 08/01/13)


El año que se acaba de ir, tuvo muchas cosas dignas de mandar a vagar por un desierto para jamás volverlas a encontrar o de quemarlas y evitar que sus cenizas renazcan como una ave Fénix de las desgracias.

La última columna que escribí el año pasado data del 15 de noviembre. Un día, de repente se me fueron las ganas de escribir de la misma forma en que se van las ganas de todo.

A principios de septiembre descubrí lo endeble que soy. Nunca es grato percatarse de la fragilidad individual. Fui diagnosticado con un cuadro leve de estrés provocando una fuerte migraña y un terrible vértigo. Luego en terapias con mi psicóloga, también salió que tengo cuadros leves de depresión.

Por chistoso que suene, me deprimió más saber que tengo un poco de depresión.

Para colmo mis alegrías y pasiones personales, tampoco daban para más: un Puebla con la franja en rojo y al revés, además de una forma de juego digna de cortarse las venas; percatarme que perseguir los sueños no conlleva un resultado positivo y perder toda esperanza en cuanto al futuro político que nos espera como mexicanos. Darse cuenta que para progresar como sociedad nos falta mucho y no sé sí tengo las suficientes ganas para poner mi grano, porque a veces siento que no vale la pena, que nadie valora el sacrificio y el esfuerzo de la gente de buena fe. Que no basta con alzar la voz, que no sirve de mucho ser joven, que ser ciudadano es sinónimo a no ser nadie, ni nada. Que funciona más ser prepotente, corrupto. Desde que hacía eventos para mi facultad sin ganar un peso y con la pura satisfacción de conocer a un escritor (muchos de ellos, ahora mis amigos) se decía que seguro andaba en corruptelas. Ya no tengo la suficiente energía para soportar ese tipo de acusaciones mal fundadas.

El año pasado perdí mucha esperanza, hoy queda la esperanza de algún día recuperarla.

Y los últimos días del año me despidieron con la muerte de mi Tía Andrea, una tercera abuela para mí.

Sin embargo, existieron cosas muy rescatables: ser de las pocas personas que pudieron convivir con Carlos Fuentes antes de su fallecimiento, haber sido anfitrión de Cecilia Suárez, lograr conocer a Alondra de la Parra, así como las grandes charlas con escritores e historiadores que se pudieron dar, gracias a los eventos que he organizado en el Museo Casa de Alfeñique. La llegada de una nueva integrante a mi familia: Nala, una bella bóxer, gracias a ella mi casa no se ve tan vacía. El ser testigo de la existencia de personas que buscan -a través de las artes y la literatura - combatir los daños que han percudido a nuestra sociedad, como lo son las jornadas de lectura realizadas por Fernando Manzanilla.

Y sí, el fortalecimiento y retorno de viejas amistades, así como la apertura a otras más.

Tristemente, con todo y esto, a veces me dan ganas de soltar todo y largarme. Reinventarme en otro lado. Curarme de todo lo que me ha exprimido Puebla y de lo que no me ha querido devolver.

Dicen que este año vendrá mejor, que es año de cambios positivos.

Por lo pronto retornaré a mis raíces, a refugiarme en lo que supuestamente me hace feliz, a intentarlo nuevamente, antes de abandonar este barco llamado Puebla. Leer, escribir, fútbol, XBOX360, Nala, amigos, familia y caminar por DF; todo al mismo nivel.

Queda creer que las cosas deben cambiar y que después de la tormenta y el sufrimiento, viene la calma y la felicidad.

Publicarse o morir (Milenio diario/Opinión 21/01/13)


Debería empezar por aclarar que vengo de una época en la que casi todo se hacía con papel. Los tiempos cambian hoy a una velocidad que deja mal parada a la memoria; uno tiende, además, a acomodar las cosas según convenga. Recuerdo bien, no obstante, la pesadilla que era en esos años tener guardado algún original —un cuento, alguna crónica, un artículo nunca solicitado— y esperar, como se aguarda la visita de un arcángel, que cualquier editor quisiera publicarlo.
“Esperar” no es un verbo bienvenido, menos aún si tiene uno veinte años y se pregunta si aquello que escribe puede servir para algo más que alimentar el bóiler. Me recuerdo llevando y trayendo bajo el brazo un ejemplar de cierta revista literaria en cuyas páginas había yo logrado publicar un cuento. Un logro, sin embargo, puesto en entredicho por cierto requisito del que no hablaba uno cuando sus amistades hojeaban la revista: para que un texto viera la luz en aquellas páginas, había que pagar seiscientos pesos.
“Hubo un debate fuerte para aprobar tu cuento”, me confió un enterado, y no pude por menos de imaginar a los adustos integrantes del consejo editorial lanzando pros y contras sobre la mesa. “Es un texto malísimo”, se quejaría uno. “Una mierda absoluta”, se le uniría alguien más. “¿Y los seiscientos pesos?”, llamaría un tercero a la cordura. ¿Qué teoría literaria iba a poner en tela de juicio los méritos de seis billetes de cien? Si no recuerdo mal, tamaña cantidad daba para comprar entre cuatro y cinco discos importados, pero los entregué con la ilusión de ver al menos uno de mis escritos publicado en una revista de verdad.
“¿Dónde la venden?”, me preguntaba alguno, cuando tocaba el tema, y ya mis titubeos delataban la poca monta de la hazaña. Del tiraje ni hablar, el autor era el último interesado en saberlo. Ya tenía bastante con ser publicado: una suerte de gracia que caía del cielo, aun si difícilmente le servía al agraciado para más que un masaje fugaz del ego maltratado. Pero era lo que había. La otra opción era conservarse inédito, y en tanto ello seguir temiéndose en silencio que derrochaba el tiempo con esa necedad de la escritura.
Hoy me suena grotesco, pero en aquel entonces llegué a hacer planes tan descabellados como el de enviar novelas por entregas por fax. O distribuir diskettes y esperar que la gente los imprimiera. Ideas que dejaban a mis escuchas con el ceño fruncido y la boca chueca. ¿Cuánto tiempo y dinero había que invertir en enviar cuatrocientas páginas por fax? ¿Alguien iba a leer una novela en rollos de papel térmico? ¿Cómo evitar que de un solo diskette se imprimieran quinientas novelas? ¿Quién iba a interesarse por un libro así? En cualquier caso, el tema era el papel. En tiempos como aquellos, ninguno concebíamos la posibilidad de publicar siquiera un manifiesto sin tratar con la tinta y el papel.
Hoy día, publicarse a sí mismo toma un poco de tiempo y ni un solo centavo. Superada la tiranía del papel, hay decenas de formas de hacer público el propio trabajo, y asimismo ayudar a difundirlo sin tener que esperar la simpatía de nadie. Un buen blog promovido por Twitter y Facebook puede llegar más lejos que la gran mayoría de las revistas de papel. Y si lo que uno quiere es publicar un libro electrónico y ponerlo a la venta en iBooks, Amazon y una decena de librerías más, no tiene más que darse a seguir los lineamientos básicos que permiten lanzarlo al mercado sin gastar un centavo.
En mi experiencia, publicar un librito electrónico de no más de cuarenta cuartillas me costó exactamente 34 dólares, repartidos en configuración del texto y diseño de portada. Mismos que se amortizan con espectaculares regalías de entre 60 y 70 por ciento, lo cual hace posible bajar el precio a extremos que hacen inútil la piratería. No es, por cierto, un negocio espectacular, pero permite difundir los textos con eficacia global, por extensos o breves que resulten, sin pasar por más filtro que el autor. Qué no habría dado uno en la era del papel por la prerrogativa de editarse en casa sin tener que esperar a que otros decidieran invertir en llevarlos al papel: una opción preferible, naturalmente, si bien ya no la única.
¿Qué tan difícil es para un libro electrónico abrirse paso en medio de una gran librería digital? Seguramente es casi una quimera, pero parece fácil comparado con las esperanzas que uno podía tener en la era del papel, cuando sus ocurrencias hibernaban por años en el buró y no había cómo rescatarlas de ahí. Queda, en última instancia, la opción de regalar el libro electrónico a un número infinito de lectores: la famosa estrategia ninja de promoción. Qué no habría uno dado por poder hacer eso, en la era del papel...

miércoles, enero 09, 2013

El derrumbe de la mentira-(Sexenio-Puebla 15/11/12)


En la reinterpretación que Pedro Ángel Palou hizo -en el manifiesto de la generación del Crack- sobre Las seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino, aseguraba que la levedad narrativa no tendría que estar peleada con la profundidad y mucho menos con la calidad. Un claro ejemplo de ello es Mentiras de verano, la reciente entrega que Bernhard Schlink hace a sus lectores.

Schlink recurre a varias situaciones de la vida cotidiana: una mala relación entre padre e hijo y un viaje vacacional para arreglar las cosas; un anciano que inventa unas vacaciones familiares, para terminar con su vida de la mejor forma sin consultarlo a sus seres queridos; un pasajero de avión que inventa toda una historia para salirse con la suya; una mujer que un buen día pierde el sentido y significado de su vida o un hombre que es incapaz de serle fiel a su esposa. A través de una prosa bien trabajada, Schlink enlaza las historias con un gran tema conducto: la mentira en la vida del ser humano. Mentira que deja de tener sostén para los protagonistas durante sus vacaciones de verano.

A lo largo de cada uno de los cuentos, los dueños de la mentira son personajes que van de la frialdad a la incomprensión del daño que ésta les hace a ellos y a su entorno. Mientras que los afectados por la mentira irradian una pasión por el ser amado, que se muere una vez descubierta la verdad. Como si ésta fuera capaz de matar todo ímpetu.

La mentira como una certeza inventada que una vez descifrada o alterada deja en una orfandad absoluta a cualquiera que la practique. La mentira como un sostén para hacer más llevadero el día a día, pero una vez alterado nuestro baile de máscaras –llamado rutina-, se desmoronan intempestivamente y con ello la supuesta realidad en la que se vive.

La mejor literatura, dicen, es aquella que te cambia la percepción de la vida. Afirmar que este libro pertenece a la gran literatura, me parece arriesgado. Empero, preciso es decir que Mentiras de verano es un libro que deja un sabor agridulce e invita a reflexionar el papel que la mentira juega en nuestras vidas.

Un libro que no decepcionara a nadie. Cuentos que deseas terminar para llegar a un posible fin, pero al mismo tiempo quisieras que duraran más.

miércoles, noviembre 21, 2012

¿Un nuevo “boom” llamado crónica?-(Sexenio-Puebla 22/10/12)


En el mundo editorial existen diversas antologías de cuento, poesía, novela y ensayo. Las antologías –cuando son buenas- agrupan la visión que el editor o compilador tiene sobre determinado género literario, dicho de otra forma, una antología ofrece una propuesta estética de cómo acercarse a cierto género. Sin embargo, las antologías pueden convertirse en un conglomerado de intereses literarios/políticos. Algunos afirman, que tanto las revistas como las antologías sirven para comprobar quiénes son tus plumas amigas.

Recientemente Alfaguara ha publicado Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Argudelo. Extensa en su tamaño y muy bien cuidada en su contenido y propuesta.

Antes de dar entrada a la lectura de las crónicas reunidas, Jaramillo Argudelo escribe una introducción más que necesaria sobre la historia y la evolución de la crónica desde el punto de vista periodístico y literario. A lo largo de estas líneas, Jaramillo Argudelo no duda en afirmar que Tomás Eloy Martínez, García Márquez, Monsiváis y Poniatowska son los “padres-madres” de la crónica latinoamericana.  A nivel internacional considera a escritores de la talla de: Capote, Mailer y Wolfe como parte de los cimientos de la actual crónica latinoamericana. Y recurre a algunos de los escritores nombrados para dar una definición cercana al objetivo estético de esta antología. Una que vez explica el cómo, cuándo y por qué de la crónica latinoamericana; Jaramillo Argudelo ofrece la radiografía de esta antología; donde explica, argumenta y justifica la razón por la cual están incluidos y excluidos ciertos escritores, así como la división temática que le dio a la misma.

Los temas de las crónicas son variopintos, aquí Carlos Monsiváis, Lydia Cacho, Borges, Pavese, Sabines, Gloria Trevi, The Rolling Stones, Gardel, Bob Dylan, la lucha libre, el fútbol o tipos comunes son protagonistas de las crónicas reunidas. Y Martín Caparrós, Juan Villoro, Fabrizio Mejía Madrid, Alejandro Almazán, Alejandro Zambra, Leila Guerriero, Sabina Berman, Laura Castellanos, Gabriela Wiener, entre otros, son los escritores convocados por Jaramillo Argudelo. Chile, Colombia, México, Argentina, Venezuela, Uruguay, Perú y Colombia son parte de los países representados.

Una antología precisa para acercarse de forma adecuada al género de la crónica -que asegura Jaramillo Argudelo-, está por convertirse en el nuevo boom de la literatura latinoamericana.

Las crónicas aquí reunidas no sólo harán pasar un rato entretenido al lector, también ofrecen la visión que los latinoamericanos tenemos del mundo y nuestro entorno.

miércoles, noviembre 14, 2012

Los signos del aquí (Diario Milenio/Opinión 13/11/12)


En ocasión de un célebre ensayo sobre la obra de Alberto Giacometti, el escritor francés Jean Genet sostenía que una verdadera obra de arte tendría por fuerza que ser dirigida a los muertos. Si el trabajo del escultor o del escritor había logrado avizorar o asomarse apenas a la soledad de los seres y de las cosas, esa “realeza secreta, esa incomunicabilidad profunda pero conocimiento más o menos obscuro de una inatacable singularidad”, entonces su fin no podía ser el pasado y ni siquiera el futuro. Mucho menos la posteridad. El trabajo artístico no se desliza en dirección, luego entonces, de las generaciones venideras, a las que Genet llama “las generaciones infantiles”, sino hacia al infinito pueblo de los muertos que, aguardando en su tranquila ribera reconocerán, o no, esos signos del aquí que constituyen las verdaderas obras. Le parecía, pues, al escritor que canonizara Jean-Paul Sartre en su monumental Saint Genet, que, para alcanzar su esplendor más amplio, para extenderse hasta sus “más grandiosas proporciones” una obra tendría que “descender los milenios, unirse si le es posible a la inmemorial noche poblada de muertos que van a reconocerse en esta obra”.1
Nada podría sonar más adecuado en el crepúsculo horrísono de la necropolítica, pero ¿puede en realidad traducirse cabalmente a través del tiempo y del espacio la propuesta estética de Jean Genet? ¿Qué quería decir dirigirse “al gran pueblo de los muertos” en 1957, fecha de publicación del ensayo, desde los terrenos de Europa, y qué quiere decir ahora, a inicios de la segunda década del nuevo siglo, para una tierra sembrada de fosas y sitiada por el horror cotidiano? ¿Hablamos de hecho, el ladrón santo de mediados del siglo XX y los aterrados de hoy, de los mismos muertos?
Genet inicia ese ensayo que Picasso llegaría a considerar como uno de los mejores escritos sobre artista alguno con una reflexión alrededor de la nostalgia por un universo en el que, desnudos de sí, los seres humanos pudiéramos descubrir, “en nosotros mismos, ese lugar secreto a partir del que hubiera sido posible una aventura humana distinta”.2 Una aventura que, por cierto, Genet consideraba también una aventura moral. En ese mundo, el arte lograría su cometido último: “liberar el objeto o al ser elegido de sus apariencias utilitarias”, retirándolo, por decirlo de otro modo, de la circulación de las mercancías que organiza el capital. Solo así, solo de esa manera, lograría el arte “descubrir esa herida secreta de cualquier ser e, incluso, de cualquier cosa, para que los ilumine”.3 Esa herida vital, esa herida que nos determina como especie, es la soledad: el lugar secreto, el refugio, lo que resta de incomunicabilidad y, por lo tanto, lo que contradice la transacción o el comercio barato de lo utilitario.
Para adentrarse pues en el dominio de los muertos, para “rezumar a través de los porosos muros del reino de las sombras”, era preciso primero, de acuerdo con Genet, utilizar el escalpelo de la soledad propia para dirigir la atención a algo o alguien con el fin de separarlo del mundo, impidiendo así que eso, ese algo o ese alguien, ese fenómeno, se confundiera con las cosas del mundo o se evadiera “en significados cada vez más difusos”. La atención estética, que parte de y multiplica a su vez la soledad de la atención creativa, debe “negarse,” aseguró Genet, “a ser histórica”. La experiencia estética privilegia, o debería privilegiar en todo caso, la discontinuidad y no la continuidad. Por eso decía Genet que cada objeto, cada pieza de arte, y aquí podría incluirse con cierta deliberación a la realidad del libro, “crea su espacio infinito”. La operación del arte, que es un momento de reconocimiento, es también, acaso sobre todo, un momento de restitución. La soledad original, esa “nobleza real”, nos es restituida y nosotros, que la miramos, para percibirla y ser conmovidos por ella debemos tener una experiencia del espacio, no de su continuidad [de su historicidad] sino de su discontinuidad [de su infinitud]”.4 A esa infinitud le pertenece, sin duda, el reino de los muertos. Los pueblos de los muertos son, en otras palabras, esa infinitud.
Cuenta Genet que en una de sus visitas al taller de Giacometti, el escultor le comentó de su deseo de modelar una estatua solo para tener el gusto o el privilegio de enterrarla. Lo que llamó la atención del autor de novelas paradigmáticas de mediados del XX en las que la materialidad del lenguaje, siendo irreductible, juega tal vez el papel principal, fue que Giacometti no deseaba que las estatuas enterradas fueran descubiertas, ni en ese momento ni después, cuando ni él ni su nombre permanecieran ya más sobre la tierra. La pregunta de Genet, consecuentemente, fue ésta: “¿Era enterrarla ofrecérsela a los muertos?”
Los muertos de Genet, lo dice él en el mismo ensayo, “nunca han estado vivos” o, al contrario, “lo estuvieron bastante para que se olvide, y para que su vida tuviera la función de hacerles pasar a esa tranquila ribera donde aguardan un signo —procedente del aquí— y que ellos reconocen”. No constituyen un concepto abstracto, pero sí son infinitos. No son históricos en sentido estricto, pero, si son una eternidad, son una eternidad que pasa. Son difuntos, en efecto, pero de sus reacciones dependen tradiciones enteras de operaciones artísticas. En todo caso, en ellos estriba, en su reconocimiento y en su aceptación, que la obra alcance sus límites más extremos, esos donde la comunicabilidad y lo utilitario no pesan ya más, esos donde la materialidad de la obra en sí reina imperturbable. ¿Cuál es ese signo? ¿Cómo podemos estar seguros de que presenciamos, frente a una obra que no es otra cosa más que una ofrenda, su trayecto de ida (¿fuga?) hacia y de regreso del innumerable pueblo de los muertos? Acaso no haya otro signo sino la conmoción que provoca una soledad en otra. Ese eco. Una reverberación. Lo decía así Genet de Giacometti: “un arte de vagabundos superiores, tan puros que lo que podría unirlos sería un reconocimiento de la soledad de cualquier ser y cualquier objeto”.5
1Jean Genet, “El taller de Giacometti”, p. 35.
2Jean Genet, p. 33.
3Jean Genet, p. 34.
4Jean Genet, p. 39.
5Jean Genet, p. 62.

martes, noviembre 13, 2012

Para culpable, la víctima (Diario Milenio/Opinión 12/11/12)


Soy inocente!”, insistía, meneando la cabeza, aquel convicto por homicidio doloso que un domingo accedió a contarme su tragedia en el patio del Reclusorio Sur. “La culpa no fue mía, sino de mi compadre”, lamentaba, con la seguridad que da contar la misma historia por enésima vez. Se hicieron de palabras, según él, hasta que no quedó mejor remedio que pasar a las manos, y en su caso al cuchillo.
Una vez malherido, el compadre tardó tres largas horas en estirar la pata. No obstante, el del puñal tenía su explicación. Él había ido a la escuela, sabía de qué lado estaba el corazón. Con esa asesoría, le encajó el sacabuches al incauto justo arriba de la tetilla derecha. Y el compadre, por pura mala fe, no fue a ver al doctor y se murió. Ganas de joder, claro. Ya podía imaginarse al hoy occiso paladeando la miel de la venganza mientras agonizaba sin remedio. Por eso le explicaba a quien quisiera oírlo que estaba allí encerrado nada más que por culpa del malvado difunto.
Debí entonces hacer un esfuerzo por no dejar salir la carcajada, toda vez que el matón infortunado llevaba ya siete años en el tanque y le faltaba una docena más. No había en sus palabras una pizca de broma, ni siquiera de duda: estaba convencido de que la verdadera víctima era él, por estrambótico que pudiera sonar. Pensaría, quizás, que incluso la coartada más extravagante puede no parecerlo, y hasta dejar de serlo, si es que uno la repite con el enfado y la honda convicción que suelen merecer los grandes atropellos.
Aún si suena absurda y mueve a risa, la justificación del prudente asesino está lejos de ser original, y hasta puede que peque de ordinaria. Se diría que es la excusa de un niño, pero he aquí que son legión los energúmenos que en plena edad adulta esgrimen argumentos similares. Los vemos agredir con antorchas y palos, protegidos por prácticos pasamontañas y escudados en raras sinrazones, a quienes se resisten a pensar igual que ellos. Esto es, a no pensar, pues ven con malos ojos y de hecho estigmatizan a todo aquel que ose privilegiar el raciocinio sobre la obediencia.
Por risible que suene, alegan que sus medios son pacíficos, aun si detrás de sí acostumbran dejar destrozos, heridos y hasta incendios. Se dicen asimismo progresistas, por más que sus consignas luzcan envejecidas y conservadoras. Exigen apertura y transparencia en los demás, pero como se saben dueños de la razón no se ven obligados a cumplir con las mismas exigencias. Y cuando llega la hora de inculpar, no les tiembla la mano para responsabilizar de cuanto hacen, y en especial de cuanto van a hacer, a quienes no se pliegan a sus demandas. Y si acaso te atinan un ladrillo en la crisma, dirán que es culpa tuya por no agacharte a tiempo.
Cierto es que no son gente de su tiempo. Según ellos, el mundo no ha cambiado en medio siglo. Viven aún bajo una dictadura y jamás conocieron la democracia, pues en opinión suya ésta consiste en darles el poder y rendirse a su santa voluntad. ¿O no es cierto que hay un tufo de cirios en la obediencia ciega y borreguil al pensamiento único que los inflama? ¿Es en verdad distinta esta especie de “progresismo” chato y arbitrario del autoritarismo que jura combatir? ¿Quién va a ser el experto que encuentre diferencias sustanciales entre estos agresores y los tradicionales represores?
Sobra decir que son del todo impunes. Si por casualidad van a dar a la cárcel, les basta esa bandera para gritarse víctimas y convocar al resto de sus valedores a prender fuego al mundo, si es preciso, con tal de hacer valer su inmunidad. Una cosa es que suelan delinquir, y otra que sean vulgares delincuentes. Hasta en el tambo hay clases, ya se sabe, y como pasa que ellos tienen La Razón, se entiende que sean unos privilegiados: más tardan en calzarse el uniforme que en volver a la calle desafiantes, orondos, entre consignas fáciles y vítores gratuitos.
“¡Soy inocente!”, clama el agresor y toca al agredido correr a esconderse. ¿O es que a alguien le preocupa la suerte de la víctima, si es que ésta no tenía de su lado las razones históricas correspondientes? ¿Quién va a dar un centavo por ese policía descalabrado cuya sola presencia, según los agresores, era ya una agresión? Si he de elegir, me quedo con el hombre que mató a su compadre. Cuando menos él no era privilegiado, ni militaba en una pandilla redentora, ni hacía suyas las armas de los cobardes.

jueves, noviembre 08, 2012

Los archivos eufóricos (Diario Milenio/Opinión 06/11/12)


En una secuencia sin duda intrigante de The Dark Knight Rises, la reciente película de Christopher Nolan, Gatúbela, la heroína del mal, se enfrenta al mal de archivo. Su principal problema consiste en no poder borrar su pasado. Las huellas de su experiencia, en efecto, la persiguen. Literalmente. Puesto que lo que busca afanosamente es un programa electrónico capaz de suprimir sus propias trazas, es de suponerse que su pasado ha quedado inscrito en un archivo abierto al público sin restricción alguna. Todos los ojos que puedan mirarlo, lo verán. El registro de su vida ha saltado, pues, del coto privado del recuerdo personal, al dominio público de la memoria. El archivo, lo señalaba bien Jacques Derrida, implica sobre todo una domiciliación, la designación de un espacio institucional donde “la ley y la seguridad se cruzan con el privilegio”. Un archivo consigna, es decir, reúne signos. “La consignación”, aseguraba Derrida en su clásico texto sobre el archivo moderno, “tiende a coordinar un solo corpus en un sistema o una sincronía en la que todos los elementos articulan la unidad de una configuración ideal”.1 Lo que la vida disgrega, centrífuga; el archivo, congrega. Centrípeto.
Pero “la archivación produce, tanto como registra, el acontecimiento”, añadía Derrida. “Más trivialmente: no se vive de la misma manera lo que ya no se archiva de la misma manera. El sentido archivable se deja asimismo, y por adelantado, co-determinar por la estructura archivante”. Gatúbela no buscaba, en este sentido, un caudal de papeles amarillentos cubiertos de polvo pertenecientes a algún archivo real. Más bien, lo que ella quería destruir eran los registros electrónicos de esos otros archivos desligados de los quehaceres de almacenaje del Estado, aunque resguardados por las empresas privadas que se han ido apoderando poco a poco del ciberespacio.
Tomando en cuenta que la película de Nolan es de 2012, ¿en cuántos lugares pudo haber quedado domiciliada la experiencia vital de Gatúbela? Además de los registros civiles donde se guardan los datos de identificación básica —nombre, fecha y lugar de nacimiento, domicilio— es del todo imaginable que la vida de una criminal como Gatúbela formara también parte de los archivos penales del Estado. No sería extraño, asimismo, que una chica joven del siglo XXI mantuviera una bitácora electrónica o una página de Facebook o, incluso, su propia cuenta de Twitter. El exceso de inscripciones facilitaría, en ese caso, seguir sus huellas en el ciberespacio. ¿Cuántas misivas electrónicas habría mandado a lo largo de su vida? Independientemente del número y de los destinatarios, todos sus e-mails son presas también de ese “ámbito artificial creado por medios informáticos”. Se vivía, solía decirse antes privilegiando el momento oral de la memoria, para contarla. Se vive, sería del todo factible decir ahora, para inscribirla. Para archivarla. Para producirla como acontecimiento archivable.
Zona por mucho tiempo consagrada a la atención de los especialistas, sobre todo historiadores pero también bibliotecarios, los archivos han encontrado también lectores privilegiados entre los escritores más diversos. En Le futur antérieur de l ´archive, Nathalie Piégay-Gros analiza, por ejemplo, las múltiples maneras en que el archivo “se implanta en la ficción”. En un análisis que va de Sebald a Claude Simon, pasando por Pierre Michon y Annie Ernaux, Piégay-Gros señala la proliferación del archivo en la vida moderna, especialmente de los archivos minúsculos de la pequeña memoria, de los archivos faltantes y en falta de las vidas desordenadas, del archivo irrelevante de la experiencia de todos los días. Al apropiarse de los archivos, argumenta, “la literatura modifica también las representaciones y las condiciones del proceso de archivación”.2
Aunque se señala con frecuencia al historiador como el responsable detrás de una idea totalizante y homogénea del material de archivo, no pocos escritores han contribuido a ella. Los practicantes de la así llamada novela histórica, aquellos que a menudo ocultan el trabajo de la búsqueda y el hallazgo al interior de los archivos, convirtiéndolos así en archivos fantasmas, suelen limar las asperezas propias del documento histórico, normalizándolo a lo largo de narrativas casi siempre lineales o introduciéndolo como un elemento más de la trama. Aunque interesados en las entretelas del poder, estos libros permanecen dentro de la órbita de esa diminuta elite de los que escribieron memorias o firmaron documentos oficiales. Las tantas novelas sobre dictadores, presidentes (mancos o no), las mujeres de los presidentes, líderes rebeldes o carismáticos, o mafiosos acaudalados, pertenecen todas sin duda a este rubro.
Poco a poco, sin embargo, a medida que los objetivos y métodos de la historia social —una historia, esencialmente, desde abajo— expande su área de influencia, más y más escritores parecen dispuestos a incorporar el archivo, materialmente, en la estructura misma de sus libros. Emulando en este sentido el muy relevante papel del archivo en las artes plásticas, donde ha pasado de ser un mero sistema de registro para convertirse en una obra en sí misma, algunos escritores no solo buscan la anécdota interesante o anómala, sino, sobre todo, la estructura porosa, incompleta, lagunar, frágil del archivo en la escritura de sus novelas y/o poemas. El archivo, así, no da pie a la novela; la novela, en cambio, aspira a encarnar las vicisitudes del sistema de registro mismo, eso a lo que Derrida llamaba con razón el momento político de la archivación como productora de acontecimientos. Lejos de ser el momento anterior a la novela, fungiendo como un aval didáctico o de prestigio de la misma, el archivo es, en estos trabajos de ficción documental, su presente o, como lo discute Piégay-Gros, su futuro anterior. La vida de una Gatúbela que huye de su pasado quedaría sin duda mejor, en todo caso, dentro de esas estructuras móviles, interrumpidas, atravesadas, vertiginosas que tan bien emulan a los archivos eufóricos del presente digital.
1Jacques Derrida, El mal de archivo. Una impresión freudiana (edición digital de Derrida en castellano, http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/mal+de+archivo.htm, traducción de Paco Vidarte).

2Nathalie Piégay-Gros, Le futur antérieur de l´archive, (Québec: Tangence éditeur, 2012), 20.