martes, mayo 22, 2012

Contra la simulación (Diario Milenio/Opinión 22/05/12)


Resulta sintomático que el terreno de la discusión de la primera gesta electoral de la era digital en México se haya dividido tan drásticamente entre el poder de la televisión y el poder de las redes sociales, especialmente Twitter. Vivimos, después de todo, a decir del teórico y activista italiano Berardi Bifo, en tiempos del semiocapitalismo posindustrial, un periodo en el que el valor de las mercancías no depende ya más del trabajo real invertido en su manufacturación, sino más bien del intercambio lingüístico dentro del cual esta producción se lleva a cabo. Argumenta Bifo, el legendario gestor del anarco-obrerismo y autor de Después del futuro, que atrás quedó ya el modelo burgués cuyo proceso de acumulación capitalista involucraba una relación física y territorial entre el trabajo y el valor. Atrás ese mundo que se dividía entre el proletariado y los capitalistas. Ahora, en un momento en que el capital financiero y a producción económica funcionan en esferas separadas, el conflicto mayor se establece entre el congnateriado —trabajadores intelectuales que producen mercancías semióticas de acuerdo a un sistema de disponibilidad permanente— y la clase administradora, cuya única habilidad es la competencia, de preferencia letal. Es en ese contexto que el lenguaje, “gracias al cual creamos mundos compartidos, formulamos declaraciones ambiguas, elaboramos metáforas, simulamos eventos, o simplemente mentimos”, ha tomado precedencia sobre cualquier otra forma de producción de valor. Y Twitter es, eso ya lo había argumentado hace bastante tiempo, un laboratorio contemporáneo de nuestro lenguaje.

Pero el lenguaje no es una calle de un solo sentido. Lejos de ser una mera herramienta de representación, el lenguaje se ha convertido en la mayor fuente de acumulación capitalista: “espectáculo y especulación se confunden debido a la naturaleza intrínsecamente inflacionaria (metafórica) del lenguaje. La red de producción semiótica es un juego de espejos que inevitablemente lleva a una crisis de sobreproducción”. De acuerdo con Bifo, pues, cuando la relación entre el trabajo y el valor se rompe, cuando el capital financiero poco tiene que ver con la economía real, se crea un vacío que llena la más pura violencia o, de plano, la simulación. México tiene una relación espectacular con esa violencia, pero ahora, a la luz de las marchas que atravesaron el país contra la mentira, el engaño y el fraude, lo que nos toca discutir es su relación con la simulación.

Seguramente los miles y miles que el pasado 19 de mayo participaron en las distintas marchas contra Enrique Peña Nieto, el candidato no sólo de un partido político sino de un conglomerado televisivo, no tuvieron que leer a Bifo para saber que, en los tiempos que corren, manifestarse contra la mentira y el engaño y el fraude es mucho más que una posición moralista o secundaria o ingenua. Los miles y miles de jóvenes que dejaron las pantallas para retomar el espacio público de sus ciudades saben bien que cuando el valor de las mercancías depende de la simulación se ha roto ya una relación básica entre el valor y el trabajo que invita a la desregularización neoliberal que, entre otras cosas, le ha abierto las puertas a la violencia catastrófica que lleva, al menos en México, poco más de 50 mil víctimas.

Cada forma de dominio produce, sin duda, sus formas de contradominio —no necesariamente caracterizadas por la oposición rígida tanto como por el flujo posidentatario, horizontal y relacional, en constante circulación. Resulta de suyo interesante que, en plena era posindustrial, el poder alguna vez indiscutible de la televisión no sea contestado por neoluditas nostálgicos, sino por los activos usuarios de redes sociales, aquellos que han abrazado las nuevas tecnologías digitales con entusiasmo. El uso horizontal de las redes sociales ha permitido, después de todo, que un sinnúmero de ciudadanos tengan acceso a la producción y diseminación de información. Lejos de ser los pasivos participantes de una fragmentaria red celular que invita a la reproducción acrítica del sistema, los usuarios de estas redes, especialmente los más jóvenes, han entendido que el lenguaje, ciertamente, puede contribuir a fenómenos de simulación que terminan incrementando el papel de la mentira y el engaño y el fraude en nuestra vida social, pero también, por esos mismos medios, puede circular exponencialmente para contribuir a la formación de prácticas críticas que van de la pantalla a la calle sin contradicción alguna de por medio.

Berardi Bifo termina su Después del futuro con una nota más bien desanimada: el agotamiento y la pasividad como formas de subjetividad en la era digital. Pero eso era a fines del XX. Los jóvenes de México van demostrando a inicios del XXI que entre la pantalla y la calle hay tantas conexiones como las que seamos capaces de crear, especialmente en y a través de ese laboratorio contemporáneo del lenguaje que es Twitter.

El maestro y su martini (Diario Milenio/Opinión 21/05/12)


Las primeras tres veces que lo vi, debí hacerlo en cuclillas, y no obstante consciente de mi buena fortuna porque al menos estaba delante de aquel hombre que hablaba como actor a una audiencia que parecía en trance. Me recuerdo ahí, de pinta, explicando a una guapa compañera y secuaz por qué una sola conferencia de Carlos Fuentes tenía que valer por al menos 50 clases como la que (bostezo) transcurría a esa misma hora sin nosotros. ¿O es que a alguna otra clase habríamos asistido sonrientes y en cuclillas, cual si el hombre que hablaba no fuese ya escritor sino hipnotista?

“Te vas a morir de hambre…”, suele ser la advertencia que recibe quien a temprana edad amenaza con dedicar su vida a hacer novelas. Allá enfrente, no obstante, había un novelista sarcástico, dramático, musical, socarrón o elocuente, según se lo exigiera la trama del discurso, que amén de estar bien lejos de morirse de hambre por haber decidido ser lo que era, contaba de la noche en que cenó en París junto a Maria Callas y le habló como a un mito encarnado. ¿Cómo no constatar en aquel narrador apasionado que canturreaba un aria de La Traviata e imitaba una voz de bruja vieja con tal de electrizar la realidad y dar a la ficción un vuelo enloquecido, que vivir para y de escribir novelas era, más que posible, necesario?

“Novelista sin novela”, llamó alguna vez Fuentes a un polemista infortunado, y no pude evitar que el epíteto me rompiera instantáneamente el corazón. Que es lo que debe hacer un acicate, si se espera que cumpla con su misión. Durante años, llevé esa espina enterrada como quien se ha tatuado un alacrán y sabe que no puede morirse sin honrar cierto viejo compromiso. Cuando al fin la primera novela estuvo lista, me dije con alivio emocionado que nunca más sería un novelista sin novela y fue como si el mismo autor del acicate viniera a liberarme de su alcance.

Narrar es dar por hecha la buena estrella, y fue así que narrando conocí la generosidad reincidente del que hasta entonces era maestro en la distancia, y con ella uno de esos afectos que crece en los adentros del discípulo, disfrazado de simple admiración. Habituado a beberme sus palabras, una vez frente a él restringí cuanto pude las mías, que en tales circunstancias me parecían poco interesantes, como no fuera para, de descuido en descuido, interrogarlo. ¿Con qué pluma escribía? ¿En qué papel? ¿A qué horas? Supongo que entendía que esas dudas eran menos casuales de lo que aparentaban: lo recuerdo sonriendo complacido ante mi boca abierta cuando citó la carta que le escribió Camus, y un instante más tarde subrayando con mirada de pícaro que éste de novelista es el mejor oficio del mundo.

“¿Te gusta mucho el tenis? ¿Vas al torneo de Wimbledon?”, me disparó una vez, no bien me vio llegar a una cena directo de un partido de Roger Federer, cargado de papeles con cifras y estadísticas. Ya con el acicate en su lugar, cubierto de vergüenza narrativa, le respondí que nunca había estado en Wimbledon. Fue por eso que tres años más tarde, ya en Londres, a mitad del torneo, le llamé por teléfono. Tenía que decirle que mi presencia allí era en parte su responsabilidad, con suerte nos veríamos un rato, si él y Silvia estaban en la ciudad.

Cuando llegué a la cita, las nueve de la noche, Nadal jugaba el cuarto set contra Del Potro y Carlos Fuentes aguardaba ya frente una mesa del restaurante La Famiglia. “Silvia está en una entrevista con Antonio Skármeta, ya no tardan”, sonrió, alzó los hombros y llenó mi copa de vino. Venía del bar del hotel Mandarin Oriental, donde amén de probar “el mejor martini de la ciudad” le gustaba sentarse a observar a la concurrencia, aun si más de uno lo tomaba por loco (esto último lo decía divertido, como si confesara una fechoría).

No sabría contar de qué tanto hablaríamos, a lo largo de aquella espera insospechada, pero al cabo de un par de intensas horas tenía la sensación de haber contado mi vida entera y conocido tantos pequeños episodios de la suya que aquel narrador mítico a quien solía mirar en cuclillas me resultaba como nunca entrañable. Desde entonces hasta hoy lo miro siempre ahí, martini en mano, observando a hurtadillas en un bar londinense, con los ojos voraces de quien no se perdona una distracción y una sutil sonrisa socarrona. Es Carlos, mi maestro, ¿cómo iba a confundirlo?

miércoles, mayo 16, 2012

Miramón por Trueba Lara-(Sexenio-Puebla 07/05/12)


En el famoso año del bicentenario se publicaron un mar de novelas abordando personajes y/o momentos históricos. Algunas buenas, otras muy desafortunadas. Muy pocas se centraron en hablar de personajes controversiales en la Historia de México.

José Luis Trueba Lara, en su más reciente novela: “La derrota de Dios”, emprendió la aventurar de hablar sobre uno de los personajes más interesantes de la  Historia de México: Miguel Miramón; a quien la historia ha decidido castigar tras haberse convertido en un aliado del Imperio de Maximiliano, al no encontrar otra mejor opción.

Con una narrativa ligera, amena, buen ritmo y una gran verosimilitud; Trueba Lara retrata a la perfección quién fue Miguel Miramón: un mexicano que amaba a México y creía fervientemente que el mejor camino para educarlo era a través de los valores católicos.

Trueba Lara ha decidido combinar con éxito el dato histórico y la ficción, dándole así una narración fluida a la novela, donde el lector podrá enterarse de como el afán que tuvo para luchar por el amor de Concha de Lombardo, fue el mismo que demostró en cada batalla librada.

A lo largo de esta novela, Trueba Lara muestra datos importantes para cambiar la percepción que se tiene de Miguel Miramón: su rechazo a una invasión, a un imperio, pero si su aprobación a un gobierno largo: una dictadura. Otro dato, que recuerda Trueba Lara: su gran carrera militar en la defensa de México contra la invasión norteamericana, al lado de los famosos niños héroes. Su afiliación al gobierno de Maximiliano se debe al amor que tiene por sus ideales: religión y gobierno; además de que Juárez jamás ofreció perdón a Miramón si se unía al grupo liberal para defender a México.

“La derrota de Dios” hace justicia a Miramón, ciertamente al final pareciera que acabo siendo un traidor a la patria; pero no por ello debe olvidarse su valor al defender México de los norteamericanos. Ni debe castigársele por ser fiel a sus ideales.

Disentir es un verbo (Diario Milenio/Opinión 15/05/12)


La semana pasada, uno de los candidatos a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, visitó el campus de una prestigiosa universidad privada y jesuita en México: la Universidad Iberoamericana. Como lo atestiguan numerosas grabaciones en YouTube, y como lo han enfatizado tanto los que aplauden como los que condenan la acción, el encuentro entre estudiantes y candidato fue ríspido y dramático. Tanto la bienvenida como la despedida estuvieron signadas por las consignas enunciadas a coro, el abucheo espontáneo, los brazos alzados. Nada menos, pero tampoco nada más. En un país en que una guerra absurda e ilegítima ha desatado una violencia atroz que, según comentan analistas internacionales, ha alcanzado ya los niveles catastróficos, esta expresión de disenso solo puede ser calificada como civil. Vivimos, después de todo, en un país que nos ha acostumbrado a despertar con noticias atroces —49 cadáveres sin cabezas ni manos aparecieron ayer mismo en Cadereyta, para mencionar solo el hecho más reciente.

Para los que estamos acostumbrados al cariz crítico de los ámbitos universitarios, especialmente aquellos que pretendemos contribuir a la formación de un pensamiento y una acción críticas tanto dentro de nuestros salones de clase como en las relaciones que se establecen entre la universidad y la comunidad que le da sentido, las expresiones de desacuerdo acontecidas en el campus Santa Fe de la Universidad Iberoamericana son poco más que parte consuetudinaria de la energía estudiantil. Solo aquellos acostumbrados a jerarquías inamovibles y a estructuras rígidas de poder, o a los que viven en una torre de marfil, pueden en verdad sorprenderse ante la existencia de este tipo de manifestaciones. En las condiciones extremas en que se desarrolla la vida social del país, lo extraño no es que ocurran, sino que no ocurran más seguido.

Más importante que los gritos y las consignas que se corearon en los espacios públicos del campus universitario fueron, sin duda, el silencio y el respeto que campearon durante el desarrollo del evento dentro del auditorio de la institución de educación superior. El candidato del partido que gobernó a México durante aproximadamente 70 años del siglo XX tuvo la oportunidad de exponer sus puntos en un discurso solo de vez en cuando interrumpido, y eso más por aquéllos que gritaban en su apoyo que en su contra. Es de llamar la atención que, como puede comprobarse en la grabación que la universidad misma puso a disposición del público a través de su cuenta en Twitter, la sesión de preguntas y respuestas transcurrió de una manera organizada y dinámica, en un ambiente donde prevaleció el silencio sobre el grito.

Tanto los alumnos que pasaban al frente del auditorio para plantear preguntas como aquéllos que las hacían por teléfono desde filiales en Guadalajara y en Coahuila, se identificaban con sus nombres completos, brindando también información sobre su carrera y el semestre que cursaban. Todos saludaron al candidato, algunos usando el respetuoso usted e, incluso, el muy respetuoso “don”. Cualquier persona que haya sido profesor debió haber notado que no pocos de los estudiantes que se dirigieron al micrófono para plantear sus preguntas hicieron referencia directa a información obtenida o discutida en sus clases en el momento de contextualizar o, en su caso, explicar detalladamente, el contenido de sus preguntas (por ejemplo, cuando uno de ellos tuvo que regresar al micrófono para dar una definición de la palabra anomia, que el candidato no entendió).

Contra estereotipos que presentan a los estudiantes, y a los jóvenes en general, como criaturas sin memoria, o sin preocupación alguna por la memoria ya sea individual o social, los estudiantes de la Ibero plantearon preguntas surgidas desde el territorio tenso y crítico de una memoria colectiva y reciente. Se acordaron, por ejemplo, de la intervención del candidato en la Feria del Libro de Guadalajara, y citaron su elección de la Biblia como uno de sus libros de cabecera. Se acordaron, y citaron, las cifras de los femenicidios en el Estado de México. Se acordaron, y por eso pidieron una explicación, de las violaciones a los derechos humanos que acompañaron a la represión ocurrida en San Salvador Atenco en el 2006, cuando Peña Nieto era gobernador del Estado de México.

Pero a los alumnos de la Ibero no solo les importaba la memoria reciente, sino también, acaso sobre todo, la memoria futura. Armados de artefactos tecnológicos propios de su condición privilegiada, los estudiantes no dejaron de grabar el evento de principio a fin y desde tantos puntos de vista como fueron posibles. Tal vez ellos no vivieron en carne propia las manipulaciones mediáticas del PRI en el pasado, pero en tanto parte de una posmemoria colectiva, se prepararon para defender su versión de los hechos.

Yo no sé qué tanta influencia tengan los hechos de la Ibero en la elección que celebraremos en poco tiempo. La historia de México nos ha enseñado una y otra vez, sin embargo, que cuando el malestar colectivo alcanza a los sectores medios, especialmente a los hijos de las clases medidas, se han registrado cambios cualitativos en el sentir social respecto al poder existente, y la legitimidad de ese poder. Mientras tanto, qué orgullosos deben sentirse los profesores de esos estudiantes que hacen preguntas relevantes y disienten sin caer en la violencia ni la confrontación gratuita. Yo, en todo caso, lo estaría.

lunes, mayo 14, 2012

Miedo a los dinosaurios (Diario Milenio/Opinión 14/05/12)


Me gustaría decir que no les temo, pero es verdad que llevo la vida entera huyéndoles. Alguna vez, cuando me preparaba para pelear contra ellos cursando la carrera que conducía directo a sus dominios, miré en mi derredor y descubrí que incluso mis compañeros más combativos hacían cuanto podían por encontrar lugar en la manada, con el pretexto de que solo así sería posible cambiar la situación y eventualmente darles batalla. Cuando advertí que más de uno me saludaba haciendo justamente sus mismos ademanes y engolando la voz a la manera de ellos, no supe más que huir despavorido en busca de un destino menos espeluznante. Sé que ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero los dinosaurios todavía me asustan.

Cierto, no soy el único. Es seguro que somos millones, y de hecho decenas de millones, quienes tememos a los dinosaurios. Tanto así que los hemos mistificado y aún después de vencerlos vivimos espantados por su eventual retorno, como quien se ha curado de su enfermedad y sueña cada noche con la recaída. Y no era para menos, si fue bajo el imperio de los dinosaurios —desde siempre habituados a tratarnos como niños— que aprendimos a creer poco o nada en nosotros mismos. Nada tiene de raro, por lo tanto, que ahora seamos víctimas de un pavor entre ciego e histérico, pues ellos aprendieron a encontrar camuflaje con esa habilidad que tienen los reptiles para mimetizarse con su entorno. Si antes se pavoneaban por ser lo que eran, hoy ya no es tan sencillo reconocerlos.

La desmemoria ayuda, cómo no. De hecho, es su mejor aliada. ¿Qué tendría de extraño, por lo tanto, ver a los dinosaurios del siglo XXI despotricando contra los del XX, armados de esas jetas de yo-no-fui que no terminan de ocultarles la cola? Afortunadamente, el miedo deja huellas indelebles, y es así que ahora mismo lo pienso un par de veces antes de ir adelante y mencionar el nombre de uno de ellos, acaso el más conspicuo: Bartlett. Doy un raudo vistazo a las candidaturas al Senado y advierto que no hay nombre que me inspire más miedo y desconfianza. Verlo, además, abanderando a una supuesta izquierda, me provoca una mezcla de risa y repulsión.

Cuando aquel señor Bartlett estaba en el poder, su mera sombra solía ser motivo de aprensión, no solamente por su leyenda negra —a diario alimentada por historias siniestras que asimismo incluían a sus guardaespaldas—, sino de paso por esa expresión fría que no dejaba dudas en cuanto a su firmeza y permitía fantasear en torno a una crueldad en la que uno creía a ojos cerrados. Y ahora que Mister Bartlett, cuya estampa sería suficiente para dar cuerpo y alma a un villano de David Lynch, se nos presenta como adalid del progreso y la buena conciencia, me viene a la memoria un par de versos de Piedra de Sol, por aquello de “el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja”.

Cierto que ya no son los mismos tiempos, pero he aquí que las palabras de Octavio Paz no dejan de flotar sobre estas líneas, si a la sombra de cada dinosaurio se asoma “el escorpión meloso y con bonete”. Por no hablar de “el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo pedilecto de la Iglesia que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia”. Como buen mexicano y además chilango, echo un vistazo en el retrovisor y me da por creer que los dinos están más cerca de lo que aparentan.

Por más que intento, no consigo evitarlos. Hoy día están en todas las conversaciones, aunque ya casi nadie les llame dinosaurios, pues como he dicho van bien disfrazados, pero quiero pensar que no me engañan, aun si sus redentores intentan convencerme de que un día se cayeron del caballo y se volvieron buenos como San Pablo. Y de nada me sirve que un santón, no menos dinosaurio, se coloque a su izquierda para hacerme creer que ya evolucionaron, cuando lo único urgente es que se extingan.

Me van a perdonar, pero aún les tengo miedo, en especial si traen un antifaz y se cuelgan la aureola y se dicen honestos sin que nadie pregunte y lanzan invectivas contra los de su especie. Cuidadito con ésos, que son los más antiguos.

miércoles, mayo 09, 2012

La aventura tenaz (Diario Milenio/Opinión 08/05/12)


Porque estamos tan enamorados y, sin embargo, nos morimos. Siempre me pareció tremendamente triste esta cita de Living Theatre. Es una respuesta, o eso parece indicar el porque sin acento con el que inicia la oración, para la que no existe la pregunta. Se trata, valdría la pena considerarlo así, de la pregunta como ausencia o como lugar de la invención. La respuesta, en todo caso, no pone en cuestión la existencia del amor: ese cliché o ese cinismo. No es que el amor sea o no posible, después de todo, puesto que el amor ya está aquí, y es. Lo triste es que, siendo, no sea suficiente para evitar lo inevitable: nuestra mortalidad, el hecho incontrovertible de que todos, día a día, en todo momento, morimos. Gerundio fatal. La respuesta a esa pregunta que habríamos de inventar tiene la virtud o la fatalidad de colocar dos términos monstruosos muy cerca: el amor y la muerte. Tal vez sea la omnipresencia de esa muerte sobre la geografía política de lo que llamamos, todavía, México, lo que obliga a veces a pensar con rabia o con convicción, con ansias o como rezando, en el amor. Porque, ¿qué puede estar más lejos de la violencia sino el amor? Si, como argumenta Badiou en su Elogio del amor, el amor es el Escenario de Dos, esa manera de ver al mundo desde la diferencia y no desde la identidad, el amor tendría que encontrarse, en efecto, en el otro extremo de esa cuerda tensa o floja que es la vida social.

Hay que reinventar el amor, dijo hace tantos años Rimbaud. Hay que reinventarlo, sostiene sin rubor alguno Alain Badiou. Vaya escándalo. En una época que fabrica amores sin riesgo, y luego entonces sin sustancia, o amores en el límite entre el consumo y el deshecho, Badiou piensa en el amor como un comunismo minimalista: el triunfo del bien común sobre los intereses del egoísmo; la victoria de la voluntad colectiva sobre la privada. Ver a dos. Experimentar el mundo, y el tiempo, desde la trinchera de otros ojos y otro cuerpo. En Elogio al amor, el amor es ciertamente una aventura, pero por ser una aventura en el tiempo, es una aventura tenaz. Vaya paradoja. O no.

La historia, de existir, empezaría así: en la contingencia. El amor contiene, puesto que lo pone en escena, un elemento de separación, de dislocación y de diferencia: el terrible instante en que el uno se descubre en dos. Todo parte de un encuentro, eso se sabe. Menos una experiencia, en el sentido literal, y más un evento en el sentido que le da Badiou al término: algo que no entra en el orden inmediato de las cosas, algo “que permanecerá bastante opaco y sólo encontrará realidad en las múltiples resonancias del mundo real”. Pudo haber existido o no.

Pudimos, acaso, estar hechos el uno para el otro, o no. El asunto, cuando el asunto es el amor, suele involucrar la transformación de lo contingente en lo necesario. El azar como destino. Pudo no haber existido, en efecto, pero existe, y existirá. El amor es un siempre.

Pero, ¿cómo va del puro azar al destino, este amor? A través de la declaración amorosa, sostiene Badiou. Se trata, después de todo, de “enunciar la palabra cuyos efectos, en la existencia, pueden ser infinitos”. El antes y después de la declaración amorosa: ese abismo.

Todo “te amo” sería así, en sentido estricto, un parteaguas. Puede ser clara y feroz, o tentativa y sinuosa, en pleno proceso de auto-reiteración, pero la declaración amorosa sella el encuentro y produce un más allá: la promesa de re-inventar la vida, el acuerdo de embarcarse en una nueva manera de producir la experiencia del cuerpo en el tiempo. En el contexto de un amor que se declara, esta declaración, dice Badiou, aún si permanece latente, es lo que produce los efectos del deseo, y no el deseo mismo, como suele creerse. El amor se constata a sí mismo al permear el deseo y no al contario.

Siempre me han parecido sospechosas las definiciones del amor que involucran la palabra trabajo, naturalmente. Pero más allá del amor loco o de la idea romántico del amor como fusión absoluta o con el absoluto, Badiou sostiene que la Escena de Dos, para permanecer tal cual, de dos, requiere de la categoría del tiempo y, el tiempo, con su inclinación narrativa, propone un proceso de construcción. “El amor inventa una nueva forma de duración en la vida”, asegura. De acuerdo con Badiou, quien en entrevista con Nicolas Truong ha dejado en claro que en este, como en otros temas, le interesan más los procesos y la duración que los inicios, le parece que en tanto proceso de construcción, el amor es un procedimiento de verdad. ¿De qué verdad? De la verdad de ese dos que él ha dignificado en escena primordial. Si la Escena de Dos está fundada en la diferencia, luego entonces, el procedimiento de verdad que acarrea el amor no puede no ser una verdad acerca de esa diferencia. Y he ahí, en su cuestionamiento de la identidad y lo que la identidad produce, una de las facetas más radicales del amor. He ahí, como el pensador francés lo resumió en otra entrevista, “su valor de ruptura, su valor de casi locura, su valor revolucionario”. He ahí las razones por las que es vital “reinventarlo para defenderlo”. Badiou ha agregado: “No hay que dejar que el amor sea domesticado por la sociedad actual —que siempre busca domesticarlo—. En otros tiempos, las sociedades clericales y tradicionales buscaron domesticarlo por el matrimonio y la familia. Hoy se busca domesticar al amor con un mezcla de pornografía libre y de contrato financiero. Pero debemos preservar la potencia subversiva del amor y apartarlo de esas amenazas”. Vaya escándalo. O no.

martes, mayo 08, 2012

De cómo un juglar amaba a su musa-(Sexenio-Puebla 30/04/12)


La costumbre de publicar correspondencia de escritores reconocidos va aumentando con el transcurrir de los años, sobre todo si se trata de cartas intercambiadas entre 2 autores; sin embargo publicar la correspondencia íntima de los escritores es algo fuera de lo común.

Gracias a los nietos de Juan José Arreola: Alonso y José María Arreola, el lector puede disfrutar de un libro exquisito y muy valioso para todo lector que haya disfrutado de la obra de Arreola.

A manera de homenaje al escritor jalisciense, pero sobre todo al amor que éste le profesaba a su esposa, sus nietos han decidido publicar la correspondencia que Juan José Arreola mantenía con su amada Sara Sánchez y el padre del autor de Confabulario; así como algunas conversaciones sostenidas entre el autor de La Feria y sus familiares, bajo el título de Sara más amarás, bajo el sello editorial de Joaquín Mortiz.

Aunque es un término reservado para exposiciones museográficas; puede decirse que Sara más amarás más que contar una bella edición, tuvo una curaduría muy bella. Pues tanto la correspondencia como las conversaciones han sido ordenadas de forma cronológica, de forma tal que el lector pueda ser testigo de la construcción de una historia de vida, donde se deja ver a un Juan José Arreola muy tierno, cariñoso y respetuoso en el trato con Sara o con su Padre. Edición que va acompañada de una serie de fotografías de Arreola, Sara y sus familiares, así como la digitalización de algunas cartas; de igual forma, cuenta con comentarios de los nietos de Arreola con el fin de ir contextualizando al lector con cada una de las cartas.
Estas cartas dejan ver que Sara formó una parte fundamental en la carrera literaria de Arreola. Ella era su fuerte, su impulso, su todo.

Sara más amarás también plasma las preocupaciones económicas y literarias que día a día sufría Arreola; no toda historia amorosa es sencilla, por ello –atinadamente- deciden retratar el momento en que Sara y Juan José rompieron su relación de noviazgo y el cómo la vuelven a reconstruir.

Correspondencia escrita con el sumo cuidado que le dedicó a cada uno de sus cuentos.

Publicaciones como estas hacen que el lector reconozca y valore la parte humana de los escritores. Los hace más táctiles y otorga la posibilidad de darle una nueva relectura a la obra escrita de Arreola.

El cerebro del diablo (Diario Milenio/Opinión 07/05/12)



No espera uno de un libro que lo revuelque y estruje y reconforte, aunque tal vez sea eso lo que más desea. Que la novela llegue y tome el control, hasta el punto de hacerlo a uno dudar si en realidad se trata de una novela. Que nos cuente las cosas de manera que deje la sensación de que no solamente se refiere a ellas, sino a todas las cosas. Que a todas partes donde vayamos no podamos por menos de hablar de ella, y al hacerlo reunamos cantidades ingentes de entusiasmo y vehemencia. Que, con todo, nos quede la sensación de no haber abarcado ni descrito lo bastante para dejar bien claro por qué aquél es un libro imprescindible. Espero, sin embargo, que quien haya llegado hasta el fin de este párrafo se lleve en la memoria cuando menos el título: HHhH.

“¿De qué trata?”, preguntan, y uno se cohibe porque de nuevo teme que cuanto diga parecerá prosaico, si no vago y pueril. Himmlers Hirn heisst Heydrich (“el cerebro de Himmler es Heydrich”), solía comentarse entre los oficiales de la inmensa pandilla de asesinos que desde siempre fue la SS-Waffen; de ahí el peso del truculento acrónimo que da título a la novela de Laurent Binet y equivale a decir que el nauseabundamente célebre Reinhard Heydrich es nada menos que el primer responsable por la Solución Final (despreciable eufemismo, da escalofríos emplearlo). ¿Pero qué estoy diciendo? Esta novela no trata del Holocausto, su historia es anterior a los primeros campos de exterminio. Y no obstante queda la sensación de haberlo visto entero a través de ella.

Laurent Binet ha investigado febrilmente. Lo sabe casi todo sobre el burócrata más temible y sanguinario de la SS en particular y el Tercer Reich en general, pero no va a contarnos una biografía. Se ha informado al detalle sobre los pormenores de su ajusticiamiento y no vacila en contagiar su simpatía por los protagonistas del incidente, aunque tampoco es ésta una novela propiamente heroica. Más todavía, no acaba de constarme que sea una novela.

Antes de HHhH, recordaba borrosamente otro libro que leí hace apenas un par de años: The Killing of Reinhard Heydrich, donde Callum MacDonald narra con eficacia y pulcritud la legendaria Operación Antropoide. ¿Cómo pude olvidar los nombres de Jan Kubiš y Jozef Gabcík, titanes solitarios que sin más medios que voluntad, ingenio y la pequeña ayuda de unas cuantas familias valerosas propinaron el golpe más osado en la historia de la resistencia al nazismo? Binet lo explica en una sola línea, que en alguna medida define la naturaleza de su intento: “Para que cualquier cosa pueda penetrar en la memoria, es preciso antes transformarla en literatura”. Y añade, con un más que probable nudo en la garganta: “No está bien, pero es así.”

Es verdad que este libro equivale a un gran nudo en la garganta. De esos nudos que inevitablemente se hacen querer. No transcurre, además, en los tiempos que narra, sino ya entrado el siglo XXI. El autor-narrador creció en tierra francesa, escuchando leyendas familiares en torno a aquellos héroes, de modo que apellidos como Gabcík, Kubiš y Valcík le acompañan mucho antes de lanzarse a narrar su historia inenarrable. Y lo acompaña uno, sin condiciones, una vez que a su lado descubre que no escribe esta prosa de vuelos kunderianos para demostrar nada en especial, sino apenas “por necesidad de consuelo”.

Pareciera que Laurent Binet camina de puntitas por la historia que cuenta. Le da vergüenza improvisar un diálogo, y así pide permiso para reconstruirlo. Es como si escribiera ya no para el lector, sino a su lado. Imposible entrever, no obstante, cuánto de lo que cuenta está documentado, pues al cabo de las primeras páginas nada es tan bienvenido como esta confusión providencial. Más allá de narrar, como varios han hecho y él así lo consigna, los intríngulis de la gesta heroica, Binet pinta un retrato siniestro del demonio y se lanza a fungir como exorcista. Ciertamente, la historia de HHhH ocurre en escenarios gemelos del infierno, ¿pero quién dijo que a esas profundidades no hay sitio para un chorro profuso de ternura?

Es una pena pergeñar estas líneas tras leer HHhH nada más que una vez. Ya se sabe, no obstante, la urgencia que lo toma a uno por rehén cuando se topa con un libro indispensable, cuya escritura acusa, línea tras línea, un virulento esfuerzo de sobrevivencia. Un libro que es una obra maestra, pero antes de eso es una gran hazaña. La clase de epopeya solitaria que uno, como lector, sospecha también suya.

martes, mayo 01, 2012

¡Abajo nosotros! (Diario Milenio/Opinión 30/04/12)


Eran las once de la mañana de un lunes inusual cuando Andrés Carrión Álvarez llegó a la Plaza Antonio Maceo, armado de una botella de agua y algunos caramelos, resuelto a perpetrar el atentado. Varias horas más tarde, Benedicto XVI oficiaría una misa para la población de Santiago de Cuba, recién limpia de todos esos disidentes de iniciativa pronta y boca floja que permanecerían oportunamente guardados mientras durase la visita papal. ¿Todos, dije? ¿Cómo puede saberse, ahí donde subsisten índices truculentos de orejas y dedos por metro cuadrado y rara vez se sabe de un alambre sin pájaros, quién repite consignas por convicción, quién por puro interés, quién nada más por miedo? Imposible evitar que aquella tarde, a finales de marzo pasado, en la cabeza del osado Carrión pesara más la realidad que el miedo.

Veinte minutos antes de las seis de la tarde, agotados el agua y los caramelos, un hombre que nunca antes se había distinguido como disidente saltó una de las vallas de seguridad, corrió hasta verse al frente del altar y gritó a pulmón pleno “¡Abajo el comunismo! ¡Abajo la dictadura! ¡Libertad para el pueblo de Cuba!”. Reducido en no más de diez segundos por los raudos agentes de seguridad, el gritón agalludo fue sacado hacia el backstage, donde ya lo aguardaban dos tipos indignados y entusiastas, listos para cobrarle a golpes la osadía...

Si han de prestarse oídos a la narración del corresponsal de RCN Colombia, Andrés Carrión “fue golpeado por algunos de los presentes, algunos de los habitantes comunes y corrientes que no estaban de acuerdo con esa arenga que gritó”. La imagen, sin embargo, cuenta otra historia. Ya fuera que el corresponsal de RCN se viera intimidado por los supervisores locales o se inclinase por autolimitarse, en la pantalla vemos que quien con más enjundia castiga al disidente no es cualquier ciudadano, sino un camillero de la Cruz Roja, que está allí destacado para socorrer a quien se ofrezca, en un área de por sí inaccesible a los “habitantes comunes y corrientes”. Y he aquí que el camillero no se conforma con abofetear a Carrión, pues aún corre tras él y se permite sorrajarle en la espalda un camillazo. La escena sería cómica, si no fuera patética: un camillero vestido de blanco, la cruz roja en el pecho, apaleando a un usuario de la libre expresión, sujeto e impedido de responder.

Andrés Carrión salió del calabozo veinte días más tarde. Ya era una celebridad universal, de modo que en la cárcel no hubo quien le pegara. Lo dejaron salir con varias condiciones, como las de no dar una sola entrevista ni reunirse con miembros de la disidencia. Bastante sorprendido estaba con el hecho de haber sobrevivido a su temeridad para dejarse ya intimidar por la amenaza de un nuevo encierro. Si bien nadie en la plaza lo había secundado, era tarde para meter reversa. Arrestado de nuevo y liberado pocas horas después, no ha parado Carrión de disfrutar el raro privilegio de no temer más a los apparatchiks, y es por eso que sabemos su historia. Si otros en torno suyo hablan con señas y medias palabras, él ya no tiene nada que ocultar. Su trabajo es sacarle canas verdes al poder.

Cierto es que la frase “abajo el comunismo” no está del todo sola. Otros, hasta el día de hoy con mejor suerte, no lo piensan dos veces cuando miran pasar a las damas de blanco y se lanzan en grupo a gritarles injurias. Una de ellas, por cierto, en boga últimamente y sin duda anterior al grito de Carrión. No se trata de una consigna aislada, ni quizás espontánea, si se sabe que en esos actos de repudio, burdamente orquestados desde el poder, la frase salta en boca de uno y otro exaltado repudiador: “¡Abajo los derechos humanos!”. O lo que es lo mismo: ¡Abajo yo!

El camillero no lo dice en el video, pero en sus golpes no hay lugar a duda. El infeliz está que escupe bilis contra esa mariconería de los derechos humanos, tanto que ya se lanza a hacer de la camilla un arma contundente y le da igual que todos puedan verlo. Hoy se cuenta que el camillero fue despedido días después, acaso consternado por haber hecho a sus santos patrones el muy flaco favor de salpicarles el altar histórico. Y es que la suerte suele ser ingrata para esos oficiosos que renuncian al yo en nombre de un nosotros que no los incluye.

El arte de escribir, según Wharton-(Sexenio-Puebla 16/04/12)


La teoría literaria suele ser un camino muy espino y quienes se dedican a ella no siempre son didácticos a la hora de escribirla. Pasa lo mismo con los críticos literarios, suelen ser muy atinados para desmenuzar una obra de ficción, pero no son tan asertivos al construir la propia.

Pocos escritores se animan a compartir el cómo de su arquitectura narrativa, aunque si hay muchos que además de escribir obras ficcionarias, ejercen una crítica de la obra de sus autores favoritos; y desde luego muy pocos logran tener una amplia congruencia y consistencia tanto en lo criticado, como en su propia pluma. Sergio Pitol es de los pocos escritores que se ha dedicado a crear una obra narrativa muy consistente y concisa, así como una fina y dura crítica a la arquitectura narrativa de diversos escritores. Ambas forman un binomio importante de su obra.

La aventura por el mundo de lectura –pienso- debe ser siempre un ejercicio de constantes descubrimientos.

Recientemente ha llegado a mí “Escribir ficción” de Edith Wharton, un libro por demás sorprendente. Mencionado libro recopila una serie de artículos publicados por la escritora en la revista Scribner’s entre 1924 y 1925, donde la escritora vierte su visión particular sobre lo que significa dedicarse al arte de escribir. A lo largo de cuatro capítulos y de manera muy didáctica, Wharton hace comparaciones claras entre el cuento y la novela, donde explica que el escritor jamás deberá influir en la extensión de la obra, más bien el tema será el encargado de dictaminar la extensión. Otro de los temas importantes es la construcción del personaje y la situación; aquí el escritor si debe tener mayor responsabilidad, pues deberá saber con exactitud todo acerca de sus personajes, sin embargo nunca deberá entrometerse en el desarrollo de los mismos, los personajes deberán crecer conforme mejor les convengan. Donde el escritor deberá intervenir más es en el desarrollo de la situación, pues afirma que la situación no deberá salirse del tema y buscar que dicha sea atractiva para el lector.

Todas las reflexiones realizadas por Wharton se acompañan o se fundamentan con la comparación y ejemplificación de algunas obras de escritores como Dostoievski, Goethe, Dickens, James; entre otros. Proust es un escritor demasiado importante para Wharton, por ello dedica un apartado especial para hablar de su obra, a quien pone como uno de los mejores ejemplos del arte de escribir ficción.

Un libro agradable para su lectura y que debería formar parte de la bibliografía obligada de los estudiantes de literatura, pues los conocimientos vertidos por Wharton siguen siendo vigentes.

Edith Wharton fue la primera escritora mujer en recibir el Premio Pulitzer (1920) por su obra  “La edad de la inocencia” que junto con las novelas “La casa de la alegría” y “Las costumbres del país” forman la trilogía: “Vieja Nueva York”. Fue alumna y posteriormente amiga de Henry James.

Una escritora a la que vale la pena acercarse, sin duda.

martes, abril 17, 2012

Non - fiction (Diario Milenio/Opinión 17/04/12)

Dice que no es creyente pero que le han pasado algunas cosas a últimas fechas que lo hacen dudar. Dice que no le creeré. Dice que me contará, cuando le insisto que lo haga, pero que no está seguro. Y es entonces que, entre cambio y cambio, me mira por el espejo retrovisor y noto la diferencia.

Beto es el taxista que siempre me lleva al aeropuerto cuando salgo de Tijuana. Desde que lo conozco, que ya tiene tiempo, insiste en que algún día terminaré escribiendo alguna de las historias que me cuenta. ¡Y me cuenta tantas! En las vueltas al aeropuerto he conocido, a través de su voz, un cierto submundo de la ciudad fronteriza que de otra manera no visito. Beto trabaja mucho también con las chicas de la zona y ya en alguna ocasión me tocó compartir servicio porque andaban, como me lo explicó, apurados. Esta vez es distinta. En lugar de empezar su relato con la algarabía que lo caracteriza, usualmente subiéndole al mismo tiempo el volumen al radio, me esconde la vista y hasta cierra las ventanillas del auto. En un momento o dos recordaré cómo, al subir, admiré lo limpio que estaba, lo bien que olía. Lo inmaculado.

Dice que la recogió, como a tantas otras, en una esquina cualquiera. Dice que sus largos cabellos cobrizos, sus ojos claros, su acento de las afueras. Dice que se trataba de una chica muy joven, de las que aseguran tener 20 cuando apenas si andan rozando los 16 y que por eso son bonitas de verdad. Dice que la chica recibió una llamada por teléfono y que, todavía con el aparato sobre la oreja, le indicó el destino final. Dice que ahí donde estaba, en el asiento delantero, se quitó el pants deportivo y se puso un vestido entallado, verde, en realidad encantador. Dice que el destino final era un hotel.

Nunca antes me habían dado escalofrío las historias de Beto. Pero ésta, aún antes de conocerla del todo, me lo provoca. De repente tengo deseos de que se calle. De repente tengo la esperanza de que algo pasará en la calle o en su cabeza y dejará de contarme lo que irremediablemente me cuenta. ¿Quién que haya vivido en México el último sexenio no sabe el final ya?

Dice que le pidió el número de teléfono para que, al terminar su trabajo, pasara por ella al mismo lugar. Dice que entre una cosa y otra, se abrieron de capa y se contaron lo que se puede contar en un servicio. Dice, y esto lo dice otra vez ensartando su mirada apesadumbrada, su mirada afectada por algo que justo en ese momento no sé si llamar metafísico, en el espejo retrovisor. Dice que nunca le habló.

Sé que todavía no llega el punto que realmente me quiere contar porque hace pausas cada vez más largas. Algo discutimos alguna vez sobre el papel del silencio, del espacio en blanco, en la construcción del suspenso. Mientras calla veo los grandes espectaculares. Eligio Valencia 2012. Me río, claro; luego me vuelvo a reír cuando me percato del equívoco. Eligio no lleva acento en la o.

Dice que a la siguiente mañana lo supo todo por la televisión. Dice las palabras de siempre: encontrada muerta, asfixiada, cuerpo sin identificación. Dice que tuvo que responder preguntas en la estación de policía. Dice las palabras de siempre: sin identidad, sin familia, sin qué más.

No sé si en ese momento o después que empieza la náusea. No sé en qué momento me percato que, apenas unos días atrás, leí palabras similares respecto a un poeta y traductor cuyo crimen permanece sin esclarecimiento alguno: atado de pies y de manos, cinta canela en la cabeza, golpe o disparo de gracia. Cada vez están más cerca, me digo, mientras quito la mano instintivamente del respaldo del asiento donde se había cambiado de ropa la muchacha.

Dice que otro día, un día también de entre semana, le volvió a pasar algo parecido. Dice que esto es lo que no le voy a creer. Dice, abriendo los ojos pero manteniéndolos paradójicamente sombríos, que cuando la chica joven se subió al auto iba ya contestando una llamada. Dice que respiró profundo y dudó. Dice que, luego, envalentonado o comprometido, en todo caso fuera de sí, le contó lo que le había pasado a la otra chica para convencerla de que no fuera sola a cumplir con una cita de trabajo a un hotel. Dice que le dijo: era una chica tan joven como tú. Dice que en ese momento la muchacha nueva se quedó callada y le hizo preguntas. Dice que al final, cariacontecida pero sin derramar lágrima alguna, le dijo que era su hermana. Dice que entonces marcó un número y en voz muy baja le dio la noticia a su madre. Dice que dijo: Ya sé dónde está mi hermana.

¿Cuáles son las probabilidades reales?, me pregunta como si yo lo supiera. ¿Puedo o no puedo ver claramente la intervención de algo más allá de nuestra comprensión habitual?, insiste. No sé que pensar ni de la conversión religiosa que me anuncia ni del paisaje que, gris, se desdobla en polvo y ruido del otro lado de la ventanilla. Qué íntima es a veces la tristeza social. Y viceversa. Dice Carlos Beristáin, sociólogo y médico, perito de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que la violencia en México ha alcanzado los grados de catástrofe. También dice que el legado de esta violencia impactará, al menos, dos generaciones enteras. Los duelos. La rabia. La impotencia.

Lástima de corona (Diario Milenio/Opinión 16/04/12)

Puesto a cazar, si yo cazara, me gustaría más cazar a quienes cazan elefantes.
Arturo Pérez-Reverte

Justo es decir que el hombre me simpatizaba. Era, según contaban, “un rey de a pie”, tan franco y campechano que no tenía reparo en prodigar piropos y palabrotas, entre otras expresiones en teoría incompatibles con uno de su cargo. Por eso aquella tarde, durante la recepción que se ofrecía en honor al Premio Cervantes en el Palacio Real de Madrid, me pareció gracioso que nada más llegar a la antesala, todos los asistentes hubiéramos de hacer una fila infernal para darle la mano al rey y la reina.

Afortunadamente, detrasito de mí venía Rosa Montero. Recién nos conocíamos, pero ya nuestros perros se entronizaban en la conversación. Hasta que fue llegando la hora del saludo, y así le pregunté cuál era el protocolo a seguir. Algunos, me explicó, los saludan haciendo una reverencia y otros inclinan levemente la testa, en todo caso no se les suele mirar a los ojos. Esta última regla la quebré obedeciendo a una deformación profesional. Un novelista no puede perderse la oportunidad de observar la mirada de un monarca, me dije al estrechar sus reales diestras, pero al cabo conseguí percibir no más que alguna suerte de resignado hastío. “El tedio de reinar”, concluí, entre decepcionado e indulgente. Impresión reafirmada nada más enterarme que al cabo del saludo protocolario, el rey había escapado de la escena para ver el partido del Real Madrid.

No deja de ser un deleite plebeyo imaginar al rey de España farfullando “basta ya del coñazo, me voy ver el futbol y que se jodan estos hijos de puta”. La grosería del rey es al fin una prueba de humanidad —como si hiciera falta— así que no escasean los monárquicos que la toman como gracia especial, ni los republicanos que la creen una leve victoria sobre la institución monárquica. El hecho es que a la plebe le gusta el ejercicio de verse en los zapatos de medio mundo, y eso incluye a los reyes. Cierto es que un pelagatos cualquiera nunca llegará a rey, pero lo opuesto sí que puede ocurrir. Lo sé porque ahora mismo acabo de verlo.

Hasta ayer, creí equivocamente que Juan Carlos de Borbón era el rey de España. Hoy compruebo no sólo que es un vil pelagatos, sino encima un vulgar matancero. Helo ahí, tan orondo —vale decir tan chulo, tan padrote— mirando hacia la cámara con el rifle en la mano, el instructor a un lado y atrás un elefante recién ejecutado, con la trompa doblada sobre un árbol, sabrá el diablo si todavía vivo. Tal es la gran hazaña de los matanceros, y es por eso que se toman la foto. Esperan que se piense, y acaso ellos lo creen, que consumaron una epopeya. Les parece motivo de orgullo dar al traste por nada con la vida de un pobre animal cuya especie padece como pocas un expolio feroz, brutal y sanguinario por parte de ignorantes y codiciosos. Algunos, por lo visto, de noble cuna.

“Juan Carlos realiza una amplia y eficaz labor en favor de la conservación de la naturaleza”, afirma la ONG ecologista de la que el rey es nada menos que presidente honorario. Si tanto desveló a los viejos Borbones que la Iglesia cayese en manos de Lutero, hay que ver a qué garras vino a dar la defensa de la vida silvestre. Cierto es que Don Borbón ha elegido Botswana, donde la matachina de paquidermos ha sido permitida y regulada, para esas vacaciones sanguinarias de las que nadie quiere regresar sin su foto (por más que sea monarca y no le falte el gas a su autoestima), pero esa imagen lo pinta completo: le da igual exhibirse como no más que un pobre diablo entronizado, si para eso es el rey y hace lo que le da la gana con sus balas. Y los de la ONG, que se jodan.

Nadie puede explicarle a un elefante que ése que le dispara es un soberano y se sostiene con dinero público. Los elefantes nunca serían tan bestias para creer en patrañas como el derecho divino y la línea sucesoria. Los elefantes son animales inteligentes; no hay modo de explicarles la estupidez humana, menos aún la falsa nobleza. Y lo que aquella foto deja ver es la imagen de un par de bestias nocivas y engreídas, al momento de saciar sus instintos. A una de ellas, por cierto, le di una vez la mano sin medir el peligro. Si he sabido, me calzo un guante de hule.