Espacio del Poeta superfugado, hijo de Hugh Grant y sobrino flaco de Federer.
martes, mayo 22, 2012
Contra la simulación (Diario Milenio/Opinión 22/05/12)
El maestro y su martini (Diario Milenio/Opinión 21/05/12)
miércoles, mayo 16, 2012
Miramón por Trueba Lara-(Sexenio-Puebla 07/05/12)
Disentir es un verbo (Diario Milenio/Opinión 15/05/12)
lunes, mayo 14, 2012
Miedo a los dinosaurios (Diario Milenio/Opinión 14/05/12)
miércoles, mayo 09, 2012
La aventura tenaz (Diario Milenio/Opinión 08/05/12)
martes, mayo 08, 2012
De cómo un juglar amaba a su musa-(Sexenio-Puebla 30/04/12)
El cerebro del diablo (Diario Milenio/Opinión 07/05/12)
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martes, mayo 01, 2012
¡Abajo nosotros! (Diario Milenio/Opinión 30/04/12)
El arte de escribir, según Wharton-(Sexenio-Puebla 16/04/12)
martes, abril 17, 2012
Non - fiction (Diario Milenio/Opinión 17/04/12)

Dice que no es creyente pero que le han pasado algunas cosas a últimas fechas que lo hacen dudar. Dice que no le creeré. Dice que me contará, cuando le insisto que lo haga, pero que no está seguro. Y es entonces que, entre cambio y cambio, me mira por el espejo retrovisor y noto la diferencia.
Beto es el taxista que siempre me lleva al aeropuerto cuando salgo de Tijuana. Desde que lo conozco, que ya tiene tiempo, insiste en que algún día terminaré escribiendo alguna de las historias que me cuenta. ¡Y me cuenta tantas! En las vueltas al aeropuerto he conocido, a través de su voz, un cierto submundo de la ciudad fronteriza que de otra manera no visito. Beto trabaja mucho también con las chicas de la zona y ya en alguna ocasión me tocó compartir servicio porque andaban, como me lo explicó, apurados. Esta vez es distinta. En lugar de empezar su relato con la algarabía que lo caracteriza, usualmente subiéndole al mismo tiempo el volumen al radio, me esconde la vista y hasta cierra las ventanillas del auto. En un momento o dos recordaré cómo, al subir, admiré lo limpio que estaba, lo bien que olía. Lo inmaculado.
Dice que la recogió, como a tantas otras, en una esquina cualquiera. Dice que sus largos cabellos cobrizos, sus ojos claros, su acento de las afueras. Dice que se trataba de una chica muy joven, de las que aseguran tener 20 cuando apenas si andan rozando los 16 y que por eso son bonitas de verdad. Dice que la chica recibió una llamada por teléfono y que, todavía con el aparato sobre la oreja, le indicó el destino final. Dice que ahí donde estaba, en el asiento delantero, se quitó el pants deportivo y se puso un vestido entallado, verde, en realidad encantador. Dice que el destino final era un hotel.
Nunca antes me habían dado escalofrío las historias de Beto. Pero ésta, aún antes de conocerla del todo, me lo provoca. De repente tengo deseos de que se calle. De repente tengo la esperanza de que algo pasará en la calle o en su cabeza y dejará de contarme lo que irremediablemente me cuenta. ¿Quién que haya vivido en México el último sexenio no sabe el final ya?
Dice que le pidió el número de teléfono para que, al terminar su trabajo, pasara por ella al mismo lugar. Dice que entre una cosa y otra, se abrieron de capa y se contaron lo que se puede contar en un servicio. Dice, y esto lo dice otra vez ensartando su mirada apesadumbrada, su mirada afectada por algo que justo en ese momento no sé si llamar metafísico, en el espejo retrovisor. Dice que nunca le habló.
Sé que todavía no llega el punto que realmente me quiere contar porque hace pausas cada vez más largas. Algo discutimos alguna vez sobre el papel del silencio, del espacio en blanco, en la construcción del suspenso. Mientras calla veo los grandes espectaculares. Eligio Valencia 2012. Me río, claro; luego me vuelvo a reír cuando me percato del equívoco. Eligio no lleva acento en la o.
Dice que a la siguiente mañana lo supo todo por la televisión. Dice las palabras de siempre: encontrada muerta, asfixiada, cuerpo sin identificación. Dice que tuvo que responder preguntas en la estación de policía. Dice las palabras de siempre: sin identidad, sin familia, sin qué más.
No sé si en ese momento o después que empieza la náusea. No sé en qué momento me percato que, apenas unos días atrás, leí palabras similares respecto a un poeta y traductor cuyo crimen permanece sin esclarecimiento alguno: atado de pies y de manos, cinta canela en la cabeza, golpe o disparo de gracia. Cada vez están más cerca, me digo, mientras quito la mano instintivamente del respaldo del asiento donde se había cambiado de ropa la muchacha.
Dice que otro día, un día también de entre semana, le volvió a pasar algo parecido. Dice que esto es lo que no le voy a creer. Dice, abriendo los ojos pero manteniéndolos paradójicamente sombríos, que cuando la chica joven se subió al auto iba ya contestando una llamada. Dice que respiró profundo y dudó. Dice que, luego, envalentonado o comprometido, en todo caso fuera de sí, le contó lo que le había pasado a la otra chica para convencerla de que no fuera sola a cumplir con una cita de trabajo a un hotel. Dice que le dijo: era una chica tan joven como tú. Dice que en ese momento la muchacha nueva se quedó callada y le hizo preguntas. Dice que al final, cariacontecida pero sin derramar lágrima alguna, le dijo que era su hermana. Dice que entonces marcó un número y en voz muy baja le dio la noticia a su madre. Dice que dijo: Ya sé dónde está mi hermana.
¿Cuáles son las probabilidades reales?, me pregunta como si yo lo supiera. ¿Puedo o no puedo ver claramente la intervención de algo más allá de nuestra comprensión habitual?, insiste. No sé que pensar ni de la conversión religiosa que me anuncia ni del paisaje que, gris, se desdobla en polvo y ruido del otro lado de la ventanilla. Qué íntima es a veces la tristeza social. Y viceversa. Dice Carlos Beristáin, sociólogo y médico, perito de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que la violencia en México ha alcanzado los grados de catástrofe. También dice que el legado de esta violencia impactará, al menos, dos generaciones enteras. Los duelos. La rabia. La impotencia.
Lástima de corona (Diario Milenio/Opinión 16/04/12)

Justo es decir que el hombre me simpatizaba. Era, según contaban, “un rey de a pie”, tan franco y campechano que no tenía reparo en prodigar piropos y palabrotas, entre otras expresiones en teoría incompatibles con uno de su cargo. Por eso aquella tarde, durante la recepción que se ofrecía en honor al Premio Cervantes en el Palacio Real de Madrid, me pareció gracioso que nada más llegar a la antesala, todos los asistentes hubiéramos de hacer una fila infernal para darle la mano al rey y la reina.
Afortunadamente, detrasito de mí venía Rosa Montero. Recién nos conocíamos, pero ya nuestros perros se entronizaban en la conversación. Hasta que fue llegando la hora del saludo, y así le pregunté cuál era el protocolo a seguir. Algunos, me explicó, los saludan haciendo una reverencia y otros inclinan levemente la testa, en todo caso no se les suele mirar a los ojos. Esta última regla la quebré obedeciendo a una deformación profesional. Un novelista no puede perderse la oportunidad de observar la mirada de un monarca, me dije al estrechar sus reales diestras, pero al cabo conseguí percibir no más que alguna suerte de resignado hastío. “El tedio de reinar”, concluí, entre decepcionado e indulgente. Impresión reafirmada nada más enterarme que al cabo del saludo protocolario, el rey había escapado de la escena para ver el partido del Real Madrid.
No deja de ser un deleite plebeyo imaginar al rey de España farfullando “basta ya del coñazo, me voy ver el futbol y que se jodan estos hijos de puta”. La grosería del rey es al fin una prueba de humanidad —como si hiciera falta— así que no escasean los monárquicos que la toman como gracia especial, ni los republicanos que la creen una leve victoria sobre la institución monárquica. El hecho es que a la plebe le gusta el ejercicio de verse en los zapatos de medio mundo, y eso incluye a los reyes. Cierto es que un pelagatos cualquiera nunca llegará a rey, pero lo opuesto sí que puede ocurrir. Lo sé porque ahora mismo acabo de verlo.
Hasta ayer, creí equivocamente que Juan Carlos de Borbón era el rey de España. Hoy compruebo no sólo que es un vil pelagatos, sino encima un vulgar matancero. Helo ahí, tan orondo —vale decir tan chulo, tan padrote— mirando hacia la cámara con el rifle en la mano, el instructor a un lado y atrás un elefante recién ejecutado, con la trompa doblada sobre un árbol, sabrá el diablo si todavía vivo. Tal es la gran hazaña de los matanceros, y es por eso que se toman la foto. Esperan que se piense, y acaso ellos lo creen, que consumaron una epopeya. Les parece motivo de orgullo dar al traste por nada con la vida de un pobre animal cuya especie padece como pocas un expolio feroz, brutal y sanguinario por parte de ignorantes y codiciosos. Algunos, por lo visto, de noble cuna.
“Juan Carlos realiza una amplia y eficaz labor en favor de la conservación de la naturaleza”, afirma la ONG ecologista de la que el rey es nada menos que presidente honorario. Si tanto desveló a los viejos Borbones que la Iglesia cayese en manos de Lutero, hay que ver a qué garras vino a dar la defensa de la vida silvestre. Cierto es que Don Borbón ha elegido Botswana, donde la matachina de paquidermos ha sido permitida y regulada, para esas vacaciones sanguinarias de las que nadie quiere regresar sin su foto (por más que sea monarca y no le falte el gas a su autoestima), pero esa imagen lo pinta completo: le da igual exhibirse como no más que un pobre diablo entronizado, si para eso es el rey y hace lo que le da la gana con sus balas. Y los de la ONG, que se jodan.
Nadie puede explicarle a un elefante que ése que le dispara es un soberano y se sostiene con dinero público. Los elefantes nunca serían tan bestias para creer en patrañas como el derecho divino y la línea sucesoria. Los elefantes son animales inteligentes; no hay modo de explicarles la estupidez humana, menos aún la falsa nobleza. Y lo que aquella foto deja ver es la imagen de un par de bestias nocivas y engreídas, al momento de saciar sus instintos. A una de ellas, por cierto, le di una vez la mano sin medir el peligro. Si he sabido, me calzo un guante de hule.









