martes, abril 17, 2012

Non - fiction (Diario Milenio/Opinión 17/04/12)

Dice que no es creyente pero que le han pasado algunas cosas a últimas fechas que lo hacen dudar. Dice que no le creeré. Dice que me contará, cuando le insisto que lo haga, pero que no está seguro. Y es entonces que, entre cambio y cambio, me mira por el espejo retrovisor y noto la diferencia.

Beto es el taxista que siempre me lleva al aeropuerto cuando salgo de Tijuana. Desde que lo conozco, que ya tiene tiempo, insiste en que algún día terminaré escribiendo alguna de las historias que me cuenta. ¡Y me cuenta tantas! En las vueltas al aeropuerto he conocido, a través de su voz, un cierto submundo de la ciudad fronteriza que de otra manera no visito. Beto trabaja mucho también con las chicas de la zona y ya en alguna ocasión me tocó compartir servicio porque andaban, como me lo explicó, apurados. Esta vez es distinta. En lugar de empezar su relato con la algarabía que lo caracteriza, usualmente subiéndole al mismo tiempo el volumen al radio, me esconde la vista y hasta cierra las ventanillas del auto. En un momento o dos recordaré cómo, al subir, admiré lo limpio que estaba, lo bien que olía. Lo inmaculado.

Dice que la recogió, como a tantas otras, en una esquina cualquiera. Dice que sus largos cabellos cobrizos, sus ojos claros, su acento de las afueras. Dice que se trataba de una chica muy joven, de las que aseguran tener 20 cuando apenas si andan rozando los 16 y que por eso son bonitas de verdad. Dice que la chica recibió una llamada por teléfono y que, todavía con el aparato sobre la oreja, le indicó el destino final. Dice que ahí donde estaba, en el asiento delantero, se quitó el pants deportivo y se puso un vestido entallado, verde, en realidad encantador. Dice que el destino final era un hotel.

Nunca antes me habían dado escalofrío las historias de Beto. Pero ésta, aún antes de conocerla del todo, me lo provoca. De repente tengo deseos de que se calle. De repente tengo la esperanza de que algo pasará en la calle o en su cabeza y dejará de contarme lo que irremediablemente me cuenta. ¿Quién que haya vivido en México el último sexenio no sabe el final ya?

Dice que le pidió el número de teléfono para que, al terminar su trabajo, pasara por ella al mismo lugar. Dice que entre una cosa y otra, se abrieron de capa y se contaron lo que se puede contar en un servicio. Dice, y esto lo dice otra vez ensartando su mirada apesadumbrada, su mirada afectada por algo que justo en ese momento no sé si llamar metafísico, en el espejo retrovisor. Dice que nunca le habló.

Sé que todavía no llega el punto que realmente me quiere contar porque hace pausas cada vez más largas. Algo discutimos alguna vez sobre el papel del silencio, del espacio en blanco, en la construcción del suspenso. Mientras calla veo los grandes espectaculares. Eligio Valencia 2012. Me río, claro; luego me vuelvo a reír cuando me percato del equívoco. Eligio no lleva acento en la o.

Dice que a la siguiente mañana lo supo todo por la televisión. Dice las palabras de siempre: encontrada muerta, asfixiada, cuerpo sin identificación. Dice que tuvo que responder preguntas en la estación de policía. Dice las palabras de siempre: sin identidad, sin familia, sin qué más.

No sé si en ese momento o después que empieza la náusea. No sé en qué momento me percato que, apenas unos días atrás, leí palabras similares respecto a un poeta y traductor cuyo crimen permanece sin esclarecimiento alguno: atado de pies y de manos, cinta canela en la cabeza, golpe o disparo de gracia. Cada vez están más cerca, me digo, mientras quito la mano instintivamente del respaldo del asiento donde se había cambiado de ropa la muchacha.

Dice que otro día, un día también de entre semana, le volvió a pasar algo parecido. Dice que esto es lo que no le voy a creer. Dice, abriendo los ojos pero manteniéndolos paradójicamente sombríos, que cuando la chica joven se subió al auto iba ya contestando una llamada. Dice que respiró profundo y dudó. Dice que, luego, envalentonado o comprometido, en todo caso fuera de sí, le contó lo que le había pasado a la otra chica para convencerla de que no fuera sola a cumplir con una cita de trabajo a un hotel. Dice que le dijo: era una chica tan joven como tú. Dice que en ese momento la muchacha nueva se quedó callada y le hizo preguntas. Dice que al final, cariacontecida pero sin derramar lágrima alguna, le dijo que era su hermana. Dice que entonces marcó un número y en voz muy baja le dio la noticia a su madre. Dice que dijo: Ya sé dónde está mi hermana.

¿Cuáles son las probabilidades reales?, me pregunta como si yo lo supiera. ¿Puedo o no puedo ver claramente la intervención de algo más allá de nuestra comprensión habitual?, insiste. No sé que pensar ni de la conversión religiosa que me anuncia ni del paisaje que, gris, se desdobla en polvo y ruido del otro lado de la ventanilla. Qué íntima es a veces la tristeza social. Y viceversa. Dice Carlos Beristáin, sociólogo y médico, perito de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que la violencia en México ha alcanzado los grados de catástrofe. También dice que el legado de esta violencia impactará, al menos, dos generaciones enteras. Los duelos. La rabia. La impotencia.

Lástima de corona (Diario Milenio/Opinión 16/04/12)

Puesto a cazar, si yo cazara, me gustaría más cazar a quienes cazan elefantes.
Arturo Pérez-Reverte

Justo es decir que el hombre me simpatizaba. Era, según contaban, “un rey de a pie”, tan franco y campechano que no tenía reparo en prodigar piropos y palabrotas, entre otras expresiones en teoría incompatibles con uno de su cargo. Por eso aquella tarde, durante la recepción que se ofrecía en honor al Premio Cervantes en el Palacio Real de Madrid, me pareció gracioso que nada más llegar a la antesala, todos los asistentes hubiéramos de hacer una fila infernal para darle la mano al rey y la reina.

Afortunadamente, detrasito de mí venía Rosa Montero. Recién nos conocíamos, pero ya nuestros perros se entronizaban en la conversación. Hasta que fue llegando la hora del saludo, y así le pregunté cuál era el protocolo a seguir. Algunos, me explicó, los saludan haciendo una reverencia y otros inclinan levemente la testa, en todo caso no se les suele mirar a los ojos. Esta última regla la quebré obedeciendo a una deformación profesional. Un novelista no puede perderse la oportunidad de observar la mirada de un monarca, me dije al estrechar sus reales diestras, pero al cabo conseguí percibir no más que alguna suerte de resignado hastío. “El tedio de reinar”, concluí, entre decepcionado e indulgente. Impresión reafirmada nada más enterarme que al cabo del saludo protocolario, el rey había escapado de la escena para ver el partido del Real Madrid.

No deja de ser un deleite plebeyo imaginar al rey de España farfullando “basta ya del coñazo, me voy ver el futbol y que se jodan estos hijos de puta”. La grosería del rey es al fin una prueba de humanidad —como si hiciera falta— así que no escasean los monárquicos que la toman como gracia especial, ni los republicanos que la creen una leve victoria sobre la institución monárquica. El hecho es que a la plebe le gusta el ejercicio de verse en los zapatos de medio mundo, y eso incluye a los reyes. Cierto es que un pelagatos cualquiera nunca llegará a rey, pero lo opuesto sí que puede ocurrir. Lo sé porque ahora mismo acabo de verlo.

Hasta ayer, creí equivocamente que Juan Carlos de Borbón era el rey de España. Hoy compruebo no sólo que es un vil pelagatos, sino encima un vulgar matancero. Helo ahí, tan orondo —vale decir tan chulo, tan padrote— mirando hacia la cámara con el rifle en la mano, el instructor a un lado y atrás un elefante recién ejecutado, con la trompa doblada sobre un árbol, sabrá el diablo si todavía vivo. Tal es la gran hazaña de los matanceros, y es por eso que se toman la foto. Esperan que se piense, y acaso ellos lo creen, que consumaron una epopeya. Les parece motivo de orgullo dar al traste por nada con la vida de un pobre animal cuya especie padece como pocas un expolio feroz, brutal y sanguinario por parte de ignorantes y codiciosos. Algunos, por lo visto, de noble cuna.

“Juan Carlos realiza una amplia y eficaz labor en favor de la conservación de la naturaleza”, afirma la ONG ecologista de la que el rey es nada menos que presidente honorario. Si tanto desveló a los viejos Borbones que la Iglesia cayese en manos de Lutero, hay que ver a qué garras vino a dar la defensa de la vida silvestre. Cierto es que Don Borbón ha elegido Botswana, donde la matachina de paquidermos ha sido permitida y regulada, para esas vacaciones sanguinarias de las que nadie quiere regresar sin su foto (por más que sea monarca y no le falte el gas a su autoestima), pero esa imagen lo pinta completo: le da igual exhibirse como no más que un pobre diablo entronizado, si para eso es el rey y hace lo que le da la gana con sus balas. Y los de la ONG, que se jodan.

Nadie puede explicarle a un elefante que ése que le dispara es un soberano y se sostiene con dinero público. Los elefantes nunca serían tan bestias para creer en patrañas como el derecho divino y la línea sucesoria. Los elefantes son animales inteligentes; no hay modo de explicarles la estupidez humana, menos aún la falsa nobleza. Y lo que aquella foto deja ver es la imagen de un par de bestias nocivas y engreídas, al momento de saciar sus instintos. A una de ellas, por cierto, le di una vez la mano sin medir el peligro. Si he sabido, me calzo un guante de hule.

Del amor de un humano por una liebre-(Sexenio-Puebla 02/04/12)

¿Se imaginan a un hombre cualquiera recorriendo un país entero, teniendo como compañera de viaje a una liebre? ¿Conciben una novela capaz de retratar el amor que un ser humano puede sentir por un animal? Arto Paasilinna lo hace posible en su reciente novela: El año de la liebre (Anagrama, 2011).

Vetanen es un periodista que está cansado de su trabajo, de su esposa y de la rutina que lleva su vida. El periódico para el que trabaja lo ha mandando a cumplir una misión, al lado de un compañero; ya de regreso en la carretera atropellan a una liebre, provocando que Vetanen baje en busca del animal para auxiliarlo, contrariando a lo que su colega le pidió, al no recibir éste respuesta alguna de Vetanen, decide abandonarlo. Una noche en el campo, al lado de la liebre, será suficiente para tomar el valor suficiente y desprenderse de todo aquello que lo tiene infeliz: su esposa y el trabajo. Decisión que cambiará el resto de sus días. A partir de aquí, Vetanen y la liebre viven una serie de inhóspitas aventuras, recorriendo toda Finlandia. Juntos reconstruyen y habitan pequeñas casas que sirven como refugio para cazadores, combaten incendios forestales, venden ilegalmente un botín de guerra alemán, cazan a un oso junto a una comitiva del Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia sin éxito alguno, y cruzan la frontera existente entre Finlandia y la Unión Soviética cazando a un oso que los atacó.

El año de la liebre posee una narrativa ligera, pero precisa y es contada al más puro estilo de una fábula; donde el lector se reirá, se enojará y se conmoverá a ratos con las vivencias que protagonizan Vetanen y la liebre al enfrentarse a ciertos acontecimientos, donde se plasma la crueldad que caracteriza a los citadinos y la nobleza propia de los habitantes del campo. Novela que retrata la búsqueda de la libertad, la cual Vetanen vivirá apasionadamente y luchará por ella contra cualquier obstáculo que quiera arrebatársela.

El año de la liebre se considera -en tierras nórdicas- fundadora de un nuevo género: la novela humorístico-ecológica. Arto Paasilinna es autor de otras novelas como El molinero aullador, El bosque de los zorros, Delicioso suicidio en grupo y El mejor amigo del oso.

Hay pocas novelas con personajes, relativamente sencillos, que logran atrapar al lector y darle una gran fortaleza narrativa a la misma, que agrada por su sencillez narrativa; El año de la liebre es una de ésas novelas. Habrá que seguir leyéndolo.

Obituario literario

Si la muerte de Antonio Tabucchi -sufrida el pasado 25 de marzo- no fuera suficiente; nuevamente la literatura se llena de luto, el pasado fin de semana se informó del asesinato del poeta y traductor Guillermo Fernández. En este mismo fin de semana, Omar Calabrese murió a los 62 años.

Descansen en paz y a leerlos, mejor homenaje no pueden recibir.

martes, abril 10, 2012

Norteña hasta el tope (Diario Milenio/Opinión 10/04/12)

Lo que vino del norte no fue, por supuesto, una literatura uniforme —como los mercaderes de libros la anunciaron y la vendieron— sino varias escrituras vivas, nutridas de lecturas sin fronteras.

Con el adjetivo norteña se designó en la literatura mexicana a la irrupción de un grupo social subalterno en el quehacer cultural de México de finales del siglo XX. Si el grueso de la producción literaria había sido dominada hasta entonces por aquellos ligados tanto cultural como geográficamente con la capital de una nación eminentemente centralista, grupos conformados en su mayoría aunque no únicamente por hombres pertenecientes a los estratos más privilegiados del país, los bárbaros que vinieron del norte fueron desde el inicio una gama bastante amplia de hombres y mujeres vinculados tanto económica como culturalmente a esos amorfos grupos populares que cierta teoría progresista ha calificado de subalternos. Educados en su mayoría en escuelas públicas y careciendo de los legados y conexiones que animaron por tantos años las actividades de sus contrapartes del centro, los norteños trajeron consigo, a cambio, una cierta visión periférica que trastocó los temas y las formas y las prácticas de la tradición dominante de las letras.

Sólo una mirada literal leería lo norteño como una mera referencia localista. Ser del norte, al menos en México, es ser de una región que es tanto una zona geográfica como una relación cultural. Y las raíces de esta aseveración se extienden bastante atrás en el tiempo. Ya desde la época prehispánica, los ojos de la hegemonía Mexica veían el norte, eso que ya no era Mesoamérica sino Aridoamérica, como una zona poblada por “perros sin correa”, es decir, por bárbaros. Que los españoles sólo con dificultad y muy lentamente lograran extender su domino hasta estas áridas regiones, no sólo habla de la resistencia que se llevó a cabo en estos lugares lejanos al centro del poder sino también de la hostilidad de la naturaleza y la poca monta del botín generado por comunidades que nunca construyeron una Tenochtitlán. A las regiones que el poder central no pudo ni dominar ni defender durante las guerras intestinas del siglo XIX, se les denominó y se les perdió también como el norte. Para cuando José Vasconcelos, el famoso Ministro de Educación de la etapa temprana de la posrevolución, se refirió a la frontera norte como el lugar donde terminaba la cultura e iniciaba la cerveza ya se había establecido el valor, o la falta de valor, simbólico asociado a lo norteño.

El rápido crecimiento del así llamado Milagro mexicano sacó a la luz otros valores norteños. Bajo la influencia tanto económica como cultural de los Estados Unidos, la producción industrial y la expansión de centros urbanos como Monterrey pronto solidificaron al menos dos estereotipos regionales: el del norteño como una especie de self-made man adepto al trabajo y la producción, y el del norteño como un individuo franco y directo, es decir, poco refinado, capaz de obviar, o violentaren caso necesario, las jerarquías de clase (nunca las de género) del todo social. En ambos casos, de manera por demás interesante, el norteño es ahorrador, cuando no codo. Más de una ideología capitalista se nutrió de y reforzó a su vez el primero de estos dos estereotipos. Del segundo dieron cuenta actores como Eulalio González Piporro, a menudo en papeles de tipo listo y autodidacta que, gracias al esfuerzo y el carisma, puede salirse con la suya; así como compositores y cantantes, entre los cuales vale la pena recordar a Cuco Sánchez, el Dostoievsky de la canción mexicana, con la célebre “No soy monedita de oro”, aquí en versión queer de Gloria Trevi: Nací norteña hasta el tope/ me gusta decir verdades/ soy piedra que no se alisa/ por más que talles y talles”.

Cuando hacia fines del XX, con el país ya hecho pedazos, los libros de Elmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, Patricia Laurent Kullick, David Toscana, Rosina Conde, Rosario Sanmiguel, Luis Humberto Crosthwaite, y Felipe Montes, entre tantos otros, dejaron atrás las pequeñas editoriales de provincia para publicar en algunas transnacionales del español, no sólo interrumpieron la hegemonía cultural del centro de la República de las Letras sino que también vinieron a contar cosas bastante incómodas sobre el país en su conjunto.

Lo que vino del norte no fue, por supuesto, una literatura uniforme —como los mercaderes de libros la anunciaron y la vendieron— sino varias escrituras vivas, nutridas de lecturas sin fronteras, a veces generadas desde exilios varios, tan diversas en sus métodos como en sus relatos. Lo que tuvieron en común desde el inicio fue lo que estaba ahí desde el inicio: una tradición de resistencia cultural marcada por siglos de relación ambivalente con el centro del país. La competencia entre tradiciones literarias no es abstracta o esencialista. A los que tuvieron que compartir lectores, ventas de libros, becas, premios, viajes, espacios culturales, prestigios y más, todo esto les resultó molesto, por decir lo menos, y así lo señalaron tanto en reseñas como en comentarios de sobremesa. Eso, y una versión inclusiva y convulsiva del país que incluya los acentos distintivos, afiebrados, peculiares de los broncos habitantes de sus orillas, es lo que está en juego mientras las tradiciones hegemónicas del XX se re-organizan.

¿A qué debo el horror? (Diario Milenio/Opinión 09/04/12)

Ser mujer en la Franja de Gaza es vivir acechada por el deshonor: un monstruo más temible que la muerte.

Hay palabras pesadas de por sí, cuya mera mención en términos formales enrarece el ambiente. O será que a unos cuantos así nos lo parece, cuando el grave vocablo flota ya en el aire y nos invade una incomodidad entre intimidatoria y bochornosa, pues tememos que entrar en la clave solemne nos hará ver ridículos e impostados. Algo así me sucede con la palabra honor. Como no sirva para un buen sarcasmo, el honor tiene un aire ceremonioso que nos instala en otro nivel de gravedad, donde cuanto se dice lleva su propio eco retumbante. A todo esto, ninguno coincidimos en el significado de una palabra así de subjetiva, pero en casos como estos es lo que se pretende. Hay palabras que amafian, y de pronto ésta es de ésas.

Abundan quienes citan al honor con las más constructivas intenciones, mas para sopesarlo en su justa medida basta con acudir a su siniestro antónimo. Pues donde no hay honor, hay deshonor: término incomparablemente rico en tonelaje. Si los pollos de granja matan a picotazos a sus iguales nada más porque tienen las plumas oscuras, algo no muy distinto se urgen a realizar quienes asisten al morboso espectáculo del deshonor. Que puede ser cualquiera, si tomamos en cuenta el variopinto espectro de deshonores a la disposición de todos los paletos de este mundo. No sabe uno gran cosa del tema del honor, pero ya entiende que se transforma en horror cada vez que lo llevan a la lavandería.

“Crimen de honor”, llama el código penal en la Franja de Gaza al acto por el cual se lava una vergüenza familiar. Importa poco al juez si es un asesinato despiadado, toda vez que el honor está por delante. Si una mujer es vista por otro hombre distinto a su marido, no sólo éste sino sus demás familiares pueden asesinarla y acogerse después a ese atenuante para estar unos meses en la cárcel (tres años, cuando más) y volver a las calles con la satisfacción del deber cumplido.

Esto último ahora lo sabemos en virtud de la historia recentísima de una mujer de Gaza —“K.K.”, la llama Ana Carbajosa en su escalofriante reportaje para El País— que a los 22 años fue sorprendida por la polícía en compañía de un hombre que no era su primo y marido. Una vez liberada, la mujer regresó a su casa, donde el tío (¿y suegro, quizás?) la obligó a beber de un herbicida hasta hacerla perder la conciencia, tras lo cual la llevó a un hospital, donde arguyó un intento de suicidio. Varias horas más tarde, nada más enterarse de que la envenenada mejoraba, el tío amenazó a doctor y enfermera con una pistola, introdujo el cañón entre los dientes de su sobrina y disparó sin más contemplación.

Para colmo de horrores, cuenta Ana Carbajosa desde Jan Yunis —no exactamente la zona más liberal de Gaza— que en un principio, tras el asesinato, la familia entregó, en lugar del tío, a un hermano enfermo mental para que le imputasen el homicidio. Vista cínicamente, la maniobra implicaba matar un nuevo pájaro con la misma pedrada. Es decir, sacudirse de una segunda vergüenza familiar, sabrá el demonio qué tan estorbosa en un medio propenso al estigma donde la muerte misma no es peor que el deshonor y ser mujer o enfermo mental es vivir al capricho del complejo imperante.

A menudo se nos hace partícipes de lo difícil que ha sido la vida para los honorables pobladores de Gaza desde que viven presos del bloqueo israelí, pero si ya parece complicado meterse en los zapatos del palestino que sobrevive al fuego cruzado entre fanáticos de uno y otro signo, habría que ver quién osa imaginar el infierno que es ser mujer en esas latitudes, y por tanto fatal depositaria y lado flaco del honor familiar: sospechosa de origen y llegado el momento culpable por default.

¿Mas qué puede esperarse del honor, con sus modos pomposos y su moral dos caras y esa manía esdrújula de poner los acentos sobre los abstractos sólo para embriagarnos de su resonancia, sino que se comporte como el gañán mafioso que siempre ha sido, nada más siente el peso del complejo? Por eso me incomoda que lo traigan a cuento, si como acto reflejo tiendo a sacarme algún sarcasmo de la manga y eso irrita la carne siempre viva de sus acólitos. Me gustaría saber, ante tantos honores atentos y rampantes, quién me vende cien gramos de deshorror.

En la resolana con Guillermo Fernández (Diario Milenio/Opinión 03/04/12)

Durante el primer trimestre del 2012, hubo un promedio de 36.8 muertos al día en marzo. Uno de ellos, acaecido el último día del mes, fue Guillermo Fernández, el poeta y traductor tapatío que radicaba en Toluca.

De acuerdo a las estadísticas nacionales, durante marzo del 2012 se registró el número más alto de ejecutados en 10 meses. Según el recuento de Milenio, “el total de ejecuciones en lo que va del sexenio asciende a 50 mil 93, de los cuales 3 mil 138 corresponden al primer trimestre de 2012”. En lo que fue calificado como un “repunte significativo de la violencia”, hubo un promedio de 36.8 muertos al día durante el mes de marzo. Uno de ellos, acaecido el último día el mes, fue Guillermo Fernández, el poeta y traductor tapatío que radicaba en Toluca, la ciudad más alta de la República mexicana, desde hacía una veintena de años. Aunque las condiciones de su deceso todavía no se esclarecen del todo, las escuetas notas periodísticas al respecto hacen hincapié en la violencia del crimen perpetrado de noche, dentro de su propia casa. El sustantivo y el adjetivo: cinta canela. El verbo: maniatado. El punto final: un golpe en la cabeza. ¿Cuántas veces no hemos leído ya descripciones así? Detesto escribir notas sobre amigos y/o maestros recién fallecidos, sobre todo porque escribir sobre uno tendría que comprometerme a escribir sobre todos, pero en esta ocasión lo hago para unir mi voz a la de tantos escritores y amigos que, ya desde el Estado de México como desde otros estados de la República, han demandado el esclarecimiento puntual de los hechos y la impartición de justicia. Yo tampoco deseo que este crimen, este otro crimen, quede impune. Yo tampoco deseo que Guillermo Fernández, ni nadie más, se convierta en otra cifra horrorífica en este país que se nos cae a pedazos, ¿no es cierto, Agripina? Yo también pido justicia.


Qué difícil es escribir esto.


No fui, ni con mucho, una amiga cercana de Guillermo Fernández, pero sí tuve el privilegio, como residente esporádica de esa ciudad en las tierras más altas, de convivir en ocasiones con él. Como bastantes más en la capital de un estado que poca atención le ha puesto a su vida cultural, asistí en algunas ocasiones a los talleres tanto de poesía como de traducción que impartía en la Casa de la Cultura como quien encuentra algo de oxígeno en una zona de aire muy enrarecido. Los que saben lo cruenta que suele ser la vida en ciertas ciudades industriales de la provincia mexicana, deben imaginarse con cierta facilidad el aura de último refugio y el tono de festejo que adquirían esas reuniones. Conservando siempre y a pesar de los años su posición como recién llegado, Guillermo Fernández contribuyó así a mantener y expandir un medio cultural muchas veces maniatado ya por falta de recursos o ya por rencillas internas. Su ironía, su continuo desmarcarse y, sobre todo, su trabajo constante, propiciaron la aproximación de los más rebeldes hacia los vericuetos de la poesía.


Guillermo Fernández fue, en efecto, un apasionado y devoto traductor del italiano. Como cualquiera que haya leído a Italo Calvino o a Eros Alessi en español, yo también le debo mucho a su labor infatigable, disciplinada, cuidadosa, mal pagada. Pero le debo más. Mi amor por el Xinantécatl, ese Nevado de Toluca que desde hace tiempo insisto en visitar al menos una vez al año, es algo que aprendí en las largas travesías que organizaba Guillermo para oír, en una de las cimas del mundo, su música favorita. Gracias a él también adquirí la bendita costumbre de añadir cardamomo a los granos de café. Fue bastante la música que descubrí o redescubrí gracias a sus sugerencias, pero de entre todas recuerdo horas deliciosas discutiendo en detalle la voz de Lucha Reyes, especialmente su manera de enunciar los versos de “La mensa” —esa canción en que una mujer se vuelve lacia, lacia, lacia. Alguna vez en una charla sobre política llegó a la definición exacta del poder: poder es no poder salir a la calle. Recuerdo que de inmediato tuiteé esa máxima. Nos sacábamos de nuestras casillas con facilidad él y yo pero, para qué más que la verdad, nunca dejamos de hablar en esos encuentros en las tierras altas. Alguna vez llegó a mi casa de Metepec sin invitación, cosa que él rara vez hacía, y se sentó a la mesa (en una esquina de la mesa) y se puso a platicar de su vida. Más que en ninguna otra ocasión, Guillermo fue ahí no el hombre de 80 (o casi) sino esos míticos 4 jóvenes de 20. Nunca supe qué era verdad y qué no en ese relato que ahora se me confunde con la resolana de la tarde: el niño que se escapa de su casa a los 9 años, el joven que conoce en persona a Eugenio Montale, el hombre mayor que continuamente descubre que, ante todo, prefiere la soledad y la poesía. Entre una cosa y otra saqué la botella de tequila —hasta donde sé, su bebida favorita. Y lo escuché. Debió haber sido sábado o domingo. Nunca supe por qué hizo aquello; qué lo conminó a tocar a la puerta y, luego, a quedarse. Esa tarde maravillosa y clara, esa tarde que seguramente fue de un sábado de primavera, está toda entera ahora, aquí.


Dentro de esa tarde, bajo su resolana que no cesa, pido como tantos otros que se esclarezcan los hechos y que se haga justicia.


Aquí había unos versitos, maestrín.

martes, abril 03, 2012

La cachucha galante (Diario Milenio/Opinión 02/04/12)

“Sexagenario es ser ajeno al sexo”, reza el poema de Salvador Novo. Dominique Strauss-Kahn no está de acuerdo.

Se cuenta que una vez, durante una visita rauda a México, Mick Jagger fue invitado a un encuentro con socialités, del que salió escoltado por sendas ninfas multifuncionales, listas para rodar infierno abajo por darle satisfaction al trompudo emblemático. Y así fue, tal parece, puesto que entre los dichos y los hechos no mediaba sino la aquiescencia del ídolo, que en estos menesteres dista de distinguirse por rejego. O así al menos quiere uno creer que fue, toda vez que su imagen de la Piedra Cantante tiene que ver con ese estilo de vida donde el libertinaje cae del cielo. ¿O es que alguien se imagina a uno como Mick Jagger preguntando cuánto quedó a deber por la última sesión de prestaciones?

Para julio de este año, Jagger apagará nada menos que 69 velitas: una edad muy probablemente incompatible con la fama volcánica de sus apetitos, pero aún así se cuentan por millones las ninfas que llegada la hora cuchi-cuchi se dejarían querer por el jetudo legendario, sin exigir a cambio más de lo recibido en el contubernio, amén del privilegio literario de contar el desliz a sus allegados. Visto desde los casi 70 años de la Piedra Mayor, Dominique Strauss-Kahn debe de parecer un vigoroso chico de 63. Y así es como debe de asumirse, o al menos se pensaba hace un par de años, cuando no tenía más que 61, era una luminaria internacional y su agenda de viaje estaba bien provista de orgías relajantes donde, como a Mick Jagger, un piquete de jovencitas voluptuosas disputábanse el turno de cabalgarlo...

A ver. Algo no encaja. ¿Desde cuándo se sabe que los banqueros tengan fans y groupies? ¿Cuánta gimnasia tiene que hacer el coco para pintarse al director del FMI huyendo de una horda de morritas gritonas en trance hormonal? “Ahora que lo pienso, creo que fui un ingenuo”, se ha defendido Strauss-Kahn delante de sus interrogadores, que por lo visto se hallan resueltos a colgarle el sambenito equívoco de proxeneta. “Sexo violento”, acusan las proveedoras, y una vez más los sesos se dejan exprimir para intentar creer en las palabras del banquero cogelón. ¿Creía el hombre que aquellas valquirias complacientes lo hacían todo a partir de su admiración? ¿Había en el mundo entero legiones de fanáticas promiscuas esperando a que el hombre fuerte del FMI metiera mano larga entre sus fondos?

Según las sexosiervas que hoy parecen pelearse por reconocerlo, el priapismo rampante de DSK se sostiene con bombardeos de Viagra. Que a todo esto es lo menos que el socialista francés podía hacer por sus anfitriones, si como han señalado sus conyacientes todo se organizaba en su augusto honor. Nomás faltaba que les quedara mal. Sin aspirar a experto en proxenetismo, puede uno calcular que un festín de estas características no se arma con cien euros, y es probable que alcance proporciones de cachetada a la pobreza. ¿Quién, que sea anfitrión, sponsor y alcahuete del director del FMI, va a llevarlo a una orgía de tres estrellas?

Sintomáticamente, muy pocos se desvelan por las cuentas calientes de DSK. Les parece indignante y escandaloso que el pitoloco llamara “material” a sus proveedoras y demandara de ellas cuidados especiales para las expresiones más primitivas de su furor prostático, pero apenas se ha puesto el reflector sobre su condición de gorrón impertérrito. DSK no es Mick Jagger, ni con veinte años menos lo sería. Si se confiesa ingenuo y jura que jamás se imaginó que esas chicas tan dúctiles pudieran dedicarse a la prostitución, es porque no le queda otra salida. “Cachuchero tal vez”, reza el mensaje, “pero corrupto nunca”.

La pregunta que importa no es, pues, qué llevó a DSK a inclinarse por tan osadas cochinadas, sino quién las pagaba y a cambio de qué. Pues aún en el supuesto, probable a todas luces, de que el señor se sienta un tipo guapo, tendría que ser un perfecto cretino para creer que todas esas cachuchas ocurrieron en nombre de su apostura. “¿Gusta usted un palito, señor director?”, lo invitarían una detrás de la otra. Y el hombre, consecuente y angélico, se dejaría querer con el ánimo prístino de un swinger impoluto, sin pensar un instante que quizás en todo ello tuviese algo que ver con ese cargo guapo que reluce en los cinco continentes.

¿Alguien, por cierto, ha visto la falsa ingenuidad de los gorrones cuando llega la hora de pagar la cuenta y se paran a lavarse las manos? Curiosamente, nunca les quedan limpias. Si no, que le pregunten a DSK.

miércoles, marzo 28, 2012

Auster y el poder de autonovelarse-(Sexenio-Puebla 19/03/12)

Escribir sobre sí mismo suele ser complicado. Escribir sobre el camino andado con objetividad es, casi, imposible. Autonovelarse con precisión, belleza y juicio, se antoja inexistente. Sin embargo, Paul Auster lo ha logrado en su reciente libro: Diario de invierno, el cual se une a otro par de libros escritos en el mismo estilo: La invención de la soledad y A salto de mata.

Auster tiene 65 años y con ello viene la nostalgia y las ganas de saber si lo hecho hasta el momento valió la pena.

A modo de diario cronológico y narrado desde la tercera persona, Auster ofrece al lector una autobiografía novelada, lejana de todo panfleto sentimentalista y donde el juicio personal tiene amplia cabida.

Diario de invierno es un libro admirable, pues posee una precisión narrativa, como se puede ver en los relatos que hace de sus recuerdos de infancia o de las amplias narraciones de los 21 cuartos o casas en las que ha habitado, las cuales han tenido un significado para él en su vida. Cada cuarto es la metáfora de su propia evolución. Tal es la precisión contenida en cada párrafo que inmediatamente uno logra sentirse caminando al lado de Auster, uno sufre con Auster; aunque también se goza con él al revivir sus encuentros sexuales. Pero también uno se enamora, al leer la forma en que describe a su esposa, después de tantos años de compartir la vida, así como la elegancia que tiene para referirse a sus viejos amores.

Auster comparte con sus lectores –sin temor a ser juzgado- todo tipo de recuerdos que trazaron, modificaron e influyeron cada una de sus decisiones: las enfermedades, las pérdidas de familiares, los momentos engorrosos de la infancia, las amistades memorables; entre otros. Muchos de estos recuerdos, como el lector descubrirá al adentrarse en sus páginas, fueron el origen de algunas de sus novelas.

Diario de invierno, para el lector y los escritores, es el ejemplo más claro de cómo escribir una autobiografía novelada. Para Paul Auster, pienso, es la forma de conversar consigo, de reconocer sus aciertos, ubicar sus errores y perdonarse.

Una lectura que no debe dejar pasar.

Repensar los encuentros literarios (Diario Milenio/Opinión 27/03/12)

La columnista da cuenta de un encuentro celebrado en Monterrey, dedicado a realzar el ejercicio literario en el marco de una estética interdisciplinaria.

Los encuentros literarios se convierten con apabulladora frecuencia en largos rituales en que los escritores invitados leen en voz alta trabajos publicados, a veces con bastante anterioridad, para espectadores que muchas veces se conforman o se resignan con la corroboración de lo ya conocido. Como buscan atraer a públicos masivos, los organizadores suelen invitar a escritores aprobados por el mercado, es decir, escritores que “venden”, sin importar mucho la conexión específica con la comunidad o las búsquedas estéticas que podrían o no unirlos entre ellos. Pocas veces, aunque hay que reconocer que van aumentando en número, se organizan talleres a través de los cuales pudiera extenderse el diálogo productivo entre el escritor invitado y los escritores locales. En casi ningún caso, y aquí habría que mencionar la peculiaridad de la feria de libro del Guadalajara, los escritores son invitados a visitar escuelas locales o a establecer conversaciones en corto con grupos de jóvenes, o con clubes de lectura, del lugar. Así, independientemente de lo que muestran los números que los organizadores muestran con orgullo, el legado concreto de los encuentros literarios para las comunidades dentro de las cuales se realizan dista mucho de alcanzar su potencial.

Llevado a cabo entre el 21 y el 23 de marzo del 2012, en la ciudad de Monterrey, Nuevo Léon —una de las urbes más golpeadas por la violencia del narco— “Los límites del lenguaje: la degramaticalidad increíble”, fue un encuentro singular desde muchos puntos de vista. Financiado por Conarte y la Casa de la Cultura de Nuevo León, y curado por la escritora Minerva Reynosa, “Los límites del lenguaje” respondió a una estética interdisciplinaria que buscaba explícitamente “realzar la importancia del ejercicio literario en la coyuntura con otras artes, otros discursos”. Así, convocados no con base en el número de ventas, sino en una perspectiva estética común, entendida ésta en los términos más amplios posibles, se esperaba que los escritores “entraran en un diálogo crítico”. Todo eso, y más, sucedió, en efecto, en la Sultana del Norte por al menos tres días.

Como lo demostraron las salas llenas durante estas jornadas, son muchos los objetivos que se logran cuando a un evento de este tipo lo guía una búsqueda estética. Como estas exploraciones suelen llevarse a cabo en distintas regiones entre gente de diversa edad y de géneros variados, no fue de ninguna manera sorpresivo aparecieran entre los invitados tanto especialistas en poesía digital de los Estados Unidos, como Loss Pequeño Glazier, que da clases en el muy prestigioso Electronic Poetry Center de Cunny Buffalo; y jóvenes practicantes de la poesía indígena y, luego entonces, de la traducción, en este caso desde el zoque y el tzotzil, como Enriqueta Lunes y Mikeas Sánchez. ¿Y hace cuánto que en un encuentro de escritores se oía el español, el inglés, y el zoque en un mismo foro?

Tal vez la parte más emocionante del programa fue la presentación de trabajos inéditos o, en su caso, de piezas poco difundidas, así como de obras que, debido a su naturaleza performancera, eran también irrepetibles y únicas. El colectivo Benerva (formado por Benjamin Moreno y Minerva Reynosa) dio a conocer una pieza digital que, valiéndose de programas que modificaban tanto las imágenes como los sonidos de las palabras, rompía literalmente las grafías y las enunciaciones de un poema para ofrecer al espectador una experiencia en efecto limítrofe del lenguaje. Marco Antonio Huerta, poeta conceptual de Tamaulipas, utilizó el vocabulario de ciertos discursos públicos —encontrados tanto en periódicos como en la sección amarilla de los directorios telefónicos— para componer textos relacionados con el aquí y ahora de otro estado mexicano herido por la violencia ligada al narcotráfico. Efraín Velasco, poeta de Oaxaca, invitó a la audiencia a hacer bizcos para poder apreciar las piezas que combinaban imágenes y textos a la manera de las imágenes estereoscópicas de antaño. No puedo mencionarlos a todos en este corto espacio, pero válgame decir que el “a ver en qué anda este cuate ahora” es tal vez la mejor tarjeta de presentación para una serie de trabajos que se quieren vivos, en proceso, perpetuamente inacabados. Inconformes con fórmulas heredadas, ajenos a cualquier deber ser, y rigurosos con las preguntas generadas por sus propias búsquedas, estos trabajos son, más que el futuro de la literatura mexicana, su presente más palpitante y, también, el más jocoso.

Tal vez el nutrido grupo de asistentes a estos eventos también se debiera a que, justo antes de dar inicio las jornadas del encuentro, tres de los escritores invitados impartieron un número equivalente de talleres. Otro de los escritores, de hecho, dio una plática en una escuela de diseño. Las preguntas que los jóvenes hacían durante esas sesiones, y las charlas con las que continuaban las mismas en los pasillos, dejaba en claro que el interés por los temas era algo más que pasajero.

Aunque acotada por la violencia, hubo en este encuentro, como en todo que se precie de serlo, convivencia y comida y bebida. Pero pocas veces he visto a tantos escritores chismear tan poco sobre el medio y hablar tanto, y tan apasionadamente, sobre su trabajo —el que acababan de hacer, el que estaba por venir. Así da gusto dejar la comodidad de la casa propia para pasearse con dificultad o azoro, da lo mismo, por los pasillos de tantas otras casas que, gracias a encuentros como éste, ya no son casas ajenas.

El club de los perplejos (Diario Milenio/Opinión 26/03/12)

Hay en México más de 30% de electores con bajo apetito democrático. Son los indefinidos y no se tragan cualquier bocado.

Indefinidos”, suelen llamarnos quienes hacen las encuestas, aunque a veces también nos dicen “indecisos”. Una categoría donde cabemos tantos y tan distintos votantes potenciales que de muy poco sirve ser casi mayoría. Ni siquiera dos puntos porcentuales nos separan del candidato más aventajado, si bien lo que nos une es puro escepticismo, cuando no hueva vil y pegajosa. Porque vamos al alza, pese a todo. Si entre otras mayorías es notorio cuando menos algún impostado entusiasmo, la nuestra ve al futuro con cara de fuchi. De ser esto un programa de televisión, hace rato que habríamos cambiado de canal.

Como es de comprenderse, los menos convencidos somos también los más hostigados. De nosotros depende en buena parte quiénes, entre tantos golosos, habrán de repartirse el pastel del poder. Nada tiene de raro que mientras nos asedian con propaganda hueca y dulces carantoñas se relaman de paso los bigotes y den un trago largo de saliva, si al cabo lo que quieren es un poco de teta, por el amor de Dios. Pero los indecisos somos de teta díscola, más todavía si ésta se nos exige a toda hora y por todos los medios. Más sencillo sería contagiar el espíritu navideño mediante sobredosis de villancicos que inyectar entusiasmo democrático en un indefinido con propaganda estólida y machacona.

En rigor, deberían llamarnos perplejos. Es decir, dudosos, inciertos, irresolutos, confusos, no porque las opciones parezcan suculentas sino justo al contrario: hemos de decidirnos entre bocados poco apetitosos. Si otros ya se anticipan al banquete con la glotonería impresa en las pupilas, al perplejo le bastaría con saber cuál de los tres manjares será menos dañino, toda vez que ninguno termina de antojársele. Peor aún si tomamos en cuenta que un comistrajo de estos ha de tragarse a diario durante varios años. Pues tal es el problema: puede uno masticar las porquerías y pretender que no saben tan mal, pero de ahí a tragárselas hay demasiadas náuseas de por medio.

Si existiera un registro de razones por las que decidimos que un candidato es preferible al otro, es seguro que miles o millones de ellas merecerían el rango de sinrazón. Más todavía cuando lo que interesa es encontrar al menos pernicioso. Elegir entre fruta descompuesta, filete con triquina y pescado agusanado no es la mejor manera de hacer hambre; de ahí que seamos tantos los inapetentes. Es, sin duda, probable que el menú resulte un poco menos insalubre de lo que nuestras bascas anticipan —tal es la alegre apuesta de los propagandistas—, sin embargo los números son elocuentes: somos una legión con la nariz tapada.

“Nunca en mi vida votaría por el PRI”, presumimos algunos, como dando por hecho que las otras opciones no se le parecen. ¿Qué es la izquierda tartufa del PRD, sino una calca hedionda del PRI chapucero y retrógrada de los años setenta? ¿Y cómo es que en el PAN menudean los liberales vergonzantes, prestos a cortejar al viejo perredismo echeverrista que a su vez los acusa de priístas? Si uno al fin decidiera hacerle el feo al PRI en el fondo de las urnas, tendría que quedarse sin votar. Y tal vez aun así lo favorecería.

Tenemos, pues, al PRI de hoy luchando contra el PRI del siglo pasado, y en medio de los dos a una buena señora de sonrisa impertérrita que por lo visto vive rodeada de ineptos decididos a hacerla tropezar. Sería refrescante que al fin una mujer luciera sobre el pecho la banda tricolor en un país regido según los estatutos del Club de Toby, pero habría que ser un sexista asqueroso para insinuar que el género femenino de por sí garantiza un gobierno mejor. De pronto la igualdad entre los sexos pasa por aceptar que en numerosas ocasiones mujeres y hombres somos igual de torpes.

Es, pues, lo más probable es que haya en este mundo similar proporción de ineptas e ineptos. Vistos desde el rincón de los perplejos, nada nos garantiza que la candidata y sus impulsores se hallen libres de ser así censados. Y eso es lo que termina de aperplejarnos en este carnaval de dinosaurios donde el pasado oscuro es una taenia solium que termina nutriéndose de cuanto nos tragamos. ¿Cómo no vamos a pensarlo mil veces antes de decidirnos a deglutirlo?

“Se ve muy rico, gracias, pero es que no tengo hambre”, se excusa uno en estas situaciones, y se condena así a que se le persiga cucharón en mano. “Trágate esto”, nos gritan, y por toda respuesta nos tapamos la boca, la nariz y los ojos. Por mí, que de una vez nos llamen Los Asqueados.