martes, abril 03, 2012

La cachucha galante (Diario Milenio/Opinión 02/04/12)

“Sexagenario es ser ajeno al sexo”, reza el poema de Salvador Novo. Dominique Strauss-Kahn no está de acuerdo.

Se cuenta que una vez, durante una visita rauda a México, Mick Jagger fue invitado a un encuentro con socialités, del que salió escoltado por sendas ninfas multifuncionales, listas para rodar infierno abajo por darle satisfaction al trompudo emblemático. Y así fue, tal parece, puesto que entre los dichos y los hechos no mediaba sino la aquiescencia del ídolo, que en estos menesteres dista de distinguirse por rejego. O así al menos quiere uno creer que fue, toda vez que su imagen de la Piedra Cantante tiene que ver con ese estilo de vida donde el libertinaje cae del cielo. ¿O es que alguien se imagina a uno como Mick Jagger preguntando cuánto quedó a deber por la última sesión de prestaciones?

Para julio de este año, Jagger apagará nada menos que 69 velitas: una edad muy probablemente incompatible con la fama volcánica de sus apetitos, pero aún así se cuentan por millones las ninfas que llegada la hora cuchi-cuchi se dejarían querer por el jetudo legendario, sin exigir a cambio más de lo recibido en el contubernio, amén del privilegio literario de contar el desliz a sus allegados. Visto desde los casi 70 años de la Piedra Mayor, Dominique Strauss-Kahn debe de parecer un vigoroso chico de 63. Y así es como debe de asumirse, o al menos se pensaba hace un par de años, cuando no tenía más que 61, era una luminaria internacional y su agenda de viaje estaba bien provista de orgías relajantes donde, como a Mick Jagger, un piquete de jovencitas voluptuosas disputábanse el turno de cabalgarlo...

A ver. Algo no encaja. ¿Desde cuándo se sabe que los banqueros tengan fans y groupies? ¿Cuánta gimnasia tiene que hacer el coco para pintarse al director del FMI huyendo de una horda de morritas gritonas en trance hormonal? “Ahora que lo pienso, creo que fui un ingenuo”, se ha defendido Strauss-Kahn delante de sus interrogadores, que por lo visto se hallan resueltos a colgarle el sambenito equívoco de proxeneta. “Sexo violento”, acusan las proveedoras, y una vez más los sesos se dejan exprimir para intentar creer en las palabras del banquero cogelón. ¿Creía el hombre que aquellas valquirias complacientes lo hacían todo a partir de su admiración? ¿Había en el mundo entero legiones de fanáticas promiscuas esperando a que el hombre fuerte del FMI metiera mano larga entre sus fondos?

Según las sexosiervas que hoy parecen pelearse por reconocerlo, el priapismo rampante de DSK se sostiene con bombardeos de Viagra. Que a todo esto es lo menos que el socialista francés podía hacer por sus anfitriones, si como han señalado sus conyacientes todo se organizaba en su augusto honor. Nomás faltaba que les quedara mal. Sin aspirar a experto en proxenetismo, puede uno calcular que un festín de estas características no se arma con cien euros, y es probable que alcance proporciones de cachetada a la pobreza. ¿Quién, que sea anfitrión, sponsor y alcahuete del director del FMI, va a llevarlo a una orgía de tres estrellas?

Sintomáticamente, muy pocos se desvelan por las cuentas calientes de DSK. Les parece indignante y escandaloso que el pitoloco llamara “material” a sus proveedoras y demandara de ellas cuidados especiales para las expresiones más primitivas de su furor prostático, pero apenas se ha puesto el reflector sobre su condición de gorrón impertérrito. DSK no es Mick Jagger, ni con veinte años menos lo sería. Si se confiesa ingenuo y jura que jamás se imaginó que esas chicas tan dúctiles pudieran dedicarse a la prostitución, es porque no le queda otra salida. “Cachuchero tal vez”, reza el mensaje, “pero corrupto nunca”.

La pregunta que importa no es, pues, qué llevó a DSK a inclinarse por tan osadas cochinadas, sino quién las pagaba y a cambio de qué. Pues aún en el supuesto, probable a todas luces, de que el señor se sienta un tipo guapo, tendría que ser un perfecto cretino para creer que todas esas cachuchas ocurrieron en nombre de su apostura. “¿Gusta usted un palito, señor director?”, lo invitarían una detrás de la otra. Y el hombre, consecuente y angélico, se dejaría querer con el ánimo prístino de un swinger impoluto, sin pensar un instante que quizás en todo ello tuviese algo que ver con ese cargo guapo que reluce en los cinco continentes.

¿Alguien, por cierto, ha visto la falsa ingenuidad de los gorrones cuando llega la hora de pagar la cuenta y se paran a lavarse las manos? Curiosamente, nunca les quedan limpias. Si no, que le pregunten a DSK.

miércoles, marzo 28, 2012

Auster y el poder de autonovelarse-(Sexenio-Puebla 19/03/12)

Escribir sobre sí mismo suele ser complicado. Escribir sobre el camino andado con objetividad es, casi, imposible. Autonovelarse con precisión, belleza y juicio, se antoja inexistente. Sin embargo, Paul Auster lo ha logrado en su reciente libro: Diario de invierno, el cual se une a otro par de libros escritos en el mismo estilo: La invención de la soledad y A salto de mata.

Auster tiene 65 años y con ello viene la nostalgia y las ganas de saber si lo hecho hasta el momento valió la pena.

A modo de diario cronológico y narrado desde la tercera persona, Auster ofrece al lector una autobiografía novelada, lejana de todo panfleto sentimentalista y donde el juicio personal tiene amplia cabida.

Diario de invierno es un libro admirable, pues posee una precisión narrativa, como se puede ver en los relatos que hace de sus recuerdos de infancia o de las amplias narraciones de los 21 cuartos o casas en las que ha habitado, las cuales han tenido un significado para él en su vida. Cada cuarto es la metáfora de su propia evolución. Tal es la precisión contenida en cada párrafo que inmediatamente uno logra sentirse caminando al lado de Auster, uno sufre con Auster; aunque también se goza con él al revivir sus encuentros sexuales. Pero también uno se enamora, al leer la forma en que describe a su esposa, después de tantos años de compartir la vida, así como la elegancia que tiene para referirse a sus viejos amores.

Auster comparte con sus lectores –sin temor a ser juzgado- todo tipo de recuerdos que trazaron, modificaron e influyeron cada una de sus decisiones: las enfermedades, las pérdidas de familiares, los momentos engorrosos de la infancia, las amistades memorables; entre otros. Muchos de estos recuerdos, como el lector descubrirá al adentrarse en sus páginas, fueron el origen de algunas de sus novelas.

Diario de invierno, para el lector y los escritores, es el ejemplo más claro de cómo escribir una autobiografía novelada. Para Paul Auster, pienso, es la forma de conversar consigo, de reconocer sus aciertos, ubicar sus errores y perdonarse.

Una lectura que no debe dejar pasar.

Repensar los encuentros literarios (Diario Milenio/Opinión 27/03/12)

La columnista da cuenta de un encuentro celebrado en Monterrey, dedicado a realzar el ejercicio literario en el marco de una estética interdisciplinaria.

Los encuentros literarios se convierten con apabulladora frecuencia en largos rituales en que los escritores invitados leen en voz alta trabajos publicados, a veces con bastante anterioridad, para espectadores que muchas veces se conforman o se resignan con la corroboración de lo ya conocido. Como buscan atraer a públicos masivos, los organizadores suelen invitar a escritores aprobados por el mercado, es decir, escritores que “venden”, sin importar mucho la conexión específica con la comunidad o las búsquedas estéticas que podrían o no unirlos entre ellos. Pocas veces, aunque hay que reconocer que van aumentando en número, se organizan talleres a través de los cuales pudiera extenderse el diálogo productivo entre el escritor invitado y los escritores locales. En casi ningún caso, y aquí habría que mencionar la peculiaridad de la feria de libro del Guadalajara, los escritores son invitados a visitar escuelas locales o a establecer conversaciones en corto con grupos de jóvenes, o con clubes de lectura, del lugar. Así, independientemente de lo que muestran los números que los organizadores muestran con orgullo, el legado concreto de los encuentros literarios para las comunidades dentro de las cuales se realizan dista mucho de alcanzar su potencial.

Llevado a cabo entre el 21 y el 23 de marzo del 2012, en la ciudad de Monterrey, Nuevo Léon —una de las urbes más golpeadas por la violencia del narco— “Los límites del lenguaje: la degramaticalidad increíble”, fue un encuentro singular desde muchos puntos de vista. Financiado por Conarte y la Casa de la Cultura de Nuevo León, y curado por la escritora Minerva Reynosa, “Los límites del lenguaje” respondió a una estética interdisciplinaria que buscaba explícitamente “realzar la importancia del ejercicio literario en la coyuntura con otras artes, otros discursos”. Así, convocados no con base en el número de ventas, sino en una perspectiva estética común, entendida ésta en los términos más amplios posibles, se esperaba que los escritores “entraran en un diálogo crítico”. Todo eso, y más, sucedió, en efecto, en la Sultana del Norte por al menos tres días.

Como lo demostraron las salas llenas durante estas jornadas, son muchos los objetivos que se logran cuando a un evento de este tipo lo guía una búsqueda estética. Como estas exploraciones suelen llevarse a cabo en distintas regiones entre gente de diversa edad y de géneros variados, no fue de ninguna manera sorpresivo aparecieran entre los invitados tanto especialistas en poesía digital de los Estados Unidos, como Loss Pequeño Glazier, que da clases en el muy prestigioso Electronic Poetry Center de Cunny Buffalo; y jóvenes practicantes de la poesía indígena y, luego entonces, de la traducción, en este caso desde el zoque y el tzotzil, como Enriqueta Lunes y Mikeas Sánchez. ¿Y hace cuánto que en un encuentro de escritores se oía el español, el inglés, y el zoque en un mismo foro?

Tal vez la parte más emocionante del programa fue la presentación de trabajos inéditos o, en su caso, de piezas poco difundidas, así como de obras que, debido a su naturaleza performancera, eran también irrepetibles y únicas. El colectivo Benerva (formado por Benjamin Moreno y Minerva Reynosa) dio a conocer una pieza digital que, valiéndose de programas que modificaban tanto las imágenes como los sonidos de las palabras, rompía literalmente las grafías y las enunciaciones de un poema para ofrecer al espectador una experiencia en efecto limítrofe del lenguaje. Marco Antonio Huerta, poeta conceptual de Tamaulipas, utilizó el vocabulario de ciertos discursos públicos —encontrados tanto en periódicos como en la sección amarilla de los directorios telefónicos— para componer textos relacionados con el aquí y ahora de otro estado mexicano herido por la violencia ligada al narcotráfico. Efraín Velasco, poeta de Oaxaca, invitó a la audiencia a hacer bizcos para poder apreciar las piezas que combinaban imágenes y textos a la manera de las imágenes estereoscópicas de antaño. No puedo mencionarlos a todos en este corto espacio, pero válgame decir que el “a ver en qué anda este cuate ahora” es tal vez la mejor tarjeta de presentación para una serie de trabajos que se quieren vivos, en proceso, perpetuamente inacabados. Inconformes con fórmulas heredadas, ajenos a cualquier deber ser, y rigurosos con las preguntas generadas por sus propias búsquedas, estos trabajos son, más que el futuro de la literatura mexicana, su presente más palpitante y, también, el más jocoso.

Tal vez el nutrido grupo de asistentes a estos eventos también se debiera a que, justo antes de dar inicio las jornadas del encuentro, tres de los escritores invitados impartieron un número equivalente de talleres. Otro de los escritores, de hecho, dio una plática en una escuela de diseño. Las preguntas que los jóvenes hacían durante esas sesiones, y las charlas con las que continuaban las mismas en los pasillos, dejaba en claro que el interés por los temas era algo más que pasajero.

Aunque acotada por la violencia, hubo en este encuentro, como en todo que se precie de serlo, convivencia y comida y bebida. Pero pocas veces he visto a tantos escritores chismear tan poco sobre el medio y hablar tanto, y tan apasionadamente, sobre su trabajo —el que acababan de hacer, el que estaba por venir. Así da gusto dejar la comodidad de la casa propia para pasearse con dificultad o azoro, da lo mismo, por los pasillos de tantas otras casas que, gracias a encuentros como éste, ya no son casas ajenas.

El club de los perplejos (Diario Milenio/Opinión 26/03/12)

Hay en México más de 30% de electores con bajo apetito democrático. Son los indefinidos y no se tragan cualquier bocado.

Indefinidos”, suelen llamarnos quienes hacen las encuestas, aunque a veces también nos dicen “indecisos”. Una categoría donde cabemos tantos y tan distintos votantes potenciales que de muy poco sirve ser casi mayoría. Ni siquiera dos puntos porcentuales nos separan del candidato más aventajado, si bien lo que nos une es puro escepticismo, cuando no hueva vil y pegajosa. Porque vamos al alza, pese a todo. Si entre otras mayorías es notorio cuando menos algún impostado entusiasmo, la nuestra ve al futuro con cara de fuchi. De ser esto un programa de televisión, hace rato que habríamos cambiado de canal.

Como es de comprenderse, los menos convencidos somos también los más hostigados. De nosotros depende en buena parte quiénes, entre tantos golosos, habrán de repartirse el pastel del poder. Nada tiene de raro que mientras nos asedian con propaganda hueca y dulces carantoñas se relaman de paso los bigotes y den un trago largo de saliva, si al cabo lo que quieren es un poco de teta, por el amor de Dios. Pero los indecisos somos de teta díscola, más todavía si ésta se nos exige a toda hora y por todos los medios. Más sencillo sería contagiar el espíritu navideño mediante sobredosis de villancicos que inyectar entusiasmo democrático en un indefinido con propaganda estólida y machacona.

En rigor, deberían llamarnos perplejos. Es decir, dudosos, inciertos, irresolutos, confusos, no porque las opciones parezcan suculentas sino justo al contrario: hemos de decidirnos entre bocados poco apetitosos. Si otros ya se anticipan al banquete con la glotonería impresa en las pupilas, al perplejo le bastaría con saber cuál de los tres manjares será menos dañino, toda vez que ninguno termina de antojársele. Peor aún si tomamos en cuenta que un comistrajo de estos ha de tragarse a diario durante varios años. Pues tal es el problema: puede uno masticar las porquerías y pretender que no saben tan mal, pero de ahí a tragárselas hay demasiadas náuseas de por medio.

Si existiera un registro de razones por las que decidimos que un candidato es preferible al otro, es seguro que miles o millones de ellas merecerían el rango de sinrazón. Más todavía cuando lo que interesa es encontrar al menos pernicioso. Elegir entre fruta descompuesta, filete con triquina y pescado agusanado no es la mejor manera de hacer hambre; de ahí que seamos tantos los inapetentes. Es, sin duda, probable que el menú resulte un poco menos insalubre de lo que nuestras bascas anticipan —tal es la alegre apuesta de los propagandistas—, sin embargo los números son elocuentes: somos una legión con la nariz tapada.

“Nunca en mi vida votaría por el PRI”, presumimos algunos, como dando por hecho que las otras opciones no se le parecen. ¿Qué es la izquierda tartufa del PRD, sino una calca hedionda del PRI chapucero y retrógrada de los años setenta? ¿Y cómo es que en el PAN menudean los liberales vergonzantes, prestos a cortejar al viejo perredismo echeverrista que a su vez los acusa de priístas? Si uno al fin decidiera hacerle el feo al PRI en el fondo de las urnas, tendría que quedarse sin votar. Y tal vez aun así lo favorecería.

Tenemos, pues, al PRI de hoy luchando contra el PRI del siglo pasado, y en medio de los dos a una buena señora de sonrisa impertérrita que por lo visto vive rodeada de ineptos decididos a hacerla tropezar. Sería refrescante que al fin una mujer luciera sobre el pecho la banda tricolor en un país regido según los estatutos del Club de Toby, pero habría que ser un sexista asqueroso para insinuar que el género femenino de por sí garantiza un gobierno mejor. De pronto la igualdad entre los sexos pasa por aceptar que en numerosas ocasiones mujeres y hombres somos igual de torpes.

Es, pues, lo más probable es que haya en este mundo similar proporción de ineptas e ineptos. Vistos desde el rincón de los perplejos, nada nos garantiza que la candidata y sus impulsores se hallen libres de ser así censados. Y eso es lo que termina de aperplejarnos en este carnaval de dinosaurios donde el pasado oscuro es una taenia solium que termina nutriéndose de cuanto nos tragamos. ¿Cómo no vamos a pensarlo mil veces antes de decidirnos a deglutirlo?

“Se ve muy rico, gracias, pero es que no tengo hambre”, se excusa uno en estas situaciones, y se condena así a que se le persiga cucharón en mano. “Trágate esto”, nos gritan, y por toda respuesta nos tapamos la boca, la nariz y los ojos. Por mí, que de una vez nos llamen Los Asqueados.

martes, marzo 20, 2012

La obesidad infantil y la novela gráfica-(Sexenio-Puebla 12/03/12)

Hace unos años la Encuesta Nacional de Nutrición en México[1] lanzaba cifras preocupantes en cuanto al tema de la obesidad infantil: 27.5% de los niños en edad escolar presentan sobrepeso. Aquí algunos datos con mayor precisión: Un niño obeso tiene 12.6 más probabilidades de tener diabetes mellitus y 9 veces más probabilidades de ser hipertenso a edad temprana que niños no obesos. Mientras que los niños con 15% de sobrepeso tienen alteraciones ortopédicas, dificultad para estar erguidos, alteraciones de alineación de columna y extremidades debido al enorme depósito de grasa abdominal. Todo esto provoca que al hacer ejercicio, el niño/a se fatiga rápidamente porque el corazón late más veces por minuto de lo normal, los pulmones ventilan inadecuadamente y si continúa la actividad, pueden aparecer calambres, dolor por fricción del hígado con las costillas (de caballo) y otras complicaciones.

Como se ve los datos son alarmantes. Un par de años atrás la SEP tomó cartas en el asunto y prohibió tajantemente la venta de comida chatarra, así como el aumento de clases de educación física.

Un aporte para cambiar estos índices, sin duda, es Señor Fritos escrito por Mauricio Montiel Figueiras e ilustrado por Bernardo Fernández “BEF”, bajo el sello editorial de Sexto piso, dentro de su novedosa colección: Sexto piso ilustrado.

El dueto conformado por Mauricio Montiel y BEF, a lo largo de 100 páginas, cuenta la historia de Andrés, un niño que come hotdogs, hamburguesas, frituras, golosinas y odia ingerir frutas y verduras. Disfruta de ver el fútbol y de platicar con Don Ari, su mejor amigo, –dueño de la tienda Los 3 Arieles- con quien comparte la afición por el fútbol y las golosinas. Conforme avanza el relato Andrés va viviendo todos los efectos negativos que conlleva el sobrepeso: imposibilidad para jugar el fútbol, burla de sus compañeros. Originando en Andrés problemas de índole psicológico, emocional, así como una gran falta de autoestima. Aunque sus amigos y familiares buscan hacer cambiar de opinión Andrés, éste no cede ante los consejos, pues no se imagina una vida sin golosinas, además de asumir que todo la demás sabe feo, pues su imaginación así lo indica. Todo cambiará para Andrés a partir de la muerte de Don Ari y de un sueño futurista que tiene después de haber sufrido un dolor de cabeza, en dicho sueño Don Ari se aparece ante Andrés para hacerle ver lo que le espera en el “más allá” si no cambia sus hábitos alimenticios, y le recuerda que: “Somos lo que comemos y morimos como comemos”. Al despertar, Andrés tomará la decisión de cambiar su vida y practicar, en serio, su mayor pasión deportiva: el fútbol.

Señor Fritos es una novela gráfica agradable que pone las cartas sobre la mesa respecto a la obesidad infantil en México y aporta más que la campaña emprendida por la SEP, al presentarse como una opción para que los padres de familia, maestros y/o hermanos lean al lado de los niños.

Habrá que agradecer a Sexto piso por tocar temas tan importantes para el futuro de México y hacerlo de tan bella forma.



[1] http://www.pumitasfutbol.unam.mx/obesidad.html

lunes, marzo 19, 2012

El meloso de Damasco (Diario Milenio/Opinión 19/03/12)

Una cosa es cometer crímenes contra la humanidad, y otra que no tenga uno su corazoncito.


Medio mundo recuerda a Linus van Pelt no como el hermanito de la temible Lucy, sino como aquel niño retraído que se pasaba el día chupándose el pulgar y sobándose el moflete con un trapo que por ningún motivo podía faltarle, pues sin él era presa de tremebundos ataques de pánico. Si, para estar contenta, Lucy necesitaba seguir tiranizando al siempre sufrido Charlie Brown, su hermano se bastaba con la estabilidad emocional brindada por el trapo redentor: una de esas manías que de niños nos hacen ver vulnerables, tanto así que aprendemos primero a disimularlas y luego a sustituirlas, porque al fin cada cual tiene su trapo y a ninguno le gusta que se lo quiten.

Hace unos días que el periódico inglés The Guardian hizo pública la correspondencia electrónica desam@alshahba.com y ak@alshahba.com: una ñoña pareja de enamorados que sería totalmente anodina si más allá del mundo digital no fueran conocidos como Asma y Bashar al-Assad. ¿Conocidos, he dicho? ¡Pero si es hasta ahora que los conocemos! Si otros dictadores se hacen notar por sus desmesuradas excentricidades, Bachar y su sofisticada esposa inglesa pecan en todo caso de discretos. De hecho, podrían ser dos emigrantes sirios adinerados, quizás establecidos en Miami, a juzgar por su lifestyle.

“El que he sido últimamente no es el que yo quiero ser”, entona apasionado el cantante Blake Shelton en su versión al éxito cristiano God Gave Me You: regalo del romántico sam@alshahba.com a su querida ak@alshahba.com, a través de la tienda de iTunes. Una compra sin duda privilegiada, no por los quince pesos mexicanos que cuesta la canción, sino por el embargo vigente que en teoría impide a un ciudadano sirio llevar a cabo transacciones en Estados Unidos. ¿Y no ha sido justamente al-Assad la voz cantante en el denuesto del demonio yanqui? Una cosa, no obstante, es que el sanguinario hijo del sanguinario Hafez al-Assad abomine de todo lo gringo, y otra muy diferente que no pueda obtener su dotación de música country en iTunes.

Cierto es que la palabra “sanguinario” no remite a la imagen de un hombre de familia que juega con sus hijos en el iPad y le manda a su esposa canciones cursilonas, sino a la de una suerte de vampiro carnicero que se deleita haciendo correr sangre y ni en sueños ha conocido el calor humano. I’ve been a walking heartache, I’ve made a mess of me, confiesa la canción que debió de ponerle la carne de gallina a la querúbica Asma. Ahora cuando menos podemos inferir que el infeliz Bashar últimamente anda hecho un desastre y trae una espinita en el miocardio, acaso porque no es trabajo fácil producir todos esos miles de muertos por defender su edén particular. Casado con la hija de un multimillonario, jefe máximo de una dinastía cuyo poder abarca ya más de cuatro décadas, el también protector de Hezbolah y Hamás lucha con lo que tiene por emular la vida de un ricachón de Miami Beach sin tener que salir de Damasco.

¿Debería conmovernos la noticia de que la dulce Asma no sólo se entretiene haciendo shoppingelectrónico en Harrod’s, sino también navega en busca de chalecos, chaquetas y camisetas antibalaspret-a-porter, para que su marido se mire al propio tiempo guapo y seguro? “So cute, I miss youuuuuuu”, comenta la mujer al pie de una fotografía de su marido, en donde se le ve de camiseta, dueño de una sonrisa tan generosa como espontánea. Cuesta algo de trabajo conciliar al Bachar que Asma conoce con aquél gigantón de gesto adusto y habla terminante, médico y oftalmólogo cuyos esbirros prohíben a los doctores en los hospitales, bajo pena de ejecución sumaria, que osen curar o siquiera atender a los heridos de guerra.

“Serás siempre la gran mártir del amor, y yo el tonto halagado…”, susurra Bashar al oído de Asma por intermedio de esa canción que atribuye su angelical arribo a “una conspiración divina”, mientras en Homs sus francotiradores disparan inclusive contra quienes pretenden correr hacia una tienda para comprar comida, si es seguro que no hacen online shopping. Puede el mundo acabarse, finalmente, que de cualquier manera Asma y Bashar lo enfrentarán con los audífonos puestos, de manera que en vez de bombardeos escucharán dichosos su canción, como en esas películas de Hollywood donde la gente se enamora con música. Lo dicho, pues: cada quien su trapito.

martes, marzo 13, 2012

El otro rostro de Juárez-(Sexenio-Puebla 07/03/12)

El próximo jueves 8 de marzo a las 18:00 horas en el Museo Regional Casa de Alfeñique (4 Ote. #416 Centro Histórico) se vestirá de gala al recibir a Eduardo Antonio Parra para presentar su novela Juárez. El rostro de piedra; lo acompañaran Mario Alberto Mejía y Luis Felipe Lomelí. Por eso es que me permito reproducir la reseña que hice de esta novela en el extinto diario El Columnista.

Eduardo Antonio Parra se inscribe en esta avalancha de escritores mexicanos que han optado por novelar a los próceres de nuestra mítica Historia. Sin duda, Antonio ha escogido a uno de los insignes más importantes para la nación mexicana: Juárez ni más, ni menos. Juárez, el prestigioso liberal; Juárez, el personaje más representativo de la masonería en México y quizá en Latinoamérica; Juárez, el gran reformista; Juárez, el que en México le dio a la Iglesia lo que es de la Iglesia y al gobierno lo que le pertenece; Juárez, el que está en todo el país ya como nombre de escuela, ya como designación de alguna calle o como “el rostro de piedra” que se erige en alguna plaza de cada ciudad y a la que cada 21 de marzo se le deja una ofrenda floral. Hablar de Benito Pablo Juárez García es una ardua y complicada tarea, pues aparentemente –según Monsiváis- ya se ha dicho todo acerca del personaje plasmado en los billetes de veinte pesos. Sin embargo, Antonio con esta novela demuestra lo contrario.

Eduardo logra mezclar con gran perfección dos estilos literarios, por decirlo de una forma: el realista y el actual. Recurre a las descripciones detalladas, a veces asfixiantes (propias del realismo); pero juega con los tiempos para romper con la linealidad, logrando así una novela redonda en la cual va retratando a aquél Juárez que luchó a muerte contra Santa Anna; que derrotó a Miramón en la Guerra de Reforma y a Habsburgo en la Guerra de Intervención; pero también habla del Benito que conforme transcurren los años y los logros en el poder, se va volviendo más ambicioso y se reniega a perder o ceder tal, porque Juárez en vida se sabía héroe y se sentía indispensable para el país.

Juárez es la novela de un héroe lleno de claroscuros, de un humano que actúa bajo la razón, el amor, el patriotismo, la humildad, la sencillez; pero también bajo los efectos de la envidia, la soberbia, la egolatría. Aquí también se plasma la vida de un Benito que llega al poder fortalecido y apoyado siempre por Margarita, su esposa, y sus amigos liberales como: Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada, Sebastián Lerdo de Tejada; entre otros, pero poco a poco la guerra, la vida y la búsqueda por permanecer en el poder -hasta que encuentre alguien capaz de manejar el país o la muerte se lo lleve-, le van arrebatando a cada una de sus fortalezas hasta volverse un ente débil o al menos una frontera fácil de pasar.

A lo largo de cuatrocientas cuarenta páginas el lector se acercará a un Pablo que caminará por situaciones adversas de las cuales saldrá triunfante y verá cómo un hombre tan lleno de certezas y seguridades en el inicio de su carrera política, al final de su vida se la vive en la duda y el desacierto, víctima de su propia historia que él y nadie más trazó.

Juárez. El rostro de piedra es publicada por Grijalbo en su colección de novela histórica y a diferencia de muchas otras novelas que recientemente proliferan, ésta sí aporta algo nuevo en la forma de mirar a Juárez.

Las lecturas fáciles (Diario Milenio/Opinión 13/03/12)

Asumir que todos los lectores prefieren siempre la familiaridad y el refugio de una lectura fácil es lo mismo que ha conducido a tantos matrimonios a la ruina. La falta de riesgo y de asombro suele conducir sin mucho problema de por medio a la rutina.

Siempre me ha parecido por lo menos paradójico que para promocionar un libro con frecuencia se diga de él que se lee con una facilidad tal que “casi parece que no se le está leyendo”. Nótese aquí que la posibilidad de hacer circular un libro que no se lee es una cosa buena, por cierto. La lectura, debe sobreentenderse, es una actividad engorrosa, si no es que absurda, que mejor habría de ser sustituida por un proceso de ósmosis o telepatía capaz de transmitir el contenido del texto sin tener que detenerse en el bagazo de las palabras. Ese desecho. Que a un mercenario del mercado esto le parezca positivo no tiene mucho de inusual, puesto que a ellos les interesa vender, de preferencia de la manera más rápida posible, un producto, y no necesariamente fomentar esa relación crítica con el mundo que a menudo se logra a través de la lectura de libros. De hecho, a juzgar por el énfasis que suele ponerse sobre palabras tales como “absorbente, fascinante, fácil de leer” en tanto carnadas para atraer al lector denominado como promedio o, de plano, mayoritario, todo parecería indicar que el objetivo último de los mercaderes de libros es ofrecer un libro sin la molesta presencia de palabras en sus páginas. Se trataría de un libro vacío, literalmente. Sería, para no ir muy lejos, un libro sin lenguaje.

Antes de llegar a ese nirvana de las lecturas fáciles, tal vez no sería mala idea del todo detenernos unos minutos en las inmediaciones de la palabra facilidad. ¿Qué decimos cuando elogiamos un libro porque su lectura fue fácil, es decir, rápida y sin complicaciones y, de preferencia, placentera? Algo nos resulta fácil porque, por principio de cuentas, nos es familiar. Moverse por un territorio conocido, siempre reconociendo (y no sólo conociendo) los alrededores, suele ser cosa fácil. Formar parte de una situación en la que sabemos exactamente qué hacer y, además, sabemos qué se espera de nosotros, parecería ser el epítome de la facilidad. Saber las reglas. Confirmar el estado de las cosas. Proseguir sin obstáculos. Llegar al final. Todas esas son también etapas de la lectura fácil.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Lo contrario de una lectura fácil es una lectura interesante, no una difícil. No todos los libros se mueven en territorio familiar y, algunos, de hecho, hacen todo lo posible por llevarse a la lectora a sitios inimaginables. El moto de estos libros es el riesgo o el asombro. O ambos. Sospechando del poder único de la anécdota, los libros de lectura interesante ponen en juego varios elementos del lenguaje a la vez. Lejos de juegos herméticos impuestos desde afuera, un libro interesante invita la participación activa, o cuando menos a la sospecha adictiva, del lector. Una descodificación o una adivinanza, da lo mismo. Sin respetar las reglas aristotélicas (o de cualquier otro tipo) del relato, ciertos libros aspiran, de hecho, a ser leídos. De ahí el énfasis puesto en la materialidad misma de las palabras —sus texturas, ritmos, sonidos, presencias, sintaxis. Un libro que aspira a ser leído produce, por necesidad también, su propia teoría de la lectura y su propio, e insustituible, manual de la misma.

A veces, ciertamente, se antoja leer un libro así.

Asumir que todos los lectores prefieren siempre la familiaridad y el refugio de una lectura fácil es lo mismo que ha conducido a tantos matrimonios a la ruina. La falta de riesgo y de asombro suele conducir sin mucho problema de por medio a la rutina. Y de la rutina al aburrimiento el trecho no es muy largo, eso se sabe. ¿Será mucho pedir que imaginemos un mundo en el que a los lectores les interese, de hecho, leer palabras en un libro? Tengo la impresión de que, si a alguien le interesa leer, terminará por interesarle leer otra cosa. Otro reto. Otro juego.

Si la función del lector dentro o con respecto al texto consiste en estar siempre a punto de irse, optar por estrategias de lectura fácil o de lectura interesante es estar promoviendo relaciones de suyo específicas no sólo con el libro en cuestión, sino también, acaso sobre todo, con el mundo a su alrededor. Una lectura que invita a la consideración de las texturas varias de las palabras no es una estrategia difícil (o poética) de la escritura, sino una invitación a poner una atención similar en las texturas varias que configuran el mundo como acto vivido y también, cómo no, como cosa por vivir. A diferencia de las lecturas fáciles que se cumplen con el libro y con éste se cierran, confirmando todo alrededor de sí mismas, las lecturas interesantes viven abiertas hacia lo que las rodea, en una profunda interacción que pasa por el uso del lenguaje. Ese desecho. Y ese deshecho. Y ese hecho.

Eso que nos hincha el pecho (Diario Milenio/Opinión 13/03/12)

Qué tan baratos son ciertos orgullos que hasta de su ignorancia se envanecen?

Algunos no entendemos por qué son divertidos los reality shows. De hecho, nos negamos a entenderlo, tanto así que jamás hemos visto uno durante más de tres minutos seguidos. Es como si un recóndito sentido del orgullo nos impidiera darnos la oportunidad de juzgar a partir de la experiencia (y entonces arriesgarnos, ¡horror!, a que nos interese y se convierta en vicio). ¿Y no es verdad que a veces, cuando nos lo preguntan, respondemos con un dejo de orgullo que jamás hemos visto uno de esos programas, ni los veremos?

Conocí a aquel noruego en una fiesta. Su trabajo, me dijo, consistía en producir un reality show. Unos tragos más tarde, me presentó a otro amigo de ocasión. “Es de Guadalajara”, me hizo saber, y no bien descubrió que nos simpatizábamos, procedió a sugerirnos que dijéramos lo que no nos gustaba de la ciudad del otro. A menos, por supuesto, que alguno fuera muy sensible a ese respecto. Que de seguro lo éramos, pero reconocerlo en ese momento equivalía a darse por acomplejado: otro de esos deslices que el orgullo no suele permitirse.

Tratamos, al principio, de hacer críticas ñoñas e insignificantes a nuestras dos ciudades, pero el noruego no mordió el anzuelo. “¡No me digan que es todo lo que se les ocurre!”, se burló, divertido, al tanto ya de que aquel acicate sería suficiente para echarnos a andar y disfrutar callado del palenque. Ya no recuerdo qué tanto dijimos, o será que el pudor bloquea la memoria, pues ninguno supimos digerir las observaciones del otro con la calma que habíamos prometido, de modo que muy pronto nos vimos enzarzados en un torneo de orgullos gaznápiros y quebradizos, para deleite del amigo noruego. Nada más advertimos sus carcajadas, volteamos a mirarnos y soltamos la risa junto a él, que en un par de minutos había conseguido meternos en su reality show.

“Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.” He ahí la definición de orgullo que brinda el diccionario: no hay que ser académico para entender con cuánta sutileza se insinúa que el orgullo es idiota de origen, aunque a veces también disimulable. No mucho, claro está, pues se trata de un sentimiento escandaloso que de por sí abomina de la discreción. Y es seguro que crece cuando nace de “causas nobles y virtuosas”, pues cómo no sentirse orgullosísimo de encontrarse uno mismo sobrado de tan nobles atributos. Ya entrados en palabras, no estaría de sobra que el diccionario nos recordara que no por ser estúpido deja el orgullo de ser tramposo. Pues al final el estúpido es uno, qué duda cabe.

Supongo que el orgullo sólo es noble cuando se experimenta vicariamente. El orgullo del hijo, la madre, el amigo, la hermana, los amantes, incluso los fanáticos, es una suerte de suficiencia exultante que se hace perdonar porque logra encarnarse en un ser admirado y querido, aunque nada parece más chocante que toparse con una de esas tribus petulantes para quienes no existe rival capaz de superarlos en sentido alguno. Pues todo engreimiento, aun cuando pretende ser discreto, tiende al expansionismo y el pisoteo. Familiar, citadino, corporativo o patriotero, el orgullo es aquel intruso bienvenido que nos pide aventón y un minuto más tarde ya quiere manejar. Y lo peor es que uno se lo permite, halagado por sus zalamerías.

“¿De qué estás orgulloso?”, pregunta la sonriente periodista y ya el entrevistado, si por azar conserva los pies sobre la tierra, se mira en una trampa peliaguda. No hay tentación más pronta que soltarse largando burradas delatoras, como si la pregunta hubiera sido: “¿Cómo haces para verte tan guapo, corazón?” Y tampoco cae bien el circo de impostada humildad al que no pocos listos suelen acudir, para salir del trance y de paso adornarse ante los otros. Finalmente, nadie que se proponga tener nuestro respeto va mostrarnos su vanidad desnuda.

Vuelvo al inicio presa de sonrojo: pocos orgullos hay tan tristes y patéticos como el que se envanece de sus carencias. “Yo jamás abro un libro”, eructa uno, y el otro contraataca jactándose de nunca ver televisión. Lo curioso es que tienen opiniones sobre el tema que juran desconocer, cual si esa garantía virginal les confiriese alguna autoridad. ¿Cuesta mucho decir “sé poco de ese tema”, o incluso “no sé nada”? Es la mejor salida, en realidad, pero el orgullo idiota se interpone, al mando de un ejército de complejos entre henchidos, hinchados y ardorosos: ay de quien ose mirarlos de frente.

jueves, marzo 08, 2012

Bienvenida sea la novela gráfica mexicana-(Sexenio-Puebla 27/02/12)

Sexto piso es una editorial muy propositiva y cuya característica es apostar por escritores y títulos novedosos, controvertidos y que difícilmente veríamos en editoriales comerciales.

Una de las recientes apuestas de esta editorial está siendo la novela gráfica y el cómic, sus primeros aciertos fueron Viva la vida. Los sueños en Ciudad Juárez de Edmond Baudoin y Jean-Marc Troubet, y Diario de Nueva York de Peter Kuper, dos libros muy bellos y que lograron una opinión positiva, tanto de lectores como de críticos, debido a su contenido y belleza artística.

La calavera de cristal es la nueva apuesta mexicana de Sexto Pisto, escrito al alimón por Juan Villoro y Nicolás Echeverría e ilustrada por BEF. Este libro, desde mi perspectiva, busca colocarse –principalmente- en el gusto de los jóvenes y un que otro lector infantil.

Aquí se cuenta la historia de Gus, quien después de asistir al décimo aniversario de la muerte de su padre: el capitán Rodríguez de Plata y tras haber escuchado las palabras que le dedican, se da cuenta que para él su padre era un completo desconocido. A partir de aquí nace en Gus la curiosidad de saber quién fue realmente su padre. Después de una visita hecha a su abuela, ésta le manda a Gus un armario que su padre le había dejado y después de mover algunos cajones aparecen de forma sorpresiva: un códice maya, un reloj y la bitácora de su último viaje. Este descubrimiento lo llevará a conocer mejor a su tío Felipe y así, junto con él, poder descifrar el códice que su padre había dejado escondido. Juntos se darán cuenta que el códice habla de un tesoro que fue otorgado a uno de los emperadores mayas, esta pista los hará partir en búsqueda del tesoro; en el camino se encontrarán con gente codiciosa como Venus de Venegas y su bella Circe, a quienes sólo les interesa obtener tesoros invaluables para destruirlos a placer. Gus y su tío Felipe, al lado de Bernabé y “El reptil” Rodero descubrirán el tan preciado tesoro que el capitán Rodríguez de Plata había ocultado de los malandrines.

Intriga, traiciones y diversión; aunada a su narración precisa y envolvente de Juan Villoro, así como de los excelentes dibujos de BEF; son algunos de los elementos que convierten a La calavera de cristal en un hermoso libro.

Un texto disfrutable que seguro se colocará en el gusto de todos los lectores y que podrá ser un buen gancho para atraer a miles de jóvenes al mundo del libro.

Bienvenidas más obras como La calavera de cristal.

martes, marzo 06, 2012

Contra el mantel verde (Diario Milenio/Opinión 06/03/12)

Si los autores, como algunos lo argumentan incluso ufanamente, se dedican a escribir porque no saben hablar en público o no les interesa salir de la esfera privada de la creación silenciosa, ¿para qué ir a verlos?

Muchos autores dicen estar interesados en establecer una cierta forma de contacto, especialmente dialógico, con sus lectores. Pocos, sin embargo, ponen atención al aspecto performativo de su trabajo textual, conformándose con tomar asiento detrás de una mesa rectangular, con toda seguridad cubierta con un mantel verde, para ponerse a leer, con distintos grados de eficacia, en voz alta. Esto, hasta hace no mucho, constituía el performance más común en que autores y lectores escenificaban su encuentro en la esfera pública. Que dicho encuentro cerrara frecuentemente con la más que simbólica firma de la autora estampada en tiempo real sobre las primeras hojas de un libro adquirido por la lectora no hacía más que ratificar la premisa propia del ritual: el intercambio comercial que, como causa-efecto, ocurría antes del encuentro o, cuando mucho, durante el mismo.

Como tantas otras cosas, las tecnologías digitales y las búsquedas interdisciplinarias han revisado a cabalidad este formato. Cada vez es más sencillo, y lo será mientras leyes como SOPA no se conviertan en nuestros policías del ciberespacio, bajar libros de internet —con o sin el consentimiento de los autores o las editoriales correspondientes. La distribución gratuita de material textual a través del intercambio de pdf no sólo ha venido a cuestionar la propiedad sobre el lenguaje y sus consecuencias tanto estéticas como legales, sino también ese ritual cansino e invariable a través del cual autores y lectores fundaron su encuentro público durante la modernidad.

¿Qué busca en realidad el lector que, sin ser amigo o familiar del autor, va a las presentaciones de libros o las lecturas de los mismos? Si los autores, como algunos lo argumentan incluso ufanamente, se dedican a escribir porque no saben hablar en público o no les interesa salir de la esfera privada de la creación silenciosa, ¿para qué ir a verlos? O si, como aducen otros autores, todo está en los libros y agregar algo desde fuera sería no sólo desleal sino hasta autoindulgente, ¿qué se puede esperar legítimamente de ver un autor en persona? La primera respuesta que se me viene a la cabeza, puesto que la he vivido como lectora, es que uno va a esas cosas para confirmar que todo es de verdad. Este es el momento en que Santo Tomás muerde la moneda de lo real. No por casualidad el encuentro suele terminar con una firma: el sello con el que se cierra el acuerdo de lo que existe en tanto cuerpo. Que ese garabato, a través del cual asienta ante todos la existencia conjunta de autor y lector, vaya estampado sobre un objeto que ha sido intercambiado por dinero también cierra otro círculo: el de las mercancías.

Ahora bien, si la lectora puede conseguir el libro gratuitamente y si el autor sólo lee, y para el caso mal o con desgano, detrás de una mesa con mantel verde, ¿para qué ir a verlo? Lo saben los que asisten a los conciertos: por experiencia en tiempo real. Por algo que no está en el disco y que sólo puede ocurrir en el momento mismo en que nota y oído coinciden en el mismo plano. Por un poco de presente (y que en inglés la palabra “present” signifique también “regalo” tiene su relevancia en este momento). Los músicos, que como todos los otros creadores van muy por delante de los escritores en temas que tienen que ver con tecnología o interacción pública, han optado por lo más lógico: regalar, como lo hizo Nortec ante el embate de la ley SOPA, el producto que antes se vendía, y vender, en cambio, sus presentaciones en persona. El valor de cambio se traslada así del disco, en tanto objeto, a la relación de trabajo en tiempo real que ocurre sobre los escenarios.

Para que esto fuera posible entre escritores muchas cosas tendrían que cambiar. No que los escritores no sean performers ya. La lectura pública es, de hecho, un performance. Pero es un performance aburridísimo. A diferencia de los narradores que suelen confiar a ciegas en el poder de la anécdota para capturar y mantener el interés de sus lectores, a los poetas les han preocupado históricamente otros niveles del lenguaje: sus texturas físicas, la cualidad de sus sonidos, sus relaciones varias con el cuerpo, su presencia misma en el afuera del texto. No por nada, las lecturas de poesía menos oficialistas suelen incorporar a menudo una dimensión interactiva que involucra de lleno las capacidades preformativas del lenguaje. No digo nada nuevo cuando digo que pocos compran libros de poesía. Y tal vez a eso se deba, de manera sola aparentemente paradójica, que las lecturas públicas de poesía estén hasta ahora más capacitadas para proveer a los asistentes con lo que desean: presente. Mucho me temo que si a los narradores les interesa de verdad encontrar a sus lectores en la esfera pública, y no sólo utilizar las presentaciones para ratificar la venta de sus libros, habrán de repensar de manera radical el formato del mantel verde.

La lengua farisea (Diario Milenio/Opinión 05/03/12)

Reglamentar el uso del lenguaje para evitar la discriminación es como combatir la miseria declarando a los pobres oficialmente ricos.

Alguna vez, en el curso de cierta sobremesa exaltada, peleaba con mi madre por el uso decente del español. Según yo, esa manía de llamar “negritos” a los negros —hasta hoy socorrida por legiones de blancos simpatizantes—, cual si necesitasen de la piedad de nadie, delataba un racismo deleznable. ¿O acaso aceptaríamos que hablaran de nosotros como “blanquitos”?, le reclamaba, entre la indignación y la ironía. Para ella, sin embargo, el respetuoso ahorro del diminutivo le parecía una gros era muestra de insensibilidad, pues desde la niñez quiso diferenciarse de los kukuxclanecas que empleaban la palabra negro despectivamente. No había sido ella quien la corrompió.

Negrito… Por más que a mi furor igualitario le pareciera inmundo ese diminutivo, al delicado oído de mi mamá sonaba detestable el sustantivo a secas, luego de tantas veces de oír a los imbéciles darle uso de adjetivo estigmatizador. Teníamos, además, un amigo negrísimo de Nueva York, compañero de escuela de mi padre, al que ni él ni ella se habrían atrevido a llamar “negro”. ¿Pero cómo, si lo estimaban tanto? ¡Qué vergüenza!, exclamé, cargado de razones, y acto seguido abandoné mi lugar en la mesa y di la media vuelta teatralmente, como esos diputados que dejan sus curules en señal de indignada protesta, para sorna de mis progenitores, que ni con chochos habrían accedido a someterse a mi yugo lingüístico. Nomás eso faltaba.

¿Emplea uno el español para hacerse entender, o vale más para hacerse querer? ¿Y qué tal respetar, admirar, inmunizar, reverenciar, o por qué no, para hacerse votar? En su sesudo informe para El País(Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer), Ignacio Bosque cita un libro de José A. Martínez (El lenguaje de género y el género lingüístico) donde aparece una de esas providenciales expresiones que lo llevan a uno a preguntarse cómo pudo hasta hoy expresarse sin ellas: el despotismo ético.

Se entiende que sea grande la tentación de subirnos al púlpito, si desde ahí somos invulnerables, pero no menos grande es el esperpento de esos curas freelance que intentan imponer a los otros la tiranía de sus melindres morales. ¿O es que debí escribir “los otros y las otras”, según quienes pretenden reglamentar el uso de la lengua de acuerdo a mandamientos y manuales gazmoños, redundantes y pueblerinos? Ya sé que en su opinión acabo de insultar a millones de habitantes de pueblos, pero he aquí que escribo estas palabras en mi casa en Tetelpan, que es un pueblo encerrado en la ciudad donde ahora mismo se celebra una feria. Buena me la estarían haciendo los curas de la lengua si para no ofenderme a mí mismo debiera renunciar a un término con semejante peso específico: pueblerino. No el que vien del pueblo, sino aquel moralista que pretende inmiscuirse en la vida y costumbres de los otros para imponer la ley de su sacerdocio. Perdón, pero no tengo la costumbre de persignarme antes y después de hablar.

Ya sea con auxilio de la pluma o la lengua, uno suele expresarse presa de la ansiedad, de modo que a menudo y sin así quererlo delata sentimientos y emociones que le muestran de cuerpo entero delante de los otros. Y esto a los mojigatos no les gusta, si sufren duermevela por el qué dirán y tienen tantos esqueletos ocultos que viven a la caza de eufemismos, como quien busca plumas que adornen su careta. ¿Es de verdad extraño que los déspotas éticos pretendan imponer una lengua en esencia ornamental, de manera que niños y adultos hablemos como cónsules y no digamos nada que no sea ya esperado?

Por su naturaleza exagerada, la ridiculez no conoce los límites. Supongo que es el caso de quienes recomiendan no hablar siquiera de “los reyes de España”, sino el rey y la reina. Cierto es que, a partir de la legalización del matrimonio gay, se hace probable el caso de que ambos reyes fueran del mismo sexo. Hasta hoy, sin embargo, tal perspectiva parece distante, y como no se escriba una historia de ciencia ficción, difícilmente cabe la indicación de que a “la reina” sigue siendo una mujer. Cuesta, por lo demás, creer que la hipocresía sea el mejor remedio contra la discriminación, cuando no hace sino cerrar la herida con la infección adentro.

Si yo fuera mujer, les agradecería a mis redentores que no me dieran por acomplejada, pues tal vez tendría un genio muy parecido al de mi mamá, y como ya lo he dicho ella no soportaba los despotismos éticos. Nomás eso faltaba.