miércoles, octubre 05, 2011

Antes de irnos (Diario Milenio/Opinión 04/10/11)

Se trata de las puertas de un elevador. Si alguien mirara esas puertas de frente, tendría que darle la espalda al ventanal por donde entra, y a cuyo ras se detiene al mismo tiempo, el cielo más gris. Entre las puertas del elevador y el ventanal está el piso de madera, las sillas, las mesas, los cuadros, un piano, las escaleras. Tantos reflejos. Entre las puertas del elevador y el ventanal está la mujer. Sólo alguien que viniera dentro del elevador podría ver su rostro y, por consiguiente, lo que vería alguien asomándose desde la terraza del ventanal del piso 19 sería sólo su abrigo, el cabello, la parte posterior de los pantalones y los zapatos. Su espalda.

El Espía de la Terraza también podría ver esto: la mujer ha presionado el botón del elevador y espera. Sería algo normal, algo que no merecería ser visto, a no ser por la manera insistente, acaso nerviosa, en que la mujer mueve la cabeza de izquierda a derecha. Intermitentemente. El Espía, que hasta ese momento sólo se ha dedicado a observar el ir y venir de las olas, el ir y venir de algunas gaviotas, sabe que la mujer se pregunta si alguien la ve, si está siendo vista. Cuando se convence de que no es así, y sólo hasta entonces, cuando la luz en el tablero del elevador anuncia que apenas está en el piso 7, la mujer aproxima la cabeza a la pared. El Espía no podría atestiguar el movimiento con exactitud, no tanto porque no puede verlo bien, sino porque no lo ha imaginado antes. En sentido estricto, en realidad, no lo puede imaginar con antelación.

Lo que alcanza a distinguir no tiene mucho sentido: por los movimientos del cuello, por la manera en que la mujer coloca la mano sobre el dintel de la puerta del elevador, todo parece indicar que la mujer está aproximando la cara a la pared. La frente. La nariz. La boca. La lengua. Eso es: aún desde el ventanal tendría que ser posible ver cómo la lengua de la mujer se pega por segundos apenas contra la pared y, luego, cómo se retira para ver la mancha que ha depositado ahí. Un mapa. El Espía tendría que sonreír, las manos sobre el ventanal, incrédulo. La parálisis es algo estelar. La mujer, mientras tanto, habría movido la cabeza un poco a la derecha, haciendo posible lo que hace esta vez: la cara se acerca a la pared, hacia el ángulo que se llama el dintel, y ahora abre la boca de nueva cuenta. Muerde. Sí, eso es lo que hace. Hay una mujer que, mientras llega el elevador, mientras el elevador se detiene un momento en el piso 13, muerde el yeso del dintel. 

Si alguien viniera dentro del elevador podría ver el rostro de la mujer justo al terminar: la lengua buscando algo dentro de la boca, los ojos inquietos, las manos dentro de los bolsillos. ¿Qué?, le preguntaría ella, extrañada y a la defensiva. ¿Usted nunca quiso saber a qué sabía? ¿A usted nunca le interesó saber por qué la pared, esa pared y no otra, despedía un aroma tan punzantemente terreno, tan escandalosamente material? ¿Nunca un olor le obligó a arrojar la mano hacia un objeto? ¿Nunca un aroma lo hizo abrir la boca y aproximarse y tocar? Pero nadie viene en el elevador y, ya dentro, observando su rostro en los espejos que tapizan las paredes del cubo, limpiándose los labios con el dorso de la mano, la mujer recuerda un poema que no ha leído todavía:

[había una pared de adobe/ sin revestimiento donde se apoyaba mi cama./ En la madrugada, mi nariz contra la pared/ aspiraba su olor profundo, su tierra/ traída de la encañada donde se entretejían,/ como en un arabesco, raíces muertas de pasto.//

A mis espaldas mi familia dormía hacinada/ como una tribu acampada en un lugar ruinoso.// Entonces yo ponía mi lengua en la pared/ para dejar una mancha húmeda antes de irnos.]

El Espía de la Terraza tendría que darle la espalda a todo ello, a la visión de la mujer que muerde una pared blanca y tendría, ahora, después de eso, tendría que ver el mar. Las manos sobre el barandal, el viento despeinando sus cabellos. Al cabo de un rato lo habría, sin embargo, decidido. Deslizaría el ventanal hacia la derecha, abriéndolo. Entraría en el departamento y, pisando con todo cuidado para no hacer rechinar la madera, se dirigiría hacia el elevador. En lugar de presionar el botón, colocaría sus dedos justo sobre los lugares que habrían sido tocados por los labios de la mujer, su lengua, sus dientes.

Es obvio que no lo puede creer. Es obvio que Santo Tomás necesita constatar.

Cuando finalmente reconoce la pequeña hendedura bajo sus yemas desaparece el condicional y sabe, lo sabe de cierto, que vio lo que vio y como lo vio. La verdad, a veces, es sólo un pequeño rasguño sobre un pedazo de yeso. Nadie, sino el cielo, nada sino su grisura, puede ver ahora cómo cierra los ojos y cómo inclina la nuca hacia atrás y cómo se estiran sus labios. Nadie sino el cielo puede oír el leve, el levísimo eco de algo que, desde el futuro, desde aquí, parece el eco de una carcajada. Sólo el cielo, claro, y Watanabe, José Watanabe, ese hombrecillo ya muy viejo que, alguna vez, también supo de lenguas, de manchas, de paredes.

martes, octubre 04, 2011

Pobre México, tan lejos de Porfirio Díaz, tan cerca de Calderón-(Sexenio-Puebla 27/09/11)

Pobre Patria Mía es la cuarta novela histórica que pública Pedro Ángel Palou. La novela más conmovedora que he leído a lo largo de toda su obra.

Hablar de Porfirio Díaz no es sencillo, pues se trata de un personaje que históricamente ha sido vilipendiado por muchos historiadores. El discurso oficial nos entrega a un Porfirio Díaz dictador, cruento y lo culpa de ser uno de los Presidentes más infames de la Historia Nacional, casi al nivel de Gustavo Díaz Ordaz o Echeverría. La tarea de Palou no era sencilla, tenía que alejarse de un texto que cayera en el panfletismo ya por su positivismo o negativismo excesivo.

Rescatar a un héroe (porque lo es y lo fue) del olvido no era nada sencillo.

En Pobre Patria Mía el lector asiste un texto donde Porfirio Díaz, el hijo de Petrona, cuenta desde el exilio toda su vida. Un repaso importante por los hechos que lo marcaron y lo definieron. Una narración dictada, quizá, desde el más allá al escribiente de estas sus últimas memorias, porque no sólo se presencian sus reflexiones, también se sufren sus historias inundadas de soledad, de esperanza y de muerte.

Pedro Ángel Palou no inventa a un personaje, sirve a Porfi, Don Porfi para completar las memorias que ya no tuvo tiempo de escribir, gracias a Palou conocemos las conversaciones que tuvo con Madero o Juárez antes de morir, ya que lo visitaban para saber si se había arrepentido de todo lo realizadó.

Pobre Patria Mía es la novela que hace justicia a un personaje que muere en exilio y permanece en el olvido. A muchos –tal cual lo reclama Don Porfirio-, se les olvido que gracias a él Juárez entró triunfante a México, que el ganó la Batalla de Puebla, el Sitio de Puebla y que trajó el progreso y el orden a un país que estaba abandonado y se había forjadó en medio de las guerras. Tan sólo quiso mantener la paz y evitar una intervención ya francesa, ya inglesa y que se reconociera a México como un país sólido.

Porfirio Díaz es un ser que tuvo muchos errores en su gobierno, pero también gozo de otro buen número de aciertos; que ahora han sido olvidados, porque es más fácil juzgar y recordar lo malo que lo bueno.

Pobre Patria Mía, es la novela que viene a recordar al ser humano que quisó mucho México. A veces el amor hace que uno se ciegue y cometa muchas faltas en pro de la conservación del mismo. Y quién no haya cometido faltas en el enamoramiento seguramente es una máquina y no un ser humano.

lunes, octubre 03, 2011

Capulina de papel (Diario Milenio/Opinión 03/10/11)

Le llaman Capulinita


No sé qué edad tendría cuando perdí interés por las películas de Capulina. Diez u once años, tal vez. El tiempo en que uno empieza a avergonzarse de ser niño, si cada día lo es menos y la curiosidad se le convierte en morbo porque ya se sospecha que el humorismo blanco no pica igual que el chiste carmesí. Pero he aquí que el hombre del sombrero agujerado me había hecho reír con tantas ganas durante tanto tiempo que encima de eso me gustaba leer sus aventuras. Si por angas o mangas me perdía el programa de televisión, no podía pasar eso con la historieta que mi madre rescataba del puesto de periódicos el mero día que salía a la venta. No era la misma cosa, y hasta diría que resultaban harto diferentes, pero al cabo partían del mismo personaje. Al tiempo, sin embargo, que la pista del Capulina real se evaporaba en medio de mi pudor prepúber, nada me detenía para seguir leyendo la historieta, y de hecho coleccionándola. Si algo lamento ahora es no saber adónde fueron a dar aquellos ejemplares encuadernados.

Aventuras de Capulina contaba la historia de un oficinista barrigón, miserable y enamoradizo, acosado por cobradores incansables, perseguido a escobazos por la portera —doña Pachita, todos tenemos una— y por si fuera poco tiranizado a manos del señor Quiñones: un patrón irascible, majadero y hocicón que acostumbra correrlo, o simplemente echarlo de su oficina, de un patadón bien puesto en el trasero. Torpe, salado y algo pintoresco, el Capulina de la historieta disfruta de infinitas libertades, como la de expresarse en una suerte de español mexicano y vecindero que lo emparenta con Borola Tacuche de Burrón —algo más descocada pero no menos prángana— y le permite hacerse con una picardía cuyo puro candor es un deleite aparte. Con los dibujos de Héctor Macedo y las palabras de Ángel Morales, Aventuras de Capulina se las arreglaría no sólo para trascender los años infantiles de sus lectores, como las épocas que fueron y vinieron. A la fecha, no soy capaz de dar con unCapulinita —con los años, el cuento se encogió— sin devorarlo de principio a fin.

Tufo de raspabuches

“Viejo Dientes de Tiburón”, llamaba el Capulina de papel al patrón pateador, y acaso lo aguantaba sólo porque en aquella oficina menudeaban las guapas chamaconas a las que correteaba el día entero, generalmente con muy poca suerte porque a ese personaje solía lloverle siempre sobre mojado y tal era su más grande atractivo. Cliente ocasional de la hechicera tuerta Hermelinda y su colega, el siempre repelente Aniceto Verduzco y Platanares —estrellas por su parte de Brujerías (luegoHermelinda Linda) y Burrerías (luego Aventuras de Aniceto)—, Capulina solía recibir la visita de un familiar taxista, que al poco tiempo tuvo su propia historieta: El Tío Porfirio, un bigotón canoso, mañoso y dicharachero que juega a la rayuela y se administra largos tragos de neutle y raspabuches en el taller de su amigazo el Tuercas, cuya cara jamás conoceremos porque está siempre negra de grasa.

El día que mi madre se tomó un tiempo para hojear El tío Porfirio, la censura llegó a mi colección. “¡Cómo quema el gañote!”, celebraban el Tuercas y su secuaz del taxi, los dos echando lumbre por la boca merced a la bravura del chínguere recién ingerido, cuando aquella historieta abandonó mis manos camino a la basura. “Sólo eso nos faltaba, que yo te esté comprando los instructivos para que acabes de hacerte pelado”, sentenció mi mamá tras leerme la lista de historietas prohibidas a partir de ese día. Hermelinda, Aniceto, Chanoc, el Tío Porfirio, Pavesa y Luciferino, entre otros personajes fundamentales, quedaron más allá de las leyes hogareñas ya fuera porque en unos se hablaba un español escasamente lustroso o en otros menudeaban esas muñecas nalgonas y tetonas con las que mis cuentitos del Pato Donald no podían convivir. De los cómics locales, sólo tres se salvaron de la caza de brujas: Memín Pinguín, Los Supersabios y Aventuras de Capulina, esta última menos por el contenido que por el nombre del personaje, si buen cuidado tuve de callarme que el Capulina de la historieta era pariente próximo del borrachales ése de Porfirio.

El cuero de Capuleto


Si no recuerdo mal, el infausto señor Quiñones se movió de la escena poco antes de la llegada del abuelo Capuleto, probablemente padre del tío Porfirio pero sin duda menos liberal, pues su especialidad es arrear al sobrino a toda hora, bajo amenaza de ponerlo “morado a cinturonazos” ante el mínimo indicio de desobediencia. Capuleto es tramposo, abusivo, controlador, mujeriego, enérgico y gorrón, según me entero ya no cada semana, sino de cuando en cuando porque los años niños ya se acabaron y hace tiempo que no compro historietas, con excepción del Capulinita, y de pronto un Mini Hermelinda Linda, en honor de los gustos proscritos. ¿Cómo y cuándo pasó que Capuleto y Capulina se hicieron ricos? Lo olvidé por completo, si es que llegué a leer el episodio, pero recuerdo que estaba en la prepa y a las pocas semanas ninguno de nosotros ignoraba que los dos personajes se habían mudado a una enorme mansión, aunque inclusive allí persistía el abuelo en la pedagogía de los cinturonazos.

Después de tantos años y reediciones, ya nunca sé en qué parte de la historia van, pero ni me lo exijo porque nada más cae el cuento entre mis manos, me concentro en leerlo tan pronto como puedo. Pobres o ricos, Capuleto y el gordo me divierten igual. Unas veces ocurre que ya leí el capítulo y lo recuerdo casi completo, otras no sé si es nuevo o lo olvidé porque en su día —cosa más bien rara— lo leí nada más que una vez, pero en todos los casos el regocijo se deja sentir. Me gustaría citar aquí y ahora las decenas de chistes del Capulina real, que en su momento fue tan importante, pero lo intento y nada: en mi cabeza vuelve a dibujarse el sobrino panzón de Porfirio, nieto de Capuleto y ex empleado del señor Quiñones. En lo que a uno respecta, por lo tanto, ese tal Capulina es inmortal.

martes, septiembre 27, 2011

Alicia, vista desde el Sexto piso-(Sexenio-Puebla 20/09/11)

Walt Disney de la mano de Tim Burton –hace no mucho-, llevó al cine la continuación de Alicia en el País de las Maravillas. Una versión muy esperada por todos. La opinión al respecto de la segunda parte de Alicia no fue del todo aplaudida, como suele pasar con algo que causa tanta expectativa. Para unos cumplió con lo esperado, para otros quedó a deber y algunos más simplemente se fueron de las salas del cine con la desilusión impresa en su cara.

Alicia en el País de las Maravillas es desde hace mucho un clásico, no hay editorial que no tenga su versión de Alicia, desde los que venden la versión resumida, pasando por los que ofertan las dos partes entregando su particular traducción. Dentro de esta competencia editorial, sin duda la mejor oferta literaria le pertenece a Cátedra, pues busca resaltar la riqueza lingüística y lógica de dicha obra. Dicha edición no tenía competencia alguna en el mundo editorial y literario, hasta que apareció la versión de Sexto piso.

A diferencia de Cátedra, Sexto piso no recurre a una amplia introducción ni al uso de notas al pie a lo largo de ambos cuentos. Lo que sí hace es darles lugar a los traductores (Teresa Barba y Andrés Barba), permitiendo que uno de ellos –Andrés Barba- comparta con el lector la experiencia que tuvo al enfrentarse a la traducción de éste texto. Al final del primer tomo, Sexto piso ofrece una serie de textos que ayudan a contextualizar más la obra. Algunos de ellos fueron escritos por Carroll y otro más por Alice Lidell (niña en la cual se inspira Carroll para escribir este par de cuentos), el cual es continuado por Caryl Hargreaves (hija de Alice).

La traducción de Alicia que presenta Sexto piso, se ha realizado respetando los juegos lingüísticos y lógicos que están presentes en el idioma original; agregándole que buscan homologarse con la Alicia presentada por Tim Burton. Una Alicia más carnal, más viva y menos caricaturizada, por supuesto menos infantil. La Alicia presentada por Sexto piso es, quizá, más cercana al público juvenil. Ya que las ilustraciones, a cargo de Peter Kruper, presentan a unos personajes menos tiernos, más toscos.

Las versiones de Alicia presentadas por Sexto piso son fáciles de leer (debido al buen tamaño del libro y de la letra) y sin duda han obtenido un prestigiado lugar en la competencia editorial, pues han sabido conjugar presentación, traducción e ilustración de una forma elegante y atractiva para su consumo.

El derecho a la herejía (Diario Milenio/Opinión 26/09/11)


Si ponemos ambos derechos en la balanza, el del escepticismo debería pesar más que el de la fe. Pura defensa propia, no faltaba más.

1 Si fuera Hare-Hare

Fue un domingo, muy cerca de Chapultepec, en una casa como cualquier otra. Iba a cumplir veinte años y hacía tiempo me daba la cosquilla —Gibrán y Herman Hesse habían hecho su chamba, cómo no— de una especie de morbo misticoide, muy pasado de moda para entonces, de modo que ir tras él era un poco lanzarse a una de esas aventuras, innecesarias a ojos del sentido común, que le ganan a uno la fama de excéntrico. Dada mi expectativa exagerada, aquella tarde resultaría inolvidable no por entretenida, y ni siquiera por interesante, sino porque los prófugos del catecismo solemos recordar con retazos de azoro satisfecho nuestra primera incursión tentativa en el hospitalario territorio de la herejía. Nada más dar un paso hacia dentro del patio, un asiduo evidente me sonreía de los dientes a las muelas, y al instante me daba la bienvenida con las únicas dos palabras que me serían precisas a lo largo de una tarde más larga que una misa de tres padres: ¡Hare Krishna!


Había leído por ahí un reportaje según el cual nueve de cada diez recién llegados a aquella casa se volvían habitués, y muy pronto conversos. No lee uno esas cosas, consideré, sin sentirse un poquito desafiado. Quitarse los zapatos, lavarse los pies, entrar y unirse a coro y coreografía parecía un ritual más amigable que el de llegar a hincarme, santiguarme y aburrirme. Hare-Krishna, Hare-Krishna, Krishna-Krishna, Hare-Hare, canté como si fuera George Berger en Hair, y a los pocos minutos llegó el primer gurú. No esperaba, por cierto, que me sanara el alma, aunque tenía presente aquel libro que nunca compré, cuyo título siempre me intrigó: Fácil viaje a otros planetas. Ya sé: crecí creyendo que un día me iba a ir al cielo, pero igual no creía que un libro de diez pesos bastara para que uno se cumpliera el caprichazo de vacacionar en Venus. Ahora bien, con un gurú presente la cosa cambiaba. Y sin embargo, en vez de transportarnos ya no a otro planeta, sino mínimo al mezzanine de la conciencia, el hombre me condujo en cosa de minutos a ese mismo planeta del tedio donde tanto se hablaba del reino de los cielos. Luego vino otro, y otro, y otro más. Cuando me di cuenta, llevaba de las cinco a las ocho pagando el karma de los metomentodos. Por mi grande culpa, claro.

2. El rebaño iluminado

Terminada la prédica, danzamos otro rato y nos llamaron a merendar, pero ya satisfecha la curiosidad y hastiada la paciencia, me sentía prisionero y penitente de un rebaño distinto, pero rebaño al fin. Y por cierto, nunca he confiado mucho en la gente que trata de arrebañarme. ¿Por qué no me largaba de una vez? Supongo que sentía vergüencita. La hechicería de los pastores de almas empieza por acomplejar a las ovejas desobedientes. “El problema está en mí”, nos repetimos entre golpes de pecho porque a nuestra balada discordante no se le hincha la gana de sumarse al balido redentor. En todo caso, bendito sea el complejo, pues fue gracias a él que terminé sentado junto a un coverso fresco y la experiencia quedó redondeada. “Éste es el día más feliz de mi vida”, me confesó de pronto, con los ojos entre entornados y saltones de quien se halla de viaje ya no en otro planeta, como en una distinta galaxia, donde ha visto una luz que vale por mil soles como el nuestro.

“¿Quién te vende los ácidos?”, me vi tentado a preguntar, pero por experiencia conocía las reacciones que en los iluminados tiene el humor de los aguamisas. Estaba, aparte, demasiado entretenido en deshacerme de mi vaso de yogurt, recién servido de una pinche cubeta que en mi humilde opinión parecía más apta para trapear el piso, mientras los anfitriones nos iban invitando a cooperar con algo, billetes o monedas. ¿O sea que era lo mismo: una vez trasquilado, el rebaño puede ahuecar el ala en santa paz? Faltaban diez minutos para las nueve de la noche cuando salí de la misa más larga de mi vida, jugando a imaginar que el converso de marras se preguntaba por mi estado mental, pues a sus ojos nada habría sido más lógico que encontrarme también como Winnie Puh en tacha. ¿Cómo osaba plantar esa jeta aburrida en el día más feliz de su existencia? Afortunadamente, elegí hare-krishnas. Otros, menos pacíficos y acaso harto exaltados, me lo habrían reclamado airadamente, con enjundia de beata regañona o celo de mulá reparador. No ver lo que ellos ven, del color que lo ven, ni compartir su prisa, ni sus miedos recónditos, ni su credulidad, ni su patetismo: tal es la falta de nosotros, los infieles.

3. Todo sea por la lana

Infieles somos todos, desde el momento en que hay más de una creencia y casi todas son celosas terminantes. Ejercemos, al fin, el derecho universal a la infidelidad en materia religiosa. Antes que la prerrogativa de ingresar en un culto, tendría que ubicarse la de no hacerlo. Es decir, por lo tanto, no poder ser juzgado ni castigado por los preceptos de una religión ajena. Suena más que evidente, pero hoy día son rebaño quienes piensan que debe ser al revés. Es decir que las mentes libres de histeria mocha deberían tratar con especial respeto las creencias extremas de los fanáticos, incluso y sobre todo si éstas les son hostiles o discriminatorias. No vayan a enojarse, ya ves como son ellos.

A los ojos de un clérigo, muy pocas invectivas hay tan graves como infiel o hereje. Sé que me las merezco, de acuerdo a su sistema de certezas cerradas, pero en respuesta a quien me las dirija elijo en cualquier caso la moderación y muy piadosamente le considero imbécil, un insulto menor, en comparación, que dentro del contexto parece meramente descriptivo, toda vez que se opone a mi santo derecho a descreer, indispensable para administrar mi crédito y viajar a otros planetas, o tomar el camino del Cielo, o disfrutar de las pequeñas compensaciones con las que los sentidos y el intelecto premian las ocurrencias de los infieles: siempre tan respetuosos entre tanto bandido.

martes, septiembre 20, 2011

El inquilino de Márai (Diario Milenio/Opinión 20/09/11)

Es difícil explicar por qué o para qué visita uno las casas de los escritores muertos. Es así como la autora cubre su curiosidad visitando la del húngaro Sándor Márai.

Es difícil explicar por qué o para qué visita uno las casas de los escritores muertos. Tal vez sólo sea la necesidad de ver el mundo justo desde el ángulo en que fue visto, y escrito, por él o por ella. Quizá sea la carnal curiosidad del cuerpo que quiere experimentar lo que es ser cuerpo en el lugar donde fue y estuvo el otro cuerpo. Acaso todo se reduzca al deseo de toparse, casi como al azar, con su fantasma. Un último encuentro. Una plática. Lo cierto es que una tarde, ya cuando el sol se estaba metiendo, tomé el coche sólo para buscar la dirección de la casa donde Sándor Márai, el escritor húngaro que se vio forzado a abandonar su patria en 1943 y se suicidó un 21 de febrero de 1989. Todo eso aquí, en San Diego.

Sabía ya desde tiempo atrás el dato de su muerte, pero no fue sino hasta hace un par de días que una rápida búsqueda en internet me proporcionó la dirección de su último domicilio. Un último encuentro, me dije, repitiendo el título de uno de sus primeros libros que leí. Siempre había pensado que Márai habría vivido en algún suburbio de casas siempre iguales —cosa que explicaría con relativa facilidad cualquier suicidio— o más bien cerca de la costa, en alguna morada con vista al Pacífico, pero no fue así. El escritor y Lola, su esposa, vivieron en el 2820 de la Avenida Sexta, justo enfrente del Balboa Park —lugar donde ahora se encuentran buenos restaurantes, los mejores museos de la ciudad, así como uno de los zoológicos más famosos del mundo—. Seguramente los alrededores no eran lo mismo hace 30 o 40 años, pero su cercanía del centro histórico y su posición frente al parque debió haber causado siempre algo de movimiento. En todo caso, la historia es la misma: exiliado de su lengua y de su país, Sándor Márai se dio un tiro en la cabeza aquí, cuando era ya viudo y estaba casi ciego y se encontraba solo.

Al hombre que estaba sentado sobre las escaleras de la entrada de la casa de los Márai le pregunté eso. Le pregunté si sabía que el escritor famoso, de cuya existencia lo puso al tanto la administradora del edificio pero cuyo nombre nunca supo, se había suicidado ahí. Movió la cabeza de izquierda a derecha y, luego, de derecha a izquierda sin abrir la boca. Su negativa, se entiende, iba acompañada de un súbito estado de meditación. Antes, cuando le pedí permiso para tomar un par de fotos, había dejado sobre el piso una computadora portátil, unas cuantas hojas desordenadas, y una copa de vino. No se esperó a que terminara mi labor documental para hacer sus preguntas. ¿Quién era el autor? ¿Con quién había vivido ahí? ¿Qué libros de él le recomendaba leer? Finalmente se atrevió a preguntar lo que de verdad le interesaba: ¿Cómo había muerto?

Le conté brevemente lo que sabía sin dejar de tomar las fotografías. Le hablé del cómo la instauración del régimen comunista en Hungría en 1948 lo había vuelto invisible como autor y un fantasma, a través del exilio, como persona. Le pedí que tomara en cuenta que Márai, quien alguna vez, durante sus primeros años, intentó escribir en alemán, había declarado en sus diarios que “para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que deseo callar). Porque sólo soy verdaderamente yo mientras pueda traducir mis pensamientos en palabras húngaras”. Le dije que, en Budapest, Márai había vivido en la calle de Mikó, en un barrio llamado Kisztinavarós —pero el inquilino no tenía forma de saber el guiño tremendo que significaba ese dato—. Puse énfasis en el hecho de que tres años antes de su muerte, Márai había perdido a su esposa y casi a toda su familia. Le conté que, en sus diarios, hizo anotaciones someras acerca del número de personas que llegaba a San Diego con la intención de suicidarse. También le dije que, luego de perderlo todo, Márai había conseguido una pistola que permaneció resguardada en su nochero.

—¿Así que fue de un disparo en la cabeza? —preguntó una vez más, como para cerciorarse. Le dije que sí. Luego, ya con la cámara dentro de la bolsa, no pude evitar preguntarle sobre su experiencia en uno de los departamentos que ahora conforman el 2820 de la Avenida Sexta.

—¿Sus sueños? —le pregunté—. ¿Cómo son sus sueños desde que vive aquí?

El inquilino de Márai guardó silencio. Luego, sin comentar todavía nada, se regresó al borde de las escaleras para alcanzar su copa de vino.

—Lo único raro —me dijo finalmente con la copa en la mano pero todavía sin llevársela a los labios— es la ventana del baño.

El sol se ocultó de repente. ¿Y era eso que atravesaba la calle una verdadera parvada de cuervos o una estampida de monjas pequeñísimas? Las palmeras se balanceaban apenas contra el aire. Un movimiento tan pequeño. El leve rechinido del mundo.

—No da hacia fuera —me explicó—. No da hacia nada. Da, de hecho —se corrigió—, a una serie de cables. Puros cables. Un montaplatos, ¿sabe lo qué es?

Le pedí que me explicara.

—Una especie de pequeño elevador que comunica a la cocina con el comedor —dijo—. Un montacargas —añadió.

—Pero dice que éste termina en el baño —dije, para saber si lo había entendido bien.

—Exactamente —concluyó, dándole el primer sorbo a su copa.

Me senté por un momento a su lado para ver el mundo desde su ángulo de visión. El silencio entre extraños no suele ser tan cómodo como lo fue ahí, frente al parque. Ya no quedaba nadie sobre el pasto, sino las sombras.

—Me fijaré en lo que sueño de ahora en adelante —me dijo cuando me despedí.

—Así es —le respondió el eco.

lunes, septiembre 19, 2011

Derrumbe -(Sexenio-Puebla 13/09/11)

Los diversos escritores que son parte del mapa literario hispanoamericano son muchos. El lector no está obligado a conocerlos ni a leerlos (aunque sería lo ideal), si acaso el lector deberá tener una referencia mínima de los autores; sin embargo lo considero un poco complicado. Más en estos tiempos donde existen más prioridades que la lectura.

Recientemente a mis manos llego Derrumbe de Ricardo Menéndez Salmón, publicada por Seix Barral, dentro de su colección Biblioteca Breve.

Mientras que para mí era un autor nuevo, para los lectores españoles es un escritor con una trayectoria respetable. Ha publicado alrededor de 8 libros, uno de los reconocidos es: La ofensa, publicada en 2007 por Seix Barral -novela que antecede a Derrumbe-, la cual fue bien recibida por la crítica española y ostenta el premio Qwerty de Barcelona TV a la revelación literaria del 2007, el premio Librería Sintagma al mejor libro del año; de igual forma la revista Quimera la eligió como la mejor obra de narrativa de 2007.

Derrumbe es la historia que retrata la decadencia y los excesos que la sociedad está teniendo en muchos ámbitos. Aquí se cuentan cuatro historias: la de un cruel hombre que conforme va incrementando sus asesinatos, también sube el nivel de violencia que imprime en cada uno de ellos; la tres muchachos que buscan trascender, transformar y cambiar el mundo eligiendo a la violencia como el camino ideal para lograr sus sueños; la de una adolescente que va creciendo y madurando dentro de una familia algo lejana, fragmentada y rodeada en un mundo donde la trascendencia está en el exceso del placer sexual y de la violencia como única forma para hacerse escuchar; y por último la cinco investigadores que están abrumados, acongojados ante tanto dolor y no encuentran las palabras para describir lo que están sucediendo ante sus ojos. Todas estas historias acontecen dentro de un mundo singular, creado por el autor: Promenadia; una ciudad donde tanta violencia es imposible de creer, ya que es un lugar donde la tranquilidad sería la descripción adecuada para presentarla ante el turismo.

Derrumbe como una fotografía de las grandes metrópolis.

Derrumbe es una novela que atrapa desde sus primeras páginas, sin embargo el ritmo se pierde páginas adelante, aunque al final lo recupera.

Sin duda, Ricardo Menéndez Salmón es un autor a seguir con sumo agrado; la crítica española le aplaude el mantener un estilo narrativo en cada una de sus novelas y el atreverse a experimentar y a construir mundos alternos donde el terror, la decadencia y la violencia son tema central.

Esa carta fatal (Diario Milenio/Opinión 19/09/11)

Las fórmulas corteses, dice el autor, no escriben buenas cartas, pero a veces evitan el error garrafal de la franqueza.

1 Afectos de cartón

Cuando niño, uno encuentra pesadas las fórmulas de cortesía. Algo más tarde le parecen ñoñas, y sin embargo acaba por usarlas, generalmente mal porque para decir, por ejemplo, tu casa cuando hablo de mi casa, tengo que hacerlo con la sinceridad de quien lanza un piropo a un esperpento. A veces, cuando intento ser muy amable, es decir demasiado, termino equivocándome de fórmula, o trato de acortarla y ni yo mismo entiendo qué fue lo que dije. Algo me falla en el fervor cortesano, y por lo que he escuchado no estoy solo. La gente se despide, o se saluda apenas de pasada, sin mucho tiempo para reflexionar en lo que está expresando, que de cualquier manera es siempre lo mismo. Quiere uno que supongan que quiso ser amable, y en una de éstas equivocar la fórmula —hacerse perdonar con una risa, un guiño, una sonrisa— es un modo amigable y relajado de recordar que estamos en confianza, por lo que toda fórmula sale sobrando.

Las cosas se complican cuando uno ha de mostrarse amable por escrito. Lo más fácil, de nuevo, es colgarse de fórmulas empleadas por todos. Un método seguro si se escribe una carta para hacer valer la garantía de una lavadora, pero inútil si lo que uno desea es parecer al mismo tiempo respetuoso y simpático a los ojos de su destinatario. ¿Despreocupado, tal vez? ¿Muy ligero, mejor? ¿Y por qué no algo cálido? ¿Y si piensa que soy un confianzudo? ¿No sería mejor hacerle percibir una cierta frialdad profesional? Para quienes vivimos de movernos dentro de los estrictos y quisquillosos límites de la verosimilitud, escribir una carta de esta clase es un suplicio que no tiene nombre. ¿Cómo esperan que me despida de gente a la que no he visto ni veré declarándome suyo afectuosamente? ¿Por qué debo empezar por llamar estimado a los sujetos que menos estimo, y encima de eso darles gracias anticipadas por lo que anticipadamente sé que harán mal o no harán en absoluto? Y ahí está la cuestión, el mérito más grande de la cortesía consiste en evitar la tentación nefasta de la honestidad.

2. Posesivos emotivos

El puro intento de escribir una carta suele poner en guardia a nuestro pudor. Las fórmulas ayudan, pero estandarizan. Si no quiere uno lucir ciento por ciento ordinario, le conviene echar mano de algo más que recetas. Es decir, reemplazar las palabras de cajón en favor de las propias. Y eso suena muy bien, pero igual compromete. Una cosa es tratar de eludir la frialdad y otra hacer por escrito el papelazo de lamesuelas. Por otra parte, los tiempos cambian. Nadie nos asegura que lo que hoy es derecho mañana no será visto por el revés. La mejor prueba de ello son las cartas de amor. Quien se enamora escribe más de lo que debe, y mucho más de lo que le conviene. Quisiera regalar y regalarse, cuenta con las palabras para hacer claras esas intenciones en forma de promesas. Se vale de metáforas para expresar sus sentimientos inflamados y en cada una pretende entregar su alma, tanto que justo antes de garabatear su firma recuerda al ser amado que es de su propiedad. Tu Martín. Tu Ana Rosa. Tuya por siempre. Tuyo en la adversidad.

El problema de las grandes verdades que se expresan en una carta de amor tiene que ver con su vigencia insuficiente. A la gente le gusta repartirse a menudo, especialmente cuando es muy amable, y es como regalar dinero de juguete. Pero hay quienes se toman esas cosas en serio, tanto así que no paran hasta cobrar entero el documento. Despechados, les llaman. Son los que dieron crédito a quien no debían y en pago recibieron documentos apócrifos. O los que calcularon una deuda más grande, ya capitalizados los intereses. Guardan como un trofeo de caza mayor la carta donde dice soy tuyo para siempre, creen que ese papel basta para darles por siempre la razón. Si alguna vez el torpe remitente no se propuso más que ser amable y empleó una mera fórmula para hacerse querer, o en el camino cambió de opinión, le toca hacerse cargo de sus dichos.

3. ¿De quién es ese micrófono?

“Fidel querido: Te deseo lo mejor en tu convalecencia”, iniciaba la ya famosa carta que Pablo Milanés envió en 2006 al mandamás cubano. Tras citar compromisos ineludibles en el extranjero y prometer unidad y coraje, el cantante se despedía con un abrazo de “Tu Pablo Milanés”. Hoy día, esa carta piadosa le pasa dos facturas: si los anticastristas le reprochan el posesivo, por abyecto, sus ya virtuales excompañeros van a crucificarlo por la misma razón. A Fidel Castro no se le dice un año soy tuyo y al siguiente se busca independencia. ¿Cuándo se ha visto que la gente que se dice incondicional del dictador vaya por ahí expresando sus privados pareceres? Si de verdad lo son, y así les gusta ostentarlo, deberían entender que un incondicional, es decir un esbirro, lo es de pensamiento, palabra, obra y —esto es muy importante— omisión. Lo que el patrón no ve, no lo ve nadie. Es decir, nadie que se llame suyo.

Sabrá el demonio la cantidad de cartas que han sido interpretadas erróneamente por quienes cumplen órdenes de interceptarlas. Mala pata tendría quien se pasó de amable con un destinatario estigmatizado, o quien fue percibido como frío por un acomplejado poderoso. Y mal le irá también a todo aquel que intente distinguirse, si cada paso en esa dirección semejará un desplante de soberbia. Por eso sufre uno siempre que escribe cartas; o sufrirá más tarde, cuando llegue la cuenta. Nadie sabe la cantidad de borradores que se gasta uno en cierta carta difícil donde la cortesía jamás es suficiente y la sinceridad consiste en repetir unas cuantas fórmulas corrientes. Nadie sabe cuándo va arrepentirse por haber escogido el borrador erróneo. Nadie sabe lo que es llamarse Pablo y tener que escribirle a Fidel. Tu Fidel.