martes, agosto 30, 2011

Allí te comerán las turicatas /y II (Diario Milenio/Opinión 30/08/11)

La mujer me miraba con sus grandes ojos negros y, angustiada, contestaba cosas que yo no podía traducir. Me desesperé, naturalmente. Intenté incorporarme para salir y seguir buscando el regreso a la vereda del monasterio, pero ella me atajó. Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos, esos pájaros que vuelan al atardecer antes de que la oscuridad les cierre los caminos. Luego, una cuantas nubes ya desmenuzadas por el viento que viene a llevarse el día. Es difícil saber a veces cómo pasa el tiempo. Me volvía a sentar, sin remedio. El hombre apareció entonces y se colocó junto a ella. Algo le dijo. Algo discutieron frente a mí, como si estuvieran solos. Al final, él desapareció por un rato y luego volvió con un plato hondo entre las manos. Con movimientos rápidos y hoscos, colocó el plato sobre la mesa que era una puerta. Se trataba de una sopa caliente donde naufragaban apenas unos cubos de papa y unos huesos blancos. Una cuchara de plata vieja me ayudó a llevarme el líquido caliente a la boca abierta. Sonreí. La sensación de bienestar que llegaba al estómago me obligó a verlos con agradecimiento. Ahí estaban los dos, detenidos el uno dentro de los brazos del otro, viéndome, esperando un veredicto.

—¡Qué rica! —exclamé, como si me entendieran. Y ellos, a juzgar por las expresiones de sus rostros, lo hicieron. Algo se dijeron entonces con algarabía y algo me dijeron en el mismo tono antes de ir hacia el equipal donde descansaban sus ropas. Me estaban ofreciendo un par de sábanas raídas y, por el gesto, supuse que me invitaban a dormir. Les dije que no con la cabeza; se los agradecí, colocando la mano derecha sobre el corazón e intentando una pequeña inclinación del torso. Por más que quise no encontré las señas adecuadas para hacerles entender que alguien me esperaba allá arriba, no muy lejos de ahí, dentro de un cuarto rentado.

—Hay alguien del otro lado del bosque —dije varias veces, cada vez en tono más bajo, hasta que la frase se transformó en un puro eco.

Ellos no me entendieron o fingieron no entenderme y me llevaron del codo hacia la cama de otate que yacía en un extremo de la casa, la parte donde sí había techo. Juntos los dos, como si se tratara de un par de ancianos preocupados por el bienestar de un hijo pequeño, me empujaron hasta que no me quedó más remedio que sentarme y, luego, acostarme, sobre las sábanas raídas. La almohada era una jerga que envolvía pochote o una lana tan dura o tan sudada que se había endurecido como leño. Supuse que la palabra con la que se despedían de mí era “descansa” y que alguien dentro de mí los entendía a la perfección porque, en efecto, cerré los ojos. No supe cuál de los dos depositó un beso pequeño, un beso más bien efímero, sobre la frente. Tampoco supe quién fue el que me tocó los labios.

Esa noche soñé otra vez con los monociclistas que llegaban a través de un jardín de árboles frutales en largas limusinas negras. Como si no hubiera pasado el tiempo, pensé de nueva cuenta que tenían su encanto. Los veía y no dejaba de sonreír: Una serenata que era solamente una coreografía. Los monociclistas se movían de un lado a otro con extraña presteza, desarrollando un plan preconcebido con arabescos exactos.

El cuarto donde estaba se sentía caliente con el calor de los cuerpos dormidos. Allá afuera aclaraba el día. El día desbarataba las sombras. Las deshacía. A través de los párpados me llegaba el albor del amanecer. Sentía la luz. Cuando desperté ya los dos estaban alrededor de la mesa tomando algo caliente de un par de jarros. Seguían desnudos y hablaban. No paraban de hablar. Hablaban en el mismo tono en que lo habían hecho a lo largo de la noche. Supuse que parte de su charla se refería al extraño huésped en que me había convertido porque, en cuanto se dieron cuenta que había abierto los ojos, vinieron a saludarme.

—Esta mesa es una puerta —dije, sabiendo que no me entenderían, confirmando lo obvio. Irritada. Tenía que salir de ahí pero no sabía cómo. Ellos no parecían lo suficientemente fuertes como para detenerme, pero justo como el día anterior yo no sólo me sentía débil sino también pesada. Algo me ataba al asiento de la silla sobre la que descansaba. Algo brotaba de las plantas de mis pies. Algo me retenía ahí, junto a ese hombre y esa mujer. Miré el jarro de líquido caliente con desconfianza y, a ellos, con suspicacia u odio. Luego, sabiéndome derrotada, miré por la apertura del techo: el cielo era igual a sí mismo. Las nubes, no más que un antifaz. ¿Qué se sentiría quedarse a vivir en ese sitio para siempre? La pregunta, por sí misma, me espantó. Traté de incorporarme de nueva cuenta pero, como había ocurrido con las anteriores, no pude. La mujer, de repente, se hincó frente a mí, colocando su frente sobre mis muslos. Por un momento imaginé que rezaba, pero sólo murmuraba algo incomprensible. Sayula, alcancé a reconocer esa palabra. Contla. Era evidente que trataba de comunicarme algo de cierta importancia. Me tomó de la mano y, como si me hubiera convertido en una inválida o una convaleciente, me llevó con gran lentitud a la cama de ocote junto al piso, y ahí me depositó. Me recargué contra la pared de adobe y abracé las piernas dobladas. Coloqué la barbilla sobre las rodillas. En esa posición observé cómo se fue vistiendo mientras continuaba con su perorata o confesión. Una falda de lana. Una camiseta blanca. Un abrigo largo. Una bufanda de colores. Un gorro. No supe cuánto tardó todo eso. Cuando hubo terminado parecía otra mujer. Alguien distinto. Tal vez lo era. Esa otra persona tomó un atado con sus pocas pertenencias y cruzó la misma puerta que, no hacía tanto, había tocado yo con cierto entusiasmo. La vi partir en silencio. Del otro lado de la puerta estaba la línea de montañas y, luego, la más remota lejanía. Me costó un esfuerzo enorme alzar una mano, decirle adiós. Inmediatamente después, caí otra vez sobre las sábanas raídas.

Supuse que caí dormida en el acto porque, al despertar, era ya de noche y yo no hacía otra cosa más que volver a contar el sueño de los monociclistas. Un cierto encanto, repetía esa frase y los veía. Los seguía viendo.

—No volverá — me interrumpió una voz masculina que venía de lejos —. Se lo noté en los ojos. Estaba esperando que alguien viniera para irse — aseguró con pesadumbre, con ira. ¿Tragaba saliva? Luego guardó silencio por un rato tan largo que pensé que se había quedado dormido. Pero él carraspeó un par de veces antes de continuar.

Ahora tú te encargarás de cuidarme —dijo.

Como antes bajo la niebla, no supe qué hacer. Iba a contestarle algo pero las palabras se me quedaban, pesadas, en el estómago, negándose a ascender. La boca. No hice otra cosa más que oírlo perpleja, en silencio.

—¿O qué, no quieres cuidarme? — preguntó, iracundo—. Vente a dormir aquí conmigo.

—Aquí estoy bien —le contesté, sintiendo bajo mi cabeza la textura de leño de la almohada. Todavía me alcanzó el tiempo para recordar las paredes de adobe del monasterio. La noria vacía. Los tordos a lo lejos. Todavía pude recordar los tantos años que había pasado allá afuera entre monociclistas, sonriendo.

Es mejor que te subas a la cama —insistió—. Allí te comerán las turicatas.

Sus palabras no tenían sentido, eso era cierto. Pero cuando intenté voltear el torso para incorporarme, las vi: formaban una larga columna que avanzaba en sigilo pero sin tregua. Las hormigas son, a veces, un ejército en marcha. La palabra pequeñísima. El adverbio lentamente. Iba a gritar, pero me contuve a tiempo. Las parejas que han vivido cerca por mucho tiempo tienden a comportarse así, pensé.

Entonces fui y me acosté con él.

—Donis —dije, antes de abrazarlo. Antes de caer, dormida.

lunes, agosto 29, 2011

Poética reconstrucción de un ícono-(Sexenio-Puebla 23/08/11)

Marilyn Monroe nunca me llamó la atención, por ende no me he animado a ver ninguna de las películas en las que ella actuó. Siempre la considere una belleza típica de Estados Unidos: güera, bonita y hueca. Vacía, sin nada que decir ni aportar. Y este juicio se deba, quizá, a que no me tocó verla o simplemente han construido tanto alrededor de ella que le quitaron atractivo.

El único retrato interesante lo hizo Thruman Capote, en su texto: Una adorable criatura, que aparece dentro de la colección de cuentos Música para camaleones, editado por Anagrama.

Sólo sus allegados sabían que existía otra Marilyn Monroe, mejor dicho sólo ellos pudieron conocer a Norma Jeane Mortenson, el nombre real de la actriz. Lee Strasberg -el fundador del Actor's Studio-, es uno de esos amigos, quien a la muerte de la actriz heredó sus posesiones personales, al morir éste, su hija, Anna Strasberg, encontró dos cajas de poemas y otros manuscritos de la estrella de cine. Anna acudió a un viejo amigo de su familia: Stanley Buchthal, quien luego solicitaría el consejo del editor Bernard Comment; juntos, estos últimos personajes, se encargarían de planificar la forma más adecuada para darle vida a este libro.

Este libro ofrece al mundo entero una parte inédita, desconocida (probablemente para algunos, inimaginable) de Monroe: la de una mujer con mucho por decir, que busca conocerse e interpretar el mundo; una poeta en ciernes; así como a un ser que se sentía vacío, triste, pues nadie era capaz de tomarla en serio. Sólo se fijaban en la actriz y nunca en la mujer con amplia sensibilidad, razón por la cual no tenía derecho a equivocarse. Fragmentos. Poemas, notas personales, cartas es una belleza editorial, pues tuvieron a bien digitalizar cada una de las páginas que escribió Norma Jeane, seguido de la transcripción y la traducción al idioma español. Si esto no pareciera bello, este libro regala al público imágenes de una Marilyn Monroe leyendo a Joyce, viendo grabados de Goya, escribiendo, bailando con Capote o conviviendo con Carson McCullers; de igual forma, comparten las portadas de algunos de los libros que conformaban su biblioteca, entre otras fotos.

Un libro que humaniza a la actriz y que mitifica a la mujer que pocos pudieron conocer.

Ahora puedo decir que Norma Jeane se me hace atractiva y la lectura de este libro hace que me den ganas de darle una oportunidad a Marilyn Monroe, lo cual, creo, a ella le hubiera gustado más así; ya que la actriz sólo es una ficción creada por Hollywood. Y la mujer es una persona que buscaba un lugar en el mundo, al no encontrarlo decide suicidarse para terminar con todo sufrimiento.

****

Ya que estamos bajo el manto de Marilyn Monroe, es digno de festejar y aplaudir la realización del 2do Festival Internacional de Cine de Puebla, que dentro de sus inmensos proyectos destaca la idea de devolverle los espacios al público para quienes la experiencia cinematográfica se ha vuelto inaccesible, bautizado como: Cine Itinerante.

El objetivo de éste es llevar a cárceles, hospicios, escuelas, asilos, hospitales, plazas públicas y juntas auxiliares dentro del Estado de Puebla; películas que permitan la reflexión en torno a problemáticas sociales: de género, derechos humanos, luchas de la clase obrera, marginalización, cuidado del medio ambiente y la preservación de los recursos naturales, entre otros. Esto con el afán de fortalecer la diversidad cultural promoviendo la exhibición alternativa fuera de los circuitos que regulan su programación, condicionados por los criterios del mercado. La gira del Cine Itinerante será del 12 al 21 de Septiembre.

¡No se lo pierdan!

Esperando por Irene (Diario Milenio/Opinión 29/08/11)

1. La isla desierta

Era apenas el sábado y ya caía afuera un tormentón. O cuando menos eso me acomodó pensar, desde el cuarto en el piso 25 donde el estruendo de la lluvia competía desventajosamente con el run-run aire acondicionado. En otra situación, me dije, sería un pecado continuar durmiendo más allá de las once de la mañana, y acto seguido me revolví en las sábanas como quien se sumerge bajo los vapores de un poderoso anestésico. Si en Manhattan soplaba un huracán, más valdría dormir en su transcurso. Extrañamente, pasado el mediodía la lluvia había parado. Hacía hambre, además. Detrás de la cortina divisé una llovizna insignificante, así que al chico rato ya estaba en la calle. Por la televisión había caído en la cuenta de que Irene aún estaba por llegar, aunque ya degradada de la categoría 2 a la 1. Es decir que seguía siendo un huracán, aunque traía vientos algo menos veloces. Llegaría, en todo caso, pasada la mañana del domingo. Bastan quince minutos de noticieros para que el ignorante se transforme en experto en la materia.

Quienes jamás hemos vivido un huracán encontramos las precauciones desmedidas en un lugar como Nueva York, cuya condición de isla no suele estar presente entre sus edificios. Nada más fácil entre tanta solidez que olvidarse su fragilidad. ¿Dónde he visto esta isla desierta? Extraña y desconcierta ver las calles vacías, los comercios cerrados, las puertas pertrechadas con montañas de sacos de arena, las palmeras del Rockefeller Center tendidas en el piso por pura precaución, mientras del Gran Desastre no se percibe más que una tonta llovizna inconsecuente. Voy de Park a la Séptima, luego de la 42 a la 34 y con trabajos hay un par de tiendas de abarrotes abiertas. Entre Octava y Novena, una treintena de grúas aguarda la hora de entrar en acción.¿Momento de encerrarse en un cine, quizás? Imposible: todos están cerrados. Uno de ellos tenía el vestíbulo abierto, pero el empleado me ha devuelto a la calle con la mirada de un tío regañón. ¿No he visto, acaso, que no hay trenes, ni aviones, ni subway, ni otra cosa que taxis devorando avenidas, a la caza de algún peatón desconsolado? Vuelvo al hotel con el alma encogida, preguntándome ya qué tanto va a quedar de aquí a mañana de lo que hoy está en pie. Listo, pues: soy un cliente más de la psicosis.

2. Ahí viene el lobo

Anochece y arrecia la lluvia. Si he de hacer caso a la televisión, lo que viene subiendo por la costa Este dejará la ciudad en un estado lo bastante lamentable para que los periódicos del lunes nos ofrezcan una larga probada de espanto citadino. Menudean, por lo pronto, las imágenes de Irene y sus estragos en camino hacia acá. Árboles arrancados de cuajo, cobertizos derruidos, coches llantas arriba, hoteles y edificios habilitados como refugios. Bajo al lobby: recién llegan los huéspedes de otro hotel de la misma cadena, ubicado muy cerca de la orilla del mar. Estás en una isla, me repito y regreso a asomarme la calle, donde literalmente no hay un alma. Ya se fueron los taxis, no hay curiosos ni vendedores de paraguas. El único bullicio proviene del restaurante del hotel, reservado por hoy a los puros huéspedes. No conozco a ninguno, pero la gritería y el calor humano dan la idea de un pequeño festín. Al tiempo que dispongo de un platazo de pollo asado con arroz y verduras, me conforto pensando que aún hay vida en la isla desierta.

Si anteayer repelaba por la oferta leonina de internet —nada menos que 17 dólares por 24 horas de conexión en teoría veloz y en realidad mediocre—, hoy me cuelgo del WiFi con apego de náufrago agradecido. (Pensándolo mejor, la próxima vez que alguien me pregunte qué llevaría conmigo a una isla desierta, me luciré diciendo que no preciso más que una laptop, un módem y un router funcionando.) Enciendo el iTunes y paladeo el sarcasmo de escuchar a Sinatra cantando a “la ciudad que nunca duerme”. (Excepto, eso sí, cuando Irene u Osama logran ponerla en estado de coma.) Y eso es lo que repiten los noticieros: hace diez años que estas calles no lucían así. Días después de sobrevivir a un terremoto más ruidoso que dañino, la ciudad da una nueva oportunidad a los agoreros del Armagedón, muchos de ellos de acuerdo en que el final del mundo tendría que empezar por aquí.

3. Huracán que se duerme

Debe de ser efecto del morbo y sus expectativas catastrofistas, pero algo hay de dichosa decepción en la mañana seca del domingo. Contra todo pronóstico, la ciudad reaparece poblada de paseantes que disparan sus cámaras en todas direcciones. Unos se toman fotos al lado de los carros de bomberos o encima de los sacos de arena que están allí de adorno, por lo visto (o en fin, por lo no visto), si bien la mayoría se contenta con llevarse una imagen anticlimática de la Quinta Avenida medio vacía. En cuanto al Central Park, que a estas alturas bien podría ser un escenario sobrecogedor, sus visitantes han ido arrancando las cintas plásticas que prohibían el paso y ya se mezclan entre pájaros y palomas, animales mejor facultados que uno para pronosticar los cambios atmosféricos. Nada parece tan reconfortante como verlos volar entre ramas y bancas. Si según ellos todo sigue bien, respiro finalmente, ya podemos ir prescindiendo de los noticieros.

Hace dos días que la cama está deshecha, pero el caos se mira diferente cuando regresa uno de la realidad con la certeza clara de que mañana todo seguirá igual y el milagro de las calles repletas parecerá lo más normal del mundo. Irene, al cabo, nos ha puesto un plantón espectacular, igual que esos castigos que de niños temimos como al infierno y a la mera hora nunca se presentaron. Imposible medir la talla de este alivio. Ya lo dicen de pronto por aquí: la ausencia de noticias es de repente la mejor noticia.

miércoles, agosto 24, 2011

Allí te comerán las turicatas /I (Diario Milenio-Opinión 23/08/11)

Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI

Había soñado que alguien tocaba a la puerta y se presentaba con una pequeña tarjeta donde se alcanzaba a ver el dibujo de un monociclo. Era de noche. Justo en ese momento un par de autos con los faros encendidos atravesaba el jardín de árboles frutales. De las limusinas bajaban una serie de hombres delgados que, de inmediato, se montaban en sus monociclos. Pronto estaban ya moviéndose dentro de una coreografía que no dejaba de tener su encanto. Una serenata, entendía yo por fin, sonriendo. Una serenata en monociclos.

Eso le alcancé a decir, susurrando, en medio de la noche, justo cuando me despertó el ruido que provo caba la lluvia al tocar el techo. Luego me volví a dormir. Cuando logré despertar otra vez, la cama estaba vacía. Una nota en su lugar: Bajé al monasterio.

Habíamos ido a ese pueblo remoto en la cima de una montaña para visitar, en efecto, un antiguo monasterio del siglo XVI. Las ruinas de un monasterio, sería más preciso decir. Todo se reducía, tal como lo habíamos visto el tarde anterior, a unas cuantas paredes de adobe, un par de cuartos con algunas reliquias de piedra y madera. Una noria ya seca en el centro de un patio. Algunas flores. Pero el lugar, lejano de todo y rodeado de pinos, tenía su magnetismo. Un raro encanto. Pude entender a la perfección que se levantara temprano y que cerrara con mucho cuidado la puerta de la habitación que habíamos rentado con tal de ir de regreso a ese sitio. Supuse que querría tomar fotografías o hacer los dibujos del caso. Tal vez solo quería admirar las ruinas a solas, rodearse de su silencio. Las parejas que han pasado mucho tiempo cerca suelen comportarse así. Por eso dejé pasar un rato antes de vestirme y tomar café y salir en la misma dirección. Por eso me estiré con gusto y, al enfrentar el paisaje, me sonreí. El aire de la sierra sobre la cara. Las manos dentro de los bolsillos. El ruido de las botas al caer sobre el pastizal seco, amarillo. Pensaba en todo eso mientras avanzaba por la vereda terriza que terminaba, eso lo habíamos comprobado el día anterior, justo ante las pesadas puertas del monasterio.

Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía.

No supe en qué momento me perdí. Primero llegó la niebla a cubrirlo todo y, luego, de inmediato casi, la vereda desapareció bajo mis pies. A momentos me resultaba casi imposible ver la punta de las botas. Si seguí avanzando fue porque no se me ocurrió hacer otra cosa. Uno nunca sabe en realidad qué cosa hacer exactamente entre la niebla. Cuando por fin pasó, cuando abrió su manto y pude distinguir algo otra vez, el paisaje no había cambiado. Ahí estaba la línea de montañas y, más allá, la más remota lejanía. Los pinos seguían señalando algún punto del cielo. Los pájaros, que parecían tordos, volaban y cantaban al mismo tiempo. Lo que no alcanzaba a divisar, lo que ya no estaba por ningún lugar, era el monasterio al que me dirigía. Caminé todavía más, como si todavía me encontrara bajo la niebla, confiando en que pronto retomaría la vereda. Caminé al mismo paso veloz, primero con la boca cerrada, aspirando y exhalando por la nariz pero, al cabo de un rato, el corazón latiendo con prisa a causa de la altura, no tuve más remedio que abrir los labios. Resoplar es un verbo atroz. Por un momento pensé que me echaría a llorar o que caería de rodillas sobre el pastizal o que vomitaría a causa del esfuerzo. Iba a gritar su nombre cuando divisé una casucha a lo lejos. Era una cabaña de cuya chimenea emergía un humo blancuzco que me recordó mi estado de agotamiento. Incluso así, extenuada y miedosa, tuve fuerzas para correr. Ir es siempre ir a un encuentro. No dudé en tocar a la puerta. Supuse que ahí me dirían cómo regresar al monasterio o al poblado de donde había partido no hacía mucho. Supuse tantas cosas. Pero la mujer que abrió la puerta me miró con espanto y, luego, cuando se recuperó, dijo unas palabras que no entendí. Yo repetí mi nombre y extendí la mano. Aprisa, con una emoción que apenas podía controlar, le describí mi situación. Ella guardó silencio al inicio y, luego, mirándome con lo que parecía ser una paciencia infinita, volvió a decir algo que fui incapaz de comprender. Fue ella la que se dio cuenta primero que no hablábamos la misma lengua. Fue ella la que colocó su mano derecha sobre mi hombro mientras volvía la cabeza hacia en interior del recinto y se dirigía a un hombre que pronto estuvo también bajo el dintel de la puerta. Sus palabras me resultaron igualmente indescifrables. De todos modos, con ayuda de señas, me invitaron a entrar. Y entré. Era una casa con la mitad del techo caída. Las tejas en el suelo. El techo en el suelo. Y en la otra mitad un hombre y una mujer. Fue entonces que noté que ambos iban desnudos.

—¿Pero cómo es que no tienen frío? —fue lo único que alcancé a balbucir antes de que ella colocara un vaso de leche sobre la mesa que era, apenas lo notaba entonces, una puerta. Dudé en tomarlo, pero ella me conminó a hacerlo. Cuando me resistí, colocó el vaso bajo mis labios y gruñó algo. El hombre nos miraba con atención desde su puesto frente a la chimenea. Un par de avecillas entraron por el agujero del techo y, luego de posarse momentáneamente sobre una escoba, salieron otra vez, en silencio. No sabía donde estaba y tenía miedo. Miedo y curiosidad. Miedo y un cansancio mayúsculo. Miedo y ganas de entender qué hacían ese hombre y esa mujer desnudos, dentro de una cabaña medio derruida que estaba cerca de un monasterio rodeado de bosque y de la lejanía. No sabía donde estaba y el miedo me obligaba a revisar con todo cuidado el contorno destrozado del interior de la cabaña. Una nuez. Una nuez seca o vacía.

Supuse que ellos tendrían sus preguntas también. Al menos ella. En todo caso fue ella la que se sentó frente a mí al otro lado de la mesa y, mientras volteaba de cuando en cuando, con aparente nerviosismo, hacia el lugar donde ya no estaba el hombre, se puso a hablar. Por las señas y el tono de la voz entendí que quería que viera las manchas sobre su cuerpo, especialmente sobre la cara. Parecía que entenderlo, o que al menos aparentara que lo entendía, era de alguna relevancia para ella. Llegó incluso a tomar mi mano y dirigirla hasta su mentón para que comprobara que ahí había algo. Hubo un momento en que colocó su cabeza sobre la mesa para que pudiera ver mejor lo que, de cualquier manera, no distinguía. Entonces moví el rostro de arriba hacia abajo, admitiéndolo, confirmando que ahí había algo, y entonces ella se calmó. Su charla continuó pero en un tono distinto ahora. De algo se quejaba, eso me quedaba claro. Se señalaba los senos y, luego, dirigía la mirada a su pubis mientras abría las piernas. Algo decía en voz muy baja que le causaba un temblor apenas perceptible en los labios. Algo le producía las lágrimas chiquitas que luego le escurrían por las mejillas huecas. Debía tener hambre o tener muchos años. Fue el instinto, supongo, el que arrojó mi mano hacia la de ella, tocándola. Pocas veces había estado tan desorientada en mi vida. El miedo del inicio había dado lugar a un miedo distinto. Sentía frío, en efecto, y el cansancio, que no había amainado con la casa y la leche y la plática, me jalaba hacia el piso. Estar exhausta es esto, pensé, tener raíces.

—¿Desde cuándo estás aquí? —le pregunté a sabiendas de que no obtendría respuesta—. ¿Quién es ese hombre? —insistí—. ¿Te tiene aquí a la fuerza?

(CONTINUARÁ)

martes, agosto 23, 2011

Llovizna, entre la tradición y la modernidad (Sexenio-Puebla 15/08/11)

Edson Lechuga, en términos editoriales es un autor joven, pues apenas hace un año la editorial Montesinos nos hacía llegar su opera prima: Luz de luciérnagas, una de las pocas -por no decir únicas-, novelas que hablan del fatídico temblor de 1985. Llovizna es su segundo libro, instaurado en el género del cuento; empero debido a su redondez temática, los cuentos aquí reunidos parecieran capítulos de una novela.

Pareciera que Edson Lechuga asume sin problema alguno, en Llovizna, el papel de Dios-escritor, y a pesar de que a sus personajes les otorga el derecho del libre albedrío, al final los lleva a su inclemente final: la muerte; ya que en algunos casos ésta es un castigo, en otros una salida para encontrar la felicidad y en algunos sólo significa el cierre de un ciclo. Lo emocionante y novedoso, es que los personajes de estos cuentos no buscan redención o perdón, más bien ofrecen una explicación con el afán de ser comprendidos, y quizá, así, Dios-escritor justifica el por qué están muertos, casi muertos o castigados. Y que como bien dice, en la cuarta de forros del libro, Pablo Raphael, Llovizna son cuentos que parecieran pertenecer a la tradición oral; quizá porque buscan dejar una huella, una lección, donde busca recordarle al lector que: a cada acción corresponde una reacción.

Al igual que en Luz de luciérnagas, los cuentos de Edson Lechuga no pierden el tiempo en largas y monótonas descripciones; al contrario, éstos gozan de una admirable precisión tanto lingüística como narrativa; logrando así imágenes perfectas (casi cinematográficas) que crean en el lector la sensación de estar presente cuál testigo fiel de los hechos o por qué no, ser uno de los personajes.

Llovizna, un libro de cuentos ampliamente recomendable que atrapará al lector y que viene a demostrar cómo se puede mezclar lo tradicional (la herencia rulfiana) con lo moderno, sin sacrificar la originalidad.

Y con este segundo libro, a Edson Lechuga ya debe considerársele entre los escritores poblanos con más fuerza narrativa y cosas por aportar, al lado de Pedro Ángel Palou, Eduardo Montagner, Jaime Mesa, así como de nuestra poblana por adopción: Iris García.

lunes, agosto 22, 2011

¡Atrás, regenerado! (Diario Milenio-Opinión 22/08/11)

Al poder corruptor del “degenerado” suele oponérsele la sed de poder del regenerador, listo para arreglar lo que no estaba roto.

1. ¿Quién es el degenerado?

“De condición mental y moral anormal o depravada, acompañada por lo común de peculiares estigmas físicos”, sentencia el diccionario en torno al sustantivo degenerado. ¿Qué es entonces una condición depravada? Aquí la Real Academia Española es aún más escueta, pues nos dice que un depravado es aquél que se halla “demasiado viciado en las costumbres”. Es decir que cuando alguien nos llama degenerado, en realidad no expresa gran cosa de nosotros y es probable que diga más de sí mismo. Especialmente si, como es de temerse, quien nos denuesta es unregenerado.

Nadie sabe el poder que tienen los fantasmas del regenerado, pero sus sombras son en tal modo notorias y chocarreras que él las ve en todas partes y quiere prevenirnos al respecto. “He estado ahí”, se dice, convencido de que nadie como él puede identificarlas y acusar sus estragos en el mínimo indicio. George W. Bush, tal vez el más famoso de los regenerados, se enorgullecía de no tomar una copa de alcohol “ni siquiera en Navidad”. Una conducta rara por donde se le mire. Tan sólo imaginemos la cantidad de moros con tranchete que es capaz de encontrar en los rincones más insospechados un individuo cuya conducta diaria es sospechosamente similar a la de un delincuente en libertad condicional. No muy lejos de Bush, el cantante José José opinó alguna vez que toda la cultura de las drogas era en gran parte culpa de los Beatles. ¿En qué delirium tremens habrá sido testigo el cantante excesivo por excelencia de tan demoledora revelación? ¿Sería quizás en el duro transcurso del síndrome de abstinencia? ¿Tendría que ver en ello alguno de sus incontables juramentos y golpes de pecho, una vez que salía del agujero y se hacía el propósito de nunca más rodar de acá para allá? En todo caso, el ejemplo de ciertos regenerados es por sí mismo un elemento disuasivo. Nadie quiere acabar como un regenerado regenerador.

2. Los fantasmas del zombi

“Hacer que alguien abandone una conducta o unos hábitos reprobables para llevar una vida moral y físicamente ordenada”, ilustra el diccionario sobre regenerar: verbo rico en connotaciones positivas, y no obstante cargado de otras más bien temibles, cuando no espeluznantes. Pues en la mayoría de los casos lo que llega a curarse no es la enfermedad, sino apenas sus síntomas conspicuos, y ello tal vez explique la tiesura de esos regenerados capaces de plantar la señal de la cruz frente a una botella de cerveza o un billete de lotería, y acto seguido hacer severas advertencias sobre el particular. Si los creímos zombis sólo porque se habían enseñado a reprimir sus instintos menos presentables, no estaría de más tomar en cuenta que inclusive los zombis, y sobre todo ellos, son ricos en demonios y se pasan la vida toreándolos. Un empeño seguramente colosal que asimismo merece compasión, si bien tampoco tanta para dar por bueno el papel de regenerador que para sí reclama el regenerado. La sola idea de verse padeciendo un tratamiento de ortopedia moral a manos de un cruzado puritano suena ya de por sí degenerada.

Imaginemos una campaña de regeneración moral llevada a cabo por antiguos criminales. Una idea loable, por supuesto, si es que los implicados pueden contar su historia frente a otros criminales que acaso tendrán tiempo para reflexionar y pensarán también en corregirse. Fuera de ahí, me permito dudar que un asaltante arrepentido pueda brindar consejos a quienes jamás hemos pensado en asaltar. Menos aún meternos en cintura, por chuecas que parezcan nuestras costumbres a sus ojos de beata espeluznada. Por mi parte, diré que me he excedido cuantas veces se me ha dado la gana, y otras he contenido mis impulsos cuando creí que estaba cerca de no poder volver a ser quien era. Puede uno perder la vergüenza y al día siguiente verla de regreso, pero dejar allí la libertad parece un sacrificio inaceptable. Nada causa más miedo en el puritano que el ejercicio de la libertad, tal vez porque ya sabe que es la más grande aliada de sus fantasmas.

3. Del muro al moro

Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, solía llamarse un grupo paramilitar de ultraderecha cuyos miembros buscaban regenerar a México bajo ciertos preceptos en teoría evangélicos. “Gracias a Dios soy blanco”, rezaban por su parte algunas camisetas de sus colegas del Ku Klux Klan. Afortunadamente, el asquerosamente célebre MURO terminó aterrizando en el basurero histórico que le correspondía, pero de ahí a pensar que esa ponzoña al cabo se extinguió hay un trecho poblado de candor. La exaltación del regenerador no siempre necesita de banderas para sobrevivir, y de hecho las cambia siempre que se le ofrece. A nadie debería extrañar toparse con las huellas de los regeneradores profesionales allí donde se supone que actúan sus antípodas, si con tanta frecuencia los polos que se dicen irreconciliables suelen tener fronteras difusas entre sí. ¿Cómo explicar, si no, el nacimiento en pleno siglo XXI de un Movimiento de Regeneración Nacional que se llama de izquierda y le gusta venderse con el bonito nombre de Morena?

Debe de ser terrible cargar con un pasado autocrático y combatir con dichos todo aquello que se ha apoyado en los hechos. No quiero imaginar la cantidad de monstruos y fantasmas que persiguen al regenerador iluminado que muy discretamente incita a sus creyentes a dar gracias a Dios por ser morenos, y en tanto eso también mayoría. Pero he aquí que no todos necesitamos que nos regeneren, y de hecho habemos varios que estamos hartos de ese mesianismo barato y mentiroso cuyas solas maneras dictatoriales apuntan hacia una honda recaída en los vicios que le dieron origen. No dudo que el señor al que vimos en la televisión embolsándose fajos de billetes producto de un chantaje escandaloso quiera regenerarse y ver la luz, pero de ahí a que venga a regenerarnos media tanta distancia como la que separa a unos huaraches de unos tenis Vuitton. “De jóvenes son putas y cuando viejas beatas”, reza el proverbio. No se trata de una sentencia moralista, pero si he de opinar diré que encuentro a ciertos regeneradores “demasiado viciados en las costumbres”.

viernes, agosto 19, 2011

El verano recorre las islas (Diario Milenio-Opinión 16/08/11)

Medio centenar de islas son exploradas por Judith Schalansky en un peculiar Atlas donde la realidad convive con hechos producidos por la más salvaje imaginación

Judith Schalansky nunca ha estado ni estará en ninguna de las 50 islas que describe y explora en Atlas of Remote Islands, un libro escrito originalmente en alemán en el 2009 y publicado en una hermosa edición de pasta dura por Penguin en 2010. Cada pequeña sección incluye el mapa de la isla en cuestión, los datos básicos de longitud y latitud, el número de habitantes, así como una serie de líneas pespunteadas que representan las distintas distancias que las separan (o las unen, dependiendo del punto de vista) de otros puntos en el orbe, así como también una breve cronología de su historia. De Floreana, también conocida como las islas Galápagos en las costas de Ecuador, adonde fueron a parar un dentista harto de la civilización y una maestra en 1929, a Fangataufa, en el archipiélago de Tuamoto, en la que el gobierno francés hizo estallar alguna vez una devastadora bomba de hidrógeno, las islas muy reales que se abren en este libro son también producto de la más salvaje imaginación. Tropicales o cubiertas de hielo, ya desiertas o apenas habitadas por un puñado de daltónicos, las islas son sobre todo historias. He traducido con algo de libertad apenas dos, pero todas y cada una de ellas merecería un comentario aparte. Mientras eso pasa, aquí viaja la historia de un amor que inicia dentro de los linderos de un lenguaje desconocido, y la historia también de unos cuantos isleños a los que irrita “toda esa charla insulsa sobre las glorias del color”.

UN LENGUAJE APRENDIDO EN SUEÑOS

Dicen que “en un pequeño pueblo en las laderas de Vosges, hubo un niño de seis años que tenía sueños en los que se le enseñaba un lenguaje completamente desconocido. El pequeño Marc Liblin pronto empezó a hablar ese idioma sin saber si existía o no de verdad. Se trataba de un niño dotado pero solo, con cierta sed de conocimiento. En su juventud se alimentaba de libros en lugar que de pan, por ejemplo. A los 33, habiéndose convertido ya en un outsider que vivía en los márgenes de la sociedad, se volvió el objeto de la atención de unos investigadores de la Universidad de Rennes. Querían descifrar y traducir su lenguaje. Por dos años, introdujeron los extraños sonidos que él hacía en computadoras gigantes. Todo en vano. Eventualmente, los investigadores decidieron visitar la zona de los bares en el muelle para ver si algún marinero había escuchado ese lenguaje alguna vez. Marc Liblin dio, de hecho, un performance en un bar de Rennes, un espectáculo que consistía en un monólogo que se desarrollaba frente a un grupo de tunecinos. El administrador del bar, un hombre que había estado en la marina, interrumpió la función diciendo que había escuchado esa lengua antes, en una de las más remotas islas de la Polinesia y que conocía una mujer que hablaba ese idioma. Se trataba de una mujer divorciada de un oficial del ejército que ahora vivía en los suburbios. El encuentro con la mujer de la Polinesia cambió la vida de Liblin, por supuesto. Cuando Meretuni Make abrió la puerta de su casa, Marc la saludó en el idioma que aprendió en sueños, y ella le contestó de inmediato en el viejo rapa de su patria. Marc Liblin, que nunca había estado fuera de Europa, se casó con la única mujer que entendía su lengua y, en 1983, se fue con ella a vivir a la isla donde se hablaba ese idioma”.

Es una historia de Rapa Iti, una isla austral de la Polinesia francesa también conocida como Rapa, anteriormente denominada isla Oparo. Se encuentra en el 27o 36’ S, 144o 20’ O. Mide 40 kilómetros cuadrados y tiene 482 habitantes. Está a 1, 180 km de Tahití; a 3, 620 km de Nueva Zelanda, a 1, 440 km de las islas Pitcairn. Fue avistada por primera vez en 1791, por George Vancouver. Marc Liblin murió en Rapa Iti, víctima de cáncer, el 26 de mayo de 1998, a la edad de 50 años. La historia no dice qué le pasó a la mujer.

ACROMATOPSIA

“Incluso los puercos en esta isla son de color blanco y negro. Es como si los hubieran creado especialmente para las 75 personas que viven en Pingelap que no pueden distinguir colores: ni el salvaje rojo crimson del atardecer, ni el azul del océano, ni el amarillo de las papayas maduras, ni el omnipresente verde profundo de la selva repleta de palmas y manglares. Una pequeña mutación del octavo cromosoma y el tifón Lienkieki, que devastó a las islas hace años, son los responsables de tal hecho. Sólo 20 habitantes de Pingelap sobrevivieron al tifón y la subsecuente hambruna; uno de ellos llevaba el gen recesivo que pronto se hizo notorio debido a la reproducción endémica. Hoy, 10% de la población de Pingelap es completamente daltónica, comparado con uno entre 30 mil que es el promedio en otros lugares. Se les reconoce por la forma en que inclinan las cabezas y parpadean constantemente, por la manera en que sus pestañas aletean y achican los ojos casi siempre, por las arrugas en la parte superior de la nariz. Evitan la luz, evaden el día, y con frecuencia sólo salen de sus chozas en el crepúsculo. Muchos dicen que recuerdan sus sueños y otros dicen que pueden reconocer los cardúmenes de peces en las aguas profundas del océano en la noche –los identifican con la ayuda de la pálida luz de la luna y el reflejo sobre sus aletas. El mundo puede ser gris, pero ellos insisten en que pueden ver cosas imposibles de discernir para aquellos que sí distinguen los colores: miles de tonos y de matices con frecuencia inimaginables. Las charlas insulsas sobre las glorias del color los enervan. El color, dicen, los distrae sólo de lo que es esencial: la riqueza de las figuras y las sombras, las formas y los contrastes”.

Esto en Pingelp, también conocida como las islas Carolina de la Micronesia. Se encuentra en el 6o 13’N y 160o 42 E. Mide 1.8 kms y tiene 250 habitantes. Está a 780 km de Bikini Atoll, a 1, 990 km de Papua Nueva Guinea y a 1,250 km de Banaba. El tifón Lienkieki devastó la isla en 1775, fue descubierta en 1792 por Thomas Musgrave y, en 1820, se detectaron los primeros casos de daltonismo. No fue sino hasta el año 2000 que el gen de la acromatopsia fue descodificado.

lunes, agosto 15, 2011

Cúchila, Mataperros (Diario Milenio-Opinión 15/08/11)

1 El asco de los limpios


A veces, la confianza es conmovedora. Tener a un ser querido recostado y dormido sobre uno brinda una sensación de paz y gratitud inesperadas. Percibir que respira, ronca y carraspea, o de repente se sacude completo por causa de algún sueño chocarrero, es verse encomendado a protegerle, y en tanto eso pensarse mejor persona de la que uno es. “Duerme, que aquí estoy yo”, dice nuestro sigilo cariñoso, en una de esas raras ocasiones en que la indefensión del otro parece y es un premio para quien la recibe. “¿Quién soy yo para merecerle esta confianza?”, tendría uno que preguntarse cada vez que esto pasa, pero he aquí que en mi caso pasa tan a menudo como permito al perro treparse en mi cama, de modo que aquel gesto de humildad sorprendida es suplantado por el puro placer de sentir que a lo ancho de ese rato entrañable nada hay en este mundo fuera de su lugar.


La amistad entre especies no es un evento raro, pero hay quienes insisten en mirarlo de lejos como cosa curiosa, cuando no insólita. Parece más normal, a ojos corrompidos, el exterminio de una a manos de otra. Y esta última, se entiende, es la especie de siempre. La única facultada para exterminar. La única, también, capaz de hacerlo en el nombre de un fin oficialmente noble. La salud pública. La seguridad. La niñez. La familia. La modernidad. Se extermina a una especie diferente, o a una cierta fracción de la propia, azuzando en los otros un prurito aséptico mejor emparentado con la fobia que con la profilaxis. Hasta donde se sabe, la coartada más repugnante para el exterminio tiene que ver con eso: la “limpieza”. Quien cree que al contribuir a la matachina de una especie querida, cariñosa y servicial está “limpiando” el hábitat de sus seres queridos, lo que hace es corromperse y corromperlos. Nada menos confiable que una estirpe de eunucos sentimentales.


2. Ratas a control remoto


Cuenta Milan Kundera que la campaña sanitaria de los estalinistas checos en contra de los perros sueltos o callejeros malescondía su propósito auténtico, que era el de preparar a la población para las atrocidades que más tarde serían moneda corriente. Insensibilizarlos al dolor de los otros, primero los perritos, más tarde los vecinos y al final las personas más apreciadas, si por casualidad el poder los consideraba un obstáculo en la construcción de la dicha oficial del pueblo checo. Estimular, de paso, la delación secreta, de modo que en lugar de ciudadanos el poder dispusiera de una legión de cómplices robotizados. Es decir, ya en la práctica, hijos de puta con mando a distancia.


Para el hoy mundialmente famoso Manuel de Jesús Baldenebro, médico cirujano y a la sazón alcalde de San Luis Río Colorado, Sonora, la corrupción moral es cosa secundaria. A él le preocupa, dice, la salud pública, y es por ello que en lo que va de su administración se ha exterminado a 17 mil perros, capturados por medio de un sistema de recompensas: el municipio paga doscientos pesos a quien entregue a un perro callejero para su ejecución. Por disposición oficial, el ciudadano queda habilitado como auxiliar de los matarifes. Y ahora que esa medida le ha valido al alcalde el vergonzoso mote deMataperros, él se argumenta en Twitter que “si las personas que integran las asociaciones protectoras de animales valoran mas la vida de un perro callejero que la de un ser humano YO NO!” (sic).


Ya se sabe la clase de amistad que es capaz de brindar un perro callejero. Basta con un cariño, un pedazo de pan, una mirada a veces, para que venga detrás de nosotros. Y si se nos ocurre darle techo, lo más probable es que se transforme en un guardián celoso y agradecido. Ahora imaginemos al émulo de Iscariote que se acerca al perrito y le regala media salchicha, sólo para ganarse su confianza e ir a entregárselo al doctor Baldenebro, a cambio de doscientos pesos de mierda. ¿Quién querría, a todo esto, caer dormido al lado de un alimaña así?


3. La familia matarife


Una vez asediado por los medios —tan sólo imaginemos la cantidad de insultos consecuentes que recibe cada hora en su cuenta de Twitter—, el tenebroso doctor Baldenebro ha aclarado que su programa de exterminio no paga recompensas en efectivo, sino a través de un incentivo fiscal, limitado a un descuento por familia. ¿Es decir que la cosa es familiar? ¿No basta, pues, con corromper a Judas, sino que hay que ensuciar a la familia entera? Ahora imaginemos a papá y mamá explicando a los niños por qué ayer secuestraron al Solovino y lo llevaron al matadero. Usarán de seguro los argumentos del Doctor Exterminio, y así los pequeñines irán asimilando que el Solovino no era su amiguito, sino “un vector para infecciones de la piel”, y no nada más eso, si también “un problema para la gente asmática en situaciones alérgicas”. No será extraño, entonces, que cuando miren a otro perro en la calle lo alejen a pedradas, qué tal si los infecta. Cúchila, gruñirán, perro sarnoso. ¿Quién les dirá a esos pobres de la infección moral que han contraído? Es al menos curioso que en un medio infestado por la violencia extrema, el alcalde no sepa que buena cantidad de los hijos de puta son hechos en casa.


El equipo de comunicación del doctor Baldenebro es diligente para twittear sus logros. Según escriben, el municipio a su cargo está hoy a la vanguardia en diversos rubros. Y uno sabe que son distintas manos cuando encuentra un mensaje tecleado o dictado por el propio Baldenebro, dirigido al senador Manlio Fabio Beltrones, donde el cuidado es menos escrupuloso y el estilo delata antes al lambiscón que al mataperros: “muchas felicidades Senador, que siempre Dios bendiga sus generaciones y sean prosperados” (sic). Y ahí sí que está pintado el alcalde-doctor, pero si de zalamerías se trata, francamente prefiero las del Solovino, que no corrompe a nadie en busca del poder, inspira el cien por ciento de mi confianza y se expresa indudablemente mejor. Por no hablar del perrote que ahora me acompaña y jamás ha escuchado la tenebrosa historia del doctor Baldenebro. Con su permiso, pues, lo dejo que me ronque otro ratito.