jueves, junio 02, 2011

N 21° 18’ 28¨ W 157° 48’ 28¨ (Diario Milenio/Opinión 31/05/11)

En las notas que acompañan el poema que a continuación traduzco, la poeta norteamericana Juliana Sphar explica que todo se debió a su intención de explicarse un día que pasó en Francia. Había colas y gente cantando y un hombre alimentaba un gorrión y ella se puso a pensar sobre los viñedos y sobre quién es dueño en realidad de qué y sobre las divisiones que todo eso ocasiona. Luego, al regresar a casa, introdujo esas notas en aplicaciones de traducción del francés al inglés y viceversa. Así surgió esta peculiar sintaxis, este inglés extraño y retorcido con el que nos introduce a esos algunos del nosotros que vivimos en una tierra que nunca es ni será nuestra.


Somos todos. Nosotros de entre todos los pequeños somos. Somos todos. Nosotros de entre todos los pequeños somos. Estamos en el mundo. Estamos en el mundo. Estamos juntos. Estamos juntos. Y algunos del nosotros comemos uvas. Algunos del nosotros estamos todos comiendo uvas. Algunos de nosotros estamos todos comiendo. Estamos todos en este mundo hoy. Algunos del nosotros estamos comiendo uvas hoy en este mundo. Y algunos nos permitimos comer uvas. En la comedera de uvas. Nosotros de entre todos los pequeños somos lo que come uvas. En el mundo de las uvas. Comiendo uvas. Nosotros de entre todos los pequeños somos lo que come. Algunos de nosotros estamos juntos en las uvas. Nosotros de entre todos los pequeños estamos hoy en este mundo. En este mundo. Por el comer de las uvas. Para comer uvas. Algunos de nosotros nos permitimos comer uvas hoy en este mundo. Algunos de nosotros nos permitimos estar juntos en las uvas. En el mundo de las uvas. En este mundo. En las uvas. En las uvas. En sabor. En el sabor. En fermentación. En fermentación. En vino. Fuera del vino. En la fresca sólida piel. En la fresca sólida piel. En semilla. Fuera de la semilla. En humedad. En humedad. En hoy. En hoy. Estamos todos juntos en este mundo. Nosotros de entre todos los pequeños estamos juntos en este mundo. En el nosotros estamos todos juntos. En el nosotros nos permitimos estar juntos. Algunos de nosotros comemos. Algunos de nosotros nos permitimos comer. Algunos de nosotros estamos comiendo uvas juntos. Algunos del nosotros nos permitimos todos ser las uvas que se comerán juntos. En este lugar. En este lugar. En el comer. Mientras comemos. En las uvas algunos de nosotros estamos todos comiendo. En todas las innegables uvas de nosotros permitámonos dejarlas permitámonos ser lo que come. En la comedera de las uvas. Por el comer de las uvas. Somos todos hoy. Nosotros de entre todos los pequeños somos hoy. Las uvas en el comer. En el nosotros somos. En el somos. En las uvas son. Comiendo uvas. En el nosotros el mundo. En el estar juntos. Algunos de nosotros somos todos en este mundo de estar juntos comiendo uvas.


Algunos del nosotros y la tierra que nunca fue nuestra mientras éramos de la tierra. Empezó de nosotros y desde la superficie terrestre que nunca estuvo con el nosotros mientras éramos la superficie terrestre. Algunos del nosotros nos vestimos con la tierra. Algunos del nosotros cargamos la superficie terrestre. Algunos de nosotros plantamos las uvas. Y nos comimos los pliegos de la superficie terrestre. Pero fuimos hechos por la superficie terrestre, por las uvas. Las uvas de la superficie terrestre. Algunos de nosotros plantamos uvas. El verde de la superficie terrestre. Algunos de nosotros nos asentaríamos. Algunos de nosotros lo organizaríamos. Y la tierra nunca fue nuestra. Y la superficie terrestre nunca estuvo con nosotros. Y sin embargo fuimos hechos por la tierra, por las uvas. Nos comíamos las hojas de la tierra. Las uvas de la tierra. El verde de la tierra. Las hojas. Los pliegos. Y éramos de la tierra porque comíamos y la tierra nos dejó comer a algunos de nosotros. Y éramos la superficie terrestre porque comíamos y la superficie terrestre nos dejó comer a algunos de nosotros. Y sin embargo la tierra nunca fue algo de lo nuestro. Pero la superficie terrestre nunca estuvo segura con nosotros. Nunca es algo de lo nuestro. Nunca estés seguro con nosotros. Nunca será verdaderamente algo de lo nuestro. Nunca estés correctamente seguro con nosotros. Nunca será poseída. Nunca será atrapada. Y el verde de la tierra es la posesión de la tierra de nosotros. Y el verde de la superficie terrestre es la posesión de la superficie terrestre de nosotros.


La tierra es algunos de nosotros extendiendo la mano y los gorriones que la picotean al comer. La superficie terrestre está entre nosotros los que ofrecemos la mano y los gorriones la picotean mientras comen. Estamos todos en este mundo, este mundo de manos y granos, juntos. Nosotros todos los pequeños estamos en este mundo, este mundo de manos y de grano, juntos. Algunos de nosotros somos gorriones que picotean nuestra mano. Algunos de entre nosotros somos gorriones que picotean con nuestra mano. Volamos y luego hacemos nidos en nuestro dedo. Con eso controlamos luego el mecanismo en nuestro dedo. Los gorriones están picoteando nuestra mano, picoteando el grano, nuestra mano, nuestro grano, nuestra mano. Los gorriones que picotean con nuestra mano, picotean con nuestro grano, nuestra mano, nuestro grano, nuestra mano. Estamos todos en este mundo con los gorriones. Nosotros todos los pequeños estamos en este mundo con los gorriones. Con el picoteo. Con el que picotea. Estamos en esta mano, en este picotear. Estamos en esta mano, en este picotear. Somos todos. Nosotros todos los pequeños somos. Algunos de nosotros repicoteamos. Algunos del nosotros dejamos que nos picoteen. Estamos picoteando nuestra mano. Picoteamos con nuestra mano. Estamos esperando a estar llenos de grano. Queremos estar llenos de grano. Y luego comer uvas. Y comer uvas luego. Algunos de nosotros volamos sobre nuestra mano, volamos sobre nuestra mano. Algunos del nosotros nos permitimos volar hacia la mano, remontando con la mano. Algunos del nosotros estamos picoteando la mano del volar. Algunos del nosotros nos dejamos picotear con la mano del vuelo. Estamos juntos en este mundo, volando, picoteando. Nosotros todos los pequeños estamos juntos en este mundo, controlando al que picotea. Abajo en la superficie terrestre. Con el trasero en la superficie terrestre. Y luego, otra vez, volando, picoteando. El otro lado, volar, picotear.


Lo que significa asentarse. Lo que significa organizar. Para el nosotros que estamos todos en este mundo juntos. Nosotros todos los pequeños juntos en este mundo. Comer las uvas y no plantar la semilla. Comer las uvas y no plantar la semilla. Agarrarse muy fuerte. Ser agarrado fuertemente en la función. Cambiar. Cambiar. Hacer el cambio. Hacer el cambio. Cambiar la tierra. Cambiar la superficie terrestre. Arrojar la semilla. Arrojar la semilla. Para los que estamos juntos en la tierra sin embargo todavía algunos del nosotros estamos comiendo uvas, algunos picotean la mano. Nosotros todos los pequeños estamos juntos en este mundo siempre aunque algunos del nosotros comamos uvas, mientras otros picotean con las manos. Cómo moverse. Cómo moverse. Cómo moverse del asentarse en la cima al adentro. Cómo cambiar la estabilización en la cima adentro. Adoptar, no asentarse. Abrazar, no organizar. Hablar. Hablar. Haber hablado. Con el hablado. Asomarse a eso que es lo que está mal en este mundo en el que estamos todos juntos. Empujar bien lejos lo que está con lo que es incorrecto en este mundo en el cual todos los pequeños somos nosotros en unidad.

martes, mayo 31, 2011

Una generación no tan X (Sexenio-Puebla 24/05/11)

En el universo de antologías es común encontrarse con la reunión de un amplio número de personajes que son convocados a participar con una muestra de su obra ya poética, ya narrativa, ya dramática. Cuyos objetivos son dar un ejemplo de la obra realizada por una generación de escritores o proponer una generación de nuevas voces, nuevos escritores, que son lanzados al ruedo de la crítica.

Lo raro sería enfrentarse con una antología que en lugar de reunir una muestra de obra; congregue a diversas voces con el objetivo de responder: ¿qué fue y es de su generación a 40 años de distancia? Pues esta rareza existe y se llama: Lo escrito mañana. Narradores mexicanos nacidos en los 60; antología de voces, de posturas, de sueños, de experiencias y de realidades, coordinada por Sandra Lorenzano y editada por Axial, dentro de su colección Tinta nueva.

El lector que se acerqué a este libro, se topará con posturas variopintas sobre lo que para cada protagonista ha significado y seguirá significando ser parte de la denominada Generación X; la generación que llegó tarde a la fiesta, la que no tenía nada por decir ni aportar, hasta que llegaron la serie de atentados perpetrados por la organización de Al qaeda.

Ricardo Chávez Castañeda, Ana Clavel, Adriana Díaz Enciso, Fernando Fernández, Ana García Bergua, Claudia Guillén, Norma Lazo, Nubia Macías, Mónica Maristain, Laura Emilia Pacheco, Ignacio Padilla, Eduardo Antonio Parra, Ricardo Pohlenz, Cristina Rivera Garza, Enzia Verduchi, Jorge Volpi y Gabriela Warketin; son los autores convocados para compartir con el lector las respuestas que pueden dar a las preguntas, plateadas por la antologadora, como: ¿Qué marco nuestra vida? ¿Cómo eran nuestras ciudades? ¿Qué paisajes nos vieron crecer? ¿Cómo fueron nuestra infancia y adolescencia? ¿Compartimos algo más que la época de nuestro nacimiento? ¿Cómo vivimos el presente con esas marcas a cuestas? ¿Estamos realmente destinados a “recoger los platos rotos”, como plantean algunos? ¿A vivir de las migajas que quedaron del fracaso de las utopías? ¿Quiénes somos? Y cómo no tener tantas preguntas y ganas de responderlas si son una generación que heredó muchas de las heridas generadas –y aún abiertas- por acontecimientos históricos como: la matanza de Tlatelolco de 1968, el asesinato del “Che” Guevara, los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martín Luther King, así como las revueltas ideológicas encabezadas por estudiantes en varias partes del mundo como París, Praga; y también el nacimiento de bandas como The Doors, The Rolling Stones y The Beatles, la llegada del hombre a la luna. Una generación que nació y empezaba a dar sus primeros pasos cuando otros ya se habían entregado a las utopías y luchado por ellas. Una generación que cuando empieza a tener voz y postura crítica, también comienza a ser testigo de la muerte de las utopías y el nacimiento del desencantamiento social y político.

La generación de los nacidos en los 60, aparentemente llegó tarde a todo y sin posibilidades de aportar nada, empero son una generación que aprendió a generar sus propios espacios a través de las diferentes disciplinas artísticas y literarias; una generación que supo entender que lo suyo no era levantar escombros o ruinas, sino reconstruir y volver a encaminar el barco en el rumbo más adecuado.

Un libro que el lector no debe dejar pasar y que por extraño que parezca lo deja a uno con una sensación de esperanza.

Ni le busque, capitán (Diario Milenio/Opinión 30/05/11)

Por lo visto, el hallazgo reciente del genocida Ratko Mladic es la noticia
más novedosa desde el descubrimiento del hilo negro.



Juan Carlos Fleicer.

1. Las temidas vacantes

Habré escuchado aquella frase tan simpática por ahí de los diecisiete años: Fulano anda buscando trabajo rogándole a Dios no encontrarlo. No recuerdo de quién lo insinuaban, pero el saco me vino a la medida porque llevaba días en el mismo trajín. Me acercaba a las tiendas y las oficinas donde podía ofrecerse alguna ayuda durante la temporada vacacional y preguntaba sólo donde ya adivinaba que iban a rechazarme. Nada más escuchaba la negativa, un alivio profundo me invadía. No había vacantes, por la gracia de Dios. De vuelta en el hogar, narraba mi odisea con una desazón tan bien fingida que mi padre movía la cabeza, ya no por mí, sino por el país. “La cosa está terrible”, se inquietaba de manera fugaz y saltaba a otro tema de conversación, con lo cual me libraba del calificativo de bueno para nada que me había pasado la mañana ganándome con el sudor de mi frente, pues luego de reunir los pretextos bastantes para no dar con lo que andaba buscando me lanzaba a vagar alegremente por esas calles siempre tentadoras de las que mis papás querían retirarme para que me enseñara a ganarme el sustento.

Casi todos nos hemos empeñado alguna vez en hacer imposible cierta búsqueda. Por no hablar de los incontables infelices que van tras el amor, la dicha o la fortuna contra la decisión del subconsciente, de forma que no logran explicarse cómo es que la traen chueca desde hace tanto tiempo. El caso es que uno puede gastarse la vida buscando lo que menos desea encontrar, al extremo de huir despavorido cada vez que el hallazgo se insinúa cercano o siquiera probable. Si ya da escalofríos asomarse a la estadística según la cual sólo una minoría de los delitos cometidos son perseguidos y castigados, más nos asustaría toparnos con los datos verdaderos en torno a los guardianes de la ley que van en busca de los criminales decididos a nunca dar con ellos, y como suele hacerse en estos casos con trabajos encuentran los motivos por los que no pudieron atraparlos.

2. Llamando a Polpotópolis

Resulta por lo menos tragicómico enterarse hasta ahora de que el solicitado carnicero Ratko Mladic llevaba ya un par de años escondido en la casa de ciertos familiares que por supuesto compartían su apellido. Es decir que en lugar de perseguirlo (no lo buscaron ni en el directorio telefónico), buena parte de la policía y los servicios secretos se entregaban con celo escrupuloso a la tarea de esquivar al prófugo, considerado al menos por la mitad de sus compatriotas como un héroe de guerra y al cabo capturado no en razón de las espeluznantes atrocidades que ordenó con la anuencia del hoy difunto Slobodan Milosevic, sino por el asunto aquél del ingreso de Serbia en el Euroclub. Pocos entre los residentes de Lazarevo, que es el nombre del pueblo donde se ocultaba, reconocen haberlo cobijado a sabiendas de que era quien era, pero ya un grupo de ellos se ha lanzado a pedir que en adelante el pueblo cambie su nombre por el de Mladicevo. Nada digno de asombro, finalmente, si hasta hace pocos lustros existía Stalingrado y de seguro hay quienes votarían a favor de la fundación de Himmlerburgo.

Guerras de fantasmas: La historia secreta de la CIA, Afganistán y Bin Laden, de la invasión soviética al 11 de septiembre de 2001, es el título entero del ya clásico libro del periodista Steve Coll, dos veces ganador del premio Pulitzer, donde se narra la cadena de errores, desencuentros, mentiras y traiciones que llevaron a la matanza de las Torres Gemelas, entre varias desgracias conexas. Recorrer esas páginas es explicarse lo que hasta hoy la administración Obama se ha hecho tantas bolas para esclarecer: cómo y por qué Osama Bin Laden jamás iba a ser capturado por el servicio secreto paquistaní, que se había pasando año tras año buscando al jefe máximo de Al Qaeda rogándole a Mahoma no encontrarlo. Vamos, que ni siquiera el Mulá Omar y sus talibanes fueron tan eficaces para protegerlo, mientras los mandamases de la CIA y el Departamento de Estado —una legión de ineptos, por lo leído— se peleaban por creer o descreer las patrañas de sus dudosos aliados.

3. A sus órdenes, jefe

Mientras en lo demás del ancho mundo se pintaba a Bin Laden y los suyos mudándose de cueva cada tercer día por rincones inhóspitos e ignotos, el jeque nihilista vivía poco menos que plácidamente en Abbottabad, a cincuenta kilómetros de Islamabad, en una residencia de bardas gigantescas que ni en sueños habría pasado por alto un servicio secreto como el paquistaní, administrado a la medida de un estado policial. No es de dudarse mucho que buena parte de los miembros y jerifaltes del siniestro ISI (Inteligencia de Inter-Servicios, es el nombre eufemístico de la solapadora institución) estaría de acuerdo en cambiar el nombre de Abbottabad por el de Osamabad. Quienes hasta hoy se rasgan las vestiduras por el método empleado para eliminar al multimillonario y multitudinario asesino, que de forma periódica anunciaba matanzas inminentes y animaba a sus huestes y admiradores a cultivar su piadoso ejemplo, tendrían que leer el libro de Steve Coll y sugerir alguna idea preferible. Da hasta risa enterarse de la indignación de quienes aún opinan que el ISI debió ser avisado del operativo. ¿Y qué tal si de paso le avisaban también al Mulá Omar? Digo, para estar todos coordinados.

Sorprendido por la extraña noticia de que Ratko Mladic debió de disfrutar durante veinte años de la complicidad de toda suerte de altos cargos oficiales, el presidente serbio Boris Tadic ha anunciado una honda investigación, que de ser exhaustiva tendría que llevar a la cárcel a una auténtica multitud de secuaces, comenzando por los tres mil y tantos discretos habitantes del hoy famoso pueblo de Lazarevo. Por no hablar de los miembros del servicio secreto y la policía, cuyo olfato tiene que ser tan fino como el de los sabuesos paquistaníes. Por eso cada vez que me entero que un encumbrado jerifalte ordena una investigación exhaustiva tipo caiga-quien-caiga, vienen a mi memoria las dichosas semanas en que busqué trabajo con la ayuda de Dios. ¡Ah, qué joda me puse, Virgen Santísima!

martes, mayo 24, 2011

La parvada imparable (Diario Milenio/Opinión 23/05/11)

El pasatiempo de hoy consiste en matar cerdos a pajarazo limpio y presumirse adicto, por no quedarse atrás.


1. Cuestión de compulsión

Foto: Alfredo San Juan

El juego está de moda, tal como las palabras que con frecuencia se usan para hablar de su extraño sortilegio: adicción, fanatismo, intensidad. Uno sabe que es hombre de su tiempo cuando se dice adicto, más que adepto, pues el segundo término suena a muy poca cosa cuando se le compara con el primero. Sobran quienes se dicen adictos a la música, el cine, los libros, y en general hasta el más nimio y ñoño de los pasatiempos, con un orgullo igual de exagerado pues se trata de hacerse ver así: víctima venturosa de una pasión extrema; fuerte sólo a partir de las debilidades que la hacen posible. Y es el caso, de pronto, con el juego de marras, mas esta noche no hay orgullo que valga. Quiero decir que avanza la madrugada, los pendientes se agrupan desde hace varios días y tengo puesta en pausa media vida por causa de un problema hasta hoy insoluble que apenas me permite conciliar el sueño: su nombre es Angry Birds y todavía no sé cómo soltarlo.

Quien haya sido adicto a alguna cosa debe saber que en ello ya no hay casi placer y aún menos novedad, por más que su recuerdo persista en la engañifa de pasar lista en nombre del ausente. Lo que hay, en todo caso, es esa intensidad que permite a la víctima creer que de todas maneras está viviendo a tope, y la prueba es que no se atreve a darse tiempo ni para hacer escala en al baño, como si dos minutos de liberación pudieran resultar un hecho catastrófico. Y aquí entra el otro término: fanatismo. Llamarse uno fanático de alguna actividad equivale a decir que es lo bastante buena para hacer prescindible todo razonamiento y entregarse a seguirla o venerarla con la ceguera propia de un ignorante pleno de certezas. Si en el mundo hay fanáticos dispuestos a inmolarse por causas francamente inmateriales, no debería de parecer extraño que otros dejemos trozos de existencia dirigiendo a unos pájaros kamikazes al ignoto interior de una pantalla plana como la vida que nos queda.

2. El tamaño del tantito

No diré que a Angry Birds le falta gracia, si la tiene de sobra desde el primer instante. Más que hacerlos volar con unas alas que jamás vemos —tampoco tienen patas, solamente cabeza— se trata de lanzar a los pajarracos valiéndose de una resortera virtual, de modo que se estrellen contra sus enemigos: unos cerdos ladrones de huevos que son quienes los han puesto furiosos y prestos al martirio vengador. ¿Cómo explicarse que de una trama tan simple puedan venderse más de doscientos millones de copias? Puede que sea por eso. No es preciso saber nada especial ni tener cualquier clase de destreza para jugar a los Pájaros Furibundos y eventualmente descubrirse enviciado. “Tres más y ya”, me he prometido infinidad de veces luego de ver la hora y alarmarme por tanto despropósito, pero pasa que el éxito puede tanto como la frustración, de forma que tanto ésta como aquél invitan a seguir otro poquito más, y otro, y otro. Qué tanto es un tantito, finalmente.

En promedio, un tantito puede medir entre 30 y 60 segundos. O segunditos, que es como se los ve desde la entraña misma de la obsesión. Con suerte y maña, bastan no más de cinco intentos de esa talla para acabar con cada nivel, aunque a veces se logra en el primero... o en el quincuagésimo. Motivo, éste último, para obstinarse con mayor tesón. ¿O es que la máquina va a poder más que uno? Suponiendo que exista un ser humano capaz de resolver los poco menos de 250 niveles en el primer intento, indefectiblemente, bastarían no más de tres horas para acabar con el pasatiempo, pero eso es demasiado suponer. En realidad, hay quien se pasa días en un solo nivel, hasta que se le ocurre cambiar de estrategia o una chiripa insólita le cae del cielo. La familia, el patrón y hasta el romance pueden esperar, toda vez que lo único importante es encargarse de esos pájaros malditos.

3. S.O.S.

En realidad, no sé si sea fácil. Tampoco tengo idea de si soy bueno o malo para jugarlo, ni qué tanto cerumen es preciso invertir en el empeño. Supongo que ahí reside la satisfacción: uno se siente hábil de cualquier manera, de lo contrario menos podría parar. Cuestiones de autoestima, qué se le va a hacer. ¿Quién quiere irse a la cama con la frustración? Y una vez que ésta ha sido superada, ¿quién resiste la nueva tentación? Debe de haber decenas de millones de pelmazos que ya se sienten listos, audaces y brillantes sin precisar de más confirmación. Quise decir: debemos. Aunque de ahí a afirmar que es uno adicto de seguro hay distancia. Nada hay tan fácil entre los obsesivos como echarle la culpa a una adicción presunta, cual si ésta ya existiese por su cuenta y uno fuese su víctima indefensa. Todo lo cual no deja de tener su chic, si no hay más que decirlo para estar a la moda y formarse en la fila de felices adictos, intensos y fanáticos.

La soledad ayuda, cómo no, si además de ganar concentración el sujeto se mira incomprendido por quienes no comparten su monomanía. Ahora que si nos da por hacer números, una cifra mayor al tres por ciento de la humanidad —¿el cuatro, el diez, el quince?— ha caído ya presa de esta exacta obsesión. Ahora mismo tiene que haber en el planeta entero multitudes de empecinados impertérritos lanzando pájaros desesperadamente contra unos cerdos que no paran de reírse. No vayamos más lejos: solamente la cuenta de niveles y el cálculo del tiempo que toman los intentos le ha robado un par de horas a estas líneas. Tampoco es tanto tiempo, si he de sumar el hasta hoy invertido, más lo que falta de dos nuevas versiones que se antojan igual de compulsivas. No quiero ser adicto, ni intenso, ni fanático. Alguien por favor sáqueme de aquí.

martes, mayo 17, 2011

El que cura (Diario Milenio/Opinión 17/05/11)

No hace falta tener cuenta en Twitter para confirmar que las tecnologías digitales han transformado radicalmente el quehacer del escritor.


No debe ser casualidad que el verbo con el que designamos una de las actividades más importantes en el quehacer del arte y la escritura contemporánea sea curar. No debe ser casualidad, me repito, aunque la casualidad en este caso tenga algo de macabra. El que cura, pienso demostrarlo en este corto ensayo, es un enfermo terminal: padece de lenguaje. El que cura con cuidado y diligencia, que es como lo señala la raíz latina del verbo curare, es, en el caso de la escritura, un escritor que re-escribe frases.

La discusión etimológica sobre el verbo “curar” no tiene fin, pero todo parece indicar que a los expertos no les gusta mucho que un vocablo tan amplio y con significados que van desde el “cuidado de” a la “preocupación por” se haya restringido en tiempos recientes al muy positivista “sanar”. Poner énfasis sobre la solución a un estado presuntamente alterado como lo sería el “sanar” una enfermedad, deja de lado los aspectos más entrañables y más humanos, también los más largos y los más interactivos, de la praxis del curar. Asumo, pues, que es la primera acepción del término la que predomina cuando hablamos de los curadores, es decir, de los que curan, como aquellos expertos que “atienden a”, “ponen atención a”, y “seleccionan” con devoción, es decir, críticamente, los objetos de su cuidado.

No hace falta tener cuenta en Twitter para darle la razón a Marjorie Perloff (autora de Unoriginal Genuis. Poetry by Other Means in the New Century) cuando argumenta que las tecnologías digitales han transformado radicalmente el quehacer del escritor de nuestros días. Nunca más el Inspirado del siglo XIX que recibía, eso decían, el soplo divino por métodos más bien peculiares, sino el reciclador que lee su realidad con cuidado y, con cuidado, copia, recicla y se apropia del discurso público para participar de este modo en diálogos textuales e intertextuales más amplios tanto a nivel estético como político. No se trata, pues, del creador único y original, sino del re-creador que, a través de distintos métodos que pueden ir desde las restricciones oulipianas hasta las re-escrituras ecfrásticas, cura las frases que habrá de injertar, extirpar, citar, transcribir.

Como pocas veces en la historia de la escritura, todo parece indicar que las tecnologías contemporáneas por fin nos han hecho admitir en público lo que hemos sabido desde siempre: no hay acto de escritura que no sea re-escritura. Si hemos leído alguna vez, estamos, sin duda alguna, re-escribiendo. La memoria, que es una práctica no una metafísica, nos condena. Escribimos, ya lo decía famosamente Karl Krauss, no para que se nos entienda sino porque se nos entiende. Toda palabra que existe, existe porque ha existido antes, es decir, porque ha sido re-escrita. Así las cosas, habrá que admitir en público que lo que hemos hecho en nombre de la creación y la genialidad, no es otra cosa que lidiar de maneras más bien dinámicas y críticas con ese readymade poderoso y multivalente que es la palabra: objeto e imagen a la vez. Cosa de carne. Materia de mis manos cuando se extravían.

En Vanishing Point (Punto de Fuga), una novela que desgraciadamente no está traducida al español, David Markson incluye una larga colección de lo que parecen ser tarjetas de trabajo. Los apuntes que por lo regular van escritos en esas tarjetas blancas, rectangulares por toda seña, para dejar huella de una investigación larga. La investigación, en este caso, es acerca de los momentos más ridículos o controvertidos de algunos personajes fundamentales del arte occidental. La investigación es, vamos a decirlo claramente, sobre la muerte. En cada una de esas tarjetas, que el autor lista en una urdimbre que merece el nombre de novela, van apareciendo los rasgos más punzantes y, a veces, los más cómicos, de la decadencia del cuerpo, de los desajustes de la mente. Es una historia documental del arte occidental al revés. No hay grandeza aquí. Todo es un cuerpo que, lentamente y sin gloria, cae. El libro, las páginas de este libro que leemos azorados, es el lugar de la caída. Un pequeño cementerio sin flores. El sitio desde que el autor, que en el libro lleva el nombre de El Autor, no sólo descubre su mengua física, sino también, acaso sobre todo, el desgaste del lenguaje. Su roce inútil. Acaso por eso la última palabra, que en este caso es toda una frase, de hecho, un párrafo completo, sea el selah. Esa pausa.

Otro libro de oraciones sueltas es, sin duda, Amberes, el texto que Roberto Bolaño curó, según dice la introducción, para sí mismo. Se trata de un texto que, de manera por demás interesante, ha sido publicado tanto bajo el apelativo de novela como en forma de libro de poesía. Las frases aparecían, dice el narrador o los narradores, “literalmente, como anuncios de neón en medio de una sala de espera vacía”. Y el que cura, no tanto un médico que sana sino el curandero que pone atención y atiende, pareciera establecer las reglas de ese campo magnético al que hemos llamado libro más para darles alcance que para atraparlas, a ellas, a esas frases que han sido re-escritas en el mundo físico del entorno (¿y qué no es el entorno?) para escribirlas, es decir, registrarlas, en el mundo plano de la hoja de papel.

¿Y qué es Comala sino la curaduría de las frases re-escritas en el limbo que ha sido la historia de México? Leer párrafos re-escritos es una forma de des-leer. No es pregunta. Más que escribir fases, curarlas. Que es otro modo de padecerlas. Lo extraño es que “curar frases” no nos aleja, ni a las frases ni a mí, de esa enfermedad que es todo lenguaje. El tiempo. Quien re-escribe, actualiza. El motor del re-escritor no es la nostalgia por el pasado, sino la emergencia del presente. Esta cosa sin salida.

Silencio maternal por la Patria (Sexenio-Puebla 10/05/11)

Esta columna se une al silencio poético en pro de la paz, en pro de vivir en un país donde realmente se respete la libertad de expresión; en pro de ser un México donde ningún otro ismo que no sea el de humanismo permeé. No más feminismo, ni machismo y nada parecido. No más violencia en escuelas, en estadios, en trabajos. No más burocracia para impartir una auténtica justicia, ni para aspectos tan humanos como lo son la Educación y la Cultura, porque eso también violenta los procesos humanos.

Y en pleno 10 de mayo es propicio decir: ¡estoy hasta la madre de que a mi Madre Patria la estén madreando sin piedad alguna!

Doy turno a Juan Eduardo Cirlot, para compartirles un poema que le dedicó a su madre.

A mi madre

La luz que me envolvía, la mañana

que me acunaba, la dorada paz

y el cercado celeste de cuidados

venían de tu voz y tus manos.

Todavía ignoraba que, en el mundo,

vivía –sin hablar, sin preguntar-,

pero ya con respuestas habituales

a mis elementales gestos nuevos.

Tarde te lo agradezco, madre mía.

Cuando ya mis cadenas tienen óxidos

y empieza a vivir sombra en derredor

de mi figura demasiado escrita.

Huerto de soledad que un oro negro

aconseja con tétricos latidos.

Pero mis ojos verdes son aún

aquellos que miraban y mirabas

en un suave horizonte de silencio.

Una invitación, una.

El próximo viernes 13 de mayo del año en curso a las 19:00 horas, en la Sala Luis Cabrera de la Casa de Cultura (5 Ote. #5 Centro), el novelista colombiano Jaime Panqueva estará en Puebla para presentar su opera prima: La Rosa de la China, acreedora del Premio Juan Rulfo para Primera Novela Conaculta / INBA 2009, otorgado por las dependencias culturales de los gobiernos de Tlaxcala y Puebla. A decir de los integrantes del jurado -compuesto por los escritores Pedro Ángel Palou, Guillermo Vega Zaragoza y Eve Gil-, La rosa de la China es una novela arriesgada; también declararon que la novela es dueña de una gran investigación histórica, cuyo argumento mezcla diversas tradiciones narrativas y un excepcional manejo de los diálogos sobre el relato de la Colonia y algunos de sus personajes más ilustres.

Al autor lo acompañaran los escritores Enrique Sabugal y Jaime Mesa, así como el poeta Enrique de Jesús Pimentel.

En dicho evento, habrá venta de libros de parte de la editorial Planeta.

La invitación está hecha, esperamos verlos por ahí.

¿Quién dijo abajo Fidel? (Diario Milenio/Opinión 16/05/11)

A esta, que podría ser la crónica de un atropello, le asombra más la enjundia del agredido que el poder aplastante del agresor.


1.- Cambio y fuera

Alfredo San Juan.

En la primera escena, se aparece un agente de seguridad previniendo a los habitantes de la casa para que se estén quietos en los días que vienen. Con todo respeto, claro. Adentro, una mujer lo encara con la clase de entereza que con seguridad aterra a los vecinos, pues ni uno solo asoma la nariz a la calle. No pretende interrumpir los asuntos del gobierno, cuantimenos boicotear su congreso y su desfile (“los espacios del pueblo”, ha dicho el agente), pero tampoco acepta que el gobierno se meta a interrumpir sus actividades, como lo ha hecho durante los últimos cincuenta y dos años. Algo más tarde, deambulan justo afuera de la casa cuatro sabuesos más, decididos a intimidar a la familia, pero ellos no se dejan y responden a gritos que nada va a cambiar hasta que se caiga “la dictadura asquerosa ésta”. La mujer, mientras tanto, se queja por teléfono de los hostigamientos que padecen por opinar distinto y no callarse. Entre la reja y la fachada de la casa están aún regados los restos de pasadas agresiones: piedras, trozos de muebles, palos, astillas, pero los inquilinos han repuesto las cartulinas sobre la pared con arengas contra los hermanos Castro y en mayúsculas negras la palabra cambio.

La turba llega un rato más tarde, sintomáticamente organizados y recitando cantaletas unánimes a las órdenes de un megáfono puntual. Vivan Fidel y Raúl. Libertad para los cinco. Patria o muerte. Una vez que los más adelantados llegan hasta la reja de la casa, el del megáfono gira la orden: ¡Adelante, compatriotas!, de modo que no dudan en brincarse la reja y emprenderla contra la casa y sus ocupantes. A estas alturas, el de la cámara se ha refugiado adentro con la familia entera, mientras los agresores destrozan cuanto pueden y golpean las persianas de metal a palazos. De vez en vez, los agredidos abren una de ellas para poder insultarlos de frente, pero los otros se las cierran a golpes. Más allá de la reja, junto a una camioneta tripulada por más agentes de seguridad del Estado, la turba se da gusto con una cantaleta tropical: ¡Pin-pon-fuera, abajo la gusanera! Palazos y festejo simultáneos forman una coreografía escalofriante, vista desde el interior de la casa, pero los inquilinos son irreductibles y resisten a gritos hasta el final, cuando los invasores se retiran disciplinadamente.

2. Las antípodas del miedo

Hasta hace poco tiempo, los legendarios actos de repudio, organizados desde el poder mismo valiéndose de empleados, esbirros y con frecuencia niños uniformados que salen de la escuela formaditos con ese solo fin, se conocían meramente de oídas. Hoy los hay por decenas en YouTube. Cualquiera puede ver de cerca la bravura de Sara Marta Fonseca, protagonista junto a su familia de las escenas arriba descritas, y acaso entusiasmarse u horrorizarse, tal vez ahora más lo primero que lo segundo, si lo que allí se ve es a unos invasores arrinconados, toda vez que no pueden ir más lejos porque los invadidos están allí filmándolos y más pronto que tarde saltarán a la fama de los infames; sin quizás merecerlo, pues obedecen órdenes de quienes de un plumazo podrían decidir el destino de sus hijos o padres o amistades, allí donde nada de lo que se dice o hace pasa de noche para los vigilantes, que están en todas partes y quieren hacer méritos a como dé lugar.

Algo se resquebraja en una dictadura cuando sus adversarios la nombran en voz alta. Hoy por hoy, los vecinos se callan, pero sordos no son y ciegos tampoco. Tendrían que extrañarse, cuando menos. Según cuentan algunos de los agredidos, la solidaridad de los callados se expresa en gestos a menudo discretos, pero asimismo plenos de admiración. Se necesitan unas agallas grandes para plantarse así frente al poder omnímodo trasladado a la falsa furia de la menuda turba de infelices llevados y traídos a golpe de consigna con tal de no pagar consecuencias mayores. Se va agotando el miedo y de pronto los mismos blogueros disidentes, en cuyas diarias crónicas revolotea la sombra de una opresión sin pausa, conceden que en La Habana se escucha ya a los hijos de vecino hablar con poco o nulo empacho de ese tema de moda: la dictadura. De modo que si antes parecía bastante con encerrar a unas cuantas decenas de boquiflojos y marginar o estigmatizar al resto, ahora sería preciso callar a tanta gente que sus voces acabarían por multiplicarse. ¿Y no es eso, por cierto, lo que ya está pasando?

3. Viva Zapata 2.0

Los videos de uno y otro acto de repudio a la familia León Fonseca —son clientes, tal parece— muestran a unos agresores acobardados ante la valentía sobrenatural de los agredidos. Entre paleros y paramilitares no consiguen quebrarles la moral, y eso seguro que no estaba en el guión. Medio siglo de cantaletas victimistas se desinfla delante de esas imágenes donde una simple madre de familia se atreve a arrinconar a más de un centenar de esbirros exaltados y llamarlos así, además de asesinos. Con no más que palabras llenas de pundonor y lucidez, Sara Marta Fonseca Quevedo se hace con la razón y exhibe las fracturas de la fuerza.

¡Viva Zapata!, gritan los León Fonseca, y la frase de pronto cobra filo y vigencia por la sola herejía de su naturaleza. Será, a un mes de distancia, el grito de Guillermo Fariñas —otro héroe vigentísimo en este libertario santoral donde el nombre de Orlando suplanta al de Emiliano— no bien el régimen intente desmentir a través de su prensa la muerte por golpiza policiaca del disidente Juan Wilfredo Soto García. Una prensa donde estos nombres sólo aparecen para ser denostados y tergiversados, y donde por supuesto sus argumentos no tienen cabida. ¿Qué va a ser del futuro Granma, una vez que en las calles se le desmienta a grito pelado y sin el menor empacho? ¿Quién, que haya crecido soportando como un Te Deum infinito los peroratas del bufón de verde va a querer, para entonces, seguir callado? Como diría mi abuela, duren mis penas lo que esa dictadura.

miércoles, mayo 11, 2011

El perro, el pájaro, el delirio (Diario Milenio/Opinión 10/05/11)

Tenía tiempo de no leer a Deleuze. Recuerdo haberlo hecho por primera vez hace bastantes años cuando, convencida por los mismos Deleuze y Guattari, quienes argumentaban que el anti-Edipo era una lectura especialmente dirigida a lectores de entre 15 y 20 años, me aventuré en sus páginas como quien se prepara para un largo viaje. Un viaje sin regreso.


La casualidad o la coincidencia (que se trata de cosas distintas) lo trajeron de regreso a ese sin regreso que es todo viaje verdadero. Era un viaje en tren a una orilla de la costa y, de repente, entre las páginas de una revista, la aparición de su historia. Eso aconteció. La historia de ambos. La historia de ese maravilloso monstruo bicéfalo que, al decir de Terry Eagleton cuando comenta el libro de Francois Dosse, Gilles Deleuze & Félix Guattari: Intersecting Lives, es responsable por la invención de todo un lenguaje para la izquierda de finales del siglo XX. Máquinas deseantes. Cuerpos sin órganos. Lo nomádico y lo molecular. Los flujos. Era, pues, un viaje en tren, pero en ese extraño intercambio que va de la ventanilla a la página en realidad era otro el viaje.


No sé qué me llevó a elegir, de entre todos, el libro de las Conversaciones de Gilles Deleuze cuando finalmente llegué a casa, pero sí sé qué me detuvo ahí, entre estupefacta y alegre, con la extrañeza de un lejano reconocimiento como otra-otro, dentro de los vericuetos argumentativos de su “Carta a un crítico severo”. Poco importan en realidad las acusaciones de estancamiento y atraso que blande contra él el crítico que, después de escribir un libro sobre Delueze, planea su propio desmoronamiento. Poco importan, digo, porque el desmoronamiento, el flujo constante, la incertidumbre y la improbabilidad son todos términos caros al pensamiento deleuziano. Importan, en cambio, las súbitas síntesis que aparecen ahí sobre el trabajo en equipo, la lectura, la escritura, la crítica. Importa la máquina deseante que abre la boca. Importa la revitalización del deseo y del deseo, sobre todo, político.


Todo parte, dice Deleuze, del “placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples en su propio nombre” —un propio nombre que no hay que confundir con el yo maniqueo y solipsista del relato confesional sino con la más radical despersonalización que sólo se consigue cuando el individuo se “abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren”.


Luego, al menos en su propia narrativa, está el encuentro. Del nombre-propio y el decir de las cosas simples al nombre-otro y el pensar, provocando, la realidad impensable del otro. Dice: “Después tuvo lugar mi encuentro con Félix Guattari, y el modo en que nos entendimos, nos completamos, nos despersonalizamos el uno al otro y nos singularizamos el uno mediante el otro, en suma, el modo en que nos quisimos”.


Y lo repito: “En suma, el modo en que nos quisimos”.


Y tal vez ahí, en esa escueta descripción de la dinámica de su trabajo en conjunto, de sus orígenes y sus fines, de su entrecruzamiento, se encuentre resumido ya el punto de partida de su idea de la lectura amorosa: “Esta manera de leer en intensidad, en relación con el Afuera, flujo contra flujo, máquina con máquina, experimentación, acontecimientos para cada cual que nada tienen que ver con un libro, que lo hacen pedazos, que lo hacen funcionar con otras cosas, con cualquier cosa”. Porque, a fin de cuentas, también esto lo sostendrá Deleuze en su carta al crítico severo, “escribir es un flujo entre otros, sin ningún privilegio frente a esos otros, y que mantiene relaciones de corriente y contracorriente o de remolino con otros flujos de mierda, de esperma, de habla, de acción, de erotismo, de moneda, de política, etc”.


En contra de los pensamientos que aspiran a convertirse en jueces de lo pensado, elitistas por vocación y jerarquizadores por mero instinto de réplica, autor-izadores por gracia del poder que buscan ejercer, si es posible con violencia, Deleuze pasa a apoyar el pensamiento que se hace en términos de incertidumbre e improbabilidad. Se trata de un pensar no especializado ni especializador; un pensar que busca el punto de fuga que es, con frecuencia, el punto del placer; un pensar que es un pensar-con-otro, en su contra, y de vuelta. Es, también, un pensar que no avanza en dirección a la identidad (yo soy esto) sino en contrachoque a la identificación (yo deseo ser lo otro). Así es como, en contra de los que piensan en términos del soy-esto, están las preguntas: ¿Por qué no tendría yo derecho a hablar de medicina sin ser médico si hablo de ella como un perro? ¿Por qué no podría hablar de la droga sin ser drogadicto si hablo de ella como un pájaro? ¿Por qué no podría inventar un discurso sobre cualquier cosa, incluso aunque se trate de un discurso completamente irreal o artificial, sin que se me tengan que reclamar los títulos que para ello me autorizan?”.


Eso me pregunto yo hoy. El perro. El pájaro. El delirio.

martes, mayo 10, 2011

La culpa es del narrador (Diario Milenio/Opinión 09/05/11)

Las lecciones de la pólvora


El primer chiste era sobre una invitación. Un tipo llama a cierto amigo para anunciarle que está organizando una tremenda orgía para esa misma noche. “Trae a tu esposa, se la va a pasar bomba”, le anima incluso. “¿Y cómo cuántos seríamos?, se interesa el otro. “Contándolos a ustedes...”, calcula el anfitrión, “... pues tres”. Nada más escucharlo, supliqué al narrador que aguardara un momento antes del nuevo chiste para dejarme hacer un par de apuntes raudos. “ORGIA- LOS 3”, anoté en el teléfono y paré las orejas de regreso. Era una noche helada en Madrid, y lo sé porque había llegado hasta la Casa Lucio abordo de una scooter, siguiendo al taxi donde viajaba Élmer Mendoza, para sorpresa y sorna del anfitrión que más tarde nos contaría los chistes. Quiero decir, el anfitrión de siempre, pues al cabo de once años de amistad no consigo encontrar el modo de pagar una de nuestras cuentas sin desatar su ira caballeresca. “¡Ve a tomar por el culo!”, dijo la última vez, y por eso me consta que a ese Pérez-Reverte es más sencillo dispararle un plomazo que una cena.

“¿Cuántas páginas llevas?”, te acomete de pronto, con un párpado abierto y el otro entrecerrado, de modo que te enteres que no podrías mentirle sin que ya lo advirtiera. “Ochenta o cien...”, le respondí una vez, a medio Tenampa, esperando que el ralajo imperante ayudara a cambiar pronto de tema porque ése de las páginas como que me tensaba la mala conciencia. “¿Ochenta o cien?”, me arrinconó, con la severidad un tanto airada de quien se niega a ser tomado por ingenuo. “Ochenta”, me rendí, con los dedos pescados en la puerta, y por toda respuesta soltó una risotada, pues pocas cosas le divierten tanto como encontrar sus síntomas de escribidor en el modus operandi de sus amigos. No es de los que te compra fácil un argumento, tanto que hasta los miembros de su clan reniegan de ir al cine en su compañía. Sólo de discutirlas, me ha echado abajo un par de películas queridas, a fuerza de encontrarles fallas estructurales innegables. Cuatro lustros de guerra crean hábitos duros de abandonar; puede que sea por eso que Arturo el navegante tiene una pluma alerta como fusil.

Libre y escurridizo


“¿Hace cuánto que no lees a Dostoievski?”, me disparó una tarde. “Año y medio, dos años”, calculé no sin culpa, como si Arturo hubiérame preguntado cuántos años llevaba sin visitar a mi abuelita en el asilo a un lado de mi casa. “Nunca olvides, chaval”, sonrió reconfortado, “las novelas de los contemporáneos ayudan a situarnos, pero sólo los clásicos nos alimentan”. Nunca le he preguntado cuántas horas del día dedica a leer cuando desaparece por semanas abordo de un soberbio barco de vela donde se enorgullece de leer el camino en las estrellas e ignorar la opinión del GPS, pero sé que está al tanto de cuanto se publica. Entusiasta twittero, desconfía no obstante de la modernidad, por cuanto ésta le empuja hacia la dependencia. Ni siquiera los adelantos de regalías le entusiasman; no he conocido a otro que rechace de forma tan tajante la idea de quedar a deber cualquier cosa. Ya lo dice uno de sus títulos recientes: No me cogeréis vivo.

Poco me preocupó, nada más enterarme, la noticia de que la Audiencia Provincial de Madrid revivió un caso muerto de “plagio” contra Pérez Reverte y auxiliada por un tahúr profesional le condenó a pagar ochenta mil euros a un tal Antonio González-Vigil —un oscuro cineasta resuelto a revertir su suerte en la taquilla por la cómoda vía judicial—, a reserva de nuevas instancias pendientes. El caso es tan ridículo que invita a carcajearse, pues entre las supuestas evidencias se cuentan verdaderas gemas del cretinismo, como esa donde se habla de que tanto en un guión de Pérez-Reverte —Gitano, se titula— como en el del cineasta de marras —Corazones púrpura— aparecen dos policías corruptos y cocainómanos que persiguen al protagonista recién salido de la cárcel. ¿Será que a los señores de la Audiencia Pueblerina les parece una situación inusual que existan detectives viciosos y vendidos interesados en extorsionar? ¿Explica eso que les sonara sospechoso que en ambos guiones un expresidiario se relacione con una prostituta, o según su experiencia quienes dejan la cárcel corren siempre a los brazos de una baronesa? Pero he aquí que esta vez se ha contratado, para instruir el sumario contra el novelista, a un experto en juegos de azar que somete su juicio al cálculo probabilístico de las “similitudes” entre una historia y otra. Desde el punto de vista del narrador, el gran defecto de la imbecilidad es su falta de verosimilitud: no hay lector que se trague sus argumentos.

Clásicos involuntarios


“Lo bueno de los domingos es que no suena el teléfono y puedo trabajar tranquilo hasta entrada la tarde”,twitteó el autor apenas ayer. “Bien. Un par de horas libres y el trabajo de hoy, hecho. Llegué hasta la página 13 del tercer capítulo”, consignó algo más tarde, justo antes de ponerse a la orden del público cibernauta: “Hoy ya he plagiado bastante, supongo. Así que charlemos un rato con los amigos.” ¿Cómo mejor que en broma puede uno tomarse las osadías silvestres de la imbecilidad? Pero lo cierto es que este precedente apesta. Da grima imaginar a un funcionario torpe e ignorante buceando en las novelas de su tiempo para determinar si sus líneas son fruto del plagio, la costumbre o el cliché, poseído por esa comezón revanchista a la que Dostoievski bautizara como entusiasmo administrativo. ¿Sabrán esos burócratas de ranchería que sus personas mismas son un plagio de los clásicos, o habría que prestarles La metamorfosis?

Sería ingenuidad esperar que los funcionarios asignados al Misterioso Caso del Plagio en el Casino tuvieran una idea de dónde han ido a meter las narices, si de lejos se ven sus limitaciones. Y es por eso que en vez de seguir dando vueltas a lo más evidente, elijo rematar con un último chiste, toda vez que ninguno genera regalías y es un hecho que a gritos exige ser plagiado. “¿Tú sabes qué le dijo el jabalí al cerdo?”, me preguntó otra noche Arturo, de la nada, con el gesto de un pícaro abochornado, “¡Qué mal estás llevando la quimioterapia!”.

El regreso de la inquisición, disfrazada de buenas costumbres(Sexenio-Puebla 03/05/11)

La censura en México es algo que aún no se ha podido superar. La inquisición es algo que llego para quedarse, se ha ido transformando con el paso de los siglos y diversas instituciones ya gubernamentales, ya privadas han ido adoptándola según los intereses y conveniencias.

En menos de una semana, me tocó ser testigo de dos actos de censura graves y tristes. El primero se dio en una radiodifusora poblana. Aquí la escena: los conductores invitan a escritores poblanos para hablar de libros, en medio de una charla el cuentista Eduardo Sabugal pronuncia la palabra: puta. Los conductores se ponen rojos, fuera del aire hacen la petición de no volver a decir “malas palabras”, sin embargo dichos conductores cometen la estupidez de volver a sugerir el no usar “malas palabras” -al aire-, por respeto al público. Acto seguido se abre un debate sobre el uso de “malas palabras”, Sabugal citó diversos escritores que han ocupado ese tipo de palabras y como respuesta, ante candente debate, obtenemos la orden indirecta de que eviten que Sabugal vuelva a tomar la palabra. Se nos dijo al aire que eso no es censura –palabras más, palabras menos-, que sólo se trataba de respeto al público; que los escritores deben aprender a moderar su uso del lenguaje. ¡Vaya aberración, un escritor debe cuidar, moderar su lenguaje! ¿Acaso no el escritor se encarga de cuidarlo, transformarlo, violentarlo, transparentarlo, porque estas y otras más son virtudes que el propio lenguaje da y otorga?

¡Imagínese, querido lector, que esos conductores y empresarios de radio, llegarán a una editorial! Seguramente reeditarían El llano en llamas de Rulfo porque ocupa la palabra: puta; o le cambiarían el título al libro de García Márquez: Memorias de mis putas tristes; tal vez reeditarían cualquier libro literario que use palabras como: pendejo, vagina, pene, coger, verga, mierda; etc. Lo preocupante es que por respeto al público se pida no usar “malas palabras”, pero esa misma gente que brincó por la palabra puta, seguramente se han de reír cuando en el fútbol le dicen al portero del equipo contrario: puto, cuando despeja el balón. Habían argumentado que era un horario familiar ¿y el fútbol no es un evento familiar en México, al menos? Esas mismas personas ¿brincaran de susto cuando ven los videos de reggaetón que escuchan sus hijitos y lo que implica bailarlo? Sin duda, la censura es un acto de doble moral e ignorancia. Bien lo dijo Monsiváis –referenciado por Sabugal en ése programa- no hay malas palabras, ni palabrotas; hay palabras, lenguaje. También, digo, hay denotación y connotación, significado, sentido y significante. Si existen “malas palabras” es cuando se emplean fuera del contexto (ojo, no tiene que ver con horarios o tipos de programas), o sea, cuando su significado (denotación) se desvirtúa y damos paso al otro significado impuesto por nuestro pensamiento (connotación); las dobles intenciones, el albur; empero, esto no quiere decir que el albur sea malo, para usarlo hay que tener un pleno dominio del lenguaje y cada uno de los significados que pueda poseer una palabra. En fin.

El otro acto de censura –quizá, sólo macabras e infortunadas coincidencias- se dio el pasado sábado, cuando Andrés Manuel López Obrador se dirigía a sus fieles seguidores en el zócalo angelopolitano. Durante todo el acto se encontraban rondando un número considerado de boyscouts, que justamente cuando alguien hablaba a público ahí presente, se les ocurría hacer sus típicos gritos de manada. Curiosamente, en sábado y alrededor de la 1 de la tarde, a la Catedral se le ocurrió llamar a misa, usando casi todas sus campanas; todo esto justo cuando AMLO estaba empezando prácticamente su discurso. ¿Acaso, tanto boyscouts como iglesia poblana, habrán confabulado para opacar el discurso de AMLO? No creo, se supone ambas son instituciones apolíticas. Aunque quién sabe.

Dato curioso, todos los restaurantes ubicados en los tres portales estaban a reventar, al parecer no sólo los simpatizantes con el PT o Convergencia o afiliados a MORENA les interesa lo que diga AMLO; al parecer también a más de un poblano “acomodado” le importa lo que comente dicho personaje ya por morbo, ya por coincidencia ideológica. El pueblo lo escuchó y los curiosos se detuvieron a ver que decía, otros –mujeres en su mayoría- lo observaban con la admiración que se le puede tener a un rockstar y algunos más, atendían cada una de sus propuestas con devoción religiosa.

jueves, mayo 05, 2011

El libro de la taquimecanógrafa (Diario Milenio/Opinión 03/05/11)

Me llamó la atención el color rojo encendido de sus pastas duras y, luego, el tamaño oficio de cada una de sus páginas. Taquimecanografía 2°. Año. No me acordaba bien a bien de su contenido, pero supuse que ahí se encontraba el origen de algo, o el algo mismo y, por supuesto, lo abrí. Maestra: María Concepción Montes de Martínez. Alumna: Cristina Rivera Garza.


Se trataba de la colección de páginas que resultaron de los ejercicios realizados a lo largo de un año en una de las clases más importantes de mi vida: el taller en el que aprendí a escribir a máquina con todos los dedos y sin ver las teclas, y en el que aprendí esa forma de escritura fonética que es la taquigrafía Pitman. Yo no lo sabía entonces, claro está, pero ambas prácticas —que involucraban, entre otros tantos, ejercicios de copiado, re-escritura, abreviación, caligramía y traducción— marcaron en mucho mi relación activa y lúdica y material y crítica con el lenguaje. De ahí, me digo ahora, mi interés por el medio en el que escribo y por la relación entre tipografía y significado y por las tecnologías de la escritura y por los enigmas de la transcripción. El taller de taquimecanografía hizo de mí, sin duda, la escritora en la que me convertí.


Mi primer libro, ahora me doy cuenta, no fue una colección de cuentos ni mucho menos una novela. Mi primer libro se encuentra en realidad entre las pastas duras de ese tomo de re-escritura y transcripción y escritura fonética que fue mi Taquimecanografía 2° Año. El libro (porque se trata de un objeto con esa denodada aspiración) está dividido en cinco secciones, cada una de un color diferente. En la sección de Digitación, en un intenso amarillo canario, hay 100 ejercicios: de la repetición trepidante de la cifra 65432 en bloques de cinco líneas a la repetición, igualmente trepidante, de la frase: “....por todo lo expuesto comprenderá que damos por terminado el asunto”, también en los bloques proverbiales. Habrá que imaginarse el ruido que generan 25 o 30 máquinas de escribir siendo utilizadas al mismo tiempo dentro de una habitación rodeada de ventanas. Habrá que imaginarse la presión de cada uno de los dedos sobre cada una de las teclas. Habrá que cerrar los ojos e imaginarse todo otra vez.


La sección de Taquigrafía, en sereno azul celeste, está llena de estilizados garabatos que son ahora y, a decir verdad, un poco desde entonces, inentendibles para mí. Solía, de hecho, aprenderme de memoria el dictado y, así, cuando había que traducir al español original el significado de esos signos que parecen alas abiertas sobre los renglones, repetía algo que recordaba y no lo que leía. Pero lo que persiste ahí, en esas páginas azul celeste, son trazos de un sistema que diferenciaba a las consonantes por el grosor de las líneas y representaba las vocales con puntos, comas y guioncitos delgados y gruesos. Creo recordar que la colocación de las consonantes, en la línea, sobre o debajo de ella, indicaba la vocal que las acompañaba. Se podía, también, unir dos o más palabras sin levantar el lápiz y a eso, según investigo ahora mismo, se le solía llamar fraseología. ElManual Pitman’s Shorthand-Phonography - New Era Edition contiene un total de 189 reglas.


En la rosa sección de Dictado de mi primer libro es posible leer lecciones sobre la alegría del deber cumplido hasta la sugerencia, un tanto violenta, de “abatir tu miedo, tu encogimiento, tu irresolución”. No tengo, por más que intento recordarlo, ninguna memoria entrañable a este respecto.


La sección de Velocidad, de color verde, demuestra que en un minuto pude escribir 52 palabras, con 234 pulsaciones totales y tres errores, repitiendo la frase “La honradez y la lealtad ganan la estimación y la confianza”. De manera por demás sintomática, la repetición de la frase “Más iniciativa, más velocidad, traen consigo mayor sueldo” sólo rindió 28 palabras por minuto, con un total de 182 pulsaciones y la cantidad enorme de cinco errores. Todo esto, debo aclarar, en medio del más furibundo de los ruidos producido por la presión conjunta, aunque bien podría ser la batalla, de un número más bien enorme de dedos contra teclas en aquellas máquinas de escribir negras, pesadas y amplias como muebles.


Finalmente, en la sección de Copiado, conformada por 20 páginas en el más puro y neutro color blanco, encontré lo que no andaba buscando: poemas, muchos poemas copiados una y otra vez, diríase que hasta el hartazgo. Eran poemas de Ramón López Velarde. Poemas tomados de ese grueso volumen de pastas duras que el presidente en turno le regaló a mi padre cuando, al terminar su carrera como ingeniero agrónomo, se convirtió en uno de los 10 mejores estudiantes de todo México. Eran poemas que incluían versos como: “Tus otoños me arrullan/ en coro de quimeras obstinadas”, o como: “Fuensanta: las finezas del amado,/ las finezas más finas,/ han de ser para ti menguada cosa,/ porque el honor a ti resulta honrado”. ¿Y qué lectura es más cuidadosa que la implica la re-escritura literal de todo lo leído? Por esas páginas blancas de ese mi primer libro se asomaron así los ojos de mi futuro: la lectora y la re-escritora. Ahí apareció también, medrosa y rapaz, inmaculada y atávica y lauretana, la conexión, hasta ese momento ignota aunque no por ello menos diamantina, entre la hinchazón de las muñecas y el dolor de dedos —una condición a la que ya varios doctores han denominado como síndrome de Carpo que se agudiza, dicen ellos, con la repetición continua de ciertos movimientos muy pequeños— y al poeta zacatecano López Velarde. La poesía, todo parece confirmarlo ahora, tiene consecuencias. La poesía, efectivamente, marca el cuerpo. La poesía daña.


Si tomamos en cuenta que la primerísima sección de ese mi primer libro incluía dibujos hechos con el uso estratégico de una sola letra, la x, en colores tanto rojos como negros (los único que permitía la universal cinta bicolor), veríamos ahí los indicios, sin duda, de la caligramista y los primeros escarceos con la poesía visual.


De todo esto, sin embargo, hace mucho. Corría, como se dice, el año 1976, pero ya firmaba mis ejercicios de taquimecanografía con un escueto “crg”, y era ya, tal vez sin saberlo a ciencia cierta, seguramente sin sospecharlo de ninguna manera, una velardicta y una precarposiana y la mecanógrafa obsesiva que sigo siendo.

martes, mayo 03, 2011

Las piezas cambiantes de Jaime Mesa (Sexenio-Puebla 26/04/11)

En el ámbito literario mexicano –como me imagino sucede en otras partes del mundo-, la coordinación, edición y/o realización de antologías es un ejercicio común, sano y práctico. Las hay de poesía, teatro, novela, cuento y ensayo. Muchos autores reconocidos han incursionado en este ejercicio: Octavio Paz, Alí Chumacero, Domínguez Michael, etc. Algunas antologías se han realizado con un sentido más crítico de la literatura, otras a modo de guía o mapeo generacional y unas cuantas más sólo por el hecho de pasar revista. Ninguna antología dejará satisfecho a nadie. Cada lector tendrá su propio juicio y criterio que lo hará discernir del antologador en cuestión. La literatura poblana no ha escapado a este ejercicio. Iván Ruíz, Roberto Martínez Garcilazo y Jorge Arturo Abascal han realizado diversas antologías de autores poblanos. Sin embargo, la antología más destacada -hecha en Puebla-, por la profunda investigación histórica y trabajo crítico pertenece a Pedro Ángel Palou García: Puebla una literatura del dolor. Antología histórica de la literatura en Puebla (Secretaría de Cultura de Puebla, 1995).

En meses recientes y después de un periplo, propio de los menesteres editoriales, fue publicada la antología: Piezas cambiantes. Escritores en Puebla frente al siglo XXI, la cual estuvo coordinada por el novelista Jaime Mesa. Me atrevo a asegurar que -después de la de Pedro Ángel Palou-, ésta será la antología más importante que se haya hecho en Puebla. Y es que dicha cuenta con una amplia explicación de cómo se eligió y se fue conformando el corpus de la misma, así como deja en claro su ideología.

La antología propuesta por Jaime Mesa no es un simple mapeo literario, es un convivio generacional serio, donde se le da preferencia al posible lector, pues no sólo se busca presentar un texto de los escritores aquí antologados, también ofrece la visión que éstos tienen, ya de la literatura poblana en general, ya de su obra dentro de la literatura poblana; así como el conocimiento visual del autor al presentar una fotografía de ellos, donde también el autor habla.

A diferencia de otras antologías, la de Jaime Mesa es arriesgada: aquí aparecen algunos autores reconocidos a nivel internacional como: Pedro Ángel Palou y Fritz Glockner; otros que tienen poco de haber empezado, pero ya están publicados -a nivel nacional-, en editoriales importantes como: Isaí Moreno y Eduardo Montagner; algunos que han obtenido premios o becas nacionales y locales importantes como: Gabriel Wolfson, Judith Castañeda Suarí, Eduardo Sabugal, Arturo Ordorica y Alejandro Badillo; estos autores pertenecen a las décadas de 1960 y 1970. Si esta mezcla no es arriesgada y propositiva. Mesa incremento su apuesta al incluir a los nacidos en la generación de 1980: Yussel Dardón, Jorge Mendoza, Juan Carlos Reyes, Armando M. Zanker, Sergio Rosas y Alejandra Vergara; algunos han obtenido becas locales, otros nacionales, ésta es una generación que en su mayoría nació en los talleres literarios impartidos en Puebla por escritores como Guillermo Samperio, Ignacio Padilla, José Vicente Anaya; promesas literarias que publican constantemente en revistas y suplementos literarios locales, y gozan de un amplio sentido crítico.

Piezas cambiantes de Jaime Mesa es una antología plural, diversa y arriesgada. Aquí aparecen las voces que aún siguen vigentes en Puebla y las que están ganándose un lugar en la preferencia del lector poblano. Y ¿por qué no decirlo?, esta antología reúne a las voces narrativas con mayores posibilidades de trascender a nivel nacional e internacional