miércoles, marzo 16, 2011

Los pesadillistas (Diario Milenio/Opinión 15/03/11)

Eran un grupo de amigos, compuesto por hombres y mujeres por igual, que tomaron muy en serio el dicho: que todas las pesadillas se hagan realidad


Solía hacerlo de esa manera: abría la puerta intempestivamente, sin haberse molestado en tocar. Luego se sentaba en la silla y colocaba los codos sobre la superficie de formaica de la mesa. Las manos abiertas sobre su cara. Encubrir. Daba la impresión de ser alguien que padecía de angustia o de vergüenza. Una que otra gota de sudor. La inmovilidad de una estatua. Un señor.

Las sillas son un espía del Estado, asegura el artista indio americano Jimmie Durham.

Se hacía llamar Kostrowitsky pero nunca nadie supo si ese era su verdadero nombre. Cuando se le hacía esa pregunta, respondía sin vacilar: ¿Hay acaso un nombre verdadero?

La formaica es un laminado plástico que se utiliza sobre todo en mesas, aunque también en sillas y en pisos. Tengo la impresión de que casi todos los comedores norteamericanos de mediados de siglo XX tenían una cubierta de formaica y un borde de aluminio.

Kostrowitsky hacía lo siguiente: dejaba caer una mano sobre la mesa y, como si no lo notara, alcanzaba la hoja de papel cuadriculado. Ya con interés, la desdoblaba y la leía con calma. A veces bufaba después de saber cuál sería su pesadilla. Otras, reía con una sorna difícil de soportar. No eran pocas las ocasiones en que se quedaba estupefacto. Monumento sentimental.

Olvidar, por ejemplo, requiere disciplina. Orinar también.

En esa ocasión dijo en voz alta: “Quiere que vaya a un médico y haga todo lo posible para que me diagnostique como alcohólico y luego me someta a un tratamiento de desintoxicación en una institución del Estado”. Yo pensé que eso era, en efecto, una pesadilla.

Los pesadillistas eran un grupo de amigos que tomaron muy en serio el dicho: que todas las pesadillas se hagan realidad. El grupo estaba compuesto por hombres y mujeres por igual.

—Encontré una cana en mi vello púbico —murmuró alguna vez al levantar el rostro. Yo me reí, por supuesto. Nunca imaginé que Kostrowitsky fuera el tipo de hombre que se dedicara tanta atención a sí mismo. O al paso del tiempo.

Ya lo he constatado antes: Kostrowitsky solía abrir la puerta del departamento a media mañana, sin haberse molestado en tocar. Un ventarrón. Igual, sin avisar o pedir permiso, jalaba una silla del comedor y se sentaba sin decir palabra. El rechinido de la madera sobre el mosaico. Su respiración agitada. Colocaba los codos sobre la superficie de formaica de la mesa y escondía el rostro tras las palmas abiertas de sus manos. Parecía sufrir. Parecía dispuesto a quedarse inmóvil en esa posición tan exagerada. Monumento sentimental. Parecía capaz de la peor saña. Pronto hacía también lo que solía hacer: llevarse la mano derecha hacia el regazo, abrir las piernas y toquetearse los testículos. Siempre me pregunté a que olían los dedos que colocaba después frente la nariz.

Los pesadillistas diseñaban pesadillas, por supuesto. También vigilaban que se llevaran a cabo. Intransigentes, así eran. Metódicos. Atentos. Llevaban un registro en lindas hojas cuadriculadas que doblaban en dos o más partes.

Al médico de su elección le dijo que tomaba una botella de whisky al día, más o menos. O una de tequila. O una de ron. Luego le mostró las manos flacas y temblorosas. Tampoco viajaba sin alcohol, le aseguró.

Los días que pasó en el centro de rehabilitación pública lo obligaron a llevar una bata color azul cielo que se cerraba por detrás. Cerrar, de hecho, es un decir, puesto que dejaba al descubierto gran parte de sus nalgas e, incluso, de su espalda. Kostrowitsky pasó frío y hambre. También aprovechó el tiempo para investigar el crecimiento de las canas en su vello púbico. Todo eso lo contaba después, sonriendo.

Sobrevivir a las peores pesadillas se vuelve una tarea fácil con el tiempo. O una costumbre. O un récord.

—¿Y qué me trajiste hoy? —dije, tratando de llegar lo antes posible a la entrega de la siguiente pesadilla.

—Aquí está —se sacó un pedazo de papel cuadriculado doblado en dos partes exactas y lo arrojó sobre la mesa—. No sé si pueda más.

No recuerdo ya cómo llegué a jugar ese papel entre ellos: mi tarea era constatar que habían leído y entendido en qué consistía su pesadilla. Luego les ofrecía un vaso de agua o algo de café. A algunos, pero nunca a Kostrowitsky, les propinaba un par de palmadas sobre la espalda, conminándolos a continuar con el juego.

Lo miré de reojo: parecía, en efecto, exhausto. Pero solía repetir lo mismo cada que, como los demás, llegaba puntual a cumplir con lo acordado. Desdoblé el papel y lo leí a prisa. Luego, me tomé todo el tiempo en encender un cigarro.

—¿Qué? —preguntó. La molestia en la voz. El recelo.

—Nada —dije—. ¿A quién le toca esto hoy? —pregunté como si no lo supiera o como si me afanara en cumplir con pulcritud mi función como distribuidora de malos sueños.

—Dáselo a una mujer —masculló antes de incorporarse, golpear la mesa con la mano izquierda y salir corriendo—. A ver si puede con eso.

Las carcajadas que viajan a toda velocidad por los pasillos estrechos de un edificio a punto de caerse producen un eco muy hondo, muy filoso, muy vulgar.

Y el caligrama decía: Te enamorarás.

martes, marzo 15, 2011

El cliente se descarga (Diario Milenio/Opinión 14/03/11)

Si a partir de ahora el Congreso de la Unión tuviese que alumbrarse con velas, ¿captarían la indirecta los congresistas?


1. Al fin de la función

Contacto múltiple, me acostumbré a llamarle, hasta que un vendedor me enseñó que el término correcto era supresor de picos. Si la corriente venía muy alta, el supresor de picos reventaba el fusible, uno lo reemplazaba y asunto arreglado. Supe después de un producto más sofisticado, cuya presunta calidad superior mejoraba además la señal de video en la pantalla. Cuando al fin invertí en el tal power center —aliviado en el fondo porque venía con un apagador, y ello me remitía a ese regulador horrendo y gris que día a día daba tranquilidad a mi abuela, televidente ávida y escrupulosa— descubrí que, en efecto, la imagen mejoraba en forma dramática, pero he aquí que en tres meses el aparato se me fundió. Le escribí al fabricante y en cosa de minutos ya tenía la respuesta: para beneficiarme de la garantía, debía enviarles una fotografía del power center, con el cable cortado a modo de hacer obvia su inutilidad. Mes y medio más tarde, tenía mi aparato de repuesto, y de nuevo una imagen espectacular.

Cinco meses después, mi power center volvió a reventar. Esta vez, sin embargo, fue un trámite más fácil, ya que la compañía se había hecho de unas oficinas en México y sólo había que llevar el aparato. No bien lo reemplazaron, decidí reservarlo para una hipotética nueva televisión, una vez que el empleado me explicó que en caso de una sobrecarga de corriente, el power center no quema el fusible, sino que se revienta. O como él me explicó, se sacrifica, con tal de proteger a los demás aparatos. Lo cual me pareció muy conmovedor, pero asimismo nada satisfactorio. ¿Tendría que pasarme los cinco años de vida de la garantía reponiendo artefactos autoinmolados? Son aparatos finos, según me explicó, demasiado quizá para el voltaje que recibimos en México. La empresa, finalmente, se compromete a seguir reemplazándolos. Más que comprarlo, se diría que uno renta el aparato mártir por cinco años y algunos meses más, con incontables interrupciones.

2. Que me lleva la corriente

Hace ya unas semanas que llegó la nueva televisión, tras lo cual corrí a hacerme de un power center menos sacrificado y más eficaz, para evitar futuros sinsabores. Lo decía en la caja: En caso de descargas excesivas, el aparato no se sacrifica, sino que desconecta la corriente. Resultado: en la pantalla leo 134 .5 voltios, y un instante más tarde todo se desconecta. Media hora después, vuelve a prenderse, sólo para apagarse minutos después. Me rindo, pues: llamo al electricista. Tras instalar muy bien la tierra física y hacer pruebas diversas, el hombre acaba por sacar un regulador y con él me demuestra que la corriente así baja unos cuantos voltios. Me aconseja comprar regulador, pero antes de eso llamar a la compañía. La sola perspectiva de esperar a los técnicos por días o semanas termina de amargarme la mañana.

“Una empresa de clase mundial”, reza el recibo de la CFE. A ver si es cierto, digo y les llamo inmediatamente. Contra todo pronóstico, a las tres horas ya están tocando el timbre. Me preguntan a qué hora sube más la corriente, les digo que a cualquiera. Van y vienen, revisan y concluyen que todo está normal. El voltaje correcto, aseguran, es 127, con una variación posible de diez voltios hacia arriba o abajo. Una vez que compré el regulador, lo instalo y leo: 131. Decido celebrarlo viendo una película, y poco antes del fin vuelve la pesadilla. Se acabó la función, el power center se desconectó. Es decir que lo que entra no son ya 127 ni 137, sino al menos dos más. Al día siguiente, llamo a un especialista y me aconseja un transformador, ¿Además del regulador y el supresor de picos?, me quejo en un gemido. Por supuesto, me explica, tú no sabes la cantidad de aparatos que se funden con este voltaje. Aparatos carísimos, no una televisión. Por eso necesitas el transformador.

3. Vámonos transformando

Aseguran quienes entienden de negocios que a los problemas hay que transformarlos en oportunidades. Y eso es lo que quisiera, pero no lo consigo porque las oportunidades han sido canceladas de antemano. Tras haber sido objeto de un servicio amable y expedito por parte de una empresa decidida a legitimar su eslogan, permanezco inconforme con el producto, pero de todas formas no me es dado cambiar de proveedor porque incluso con todas sus virtudes la compañía es un monopolio. Ya pueden hacer toda suerte de esfuerzos titánicos por volverse competitivos, que de todas maneras desconocen el término competencia, si de entrada no pueden compararse más que consigo mismos y viven a resguardo de la calamidad —o siquiera el temor— de perder un cliente, dado que aquí esa especie solamente se da en estricto cautiverio. Si todas las empresas de clase mundial gozaran de tamañas prerrogativas, es de dudarse que fuesen ya tales, pues muy probablemente sobreviviríamos bajo la bota de una dictadura planetaria.

No digo que no pueda vivir con un transformador, e incluso varios, pero si el plan consiste en transformar las cosas para mejorarlas, valdría más empezar por la Constitución, cuyos candados en este sentido aseguran para el país entero la calificación de incompetente. Imaginar las pérdidas que ocasiona un servicio eléctrico irregular es todavía un ejercicio menos angustiante al de intentar contar las oportunidades que a diario se desechan por causa de unas leyes atávicas e imbéciles, concebidas en tiempos de dictadura para provecho y lustre de una camarilla de simuladores. Pienso en los dos empleados amables y eficaces a los que me costó trabajo convencer de dejarse invitar un refresco. Qué diferencia de esos electricistas prehistóricos que en aquellos ayeres sólo se aparecían para chantajearme con la amenaza de cortarme la luz, ya que se había hecho tarde para pagar y debía soplarme una mañana entera esperando mi turno en una oficinucha donde se abominaba de las computadoras. Y no obstante, qué lástima. Debe de resultar frustrante ser un profesional calificado y no saber lo que es el estímulo de la competencia. La mejor compañía, ya se sabe, deja de serlo cuando se nos impone. A fuerza, al fin, ni la tele se enciende.

sábado, marzo 12, 2011

Sé latín (Diario Milenio 08/03/11)

Rosario Castellanos tuvo el buen tino de sobreponer una pluralidad de voces jocosas, ilegítimas, femeninas, pretenciosas, hilarantes, a una historia mexicana rígida, varonil, solemne y oficialista


I. LA RISA CASTELLANA

Debo confesar, por principio de cuentas, que a mí me gusta la risa castellana. Esa filosa ironía carente de autocomplacencia que caracteriza, por ejemplo, el poema que ella intituló “Auto-retrato”, o la desparpajada hilaridad que provocan las presencias paródicas de mujeres míticas, mexicanas y no, incluidas en la farsa que escribió cuando ya era embajadora de México en Israel: El eterno femenino. Como a las escritoras en general, a Rosario Castellanos se le ha acusado con cierta sospechosa frecuencia de ser demasiado sensata en sus ensayos, demasiado azotada en cuestión de amores, y demasiado severa en sus juicios. Se le ha acusado, en otras palabras, de escribir buenos ensayos, de componer poemas de contenido amoroso, y de tener ideas sobre el mundo que la rodeaba. Se le ha acusado, todavía en otras palabras, de saber latín (metafóricamente y no). Se le ha acusado, y cualquier lector más o menos despistado de la obra de Castellanos lo sabe bien, falsamente. No hay más que asomarse a algunos de los textos de Álbum de familia, varios de sus poemas más últimos, y la farsa que no llegó a publicar en vida para saber que, a la manera de Bajtín, Castellanos se sirvió del humor para revertir de manera crítica y lúdica ciertos mitos genéricos y también raciales de la sociedad mexicana de medio siglo. Sabía dolerse, como lo han hecho otros y otras debido, digámoslo con tranquilidad, a las imperfecciones del mundo en que vivía y, si no me equivoco, en que todavía vivimos, pero también, o tal vez precisamente por eso, sabía reírse. Docta, sabihonda, autocrítica, creyéndose-más-poco-de-lo-que-era, Castellanos tuvo el buen tino de llevar a cabo un ambicioso proyecto en la fase última de su vida: el de sobreponer una pluralidad de voces jocosas, ilegítimas, femeninas, pretenciosas, sarcásticas, hilarantes, a una historia mexicana rígida, varonil, solemne, severa y oficialista.

II. SABER LATÍN Y REÍRSE MUCHO

Es tan sabida la segunda parte del dicho, tan transparente, tan obvia, tan implacable, que nadie en su sano juicio tendrá por qué decir en voz alta que mujer que sabe latín, ni se casa ni tiene buen fin. Heme aquí pues, diciéndolo en voz alta, desacatando el silencio y mostrando, una vez más, un juicio un tanto cuanto poco sano. Como muchas, oí la primera parte de la frase cuando era niña pero, como pocas, vivía en un medio en que la segunda parte no era ni obvia ni transparente ni mucho menos implacable. Tuve, quiero decir, que preguntar. No recuerdo a ciencia cierta quién me dio la respuesta, pero sí recuerdo que fue demasiado tarde. Leía ya con una adicción que no me ha dejado hasta este momento y pensar, que era imaginar y evocar y avizorar y criticar y citar, me resultaba ya sumamente placentero. Cuando esa voz que, sospechosamente, no recuerdo, me hizo saber que el peligro consistía en no casarme y en no tener buen fin, estallé en algo que ahora denominaría sin titubeo alguno como una Risa Castellana. No me importó entonces como no me importa, después de dos matrimonios, ahora. Aunque lo del buen fin todavía está en debate (supongo que el último veredicto no debe llegar sino hasta que deje de respirar) debo confesar que, a pesar de saber latín (metafóricamente, claro está), me la paso bastante bien.

Digo esto porque el dicho, según entiendo, pervive. Porque otras, las que empiezan a encerrarse en sus cuartos para pasar largas horas perversas leyendo libros o las que ya se sacan 10 en las escuelas, todavía escuchan, según me dicen, tanto la primera como la segunda parte del dicho. Lo digo porque, francamente, dicho sea con toda honestidad, el famoso dicho no es cierto. Lo digo en voz alta, mostrando mi acostumbrada falta de juicio, porque, como lo dijo precisamente Rosario Castellanos en aquel umbral que nunca cruzó, debe haber otra forma humana y libre de ser —una forma humana y libre de ser en que el saber y el placer no constituyan opciones excluyentes.

III. EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE CULTO Y LA MUJER LIBRESCA

La situación, aunque común, no deja de ser inquietante.

Un hombre y una mujer leen. Leen mucho. Hablan sobre lo que leen todo el tiempo, de manera obsesiva, apasionada, beligerante. Discuten lo leído y lo por leer. Arman líos sobre un párrafo, una oración, una letra. El hombre y la mujer escriben.

Ergo: El hombre es un individuo culto. La mujer es una tipa libresca. El hombre es ambicioso, emprendedor, visionario. La tipa, además de libresca, es pretenciosa. El hombre es crítico, arrojado, atrevido. La tipa, además de libresca y pretenciosa, es histérica. El hombre es interextual, metatextual, transtextual. La pobre tipa libresca y pretenciosa, además de histérica sólo vive rodeada de libros. El hombre es mordaz, sarcástico, crítico. La tipa pobrecita aquella pretenciosa e histérica y podrida en libros tiene, de repente, una que otra puntada, pero todo eso la hace light. El hombre es un poeta. La tipa, ya lo decía la segunda parte del dicho, es una poetiza.

IV. EL ETERNO FEMENINO BIS

Los que leyeron El eterno femenino saben que por ahí desfila Eva, quien se decide a comer la famosa manzana porque la alternativa era una vida absolutamente aburrida con un Adán más bien asustadizo; La Malinche, más astuta y manipuladora de lo que Cortés y todos sus hijos bastardos, al decir de Paz por supuesto, habrían querido o imaginado; y hasta una Rosario de la Peña que desdice o cuestiona punto por punto el “Nocturno” que le dedicó Manuel Acuña. Este acto de ventrilocuismo histórico, tan en boga en nuestros posmodernos y paródicos tiempos, le permitió a la Risa Castellana subvertir estereotipos y cuestionar mitos del pasado. Supongo que los habitantes del futuro harán algo similar con lo que sucede hoy. Alguien tendrá que describir, jocosamente, la manera en que Gloria Trevi se convirtió en una mártir de Mex-América, por ejemplo; y alguien más pasticherá a Ana Guevara y toda la ambigüedad genérica del caso o nos hará pensar en algo más con la versión mexicana, y aumentada, del tatcherismo colonial encarnada ni más ni menos que en lo que era entonces la primera dama. La lista crecerá, sin duda alguna. Pero ya entrados en gastos, válgame dios, ¿para qué esperarse hasta el futuro y no empezar el mismísimo día de hoy?

V. LO QUE ME HABRÍA GUSTADO

En autorretrato, Castellanos se define como una señora que, entre otras cosas, ve hacia un parque pero no cruza la calle para caminar en él o para respirar otros aires. Pienso en eso. Pienso en lo mucho que me habría gustado que lo hiciera.

lunes, marzo 07, 2011

El ratero involuntario (Diario Milenio/Opinión 07/03/11)

Saqueos, linchamientos y pogromos tienen la misma excusa que los consumidores de libros pirateados. Medio mundo lo hace, nos aseguran


1. ¿Quién decías que eras?

Tenía dieciséis años cuando dejé de ver a mi amigo Igor. Habíamos compartido aulas durante unos pocos años y apenas si recuerdo nuestras conversaciones, pues lo que más hacíamos era reírnos. Qué importa ya de qué, si de todas maneras lo tengo más presente chillando de la risa, cuando no revolcándose en el piso por un dichoso dolor de caballo. No fue extraño, por tanto, que en un reciente encuentro nos saludáramos aparatosamente, ni tampoco que luego no habláramos de casi nada, porque tal vez no había de qué hablar, tras veintitantos años de desconocernos. Supe, no obstante, que Igor vive de las finanzas, y a mi vez lo enteré de mi modus vivendi. Desde entonces me envía correos electrónicos que en ocasiones me hacen volver a preguntarme de qué diablos hablábamos en aquellos años. Una amistad extraña tuvo que ser la nuestra, he concluido la última vez, luego de recibir un e-mail infumable con el que hasta la fecha no sé qué hacer.

“UN REGALO QUE LO DISFRUTEN”, anunciaba el mensaje, en letras rojas, tan lejos de sintaxis y puntuación como de la civilizada gentileza de las letras minúsculas. Como si el remitente original —ya no mi amigo Igor, sino el departamento de servicios de una empresa de orientación vocacional colombiana, según descubrí luego, intrigado por el origen del regalo de 6.2 megabytes que acompañaba al e-mail— se empeñara en gritar la buena nueva. Nada menos que treinta archivos en formato pdf, cuyo contenido se anunciaba desde el asunto mismo del mensaje: FW: 30 LIBROS DIGITALES DE GARCIA MARQUEZ.

2. Compartiendo el botín

Uno por uno, los fui abriendo presa de un estupor indeciso entre desazón, pavor y rabia, entre otros sentimientos asociados a grandes siniestros, como el incendio de una biblioteca o la inundación de la propia casa. Mientras me sacudía la sombra del fatalismo, descubrí que Cien años de soledad mide 1’253,177 bytes, El otoño del patriarca 551,234 y Crónica de una muerte anunciada 266,313. Nada que no se pueda reenviar al otro lado del mundo, o a incontables de lugares del mundo, en el tiempo que toma estornudar. Y no obstante un trabajo laborioso, habría que ver cuánto tiempo debieron aplicarse los maleantes que digitalizaron todos esos libros, a adivinar por qué y para qué. Las siguientes dos horas las invertí dando vueltas al modo ideal de responder al mensaje de Igor.

“¿Qué me dirías si yo te propusiera un sistema infalible e indetectable para vender información confidencial al mejor postor?” “¿Ayudarías a un vecino a saquear la casa de otro?” “¿Cómo reaccionarías si cayera en tu buzón la fotografía de una mujer a la que admiras, desnuda y amarrada, con una invitación a unirte a la pandilla de estupradores?” “¿Desde cuando, por cierto, tú y yo robamos juntos?” Al final me rendí. Me incomodaba verme predicando, y ni siquiera sabía cómo hablarle al virtual desconocido que no halló impedimento en compartir conmigo lo que no era regalo, sino mero botín. ¿No le dije muy claro, el día del encuentro, a qué concretamente me dedico? ¿No tenía que haberle parecido inconveniente que fuera justamente un narrador de historias, que como es de entenderse vive de escribirlas, quien recibiese aquel paquete de libros robados? ¿Querría prevenirme, por casualidad? Pensándolo de nuevo, llegué a la conclusión de que Igor no debió de haberse molestado en darle ni una vuelta al asunto. Habrá pensado que a sus destinatarios les gusta la lectura y por lo tanto les interesaría el paquete, y que en caso contrario lo borrarían. Y ya, ¿verdad? A otra cosa. ¿Quién tiene tiempo, al fin, para pensar en la naturaleza de lo que hace, y todavía menos en sus consecuencias?

3. ¿Ligereza o cara dura?

Como sucede con los videojuegos, donde uno mata y muere miles de veces sin sufrir un rasguño, las computadoras suelen ofrecer una ingrávida sensación de impunidad. Si un disco duro no pesa un gramo más por el hecho hasta hoy inimputable de contener miles de libros y canciones robados, tampoco el dueño experimenta sólo por eso un peso en la conciencia. Por el contrario, le aligera la vida saber que no ha tenido que gastar un centavo en todos esos bienes digitales que tampoco le importa gran cosa perder, pues hace tanto tiempo da por hecha su gratuidad que ha dejado de concederles un valor de cambio. Están ahí, como el aire y los árboles. Nadie se va a la cárcel por arrancarle una manzana a un árbol, ni por beber el agua de la lluvia. Y he aquí que en el mundo inconsecuente del hurto digital la gente tiende a creer —peor aún, a asumir sin pensar— que el trabajo ajeno es patrimonio de la humanidad, por el solo poder de su procesador.

Leer un libro o disfrutar una canción es un poco meterse en el coco de su autor. Entenderse en el fondo, de repente. Amistarse a lo lejos, una vez que el autor consigue conmover a quien mira o escucha, a fuerza de mostrarle sus zonas más sensibles y quién sabe si no sus ardores recónditos. ¿Qué clase de gañán tiene uno que ser para robarle a aquel con quien ha conseguido entenderse y compartir, tal cual reza el poema, el olvidado asombro de estar vivos? ¿Cómo le explico a ese pelmazo de Igor que enviarme treinta textos pirateados de García Márquez equivale a confiarme que se metió a la casa de su autor más querido y lo amarró en el piso para robarle? No quiero ser dramático ni truculento, pero por más que me hablen de los códigos inviolables del libro electrónico, no alcanzo a ver más que una fila infinita de autores amarrados en el piso y saqueados por turbas de felones impunes que no se sienten menos personas de bien por hacer lo que medio mundo hace, con la excusa de que es intangible.

Ahora que lo recuerdo, había un chiste que Igor gozaba repitiendo. ¿Tienes fotos de tu mamá encuerada? ¿No? ¡Te vendo unas! Pensándolo mejor, me gustaría responderle preguntando si acaso reenviaría unas fotos de su mamá encuerada. Digo, para mandárselas.

sábado, marzo 05, 2011

Presunta censura, certera incordura-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 04/03/11)

Comienzo, en honor ya sólo al honor -personal como periodístico-, por el proverbial full disclosure: Presunto culpable no es sólo una cinta que concita mi admiración como espectador sino una con la que me unen lazos entrañables. Entre sus productores figuran Martha Sosa, quien un día fuera mi cuñada y nunca dejará de ser familia para mí, y Nicolás Vale, que es mi primo hermano (y aquí la palabra a subrayar es hermano). Aun así, no es la mía una postura acrítica de su trabajo: muchas son las cosas que no me gustan de la primera película que produjo su empresa La Sombra del Guayabo –-Los que se quedan, documental de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman sobre las familias de los migrantes mexicanos a Estados Unidos- y así se los he hecho saber y así lo he dicho en público.

Ésta, en cambio, me pareció excepcional desde que la viera por primera vez, muchos meses antes de su estreno. Lo que más me gustó de ella es de lo que menos se ha hablado: la forma en que está contada, mérito de la osadía de los abogados Roberto Hernández y Layda Negrete, quienes sin mayor conocimiento cinematográfico que el instructivo de una cámara casera se lanzaron a documentar un caso sintomático de los problemas de impartición de justicia en nuestro país, pero también -y acaso sobre todo- del cineasta británico Geoffey Smith, cuyo dominio del lenguaje fílmico permitiría contar la historia sin recursos trillados, sin trampas evidentes, sin efectismo. Pero casi tanto me entusiasmó el caso mismo -no su desarrollo sino el hecho de que fuera expuesto y lo que de él se desprende: la de Presunto culpable es la historia de un chico sepultado por un aluvión de evidencia circunstancial y de mala fe, acusado de un crimen que no sólo no cometió sino que no tenía manera de cometer, privado de su libertad por 10 años sin deberla ni temerla, ultrajado por jueces desidiosos o malintencionados (a saber), sacrificado por un sistema judicial no sólo poco ético -en México no hay presunción de inocencia- sino poco eficaz.

Me dio gusto el éxito inicial de Presunto culpable pero más gusto me da lo que el destino y la estupidez (no necesariamente en ese orden) le deparan ahora. Pese a lo que afirman los apocalípticos, la cinta no ha sido censurada: tiene permiso de exhibición y no le ha sido revocado. Lo que sucede es que un testigo amañado -el personaje más oscuro de la película- demandó a los productores por usar su imagen, olvidando que un juicio es cosa pública y que no es preciso autorizar la grabación y difusión de un acto público, y que una juez -qué casualidad- dio por bueno su argumento y procederá a pedir a la Secretaría de Gobernación su retiro de las pantallas. El Ejecutivo federal ha dicho ya que acatará la decisión cuando le sea informada pero también que la impugnará, por lo que no hay aquí razones para gritar censura. Clamemos entonces estupidez: quien convenció a un adolescente ignorante de interponer tal demanda -no puede ser más que un actor del sistema judicial- ha hecho un favor no sólo a Presunto culpable sólo Jorge Serrano Limón resultó mejor publicista cuando El crimen del Padre Amaro- sino a la posibilidad urgente de reforma del sistema mismo. ¿Se retirará de la exhibición? Lo dudo: a estas alturas la presión pública no lo permitiría. ¿La verá más gente? Seguro. ¿Y todo esto subirá el tema a la agenda pública y redundará en presión para atenderlo? Ya está hecho. ¿Entonces? Celebremos.

jueves, marzo 03, 2011

La prosa imantada de Leonora-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 02/03/11)

Aunque se ha escrito mucho sobre el surrealismo no encuentro nada más vibrante ni que nos acerque más a esa corriente que sacudió al mundo con sus pinturas, esculturas, poemas, novelas, películas y manifiestos que Leonora, de Elena Poniatowska.

Leonora es una novela biográfica y autobiográfica, porque Poniatowska compartió con Leonora Carrington, personaje de su libro, la forma europea en que las educaron a las dos. Donde el inglés y el francés, por ejemplo, eran la lengua de todos los días y los buenos modales casi un rasgo de carácter.

Esta novela por la que su autora mereció el premio Biblioteca Breve de Seix Barral es la biografía de un ser excepcional atravesado por la estética surrealista desde su juventud, cuando vivió con Max Ernst, pero también es parte de la biografía espiritual –si tal cosa puede decirse– de esa corriente estética que creyó en el amor loco y padeció la pesadilla de la guerra.

Octavio Paz acostumbraba decir que había llegado tarde al surrealismo. Es cierto, pues el apogeo de este movimiento ocurrió entre 1924 y 1945. Pero aunque tardíamente, el surrealismo deslumbró al poeta: guardaba intactos sus poderes de revelación y subversión. Era un arte pero también una ética, una moral pública y privada. Leonora da cuenta de ello al contarnos la vida de Leonora Carrington.

No es pecado decir que Leonora es uno de los libros más ambiciosos de Elena Poniatowska (el otro es La noche de Tlatelolco) porque en esa novela total cabe todo: el amor loco y la guerra, la vida en la Inglaterra y la Francia de hace un siglo, la dictadura de Franco en España, la vida campirana y los manicomios, un Portugal atiborrado de judíos perseguidos por Hitler, la ciudad de Nueva York enloquecida por las olas de migrantes que huían de la guerra en Europa y por un efervescente mercado del arte y un México donde los muralistas con su consigna no hay más ruta que la nuestra imponían una manera de pintar.

En las páginas de Leonora están el minuto y el milenio, las antiquísimas leyendas celtas con sus shides y los chaneques, los elfos y los nahuales, la aguja del instantero y la eternidad que se abre como un cielo gracias al amor, la realidad de hierro y el mundo de los sueños.

Por su estructura lingüística y porque sus líneas nos muestran la otra cara de la realidad, la otra orilla, Leonora es también un extenso poema donde la prosa se encabalga como el verso y las instantáneas de personajes como Picasso, Diego Rivera, Max Ernst, Benjamin Peret, Remedios Varo, Luis Buñuel, Salvador Dalí, André Breton, César Moro y Renato Leduc hacen un gran fresco de lo que fue la estética surrealista y su amor loco. Leonora es una novela donde la imaginación está cargada de memoria y los recuerdos de una luminosidad desbordante. Mucho se ha escrito sobre Leonora Carrington, dudo que se escriba un texto más bello sobre ella que Leonora, de Poniatowska.

En la leyenda de Leonora Carrington, donde sueños y fantasías convergen, y los seres se metamorfosean (ella es una yegua) el poeta Renato Leduc aparecía sólo como una relación de conveniencia: gracias a él había logrado escapar de la guerra y asentarse en nuestro país después de una larga travesía por mar de Portugal a Nueva York y que habría de concluir en México. Eso sucedió, es cierto, se casó con Leduc y llegaron a México pero gracias a la novela de Poniatowska hoy sabemos que en su relación existió la llama móvil del amor.

Los close ups de las emociones de Carrington sorprenden al lector deLeonora; las pinceladas sobre Max Ernst, Pegy Guggenheim, Joan Miró, Marcel Duchamp, Edward James los pintan de cuerpo completo. Escribió Octavio Paz que Leonora Carrington no era una poeta sino un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa que se convierte en un pájaro, después en pescado y desaparece. Para el poeta la pintora fue un personaje delirante. La novela Leonora, de Poniatowska, es delirante en el mejor sentido, porque fluyen cartas, sueños, fechas exactas, manicomios y los estertores negros de los cuerpos sacudidos por la guerra.

Leonora es un gran lienzo en movimiento. También es un homenaje a un personaje que hechiza, que toma el té por las tardes, hace mole, pinta con una mano o con la otra en medio de una nube de acertijos, símbolos, sortilegios que encantan al lector. Leonora también es un homenaje a la novela, a la gana de contar historias aunque sean reales, a la prosa imantada que se convierte por momentos, por muchos momentos, en poesía.

martes, marzo 01, 2011

C. D. Q. N. P. S. Q. D. N. O. S. E. /II (Diario Milenio/Opinión 01/03/11)

La intimidad de una lectura reconstruye un lenguaje cifrado. El lector avanza a ciegas para reconstruir un sentido perdido y lee siempre en el texto los indicios de su propio destino

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Con el tiempo, ya un tanto fuera del salvajismo inicial de la adolescencia, dejé de mencionar a Ana Karenina. Nunca enseñé literatura, mucho menos universal, así que nunca tuve la oportunidad de ser un utopista desaliñado que asigna libros descarados en un preparatorio de provincias. Las personas con las que hablo de libros, usualmente jóvenes y más cercanos al salvajismo inicial de la adolescencia de lo que los bienpensantes desearan, por lo regular no cuentan entre sus lecturas fundacionales a Ana Karenina. Hace poco, de hecho, en una charla estructurada alrededor del tema de los libros favoritos de un puñado de autores, dos de ellos expresaron su disgusto ante esta novela de Tolstói. ¿Y qué lazo siniestro puede existir, de existir, entre alguien con la manía por la experimentación y este gusto, si me lo permites, bastante perverso, por una novela canónica del siglo XIX?, me dijo en alguna ocasión, con el rostro contrito y las manos en alto, debo añadir, alguien a quien le confesé (y confesar aquí es el verbo más exacto) esta predilección (esto en una caminata nocturna por las callejuelas congeladas de un lejano pueblo del noreste, hace ya algunos inviernos). La respuesta a esta buena pregunta, a esta pregunta del todo productiva, está, digo esto muy tardíamente pero con una extraña felicidad, entre las páginas 187 y 188 de El último lector de Ricardo Piglia.

Suelo leer con gusto los ensayos de Piglia y suelo asignarlos, cual utopista desaliñada, en mis clases (que no son de literatura universal) a la menor provocación. Por eso compré El último lector y, por eso, supongo, lo dejé por ahí, entre otros libros, y olvidé abrirlo. Lo hice apenas ayer y, cuando vi que “La lámpara de Ana Karenina” era el título de uno de los ensayos, no pude sino lamentarme por el tiempo en que ese último lector había estado ahí, arrumbado con otros libros. Leí el ensayo con gusto, eso es cierto, pero con creciente desencanto también. La escena, mi escena, la escena que para mí era la médula de Ana Karenina no estaba ahí. Brillaba, eso sí, por su ausencia. ¿También tú, Ricardo?, parecía estar reclamándole yo mientras daba la vuelta a las hojas con la respiración contenida primero, por la expectación, expulsada después, con el ruido completo de mi decepción. ¿Así que también tú, Ricardo? Y seguí leyendo porque uno sigue leyendo, por eso. Ya era de noche cuando, después de las interrupciones propias de la vida cotidiana, pude volver a tomar el libro. Seguía lo del Ulyses. Emprendí la lectura. Y ahí estuvo, en la página 187, ese doble espacio que anunciaba un corte, una vacilación, la calma que antecede a la tormenta. “Paradójicamente” fue el adverbio que lo inició todo.

“Paradójicamente”, escribe Piglia, “la representación narrativa de ese modo de leer [se refiere a la estrategia, en este contexto joyceano, a través de la cual un escritor pone al lector en lugar del narrador] se encuentra en una novela de Tolstói... y quizá con esta escena podemos terminar este viaje en busca del lector”. Era de noche, ya lo dije, y estaba cansada, esto no lo dije aunque se sobreentiende, pero nada pudo evitar que pensara, por el espacio más pequeño del más efímero de los segundos, que Pigilia lo iba a decir. Que lo que seguía era la escena aquella en que dos personas leen, y descifran sin resolver, un mensaje que es, en realidad, un mundo. No exagero si digo que el pulso aumentó de ritmo en las muñecas que unían el antebrazo a la mano que sostenía el libro frente a los ojos.

“Se trata de un pasaje de Ana Karenina, un pedido de mano, un segundo pedido de mano digamos mejor... Levin, a quien Kitty ha rechazado en su primera propuesta de matrimonio, lo vuelve a intentar.

“—Hace un tiempo que quiero preguntarle una cosa —añadió [Levin] mirando directamente los ojos acariciantes, aunque asustados, de la joven.

“—Pregúntela, por favor.

“—Aquí la tiene —dijo: y escribió las iniciales c. d. q. n. p. s. q. d. n. o. s. e. Estas letras significaban ‘Cuando dijo que no podía ser, ¿quiso decir nunca, o sólo entonces?’... Kitty lo miró seriamente, apoyó en la mano la frente cejijunta y empezó a leer. Le miró un par de veces de soslayo como preguntándole: ‘¿Es esto lo que me parece que es?’

“—He comprendido —dijo, ruborizándose.

“—¿Qué significa esto? —preguntó él, señalando la ‘n’ que representaba la palabra nunca.

“—Significa nunca —repuso ella— pero no es verdad.”

Ah

Dice Piglia (y aquí va la respuesta a aquella interrogante tan productiva hecha en una caminata nocturna de invierno): “La escena revela un uso extraordinario de la lectura como clave del desciframiento del secreto. La intimidad de una lectura reconstruye un lenguaje cifrado en este párrafo. El lector avanza a ciegas para reconstruir un sentido perdido y lee siempre en el texto los indicios de su propio destino.”

Y aquí, en este apunte, en esta concatenación de palabras, está clarísimo el vínculo que va de Tolstói, creo yo, a Kathy Acker.

lunes, febrero 28, 2011

¿Tirano, Él? (Diario Milenio/Opinión 28/02/11)

¿Aznar, Blair y Gadafi? No es noticia que los hipócritas se entiendan, sino que hagan negocios con los cínicos: sus fatales antípodas


1. Aquel tufo a gentuza

Nunca hice mucho caso a mis mayores cuando me aconsejaban que escogiera muy bien a mis amistades, entre otras cosas porque nada me aseguraba que no fuese yo mismo una mala amistad, pero sigo creyendo que a quien conserva un mínimo de luces las peores amistades se le revelan solas y le obligan a excluirlas de su lista. Me costaría trabajo, por ejemplo, continuar mi amistad con quien recién me entero que acostumbra patear a su mamá, pues asumo de entrada que a los que no compartimos su sangre nos esperan aún menos consideraciones. Los amigos, sin falta, vienen equipados con un voluminoso costal de defectos, que en los mejores casos conseguirán hacérsenos familiares, y de alguna manera entrañables, pues creemos ninguno resulta lo bastante alarmante para tachar su nombre de la lista. Otros, en cambio, apestan a gentuza. Por más que uno se empeñe en hallarlos graciosos o siquiera solubles, no consiguen disimular aquella antipatía rampante que sólo les permite trabar amistad con sus iguales, de modo que si alguno entre nuestros amigos nos mira en compañía de uno de esos fantoches impresentables, se preguntará cómo podemos entendernos, o en todo caso de qué diablos hablamos cuando estamos juntos.

“Cuídate de los buenos, que los malos yo te los señalaré”, decían las abuelas que había dicho Jesús. Un refrán cuya libre interpretación invita a pergeñar toda suerte de prejuicios autosuficientes contra el primer infeliz cuya existencia pueda parecer estorbosa, pero al cabo hay ejemplos señalados de individuos cuya mera mención suena calamitosa a oídos más o menos razonables, de forma que a menudo los presentes intercambian miradas, pellizcos, pataditas y guiños cada vez que se alude a esa persona de la cual no serían jamás amigos. ¿Cómo explicar, entonces, que un matón y fantoche de la talla de Muamar Gadafi tuviese tantas buenas amistades, no solamente entre los dictadores sino asimismo entre quienes se quieren paladines de la democracia? ¿Será que lo creyeron buena persona?

2. Del yo no fui al hazle como quieras

Sobre la hipocresía, no hace mucho escribió Javier Marías que “dentro de todo, implica una conciencia de lo que está mal y debe disimularse; es algo civilizado y supone el reconocimiento de ciertos valores, aunque se los violente a hurtadillas. El cinismo, en cambio, ni siquiera admite esto, es la expresión de la brutalidad en estado puro”. No habla aquí de Gadafi, sino de Berlusconi, que era hasta hace unos días el mayor valedor del sátrapa libio entre los europeos poderosos. Se entiende que se entiendan, eso sí. Habrá hasta quien opine que apestan igual, y que incluso a través de la pantalla despiden una variedad especialmente ácida de mal pedo. Pero en la lista de buddies del sátrapa figuran también otros que navegan con bandera de civilizados, es decir que eligieron el lubricante de la hipocresía sobre la cachiporra del cinismo, así que en el fragor de los altos negocios todos y cada uno pasaron oportunamente por alto la clase de gentuza con la que trataban, y ahora resulta que se extrañan al unísono de que el paleto caprichoso y extravagante al que tanto mimaron sea en la realidad un tirano sin escrúpulos, y además un ladrón inenerrable.

A ver. Si alguien se acerca a presentarme a un sujeto cuya fama de atrabiliario, voluble y caprichoso lo precede como una banda de guerra, y me cuenta además que tal pelafustán se interesa en hacer negocios conmigo, mal puedo calcular que va a irme bien. Es posible que el tipo tenga un equipo serio de colaboradores y más de un socio suyo me apabulle con las mejores referencias, pero he aquí que al instinto no acaba de gustarle lo que huele. Algo va a salir mal, me aconseja. Y para el caso ni el instinto hace falta, si ya me ocupo en consultar su expediente —así sea en el Google, que está repleto de sus peores gracias— y compruebo que estoy tratando con gentuza que debería darme miedo. ¿Qué clase de pelmazo tengo que ser para caer ahí de buena fe? ¿Qué tanto deberé parecérmele al rufián para aceptar hacer pandilla con él? ¿O esperan que uno crea que entre tantos prohombres, funcionarios y hombres de negocios de la Europa moderna y civilizada no había uno que supiera, igual que todo el mundo después de 40 años, qué clase de sujeto era Gadafi y sobre qué chiquero se sostenían su poder y fortuna?

3. Descaro mata pudor

Como debe inferirse de la reflexión de Javier Marías, la combinación de cinismo e hipocresía apunta a consecuencias fatales. Pues mal negocio hacen los hipócritas, cuya razón de ser es la discreción, cuando eligen aliarse con un cínico. Y eso tal vez ayude a imaginar la desazón de tantos súbitos ex amigos, a quienes hoy aterra que el Coronel Gadafi resulte el peligroso hijo de puta que siempre ha sido. Ellos, que suelen ser tan quisquillosos en materias notorias de por sí, como sería el caso de los derechos humanos, se pelean el megáfono para expresar un pasmo que resulta risible luego de leer el reportaje de Miguel Mora para El País, donde aparece la faceta fatal del dictador como hábil hombre de negocios, tanto así que ha logrado embarrar a empresas y gobiernos europeos, secuaces vergonzantes que no pueden pagarse el lujo del cinismo.

Hizo bien Muamar Gadafi al escoger amigos como Daniel Ortega y Fidel Castro, que como él dedican buena parte del día a encontrar enemigos y conspiradores debajo de las piedras. Si los demás secuaces se llaman a sorpresa, ellos están de acuerdo en que Gadafi es víctima de un imperio tan perverso y poderoso que con tal de aplastar al pueblo libio se atreve a distribuir alucinógenos entre sus jóvenes, con la flagrante colaboración de Al Qaeda. ¿O desde cuándo le importa al cinismo que sus cuentos resulten verosímiles? Y ahí está la tragedia de la hipocresía: si ha de sobrevivir, tiene que rendir cuentas. Malas cuentas, sin duda, cuando quien las entrega es el viejo cinismo de un amigo escogido en maldita la hora.

jueves, febrero 24, 2011

"A mis veintiséis años"-(Columna El Guardián del diván-23/02/11)

A todos aquellos que están, estuvieron y seguirán.


Cumplir años, dicen, siempre es un acontecimiento; para otros, es la fecha que marca el inicio de un año nuevo personal. El verdadero inicio de un ciclo.


Mientras se cumplen años, se adquieren experiencias y nuevas amistades, también se sufren fracasos y la pérdida de seres queridos, ya por diferencias, ya por la visita de la muerte.


Cumplir años es acercarse más a la finalización de la vida: la muerte.


La muerte es lo único seguro que se tiene en la vida, aseguran los sabios.


Sin embargo, cuando se cumplen años y te das cuenta que a lo largo del camino recorrido las amistades sembradas se han cosechando con creces y que los pasos trazados para llegar a las metas deseadas, en su mayoría, van viento en popa. La muerte es lo que menos importa.


Siempre será preferible que la calacuda agarré a cualquiera, haciendo lo que mejor saber hacer, que lamentándose.

Vida sólo hay una y habrá que tomar de ella, lo que mejor convenga a los sueños dibujados.

Vivir es un arte, algunos harán de ella una pintura vanguardista, otros quizás prefieran tallarla cual fina escultura y unos más prefieran escribir una novela. Algunos más preferirán un arte complicada, que no entable diálogo ni nada con algún posible interlocutor, no les quedará más que esperar a que el tiempo les regalé a un intérprete.


Muchos de estos artistas acompañaran su vida con algún vicio. ¡Artista sin vicio, es como el siglo XXI sin tecnología! Quizá les remorderá la conciencia, tal vez en el primer momento en que ingresen al hospital, se arrepentirán de cada uno de sus vicios; existirán otros que se morirán siendo fieles al vicio que genera su arte.


Por mi parte, querido lector, no sé si soy un poeta o un escritor en ciernes, como afirman algunos amigos. Como todo ser creativo, estoy lleno de ambigüedades, temores, más que de certezas. Empero, y parodiando a Joaquín Sabina, si a mí me preguntan de entre todas las artes, cuál elijo: yo quiero la del poeta, porque la poesía es corta, dura, seductora, solitaria, amorosa y dolorosa. La más prostituta de todos los géneros literarios.


La poesía es la vida misma y con vino tinto o una coca-cola, según sea la ocasión, siempre deberá estar acompañada.

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Nota: El Columnista ha dejado de circular por turbias razones. Mientras Mario Alberto Mejía no tenga su nuevo proyecto esta columna aparecerá, en vía de mientras, en el blog habitual. Pronto, esperemos vuelva a publicarse de modo impreso.

martes, febrero 22, 2011

C. D. Q. N. P. S. Q. D. N. O. S. E. (Diario Milenio/Opinión 22/02/11)

Para la autora, desde su adolescencia, Ana Karenina fue más un lugar que un libro, más una cita que una obligación, más una complicidad que el motivo de una calificación


Leí Ana Karenina hace mucho tiempo y debido a que un joven recién titulado de la carrera de Letras obtuvo su primer empleo como maestro de literatura universal en mi escuela preparatoria de dos años. Era un joven ambicioso y utópico, ligeramente desaliñado y de voz enérgica. Digo que se había graduado en Letras y que su posición como mi maestro de literatura fue su primer empleo porque de otra manera no me puedo explicar cómo se le ocurrió la peregrina idea de que alumnos de preparatoria con poca afición por la lectura y un desdén muy clasemediero por cualquier cosa que estuviera asociada de la más mínima manera a La Cultura, pudieran leer, completas, novelas rusas del siglo XIX. En todo caso, cuando nos advirtió de sus intenciones (no recuerdo haber tenido en mis manos un plan de estudios propiamente dicho y esto refuerza la idea de que su posición como maestro de literatura en mi escuela preparatoria fue su primer empleo) creo que fui la única que contuvo el salto de gusto que, en otro plano, en el plano de la literatura seguramente, estaba dando en ese momento. Yo ya me había declarado a mí misma (que es lo que cuenta) una lectora empedernida (y llevaba ya los anteojos que lo probaban) y hacía gala (con lujo adolescente) de esta elección a diestra y siniestra (más a siniestra que a diestra a decir verdad). Para entonces ya había leído los libros que me hicieron pensar que escribir (¡ay de mí!) no era tan difícil, que escribir era algo evidentemente muy placentero (¡ay de mí!), y que escribir era algo (¡ay de mí!) que yo quería “hacer de grande”. Pero Ana Karenina, el libro que me asignó un utopista cuando yo andaba por ahí de los 13 años, fue, en realidad, y en muchos sentidos, mi primer libro.

Aclaro que cada uno de los ¡ay de mí! anteriores tiene que ser pronunciado a velocidades distintas y con distintos tonos de voz.

Desde el inicio, desde aquella famosa primera línea, “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, Ana Karenina fue más un lugar que un libro, más una cita que una obligación, más una complicidad que el motivo de una calificación —volver sus hojas, quiero decir, era un acto que me introducía en el espacio, pensaba yo en aquella época, de una catedral. Algo masivo en cualquier caso. Algo vasto. Pronunciaba la palabra Tolstoi, se me acusaba, como si fuera el principio de una oración (y por oración, en aquella preparatoria de dos años, sólo se entendía la oración religiosa, por supuesto). Mis amigas, aburridas por mi conversación, procuraron hablar conmigo sólo de lo estrictamente necesario y creo que fue por esas fechas que el muchacho aquel que insistía en ser mi novio lo entendió todo y se dio por vencido. Yo sólo me di cuenta de todo esto, cual debe, años después, puesto que mientras esto ocurría yo atendía con emoción los intrincados vericuetos del alma de una adúltera, viajaba en trenes del siglo XIX por el mismísimo paisaje ruso, y ponderaba, con adolescente solemnidad, la justificación formal del suicidio.

Los años, como dicen los narradores del siglo XIX o los cineastas de la época de oro del cine mexicano, pasaron. Y Ana Karenina se fue transformando en un recuerdo. Éste: la escena aquella en que dos jóvenes se recargan sobre algo (no recuerdo el algo, pero sí la manera en que los brazos de la mujer, inclinada sobre ese algo, se flexionaban, haciendo que el antebrazo rozara apenas su propio pecho) para leer un mensaje cifrado. Todo esto acontecía, y debo estar tergiversando este recuerdo, estoy segura, en un radiante día de otoño. El mensaje, de cualquier modo, estaba formado por letras, el inicio de palabras completas que, borradas del texto, lo constituían en realidad. Era un mensaje, como todos los mensajes secretos, que requería de complicidad, intimidad, arrojo. Era un juego y un reto. Una provocación. Una sutilísima invitación erótica. Un vínculo textual y un vínculo sexual. Un hombre y una mujer, leyendo; encontrando el sentido específico de la lectura en la lectura misma, construyéndolo en el acto. Todo esto bajo la luminosa bóveda de un día otoñal. Con el paso del tiempo, quiero decir, Ana Karenina se concentró para mí en la escena aquella en que Konstantín Dimitrievitch Levine le hace la segunda propuesta matrimonial a Catalina Alejandrovna.