sábado, noviembre 27, 2010

Inscripciones Abiertas-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 27/11/10)

En muchas de las crónicas, pinturas o grabados del periodo colonial mexicano es notable la presencia de los comerciantes: la más poderosa de las imágenes de la ciudad de México, de Bernal Díaz del Castillo en adelante, es la del mercado: la imagen propia de una sociedad en perpetuo intercambio de bienes.

En la célebre pintura anónima La Plaza Mayor de la ciudad de México, de 1768 -a medio camino exacto entre nosotros y la entrada de Cortés y Bernal Días a la ciudad en 1520-, el lienzo está cargado por una infinidad de puestos y negocios; la procesión del virrey, que parece haber sido el tema del cuadro, apenas resalta en su margen inferior izquierdo.

Lo mismo sucede con las tintas de Villalpando, que queriendo ser cuadros típicos descriptivos de los oficios de los habitantes de la ciudad, terminan siendo -en su aplastante mayoría- representaciones de mercaderes diversos.

Y es que para una capital de talla francamente reducida -el viajero italiano Giovanni Gamelli Carrieri dijo, elogiando la rectitud de la retícula en la capital del reino, que no solamente desde el centro..., sino de cualquier otra parte se ve casi toda entera”- no es llamativo solamente que hubiera 68 tiendas de ropa, sino la cantidad de mercados en que se encontraban.

Se vendían flores y legumbres en chinampas detenidas a los lados de las acequias principales; otros productos alimenticios y comida preparada en los mercados de la Plaza Mayor, del Volador y del Marqués; los muebles y la ropa en el Baratillo -a espaldas del Volador-. Además había pulperías -para la venta de carne y pescado- y mestizas para la mercancía general al mayoreo. La miel se vendía en las tabernas y el mecate y las velas en las cacahuaterías -tiendas de chocolate-. Las tiendas de ultramarinos se encontraban en la Acaecería -formada por seis manzanas y seis callejones cerrados al lado del palacio del Marqués- y a sus lados las sastrerías y carpinterías; ahí se encontraban también los talleres de costura en que se fabricaba la ropa vendida en tiendas, a menudo ubicadas a sus puertas. Los objetos suntuosos se vendían en el Parián -el nombre venía del mercado de Manila-, donde se encontraban objetos traídos de Oriente, espejos, abanicos, trastes y cristalería. Los mercaderes del acero, hierro y cobre tenían sus puestos en la calle de Tacuba y los de la seda en San Agustín. En San Pablo estaban los coheteros y las cigarrerías en el callejón de Portacoelli.

El fraile español Antonio Vázquez de Espinoza, describiendo la ciudad que visitó en 1612, notó primero que nada su vitalidad comercial: “Para el abasto de la ciudad -dice- entran de toda la tierra cada día, mil canoas cargadas de bastimentos... y por tierra más de tres mil mulos”. Luego insiste en la condición de emporio mercantil de la capital: “Es de mucha contratación así por la gravedad de la tierra y ser corte de aquellos reinos como por la grande correspondencia que tiene con España, Pirú, Philipinas y con las provincias de Guatemala y su tierra Yucatán, Tabasco y todo el reyno de la Nueva Galicia y Vizcaya”. En el primer capítulo dedicado a la ciudad, llamado: “De la gran Ciudad de México y los suntuosos templos que tiene y de su vecindad”, de lo primero que habla no es de los templos, sino de los mercados.

En el censo de 1689, citado por Antonio Rubial García en el estupendo La plaza, el palacio, el convento: la ciudad de México en el siglo XVII, se registraron en la ciudad de México 68 tiendas de ropa y sólo dos sastrerías. La cifra tiene de sorprendente la desproporción: la ciudad de México en la hora de esplendor para sor Juana, era una comunidad en la que el intercambio de bienes por dinero era más común que la producción misma de los bienes. La diversidad de la oferta era superior a la de la producción local y por tanto la economía de los criollos -el universo al que pertenecía sor Juana- era totalmente mercantilista: en la ciudad no se producía nada más que dinero.

viernes, noviembre 26, 2010

"Por lo pronto, ya estamos aquí"-Juan Villoro (El País/Babelia-Reportaje 27/11/10)

A los cien años de la Revolución mexicana los objetivos que la motivaron parecen seguir ahí. Los protagonistas y las consecuencias de esa contienda han sido analizados en la literatura, el cine, el teatro y el ensayo.

---

De acuerdo con Friedrich Katz, autor de La guerra secreta en México y biógrafo de Pancho Villa, la Revolución mexicana es la única del siglo XX que mantiene vigencia porque sus ideales (justicia social y democracia auténtica) aún deben cumplirse.

-

¿No bastan cien años para erosionar la esperanza que llegó con la metralla? Los graves rostros de los héroes han "decorado" demasiados murales en las oficinas públicas y han comparecido en billetes color morado o verde limón que valen cada vez menos. Ciertas figuras pasaron al folclore de los irresponsables: el general Sóstenes Rocha, que bebía tequila con pólvora, inspiró un personaje de Valle-Inclán, y su colega Gonzalo N. Santos pasó a la historia del cinismo político con aforismos de este tipo: "La moral es un árbol que da moras". Las mafias sindicales, el reparto de tierras inservibles, el uso discrecional de los bienes públicos y un inagotable torrente de demagogia son algunos legados de la lucha que estremeció a México de 1910 a 1920. ¿No es daño suficiente?

-

Los héroes del hit parade revolucionario vivieron para aniquilarse. Jorge Ibargüengoitia observó con ironía que Zapata, un buenazo, luchó contra el buenazo Madero y fue liquidado por Carranza y Obregón, otros buenazos. Llamamos "Revolución mexicana" a la reconciliación póstuma de los adversarios.

-

En La muerte de Artemio Cruz (1962), Carlos Fuentes retrató los negocios de la Gran Familia Revolucionaria. Las consignas progresistas se tergiversaron para crear una nueva burguesía. Bildungsroman de la corrupción, la novela relata el irresistible ascenso de un combatiente que se convierte en potentado.

-

Y pese a todo, la Revolución mantiene viva su impronta. La prueba más clara es que dos partidos políticos y una guerrilla posmoderna se disputan su herencia. El PRI se apoyó en una contradicción de términos (la "revolución institucional") para gobernar el país durante 71 años con ideologías rotativas, poco afines entre sí. Este sistema corporativo repartió beneficios con la técnica del tráfico de influencias y demostró que "erario público" es el nombre secreto de "interés privado".

-

Los otros herederos virtuales de la gesta son el Partido de la Revolución Democrática, que representa a una izquierda dividida, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que aguarda en la selva el momento de reivindicar las incumplidas demandas indígenas.

-

¿Qué tan contemporánea puede ser una lucha tantas veces desvirtuada? La Ciudad de México tiene 178 calles Carranza. ¿No se agota así la evocación de un prócer? De manera asombrosa, en nuestro presente el pasado sigue en guerra.

-

En la película Revolución, estrenada para el centenario, diez cineastas proponen modernos relatos sobre el tema. Tienda de raya, espléndido corto de Mariana Chenillo, se ubica en un supermercado que paga parte del sueldo con cupones para comprar en la misma tienda. El destino amoroso de la protagonista depende de arreglarse la dentadura, pero el médico no acepta cupones. La diferencia entre Wal-Mart y la hacienda de Cananea, donde se atizó el incendio, es menor de lo que pensamos.

-

La presencia de la Revolución también tiene que ver con la iconografía. La lucha llegó acompañada de un invento del siglo XX: el cine. Ningún proceso histórico se había filmado tanto. Los ojos de Zapata, los sombreros de ala ancha, las cargas de caballería pasaron del campo a la pantalla y de ahí al inconsciente.

-

Ni siquiera en el plano historiográfico el tema puede darse por saldado. La extraordinaria biografía de Katz sobre Villa sugería que sólo quedaba espacio para minucias. Sin embargo, en 2006, Paco Ignacio Taibo II hizo un torrencial regreso al Centauro del Norte. Su Pancho Villa es una novedosa enciclopedia narrativa. Investigar y escribir un libro de esa envergadura hubiera dejado sin aliento a un maratonista. Taibo siguió de frente con Temporada de zopilotes, libro y programa de televisión para History Channelsobre Madero, iniciador de la contienda.

-

Ya en los años ochenta, Enrique Krauze había narrado las contradictorias vidas del panteón nacional en su muy leída Biografía del poder. En 2009 Pedro Ángel Palou volvió con éxito a Zapata, novelando lo que parecía agotado después de la espléndida biografía de John Womack. Muerto a los 39 años (la edad del Che, Sandino y Malcom X), el Caudillo del Sur es una incógnita que pide ser narrada. Fuentes ha anunciado una obra sobre su agonía, Emiliano en Chinameca. Alguna vez le pregunté cuándo pensaba escribirla. "La voy a dictar en mi lecho de muerte", contestó sonriendo. El gesto resume una vida en espejo de la Revolución: Fuentes nació en 1928, año del asesinato de Obregón, su rostro se ha perfeccionado como el de un jefe revolucionario y planea su último lance como un encuentro de caudillos, la emboscada literaria de Zapata.

-

El zapatismo estético va de los óleos de Alberto Gironella al rock de La Revolución de Emiliano Zapata, que en 1971 ganó en Tokio un concurso con la canción Nasty Sex. La tienda El Taconazo Popis no se quedó atrás y anunció zapatos a precios "zapatistas".

-

En La noche de Ángeles (1991), Ignacio Solares se ocupa de uno de los episodios más sugerentes de la Revolución: el regreso del general Felipe Ángeles. Director del Colegio Militar en tiempos de la dictadura, artillero formado en París, Ángeles fue el único intelectual militar de la contienda y luchó al lado del más contradictorio de los líderes, Pancho Villa, imponiendo una dosis de sensatez e incluso de pacifismo en plena guerra. Derrotada la División del Norte, huye a Estados Unidos, donde vive en la pobreza. Decide volver, sabiendo que va a morir. Vaga por el desierto, leyendo la Vida de Jesús de Renan, hasta que es arrestado. Lo llevan a juicio y asume su defensa. Este episodio dio lugar a la pieza teatral de Elena Garro Felipe Ángeles. En el Teatro de los Héroes de la ciudad de Chihuahua, el general imagina un país distinto, de reconciliación democrática. Su adversario es Venustiano Carranza. El público se entrega al mártir. Carranza manda un telegrama con un indulto. De acuerdo con su conveniencia, el telegrama llega tarde. Ahí se pierde la oportunidad de otra historia (al menos así lo exige la imaginación literaria). Adolfo Gilly, autor de La revolución interrumpida (1971), libro vibrante que mi generación leyó con perdurable asombro, acaba de concluir una biografía sobre Ángeles.

-

En esencia, no hay una Revolución. Sus contradictorias causas fueron captadas por Juan Rulfo en Pedro Páramo (1953):

-

-Como usté ve, nos hemos levantado en armas.

-¿Y?

-Y pos eso es todo. ¿Le parece poco?

-¿Pero por qué lo han hecho?

-Pos porque otros lo han hecho también. ¿No lo sabe usté? Aguárdenos tantito a que nos lleguen instrucciones y le averiguaremos la causa. Por lo pronto ya estamos aquí.

A propósito de la novela histórica, Isaiah Berlin comentó que los hombres históricos no sólo hacen cosas históricas. En Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia extrema esta idea: sus revolucionarios no hacen nada histórico. Sus motivaciones son egoístas, caprichosas, personales. La comicidad de la novela deriva de la ineptitud de esos corruptos. Conspiran contra sus presuntos aliados, pero sobre todo contra sí mismos. En su obra de teatro El atentado, Ibargüengoitia hace que Álvaro Obregón, triunfador de la lucha armada, muera sin pronunciar una frase célebre. En un país donde las declaraciones son más importantes que los hechos, nada resulta tan trágico como morir después de pedir un plato de frijoles. Las famosas últimas palabras expresarán, para siempre, un antojo.

-

El triunfo de la Revolución fue consumado por los jefes sonorenses, seres pragmáticos, ajenos al romanticismo revolucionario de Villa y Zapata. Héctor Aguilar Camín escribió en La frontera nómada (1977) la historia narrativa de ese triunfo. Por su parte, Jorge Aguilar Mora recuperó en detalle las técnicas de la guerra y las formas de representación de la contienda en Una muerte sencilla, justa, eterna (1990).

-

Cuando los revolucionarios cambian los caballos por los Cadillacs, comienza la intriga de oficinas. En La sombra del caudillo (1929), Martín Luis Guzmán reconstruye la lógica del poder heredada de la Revolución: el Hombre Fuerte del país no depende de los votos sino de la adhesión de quienes podrían desafiarlo. En consecuencia, lo importante se resuelve en la sombra. No en balde, la política de impunidades ha sido bautizada como la "tenebra". Ahí se conjuga un verbo decisivo: "madrugar". Hay que anticiparse al enemigo; para lograrlo, es necesario intuir lo que él haría y actuar primero. En esta delirante dramaturgia, no hay mejor consejo que la paranoia: eliminar al rival es un acto preventivo.

-

Fuentes recogió en Gringo viejo (1985) una escena que le contó su entrañable amigo Fernando Benítez, autor de El rey viejo (1959), novela sobre la muerte de Carranza. Los zapatistas toman una hacienda. Al entrar en un salón descubren un desconocido artificio. Se trata de un espejo. Los revolucionarios se paralizan ante su propio rostro. ¿Quiénes son? ¿Por qué llegaron ahí?

-

La Revolución ha otorgado dimensión épica a una costumbre mexicana: la impuntualidad. Con cien años de retraso es actual.

-

Los rostros se asoman al espejo. ¿Qué justicia piden a través del tiempo? Por lo pronto, ya están aquí.

Espíritu de contradicción. El tesoro de la juventud (perdida)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 26/11/10)

Hipótesis a considerar, lector (y cuando digo lector, pienso lector varón, a quien me dirijo hoy; suplico a la lectora pasar la página o, mejor, proseguir la lectura de un texto que no va dirigido a ella y así saciar su curiosidad por el tipo de cosas que hacemos los maridos cuando no estamos en su compañía): tu mujer decide, tras 11 años de matrimonio, darse un respiro del bullicio de la nada falsa y muy entrañable y seductora (pero a veces un pelín desgastante) sociedad que tiene contigo, y emprende el vuelo al sur de Francia, a pasar tres semanas con su amiga que vive allá, a hablar de “cosas de mujeres” (es decir de los maridos presentes y pasados: Susana está recién separada), a descansar del trabajo todo, lo que, me temo, incluye también el de esposa. ¿Qué haces tú? Lo de costumbre. Como eres el marido fiel y devoto y enamorado de una mujer fiel y devota y enamorada, sabes que te portarás bien (lo contrario, además, constituiría, en cualquier circunstancia, no sólo una frivolidad sino, peor, una vulgaridad). Pero es cierto que programas una agenda social intensiva, todo para paliar esa soledad endémica que los casados sólo resentimos en momentos como éste pero que constituye a un tiempo el lastre y la liberación de los solteros.

-

Pero he aquí que, en medio de la ausencia de tu mujer, llega un puente vacacional -digamos que te hace justicia la Revolución- y que quedarte en México te haría extrañarla de manera insoportable. ¿Entonces? Aprovechas que tu amigo también está separado, y que puede dejar encargada a su hija ese fin de semana, y le dices “¡Güey!” -en estos casos los hombres usamos el vocativo exultante “güey” aun cuando en general no soportemos tal palabra- “¿a qué nos quedamos en México? Vámonos a Acapulco”.

-

Suena cliché y clasemediero -y en algún sentido lo es- pero cierto es que tomamos todas las precauciones para evitar tal espíritu al máximo. Elegimos un hotel antiguo y recién remozado con gusto y humor -el Boca Chica-, sito además en una zona -Caleta- ya casi ayuna de turistas. Tomamos dos habitaciones, a fin de invitar cada uno a nuestro otro mejor amigo (el suyo se llama Sol y es un golden retriever, el mío responde -a veces- al nombre de Ralston y es un bulldog francés, y ambos son entrañables y solidarios… aun si no entre sí). (Comentario al margen: lo único en que los seres humanos somos mejores que los perros es en que dos machos dominantes tenemos muchas más probabilidades de convivencia apacible).

-

Tomamos la carretera. Alternamos el control del volante. Nunca hacemos menos de 140 y, por una vez, no hay voz angustiada que clame “¡Bájale! ¡Nos vas a matar!”. Y bien sé que tal discurso suena ridículo a esta edad pero hablamos de Mastroianni y su Vespa en La Dolce Vita, y de Peter Fonda y Dennis Hopper y sus Harleys en Easy Rider, y nos soñamos por unas horas amos del camino, international men of mystery, ángeles del infierno o -mejor- todo al mismo tiempo.

-

En el punto pertinente de la costera, José Luis me espeta una confesión: nunca conoció el Baby O’. “¡No mames!” -sigo en el campo semántico de la soltería masculina- “¡No conocer el Baby O’ es como no conocer la Catedral!”. (Acaso exagere pero, en términos culturales, tiendo a ser parejero.) Queda en el aire pero, el sábado, después de cenar con puros y whiskys y nostalgias de la esposa y de la hija y de la nueva mujer que no llega, nos precipitamos, sin discutirlo demasiado, a la mítica parodia de las construcciones de Los Picapiedra. Nuestro look es playero, sí, pero ambos llevamos saco de lino (a esta edad sería muy peligroso pescar un aire, y además sirve para disimular la barriguita ya imposible de perder por más abdominales que se fuerce uno a hacer). Nos paramos ante el cadenero. En un tono de autosuficiencia que llevo 15 años sin usar -“¡Maik! ¡Somos tres parejas y dos niñas!!”- nos anunció. Pero no se parten las aguas para nosotros. ¿Dos hombres cuarentones y panzones solos en un antro todavía de moda? ¡Ni pensarlo!

-

Fuera de onda que ya estoy, propongo vayamos al Palladium -la competencia en aquellos años áureos-, donde somos admitidos ipso facto (así de decadente es ya). Pagamos mil pesos de cover por 10 minutos y dos Yolis. Terminamos en mi habitación, asaltando el minibar, divertidos con nuestra incipiente pero ya irreversible obsolescencia. Desde el iPod, Maurice Chevalier canta, con voz cascada y acento francés, que he’s glad he’s not young anymore.

miércoles, noviembre 24, 2010

"El terremoto que olvido el arte"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 24/11/10)

Desde tiempos inmemoriales, el arte ha estado relacionado ampliamente con la humanidad. Es por eso que cada hombre que ha habitado la tierra en las distintas épocas, ha tenido la necesidad de dejar alguna huella o testimonio, como constancia de su paso por la vida. Gracias a esta hambre de expresión y ubicuidad, hemos podido enterarnos desde: la desaparición de culturas enteras, el sufrimiento causado por alguna conquista, hasta la lucha contra epidemias, buscando, quizás, heredar una reflexión o un mensaje para las nuevas generaciones.

Gracias a muchas expresiones artísticas, los historiadores han podido rellenar algunos huecos, que el discurso histórico no ha logrado. Lo anterior, es una relación que al autor de la generación del Crack: Ignacio Padilla, le interesa ahondar en su ensayo “Arte y olvido del terremoto” (Almadía, 2010) - galardonado con el Premio Luis Cardoza y Aragón de Artes Plásticas 2008-, cuya intención es buscar esa correspondencia entre arte, catástrofe y pérdida causadas por el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Para ello, busca responder: ¿qué queda de aquel desastre en la conciencia colectiva de una sociedad que, por otra parte, insiste en no olvidar el 2 de octubre o la crisis de 1994?, ¿puede decirse que hubo un arte de los sismos?, ¿cuáles son las asignaturas pendientes de nuestra memoria colectiva, que tocaría resolver a las artes?

Ignacio Padilla lleva al lector a una reflexión amplia y exhaustiva, sobre la verdadera aportación o no que en su momento pudieron tener diferentes artistas como: Gabriel Orozco, Mauricio Maillé, Sergio Toledano, Rubén Ortiz, Ulf Rollof, Eloy Tarcisio, Antonio Luquín, Germán Venegas, Enrique Metinides; o colectivos artísticos como: la Compañía de Luz y Fuerza y el Semefo. Para lograr que este ahondar parezca sencillo, recurre a un lenguaje ameno, de tal forma que el ensayo logra mezclar el argumento con el estilo narrativo de un cuento o una novela.

“Arte y olvido del terremoto” logra explicar y establecer los resultados que la sociedad ha sufrido al no saber nombrar y cuestionar, en tiempo y forma, las heridas causadas por el terremoto; al mismo tiempo que expone las responsabilidades que comparten los medios de comunicación masiva junto con el arte, respecto a la amnesia colectiva que se tiene del temblor.

Avisos parroquiales

Dentro del programa de la FIL-G, Sergio Pitol y su “Autobiografía soterrada” harán acto de presencia el 28 de noviembre a las 200:00 horas en compañía de Martín Solares; el 1 de diciembre a las 19:00 horas Pedro Ángel Palou presentará “Pobre patria mía”, lo acompañara Paul Garner –el biógrafo de Porfirio Díaz-; el jueves 2 de diciembre a las 12:00 horas el poeta poblano Miguel Maldonado presentará su poemario “Los buenos oficios. Responso a Los demonios y los días de Rubén Bonifaz Nuño”, lo presentarán Pedro Ángel Palou, Rodolfo Mendoza y Víctor Ortiz; este mismo día a las 13:30 horas se presentará Uni-Diversidad, la revista de Pensamiento y Difusión cultura de la BUAP, ya con dos números en existencia, dicho evento estará a cargo de Pedro Ángel Palou; e Ignacio Padilla presentará “La isla de las tribus perdidas el 3 de diciembre a las 20:00 horas, al lado de Ana Clavel.

Condón habemus-Javier Aranda Luna (La Jornada/Opinión 24/11/10)

Y la Iglesia se mueve. El uso del condón, dice el Papa, se justifica en algunos casos. Y aunque debería ser en todos, la declaración de Benedicto XVI muestra por qué la Iglesia católica ha sobrevivido como pocos estados.

El Vaticano, ese Estado más allá de cualquier Estado, es el más antiguo del mundo y el más terrible en muchos casos. Piénsese en la Inquisición, en los siglos que tardó para reconocerles alma a los indios, algunos derechos a las mujeres, en su acercamiento al nazismo, en callar ante el holocausto y más recientemente por haber protegido en sus atrios y lugares santos a personajes tan del submundo como Marcial Maciel, más cercano a la imaginería medieval del infierno que a las cortes de santos que según esa Iglesia existen.

¿Los jerarcas de esa Iglesia terminarán diciendo en cien años que no existieron santos ni vírgenes ni un oscuro infierno a pesar de sus llamas, y recomendarán el uso del condón como ahora recomiendan la lectura de la Biblia que condenaron en la época de Lutero? Por lo pronto ya abjuraron del limbo.

La lucha contra el uso del condón ha sido una bandera de partidos como el PAN, en cuyas filas, al parecer, son más papistas que el Papa (¿eso será producto del analfabetismo funcional?) ¿Qué harán ahora sin esa bandera inamovible? ¿Cuál será el eslogan de sus próximas campañas? ¿Seguirá siendo di sí a la vida sin aclarar que se refieren a aquella más allá de la muerte?

Para Benedicto XVI Marcial Maciel fue un falso profeta. ¿Existirán otros más dados a la fiesta que al ayuno, a la simonía que a la humildad, a la carne que a la meditación teológica? ¿Los conocerá Onésimo Cepeda? ¿El cardenal Rivera? Lo pregunto porque el Papa dijo que el caso de Maciel lo conocían desde hace tiempo.

Bien hizo Juárez en separar la Iglesia del Estado. Bien harían los partidos en separar de sus plataformas políticas los credos de la Iglesia. Eso no significa que los políticos renuncien a sus creencias. Equívocas para unos o certeras para otros, todos tenemos, al fin y al cabo, derecho a equivocarnos. Pero no con cargo a los recursos públicos, como hace una vez y otra el gobernador de Jalisco, que ahora pretende curar conterapias a los gays de una enfermedad que no existe porque cada quien tiene la preferencia sexual que le apetece.

Hay asuntos de salud pública, como el uso del condón y el derecho a la maternidad voluntaria, que es un crimen criminalizar. Y peor aún con recursos públicos. Con recursos que aportan judíos, budistas, protestantes, musulmanes e incluso ateos, los sin dios que han resultado ser muchas veces más tolerantes, como pedía el Cristo, con sus semejantes.

Es cierto que la lucha contra el sida no se ganará sólo con el uso del condón, pero también es cierto que se perderá irremediablemente y a costos sociales y económicos altísimos, como ya los vislumbró el pontífice de Roma.

Justificar el uso del condón en algunos casos es una medida insuficiente pero, en efecto, un primer paso de responsabilidad. De responsabilidad del individuo frente al otro y de una Iglesia que tarda siglos en reconocer sus yerros.

¿Por qué no las buenas conciencias se ponen a hacer buen pan y no inflan con la levadura del odio a quienes promueven el uso del condón y la maternidad voluntaria?

¿No será hora de que los católicos con recursos vuelvan a los orígenes de sus mandamientos y que resumió el Cristo al que dicen seguir en uno? ¿Que amen al prójimo como a sí mismos, sinasquito ni rabia o sin la altanería que da el poder político y el dinero?

Una de esas buenas conciencias desapareció un noticiario, otra bloqueó la publicidad de algunos diarios para tratar de desaparecerlos, otra más intentó censurar a una de las mejores revistas hispanoamericanas, Vuelta, sin éxito.

Es tiempo de que el zapatero vuelva a sus zapatos y el panadero a sus panes. Que hagan buenos cortes y verdaderas hogazas, que no nos den gato por liebre y no anden condenando el uso del condón o criminalizando a las mujeres que quieren decidir sobre su maternidad. Condón habemus.

martes, noviembre 23, 2010

Escrituras en presente /I (Diario Milenio/Opinión 23/11/12)

Acaso no sea literatura, sobre todo porque La Literatura, así con mayúscula, ya fue. Pero son, como argumentaba Josefina Ludmer, las escrituras posautónomas que producen presente. Un presente nuestro. Abrazan la tecnología, confunden a sabiendas el lugar del yo y el lugar del tú, les importa poco dónde empieza y dónde termina la ficción. Si el número de seguidores indica algo, están entre los autores más leídos de hoy. Y, aunque el tuit es una obra en 140 caracteres y no más, algunos de ellos se las han arreglado para producir narrativas más largas que aparecen, entrecortadas, en mi TL casi todos los días. Les he pedido a algunos de ellos que compartan, tramposamente sin los cortes naturales del TL, esos textos. Los ven aquí, ahora, como quedaron después. En el después. Es tuitescritura. Vienen de la frontera tijuanense y del centro chilango y de otros lados. Son hombres y mujeres, casi todos muy jóvenes. Son, sobre todo, lo creo así, escritores. Veremos. Vean, en todo caso.

I. Rafael Zamudio (Tijuana, 1985) UABC Lengua y Literatura Hispánicas @Reiben

ESCRIBIRÉ

Será escribir, escribir todo lo que no puedo mejorar fuera de la escritura, escribir todo como quisiera que fuera, escribir, porque qué.

Escribir el mundo que preferiría habitar, el mundo por el que daría mi vida, el mundo por el que los mataría a todos.

Escribiré sobre las planicies que nunca atravesaré y nunca sabré cómo se siente cruzarlas.

Y llegará la muerte justa en el momento justo, en el más inesperado, sobre la cumbre de las risas más sinceras y amplias.

Llegará la muerte cuando la espesura de todas las hierbas dé la sombra perpetua, la sombra plena.

Escribiré que llegará la muerte en el mejor momento de una vida, para que esa vida no conozca la caída, la náusea ni la decepción verdadera.

Mi crueldad será entonces su redención, y nunca lo sabrá, nunca se atreverá a agradecerme.

Escribiré las calumnias que me apuntalarán sus amigos, sus amados, por habérselos arrebatado, por habérselos negado para el resto del tiempo.

Y seguiré escribiendo, para volver, para evadir mis recuerdos, para vencer esos momentos, a esos otros que aparecieron para robarme el aliento.

Escribiré porque sé que no puedo hacer otra cosa, porque todo lo demás, si no lo escribo, se me muere en las manos, se me hace arena.

Nadie puede salvarme de esto: es mi destino traducir las voces de este mundo y hacerlas legibles, escribirlas.

Escribir es mi responsabilidad y a ello me comprometo. Este es mi voto de casamiento. Esta es mi promesa, mi palabra.

Y en eso me regalaré todos los clímax que nunca he tenido, los que merezco y los que pude haber robado. Los que me negaron y los que detuve.

Escribiré para hacerme la justicia y la injusticia que le faltó a mi vida y a las de ustedes.

Escribiré para casarme y tener hijos y nietos, para dejar de fumar, para ser una persona cansada que ve televisión y trabaja para verla.

Escribiré para cazar a todos los dragones que hacen azul al cielo, para volver a matar a Dios, para cosechar arroz en Tacuarembó.

Escribiré para olvidarlo todo, para morir en paz.

II. Araceli Arriaga Altamirano (MexicoDF, 1987). IPN Ingeniería Ambiental @arissima

TE VOY A QUERER COMO SI TE ESTUVIERA ESPERANDO, EXTRAÑO

1. Estoy con @Porcupino, fumamos mota. Vemos la Big Band en Bellas Artes. Estamos felices. Bailamos discretamente conteniéndonos el vuelo.

2. Ahora un concierto urbano de timbales y pam pam pam, aplausos, mujeres bailando, caderas en vaivén. Tengo este cuerpo y lo uso como si nunca.

3. Aparece un malabarista de fuego, se le escapa la antorcha al público. Alguien se quema. Hay reclamos y decidimos caminar.

5. ¿Nos damos una limpia? Va. Nos damos una limpia a lado de la explanada del zócalo. Canela, aceite caliente, olores espesos, hierba dulce.

9. Llego a metro copilco a las doce pe eme.

10. Espero dentro del metro. El tiempo es una espera ovoide.

11. Se acerca un extraño que no es mi Extraño, pregunta la hora y si estoy esperando a alguien. Hace un gesto de confusión amable y se va.

12. Era guapo.

13. Doce treintaicinco. Van a cerrar el metro. No sé qué hacer. Estoy sola.

14. Salgo del metro, veo un 7eleven. Luz. Entro, compro café, cigarros y una manzana. Salgo y espero.

15. Espero. Estoy lista para quedarme quieta.

18. 1:00 am Hago planes por si no se arma nada y yo tenga que dormir en la calle. No puedo regresar a casa, tengo frío, ¿qué voy a hacer?

20. Veo un bar despierto, debería entrar y esperar para después conseguir un pedazo de asfalto hasta las seis que es cuando abren el metro.

22. Entro al 7eleven con suficiente frío, veo la hora, el policía sonríe, me veo al espejo, pálida. Una señora ojea una revista de señoras.

23. Entra un joven, compra algo y sale a comer justo al lado mío o quizá a cinco pasos medidos en sistema internacional o en pulgadas, depende.

24. Sigo esperando a que pase algo. Esperar es caminar despacio, también.

26. —¿Esperas a alguien?

—No sé… es decir, sí y no, y no sé a quién.

—¿Pasarán por ti?

(Traduce mi mirada: No tengo idea de dónde será mi noche.)

27. Contesto:

—No estoy segura.

—¿Y si no pasan?

—No tengo puta idea.

28. —Tengo un cuarto, vivo solo, hay alcohol y puedes pasar la noche. (Lo dice con calma como ofreciendo nada más. Dar es dar, pienso)

29. En ningún momento imagino que puede matarme, violarme y demás; dormir abrigada es mi única voluntad, con quien sea me da igual.

31. En el camino platicamos de cosas varias y protocolares. Estudia y se llama D. pero para mí es Extraño.

32. Me recuesto en su cama. Qué bonita cama, se recuesta a lado mío y platicamos. Estoy envuelta en cobijas. Ya no tengo frío.

33. Platicamos del tuíter, le escribo mi arroba en el brazo, me escribe la suya, le escribo mi tuit más faveado. Quédate con mi sharpi naranja.

36. A estas horas, siendo las 2:30 am, estoy segura de que pasaré la noche aquí. Estoy segura de que quiero.

37. Si duermo sería lo más bonito que pudiera pasarme, le digo recordando la limpia en el zócalo, el jazz en bellas artes y la bonita noche.

38. —¿Tú no te sientes sola? —me pregunta y yo queriéndome hacer pedazos pero aguantándome la boca.

39. Qué bonito es no tener frío.

40. Me hablan desde la fiesta. Quiero verlos pero no quiero moverme de aquí.

42. Me pongo los zapatos breves y sé que este piso me extrañará descalza, la extraña primera o la penúltima o la quinta.

44. Le doy un beso en la mejilla y me voy. Cruzo el semáforo a saltos pequeños en forma de pasos. Calma.

45. Algo en el corazón que no se quiere ir. Quiero volver y quedarme y amanecer y quedarme un poco más para esperarlo de frente.

46. Llego a la fiesta.

47. Lo extraño.

Nostalgias embusteras (Diario Milenio/Opinión 22/11/10)

Levántate y declara


No se hablaba del reportero estrella porque fuese un notable investigador, ni por la sagacidad de sus preguntas, ni por la contundencia de su prosa, sino por su sentido de la oportunidad. Si ayer en la mañana estiraba la pata un personaje clave del arte y la cultura, o incluso la política, cerca del mediodía ya timbraba el teléfono de uno y otro jefe de redacción que escuchaban la oferta del reportero estrella: tenía una entrevista inédita con el ilustre fiambre, acompañada de una fotografía de los dos, tomada al justo término de la entrevista. Como era de esperarse en un mundano ubicuo como él, cada conversación del reportero estrella solía estar salpicada de referencias a ciudades y épocas prototípicas, de manera que resultara natural imaginarlo en Berlín cuando la caída del muro, o en Nueva York durante los avionazos, o en el lecho de muerte de Borges. Efecto que no siempre conseguía, pero de todas formas él daba por hecho pues no podía creer que alguien no le creyera.

“Las mentiras no necesitan de un avión para perseguirte”, sentencia la canción de los Avett Brothers, y he aquí que la suerte del reportero estrella se vino abajo cuando algún aguafiestas oficioso descubrió que en ninguna de sus entrevistas había nada que el poeta, la pintora, el cineasta o la chanteuse no hubiesen expresado en otra parte. Cada uno de esos textos providenciales era un habilidoso pastiche de entrevistas publicadas en diferentes medios. ¿Y las fotos? Rascando un poco más, se supo que el farsante muy rara vez perdía oportunidad para ir a retratarse al lado de los personajes que después juraría haber entrevistado, e incluso, en varios casos, profesarles un cariño profundo por causa de su larga y fructífera amistad. Ahora imaginemos el obeso archivero del reportero estrella, hinchado de carpetas con los nombres de futuros difuntos inminentes, cada una sembrada de recortes de entrevistas auténticas, de manera que ni los propios deudos pudiesen reclamar, si acaso se topaban con aseveraciones tan verosímiles. En cuestión de dos horas, el pícaro mitómano podía entrevistar póstumamente a cualquiera de sus fotografiados.

Cristian Who?


Me ha venido el recuerdo de la caída en desgracia de aquel laborioso farsante no bien leí, casi sin proponérmelo, una de esas noticias que dejan al lector pasmado e indeciso entre la carcajada y repelús, nada más ubicarse en los zapatos de su protagonista. Resulta que el cantante Cristian Castro tuvo a bien alardear días atrás, ante un par de medios argentinos, de sus farras al lado del cantante Luis Miguel, así como de su honda amistad con el infortunado Gustavo Cerati, tanto que según él acudió a visitarlo al hospital, donde la enfermedad le impide comentar a este respecto. Su esposa, sin embargo, no está en coma profundo, así que ha respingado para tirarle el cuento al declarante: Cerati nunca fue visitado por Castro, ni eran amigos, y de hecho tampoco se conocían. A lo cual, indignado, el aludido contraatacó: lo había visitado un par de veces, y de hecho lloró a su lado durante nada menos que cuarenta y cinco minutos. Más todavía: distinguió entre sus piernas una manta con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ahora bien, no hay testigos. Por lo visto Gustavo Cerati está allí solo a expensas de que cualquier pelmazo llegue y le chille por tres cuartos de hora. ¿Quién más, si no un pelmazo, va de visita al hospital sólo para llorarle al enfermo cual si estuviese ya en el ataúd?

Para mayor descrédito de la voz cantante, resulta que el colega Luis Miguel tampoco ha recordado las supuestas parrandas que Castro tanto añora frente a los micrófonos, y de hecho asegura que jamás sostuvieron otra relación que la profesional. Es decir que, ya fuera cierta o falsa la amistad parrandera de marras, el estirado crooner al que llaman El Sol encuentra desprestigio en ser reconocido como amigo —y peor que eso: amigote— del baladista de la lengua larga (apodado también el Gallito Feliz, y en fecha más reciente el Pato Lógico). ¿O es que el tal Sol desmentiría a Harry Connick Jr., si un día éste se dijera su cotrasnochador? A la mitomanía del pretencioso se le reclama menos su falsedad que ese interés recóndito y desvergonzado al que suele aludirse con napias arrugadas: el hediondo y conspicuo arribismo, discreto como un moco en la corbata.

Con permiso del olvido


Ahora bien, si uno se ríe tanto cada vez que un narciso memorioso es desmentido en público, es porque se imagina la talla del bochorno, dado que alguna vez, si no es que varias, mintió asimismo en nombre de su ego y temió luego ser desenmascarado, quizá en la adolescencia, o en la infancia, o puede que ayer mismo en la mañana. Tire la primera Biblia quien esté libre de mitomanía. Aunque eso sí, como suele decirse, hay niveles. Mi amigote Santiago Roncagliolo, que para bien de ambos sí se acuerda de nuestras parrandas, ha añadido al relato respectivo tanta literatura que ya me da vergüenza dar cuenta de esas noches como de verdad fueron, pero es verdad que lo hace con la gracia bastante para evitar que corra a demandarlo por difamación. Qué más quisiera, en cambio, a la hora de soportar a uno de esos fantoches ubicuos que se quieren el centro de todos los relatos y cuentan las anécdotas ajenas como propias, que poder demandarlo por usurpar los recuerdos ajenos. Pero no es un delito ser fantoche. Basta, aparte, con una rebanada de cinismo para enfrentar la mala fama resultante, y al fin hallar asilo entre la desmemoria general.

Cada vez que un nostálgico inspirado intenta recordarme una aventura que según yo jamás vivimos juntos, siento como si me estuviera invitando a maquinar un fraude contra mí mismo, que para colmo ya no estoy tan seguro de que lo que recuerdo sea cuanto en verdad sucedió. El mitómano, en cambio, podría describirlo con lujo de detalles, y hasta jurarlo a lágrima viva. Se apuesta uno completo por sus patrañas, más todavía si se justifica dando por hecho que igual todo es mentira en esta vida turbia y engañosa. ¿Y todas esas risas, allá afuera? ¿Cuáles risas, perdón? ¿No oyeron los aplausos?

sábado, noviembre 20, 2010

Conductor designado (que no resignado)-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 20/11/10)

Problema mayúsculo durante años: completar en fichas migratorias la casilla marcada “Ocupación”. Y es que la respuesta verdadera arroja en mi caso un resultado harto plural. Escribo, y lo que escribo es a veces crónica, a veces ensayo, a veces narrativa, a veces teatro, a veces periodismo, y con mayor frecuencia todas las anteriores a un tiempo; por si fuera poco, lo hago en libros, en revistas, en este periódico. Trabajo, asimismo, en televisión, para la que en ocasiones también escribo, en ocasiones produzco —actividad que consiste desde en revisar contratos hasta en corretear gente para que haga su tarea asignada, pasando por ir por los chescos— y en la que con frecuencia aún mayor aparezco. ¿Que qué hago en ella? Depende. De los tres programas en que participo ahora, en uno llevo una sección —es decir que produzco / investigo / comento—, en otro debato sobre un tema con un amigo y un invitado —digamos que ahí comento / explico / discuto, pero también asumo tareas que podrían ser consideradas de producción— y en un tercero respondo preguntas del público, chacoteo con mis compañeros de panel y me esfuerzo con poco éxito por hacerme el chistoso. Reto al lector: ¿cuál es mi ocupación profesional?

Podría responder que soy comunicólogo, y es que en efecto estudié Ciencias de la Comunicación (prometo no volver a hacerlo). Pero también es cierto que dicha formación universitaria no me capacitó para realizar mi trabajo mejor que a mis amigos filósofos, politólogos y hasta abogados e ingenieros que se dedican a lo mismo que yo. Escritor es lo que pongo ahora, pero confieso que no me atrevía a hacerlo hasta que publiqué mi primer libro, y que me sigue pareciendo un poco sacrílego hacerlo. Periodista me dije en un tiempo pero, cada que pensaba en Kapuscinski o en Jon Lee Anderson, la sola palabra me hacía sentirme culpable. Podría consignarme productor de tv, y diría una verdad pero –¡ay!– demasiado parcial. Escritor entonces, sin pudor pero ya sin culpa. Lástima que pocos me consideren tal. Y es que, de acuerdo a la mayoría de la gente, lo que soy es un Conductor, a lo que respondo “¡Eso sí que no!” (cuando menos no en tanto identidad profesional). No que no conduzca. Pero conducir televisión o radio no es una identidad profesional ni una ocupación sino una mera función administrativa, acotada en el tiempo. Conducir es saludar y despedir una transmisión, dar información práctica, presentar al invitado, mandar un corte.

Pero hay quienes se dicen, muy orondos, conductores. No es que tengan una identidad profesional, y ésa los haya llevado a aparecer en tv donde, además, conduzcan; es que eso se asumen: conductores. Lo peor es que tienen razón.

jueves, noviembre 18, 2010

México en desconcierto-Pedro Ángel Palou (El Universal/Opinión 18/11/10)

Aunque algunos vaticinaron que nos empacharíamos de festejos, lo cierto es que el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la revolución en realidad nos dejaron a todos un mal sabor de boca. Más allá de la polémica por saber quién era el modelo para el Coloso –o la tontería misma del Coloso y la fatuidad del grito de 2010- lo cierto es que perdimos la oportunidad de reflexionar con seriedad en la sociedad que fuimos en ese entonces y en la que queremos ser en este milenio que apenas comienza y en la que parece que nuestras asignaturas pendientes nunca serán aprobadas.

Este país sigue siendo hecho, pensado y retransmitido vía satélite por las élites. Aunque estas cambien cada vez, no importa: son las mismas que se llamaron hombres de bien en la época de Santa Anna, pacíficos en la época de Zapata, legalistas cuando López Obrador tomó el Paseo de la Reforma.

Son los mismos que le pidieron a Marcos —cuando era el subcomandante y no su caricatura— que se quitara la máscara pues alguien sin rostro no podía hablar en la Cámara de Diputados. Son los mismos que creen que sólo la mano dura puede solucionar nuestros problemas y son los mismos que hablan del estado de derecho cuando una manifestación política se les sale de control sin darse cuenta que el estado nunca le ha dado derecho de nada a una inmensa mayoría de mexicanos que lo mismo se van a Estados Unidos a buscar una mejor vida que se matan en las calles de Ciudad Juárez y Tamaulipas y… en todos lados

Se hicieron tan mal las cosas –con Durmamos México por las noches de los viernes, con celebraciones inocuas en los estados, con fatuidad en la federación que tampoco se logró que adquiriéramos conciencia de nuestra historia, sus aciertos y lagunas, sus triunfos en medio del desconcierto que se ha llamado México.

Y no me llamo a engaño con la producción literaria pues los tirajes no tienen la extensión suficiente como para que formen parte de la argumentación; son un añadido apenas al edificio en ruinas en que se ha convertido nuestro país.

Sin embargo todavía es tiempo de llamar a pensar, a construir un espacio público para un debate nacional. Todavía tengo la esperanza de que más temprano que tarde deberemos convocar a un nuevo constituyente y empezar por allí. No de cero, ese error ya también lo cometimos muchas veces, sino de nuestros mínimos comunes múltiplos. ¡Que alguien empiece a despejar la incógnita, por favor!

miércoles, noviembre 17, 2010

"Vida + Fútbol + Literatura = Vladimir Dimitrijević"-(Columna El Guardián del diván-Diario El Columnista 17/11/10)

La relación entre fútbol y literatura para muchos puede resultar extraña, pero otros ya la vemos como cotidiana. Los mejores ejemplos en México de dicha relación son: Juan Villoro, Rafael Pérez Gay; a nivel Latinoamérica tenemos a: Andrés Neuman y Eduardo Galeano; por nombrar algunos.

A mis manos ha llegado la segunda edición de: “La vida es un balón redondo” de Vladimir Dimitrijević (Sexto Piso, 2010), un libro exquisito para todo aquél lector que tenga como pasiones vitales al fútbol y a la literatura.

A lo largo de ciento treintaisiete páginas, el autor ofrece una hermosa y dinámica disertación sobre la importancia que tiene en su vida el fútbol y cómo ésta comparte símiles con las formas de vivir la literatura. Vladimir ofrece unas comparaciones interesantes entre escritores y directores técnicos, entre cualidades poéticas y la existencia de los cracks del fútbol. Sin embargo, no es un texto romántico donde el autor sólo se dediqué a plasmar las virtudes del fútbol y sus semejanzas con la literatura; también retrata las grandes afectaciones, para bien y para mal que este deporte ha sufrido con la incursión de tecnologías y la inyección de fuertes economías, gracias a las monstruosas publicidades; desde la implementación de slogans en las playeras de fútbol, quitándoles elegancia; hasta la aparición de cánones de lo “futbolísticamente correcto” y la “esclerosis democrática”, que da como resultado: un cierto temor a no triunfar que ha inundado el fútbol a nivel mundial, cambiando así los juicios y la estética futbolística. Ahora es raro ver marcadores abultados y en cambio se ven partidos donde la diferencia entre el ganador y el perdedor es de un gol.

Sin duda, una amplia metáfora de la vida futbolísticamente literaria.

“La vida es un balón redondo” más que ser una serie de ensayos ortodoxa, es una serie de conversaciones amenas e íntimas , donde el autor quiere hablar con el “otro” acerca de lo mucho que extraña el fútbol, pues una lesión le arrebato la posibilidad de llegar a ser un futbolista profesional. Es, de igual forma, una invitación a no perder la pasión por la vida y por los sueños que uno va teniendo desde pequeño y que no siempre se cumplen.

Avisos parroquiales

Ya está circulando el número 111 de la revista Dosfilos, cuyos principales atractivos son las apariciones de las plumas de Guillermo Samperio con su texto “El amplio y breve oficio de la escritura” y una breve muestra poética de Pedro Ángel Palou, poemas que son parte de su “Catálogo de las aves”, publicado recientemente por el Gobierno del Estado de Zacatecas.

Y pronto saldrá el segundo número de la revista Uni-Diversidad, espérenla.

martes, noviembre 16, 2010

Goeritz en Campo Alaska, 1950 (Diario Milenio/Opinión 16/11/10)

Werner Mathias Goeritz Brunner nació el 4 de abril de 1915 en Danzig, una ciudad de la Prusia Oriental, Alemania, que con el paso del tiempo se convirtió en Gdansk, Voi-vodato de Pomerania, Polonia. Pero Mathias Goeritz, el nombre por el que sería más conocido, murió en México un 4 de agosto de 1990. El número, vean. El cuatro. Recordado, sin duda, por frases como “Menos inteligencia y más fe”, Goeritz inició estudios de medicina en Berlín, pero terminó inscribiéndose en la Escuela de Artes y Oficios de Berlín-Charlottensburg, donde se doctoró en filosofía e historia del arte. Tal vez desde entonces ya creía que el arquitecto y el albañil eran una sola persona. Tal vez desde esa estancia en Berlín se convenció de que estar a la vanguardia no significaba ir al frente de los demás, sino separarse de ellos hasta volverse algo en sí, absolutamente nuevo y ejemplar, aunque lejano. Es difícil saber con precisión en qué momento surgen las ideas. Es difícil ponerle un número a todo eso.

Quienes lo recuerdan, que no son muchos, lo recuerdan como un hombre alto, altísimo. Una manera típica de describirlo sería la siguiente: “Un hombre de casi dos metros de estatura y manos grandes que estaban constantemente ocupadas con lápices, pinceles, papeles, libros, pieles, cuerpos”. Luego de vivir en Tetúan en 1941, en Granada en 1945, Goeritz fundó la Escuela de Altamira en Santillana del Mar en 1948. El lema que la volvería famosa fue: “Todos los hombres, por fin hermanos, se convierten en artistas”. La carga de la utopía. El olor a cueva. Luego, en 1949, justo cuando enfrentaba dificultades con la renovación de su permiso de residencia, Goeritz recibió una invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales para impartir cátedra en una universidad de la ciudad de Guadalajara. En esta universidad creó un taller de diseño en el que difundió lo que sabía de la Bauhaus. Cinco años después, la Universidad Nacional Autónoma de México lo contrató para dirigir un taller de educación visual y, más tarde, la Universidad Iberoamericana le encomendó la creación de la Escuela de Artes Plásticas. En todo caso, fue por invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales que Mathias Goeritz se trasladó a la Ciudad de México en 1949.

Un año después, Mathias Goeritz llegaba, exultante, a Campo Alaska.

En las numerosas cartas que escribió tanto a miembros de su familia como a amigos y artistas de distintas comunidades, Goeritz contaba en minucioso detalle lo que pasaba frente a sus ojos y lo que pasaba, casi al mismo tiempo, por su cabeza. Se trata de un copioso diálogo epistolar que, todo parece indicarlo así, le ayudaba a aclararse ante sí mismo su propia relación con el mundo. Ahí explicaba. Ahí decía y se desdecía. Ahí pedía disculpas o demandaba disculpas. Ahí, también, en algunas de esas cartas, mencionó su viaje al norte. 1950. El esternón del siglo. La mitad de la mitad. Todo había empezado, se explayaba ahí, a causa de un tambor. Entre todas las personas que conoció en los primeros tiempos de su estancia en México, hubo una en particular; era un hombre un tanto enloquecido de nombre Daniel Mont que se la pasaba tocando un tambor mientras decía: “Que chingue su madre me dijo la muerte, que chingue que gusto de verte”, lo cual podía durar horas. Goeritz veía en Mont ciertos dejos de la personalidad del dadaísta Huelsenbeck, quien portaba un tambor dentro del cabaret Voltaire, y bajo esta misma “lógica del tambor” propuso al irreverente hombre hacer un museo experimental en el que la emoción y la espontaneidad primaran sobre la lógica y la razón. Cabe la posibilidad de que haya sido ese mismo hombre quien primero le habló del otro hombre, el hombre del fin del mundo. El hombre de Campo Alaska.

Quieres ser la mujer por la que un hombre se queda en el fin del mundo.

Encorvado sobre la máquina de escribir, absorto. El abrigo negro. Las uñas rotas. Una especie de continuo balbuceo que algunos confundían con un rezo en la punta de la boca. Eso era él o un resumen de él. El humo de los cigarros. Los anillos de plata y aguamarina en los dedos índice y pulgar. Por sobre todas las cosas, el ruido, ese incesante ruido de las teclas que azotaban el estrecho rollo de papel blanco.

––¿Por qué usa eso? —le habían preguntado con frecuencia al inicio, durante sus primeros días en el campamento. La voz consternada o irónica, una de las dos.

—Porque no hay otra cosa —había sido su respuesta una y otra vez. Terrena. Práctica. Brevísima. Como si tuviera muchas otras cosas por hacer. Como si alguien, en el fin del mundo, pudiera tener, en realidad, tantas cosas por hacer. Los ojos sobre el interlocutor con un poco de condescendencia, otro tanto de incomprensión. A alguien se le había ocurrido que cuando había pedido papel, él había querido decir rollos de papel para caja registradora. O tal vez era difícil conseguir hojas de papel tamaño carta o tamaño oficio. O seguramente poco le importaba al encargado de juntar sus víveres y sus objetos en esa caja que viajaba, cada mes, dentro de una avioneta piloteada por una mujer.

Por eso había empezado a hablar con ella. Todo a causa del papel.

—Necesito hojas, ¿me entiendes? —le había repetido muchas veces. Al inicio con la dicción de una paciencia falsa, a fuerza apenas simulada y, muy pronto, con exasperación—. ¿Será de verdad tan difícil conseguir papel de máquina en tu ciudad de mierda?

Mathias Goeritz llevaba un fajo de hojas blancas, tamaño oficio, enrolladas en el bolsillo interior de su saco cuando abordó el avión privado que lo llevaría de la capital hasta la ciudad fronteriza donde lo estaría esperando ya, con esa actitud entre distraída y petulante, la aviadora de cabello corto y cobrizo que lo conduciría finalmente hasta Campo Alaska.

—Usted debe estar loco para ir hasta allá —le había dicho ella a manera de saludo mientras extendía la mano y removía la tierra suelta con la punta de su bota derecha. La mirada, definitivamente, en otro lado.

—Usted también —le había respondido, terrenal y práctico, el hombre más alto de su vida. Luego, como si no hubiera otra cosa por hacer, le había señalado el camino hacia la avioneta con un gesto diminuto y delicado.

Ese tipo de mujer.

lunes, noviembre 15, 2010

La sonrisa de Berlanga (Diario Milenio/Opinión 15/11/10)

Asqueroso entrañable


Tamaño natural, se llamaba la película. Si no recuerdo mal, fue la única vez que me vi fascinado por los guiños estáticos de una actriz absolutamente inexpresiva. O fue acaso que no supe evitar cierta recóndita solidaridad con el protagonista, encarnado por Michel Piccoli. Recordaba al actor por El trío infernal y La gran comilona, donde asimismo daba vida a sendos príncipes del libertinaje, pero he aquí que Tamaño natural abrevaba de un hondo romanticismo donde, nupcias de castidad y concupiscencia, un hombre se entregaba a seducir a la muñeca plástica que le había llegado en un paquete. Paseos, ropa, joyas: el hombre no escatima. Y cuando espera de ella un regalo especial, es lo bastante espléndido para comprarlo él mismo y ponerlo en las manos de la muñeca. “¡Te acordaste!”, le dice, tan sorprendido como el espectador, que a cada paso duda si lo que ve no es sólo verosímil, sino encima posible, y por toda respuesta se carcajea. Recuerdo que en el cine, atrás de mí, había una mujer acongojada cuya idéntica queja iba antes y después de cada escena intensa entre hombre y muñeca: “¡Guácala, viejo asqueroso!”

Ese viejo asqueroso, celebré ya después, cansado de reírme de la sinceridad de la expresión, no es solamente Michel Piccoli, sino el provocador Luis García Berlanga, que amén de dirigir la película regentaba asimismo una colección de libros que a mis ojos elevaba sus bonos a la mera estratósfera del libertinaje: La sonrisa vertical. Nunca supe, ni quizá me interese saber hasta dónde se involucraba Berlanga en la edición de esos libros preciosos y regocijantes, cuya estigmata implícita los destina a ocupar un lugar tan recóndito en libreros, armarios, cajones, dobles fondos, como el del corazón en el abdomen. En lo que a mí respecta, me basta con que los haya leído. Sería cuando menos signo de que ha gozado de la vida más allá del común de los mortales. Imposible contar las risas y terrores y rubores, entre otros exabruptos intempestivos, que he vivido con uno de esos libros de pasta rosa y cerradura abierta entre las manos. Porque, claro, esas cosas no se cuentan.

Los rosados infiernos


El primero que leí —El bajel de las vaginas voraginosas, de Josep Bras— no era un clásico, ni quizás una joya, pero me reí tanto del principio al final que desde entonces ya no puedo evitar una cierta sonrisa francamente horizontal cada vez que me enfrento a una de las portadas de la colección que hoy es la biblioteca pública de Berlanga. Si los pacatos deudos de otros muertos ilustres se ocupan con afán de inquisidor en desaparecer las zonas infernales de su biblioteca, la del cineasta se halla en tal modo desperdigada, multiplicada y con frecuencia escondida, que su fuego está a salvo de la hoguera oscurantista. Ya quiero imaginar las deliberaciones del jurado que por aquel entonces entregó al libro de Josep Bras el primer lugar del Premio La Sonrisa Vertical, y el segundo a Siete contra Georgia, de Eduardo Mendicutti, tras haberse retorcido de risa con la lectura de tamañas finalistas.

Tanto consenso hay en el asunto erótico que caben dentro de él la escritura humorística, las historias de horror y el grito primigenio de la carne, no pocas veces a un mismo tiempo. Del verdugo coprófago, profano e infanticida que lo hace a uno dudar entre risa y pavor en El inglés descrito en un castillo cerrado, el anónimo reivindicado por André Pieyre de Mandiargues, a los regocijantes consejos del Manual de urbanidad para señoritas, de Pierre Louÿs, el catálogo de La sonrisa vertical es poco menos que una repostería literaria. Pero se trata de ediciones escasas, o cuando menos escasean en los anaqueles, de modo que es más grande la tentación de ir atesorándolas. ¿Qué tal, se teme uno, como buscando justificación, si en veinte años no me vuelvo a encontrar este libro? ¿Quién me dice que ahí, entre las catacumbas de la entrepierna —o acaso las del alma, que les son contiguas— no me espera algún tren de pensamiento indispensable? ¿Cómo negar que es uno socio activo de esa logia secreta cuyo símbolo es una sonrisa chueca?

Superación pasional


Tal vez la gran ventaja de estos libros cuyos lomos se hacen reconocer a veinticinco metros de distancia sea su calidad de inquietantes. Si otros textos se leen por genuino interés, curiosidad voluble o mero amor al arte, éstos cargan las estigmatas suficientes para ya de antemano contar con las miradas turbias de quienes van a leerlos en la privacidad de su salpicada conciencia, y con alguna suerte volverán de ese ensueño tropical con el esfínter menos apretado. Si me diera por hacer chistes obvios, intentaría una lista de libros eróticos y personajes públicos urgidos de leerlos. De Espera, ponte así, de Andreu Martín, a la anónima Señorita tacones altos, es seguro que harían maravillas por dar vida y aliento a esos pobres rehenes del ojo público que se pasan la vida engarrotados como la muñeca de Michel Piccoli.

He revisado las noticias y editoriales en torno a la vida y obra de Luis García Berlanga, y apenas aparece alguna referencia a su trabajo como editor de libros. Especialmente aquellos color de rosa, con la solapa ancha y un suajado en el ojo de la cerradura que coincide con la mueca de marras. ¿Y no es uno, por cierto, lo que lee? Verdad es que la biografía, palabra y obra de Berlanga se bastan solas para dibujarlo, aunque no siempre darle profundidad. Cuando he leído la noticia de su muerte, me he quedado pasmado menos por el cineasta que por el secuaz: ese provocador que nunca se despide sin dejar tras de sí un pequeño desastre, como sería el caso de una conciencia sucia, un instinto convulso o una alcoba empapada. Poco me extrañaría que el estruendoso Luis G. Berlanga viera en cada uno de sus títulos queridos a una muñeca tersa y complaciente, digna de enloquecer al más equilibrado. Vayan, pues, estas líneas para acusar recibo agradecido.