sábado, abril 03, 2010

Crujir de dientes-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión 03/04/10)

Empieza abril y, como todos los años en estas fechas, pienso intensamente en Eduardo Lizalde, poeta mayor que no ha terminado de tener el reconocimiento que merece: es un evidente premio FIL castigado por quién sabe qué guerras intestinas. Pero no lo recuerdo en estos días por eso, que no importa porque tiene que ver con las nocturnas mareas académicas, sino por el poema de “Charlie Brown en la loma”.
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No es cierto –y que me perdonen todos los cursis de vanguardia– que abril sea el mes más cruel. Es el mes del renacimiento del mundo, que se verifica con todos sus estruendos en el parque de beisbol. Dice Lizalde:
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En la noche asesina,

y solo en el montículo

que soledad a veces,

Charlie, pavorosa!
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Empieza abril, vuelvo a leer el poema de Lizalde, y me sigo con libros que deberían ser clásicos, al menos de la ciudad de México, como El tigre en casa (1970) o Caza mayor (1979). Entonces sospecho que además de haber sido, como fuimos todos, un lector leal de Carlitos y Snoopy, Eduardo Lizalde le va también a mis pobres Orioles de Baltimore. No encuentro otra razón para tener una visión tan tremenda del más infantil y dulce de los deportes:
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Salvaje, eterna soledad de veras.

Cósmica soledad del lanzador

al centro del diamante.
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No es fácil seguir a un equipo que pierde todo siempre y de manera tan rumbosa: la última vez que los Orioles llegaron a la postemporada –con una novena formidable que después fue transplantada casi completa a Atlanta con mejores resultados–, mi hijo mayor tenía tres meses de edad. Hoy es un greñudo que navega la secundaria con unos vaqueros que dan pena y unos zapatos tenis que podrían servir de escabadoras. Lizalde tiene, en el mismo poema, unas líneas para esa soledad adolescente de mi hijo:
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Viudo en la loma,

Como bajo la ducha en

esa infancia

Que dejábamos ya, soñando

en altas diosas

O primas ruborosas

e imposibles.
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El bebé de entonces es un hombre y los Pájaros siguen en la lona –si en el béisbol existiera el ritual carnicero del descenso, los Orioles hace años que jugarían en segunda. Y sin embargo, nos mantenemos leales.
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En alguna ocasión dije en una presentación de libro, seguramente en el norte, donde el beisbol todavía importa, que le iba a los Pájaros. Un bloguero anónimo, artero y sabio, publicó al día siguiente una página en la que explicaba todos los defectos de los tristes libros que he publicado a partir de esa pasión tan dura de seguir llevando.
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Lluevan cielos

Derrúmbense las nieblas

sobre el parque.
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Que yo sepa, sólo habemos cuatro mexicanos que le vamos a los Orioles: Juan José Reyes –ilustre crítico y editor–, el Píter Párquer –que aunque no es el hombre araña sí se le parece–, mi hijo y yo. De los cuatro nacionales que calzamos la gorra negra y anaranjada, uno no ha visto nunca a su equipo cruzar la frontera de gloria del Clásico de Otoño y los otros tres quién sabe en qué situación estábamos principios de los ochenta, cuando fueron campeones por única vez –por entonces no había televisión por cable en México, así que escuchamos la Serie Mundial contada por el Mago Septién en la W de AM.
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Para nosotros cuatro, como para el Charlie Brown de Lizalde, la temporada que empieza mañana domingo es una “Solar, nocturna jornada interminable.”
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Nunca he entendido por qué la mayoría de los mexicanos cultos, que no le van ni a Dallas ni al América, siguen con un fervor tan arribista a los inmamables Yankees –aquí hay que explicar que un devoto de los Orioles obtiene idéntica felicidad con un triunfo de los Pájaros que con una derrota de los Mulos–. Para ellos, amigos respetables en todo lo demás, empieza mañana domingo el tiempo de la luz. Nosotros cuatro, Orioles firmes, resistiremos pagando todas las comidas hasta septiembre y celebrando en silencio balqueadas sin consecuencias contra Kansas City o Detroit.
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¡Qué soledad, de veras, Charlie!

–y falla el doble play,

para acabarla–.

miércoles, marzo 31, 2010

Unidos por la Historia. Primer capitulo (5/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (4/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (3/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (2/5)

Unidos por la Historia. Primer capitulo (1/5)

Agencia trágica (Diario Milenio 30/03/10)

Suele ser difícil escribir sobre el dolor. Los riesgos al tratar de aprehender sus contextos sociales y de encarnar sus quiebres y recovecos humanos, como lo recordara Susan Sontag en Regarding the Pain of Others, van desde el amarillismo fácil hasta la sentimentalidad achacosa —formas de interpretación que, en lugar de provocar una respuesta implicada o una empatía activa, más bien transforman cualquier escena de sufrimiento en un estereotipo o una pétrea lejanía. Se trata de mecanismos interpretativos que por lo regular se rinden ante el estado de las cosas o, peor aún, que lo reproducen ya en su crudeza o en su impotencia o en su verticalidad. Contra este tipo de construcciones, emergieron hacia el último cuarto del siglo XX estudios que privilegiaron la perspectivas de los más débiles y, en su caso, el de las víctimas. En su afán por ofrecer la otra versión, la perspectiva alternativa, la mirada que iba de abajo para arriba, muchos de estos análisis transformaron al sufriente en un héroe incluso a pesar de sí mismo. Así, enfatizando la agencia social —capacidad del ciudadano de producir su propia historia a través de estrategias tales como la resistencia, el acomodo o la negociación—, estos estudios se convirtieron, queriéndolo o no así, en narrativas de heroísmo: relatos más bien lineales y positivos en los que el agente no sólo aparece como proactivo sino que también se orienta hacia resultados concretos, por no decir que oportunos. ¿Y qué se hace entonces con el individuo que lo intenta pero no lo logra y, habiéndolo no logrado, entonces desiste? ¿Dónde se coloca a la persona que, devastada por el sufrimiento, sólo atina a enunciarlo y, aún entonces, entrecortadamente? Los estudios acerca del sufrimiento social, un campo interdisciplinario del que se fue oyendo más y más hacia finales del XX, han intentado, de hecho, buscar respuestas a este tipo de preguntas. Entre otras cosas, a mí me han hecho pensar en otro tipo de agencia. Sin ser pasivo, pues un acto siempre es un acto, este agente clama por una denominación alternativa: trágico.
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Como término que necesariamente remite a Poética de Aristóteles y que a menudo representa el fatalismo en el discurso común (pues en una tragedia, el héroe es destruido), la tragedia exhibe “la relación entre el sufrimiento y el gozo en un universo que con frecuencia es percibido, en mejores términos, como adverso, y en peores términos, como radical en su hostilidad hacia la vida humana”. Tanto si es celebrada como un deleite dionisiaco, al estilo de Nietzche, como si es lamentada como un mundo que lucha contra la voluntad de la humanidad, la tragedia incluye el importante concepto de purificación, “por piedad y temor”, en términos de Aristóteles; el proceso a través del cual las limitaciones humanas son reconocidas y aceptadas. Sin embargo, como ha señalado Karl Jaspers, la tragedia funciona cuando revela “alguna verdad particular en cada agente y, al mismo tiempo, las limitaciones de esta verdad, con [el] fin de revelar la injusticia en todo”. Este poder revelador ha conducido a Raymond Williams, con Bertold Brecht en mente, a percibir la tragedia a través de las lentes tanto del sufrimiento como de la afirmación.
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“Tenemos que ver no sólo que el sufrimiento es evitable sino que no es evitado. Y no sólo que el sufrimiento nos destruye sino que no necesita destruirnos... Contra el temor de una muerte general y contra la pérdida de conexión, un sentido de vida se afirma, aprendido tan cerca del sufrimiento como nunca en el gozo, una vez que las conexiones son establecidas.” Estos elementos trágicos; es decir, el énfasis en el sufrimiento y en los límites de la experiencia humana que subrayan el encuentro de fuerzas antagónicas capaces de alterar las jerarquías que las mantienen en su sitio, han demostrado ser particularmente útiles para el análisis social de las revoluciones.
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En el México moderno, donde las generaciones posrevolucionarias han convertido la Revolución de 1910, con más o menos éxito, en una épica oficial y fundamental, muy poca atención seria se ha prestado a sus trágicos orígenes y a sus trágicos sujetos. Las narrativas dolientes, en las cuales, como en la tragedia, “el detalle del sufrimiento es insistente, así sea por violencia o por la reconfiguración de las vidas por un nuevo poder en el Estado”, proporcionan esa oportunidad al lector. Como han señalado los estudiosos que trabajan en el campo emergente e interdisciplinario de los estudios del sufrimiento social, el sufrimiento es una acción, una experiencia social y cultural que implica los más ominosos aspectos de los procesos de modernización y globalización. Al considerar que las formas locales de sufrimiento, establecidas históricamente, “merecen atención seria”, estos expertos evaden las representaciones de quienes sufren como víctimas inadecuadas, pasivas o fatalistas. Así, en lugar de privilegiar “los devastadores daños que la fuerza social puede infligir en la experiencia humana”, los estudios más recientes hacen hincapié en las distintas maneras en que los sufrientes identifican, soportan y desenmascaran las fuentes de su desgracia.
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Mi comprensión del agente trágico, más una aproximación que un concepto en sí, pretende vislumbrar lo que parece tener sentido común en tantas narraciones de padecimientos del hospital psiquiátrico: que el sufrimiento destruye pero también confiere dignidad, un estatus moral más alto, a quien sufre. Como en una ocasión dijo Jorge Luis Borges: “Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas corresponde a la victoria”.

martes, marzo 30, 2010

Todos al abordaje (Dairio Milenio/Opinión 29/03/10)

Los empeños de la uña
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Hasta donde recuerdo, el Perro García y yo no habíamos cumplido los catorce años, pero ya nos urgía desprendernos de algunas inocencias fundamentales. Fue con ese propósito que acudimos al Aurrerá de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, al final de un examen semestral, dispuestos a saquearlo en la humilde medida de nuestras posibilidades. Armados de un carrito que fuimos rellenando mientras discretamente íbamos eligiendo los objetos deseados, dábamos ya por hecho que la gracilidad de nuestros movimientos estaba más allá de toda vigilancia. Media hora más tarde, dejamos el carrito repleto en un pasillo y cruzamos las cajas con el alma en un hilo: esa muerte chiquita que era la verdadera recompensa, o tal vez lo habría sido si antes de la salida no hubieran acudido esos dos aguafiestas a pescarnos y casi llevarnos en vilo hacia las oficinas del supermercado. Nada más de advertir la sombra del horror en los ojos del Perro García, podía verme esposado, numerado, fotografiado y uniformado en el patio de algún ergástulo piojoso.
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El botín era escaso, aunque impagable: un espejo, una brújula y dos placas reflejantes para bicicleta. Nada que no le hubiera podido pedir a mis padres cualquier día de la semana, ¡pero de ahí a cargar sesenta pesos en la bolsa…! Luego de una negociación harto sufrida (“ya viene la patrulla”, nos decía), el dizque comandante aceptó mi reloj en prenda por las siguientes 24 horas y nos dejó volver a la calle. Al día siguiente, víctima ya de una diarrea tenaz, apenas pude llegar al examen, así que le di al Perro mi parte del dinero y escapé hacia mi casa, medio muerto. Una hora más tarde, mi madre me pasaba una llamada, con voz de sonsonete y ya ojos de pistola: “Te llama el comandante de Aurrerá. Dice que le dejaste tu reloj y no sabe si dárselo a tu amigo…”
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A Dios le consta que nunca quise que se conocieran; aun así, mi mamá insistía en el tema del bochorno en marcha. “¡Eres mi vergüenza!”, susurraba entre dientes, como preludio a un nuevo pellizco en el brazo. “¡Ya no lo hagas, manito!”, terminó aconsejando el comandante, mientras me devolvía nueve pesos de cambio y entregaba a mi madre la mercancía robada. “¿Cuándo has visto estas cosas en la casa?”, se extrañó varias veces, ya en el coche, mientras confeccionaba la lista de castigos que me había ganado. “¡Por ladrón”, concluiría más tarde, seguramente al tanto de cómo ese sonoro adjetivo resonaría entre los pabellones de mi mala conciencia. Vamos, que luego de tamaño quemón conmigo mismo no tenía la buena de mi madre ni que adjetivarme para hacerme sentir escoria pestilente. “Somos buenos”, diagnosticó al final el Perro García, “lo malo es que nos falta un montón de práctica”.
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Chin-chin el que pague
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La práctica constante de una mala costumbre no nada más otorga múltiples destrezas; también, de paso, innúmeras indulgencias. No se siente culpable, ni tan siquiera cree caber en los correspondientes adjetivos, quien roba a toda hora, diario, a la luz del sol, a media avenida, libre de todo asedio policiaco; menos aún quien lo hace sin salir de su casa y por supuesto no experimenta muerte chiquita alguna. Si discos y películas se venden por millones en las banquetas y ya a nadie le extraña y cada vez son menos quienes se sonrojan de confesar que son clientes asiduos, mal puede alguien sentirse delincuente por incurrir en un delito que ha dejado de parecer delito. Por el contrario, hay hasta quienes ven con menosprecio, inclusive sospecha, al ingenuo que va y se gasta en un disco lo que en la calle le alcanzaría para una docena. Y digo “va y se gasta” porque la mercancía legal está en las tiendas, no en las banquetas, de modo que además hay que desplazarse, si lo que quiere uno es evitar ser cómplice de una estafa tan generalizada que parece ridículo oponérsele.
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Imaginemos una sociedad que acostumbra saquear los supermercados, y donde los escasos compradores son vistos como estúpidos por la turba habituada a vivir de gollete. No hace falta esforzarse para ingeniar un mundo que sobreviviría por tan poco tiempo, pues una vez que la costumbre se generalizara no quedarían ya supermercados, ni mercancías, ni quizá rastro de civilización. Tras los supermercados, caerían las misceláneas y los puestos callejeros, a falta de siquiera un comandante que tuviera el supremo atrevimiento de recordarles que robar es delito.
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Cuestión de cleptofilia
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Uno sabe que vive en un país amigo de las malas costumbres cuando ve a un extranjero escandalizarse. “Mi papá ni siquiera se imagina la posibilidad de instalar una copia pirata en su computadora”, me decía hace poco una neoyorquina avecindada en México, todavía sonrojada porque su padre le había ofrecido una licencia extra para un programa de cientos de dólares que ella había comprado a media calle, por el precio de un par de hot-dogs. Lo raro no es al fin que exista y se negocie la mercancía pirata, sino que esto nada tenga de raro. “Es cosa de opinión”, se defienden algunos, dando así la razón al plagiario de la voz engolada que llama y se identifica como miembro de “la industria del secuestro”. ¿Es de veras tan raro que en Ciudad Juárez los malandros circulen sin placas y nadie los detenga, cuando aquí las banquetas bullen de mercancía irregular y ni quien los moleste? ¿Alguien acaso experimenta temor alguno si carga bajo el brazo un dvd pirata?
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No voy a pretender que desde el incidente del Aurrerá me curé totalmente de esas mañas, si ya he dicho que el gusto no estaba en el botín, como en la adrenalina involucrada. Pero entre eso y pasar el resto de la vida en el papel de adolescente inimputable media un trecho tan grande como el que separa a civilización de barbarie. Por lo demás, la impunidad perfecta tiende a apestar, más todavía si se vuelve costumbre y hay quien dice que todo es cosa de opinión. Hoy día los editores saludan la llegada del libro electrónico y aseguran que los archivos serán inviolables. ¿También será imposible digitalizar las copias de papel y comercializarlas en formato pdf? No es preciso engañarse con los algoritmos: la costumbre es robar, sin esfuerzo ni culpa ni vergüenza, igual que se echa mano de la fruta en el árbol. A saber si mi madre no se equivocó, y en lugar de endosarme aquel papelón debió animarme a seguir adelante. “Ya vas a ver, muchacho”, me habría estimulado, “que en el futuro esto será normal y no habrá comandante que te importune.

miércoles, marzo 24, 2010

¿Qué país es éste, Agripina? (Diario Milenio/Opinión 23/03/10)

La pregunta que funciona como título de este texto proviene, claro está, de ese maravilloso cuento de Juan Rulfo intitulado “Luvina”. Recordarán los que lo hayan leído que Agripina es la esposa del ex maestro rural que, bebiendo cerveza tras cerveza, le narra a otro hombre, otro posible visitante de Luvina, cómo perdió su vida y sus ilusiones cuando vivió allá, en ese pueblo triste y pedregoso, ubicado sobre la Cuesta de la Piedra Cruda, donde las ráfagas continuas de un viento negro no dejaban ni siquiera crecer a las dulcamaras “esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos a los despeñaderos de los montes”.
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Según el hombre que cuenta su historia en Luvina, y para quien contarla es una especie de “baño de alcanfor” para su cabeza, un buen día se encontró en ese lugar junto con su familia: “Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento...Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos”.
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Es justo ahí, preso sin duda de la extrañeza, acaso prefigurando de una buena vez su porvenir y el nuestro, que el hombre le pregunta a su mujer:
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“—¿En qué país estamos, Agripina?”
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Y es ahí, en esa Plaza —una palabra que viene del latin plattea y que alguna vez quiso decir, en efecto, “lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles”, pero que ahora bien sabemos que significa otra cosa bastante distinta —que ella le da su escueta, muda, monumental, respuesta:
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“Y ella se alzó de hombros.”
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Soy parte de una generación que nació justo después del así llamado milagro mexicano y que creció, eso sí de puro milagro, en las décadas subsecuentes: años de crisis y descaro, corrupción rampante y deterioro. A mí todavía me tocó, por ejemplo, la devaluación que llevó al peso de 12.50 por dólar, a su doble: 25. Y me tocaron todas las otras también, hasta llegar a una irrisoria suma que incluía más ceros de los que puedo recordar ahora. Me tocó asistir de pura casualidad al concierto que daba un raro personaje en los patios de mi universidad frente un número reducidísimo de estudiantes para quienes “no tengo tiempo de cambiar mi vida/ la máquina me ha vuelto una sombra borrosa” no sólo tenía todo el sentido del mundo sino que era, además, algo incontestable. Me tocó, en todas las acepciones del término, el temblor del 85 justo en la Ciudad de México. Supe, con la rabia y la frustración del caso, de las represiones selectivas del salinismo, como sigo al tanto de las muertes de periodistas y activistas sociales en fechas más recientes. Como muchos a mediados de los 80, emigré al norte porque para una graduada de la UNAM, y para colmo en la carrera de sociología, las esperanzas de vida en un país comprometido con los principios del neoliberalismo no eran muchas. La violencia de nuestra historia contemporánea, quiero decir, nunca me ha sido ajena. Pocas veces durante todos esos años, sin embargo, se me ocurrió repetir la pregunta que le hace el ex maestro rural a Agripina, su esposa, apenas un momento después de verse abandonado en Luvina.
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Pero los años pasan (como suelen anotar los narradores) y la realidad que, siendo como ha sido siempre, voraz e injusta, se me ha vuelto cada vez más extraña. Frente a la muerte impune de los 41 niños de la guardería ABC me siento, en efecto, como en esa plaza rodeada de ráfagas negras. Desde ahí repito la pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a la muerte impune de estudiantes en Ciudad Juárez y, más recientemente, en Monterrey, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”. Frente a una guerra espuria que organizó un Presidente para quien su legitimidad política ha sido más importante que el bienestar y la protección de la población civil, la misma pregunta: “¿En qué país estamos, Agripina?”.
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En el cuento de Rulfo, Agripina se alza de hombros no una, sino dos veces. La segunda después de salir de una iglesia en la que había entrado nada más para rezar. Luego, poco a poco, todavía entre tragos de cerveza, el ex maestro rural va describiendo Luvina: es un lugar triste, eso ya lo sabemos, donde viven apenas “los puros viejos y los que todavía no han nacido”, “mujeres sin fuerza, casi trabadas de tan flacas”, “mujeres solas, o con un marido que anda donde solo Dios sabe”, y los muertos, por supuesto, nuestros muertos. Más tarde, ya casi a punto de empezar con el mezcal, el hombre se acuerda de la única vez en que vio la sonrisa de los habitantes de Luvina. Fue cuando les sugirió que buscaran un sitio mejor y les dijo, además, que el gobierno los ayudaría. Lejos de alzarse de hombros, y mostrando, de hecho, “sus dientes molenques” a través de una risa que se antoja torva, le contestaron:
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“—También nosotros lo conocemos [al gobierno]. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno”.
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La frase da para mucho, en efecto. Da para tanto. Pero heme aquí, en el centro de otra plaza donde todo se vuelve remolino e intemperie. Aquí. No escribo como analista política porque no lo soy. Escribo desde más adentro. Escribo como lo que alcanzo a ser a veces: una escritora. “¿Qué país es éste, Agripina?”, me preguntas desde tan lejos. Es el país en el que nos convertimos, Juan. Acaso por callar. Acaso por no escuchar las voces de los otros. Acaso por cerrar los ojos.

lunes, marzo 22, 2010

La risa del bandido (Diario Milenio/Opinión 22/03/10)

Para robarse un país
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Se cuenta que una noche de 1944, al final de otra de las peroratas nocturnas con las que Hitler distinguía a sus colaboradores más próximos, allá en su mítica Guarida del lobo, desapareció una de las antorchas con las que cada quién alumbraba el camino hasta su habitación. No bien vio el Führer a su secretaria —la dueña de la antorcha— ir y venir en busca del fuego perdido, tuvo un raro desplante de humorismo. A mi ni me mire, comentó el dictador, que yo robo países, pero no antorchas. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia de otro territorio tomado por sus huestes, el barbaján de Linz solía propinarse un manazo en la pierna y soltar una risotada consonante, igual que los malvados de las caricaturas. Al mando de un gobierno de rufianes, sostenido en pilares tan rentables como propaganda, opresión, secuestro, latrocinio y mano de obra esclava por millones, Hitler tenía tan claro como sus hitlercitos que el suyo era un modelo de Estado bandido.
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Parece siempre injusto y exagerado comparar a los déspotas de hoy con la escoria nacional-socialista, como si para ello el aspirante debiese acreditar la operación de campos de exterminio. Lo cierto, sin embargo, es que bandidos hay de diversos tamaños, y aun si el prototipo parece inalcanzable sobran los entusiastas dispuestos a echar mano del ejemplo. ¿A qué bandido no le gustaría gobernar un país sin cortapisas, con todos los poderes rendidos a sus pies y la Constitución lista para ser retorcida de acuerdo a su capricho y conveniencia? Pues de lo que se trata no es de violar la ley como cualquier bandido, sino de reinventar al Estado para que toda su maquinaria legal funcione ya al servicio del bandidaje —de preferencia en su acepción más amplia, donde cualquier extremo es bienvenido—. Si hemos de echar un ojo a sus prototipos, el Estado bandido se da derecho a todo, de forma que en su contra nadie se mire con derecho a nada. Insisto, no es preciso pensar en crematorios para hacer cierto un purgatorio así; basta con redactar un puñado leyes de absurdas y abusivas y avasallar con ellas a propios y extraños. Nada que un bandidazo no pueda improvisar.
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¿Quién es el peligroso?
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Recuerdo una película —vieja, mala, grotesca: La isla de los hombres solos, inspirada en el libro del mismo nombre— donde tras reprimir, explotar y maltratar a los presos de la isla-prisión, el alcaide la declaraba república independiente, como un ardid extremo para evitar su destitución, y acto seguido repartía entre sus condenados las diversas carteras de su gabinete. Imposible saber, a media proyección, si se carcajeaba uno por la pobre factura de la película o por la situación absurda que narraba. Quiere uno creer, cuando menos en aras de la salud mental, que un gabinete de patibularios y andrajosos cabe apenas en la imaginación. Ya quiero ver qué banda de rufianes y asesinos tiene entre sus secuaces a psicópatas de la talla de Goering, Himmler, Streicher, Goebbels, Frank o Heidrich, por nombrar a unos cuantos de entre los avezados criminales que en su tiempo engrosaron la banda de la svástica. Algo tienen el boato y el protocolo que hacen ver respetable incluso —y, me temo, sobre todo— a la escoria de la escoria. Tipos cuyos encantos y habilidades florecen al amparo de un Estado bandido.
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Como frecuentemente lo hemos visto, los Estados bandidos secuestran el poder y se enquistan en él apoyados por medios tan convincentes como la aplicación selectiva de leyes en esencia inaplicables. Leyes imbéciles, contra las que no es posible argumentar, sostenidas en principios perversos que a su vez son artículos de fe. ¿Qué puede argumentarse, por ejemplo, contra una acusación de peligrosidad? ¿Cómo probar que no es uno peligroso, allí donde los jueces atienden al estigma antes que a la evidencia, al extremo de hallar a ésta en aquél? ¿Quién, que trabaje en una empresa extranjera y le sea confiscado por ley el 95 % de su salario no es, en potencia al menos, peligroso?
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Bandidos al poder
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“Abuelo sabio”, apoda Evo Morales a Fidel Castro, asumiendo que medio siglo de poder irrestricto y abusivo confieren una enorme clarividencia. O en su caso un inmenso repertorio de mañas, traduciendo al lenguaje de los bandidos. ¿Dónde, pues, si no en el seno de un Estado bandido sucede que las madres y esposas de los presos políticos sean insultadas y asediadas por catervas de esbirros y sicofantes enviados por el régimen a intimidarlas en nombre del pueblo? ¿Es pura coincidencia que los peores bandidos persigan y castiguen con la mayor crueldad al periodista que se atreve a exhibirlos? ¿Qué periodista honesto no es peligroso para los bandidos? A nadie extrañe entonces si el régimen y sus corifeos se anticipan a invertir los papeles y clasifican como delincuentes y gusanos a quienes prefirieron pensar por su cuenta en mitad de una tiranía que administra el control de las conciencias con rigor carcelario y celo entomológico.
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Tal como lo hacen tantos bandidos comunes, los Estados bandidos tienden a apandillarse. Y esto es un gran alivio para otros criminales afines —gatilleros, secuestradores, dinamiteros y otros pros del odio— que se mueven entre estos santuarios amparados por privilegios extremos, como una nueva nacionalidad, una escolta oficial o un puesto en el gobierno. ¿Qué puede hacer, desde la Audiencia Nacional española, el juez Eloy Velasco para encausar a Arturo Cubillas Fontán, etarra de cumplidas pocas pulgas, si hoy éste ocupa un cargo de alta relevancia en el gobierno de Hugo Chávez? ¿Qué decir de un fanático y matón metido a funcionario bolivariano, cuyo trabajo es expropiar las tierras de quien básicamente se le antoje? ¿Qué otra razón tendría el matasiete Carlos Ilich Ramírez para opinar, desde su celda en Francia, que en Venezuela mandan al fin los suyos? Pienso al fin en un western de Mel Brooks donde una banda armada con los peores malhechores pretende apoderarse de un pueblo entero. Y lo curioso es que uno se reía, como dando por hecho que eso no era posible. Si los Estados pudieran reírse, el Estado bandido no pararía jamás.

domingo, marzo 21, 2010

Síndrome de abstinencia-Nicolás Alvarado (El Universal/Opinión 21/03/10)

Como todos los primeros de enero, la mayoría dedicó el día inaugural de 2010 a formular buenos propósitos que no cumplirá: bajar de peso, dejar de fumar, beber menos, gastar menos. No fue mi caso. Y no sólo porque ninguna de esas perspectivas –a excepción de la primera– me seduce demasiado sino porque mi cabeza andaba en otro lado, como muestra la columna que publiqué ese día en este mismo diario. Escribí entonces sobre mi próxima mudanza, que me llevará a abandonar la casa de principios de los 50 en que vivo (hermosa de sí pero incompatible ya con nuestras necesidades) por unos asépticos departamentitos nuevos –uno para vivienda, uno a guisa de estudio, otro para la suegra–, carentes de gusto y de personalidad pero, eso sí, muy prácticos. No que fuera tampoco ese asunto el que realmente ocupaba mis ideas a la sazón; quien quiera enterarse de mi obsesión de entonces –como de ahora– no tiene más que referirse al último párrafo de aquel texto: “En un mes empieza la tercera temporada de Mad Men. Es mi consuelo.”
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Por más que intento hacer memoria, no logro recordar qué me hizo pensar entonces que febrero habría de ser el mes en que HBO estrenaría en nuestro país los capítulos 27 a 40 de la serie estadounidense que ha concitado el entusiasmo sostenido de la crítica y ganado nueve Emmys y cuatro Globos de Oro en lo que lleva de vida. Acaso no dispusiera de información alguna al respecto y me haya dejado arrastrar por el wishful thinking, ese primer síntoma del síndrome de abstinencia.
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Casi dos meses después de la fecha fantaseada –hoy a las 10 de la noche–, Mad Men regresa a las pantallas mexicanas. La serie, que narra la vida de una agencia publicitaria en el Manhattan de principios de los 60 y especialmente la de su vicepresidente creativo, Don Draper, hombre fundamentalmente decente pero lastrado no sólo por su falsa identidad sino por las condicionantes socioculturales de su tiempo, admite varios niveles de lectura. El más evidente es el literal: la historia de un personaje que lleva una doble vida y debe luchar con su entorno y consigo mismo para que ninguna de las pelotas de su juego malabar caiga y se estrelle contra la dura realidad. El más ambicioso es el sociológico: Mad Men como un estudio sobre las mores de la modernidad agónica, cuando la discriminación era defensa, la represión recurso, la hipocresía hermosura y honor. El más frecuente, sin embargo, será el formal; basta escuchar cualquier conversación de pasillo sobre esta serie para evocar un universo pretérito en que todo mundo fumaba (incluso en restaurantes), en que todo mundo bebía (incluso en la oficina), en que todo mundo vestía bien (incluso en fin de semana), en que todo mundo –o, cuando menos, todos los hombres– daba cauce fácil a sus pulsiones sexuales (incluso con sus subalternas).
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La nueva temporada de Mad Men transcurre en 1963 y obligará a sus personajes a enfrentar los signos de ese tiempo turbulento –el advenimiento de los refrescos de dieta, la popularización de la mariguana, las primeras batallas de la lucha por los derechos civiles, el asesinato de Kennedy– y a Don Draper a encarar por fin su pasado oculto. Aventuro que nada de eso resultará central para nosotros. Aventuro que lo que querremos será perdernos en una ensoñación de humo y de ginebra, de sexo y de consumo, nostálgicos de aquellas adicciones desde estos días en que el único vicio que nos queda es la televisión.

miércoles, marzo 17, 2010

"Sobre la lectura"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 17/03/10)

El pasado jueves 11 de marzo el Colegio Woodcock realizó su día del libro. Un día por demás plausible y rescatable, pues hoy en día nadie festeja al libro –ocasionalmente la Secretaria de Cultura y Profética- pero de ahí en fuera es raro ver ese tipo de celebraciones.
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Los eventos ahí realizados fueron variopintos como concursos de scrabble o maratón; pasando por un cuenta cuentos y una presentación de libro, en este caso se presentó “Maquetas del universo” del cuentista poblano Yussel Dardón. Podría calificarse que cada una de las actividades que integraron dicho evento estuvieron concurridos, algo que desde luego debe destacarse.
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Más allá del evento algo que particularmente llamó mi atención son las formas que tiene este colegio de incentivar la lectura. Son tres las modalidades: la primera consiste en darles vales con valor adquisitivo para la compra de libros en el día del libro, estos se obtienen cuando compruebas de manera fehaciente a la directora que han leído determinado número de páginas; otra actividad es pegar un papelito en una pared del colegio donde se exponga el libro leído y la calificación otorgada y por último la tercera actividad es llevar para ese día puesta una playera que esté adornada con frases que les hayan gustado del libro o libros que estuvieron leyendo.
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Me detengo particularmente en esa segunda actividad, intentando sacar un balance lo que leen los alumnos de ese colegio, observé con detenimiento la mayoría de los papeles y triste me percaté que los libros más recurrentes en cada uno de los papeles giran en torno a la saga paupérrima escrita por Stephenie Meyer, peleándose el segundo lugar los libros de Harry Potter, las sagas de C. S. Lewis y muy por debajo Tolkien. Y sin lugar a dudas los libros como “Quiubole” o los textos de Carlos Cuauhtémoc Sánchez hicieron acto de presencia. Lastimosamente esa pequeña muestra pareciera ser el tipo de lectura que la mayoría de las juventudes leen hoy en día. Pocas fueran las veces que pude leer nombres como Poe, Rulfo o Holmes. Pocos autores de nivel y muchos escritores de best-sellers era la tónica que ofrecía esa lista.
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Del Colegio Woodcock debemos tomar este modelo de impulso a la lectura, pero purificando el tipo de lectura si lo que queremos es tener calidad lectora y por ende comprensora en cada una de las generaciones que rápidamente alzan la voz y exigen su lugar.
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El problema es ¿qué dependencia gubernamental, universidad o empresa privada se animan a poner en marcha este tipo de programas y aplicarlo a nivel estatal? Algo me dice que nadie y todo seguirá como hasta ahora: obligando a los niños a leer a fuerza sin un incentivo de por medio o tomando una actitud clasista o excluyente.

martes, marzo 16, 2010

La psiquiatrización del sexo (Diario Milenio/Opinión 16/03/10)

En la novela de Margaret Atwood, Alias Grace, Simon Jordan, un joven psiquiatra educado en Estados Unidos y Europa, entrevista a Grace Marks, una supuesta asesina canadiense cuyo diagnóstico como enferma mental ayudó a intercambiar su sentencia de muerte por una vida en prisión. Cuando el psiquiatra y la loca se reunían en celdas cerradas, mirándose uno al otro de reojo con gran suspicacia, un diálogo altamente dinámico se establecía entre ambos. Con suficiente confianza en sí mismo y armado con las teorías en boga de mediados del siglo XIX (libre asociación de ideas, degeneración, incluso hipnotismo), el doctor Jordan procede a formular preguntas. Pobre y confinada, la ex sirvienta doméstica las responde. ¿O acaso lo hace? A medida que la novela evoluciona, sin embargo, el joven psiquiatra, quien con éxito reúne información detallada acerca de la historia de vida de su paciente, se siente cada vez más inseguro y perplejo. ¿Cuánto sabe? ¿Cuán seguro puede sentirse acerca de lo que sabe? Las dudas aumentan y, al hacerlo, el doctor Jordan se siente cada vez menos convencido de saber quién es el zorro y quién es el ganso en esta historia. La falta de certeza de Jordan proviene del hecho de que, a diferencia del lector, él no tiene acceso a las palabras que Grace Marks oculta de manera tan intencional. Esto es, desde luego, ficción. No obstante lo bien documentada y bien investigada que sea, Alias Grace es sólo una novela. Sin embargo, gran parte del ambiente tenso, del inquietante interludio entre paciente y psiquiatra, de la oscuridad de forma y del giro de las frases que caracterizan a la relación entre el doctor Jordan y Grace Marks transpira con siniestra facilidad en los expedientes médicos del Manicomio General La Castañeda —al menos en los que he ido leyendo al paso de los años que son los que pertenecen a las primeras tres décadas del siglo XX.
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Los médicos que trabajaban en La Castañeda debieron haber experimentado también una inquietante sensación de desconocimiento cuando entrevistaban a las internas (entonces todavía no se les conocía como pacientes). Como en las instituciones de salud mental en Europa y Estados Unidos, los médicos observaban a las dementes a través de las lentes de los modelos normativos de feminidad que las representaban como ángeles domésticos y detectaban signos de enfermedad mental cuando las conductas femeninas se desviaban de la norma. Los psiquiatras, quienes en su mayoría habían recibido su educación en el México porfiriano, infundieron sus diagnósticos, así entonces, con nociones normativas de género y clase, y detectaron signos de enfermedad mental en casos donde la conducta humana se desviaba de los modelos aprobados por los modelos de la domesticidad femenina en un escenario modernizador. De allí se derivan sus repetitivas y de alguna manera alarmadas referencias a mujeres “caprichosas” y “sexualmente promiscuas” que, de acuerdo con algunos, “no respetaban ni obedecían a nadie”. Sin embargo, cuando las mujeres expusieron la compleja naturaleza de su condición, es decir, las causas físicas y espirituales de la misma, su evolución y su representación social, se presentaron a sí mismas como legítimas, aunque inquietas, ciudadanas de la nueva era. De hecho, las narrativas que las mujeres construyeron a medida que interactuaban con los médicos del hospital psiquiátrico revelaron su capacidad para interpretar y renombrar los mundos domésticos y sociales de los que formaban parte y, con ello, obligaron a médicos y lectores por igual a ver esos mundos a través de sus ojos.
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Ahora bien, a pesar de que los interrogatorios oficiales incluían preguntas que buscaban revelar anormalidades en los hábitos de todos los internos por igual, los médicos utilizaban diferentes métodos para formular preguntas dirigidas hacia hombres y hacia mujeres. De hecho, cuando trataban a las internas, la exploración del psiquiatra tomaba una evidente ruta sexual. Como en las cárceles mexicanas, los expertos cuestionaban con regularidad a las internas sobre su historia sexual en un intento por encontrar la verdadera fuente de desviación y desequilibrio mental. Los médicos de La Castañeda eran, en eso, implacables. Su interés por obtener conocimiento científico sobre el sexo femenino —información que legitimizaba las lentes que, en primer lugar, ellos empleaban para ver a las pacientes— los condujo a contribuir de manera importante a la producción de la categoría misma de sexo en el México revolucionario.
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La cada vez más abundante literatura médica que vinculaba al sexo con las enfermedades femeninas sin duda informaba, si no es que alentaba, los encuentros entre los médicos del hospital psiquiátrico y las pacientes. A medida que se acumulaban las preguntas, los psiquiatras demandaban revelaciones e inducían —a veces poco a poco, otras veces de forma abrupta— la confesión femenina. Atentos a los detalles, los médicos organizaban después la información recibida en ciertos diagnósticos, uno de los cuales era la locura moral. A pesar de que no eran numerosos, pues los diagnósticos de esta condición sumaban apenas alrededor de 2% de los expedientes del hospital psiquiátrico en 1910, era bastante común como factor contribuyente en otros, tales como alcoholismo, histeria y sífilis cerebral, condiciones asociadas todas ellas con un dudoso “sentido moral”. Bajo el diagnóstico de “locura moral” se escondía, pues, una sospecha y un juicio y, también, esa curiosidad entre escandalizada y morbosa que provocan las revelaciones más íntimas. Ahí estaban pues, “la mujer que hablaba mucho” y el médico que, más que nunca, se volvía todo oídos. Ahí tomaba lugar eso que me ha dado en llamar la psiquiatrización del sexo.
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1 Basado en datos de 422 expedientes del Manicomio La Castañeda, 1910. Algunos de los grupos de diagnóstico más prominentes entre las pacientes eran: epilepsia, 27.72%; imbecilidad, 12.32%; demencia precoz, 8.53%; melancolía, 3.79%; alcoholismo, 3.31%; y locura moral, 1.65%.

Sálvese quien mienta (Diario Milenio/Opinión 15/03/10)

La verdad quisquillosa
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La escena es familiar: el señor N. cruza apresurado las puertas de la papelería de autoservicio. Trae bajo el brazo más de doscientas hojas tamaño carta, que tras cuatro semanas de trabajo obsesivo y perfeccionista están listas para el engargolado. Le queda poco tiempo para entregarlas, pero al cabo lo más difícil ya está hecho, calcula con un dejo de alivio prematuro. Además, no hay clientes en la zona de copias. El empleado le alcanza un muestrario de pastas y el señor N. escoge las transparentes. Iba a decirle que viene con prisa, pero lo piensa y no se lo aconseja. Cuánto puede tardarse un engargolado.
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No es normal que el trabajo de perforar y engargolar doscientas hojas tome más de cinco, siete minutos, se dice el señor N. no bien advierte que pasó un cuarto de hora y el empleado no vuelve con su trabajo. Se le ve al fondo, muy entretenido, y hasta por un momento el señor N. se pregunta si no se tratará de otro perfeccionista quisquilloso, como él. Ya tentado a llamarlo y preguntar qué pasa con su engargolado, lo ve por fin venir con el volumen. Mira el reloj: diecinueve minutos. Unos metros detrás del mostrador, el empleado se mueve hacia la caja. “¿Va a querer una bolsa?”, le pregunta y él asiente nervioso, no sólo porque es tarde sino porque ya quiere cuando menos tener entre las manos el trabajo que tantos desvelos le costó. Mira el paquete mientras saca la cartera, espera que el empleado se lo acerque al tiempo que le toma el billete de veinte. “Son diecinueve pesos”, le repite, y el señor N. dice que está muy bien, pero antes necesita ver su engargolado. El empleado toma el paquete y se lo entrega, con la mirada fija en la registradora, o quizás en el piso. El señor N. vacía de inmediato la bolsa, abre el volumen, lo vuelve a cerrar, lo mueve, lo examina y frunce el ceño.
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—¡Qué pasó aquí! —se extraña, se incomoda, se malquista porque resulta que el encuadernador ha dejado veinte hojas un centímetro más angostas, de modo que se advierte un hueco sin sentido a la mitad del tomo: seña de que el empleado perforó mal y tuvo que cortarlas.
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—¡Nada! ¡Así venían ya las hojas cortadas! —levanta al fin la vista el empleado, como quien desenvaina un arma oculta.
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El odio tiene miedo
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La escena es enfadosa: delante del empleado y el subgerente, el señor N. está que escupe bilis porque ya se hizo tarde y el empleado se empeña en salvarse mintiendo. Es decir, calumniando. “¿Cómo cree usted que voy a cortar yo mismo las hojas que les traigo a engargolar? ¡Pero si ahorita mismo vengo de imprimirlas, son hojas carta estándar!”, se esmera el señor N. en exponer su caso al subgerente, pero éste ya ha tomado partido por su subalterno. “¡Más respeto!”, le insiste, con el talante de un prefecto escolar, y desde luego no cree pertinente que lo llame cobarde cada vez que el empleado lo encara y niega contundentemente su error. Él jamás cortó nada, las hojas ya venían así. “¿Qué ganaría el muchacho con echarle a perder su trabajo?”, comenta el subgerente y el señor N. se apresta a subrayar la estupidez flagrante de la pregunta. “La mala fe, señor, no está en el hecho, sino en su negación”, argumenta, temblando de indignación, pero ya el subgerente lo interrumpe: “¡Los dos tienen razón! Todo es según el punto de vista de cada uno”.
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Si el señor N. tuviera la calma para analizar la burrada que acaba de oír, detendría aquí mismo la discusión. La gente también dice estupideces para que sea uno quien se salga de sus casillas y no quede lugar para la discusión civilizada. Si el subgerente mereciera su puesto, le pediría a otro empleado que emparejara las demás hojas y asunto arreglado. Si el señor N. no padeciera la neurosis de los perfeccionistas, tampoco escucharía tantas necedades. Si el engargolador no fuese un principiante, él mismo habría apagado el incendio a tiempo. Debe de estar bastante asustado, tanto que ve al cliente directo hacia los ojos, como si se aprestara a acuchillarlo. “¡Y además de cobarde se planta y me amenaza!”, se queja el señor N., sin que nadie lo escuche ni el empleado detenga el desafío.
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Antes calumniador que torpe
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La escena es un calambre en la memoria: tuvieron que pasar algunos días para que el señor N. terminara de asimilar el incidente. Lo de menos, al fin, fue que al cabo el trabajo lo entregara con un día de retardo; lo inquietante era el odio en los ojos del empleado miedoso. Una de esas miradas que se quedan por días en la memoria: la de quien considera que la vida debe algo y se niega a pagárselo; la de quien cree que tiene la razón especialmente cuando no la tiene, pues hay una razón superior que en caso de conflicto le asiste y justifica; la de quien está listo para enfrentarlo todo menos la humillación de aceptar que cometió un error.
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En un sentido, la madurez consiste en enseñarse a sacarle provecho a los errores, toda vez que sin ellos no hay perfección posible. El señor N. recordaría los ojos retadores del engargolador como uno de esos sueños donde el mundo se mueve sólo por intermedio de reglas estrambóticas e intempestivas, igual que en ciertos juegos infantiles. Tras aquella mirada de cinismo inquebrantable, cree recordar ahora, se agazapaba un niño bravucón, aterrado y resuelto a morirse en la raya antes que dar por hecho que cometió un error. Pero quién va a gastarse reconociendo yerros cuando aquí lo que rifa es negar la evidencia airadamente. Indignarse, antes que justificarse. Asumirse acreedor, por si las moscas. Mentir con una enjundia comparable a la del ciudadano recién estafado. Calumniar a los ojos, acusar sin temor. Salir del paso así, como los niños, para que al cabo todo quede siempre como una mera escena familiar.

sábado, marzo 13, 2010

El exilio de mi abuelo (Revista Poder y Negocios 08/03/10)

Para mi madre, en el invierno de nuestro desconsuelo.
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Bajad la voz, os digo, el canto de las sílabas, el llanto! ¡Bajad el aliento que voy a hablar por vez primera de mi abuelo!
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Es la noche y el cielo cabe en dos limbos terrestres.
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La palabra exilio rondaba por los pasillos del departamento que mis padres alquilaban dos pisos encima del de mis abuelos. Ellos no eran de aquí, hablaban distinto, y tenían muy pocos amigos. Un niño como yo oía a retazos la historia de su vida: una vida truncada por el trastierro, una vida que dio un giro insospechado en 1939.
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Mi abuelo –quien había sido juez de instrucción en Santander y ahora fungía como magistrado en Oviedo– encontró culpables a unos falangistas de algún delito que se pierde en la noche de los archivos judiciales. Al caer la ciudad en manos de los nacionales es advertido por su propio cuñado falangista que debe salir de allí: te buscarán para darte el paseo.
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El paseo era un eufemismo para indicar que ésa sería la última noche y que no volvería jamás. Sin embargo para mi abuelo hubo una permuta: ser confinado a un pueblo de Galicia.
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Habían sido días de obuses y de miedo. Sus dos hijos –Chita y Juanjo– habían salido por los Pirineos y estaban en un campo en Francia. Su mujer huiría con un hermano a Marruecos –a las minas del Rif donde ese tío de mi madre, Ramón, fungía como médico–.
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Mi madre tuvo la osadía de nacer el seis de julio de 1939 y mis abuelos en un gesto aún más temerario la llamaron Victoria. Nació allí, cerca del gran Atlas, perseguida desde siempre por el viento del Sahara, el simún, y por sus recuerdos de la ciudad de su infancia, Melilla.
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Un buen día la abuela –mi abuela Enriqueta– cruzó disfrazada de soldado falangista hasta la frontera con Francia y rescató a sus hijos y a su suegra de la ignominia y el frío. Con ese mismo espíritu indomeñable investigó la sanción de su marido –Juan García Gavito, mi abuelo– y a pesar de sus responsabilidades políticas encontró que no había orden alguna para el confinamiento que le salvó la vida.
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En Melilla tuvo reunida nuevamente a su familia por algún tiempo. Hasta que vino el verdadero exilio, a México. Su hija mayor había casado y su hijo estudiaba Ingeniería de minas. Sólo la pequeña Victoria, entonces de 13 años, los acompañó aquí.
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En este país nací yo, un extraño también. Y mis hermanos.
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No éramos españoles –mi abuelo, además, se preocupó porque no intimásemos con gachupines que vinieron a hacer la América: por eso nunca fuimos socios del Parque España ni asistimos a ninguna romería–. España era la República y ese tiempo no existía más.
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Yo asistía a una escuela de jesuitas y allí con seguridad fue que se me complicaron aún más las cosas. Un buen día llegué con mi abuelo y le pregunté a bocajarro:
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—¿Es verdad que Asturias es el cielo?
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Su respuesta habrá sido negativa, pero no la registré: la humedad, el abanico de verdes en el campo, un lagar en el que se espicha la primer sidra.
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De eso estaba hecho el paraíso.
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El presente, en cambio, era gris. En los días descoloridos de mi abuelo no existía la felicidad.
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A los ocho años mi hermano Juan Ignacio y yo nos alternábamos el cuidado del abuelo (mi abuela había muerto joven de una embolia, precisamente un día en que la emoción la embargó al escuchar discos de asturianadas, y en medio de sus dos cajetillas diarias de Delicados, lo más parecido al tabaco de su tierra).
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La convivencia cotidiana con el otrora implacable juez me hizo comprenderlo: no había deseado dar clases de derecho, a pesar de las ofertas que tuvo, para no quitarle un espacio a un mexicano. Había dedicado algunos años de su vida en México a vender telas, aunque terminaba por regalarlas en los pueblos de Guerrero por los que transitaba. Tlapa, por ejemplo, era un destino del que volvía sin nada, alarmado por la pobreza, transportado entonces por los hombros de algunos hombres que así cruzaban un río en crecida y sin puentes.
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Un buen día las telas se quedaron para siempre guardadas en sus armarios: cientos de metros de popelinas y casimires; algodones y gasas se empolvaron allí hasta hacerse inservibles.
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Mi abuelo odiaba a los curas. Sin embargo cuando hicimos la primera comunión nos preguntó algunas cosas y se alarmó de nuestra ignorancia: él mismo nos instruyó en la doctrina.
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—Si vais a hacer la primera comunión debéis formaros, críos.
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Y allí estuvo un republicano de cepa transmitiéndonos el catecismo.
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Los días 15 de septiembre nos instruía a gritar en medio de los cohetes y la pólvora:
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—¡Viva México! ¡Mueran los gachupines!
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En 1975 murió Franco y por vez primera tuvo la idea de volver a su patria. La acarició por un tiempo, más con miedo que con voluntad absoluta. Su hijo le había ofrecido casa.
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Las cosas se complicaron con esa invitación. El niño que era yo entonces no podía comprenderlo del todo (habrá sido cosa de su nuera que temía la monserga, yo qué sé).
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Mi abuelo se dejó de afeitar y se volvió monótono: repetía una sola rutina, vestido siempre con su pijama, sin salir de casa, con pantuflas y el pelo revuelto. Enflaqueció y se dejó morir. Su nariz afilada se hizo más delgada y el cuello con la barba se llenó de unas enormes arrugas que yo no le había visto antes. Los ojos se le hundieron en las cuencas y dejaron de brillar, como si se le hubiesen secado las lágrimas. Escribió una frase con letra casi imposible de leer: “Cuando las facultades físicas y mentales te abandonan es mejor acabar de una vez por todas”.
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Tres años después, en el verano, declaró solemnemente:
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—No pasaré de este año.
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Juan García, mi abuelo, era pura voluntad. Voluntad de vivir a pesar de la depresión de sus años últimos –muchos, a decir verdad, para estar triste–. Voluntad para resistir un cáncer en la médula sin quejarse nunca y permanecer de pie, caminando como si tuviese vértebras. El doctor le había dicho a mi madre:
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—Médicamente es imposible que se sostenga. No tiene columna vertebral.
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Yo tenía 12 años. Escuchaba el reporte con estupor, viendo a mi abuelo como un gusano: invertebrado. No le di importancia a su frase veraniega, ni siquiera supe de qué se trataba hasta los primeros días de diciembre.
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Entonces mi abuelo fue internado en un hospital.
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Aún conservó el humor. Recuerdo un día, mientras escupía ya pedazos de sus órganos en el cómodo y yo limpiaba aquella cosa de plástico cuyo olor penetrante aún ahora no me abandona. Una religiosa llegó a su lado y al verlo tan mal le cuestionó:
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—¿No quiere que lo confiesen?
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Mi abuelo atajó:
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—Si quiere, madre, yo la confieso a usted.
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La monja salió de allí despavorida.
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Los días se sucedían con dolor y tristeza y las caras de los adultos me indicaban que el final estaba cerca. Leía en ese entonces a Sandokan y los Tigres de Malasia me ayudaban a soportar las noches en que yo lo cuidaba en el hospital, relevando a mi madre.
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Mi abuelo, fiel a su estilo, no vivió un día más de ese año: murió el 31 de diciembre. Fue mi primer entierro. Fueron las primeras lágrimas que me dolieron en la vida.
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Unas lágrimas que caían, pesadas, como si fuesen de piedra y me quebraban en pedazos.
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Todo lo que he escrito desde entonces, ha buscado explicarme ese día en el que me quedé para siempre solo, sin sus historias.
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No hay día en mi vida en la que no se aparezca. Es un espectro amigable, sin embargo. De él conservo algunas fotos y el sabor de la desdicha.
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Las guerras son absurdas, me digo con el poeta, porque la muerte de un hombre es un argumento central y en las guerras se derrochan miles de argumentos centrales.
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Es aún peor cuando ese que ha muerto en 1939 sobrevive otros 39 años a aquel día en el que la vida dio un giro inesperado para él y los suyos. Un giro que, curiosamente, lo inmovilizó en el territorio inveterado de la memoria.
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El único territorio en el que su vida –la de entonces, la única– tenía sentido.
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Y si la madre España cae, escribía Vallejo, digo, es un decir:
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…si cae España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes, en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena!