viernes, agosto 21, 2009

El día y su frase 2

Si Dios existe y Jesús también, estoy seguro que también tienen otros nombres: Espacio y Tiempo, pues en contra de la voluntad humana son capaces de convertir a la belleza en incertidumbre; luego el viento se alía para ocultar toda huella, he ahí al Espíritu Santo.

jueves, agosto 20, 2009

¿Por qué novelas?-Álvaro Enrigue (El Universal/Opinión (20/08/09)

La mayoría los grandes libros de ficción cuentan intrigas de amor, muerte o amor y muerte. La muerte a veces es sólo simbólica y el amor puede ser desatado por ciertos emblemas, pero el fin de la intriga siempre es el mismo: grandes pasiones con finales trágicos. Todas las novelas siempre se tratan de lo mismo y por más que la lectura de cualquiera de estos libros pida siempre, como sintetizó Coleridge, un ejercicio de suspensión de la incredulidad, si el deseo de contemplar en detalle la caída de un personaje fuera el motivo principal para leer un libro, al terminarse el realismo se habrían terminado los lectores.
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Las novelas cuentan la organización de la vida interior en periodos específicos de tiempo, pero si fueran sólo eso estarían limitadas a material de investigación para antropólogos e historiadores. Los lectores de a pie no las comprarían. También está el argumento de la ejemplaridad cervantina, según el cual las novelas tendrían algo de ilustración ética sobre la situación de los valores en el tiempo en que la pieza fue escrita. Es cierto, pero también lo es que nadie lee novelas como parte de un proceso de edificación interior.
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La literatura pregunta sobre las convenciones morales del periodo en que fue escrita —las cuestiona, las tuerce, se ríe de ellas—, pero si tiene éxito es precisamente porque nunca dicta un programa de recomposición para la sociedad que la produjo. La novela, entonces, tampoco es un mecanismo de demostración sociológica.
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Lo curioso, en todo caso, es que mientras el arte de la novela está sujeto a una constante reflexión sobre sí mismo, en el sentido de que criticarla es siempre preguntarse por la pertinencia general de su existencia, como lectores de materiales literarios dispuestos en la página bajo la forma de lo que llamamos poesía, nunca nos hacemos esas preguntas.
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No tenemos problema, cuando nos ponemos a leer poemas, en reconocer que lo hacemos en busca de cierta sabiduría y cierta empatía, pero sobre todo por razones estéticas: nos gustan José Lezama Lima o César Vallejo porque nos conceden un placer plástico; porque decían cosas que intuimos como verdaderas de una forma que se atiene sólo a parámetros estéticos —orgánicos y originales—.
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Los poemas se siguen leyendo porque el hallazgo de cierto orden en la disposición del sonido de las palabras produce placer —el ritmo es la cocaína del lenguaje—; son artefactos concretos y medibles.
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En la poesía, la forma es un fenómeno transparente, cuantificable y accesible para todos los lectores disciplinados.
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Las novelas son sólo novelas y lo único que se puede medir en ellas es el número de páginas, pero creo —aunque ya nadie hable nunca de ello— que su goce al final es también solamente estético: las leemos para ver cómo fueron organizadas, como se podía contar esa historia que sí es moral y sí es ejemplar, que nos trae noticias trágicas de lo íntimo, pero, sobre todo, que no podría ser contada de otra forma que aquella en que lo fue.
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Gabriel García Márquez encontró una dicción, una sintáxis y un ritmo que empataban a la perfección con la historia de un pueblo onírico. Escribió Cien años de soledad. Lo mismo le pasó a Julio Cortázar con el París de los tempranos años 60 desde la perspectiva de un intelectual latinoamericano: Rayuela cuenta la historia de Oliveira, pero sobre todo se cuenta a sí misma; relata de la única forma en que se podía relatar exitosamente la vida copiosa y revuelta de su personaje principal.
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La historia que de verdad cuentan las novelas es la de cómo fueron contadas. Lo que lo que nos hace seguir leyéndolas es que suponen una organización sólo estética de nuestras teorías sobre el mundo. Son, como los poemas, artefactos plásticos; lo que pasa es que como además las historias que cuentan apelan a nuestras emociones, a nuestra política, a situaciones concretas en las que probablemente nos hayamos encontrado alguna vez, las leemos con menos distancia de la que le aplicamos a los poemas.

Los niños de La Raza

Diario Milenio-Puebla (20/08/09)
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Hace pocos días se dio a nivel nacional una escandalosa noticia: dos niños, de diez y trece años, fueron contagiados de VIH-Sida mediante una transfusión en el hospital La Raza.
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La nota apareció casi en todos los medios impresos y electrónicos. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos emitió una recomendación al director general del IMSS, Daniel Karam Toumeh, para que se investigue cómo y quién ordenó que se realizaran esas transfusiones en marzo y abril de 2008. Por lo pronto, quienes hayan sido los responsables han dañado ya para siempre el futuro de dos niños que nunca pensaron, ni ellos ni sus familiares, a qué se estaban exponiendo al recibir una transfusión sanguínea.
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A casi treinta años de haberse manifestado los primeros casos de contagio en humanos por VIH-Sida, me parece injustificable un descuido como éste. Se ha dicho que el contagio se dio por incorrectas acciones y omisiones de los servidores públicos. A treinta años de distancia, debiera suponerse que nadie se podría contagiar por este motivo cuando una transfusión de sangre debe ser algo sumamente controlado. Pero el caso se dio. Se ha pedido también que la institución de la que depende el hospital La Raza repare el daño a los niños y a sus familiares. ¿Cómo se podrá reparar un daño de ese tipo? Hasta el momento no hay aún responsables, no se sabe bien a bien quiénes ordenaron el tratamiento. Los niños que recibieron la transfusión son enfermos de anemia aplástica grave y leucemia aguda mieloblástica. Quizá para mucha gente el hecho pasó desapercibido, pero es algo que horroriza y que le puede suceder a cualquiera.
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En el programa matutino “Panorama informativo” que conduce Alejandro Cacho, el secretario de Salud federal declaró, ante la insistencia de un reportero, que los niños recibieron sangre de un donante portador del VIH-Sida cuyos estudios habían arrojado negativo, ya que estaba en "periodo ventana". “Eso fue lo que pasó,” dijo. ¿No se trata, pues, de un verdadero descuido?
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En el mismo comunicado de la CNDH se dice que se incumplió con lo dispuesto por la norma oficial, en donde se establece que todas las unidades de sangre o de sus componentes para fines de transfusión halogénica, deberán tener anotada en una etiqueta el resultado de pruebas de detección de enfermedades transmisibles.
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Yo ahora consigno el hecho porque no me imagino el futuro de esos dos niños, que bastante han luchado con su enfermedad como para haber adquirido un virus que representa, por desgracia todavía, un enorme estigma social.

El día y su frase 1

“A veces el transcurso del día te invita dejarlo todo, pero el abrazo o el esbozo de una tierna sonrisa del otro, te permiten querer llegar al siguiente día”
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Yo

miércoles, agosto 19, 2009

De frases y libros

La semana pasada Alberto Chimal estuvo en Puebla, fue un placer conocerlo. Platicando con él, le comenté que mi primer libro leído fue Macario de B. Traven, pero el que realmente me catapulto al mundo de la lectura fue Diablo Guardián de Xavier Velasco, hablamos del año 2003, como verán soy un lector joven y no me avergüenza, al contrario me enorgullece, pues gracias a Velasco llegué a Faulkner y otros más. El otro culpable, pero ya en planos más amistosos y educativos fue Pedro Ángel Palou, pues al tomar un curso que impartió en Casa del Escritor me vi obligado a leer a Kafka, Rulfo y más.
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Yo no soy de esos mamadores que dicen: de chico me chuté todo Verne o cosas así, es cierto no he leído mucho “clásico”, pero a mi cada libro me va llevando a otro. Así ha sido mi modo de leer y me gusta.
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Dada esta pequeña explicación, entremos a lo que truje. Aunque Macario fue el primer libro leído, Diablo Guardián es el correcto para iniciar este proyecto.
Aquí el fragmento o frase:

“El amor: qué cosa tan prohibida. No jugaba con los demás porque nadie entre los demás quería jugar con él, pero escribía cosas de amor (…) porque al amor no había forma de tocarlo si no así: escribiendo sobre él, encerrándose en soliloquios impensables en una escuela primaria para varones, donde todas las niñas son oficialmente detestadas, como no sea para fantasear con dedearles la pepita y enchufárselas”. (Velasco: pág. 25).
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Al leer este fragmento, supe inmediatamente que el escritor había pasado por un sistema educativo similar al mío: el lasallista. De esos extraños códigos, que sólo alguien que pasó por el mismo trauma lo entendería. Quizá otro vaso comunicante sería el siguiente aspecto: en esa época la escritura era un asunto lejano, pero tenía una manía extraña: cambiarle la letra a las canciones amorosas. Había canciones de grupos que me latían, pero no todo lo que decían o cómo lo decían, entonces quitaba una palabra y ponía otra, al terminar ese cortar y pegar, solía escribirle alguna dedicatoria, en esa época lo único próximo que tenía a una mujer, eran mis primas de edad cercana con las que jugaba de repente a esos divertimentos propios de las niñas de diez u once años, todo con tal de estar cercana a una. A la distancia, suena enfermizo, pero hasta cierto punto comprensible, espero.
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La afinidad con el escritor, me hizo lector. Pensar que había otro como yo, fue la clave para ver a la lectura como una mejor forma de vivir la vida. Y ahora que lo pienso bien, esa extraña soledad me hizo acercarme a este mundo, pues nunca tuve un hermano con el cual jugar.

Dos avisos, dos

Hoy nacen dos nuevas formas de perder el tiempo y seguir llenando de texto mi blog. La primera consiste en estar compartiendo algunas frases de ciertos libros que me han marcado y explicar el por qué de la frase seleccionada.
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Al regresar Carmen, la bitácora -en honor a ella-, que duró dos meses y seis días pasa a mejor vida y damos paso a otra cosa, no es precisamente una bitácora, pero sí buscar una frase o crear alguna que sea capaz de definir el día a día.

"De encuentros y partidas"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 19/08/09)

A Carmen, porque tu regreso hará nuevamente bella a Puebla
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Fabio Morábito nos entrega su primera novela: “Emilio, los chistes y la muerte” (Anagrama, 2009). Novela que pasó por un proceso largo, pues antes de escribirla se dedicó al cuento, el ensayo y la poesía, destacando libros como “Lotes baldíos” (Premio Carlos Pellicer) y “De lunes todos los años” (Premio Aguascalientes), además tradujo al reconocido poeta: Eugenio Montale.
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“Emilio, los chistes y la muerte” se divide en tres partes y consta de ciento sesenta y seis páginas que cuentan la historia de un niño de doce años: Emilio que, aún gozando de la inocencia propia de un infante, ya conoce el significado del divorcio y la soledad. También se presenta la historia de Eurídice, una masajista que perdió a su hijo de doce años. Ambos cruzarán sus caminos en un cementerio viejo de la ciudad, casi derruido por no decir olvidado. Eurídice carga un duelo y tiene ganas de borrar el tiempo y la memoria; todo esto mientras Emilio tiene una extraña capacidad memorística que consiste en grabarse todos los nombres que ve en el cementerio.
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La vida, el destino, la suerte o las coincidencias hacen que estos dos personajes al ver que tienen un vaso comunicante -la soledad-, opten por buscarse. Ella encuentra en él al hijo que perdió y él haya a su primera amiga. El humano actúa según las circunstancias se lo permiten, por eso no es de extrañarse que estos personajes actúen como lo hacen: Emilio a punto de entrar a la adolescencia y lo que ello implica en el ámbito de la sexualidad; por otro lado Eurídice tiene mucho amor que dar, pues con la muerte de su hijo se encuentra vacía, incompleta.
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Ambos podrán saciar sus inquietudes y necesidades de forma clandestina en el único lugar que comparten y que por ende los une: el cementerio. Sin quererlo, la decisión que han tomado marcará sus acciones venideras. Y no es raro que el cementerio sea el escenario principal, pues con los muertos se van las verdades absolutas y quedan los recuerdos que alargan la vida, al mismo tiempo que manipulan la verdad; maniobras propias de la memoria.
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Fabio Morábito relata esta historia con una fluidez sorprendente, la cual sin duda es producto de sus años de trabajo en el género de la poesía. En “Emilio, los chistes y la muerte” el escritor invita a sus posibles lectores a reflexionar sobre la imposibilidad de ver al otro. Y creo, lo logra. Pues en el mundo real uno va deambulando sin saber exactamente qué lo une con el otro. Juan Carlos Canales, poeta tremendo y amigo, al hablar de las relaciones humanas, sobre todo las amorosas, comenta que cuando se logra descifrar por qué se encuentra con esa persona, la relación se acaba, ya que el misterio es lo que mantiene la unión. Así los personajes de la novela de Morábito: cruzan sus caminos sin entender exactamente por qué, pero al momento en que logran tener un pequeño ápice de luz, huyen sin dejar aviso alguno, aunque también suelen regresar por simple comodidad o miedo.

martes, agosto 18, 2009

Irrevocable

Diario Milenio-México (18/08/09)
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Para Pepe Vázquez y Matías de Hoyos, tijuarisinos
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Vi el gesto por primera vez una clara tarde de septiembre, estoy segura de ese dato. Tenía ya buen rato caminando cuando la calle me ofreció una disyuntiva: moverme un poco hacia la derecha para iniciar el acenso del puente o deslizarme un poco hacia la izquierda para introducirme en la boca de un túnel. Como sabía perfectamente a dónde iba —un parque de pequeños eucaliptos donde me esperaban ya a esa hora algunos amigos— avancé hacia arriba con una decisión tan firme que, más que una decisión, dio la apariencia de ser un movimiento “natural”. Que la selección de vía fue todo menos “natural” quedó claro cuando no pude evitar asomarme a lo que había quedado atrás o, con mayor precisión, a un lado, abajo: la apertura del túnel, la oscuridad ostentosa de su hueco, la superficie compacta de sus anchos muros. Grafiti sobre todo ello. Fue entonces que lo vi. Nunca supe a ciencia cierta qué hacía el hombre frente a la pared pero, juzgando por la manera en que elevó la vista y se detuvo en seco, asumí que se trataba de algo ilegal o, cuando menos, inesperado. Bajé la vista porque él hizo lo mismo, arrepentida en el acto de haber visto algo que no lograba identificar y, sin cambiar la velocidad de los pasos, seguí en dirección a mi destino. La irrupción del gesto no había tomado más de un par de segundos. Acaso menos.
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—De seguro estaba orinando —dijo uno de los convidados a la reunión del parque cuando les conté lo acontecido. Negué con la cabeza sin mucho ánimo, pero en lugar de describir el movimiento de los ojos, en lugar de convidarlos a entrar en algo que parecía una lechosa culpa o un desasosiego nebuloso, tomé un trozo de queso y me dispuse a masticarlo. Hay cosas, estoy convencida de eso incluso ahora, intransferibles. Muchas de ellas son, por naturaleza, inexplicables.
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—Pudo haber estado haciendo un agujero en la pared —mencionó otro a la distraída momentos después—, pero ¿para qué?
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La pregunta parecía dirigirse al cielo tan azul; al sol, que caía; a las ramas que oscilaban con gracia bajo el embate de un viento más bien sereno y suave. No quise decirle a nadie que esa era la pregunta que me hacía. Acaso alguien pensó en la palabra dinamita esa noche, ya en su camino a casa. Tal vez otro imaginó billetes enrollados o joyas pequeñísimas.
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¿Cómo recuerda uno ciertas cosas y olvida otras? Esa es otra interrogante que carece de respuestas. Lo cierto es que de entre todas las cosas que acontecieron esa tarde e, incluso, en ese viaje, sólo conservé lúcido y claro el recuerdo de esa mirada que me obligó a hacerme preguntas imposibles. ¿Qué actividad había interrumpido mi paso por la acera? ¿De qué culpa o de qué marasmo había casi ascendido su mirada para volver a caer otra vez? ¿Cómo fue que me atreví a dejarlo solo con todo aquello? Luego, como tantos otros motivos, terminó diluyéndose entre las cuestiones prácticas de la vida cotidiana y otros recuerdos más comprensibles o más entrañables. En todo caso, lo había olvidado por completo cuando el azar me llevó de regreso a la ciudad del parque.
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Caminé por la ciudad con cierta regularidad mientras cumplía compromisos de trabajo. Los huesos siempre lo agradecen; los pies, que se desentumen; las piernas que, con el paso de las horas, parecen otra vez ágiles o firmes. Caminé porque la mente, así, descansa. Puse tanta atención en el mobiliario citadino —los candiles públicos, la herrería protectora de raíces y troncos, las bancas— como en los escaparates del comercio. Observé, como siempre, los cuerpos y los rostros de los transeúntes con quienes compartía una ciudad a todas luces ajena. Llegué a aburrirme, incluso, pero no a cansarme de colocar un pie delante del otro para saber si podía hacerlo todavía. Si aguantaría un poco más. Cuando el camino me ofreció la disyuntiva entre iniciar el ascenso del puente o introducirme por la boca del túnel, esta vez elegí deslizarme un poco hacia la izquierda con una naturalidad que casi parecía una decisión firme o, en todo caso, irrevocable.
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—Aquí fue —dije en voz alta, tocando la superficie de la piedra. Bajo las yemas de los dedos, entre el inicio y el final de una palabra pintarrajeada con aerosol, había una pequeña grieta. Con la uña del dedo índice intenté escarbar entre la superficie que no era, como la había imaginado, compacta, sino más bien húmeda y arenosa detrás de una ligera capa de cemento. No lo conseguí, por supuesto. Entonces hurgué en mi bolso hasta encontrar las tijerillas que algunas veces utilizaba en el arreglo de las uñas. Introduje sus puntas curvas y filosas en la fisura que, pronto, fue cediendo. Todo estaba asombrosamente callado en el túnel: hacia mi izquierda se extendía un color negro que no me dejaba siquiera imaginar la mítica luz del final y, hacia la derecha, estaba la boca abierta hacia la ciudad. Desde arriba llegaban ecos de los pasos de aquellos que se dirigían con toda seguridad al parque. Yo seguí en mi tarea con una concentración de la que sólo soy capaz a veces. Pero no tardé mucho en dar con la orilla del papel enrollado, y tardé todavía menos en extraerlo con la ayuda de la pinza con la que le doy forma a mis cejas.
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¿Cuántos años habían pasado entre un encuentro y otro? Hay preguntas para las que cualquier respuesta es incorrecta. Desenrrollé con cuidado pero también con ansiedad el pedazo de papel y, cuando finalmente fui capaz de leerlo, alcé la vista. Un hombre ascendía en su camino hacia el parque y yo estaba ahí, con el mensaje en la mano. AUXILIUM. Eso era todo lo que decía en una letra uniforme y, si cabe colegir esas cosas, serena. Salí corriendo, por supuesto. Salí corriendo hacia la oscuridad. Supuse que me tomaría otros tantos años, tal vez siglos enteros, llegar a saber de qué lado del muro estaba el escritor de ese mensaje. Supuse que, si corría lo suficiente bajo el amparo de la oscuridad, de verdad lo sabría.

lunes, agosto 17, 2009

Silencio, manda la ley

Diario Milenio-México (17/08/09)
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1 Para mandar y mandar
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“Se prohíbe la publicación y divulgación de impresos y otras formas de comunicación social que produzcan terror en los niños, inciten al odio, a la agresividad, la indisciplina, deformen el lenguaje y atenten contra los sanos valores del pueblo, la moral y las buenas costumbres, la salud mental y física de la población; en caso de infracción de éstos, los órganos rectores en materia de educación solicitarán a la autoridad correspondiente la suspensión inmediata de las actividades o publicaciones de que se trate, sin perjuicio de la aplicación de las sanciones contenidas en el ordenamiento jurídico.”
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Me he tomado la libertad —condenable, ojalá— de dejar en suspenso un par de términos del párrafo anterior, ambos correspondientes a la nacionalidad del pueblo en cuestión, de modo que que al leerlo y releerlo —vale la pena: es una gema del humor involuntario— cada cual se imagine sometido de pronto a sus rigores. Observemos de cerca, para empezar, la delicada redacción de cuartel que engalana sus líneas rigurosas y recuerda otras joyas del autoritarismo, como aquella sentencia que rezaba: “El que manda, manda, y si se equivoca, vuelve a mandar”. Ordenamientos en apariencia sin sentido que más de uno confundirá con despropósitos, cuando lo único claro es que no admiten más propósito que el propio, ni dan lugar a réplica posible, pues ya se infiere que el solo acto de cuestionarlos supone el riesgo de infringir sus órdenes y ser objeto pronto de coerción.
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Ahora bien, para ser perseguido por una ley así no es preciso siquiera cuestionar nada, pues ya su ambigüedad abre portones amplios a la temible autoridad correspondiente, desde el momento en que nos habla de “otras formas de comunicación social”. Si a uno, por ejemplo, le diera por decir lo que piensa en voz alta y hubiese por ahí un miembro del citado pueblo, no sería difícil que algún representante de la autoridad, celoso de los sanos valores de marras, se aprestara a suspender inmediatamente sus actividades. Es decir, a callarle la boca. Y eso para empezar, pues ya la ley alude a sanciones ulteriores.
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2 Aniñando al rebaño
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Observemos ahora la primera de las infracciones mencionadas. Los autores del párrafo prohibicionista comienzan alertando contra todo aquello que sea susceptible de asustar a los niños. La obra entera de Poe, Lovecraft y centenares de cocos afines quedaría proscrita, junto a una infinidad de cuadros, esculturas y murales susceptibles de perturbar el sueño de los pequeños. ¿Cómo saber qué tantas impresiones son susceptibles de espeluznar a un niño de cuatro años, por ejemplo? A juzgar por el celo de los redactores, debemos asumir que todo eso lo entenderá la sabia autoridad correspondiente, que asimismo tendrá el olfato necesario para diferenciar qué palabras o imágenes incitan al odio, la agresividad o la indisciplina, en cualquiera de sus sentidos posibles. Imaginemos el caudal de conocimientos de los que sin lugar a dudas dispondrá la autoridad correspondiente para que su criterio haga honor a la ley, así como la inmensa sensatez precisa para la titánica tarea. Pues no cualquiera puede velar con celo y justicia por los sanos valores, la moral, las buenas costumbres y la salud mental y física de millones de ciudadanos, que en un descuido pueden quedar expuestos a un atentado por parte de los enemigos del pueblo.
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Por fortuna, la autoridad correspondiente no está sola, pues para ello cuenta con los órganos rectores en materia de educación, que como es de esperarse son sensibles y celosos en estos asuntos, y con seguridad detectan y corrigen hasta la mínima deformación del lenguaje. Pedagógicamente, la idea es que los profesores no se limiten a adoctrinar a sus estudiantes, sino además actúen como gendarmes para que en lo futuro todo miembro del pueblo pueda expresarse con la elegancia propia de quienes redactaron las invaluables líneas de la ley aludida. ¡He ahí, ciudadanos, la expresión de un lenguaje indeformable que no asusta a los niños, ni los malacostumbra ni los incita a portarse mal o siquiera pensar lo que no deben! No es por tanto casual que el parrafillo empiece por los niños, si su ímpetu mandón parte de ver en cada ciudadano a un menor de edad susceptible de ser enmendado. Sólo la autoridad correspondiente se asume con derecho a cumplir dieciocho años.
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3 A callar todo el mundo
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Si nos ponemos en el lugar de la autoridad correspondiente, veremos que aplicar una ley inaplicable no es en realidad un problema, sino una prerrogativa para inquisidores, fiscales y gendarmes, ya que al cabo es tan amplia y elástica que cualquiera puede haberla infringido, de modo que en principio todo el mundo es culpable. Cada uno, por tanto, deberá hacer un rígido examen de conciencia cada vez que se exprese en sociedad, más todavía si lo hace por escrito, pues hasta la más leve de las interjecciones o la más inocente interrogación es susceptible de saltarse las bardas y caer en los pérfidos terrenos de la ilegalidad. Si va uno a expresar algo, lo que sea, más le vale que actúe con la cautela propia de los alumnos de una rígida escuela correccional donde no sería grave, ni raro ni notorio recibir un severo castigo sin razón de por medio. ¿O es que acaso una ley irracional necesita razones para aplicarse con todo rigor?
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No acabaría uno de contar la cantidad de gorilatos que nada más en la historia de Latinoamérica se han dado a promulgar leyes como la aquí reproducida. Tiranías miedosas que recurren a ordenamientos imbéciles, para que nadie dude que la inteligencia en nada va a ayudar a contrarrestarlos. La inteligencia, así, es el peor enemigo del ciudadano, allí donde el poder impone astutamente la primacía de la estupidez. Quienes solíamos ver tras estas leyezuelas al fantasma de la ultraderecha setentera, hoy vemos con horror que sus nuevos autores hablan de “socialismo del siglo XXI”. Un igualitarismo de cuartel donde el que manda siempre vuelve a mandar y espera nada menos que total obediencia de un rebaño de niños forzados al que apoda pueblo venezolano. Nada nuevo, al final. Boinas rojas, casacas verdes y el celo paternal de alguna autoridad correspondiente.

sábado, agosto 15, 2009

Contra el sacrificio de las focas en Canadá

Diario Milenio-Puebla (13/08/09)
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Cuando comencé a escribir las primeras páginas de un minutario, di cuenta de una noticia que transmitió en su programa nocturno López Dóriga y que trataba de lo que él mismo llamó “la matanza anual” de las focas del Canadá. En realidad esas escenas me resultaron repugnantes: sobre el hielo la sangre se derramaba con mayor intensidad y en los ojos de las focas se veía la perturbación y la proximidad de la muerte. Decía Coccioli que los animales han ganado el cielo, porque no saben que van a morir. Por esa expresión de las focas, ante unos hombres armados diestramente con un piolet, pienso que ellas sí intuían su muerte.
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Eso (palabras más, palabras menos) fue lo que escribí aquella vez y lo dejé en el registro de ese minutario que al final y luego de pensarlo bien, decidí eliminar de mi ordenador con un simple supr, aunque aún desconozca la verdadera razón.
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Ahora de nueva cuenta atrapo el tema porque, a fuerza de familiarizarla –los medios juegan un papel importante—, la gente cada vez ha perdido la sensibilidad ante este hecho atroz y pueden verlo y comentarlo sin que algo se mueva en lo más mínimo dentro de sus conciencias. Incluso las autoridades de Canadá argumentan que se permite la caza de focas, porque éstas son una plaga. Y cada año los medios electrónicos vuelven a dar la noticia de manera tan normal como anunciar un jabón o un medicamento contra la gastritis.
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Retomo además el tema, ya que “Prensa Anima Naturalis” había dado la noticia de que el pasado domingo 9 del presente, aprovechando la visita del primer ministro canadiense a México, ellos mismos como los miembros del PETA (Personas por la Ética en el Trato a los Animales), seguirían al primer ministro canadiense Stephen Harper, en el Consulado de Canadá, World Trade Center, portando letreros que con leyendas como ésta: “Sr. Harper: Detenga la matanza de focas en Canadá”.
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El objetivo, como lo señala la nota, es “que Harper use su poder para que se ponga fin a la matanza anual de focas en Canadá, la mayor masacre de animales marinos del planeta. Durante la matanza, miles de crías de focas reciben disparos o violentos golpes en la cabeza. Los cazadores de focas las enganchan por los ojos, los cachetes o la boca para no estropear su piel. Entonces las arrastran por el hielo, a menudo mientras los animales aún están conscientes. Muchas son muy jóvenes como para escaparse nadando de sus atacantes, y las matan delante de sus madres”.
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Es muy desagradable, como el lector lo puede suponer.
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Pero en un mundo donde (como lo ha dicho José Luis Durán King) el hombre es el mejor depredador del hombre y a diario se registran noticias violentas como la del pozolero y otros asesinos seriales, ¿qué representa la matanza de las focas en Canadá? Es indignante.

jueves, agosto 13, 2009

Las neo-Camelias

Diario Milenio-México (11/08/09)
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"Antes, por lo menos, respetábamos a los niños y las mujeres”, le dice Don Epifanio Vargas —un narco vuelto político— a Teresa Mendoza, la futura Reina del Sur en la famosa novela de Pérez Reverte. Recordarán los que leyeron este libro a inicios de 2008 que Teresa Mendoza no era todavía la empresaria que logró establecer un imperio ilegal en la boca del mediterráneo, sino sólo la novia —que no la buchona— del Güero Dávila, un piloto al que por haber querido pasarse de listo se lo tronaron en plena pista de aterrizaje. Don Epifanio, fiel a su palabra, le proporciona a Teresa los contactos que la ayudarán a evadir la venganza del narco, aunque ya para entonces ha pasado por la violación de rigor y la persecución a salto de mata y el clásico encañonamiento en la sien. De ahí que el “antes” que pronuncia Don Epifanio Vargas cuando medita sobre la posibilidad de ayudarla salga de su boca con un pesado dejo de nostalgia. Antes, eso parece estar diciendo, la cosa era entre machos. Antes se respetaba, parece colegirse como resultado lógico luego entonces, a las mujeres y a los niños. Algo, pues, debió haber cambiado mientas tanto.
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Es de presumirse entonces que sólo en ese mítico “antes” pudo haber existido un personaje como Camelia la Tejana, aquella mujer que inmortalizaron Los Tigres del Norte en el corrido “Contrabando y Traición”, la canción, sin duda, de 1971. A la luz de noticias que incluyen el decapitamiento de una porrista (edecán) tijuanense, quien presuntamente tenía lazos sentimentales con hombres del narco, resulta difícil creer e incluso seguir la historia del romance entre Camelia y Emilio Varela. Como se recordará, Emilio y Camelia se hicieron amantes mientras lograban cruzar una carga de “yerba mala” a través de la frontera entre México y Estados Unidos. Una vez conseguida la misión, y sin miramiento alguno, Varela le da su parte del negocio a Camelia, aconsejándole que rehaga su vida mientras él se prepara para regresar a su casa, con su mujer, “el verdadero amor de su vida”. Unos 30 años después, es difícil imaginar siquiera una despedida tan civilizada entre integrantes del narcotráfico. Ahí está, por ejemplo Emilio Varela, invitando a Camelia a continuar en otro sitio, y sobre todo con otros, la vida que merece tener. Y ahí está, sobre todo, Camelia que en lugar de conformarse con las condecoraciones femeninas del narco (joyas, coches, viajes) tiene a bien vengarse a sí misma (“sonaron 7 balazos”, dice la canción) y, además, quedarse con la totalidad de la carga que había ayudado a pasar. Las Camelias de ahora no suelen ser así. Todo parece indicar que el amor en los tiempos del narcotráfico tiene nuevas reglas.
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Una década después del apogeo del corrido de Camelia, aunque todavía en ese “antes” mítico que pronunciaba Don Epifanio Vargas, existió también Sara Cosío Vidaurry, la novia (supuestamente secuestrada) en compañía de quien capturaron a Rafael Caro Quintero, uno de los capos más poderosos del narco durante la década de los 80. Descrita por su padre como una joven “de carácter muy fuerte”, la hija de una familia bien de Jalisco sólo tenía 17 años y estudiaba el bachillerato en el momento de la captura en 1985. Que Sara Cosío haya sobrevivido al romance con el capo que fue a dar a la cárcel y contra el cual ella declaró, es sólo otra prueba que las reglas de “antes”, en efecto, pudieron haber sido distintas.
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De “antes”, aunque también de ahora, son las así llamadas buchonas, esas mujeres bellas y de poca educación que acompañan a los hombres del narco en coches último modelo, portando joyas ostentosas y luciendo su físico. Una especie de “esposa trofeo”, aunque sin el estatus civil incluido. Una especie de paloma que “ostenta un volumen de pecho exagerado”. El ejemplo más contemporáneo es la tristemente célebre Miss Sinaloa 2008, Laura Elena Zúñiga Guisar, la joven mujer que andaba en compañía de Ángel Orlando García Urquiza, presunto operador del cártel de Juárez, cuando lo capturaron con armas y miles de dólares en su haber. Tal vez “antes” ella no habría terminado en la cárcel, pero ahora así fue. Habiéndose desempeñado como modelo de una agencia, Laura Zúñiga había hecho notar con anterioridad la poca remuneración del oficio (lo más que llegó a obtener por un trabajo hecho para la compañía Pepsi fue un salario de 40 mil pesos, cuando el promedio era de 2 mil pesos por pasarela), además de la marcada discriminación en favor de extranjeras en el medio. Quejas similares contra la falta de empleo y los bajos salarios fueron asociados a la profesora de literatura de la Universidad Autónoma de Baja California, Alejandra González Licea, cuando fue capturada mientras recaudaba dinero del narco en Tijuana. De buchona a profesora de literatura, es claro que las neo-Camelias se han diversificado.
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De ahora, y definitivamente no de “antes”, fue la noticia del asesinato brutal de Adriana Ruiz Muñiz, la modelo y edecán del equipo de fútbol de primera división A, Xoloitzcuintles, propiedad de la familia Hank, quien se presume sostenía alguna relación de tipo sentimental (así se dice) con gente del Teo, o incluso con el Teo mismo, el capo que se pelea la plaza de Tijuana. Ejecutada por encargo, torturada y decapitada cuando aún estaba viva, el cadáver de Adriana Ruiz es tal vez la prueba más obvia de los cambios ocurridos en las relaciones que se establecen entre los hombres del narco, por un lado, y las mujeres y los niños, por otro. ¡Qué lejos estuvo esta neo-Camelia bajacaliforniana de imprecar a su Emilio Varela! Menos como Teresa Mendoza y más como las anónimas mujeres asesinadas tanto en Ciudad Juárez como en otras ciudades de un país en guerra, las neo-Camelias como Adriana Ruiz confirman que en el paso de la mariguana a la cocaína y luego a la heroína, con guerra presidencial de por medio, las jerarquías del género del narco son cada vez más mortíferas.

miércoles, agosto 12, 2009

Una invitación, una.


"¿Quién dijo que la risa es ajena a la literatura? "-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 12/08/09)

Caro lector, Anagrama se encuentra celebrando cuarenta años de editar en español a los mejores escritores a nivel mundial, desde Sergio Pitol hasta Trino Maldonado, de Vladimir Nabokov a Nick Hornby. Cualquiera que se haya acercado a algún libro publicado por Anagrama sabe que por calidad literaria no se puede quejar.
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Jorge Herralde, fundador y editor de Anagrama –como sabrá la mayoría-, es un enorme lector riguroso y exquisito, combinación que, probablemente, ha hecho enorme a esta editorial.
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Herralde para celebrar su pasión por la lectura y la edición, Herralde comparte con sus lectores “El mejor humor inglés”, una antología que reúne a algunos escritores pertenecientes al catálogo de la editorial: P. G. Wodehouse, Saki, Evelyn Waugh, Tom Sharpe, Roald Dahl, Alan Bennett. Julian Barnes, Martin Amis, Ian McEwan, Douglas Adams y Nick Hornby. Once escritores de categoría. El Manchester United del humor inglés, quizá no estén todos los que el lector quisiera, pero aparecen los que tratan con mayor fineza el humor, porque para escribirlo hay que tener tino y calidad.
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“El mejor humor inglés” reúne pequeñas muestras literarias de alguna obra representativa de cada autor. Hay humor de todos los colores y sabores: Wodehouse nos regala un humor transparente, puro; Waugh se va por el lado de la ironía; mientras que Sharpe mezcla la ironía con el humor límpido; Dahl en cambio opta por el humor negro; por otro lado están Amis y McEwan que trabajan el humor más complicado –acaso el más delicado-, aquél cuya carga sexual es amplia y pudiera parecer ofensivo para algún lector, por ejemplo McEwan relata cómo un joven intenta iniciarse sexualmente con su hermana (que aún juega a las escondidillas), insisto de entrada la escena pareciera espeluznante, pero la belleza con que es tratado el tema a lo largo del texto es una muestra de que siempre puede escribirse sobre lo más escabroso y salir bien librado. Un humor más juvenil, vendría a ser el producido por Adams y Hornby.
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Particularmente este libro ha sido un disfrute tremendo, pues a todos los escritores antologados por Herralde sólo los conocía de nombre y jamás me había acercado a ellos ya por falta de tiempo, ya por desconocimiento. Sin duda es un buen libro para acercarse a este tipo de escritores, pues cumple con el objetivo: te deja con ganas de leer más.
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Quien pueda conseguir el libro será un afortunado, debido a que es una edición no venal.
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Bienvenido sea, querido lector, al último empuje del año. Ánimo que si los mayas no fallan, en el 2012 este mundo cambiará, probablemente desaparezcamos y nos matemos los unos a los otros, ya de forma descarada. Disfrute la vida de aquí a esa fecha, mientras tanto seguiré leyendo para continuar entregando estas pequeñas reseñas, que espero disfrute.
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Fugaz invitación
La fuga literaria y Profética tienen el placer de invitarlos a la presentación de la novela “Los esclavos” de Alberto Chimal, publicada por Almadía. El día es jueves 13 de agosto y la hora 7:00 PM. Acompañarán al autor Sheng-li Chilián y Jaime Mesa.

lunes, agosto 10, 2009

La cultura del botón

Diario Milenio-México (10/08/09)
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Favor de oprimir play
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No sé de otro adminículo que lo eche a uno tanto a perder como el botón de mando. A veces, cuando me hago guiar por ese oscuro instinto paranoico sin cuya intervención la vida sería tanto menos sinuosa y atribulada cuanto más rectilínea y aburrida, imagino a una turbia cuadrilla de ingenieros electrónicos dando forma a un complot para hacer del usuario un ignorante supino y un perfecto inútil, a fuerza de poner en sus garras —que de puro habituarse a oprimir botones irán dejando atrás su calidad de manos— un menú de botones, mismos que le darán la sensación falaz de controlar al mundo desde un sofá. Cada día son menos, se angustia uno de pronto, los mortales que entienden qué pasa exactamente cuando oprimen un cierto botón. Pues si ya el solo empeño de leer el instructivo del infecto artefacto parece de antemano tan atractivo como un curso relámpago de sánscrito, la idea entender sus entrañas y mecanismos suena a proeza digna de mentes alquimistas. Ya entrado en los dominios del sci-fi, me entrego a imaginar a los citados cuatro malvados ingenieros soltando risotadas nihilistas porque en uno de los millones de aparatos lanzados a la venta está el botón que acciona el fin del mundo. Nada más el usuario apriete la opción power, el universo entero volará en pedazos.
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Me explico: crecí oyendo noticias sobre la guerra fría, cuando el razonamiento en torno a estas cuestiones no pasaba de ser un pequeño botón en el control remoto de la paranoia. Inquilinos recientes del imaginario colectivo, los botones de mando eran, por delante de agujas y pantallas, la zona erógena del aparatejo. Apretar un botón y ser obedecido por la máquina era un acto de magia que suscitaba las teorías más estrambóticas. Como aquella según la cual bastaba que un burócrata apretara un botón —situado, dependiendo de la fuente, en el Pentágono, en el Kremlin o en ambos— para enfrascar al mundo en una guerra nuclear. De la cual, se entendía, nadie saldría vivo. ¿Y si alguien, por error, apretaba el botón? ¿Un suicida misántropo, quizás? Da un poco de vergüenza reconocer que alguna vez creyó uno posibles semejantes sandeces, pero es sabido que la necedad carece de botón de apagado. Vamos, que ni el de pausa se le ve.
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El imperio de los impulsos
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No estarían aquí, por cierto, estas palabras de no mediar la colaboración de los botones. Decenas de botones que bajan y suben por obra y gracia de unos resortes cuyo funcionamiento entiendo a medias, pero a partir de allí lo ignoro todo. Lejos de aquellos años sorprendentes, cuando por apretar miles de veces unos cuantos botones para salvar princesas digitales me crecían las ampollas al parejo de las uñas, vivo hoy rodeado de botones casi tan familiares como mis dedos, con los cuales se llevan de maravilla. Me he habituado a vivir entre aparatos dotados de incontables botones reales y virtuales, sin los cuales me miro contrayendo una nueva paranoia, que es la de naufragar a orillas del pleistoceno. Y es que ahora los botones gozan de gran prestigio. Cada uno maneja los suyos a su modo, consciente de que no precisa entenderlos para ejercer el uso y abuso. Convertirse en inútil poderoso es sentir que se vuela sin pagar.
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Según la vieja lógica, oprimir un botón suponía desencadenar una cierta acción mecánica. En la era digital, mantenerlo oprimido infinitamente es desencadenar un número infinito de acciones y reacciones. Y por más que los dedos de un videojugador de toda la vida se reconozcan ágiles y sensibles, no les puedo pedir que sean consecuentes y asuman, cada vez que aprietan un botón, su responsabilidad en las cuantiosas operaciones implicadas a partir de un impulso en tal medida fácil y gratuito. ¿No es acaso el gatillo un botón, favorito por cierto de legiones de imbéciles entregados al mimo de impulsos primitivos y resentidos? ¿Qué son, al fin, los manipuladores, sino pícaros listos para encontrar botones de mando en cada una de nuestras debilidades? ¿Cuántas cabezas no rodarían si para ello bastara a sus malquerientes con apretar botones en la sombra?
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Los rebeldes sin pausa
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La gente, sin embargo, cree en los botones. Peor aún, hay gentíos ansiosos de volverse rebaños, pero sólo si quien los lleva a trasquilar cuenta con los botones decisivos. Que levante la mano y la gente se calle, que alce el dedo y ninguno se distraiga, que le suba al volumen y todos le aplaudan; que sepa hacerlos ir y venir, sonreír y enojar, vitorear o agredir, apoyado en la sola pulsación de su antojo. Un capricho, a todo esto, por demás anacrónico, tomando en cuenta los millones de millones de botones que están hoy día en manos y a la orden de Perico de los Palotes. Aun en los rincones mejor vigilados, no falta por ahí el botón de una cámara, o una grabadora, que por sí solos bastan para combatir a quien se siente dueño de todos los botones, y cualquier día de estos pasmar a su rebaño.
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A veces, sin embargo, lo que más pasma es que nadie se pasme. “No puedo apretar un botón y reinstalar a Zelaya”, ha respondido Barack Obama, nada más enterarse que el humorista Manuel Zelaya sugirió, aplaudido por un rebaño de autonombrados cubanófilos mexicanos, que el presidente de los Estados Unidos tenía en las manos la solución al conflicto hondureño: algo muy similar al bloqueo contra Cuba, sólo que ahora bendecido por Fidel. Y he ahí a los izquierdistas tenochcas, obsequiando ovaciones generosas a quien exige en sus meras narices que el futuro de toda una república de Centroamérica se decida ahora mismo en la Casa Blanca.
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¿Alguien puede creer que el cachorro de Chávez pida los privilegios de un Stroessner, Somoza o Pinochet, y encima lo ovacionen los fans de Castro Ruz? He ahí el gran peligro del botón: no hay que reflexionar, y ni siquiera estar del todo despierto, para accionarlo u obedecer a él. ¿Qué otra cosa puede querer el mandón Mel Zelaya, sino que le devuelvan sus botones? ¿Qué más busca Hugo Chávez, sino sumar de nuevo a su control remoto los prácticos botones hondureños? ¿Qué no daría este par por devolverle a Obama los botones que un día tuvo Richard Nixon?

viernes, agosto 07, 2009

De regreso

Salí de vacaciones por unos días, me desconecté de todo. Por fin vuelvo, pero mañana en la bitácora escrita ex-profeso a la partida de Carmen, podrán leer los detalles.

La conspiración de acuario

Diario Milenio-Puebla (06/08/09)
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Escrito por Marilyn Ferguson hacia 1985, el proyecto del libro La conspiración de acuario tuvo una inesperada cantidad de lectores. Los más de 500 mil ejemplares vendidos en Estados Unidos, aparte de su traducción a siete idiomas, dan testimonio de su éxito y de sus reediciones. Pudiera pensarse en lectores que necesitaban un asidero momentáneo a la vida. La versión castellana es de la editorial Kairós y cuenta con un prólogo de Salvador Peniker.
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Como se puede deducir por el propio tema, el material que preparó y editó Marilyn Ferguson (lleva por subtítulo “Transformaciones personales y sociales de este fin de siglo”), estuvo planeado y pensado para los lectores que entraran, sin importar la mucho la edad, a la experiencia de “comenzar a vivir el XXI”. Quizá era el propósito adentrarse a una experiencia con una anticipación de veinte años. Del tema, en su momento (ya han pasado casi diez años) se habló demasiado.
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De acuerdo al autor del prólogo, la idea que finalmente animó a Ferguson fue la aparición de un nuevo lenguaje utópico que tomara en cuenta (o que por lo menos no lo hiciera a un lado), el legado de la ciencia y de la mística.
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Por supuesto que el trabajo de Ferguson (no sé si haya una edición reciente de este libro), logró transformar la mentalidad de muchos de los sus lectores al cambiar su sistema de valores: “sobrevivir en una época de aceleración sin precedentes”.
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Marilyn Ferguson es autora de otro título que, al igual que La conspiración de acuario, también tuvo un éxito inmediato: La revolución del cerebro. En síntesis: la tesis de Ferguson es que las etapas de la transformación son muy difíciles dada la resistencia neurológica que los hombres oponemos siempre. Este libro es un pequeño peldaño para tratar de dejar a un lado esa resistencia. Sin embargo, sigue existiendo el miedo al cambio.
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Leo en la cuarta de forros que “La conspiración de acuario agrupa a millones de personas que están cambiando a la sociedad a través de su propio potencial humano”. Yo sólo he querido dejar aquí la referencia, me cuesta adentrarme al método. Debe existir la disposición de la gente hacia una actitud de exploración. Es el compendio de los cambios personales y sociales que habrá de presidir nuestra entrada el siglo XXI. Y de eso ya han pasado diez años, casi. Aún no es tiempo, pienso, de evaluar los logros. Sólo los casos muy aislados algo nos arrojan. Pero aquí está la referencia y el temor al cambio (lo dicen los psicólogos clínicos) aún se manifiesta casi en todas las personas. Finalmente, admite Ferguson que en La conspiración de acuario se da una lucha en todos los frentes contra la entropía: “buscamos lo improbable y queremos el azar”. Útil sugerencia, difícil para los hombres del XXI. La gran paradoja de los psicoterapeutas: ¡cámbiennos, no se atrevan a cambiarnos!

Bajo el cielo del Narco

Diario Milenio-México (04/08/09)
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Tuve buenos amigos durante la posadolescencia. Eso lo sabía entonces, en efecto, cuando se trataba de descubrir el mundo e irse a cualquier extremo (especialmente los menos pensados), pero lo sé cada vez más ahora, cuando me descubro citando sus palabras a la menor provocación. Uno de esos memorables amigos posadolescentes dijo alguna vez, por ejemplo, “no es raro que no exista, sino que exista, ¿no crees?”, con la pluma en la mano izquierda y la mirada perdida detrás de una nube gigantesca. Se refería al amor, por supuesto, fenómeno contra el cual escribíamos en ese entonces un largo manifiesto foribundo. La idea había empezado, como tanto en esa época, a raíz de un sesudo chiste. Nos molestaba la cursilería amorosa. La manera en que los nuevos amantes orquestaban los desplantes de su posesión nos causaba una especie de alicaída conmoción interna. La doméstica actitud resignada que emergía de hombres y mujeres hasta hacía poco independientes y activos, nos dejaba sumidos en largos trances metafísicos. La repetición cansina de los gestos y las palabras nos condujo a la parodia y, de ahí, entre risas, a la redacción del manifiesto aquel, todavía inédito. La pausa dentro de la cual se produjo la frase (“lo increíble es que siga existiendo”) fue sin duda uno de esos raros momentos que con frecuencia tacho de epifánicos. En efecto, a pesar de que la crítica contra el amor como lo veíamos existir frente a nuestros ojos era precisa y necesaria y vitrólica, los dos tuvimos la suficiente cantidad de autocrítica como para inclinar la cerviz y aceptar lo inaceptable. Maravillados.
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La frase vino a colación no hace mucho, leyendo las noticias sobre las sangrientas prácticas del narco en la frontera norte del país. Un día antes había cruzado la frontera de nueva cuenta, internándome en los terrenos de esta plaza que, según los diarios, se sigue peleando el Teo, alias El Tres Letras. Recordé que mis amigos (que siguen siendo, por cierto, amigos posadolescentes) ya no salen tanto como antes, prefiriendo las reuniones en domicilios particulares para así evitar, de ser posible, las balaceras. Se me vinieron a la memoria también las tantas y tantas historias que involucraban el secuestro del primo, o del nieto, o del padre. Vi una vez más los ojos preocupados; los puños enhiestos; los rostros ajados. Bajé la velocidad, como me era indicado con un ademán de mano, frente al retén militar que hace cinco años, cuando dejé esta ciudad fronteriza, todavía no se encontraba en el camino que utilizo para llegar a casa. Volví a bajar la velocidad cuando pasó a mi derecha y a toda prisa el convoy de cuatro camionetas con logo de la policía: las sirenas en alto, las luces rojas. ¿Así que esto es vivir en el imperio del narco?, me dije, más que preguntarme. ¿Así que así se vive en estado de sitio? ¿Así que esto era la guerra?
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Cuando finalmente llegamos a casa, nos aseguramos de cerrar bien las puertas. En voz sospechosamente baja, como si temiéramos las represalias de los fantasmas, nos dimos a la tarea de repetir todos los lugares comunes de la plática norteña: la desaparición del amigo del amigo; los truculentos detalles que animan las vidas de los secuestradores: su falta de empatía, su crueldad sin límites, la forma de su trabajo; el miedo que provoca que el vecino se asome a la ventana para ver, y que lo anima también a correr la cortina una vez visto lo que alcanzó a ver; la corrupción de una policía que está, a todas luces, al servicio del narco y no del estado; la corrupción de los políticos. La muerte que, en efecto, tiene permiso. Fue en ese momento que aquella frase epifánica provocada por los modos vulgares del amor vino a la memoria, aunque algo tergiversada (ahora diríamos: intervenida). Después de los miles y miles de muertos que ha producido una guerra iniciada por voluntad presidencial, y sin el permiso de la sociedad, desde 2006, lo raro no es que no exista una sociedad civil organizada y presta a ponerle el límite a una clase gobernante a todas luces inepta y torpe, sino que todavía exista. No es para nada extraño que una buena parte de la sociedad lúcida y pensante haya decidido anular su voto, sino que otros, los más, sigan apostándole, a través del mero acto de ir a las urnas, a la democracia. No es inusual que el miedo nos paralice, sino que también, a veces, provoque las ganas de hablar, y de hacerlo en el volumen más fuerte. No es rara la crueldad, aunque en estos lares y con la cifra de feminicidios creciendo en Ciudad Juárez y otros sitios de la república alcance límites casi impensables, sino que, en ocasiones, no exista.
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Eso pensaba exactamente ayer cuando, al desayunar en una pequeña taquería tijuanense (es decir, de Sonora), vi llegar a una pareja de adultos, recién bañados ellos, tomados de la mano. Eran amantes, eso se les notaba a la legua, puesto que se miraban de ése modo (y por amantes quiero decir que era evidente que conocían sus cuerpos, no que fueran necesariamente adúlteros). Y, mientras consumían sus alimentos, hablaban en el tono bajo que remite a la intimidad compartida. Se trataban, además, con cortesía. Se daban las gracias. Si mi amigo posadolescente y yo los hubiéramos visto entonces, cuando se nos vino a la mente la idea desparpajada del manifiesto contra el amor, seguramente habríamos escrito otra cosa. Lo raro, en todo caso, me dije en ese momento, no es que bajo el cielo del narco siga creciendo la saña y la muerte, la corrupción y la crueldad, sino que existan estos dos, aquí, recién bañados, prodigándose el uno al otro con los gestos siempre inéditos, siempre irrepetibles, siempre transparentes, de algo que, si fuera un poco más valiente, llamaría ahora sí, con todas las de la ley, amor.

lunes, agosto 03, 2009

La vileza positiva

Diario Milenio-México (03/08/09)
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Bendiciendo el desdén
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Hay palabras que ansían ser corrompidas. Esas que todo el mundo sabe positivas, de manera que una vez aplicadas sirven para encubrir cualquier turbiedad y suscitar aplausos más o menos unánimes. No vayamos más lejos, “positivo” compite con ventaja entre los adjetivos más corruptos del diccionario. Hoy día puede uno darse a propagar aberraciones de ínfima ralea y absolverse colgándoles el término de marras. Si antiguamente las buenas conciencias encontraban normal el ejercicio cotidiano de discriminar, quienes hoy las condenan y a su modo reemplazan encuentran por lo menos reconfortante ponerse a la vanguardia de la discriminación positiva. Creen, angélicamente, que aplicar las recetas más deleznables en el nombre de los mejores propósitos puede resolver otros problemas que los de su conciencia perezosa.
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Vayamos ahora lejos: Europa. Abundan por ahí las buenas intenciones hacia Latinoamérica. O mejor, los deseos positivos, que en varios de los casos no son sino una forma en apariencia tersa, si bien no tan sutil como ellos piensan, de discriminación común, corriente y mentirosa. A espaldas de los límites que solían poner los viejos discriminadores, los positivos son generosos en permisividad. De ahí que cuanto les parece del todo inaceptable en sus países, lo encuentren necesario ahí donde, suponen con candor, toda la situación del subdesarrollo plantea prioridades y métodos excepcionales. Una manera fina y educada de relegar al otro a la barbarie y dar por solventada la cuestión. Pues al fin no se trata de arreglar otra cosa que las tribulaciones histriónicas del discriminador positivo, de quien nadie dirá que es un insensible. El problema de las buenas conciencias es que no pueden con su malestar, les urge resolverlo para volver a su estado de gracia. Y eso, a los sátrapas de este lado del mar, les viene como bala en el revólver. Allá nadie quisiera saber nada de bombas y pistolas informales; a menos que la pólvora truene de este lado, en cuyo caso no faltará la justificación positiva: discriminación pura y además bendecida.
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2
Excepciones sudacas
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“Hay que darles en la cabeza y continuar hasta acabar con ellos”, declaró, nada más aterrizar en Palma de Mallorca, Juan Carlos de Borbón, en referencia a ETA, que ya pocos se tocan el corazón para reconocer en ella a una simple banda de asesinos. Y el problema tal vez no esté en que sean matones, sino que están muy cerca. Por eso nadie salta cuando el rey emplea términos que en otras circunstancias serían privilegio de terroristas. ¿Cuántas veces no habrán hablado los etarras de darle en la cabeza al soberano español? ¿Quién tiene tiempo ahora, con los verdugos en pie de guerra y un par de muertos frescos ahí tendidos, de apelar a la corrección política? ¿No es cierto que para eso está Latinoamérica, o África, o cualquiera de aquellas aldeas distantes donde los asesinos liberticidas se llaman combatientes de la libertad y hacen lo suyo en nombre de algún rebaño abstracto al que con puntería de tirano han apodado pueblo?
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No imagino siquiera cómo reaccionarían sus connacionales si un día de estos al presidente Rodríguez Zapatero se le ocurriera declarar a España un “estado proletario”, pero supongo que para hacerlo cierto tendría que secuestrar canales, estaciones y periódicos, penalizar la crítica y asumir el control total del gobierno. Todo ello a lo largo de unas cuantas horas, pues más de eso difícilmente duraría en el cargo. Y ya entrados en fantasías extremas, valdría preguntarse qué opinaría Miguel Ángel Moratinos, en su papel de ministro español de asuntos exteriores, de enterarse que el gobierno de Sarkozy brinda protección y armamento a ETA. O que ETA financió la campaña de un gobierno portugués hostil a España, en cuyo territorio los etarras se mueven como en su casa. Todas ellas suposiciones no sólo inverosímiles, sino inclusive estúpidas y por supuesto fuera de contexto. ¿O es que nos olvidamos de que esas desmesuras sólo están bien para los sudacas?
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3
De terror a terror
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Como habitante de Latinoamérica, no sólo no agradezco la permisividad de las buenas conciencias europeas, sino que la rechazo como a un pan con veneno. Entiendo que para llamar su atención, de ordinario ocupada en asuntos centrales y distraída de los periféricos, cuenta menos vender razones que folklore. Afortunadamente, no ando vendiendo nada. Dejé la canastita con la vendimia en la aldea donde vivía con mi tribu, esperanzados en el advenimiento del próximo caudillo regañón que nos sume al rebaño y nos redima en el nombre de aquellos disparates que entre los europeos del siglo XXI ya sólo invitan a la carcajada franca o la simpatía hipócrita. Me abruma, ciertamente, su buena voluntad, pero al final observo que ésta es más útil para matones y mandones, que acá pueden seguir cometiendo a placer —apoyados, de pronto, por entidades públicas y hasta gobiernos— las mismas tropelías por las que allá les darían duro y a la cabeza. ¿Y si fuera mejor para todos que en lugar de albergar tantas ideas pías fueran a confesarse de una vez?
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Hoy día, el ministro Moratinos trabaja activamente para fortalecer sus lazos con el gobierno de Hugo Chávez, en cuyo futuro invita a confiar, calculando tal vez que durará por proletarias décadas. Lo de menos es que éste persiga, embargue y criminalice a los inversionistas españoles, si lo que busca el optimista ministro es entenderse bien con el caudillo y hacer negocios de poder a poder. Lo de menos, también, es que hasta el mismo rey conozca en carne propia las bravatas del fanfarrón de rojo, o que se multipliquen las evidencias de su amplio compromiso con el terrorismo. Tal como la censura franquista dispensaba de sus atentos cuidados a cuanto libro viajaba hacia Latinoamérica, los bienpensantes de hoy duermen tranquilos en la creencia de que ciertos derechos básicos en Europa son en nuestros países privilegios burgueses intolerables. Si ellos tienen —y vigilan de cerca— a Zapatero, Merkel o Sarkozy, nosotros bien podemos contentarnos con el primer espíritu gemelo de Ahmadineyad que sepa calentar el odio del rebaño y vigilar cada uno de sus movimientos. Si esto no es asquerosa discriminación, ETA y sus abertzales son un club de filántropos.

jueves, julio 30, 2009

Cien poemas para hablar con Dios en español

Diario Milenio-Puebla (30/07/09)
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Me ha llegado en días pasados un libro que recientemente ha editado el gobierno del estado de Jalisco (Cien poemas para hablar con Dios en español) Antología de poesía religiosa, una investigación y selección del poeta Raúl Bañuelos, José Brú y Dante Medina.
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Como bien se sabe, la poesía mística tiene una gran tradición en las letras del mundo. Una de sus primeras manifestaciones se halla en la literatura medieval dentro de lo que se conoció (y se conoce) como hagiografías, la vida de los santos narrada literariamente.
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Coincide esta lectura de la investigación de Bañuelos, et al, con otra más que ahora tengo el gusto de leer de José Luis Camacho, quien ha realizado una tesis sobre el poeta español Fernando Rielo: “un representante de la mística hispánica contemporánea”.
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Ahí, en la tesis que defiende Camacho, escribe que es muy difícil, después del movimiento que Europa conoció como Romanticismo, seguirle la pista a los poetas místicos, porque había una especie de ruptura entre el pensamiento social de la época y lo que se estaba escribiendo. Es verdad. Sin embargo, el mismo autor de la tesis hace referencia a algunos poetas (como Merton, Bécquer o Concha Urquiza) cuya obra se ha abocado a la poesía mística concibiéndola como un estado de conciencia único y de experiencia trascendental. Es el equivalente a lo que la Edad Media conoció como “los poetas trovadores de Dios” o “los escritores que lograron hablar con Dios”.
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Sin duda lo que leo ahora en este libro coordinado por Raúl Bañuelos, Cien poemas para hablar con Dios en español, es el resultado de la influencia que todos los poetas aquí reunidos han retomado de la gran tradición.
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Permitiéndome una ligera libertad, voy a citar un párrafo que extraigo de la tesis de Camacho para ilustrar esa influencia no sólo en Rielo, sino quizá en todos los poetas que antóloga Bañuelos, Brú y Dante. Las palabras son del propio Fernando Rielo: “Yo recuerdo que siempre recitaba de memoria a Bécquer. Fue ése el poeta que me conmovió.” Bécquer, aunque no directamente y desde el Romanticismo, también es un poeta místico.
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En la antología de los investigadores de Cien poemas para hablar con Dios en español hay voces importantísimas: Ramón López Velarde, Elías Nandino, Leopoldo Lugones, Miguel de Unamuno, Fray Luis de León, Eliseo Diego, Ernesto Cardenal, Octavio Paz, Vicente Aleixandre o Pedro Garfias.
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Remato esta nota con parte de los versos del soneto incluido de Xavier Villaurrutia: “Este miedo de verte cara a cara,/ de oír el timbre de tu voz radiante/ y de aspirar la emanación fragante/ de tu cuerpo intangible, nos separa”.
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Cien poemas para hablar con Dios en español, una antología de consulta necesaria.

miércoles, julio 29, 2009

"Y volver, volver..."-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla-29/07/09)

Luis Sepúlveda, escritor de origen chileno, ha entregado a los lectores su más reciente novela “La sombra de lo que fuimos” con la que obtuvo el Premio Primavera de Novela 2009 y es publicada bajo el sello Espasa.
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“La sombra de lo que fuimos” empieza narrando la reunión de tres viejos revolucionarios que se da treinta y cinco años de su última tertulia. El que convoca: Pedro Nolasco; el punto de reunión: un almacén de Santiago de Chile. Pero camino al lugar de encuentro Nolasco se topa con un tocadiscos que ha sido lanzado desde alguna ventana, impidiendo así su presencia en la cita. Sin embargo, los amigos que se re-encuentran no son los mismos de antes, a pesar de ello y en ausencia de su ahora difunto amigo, deciden apropiarse uno de sus preceptos: ¿Qué, nos la jugamos?, el cual será su punto de lanza para vivir una que otra peripecia.
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Una novela que goza de un ritmo agradable y una perfecta construcción narrativa, lo que habla de la calidad del autor y la dedicación que tuvo a la hora de escribir dicha obra. Algo que todo lector agradecerá.
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“La sombra de lo fuimos” se inscribe en lo que algunos osan llamar: educación sentimental –que debe su nombre a “La educación sentimental”, novela de Flaubert-, o lo que Lukács llamó “novela psicológica de la desilusión”. Aquí algunos de los preceptos de Lukács que me parecen dignos de destacar, pues se hayan dentro de la novela de Sepúlveda: 1) su visión se fija en la Historia, como una nostalgia del pasado. Lo que indica que además, hay un reconocimiento de la función del tiempo en la novela; 2) la novela es la biografía de la nostalgia, es la expresión de la ambivalencia del hombre como sujeto, escindido entre el mal y los valores, entre la historia y la utopía; entre otros y así es como el lector debe entenderla, creo, al enfrentarse con esta novela.
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Sin los puntos, arriba señalados, no podía explicarse su excesiva carga de regionalismos.
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“La sombra de lo que fuimos” es una novela de fácil lectura y dejará al lector con un buen sabor de boca si se toma en cuenta la inscripción literaria ya comentada, de otra forma, podría parecer una novela plagada de sentimentalismo, cuyo único propósito es seguir escribiendo sobre las afectaciones generadas por la dictadura de Pinochet a una generación que para conservar la vida tuvo que huir despavoridamente de su tierra natal, perdiendo una vida y entregándose a otra plagada de recuerdos y de muchas ganas por volver a lo que un día fue.