sábado, febrero 14, 2009

Una foto, una.

Con Vivian Abenshushan y Luigi Amara

Tumbona estuvo en Puebla, en Profética.

La editorial Tumbona estuvo en Profética el pasado viernes para presentar su serie de libros versus.
En la foto el poeta Luigi Amara y Pablo Duarte, ambos miembros de la editorial.

jueves, febrero 12, 2009

"Contra la presión, clamo paz"-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 11/02/09)

A Pedro Ángel Palou por su presencia constante,
a Roberto Martínez por su consejo y
a Carmen Barranco, por la pasión que le da a mi vida.
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¿Qué se puede hacer cuando no se tiene una idea? Nada, absolutamente nada. Simplemente la idea se esfumó, como el agua o el tiempo. Un día está y al otro ni su estela se logra ver. Huye sin avisar.
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A veces la presión, el cambio de vida y ritmo influyen. Quizá la idea se resista al cambio y prefería irse a un lugar donde esté más a gusto, donde la calma impere.
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Mientras escribo estas líneas tengo en la cabeza la presión de presentar un examen en el área de la lingüística este martes (ayer), luego este miércoles preparar una clase enfocada al razonamiento verbal. Y sólo quisiera gritar, aventar todo y matar a los que me robaron mi vida, mi calma, la escasa sonrisa.
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Me doy cuenta que el mundo no me gusta. Me daría asco que de grande me termine convirtiendo en todo aquello contra lo que lucho: mochería, extremo catolicismo, falta de credibilidad en el otro, falta de valoración al otro, exigencia desmedida y sin sentido al prójimo y una lista sin fin.
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Quizá por eso disfruto de ir a la Ciudad de México e inmiscuirme en el metro, único espacio para compartir tu soledad con una inmensa mayoría, pero también es el ínfimo espacio para intentar estar con uno mismo. En Puebla eso es imposible, es tan pequeña que te puedes encontrar a quien menos deseas saludar, nuevamente vuelvo a la escasez de paz. Esta ciudad no es angelical, es demoniaca. Siempre vivir a expensas del qué dirán. No se puede ser porque siempre habrá un contario que nos señale con un mal social.
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Entre todo este mar, encuentro un aforismo de Juan Eduardo Cirlot que viene en su colección de aforismos “Del no mundo”, el cual titula al libro que fue publicado el año pasado por Siruela.
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“Nadie, en realidad, puede ayudar. Nadie puede hacer nada por ti, ni en lo esencial ni en lo circunstancial. No debes esperar nada, desear nada, confiar en nada. Tienes, sin embargo, que seguir actuando (pero, progresivamente menos, orientado a lo sólo necesario), porque tu circunstancial lo exige. (Por ahora).”
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Empero, creo, al final está lo único que alienta mi día, saber que siempre tendré la mano de mi bella, la sonrisa de mi Lilith. Y las letras, la pasión por leer y escribir. El placer de algún día charlar con grandes y cercanos amigos sobre libros, novelistas y poetas.

martes, febrero 10, 2009

El Yo masculino

Diario Milenio-México (02/09/09)
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Jorge Volpi se arriesga a hacer lo que pocos, escritores o no, hacen: alejarse conscientemente del lugar conocido —y por ello más o menos cómodo— para internarse en un territorio no sólo distinto (en relación a la obra individual) sino también poco explorado (en relación a las tradiciones de escritura que en él convergen). No me refiero, por supuesto, a la fragmentación y subsecuente yuxtaposición de fragmentos que caracterizan las páginas de El Jardin Devastado —una estructura narrativa que en mucho honra, por lo demás, a la estructura misma de los dolores tanto sociales como personales que quiebran sus páginas. Tampoco me refiero a la dura brevedad del texto— esa concisión con la que el doliente, a falta de la cercanía con el lenguaje que según los estudiosos define a las experiencias de dolor más profundo, llena sus líneas de expresión. Tampoco hablo del entrecruzamiento de tiempo y espacio —entre Iraq y México y Estados Unidos— que da cuenta del carácter trasnacional de diversas experiencias del sufrimiento humano de nuestra época. Me refiero, más bien, a lo que está ahí, desde el primer párrafo de la primera página de la primera sección de este libro extraño: el cuerpo y el deseo y la sexualidad masculina.
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Si en la exploración del deseo femenino que se lleva a cabo en Hotel Limbo Mónica Lavín problematizó la relación que une al hombre que contempla y a la mujer que es contemplada, otorgándole a través del quehacer de la memoria un estatus histórico y no histérico a la sexualidad femenina, Jorge Volpi consigue desarticular los goznes que han caracterizado la narrativización del sexo y el deseo masculino en su El Jardin Devastado. Por más distintos que parezcan sus merodeos y estrategias narrativas, estos dos libros insisten en hacer aparecer al cuerpo y sus sexualidades en toda su brutal humanidad (que es, con frecuencia, su más básica vulnerabilidad). Ahí donde una conecta para visibilizar, restituyendo el cuerpo a su propia historia y viceversa, el otro deconstruye con la misma finalidad. El dolor, después de todo, nunca va más allá del cuerpo: ahí se genera y ahí vive. De eso se alimenta. En eso consiste.
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No son pocas las novelas que, al intentar internarse en la cartografía de la sexualidad masculina, empiezan, y con frecuencia terminan, con el desnudo femenino. Las formas y recovecos de cuerpo de la mujer, sus reacciones y características más nimias han formado parte del repertorio del casanova que, de tanto ver hacia fuera, y precisamente por hacerlo, invisibiliza su propio cuerpo. Muchas de las narraciones masculinas sobre la sexualidad masculina parten de ese básico supuesto (que en realidad es una treta): como el cuerpo masculino heterosexual es la regla básica, éste se disuelve en una transparencia omnipresente. Por eso es significativo que El Jardin Devastado de Jorge Volpi empiece bajo las sábanas, con un cuerpo enclenque que se repite: “Orino, luego existo”.
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Crítica puntual de las distintas formas de indiferencia que hacen del dolor una experiencia intransferible, el Jardin Devastado es también, acaso por lo mismo, una historia de amor en su versión más atemporal: eso que sucede, según Volpi, cuando los cuerpos “nos asediamos, nos engañamos, nos herimos, nos contagiamos, nos laceramos, nos torturamos, nos destruimos. Al final nos abandonamos. Y luego esperamos al siguiente de la fila”. Ese parece ser el recuento de una sexualidad trasnacional, ejercida en el efímero gesto del encuentro y en la larga, a veces sinuosa, si no es que borrascosa, memoria que regresa, ya culpígena o ya melancólica, con los objetos que van conformando esa historia natural de la pareja perdida. El cuerpo que orina es, también, el cuerpo que pierde o que huye: ese cuerpo anónimo tras el cual corre —despavorido, ansioso, con dientes— el éxtasis que viene del pasado para contemplar ahora —el ahora del abandono que es también el ahora de la memoria— su propio rostro en el espejo de lo que no está.
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Se trata del temido momento del yo. El yo masculino. No por nada el subtítulo de este libro extraño es Una memoria —un concepto fuertemente asociado a las literaturas no canónicas y/o francamente marginales que proliferaron desde el último cuarto del siglo XX como una forma de acicate contra la supuesta muerte del autor. En el mundo de los estereotipos, las narrativas del yo —de la autobiografía al testimonio pasando por la confesión— le pertenecen, casi de manera automática, a las mujeres y las así llamadas minorías. Los escritores (repito: en el mundo de los estereotipos) se dedican a cosas serias como construir un universo con su propio paisaje interior (sic). Las minucias y las emociones y, sobre todo, los recuerdos personales, especialmente si son del orden amoroso, le corresponden a los aficionados o, peor tantito, a los sentimentales. Acaso sea precisamente por ese tipo de definiciones artreras que el subtítulo brilla por su ausencia en la portada del libro, haciendo su aparición entre espectral e indecisa en la portadilla. Una memoria, en efecto. ¿Pero lo es? Y, de serlo, ¿de quién es? ¿Importa, de verdad, el nombre? Estas preguntas básicas tienen la virtud de poner en cuestión la subjetividad que produce la escritura y, de paso, la subjetividad misma de quien la recibe, creando así un texto, y una experiencia de lectura —es decir, una comunión— volátil, agreste, imperfecta, honda. Y es por haber logrado ese tipo de cruda experiencia a lo largo de sus páginas que el austero capítulo final cae con una fuerza descomunal, una fuerza pocas veces lograda en la tan bien comportada literatura de nuestros mexicanos tiempos, sobre sus hojas. Se trata de un hacha. El candor de un hacha.

El oficio de soplar

Diario Milenio-México (09/02/09)
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La espía que tembló
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Hace unos días que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, se hizo notar a lomos de uno de esos desplantes patanescos que hacen las mieles de la hinchada más rústica. Cuestionada por una asambleísta opositora en torno al affair de espionaje político que debería tenerla brincando en el comal de la pública execración, la presidenta levantó el brazo al frente, quién sabe si nostálgica, y la interrumpió: ¡Mire cómo tiemblo! lnteresada apenas en explicar nada, la funcionaria arremetió contra sus detractores, a quienes acusó de tener una larga historia de espionaje. Puesto en otras palabras, lo que más extraña a los involucrados en el escándalo es que exista un escándalo, ahí donde, a su espeluznado entender, no tendría que haber ni noticia. Es posible que para quienes crecieron cobijados por las enaguas del Generalísimo, la idea del micrófono oculto brinde una sensación de seguridad, acaso comparable a la del insectronic. Qué placer deleitoso, ver caer a los enemigos recién achicharrados sobre una práctica charola de metal. Escuchar con audífonos cuanta imprudencia vació el infeliz espiado en el teléfono, contemplar su hundimiento como se ve a una mosca electrocutada cuyas patas aún atinan a moverse. Mira cómo tiemblo, parecería que dicen.
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Es de dudarse que la señora Aguirre tenga hoy día el pulso en equilibrio, mientras varios de sus cercanos amigos y compinches son implicados en tramas de corrupción y tráfico de influencias que ya amenazan con salpicarla. Lo más entretenido del asunto es que existen no sólo documentos probatorios, sino de paso, slurp, grabaciones. El País, asimismo, publica en su edición dominical un reportaje sobre la mujer del brazo alzado que tal vez no haya hecho tremolar sus sensibles falanges, pero apuesto este párrafo a que le trajo un jaquecón de miedo, amén de por supuesto quitarle el apetito. Un retrato implacable de una oportunista habituada a imponerse —“es de las que tutean a quienes sabe que no la pueden tutear”, resalta el reportaje— cuyos consejeros acostumbran usar tarjetas telefónicas prepagadas, para eludir orejas alertas y dedos oficiosos. Cuando Aguirre declara que “aquí nadie ha espiado”, los avezados se dan a decodificar el mensaje en sentido inverso. Nadie espía, esto es, todos espíamos. En tres palabras, no nos hagamos.
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De orejas y falanges
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Espiar es, en principio, un juego de niños. Se juega a los espías usando un nombre en clave, se espía a las niñas cuando van al baño, se meten las narices en los fajos de cartas de amor de los padres. Tiene uno por entonces la excusa de ser niño y no entender por qué, ya en términos adultos, ésas son chingaderas. Debería darte vergüenza, regaña la mamá al niño entrometido, preocupada por inculcarle un pundonor cada día más fuera de moda. No recuerdo cuántos entre mis malos actos me hicieron, a decir de mi madre, sujeto de vergüenza debida, pero de haberle un día respondido algo así como mira cómo tiemblo es seguro que habría vivido la verguenza de quedarme chimuelo en el acto. Las personas decentes, creían los antiguos, no meten las narices donde no les incumbe.
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Ahora bien, nadie ignora que entre los niños menudean, como en todas partes, los canallas de oreja ancha y dedo largo. Esos lambisconcitos bien peinados que le llamaban Prof al profesor y hasta le sacudían el saco, por lo común manchado de polvo de gis. Se los veía al frente, con los ojos pelones de un delator a sueldo, gozando intensamente la encomienda de apuntar a los malportados en el pizarrón e ir sumándoles taches a cada nuevo signo de indisciplina. No niego que me habría gustado verme alguna mañana en su lugar, para darme el placer de apuntarlos y fastidiarlos por mis puros cojoncitos, y entonces sí decirles mira cómo tiemblo. Un desafío autoritario que se enorgullece antes de la impunidad que de la inocencia, y desde ese cinismo se pretende simpático. En mis peores momentos de escuincle insoportable, me recuerdo atacando al enemigo con bravatas estilo ¿Y a quién crees que le va a creer mi mamá?
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Profesión: acusetas
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Delatar en secreto, como enviar amenazas anónimas o hurgar en los buzones ajenos, es una tentación que nos afecta a todos pero sólo somete a las cucarachas. Es demasiado fácil, se pasa de indigno, nadie quisiera ser atrapado en maniobras de siempre execrables. Y si bien aseguran los expertos que todos lo hemos hecho alguna vez, no menos verdad es que la experiencia de vernos convertidos en menos que un insecto rastrero nos dejó los cachetes tan candentes que solemos cuidarnos de recaer. Espiar para acusar puede ser labor digna para quienes se enfrentan a obvios criminales, pero la idea de encerrarse en un sótano o una camioneta sin ventanas para hurgar en la vida de un hijo de vecino y encontrar sus probables puntos débiles, apunta hacia uno de esos trabajos vergonzosos que a gritos solicitan un eufemismo que los reemplace. Verdugo. Madrina. Palero. Alcahuete. Soplón. Nada que un niño pueda decir en la escuela cuando se le pregunta por el oficio de sus padres. Francamente, a mí mismo me daría vergüenza tener que contratar a uno de estos profesionales. Y temblaría, sin duda, si ya lo hubiera hecho y me arriesgara a ser exhibido.
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El chiste, sin embargo, no está en avergonzarse, sino al contrario, crecerse al castigo. Seguirse hacia adelante, espiando al que se deje y extorsionando a quien pueda ofrecerse. Jugar un ajedrez donde todas las piezas son quintacolumnistas naturales y se le teme más al alfil propio que al caballo ajeno. Recuerdo que en la escuela había profesores cuyas debilidades entomológicas los hacían rodearse de cucarachas, cuyas frecuentes y entusiastas delaciones premiaban con diversos privilegios, como el nunca tener que temblar por nada, por más que, como decía la plegaria, se hubiera “merecido el infierno y perdido el cielo”. ¡Prof, me está molestando!, se curaba en salud el coleopterito.
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Ganarse el pan cazando recompensas por atrapar presuntos infractores morales. Colaborar a oscuras con el insectronic. Qué oficio pestilente. En una de éstas, los sufridos consejeros de doña Esperanza deberían recordarle que en asuntos como éstos, donde orejas y dedos pelean por los trozos más grandes de carroña, no tiembla uno de miedo, como de repelús.

Ella piensa, yo juzgo (¿Y ellos?)

Diario Milenio-México (09/02/09)
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¡Qué haría yo sin ti! —exclamo, conmovido y retórico (y un pelín solemne).
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—Me buscarías por cielo, mar y tierra —responde ella, por si fuera poco ingeniosa.
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El mismo intercambio se reproduce con enorme frecuencia y a propósito de los más variopintos dones de amor. Qué haría yo sin ella que, con su mezcla de psicoanálisis lacaniano y superheroísmo sentimental, es la única capaz de derrotar una y cada vez mi perenne ansiedad. Qué haría yo sin ella que, no conforme con haber estudiado las formas de organización de la sociedad y los desórdenes del alma, sabe poner orden y organización a nuestras finanzas. Qué sería de mí sin sus formas sicalípticas (porque, además de ser pródiga en bondades, lo es en buenuras), sin su humor desternillante, sin su perfeccionismo rayano en lo Martha Stewart para la conducción de los trabajos domésticos, sin su talento de estratega militar para planear mi vida profesional, sin su lectura literalmente indispensable de todo cuanto escribo (es mi editora impecable y mi correctora de estilo implacable), sin su prodigiosa capacidad para buscar y rebuscar en libros, revistas, periódicos e internet, de la que me beneficio y que me ha llevado a asentar (aunque hasta ahora nunca por escrito, homenaje que le debía) que yo sólo sé lo que me investiga mi mujer.
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Aquí, sin embargo, no terminan las virtudes de Eunice, y es que ni siquiera he listado la principal: ella piensa. Y mucho, lo que resulta no sólo excepcional (conozco pocas personas verdaderamente abocadas de manera sistemática al ejercicio reflexivo… y ni siquiera estoy seguro de contarme entre ellas) sino, además, de gran ayuda cuando, al término de una semana pletórica en tribulaciones de todo tipo, no tengo ni la más peregrina idea de qué tema abordaré en este espacio y qué enfoque habré de darle. Así el pasado jueves cuando, a mi arribo de una jornada repleta en avatares del surménage, me regaló la premisa de esta entrega de mi columna mientras me dispensaba quesadillas en tortilla de nopal y chocolate caliente light (en efecto, también tiene dones de cocinera y de dietista).
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“¿Ya viste lo de Maciel?”, inquirió, en referencia a la nota publicada el pasado martes en el New York Times, de acuerdo a la cual el sumo sacerdote del oprobio sexual habría tenido no sólo debilidad erótica por los acólitos sino, además, casa chica. Asentí entre bocados. “¿Y ya viste lo que dicen los Legionarios?”. Negué con un sorbo, pues no había leído todavía la reacción de Álvaro Corcuera, actual líder de La Legión de Cristo. “Ah, pues dicen que qué barbaridad y que qué dolor pero que ésa es cosa que no les toca juzgar a ellos sino a Dios.”
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—¿Por qué no me extrañará? (chomp, chomp).
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—No, si a mí tampoco me extraña. Sólo que se parece mucho a la declaración de Jesús Ortega sobre su intención de no juzgar a López Obrador por apoyar candidaturas de otro partido. ¿Igualitos, no? Dos cultos con su dogma y con su padre inmaculado e inobjetable y eterno. Deberías de escribir tu columna sobre eso. ¿Otra quesadillita?
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Y así lo hago, preciosa: tienes toda la razón. Buena tu idea. Tanto así que —cosa rara en mí— me ha llevado a desarrollar una propia: la revaloración del juicio.
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La vida me ha llevado a toparme con un par de iluminados. De esos que se adscriben a disciplinas espirituales esotéricas y se dicen henchidos de optimismo y van por el mundo clamando, orgullosos, que ellos no juzgan. Y la gente los aplaude, acaso en razón de lo no muy de moda que está la conjugación del verbo juzgar en nuestros días. Pues bien, yo sí juzgo y lo hago igualmente orondo. Y creo deber moral de todo ser humano juzgar, es decir discernir lo bueno de lo malo, lo hermoso de lo horrible, y actuar en consecuencia.
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Juzgo a Maciel un monstruo y a los Legionarios de Cristo inmorales (además de suicidas) por no condenarlo.
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Juzgo a López Obrador un megalómano y a los perredistas incongruentes (además de, otra vez, suicidas) por no expulsarlo.
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Juzgo a mi mujer maravillosa. Por eso vivo con ella.
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Cierto es también que juzgo su hábito de comerse las uñas deplorable y que me lo aguanto. ¿Habré caído en inmoralidad? Si es así, discúlpeseme: igual que los Legionarios y que el PRD, me encuentro bajo los efectos prolongados de un estado alterado de conciencia.

miércoles, febrero 04, 2009

Otorgan a Volpi el premio Mazatlán (Intolerancia/Cultura 04/02/09)

Por su libro Mentiras contagiosas, el escritor mexicano y actual director del Canal 22, Jorge Volpi, obtuvo por unanimidad el Premio Mazatlán de Literatura 2009.
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Dicho galardón que se entrega anualmente, es convocado por el ayuntamiento de Mazatlán, a través de la Comisión de Promoción y Desarrollo Turístico de Mazatlán.
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El jurado, integrado por Sergio Pitol, Juan Villoro y Mario Bellatin, decidió otorgarle dicho premio, el cual se entrega al escritor mexicano que durante el año previo a la ceremonia haya publicado un libro que a juicio del jurado sea el mejor editado en México. Jorge Luis Volpi Escalante nació en la ciudad de México, en 1968; es un escritor perteneciente a la llamada generación del Crack y profesor universitario, anteriormente se ha desempeñado como diplomático (fue agregado cultural de la Embajada de México en Francia).Se inició en la escritura a los doce años intentando imitar el estilo de los cuentos policiacos de Edgar Allan Poe.
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Fue catedrático de la Universidad Marista y de la Universidad de Las Américas (UDLA); se licenció en Derecho por la UNAM y obtuvo el grado de maestro en Letras Mexicanas por la misma universidad.
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También obtuvo el doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, a donde fue con su amigo, el también escritor Ignacio Padilla, con una tesis sobre el poeta suicida Jorge Cuesta; sobre el cual compuso el ensayo El magisterio de Jorge Cuesta, que le valió a Volpi el Premio Vuelta de Ensayo en 1991.
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Ese mismo año publicó su primer libro de cuentos, Pieza en forma de sonata, para flauta, oboe, cello y arpa, Op. 1, donde reflexiona sobre la enfermedad que produce la música en sus intérpretes, que tienen un ímpetu obsesivo de alcanzar la ejecución perfecta de su instrumento musical, como si fuese una especie de destino sexual. Fue profesor visitante en la Universidad de Cornell.
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Su primera producción novelística agrupa las obras: A pesar del oscuro silencio (1993), La paz de los sepulcros (1995) y El temperamento melancólico (1996) y las novelas cortas Días de ira (en el volumen Tres bosquejos del mal, 1994), Sanar tu piel amarga (1997) y El juego del Apocalipsis (2000).
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Con su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999) inició una llamada “Trilogía del siglo XX” y obtuvo los premios Biblioteca Breve, Deux Océans y Grinzane Cavour, y el de mejor traducción del Instituto Cervantes de Roma en 2002; esta obra supuso su consagración internacional al ser publicada en 19 idiomas. (Agencias)

martes, febrero 03, 2009

La mujer vista

Diario Milenio-México (02/02/09)
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En 1985, un grupo de mujeres artistas formaron el colectivo Guerrilla Girls en Estados Unidos. Cubriéndose el rostro con grandes mascaras de gorila y parapetándose también tras los nombres de artistas ya fallecidas, estas guerrilleras contemporáneas arremetieron contra cualquier traza de discriminación, especialmente la de género, a través de la ironía y el humor. A ellas se les debe la célebre pregunta: ¿Las mujeres tienen que desnudarse para entrar en los museos? A ellas también se les debe la infame respuesta: “Menos de 3% de los artistas en el Museo Metropolitano son mujeres, pero 83% de los desnudos son de mujeres”.
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El desnudo femenino no es un tema menor en el desarrollo del arte occidental. Como bien lo anota Lynd Nead en su libro The female nude. Art, Obscenity and Sexuality, el desnudo femenino ha jugado un papel importante no sólo en la connotación misma de lo que el arte es o debe ser (y supongo que este es el concepto —es algo artístico— al que se refieren en ocasión algunas mujeres que posan desnudas cuando se trata de denigrarlas), sino que también ha contribuido, hablando en términos más sociales, a la normalización patriarcal del cuerpo femenino y su sexualidad. En la coreografía que forman el hombre que ve y la mujer que es vista se establecen asimismo normas específicas de observación que favorecen especialmente la observación contemplativa. El hombre contempla a la mujer y, al contemplarla, se produce a sí mismo como una unidad subjetiva entera, otorgándole en el proceso la cualidad de objeto —un objeto también unitario— a la observada. ¿Pero es ésta una definición justa de lo que pasa entre el hombre que contempla y desliza los pinceles sobre un bastidor y la mujer que, aparentemente entregada a la mirada masculina, se deja ver?
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Son muchas las preguntas que surgen de la lectura de la nueva novela de Mónica Lavín, Hotel Limbo (Alfaguara, 2007), pero ésa tal vez sea la más básica y, al mismo tiempo, la más polémica. En un cuarto de hotel, el 301 para ser más exactos, se reúnen por tres días Darío Garza, un pintor que ha arribado desde la capital a esa ciudad provinciana en busca de un hijo perdido, y Sara Martínez, una mujer que también ha llegado desde la capital pero en este caso sólo para impartir temporalmente un seminario sobre cómo hablar en público. Ella posa y él pinta, los dos en silencio. En ese silencio surgen, entretejidos y entrecortados, en un zigzag que en mucho se parece al quehacer de la memoria y no al de la narración lineal, los capítulos que van develando el desarraigo de Darío y el deseo de Sara por el cuerpo masculino. En efecto, Sara ha aceptado posar para el pintor (¿o es ella la que se lo ha pedido?) porque de esa manera logra alargar aunque sea un poco su estancia en un lugar donde aguarda la aparición de un hombre joven que, con sus intermitentes flujos de atracción y reticencia, ha provocado su deseo más íntimo. Darío, “mutilado en sus afectos”, desea capturar el misterio de Sara con el único instrumento que domina: el pincel; ella, que ya ha ubicado su alma en la parte baja del cuerpo (“es triangular y húmeda, oscura y sola. Y tiene sed”), se propone construir el contexto dentro del cual emerja, rubicundo y satisfecho, su deseo.
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No es posible saber a ciencia cierta si todas las modelos que han posado para la mirada masculina se entregan, sin más, al proceso de ser vistas. No sabemos si el proceso las aburre o las excita; si provoca pensamientos sucios o suicidas. Lo cierto es que, para Sara Martínez, el dejarse ver es también otra forma de verse a sí misma siendo vista. La mirada masculina transformada en un espejo. Lejos de la entrega pasiva —toda la novela ocurre, a final de cuentas, en el silencio en que los dos personajes desarrollan y protegen sus propias historias— Sara construye, y esto de manera constante y fluida, la historia de su propio cuerpo y su sexualidad. Por ahí pasa el primer amante, que guapo y joven resulta ser casado; los primeros atisbos de la violencia de los cuerpos en la violación masiva del cuerpo de la extranjera; el recuento de las interacciones sexuales no normativas (que no dejan de ser heterosexuales en este libro) que la han llevado a regresar a un pueblo de la provincia mexicana para provocar un encuentro con ese joven alumno —un Alguien, así con mayúscula— que, como vela de Tarkowsky, cede y no cede al deseo que provoca tanto en él mismo como en ella.
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A partir de este entramado, Mónica Lavín se interna, con inusual frescura en las letras mexicanas, en los muy estereotipados territorios de la sexualidad femenina. Sara no es la mujer fatal que, dueña de artilugios mordaces, asusta a jovencitos en brama. Sara no es la mojigata que, presa de un discurso doble, aprovecha el parpadeo ajeno para satisfacer instintos “naturales”. Sara no es la mujer cuasi-virginal a la que el deseo masculino completa. Sara no es la Demi Moore mexicana que logra “atrapar” al hombre joven para normalizar así una geometría culturalmente inesperada. Mientras Darío la ve, mientras ella lo deja verlo arraigada en una inmovilidad sólo aparente, Sara va habitando, volviendo real, cada milímetro de su cuerpo y de su sexo. Frente a la mirada contemplativa del hombre, el cuerpo de Sara emerge no como superficie dispuesta a ser inscrita por el deseo ajeno, sino como un cuerpo con historia, vapuleado también por las aristas y contradicciones de sus propios deseos. Sara —el sexo historizado (que no histerizado) de Sara— es húmedo y oscuro y solo y, en efecto, tiene sed. Ahí, en la explícita sed que anima las escenas de sus variados encuentros, en la juntura de la carne y la precisión de piel, me llega el eco de Susana San Juan —cada vez menos delirante y cada vez más normalita conforme el tiempo nos va entregando las novelas del deseo femenino. Ese hierro. Y si Sara fue capaz de contarnos esto con (¿a pesar de?) la presencia de Darío, me pregunto qué nos contará luego, cuando el brillo de la mirada heterosexual constituya sólo uno de los posibles espejos.

domingo, febrero 01, 2009

Análisis: En la era anti-Salinger (El País/Babelia 31/01/09)

Hace algunos años, el novelista norteamericano John Updike se quejó de que, por primera vez en su vida, su editorial lo obligaba a visitar librerías y leer capítulos de su nueva novela, para promocionarla. Desde entonces, las cosas no han hecho más que intensificarse. Vemos a los escritores en todas partes: están presentando libros en ferias, discutiendo la obra de otros autores en festivales de literatura que no cesan de proliferar... Pronto, todas las ciudades del mundo tendrán un festival o una feria del libro.
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Si Updike se quejaba era porque pertenecía a otra época: su gesto era la versión mínima de Salinger y Pynchon, quienes decidieron desaparecer para que la obra hablara por cuenta propia. Hoy, en la era anti-Salinger, son pocos los escritores que dicen no a las invitaciones. Los más creativos aceptan la invitación, y luego buscan la manera de estar sin estar. Es el caso del peruano-mexicano Mario Bellatin, que a veces ha tenido presentaciones en las que no ha hablado una sola palabra. Unas diapositivas y una grabadora con su voz han hecho lo suyo. Bellatin dice al respecto: "escribo porque es la única manera que tengo de expresarme... ¿Por qué ponen tanto el cuerpo los escritores? ¿De qué se trata, es teatro o es una performance? ¿Gana quien deslumbra más, el que hace más piruetas?"
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Durante un buen tiempo, yo pensé que el fenómeno de la proliferación de festivales y ferias del libro se debía sobre todo a un tema de gestión de la cultura: las ciudades -las grandes, las medianas, las pequeñas— necesitan una amplia oferta cultural, y una de las cosas de más amplia difusión e impacto resulta ser el festival de literatura. En mis momentos más optimistas, también creí que se podía tratar de un resurgimiento del interés en la literatura. El libro vuelve a ocupar un lugar privilegiado, me dije; con la romántica recuperación de su aura, todos quieren tener un escritor a mano.
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Esos factores sólo explican una parte del fenómeno. Ahora creo que la cosa es más compleja, y no tan optimista. El exceso de festivales, de ferias de libro y de congresos, se debe principalmente a una conjunción de ansiedades. Por un lado, en una ecología de medios inundada de ofertas, las editoriales deben luchar para hacerse de un espacio, y los deseos de promocionar a sus autores van de la mano con el interés genuino de los promotores culturales para dar relevancia al libro. Por otro lado, hay una creciente sensación de que la palabra escrita ya no es suficiente. Ésta necesita que la acompañe la figura del autor, la lectura de un texto en voz alta, la performance.
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Hay una respuesta para la aguda pregunta de Bellatin ("¿por qué ponen tanto el cuerpo?"): a pesar del star system que los acompaña estos días, los escritores saben que se sostienen en un lugar muy precario. Si los vemos por todas partes, debemos preocuparnos: significa que una nueva fe ha tomado los templos, y que el autor, con el fervor de los cruzados, ha salido a defender la novela, la poesía, el ensayo.
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) publicará el próximo 4 de febrero la novela Los vivos y los muertos (Alfaguara, Madrid. 200 páginas, 15,50 euros).

martes, enero 27, 2009

La rodilla

Diario Milenio-México (27/01/09)
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Entre el pie y el sexo, la rodilla. Ahí, entre el reino del fetiche y el húmedo lugar común, la rodilla emerge como una articulación útil o problemática, dependiendo de la edad y el peso, pero difícilmente como una zona cargada de erotismo. La rodilla se raspa, en efecto, y marca, así, la infancia. Es de rodillas que el cuerpo se postra ante lo sagrado o ante la admisión de la falta que conduce, cuando hay suerte, al perdón. Algunos matrimonios han sido negociados por un postulante arrodillado. Avanzar de rodillas hasta la entrada del templo es lo que regularmente se hace en una promesa religiosa que responde al nombre de manda. Sin embargo, y esto nunca hay que olvidarlo, no por anodina deja la rodilla de ser pieza de la muy codificada parte baja del cuerpo. De ahí su ambivalencia. De ahí ese dejo de oscuridad y azoro que, con frecuencia, llama la atención de la caricia.
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Es bien sabido que, históricamente, se precisó de un entendimiento pos-genital de la sexualidad y de un asomo de tiempo libre —con sus más variadas formas de socialización— para que, acompañada del coqueteo, naciera la caricia propiamente dicha. En las festividades de los campesinos o las tertulias de jóvenes proletarios que, por cuestiones de clase, no podían participar de los matrimonios por conveniencia, ahí nació la caricia. Ya discreta o envalentonada, pero siempre oblicua, la caricia giró la perilla de la puerta que, ya abierta, dejó entrar al placer —todo esto hacia finales del siglo XIX y, por todas cuentas oficiales, en Europa. De mano de la revalorización del placer femenino, y uniéndose también al ámbito de una sexualidad bucal no reproductiva, la caricia nos enseñó que la línea recta no siempre constituye la distancia más cercana entre dos puntos. La caricia es el otro nombre del preámbulo (que puede, en efecto, ser el otro nombre de la tergiversación). El que acaricia, desvía, contribuyendo así a la invención del zig-zag, de los paréntesis y de la tardanza. Una vaga que divaga: la caricia. Esa prima cercana de la alusión.
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En los libros de historia se habla de miradas lánguidas y de sutiles roces sobre la ropa. Los códigos penales pusieron puntual atención, entonces como ahora (sobre todo en esa provincia mexicana que responde al nombre de Guanajuato), a ese atentado contra el pudor que alguna vez fue el beso en la boca. Los relatos picarescos suelen detenerse, como lo hacen también los tratados de erotismo, en los lóbulos de las orejas, el cuello, los senos, el pubis. No hay quien no le dedique suficiente atención a los pies. Pero pocas de entre todas las cartografías de la caricia moderna incluyen, como se debe, al promontorio de la rodilla. Tal vez por común, ese sutil movimiento de la mano que se posa, ingrávida, sobre la rodilla ajena, se ha vuelto transparente. Cosa consabida. Gesto inerte. Pero de entre todas las caricias habidas y por haber, ésa es, sin embargo, la primera, la más básica. Acaso por lo mismo resulta la más perversa, por ser también la más conocida.
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Los niños, que lo saben todo, no sólo se raspan las rodillas. De repente, después de jugar y saltar y dar de marometas, justo a la hora en que todo parece en calma durante la comida, dejan caer la mano sobre la rodilla bajo el amparo de los manteles. Es un gesto de camaradería, ciertamente. Un roce en el reino del Como Al Descuido. Un pariente cercano de la palmada en el hombro con la que los adultos se felicitan o cierran pactos o se traicionan. Eso todo eso, sí. Pero es más. Los niños lo saben. No por nada la rodilla es una articulación de esa rabelesiana parte baja del cuerpo donde quedan los instintos y las pasiones y lo que difícilmente se puede controlar. No por nada la rodilla es el punto medio en ese largo recorrido que se llama La Pierna.
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Tampoco es un dato menor que la coreografía que une a la mano con la rodilla suela llevarse a cabo durante la ingesta de alimentos —los manteles cumpliendo de repente el papel de las cortinas en el teatro. Después de todo, comer es, como el sexo, una manera de incorporar a lo ajeno en lo propio. A su modo, la mano que va a parar efímeramente sobre la rodilla constituye, también, un ademán de incorporación. El más sutil de todos. Ritual iniciático. Como el que escala montañas con el afán de colocar la primera bandera en su cumbre, la mano que logra encaramarse sobre la rodilla se enarbola a sí misma desde lo alto, transformándose en su propio lábaro erótico. Ese signo o garabato.
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Pero no todo es simple en asunto de rodillas. Nadie como Eric Rohmer ha logrado colocar sobre la mesa del mantel (es un decir) el retorcido asunto que une a la mano con ese punto medio del cuerpo bajo. En La rodilla de Clara, una de las seis historias que componen sus Cuentos Morales, Jerome, el personaje masculino, dice: “Y me molestaba porque la sentía dispuesta a rechazar cualquier consuelo. No habría soportado que yo lo cogiera la mano, el hombro, que la estrechara contra mí… En fin, estaba sentada frente a mí, la rodilla puntiaguda, delgada, lisa, frágil, a mi alcance, al alcance de mi mano. Mi brazo estaba colocado de tal manera que sólo tenía que extenderlo para tocar la rodilla. Tocar su rodilla era la cosa más extravagante, la única que no había que hacer, y al mismo la más fácil. Percibía a un tiempo la sencillez del gesto y su imposibilidad. Como si estuvieras al borde del precipicio y sólo tuvieras que dar un paso para saltar al vacío y, aunque quieras, no puedes.”
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Hela aquí, pues, al alcance de la mano e imposible, la rodilla.

jueves, enero 22, 2009

Bryce Echenique, ¿error de secretaria?

Diario Milenio-Puebla (22/01/09)
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He estado pendiente de las páginas de la Internet que acusan a Alfredo Bryce Echenique de plagio periodístico. Es grave la acusación que pesa sobre él pero tampoco ha sido, en la historia de la literatura, el único. Echenique nació en Lima en 1939, aunque luego pidió la nacionalidad española.
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Publica un sorprendente libro de cuentos en 1968, Huerto cerrado, y escribe una novela en 1970 que se daría a conocer de inmediato con un éxito impresionante en toda Latinoamérica, Un mundo para Julius.
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Echernique es un conocedor enorme de la realidad peruana, como lo fue Arguedas. En 1998 recibió el Premio Nacional de Narrativa en España. Otras de sus obras importantes son La vida exagerada de Martín Romaña, La mudanza de Felipe Carrillo, No me esperen en abril y La amigdalitis de Tarzán.
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Leo en la página electrónica y en algunos medios impresos que Echenique no ha sabido justificar la publicación, bajo su nombre y responsabilidad, de varios artículos que no le pertenecen.
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Ha perdido por lo pronto la imaginación, dicen sus críticos. Por lo menos –se dice– sus plagios han sido sistemáticos. Comenta el diario La República que "resulta desconcertante comprobar que uno de los escritores peruanos más laureados del mundo hispano haya sucumbido, reiteradamente, a la tentación del plagio.
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"Pero más decepcionante resulta leer los argumentos con los que se busca explicar la apropiación del trabajo ajeno. Insistir en la tesis de la negligencia de una secretaria resulta poco convincente."
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Todo comenzó con una carta de protesta escrita por Oswaldo de Rivero, dada a conocer por El Comercio hace poco más de una semana. El embajador sostenía que el artículo “Potencias sin poder” es de su autoría y que fue publicado primero en la revista Quehacer en marzo del 2005 y luego Alfredo Bryce Echenique lo publicó con su nombre en la página editorial de El Comercio el domingo 18 de marzo.
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El otro dato, que da a conocer El País, corresponde al la acusación que pesa sobre Echenique de parte de José María Pérez Álvarez. Acusa a Bryce Echenique de haber copiado un artículo suyo publicado en la revista Jano.
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“No voy a batirme en duelo con él ni tengo secretaria para mandarle una nota, pero esto es un atraco a la intimidad y al trabajo,” dijo irónico Pérez Álvarez, quien aún no da crédito al hecho de haber sido plagiado por Bryce Echenique. “La tierra prometida”, un artículo editado el 12 de noviembre de 2006 en El Correo de Lima, es una transcripción de “Las esquinas habitadas”, que Pérez Álvarez publicó en marzo de 2005 en la revista Jano.
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¿Error de secretaria? Me sigue costando mucho trabajo pensar que Echenique pueda ser un plagiario.

martes, enero 20, 2009

LAS POÉTICAS DE LA O

Diario Milenio-Puebla (20/01/09)
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Es difícil iniciar cualquier ensayo alrededor de la O sin pensar, aunque sea de pasada, en Historia de O, esa singular y singularmente bien escrita novela erótica que publicara, para escándalo de muchos, la francesa Pauline Reage (bajo seudónimo). Es igualmente difícil esquivar aquel maravilloso párrafo de La Puerta del Sol, del novelista y crítico libanés Elías Khoury: “Así que quieres el inicio. En el inicio no decían “Había una vez”, decían otra cosa. En el inicio decían: “Había una vez, érase que se era —o que no se era”. ¿Sabes por qué decían eso? Cuando leí esta expresión por primera vez en un libro de literatura árabe, me sorprendió. Porque, en el inicio, no mentían. No sabían nada, pero no mentían. Dejaban las cosas vagas, prefiriendo usar esa O que hace que las cosas que eran parecieran como si no fueran, y las cosas que no eran como si fueran. De esa manera se coloca a la historia en el mismo nivel que la vida, porque el cuento es una vida que no pasó, y la vida es un cuento que no se contó.”
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La O es una vocal que se presta al juego y al equívoco y, sobre todo, a la divergencia. Pasar por su aro (de preferencia en llamas) o conocerla “por lo redondo”, como el legendario rapaz lopezvelardiano, son cosas más bien complejas. Como las otras vocales, la O cuenta también, pues, con su semántica y, si le exageramos un poco, hasta con su política. Christian Bök y Oscar de la Borbolla, quienes les han dedicado libros a todas y cada una de las vocales en dos idiomas distintos, han llegado —acaso naturalmente— a poéticas de la O que apuntan a mapas humanos si no meramente opuestos, sí al menos de alto contraste. Y pongo el naturalmente en dubitativas itálicas porque no sé si estas nociones divergentes le correspondan de manera orgánica al inglés canadiense de Bök, el poeta experimental, o al español mexicano del narrador y filósofo De la Borbolla. Pero mientras la O de Bök es, como hace bien en notar Marjorie Perloff en “The Oulipo Factor. The Procedural Poetics of Christian Bök and Caroline Bergvall”, solemne y escolar, centrada en libros (books) y en figuras de poder universitario (provost) y en edificios bien establecidos (dorms); la O de De la Borbolla salta locuaz en una escena de sanatorio mental donde queda bien claro que “los locos somos otro cosmos”. Difícil colegir de inmediato si esta divergencia es, pues, producto de los temperamentos personales de los escritores o resultado, más bien, de lo que un idioma puede hacer —o no hace— con una vocal.
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Todo parece indicar que el 2001 fue un buen año para las vocales. Fue entonces que una editorial canadiense publicó Eunoia, de Christian Bök, y que la editorial Patria, en México, volvió en manos del público lector Las vocales malditas de Oscar de la Borbolla, un libro que Joaquín Mortiz publicara en 1991 y que, en publicación del autor, viera la primera luz en 1988. Eunoia, como el mismo Bök aclara, es la palabra más corta que, en inglés, contiene todas las vocales. Su significado es “pensamiento hermoso”. Nada podría estar más lejos del adjetivo “malditas” que en femenino y en plural (¿puede existir algo más marginal o digno de sospecha que esos dos vocablos juntos?) califica a las vocales de De la Borbolla. Tal vez desde ahí nace ya la diferencia de ruta entre dos textos que parten de reglas similares. Tal como el de De la Borbolla, el libro de Bök está formado por lipogramas, es decir, por textos en los que el autor ha omitido sistemáticamente una letra o, como en estos dos casos, varias vocales para dejar sólo una en uso. Guiándose por el gran principio oulipiano de que “el texto escrito de acuerdo a una limitación describe esa limitación”, tanto Bök como De la Borbolla compusieron, pues, textos univocálicos que han sido generalmente bien recibidos por la crítica de sus países de origen (al canadiense, de hecho, le valieron un prestigioso premio nacional de poesía otorgado en 2002). El mexicano llama “cuentos” a estos textos; el poeta experimental los denomina “poemas”.
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Además de remitir a destinos exóticos, la A de Bök dirige la atención a cercos del poder establecidos a través de la gramática (grammar) o la ley (law) o la prohibición (ban), salvaguardados por Marx o Marat o Kafka. La E, en cambio, es más suave (genteel), y la I (light) ligerísima. En la U, la vocal altisonante del inglés que la incluye en vocablos que es mejor no mencionar en voz alta en público, van a parar no sólo el esperable Ubu de Jarry, sino también la verdad (truth). Por otra parte, la A de De la Borbolla nos lleva directo al pecado y la carnalidad. En “Cantata a Satanás” una de las primeras palabras es el verbo amar. Contrario a la gentileza de la E del inglés canadiense, con la E del español mexicano, el rebelde se vuelve hereje porque es aquí que brota la ley y el regente. La I no es ligera sino triste (gris) y hasta exótica (I Ching) aunque Mimi ande sin bikini. Y tal vez aquí valdría la pena hacer una pausa para incluir al gran señor de las vocales en México: Cri Cri. De la Borbolla no siguió las mismas reglas para la U y acaso por eso fueran a parar ahí el vudú y el gurú.
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El contraste más obvio entre los alcances semánticos de las vocales en el español y el inglés emerge, sin embargo, alrededor de la O: la O que, en inglés, adquiere el tono grave de la solemnidad y se reconcentra en el saber de los libros y el poder de los rectores universitarios, y que, en el español de México, nos lleva directamente al mundo de la locura y del relajo. Ahí está, entero, ese érase que se era —o que no se era, del que hablaba Khoury.
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Es cierto que por su hueco pasan el dolor y el horror pero, por una vez, mientras llegan al otro lado de la realidad, también parecen olorosos olmos hondos.

lunes, enero 19, 2009

Gaza y el odio idiota

Diario Milenio (19/01/09)
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Vértigo y equilibrio
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Hay dos clases de individuos armados: el que adquirió las armas para darles uso y el que sólo las tiene para no tener que emplearlas. De las clases de karate a las granadas de mano, esta mera actitud distingue al reflexivo del resentido, o en términos más crudos al cauto del idiota. Cierto que a veces no queda más remedio que idiotizarse, así sea para sobrevivir en un ambiente secuestrado por la estupidez. Quienes ya de antemano elegimos vivir desarmados, cuando menos en lo que a plomo y pólvora se refiere, preferimos no tener que enterarnos qué tal anda nuestra capacidad de autocontrol. ¿Cómo saber en qué clase de idiota es capaz de convertirlo a uno el primer perturbado que se le cruza y decide agredirle? Hay quienes piensan que el solo hecho de traer una pistola en la guantera dice que el conductor es una persona madura y equilibrada; no estaría de más preguntar a cada uno de los energúmenos que se solazan encañonando al prójimo con su juguete para impotentes si personalmente se consideran maduros y equilibrados, arriesgándose a que sólo por eso el interpelado enfurezca y desenfunde. “¡Por supuesto que soy una persona equilibrada!”, estallará en la cara del preguntón, confundiendo equilibrio con puntería.
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No es fácil olvidar la primera escena del 2001 de Kubrick: el simio que, casi accidentalmente, se vale de un hueso para golpear y solazarse eliminando a otro. Un placer primitivo no muy diferente al del alumno furioso de ta-kwon-do que se deja arrastrar por el vértigo ciego de encajar el talón en costillas, quijadas y entrepiernas, si no para otra cosa se gastó tanto tiempo y dinero en aprender. Ahora bien, el problema no es tanto qué armas porta el extraño que se nos cruza. Armas puede haber tantas como botellas, vasos, cuchillos, tenedores y jarras en la mesa. Lo que habría que saber, y eso tal vez ni su analista lo sepa, es cómo anda su cuenta de escrúpulos. ¿Le hace daño dañar, o acaso no lo siente, ni lo advierte ni lo entiende? No da miedo la gente con armas, sino la que es inmune al dolor que ocasiona. Peor aún, la que encima juzga que al hacerlo imparte justicia, y se faculta así a hacer del luto ajeno causa propia. Helos ahí, cargados de razón, ilimitadamente vengativos, velando ya sus armas en vísperas del vértigo redentor.
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El dolor no contagioso
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Hay, por supuesto, de armas a armas. Recuerdo el sentimiento de superioridad fantasiosa que daba encañonar a otro niño con un rifle de diábolos, pero ignoro la clase de poder que experimenta quien ha de ir por la vida cargando una uzi o una kalashnikov. Verse todos los días temido, respetado u odiado, obligarse a estar siempre a la altura de esa imagen. Saber que buena parte de los vecinos y amigos se hallan en situación equivalente, y que ya la psicosis es tanta que nada aterra tanto al hijo de vecino como andar por la calle sin un arma, pues se sabe que la mayor parte de los armados está llena de furia y resentimiento, motivos por los cuales no suele desvelarles el dolor ajeno, ni alcanza a ser un tema de relevancia mínima. Necesitan las armas, se prestigian con ellas y ansían darles uso; saben que nada de eso puede hacerse sin el corazón seco y la cabeza puesta en el rencor.
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Parece chusca la propuesta de paz del gobierno israelí, contento con cerrar el paso de armas entre Egipto y la franja de Gaza. ¿O sea que después de conseguir multiplicar el odio terminal de los vecinos —ya de por sí azuzado por los fanáticos de su gobierno, terroristas confesos y orgullosos— esperan que la falta de armas los vuelva razonables y conciliadores? ¿Qué otra cosa va a repartir Hamas a sus conciudadanos, todos en la miseria, cautivos de una ciudad-ghetto bombardeada e invadida, como no sea odio y ansia de venganza? ¿Cuánto vale la vida hoy día en Gaza, una vez que los bombardeos recientes la devaluaron estrepitosamente? Estando, pues, la vida tan mal cotizada, será hoy mucho menos difícil convencer a los maltratados y aún más fanatizados ciudadanos de ponerse un chaleco repleto de explosivos y salir a cazar jerosolimitanos por docenas. Parecerá una causa justa y razonable, una vez que han quedado huérfanos, o viudas, o sin hijos, o en la calle.
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Al odio le sobran hijos.
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Razones, claro está, las tienen todos. Inclusive razones para ser idiota. Puede creerse que cada cohete lanzado por los terroristas palestinos hacia Israel era una invitación a la invasión, pero igualmente claro está que el estado de sitio en el que viven es una invitación a la insurrección. Si seguimos la ruta de las razones, no es difícil llegar a tiempos de Moisés. Demasiadas verdades contradictorias para arribar a una que las abarque, pero de ahí a matarse por esas razones debería haber alguna distancia. Hamas ha prometido acabar con Israel, con el odio de un parricida compulsivo. Si Saddam era el hijo perturbado de los americanos, Hamas creció aprendiendo a replicar lo peor del fanatismo israelí. En esta tradición —y como lo demuestra el palmarés de los Hussein junior— donde los descendientes tienden a salir corregidos y aumentados, no quiero imaginar a los futuros hijos de Hamas, crecidos y adoctrinados en medio de un resentimiento miserable que no obedece sino a sus propios ímpetus.
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No hay que saber gran cosa sobre armamento para asumir que los hoy humillados y rencorosos se harán de cuantas armas les sean precisas para vaciar en ellas el saldo de sus vidas descompuestas. ¿Importa todavía quien lanzó la primera piedra o la más grande? ¿De qué sirve saber que al final Israel es una democracia y sus ciudadanos pueden parar la guerra, si a estas alturas es lo que menos quiere la mayoría? ¿Cómo van a evitar que decenas o cientos redes clandestinas y ricas en recursos, así como gobiernos fanatizados y autoritarios, provean a Hamas de cuanto parque sea necesario para ir adelante con su cruzada? ¿Es tan difícil entender que el rencor —cuyo IQ, lo hemos visto, es más bien bajo— tolera la vergüenza paranoica de vivir desarmado?

El hombre que vino a cenar

Diario Milenio-México (19/01/09)
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Lo más probable (o cuando menos la versión de Walter Winchell, primer columnista de chismes en la historia del periodismo y voz autorizada con respecto a toda suerte de temas baladíes) es que el Brandy Alexander deba su nombre al de un restaurantero neoyorquino. Contaba Winchell que, en 1905, un organizador de banquetes llamado Tony Alexander fue contratado por la compañía ferroviaria Lackawanna Railroad para ofrecer una cena en su restaurante de Times Square. Dado que la campaña publicitaria de la empresa era protagonizada por un personaje ficticio llamado Phoebe Snow —una caricatura de socialité neoyorquina, siempre vestida de blanco, que podía viajar sin manchar su níveo guardarropa gracias a la pulcritud de los vagones—, Alexander habría sido conminado a preparar un menú compuesto en exclusiva por platillos blancos. Lo que fue servido esa noche a los comensales es asunto que ha quedado extraviado en las nieves eternas pero, al menos de acuerdo a Winchell, lo cierto sería que, puesto a crear una bebida para la ocasión, el ingenioso restaurantero habría dado en inventar el coctel blanquísimo que hoy lleva su nombre, ese que combina aguardiente de uva con crema de cacao y crema a secas (o, mejor, a grasosas) y cuya apariencia recuerda en gran medida a la de la malteada de vainilla, sólo que servida en copa de martini.
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He aquí una historia que no hacía gracia alguna a Alexander Woollcott, quien habría de dedicar buena parte de su vida a postular su propio nombre como inspiración del de tal bebida, su favorita. ¿Que quién fue el tal Alexander? Hoy pocos lo saben. Figura, sí, como nota a pie de página en numerosos recetarios de coctelería. Pocos, sin embargo, recuerdan que, durante un buen par de décadas —los 20 y los 30—, Woollcott fue el crítico teatral más relevante y temido de Nueva York, y que sus reseñas publicadas en las páginas del New York Times o del New Yorker bastaban para garantizar el éxito —o, con mayor frecuencia, el fracaso— de un montaje. (Reproduzcamos aquí dos de sus críticas más sucintas pero también más elocuentes: habría de sentenciar a propósito de una obra cuyo actor protagonista le resultara especialmente afectado “En el primer acto, ella se convierte en una dama; en el segundo, él se convierte en una dama”; en cuanto a otra, ya de plano insalvable, su reseña habría de constar de una sola palabra: “Ouch!”.) Cierto: el aforismo “Todas las cosas que de verdad me gustan son ilegales, inmorales o engordan” ha devenido inmortal… pero nadie reconoce ya en él a su autor.
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Rollizo y a un tiempo garboso y astroso (o, cuando menos, desaseado), Woollcott era tenido por celebridad en su tiempo. Fue contertulio de la Mesa Redonda del Algonquin, grupo de escritores que incluyera a la celebrada Dorothy Parker y que, durante una decena de años (1919 a 1929), se reuniera a comer y a intercambiar ocurrencias crueles y divertidísimas en el comedor de tal hotel de Manhattan. Trabajó como analista político en la radio y fue respetado y atendido en tal empeño. Actuó en un puñado de películas. E incluso habría de ver su personalidad a un tiempo efervescente y vitriólica reflejada en el personaje principal de la muy hilarante obra de teatro The Man Who Came to Dinner, escrita para hacer su homenaje y su escarnio por sus amigos George S. Kaufman y Moss Hart. Sin embargo, lo que nunca logró Woollcott fue escribir un buen libro.
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Algunos achacan su fracaso literario —y el de todos los integrantes de la palomilla del Algonquin, a excepción de Parker— a la frivolidad, tenida por sino de un grupo de escritores más preocupados por el próximo chascarrillo que por la literatura. Yo, que soy su admirador, prefiero pensarlo incapaz para los empeños literarios de largo aliento pero sobredotado para el epigrama. Y es que me cuesta trabajo imaginar a un escritor capaz de describir Los Ángeles como “siete suburbios en busca de una ciudad”, o de hacer un diagnóstico tan soberbiamente sacrílego como que “leer a Proust es como hundirse en el agua sucia de la tina de otra persona”, como alguien carente de talento.
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De seguir vivo Woollcott, justo hoy cumpliría 121 años. Brindemos, pues, con un Brandy Alexander —siempre suyo— a la salud del hombre que vino a cenar. Y lamentemos que la despiadada historia de la literatura no le haya permitido quedarse a amenizarnos la sobremesa.

Un viejo amigo

La Chingada por Botellita de Jerez, a propósito del Laberinto de la Soledad

Faulkner en you tube

sábado, enero 17, 2009

Tannöd, el lugar del crimen

Diario Milenio-Puebla (15/01/09)
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Siguiendo la pista de los temas que tienen que ver con el crimen y la vida de los bajos fondos, otra vez y casualmente encontré una novela de Andrea Maria Schenkel que leí, como lo recomiendan los clásicos “de un tirón”. El recurso literario que maneja la autora nada tiene de novedoso: los personajes que van apareciendo reconstruyen poco a poco la historia.
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Aun en estos tiempos el caserón de los Dranner en Tannöd es conocido como el caserón de la muerte. Ahí, en la década de los cincuenta una familia completa fue asesinada con saña.
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Lo interesante del caso es que esta novela, Tannöd, el lugar del crimen, es el debut literario de Andrea Maria Schenkel, una escritora que vive cerca de Regensburg. Esta novela marca una revelación en Alemania y ha sido traducida a muchos idiomas. En México aparece en la editorial Planeta en colaboración con Ediciones Destino de España, y la traducción es de Carles Andreu.
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Mi pueblo –dice la autora de esta espléndida novela— se había convertido en el “caserón de la muerte y no lograba sacármelo de la cabeza”.
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Andrea Maria Schenkel reconstruye, a través de los claros testimonios de los personajes, todo lo ocurrido en Tannöd.
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La familia Danner era gente hosca y terrible pero no merecían la muerte a golpes de pico, se expresa en la cuarta de forros. Eran mezquinos y no le caían bien a nadie, pero hasta los cuerpos de los niños y de la sirvienta fueron encontrados sin vida por unos campesinos que llegaron hasta la finca.
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Nadie supo bien a bien quiénes pudieron cometer el crimen. A lo largo de la novela hablan los lugareños, los personajes testigos de una página de la crueldad humana. Se llega a conocer que la familia Dranner ocultó secretos turbios quizá durante larguísimo tiempo.
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Es una novela que forma ya parte de la ficción del crimen: “una novela negra sin comisarios ni detectives y sin trucos, que va tras la búsqueda del asesino y la resolución final del crimen”.
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Martin Gaiser opina: “Es un debut magnífico que no tiene nada que envidiarle a la poderosa sombra de otro libro de factura similar: A sangre fría, de Truman Capote.
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Originalmente Tannöd, el lugar del crimen fue publicada en una editorial pequeña y ahora ha vendido más de 500 mil ejemplares, obteniendo el Premio Alemán de Novela Negra 2007. Ha sido nominada, además, al premio de los lectores Corine 2007.
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Extraigo otras dos opiniones sobre la obra: “Es un libro inquietante, lúgubre y emocionante: una obra maestra, un libro genial” (Deutschlandfunk).“Un debut extraordinario” (Die Zeit). Una novela para leer

viernes, enero 16, 2009

CRÍTICA: LIBROS - Narrativa. Hilos de ironía-Fernando Castanedo-(El País/Babelia 17/01/09)

El jardín devastado / Mentiras contagiosas
Jorge Volpi
Alfaguara / Páginas de Espuma. Madrid, 2008
182 y 255 páginas. 16,80 y 15 euros
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Los hermosos fragmentos líricos con que ha construido el escritor mexicano Jorge Volpi la novela El jardín devastado entrelazan dos historias. Una está ambientada en Irak durante la actual guerra de Bush y nos relata las peripecias de Laila, una joven música que ya ha sido testigo de los crímenes del Abominable -así se llama a Sadam Husein-, y que ahora lo será de las barbaridades que comete el enemigo invasor. Bajo la apariencia de un cuento en la tradición de Las mil y una noches, Laila se encontrará con un genio y obtendrá de él los consabidos tres deseos, pero no hay que engañarse: se trata de una perversa ironía para quien lo ha perdido todo, hasta los deseos.
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La segunda trama contrasta fuertemente con la primera. Un escritor de éxito que viaja por todo el mundo y enseña en las mejores universidades de Norteamérica hace inventario de su vida. El hilo conductor aquí será su tormentosa relación con Ana, pero también habrá espacio para otros amoríos, para sus años de exilio en Estados Unidos y para los amigos y la familia. Los dos sufrimientos, el de Laila por un lado y el de Ana y el narrador por otro, nos recuerdan nuestra impotencia y traen a un primer plano las diferencias entre el hacer y el pensar, entre la acción y la reflexión: "Todos vituperamos al cowboy y sus mercenarios. Ninguno sabe, en cambio, lo que sucede en estas tierras. Laila y los suyos son abstracciones, nombres impronunciables".
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De todos los artículos reunidos en Mentiras contagiosas, el titulado 'Conjetura sobre Cide Hamete' brilla con luz propia. Volpi no expone en éste ideas sobre el ser y el valor de la literatura, ni realiza semblanzas literarias y personales, como la que dedica a Guillermo Cabrera Infante, ni análisis de la literatura latinoamericana, ni panegíricos tan agudos y sentidos como el que consagra a Roberto Bolaño. En el artículo de marras Volpi se calza las botas de Borges y, mezclando burlas con veras, escribe un ensayo de apariencia seria, con notas a pie de páginas y citas de investigadores consagrados. En él se demuestra que Cervantes se inspiró directamente en la vida de un hidalgo manchego llamado Antonio Torreja, conquistador en las Indias y cuya crónica circuló por la España del siglo XVI. Si la lectura del artículo es una delicia, la broma que contiene ha cumplido su fin, pues hay quien ya anda contagiado de esta mentira. -