jueves, enero 22, 2009

Bryce Echenique, ¿error de secretaria?

Diario Milenio-Puebla (22/01/09)
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He estado pendiente de las páginas de la Internet que acusan a Alfredo Bryce Echenique de plagio periodístico. Es grave la acusación que pesa sobre él pero tampoco ha sido, en la historia de la literatura, el único. Echenique nació en Lima en 1939, aunque luego pidió la nacionalidad española.
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Publica un sorprendente libro de cuentos en 1968, Huerto cerrado, y escribe una novela en 1970 que se daría a conocer de inmediato con un éxito impresionante en toda Latinoamérica, Un mundo para Julius.
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Echernique es un conocedor enorme de la realidad peruana, como lo fue Arguedas. En 1998 recibió el Premio Nacional de Narrativa en España. Otras de sus obras importantes son La vida exagerada de Martín Romaña, La mudanza de Felipe Carrillo, No me esperen en abril y La amigdalitis de Tarzán.
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Leo en la página electrónica y en algunos medios impresos que Echenique no ha sabido justificar la publicación, bajo su nombre y responsabilidad, de varios artículos que no le pertenecen.
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Ha perdido por lo pronto la imaginación, dicen sus críticos. Por lo menos –se dice– sus plagios han sido sistemáticos. Comenta el diario La República que "resulta desconcertante comprobar que uno de los escritores peruanos más laureados del mundo hispano haya sucumbido, reiteradamente, a la tentación del plagio.
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"Pero más decepcionante resulta leer los argumentos con los que se busca explicar la apropiación del trabajo ajeno. Insistir en la tesis de la negligencia de una secretaria resulta poco convincente."
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Todo comenzó con una carta de protesta escrita por Oswaldo de Rivero, dada a conocer por El Comercio hace poco más de una semana. El embajador sostenía que el artículo “Potencias sin poder” es de su autoría y que fue publicado primero en la revista Quehacer en marzo del 2005 y luego Alfredo Bryce Echenique lo publicó con su nombre en la página editorial de El Comercio el domingo 18 de marzo.
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El otro dato, que da a conocer El País, corresponde al la acusación que pesa sobre Echenique de parte de José María Pérez Álvarez. Acusa a Bryce Echenique de haber copiado un artículo suyo publicado en la revista Jano.
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“No voy a batirme en duelo con él ni tengo secretaria para mandarle una nota, pero esto es un atraco a la intimidad y al trabajo,” dijo irónico Pérez Álvarez, quien aún no da crédito al hecho de haber sido plagiado por Bryce Echenique. “La tierra prometida”, un artículo editado el 12 de noviembre de 2006 en El Correo de Lima, es una transcripción de “Las esquinas habitadas”, que Pérez Álvarez publicó en marzo de 2005 en la revista Jano.
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¿Error de secretaria? Me sigue costando mucho trabajo pensar que Echenique pueda ser un plagiario.

martes, enero 20, 2009

LAS POÉTICAS DE LA O

Diario Milenio-Puebla (20/01/09)
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Es difícil iniciar cualquier ensayo alrededor de la O sin pensar, aunque sea de pasada, en Historia de O, esa singular y singularmente bien escrita novela erótica que publicara, para escándalo de muchos, la francesa Pauline Reage (bajo seudónimo). Es igualmente difícil esquivar aquel maravilloso párrafo de La Puerta del Sol, del novelista y crítico libanés Elías Khoury: “Así que quieres el inicio. En el inicio no decían “Había una vez”, decían otra cosa. En el inicio decían: “Había una vez, érase que se era —o que no se era”. ¿Sabes por qué decían eso? Cuando leí esta expresión por primera vez en un libro de literatura árabe, me sorprendió. Porque, en el inicio, no mentían. No sabían nada, pero no mentían. Dejaban las cosas vagas, prefiriendo usar esa O que hace que las cosas que eran parecieran como si no fueran, y las cosas que no eran como si fueran. De esa manera se coloca a la historia en el mismo nivel que la vida, porque el cuento es una vida que no pasó, y la vida es un cuento que no se contó.”
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La O es una vocal que se presta al juego y al equívoco y, sobre todo, a la divergencia. Pasar por su aro (de preferencia en llamas) o conocerla “por lo redondo”, como el legendario rapaz lopezvelardiano, son cosas más bien complejas. Como las otras vocales, la O cuenta también, pues, con su semántica y, si le exageramos un poco, hasta con su política. Christian Bök y Oscar de la Borbolla, quienes les han dedicado libros a todas y cada una de las vocales en dos idiomas distintos, han llegado —acaso naturalmente— a poéticas de la O que apuntan a mapas humanos si no meramente opuestos, sí al menos de alto contraste. Y pongo el naturalmente en dubitativas itálicas porque no sé si estas nociones divergentes le correspondan de manera orgánica al inglés canadiense de Bök, el poeta experimental, o al español mexicano del narrador y filósofo De la Borbolla. Pero mientras la O de Bök es, como hace bien en notar Marjorie Perloff en “The Oulipo Factor. The Procedural Poetics of Christian Bök and Caroline Bergvall”, solemne y escolar, centrada en libros (books) y en figuras de poder universitario (provost) y en edificios bien establecidos (dorms); la O de De la Borbolla salta locuaz en una escena de sanatorio mental donde queda bien claro que “los locos somos otro cosmos”. Difícil colegir de inmediato si esta divergencia es, pues, producto de los temperamentos personales de los escritores o resultado, más bien, de lo que un idioma puede hacer —o no hace— con una vocal.
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Todo parece indicar que el 2001 fue un buen año para las vocales. Fue entonces que una editorial canadiense publicó Eunoia, de Christian Bök, y que la editorial Patria, en México, volvió en manos del público lector Las vocales malditas de Oscar de la Borbolla, un libro que Joaquín Mortiz publicara en 1991 y que, en publicación del autor, viera la primera luz en 1988. Eunoia, como el mismo Bök aclara, es la palabra más corta que, en inglés, contiene todas las vocales. Su significado es “pensamiento hermoso”. Nada podría estar más lejos del adjetivo “malditas” que en femenino y en plural (¿puede existir algo más marginal o digno de sospecha que esos dos vocablos juntos?) califica a las vocales de De la Borbolla. Tal vez desde ahí nace ya la diferencia de ruta entre dos textos que parten de reglas similares. Tal como el de De la Borbolla, el libro de Bök está formado por lipogramas, es decir, por textos en los que el autor ha omitido sistemáticamente una letra o, como en estos dos casos, varias vocales para dejar sólo una en uso. Guiándose por el gran principio oulipiano de que “el texto escrito de acuerdo a una limitación describe esa limitación”, tanto Bök como De la Borbolla compusieron, pues, textos univocálicos que han sido generalmente bien recibidos por la crítica de sus países de origen (al canadiense, de hecho, le valieron un prestigioso premio nacional de poesía otorgado en 2002). El mexicano llama “cuentos” a estos textos; el poeta experimental los denomina “poemas”.
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Además de remitir a destinos exóticos, la A de Bök dirige la atención a cercos del poder establecidos a través de la gramática (grammar) o la ley (law) o la prohibición (ban), salvaguardados por Marx o Marat o Kafka. La E, en cambio, es más suave (genteel), y la I (light) ligerísima. En la U, la vocal altisonante del inglés que la incluye en vocablos que es mejor no mencionar en voz alta en público, van a parar no sólo el esperable Ubu de Jarry, sino también la verdad (truth). Por otra parte, la A de De la Borbolla nos lleva directo al pecado y la carnalidad. En “Cantata a Satanás” una de las primeras palabras es el verbo amar. Contrario a la gentileza de la E del inglés canadiense, con la E del español mexicano, el rebelde se vuelve hereje porque es aquí que brota la ley y el regente. La I no es ligera sino triste (gris) y hasta exótica (I Ching) aunque Mimi ande sin bikini. Y tal vez aquí valdría la pena hacer una pausa para incluir al gran señor de las vocales en México: Cri Cri. De la Borbolla no siguió las mismas reglas para la U y acaso por eso fueran a parar ahí el vudú y el gurú.
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El contraste más obvio entre los alcances semánticos de las vocales en el español y el inglés emerge, sin embargo, alrededor de la O: la O que, en inglés, adquiere el tono grave de la solemnidad y se reconcentra en el saber de los libros y el poder de los rectores universitarios, y que, en el español de México, nos lleva directamente al mundo de la locura y del relajo. Ahí está, entero, ese érase que se era —o que no se era, del que hablaba Khoury.
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Es cierto que por su hueco pasan el dolor y el horror pero, por una vez, mientras llegan al otro lado de la realidad, también parecen olorosos olmos hondos.

lunes, enero 19, 2009

Gaza y el odio idiota

Diario Milenio (19/01/09)
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Vértigo y equilibrio
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Hay dos clases de individuos armados: el que adquirió las armas para darles uso y el que sólo las tiene para no tener que emplearlas. De las clases de karate a las granadas de mano, esta mera actitud distingue al reflexivo del resentido, o en términos más crudos al cauto del idiota. Cierto que a veces no queda más remedio que idiotizarse, así sea para sobrevivir en un ambiente secuestrado por la estupidez. Quienes ya de antemano elegimos vivir desarmados, cuando menos en lo que a plomo y pólvora se refiere, preferimos no tener que enterarnos qué tal anda nuestra capacidad de autocontrol. ¿Cómo saber en qué clase de idiota es capaz de convertirlo a uno el primer perturbado que se le cruza y decide agredirle? Hay quienes piensan que el solo hecho de traer una pistola en la guantera dice que el conductor es una persona madura y equilibrada; no estaría de más preguntar a cada uno de los energúmenos que se solazan encañonando al prójimo con su juguete para impotentes si personalmente se consideran maduros y equilibrados, arriesgándose a que sólo por eso el interpelado enfurezca y desenfunde. “¡Por supuesto que soy una persona equilibrada!”, estallará en la cara del preguntón, confundiendo equilibrio con puntería.
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No es fácil olvidar la primera escena del 2001 de Kubrick: el simio que, casi accidentalmente, se vale de un hueso para golpear y solazarse eliminando a otro. Un placer primitivo no muy diferente al del alumno furioso de ta-kwon-do que se deja arrastrar por el vértigo ciego de encajar el talón en costillas, quijadas y entrepiernas, si no para otra cosa se gastó tanto tiempo y dinero en aprender. Ahora bien, el problema no es tanto qué armas porta el extraño que se nos cruza. Armas puede haber tantas como botellas, vasos, cuchillos, tenedores y jarras en la mesa. Lo que habría que saber, y eso tal vez ni su analista lo sepa, es cómo anda su cuenta de escrúpulos. ¿Le hace daño dañar, o acaso no lo siente, ni lo advierte ni lo entiende? No da miedo la gente con armas, sino la que es inmune al dolor que ocasiona. Peor aún, la que encima juzga que al hacerlo imparte justicia, y se faculta así a hacer del luto ajeno causa propia. Helos ahí, cargados de razón, ilimitadamente vengativos, velando ya sus armas en vísperas del vértigo redentor.
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El dolor no contagioso
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Hay, por supuesto, de armas a armas. Recuerdo el sentimiento de superioridad fantasiosa que daba encañonar a otro niño con un rifle de diábolos, pero ignoro la clase de poder que experimenta quien ha de ir por la vida cargando una uzi o una kalashnikov. Verse todos los días temido, respetado u odiado, obligarse a estar siempre a la altura de esa imagen. Saber que buena parte de los vecinos y amigos se hallan en situación equivalente, y que ya la psicosis es tanta que nada aterra tanto al hijo de vecino como andar por la calle sin un arma, pues se sabe que la mayor parte de los armados está llena de furia y resentimiento, motivos por los cuales no suele desvelarles el dolor ajeno, ni alcanza a ser un tema de relevancia mínima. Necesitan las armas, se prestigian con ellas y ansían darles uso; saben que nada de eso puede hacerse sin el corazón seco y la cabeza puesta en el rencor.
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Parece chusca la propuesta de paz del gobierno israelí, contento con cerrar el paso de armas entre Egipto y la franja de Gaza. ¿O sea que después de conseguir multiplicar el odio terminal de los vecinos —ya de por sí azuzado por los fanáticos de su gobierno, terroristas confesos y orgullosos— esperan que la falta de armas los vuelva razonables y conciliadores? ¿Qué otra cosa va a repartir Hamas a sus conciudadanos, todos en la miseria, cautivos de una ciudad-ghetto bombardeada e invadida, como no sea odio y ansia de venganza? ¿Cuánto vale la vida hoy día en Gaza, una vez que los bombardeos recientes la devaluaron estrepitosamente? Estando, pues, la vida tan mal cotizada, será hoy mucho menos difícil convencer a los maltratados y aún más fanatizados ciudadanos de ponerse un chaleco repleto de explosivos y salir a cazar jerosolimitanos por docenas. Parecerá una causa justa y razonable, una vez que han quedado huérfanos, o viudas, o sin hijos, o en la calle.
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Al odio le sobran hijos.
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Razones, claro está, las tienen todos. Inclusive razones para ser idiota. Puede creerse que cada cohete lanzado por los terroristas palestinos hacia Israel era una invitación a la invasión, pero igualmente claro está que el estado de sitio en el que viven es una invitación a la insurrección. Si seguimos la ruta de las razones, no es difícil llegar a tiempos de Moisés. Demasiadas verdades contradictorias para arribar a una que las abarque, pero de ahí a matarse por esas razones debería haber alguna distancia. Hamas ha prometido acabar con Israel, con el odio de un parricida compulsivo. Si Saddam era el hijo perturbado de los americanos, Hamas creció aprendiendo a replicar lo peor del fanatismo israelí. En esta tradición —y como lo demuestra el palmarés de los Hussein junior— donde los descendientes tienden a salir corregidos y aumentados, no quiero imaginar a los futuros hijos de Hamas, crecidos y adoctrinados en medio de un resentimiento miserable que no obedece sino a sus propios ímpetus.
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No hay que saber gran cosa sobre armamento para asumir que los hoy humillados y rencorosos se harán de cuantas armas les sean precisas para vaciar en ellas el saldo de sus vidas descompuestas. ¿Importa todavía quien lanzó la primera piedra o la más grande? ¿De qué sirve saber que al final Israel es una democracia y sus ciudadanos pueden parar la guerra, si a estas alturas es lo que menos quiere la mayoría? ¿Cómo van a evitar que decenas o cientos redes clandestinas y ricas en recursos, así como gobiernos fanatizados y autoritarios, provean a Hamas de cuanto parque sea necesario para ir adelante con su cruzada? ¿Es tan difícil entender que el rencor —cuyo IQ, lo hemos visto, es más bien bajo— tolera la vergüenza paranoica de vivir desarmado?

El hombre que vino a cenar

Diario Milenio-México (19/01/09)
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Lo más probable (o cuando menos la versión de Walter Winchell, primer columnista de chismes en la historia del periodismo y voz autorizada con respecto a toda suerte de temas baladíes) es que el Brandy Alexander deba su nombre al de un restaurantero neoyorquino. Contaba Winchell que, en 1905, un organizador de banquetes llamado Tony Alexander fue contratado por la compañía ferroviaria Lackawanna Railroad para ofrecer una cena en su restaurante de Times Square. Dado que la campaña publicitaria de la empresa era protagonizada por un personaje ficticio llamado Phoebe Snow —una caricatura de socialité neoyorquina, siempre vestida de blanco, que podía viajar sin manchar su níveo guardarropa gracias a la pulcritud de los vagones—, Alexander habría sido conminado a preparar un menú compuesto en exclusiva por platillos blancos. Lo que fue servido esa noche a los comensales es asunto que ha quedado extraviado en las nieves eternas pero, al menos de acuerdo a Winchell, lo cierto sería que, puesto a crear una bebida para la ocasión, el ingenioso restaurantero habría dado en inventar el coctel blanquísimo que hoy lleva su nombre, ese que combina aguardiente de uva con crema de cacao y crema a secas (o, mejor, a grasosas) y cuya apariencia recuerda en gran medida a la de la malteada de vainilla, sólo que servida en copa de martini.
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He aquí una historia que no hacía gracia alguna a Alexander Woollcott, quien habría de dedicar buena parte de su vida a postular su propio nombre como inspiración del de tal bebida, su favorita. ¿Que quién fue el tal Alexander? Hoy pocos lo saben. Figura, sí, como nota a pie de página en numerosos recetarios de coctelería. Pocos, sin embargo, recuerdan que, durante un buen par de décadas —los 20 y los 30—, Woollcott fue el crítico teatral más relevante y temido de Nueva York, y que sus reseñas publicadas en las páginas del New York Times o del New Yorker bastaban para garantizar el éxito —o, con mayor frecuencia, el fracaso— de un montaje. (Reproduzcamos aquí dos de sus críticas más sucintas pero también más elocuentes: habría de sentenciar a propósito de una obra cuyo actor protagonista le resultara especialmente afectado “En el primer acto, ella se convierte en una dama; en el segundo, él se convierte en una dama”; en cuanto a otra, ya de plano insalvable, su reseña habría de constar de una sola palabra: “Ouch!”.) Cierto: el aforismo “Todas las cosas que de verdad me gustan son ilegales, inmorales o engordan” ha devenido inmortal… pero nadie reconoce ya en él a su autor.
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Rollizo y a un tiempo garboso y astroso (o, cuando menos, desaseado), Woollcott era tenido por celebridad en su tiempo. Fue contertulio de la Mesa Redonda del Algonquin, grupo de escritores que incluyera a la celebrada Dorothy Parker y que, durante una decena de años (1919 a 1929), se reuniera a comer y a intercambiar ocurrencias crueles y divertidísimas en el comedor de tal hotel de Manhattan. Trabajó como analista político en la radio y fue respetado y atendido en tal empeño. Actuó en un puñado de películas. E incluso habría de ver su personalidad a un tiempo efervescente y vitriólica reflejada en el personaje principal de la muy hilarante obra de teatro The Man Who Came to Dinner, escrita para hacer su homenaje y su escarnio por sus amigos George S. Kaufman y Moss Hart. Sin embargo, lo que nunca logró Woollcott fue escribir un buen libro.
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Algunos achacan su fracaso literario —y el de todos los integrantes de la palomilla del Algonquin, a excepción de Parker— a la frivolidad, tenida por sino de un grupo de escritores más preocupados por el próximo chascarrillo que por la literatura. Yo, que soy su admirador, prefiero pensarlo incapaz para los empeños literarios de largo aliento pero sobredotado para el epigrama. Y es que me cuesta trabajo imaginar a un escritor capaz de describir Los Ángeles como “siete suburbios en busca de una ciudad”, o de hacer un diagnóstico tan soberbiamente sacrílego como que “leer a Proust es como hundirse en el agua sucia de la tina de otra persona”, como alguien carente de talento.
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De seguir vivo Woollcott, justo hoy cumpliría 121 años. Brindemos, pues, con un Brandy Alexander —siempre suyo— a la salud del hombre que vino a cenar. Y lamentemos que la despiadada historia de la literatura no le haya permitido quedarse a amenizarnos la sobremesa.

Un viejo amigo

La Chingada por Botellita de Jerez, a propósito del Laberinto de la Soledad

Faulkner en you tube

sábado, enero 17, 2009

Tannöd, el lugar del crimen

Diario Milenio-Puebla (15/01/09)
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Siguiendo la pista de los temas que tienen que ver con el crimen y la vida de los bajos fondos, otra vez y casualmente encontré una novela de Andrea Maria Schenkel que leí, como lo recomiendan los clásicos “de un tirón”. El recurso literario que maneja la autora nada tiene de novedoso: los personajes que van apareciendo reconstruyen poco a poco la historia.
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Aun en estos tiempos el caserón de los Dranner en Tannöd es conocido como el caserón de la muerte. Ahí, en la década de los cincuenta una familia completa fue asesinada con saña.
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Lo interesante del caso es que esta novela, Tannöd, el lugar del crimen, es el debut literario de Andrea Maria Schenkel, una escritora que vive cerca de Regensburg. Esta novela marca una revelación en Alemania y ha sido traducida a muchos idiomas. En México aparece en la editorial Planeta en colaboración con Ediciones Destino de España, y la traducción es de Carles Andreu.
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Mi pueblo –dice la autora de esta espléndida novela— se había convertido en el “caserón de la muerte y no lograba sacármelo de la cabeza”.
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Andrea Maria Schenkel reconstruye, a través de los claros testimonios de los personajes, todo lo ocurrido en Tannöd.
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La familia Danner era gente hosca y terrible pero no merecían la muerte a golpes de pico, se expresa en la cuarta de forros. Eran mezquinos y no le caían bien a nadie, pero hasta los cuerpos de los niños y de la sirvienta fueron encontrados sin vida por unos campesinos que llegaron hasta la finca.
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Nadie supo bien a bien quiénes pudieron cometer el crimen. A lo largo de la novela hablan los lugareños, los personajes testigos de una página de la crueldad humana. Se llega a conocer que la familia Dranner ocultó secretos turbios quizá durante larguísimo tiempo.
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Es una novela que forma ya parte de la ficción del crimen: “una novela negra sin comisarios ni detectives y sin trucos, que va tras la búsqueda del asesino y la resolución final del crimen”.
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Martin Gaiser opina: “Es un debut magnífico que no tiene nada que envidiarle a la poderosa sombra de otro libro de factura similar: A sangre fría, de Truman Capote.
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Originalmente Tannöd, el lugar del crimen fue publicada en una editorial pequeña y ahora ha vendido más de 500 mil ejemplares, obteniendo el Premio Alemán de Novela Negra 2007. Ha sido nominada, además, al premio de los lectores Corine 2007.
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Extraigo otras dos opiniones sobre la obra: “Es un libro inquietante, lúgubre y emocionante: una obra maestra, un libro genial” (Deutschlandfunk).“Un debut extraordinario” (Die Zeit). Una novela para leer

viernes, enero 16, 2009

CRÍTICA: LIBROS - Narrativa. Hilos de ironía-Fernando Castanedo-(El País/Babelia 17/01/09)

El jardín devastado / Mentiras contagiosas
Jorge Volpi
Alfaguara / Páginas de Espuma. Madrid, 2008
182 y 255 páginas. 16,80 y 15 euros
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Los hermosos fragmentos líricos con que ha construido el escritor mexicano Jorge Volpi la novela El jardín devastado entrelazan dos historias. Una está ambientada en Irak durante la actual guerra de Bush y nos relata las peripecias de Laila, una joven música que ya ha sido testigo de los crímenes del Abominable -así se llama a Sadam Husein-, y que ahora lo será de las barbaridades que comete el enemigo invasor. Bajo la apariencia de un cuento en la tradición de Las mil y una noches, Laila se encontrará con un genio y obtendrá de él los consabidos tres deseos, pero no hay que engañarse: se trata de una perversa ironía para quien lo ha perdido todo, hasta los deseos.
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La segunda trama contrasta fuertemente con la primera. Un escritor de éxito que viaja por todo el mundo y enseña en las mejores universidades de Norteamérica hace inventario de su vida. El hilo conductor aquí será su tormentosa relación con Ana, pero también habrá espacio para otros amoríos, para sus años de exilio en Estados Unidos y para los amigos y la familia. Los dos sufrimientos, el de Laila por un lado y el de Ana y el narrador por otro, nos recuerdan nuestra impotencia y traen a un primer plano las diferencias entre el hacer y el pensar, entre la acción y la reflexión: "Todos vituperamos al cowboy y sus mercenarios. Ninguno sabe, en cambio, lo que sucede en estas tierras. Laila y los suyos son abstracciones, nombres impronunciables".
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De todos los artículos reunidos en Mentiras contagiosas, el titulado 'Conjetura sobre Cide Hamete' brilla con luz propia. Volpi no expone en éste ideas sobre el ser y el valor de la literatura, ni realiza semblanzas literarias y personales, como la que dedica a Guillermo Cabrera Infante, ni análisis de la literatura latinoamericana, ni panegíricos tan agudos y sentidos como el que consagra a Roberto Bolaño. En el artículo de marras Volpi se calza las botas de Borges y, mezclando burlas con veras, escribe un ensayo de apariencia seria, con notas a pie de páginas y citas de investigadores consagrados. En él se demuestra que Cervantes se inspiró directamente en la vida de un hidalgo manchego llamado Antonio Torreja, conquistador en las Indias y cuya crónica circuló por la España del siglo XVI. Si la lectura del artículo es una delicia, la broma que contiene ha cumplido su fin, pues hay quien ya anda contagiado de esta mentira. -

miércoles, enero 14, 2009

El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-14/1/09)

TAN TAN…
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El final se acerca ya… como dice la canción y éste llego, ya el 2008 es historia, hurgando en el cajón del desastre quedan los restos de una torta de romeritos, algunas envolturas de los regalos esperados, los villancicos han dejado de sonar, ya en la calle la gente no felicita a nadie, los corchos de sidra ruedan de un lugar a otro, y pareciera que la óptica de la realidad desde el 2009 fuera diferente, innovador, se buscan esperanzas, se pretende localizar algún cambio, pero ya para estas alturas del mes de enero, la lista de los buenos propósitos ni siquiera es localizable dentro del cajón.
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Los anuncios de que ahora sí va a haber crisis, de que lo mejor que nos pueda pasar es un crecimiento CERO, hinchan el desánimo, la numeraría de ejecutados no ha detenido su desfile, al parecer entre 2008 y 2009 no existe mayor diferencia, y no es que uno no se sienta renovado, que estrenar una camisa y un bolígrafo para cambiar el 8 por el 9 no sea esperanzador, ya que además se nos viene encima un proceso electoral para cambiar el Poder Legislativo y eso siempre remueve las piezas del ajedrez, sobre todo ahora que el PAN ha dado muestras de incapacidad para gobernar, que el PRI se sigue mostrando como el gran club de mafiosos que es, para el PRD la credibilidad ciudadana es una sopa que se toma caliente y eso en tiempos de frío les tomó la congeladora por sorpresa, el caso más patético, que por su estupidez resulta hasta chistoso, cómico, extravagante, inverosímil es el partido verde, y en efecto, se escribe con minúsculas por que eso es, un partiditito, el cual desde hace ya varias elecciones ha sabido chantajear y chaquetear con el mejor postor para sus alianzas, pero su más reciente campaña que dice textualmente “Por que nos interesa tu vida… Pena de muerte para asesinos y secuestradores” ostentándose como un nuevo verde, y es que hasta el tucán que había venido siendo su símbolo se ve triste, agachado, ridículo, descolorido, tal vez y hasta encabronado de que esta banda de asaltacurules lo utilice como su representante ante la sociedad.
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Las incógnitas son evidentes: ¿cómo un partido que se supone defiende a las especies le apuesta a la muerte de seres humanos, por más desgraciados o deshumanizados que éstos sean? ¿Se puede pagar la muerte con muerte? ¿Qué no le apostaban a la vida? ¿Dónde quedo su arco iris llamando al mundo feliz?
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Ahora sí que su estrategia por pretender capitalizar toda la indignación ciudadana frente a la violencia desatada en nuestro país, simplemente contribuye a la alimentación de más violencia… ¿Qué lindos, no? Ojala y nunca cambien…
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Las elecciones intermedias siempre han sido el mejor de los termómetros sociales rumbo a la sucesión presidencial, pero este año el desconsuelo de nosotros los ciudadanos está para sentarnos en una esquina y dejarnos llevar por el animado anuncio de que la economía va a crecer un fabuloso CERO, que vivan los programas mediatizadores pretendiendo hacer creer a la gente que no pasa nada, que los precios no suben, que la economía está a toda madre, que se le sigue creyendo a los políticos y sus respectivos símbolos partidistas…
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Evidentemente la cruda quedo atrás, el TAN TAN de toda música celestial ha arribado a nuestras conciencias, enero será el mes de Puebla con informes gubernamentales, en el que de nueva cuenta lo precioso será una parte de la realidad, aún que para el resto de la sociedad ese final musical tenga más implicaciones de tormentas por venir, que de espacios para la tranquilidad… Y que conste que no inicié con ánimo depresivo este 2009, que quede constancia ¿o será?

martes, enero 13, 2009

LA CASA, LA PÁGINA, LA FRASE I

Diario Milenio-México (13/01/09)
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En 1951, en la célebre cátedra que dictó en Darmstat, Martin Heidegger equiparó el ser al habitar. Hurgando en las palabras del alemán antiguo, el filósofo argumentó que el verbo construir (bauen) aparece subrepticiamente en la conjugación de la primera y segunda personal del singular del verbo ser (Ich bin, Du bist), de ahí su conclusión: “estar en la tierra como mortal significa habitar”. Pero estar en la tierra significa también, luego entonces, encontrarse bajo el cielo, formando parte, al mismo tiempo, de un colectivo de mortales. Por eso, habitar es habitar la Cuaternidad —la tierra, el cielo, lo divino, la comunidad— que Heidegger uniera bajo el principio inevitable del cuidado: “En el salvar la tierra, en el recibir el cielo, en la espera de los divinos, en la conducción de los mortales, acontece de un modo propio el habitar como el cuidar (velar por) de la Cuaternidad. Cuidar (velar por) quiere decir: custodiar la Cuaternidad en su esencia. Lo que se toma en custodia tiene que ser albergado”.
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Tanta atención le dedicó Heidegger a la relación entre el construir, el habitar y el pensar (los tres verbos que, sin comas de por medio, sirven de título a la conferencia, y subsecuente ensayo, del 51) que no es para nada sorprendente la publicación de un libro sobre y alrededor de la cabaña que construyó y habitó intermitentemente, aunque por muchos años, al pie de la Selva Negra. En La cabaña de Heidegger. Un espacio para pensar, el arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de Welsh, Adam Sharr, no sólo describe con puntualidad, incluyendo planos y fotografías del lugar, la ubicación y el proceso de construcción de la cabaña sino que también se decide, con cierta cautela eso sí, a abrir sus puertas. La idea rectora es que existe una relación no sólo estrecha sino fundamentalmente productiva entre el espacio de la cabaña y el espacio de la página. La casa de “arriba”, como la describiera Heidegger comparándola de manera positiva con la vida superficial y ruidosa de “abajo” en universidades y ciudades varias, constituía su lugar de trabajo: el espacio que, cercano a las montañas y abierto al clima, podía servir como filtro de esa “ley oculta” de esa naturaleza circundante que constituía, con todo, la verdadera materia de la filosofía. La cabaña se convertía así en el espacio alquímico donde el paisaje se transformaba en pensamiento, es decir, en lenguaje.
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Su apego a la cabaña y a la forma de filosofía que éste le facilitaba fue tal que, en 1933, cuando la Universidad de Berlín le ofreció un prestigioso puesto, lo rechazó. En “Por qué permanecemos en provincia”, el artículo que publicó justo un año después, explicaba sus razones: “Cuando en la profunda noche del invierno una bronca tormenta de nieve brama sacudiéndose en torno del albergue y oscurece y oculta todo, entonces es la hora propicia de la filosofía. Su preguntar debe entonces tornarse sencillo y esencial. La elaboración de cada pensamiento no puede ser sino ardua y severa. El esfuerzo por acuñar las palabras se parece a la resistencia de los enhiestos abetos contra la tormenta. Y el trabajo filosófico no transcurre cual apartada ocupación de un extravagante, sino que tiene una íntima relación con el trabajo de los campesinos.” Más que un parapeto contra el mundo, la cabaña era, por el contrario, una apertura: la mejor oportunidad de entrar en amplio y denso contacto con él. Además de un espacio, la cabaña también era un método de vida y de pensamiento. El rectángulo de la residencia y el rectángulo de la página vueltos ambos pura habitación.
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Hay ciertamente una serie de peculiares pensadores de la montaña (Thoreau en Walden Pond, Wittgenstein en Noruega, Jung a las orillas del lago Zurich) que desdeñaron la vida agitada y superficial de las ciudades, optando por la vida ruda del campo. No todos conservaron la fe en la vida de provincias, como la denominara el autor de Ser y Tiempo (son legendarias las quejas de Wittgenstein después de su experiencia como maestro rural, por ejemplo) y, juzgando por la temprana relación de Heidegger con el nazismo, la vida campirana no salvó a nadie de (¿o condujo a?) la estupidez política. Pero queda de esa cabaña a los pies de la selva negra una experiencia vital e intelectual que, dese sus inicios en 1922, volviera visible la estrecha y productiva relación que va del espacio doméstico —de la habitación— al espacio de la página —la habitación.
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Hay, por supuesto, otra larga lista de autores citadinos para quienes, al contrario de los pensadores de montaña, el ruido y el anonimato son centrales (Charles Baudelaire y Walter Benjamin son emblemáticos aquí). Están los escritores de hotel (Sartre, por ejemplo) que uno imagina encorvados sobre minúsculos escritorios a un lado de las ventanas. Y están, incluso, los no-lugareños —aquellos que, aunque cuentan con un sitio donde guarecerse, resisten cualquier noción de albergue o morada. Y existen, por supuesto, los que verdaderamente no pueden tener un techo estable sobre la cabeza. Los escritores de la intemperie. En todo caso, los espacios habitables que caracterizan a una era de errancias fortuitas o forzadas ofrecen, lo sospecho así, métodos de vida y de pensamiento —contactos con el lenguaje— que divergen de la experiencia heideggeriana de mediados del silgo XX. En artículos subsecuentes (he aquí un serio propósito de año nuevo) pondré a prueba esta idea con lecturas e imágenes y entrevistas con algunos autores contemporáneos tanto de México como de Estados Unidos. Los mantendré al tanto.

lunes, enero 12, 2009

Y contra toda tempestad, sigues aquí.
Fina transparencia del amor.
Fuerte espada de la razón.

Hablo de lo que puedo ver.
¿Cómo será aquello que no veo
debido a mi ceguera?

De barbas y otras taras

Diario Milenio-México (12/01/09)
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El edén insolvente
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Recuerdo a la mujer del restaurante en Miami no tanto por el relato de sus peripecias para salir de Cuba —que era entretenidísimo, había llegado en balsa, sin mascar dos palabras de inglés— como por un detalle que me dejó tieso. Una vez que se había enseñado algo de inglés y era al fin admitida en su primer empleo, al llenar los papeles de la seguridad social la chica se topó con una palabra rara. ¿Que es un mortgage?, preguntó a una de sus nuevas compañeras, quien simplemente le tradujo el término. ¿Y qué es una hipoteca?, contraatacó sólo para toparse con una de esas expresiones de extrañeza que dan al forastero la sensación de ser extraterrestre. ¿De verdad no sabía lo que era una hipoteca? Claro que no, si allá en Cuba no hay eso, se defendió, sin hacerse una idea todavía de qué tan grave podía ser en Estados Unidos tener veinticinco años y jamás haber visto una hipoteca, ni saber todavía qué bicho sería aquél.
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Nunca tanto como hoy suena paradisiaca la idea de vivir en una isla donde no se conocen las hipotecas. Cualquiera entiende que los damnificados de un incendio sientan la tentación de volver a las épocas previas a las invención del fuego, pero de ahí a mimar delirios pintorescos al respecto hay alguna distancia. Tal vez incluso no fuera mala idea regresar a la máquina de escribir y proscribir los faxes, por el crimen de lesa humanidad de quitarle el trabajo a la gente. Debe de haber millones de ideas similares aflorando ahora mismo de las cabezas de otros tantos niños, para quienes jugar a despojar a la realidad de sus ingredientes habituales resulta un pasatiempo delicioso. Solamente cuando se es niño puede uno irse a vivir a los lugares que ha imaginado, pues de la misma forma se ha ocupado en confeccionarles un destino, cuyas calamidades se arreglan asimismo a golpe de inventiva. No recuerdo jamás haber jugado a un mundo en el que no hubiera hipotecas, pues ya de hecho no las había, si yo mismo escuchaba esa palabra de labios de mi padre sin saber bien a bien si esa tal hipoteca era quizás un almacén de hipos. Aunque tampoco me preocupara el tema. ¿Para qué quiere un niño entender de hipotecas? ¿Qué puede hipotecar, si legalmente nada podría ser suyo?
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Comandante imperial
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Los isleños que todavía eran niños el día que Fidel Castro entró en La Habana con sus huestes triunfantes, hoy andan cerca de la sesentena y siguen sin saber qué es y para qué sirve una hipoteca. Conozco la respuesta de los decepcionados: se trata de una estafa, que el dueño del dinero instrumenta a costillas de quien lo necesita. Es posible que todas las hipotecas sean injustas en esencia, como el mismo sistema que las sustenta, pero hasta ahora nadie las ha hecho obligatorias, y lo cierto es que suelen ser tan útiles para los impulsores del sistema como para sus enemigos jurados. Unos pierden su casa, otros despiertan dueños de tres ranchos. No es un juego de reglas justas, ni equitativas, ni seguras, pero todavía menos lo serían si dependieran de un poder paterno que las hiciera más chicas o grandes, de acuerdo a su concepto personal de justicia; donde quien jugaría no sería el individuo, sino el Estado Padre que le exige obediencia de pensamiento, palabra, obra y omisión, y de acuerdo con ello le reprende o le premia. Un padre con su propio sistema de hipotecas, armado con las más invasivas técnicas de investigación de crédito moral.
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En desafío a las mentes más imaginativas, Fidel Castro ha logrado ser ese padre durante cincuenta años. Una marca que se celebra poco, si ya la sola mención de un hombre que se instala en el poder por medio siglo férreo e incontestable suena por fuerza chusca. Es demasiado, para cualquier estándar. Cincuenta años de infancia prorrogada donde el gran padre sabe más de sus hijos que cualquier otro padre del mundo, si sólo de él depende que cada uno tenga esa casa que ningún gringo va a poder hipotecar. Cincuenta años de cada noche enviarlos a todos a dormir y recorrer la casa con vela y escopeta para estar bien seguro de que no hay un gringo escondido por ahí. Cincuenta años: Adolfo López, Gustavo Díaz, Luis Echeverría, José López, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón. De ese tamaño son los tiempos de Fidel. Algo más de los años necesarios para pasar de la infancia a la tercera edad.
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Papá es un control freak
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De niño, me gustaba abrumar a mi madre con airados discursos contra las jeringas, según los cuales no habría un mundo justo ni tolerable mientras no se prohibieran las inyecciones. A una semana de haber bombardeado a un catarro con 1,200 unidades de penicilina, calculo que el origen de aquella vieja tara anti-jeringa tiene que ver con una enfermera cuya mano pesada me excluyó para siempre del bando de los masoquistas. No es que hoy me diviertan las inyecciones, pero me aburren menos que las dolencias. La edad adulta me ha enseñado que un hipotético mundo sin penicilina sería infinitamente más doloroso, y de paso que un mundo sin hipotecas sería más precario y todavía menos justo. Puede que me equivoque, pero una de las grandes prerrogativas de ser adulto consiste en otorgarse ese derecho, que a ojos de ciertos padres parece escandaloso.
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Ser niño es aceptar lo inaceptable, aunque sólo sea en nombre de esa edad adulta que algún día tendrá que llegar. A menos que una tara se encargue de impedirlo. Durante cincuenta años, Fidel Castro ha sido una tara no solamente para sus compatriotas. Toda la izquierda lucha por librarse de esa disentería apostólica. Y hoy día es una tara tan voluminosa que no es posible pretender que no está ahí, larvando los orgullos de los últimos boy scouts de la revolución. Cincuenta años de tara. Papá está en todas partes. Papá es tu compañero. Tara o muerte.

Tormenta en un vaso de agua

Diario Milenio-México (12/01/09)
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Mucho he aprendido y mucho me he divertido a partir de la lectura de las entrevistas a escritores publicadas en la mítica Paris Review, revista literaria francoestadunidense fundada en 1953. Ahí —en sus páginas y en su archivo en internet, disponible en theparisreview.com— están Paul Auster y Paul Bowles, Harold Pinter y Harold Bloom, Claude Simon y Neil Simon, sometido cada uno a un interrogatorio pertinente y pertinaz, detonador de respuestas que resultan de manera invariable en una mezcla de cándido anecdotario personal, esbozo veloz pero conceptuoso de teoría literaria y fascinante visión entomológica de su proceso de trabajo.
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En algunos de los diálogos, el interrogador da en preguntar sobre los hábitos de escritura. ¿Escriben a mano o a máquina? ¿De corrido o con pausas? Y, lo más importante para los efectos que aquí nos ocupan, ¿beben algo mientras escriben? Así ha quedado establecido para el museo de las minucias —ese derrotero pedestre pero delicioso de la posteridad— que Truman Capote comenzaba el día ayudándose de café para escribir, para después pasar al té de menta, luego al jerez y finalmente a los martinis (a partir de lo cual se antoja plausible que, en sus últimos años, el borrachín paradigmático de la literatura estadunidense escribiera ya sólo de noche) y que William Faulkner —otro alcohólico literario de cepa— consideraba herramientas básicas del trabajo de escritor “el papel, el tabaco, la comida y un poco de whiskey”. (“¿Quiere decir bourbon?”, revira el entrevistador, conocedor de los hábitos del caballero sureño; “No soy tan quisquilloso”, responde un Faulkner parejero en cuestión de licores. “Entre el escocés y nada, me quedo con el escocés”.)
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La lectura de tales confesiones cotidianas, emprendida durante las vacaciones navideñas, me llevó a reflexionar sobre mis propios hábitos de escritor: un vicio “malo” (cuando menos eso dicta la moda higienista), que es el tabaco, y uno “bueno” (otra vez según los cánones de estilo de vida à la page), que es el agua. (Decía W.C. Fields, borracho por antonomasia del vodevil estadunidense, que no bebía agua por miedo a que se le volviera hábito: de haberme conocido, no habría dado crédito a la encarnación de su más aciaga pesadilla.)
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Bebo agua mientras escribo esto y lo mismo hago cuando me ocupo de un capítulo de libro, una entrada de blog, una carta de amor o un presupuesto. Lo que es más, mi consumo de agua no se limita a mis empeños de escritura: bebo agua en las antesalas, en las juntas, en los camerinos televisivos, en la cama (pero sólo mientras veo televisión, y es que cuando me entrego a otros lances prefiero otras humedades) y, claro, a la mesa, acompañe o no mis alimentos con otra bebida.
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Bebo, en suma, alrededor de tres litros de agua al día, es decir uno más de los recomendados por médicos. Bebo, pues, tanta agua, que un nutriólogo al que acudí hace poco a fin de controlar mi problema de sobrepeso arqueó las cejas al enterarse de mis hábitos en la materia, antes de detallarme una rara condición llamada hiponatremia o intoxicación por agua, en que los niveles de sodio descienden al punto de provocar la muerte. (“Bájele a dos litros”, me advirtió preocupado; “No puedo con menos de tres”, respondí desafiante; “Ni usted ni yo: dos y medio”, fue su conclusión dizque generosa. Aun así sigo bebiendo tres al día… y mintiéndole al respecto en mi cita mensual.)
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Ha quedado, pues, establecido que necesito mucha agua y que la necesito en todo momento y lugar. Así la obtengo, por fortuna (vaya aquí un agradecimiento a mi mujer, que siempre me lleva una jarra cuando me ve instalarme frente a la computadora, y otro a la generosa recepcionista que corre hacia mí, botellín de Santa María en mano, no bien me ve hacer mi entrada habitual a mi centro de trabajo.
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No pido ya volver al viejo estándar estadunidense, en que no bien tomaba uno asiento ante una mesa, fuera ésta del Four Seasons o del más modesto de los figones, se materializaba un vaso de agua helada ante cada comensal. Ni siquiera clamo por los tiempos en que uno pedía un vaso de agua con hielo a un mesero y éste lo traía ipso facto tal cual, salida de un filtro y no de una botella y sin costo adicional al de los alimentos. Estoy dispuesto, pues, a que el agua me llegue en un restaurante sólo a petición, embotellada y a un costo. A lo que no estoy dispuesto es a la misteriosa tendencia de los meseros de todo el país a no responder sino después de tres o cuatro reclamos desesperados a cualquier solicitud de agua, máxime cuando siempre están dispuestos a servir vinos, licores y refrescos sin chistar.
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Como lo he dicho, carezco de explicación para tan oprobiosa conducta. (A no ser, claro, que se trate de una conspiración urdida por mi nutriólogo en confabulación con la cámara de la industria restaurantera.)

domingo, enero 11, 2009

XXXIII

Edna quisiera ser como Roberto, tan lleno de un no sé qué, indescifrable. Nunca le han gustado las cosas que contienen una obviedad agresiva, para agresiones grotescas, las que profiere su madre cada que recuerda a su esposo-padre que los abandono por otras caderas más frescas.
Edna necesita saber que es capaz de proteger a alguien, Roberto necesita sentirse protegido. El dúo perfecto, piensa ella. Pero Roberto la ningunea, la omite, la regaña, la corrige. Para Roberto sólo existe la imposibilidad que le concede la imagen de Lucía.
Edna llora en cada una de sus entrañas. Sus ojos aprendieron a fingir hace ya varios años. Ahora sonríe para Roberto y agradece la corrección, para proseguir con la narración de sus amores fallidos.
¿Entrará Roberto en la cuenta?, se pregunta Edna. Sabe la respuesta, pero fingir demencia le resulta más sano.

Sin musicalidad no hay poeta

Por la noche me preguntaron
si no había visto al poeta
que impresionó a la crítica
en el bar que atiendo cada noche.

Respondí que no,
la poesía no es lo mío,
pero ¿qué les puedo servir?, pregunté.
Pidieron un trago de ron
que bebieron decepcionados.
Ellos buscaban al poeta,
el ron no era parte de su plan.

Horas después encontré,
detrás del espejo del baño,
a un joven delgado y taciturno:
parecía poeta.

Lo mire sin atreverme a preguntar,
entendió mi silencio y mi miedo.

No digas que me viste,
sucede que soy el que buscas,
pero extravié la música, la poesía.
Ahora soy el reflejo de lo que fue un poeta.

Un miserable poeta.

sábado, enero 10, 2009

XXXII

Tan sólo renacer como el ave fénix, para poder recomponer todo lo errado.
Después penetrar la espada a todo aquello que en vida mereció la muerte.
Hoy el abrazo, su abrazo, es la aspirina perfecta que necesito para olvidar el amargo día.
El mundo que nos toco vivir
no es el ideal para caminar juntos,
en una calle huele a rosas,
pero las siguientes cuatro
nos invaden con temible olor.

La impureza nos corroe,
unos juran que el amor que proclamamos
hace varias lunas
está putrefacto, como todo en la vida.
Pero qué van a saber ellos de impurezas,
si a duras penas, saben de avemarías y padrenuestros.

Ayer amenazaste con irte de este
mundo imperfecto
con la ayuda de una afilada navaja,
esperando encontrar en otro lugar,
quizá divino, la pureza que te mereces.

¿Acaso no sabes que esa navaja al rozar
con tu piel, te pondrán en igual de condiciones?
Morirías convirtiendo en aquello de lo que huyes.

El mundo en el que vivimos,
nunca será el correcto,
pero al menos tu abrazo
lo convierte en bello.

¿Acaso la mejor belleza no es aquella
que se impone a cualquier imperfección?

XXXI

¿De qué sirve tanta espera si al final sigues escribiendo de lo mismo?
¿Cuándo serás capaz de acabar con todos tus demonios que te carcomen las entrañas?

XXX

Roberto está sentando en un taller de escritores, esperando mamar la suficiente sabia para procrear esos párrafos atorados que esperan algún día convertirse en novela, ahora sólo son fragmentos, simples y cotidianos, juveniles. Todos hablan de Lucía ¿de quién más podrían hablar? Luciferina, la eterna mujer que la asalta en sueños. Lu de día, Mi Lu por la tarde y ayyyyy Luuuuucííííííaaaa en las noches escasas que Roberto recuerda haberla penetrado con esas ansías atoradas, acumuladas.
Ahora el sexo lo ha cambiado por la escritura, que no son más que pedazos de su vida regados en un mar de hojas.
Atrás quedo el cuerpo curvilíneo de Lucía. Ahora lo único curvo que permanece entre sus manos es una botella de refresco, lo único que no se ha esfumado aún.