Espacio del Poeta superfugado, hijo de Hugh Grant y sobrino flaco de Federer.
viernes, enero 02, 2009
Análisis: Crónicas de América Latina. Bolaño frente a Bolaño-Julio Ortega (El País/Babelia 03/01/09)
Nunca hubiera imaginado Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) que su obra traducida al inglés forjara a un autor más vital y novelesco. Julio Ortega analiza el balance de The New York Times Book Review, que ha incluido 2666, la obra póstuma del escritor, entre los diez mejores libros del año.
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Roberto Bolaño (1953-2003) solía imaginarse como otro y a veces incluso como él mismo. Pero no había previsto que después de su muerte sería, en inglés, otro Bolaño, y tendría el papel espectacular de una nueva vida. Traducida al inglés en Estados Unidos, su obra ha hecho nuevo camino y ha forjado, en la lectura, un autor no menos novelesco. Como en otro de sus relatos póstumos, nos encontramos con un personaje más vital y libresco que nunca.
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La sintonía de un escritor con el lector es uno de los misterios de la vida literaria, pero es también parte de la oferta editorial y las expectativas del mercado. Pero si la fama puede ser un exceso de presencia, que deriva en la saturación y el énfasis; la suerte post mórtem de un autor está hecha de zozobra, entre olvidos reparadores y ceremonias piadosas. Un escritor de éxito no sólo necesita de una agencia literaria sino de una agencia póstuma para la puntualidad de su memoria.
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El hecho es que en su balance de los diez mejores libros del año, The New York Times Book Review (14 de diciembre) incluye la traducción de 2666, que Bolaño dejó lista para ser publicada después de su muerte. El entusiasmo con que el novelista Jonathan Lethem la reseñó es proverbial. Compara al chileno nada menos que con David Foster Wallace, el más talentoso narrador de la última promoción, cuyo suicidio a los 46 años enlutó a la comunidad literaria. Valorado ahora mucho más que en vida, resulta tristemente confirmado por la depresión que lo venció: la crónica melancolía de vivir un espectáculo trivial. Sus libros resistieron ser parte del desvalor, pero mucho me temo que su muerte termine haciéndolos más fáciles.
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Ya Borges había protestado que Unamuno y Lorca no eran su biografía, ni siquiera sus destinos, sino sus libros. Bolaño, un borgeano callejero, estaría de acuerdo. Pero habría añadido que esos libros los convertían en autores de sí mismos; y en su propio caso, en la mofa de su destino, en la máscara de otra mascarada.
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Pero, ¿quién es éste Roberto Bolaño que es leído en inglés como un personaje imaginado por Borges no sin truculencia? En una y otra reseña, comprobamos que es leído como perseguido por Pinochet, como exiliado chileno, enfermo y pobre, pero rebelde, vital y literario, y hasta adicto. Este exceso de biografismo ha creado un Bolaño probablemente menos interesante que sus personajes, meramente real y, por eso, falso. Tanto es así que Andrew Wylie, el más poderoso agente literario contemporáneo (su supuesta pretensión de adquirir la Agencia Carmen Balcells estremeció a las literaturas en español como una amenaza imperial), y su viuda, Carolina López, devota albacea y heredera, aclaran en una carta a The NYT Book Review (7 de diciembre) que Bolaño "no sufrió nunca ninguna forma de adicción a drogas, incluyendo la heroína". Explican que, aunque "ampliamente publicado", ese detalle es inexacto y que el "malentendido persistente" seguramente deriva de que su relato La playa está escrito en primera persona. "Ese relato es en verdad una obra de ficción", confirma Wylie, poniendo a la literatura en su lugar; no en vano entre sus autores se cuenta Borges, cuya obra le debe (soy testigo) cuidado y protección.
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No deja de ser novelesco que el agente literario deba intervenir para poner en orden la reputación de su autor. Bolaño habría aprobado esa vuelta de tuerca argumental, digna del humor de Nabokov.
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El Bolaño que se lee en inglés no es el mismo que hemos leído en español. No sería la primera vez que en la literatura ocurre un fenómeno equivalente, no sólo porque los libros pertenecen al campo cultural de su producción y consumo, sino porque en la traducción adquieren otra vida, otra función. El ejemplo clásico es el de Poe, considerado un autor menor y de estilo sobredecorado, quien gracias a la traducción francesa de Baudelaire se hizo un autor mayor. Contrario es el caso de Neruda, que en inglés pierde pie. "Me gustas cuando callas porque estás como ausente" al ser traducido convoca irremediablemente lo opuesto: "Cuando hablas, en cambio, estás demasiado presente".
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Probablemente el lector norteamericano reconoce en estas novelas una dicción que no le es ajena, y que le permite hacer suya, con apetito local, su riqueza. En inglés no son sólo muy literarias y minuciosas, apasionadas y brillantes; son, sobre todo, vitalistas.
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La gran tradición de la prosa norteamericana vitalista, en efecto, ha sido el escenario donde se definen los varios estilos de la ficción característicamente yanqui. El mayor estilista de este estilo es Jack Kerouac, y su On the road, escrita en 1951 y rechazada por 19 editoriales antes de su publicación en 1957, un clásico moderno. Aunque la generación Beat terminó devorada por su biografía popular, sus obras son más serias que la imagen de sus autores, simplificados al punto de darse por leídos, convertidos en mercancía residual. El brillo de esa prosa vivaz, irradiante, fluida, imprevisible, resuena como un conjuro en las páginas de Bolaño.
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No es casual que haya escrito tantas biografías que son necrologías (Los detectives salvajes ponen al revés el modelo Vida de poetas); y que el presente se demore en la frase que busca toda su presencia, su vida verbal encarnada. Se dijo que Kerouac frente a Ginsberg parece un "boy-scout del inconsciente", y que Ginsberg frente a Burroughs resulta otro... Esto es, siempre hay un escritor que va más lejos en los recuentos de una vida radicalmente vivida.
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Felizmente, la versión de Bolaño es apasionadamente literaria.
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Julio Ortega (Perú) es crítico y profesor del Departamento de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Brown, en Estados Unidos.
jueves, enero 01, 2009
El poder curativo de las crisis
Diario Milenio-Puebla (01/01/09)---
Primer día del año. Felicidades. Para tal ocasión, y coincidentemente, me topé con un libro extraño en cuyo contenido no sé si deba creer mucho. O más exactamente, como lo dicen a veces los incrédulos, hay que darle el beneficio de la duda. A lo mejor, quién puede decirlo, el mismo libro se me presentó para llevarlo a la práctica durante este año que presiento lleno de conflictos y crisis en el mundo.
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De cualquier manera, doy la referencia para quienes puedan estar interesados. El libro se llama El poder curativo de las crisis, editado por Kairós dentro de su biblioteca de la “nueva conciencia”.
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Aquí se plantea una tesis sencilla, pero complicada de llevar a la práctica: las crisis que sufrimos los humanos nos deben funcionar para resurgir como de las cenizas. Y para lograrlo, se necesita de toda una preparación mental y de un estado de ánimo casi divino.
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La edición está a cargo de Stanislav y Chistina Grof, personajes reconocidos por sus investigaciones en el campo de los llamados “estados no ordinarios de conciencia” y de la psicología transpersonal.
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Su hipótesis, lo dicen en el prólogo, es la siguiente. La abrevio de la cuarta de forros: las personas implicadas en un proceso de transformación personal, sufren crisis que los trastornan de alguna manera. Es decir: se parte en dos su sentido de la identidad y entonces surgen experiencias espirituales o “místicas” que producen miedo y confusión. La vida cotidiana se hace difícil y se duda de la cordura.
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La psiquiatría moderna (¡ah, mi tendencia antipsiquiátrica!) no distingue entre los estados de crisis y los de enfermedad. Creo que de eso (acotación aparte) estoy más que consciente y soy un propio testigo. Es por esto que los autores de este libro consideran que las crisis pueden funcionar como procesos de transformación, sólo que quien se encuentra en ese proceso de transformación debe de estar preparado para saber, por así decirlo, darle un giro a su crisis.
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De alguna manera creo que estoy de acuerdo. De lo que no estoy muy seguro es de estar preparado para enfrentar una crisis de gran magnitud. Si alguna he tenido, ésta no ha dejado de perturbarme al menos durante un mes, si acaso.
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En El poder curativo de las crisis hay varias voces, algunas de ellas de vital importancia en el ramo de la psiquiatría: Ronald D. Laing, Jack Kornfield, Ram Dass, Roberto Assagioli, Keith Thompson y Holger Kalweit, entre otros.
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Los compiladores sostienen que lo que se llama enfermedad mental no es una verdadera locura; hablan de una “emergencia espiritual”, centrada en las formas de crisis evolutivas. La crisis espiritual –escriben– debe situarse en el problema de lo que la gente siente (y presiente) como “emergencia espiritual”.
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El miedo a caer en la locura (situación de la que nadie se escapa por lo menos una vez en su vida) y el miedo a la muerte son etiquetados (obviamente) como una patología en el mundo occidental, aunque no lo sean de la manera más estricta del término. Pues dejo a los interesados el dato de El poder curativo de las crisis. Los lectores tendrán sus conclusiones.
martes, diciembre 30, 2008
Pesía norteamericana: Rae Aarmantrout
Diario Milenio-México (30/12/08) ----
Noviembre de 2008 fue un mes cargado de emociones políticas no sólo en los Estados Unidos, donde se elegía nuevo presidente, sino en el mundo entero, donde se esperaban los resultados con tanto o más entusiasmo que en la así llamada Unión Americana. Tal vez no fue mera coincidencia que la revista New Yorker de ese mismo mes publicara “Oraciones” (Prayers), un poema de Rae Armantrout, poeta californiana cuyo trabajo se viera ligado desde sus inicios con ese movimiento estético de corte crítico conocido como Poesía del lenguaje —dentro del cual resuenan los nombres de Charles Bernstein, Lyn Hejinian y Ron Silliman. Y digo que no fue mera coincidencia porque Armantrout, justo como sus colegas de Language Poetry, considera que la poesía tiene la capacidad de plantear y plantearse “preguntas verdaderas” acerca del mundo que la produce y al cual ilumina. La poesía, por eso, “nos hace pensar dos veces y escuchar otra vez por primera vez”.
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Así las cosas, en el New Yorker de noviembre es posible leer:
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“I. Rezamos/ y sucede la resurrección// Aquí vienen los jóvenes/ otra vez// disparando y riéndose// temblorosamente/ como timbres de teléfono.// II. Lo único que pedimos/ es que nuestro pensamiento// sostenga su momentum/ identifique sus blancos.// La presión/ en mi baja espalda/ asciende para ser reconocida/ como dolor.// Los triángulos azules/ en la alfombra/ se repiten.// Viene/ una discusión/ sobre los usos/ de la tortura.// El miedo/ de que todo esto/ termine.// El miedo/ de que no termine.”
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Autora de nueve libros, entre los que se cuentan Nueva Vida (New Life) y Velo (Veil: New and Selected Poems), Armantrout ha mantenido una producción constante que no pocos consideran como la más lírica entre los poetas del lenguaje. Inédita todavía en español, la encargada de la cátedra de poesía del programa de Escritura Creativa de la Universidad de California en San Diego contestó unas cuantas preguntas en torno a su trabajo poético y el estado actual de la poesía norteamericana, cuyas respuestas bien podrían servir como una breve introducción a su obra y una decembrina invitación a su lectura.
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“Escribo”, dice Armantrout, “porque lo que veo y oigo me parece de alguna manera equivocado. Necesito documentarlo todo y reflexionar luego sobre eso. Escribo para encontrar o enmarcar las preguntas necesarias ante mí misma. Para hacer al pensamiento (más) palpable. Me interesan las historias de origen, ya sea científicas o metodológicas. Me gusta jugar con ellas, reconfigurarlas, inventar nuevas. Siempre cargo un cuaderno conmigo en el cual anoto impresiones, vistas, pedazos de conversaciones, etc. Luego de hacer esto por un par de días o semanas, releo el material coleccionado y busco los patrones. Más tarde trato de arreglar esas piezas para ponerlas en diálogo y crear conjunciones interesantes”.
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“La poesía”, asegura, “nos hace conscientes del lenguaje. Con frecuencia, estamos tan poco conscientes del lenguaje como un pez es consciente del agua. La poesía nos hace pensar dos veces y nos hace escuchar otra vez. La poesía se plantea preguntas reales. La poesía conecta ideas, imágenes, tonos, discursos que han sido separados por distintas convenciones. La fricción que se lleva a cabo cuando estas “cosas” separadas hacen contacto provoca que las chispas se eleven. Ese es el placer de la poesía”, concluye.
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Sobre su relación con los poetas del lenguaje se expresa así: “Fui una de las integrantes originales de los poetas del lenguaje en la costa oeste. Éramos un grupo de amigos (como desde hace 30 años) que tenían una larga e intense conversación acerca de la poesía. Sentíamos que la poesía podía y debía reflejar y retar las condiciones sociales imperantes. Aprendimos mucho los unos de los otros entonces. Una de ellas fue, por ejemplo, el valor de los cortes o disyunciones en el poema o en el texto. Estas disyunciones le dan espacio al lector para pensar por ella misma y hacer las conexiones que pueda o deba hacer más tarde”
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Acaso un buen ejemplo de ese intenso diálogo y del valor de esas líneas disyuntivas se encuentre en el poema “Motores” (Engines), escrito con Ron Silliman, e incluido en el libro Velos, que publicara Weslayan en 2001.
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“Los espíritus a quienes llamamos motores en ningún momento y de ninguna manera fueron oscuridad. Los eucaliptos se encogen. La luz brilla sobre esas hojas en completo silencio. Eso es una lengua resbalosa. ¿Estamos sugiriendo relaciones que no queremos revelar?”
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Alerta ante su entorno tanto político como poético, Armantrout sigue de cerca varias manifestaciones culturales estadounidenses, de entre las cuales rescata las siguientes: “Hay muchas líneas interesantes en la poesía norteamericana actual. Una de ellas es Flarf, en la que poetas como K. Silem Mohammad y Katia Degentesh hacen poemas con el lenguaje de búsquedas en Google (se le llama escultura google) para revelar las patologías del discurso contemporáneo. Otra línea es el nuevo minimalismo practicado por poetas como Graham Foust, Devin Johnston y Joe Massey. Estos poetas escriben poemas tensos, oblicuos que pueden ser descritos como líricos. Hay mujeres, tal vez inspiradas en la poeta canadiense Lisa Robertson, que escriben poemas post-feministas que son barrocos y excesivos y deliberadamente grotescos (vienen ahora mismo a la mente los nombres de Catherine Wagner, Lara Glenum y Sandra Lim). Y finalmente hay poetas como Juliana Spahr, Rodrigo Toscano y Ben Lerner, quienes escriben una poesía de agudo análisis político sin el carácter necesariamente paródico de Flarf. En cada uno de estos movimientos encuentro algo con lo que me relaciono o que me inspira”.
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Las traducciones de poemas y entrevista son de crg.
Es Navidad, Oliver Sacks
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Buen día, lectores, feliz Navidad. Sólo estamos a una semana para comenzar el 2009. Ya no me haré promesas de año nuevo; para qué si, como la gran mayoría de la gente, no llego a cumplirlas. He terminado de leer la edición actualizada, corregida y aumentada de Migraña, el clásico libro de Oliver Sacks. Estoy, como lo estuve hace un año, en medio de un clima helado.
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Las mañanas se hacen más lentas que de costumbre, pero he descubierto que este clima y, quizá con la lectura de Migraña, se ha aligerado un poco mi dolor de cabeza.
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Dice Oliver Sacks que los millones en el mundo que sufren de algún tipo de migraña deben evitar las tensiones, y aconseja el recurso de ir descubriendo algún motivo que sea a la vez un reto para lanzar a la vida.
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Es verdad: no lo dice Oliver Sacks, lo dice un paciente en uno de los múltiples testimonios que el libro contiene. ¿Qué deseo para este 2009 que comienza? Sólo que haya menos desesperanza y más oportunidades en la vida. He buscado en el libro de Sacks algo que haga referencia a la vida cotidiana, donde abundan por todas partes los demonios, pero no dice gran cosa. ¿No hay alguna alternativa para aquellos que verdaderamente la necesitan que pueda llegar a su vida diaria? No lo he encontrado –por lo menos yo no lo he encontrado— en las fórmulas que ofrece la terapia convencional.
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Sigue siendo muy fácil deshacerse de los pacientes reexplicándoles que todo lo que sienten, que todos sus síntomas y miedos se deben a la tensión y que pierden kilos (como un personaje de Stephen King), porque es la tensión lo que provoca que el cuerpo queme calorías.
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Las terapias se convierten así en parte de la ficción.
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Escribo estas cuantas líneas porque hemos dejado otro año allá, en la parte de atrás; no así lo que uno retendrá en la mente durante el tiempo que de vida nos reste. Ojalá sean muchos años para todos nosotros. Y escribo esto precisamente porque tenemos un año más por delante. Venzamos los retos que se nos imponen. Es cuestión, como lo aconsejan los terapeutas, de querer, de fijarse metas. Yo lo tengo presente, aunque sé bien que no es fácil.
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La lectura de Migraña me ha dejado un sentimiento de relajación espiritual, algo así como cuando salía de mis rutinas de yoga. Lo que no sé es si esto será transitorio. Por lo pronto hay que esperar un buen 2009, sin asesinatos en el país y sin impunidad en donde quiera que se presente la injusticia.
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Oliver Sacks, a través de Migraña, me ha dejado una enseñanza enorme: ahora entiendo muchas cosas y trato de –simplonamente, si se quiere— “vivir con lo que me toca vivir”.
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Nada es mágico.
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Qué hacer –independientemente de lo que plantea Oliver Sacks– ante todo lo que nos daña?
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Los libros de autoayuda, que han dejado de funcionar. No hay recetas para ser felices. Para muchas cosas no hay remedio.
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Todo habrá que buscarlo. Que este próximo 2009 seamos un poco más felices. Ante el dolor creer, cada quien a su manera, en Oliver Sacks. Bueno, si el lector cree conveniente leerlo. En mi caso ha funcionado bien.
Nunca mires atrás
Diario Milenio-México (23/12/08)---
Para muchos, diciembre representa el regreso a casa. Ya desde lugares recónditos o desde la otra esquina del barrio, ya cruzando fronteras o, cuando no hay de otra, desde la imaginación más arbitraria, la peregrinación hacia lo que se presume es el lugar del origen constituye una marca del doceavo mes del año. Allá vamos todos cuando todo se termina: a casa. De ahí salimos luego, recuperados o llenos de angustia, como si se tratara de otro inicio. Seguramente por eso me he declarado ya desde hace tiempo una decembrista convencida. Me gusta tocar a la puerta y hacer lo que las familias hacen cuando se reúnen: comer y hablar (no necesariamente en ese orden), que son los dos verbos que usamos con mayor frecuencia para reconocernos y, luego entonces, para producirnos como familiares, es decir, como descifrables. La historia, como todos aquellos que odian diciembre lo saben muy bien, casi nunca es tan armónica ni tan feliz. El hogar suele ser un espacio también teñido de oscuridad y conflicto, cuando no de perversidad o de franca extrañeza.
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En algo similar pensaba con toda seguridad la teórica Sara Ahmed cuando, en su libro Encuentros extraños 1, abogaba por una definición del hogar que, lejos de descartar la presencia del extraño, o de colocarla de manera esquemática en el espacio del no-hogar que es la migración (o el nomadismo), la incorporara como uno de sus polos definitorios. El extraño es extraño, después de todo, porque se aproxima. Si el allá es concebible, entonces no queda tan lejos (ni simbólica ni materialmente). En lugar de caer en tal dicotomía, pues, Ahmed propone plantearse y responder las siguientes tres preguntas para poder definir cuál o qué es el hogar de alguien: el lugar donde la persona vive, el lugar donde vive la familia, el lugar de origen. De la interrelación, con frecuencia compleja cuando no dolorosa, de estas tres variables, surgiría un concepto de hogar que es a la vez histórico y sensorial. Alguien puede vivir en el mismo lugar que se familia y dentro de los confines de una misma nación. Alguien, por otra parte, puede vivir en una localidad donde no vive su familia y dentro de la cual recuerda el allá de su hogar, en el sentido de lugar de origen. Las combinaciones son, por supuesto, tan variadas como el desplazamiento trasnacional lo permita o requiera o imponga.
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Por eso es posible imaginar cómo, para el que migra, la cuestión del hogar no sólo incluye una dislocación espacial sino también temporal. El hogar no sólo está allá, sino también en el pasado (que es donde reside el allá, para cuestiones cotidianas del migrante). El hogar, luego entonces, deviene cuestión de memoria y, por devenirlo, resulta también una cuestión imposible. ¿Puede un cuerpo regresar a la memoria? Como dice una de las informantes, de cuyas palabras echa mano Ahmed para ponerle palabras humanas a su investigación: “En Londres iba a “casa” al terminar el día. Durante las vacaciones venía a “casa” a Paris, con la familia. Y una vez cada dos años, íbamos a “casa” a la India. India era nuestro “verdadero hogar” y, sin embargo, paradójicamente, era el lugar donde ya no teníamos casa propia. Siempre nos quedamos como invitados”. Lo más verdadero, gracias a la migración, es lo más falso. Lo más propio resulta, luego entonces, lo más ajeno. El hogar es así el lugar donde el reconocimiento es más difícil. Tal vez por eso se toma y se come y se platica sin cesar en esas reuniones familiares: no porque todo nos resulte familiar, sino porque, a fuerza de extrañeza, nada lo es. Repetir sin cesar las narrativas familiares en fechas umbral es lo que, sin duda, nos vuelve si no menos extraños ante aquellos a los que nos une además de la genética una historia y un espacio compartido (ahora en la memoria) por lo menos un poco más legibles. Supongo que más de una copa navideña se alza, en realidad, en un brindis por tal legibilidad.
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Contrario a gente que, como Braidotti o Chambers, teóricos que han asociado al hogar con una identidad fija y a la migración o el nomadismo con la posibilidad de la formación de identidades fluidas, cuando no trasgresoras, Ahmed sostiene que ni el hogar es tan fijo como se cree ni el que se va, ya sea por razones elegidas o impuestas, entra en un proceso desidentatario de manera automática. El que migra se aleja, por cierto, pero por lo mismo, se acerca a algo más. Ese proceso de extrañamiento es, según Ahmed, un proceso identatario que se desarrolla sobre todo en la piel. El hogar, es pues una suerte de piel social y memoriosa, y cualquier transformación en ese habitar recae y es registrado por el cúmulo de sensaciones que hacen del cuerpo un cuerpo habitado y de la habitación (en el sentido de proceso) un fenómeno corporal.
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Supongo (¿espero?) que pocos además de Sara Ahmed se ponen a pensar en todo eso cuando sacan el boleto de avión o hacen las maletas o envuelven el platillo que llevarán a ese verdadero hogar donde ahora sólo son invitados. Supongo que menos todavía se quedarán impávidos en la sala del aeropuerto cuando se den cuenta, con terror o alivio, o lo que es peor: con ambos, que tal como lo atestigua la misma informante de Ahmed: “Había siempre algo reconfortante y familiar alrededor de los aeropuertos y terminales aéreas. Me daban una sensación de propósito y de seguridad. Estaba ahí con un destino definitivo: usualmente el hogar, en algún lado”. En todo caso, para los que van o los que regresan o los que se quedan haciendo un lugar de ese no-lugar que es el aeropuerto, el mismo consejo: nunca miren atrás (entre otras cosas, porque es imposible, nada más).
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1 Sara Ahmed, Strange Encounters. Embodied Others in Post-Coloniality (London and New York: Routledge, 2000).
sábado, diciembre 20, 2008
Al amigo
Si en la luna de febrero me arrancara
el vello y el pelo que me cubren del frio,
será porque el calor emanado de tu sentimiento
me es suficiente para evitar el refugio.
-
Si he decidido abandonar las herramientas,
siempre tan frías e inhumanas,
es porque no hay mejor forma de progreso
que tu sanchesca compañía.
-
El día que la poesía abandone mi pluma,
melancólica,
habré encontrado la belleza en tu mirada
profunda, avasalladora y milenaria.
-
El año en que las estrellas dejen de maravillarme,
entonces tus manos habrán dibujado,
en nuestro camino,
el trazo que ni Dios ha logrado.
-
Pero, si acaso, un día, sólo uno,
equivoco el camino, te pido tomes la espada
y como a un traidor me otorgues la muerte,
y así convertirme en los restos
que tu calor convertirá en cenizas,
para después convertirme en el fénix
que corregirá el vuelo.
-
Pero si, de nuevo, fallo,
no me des la muerte,
dame la indiferencia.
No hay mayor pena en vida,
que andar los caminos,
teniendo a la sombra como amiga.
el vello y el pelo que me cubren del frio,
será porque el calor emanado de tu sentimiento
me es suficiente para evitar el refugio.
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Si he decidido abandonar las herramientas,
siempre tan frías e inhumanas,
es porque no hay mejor forma de progreso
que tu sanchesca compañía.
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El día que la poesía abandone mi pluma,
melancólica,
habré encontrado la belleza en tu mirada
profunda, avasalladora y milenaria.
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El año en que las estrellas dejen de maravillarme,
entonces tus manos habrán dibujado,
en nuestro camino,
el trazo que ni Dios ha logrado.
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Pero, si acaso, un día, sólo uno,
equivoco el camino, te pido tomes la espada
y como a un traidor me otorgues la muerte,
y así convertirme en los restos
que tu calor convertirá en cenizas,
para después convertirme en el fénix
que corregirá el vuelo.
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Pero si, de nuevo, fallo,
no me des la muerte,
dame la indiferencia.
No hay mayor pena en vida,
que andar los caminos,
teniendo a la sombra como amiga.
En una madrugada de diciembre
Estos días han sido diversos, desde el pesado y aburrido cierre de semestre, pasando por el café compartido en alguna ciudad de Puebla con Pedro Ángel Palou, Sampedro y mi novia Carmen, y antes el breve recorrido que hice con mi amada mujer en el Complejo Cultural Universitario de la BUAP (sorprendentemente hermoso, sólo espero que sepan darle uso).
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Las tensiones siempre crean conflictos entre las amistades y las parejas, este cierre provocó pequeñas riñas –no graves- entre Carmen y yo, pero supimos salir avante, somos un buen equipo, sin duda alguna, nos queremos mucho.
Las tensiones siempre crean conflictos entre las amistades y las parejas, este cierre provocó pequeñas riñas –no graves- entre Carmen y yo, pero supimos salir avante, somos un buen equipo, sin duda alguna, nos queremos mucho.
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Otras de las grandes maravillas de las que estoy gozando este cierre de año, es el continuar reseñando libros para mi columna que mantengo en El Columnista lo que me va disciplinando en mi lectura, que cada día se va actualizando, más de lo que ya estaba y desde luego, sigo descubriendo a mi ritmo a esos libros que todos osan en llamar: indispensables, sagrados, importantes. Carmen me ha regalado hace meses atrás, pero apenas le encontré el momento apropiado, el libro más emblemático de Cortázar: Rayuela; y por mi cuenta, he decidido que es chance darle su oportunidad a Octavio Paz: El laberinto de la soleda. Ya está de regreso Pedro Ángel, buen momento para tomar a uno de sus escritores favoritos, para después discutirlo con él, al menos en la parte de ensayo., Luego vendrá el poeta, que es quizá, la parte que menos me llama la atención de Paz.
Otras de las grandes maravillas de las que estoy gozando este cierre de año, es el continuar reseñando libros para mi columna que mantengo en El Columnista lo que me va disciplinando en mi lectura, que cada día se va actualizando, más de lo que ya estaba y desde luego, sigo descubriendo a mi ritmo a esos libros que todos osan en llamar: indispensables, sagrados, importantes. Carmen me ha regalado hace meses atrás, pero apenas le encontré el momento apropiado, el libro más emblemático de Cortázar: Rayuela; y por mi cuenta, he decidido que es chance darle su oportunidad a Octavio Paz: El laberinto de la soleda. Ya está de regreso Pedro Ángel, buen momento para tomar a uno de sus escritores favoritos, para después discutirlo con él, al menos en la parte de ensayo., Luego vendrá el poeta, que es quizá, la parte que menos me llama la atención de Paz.
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Hablando de poetas, gracias al regalo que me ha hecho Pedro –el ciclo poético Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot- ahora he comprado la reunión poética que hicieron hace no mucho en Siruela: En la llama, ya sólo falta tener Del no mundo, para hacerme de toda su poesía y leerlo de lleno. Desde que me lo presentó Pedro Ángel, no he dejado de buscar información de Cirlot, desafortunadamente en México no hay mucho de él –aunado a que se le conoce más como el hacedor del Diccionario de Símbolos, pero no en su fase poética-, razón que le ha llevado a Carmen a reanimarme para aventarme una tesis sobre Cirlot, debido a que sería un tema nuevo en México y quizá me abriría la oportunidad para buscar en una beca en España. La idea me gusta, pero prácticamente toda la bibliografía de Cirlot se consigue en España, casi no hay nada en este lado del charco.
Hablando de poetas, gracias al regalo que me ha hecho Pedro –el ciclo poético Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot- ahora he comprado la reunión poética que hicieron hace no mucho en Siruela: En la llama, ya sólo falta tener Del no mundo, para hacerme de toda su poesía y leerlo de lleno. Desde que me lo presentó Pedro Ángel, no he dejado de buscar información de Cirlot, desafortunadamente en México no hay mucho de él –aunado a que se le conoce más como el hacedor del Diccionario de Símbolos, pero no en su fase poética-, razón que le ha llevado a Carmen a reanimarme para aventarme una tesis sobre Cirlot, debido a que sería un tema nuevo en México y quizá me abriría la oportunidad para buscar en una beca en España. La idea me gusta, pero prácticamente toda la bibliografía de Cirlot se consigue en España, casi no hay nada en este lado del charco.
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Se viene la navidad y es distinta para mí, hace años que no disfrutaba estas fechas de otra manera, no es lo mismo el poeta y su musa en sueños, que un poeta con una musa carnal, táctil. Hasta me da menos hueva cerrar el año, aunque ella sea un poco grinch, así me gusta. Eso nos otorga el nivel necesario para darle existencia a la armonía.
Ahora un poema de Cirlot, pertenece al poemario: Oda a Ígor Strawinsky y otros versos (1944).
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A María del Carmen
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Si sólo pudieses acercarte,
venir a este sollozo que sufre y permanece.
Si sólo pudieses, desde lejos,
mirar este desierto,
esta calma sin manos, este cuerpo
yacente, sin piernas, debatiéndose.
-
Si solamente pudieras oírme,
si acaso, sólo, pudieras oír cómo te amo
sin alas, sin agua, sin labios
cómo te amo, ¡sí, sólo cómo te amo!
-
Pero tú desconoces mi existencia
y vas perdiéndote en mi propio desamparo.
Tú desconoces el paisaje y se levante
cada una de estas miradas rotas.
-
Y vives en una casa sin puerta ni ventanas
y no me oyes llorar cuando atardece
y no adviertes la sangre que mancha tu vestido.
Se viene la navidad y es distinta para mí, hace años que no disfrutaba estas fechas de otra manera, no es lo mismo el poeta y su musa en sueños, que un poeta con una musa carnal, táctil. Hasta me da menos hueva cerrar el año, aunque ella sea un poco grinch, así me gusta. Eso nos otorga el nivel necesario para darle existencia a la armonía.
Ahora un poema de Cirlot, pertenece al poemario: Oda a Ígor Strawinsky y otros versos (1944).
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A María del Carmen
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Si sólo pudieses acercarte,
venir a este sollozo que sufre y permanece.
Si sólo pudieses, desde lejos,
mirar este desierto,
esta calma sin manos, este cuerpo
yacente, sin piernas, debatiéndose.
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Si solamente pudieras oírme,
si acaso, sólo, pudieras oír cómo te amo
sin alas, sin agua, sin labios
cómo te amo, ¡sí, sólo cómo te amo!
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Pero tú desconoces mi existencia
y vas perdiéndote en mi propio desamparo.
Tú desconoces el paisaje y se levante
cada una de estas miradas rotas.
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Y vives en una casa sin puerta ni ventanas
y no me oyes llorar cuando atardece
y no adviertes la sangre que mancha tu vestido.
jueves, diciembre 18, 2008
“El Jardín devastado”-(Columna "El Guardián del diván"-Diario “El Columnista” de Puebla- 17/12/08)
Hace unos meses Jorge Volpi retornaba a escribir sus colaboraciones en la página de internet el Boomeran(g) del grupo Prisa, del cual forman parte el diario El País y la editorial Santillana (una de sus ramas es Alfaguara). La primera vez que Volpi escribía en éste espacio, mantenía un blog al estilo diario, los temas eran diversos. Ahora, el motivo tenía como fin escribir, cito al mismo Volpi: “Escribir de nuevo. No otra novela -cualquier novela- sino una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos. Una aventura que sea, también, una negación. Un ejercicio de escritura, una forma de aprender a escribir de nuevo a un año de haber concluido la trilogía (...). No pretendo un nuevo inicio: el lugar común me desquicia. Necesito, eso sí, cierta distancia. Medirme. Luchar contra mí mismo. Entrever qué ha quedado de mí después de este proceso o al menos imaginar qué puedo escribir a partir de ahora”; las entradas del blog después se convirtieron en la novela denominada “El Jardín devastado”.-
Este ejercicio que Volpi se propuse se me antoja como una mezcla entre el siglo XIX: las novelas por entregas, a través de suplementos culturales y el XXI: leer la obra antes de poder verla impresa, acción que se propicia con la existencia de los blogs.
Este ejercicio que Volpi se propuse se me antoja como una mezcla entre el siglo XIX: las novelas por entregas, a través de suplementos culturales y el XXI: leer la obra antes de poder verla impresa, acción que se propicia con la existencia de los blogs.
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Aquí Volpi va entregado lo que será su novela y hace al lector parte del proceso, pues también se fue enterado de las lucubraciones que dicho proyecto le fue provocando. Al leer “El jardín devastado” uno se hallará ante esa mezcla, bien lograda, que Volpi se planteó como meta al inicio del proyecto, hacer una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos, que en su conjunto conforma una novela. Por su estructura se lee de manera rápida, sin perder la calidad. Volpi vuelve a plasmar su estilo: una prosa-poética sumamente rítmica, suave, ágil y fulminante. No hay parte a lo largo de la obra que ataque al lector con una “verdad” intensa y avasalladora. Cada novela de Volpi es una abrumadora frase de largo aliento. En esta novela Jorge vierte todas las experiencias -producto- de los viajes que ha realizado a lo largo de su vida, y que según él, lo llevaron a hablar sobre su regreso a México, del cual ya transcurrió justo un año de que volvió a su patria, nuestra también (¿de hienas y fantasmas?), y como era de esperarse, el viaje le devolvió, más bien, al pasado.
Aquí Volpi va entregado lo que será su novela y hace al lector parte del proceso, pues también se fue enterado de las lucubraciones que dicho proyecto le fue provocando. Al leer “El jardín devastado” uno se hallará ante esa mezcla, bien lograda, que Volpi se planteó como meta al inicio del proyecto, hacer una bitácora, una combinación de memoria, ficción, aforismos, que en su conjunto conforma una novela. Por su estructura se lee de manera rápida, sin perder la calidad. Volpi vuelve a plasmar su estilo: una prosa-poética sumamente rítmica, suave, ágil y fulminante. No hay parte a lo largo de la obra que ataque al lector con una “verdad” intensa y avasalladora. Cada novela de Volpi es una abrumadora frase de largo aliento. En esta novela Jorge vierte todas las experiencias -producto- de los viajes que ha realizado a lo largo de su vida, y que según él, lo llevaron a hablar sobre su regreso a México, del cual ya transcurrió justo un año de que volvió a su patria, nuestra también (¿de hienas y fantasmas?), y como era de esperarse, el viaje le devolvió, más bien, al pasado.
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Tres personajes son los principales: Ana, Laila y el Narrador, sobre los que descansa la argumentación de la obra. Carlos Alatriste en su blog (carlosalatriste.blogspot.com) nos regala reflexiones que constituyen a la novela: en Laila/Oriente/ Islamismo. Búsqueda y aproximación/Movimiento hacia el otro. Mito y fatalidad. En Ana/Occidente/Cristianismo. Huída y distanciamiento/Movimiento desde el otro. Racionalidad y desencanto. Y en el Narrador/Centro/Ateísmo. Regreso e inmovilidad/Desinterés por el otro. Irracionalidad y odio.
Tres personajes son los principales: Ana, Laila y el Narrador, sobre los que descansa la argumentación de la obra. Carlos Alatriste en su blog (carlosalatriste.blogspot.com) nos regala reflexiones que constituyen a la novela: en Laila/Oriente/ Islamismo. Búsqueda y aproximación/Movimiento hacia el otro. Mito y fatalidad. En Ana/Occidente/Cristianismo. Huída y distanciamiento/Movimiento desde el otro. Racionalidad y desencanto. Y en el Narrador/Centro/Ateísmo. Regreso e inmovilidad/Desinterés por el otro. Irracionalidad y odio.
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En el blog, Volpi hace notar su preocupación por no superar su trilogía, pero aseguro que Volpi no deberá preocuparse por su escritura, en cada libro publicado se va superando.
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El diván festivo
En el blog, Volpi hace notar su preocupación por no superar su trilogía, pero aseguro que Volpi no deberá preocuparse por su escritura, en cada libro publicado se va superando.
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El diván festivo
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Las vacaciones ya están encima. Les deseo que pasen estas fiestas decembrinas con sus seres queridos y encuentren por un momento la paz, que la economía mundial y nuestros dirigentes locales están lejos de otorgarnos. Nos vemos en enero.
Las vacaciones ya están encima. Les deseo que pasen estas fiestas decembrinas con sus seres queridos y encuentren por un momento la paz, que la economía mundial y nuestros dirigentes locales están lejos de otorgarnos. Nos vemos en enero.
martes, diciembre 16, 2008
Los libros solos
Diario Milenio-México (16/12/08)---
¿Por qué uno encuentra los libros que encuentra al azar? No lo sé. ¿Qué incita a la mano a lanzarse hacia un rectángulo de papel y no otro? Tampoco lo sé. ¿Cómo es que el ojo salta, despavorido o alegre, en todo caso emocionado, y el corazón empieza a latir con fuerza repentina nada más a su contacto? Supongo que la respuesta a estas interrogantes, de existir, está a la vista de todos, es decir, dentro del proceso de lectura de esos libros que se presentan sin anuncio o recomendación, desnudos.
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Peregrinary, poems by Eugeniusz Tkaczyszyn-Dycki, translated from the polish by Bill Johnston, (Brookline, MA: Zephyr Press, 2008).
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Era una tarde de otoño, debería decir. El aire, que ya era fresco, invitaba el remolinear de los pájaros. Se antojaba un café, una charla, un buen saludo de mano: algo cálido y humano. Algo aquí. El libro apareció en ese contexto. No buscaba nada en realidad y, tal vez por eso, la palabra Peregrinary llamó mi atención. Más cercana al latín (peregrinare) que al inglés coloquial (peregrination). Más cercana a este ir de un lado a otro por mucho tiempo y en tierras muy remotas sin entender demasiado pero con devoción. Más cercana a esto. Asumo que fue por eso que tomé el libro, el cual contiene fragmentos de nueve libros anteriores, y que fui, sin pensarlo demasiado, hasta Wólka Krowicka, cerca de Lubaczów, justo en la frontera entre Polonia y Ucrania. Ahí donde nació, en 1962, Eugeniusz Tkaczyszyn-Dycki, un nombre, si hay que creerle al traductor Bill Johnston, de difícil pronunciación incluso para los polacos. Dycki, pues, para los iniciados. Dycki para los que saben que, como fronterizo, creció hablando un dialecto local hasta que la educación formal, justo en la secundaria, lo hizo optar por el polaco propiamente dicho. Dycki, pues, para los que saben que tal “opción” partió a su familia en dos y a sus poemas en miles de pedazos. En “Manantial”, un poema de Guía para los vagabundos cualesquiera que sea su lugar de residencia (2000), por ejemplo, esto: “es el otoño Señor y no tengo hogar/ cuando llego a la región de Prezemysl/ para escarbar dentro de mí y dentro de aquellos cercanos a mí/ cuando me cuentan la historia de quien cortó a quien// en pedazos con un hacha ucraniana o polaca quien/ aventó a quien en la noria cerca de la que paso/ para escarbar dentro de mí descubrir mi verdadera/ esencia pero primero bebo el agua refrescante de esa noria// le doy crédito a la historia de mi familia y bebo de ella/ como de un manantial que formo desde la profundidad de la historia/ sobre los monstruos en ambos lados del espejo y no he sido/ inocente tampoco desde que empecé a escribir en polaco contra quién”.
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De uno a otro (extracto de) libro incluido en Peregrinary, es claro que Dycki, como todo escritor verdadero, ha permanecido fiel a un puñado de temas que no cambian con el tiempo. Las obsesiones son obsesiones son (y lo demás es la falsa novedad del mercado). La enfermedad, la muerte y la poesía aparecen ingrávidas en el primer verso de Neni y otros poemas (1990), la selección que abre esta antología, así como aparecen, aparentemente igual aunque una lectura cuidadosa los verá por fuerza como distintos, en los versos de La historia de las familias polacas (2005), el último libro incluido en esta selección. En construcciones dan la apariencia de ser sonetos (sin serlo del todo), escuetos y confesionales (aunque en un sentido distinto a los personalísimos versos de Szymborska, por ejemplo), Dycki habla de discute entra en el cuerpo que cae. En “Atragantado de sí mismo va directo al cielo”, un poema del tercer libro incluido aquí, expresa: “guerrea contra mí y vencerás/ cada día saldrás victorioso/ y cada día derrotado el momento en el que llamo/ a los muertos por su ayuda// es mi ocupación favorita convocar a los muertos”. Y así lo hace, una y otra vez, la poesía convertida en el canal misterioso y carnal por el que pasan sus cuerpos: “antes de que descubriera tu muerte en el cuarto/ en el onceavo piso y viera en el asombro/ de tu desnudez y antes de que descubriera que la muerte es una cosa/ que viene después del desayuno comida y cena// me di cuenta de que el que yacía frente a mí/ en los aposentos de la noche de ayer y el que yacía entre azucenas/ era mi amigo mi fisiología era sobre todo/ mi amigo y mi fisiología// una cosa que es sagrada”.
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En otra maniobra que a ojos mordaces o poco adiestrados pudiera resultar repetitiva pero que no lo es, Dycki inicia sus poemas dos o tres veces con el mismo verso e, incluso, con la misma estrofa. Sólo la lectura completa y atenta del poema revelará la manera en que los vocablos, que son los mismos, han cambiado, saturándose de otra materia e iniciando un peregrinaje distinto. Tal vez por eso dice: “mi hermana Wanda trae una azucena de su caminata/ mientras yo escribo un poema acerca de la muerte/ y escribo ese poema otra vez desde el inicio/ y soy incapaz de terminarlo”. Y tal vez por eso nos recuerda en otro poema: “Te hablaré de la muerte en mi imperfecta/ lengua reconocida por su imperfección”, y aún en otro: “uso el lenguaje con dificultad (soy/ un poeta contemporáneo)”. En el lenguaje y por el lenguaje, la muerte transpira en cada cosa (sagrada) que aparece en los poemas de Dycki, y luego esa muerte, la misma muerte, se ve a sí misma y, viéndose, mira al lector con sus ojos transparentes.
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Podría decir que fue la palabra frontera en “en nuestro pequeño pueblo fronterizo (que queda/ sobre un pequeño río y otro pequeño/ río) la muerte aparecería los lunes/ en día de mercado cuando hay mucho de donde escoger”. O que fue la palabra libro como en: “la nieve para ti no es ese mundo ingeniosamente/ o prácticamente imaginado/ desde que te mudaste a un sueño/ para escribir un libro muy separado”. O la plegaria: “la incredulidad es ese lugar milagroso/ que abandono todos los días por alguien más”. Pero en realidad quiero creer que fueron esos ojos transparentes los que me miraron a través de las hojas del libro y a través de las hojas del otoño mientras yo pasaba por ahí sin saber a ciencia cierta que lo esperaba, o mejor, que no lo esperaba oír diciéndome “escarba aquí, dentro de ti y dentro de los tuyos en esa lengua imperfecta, reconocida por su imperfección, que es donde se hacen los libros solos”.
lunes, diciembre 15, 2008
Gana Ignacio Padilla el Juan Rulfo de cuento
Se alzan el mexicano y el estadounidense Jorge Dávila Miguel con el premio por sus respectivas obras Los anacrónicos y La mensajera ---
El Universal/Cultura
París, Francia
Lunes 15 de diciembre de 2008
08:08
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El mexicano Ignacio Padilla y el estadounidense Jorge Dávila Miguel (nacido en Cuba) se alzaron hoy en París con el premio Juan Rulfo 2008 en la categoría de cuento, por sus respectivas obras Los anacrónicos y La mensajera.
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Los premiados, que recibirán cinco mil euros (unos seis mil 750 dólares), se impusieron a otros 485 candidatos que enviaron sus textos al concurso convocado por la cadena "Radio Francia Internacional", el Instituto Cervantes, el Instituto de México en París, la Casa de América Latina el Colegio de España y Le Monde Diplomatique.
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En Los anacrónicos, de Padilla, "la celebración solemne y pomposa de una victoriosa batalla, da lugar al despliegue de torvas pasiones entre los miembros de la asociación de ex combatientes", lo que recrea "un mundillo de honores y medallas de pacotilla que el narrador, con violento sarcasmo, desmitifica", indicó el jurado
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La mensajera de Dávila, por su parte, es una obra "con un lenguaje sobrio y preciso" en el que "el narrador sitúa los hechos en un país africano en guerra", explicó el jurado cuando anunció el premio en un comunicado.
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Este relato versa sobre "la construcción de una balsa capaz de transportar material bélico de una orilla a otra, en miras de una próxima batalla", que "se erige en el épico desafío de un simple sargento", agregó.
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Por otro lado, la argentina Lidia Barugel ganó en la categoría de novela corta por su obra Otilia Umaga, la mulata de Martinica.
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En el apartado de fotografía de la Unión Latina, fallado en el mismo evento, el galardón fue a parar a la venezolana Katrina Fernández Dusterville por la serie Isabel y al español José Ramón Moreno Fernández por Deshabitaciones.
Ese viejo fascismo emocional
Diario Milenio-México (15/12/08)---
1 Enreglarse o arreglarse
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Es un hecho que a uno las reglas le fastidian. Aun sabiendo que su puntual seguimiento le acarreará en teoría beneficios concretos, la idea de romperlas es por algún motivo más seductora. Hay quienes creen, de paso, que la mera idea de acatar las reglas es sinónimo de vejez, cobardía o estupidez. Nada hay más fácil que burlarse del que siguió las reglas, en la medida que esto se lleve a cabo según el protocolo correspondiente. ¿O es que cree el romperreglas a ultranza que su capricho no obedece a ninguna? Habría que ver la cantidad de pobres diablos que gozan admirando al romperreglas porque al hacerlo elige perder, y de esa forma se les empareja. Si todos la cagamos al unísono ya no habrá un perdedor, ni un responsable, ni un culpable por toda esa inmundicia, pero igual seguirá operando el reglamento, y al cabo la manada de rompedores habrá de obedecer a las reglas propias de la manada, que no son justamente las más liberadoras, ni las más democráticas, ni las más justas.
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Claro, hay reglas idiotas. Ahora mismo, también, hay idiotas que escriben reglamentos. Menudean, también, quienes sólo hacen uso de esos instrumentos con la idea de negociar su aplicación. Todos aquí crecimos en mitad de esa mierda, tanto que nunca faltan quienes suspiran en voz alta por ella. Reglamentos inaplicables en las manos de autoridades más o menos flexibles, cuyas reglas son a menudo más arbitrarias que las del código que se quiso evadir. “Si de camino lo para otra patrulla, dígale que viene en X-2”, concede el policía de tránsito al automovilista recién extorsionado, que con ese pequeño salvoconducto se sentirá por media hora a salvo del reglamento que oprime a los otros. A menos que una nueva patrulla lo detenga y el agente le diga que no sabe qué es eso de equis dos. ¿O es que trae un papel, un oficio, un documento que le dé validez a esa visión de la clave de impunidad ciudadana, que por lo visto no es más que una prueba de corrupción cumplida? ¿Qué necesidad tienen las reglas no escritas de ser mejores que las escritas? ¿Cómo se evita que una regla no escrita sea alevosa, manipuladora y autoritaria, si de entrada no existe apelación posible?
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2 Chiquero en libertad
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“Los altos se pasan con criterio”, reza un adagio hijo de ese gusto chilango por la diaria anarquía. Hoy más que nunca esas palabras tienen sentido. Hay que ser muy ingenuo para detenerse ante una luz roja entre calles vacías a media madrugada, a sabiendas del riesgo que se corre con ello. Pues lo cierto es que en calles como las nuestras no son precisamente las reglas las que operan, empezando por las del código penal. Prefiere uno romper una pequeña regla, si con eso se libra de que otro rompa una de las grandes a sus costillas. ¿Con qué cara —se increpan los chilangos sobrerreglamentados— nos piden que evitemos las infracciones, cuando ellos no han sabido evitar los crímenes, ni siquiera en sus propias corporaciones, donde están enquistados varios de sus mayores promotores? Lo dicho, la pocilga es hospitalaria. Consuela descubrir que es posible vivir apestando. Ay del primer traidor que se dé un baño.
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No se puede pedir a una multitud que juzgue a gritos la pertinencia de una cierta regla. No obstante, es muy sencillo convencer a la masa de romperla. Insisto, no nos gustan. Muchos las obedecen por no tener que pagar consecuencias, pero las multitudes suelen ser impunes. En medio de ellas puede uno cometer toda suerte de tropelías extremas, si es que los otros están en lo mismo. Se trata de romper, mejor aún si no se sabe qué, ni por qué, ni menos para qué. Cada quién sabe lo que trae en el costal, ningún trabajo cuesta transferir frustraciones y agravios personales a las cuentas pendientes del montón, y a partir de ese punto echar abajo cuanta regla se interponga. Quienes creemos que la pena de muerte constituye una regla inaceptable, menos aún daríamos por buenas las reglas que conducen al linchamiento, donde el juicio lo ejerce la falta total de éste.
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3 Valientes del montón
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Quien no entienda la lógica de los pogromos —vecinos masacrando a sus vecinos: la libertad del odio desatado— tendría que ponerse en el lugar de quienes por un día se miran más allá de toda regla. Saquear, robar, allanar, torturar, violar, matar: todo está permitido, pero sólo por hoy. Aprovechen, honestos ciudadanos. ¿Cuántos son los valientes que se niegan, y con ello se arriesgan a sufrir justo lo que no quieren ocasionar? ¿Cuántos serían capaces de cortar un cuello tan sólo por probar que no son los cobardes que son? No es un horror tan raro, si se le piensa. Algo muy similar sucedía en el universo infantil, y en algunos creció al llegar la adolescencia. En el imperio estólido del montón, es común que el cobarde haga mofa del valiente, y que al cabo entre todos lo llamen a él cobarde. A coro, por supuesto. Si el letrero me pide que no maltrate las flores, arranquémoslas todas entre todos. ¿Reglitas a nosotros? Sólo eso nos faltaba.
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No me parece cosa de risa que quienes han llegado al poder con la misión expresa de defender los derechos de los más débiles acepten acatar las reglas básicas de la civilidad. ¿Tendría eso que ser una noticia? Graciosa es, para el caso, la obediencia de tantos desobedientes oficiales cuando llega la hora de cuadrarse ante el dogma; pero no ese fascismo emocional que espera de los hombres del poder que quebranten las reglas que nos protegen de ellos, so pena de juzgarlos cobardones y colaboracionistas. Conducta pertinente entre furcia y cafiche, no entre quienes se encargan de crear, revisar y aprobar las reglas que nos rigen y limitan. Si de por sí es difícil hacer caso a las reglas, a ver a quién va a querer respetar reglamentos firmados por rufianes.
Bettie, la bella
Diario Milenio-México (15/12/08)---
—¿Mmmhhhh?
—Perdón pero… se murió Bettie Page.
La respuesta, con otra pregunta, se produce en voz tierna y tenue, adormilada.
—¿Bettie Page? Mmmmhhh… ¿Y ésa quién era?
—La pin-up de los 50. La de La vida invisible.
—Mmmhhh… ¿Qué es La vida invisible?
—Una novela que te gustó mucho. De Juan Manuel de Prada…
—Ah, sí… Es bueno Juan Manuel de Prada.
—Ajá.
—…
—¿Cómo ves? ¿Daré la nota en la tele?
—¿De la Bettie esa?
—Ajá.
—No creo. Es de esas cosas kitsch exquisitas que nomás te interesan a ti.
—Y a Juan Manuel de Prada.
—…
—¿Entonces no?
—No.
—Bueno. Gracias.
Y regresa mi mujer a su sueño envidiable. Y me deja con la obligación de tener que levantarme a trabajar y con la frustración de no poner homenajear a Bettie, la bella, en cadena nacional. Y, claro, con la pena infinita de que ya no more ella en este mundo, ése que un día fue todo suyo.
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Bettie May Page nació en 1923 en Jackson, Tennessee. Tras una infancia tan triste que casi se antoja un cliché —abuso sexual, abandono, orfanato—, hizo estudios de magisterio, los truncó, soñó con ser estrella de cine, fracasó y terminó por mudarse a Nueva York y emplearse como mecanógrafa. Tenía, eso sí, un punto a su favor: era bellísima. Tanto que a sus 27 años —edad harto avanzada para que una modelo de fotos eróticas comience su carrera—, un policía aficionado a la fotografía habría de descubrirla, desvestirla, retratarla y lanzarla a un estrellato acaso menos glamoroso que el que ella soñaba pero, de todos modos, más estimulante que la condena a dedicar ocho horas diarias a aporrear una máquina de escribir (cuando menos eso concedería ella misma, décadas después).
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A lo largo de los 50, Page, Miss Glory, habría de dejarse fotografiar hasta el cansancio (suyo) pero nunca hasta la saciedad (nuestra) en toda suerte de situaciones lúbricas aunque púdicas (y es que, recatada antes que retacada, nunca protagonizó una escena de sexo explícito): imágenes y cintas súper 8 de un burdo y esquemático sadomasoquismo, portadas y centerfolds primero de revistas marginales y, después, de la mismísima Playboy, cuya edición navideña de 1955 presidía, devenida Señora Claus sin tapujos ni tapados ni frío. Después, el arrepentimiento, la predecible conversión al cristianismo (hasta misionera en África quiso ser, ella que tanto hizo por librarnos de la tiranía de la posición del misionero), la miseria y la oscuridad. Finalmente el revival en los años 80, cuando su alegre y apenas ridícula lascivia terminaría por hacerla mutar en objeto de culto. Es ahí donde entra el español Juan Manuel de Prada, quien basara uno de los personajes centrales de su prodigiosa La vida invisible en su figura, su persona y su historia, quien años antes incluso nos diera su mejor retrato verbal:
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Tenía una mirada desvalida que contrastaba con las pasiones un tanto calenturientas que suscitó y suscita. Tenía una sonrisa grande que sabía disfrazar con un mohín de picardía, y una dentadura húmeda que parecía susurrar ingenuas obscenidades. Tenía unas facciones ovales, tan redondeadas como el resto de su anatomía, enmarcadas por una melena de bruja bondadosa. Tenía los brazos mórbidos, a menudo velados por unos guantes de cuero negro que le trepaban hasta el codo, y unos senos nada neumáticos que se deshojaban sobre su cuerpo, si no había un sostén que los cautivara. Tenía un torso como de plastilina, adiestrado en mil y una danzas exóticas, que revelaba la arquitectura de sus costillas y la opulencia de sus caderas.
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Tenía en suma, dice De Prada —ya en La vida invisible—, la capacidad de lucir “increíblemente hermosa, increíblemente incontaminada por la sordidez de las situaciones que interpreta[ba]”.
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El secreto residía en la cabellera, ésa que el mismo escritor describe como “coronada por un flequillo al estilo de Louise Brooks”. Y es que, poseedora en sus años de gloria de una melena voluptuosa a lo Rita Hayworth y renegrida a lo Hedy Lamarr, la linda Bettie supo diferenciarse de toda vana vampiresa mediante la adopción del fleco coqueto e ingenuo que popularizara más de 20 años antes una actriz de poderío sexual igualmente enorme pero mucho menos evidente, aquella que encarnara la melancólica y transparente alegría del espíritu de la tierra para Pabst. Así la recordaremos, un poco Lulú y un poco Gilda, cifradas las deliciosas contradicciones de lo femenino en su bruna cabellera de india brava (pero buena).
El cajón del desastre-Fritz Glockner (Diario Cambio de Puebla-15/12/08)
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¿Dónde quedo? Pregunta que nos hacemos a cada instante, en cada momento, y obviamente más aún en los últimos días, sobre todo durante la semana pasada todos teníamos prisa, andábamos a las carreras, no existía segundo, minuto, hora que alcanzara, ¿para qué? Bien a bien no se sabe para que, pero de que andábamos a las carreras, andábamos. Tal vez y por que el viernes fue 12 de diciembre, clásico día de peregrinación, de reflexión, de promesas, de sacrificios, de refrendar los votos, eso si, el día guadalupano ya es sin duda alguna más espectáculo de TELEVISA que otra cosa, y como no, si la mayoría de los artistas acuden a cantarle las mañanitas a la virgen morena, aquella que se le presentó algún día al famoso indio Juan Diego, para ordenar que en el cerro del Tepeyac se le levantase un templo, y como todos sabemos así se hizo.
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Pero ¿qué queda de la verdadera devoción guadalupana? Más allá del exagerado espectáculo representado por los cantantes de moda, de las cámaras registrando minuto a minuto el sacrificio de los mexicanos hincados, las caras de sufrimiento que no han cambiado de año en año, y que más bien esa angustia se ve que va en aumento, los vestigios guadalupanos han sido arrinconados al cajón, en efecto, al del desastre, ¿a qué otro podría llegar?
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La desenfrenada prisa ha de tener en cuenta ese día precisamente; por que ya ha llegado la hora para comenzar a brindar, a desearse un mejor año, prepararse para los regalos navideños, como que todos entramos en un espasmo para poner buena cara al mal tiempo, ese que vaticina que nos va a ir de la chingada, pero que de momento es bueno creerse todo lo que nos dicen sobre bienestar, buenaventura, esperanzas a corto tiempo, total, por que no seguir creyendo, si de todos modos no hay manera de cambiarse de país, de ciudad, de estado, de planeta.
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Es por eso que la bolita sigue girando escondida en los pequeños recipientes, para que cada quien haga sus apuestas, que la ilusión óptica no nos maree, los cacicazgos en el estado están de a peso, la prepotencia de los presidentes municipales cuenta con el aval y la sinrazón de las autoridades estatales, ya ven, que si hubo un narco alcalde y todo felices, que si por allá hay otro que se atreve a madrear diputados y no pasa nada, por acá otro más es testigo de cómo un animador de las fiestas denigra a niños por 200 pesos y ni quien lo toque, que si el otro se fue de borracho cargando con los dineros públicos y la sanción es inexistente; para eso precisamente el gobierno del estado apoyo la producción de la filmación “Arráncame la Vida” la famosa novela de Ángeles Mastretta, la cual critica la impunidad del poder de los lejanos años cuarenta y precisamente ha sido financiada desde el actual poder impune, ¿qué ironías no? Me atrevo a invertir en una película que pone al descubierto las atrocidades de un Ávila Camacho, pero hoy yo puedo hacer y deshacer, corromper, proteger, chantajear, tal y como padeciera este estado hace ya 55 años atrás.
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Por último, cuando la bolita va de izquierda a derecha, nos llega la noticia del fallecimiento de Doña Amalia Solorzano viuda de Cárdenas, mujer historia, mujer testigo de los grandes acontecimientos nacionales, primero al lado del entonces Presidente de la República de 1934 a 1940, luego como sombra durante el actuar de aquel personaje hasta que éste falleciera en 1971, por que vaya que a pesar de ser expresidente nunca se quedo sentadito y calladito, luego apoyando a su hijo Cuauhtémoc en todas sus andadas, e incluso llego ver al nieto gobernador de Michoacán. Doña Amalia no lo aparentaba, pero opinaba, sabía, leía, no fue una clásica ama de casa, ajena a los acontecimientos políticos y sociales de su país, estuvo ahí, en la trinchera, sin ser protagónica, aún que eso no impidió que fuera protagonista de los sucesos importantes del siglo XX en nuestro país, y ahora es una noticia más de otra defunción en lo que va del mes.
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Mientras la bolita sigue oscilando escondida en los recipientes, todos deseamos que nuestra apuesta sea la mejor, dar con ella en el momento preciso para evitar lo que evidentemente nos viene para el 2009.
Mientras la bolita sigue oscilando escondida en los recipientes, todos deseamos que nuestra apuesta sea la mejor, dar con ella en el momento preciso para evitar lo que evidentemente nos viene para el 2009.
domingo, diciembre 14, 2008
Un fragmento, uno.
Telaraña
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Dios era una telaraña. Arrasada, no queda trazo, ni el más sutil, que nos sostenga. Se dispersaron los prójimos. Y todos sabemos cuán fútil es amarse a uno mismo.
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El jardín devastado. Jorge Volpi.
jueves, diciembre 11, 2008
Se nos hizo tarde
Diario Milenio-Puebla (11/12/08)---
En mi colaboración pasada anoté que presentaría la novela de Fritz Glockner editada por B, Se nos hizo tarde en el Complejo Cultural Universitario. Adelanté sólo un poco de lo que leería para la ocasión. Completo ahora –y lo comparto nuevamente con ustedes— mi lectura de Se nos hizo tarde.
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Comienzo por el final de mi participación. Leí la novela de Fritz Glockner tan cerca en el tiempo como cuando, a la mitad de los años setenta, vi el cometa Kohoutek estacionado en el cielo durante casi un mes. En efecto: las referencias de los años setenta que sigo reteniendo son claras, porque ésa fue nuestra década juvenil. Nos tocó presenciar algunos prodigios del milenio, cosa que no le ha sido dada a ninguna otra generación: una final como la del Mundial México 70 entre Italia y Brasil/ Una película abiertamente antipsiquiátrica como Atrapado sin salida y una canción como “Imagina” de Lennon, entre otras muchísimas cosas que nos marcaron para siempre.
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En Se nos hizo tarde se narran dos historias paralelas que confluyen en un punto: los dorados años setenta. La historia del Instituto Oriente es el tema central y de ahí, convocados por alguien, veinte años después de haber terminado la preparatoria, los personajes van hablando de sus vivencias, de sus miedos y de sus experiencias. La nostalgia entonces invade desde el inicio hasta el final, las páginas de Se nos hizo tarde.
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Se abre una puerta y luego se cierra. Y en ese abrir y cerrar de puerta transcurre la historia: en retrospección los personajes reconocen ante el espejo aquello que dice en sus versos José Emilio Pacheco y que es el epígrafe que encierra el contenido temático: “Antiguos compañeros se reúnen./ Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos/ a los veinte años.”En la primera de las historias, Fritz Glockner es el historiador que habla de la fundación del Instituto Oriente. Se asoma a esa parte de la historia que tiene que ver con el fallido intento de fundar un sindicato no charro, al interior del plantel, en 1984. Glockner no abandona sus preocupaciones: en alguna de las páginas del libro menciona la Guerra Sucia del sexenio de Luis Echeverría.
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La otra historia, la que van contando los personajes de viva voz, es la historia de la ciudad y de sus habitantes, la historia del México donde los jóvenes vivíamos queriendo transformar el mundo. Éste es un testimonio de esa ansiedad por querer cambiar las cosas, de ahí que en la portada de Se nos hizo tarde aparezca la imagen del Che (que nunca faltaba en ninguna familia clase media), Rigo Tovar, Mafalda, Travolta, Meche Carreño, los Picapiedra y un micrófono a la usanza de esos años.
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Personajes vivos que nos trasladan hacia el torbellino de allá. La novela de Glockner está escrita para que los años pasados regresen en imágenes, en palabras. La otra historia puede resumirse en dos frases que he subrayado de Se nos hizo tarde: “Nosotros somos los fantasmas que hemos vivido con la información a trasmano de los ecos de lo que fue el 68”/ “¿Qué tanto se puede recuperar la vida desde la nostalgia?” Pienso que parte de la vida sí es recuperable si esa nostalgia no queda estática, tal y como lo aconsejaba Cortázar.
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