viernes, marzo 14, 2008

Querido blog VI (o unas líneas antes de virar mi destino)

14 de marzo de 2008, 5:42 pm
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Ayer cumplí tres años y tres meses de soltería. Qué patético recordar el día exacto cuando una mujer decide deshacerse de uno, y qué deprimente es estarlo escribiendo en un espacio que cualquiera va a poder leerlo. Una absoluta conmiseración personal. Qué ganas de dar lastima.
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Hoy fue un día diferente, por primera vez conocí a una Violetta, que no es Violetta, pero se hace llamar Violetta, un mucho por el color y otro tanto, aunque lo niegue, por el personaje. Y son de esos momentos que son agradables repetir, porque están poblados de naturalidad y no son partícipes de ese desfile de antifaces que propone Fernando Delgadillo.
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He terminado de leer El fin de la locura de Volpi, una grandilocuente novela. Una radiografía interesante del México intelectual y político antes y después de grandes eventos como el 68 de Tlatelolco y el tristemente célebre Septiembre de 1985, además del famoso fraude del 88. Una lectura amena e interesante. Por la noche empezaré con No será la tierra del mismo autor.
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No sé si regrese por la noche a escribir nuevamente.
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Se supone tengo que mantener despejada la mente y relajarme. Mañana tengo cita con el destino y no sé qué me deparará. En mi naturaleza no está ningún síntoma Violettesco, porque nací Pig y vivo como tal. Pero, a pesar de ello, mañana me aventaré de hipotético avión decidido a estrellarme, esperando sobrevivir.
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Ayer alguien me dijo que el chiste de la vida es saber mezclarse, confundirse, sin perderse. Buscar la naturaleza de un camaleón, espero encontrarla.

jueves, marzo 13, 2008

Popo

Diario Milenio-Puebla (13/03/08)
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El sábado anterior, el 8 de este mes, cuando la tarde caía, me asomé a la azotea de mi casa para reparar una avería que —involuntariamente, dijeron— provocaron mis amigos del servidor que tengo para la internet. Ahí andaban trepados en sus escandalosas escaleras rojas muy cerca de los postes. Pero yo pensé que se trataba de un desperfecto en mi cableado, lo que sucede con cierta frecuencia, así que me trepé hasta lo más alto que tengo allá arriba.
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Y en esas estaba cuando me di cuenta que el Popo lanzaba una fumarola impresionante. Sin pensarlo dos veces, bajé rápido por la pequeña cámara digital de un modelo atrasadísimo que, por cierto, no tenía baterías.
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Entonces corrí hasta la tienda de la esquina y compré un paquete de pilas “doble A”, porque lo único que por mi cabeza pasaba era conseguir una foto del Popo con su fumarola que, según el Cupreder, fue de poco más de un kilómetro.
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Lo interesante de esas cosas, de esas pocas experiencias que a uno le va dando la vida, es que al extenderse la fumarola fue formando, como si fuera intencional, una mano que señalaba primero hacia el lado de Tlaxcala y luego al infinito.
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Me vino a la memoria una mano que está adelante de la luz proyectando la sombra en la pared. Una mano como la de Dios: al infinito y más allá…
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El Sol se hallaba ya atrás del volcán, así que la visibilidad era perfecta.
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Inmediatamente pensé en lo que esas estampas del volcán, con la quietud de una tarde que se iba amortiguando lenta, pausada, pudo haber provocado en mucha gente. No lo sé. Yo guardé la foto y la mandé a todos mis contactos. Las respuestas no tardaron en llegar. Yo —lo aclaro— no soy fotógrafo. No tengo la mínima idea de la fotografía. Entonces por lo mismo me cuidé de escribir antes de enviarla algo así como esto: “estimados amigos: ésta es una foto que tomé con mi humilde cámara de pobre aficionado”. Y ya: va, la mandé.
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Una vez, en la carretera, me tocó la suerte de ver un espectáculo semejante, pero aquella vez sólo fue una fumarola pequeña que se dispersó demasiado rápido por el viento.
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Por lo que a mí respecta, ese paisaje de la memoria, ese cráter lanzando una fumarola, me hizo sentir vulnerable y triste. No sé por qué me vino a la cabeza la idea de la muerte.
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¿Alguien me lo puede explicar? Creo que no, nadie puede hacerlo. Sin embargo recibí comentarios en los que dicen algunos de mis amigos y amigas que les agradó la foto; otros muy razonables como este: “eres mejor columnista de Milenio que fotógrafo”, etcétera.
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Uno más que decía: “al ver esa fotografía destapé una lata de cerveza”. Y otro: “Gracias por hacernos apreciar la naturaleza”.
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El coloso impone, viéndolo de cerca impone. Lo tenemos acá cotidianamente y quizá pocos nos hemos percatado de su gran poder.
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No estuvo entre las maravillas naturales de TV Azteca, porque lo despreciaron. Yo no dejo de admirarlo. Y aquí lo tengo ante mis ojos todo el tiempo.

martes, marzo 11, 2008

Los conversadores profesionales


Diario Milenio-México (11/03/08)
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El conversador nace así. Los hay, por supuesto, de distinta estirpe pero la misión del conversador es siempre la misma: que la conversación siga.
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De la misma manera en que los que saben matar se contratan como mercenarios, los que saben historiar se contratan (cuando les va bien, claro) como investigadores en instituciones académicas, o los que saben manejar trabajan como taxistas o choferes, los escritores que, con frecuencia inusitada y acaso paradójica, gustan de discurrir, a veces hasta jocosamente, sobre temas varios, deberían contratarse como conversadores profesionales.
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A veces, como a Jorge Ibargüengoitia, me da por imaginar oficios imposibles.
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El conversador, se sabe, nace así. No hay otra escuela más que la práctica ni otro entrenamiento más que la interacción. Social por naturaleza y amable por afición, el verdadero conversador se sienta a la mesa y, sin imponer tema alguno, aunque sí sugiriéndolo, aborda la plática de la misma manera en que un nadador, por ejemplo, se inmiscuye en la corriente del río. Ese tipo de contacto. Ese tipo de complicidad. Sabe, también por instinto, cuando hay que agregar el chiste que evitará el aburrimiento o la decepción y cómo evadir asuntos que siempre terminarán en disputa o en un mal sabor de boca generalizado. Los hay, por supuesto, de distinta estirpe —más o menos virulentos, más o menos escandalosos, más o menos murmurantes— pero la misión del conversador es siempre la misma: que la conversación siga. Nada más. Un cuarto lleno de murmullos. El ritmo de esa cosa que se comparte y se va. Vuelo de la vocal en vilo.
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Del conversador nato, que nos alegra las cenas y nos intriga con sus conocimientos varios, al conversador profesional, no hay tantos pasos.
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Veamos la siguiente situación claramente hipotética.
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1) El Posible Anfitrión Profesional se encuentra con el siguiente anuncio en una prestigiada revista de circulación más bien restringida: “Grupo de conversadores profesionales ofrecen sus servicios para realzar sus eventos sociales. Los temas incluyen pero no están limitados a: cine contemporáneo, identidades fronterizas, amenazas ecológicas varias, las dudosas virtudes del éxito, libros recientes, cinismo hoy (con cultas referencias a Sloterdijk), filosofía francesa (con énfasis en Derrida y Cixious), El Estado Actual de Todas las Cosas del Mundo. Vestuario Incluido. Costo por hora o por evento. Contacto en la siguiente dirección electrónica: xxx@xxxx.xxx.xx”.
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[aquí se esconde el paso
del tiempo]
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2) Los que hasta ese momento han sido solamente Conversadores Natos reciben esa oferta electrónica por medio de la cual se convierten, al menos formalmente y con más titubeos que firmeza, en Conversadores Profesionales. Enfrentados de manera irremediable con asuntos éticos (¿es moralmente correcto “vender” una conversación?, ¿me transforma esto en un mercenario de la palabra hablada?), los conversadores deciden experimentar. Al menos una vez, dicen.
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3) Una no-tan-módica cantidad llevará, entonces, al grupo conversador hacia el sitio del evento. Ataviados para la ocasión, ahora todo es cuestión de diseminar estratégicamente conversaciones sobre, digamos, la teoría del caos, las identidades contemporáneas o las vicisitudes del arte y el mercado. Y cuestión de apostarse en distintos puntos del lugar para que la conversación general fluya. Cuestión de tomar la copa de martini o la flauta champañera con naturalidad mientras se discurre, con sincera pasión, incluso con encono, sobre El Estado Actual de Todas las Cosas del Mundo.
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4) ¡Ah, la satisfacción del anfitrión al escuchar, ya en el momento mismo del evento o algunos días después del mismo, que sus reuniones son amenas, sofisticadas y muy cool-tas!
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5) Y todo esto por una no-tan-módica (insisto en el negativo) cantidad que sacaría de apuros a muchos, combatiría el desempleo cultural, y promovería, para colmo de bienes, aquello de que hay que gozar de verdad con el trabajo propio.
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La idea es, por supuesto, dominguera y, por lo tanto, posible. Después de todo no fue hace mucho que oficios tan singulares como, por ejemplo, sacar a pasear una docena de perros o cuidar de gatos (y/o serpientes y/o pericos, etc.) mientras el dueño se va de viaje, parecían más producto de la imaginación de un diletante que posibilidades reales. Como lo atestiguan los parques de las metrópolis más diversas o las paredes donde se cuelgan anuncios de empleo, estos trabajos se han convertido en elementos más bien cotidianos de la vida contemporánea. Así las cosas, no debe haber mucho trecho entre imaginar células conversatorias varias interesadas en contribuir al diálogo social y ser testigo presencial de la formación de ese primer sindicato universal a cargo de proteger los derechos de los últimos conversadores humanos. Faltaba más.

lunes, marzo 10, 2008

Voto a Dios que me espanta esta grandeza…

Bajo el Sol
Por Roberto Martinez Garcilazo
Diario E-Consulta (09/03/08)
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(Fasto vulgar del político)
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Fue la semana pasada, en la sala de lectura de la Biblioteca José María Lafragua de la BUAP. La doctora Raquel Gutiérrez Estupiñán y el doctor Enrique Pérez Castillo presentaron el libro Rehén de la fortuna, el cautiverio honroso y el cautiverio infamante en la obra de Miguel de Cervantes Saavedra de la doctora Margarita Peña.
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Allí, la más destacada especialista mexicana en literatura del Siglo de Oro, acompañada de dos de nuestros más respetados académicos universitarios disertaron sobre el Rehén de la fortuna, en lo particular (los cautiverios de Cervantes en Argel y en Sevilla), y, además, por petición expresa del público, sobre la vigencia de la obra de Cervantes, en lo general (su paradójica vocación antibélica, el encomio de la libertad, la positiva ponderación de la virtud, la meditación sobre los oscuros engranajes del destino de los hombres y, ante todo, la crítica al poder).
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Cuando a esto se llegó, la doctora Margarita Peña citó el soneto Al túmulo de Felipe II, que enseguida reproduzco:
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Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
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Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
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Apostaré que el ánima del muerto

por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
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Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto

cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."
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Y luego, incontinente,

caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
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En la sala de lectura de la Biblioteca Lafragua se dijo que esta obra expresa cierto desdén estoico de los fastos del poder, - esa grotesca gesticulación que se opone al paso del tiempo- , que es ironía ante el vulgar despliegue de poder, y, que Cervantes sigue y seguirá siendo motivo de estudio y admiración estética, no así Felipe II, el fanático, el déspota, el de la falsa virtud.
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En este libro, cuya presentación organizó el maestro Manuel de Santiago, dice Margarita Peña, citando a Buytendijk que "…hay en la novela algo dado y una disposición. Lo dado reside en el mundo, en la historia de los hombres y en las estructuras y en los sucesos, en el dominio psicológico y social del conocimiento discursivo. La disposición estriba en el modo en que el propio autor existe, en el objeto de su existencia y, por lo mismo, en cierto sentido de su antropología" Y añade: Existirá, claro, una reelaboración de lo dado y de la disposición; del mundo y de la forma que el autor la vive. De la eficacia de esta reelaboración derivará la obra genial o algún producto mediocre…
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Llama la atención el hecho de que este recurso metodológico de análisis de la obra literaria valga también para juzgar ciertas circunstancias de la prosaica vida cotidiana, tales como las hipótesis explicativas de ciertas decisiones individuales -que sólo tienen consecuencia en el ámbito personal- como de otras decisiones –las de naturaleza política- cuyos efectos incumben a al comunidad: La vida como trama literaria y el hombre como personaje de su vida. Dicho de otra manera: la teoría literaria como teoría de vida del hombre.

Hombrecillos



Diario Milenio-México (10/03/08)
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1. Fermentando el rencor
Suele menospreciárseles, y eso a menudo tiende a fortalecerlos. Dominan las diversas tácticas del despecho, en especial la que transforma el menosprecio en desprecio (duele menos el odio que la indiferencia). Pobre del miope o el desmemoriado que se cruce con ellos en un pasillo y no salude, pues no habrá forma ya de que le olviden. Tienen una memoria privilegiada cuando se trata de archivar agravios y una intuición aguda para el funambulismo. Ellos se consideran felinos naturales, pero más de uno afirma que son simples rastreros invertebrados. Los hay, al fin, de todas las tallas, pero un ojo avezado los encuentra en mitad de un parpadeo. Poco se significan, por eso mismo. Buscan la protección de un jerifalte cuyo ego se deje masajear por sus habilidades adulatorias y esa tendencia al mimetismo trepador, tan propia de ellos. De ahí el alto peligro de menospreciarlos. Puede uno declararle la guerra a un mal hombre, y hasta al peor de los hombres, pero jamás a un hombrecillo. Nadie cobra una afrenta con la saña tenaz del hombrecillo.
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Se equivoca quien piensa que el hombrecillo es necesariamente un perdedor, o un subordinado. Las cucarachas también llegan al techo y no por eso dejan de ser cucarachas. Veamos el ejemplo recentísimo del comandante Daniel Ortega, ese hombrecillo ilustre cuyas más personales mezquindades son moneda corriente entre propios y extraños. Un día, el presidente de Nicaragua rompe sonoramente relaciones con el gobierno de Colombia, para seguro beneplácito del duce bolivariano; al otro día recula, no bien su duce cambia de opinión. Por más que en sus soflamas incendiarias trata de hacerse pasar por hombre, se advierte fácilmente que el comandante ocupa cojones prestados. Ayer los de Fidel, hoy los de Hugo, mañana los del próximo jerifalte —Tirofijo, tal vez— al que le sea preciso un oficioso a modo. Un papelón para cualquier hombre, un Papel en la Historia para un hombrecillo.
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2. Se vende apodo bonito
Una metamorfosis familiar es la que hace del hombrecillo un hombrezuelo. Puesto que no son pocos los que están a la venta, y ojo: en barata. Todo aquel que se piensa un gran hombre sabe que necesita legiones de hombrecillos dispuestos a creer y hacer creer tamaña ocurrencia. El comandante Ortega cuenta con hombrecillos oficiosos como él, expertos casi todos en justificar su vida de gran burgués, amén de las ruindades y traiciones que la han hecho posible. ¿Quién, sino un hombrecillo inopinante, puede justificar que el hombrecillo mayor lance oscuras campañas llenas de las calumnias más infames contra sus ex aliados? ¿Y qué bajo respeto por sí mismo debió tener ese hombrecillo, una vez encumbrado de vuelta a la presidencia de su país, para atrasar por horas su toma de posesión y la agobiada espera de los invitados con tal de que la ceremonia recibiese la bendición del duce bolivariano? Habituados a ostentarse como los portadores naturales de las más altas órdenes, los hombrecillos tienen una noción elástica de soberanía, por eso la defienden con garras y colmillos ante cualquiera que no sea cliente.
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Entre las ocurrencias más abyectas del lambiscón se cuenta esa tendencia asquerosa al sobrenombre adulador. Raudos y maliciosos, casi siempre malévolas caricaturas verbales, los apodos existen para el sarcasmo de propios y extraños, y con cierta frecuencia sirven para hacer de un amigo un enemigo. Deformar la naturaleza cabulera de los apodos y transformarlos en elogios baratos es quehacer de hombrecillos abyectos y cortesanos de piruja estofa. Los vemos en los mítines políticos, haciendo hagiografía en el micrófono para hablarle a la multitud fidelísima del gran hombre que está a punto de iluminarles con sus palabras. “El abuelo sabio”, llama Evo Morales a Fidel Castro, insinuando que tras sus dotes de agitador callejero se oculta en alma tierna y cortesana de un hombrecillo lambiscón.
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3. Don’t hombrecillo me
Según afirma el duce bolivariano, George W. Bush —ese hombrecillo ex briago y ex putañero que ahora va por la vida con la cruz en alto— es el demonio, tanto que su presencia deja un rastro de azufre. ¿Qué hombrecillo, por renacido al cristianismo que se jure, no se mira adulado cuando alguien lo confunde a propósito con la instancia más alta del inframundo? A saber si no Bush en el fondo ve a Chávez como su hombrecillo, igual que Chávez elegiría antes a Rajoy que a Zapatero, a quien desde sus botas de mandón millonario le considerará un hombrecillo. Pues como todas las clasificaciones humanas, la de hombrecillo es meramente relativa. Nunca sabremos quiénes nos han puesto en su lista de hombrecillos, como no lo sabrán los de la nuestra. Víctima del complejo que le escuece por dentro, el hombrecillo insiste en ignorar la entraña democrática del menosprecio (pues de éste al menos hay para todos).
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Abundan los mandones habituados a pensar que quienes no llevamos pistola o guardaespaldas estamos destinados a vivir y morir como hombrecillos. Capos, sicarios, narcos, asesinos, lenones, secuestradores, tiranos, demagogos, torturadores, genocidas: suman varios millones y a sus ojos yo debo de ser una cucaracha. Ahora bien, me tienen que matar para demostrarlo, y ni así lograrían los eventuales matones evitar encajar en las clasificaciones más sensatas como meros remedos de hombrecillo, peones entre los peones de un ajedrez voraz conducido por adversarios cocainómanos. O petrodependientes, que son parecidos.
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La cocaína es al hombrecillo lo que el petróleo al duce bolivariano, que por su intercesión va repartiendo dólares entre los hombrecillos del continente. Dinero nuevo y fresco que transforma a hombrecillos en hombrezuelos. Me zumba una palabra: mujerzuela, pero temo que viene corta a estos propósitos. Las mujerzuelas conocen dignidades que el hombrezuelo no ha escuchado nombrar, y pocas son las que antes fueron mujercillas. De hecho, no sé qué sea una mujercilla, conozco en realidad a muy pocas mujeres capaces de llenar los zapatos o el diván del hombrecillo, y ninguna las botas de Daniel Ortega. Para bien y descanso de todos.

domingo, marzo 09, 2008

La voz que no está

Hace un mes, justo antes de salir a las vacaciones de verano, en una de las aulas abandonadas de la preparatoria puedo jurar que tuve el sexo más tremendo del mundo. Roberto es tan experimentado, los cinco años que me saca de diferencia creo si han servido de algo. Es un poco tonto, cierto. No puedo negarlo. Aún juega a las luchitas como si estuviera en la primaria, el colmo sería verlo jugar a la guerra con una pistola friccionaría creada por su mano. Lo peor de todo, es que es capaz. Pero sus manos lo borran todo, acarician de una manera que no puedo describir. A pesar de que abarcan mis diminutas, pero firmes bubis; no lo hacen con brusquedad, si no lentamente. Y si a esa ternura le agrego la adrenalina que me provocaba el peligro de ser descubiertos, la sensación aumentaba más. Supongo que es la misma cosa que ha de sentir un asesino cuando se encuentra apunto de finalizar su fechoría en algún lugar público. Quizá eso expliqué el por qué existen tantos violaciones y asesinatos.

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Hoy es el regreso a clases. Empieza el quinto semestre de preparatoria y nos han avisado que la profesora que nos daba literatura se ha jubilado. Entonces algo inimaginable sucedió o tal vez no tanto. El Director fue a presentarnos al nuevo sustituto. Dijo que se llama Ignacio, que ha publicado cuentos en diversas revistas del país y que hace unos años estudió en la misma preparatoria a la que ahora asisto. El tal Ignacio realmente es equis, ni guapo ni feo, vaya ni siquiera simpático. Se cree un sabelotodo. Nunca creí que mi sueño de saber jubilada a esa bruja se volvería realidad tan pronto. Pero tampoco espere que la fueran a reemplazar con un páyasete de tal calaña. Caray, ni la pendejita de Lorena me caía tan mal como nuestro nuevo profesor. Sin embargo, hay algo que me llama mucho la atención de él. No sé qué.

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Ya van tres meses de clases con nuestro nuevo profesor, que prefiere le hablemos de tú. Según lo intimida más el trato de usted. Tengo que reconocer que sabe mucho de literatura, aunque me sigue cayendo mal. No puedo creer que odie tan fervorosamente a Edgar Allan Poe, tanto que me fascina a mí. Si me gusta leer es gracias a los cuentos de Poe que me regaló alguna vez mi padre. Es inaudito, no puede despreciar a Poe, así porque sí. Si al mismo Roberto, que no pasa de comprar revistas de viejas semi-encueradas, dice que a mi me ama, que a ellas sólo se las quiere coger mentalmente, goza de las tardes de sábado cuando recostados en el sofá de mi casa, le leo algún cuento de Poe.

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Falta poco para salir a las vacaciones de diciembre. Ignacio propuso en el salón un intercambio de libros. Qué cursi, pero al menos no tan estúpido como el intercambio de tasitas, boxercitos o tanguistas. Él también entro en el intercambio. Me va a dar un libro a mí según el papelito y el gasto es mayor de ciento cincuenta y menor de doscientos. Libre elección y el día pactado es el dieciocho de diciembre.
Ha llegado el dieciocho de diciembre y él me ha regalado dos libros, uno de corte policíaco: A sangre fría de Capote, cuya dedicatoria decía: para que leas una verdadera novela basada en hechos reales, la ficción de Poe, es buena, pero es más difícil hacer que la ficción se confunda con la realidad, y otro de un autor cuyo nombre se me hace muy raro: Nabokov, según dice el libro, y Lolita es el título, a este sólo le escribió: Aquí la historia de una niña que como el propio autor dice: “tiene una piel suave como el marfil”. Los libros se ven prometedores, espero leerlos en estas vacaciones.

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En viernes tres de enero y en tres días regresamos a clases, es otro semestre, el número seis y último, después la Universidad. Aún no sé qué estudiar. He terminado de leer el segundo libro que me regaló el maestro Ignacio, es fascinante. Una niña de unos trece años enamorada de un profesor que vive en su casa y que le triplica la edad. La niña es sensual y tierna, creo es propio de la edad. Ahora entiendo por qué mi padre me protegía tanto a esa edad. Seguramente temía que me pasará lo mismo que a esa niña. Lastima que no paso, hubiera sido tan extravagante esa experiencia. El de Capote o lo he leído, su dedicatoria se me hizo demasiado retadora. Quién se cree para hablar así de Poe.
Ayer me vi con Roberto creo me he empezado a aburrir de él. No estoy segura, pero sus caricias ya ni siquiera me gustan. Espero sea tan sólo una etapa. No me imagino mi vida sin él, sería tan aburrida. Quizá sea la sensación de haberlo visto todos los días. Seguramente al regresar a clases y volver al ritmo de antes, de vernos sólo los fines de semana, todo vuelva a la normalidad.

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Ya van dos días de haber iniciado las clases. Me fascinan los temas que vamos a ver. Erotismo es por el que más curiosidad siento. Ignacio nos ha prometido ver a escritores que dice son buenos: Sade, el que más recuerdo entre los tantos que nombró y dijo que también veríamos el de Lolita. Pienso proponerle que me de chance de exponer sobre el tema que trata el libro. Me gustó mucho. Roberto dice que a eso se le llama proyección. No sé, quizá tenga razón. Su mayoría de edad casi siempre impone. Pero mejor debería preguntarle a Ignacio, al fin y al cabo, él sabe más sobre esta materia. Roberto lo único que ha leído son los libros de texto que le dieron en la escuela.

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Vienen las vacaciones de Semana Santa y el sexo con Roberto es más aburrido de lo que creí. Sus caricias nunca tuvieron gracia. Me excitan más las escenas que leemos en las clases de literatura de Ignacio que los bruscos besos que me da Roberto. En lugar de besarme, parece que me quiere comer como a una hamburguesa. Puede ser que ayude mucho la forma con lee Ignacio los fragmentos eróticos, le pone tanta pasión que es imposible no sentir.

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Por fin encontré la definición exacta para expresar lo que últimamente significan mis encuentros íntimos con Roberto. Ignacio en la semana después de las vacaciones santificadas, nos leyó unos poemas de un tal Bukowsky. Sólo habla de coger con viejas. De tratar a la mujer como un objeto y no como una persona. Creo siempre he sido eso para Roberto. Inclusive tiene más privilegio en Bukowsky el acto de tomar cerveza que el de tener sexo con una mujer. Al menos eso he entendido. Pobre poeta borracho y pinche novio caliente el mío, seguro serían amigos del alma si se hubieran conocido.
Mañana le pediré tiempo a Roberto. Mi madre me dijo que los borrachos siempre son mala influencia en la vida, y que todos los borrachos también son mujeriegos.

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No fue difícil pedirle distancia a Roberto, lo asumió con demasiada naturalidad. Dijo que no había ningún problema que entendía y me iba a esperar el tiempo necesario. Sin embargo, me siento vacía. No tengo ganas de ir a clases, pero tampoco me quiero perder mi clase de literatura. Ignacio confía mucho en mí, tal vez sea por mi excesiva atención que pongo a su clase. Lo mamoncito no se le ha quitado, pero su dulce y sensual voz es lo que me agrada, al menos cuando leemos textos eróticos.
Leímos a un autor que dicen es bueno, solía llamar Julio Cortazar, está bien muerto. No recuerdo cuantos años, pero lleva demasiados. Subraye un fragmento que me gustó demasiado: “…entonces había que besarla profundamente, incitarla a nuevos juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo de él y lo arrebataba, se daba entonces como una bestia frenética, los ojos perdidos y las manos torcidas hacia adentro, mítica y atroz como una estatua rodando por una montaña, arrancando el tiempo con las uñas, entre hipos y un ronquido quejumbroso que duraba interminablemente.", está ubicado en la página 153 y pertenece al capítulo 5 de una novela que tiene el nombre de un juego de niños: Rayuela, según dice una anotación en las copias de los fragmentos que nos dio Ignacio. Cuando lo leyó, no sé si fue coincidencia o al propósito, pero lo hizo cerca de donde yo estaba, sentí que se dirigía a mi. Si no fuera mi maestro en ese momento me hubiera parado a darle un beso. Hace tiempo que su voz me viene causando una sensación extraña, novedosa. Hoy fue la culminación. Su voz me enamora. Él no lo se ha de imaginar cuánto, porque creo para él sólo soy una alumna más. ¿Y sus sonrisas hacía mí no significarán nada? Espero que sí, sería como revivir lo escrito por Nabokov.

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En la noche me hablo Roberto, dice que ya casi es mayo y sigo sin darle alguna noticia mía. Que ya no sabe qué hacer sin mí. Dice extrañar cada parte de mi cuerpo. Hasta tuvo el atrevimiento asqueroso, aunque un poco sexy tengo que reconocer, de contarme cómo se masturbo una de sus tantas noches de desesperación mirando una foto mía en la que aparezco en bikini. Su relato se me hizo un poco innecesario, pero me hizo sentir una sensación de poder, supremacía sobre él.
Desde luego, le pedí perdón y le dije que ayer soñé con él, obvio que le mentí. Realmente mi sueño era con Ignacio. Me lo imagine acostado en mi cama leyéndome algún fragmento literario, mientras yo lo empezaba a desvestir lentamente.

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Mañana se termina el curso y temo que mi vida se vuelva inmensa e invariablemente aburrida. Roberto ha dejado de buscarme, creo se canso. Ignacio nos agradeció la oportunidad de haber podido trabajar con nosotros y que ojalá y mantuviéramos el contacto todos con él, que le mandemos mails para contarle de México, pues en un mes se irá a Alemania a estudiar una maestría en filosofía nietzscheana.
No aguante más y le escribí una carta excesivamente sincera. Le escribí que lo amaba, que soñaba con él y que su voz me provocaba muchas sensaciones que ni yo entendía.
Nunca me respondió. Seguramente me tiro a loca, o pensó: otra más que cae.
Al mismo tiempo que Ignacio se va a estudiar a Alemania, yo ingresaré a la Uni, me decidí por arquitectura, dicen que es lo más cercano a la escultura, bueno según mi padre.
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Qué curiosa es la vida. De mi vida salió un Ignacio, pero ha llegado otro. Este sí tiene cuerpo, cara bonita y viste bien. Al igual que Roberto es un poco tonto, pero no tiene vicios o al menos no tan marcados como Roberto. Lo malo es su voz, tan sin chiste. Tenemos más de un mes saliendo como amigos. Pero ayer me dijo: Claudia me gustas demasiado y una chica como tú, o sea yo, es difícil de encontrar. Dijo que mis labios se le antojan por la frescura que irradian. Si supiera que han besado ya bastantito. Le dije que sí, es obvio que seré su primera novia. El pobre temblaba como venado bebé cuando empieza a caminar. No podía ni verme a los ojos. A lo más que atinaba era a acariciarme la mano, que tierno se me hizo, pero asqueroso también, la mano le sudaba, parecía que traía al mismísimo diluvio en su mano.

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La ventaja de este Ignacio es demasiada. Es inexperto en el sexo, así que por fin puedo tener el control absoluto de la situación. Podré enseñarle cómo acariciarme: con la brutalidad con que lo hacia Roberto, agregando la dulzura con que leía mi primer Ignacio.La voz sigue siendo el inconveniente. Pero si la literatura es capaz de hacer sentir lo que Roberto no pudo lograr, seguramente el recordar la voz de Ignacio I me haga disfrutar más el sexo primerizo y dulce con este mí Ignacio II.

jueves, marzo 06, 2008

Inicia el Festival Cultural en Zacatecas

Diario Milenio-Puebla (06/03/08)
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Acompañada del pintor Manuel Felguérez, de David Eduardo Rivera, director del Instituto Zacatecano de Cultura “Ramón López Velarde” y de Fernando Macotela, director de la XXIX Feria Internacional del Libro (FIL), la gobernadora del estado, Amalia García Medina, ofreció una rueda de prensa el jueves 28 de febrero a los medios nacionales, en la Galería de Rectores del Palacio de Minería y en el marco de la Feria del Libro. Ahí habló del programa del XXII Festival Cultural, que inicia el próximo 12 de marzo y concluye el 28 del mismo mes.
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Zacatecas fue el estado invitado este año en la Feria del Libro que organiza la Universidad Nacional Autónoma de México. Dijo la gobernadora Amalia García que Zacatecas es un estado que ha dado importantes nombres que han destacado en el arte.
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En el programa del festival, escribe Amalia García que “Zacatecas tiene una bien definida vocación: ofrecer belleza, cultura y libertad para todas las personas que por la razón que fuere hayan decidido tener su estancia de descanso, fiesta y libertad en esta noble ciudad a la que han cantado y celebrado y elogiado tantas y tantas voces, tantas y tantas plumas”.
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Durante la rueda de prensa estuvieron el pintor Juan Manuel de la Rosa, el fotógrafo Pedro Valtierra y el poeta Víctor Hugo Rodríguez Bécquer, entre otros artistas del estado invitados a la Feria de Minería.
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La gobernadora detalló que este festival contará con una inversión de 18 millones de pesos. Sobresale la mesa redonda en torno de la obra de Manuel Felguérez, en la que participará Raquel Tibol y el propio Felguérez. Este acto tendrá lugar en el museo que lleva el nombre del pintor el viernes 14. Concebir a la cultura como una inversión es un gran acierto de la gobernadora Amalia García.
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El viernes 21, a partir de las 20 horas iniciará su recorrido por el Centro Histórico la Procesión del Silencio, un evento que, entre la cantera rosa iluminada y las calles que son “una broma pesada”, como dijo López Velarde, luce verdaderamente majestuoso.
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Dentro del programa académico del festival destaco la presentación del libro de Abel García Huízar Y codiciarán los bienes comunales… el jueves 21 ,y Germen del desasosiego de Luis Miranda. También habría que estar en la exposición de Jesús Reyes Cordero “Transfusión del paisaje”, misma que será inaugurada el 14 de marzo en punto de las 20 horas en el vestíbulo del Teatro Calderón. En la Plaza de Armas estarán Gloria Gaynor (lunes 17), Cesaria Evora (domingo 23), y por supuesto la esperada presentación del cantante de Rock/Folk Bob Dylan el 25 de marzo.
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Para mayores informes, y por si quiere usted visitar esa hermosa ciudad de Zacatecas, visite la página electrónica http://www.zacatecas.gob.mx. Este Festival, que llega a su versión XXII, tiene ya un sitio preponderante entre los que se organizan en la República Mexicana. Mucho éxito.

Las Humanidades en la BUAP

Bajo el Sol (Diario E-consulta 05/03/08)
Por Roberto Martínez Garcilazo
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Fue hace dos semanas cuando la comunidad de Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) eligió al que será su director académico durante los próximos años.
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De manera contundente Alejandro Palma se impuso a Antonio Robledo. El primero es doctor en letras; maestro en filosofía el segundo. Fue un proceso electoral ordenado y transparente.
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Llamó la atención la pluralidad y calidad del equipo de campaña de Alejandro Palma: Fernando Morales Cruzado, José Carlos Blazquez, Miguel Ángel Burgos, Célida Godina y Diana Hernández.
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Una vez terminado el proceso, y a unos cuantos días de la ceremonia de asunción del nuevo director, tal vez sería pertinente recordar que de manera recurrente –en tiempos de elección de autoridades académicas- se ha planteado, por generaciones de universitarios, la propuesta de que llegado el día se elija de entre planillas.
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que contengan los nombres completos de los que serían titulares de las secretarías de investigación, académica, administrativa y particular, para que, de esta manera, la comunidad al votar supiera cabalmente que opción estaría seleccionando.
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Además, esta es otra vieja consigna, de aplicar un criterio de representación proporcional de la (s) minoría (s) en los órganos de dirección, regidos por el argumento de que nuestra comunidad es una esencialmente académica en la que la divergencia es mérito, no defecto.
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La campaña de Alejandro Palma tuvo la virtud de crear grandes expectativas de renovación de la naturaleza humanística de la FFyL.
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En esta apuesta por la actualización de los orígenes de nuestra alma mater (reflexión crítica sobre la condición humana; investigación sistemática de las transformaciones del mundo cultural) fueron particularmente valiosos los perfiles tanto del candidato (un investigador que además escribe poesía) como el de su colaborador cercano Fernando Morales Cruzado (maestro en estética y docente de larga trayectoria y experiencia educativa).
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Desde su época de profesor del Instituto de Artes Visuales, Morales Cruzado ha sido un apasionado defensor de las Humanidades, mismas que concibe –así lo dice en sus clases- como un ejercicio de la libertad de pensamiento y de creación en pluralidad y dialogo permanente.
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Esta elección de director académico de la FFyL nos recuerda que las Humanidades son parte constitutiva de la universidad porque son las disciplinas que al hacer posible la crítica y la soberanía individual, también establecen norte para la reforma social.
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Pero además nos recuerda que las Humanidades son el continente de la vida espiritual del hombre y la trinchera de resistencia en contra de la vulgaridad del mercado y de la política pragmática.
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Por ello, no sólo debe seguir existiendo la FFyl; debe fortalecerse con el trabajo y la dirección de sus mentes más lúcidas y generosas.

martes, marzo 04, 2008

Prosa en poema



Diario Milenio-México (04/03/08)
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En una de las escenas de The Monkey´s Mask, la novela versal que la australiana Dorothy Porter publicó en 1994 con el sugerente subtítulo de “An Erotic Murder Mystery”, la detective Jill Fitzpatrick intenta concertar una cita con el poeta Bill McDonald, uno de los sospechosos del asesinato de Mickey Norris, la jovencita de 19 años que, a decir de su padre, gusta de vivir “dentro de su cabeza”. Reacio al encuentro, el poeta McDonald contesta la llamada y, aclarándose la garganta, pregunta: “¿Qué quieres?// Sólo platicar/ acerca de algunos poemas.// ¿Mis poemas?//” Antes de seguir adelante, antes de contestar que esta vez no se trata de sus poemas, sino de los poemas poco discretos escritos por la chica asesinada, la detective Fitzparick no puede evitar intercalar el comentario: “¿Mis poemas?// ¡dame a un novelista modesto!// No, hombre, no esta vez/. Los poemas de Mickey.”
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Hay algo de esa energía irónica y descreída, de ese suspicaz comentario de último minuto y al margen, en las relaciones que guardan el párrafo y el verso, la narrativa y el poema a lo largo de las páginas de The Monkey´s Mask —una novela detectivesca, en efecto, en la que se entremezclan el sexo y el asesinato y, por supuesto, la escritura. Respetando los principios del género, la anécdota gira en torno al misterio que oculta y expone —las dos cosas a la vez— el cadáver, apenas descubierto a medio enterrar, de una joven mujer que ha leído demasiada poesía, tal vez no de la mejor calidad, y que ha intentado escribir la propia. El detective es, aquí, una detective de pelo corto, cigarro en boca, pose de gamberro, con una propensión acaso mórbida por la Mujer Equivocada. Los sospechosos: un par de poetas en un medio intelectual que produce abundantes lecturas de poesía en las que importan más la socialización y los contactos y la próxima publicación que las palabras mismas. Todo esto se desarrolla en breves capítulos que, funcionando a la perfección como poemas aislados, conservan, sin embargo, la tensión narrativa entre ellos. La pregunta aquí, naturalmente, es ¿por y para qué? ¿Por qué y para qué escribir una novela en verso si es posible, de hecho, si es esperable, hacerlo de otra forma? ¿Qué le agrega o le quita a la forma de la novela la escritura en verso?
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Decía Dorothy Porter, una de las autoras australianas contemporáneas más innovadoras de su generación, que no otra cosa sino la vanidad —la vanidad de poder ver libros de poesía en los anaqueles de las librerías, la vanidad de ser leída— es lo que se encuentra en la raíz misma de su interés por escribir novelas en verso. Sarcástica y certera a la vez, Porter anuncia así que su experimentación con la combinatoria de géneros se debe menos a un afán hermético o puramente libresco, y más a la necesidad de expandir los alcances de los libros en poema. Creyente en una poesía lúcida (y lucida), es decir, aquella en la que la urgencia de la enunciación va de la mano con “la cuidadosa e incluso amorosa selección de un lenguaje a través del cual la luz brille”, Porter también cree que “la poesía arde por más tiempo que la prosa” y es por eso que escribir, y leer, novelas versales constituye, en su opinión, una experiencia singular que bien puede contribuir a que los libros de poesía trasciendan el coto más bien estrecho, más bien selecto o elitista, del lector de especializado, para llegar a donde la poesía —a donde los libros en general— deben de llegar: el mundo de los lectores que buscan trastocar sus vidas. ¿Y qué mejor que una novela escrita en verso, evidencia en sí misma de trastocamientos de género, para trastocar los sentidos y las prácticas de los lectores?
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En esa exploración de los orígenes modernos del poema en prosa que es The American Prose Poem. Poetic Form and the Boundaries of Genre, Michel Delville señala la relevancia de, entre otros, Baudelaire (Paris Soleen), Wilde (Poems in Prose) y James Joyce (Ulises) en tanto antecedentes necesarios de una corriente que más bien define como “una plataforma para varias negociaciones intergenéricas que promueven un intercambio dialéctico no sólo entre varias tendencias y modos de la poesía contemporánea sino también con un número de discursos extraliterarios u otros modos de representación”. En todo caso, se trata, según DelVille, de una “subversión consciente de la tradición prosística”. Es de esa manera que Delville introduce sus análisis específicos de autores como Gertrude Stein, Sherwood Anderson, Kenneth Patchen, Robert Bly, Charles Simic, para concluir con los representantes más reconocidos de la Language Poetry, especialmente con aquellos comprometidos con el así llamado nuevo poema en prosa.
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Es en el contexto de este tipo de discusión y análisis que la novela versal de Porter —un ejemplo de prosa en poema, más que de poema en prosa— se vuelve un artefacto más escurridizo e interesante. Impredecible y lúdica, The Monkey´s Mask en efecto hace patente, y luego entonces cuestionable, las nociones de estructura y manejo de lenguaje que con frecuencia se asocian a las novelas escritas en prosa. Sin embargo, la obra de Porter es capaz de capturar al lector más por lo que apropia y congrega que por lo que niega u opone. La anécdota y el desarrollo narrativo están ahí, cumpliendo las funciones para las cuales fueron creados; tal y como lo están, también, y esto con todas las de la ley, los poemas y los versos que componen a esos poemas. La obra se lee, y esto lo pueden atestiguar una gran diversidad de lectores tanto en su Australia natal como en el mundo de habla inglesa, de una sentada. Más interesante que difícil, más inteligente que complicada, The Monkey´s Mask es un libro lúcido en tanto se sirve de formas aceptadas para, en perpetua colisión, producir un cierto tipo de intercambio, al que Porter gusta de llamar “entendible”, entre la poesía y la prosa.

lunes, marzo 03, 2008

Querido blog V (o una búsqueda en el otro, el que lee, de alguna respuesta)

03 de marzo de 2008, 10:30 pm
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Sentarme cada noche enfrente de un monitor se ha vuelto una rutina más que necesaria, indispensable. Saber que me encontraré alguna o algún cómplice con la misma desviación social que yo: creer que aquí uno puede obtener un cierto tipo de vida. Pero realmente este acto es un sinónimo de absoluta soledad y escasa vida social. Parece tan aburrido afuera, quizá, en la misma magnitud que aquí sentado mientras el mundo gira sin mi consentimiento.
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Esta semana termina el ciclo de mis prácticas docentes. Un mes bastó para que me encariñara con el grupo y me acostumbrara a ese proceso de desviar mi ruta para ir a parar al Bachillerato José Sánchez Villaseñor a impartir y compartir, o al menos intentarlo, los conocimientos que tengo sobre narración, ensayo, diálogo y signos de puntuación. Porque eso me tocó dar. Después de este jueves volveré a ver las mismas caras que llevo observando cada día del año, durante los cuatro que llevo aproximadamente estudiando en el Collhi. De nuevo a la amargura diaria.
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Por lo pronto, mañana es martes y tengo que preparar mi clase para el miércoles las bases para el análisis de un texto literario.
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¿Y luego qué? ¿Resignarme a vivir bajo la sombra de entes nada agradables como los que hay en su mayoría en esa facultad de supuestos humanistas?

Se solicita Terminator



Diario Milenio-México (03/03/08)
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1.-La conquista del bárbaro
Recién publica la revista Esquire una curiosa historia de Tom Junod sobre Arnold Schwarzenegger, que entre otras cosas es el austriaco que gobierna con sonoro éxito el estado de California. Se siente uno hasta incómodo de tener que añadir nada al solo nombre de quien, observa Esquire, es el más rico y famoso de todos los gobernadores americanos. El único que vuela diariamente a su casa y lo hace por su cuenta, en su avión particular. El que todos quisieran conocer, el único capaz de darles lo que Junod llama Arnold Experience. El mismo que a mediados de los setenta se metió a ver una película de Charles Bronson sólo para entender cómo podía hacer un inmigrante para ganar un millón de dólares por película, y así salir del cine convencido de que podía conseguirlo. El que con ese método consiguió gobernar California.
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¿Qué gringo con conciencia de tal no va a sentir consquilla por estrechar la mano de Conán el Bárbaro? ¿Cuál de ellos libraríase de salir del despacho del Big Arnold convertido en ferviente conanista? ¿A cuál le importaría saber que el más demócrata de los gobernadores republicanos creció hablando alemán y hace sólo tres décadas no mascaba una Scheisse de inglés? Si observamos las fotos de Schwarzenegger rodeado de políticos, dignatarios o ciudadanos —todos quieren su copia, de eso no hay duda— notaremos que siempre da un paso hacia adelante, de modo que en la imagen aparezca más alto, pues en la realidad no lo es tanto. Pero es el Terminator. Por poderosos o ricos que sean, sus interlocutores no han sido vistos por media humanidad disparando dos ametralladoras al mismo tiempo, ni amputándole el brazo a un villano a sable limpio. He olvidado ya el año y el cine, pero recuerdo fresca la voz de la señora en la butaca de atrás: ¡Ay, Dios, qué hombre tan bruto!
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2.-Entre Rina y Colorina
Según Schwarzenegger, más de uno se rió de su pretensión de ganar un millón de dólares por actuar en una película, tomando en cuenta su dicción espantosa. Se entiende así que lo difícil fuera llegar a Conan y Terminator, hazañas que se antojan más complicadas para un inmigrante físicoculturista que llegar a gobernador de California desde lo alto de Hollywood. Y eso que a los californianos tanto les satisface, al resto debería preocuparnos. El problema no está en la obvia escasez de supermanes a la medida de las necesidades planetarias, como en el hecho cada día más claro de que a un político lo reemplaza cualquiera, más la certeza hollywoodense de que siempre será para bien. Imaginemos a Latinoamérica gobernada por sus grandes estrellas, que por lo general provienen del infra-infra hollywoodcito de las telenovelas. Trato de dibujarme la pesadilla y me pregunto si sería capaz de terminar votando por Lucía Méndez. ¿Quién me asegura, además, que aun esa elección disparatada no sería mejor al promedio de los congresistas que hoy día supuestamente me representan?
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Alguna vez, en la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública, un profesor, y a su vez funcionario público, confesó para alivio de varios entre los presentes, que en su opinión todos los cargos públicos parecen complicados en principio, “y dos meses después se da uno cuenta de que la chamba es una vacilada”. No se trataba, pues, de realmente aprender a administrar nada, sino desarrollar, con todo y sus coartadas patrioteras, la lógica becaria del mamapatrias. Por muy Conan y Terminator que haya podido ser, Schwarzenegger no podría jamás lograr en un estado mexicano lo que hizo en California. Porque aquí nos decimos generosos, pero abundan los díscolos y sus admiradores. Nos molesta y nos duele que los vecinos planten un muro en la frontera, mas aquí al extranjero o al hijo de extranjeros se le estigmatiza no bien comete el atrevimiento de pretender hacerse mexicano y esperar que por eso no se haga sospechoso. Si los políticos que hoy dicen representarme alimentan esa clase de fobias idiotas, no me queda sino lamentar que Mickey Rourke no pueda ocupar su lugar. No habría, cuando menos, que ser un lambiscón para querer tomarse una foto junto al Motorcycle Boy.
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3.-El show que no era show
Votar por un político “porque no es político” no parece distinto de irse con una puta “porque no es puta”. Esto es, que a pesar de los hechos, o de la falta de ellos, quien manda aquí es la fe. Se cree en principio todo lo que se quiere, y un parpadeo después ya siente uno que quiere todo lo que cree. Y al final lo que la mayoría espera es la llegada de un Schwarzenegger. Alguien con quien disfruten del placer de pelearse por salir en la foto y rara vez pedirle más que una foto. Alguien cuyo glamour lo arregle todo razonablemente. “Todo es puro show business”, ha dicho el gobernador de California, impecable administrador público desde que descubrió que el problema no estaba en meterse un millón de dólares, sino en conservarlo.
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No parecía serio ni sensato que la gente votara por el Terminator, pero al cabo menos tenía que parecerlo votar por Hugo Chávez o George Bush, y hubo gente que lo hizo. Entre tanta apariencia, no es difícil temerse que aun los cargos más difíciles y comprometidos pueden llegar a ser equivalentes a llevar la administración de una tanda de oficina. ¿Quién se ríe más de quién, el que lo hace porque la actriz o el boxeador quieren ser senadores, o el que afirma saber que ese trabajo es una vacilada? No importa en realidad si lo sabemos o lo sospechamos. La fe no pide pruebas. Es por fe que creemos en los políticos que no son políticos y en las hetairas que no son hetairas y en los mentirosos que no dicen mentiras y en los ladrones que ahora sí ya no van a robar. Y es por fe que al final se impone el Terminator, porque a este puerco mundo sólo puede arreglársele en el cine.

jueves, febrero 28, 2008

Querido blog IV (o una conversación donde un hombre escribe para no perder la costumbre).

28 de febrero de 2008, 11:30 pm
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Finalizar una etapa para quedar luego a la deriva. Seguir la rutina de la vida y no encontrar el sentido de ella. La vida como un libro que se toma por obligación o por no dejar, luego cambiar de páginas sin entender nada, en automático. Así párrafo tras párrafo, página tras página. Después el olvido, la mala costumbre de responder: bien muy bien, a la pregunta: ¿cómo estás? Cuando en realidad quisieras contestar que no estás, que no quieres estar.
Entonces mejor tomar un libro, perderse en los paisajes y vivir, para olvidar que uno anda caminando por la vida como extraviado o inanimado.

Mis nudos



Diario Milenio-Puebla (28/02/08)

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Hoy estaré en la feria del libro de Palacio de Minería que organiza cada año, desde hace más de veinticinco, la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta vez, la feria del libro está dedicada al estado de Zacatecas y es por eso que me han invitado a presentar el pequeño librito que me editó la Universidad de las Américas y que lleva por título Nudos, como un sencillo homenaje a R.D. Laing, quien contribuyó a formar un nuevo pensamiento y una nueva concepción de la locura en la cultura occidental.
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No es tanto de la presentación de lo que quiero hablar en esta nota, sino de R. D. Laing (no deja de sorprenderme su fecha de nacimiento: 7 de octubre de 1927, una fecha maravillosa para llegar al mundo). A Laing lo descubrí a finales de los setenta.

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Lo leí con atención, con asombro y con mucho interés al igual que a David Cooper y a Franca y a Franco Basaglia. Todos ellos lograron elevar a una categoría distinta la concepción que se tenía de la locura. Me siguen sorprendiendo los locos, los verdaderos, los que han sido “víctimas de su imaginación” como decía André Breton.

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He visto de nuevo, recientemente, la maravillosa película de Milos Forman Atrapado sin salida, cuyo tema es la institución manicomial. Ahí actúa magistralmente Jack Nicholson. Es una película que me marcó para toda la vida.
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Leer a los antipsiquiatras me ha ayudado a entender la vida, por lo menos eso creo. He entendido tantas cosas…. Muchas. Ahora entonces hablo de mis Nudos porque el libro tiene un epígrafe de Ronald David Laing, el poema “Knots”, que a continuación transcribo: "No me aprecio a mí mismo./ No puedo apreciar a nadie que me aprecie./ Sólo puedo apreciar al que no me aprecia./ Aprecio a Jack, / porque no me aprecia./ Desprecio a Tom/ porque no me desprecia./ Sólo una persona despreciable/ puede apreciar a alguien/ tan despreciable como yo./ No puedo querer a nadie/ a quien yo desprecie./ Como quiero a Jack./ No puedo creer que él me quiera./ ¿Cómo puede demostrármelo?" Según Laing, los nudos son los que se van formando en la persona a través de las generaciones: los Nudos se van haciendo poco a poco hasta moldear el carácter. Y los Nudos son los que finalmente conducen a la angustia y a la locura, a la ansiedad.
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R. D. Laing es –se podría decir– un filósofo existencialista que se preocupó (y trató de explicárselo) por el fenómeno de la psicosis.
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¿Qué es lo que hace que la gente sufra y no pueda visualizar una solución a sus problemas? La respuesta aún está por encontrarse. Los Nudos que he tratado de atar en este libro que se presenta en Minería se han basado en las propuestas que para la vida tiene R. D. Laing. Finalmente el lector tiene la última palabra, yo sólo los invito a la presentación con los comentarios de Guillermo Samperio y Yussel Dardón.

martes, febrero 26, 2008

Escritura como escultura



Diario Milenio-México (26/02/08)
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Hacia el final de Wittgenstein’s Mistress, la novela que le ha ganado fama de experimental al autor norteamericano David Markson, la principal y única protagonista opta por escribir un relato completamente autobiográfico en lugar de una novela, argumentando que sólo los que tienen pocas cosas que decir se quedarían con la segunda opción. Se trata, claro está, del momento en que la novela se vuelve y se ve la cara a sí misma: es el momento, pues, en que la novela se expone y, también, el momento en que se burla de sí. Las dos cosas a la vez. Sin embargo, la novela da inicio con una referencia explícita al hecho de que Kate, en efecto, escribe. “En el comienzo, algunas veces dejaba mensajes en la calle”, asegura. Luego también asegura que dejó de escribirlos. Y, entre una cosa y otra, escribió sobre la arena e, incluso, intentó escribir en griego: “Bueno, en lo que parecía ser griego, aunque sólo lo estaba inventando.// Lo que escribía eran mensajes, a decir verdad, como los que a veces escribía en la calle.// Alguien vive en esta playa, diría el mensaje.// Obviamente para entonces no importaba que los mensajes sólo eran una escritura inventada que nadie podía leer”.
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Su relación problemática con esa escritura que nadie entiende o que se desdibuja constantemente de entre la arena no se resuelve sino hasta que Kate empieza a pulsar las teclas de una máquina de escribir. En el mundo post-humano de Kate, escribir es, sobre todo, mecanografiar. Porque ese y no otro es el verbo que utiliza una y otra vez para describir lo que hace sin cesar, sin descanso, sin tregua alguna. Kate mecanografía. Esta diferencia entre escribir —la actividad creativa que una visión romántica puede asociar a actos de inspiración y genio— y mecanografiar —la actividad mecánica que involucra una relación específica entre el cuerpo y la tecnología, y la cual no es posible ni reducir ni agrandar con romanticismo alguno— no es de manera alguna gratuita. Kate, la mecanógrafa extrema, está registrando procesos mentales a través de los cuales intenta, como el Wittgenstein del Tractatus, sanar al lenguaje de su enfermedad propia: la imprecisión, que bien podría ser otra manera de llamar a sus significados. No por azar, luego entonces, Kate corrige su escritura en numerosas ocasiones (tiempos verbales, por ejemplo, o verbos correctos), anunciando en cada una de ellas que: “el lenguaje de uno es frecuentemente impreciso, eso he descubierto”. Pero la mecanógrafa extrema no sólo corrige: también está a cargo de producir una realidad que es una realidad textual, tanto para la narradora como para el lector, a través de la cual su vida en un mundo en que posiblemente no haya nadie más pareciera, al fin, soportable.
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Para corregir o para volver más precisas sus propias oraciones, Kate se da a la tarea de cambiar sus elementos, ya sea quitándolos de ahí o ya sea añadiendo otros nuevos. De ahí que en una novela plagada de referencias culturales y artísticas, no sea del todo anodino que la narradora plantee de manera explícita la diferencia entre el proceso de creación de una escultura y el de una pintura. “La escultura”, escribe, “es el arte de quitar el material superfluo, alguna vez dijo Miguel Ángel.// También dijo, por el contrario, que la pintura es el arte de añadir cosas”. David Markson ha creado, a través de Kate, a una escritora que, siendo una mecanógrafa, trabaja con el método de una escultora. En Wittengstein’s Mistress ha desaparecido, en efecto, todo lo superfluo: nociones convencionales de lo que es, por ejemplo, una anécdota, la construcción de un personaje, el concepto de desarrollo e, incluso, la producción de un final. En la novela ha permanecido lo que permanece: la ruina y la pregunta acerca de lo que ésta significa. Pero la novela también es escultural por el cuidado casi físico con el que están hechas todas y cada una de sus líneas. Y hacer, aquí, es el verbo preciso. La sintaxis que encarna la soledad de Kate, ese eco de extrañeza que, sin embargo, permite todavía su legibilidad, es producto de un trabajo constante y, en ocasiones, violento, con y contra el lenguaje. Ahí, detrás de todo eso, hay un escritor que utiliza la tecla como un cincel. Ahí hay alguien que toca las palabras, sin duda. En este sentido, en el sentido en que el novelista utiliza los métodos de trabajo de un escultor, esta novela apropiadamente escultural es, por lo mismo, una escritura colindante.
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Kate es una mujer, he escrito eso varias veces. Pero en un mundo post-humano tal aseveración debiera producir más ansiedad que alivio. ¿Tiene sentido, en un globo terráqueo sin nadie, la distinción entre mujeres y hombres? Las profusas referencias de Kate respecto a su propio cuerpo contribuyen a ampliar el alcance de estas preguntas más que a resolverlas. Muy pronto en el relato, Kate se enfrenta a la indeterminación de su edad. Podría tener 50, en efecto, sus manos así se lo indican con manchas y arrugas, pero todavía menstrua (y la aparición de la menstruación en ocasiones le sirve para llevar cierta cuenta del tiempo). Podría reaccionar de otras maneras ante, por ejemplo, un accidente en que se rompe el tobillo, o que al menos le produce un esguince, pero las hormonas (no es necesario decir que son femeninas, se entiende). En todos y cada uno de estas escenas se trasluce y se borra, se afirma y se cuestiona, la identidad de género. Pero el hecho, sin embargo, importa. Dice Kate en más de una ocasión: “No hay naturalmente nada en la Iliada, o en ninguna otra obra, acerca de alguien que menstrúe.// O en la Odisea. Así, sin duda alguna, una mujer no escribió eso después de todo.” Todo parece indicar que, aún en un mundo sin hombres y sin mujeres, ser mujer o no, importa. E importa por la simple o complicada razón de que aún ese mundo post-humano habitado sólo por Kate y la historia natural de su cultura, Kate tiene cuerpo y produce memoria.

lunes, febrero 25, 2008

La sombra de los versos



Diario Milenio-México (25/02/08)
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Snif, te lo prohíbo
Contra lo que acostumbran pensar los puritanos, no son las libertades aquellas señoritas que nos conducen al libertinaje, sino las prohibiciones. Cachondas varias de ellas, cómo no. No en balde asegura Georges Bataille que al cabo toda forma de erotismo se origina en los interdictos. Romperlos, desafiarlos, pretender fatuamente que se los ignora, ocasiona un placer que remunera con creces al infractor. “Soy una perra”, jadea la beata de cara al espejo y allá van cuesta abajo tantos días y noches invertidos en manosear rosarios. Se acusa a los pornógrafos de hacer dinero indigno a costillas de los humanos apetitos, y puede que lo suyo no sea exactamente digno del mayor encomio, pero hay que ver también el tremendo negocio que es prohibir.
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Quien prohibe no precisa hacer más inversión que unas cuantas coartadas retorcidas a modo para inventarse un pasadizo virtual entre el paternalismo autoritario y el bien común. “Es por tu bien”, decían los mayores cuando nuestro criterio de niños no alcanzaba para leer cabalmente la brújula de la propia convenencia. ¿Cómo es que, ya crecidos, podemos tolerar que otros vengan a hablarnos en el nombre de nuestro santo bien, asumiendo y forzándonos a asumir nuestra inapelable y quien sabe si ya definitiva minoría de edad? Si me diera por hablar a los prohibicionistas en nombre de su bien y su salud mental, empezaría por exigirles que empezaran dejando en paz a los míos. El hecho de que no consuma pornografía, ni realice propaganda política independiente, ni consuma tabaco en sitio alguno, difícilmente les da derecho alguno de prohibírmelo. Porque claro, prohibir es placentero, otorga sensaciones de poder equiparables a las que experimenta el cocainómano recién servido, y por supuesto causa adicción.
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El complejo rabioso
No obstante el clima de prohibicionismo que privaba en los años infantiles, recuerdo con simpática extrañeza que mis padres jamás me prohibieron fumar. “Dos cajetillas de Raleigh con filtro”, le pedía ciertos sábados al hombre de la tienda, quien mientras me cobraba se entretenía tachándome de escuincle vicioso. Acto seguido y sin darle respuesta, corría de regreso a la casa a entregarle a mi padre sus cajetillas y su cambio. De manera que nunca se me antojó, me parecía sosa, incomprensible esa manía de jalar y echar humo por la boca, y todavía más raro el sex-appeal que aquel acto tenía entre mis compañeros del colegio. Ahora bien, si al principio miraba a los fumetas con el respeto que inspira la osadía del villanuelo, luego me fui enseñando a mirarlos con cierta conmiseración. Me parecían ya demasiado infantiles, desde que se esforzaban por sentirse adultos y con trabajos parecían enanos; aunque eran preferibles a las cucarachas lambisconas que los delataban: “¡Profesor: Zutanito está fumando en el baño!”
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La prohibición no es sólo de quien la impone. Hay una voluntad de apropiación palpitando en lo oscuro de cada pobre diablo urgido de un gajito de poder. Una tendencia no menos adictiva que la experimentada por el prohibicionista, y además contagiosa como la rabia. ¿No es acaso con rabia que el ciudadano equis se injerta en policía transitoriamente para llamarnos la atención y tratar de forzarnos a cumplir con cierta norma estricta que pasamos por alto? ¿Quién no conoce a alguno de esos oficiosos ortopedistas de la conducta ajena, para quienes las nuevas prohibiciones son oportunidades de desplegar complejos de inferioridad resueltos a la usanza de Narciso? Hay que ver la fachita vanidosa que se cargan los hijos de vecino acomplejados cuando intentan prohibirnos una cierta conducta personal y ya nos amenazan con denunciarnos.
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Mi padre no come alfalfa
El problema con los prohibicionistas del tabaco no está en que, según dicen, un fumador activo se entregue a perpetrar la infamia de convertir a quienes le rodean —aún con su consentimiento— en fumadores pasivos, sino en la aberración de aceptar al prohibicionista y sus esbirros como prolongaciones de nuestros padres durante la vida adulta. Empeño que a la larga será inútil, aunque no improductivo para quienes se encargan de aplicar por ahora esas leyes, y en tanto administrar una nueva y jugosa fuente de ingresos. ¿Cuántos bares permanecen abiertos únicamente gracias al oportuno pago de sobornos a tantos funcionarios chantajistas? Imagino una escena doblemente asquerosa: el inspector chantajea al dueño del tugurio por no haber delatado a un fumador, mientras tres parroquianos exigen, de manera espontánea y coincidente, que se aplique la ley con todo su rigor.
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Somos legión quienes recordamos a nuestro padre soltando bocanadas de humo en la sobremesa, sin que nadie pelara los ojos por ello. No creo que en todas esas ocasiones —el coche, un restaurante, la sala de la casa— me causara algún daño irreversible, si bien me tranquiliza que hace más de veinte años no haya vuelto a prender uno de esos Raleigh de mierda, ni de otros. Mas si al aire viciado hay que referirse, cualquier ciclista o motociclista —heavy users del aire contaminado— podría corroborar la porquería de oxígeno que diariamente respiramos. Un problema que los prohibicionistas preferirían resolver, en un futuro próximo, multando a quien camine por la calle sin el debido tapabocas.
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El mero ejercicio de prohibirle cualquier cosa a los vecinos, amenazarlos, llamar a la patrulla, señalarlos, otorga al miserable alguna sensación de libertad, pero lo cierto es que nada molesta más a los prohibicionistas que cualquier forma de libertad ajena, a la cual rebautizan como libertinaje para hacer de ella un arma arrojadiza, y en tanto una palanca para el chantaje y la sumisión forzada. No tendría que sorprender a casi nadie advertir que entre los prohibicionistas menudean quienes admiran y ensalzan a los regímenes totalitarios, donde sin duda más en casa se sienten, ni que halaguen y emulen a sus caudillos. Su negocio es prohibir, su lugar quiere ser el de nuestros padres, y eventualmente el de nuestros padrotes. ¿Quién, por favor, le explica a estos celosos caballeros que no están con sus hijos, ni con sus putas?

domingo, febrero 24, 2008

Querido blog III (o una conversación donde un hombre intenta pasar revista a algunos recuerdos de su vida por motivo de su cumpleaños número 23).

Para Alma Flores Becerra, por tu lejanía agringada.
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23 de febrero de 2008, 10:43 pm
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La noche es fresca, cálida. Ya se han ido los vientos fríos, según yo. Al menos no tengo frío, ya es ganancia. Ha sido un día de descanso y lectura. Por fin termine de leer En busca de Klingsor del amigo Jorge Volpi, quizá con el que menos trato de los escritores de la generación del Crack, pero lo poco que he platicado con él me da por creerlo, al menos de mi parte siempre va a tener un afecto sincero. Sin duda, esta novela es portentosa. Está construida y sostenida bajo una frase dicha por Epimenides: Todos los cretenses son mentirosos. Esta frase va cambiando, por lo cual se convierte en la tesis de la novela. El escritor intenta jugar con esta idea y que a lo largo de la novela ira cambiando para decir: Todos los hombres mienten, o dicho por uno de sus personajes: Todos los científicos mienten. Es una novela que tiene como fin buscar la verdad: ¿existe o no un tal Klingsor y si existió, realmente fue el consejero más cercano que tuvo Hitler?, y por lo tanto evadir la mentira, pero si todos los hombres son o pueden ser mentirosos, la verdad se antoja como una empresa difícil de conseguir. El final, no puede ser mejor: la duda, la incertidumbre, dejando puerta abierta a la intuición personal. Porque la vida es eso: una incertidumbre.
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Antes de empezar a escribir, estaba buscando la mejor forma de hacerlo. No encontraba el camino de cómo tratar a esta hoja, Pitol, el único e inigualable me abrió la puerta. Sólo basto con abrir El arte de la fuga para encontrar algún ejemplo de ello. He tenido la oportunidad de convivir con Sergio Pitol y aún sigo sin poder olvidar cada momento, lo tengo guardado con una precisión fotográfica. Ojalá pudiera tener nuevamente la oportunidad de compartir el pan y la sal con él.
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Al Klingsor de Volpi le antecedió el Morelos, morir es nada de Pedro Ángel. Es cierto es una gran novela, con mayor facilidad o menos riesgo de perderse, pues a diferencia de Zapata, Morelos no es casi inexistente en cuanto a registros de su vida. Con esta novela compruebo una vez más la tesis que siempre he tenido sobre su forma de escribir, cuando utiliza una voz femenina para narrar, sin duda, lo hace mejor, con mayor soltura y libertad. Morelos como Zapata tienen un hilo conductor interesante en su narración: se conserva un mismo estilo, cambiando únicamente la perspectiva desde la que se es contada la historia. Con Morelos existe un testigo casi presencial, mientras que Zapata es un narrador omnisciente quien nos va contando todo, nunca estuvo ahí, sin embargo lo sabe todo. Yo me aventuro a concluir algo a todos los detractores del Zapata de Palou, esta novela fue narrada de tal forma por una razón: el narrador de la historia somos todos y nadie a la vez, todos tenemos en la mente un Zapata y creemos que dicha imagen es verdadera, única. En cambio, Morelos era necesario recurrir a un testigo, alguien que supiera lo que ignoramos. Nada se hace porque sí, siempre hay una razón y un por qué. Total si me equívoco en esta idea, es sólo eso, y me pertenece, nadie tiene porque adueñarse de ella, ni tomarla como una certeza absoluta, porque en la vida no hay certezas, hay suposiciones.
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El pasado jueves cumplí 23 años y quisiera regresar a mi infancia, hay tantas cosas que no pude vivir como me hubiera gustado. Uno aprende a madurar con camisa de fuerzas. A nadie le piden una opinión acerca del futuro que esperamos tener o si nos la piden, la echan por la borda. Uno es lo que puede ser, más no lo que quiere ser. Mentira que uno trace su propio porvenir. Más bien uno dibuja con la mayor precisión posible, pero nunca falta el chico malvado que nos mueve la mano para errar nuestro trazo, y tampoco sobra la niña coquetona que nos roba la concentración y al regresar no sabemos cómo continuar y si lo llegamos a hacer nunca será igual que la primera vez. Las circunstancias siempre vendrán a mover un probable plan. Uno crece siempre con carencias, infelicidades, disgustos, traumas. Unos aprenden a vivir a pesar de ellos, otros con ellos y otros intentan enfrentarlos, se vuelven escritores y acaban peor de cómo estaban: con más dudas, con más penas, con más dolores y con menos tiempo para convivir con el resto de los “normales”. Entre esos dolores, están los provocados por la muerte. Esa maldita puta mujer vestida de negro, tan pinche elegante y tan cabronamente ojete. Hace ya cerca de 7 años que perdía a la abuela paterna y ocho que perdía a la materna. Y cada día que me paro, pienso que fue apenas ayer. Es curiosa la vida, las personas se van cuando más las necesitan y están ahí cuando, quizá, probablemente menos te hacen falta. Cambiaría algunos de esos supuestos logros personales por una conversación con alguna de mis abuelas. Tenían tanta paciencia para escucharme y estaba tan seguro de que me entendían, que después de cada plática me sentía tan liviano como una nube.
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La noche de ayer le escribía a Carmen, una ya cómplice nocturna: que madure para olvidar el pasado. Y sin embargo, cada noche me siento como aquel puberto desprotegido que lloraba como perro que no tiene dueño, al saberme sin aquella compañera sapiente que era Salud para mí. Ella al partir, se llevo la mitad de mi sonrisa. Lo que resta de esa mitad se la deje a las amistades, por cruel que suene, pero la muerte de Salud me enseño que encariñarse con gente demasiado grande es aventarse a un abismo sin retorno, que sólo promete dolor y lagrimas. Pero por muy contradictorio que parezca en el banco de lágrimas hay un gran respaldo que se acabará seguramente cuando le toque su turno a mi Padrino Agustín, y otro tanto a ese gran personaje que decidí adoptar como mi abuelo sentimental: Sergio Pitol, nunca tuve la oportunidad de conocer a los míos, pero me los imagino como él.
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Son las doce de la noche, las cero horas, ni sábado ni domingo. El punto intermedio. La unión de las partes, y yo quisiera escribir que tengo mi otra parte. Pero no tengo nada. Son ya tres años de saberme solo. Tengo dos problemas: la timidez y mi gran defecto de ser tremendamente enamoradizo. Me gustan muchas a la vez, pero el miedo al fracaso no me permite concretar alguna de las posibilidades. Tal vez, inconscientemente esté apostando por una soledad eterna, sólo espero que no sean 100 años.
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Escribo porque es lo mejor que creo hacer. Leo porque la vida no me trae tantas satisfacciones como las que encuentro con cada libro. Siempre se escribe por o para alguien, o ambas. Mi por se llama Verónica Estay, la primera que me enseño el camino y me dio la capacidad de confiar en mí, mi para es tan prostituto, porque siempre será para la mujer en turno. Y todo intento de escritor, busca tener cómplices, al menos es lo ideal, yo tengo varios cercanos: Israel, Carmen, Leo como cercanos y pares; como lectores: Jenny, Abigail, Padua como las siempre constantes, y como los guías: Roberto Martínez, Pedro Ángel Palou, Ignacio Padilla y Jorge Volpi. Hay más, muchos más, pero el grosso modo, exige precisión.

sábado, febrero 23, 2008

Bajo el Sol (Diario e-consulta Puebla 21/02/87)

Actualidad de Epicuro
Por Roberto Martínez Garcilazo

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Despreciable es
laVida pasada en
Servidumbre…
Lucrecio, La naturaleza
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Agobiados por la vulgaridad de la disputa pecuniaria de los políticos profesionales buscamos refugio en los autores imperecederos. Zafiedad, torpeza, arrogancia y ambición de los primeros; elegancia, discreción, sabiduría y austeridad de los segundos.
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Tito Lucrecio Caro y Epicuro, su maestro, son lo que hoy me ocupan y comparto.
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Según San Jerónimo, Lucrecio padeció ataques de demencia producidos por un filtro que le dio una mujer celosa y en sus intervalos lúcidos escribió algunos libros. Agrega el santo que el poeta terminó su vida por el suicidio. Uno de sus libros, supuestamente concebido y ejecutado en el benigno paréntesis del influjo de un maligno filtro de amor es La Naturaleza de las cosas. Marchena en el introductorio (Hernando y Compañía. Madrid 1918) escribió que:
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Vive Lucrecio en los años de la terrible agonía de la república; desde el principio de las luchas entre Mario y Sila hasta la muerte del sedicioso Clodio, período de grandes calamidades para Roma, en que las guerras civiles desatan todas las ambiciones, todas las codicias, saciadas con la sangre o el destierro de millares de ciudadanos de los más ilustres; período de corrupción política y moral, de desdichas públicas y privadas, del que fue testigo y acaso víctima el autor del poema La Naturaleza. (…) Sin ambición y sin amor, que detestaba, sin creencias religiosas, que aborrecía, no podía encontrar Lucrecio, dentro de aquella sociedad descreída otro aliciente a la vida que el ofrecido por la filosofía del deleite, llamada así la de Epicuro, y no con verdadera propiedad, porque si se encaminaba a encontrar el reposo, la quietud del alma y del cuerpo por una especie de muerte prematura, por el alejamiento de cuanto pudiera causar malestar en el cuerpo y el alma, no faltó quien la interpretase en el sentido de sistema, que permitía y aun ordenaba la satisfacción de los placeres mundanos.
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Lea el lector este fragmento de La Naturaleza de Lucrecio:
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Pero nada hay más grato que ser dueño
De los templos excelsos, guarnecidos
Por el saber tranquilo de los sabios,
Desde do puedas distinguir a otros
Y ver cómo confusos se extravían
Y buscan el camino de la vida.
Vagabundos, debaten por nobleza,
Se disputan la palma del ingenio,
Y de noche y de día no sosiegan
Por oro amontonar y ser tiranos.
¡Oh míseros humanos pensamientos!
¡Oh pechos ciegos! ¡Entre qué tinieblas
Y a qué peligros exponéis la vida
Tan rápida, tan tenue! ¿Por ventura
No oís el grito de naturaleza,
Que alejando del cuerpo los dolores,
De grata sensación el alma cerca,
Librándola de miedo y de cuidado?
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Su maestro, Epicuro de Samos, veinticuatro siglos después de ocurrido su efímero esplendor físico, sigue, hoy, vigente.
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Epicuro el filosofo del jardín, el maestro de Lucrecio –De rerum natura-, el que enseña que el placer es el bien supremo de la vida –el placer intelectual que no el concupiscente sensual que desasosiega las almas, destruye los cuerpos y perturba la paz de la convivencia en la polis-, el que declara que la felicidad verdadera es la serenidad que es fruto del vencimiento del miedo y de la incertidumbre del futuro, el que sostiene que el fin de la filosofía es la terapéutica de los temores del hombre que alcanzar debe mediante la reflexión la soberanía personal en el terreno mundo.
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Epicuro, el que descubrió que no hay alma teóricamente posible sin cuerpo. El atomista que postuló la existencia de un universo infinito y eterno. El de las virtudes éticas cardinales: justicia, prudencia y equilibrio –del placer y el sufrimiento. El hedonista del autodominio, la moderación y el desapego. El fisiólogo de la decisión moral que propuso la libertad de la voluntad a partir de la especulación teórica de la trayectoria impredecible de los átomos.
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El que construyó la imagen de la separación inconexa de los mundos de los dioses –seres perfectos y felices- y de los hombres –criaturas imperfectas avasalladas por el sufrimiento-. Leamos lo que sigue. De Lucrecio:
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Pues la naturaleza de los dioses
Debe gozar pos sí con paz profunda
De la inmortalidad; muy apartados
De los tumultos de la vida humana,
Sin dolor, sin peligro, enriquecidos
Por sí mismos, en nada dependientes
De nosotros; ni acciones virtuosas
Ni el enojo y la cólera les mueven.
-
Epicuro el jardinero hedonista que construye con proposiciones y actos libres felicidad del hombre que piensa, que intelige, que lee el mundo y lo interpreta y modifica. Del hombre que por este medio alcanza la autarquía y la serenidad.
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Epicuro, el boticario metafísico que en sus lógicos alambiques compuso el tetrafármaco para curar el alma del hombre. Luchar y vencer los cuatro rostros del miedo (los dioses, la muerte, el dolor y el fracaso) es la vía de la libertad en autonomía moral. Dentro del cuarto de los miedos está el fracaso del hombre agobiado por el peso de la vulgaridad del mundo creado por el plutócrata sandía y voraz.
-
Termino y cito, en gratuidad, los primeros versos de La Naturaleza:
-
Engendradora del pueblo romano,
Placer de hombres y dioses, alma Venus:
Debajo de la bóveda del cielo,
Por do miran los astros resbalando,
Haces ploblado el mar, que lleva naves,
Y las tierras fructíferas fecundas,
Por ti todo animal es concebido
Y la lumbre del sol abre sus ojos…

23

(Tomando prestada una costumbre que suele tener Pedro Ángel Palou, este poema o intento de ello, como conmemoración de mi cumpelaños 23).

1
Estar parado en un abismo inmerso
de soledad y recuerdos
que carcomen el presente
y no saber a dónde ir
ni cómo hacerlo.
-
Y no hay Virgilio que puedan guiarme
pero el camino correcto es aquél
dicen
pero nunca explican cómo se llega
ni para qué hacerlo
al cabo llego con satisfacción
para después llorar como un niño
al que le han pegado y no sabe por qué.
-
Hace tiempo que perdí el sentido
del tiempo, de la vida.
Ayer me desperté llorando
y hoy amanecí caminando de la mano
de Salud, su cuerpo apestaba
a un mundo desconocido,
y sin embargo, era cálida como la última vez
que me abrazó.
-
Aprender a perder y a sufrir
parece ser el regalo divino.
Vivir de fracasos y de efímeras alegrías
se vuelve el pan de cada día.
Perdonar a los que nos ofenden,
pide la oración,
y a quién se le reclama cuándo uno es abandonado,
cuándo le guardan sus juguetes y le exigen madurar.
-
Es fácil pedir y exigir perdón al otro,
pero nadie quiere otorgarlo
porque el orgullo corroe
y nadie quiere saberse derrotado,
se pierde el gusto y regocijo
de saber que el antagónico fracaso.
--
2
Y la nostalgia
de la infancia y los paseos por ese museo
al lado de ese primo que de repente fue
el hermano mayor que te faltó,
de ese padre que solía acompañarte
buscando conocerte y sin embargo,
siempre hubo una barrera que lo impidió,
de esos amigos que estaban ahí
cuando el mar inundaba mi vida;
me asalta cada noche
para impedir que me olvide.
--
3
Y descubrir la escritura como un mundo alterno
un desahogo
de aquello que nadie alcanzará a entender.
-
Saberse derrotado por esos miedos infantiles.
Las alturas son malas, el aire me puede empujar
de un incontable número de pisos
y entonces caeré al vacío,
cada piso es un fracaso,
sin oportunidad para defenderme,
o quizá una serpiente pueda irse enredado poco a poco
por mi cuerpo
e hipnotizarme con cada uno de mis fracasos
y luego abandonar mi persona que caminará
como zombi por la vida,
tal vez aparezca una mujer que jure amarme
para después partir
dejando a mi corazón cubierto de mierda.
--
4
Mejor abandonarse
y manejar en el carro de lo absurdo
por la carretera de la deriva
a mil por hora
lo más lejano del país del recuerdo
y la ciudad de la nostalgia.
Después cambiar, en algún poblado ,
de identidad
-
-
y comenzar de nuevo.

jueves, febrero 21, 2008

Los artistas e intelectuales ante la mediocridad cultural

Diario Milenio-Puebla (21/02/08)
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Insisto: es un deber de la comunidad intelectual y artística de Puebla (aquí involucro a los trabajadores de la cultura, a todos) el manifestarse en contra de la mediocridad, del abuso y de las mentiras que sigue pretendiendo hacer pasar como verdades el titular de la dependencia.
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Insisto: es un deber de la comunidad intelectual y artística de Puebla (aquí involucro a los trabajadores de la cultura, a todos) el manifestarse en contra de la mediocridad, del abuso y de las mentiras que sigue pretendiendo hacer pasar como verdades el titular de la dependencia.
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Es como un círculo vicioso: nadie se atreve a entregar apoyos sin proyectos. Y no habrá proyectos porque no existe la conducción de una persona que de verdad esté involucrada con la cultura. Al contrario, el titular de la secretaría a la que hago referencia lejos está de entender un ápice el asunto. Para él la propia palabra “cultura” no significa nada.
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Traigo todo esto a colación, muy a mi pesar de haberme prometido no tocar más estos temas, porque una fotografía aparecida en este mismo diario, luego de lo que el secretario de cultura, el Simpatías, llamó su “comparecencia”, me sacudió y me hizo volver a los motivos que había dejado atrás.
-La foto es para el Pulitzer y hay que darle su crédito a Mónica González: un compañero reportero gráfico luce una playera que tiene estampada la leyenda “¡Basta de mamadas!”
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¿Qué secretario de estado, me pregunto, en la historia de las comparecencias –llámese o no de cultura— ha tenido un agravante como éste? “¡Basta de mamadas!”, se observa en la playera en esa foto aparecida el día 15 de los corrientes mientras el Simpatías secretario Montiel mira nervioso hacia otro lado con la apariencia de no poder controlar los párpados que le brincan sin control.
-A todo esto, ¿qué opina nuestra comunidad “intelectual”? Nada, acá no pasan las moscas.
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¿Qué opina ahora el poetastro que escribió que la Dirección de Literatura vivía “atolondrada”? Nada. Fue beneficiario de una bequita. ¿Y los “asesores” actuales del secretario? Ah, los mismos que lo criticaban duramente y que aún con todo no lo bajan de un ágrafo… Nada, no dicen nada.
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¿Y que dice el plagiario comprobado de una “investigación de cuento” (entrego las copias a quien me las pida) que dirige la cultura de la Universidad Iberoamericana y que intentó empujarme –sólo lo intentó, a Dios gracias— durante mi visita a la Filec en el Inaoe? Nada, no dice nada.
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¿Qué hace un fotógrafo de la talla de Raúl Gil rindiéndole pleitesía a quien antes tanto despreció abiertamente? ¿Qué necesidad tiene un pintor de talla internacional, como Gerardo Ramos Brito, sirviéndole en el cargo de subsecretario al gris, al oscuro Simpatías? No lo entiendo. O lo entiendo a medias.
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Ahí quedará esa foto para la historia: “¡Basta de mamadas!” Y ahí quedará el comportamiento de nuestros artistas e intelectuales, que se han vuelto ciegos y sordos ante la mediocridad cultural. Y como decía el cronista de futbol: “No pasa nada/ No pasa nada”.

martes, febrero 19, 2008

Historia natural de la Cultura



Diario Milenio-México (19/02/08)
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¿Y cómo es el mundo después del mundo? ¿Cuáles son, exactamente, nuestras ruinas? ¿Cómo se lidia con el lenguaje cuando no hay nadie, en sentido literal, a quien dirigirlo? El discurso interrumpido, sincopado de Kate, la única protagonista de Wittgenstein’s Mistress, parece proponerse atender, de una u otra manera, a estas preguntas. Las referencias a ciudades paradigmáticas del mundo moderno y posmoderno, así como a sus museos —instituciones culturales dedicadas a la identificación y preservación del patrimonio cultural— son del todo relevantes en este sentido. Kate empieza su relato completamente autobiográfico asegurando que: “En el comienzo, algunas veces dejaba mensajes en la calle.// Alguien está viviendo en el Louvre, ciertos mensajes dirían. O en la Galería Nacional.// Naturalmente sólo podían decir eso cuando estaba en París o en Londres. Alguien está viviendo en el Museo Metropolitano, eso decían cuando vivía todavía en Nueva York.// Nadie vino, por supuesto. Eventualmente desistí de dejar los mensajes”.
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Aunque nunca está del todo segura acerca del tiempo que ha transcurrido entre esa época en que todavía buscaba a algún otro sobreviviente y la etapa en que cesó toda búsqueda (en algún momento aventura la cifra de 10 años), Kate sabe que ha viajado mucho entre un punto y otro del tiempo. Los recorridos de Kate, que van de Turquía (el lugar original de Troya) a París, de Pennsylvania a México, pasando por Madrid o Roma, configuran una suerte de mapa post-humano del globo. El mapa, como todo mapa, no es azaroso, no es una réplica a escala de lo que-está-ahí, sino una selección de deslizamientos que, en el caso de Kate, son sobre todo deslizamientos a lo largo de y en la cultura y sus artefactos. Así es como, con el mundo completamente vacío, con todo estrictamente a su disposición, Kate opta por vivir en museos y, de manera eventual, por vivir de ellos (quemando algunas obras, por ejemplo, para producir calor).
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Como en muchos de sus libros, Markson incorpora en Wittgenstein’s Mistress una plétora de referencias literarias, artísticas y filosóficas que van de la época clásica a los albores de la modernidad. La manera en que trabaja la mente de Kate en la soledad más absoluta, el acertijo de la memoria que entrelaza y, con frecuencia, confunde, evita que tales menciones a las Grandes Obras de Cultura se conviertan en simples evidencias del status quo o en ramplona reafirmación del canon occidental. Kate no sólo confunde (y al confundir cuestiona) con gran facilidad autores y obras (Anna Akmatova, por ejemplo, es un personaje de Ana Karenina), o piezas originales con sus versiones fílmicas (es fácil pasar de Hécuba a Katherine Hepburn, por ejemplo) sino que además, con un gran sentido del humor, se da a la tarea de reapropiarse de narrativas fundacionales de occidente. Tal es el caso de la Iliada. No por casualidad, uno de sus primeros viajes en el mundo post-humano que habita la lleva a Hisarlik, el nombre contemporáneo de la antigua Troya. Y tampoco por casualidad aparecen aquí y allá, una y otra vez, en ocasiones como hilo del relato, aunque más frecuentemente como interrupción al hilo de otro relato, los nombres de Helena, de Aquiles, de Héctor. Así, cuando en las inmediaciones del libro, Kate conjunta a Eurípides, Orestes, Climenestra, Elena, Casandra, y Agamenón, para rehacer la historia de Troya, esta vez alrededor de tópicos como la violación y el secuestro y las relaciones familiares, es imposible no hacer comparaciones, acaso ingratas, con ejercicios similares: la Iliada de Alessandro Baricco salta ahora mismo a la memoria.
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Reversibles y grotescos, necesarios pero abiertos, los artefactos de la gran cultura sin el cual el mundo post-humano de Kate resulta impensable, provocan así más ironía que asombro, más duda y tanteo que validación. Kate, eso queda claro desde el inicio, es una mujer atenta a los eventos de la alta cultura pero tal y como éstos aparecen en los diccionarios y en la cuarta de forros de algunos libros y en la carátula de ciertos discos (si Markson hubiera escrito esta novela una década después, Kate habría sido una gran navegadora de internet, sin duda alguna). En On Creaturely Life, Eric Santner interpreta el concepto de historia natural acuñado por Walter Benjamin de la siguiente manera: “La historia natural, como la entiende Benjamin, apunta así entonces a un elemento fundamental de la vida humana, a saber que las formas simbólicas en y a través de las cuales se estructura la vida pueden vaciarse, perder su vitalidad, romperse en una serie de significantes enigmáticos, “jeroglíficos” que de alguna manera continúan dirigiéndose a nosotros —colocándose bajo nuestra piel psíquica— aunque ya no poseamos la llave de su significado”. En este sentido, en el sentido en que Kate enfrenta a los artefactos de la cultura como formas vacías y enigmáticas que, sin embargo, continúan dándole sentido a lo que piensa y hace y ve, Kate es una especie de Virgilio que nos introduce, no sin grandes dosis de sentido del humor, al terreno de la historia natural de la cultura.