lunes, abril 08, 2013

Un portento de velocidad (Milenio Diario/Opinión 02/04/13)


En el futuro, cuando ya no quede ni rastro de este viaje, cuando ésta sea sólo otra carretera más y el cielo, este mismo cielo, se haya extinguido del todo, quedará una nota. Unas cuantas palabras apenas. Un puñado de letras.

Dirá: “Realiza el recorrido de la primera carrera panamericana de autos—desde Ciudad Juárez hasta el Ocotal en la frontera con Guatemala—; reparte la guía turística de la Goodrich-Euzkadi entre los comités estatales de seguridad”.

Alguien las leerá; esas palabras. Y las anotará en un cuaderno, como si anotarlas en un cuaderno de alguna manera les diera mayor solidez, lo que algunos llaman, y llamarán entonces todavía, estoy seguro, mayor realidad. Como si el escribirlas de propia mano les diera peso, eso quiero decir. El peso del cuerpo, inclinado sobre la mesa o el escritorio. El peso de la mano alrededor del lápiz, empuñando. Y las llevará consigo, esas palabras, en un bolsillo o en algún otro lugar cerca del esqueleto, para irlas digiriendo o saboreando. Para irlas entendiendo, se dice, cuando en realidad se quiere decir: para irlas imaginando. Uno necesita tiempo para imaginar. Sólo eso. La primera carrera panamericana, lo sabrá pronto, se celebró en 1950. El 5 de mayo de 1950, para ser más exactos. Un portento de velocidad. Desde Ciudad Juárez a Chihuahua, de Chihuahua a Durango, de Durango a León, de León a la Ciudad de México, de la Ciudad de México a Puebla, de Puebla a Oaxaca, de Oaxaca a Tuxtla Gutiérrez, de Tuxtla Gutiérrez al Octal, en efecto. De frontera a frontera. De punta a punta de ¿qué? Pues de punta a punta de un país. Un poco más de tres mil kilómetros en cinco días de velocidad y polvo, curvas, aplausos, fotografías. Un portento de velocidad. ¿Cuánto se puede callar en cinco días por carretera? En cinco días por carretera se puede callar uno una eternidad.

 ¿Me imaginará con la mirada fija a través del parabrisas, los dedos alrededor del volante, el brazo izquierdo recargado sobre el espacio de la ventanilla abierta? ¿Imaginará el aire que hace trizas el humo que sale de la punta roja del cigarrillo? ¿Sabrá que nunca uso corbata? Uno maneja así en la carretera: alerta y desprevenido a un tiempo. Uno coloca los ojos a medias en el horizonte y a medias en el camino, y luego arranca. Las llaves, el ruido de las llaves. El asiento abullonado. El clutch. Los cambios. Primera. Luego, segunda. Adiós, Ciudad Juárez. El tiempo es su enemigo: el coche, su aliado; el camino, su problema.

¿Es una mujer? ¿Será una mujer la que me imagine así, en el futuro? Acaso. Usted ha de pensar que le estoy dando de vueltas a una misma idea. Y así es, señor. Seguramente me imaginará pensando ¿qué? Mejor: imaginar. Mejor aún: ensoñar. Soñar despierto. Este es mi mensaje para quien, desde el futuro, sea hombre o sea mujer, me describa viajando por el asfalto de la carretera panamericana unos cuantos días de junio de 1951: no pensaba en nada. Soñaba despierto. Una misma idea, así es. Señor.

Pero no te voy a decir lo que ensoñaba. No; eso no. Eso es cosa mía. 

Lo que es cosa tuya es lo que puedes imaginar. Ojalá que sí lo digas. Ojalá que sí menciones la paradoja. O que la inventes: voy en auto. Soy un experto en el manejo del automóvil, como lo dirá después Clara, mi esposa, en alguna entrevista. Voy por el camino donde el Oldsmobile, donde el Chyrsler, donde el Ford. Voy por donde, el año que entra, el Ferrari también. El Mercedes. ¿Me entiendes bien? No hay ningún burro por aquí. Traigo la mirada a medias en el horizonte y a medias en el camino, sí, que ése es el problema. El camino. Mi problema. Porque si en algo estamos de acuerdo es que el tiempo es el enemigo, cómo de qué no. Y el aliado, el mío al menos, es este coche. Pasó a más de 120 kilómetros en esa curva. Voy abriendo camino, en efecto. ¿Lo ve usted claramente, desde el futuro, lo ves bien? Pedregoso. Desteñido. Taimado. ¿A usted le gustaría tomar una curva a esa velocidad? 

El país iba así. A toda velocidad. Como alma que lleva el diablo, se dice, y se dirá.

Voy pensando, para que te lo sepas, que hace bien poco acaba de salir un cuento mío en la revistaAmérica, en el número 66. Y voy pensando que acabo de leer ese nombre, el nombre de Dolores Preciado, en libro de Olivia Zúñiga que acaba de sacar Et Caetera en Guadalajara. Retrato de una niña triste. Sí, Olivia es la misma que escribió sobre Mathias Goeritz. La abyecta fatiga/ del yo,/ que tantas veces/ acompaña. Esa mismita. La palabra pedregoso, en eso voy pensando. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, en eso voy pensando. La palabra desteñido.

Pero todas son puras mentiras. Debe ser mi talante taimado, qué va. Porque a fin de cuentas, lo que verdaderamente importa no es lo que uno piense sino lo que uno no sabe ni siquiera que pasa por la cabeza. Eso es ensoñar, ¿qué no?

Me sentía desgastado como una piedra bajo un torrente, pues llevaba cinco años de trabajar catorce horas diarias, sin descanso, sin domingos, ni días feriados… Recalé en la fábrica, iba a cambiar las llantas, cosa que hacía cada 20 o 30 kilómetros… De paso se me ocurrió pedir… que le instalaran radio al automóvil… Aquello no sólo resultó imposible sino infamante… Hubiera usted visto usted a esos cabrones, hijos de la industria pesada, ir todos a tallar las llantas para calcular su desgaste. Ya para ese momento había tomado una decisión: mandarlos a la chingada.

Uno ve por la ventanilla, así. Uno ensueña. Uno dice: un viaje más y los mando bien lejos de aquí, hijos de la industria pesada. Es mentira que uno tenga que esperar al último segundo, ése en el que según dicen uno ve su vida completa, como en el cine. Es mentira, se lo aseguro. Uno también la ve aquí, sobre la carretera. No desde el inicio hasta el fin, que nunca pasa nada así. Uno ve cachitos. Pedazos. Como el flash de la fotografías. ¿Cómo se llama eso que se ve al final del camino y no es una luz? Como espejismos, así mismo.

Por eso yo le aconsejo a esa mujer del futuro que, cuando se pregunte si tomará esa curva a 120 kilómetros, diga que sí. Tome esa curva. Apriete el acelerador y vea las nubes. Ensoñar es un verbo. Entonces tome la siguiente.

[Las itálicas son, en orden de aparición: Juan Antonio Asencio, "Juan Rulfo: Un extraño en la tierra", citado en Roberto García Bonilla, Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo (México: CONACULTA, 2008, 123), 123; voz de la filmación "II Carrera Panamericana (1951): http://www.youtube.com/watch?v=CcA42xUWMLU; líneas de "Luvina"; Roberto García Bonilla, Un tiempo suspendido, 128.]   

viernes, abril 05, 2013

Abismo, metáfora de la rutina-(Sexenio-Puebla 04/03/13)


Puebla vive una oleada literaria, afirmó Mario Martell recientemente. Afortunadamente son más las voces jóvenes que alzan la mano, muchas de ellas con proyección nacional.

Los comandantes de la nueva generación narrativa son Jaime Mesa y Eduardo Montagner; después –con apoyo de Mesa y por arma una buena narrativa- aparecieron con mayor ahínco los nombres de Yussel Dardón, Javier Caravantes, Eduardo Sabugal, Juan Carlos Reyes, Arturo Ordorica y Alejandro Badillo; en su mayoría escritores forjados en la tradición de los talleres literarios, otros más se fueron fabricando en las sombras de sus cuartos. Muchos de ellos han obtenido premios nacionales de gran importancia y otros más forman parte del amplio y valioso catálogo de Tierra Adentro. Voces que prometen mejor futuro para la vida literaria en Puebla.

Lejos de cualquier taller literario, aparece la novela: Abismo de la joven narradora Ana Belén Barradas, quien se lanza al ruedo con tan sólo 20 años de edad y cuya obra fue escrita con tan sólo 16 años de edad.

Abismo cuenta la historia de Alan –un joven escocés de 27 años- quien goza de una vida casi perfecta, hasta que un día su vida cambia y por azares del destino llega al mundo de Etnega, donde se maravillará con la belleza de los paisajes y durante su estancia –Alan- logrará conocerse más a fondo y así comenzar a valorar todo aquello que conocía como vida, pero la rutina le impedía comprender su valor real; uno de esos grandes tesoros es el amor que le tiene a su esposa Aeryn.

Ana Belén Barradas, sin duda, es parte de la generación que vio o leyó los libros de Narnia, Puente a Terabithia o El señor de los anillos; pues en esta breve novela deja ver esa herencia, ya que recurre a la creación de un mundo fantástico poblado por seres extraordinarios como lo son los gnomos, de la misma manera inventa el lenguaje de esos habitantes. Sin embargo, eso no es lo valioso de esta novela, lo plausible es cómo se sirve de una pequeña metáfora para darle vida a una breve novela: Etnega; ése mágico lugar como alegoría del espacio a donde todos quisiéramos escaparnos y mandar todo a volar o como sinónimo de ese viaje interno que todos necesitamos. Y debajo de todo eso, aparece la invitación a valorar y cuidar nuestra naturaleza, así como el amor.

Abismo es una buena primera novela que deja ver las capacidades narrativas de Ana Belén Barradas. Ahora toca esperar una segunda novela donde sean más los recursos literarios y/o estéticos manejados por la autora.

lunes, marzo 25, 2013

Un clic llamado Mordzinski (Diario Milenio/Opinión 25/03/13)


Te escribo estas palabras desde Nueva Delhi: esa ciudad que nunca me cansé de soñar y ahora por fin recorro entre perplejidad, fascinación y horror, con una mochilita que me cuelga del hombro y dentro de la cual viaja una cámara con un par de lentes. No es que sea buen fotógrafo, y hasta me temo justo lo contrario, pero igual me divierto haciendo clic y esta vez no he querido perderme la ocasión de traerla conmigo, aunque la sola idea de confesártelo me haga sentir aún más villamelón.
Ayer mismo empecé, a bordo de uno de los miles de bicitaxis que infestan el asfalto de calles y avenidas y bullen como enjambres de mosquitos entre carros, camiones, motos y autorickshaws. Una coreografía caótica donde los bocinazos zumban sin descanso y no parece haber otra regla de tránsito que la invasión constante de lo que en otras partes son carriles y aquí es tierra de todos o de nadie, según se quiera ver. Si sumamos a esto el carnaval de aromas que seduce y aturde al recién llegado, comprenderás que sólo de rato en rato logre abstraerme de esta intensidad para echar mano del juguete portátil.
Invadimos de pronto callejones estrechos repletos de peatones que van y vienen a los lados, atrás, adelante, de manera que el acto de sacar la cámara y tratar de enfocarla en un paisaje así —la multitud que a cada paso nos devora— me provoca una suerte de intimidación, amén de un sentimiento de futilidad, pues por más que haga clic no lograré guardar sino las puras sobras de cuanto atestiguo. Unas horas más tarde, en el hotel, descargo las imágenes en la computadora y encuentro nada más que unas cuantas miradas, no sé si de sorpresa, desprecio, mohín o desconcierto. En todo caso, puedo verme en sus ojos igual que un accidente ante el espejo. Y aquí es donde entras tú.
Hace ya varios días te traigo en la cabeza. De paso por Madrid, la ciudad en la cual nos hicimos amigos, recibí la noticia de tu archivo quemado por las manos ineptas de quién sabe qué pobre diablo anónimo. Miles de negativos trabajados con talento, pasión y paciencia infinitos han desaparecido sin más explicación que la estulticia y la inconsecuencia. Luego, durante una larga escala en París, te busqué como busca uno a los amigos que supone tristísimos y espera ser capaz de al menos distraer, o entretener un poco en la desolación. Pero ocurrió que estabas ya entretenido en el montaje de una exposición, de modo que me fui casi tranquilo de saberte afanado, lleno de lo que Mario Vargas Llosa recién llamó tu “entraña incandescente”.
Casi tranquilo, he dicho, porque en el fondo sigo pensando no solamente en las fotos perdidas, sino además en tus famosas fotinskis, que es como bautizaste a tus obras más desmesuradas, donde el modelo entra en complicidad contigo para jugar igual que un par de niños a retorcer la idea del retrato: ese incidente adusto que en tus manos se torna ritual de introspección y ocasión de jolgorio. Si a más de un escritor le quita el sueño la posteridad, lo tuyo es distraer esa vigilia para entrar en el sueño del instante y desvelar ocultas fotogenias.
Veintisiete años de fotos y fotinskis no se cuentan en unas pocas líneas. Recuerdo, allá en tu estudio de la Casa de América, esos libros repletos de retratos mordzinskianos que tanto codicié y de los cuales no quedaban copias disponibles, inexplicablemente. Imágenes que son cualquier cosa menos accidentales, y no obstante aparecen cargadas de una espontaneidad reveladora (quiero creer ahora que este desaguisado servirá cuando menos para hacer inminentes las reediciones).
Tampoco olvido aquella noche desbordada, cuando cenamos juntos en cierto chiringuito de Gran Vía y me contaste de tu arribo a París, con dieciocho años plenos de desconcierto y el empeño desnudo de la sobreviviencia. Caminamos de vuelta hacia Recoletos, por el puro placer de librarnos del taxi y seguir enfrascados en la plática que hizo de dos colegas un par de amigos. Te admiraba hasta entonces, y a partir de esa noche ya no pude por menos de profesarte un afecto especial.
Miro mis fotos de hoy en Chandni Chowk, todas ellas tan malas como el ejecutor, y acabo revisando algunas de las tuyas: qué envidia y qué alegría. Me viene a la memoria el viejo ensayo de Julio Cortázar —Turismo aconsejable: “un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno”— e imagino el momento adolescente en que lo viste entrar en tu objetivo. Eso, Daniel, no habrá quien te lo queme. Eso eres tú: taumaturgo, testigo, creador. Eso seguirás siendo, para suerte de todos.

La comunalidad del texto (Diario Milenio/Opinión 19/03/13)


Hasta no hace mucho, analizar un texto era, sobre todo, preguntarse por el proceso de subjetivación que le daba sentido. Con esta pregunta, los analistas más contemporáneos dejaban atrás una búsqueda a menudo rígida de inscripciones identitarias —de clase, género, raza o generación— para dar lugar a una exploración que sobre todo involucraba, y aquí sigo de cerca a Jacques Rancière, el forcejeo dinámico que emprendía el sujeto contra identidades impuestas: un proceso que se conoce como de desidentificación o, en términos más caseros, de desclasificación.1
Una poética desapropiacionista invita a hacer esas preguntas, sí, y además, acaso sobre todo, otro tipo de preguntas. Puesto que el texto desapropiado lleva consigo, y de manera visible, las marcas del tiempo y el trabajo de otros, del trabajo de producción y del trabajo de distribución de otros, es decir del trabajo colectivo hecho junto con otros en el lenguaje que nos dice en tanto otros, y nos dice por lo mismo en tanto comunidad, es solo justo que la pregunta que busca dilucidar el motor que hace significar a un texto no solo se refiera a procesos de subjetivación sino, mayormente, a los procesos de comunalidad que le permiten enunciar y enunciarnos por virtud de su ex/istir. Aclaro: utilizo el término comunalidad, en lugar de comunidad, porque el primero hace hincapié en las relaciones de trabajo colectivo —conocido en los pueblos mesoamericanos como tequio— que se encuentra en el eje mismo de su existir como un afuera-de sí-mismos y como forma básica de un estar-con-otros. Ese trabajo colectivo, gratuito, de servicio, es lo que deja ver la re-escritura cuando se le lleva a cabo desapropiadamente. Eso es, sin duda, lo que la vuelve amenazante para sistemas cerrados y jerárquicos que viven y predican el privilegio, el prestigio, el mercado. La ganancia en lugar de la compartencia.
¿Cómo se pregunta sobre la comunalidad de un texto? ¿A través de qué interrogantes será posible recordarle el origen plural a un texto que tiene la costumbre de presentarse en público como producto de una autoría individual? Yo no lo sé de cierto, pero aventuro. Las preguntas evadirán, por principio de cuentas, la mera biografía intelectual de la autora (los libros que leyó, las universidades o tertulias que frecuentó, la música que considera más influyente) para concentrarse en las prácticas materiales que la vinculan al texto: desde su “ganarse la vida” (tal como lo sugería Piglia en alguno de los ensayos de El último lector), su “cómo” del trabajo cotidiano (y no necesariamente su “por qué”, que es al fin y al cabo una pregunta sobre intencionalidad), hasta el sistema personal de decisiones estéticas y políticas que le permitieron elaborar este y no otro libro, este y no otro artefacto de la cultura. Imagino que las preguntas no sólo intentarán dilucidar las relaciones específicas del cuerpo material del escritor en su estar-con-otros—los datos más bien identatarios de clase y raza y género y generación, entre otros—sino que irán más lejos: irán hasta los resquicios últimos donde se elaboran las relaciones de su comunalidad. En otras palabras: irán a su tequio.
Una de las primeras preguntas en este sentido tendrá que ser, luego entonces, acerca del trabajo comunal (gratuito, obligatorio, en el lenguaje-en-común) que le da existencia al texto en el afuera-de-sí. Nuevamente, la pregunta habrá de escapar al terreno de la mera historia de las ideas o de la biografía intelectual. En su lugar, incitará la inscripción de datos de la historia social y, de suyo, local del libro. Si la lectura no es un acto de consumo pasivo sino una práctica de compartencia mutua, un minúsculo acto de producción en común, entonces en juego estarán no sólo los libros leídos sino, sobre todo, los libros interpretados: los libros re-escritos, ya en la imaginación personal o ya en la conversación, esa forma de la imaginación colectiva. Y aquí habrán de hacerse preguntas que permitan volver visibles las huellas que esos otros han dejado, de una forma u otra, en las re-escrituras y, luego entonces, en la versión final—que es la forma interrumpida—del libro mismo.
Yo no lo sé de cierto pero lo que cada vez me queda más claro, sin embargo, es que la escritura de libros en comunalidad tendrá que vérselas, y esto de manera explícita, con la puesta en escena de la autoría plural. ¿De qué manera las figuras del narrador, punto de vista o arco narrativo, por ejemplo, tendrán que re-hacerse para dar fe de la presencia generativa de otros en su mismo existir? ¿Qué soporte se habituará mejor a la develación continua del palimpsesto y la yuxtaposición intrínseca a cada proceso escritural? ¿Cómo será el así llamado aparato crítico cuando cada frase e, incluso, cada palabra, tenga que dar cuenta de su ser plural y pluralmente concebido?
Acaso no sería descabellado pensar ahora mismo en libros cuya sección de agradecimientos—uno de los pocos lugares destinados culturalmente al explícito reconocimiento del hacer del otro en la producción del libro—será incluso mayor a, además de estar entreverada con, la sección todavía conocida como el cuerpo propiamente del libro. Una de las definiciones del verbo reconocer, después de todo, involucra de manera central a otro verbo: agradecer. Dicho de una persona, asegura la Real Academia, reconocer: 7. tr. Mostrarse agradecida a otra por haber recibido un beneficio suyo. Dicen los que saben de etimologías que el vocablo latín gratia se relaciona con una amplísima gama de términos muy antiguos: gratulabundusgratosusgratulor,congratulorcongratulatiogratificatio. De una manera u otra, casi todas estas palabras tienen que ver con la dádiva y el favor, pero sobre todo con la alegría compartida y la celebración o la alabanza. Acaso en las escrituras que desde la comunalidad se antepongan a los avatares de la necropolítica no será impensable concebir libros que sean, y esto de manera abierta, un puro reconocimiento, es decir, unponer en evidencia, que es un poner en escena crítica, la relación dinámica y necesariamente plural que hace posible, en primer lugar, su existencia.
------------------------------
1 Jacques Rancière, “Política, identificación y subjetivación”, Aux bords du politique(París. La Fabrique, 1998). Trad. de Carissa Sims y Daniel Duque.

La cruz de Santa Claus (Diario Milenio/Opinión 18/03/13)


¿Qué haríamos los vivos sin los muertos? Nigromancias aparte, no existe en este mundo un aliado más leal que aquél que ya es cadáver. Lo de menos es si en vida nos quiso o lo quisimos, si nos quedó a deber o lo estafamos, si su opinión en torno a cualquier cosa era igual o distinta de la nuestra, pues ahora su memoria ya dejó de ser suya, y de hecho ya nada es de su propiedad porque técnicamente son cadáveres, y encima de eso nos pertenecen. Basta con que se muera un enemigo para hablar en su nombre y colgarle milagros a placer. Total, el fiambre vive hasta que el vivo quiere, y mientras eso pase dirá lo que mejor nos acomode. Imposible evitarlo: somos ventrílocuos de nuestros difuntos.
“Es lo que ella quería.” “A él le habría gustado.” “¿Sabes lo que me dijo un día de ti?” Damos por hecho que con eso no se juega, y ésa es quizás nuestra mejor coartada. Si antes mi voto sólo valía por uno, ahora vale por mí más mi muertito, pero yo me hago a un lado para dejar en claro que mi voto no cuenta, ni podría pesar más que el del fallecido. Voto, pues, por lo que según yo él habría votado, y al decirlo procedo a santiguarme, a ver quién va a llevarme la contraria. Uno puede llorar y desgañitarse delante del sarcófago, y en tanto ello llamarse inconsolable, pero al final no hay muégano que no premie a sus deudos con el consuelo de la discreción. No van a abrir la boca: esa es su gran herencia.
“Yo siempre la cuidé.” “No te imaginas cuántas cosas bonitas decía de ti.” “Éramos como hermanos.” Rara vez desmentimos a quien así nos habla, aun cuando nos consta lo contrario, pues la sola ocasión de referirse a un cadáver fresco impone una omertá donde hasta las mentiras más obvias, oportunistas y zalameras se abrirán paso bajo el salvoconducto del “respeto”. El fariseo no puede abrir el ataúd, sacar un alfiler y encajárselo al fiambre aborrecido, así que se conforma con usurpar su lengua y su memoria frente a propios y extraños, ante el claro silencio de su zalea. Si los muertos hablaran, habría que matarlos otra vez.
Con frecuencia, el problema no es tanto ya lo que el occiso se ha llevado, sino lo que dejó en este valle de lágrimas. Fortunas, hijos, deudas, socios, inmuebles, poderes, compromisos, expectativas. Veamos, por ejemplo, el caso del cadáver de Hugo Chávez. Ha dejado herederos por millones, todos desconsolados en su orfandad y acaso esperanzados en los fervores místicos del Huérfano Mayor que es Nicolás Maduro: esa suerte de acólito aplicado investido en pontífice por santa voluntad del hoy occiso, y de entonces a ahora fiel intérprete de su pensamiento. Chávez Junior, bendito de su padre, hará en vida lo que Chávez haría. Por la luz que los une no podrá equivocarse, menos aún volverse contra las enseñanzas del Padre. Por eso digo, ¿qué haríamos los vivos sin los muertos?
Puedo entender a Nicolás Maduro, pero de ahí a envidiarlo hay mucho trecho. Cierto, si yo fuera él tendría el changarro lleno de veladoras. No porque se me diera la beatitud, sino porque la herencia de mi padre incluye tantas deudas impagables que me van a hacer falta crucifijos para poner en pausa a los acreedores. Cuando el niño Maduro llegue de pantalones cortos a ver al notario, éste lo va a sentar sobre sus muslos para darle la peor noticia de su vida: “Muchacho, eres el hijo de Santa Claus”. Cierto que es un orgullo para cualquiera, ya imagino a Maduro saltando de alegría. ¿Dónde están su trineo y su costal? Para decirlo en el lenguaje del Imperio:You don’t want to know.
No es fácil asumir el papel de hijo y heredero del gran San Nicolás bolivariano. Perdón que meta en esto mi óptica burguesa, pero si mis papás no hubieran sido buenos patrocinadores del muy querido viejo del costal, a ver quién le iba a dar todo ese crédito. Y lo cierto es que cuesta creer con tamaño fervor en cualquier otro santo; no quiero imaginar las lágrimas de un niño que recién se ha enterado de la sensible muerte de Santa Claus, si para eso ahí está el apóstol Maduro, cuya pinta de beato compungido pide a gritos que se le crucifique de cabeza. Que es lo que más de uno querrá intentar cuando empiecen a fluir las noticias en torno a la herencia deudora del cadáver ilustre. ¿Suicidio o parricidio? ¿Beatitud o herejía? ¿Patria o muerte? ¿Quién va explicarle a Nicolás Maduro de qué diablos se ríe su tocayo?

martes, marzo 12, 2013

Elogio de la bibliografía (Diario Milenio/Opinión 12/03/13)


Las notas de pie de página, las bibliografías —comentadas o no— o las comillas, antes señas de uso exclusivo y obligatorio de la escritura académica, se han ido colando con mayor frecuencia en las últimas páginas tanto de novelas como de libros de poesía. Alejándose de la impostura del autor genial y solitario que, aparentemente, nace sabiéndolo todo, este gesto apunta hacia otro tipo de entendimiento autorial que implica, de suyo, una relación con el lector más horizontal y dinámica. Cada lista bibliográfica devela el tipo de lectura —y luego entonces el trabajo y tiempo de lectura— que el autor precisó para generar tal o cual idea, escena, personaje, atmósfera, juego de lenguaje. Se trata del momento más otro de la creación: su sitio más alterado. Poblado de otros, circundado por voces que vienen de lejos gracias a la pantalla o el papel, el autor se muestra así como una entidad plural a la que la configuran mil cabezas. Lejos del ensimismamiento o la noción autoglorificadora del autor como mito genial, lo que la bibliografía nos da es la figura de un autor que es, ante todo, un lector. Se trata, además, del tipo de lector que, ya con cuidado o ya con gozo o ya con ambos, corre el velo sobre su proceso de producción de conocimiento para compartir y compartirse con otros lectores, volviéndolos autores potenciales en el acto. En efecto, se trata más que un momento de comparecencia (dícese de la acción que lleva a una persona ante un juez o un tribunal), de un instante de compartencia. El lector que se inmiscuye en la bibliografía de su autora camina, de hecho, por las bambalinas de la obra con la libertad que otorga la información fidedigna y clara. Las listas bibliográficas muestran, así entonces, el momento más hospitalario del libro. Su figura más generosa. En pocos lugares como en la bibliografía nos queda más claro el estar-en-común del libro. Esto es: el momento en que el autor decide saltar del pedestal solitario de la jerarquía literaria, para caminar a pie en la calle del nosotros.
Cada libro de Michael Ondaatje, por ejemplo, cuenta con un par de páginas al final en las que desgaja minuciosamente el abanico de sus fuentes. El autor nacido en Sri Lanka y avecindado desde hace mucho en Canadá, no creció sabiendo todo acerca de los vientos que describe, digamos, en El paciente inglés y, por ello, al final de la novela, anota los títulos de los libros en los que encontró esa información. Lo mismo hace con la palabra gotraskhalana en la novelaDivisadero. Por esa nota al final de libro el lector sabe con el autor que gotraskhalana significa, de manera literal, “tropezar con un nombre”. Es un término de la poética sánscrita, dice Ondaatje basado en el trabajo de Wendy Doniger, con el que se describe al acto de llamar a un ser amado con un nombre erróneo. Se trata de un accidente verbal que dirige “la luz de la linterna hacia el interior del cerebro, revelando un vasto museo de hechos y deseos”. El lector interesado puede, así entonces, dirigir su atención a esos viejos o nuevos libros para seguir las huellas de los vientos africanos o para perderse en los tropiezos del sánscrito. El lector vigilante puede, si así lo decide, corroborar si la fuente de información fue fidedigna o no. Independientemente del objetivo último de cada lector, la bibliografía se extiende aquí como una invitación a continuar con la conversación que es todo libro en el contexto de otros libros. Una tradición.
Lo mismo hacen, aunque no con la frecuencia que podría esperarse, los autores de cierta novela histórica. Enrique Serna, por ejemplo, incluye una generosa bibliografía, que incluye tanto fuentes primarias como secundarias, al final de Ángeles del abismo, la novela en la que narra la historia de amor entre una falsa beata y un indio que finge su propia conversión en el México del siglo XVII.
Tal vez en ningún lugar la presencia de la bibliografía sea tan escandalosa, sin embargo, como en los libros de poesía. Un campo de escritura hasta hace no mucho dominado, al menos en ciertos sectores de la producción mexicana, por la idea del canto lírico que obedece a un yo autónomo y unitario en su momento más íntimo, los poetas han rechazado, ya sea por considerarlo inútil o autoritario, este momento de compartencia con los lectores. A medida que aumenta el uso de estrategias de apropiación que vinculan el lenguaje prestigioso de la poesía con el discurso cotidiano de la vida pública, se ha vuelto igualmente necesario desarrollar una serie de estrategias para dar cuenta de la presencia de otros en los procesos de des- y re-contextualización de lenguajes que conforman muchos de estos libros. Una de las maneras más simples, y acaso por eso más socorridas, es la incorporación de la lista bibliográfica en las últimas páginas de los libros de, entre otros, Juliana Spahr, Derek Beaulieu, Mark Nowak o Jen Hofer. Así es que los lectores nos damos cuenta del dónde y el cómo, del por qué y, en lo que cabe, el para qué de los textos que nos comparten. Así es como los lectores nos volvemos, pues, cuerpo en un mundo de cuerpos junto con los autores. Y viceversa. Cuestionar la configuración plural de la autoría y encontrar formas creativas de incorporar el momento alterado de la comunalidad en el cuerpo del texto—o en el cadáver del texto, si lo vemos dentro del contexto necropolítico de su producción—es una de las tareas fundamentales de la desapropiación que viene. Eso es cierto.

Los días del tiempo: "Ese misterio, Hugo Chávez Frías, teniente coronel"- Pedro Ángel Palou (Y sin embargo/Opinión 11/03/12)


Los hechos son incontrovertibles, un país que hace 14 años tenía más del 40% de pobreza (con sus 33 y pico millones), posee sólo el 6%. El mismo país es desde 2005 declarado por la UNESCO como libre de analfabetismo. La cantidad de hospitales, escuelas, carreteras y viviendas construidas y habilitadas desde hace una década ha cambiado el rostro del lugar, por siempre. Un líder carismático –un caudillo, diría él– ha logrado todo esto ganando más de 10 elecciones y dos referendos con porcentajes mayores al 50% de los electores (aunque nunca abrumadores), produciendo una especie de religión laica –el neobolivarismo, o el chavismo fuertemente centrada en su persona. Hoy que ha muerto Hugo Chávez, Venezuela es otro, muy distinto que el que dejó en quiebra el segundo periodo presidencial de Carlos Andrés Pérez. No se trató de un dictador, aunque tampoco de un demócrata para los estándares internacionales. Un autócrata, más bien, que concentró el poder y gobernó gracias a la enorme riqueza petrolera, en un país con infinitas desigualdades sociales. Los miles que salieron a llorar a la calle en su sepelio no son actores, muchos de ellos ni siquiera beneficiados directos del chavismo, son simplemente pobres que han ganado en estos años haber dejado de ser invisibles. Emancipados, con derecho al voto, han cobrado carta de ciudadanía. (Como supo ver con tino en 2010 Eduardo Galeano). El precio, sin embargo, ha sido caro pues muchas libertades civiles han sido clausuradas por el mismo sistema que hemos descrito. Censura, cierre de televisoras, un enorme programa de nacionalizaciones y una brutal deuda pública dejan al país sin saber cómo responderá –con qué programa social– ahora que se termina la revolución chavista, el sueño de un joven cadete que afirmó una y otra vez que nunca leyó a Marx y que inventó, o reinventó el socialismo latinoamericano del siglo XXI. ¿Será capaz Maduro de enfrentar la división interna, cohesionar a la élite militar y continuar la labor de su maestro? ¿Volverá Capriles esta vez por todo? ¿O muchos chavismos –locales– se disputarán la herencia, dinamitándola? Porque su bolivarismo –y el excedente petrolero– le permitieron promover y patrocinar a una nueva izquierda con tintes absolutamente distintos, desde el indigenismo de Evo Morales hasta el extraño retorno de Daniel Ortega, hasta la salida de la crisis del kirchnerismo en Argentina o el equilibrio financiero de Cuba. El petróleo le permitió convertirse en el amigo, el compañero de todos estos nuevos liderazgos a los que apuntaló y fortaleció. Esa es la segunda incógnita después de su muerte, la internacional: ¿qué pasará con los países amigos, vecinos y no tanto, cuyos negocios con Venezuela son tan lucrativos? La geopolítica latinoamericana sufrirá, sin duda, un reacomodo inevitable pues por más bolivarismo el sucesor tendrá que vérselas con la economía interna más pronto que tarde. Es fácil desde ese periodismo de lobby de hotel que denunciaba Christopher Hitchens, en donde pocos van a las fuentes y todos buscan más bien una conexión wifi para ver qué se está diciendo y publicando instantáneamente en los medios para producir una nota en consonancia con el sensus comunis, descartar a Chávez, o al populismo que encarna. Se hace desde la comodidad de una lectura uniforme del mundo que tiene tres falacias centrales: 1) la democracia es un bien en sí mismo y por ende cualquier país que no se rige por lo que el capitalismo financiero y el liberalismo llaman libertades democráticas es esencialmente malévolo; 2)el capitalismo y el libre mercado entrañan una libertad de elección que produce agentes autónomos, emancipados que eligen no sólo a sus gobernantes sino racionalmente sus decisiones; 3)las economías emergentes lo son en tanto se ajustan a los criterios del capitalismo financiero internacional. En nuestros países la desigualdad sigue siendo tan brutal que estos tres principios son fácilmente falaces. No hay free choice, pues el sujeto está siempre condicionado por su situación económica y social y se encuentra francamente excluido no sólo del estado de derecho sino del derecho al estado, razón por la cual los populismos son tan efectivos: empoderan y emancipan a amplios sectores de la población otorgándoles a veces por primera vez en su historia voluntad política y capacidad de decisión. No hemos encontrado una alternativa al capitalismo que no merme las libertades individuales y las llamadas socialdemocracias hoy no son sino formas distintas de gastar/ahorrar el presupuesto público, no soluciones de fondo, alternativas viables. Sin embargo la crisis del modelo es clara y figuras como las de Chávez, incluso con sus excentricidades mayores, son dignas de revisión y reflexión, como ha hecho la periodista Alma Guillermoprieto en su excepcional perfil para el New York Review of Books, The last caudillo. (“Se preocupaba por la gente. Desafió el racismo venezolano y saltó por encima de las barreras de clase. Al venir de circunstancias él mismo de circunstancias abyectas, trajo mejoras significativas en la salud, la educación y el bienestar público a los pobres, allí mismo donde vivían, en sus barrios. Él se mostraba desafiante. Él era un macho”). Reflexionar y debatir sobre los años de Chávez en lugar de denostarlo o ensalzarlo debería ser una tarea de los medios y de los intelectuales (si es que queda alguno que no se haya convertido en simple opinionador de lobby de hotel, para seguir de nuevo a Hitchens, quien por cierto criticó fuertemente a Chávez después de acompañar a Sean Penn a un viaje por la Venezuela profunda, en su irónico Hugo Boss). Esa reflexión es la única manera de llenar el vacío que las gracejadas y ocurrencias del comandante nos dejan a quienes seguimos pensando que en América Latina pueden decidirse aspectos fundamentales de nuestra vida humana. Más allá de su necrofilia bolivariana, como la calificó Hitchens, o de la adoración de sí mismo que bien vio Guillermoprieto, su liderazgo social produjo para un enorme sector de la sociedad resultados que difícilmente se han visto en otros países de nuestro continente donde el neoliberalismo sentimental todavía cree que la inclusión y la incorporación son las únicas formas de vivir felices todas las patrias, silenciando y volviendo invisibles a los verdaderos sujetos de la patria, los ciudadanos sin ciudad, los de las favelas y los cinturones de miseria, los expulsados a Estados Unidos o a la droga, a la miseria o a la muerte). Es cierto que Chávez construyó un gran teatro en el que él era el actor principal, es cierto que su mesianismo endeudó al país, pero también es cierto que nunca tantos venezolanos lo fueron de veras, ciudadanos al fin, con rostro y voz.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/11-03-2013/13016. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

Maricón a la vista (Diario Milenio/Opinión 11/03/12)


Claro que no es igual la vieja vaca que la vieja vaca. Y eso mismo sucede con el viejo buey. Las palabras son naturalmente tramposas, amén de esquizofrénicas y transformistas. Una sola palabra puede significar decenas de cosas, incluso sin salir de un mismo barrio, dependiendo del peso y la jiribilla que se le apliquen; no es posible contar ni imaginar la diversidad de significados y connotaciones que ese término tuvo que ir sumando conforme cruzó códigos postales, generaciones, épocas y fronteras. Menos aún podemos predecir de cuántas formas pueden ser las palabras usadas, abusadas, tergiversadas y malinterpretadas, de ahí que algunos cándidos opten por proscribirlas, que es la manera ideal de promoverlas. Pues así como hay gente cuyos oídos sufren ante el chirriar de ciertas palabras —ya sea por ofensivas, malsonantes, incorrectas, impropias o discriminatorias— abundan quienes hallan en tales aversiones la prueba irrefutable de que es lenguaje vivo y necesario.
El miedo a las palabras es pariente cercano de la superstición. Nombrar es invocar, y entonces atenerse a las consecuencias. El origen del miedo no está ya en la palabra, su mensajera, sino en el interior de quien evita oírla, leerla o pronunciarla. Se teme uno a sí mismo, por eso se contiene, y eventualmente intenta contener a los otros: un afán tan inútil como ruinoso, pues en vez de restar músculo a ese vocablo le estará confiriendo un poder similar al del conjuro —no se exhiben así las debilidades— al tiempo que se gana el indeleble calificativo de putito.
A menudo, no hay bulto más pesado y alevoso que la carga semántica. Si medimos el valor del lenguaje de acuerdo a la justicia y buen sentido en las implicaciones de cada palabra, la conclusión será que vale más cerrar la boca para siempre, y por supuesto no volver a escribir. Nuestras palabras son en tal modo caóticas, groseras y libertinas que expresan siempre más de lo que dicen, y a menudo retratan mejor a quien describe que a los descritos. No existe un solo término en el diccionario que no admita una carga de mala leche, y los hay que se acuñan a partir de calumnias y prejuicios. Mala leche, por cierto, hecha en casa. Pues no es el tumbaburros sino el usuario quien colma de sentido sus palabras, aun si rara vez se detiene a pensarlas. “Putito”, por ejemplo.
Vocablos como puto y maricón no vinieron al mundo para hacer justicia. Su primera misión era estigmatizar al receptor, y en lo posible ridiculizarlo. Nadie mejor para esa chamba que los niños, cuyos códigos suelen ser implacables ante cualquier atisbo de extravagancia. Cuando algún niño es visto por los otros como llorón, miedoso o indiscreto —o si se siente Batman, o se parece a Robin, o se junta con niñas, o es hincha de un equipo impopular, o no es hincha de nada— se le suma a la lista oficial de maricones. Y si luego de un cierto hostigamiento el estigmatizado pide ayuda a sus padres o maestros, quedará confirmada su condición presunta: maricón. Es decir, cobarde y delator. Indigno de amistad, confianza o simpatía. Apestado y en un descuido contagioso. Y eso que aún nadie habla del asunto sexual.
Pocas combinaciones se antojan tan difíciles como la homosexualidad y la cobardía, excepto para quienes las guardan en secreto y eventualmente llaman al linchamiento de los desinhibidos. Gente que tiene miedo de salirse un milímetro de la cuadrícula. Gente que espera a oír la opinión de los otros para expresar la propia. Gente muy propia, claro, que jamás va a arriesgar una sola palabra que la ponga en el blanco del qué dirán. Gente que tiene miedo a las palabras. Esos, y no los otros, son quienes se han ganado el rango de putitos.
No hacen falta palabras para que el apestado acuse recibo de discriminación. Se ha pasado la vida pretendiendo que no se entera de guiños, codazos, muecas y murmullos a propósito de su forma de vida. Sabe de varios entre sus malquerientes que actúan por envidia o cobardía o muy probablemente las dos cosas. Pues llama la atención no tanto la insistencia de la burla, como la obvia viveza de su interés. Y otro detalle: la misoginia implícita. Quien hostiga a los otros “por maricones” y los da torpemente por cobardes, lo que hace es igualarlos a esas mujeres que en teoría le gustan, aunque en el fondo las envidia o desprecia u otra vez: las dos cosas. Quienes hacen la ley puede prohibir y castigar las palabras que gusten, que de todas maneras nunca van a acabar. Lo saben los cobardes de verdad: no se curan los síntomas sin atacar de frente a la enfermedad.

lunes, marzo 04, 2013

Lía y su guía para perder el miedo-(Sexenio-Puebla 25/02/13)


Escribir libros para niños es una empresa difícil y delicada.

Existen editores y escritores que menosprecian la capacidad de entendimiento que un infante puede tener y deciden entregar textos pobres, sin mucha carne. Afortunadamente aún quedan escritores y editoriales que creen en una calidad textual y gráfica.

La editorial méxico-española: Sexto piso, sigue apostando por la novela gráfica como un género netamente literario y ha ido creando, poco a poco y a pasos agigantados, un catálogo de gran calidad. Con esta colección buscan cubrir al público infantil, adolescente y adulto. Una de las fórmulas que les ha funcionado es la de invitar a escritores mexicanos a crear una historia profunda y fuerte para niños -de temáticas actuales- y a ilustradores mexicanos para acompañar al texto. Los ojos de Lía de Yuri Herrera es uno de los títulos que se agregan a este valioso catálogo.

Con un lenguaje sencillo y una bella narración, Yuri Herrera cuenta la historia de Lía, una niña que disfrutaba de mirar todo lo que le rodeaba y se maravilla por las formas y colores de cada objeto que observaba, hasta que un día su entorno recibe una alteración: la violencia en las calles. Los adultos y la televisión empiezan a hablar de estos hechos, mientras que sus padres hacen todo lo posible por ocultarle esa triste realidad a Lía. Dicen que la verdad, aunque trates de ocultarla, termina por asomarse y así le pasa a Lía, un día al salir de la escuela se encuentra con un tumulto de gente que rodean a un hombre que yace muerto en el asfalto. A partir de este momento, la actitud de Lía ante sus padres, así como la percepción que tiene del mundo cambia para bien y busca la forma de perder el miedo y empezar a componer -desde su trinchera-, las cosas para poder regresarle a sus ojos la belleza que tanto disfrutaba admirar.

Los ojos de Lía es un cuento –para niños y adultos- que ofrece salidas para confrontar nuestra realidad y perder el miedo. Es cierto que ahí está la violencia, pero depende de nosotros que las cosas sigan de esa forma, una de las tantas reflexiones que nos ofrece este libro. Nunca menospreciemos la inteligencia y comprensión de los niños, pues siempre nos llevaremos gratas sorpresas debidas a la gran visión que poseen; tal vez en su “inocencia” están las soluciones que los adultos necesitamos para transformar nuestro presente, pareciera ser la otra reflexión que arroja el texto de Yuri Herrera.

Los ojos de Lía es el libro que los padres necesitan para compartir tiempo de calidad con sus hijos.

Hablando de trepadores (Diario Milenio/Opinión 04/03/13)


Bum. Pam. Crash. Cataplum. Pocas debacles hay tan espectaculares como la caída en desgracia de un nuevo rico. Verle perder el porte, la altivez, el garbo y al fin la compostura. Cebarse en la memoria de su antigua pinta; traer a cuento desplantes y desdenes, humos y fatuidades; celebrar la transformación vertiginosa de su chirriante ayer en un anteayer chusco y esperpéntico; pitorrearse a costillas de ese candor patético que confundió la fama con el prestigio. Hacer cuentas de compras, joyas y propiedades, ponderar los alcances de la exageración, resaltar los detalles de mal gusto. ¿Quién va a querer perderse un showasí?
“Nuevo” es, por lo común, palabra mágica. Pocos pasan de largo frente a ella, y eso lo saben bien publicistas, políticos y seductores varios. A la gente le aburre todo cuanto cree viejo, tanto así que cuando hace una excepción debe echar mano de eufemismos redentores como “tradicional” o “clásico”. Entendemos así que quien posee un coche clásico se dé el lujo de arrugar la nariz ante el aroma del auto nuevo: un perfume capaz de marearlos a todos menos a quien llegó a este valle de lágrimas con la innata etiqueta de viejo rico, y en tanto ello creció con la certeza de que nada encanece tan lentamente como la fortuna.
Se nace viejo pobre, se muere nuevo rico. Pues si los herederos de herederos asumen la opulencia y el don de mando con naturalidad y desenfado, el legado del pobre consiste en batallar desde la infancia con toda especie de privaciones ancestrales, mismas que no se irán por causa de un gran golpe de fortuna, ni ésta será bastante para esconderlas (y al contrario: las magnificará). Hacerse millonario en media hora es proeza sencilla, comparada con el vital aprendizaje de la discreción: un sacrificio inútil para quien se desvive por brindar la primicia de su prosperidad. ¿Y qué es la exhibición de la abundancia, sino la confesión de la carencia? La gran tarea pendiente de todo nuevo rico es aplacar la sed del viejo pobre.
El derecho al respeto ajeno: he ahí la más grande pretensión del nuevo acaudalado. Si al de apellido ilustre y fortuna vetusta le incomoda vivir entre guardaespaldas y vehículos blindados, al riquillo reciente le urge hacernos partícipes de sus medidas de seguridad. Quiere ser admirado a la distancia, se enorgullece tanto de su castillo como del dique pleno de cocodrilos que lo hace inalcanzable al peladaje (esa tribu de pronto irreconocible cuyo mayor defecto es saber demasiado), pues el candor del nuevo rico alcanza para todo menos para olvidar que vive en pie de guerra contra su pasado. ¿Cómo explicar, si no, que defienda su zona VIP cual si fuesen las migajas postreras del último bolillo?
A ojos del nuevo rico, admiración y envidia son la misma cosa. O casi, porque al fin la segunda le reafirma en su ánimo guerrero. Descubrir en los ojos de los otros el malestar estrábico del resentimiento es ver colmada un ansia de revancha cuyo rastro se pierde en la memoria, por más que el gusto dulce del trago suculento tienda a pasar tan pronto como vuelve el apremio por el respeto ajeno —droga dura para el acomplejado— y renace la sed de saberse envidiado. Es decir, admirado en secreto y a disgusto por quienes una vez menospreciaron sus capacidades, o se rieron de sus aspiraciones, o simplemente aspiran a lo mismo y temen que jamás lo alcanzarán. Difícilmente encuentra el nuevo rico placer más exquisito que ser objeto de esa variante corrosiva de la fascinación.
Nuevo rico es aquél que invierte su fortuna en provocar a los envidiosos: una legión tan grande, a ojos de su ego regordete y goloso, que abarca virtualmente a todo el mundo. Tal como el viejo pobre se da por desdeñado con razón o sin ella, el nuevo rico encuentra la ojeriza del otro en sus gestos más insignificantes —o en la ausencia de gestos, aún más sospechosa—, y desde luego la usa como coartada para invalidar chismes, críticas y acusaciones en torno a su persona. “No soportan mi éxito”, se disculpa y al propio tiempo se congratula, con la vista perdida en el cielo raso, la colección de monos de lladró o la estatua del niño meón a media alberca.
La muralla insalvable para el nuevo rico se parece al obstáculo que segrega al fuereño: no conoce los códigos locales ni domina las dobles intenciones. Alterna la tiesura más grotesca con la desenvoltura menos bienvenida. Encuentra distinción allí donde el vecino reconoce estigmata. Se disfraza con la ropa más cara del almacén más caro, y no será accidente si acaso la etiqueta con el precio aún cuelga del bolso o el portafolios, entre tantos detalles de casual elegancia. Hasta que un día bum. Pam. Crash. Cataplum. Otro alpinista que despierta clavadista.

lunes, febrero 25, 2013

Amor tras bambalinas (Sexenio-Puebla 11/02/13)


No hay Historia no que no esté llena de pequeñas historias y no existe personaje que no tenga cosas que ocultar; son algunas de las pequeñas ideas que surgen al leer la más reciente obra de la escritora mexicana Mónica Lavín: La casa chica (Planeta, 2012).

La casa chica combina con gran precisión y fineza los hechos históricos con la ficción para contarle al lector una serie de historias amorosas que “quizá” pudieron haber sucedido en México, tal y como se cuentan en este libro, entre los años de 1930 a 1950.

El lector que se acerque a La casa chica podrá conocer la parte amorosa y protectora del expresidente de México: Miguel Alemán; la fortaleza amorosa que Frida Kahlo tenía para amar fervorosamente a Diego Rivera y al mismo tiempo sostener grandes amoríos con personajes como Nickolas Murray; o el amor diocesano que Emilio “El indio” Fernández le tenía a la actriz Olivia de Havilland, razón por la cual rebautizó a una de las calles de Coyoacán como Dulce Olivia. Sin dejar a un lado la pasión, devoción y el desenfreno amoroso que existía entre Manuel Rodríguez Lozano y Abraham Ángel. O los pleitos amorosos e intelectuales que José Vasconcelos tenía con Enrique Gómez Carrillo por el amor de Consuelo Suncín, quien al final sería la viuda del escritor Antoine de Saint-Euxpéry.

Historias que transcurrieron tras bambalinas de esa Historia que se estudia en las primeras etapas escolares. Relatos que gozan de gran verosimilitud y donde cuesta trabajo ubicar dónde comienza lo ficcional y dónde lo real.

Quizá faltó contar la obsesión amorosa que Agustín Lara le profesaba a María Félix.

La casa chica como una metáfora de ese México que todos tenemos certeza de su existencia, pero que nos negamos a ver. Relatos que retratan cual fotografía a ese México amoroso, pasional, perverso y desenfrenado que cobró vida lejos de toda mirada.

La incursión de Mónica Lavín con la narrativa histórica sigue siendo exitosa, como demostró anteriormente con Yo, la peor y Las rebeldes; las cuales han alcanzado un gran número de ventas. Esta nueva obra –sin lugar a dudas- cubrirá las expectativas de muchos lectores, pues la casa chica está inscrita en el inconsciente colectivo de los mexicanos.

Un libro muy rico, disfrutable e imperdible y que estoy seguro ayudará a muchos a comprender el origen de muchas de las decisiones que cambiaron a México.

lunes, febrero 18, 2013

De pureza y contagio (Diario Milenio/Opinión 18/02/13)


Pocas cosas divierten tanto a un niño, más aún cuando se hace adolescente, como atraer la ira de los persignados. Un enojo especial porque parte del pánico y suele acompañarse de pantomimas que llaman al remedo y el pitorreo. Verdad es que los niños se sienten retribuidos cuando logran hacer reír a sus mayores, pero no hay recompensa comparable a asustarlos y reirse a sus costillas; aunque luego se enojen y se acabe el desmadre, uno de niño goza de merecerse el grado de escuincle del demonio. ¿Quién no quisiera estar entre los enanitos que espantan al gigante?
Las beatas de la iglesia, generalmente dadas a la pedagogía regañona, son la mejor clientela del mocoso ladilla. Necesita uno sparrings, a esa edad, para medir su fuerza y estirar sus alcances. No es, por cierto, una hazaña sino una alevosía bajarse los calzones delante de una vieja persignada, pero de eso trata: los sustos y los chistes son alevosos por definición. Persignarse delante de un pequeño blasfemo le confiere estatura de enemigo, y en tanto ello le otorga la medalla de objetivo militar del Espíritu Santo (que si anda por ahí va a reírse con él).
Convertirse en demonio verosímil a los ojos medrosos de un persignado no es un trabajo muy elaborado. Lo supe una mañana, ya adolescente, a costillas de un par de cándidos cruzados cuyas voces entraron en la línea nada más descolgar el teléfono. “¿Pero cómo es posible que a estas horas esté cerrado el templo, hermana?”, perdía la paciencia el ferviente señor, y para colmo la devota señora le informaba que un tal hermano Juan se había llevado las llaves y no iba a regresar en varias horas. Y en qué iba uno a pensar, con dieciocho años ávidos de risas, sino en sacar partido de ese cruce de líneas para poner a prueba a los cruzados.
“¡Jesucristo te reprenda!”, respingó la mujer no bien me oyó rugir y carraspear las primeras sandeces que se me ocurrieron en el papel de amo de las tinieblas. “¡Ya sabes que estás vencido!”, se unió el hombre a la gresca, y a lo largo de un par de minutos de exorcismo tenaz ninguno de los dos paró de repetir a gritos destemplados su conjuro. Cuando ya comenzaba a arderme la garganta por causa de tan rudos efectos especiales, fui cayendo en la cuenta del piadoso favor que estaba haciéndoles. Una vez que el chamuco chocarrero había dejado la conversación, ambos cruzados soltaron el aire, fatigados de tanto batallar y de seguro con los pelos de punta, porque se despidieron ipso facto. A ver en adelante quién iba a convencerlos de que no habían hecho correr al más grande enemigo de su fe.
Hace ya mucho tiempo que le he perdido el gusto a espantar persignados, no sé si porque veo demasiados o porque ahora son ellos los que me asustan. Y es que no son los mismos, por más que se parezcan y a menudo compartan el árbol genealógico. Pues no hablo ya de beatos chupacirios, como de aquellos que se burlaron de ellos hasta el extremo de estigmatizarlos, y así reprodujeron su mismo esquema. ¿Para qué se persigna el persignado en presencia de dudas y tentaciones, sino buscando preservar su pureza? Se sabe corruptible: tal es la madre de sus preocupaciones. La desgracia de estar entre los puros es tener que vivir con pavor al contagio.
Una cosa es el miedo a lo desconocido y otra el miedo a gustar de lo desconocido. Especialmente, en el segundo caso, si es que el contagio exótico supone contradecir certezas o compromisos en los que el persignado sostiene su infinita fragilidad. Y ello explica que vaya por la vida como un enfermo crónico sin rastro de sistema inmunológico, privándose —o por lo menos eso es lo que nos dice— de toda clase de licencias infecciosas, como la de quitarse el sambenito, aflojarse el cilicio y servirse un tequila con los impíos.
No menos complicado es entenderse con un beato recalcitrante que con un persignado del ateísmo. Y cada ismo tiene sus persignados. Quien creció avasallado por una cruzada tiene todas las armas para sumarse a otra contraria en la teoría e idéntica en la práctica. Y una de ellas consiste en imponerse el deber narcisista de no ver, ni tocar, ni oler, ni siquiera mentar aquello cuya pura insinuación es susceptible de inducir al contagio. Gente muy orgullosa de todo cuanto no hace, ni ha hecho, ni hará. El pecho se les hincha al declarar en voz bien alta que no saben ni están dispuestos a saber en qué consiste aquello que rechazan, si ya ese solo gesto les ha ganado un sitio entre otros persignados. No es que sean muy amigos, pero comparten ascos: ésa es su inmunidad.

lunes, febrero 11, 2013

Radiografía juvenil-(Sexenio-Puebla 28/01/13)


El mapa literario en México cada vez es más amplio. Seguir a las nuevas voces, a veces, es un poco complicado. Gracias a Jaime Panqueva tuve la oportunidad de descubrir a una voz literaria con un futuro prometedor, la de César Tejada. Quien acaba de publicar su ópera prima: Épica de bolsillo para un joven de clase media, bajo el sello editorial Planeta. Tejeda actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y fue director de la revista Los suicidas.

Épica de bolsillo para un joven de clase media es protagonizada por Julio; un joven que quiere ser escritor, que es novio de Clara y juntos comparten una casa, el amor por una perrita y la edición de una revista. Sin embargo, un día su vida da un giro inesperado al recibir la petición de Clara para tomarse un par de semanas de distancia. Ante la ausencia de Clara, el lector asistirá a las inseguridades propias de un joven que un día lo tenía todo y de repente siente que se queda sin nada. Este abandono momentáneo le servirá a Julio para entender las razones de la posible ruptura y de paso saldar cuentas con su pasado. El lector acompañara a Julio a lo largo de dos semanas llenas de divagaciones, de sesiones con el psicoanalista y de una serie de acontecimientos que le ayudarán a ir entendiendo la decisión de Clara y de igual forma irá tomando el valor necesario para afrontar la transición de hacer a un lado el mundo juvenil, para dar la bienvenida al adulto.

Escrita de forma fluida y recurriendo a una narración que va alternando el presente con el pasado, César Tejeda toma una serie de hechos cotidianos para construir una historia aparentemente sencilla. Épica de bolsillo para un joven de clase media es una novela muy rica en su trama y donde el lector podrá identificarse ampliamente con el narrador o con las situaciones que sufre Julio. Una novela que con naturalidad invita al lector a reflexionar sobre cada una de las decisiones que uno va tomando en el día a día.

Novela que podría considerarse como una pequeña radiografía generacional.

Un grandioso debut literario el de César Tejeda y cuya obra lo inscribe a una serie de autores que van mezclando exitosamente las experiencias personales con la ficción; como lo son Guadalupe Nettel o Ximena Sánchez Echenique.

Los trabajos del quejoso (Diario Milenio/Opinión 11/02/13)


Escribir nunca es fácil, y mientras más se escriba más difícil será. Temo como a la peste la perorata de esos fatuos baratos que se ufanan de escribir bien y fácil, con el convencimiento de quien vende laxantes en la vía pública. ¿Cómo va a ser sencillo un quehacer que ventila todo cuanto nos falta? Escribir es difícil a todas las edades, por motivos que crecen, se multiplican y se enredan en la maceta craneana. Pero de eso se trata. La sola idea de un día dominar la escritura se antoja pavorosa, si ésta es una herramienta de autocrítica y como tal no acepta la tiranía idiota del sujeto. Siempre puede escribirse mejor, la escalera hacia arriba no termina y el tropiezo es el pan de cada día. ¿Qué es el perfeccionismo, sino una trompetilla a la perfección?
Hay profesiones que se escogen temprano, antes de que el cerebro se haga adulto y aconseje en sentido contrario. Se escribe o se dibuja o se hace música para jugar a solas, si es que no queda de otra. Como en todos los juegos infantiles, el objetivo está en imaginar un horizonte más atractivo que éste y darle vida de común acuerdo. Creamos un espacio de mentiras donde hay principio y fin, aunque no lo parezcan porque nos escasea la destreza. Para eso, nos tememos, hay que hacerse mayor, y en nuestra ingenuidad consideramos que los mayores nunca juegan a las mentiras (excepto los villanos, que siempre pierden).
Hace días que escribo con una lentitud exasperante. Situación especialmente conflictiva para mi capataz interior: de niño era el amigo imaginario y hoy se ensaña mostrándome la película en sepia de una mano de niño, me temo que la mía, escribiendo a velocidad de videojuego. Lo hace mal y lo sabe, pero no se detiene porque está jugando y esa coartada es más que suficiente para dejar de lado el complejito que de pronto le endilgan los hermanos Grimm (esos montoneros). “¿Y qué tiene ese niño que no tenga yo ahora?”, repelo airadamente, pero igual mi ex amigo imaginario se retuerce de risa. Nadie como un secuaz de la niñez sabe dónde nos duele la memoria. Escribir es también ir por la vida recogiendo pedazos de escuincle desmembrado.
Cierto es que no se puede escribir sin al menos algún sucedáneo de disciplina, pero de ahí a creer que disciplina garantiza constancia media un trecho tan grande como el océano de incertidumbre en el que uno naufraga cuando pasan tres horas y no consigue terminar un párrafo. ¿Cómo es, pues, que ayer mismo se chutó cuatro páginas en doscientos minutos? Mi capataz interno se niega a comprender que la escritura es siempre amante caprichosa. No está para nosotros, estamos para ella. Pues nadie sino ella, una vez invocada, nos librará del miedo a no existir. Lo escrito, nos han dicho, escrito está. Como el adolescente que redacta en la sombra una carta de amor, sabemos que escribir nos incrimina, cuando menos ante nosotros mismos. Y si alguien va a leerlo, peor tantito. Una página en blanco es agresiva porque para llenarla no tiene uno sino su desnudez. ¿Qué clase de gaznápiro encuentra una misión sencilla en tamaña emboscada para la autoestima?
Claro que uno se envicia, y a menudo se queja para justificarlo. Si te dedicas a esto, nunca falta el grosero que te pide uno o más textos de gratis. “Total, te gusta, ¿no? ¿O qué, eres un mercenario de la escritura?”, desafía el lenón desde su púlpito, y es como si dijera qué pasó, mirreinita, ¿no le va a dar cachucha a su camotón? Una actitud, por cierto, de pronto compartida por mi capataz interior, que como buen cafiche desconfía de las chambas que producen placer al operario. Pero lo necesito, porque como él bien dice: la autocrítica no te libra de la quiebra.
“¿Ya estuvo?”, me reclama, como si no supiera de qué estoy escribiendo. Ya quisiera uno arrear con esa autoridad a sus neuronas, pero quién va a explicarle a un capataz el infumable tránsito hormonal que hace lenta y pesada la carretera, cuando no la constela de baches y pedruscos. ¿Y qué puede uno hacer, sino quejarse? ¿De qué otra cosa trata este juego de niños sin amigos donde el ratón se hace pasar por gato? ¿Quién que se siente a corregir el mundo no está llenando al fin un formato de quejas?
Es un placer quejarse, cómo no. Un consuelo, también. Un vicio, de repente. Escapar de un lugar con la imaginación es plantar una queja en el buzón de la propia conciencia. Y a eso venía hoy, con su permiso. No logra uno escribir si no mienta unas madres en la ventanilla.