jueves, enero 31, 2013

Lista de libros leídos en 2012


 En esta lista hay muchas deudas que espero este años saldar todas.

1.      El ajuste de cuentas de Tibor Déry (Cuento).
2.      Diario de un loco de Lu Hsun (Cuento).
3.      El daño no es de ayer de Ignacio Padilla (Novela).
4.      La vuelta de tuerca de Henry James (Novela).
5.      Distopía de Leonardo Da Jandra (Novela).
6.      Rating de Alberto Barrera Tyszka (Novela).
7.      La calavera de cristal de Juan Villoro y BEF (Novela gráfica).
8.      Señor Fritos de Mauricio Montiel Figueiras y BEF (Novela gráfica).
9.      Los calcetines solitarios de Luigi Amara y Trino (Novela gráfica).
10.  Diario de invierno de Paul Auster (Novela).
11.  El año de la liebre de Arto Paasilinna (Novela).
12.  Escribir ficción de Edith Wharton (Ensayo).
13.  La derrota de Dios de José Luis Trueba Lara (Novela).
14.  La soledad de los números primos de Paolo Giordano (Novela).
15.  Los living de Martín Caparrós (Novela).
16.  Conspiración de las cosas de Felipe Soto Viterbo (Novela).
17.  El mal de taiga de Cristina Rivera Garza (Novela).
18.  Un hombre con suerte de Pedro Ángel Palou (Relato).
19.  La naturaleza de las cosas de Pedro Ángel Palou (Relato).
20.  No hacen falta alas de Pedro Ángel Palou (Cuento infantil).
21.  Los libres no reconocen rivales de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
22.  El pequeño mecanismo de los acontecimientos de Fabian Casas (Poesía).
23.  El general orejón ese de Paco Ignacio Taibo II (Historia).
24.  Ave Xóchitl y la serpiente de luz de Ximena Sánchez Echenique (Cuento infantil).
25.  El impostor de Pedro Ángel Palou (Novela).
26.  Fútbol. Dinámica de lo impensado de Dante Panzeri (Ensayo).
27.  Fuga en mí menor de Sandra Lorenzano (Novela).
28.  Mentiras de verano de Bernhard Schlink (Cuento).
29.  El árbol de las preguntas de Guadalupe Alemán (Cuento infantil).
30.  Efusiva penitente de Valeria Guzmán (Poesía).
31.  Cuartos para gente sola de J.M. Servín (Novela).
32.  Coronada de moscas de Margo Glantz (Ensayo).

Lo que equivale a 2.6 libros leídos por mes. Muchos de estos libros fueron reseñados en mi columna El Guardián del Diván que aparece en Sexenio-Puebla, otros para la sección de reseñas de la revista UniDiversidad-BUAP: Taller. Y algunos libros de Pedro Ángel Palou fueron leídos para la realización de su página web.

lunes, enero 28, 2013

Vivir o morir, no hay más-(Sexenio-Puebla 21/01/13)


Conforme pasan los años, Almadía se consolida como una editorial que apuesta por autores sin una presencia clara en el mercado mexicano y por tener entre su catálogo a una serie de escritores cuya narrativa es arriesgada, provocativa y llena de entrañas. En algunos casos, son textos literarios llenos de una crudeza que pueden maravillar o causar repulsión.
Cuartos para gente sola de J. M. Servín no es un libro recién escrito, es más bien un rescate literario que hace esta editorial con el fin de acercar a este autor con más lectores. Años atrás fue publicada por el sello Joaquín Mortiz.

En esta novela se cuenta la vida de Edén Sandoval; un hombre que vive arrumbado en un pequeño cuarto, donde también habitan una televisión de bulbos y una caja de libros, sus pertenencias más valiosas, quizá. La vida de este personaje está llena de una cotidianidad muy tediosa y una soledad hondamente abrumadora; por si esto fuera poco, la casera de la vecindad se caracteriza por ser un tanto paranoica. Cansado de poseer una vida intrascendental, un día la vida le ofrece una oportunidad que cambiará el resto de sus días: ganarle una pelea a un perro altamente peligroso. A partir de esta escena se desarrollarán una serie de acontecimientos que eliminaran al tedio de su vida y le darán la bienvenida a un novedoso y atractivo caos: la repentina aparición de una vecina que lo salva de encontrarse con la muerte, así como la repentina y extraña muerte de la casera.

La virtud de esta novela corta recae en el peso del personaje, no podría concebirse esta narración sin la serie de actitudes que conforman a Edén Sandoval. Un tipo acostumbrado a la soledad, al desapego emocional, a las pérdidas humanas y animales. Un hombre que se abriga en el abandono cada noche. Por ello, -creo- la parte trascendental de la novela se encuentra en todo lo que acontece después de la pelea de perros, pues Edén sufrirá una especie de muerte iniciática y esto le ayudará a encontrar las fuerzas necesarias para deshacerse de todo aquello que lo ata a su pasado y a la ciudad donde vive.

Cuartos para gente sola es una novela con una simple, pero bien trabajada estética y que de una u otra forma, sin ser el propósito –pienso- del autor deja una gran enseñanza sobre la vida y el papel que desempeñamos en la misma. Un libro que no te suelta hasta llegar al punto final.

A dos topes del infierno (Diario Milenio/Opinión 28/01/13)


¿De qué tamaño es un tope mexicano? La pregunta es muy simple, pero difícilmente hay quien la responda. Tampoco está muy claro qué requisitos es preciso cubrir para instalar un tope en una cierta calle. Es decir, para hacerlo instalar. Uno supone que hay una autoridad facultada para evaluar la pertinencia de una medida así, y en su caso ordenar que se pongan manos y pesos a la obra. Pero he aquí que nuestros topes son especiales: rara vez se parecen entre sí, diríase que cada uno lleva impresa la firma de su autor.
De pronto hay quien los pinta, y hasta quien los repinta si es que se decoloran, pero lo más común es que estén camuflados con el mismo color del pavimento. Conocer la ciudad, en esta situación, implica guardar cierta memoria de sus topes. Nada delata más al conductor fuereño que el brinco intempestivo de la carrocería cada vez que algún tope traicionero se cruza en su camino. Aunque claro, los topes se reproducen. Para mañana habrá otros y en ellos toparemos por sorpresa y habrá siempre un imbécil que se ría cuando nos mire sobarnos el coco. ¿O alguien por ahí no sabe que los topes, igual que los semáforos, son coadyuvantes lógicos de las leyes de Murphy?
Para entender, no obstante, la lógica del tope, necesita uno entrar en la cabeza del vecino imperial. Todos tenemos uno, cuando menos. Por su naturaleza expansionista, el vecino imperial tiende a pensar que la banqueta es de su propiedad, así como el espacio donde deja su coche. No es extraño, por tanto, que el vecino imperial aparte su(s) lugar(es) con cubetas rellenas de cemento, o incluso siembre tubos con cadena y candado, no faltaba más. Y ya puesto a expandirse, lo de menos será juzgar que en sus dominios nadie tiene derecho a andar con prisas y es hora de plantar un nuevo tope. Al vecino imperial le complace imponer reglas de convivencia, siente que de ese modo se hace respetar. ¿Y cómo no, si cada uno que pasa por su casa se detiene en el tope, cual si hiciera una breve caravana?
De más está decir que menudean los topes aberrantes, algunos al extremo de coincidir con un semáforo activo. A la vista del absurdo patente, los fuereños acusan recibo del mensaje: la estupidez existe y aquí manda. Al igual que las leyes arbitrarias, los topes aberrantes cumplen con la función de recordar a la gente pequeña el escaso valor de sus derechos allí donde gobiernan los antojos. “¿A poco la calle es suya?”, preguntaba uno antes, en estos casos. Ahora ya ni eso hace porque abundan los frescos que responden que sí, la calle es mía, ¿y qué?
Otro extremo del tope aberrante suele ser el que parte en dos la calle para facilitar el cruce a media cuadra de los alumnos de una cierta escuela. Es decir que los niños se enseñan cada día a cruzarse la calle lejos de la esquina, conducta a todas luces silvestre y temeraria que muy probablemente repetirán en otras avenidas. Pues si en la escuela lo hacen, a la vista de padres y maestros, a ver quién va a explicarles que a partir de la próxima cuadra nada de eso se vale y es peligroso. Ya se sabe lo que aprenden los niños de quien dice lo opuesto de lo que hace.
Topes por triplicado. Topes en vía rápida. Topes de contentillo. Topes en plena curva. Topes facinerosos. Topes por no dejar. Topes de cooperacha. Topes accidentados. Topes feudalistas. Topes en cordillera. Topes de un día para otro. Topes vindicatorios. Topes impresentables. Topes premeditados, alevosos y ventajistas. Topes que multiplican el monóxido. Topes verdes de envidia. Topes sin ton ni son. Topes que hablan muy mal del país donde abundan. Topes que nos recuerdan que hace tiempo las calles dejaron de ser nuestras y la autoridad es de quien pueda comprarse un saco de cemento.
Vale más ni hacer cuentas relativas al gasto de combustible y la abundancia de contaminantes que implica la cultura rústica del tope; es seguro que son astronómicas, y en tanto eso nos ponen en ridículo. Cada vez que le tengo que explicar a un extranjero el por qué y para qué de los miles de topes, me siento lugareño de una isla infestada de paletos salvajes que se entienden no más que a garrotazos.
Se cuenta que una vez llegó desde Alemania una pregunta de cierto fabricante de automóviles a su filial local: ¿Cuál es la medida estándar de los topes en México? Es probable que hasta hoy duren las carcajadas de los ingenieros.

martes, enero 22, 2013

Se fue el 2012 y luego qué-(Sexenio-Puebla 08/01/13)


El año que se acaba de ir, tuvo muchas cosas dignas de mandar a vagar por un desierto para jamás volverlas a encontrar o de quemarlas y evitar que sus cenizas renazcan como una ave Fénix de las desgracias.

La última columna que escribí el año pasado data del 15 de noviembre. Un día, de repente se me fueron las ganas de escribir de la misma forma en que se van las ganas de todo.

A principios de septiembre descubrí lo endeble que soy. Nunca es grato percatarse de la fragilidad individual. Fui diagnosticado con un cuadro leve de estrés provocando una fuerte migraña y un terrible vértigo. Luego en terapias con mi psicóloga, también salió que tengo cuadros leves de depresión.

Por chistoso que suene, me deprimió más saber que tengo un poco de depresión.

Para colmo mis alegrías y pasiones personales, tampoco daban para más: un Puebla con la franja en rojo y al revés, además de una forma de juego digna de cortarse las venas; percatarme que perseguir los sueños no conlleva un resultado positivo y perder toda esperanza en cuanto al futuro político que nos espera como mexicanos. Darse cuenta que para progresar como sociedad nos falta mucho y no sé sí tengo las suficientes ganas para poner mi grano, porque a veces siento que no vale la pena, que nadie valora el sacrificio y el esfuerzo de la gente de buena fe. Que no basta con alzar la voz, que no sirve de mucho ser joven, que ser ciudadano es sinónimo a no ser nadie, ni nada. Que funciona más ser prepotente, corrupto. Desde que hacía eventos para mi facultad sin ganar un peso y con la pura satisfacción de conocer a un escritor (muchos de ellos, ahora mis amigos) se decía que seguro andaba en corruptelas. Ya no tengo la suficiente energía para soportar ese tipo de acusaciones mal fundadas.

El año pasado perdí mucha esperanza, hoy queda la esperanza de algún día recuperarla.

Y los últimos días del año me despidieron con la muerte de mi Tía Andrea, una tercera abuela para mí.

Sin embargo, existieron cosas muy rescatables: ser de las pocas personas que pudieron convivir con Carlos Fuentes antes de su fallecimiento, haber sido anfitrión de Cecilia Suárez, lograr conocer a Alondra de la Parra, así como las grandes charlas con escritores e historiadores que se pudieron dar, gracias a los eventos que he organizado en el Museo Casa de Alfeñique. La llegada de una nueva integrante a mi familia: Nala, una bella bóxer, gracias a ella mi casa no se ve tan vacía. El ser testigo de la existencia de personas que buscan -a través de las artes y la literatura - combatir los daños que han percudido a nuestra sociedad, como lo son las jornadas de lectura realizadas por Fernando Manzanilla.

Y sí, el fortalecimiento y retorno de viejas amistades, así como la apertura a otras más.

Tristemente, con todo y esto, a veces me dan ganas de soltar todo y largarme. Reinventarme en otro lado. Curarme de todo lo que me ha exprimido Puebla y de lo que no me ha querido devolver.

Dicen que este año vendrá mejor, que es año de cambios positivos.

Por lo pronto retornaré a mis raíces, a refugiarme en lo que supuestamente me hace feliz, a intentarlo nuevamente, antes de abandonar este barco llamado Puebla. Leer, escribir, fútbol, XBOX360, Nala, amigos, familia y caminar por DF; todo al mismo nivel.

Queda creer que las cosas deben cambiar y que después de la tormenta y el sufrimiento, viene la calma y la felicidad.

Publicarse o morir (Milenio diario/Opinión 21/01/13)


Debería empezar por aclarar que vengo de una época en la que casi todo se hacía con papel. Los tiempos cambian hoy a una velocidad que deja mal parada a la memoria; uno tiende, además, a acomodar las cosas según convenga. Recuerdo bien, no obstante, la pesadilla que era en esos años tener guardado algún original —un cuento, alguna crónica, un artículo nunca solicitado— y esperar, como se aguarda la visita de un arcángel, que cualquier editor quisiera publicarlo.
“Esperar” no es un verbo bienvenido, menos aún si tiene uno veinte años y se pregunta si aquello que escribe puede servir para algo más que alimentar el bóiler. Me recuerdo llevando y trayendo bajo el brazo un ejemplar de cierta revista literaria en cuyas páginas había yo logrado publicar un cuento. Un logro, sin embargo, puesto en entredicho por cierto requisito del que no hablaba uno cuando sus amistades hojeaban la revista: para que un texto viera la luz en aquellas páginas, había que pagar seiscientos pesos.
“Hubo un debate fuerte para aprobar tu cuento”, me confió un enterado, y no pude por menos de imaginar a los adustos integrantes del consejo editorial lanzando pros y contras sobre la mesa. “Es un texto malísimo”, se quejaría uno. “Una mierda absoluta”, se le uniría alguien más. “¿Y los seiscientos pesos?”, llamaría un tercero a la cordura. ¿Qué teoría literaria iba a poner en tela de juicio los méritos de seis billetes de cien? Si no recuerdo mal, tamaña cantidad daba para comprar entre cuatro y cinco discos importados, pero los entregué con la ilusión de ver al menos uno de mis escritos publicado en una revista de verdad.
“¿Dónde la venden?”, me preguntaba alguno, cuando tocaba el tema, y ya mis titubeos delataban la poca monta de la hazaña. Del tiraje ni hablar, el autor era el último interesado en saberlo. Ya tenía bastante con ser publicado: una suerte de gracia que caía del cielo, aun si difícilmente le servía al agraciado para más que un masaje fugaz del ego maltratado. Pero era lo que había. La otra opción era conservarse inédito, y en tanto ello seguir temiéndose en silencio que derrochaba el tiempo con esa necedad de la escritura.
Hoy me suena grotesco, pero en aquel entonces llegué a hacer planes tan descabellados como el de enviar novelas por entregas por fax. O distribuir diskettes y esperar que la gente los imprimiera. Ideas que dejaban a mis escuchas con el ceño fruncido y la boca chueca. ¿Cuánto tiempo y dinero había que invertir en enviar cuatrocientas páginas por fax? ¿Alguien iba a leer una novela en rollos de papel térmico? ¿Cómo evitar que de un solo diskette se imprimieran quinientas novelas? ¿Quién iba a interesarse por un libro así? En cualquier caso, el tema era el papel. En tiempos como aquellos, ninguno concebíamos la posibilidad de publicar siquiera un manifiesto sin tratar con la tinta y el papel.
Hoy día, publicarse a sí mismo toma un poco de tiempo y ni un solo centavo. Superada la tiranía del papel, hay decenas de formas de hacer público el propio trabajo, y asimismo ayudar a difundirlo sin tener que esperar la simpatía de nadie. Un buen blog promovido por Twitter y Facebook puede llegar más lejos que la gran mayoría de las revistas de papel. Y si lo que uno quiere es publicar un libro electrónico y ponerlo a la venta en iBooks, Amazon y una decena de librerías más, no tiene más que darse a seguir los lineamientos básicos que permiten lanzarlo al mercado sin gastar un centavo.
En mi experiencia, publicar un librito electrónico de no más de cuarenta cuartillas me costó exactamente 34 dólares, repartidos en configuración del texto y diseño de portada. Mismos que se amortizan con espectaculares regalías de entre 60 y 70 por ciento, lo cual hace posible bajar el precio a extremos que hacen inútil la piratería. No es, por cierto, un negocio espectacular, pero permite difundir los textos con eficacia global, por extensos o breves que resulten, sin pasar por más filtro que el autor. Qué no habría dado uno en la era del papel por la prerrogativa de editarse en casa sin tener que esperar a que otros decidieran invertir en llevarlos al papel: una opción preferible, naturalmente, si bien ya no la única.
¿Qué tan difícil es para un libro electrónico abrirse paso en medio de una gran librería digital? Seguramente es casi una quimera, pero parece fácil comparado con las esperanzas que uno podía tener en la era del papel, cuando sus ocurrencias hibernaban por años en el buró y no había cómo rescatarlas de ahí. Queda, en última instancia, la opción de regalar el libro electrónico a un número infinito de lectores: la famosa estrategia ninja de promoción. Qué no habría uno dado por poder hacer eso, en la era del papel...

miércoles, enero 09, 2013

El derrumbe de la mentira-(Sexenio-Puebla 15/11/12)


En la reinterpretación que Pedro Ángel Palou hizo -en el manifiesto de la generación del Crack- sobre Las seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino, aseguraba que la levedad narrativa no tendría que estar peleada con la profundidad y mucho menos con la calidad. Un claro ejemplo de ello es Mentiras de verano, la reciente entrega que Bernhard Schlink hace a sus lectores.

Schlink recurre a varias situaciones de la vida cotidiana: una mala relación entre padre e hijo y un viaje vacacional para arreglar las cosas; un anciano que inventa unas vacaciones familiares, para terminar con su vida de la mejor forma sin consultarlo a sus seres queridos; un pasajero de avión que inventa toda una historia para salirse con la suya; una mujer que un buen día pierde el sentido y significado de su vida o un hombre que es incapaz de serle fiel a su esposa. A través de una prosa bien trabajada, Schlink enlaza las historias con un gran tema conducto: la mentira en la vida del ser humano. Mentira que deja de tener sostén para los protagonistas durante sus vacaciones de verano.

A lo largo de cada uno de los cuentos, los dueños de la mentira son personajes que van de la frialdad a la incomprensión del daño que ésta les hace a ellos y a su entorno. Mientras que los afectados por la mentira irradian una pasión por el ser amado, que se muere una vez descubierta la verdad. Como si ésta fuera capaz de matar todo ímpetu.

La mentira como una certeza inventada que una vez descifrada o alterada deja en una orfandad absoluta a cualquiera que la practique. La mentira como un sostén para hacer más llevadero el día a día, pero una vez alterado nuestro baile de máscaras –llamado rutina-, se desmoronan intempestivamente y con ello la supuesta realidad en la que se vive.

La mejor literatura, dicen, es aquella que te cambia la percepción de la vida. Afirmar que este libro pertenece a la gran literatura, me parece arriesgado. Empero, preciso es decir que Mentiras de verano es un libro que deja un sabor agridulce e invita a reflexionar el papel que la mentira juega en nuestras vidas.

Un libro que no decepcionara a nadie. Cuentos que deseas terminar para llegar a un posible fin, pero al mismo tiempo quisieras que duraran más.

miércoles, noviembre 21, 2012

¿Un nuevo “boom” llamado crónica?-(Sexenio-Puebla 22/10/12)


En el mundo editorial existen diversas antologías de cuento, poesía, novela y ensayo. Las antologías –cuando son buenas- agrupan la visión que el editor o compilador tiene sobre determinado género literario, dicho de otra forma, una antología ofrece una propuesta estética de cómo acercarse a cierto género. Sin embargo, las antologías pueden convertirse en un conglomerado de intereses literarios/políticos. Algunos afirman, que tanto las revistas como las antologías sirven para comprobar quiénes son tus plumas amigas.

Recientemente Alfaguara ha publicado Antología de crónica latinoamericana actual, editada por Darío Jaramillo Argudelo. Extensa en su tamaño y muy bien cuidada en su contenido y propuesta.

Antes de dar entrada a la lectura de las crónicas reunidas, Jaramillo Argudelo escribe una introducción más que necesaria sobre la historia y la evolución de la crónica desde el punto de vista periodístico y literario. A lo largo de estas líneas, Jaramillo Argudelo no duda en afirmar que Tomás Eloy Martínez, García Márquez, Monsiváis y Poniatowska son los “padres-madres” de la crónica latinoamericana.  A nivel internacional considera a escritores de la talla de: Capote, Mailer y Wolfe como parte de los cimientos de la actual crónica latinoamericana. Y recurre a algunos de los escritores nombrados para dar una definición cercana al objetivo estético de esta antología. Una que vez explica el cómo, cuándo y por qué de la crónica latinoamericana; Jaramillo Argudelo ofrece la radiografía de esta antología; donde explica, argumenta y justifica la razón por la cual están incluidos y excluidos ciertos escritores, así como la división temática que le dio a la misma.

Los temas de las crónicas son variopintos, aquí Carlos Monsiváis, Lydia Cacho, Borges, Pavese, Sabines, Gloria Trevi, The Rolling Stones, Gardel, Bob Dylan, la lucha libre, el fútbol o tipos comunes son protagonistas de las crónicas reunidas. Y Martín Caparrós, Juan Villoro, Fabrizio Mejía Madrid, Alejandro Almazán, Alejandro Zambra, Leila Guerriero, Sabina Berman, Laura Castellanos, Gabriela Wiener, entre otros, son los escritores convocados por Jaramillo Argudelo. Chile, Colombia, México, Argentina, Venezuela, Uruguay, Perú y Colombia son parte de los países representados.

Una antología precisa para acercarse de forma adecuada al género de la crónica -que asegura Jaramillo Argudelo-, está por convertirse en el nuevo boom de la literatura latinoamericana.

Las crónicas aquí reunidas no sólo harán pasar un rato entretenido al lector, también ofrecen la visión que los latinoamericanos tenemos del mundo y nuestro entorno.

miércoles, noviembre 14, 2012

Los signos del aquí (Diario Milenio/Opinión 13/11/12)


En ocasión de un célebre ensayo sobre la obra de Alberto Giacometti, el escritor francés Jean Genet sostenía que una verdadera obra de arte tendría por fuerza que ser dirigida a los muertos. Si el trabajo del escultor o del escritor había logrado avizorar o asomarse apenas a la soledad de los seres y de las cosas, esa “realeza secreta, esa incomunicabilidad profunda pero conocimiento más o menos obscuro de una inatacable singularidad”, entonces su fin no podía ser el pasado y ni siquiera el futuro. Mucho menos la posteridad. El trabajo artístico no se desliza en dirección, luego entonces, de las generaciones venideras, a las que Genet llama “las generaciones infantiles”, sino hacia al infinito pueblo de los muertos que, aguardando en su tranquila ribera reconocerán, o no, esos signos del aquí que constituyen las verdaderas obras. Le parecía, pues, al escritor que canonizara Jean-Paul Sartre en su monumental Saint Genet, que, para alcanzar su esplendor más amplio, para extenderse hasta sus “más grandiosas proporciones” una obra tendría que “descender los milenios, unirse si le es posible a la inmemorial noche poblada de muertos que van a reconocerse en esta obra”.1
Nada podría sonar más adecuado en el crepúsculo horrísono de la necropolítica, pero ¿puede en realidad traducirse cabalmente a través del tiempo y del espacio la propuesta estética de Jean Genet? ¿Qué quería decir dirigirse “al gran pueblo de los muertos” en 1957, fecha de publicación del ensayo, desde los terrenos de Europa, y qué quiere decir ahora, a inicios de la segunda década del nuevo siglo, para una tierra sembrada de fosas y sitiada por el horror cotidiano? ¿Hablamos de hecho, el ladrón santo de mediados del siglo XX y los aterrados de hoy, de los mismos muertos?
Genet inicia ese ensayo que Picasso llegaría a considerar como uno de los mejores escritos sobre artista alguno con una reflexión alrededor de la nostalgia por un universo en el que, desnudos de sí, los seres humanos pudiéramos descubrir, “en nosotros mismos, ese lugar secreto a partir del que hubiera sido posible una aventura humana distinta”.2 Una aventura que, por cierto, Genet consideraba también una aventura moral. En ese mundo, el arte lograría su cometido último: “liberar el objeto o al ser elegido de sus apariencias utilitarias”, retirándolo, por decirlo de otro modo, de la circulación de las mercancías que organiza el capital. Solo así, solo de esa manera, lograría el arte “descubrir esa herida secreta de cualquier ser e, incluso, de cualquier cosa, para que los ilumine”.3 Esa herida vital, esa herida que nos determina como especie, es la soledad: el lugar secreto, el refugio, lo que resta de incomunicabilidad y, por lo tanto, lo que contradice la transacción o el comercio barato de lo utilitario.
Para adentrarse pues en el dominio de los muertos, para “rezumar a través de los porosos muros del reino de las sombras”, era preciso primero, de acuerdo con Genet, utilizar el escalpelo de la soledad propia para dirigir la atención a algo o alguien con el fin de separarlo del mundo, impidiendo así que eso, ese algo o ese alguien, ese fenómeno, se confundiera con las cosas del mundo o se evadiera “en significados cada vez más difusos”. La atención estética, que parte de y multiplica a su vez la soledad de la atención creativa, debe “negarse,” aseguró Genet, “a ser histórica”. La experiencia estética privilegia, o debería privilegiar en todo caso, la discontinuidad y no la continuidad. Por eso decía Genet que cada objeto, cada pieza de arte, y aquí podría incluirse con cierta deliberación a la realidad del libro, “crea su espacio infinito”. La operación del arte, que es un momento de reconocimiento, es también, acaso sobre todo, un momento de restitución. La soledad original, esa “nobleza real”, nos es restituida y nosotros, que la miramos, para percibirla y ser conmovidos por ella debemos tener una experiencia del espacio, no de su continuidad [de su historicidad] sino de su discontinuidad [de su infinitud]”.4 A esa infinitud le pertenece, sin duda, el reino de los muertos. Los pueblos de los muertos son, en otras palabras, esa infinitud.
Cuenta Genet que en una de sus visitas al taller de Giacometti, el escultor le comentó de su deseo de modelar una estatua solo para tener el gusto o el privilegio de enterrarla. Lo que llamó la atención del autor de novelas paradigmáticas de mediados del XX en las que la materialidad del lenguaje, siendo irreductible, juega tal vez el papel principal, fue que Giacometti no deseaba que las estatuas enterradas fueran descubiertas, ni en ese momento ni después, cuando ni él ni su nombre permanecieran ya más sobre la tierra. La pregunta de Genet, consecuentemente, fue ésta: “¿Era enterrarla ofrecérsela a los muertos?”
Los muertos de Genet, lo dice él en el mismo ensayo, “nunca han estado vivos” o, al contrario, “lo estuvieron bastante para que se olvide, y para que su vida tuviera la función de hacerles pasar a esa tranquila ribera donde aguardan un signo —procedente del aquí— y que ellos reconocen”. No constituyen un concepto abstracto, pero sí son infinitos. No son históricos en sentido estricto, pero, si son una eternidad, son una eternidad que pasa. Son difuntos, en efecto, pero de sus reacciones dependen tradiciones enteras de operaciones artísticas. En todo caso, en ellos estriba, en su reconocimiento y en su aceptación, que la obra alcance sus límites más extremos, esos donde la comunicabilidad y lo utilitario no pesan ya más, esos donde la materialidad de la obra en sí reina imperturbable. ¿Cuál es ese signo? ¿Cómo podemos estar seguros de que presenciamos, frente a una obra que no es otra cosa más que una ofrenda, su trayecto de ida (¿fuga?) hacia y de regreso del innumerable pueblo de los muertos? Acaso no haya otro signo sino la conmoción que provoca una soledad en otra. Ese eco. Una reverberación. Lo decía así Genet de Giacometti: “un arte de vagabundos superiores, tan puros que lo que podría unirlos sería un reconocimiento de la soledad de cualquier ser y cualquier objeto”.5
1Jean Genet, “El taller de Giacometti”, p. 35.
2Jean Genet, p. 33.
3Jean Genet, p. 34.
4Jean Genet, p. 39.
5Jean Genet, p. 62.

martes, noviembre 13, 2012

Para culpable, la víctima (Diario Milenio/Opinión 12/11/12)


Soy inocente!”, insistía, meneando la cabeza, aquel convicto por homicidio doloso que un domingo accedió a contarme su tragedia en el patio del Reclusorio Sur. “La culpa no fue mía, sino de mi compadre”, lamentaba, con la seguridad que da contar la misma historia por enésima vez. Se hicieron de palabras, según él, hasta que no quedó mejor remedio que pasar a las manos, y en su caso al cuchillo.
Una vez malherido, el compadre tardó tres largas horas en estirar la pata. No obstante, el del puñal tenía su explicación. Él había ido a la escuela, sabía de qué lado estaba el corazón. Con esa asesoría, le encajó el sacabuches al incauto justo arriba de la tetilla derecha. Y el compadre, por pura mala fe, no fue a ver al doctor y se murió. Ganas de joder, claro. Ya podía imaginarse al hoy occiso paladeando la miel de la venganza mientras agonizaba sin remedio. Por eso le explicaba a quien quisiera oírlo que estaba allí encerrado nada más que por culpa del malvado difunto.
Debí entonces hacer un esfuerzo por no dejar salir la carcajada, toda vez que el matón infortunado llevaba ya siete años en el tanque y le faltaba una docena más. No había en sus palabras una pizca de broma, ni siquiera de duda: estaba convencido de que la verdadera víctima era él, por estrambótico que pudiera sonar. Pensaría, quizás, que incluso la coartada más extravagante puede no parecerlo, y hasta dejar de serlo, si es que uno la repite con el enfado y la honda convicción que suelen merecer los grandes atropellos.
Aún si suena absurda y mueve a risa, la justificación del prudente asesino está lejos de ser original, y hasta puede que peque de ordinaria. Se diría que es la excusa de un niño, pero he aquí que son legión los energúmenos que en plena edad adulta esgrimen argumentos similares. Los vemos agredir con antorchas y palos, protegidos por prácticos pasamontañas y escudados en raras sinrazones, a quienes se resisten a pensar igual que ellos. Esto es, a no pensar, pues ven con malos ojos y de hecho estigmatizan a todo aquel que ose privilegiar el raciocinio sobre la obediencia.
Por risible que suene, alegan que sus medios son pacíficos, aun si detrás de sí acostumbran dejar destrozos, heridos y hasta incendios. Se dicen asimismo progresistas, por más que sus consignas luzcan envejecidas y conservadoras. Exigen apertura y transparencia en los demás, pero como se saben dueños de la razón no se ven obligados a cumplir con las mismas exigencias. Y cuando llega la hora de inculpar, no les tiembla la mano para responsabilizar de cuanto hacen, y en especial de cuanto van a hacer, a quienes no se pliegan a sus demandas. Y si acaso te atinan un ladrillo en la crisma, dirán que es culpa tuya por no agacharte a tiempo.
Cierto es que no son gente de su tiempo. Según ellos, el mundo no ha cambiado en medio siglo. Viven aún bajo una dictadura y jamás conocieron la democracia, pues en opinión suya ésta consiste en darles el poder y rendirse a su santa voluntad. ¿O no es cierto que hay un tufo de cirios en la obediencia ciega y borreguil al pensamiento único que los inflama? ¿Es en verdad distinta esta especie de “progresismo” chato y arbitrario del autoritarismo que jura combatir? ¿Quién va a ser el experto que encuentre diferencias sustanciales entre estos agresores y los tradicionales represores?
Sobra decir que son del todo impunes. Si por casualidad van a dar a la cárcel, les basta esa bandera para gritarse víctimas y convocar al resto de sus valedores a prender fuego al mundo, si es preciso, con tal de hacer valer su inmunidad. Una cosa es que suelan delinquir, y otra que sean vulgares delincuentes. Hasta en el tambo hay clases, ya se sabe, y como pasa que ellos tienen La Razón, se entiende que sean unos privilegiados: más tardan en calzarse el uniforme que en volver a la calle desafiantes, orondos, entre consignas fáciles y vítores gratuitos.
“¡Soy inocente!”, clama el agresor y toca al agredido correr a esconderse. ¿O es que a alguien le preocupa la suerte de la víctima, si es que ésta no tenía de su lado las razones históricas correspondientes? ¿Quién va a dar un centavo por ese policía descalabrado cuya sola presencia, según los agresores, era ya una agresión? Si he de elegir, me quedo con el hombre que mató a su compadre. Cuando menos él no era privilegiado, ni militaba en una pandilla redentora, ni hacía suyas las armas de los cobardes.

jueves, noviembre 08, 2012

Los archivos eufóricos (Diario Milenio/Opinión 06/11/12)


En una secuencia sin duda intrigante de The Dark Knight Rises, la reciente película de Christopher Nolan, Gatúbela, la heroína del mal, se enfrenta al mal de archivo. Su principal problema consiste en no poder borrar su pasado. Las huellas de su experiencia, en efecto, la persiguen. Literalmente. Puesto que lo que busca afanosamente es un programa electrónico capaz de suprimir sus propias trazas, es de suponerse que su pasado ha quedado inscrito en un archivo abierto al público sin restricción alguna. Todos los ojos que puedan mirarlo, lo verán. El registro de su vida ha saltado, pues, del coto privado del recuerdo personal, al dominio público de la memoria. El archivo, lo señalaba bien Jacques Derrida, implica sobre todo una domiciliación, la designación de un espacio institucional donde “la ley y la seguridad se cruzan con el privilegio”. Un archivo consigna, es decir, reúne signos. “La consignación”, aseguraba Derrida en su clásico texto sobre el archivo moderno, “tiende a coordinar un solo corpus en un sistema o una sincronía en la que todos los elementos articulan la unidad de una configuración ideal”.1 Lo que la vida disgrega, centrífuga; el archivo, congrega. Centrípeto.
Pero “la archivación produce, tanto como registra, el acontecimiento”, añadía Derrida. “Más trivialmente: no se vive de la misma manera lo que ya no se archiva de la misma manera. El sentido archivable se deja asimismo, y por adelantado, co-determinar por la estructura archivante”. Gatúbela no buscaba, en este sentido, un caudal de papeles amarillentos cubiertos de polvo pertenecientes a algún archivo real. Más bien, lo que ella quería destruir eran los registros electrónicos de esos otros archivos desligados de los quehaceres de almacenaje del Estado, aunque resguardados por las empresas privadas que se han ido apoderando poco a poco del ciberespacio.
Tomando en cuenta que la película de Nolan es de 2012, ¿en cuántos lugares pudo haber quedado domiciliada la experiencia vital de Gatúbela? Además de los registros civiles donde se guardan los datos de identificación básica —nombre, fecha y lugar de nacimiento, domicilio— es del todo imaginable que la vida de una criminal como Gatúbela formara también parte de los archivos penales del Estado. No sería extraño, asimismo, que una chica joven del siglo XXI mantuviera una bitácora electrónica o una página de Facebook o, incluso, su propia cuenta de Twitter. El exceso de inscripciones facilitaría, en ese caso, seguir sus huellas en el ciberespacio. ¿Cuántas misivas electrónicas habría mandado a lo largo de su vida? Independientemente del número y de los destinatarios, todos sus e-mails son presas también de ese “ámbito artificial creado por medios informáticos”. Se vivía, solía decirse antes privilegiando el momento oral de la memoria, para contarla. Se vive, sería del todo factible decir ahora, para inscribirla. Para archivarla. Para producirla como acontecimiento archivable.
Zona por mucho tiempo consagrada a la atención de los especialistas, sobre todo historiadores pero también bibliotecarios, los archivos han encontrado también lectores privilegiados entre los escritores más diversos. En Le futur antérieur de l ´archive, Nathalie Piégay-Gros analiza, por ejemplo, las múltiples maneras en que el archivo “se implanta en la ficción”. En un análisis que va de Sebald a Claude Simon, pasando por Pierre Michon y Annie Ernaux, Piégay-Gros señala la proliferación del archivo en la vida moderna, especialmente de los archivos minúsculos de la pequeña memoria, de los archivos faltantes y en falta de las vidas desordenadas, del archivo irrelevante de la experiencia de todos los días. Al apropiarse de los archivos, argumenta, “la literatura modifica también las representaciones y las condiciones del proceso de archivación”.2
Aunque se señala con frecuencia al historiador como el responsable detrás de una idea totalizante y homogénea del material de archivo, no pocos escritores han contribuido a ella. Los practicantes de la así llamada novela histórica, aquellos que a menudo ocultan el trabajo de la búsqueda y el hallazgo al interior de los archivos, convirtiéndolos así en archivos fantasmas, suelen limar las asperezas propias del documento histórico, normalizándolo a lo largo de narrativas casi siempre lineales o introduciéndolo como un elemento más de la trama. Aunque interesados en las entretelas del poder, estos libros permanecen dentro de la órbita de esa diminuta elite de los que escribieron memorias o firmaron documentos oficiales. Las tantas novelas sobre dictadores, presidentes (mancos o no), las mujeres de los presidentes, líderes rebeldes o carismáticos, o mafiosos acaudalados, pertenecen todas sin duda a este rubro.
Poco a poco, sin embargo, a medida que los objetivos y métodos de la historia social —una historia, esencialmente, desde abajo— expande su área de influencia, más y más escritores parecen dispuestos a incorporar el archivo, materialmente, en la estructura misma de sus libros. Emulando en este sentido el muy relevante papel del archivo en las artes plásticas, donde ha pasado de ser un mero sistema de registro para convertirse en una obra en sí misma, algunos escritores no solo buscan la anécdota interesante o anómala, sino, sobre todo, la estructura porosa, incompleta, lagunar, frágil del archivo en la escritura de sus novelas y/o poemas. El archivo, así, no da pie a la novela; la novela, en cambio, aspira a encarnar las vicisitudes del sistema de registro mismo, eso a lo que Derrida llamaba con razón el momento político de la archivación como productora de acontecimientos. Lejos de ser el momento anterior a la novela, fungiendo como un aval didáctico o de prestigio de la misma, el archivo es, en estos trabajos de ficción documental, su presente o, como lo discute Piégay-Gros, su futuro anterior. La vida de una Gatúbela que huye de su pasado quedaría sin duda mejor, en todo caso, dentro de esas estructuras móviles, interrumpidas, atravesadas, vertiginosas que tan bien emulan a los archivos eufóricos del presente digital.
1Jacques Derrida, El mal de archivo. Una impresión freudiana (edición digital de Derrida en castellano, http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/mal+de+archivo.htm, traducción de Paco Vidarte).

2Nathalie Piégay-Gros, Le futur antérieur de l´archive, (Québec: Tangence éditeur, 2012), 20.

martes, noviembre 06, 2012

Al déspota querido (Diario Milenio/Opinión 05/11/12)


Todos tenemos un tirano favorito. Ya sea porque pensamos que sus fines son buenos y encomiables, o porque no creemos que sea tan tirano como se dice, o porque nos parece que ha hecho más bien que mal. Algunos de ellos son indefendibles, y entonces elegimos no atacarlos, o pasarlos por alto siempre que hablamos pestes de los tiranos en verdad malos. Por eso nos molesta cuando se les compara y equipara, pues nos gusta creer que unos son más humanos que los otros, o al menos algohumanos. Reconforta saber que un déspota intratable tiene por ahí alguna debilidad sentimental, una deriva bohemia, un resabio de extraviada ternura que le permita a uno empatizar con él por un instante.
Entre las diferentes acepciones del término tiranía, el diccionario marca una diferencia entre personas y pasiones. Un afecto tiránico bien puede ser tan abusivo como indispensable. Perdona uno, y de hecho celebra, que el ardor amoroso le domine el ánimo, e inclusive le arrastre elentendimiento (según el diccionario, eso es precisamente lo que hacen las pasiones tiránicas), si ello es prueba fehaciente de que está estrepitosamente vivo. Por más que la cabeza refunfuñe contra el yugo tenaz del sentimiento, éste es rico en amparos y salvoconductos, de forma que la suya suele ser una dulce tiranía. Si Amor es quien gobierna, cabe la vanidad de ser un oficioso colaboracionista y sobornar con creces al entendimiento (y comprender entonces nada más que lo que a uno se le antoja, si es para eso que tiene su corazoncito: ese déspota heroico). Tristemente, no obstante, el tema es otro.
No es de extrañar que hasta el peor de los sátrapas conserve la ilusión de ser un buen tirano, si tal apreciación tiene su nido allá en los territorios del afecto, donde uno se permite repartirlo de acuerdo a su capricho y las corazonadas son siempre datos duros. Por otra parte, el de los dictadores dista de ser un gremio generoso: no tardan unos y otros en recelar de sus demás colegas, y a menudo se enfrascan en contiendas que nos invitan a tomar partido. ¿De qué lado está uno, en esos casos? He ahí la conveniencia de los tiranos buenos: la conciencia jamás duerme tranquila cuando debe elegir entre dos miserables equivalentes; tiene que haber el peor y el preferible, nada hay más sospechoso en estos temas que la neutralidad.
Un par de días atrás, pude ver un video espeluznante donde varios soldados del gobierno sirio son arremolinados en el suelo por sus captores, un puñado de combatientes opuestos al dictador Bachar El Assad. Se les ve atribulados, implorando perdón, hasta que sus verdugos los rellenan de plomo como quien extermina una plaga. Cierto es que el heredero de Hafez El Assad se ha distinguido como aliado de terroristas y criminal de guerra, pero en vista del celo carnicero imperante hace falta el concurso de un adivino para saber en cuál de ambos equipos juega eltirano bueno. Un curioso papel que treinta años atrás desempeñaba Osama Bin Laden: para asignarlo no hace falta sino la percepción de que el mal absoluto está del otro lado y vale aliarse al mismo Satanás antes que tolerar su prevalencia.
Como la mayoría de los niños, crecí admirando a los tiranos buenos. No otra cosa eran Batman, Supermán y los otros cuyos superpoderes alcanzaban incluso para discriminar entre buenos y malos. Desde entonces, no consigo evitar la expectativa histérica de que un tirano bueno venga y lo arregle todo a su manera. Luego, si me descuido, lo reconoceré en el primer vivales que levante la voz contra una tiranía que me repugna, y hasta imaginaré su figura hecha estatua.
No es posible evitar que los tiranos tengan sus estatuas, si como ya hemos visto los hay buenos y malos, y esto se determina de estricto contentillo. Si se me concedieran poderes tiránicos, ordenaría que todos los dictadores tuvieran una estatua a su medida, pero no para ser homenajeados, como para invitar a la ciudadanía a expresar su opinión en ese perímetro. Si la tumba de Wilde está cubierta de huellas de besos, ¿por qué no concedernos la oportunidad de escupir en la estatua de Victoriano Huerta?
No es tan extraño, al fin, que un notorio tirano estalinista tenga su estatua en pleno Bosque de Chapultepec, a unos pasos de la de Mahatma Gandhi, como que al día de hoy ésta no luzca igual que un baño público desatendido. ¿Dónde está la opinión de la ciudadanía? Es probable que entre los responsables de la edificación haya más de un creyente en los tiranos buenos, pero si me preguntan considero a esa estatua ni más ni menos que una escupidera. Ya habrá de sernos útil, si la dejan allí.

miércoles, octubre 31, 2012

Cadáveres textuales (Diario Milenio/Opinión 30/10/12)


Ha sido muy común referirse a la parte más importante de un escrito, o la más voluminosa en todo caso, como al cuerpo textual. Conectado a una variedad de apéndices, tales como el encabezado o los pies de página, y estructurado a través de párrafos o secciones más amplias, como los capítulos, se entendía que ese cuerpo era una especie de organismo con un funcionamiento interno propio y una conexión ya implícita o explícita con otros de su misma especie. Un organismo se define, después de todo, por su capacidad de intercambiar materia y energía con su entorno. Avalado por la conexión estable a una autoría específica, el organismo del que hablábamos cuando hablábamos del cuerpo textual era, en todo caso, un organismo vivo. Así, no pocos escritores, tanto hombres como mujeres, se acostumbraron a describir el proceso creativo como un tiempo de gestación y, a la publicación de una obra, como un parto. El cuerpo textual que era ya de por sí un organismo era, también y sobre todo, un ser vivo. Nadie daba a luz difuntos. O nadie aceptaba que lo hacía.
Las condiciones establecidas por las máquinas de guerra de la necropolítica contemporánea han roto, por fuerza, la equivalencia que unía al cuerpo textual con la vida. Un organismo no siempre es un ser vivo. Es más: en tanto ser vivo, a un organismo lo define, argumentaba bien Adriana Cavarero, el estado de vulnerabilidad de lo que siempre está a punto de morir. En circunstancias de violencia extrema, como por ejemplo en contextos de tortura, las argucias del necropoder logran transformar la natural vulnerabilidad del sujeto en un estado inerme que limita dramáticamente su quehacer y su agencia, es decir, su humanidad misma. Un organismo puede muy bien ser un ser muerto. No es exceso, pues, concluir que en tiempos de un neoliberalismo exacerbado, en los que la ley de la ganancia a toda costa ha creado condiciones de horrorismo extremo, el cuerpo textual se ha vuelto, como tantos otros organismos alguna vez con vida, un cadáver textual. Ciertamente, desde el psicoanálisis hasta el formalismo, por señalar solo dos grandes vertientes del pensamiento del siglo XX, han elaborado con anterioridad sobre el carácter mortuorio de la letra, el aura de duelo y melancolía que acompaña sin duda a todo texto, pero pocas veces como en el presente las relaciones entre el texto y el cadáver han pasado a ser tan estrechas, literalmente. La Comala de Rulfo, esa tierra liminal que tantos han considerado fundacional de cierta literatura fantástica mexicana, ha dejado de ser un mero producto o de la imaginación o del ejercicio formal para convertirse en la verdadera necrópolis en la que se genera el tipo de existencia, no necesariamente vida, que caracteriza a la producción textual de hoy. Hay, sin duda, atajos que van de Comala a Ciudad Juárez o Ciudad Mier. Y los caminos suben o bajan, liberan o entrampan, según uno vaya o uno venga, en efecto.
Toda genealogía de los cadáveres textuales de la necroescritura debe detenerse, al menos, en dos paradas del camino del siglo XX: el cadáver exquisito con el que los surrealistas jugaron por allá de mediados de la década de los años 20, y la muerte del autor que tanto Roland Barthes como Michel Foucault prescribieron a la literatura romántica que todavía consideraba, y considera, al autor como poseedor del lenguaje que utiliza y como eje o juez último de los significados de un texto. Ambas propuestas críticas, que incorporan de manera preponderante la experiencia mortuoria en los mismos títulos, privilegian una producción escritural que, con base en un principio de ensamblaje, es a la vez anónima y colectiva, espontánea, cuando no es que automática y, de ser posible, lúdica. Acaso sea más que una coincidencia lúgubre que Nicanor Parra y Vicente Huidobro hayan llamado quebrantahuesos a los cadáveres exquisitos. Lo que encontramos ahí, entre todos ellos, es la cita sin atribución, la frase abierta, la construcción de secuencias sonoras más que lógicas, la excavación, el reciclaje, entre muchas otras estrategias textuales. No es del todo azaroso, pues, que la cercanía con el lenguaje de la muerte, o lo que es lo mismo, con la experiencia del cadáver, ponga de relieve una materialidad y una comunidad textual en las que la autoría ha dejado de ser una función vital para ceder su espacio a la función de la lectura y la autoría del lector como autoridad última. ¿Cuánto es capaz de experimentar un cadáver?, se preguntaba no hace mucho Teresa Margolles. Solo los textos muertos, aptamente abiertos, se desviven. En tanto cadáver y en su condición de cadáver, el texto puede ser enterrado y exhumado; el texto puede ser diseccionado para su análisis forense o desaparecido, debido a la saña estética y/o política de los tiempos. El texto yace bajo la tierra o levita en el aire pero, por estar más allá de la vida, escapa a los dictados originalidad, verosimilitud, y coherencia que dominaron las autorías vitales del XX.
En El cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea, un libro que no por discreto deja de ser fundamental para nuestro entendimiento de las relaciones entre la muerte y la escritura, Giovanni De Luna argumenta que el forense es, de hecho, el narrador por excelencia del mundo actual. Solo el forense logra “hacer hablar a los muertos”. Son los forenses lo que interrogan los cadáveres “para adentrarse en lo que fue su vida, en todo aquello que conformó su pasado y ha quedado atrapado en su cuerpo”.1 Así, “por medio de sus informes y anotaciones, los médicos preparan los cuerpos de los muertos para ofrecerlos como documentos a los historiadores [escritores]; a lo largo de un proceso en el que las marcas y las heridas se convierten en textos literarios (las fichas anamnésicas), los cadáveres abandonan su silencio y empiezan a hablar haciendo aflorar fragmentos documentales insustituibles”.2
Los escritos que se producen en condiciones de necropolítica son, en realidad, cadáveres textuales. Lejos de “darlos a luz”, los escritores, comportándose como forenses, los leen con cuidado, los interrogan, los excavan o los exhuman a través del reciclaje o la copia, los preparan y los recontextualizan, los detectan si han sido dados de alta como desaparecidos. Al final, con algo de suerte, los entierran en el cuerpo del lector, donde, como quería Antoine Volodine, post-exótico ejemplar, se convertirán en los sueños que nunca nos dejarán dormir ni vivir en paz. Sí hay cadáveres, habría que responderle a la mujer de Paraguay que, en el poema de Néstor Perlongher, pregunta ¿No hay nadie?
1Giovanni De Luna, El cadáver del enemigo. Violencia y muerte en la guerra contemporánea (Madrid: 451 Editores, 2007), 38. 
2Ibid., 40.