martes, octubre 30, 2012

"¡Alebríjeseme ahí!" (Diario Milenio/Opinión 29/10/12)

¿Por qué será que siempre que alguien alza la voz en nombre nuestro nos queda la impresión de que no entendió nada? Y es que algunos ni siquiera lo intentan. Dan por hecho que es más que suficiente con decir que ellos sí nos entienden para que uno se mire satisfecho. Bien oído, quien habla en nombre de una multitud difícilmente dice mucho más que sandeces. Pocos, además, son quienes hallan preciso situarse en el lugar de los afectados, si ya bastante hacen con ejercer como héroes de su causa.

Y sin embargo es fácil, tanto como ponerse en el pellejo de aquel extraño en cuyo nombre va uno a perorar. El problema de algunos abogados del pueblo es que acostumbran ser malos guionistas; y así los personajes de verdad terminan respingando, no bien se ven caricaturizados en la piel de algún títere folclórico. Pongamos, por ejemplo, el caso del “indito”. ¿Hay alguien por ahí a quien le interese meterse en el pellejo de un campesino rico en redentores?
Y bien, que usted ahora es ese campesino, pero resulta que no está en esta época, ni por fortuna en siglos anteriores —a los que de seguro no querrá regresar— sino ya entrado el año 2030. No falta mucho, al cabo. Digamos que nació por ahí del 2012 y recién alcanzó la mayoría de edad, entre otras aflicciones que apuntan hacia un mundo ajeno y agresivo. Cierto es que a estas alturas quedan escasos brutos que le llamen “indito” en su carota, pero no faltan quienes lo repiten a gritos en la mirada, y hasta en la no-mirada, ¿no es verdad?
Abundan asimismo quienes le ven con alguna indulgente simpatía. O será que anteponen algún filtro bucólico cada vez que le miran y sonríen, cual si enfrente tuviesen una postal. Peor para usted, por tanto, si en lugar de huaraches elige traer puestos unos bonitos tenis, pues así los amigos del pintoresquismo se verán obligados a compadecerle. Ellos pueden comprarse todos los tenis que se les antoje, pero de usted se espera fotogenia silvestre. ¿Qué hace con unos Nikefosforescentes alguien que es Patrimonio de la Humanidad?
No ha sido fácil dar con esos tenis, pero es claro que usted ya los deseaba tanto como un nuevo tractor. Ahora bien, cualquiera escoge unos buenos tenis. ¿Pero un tractor? Si usted hablara inglés, o lograra entenderse con las computadoras, cuestiones tan complejas como hacerse con una nueva máquina, revisar un folleto, dar con mejores precios y comparar opciones serían pan comido. Pero he aquí que ya otros, sus maestros, pensaron por usted y resolvieron que no necesitaba de esos conocimientos. ¿Para qué, pues, si usted y todos los que son como usted tienen que preferir la yunta y el huarache al tractor y los tenis? ¿Con qué objeto, claman sus redentores, si jamás en la vida va esa gente a salir de su ranchería?
Nadie dijo que el mundo estuviera obligado a ser gentil. Usted no necesita que le miren con esa condescendencia, sino que se comporten como si fueran las personas normales que aseguran ser; que no le folcloricen, ni intenten engañarle, ni le roben. Pues todo eso va junto, siempre que un salvador no requerido se empeña en reducirle a la minoría de edad mental. Si usted es pintoresco, asumen ellos, no entenderá de cuentas ni estará acostumbrado a que le paguen bien. Por eso, aun si alguna vez hubiera sido el personaje rústico y desvalido que creen sus redentores, ya la sola experiencia de tener que tratar con tanto miserable civilizado le habría retorcido los colmillos.
Trate de comprenderlos: ellos quieren que usted se preserve. Que no conozca el mundo, ni pretenda saber cómo funciona, y de hecho considere que el universo empieza y se termina en los límites de su ranchería. Que se aferre a la lengua de sus abuelos antes que dominar aquéllas de las cuales otros se valen para estafarle. Que sea uno con sus atavismos y represente convincentemente el papel que le ha sido asignado por aquellos cuyo modus vivendi es hablar en su nombre. Protegerle. Acogerle. Salvarle sin siquiera despeinarse. Pero eso sí: póngase sus huaraches.
Alto ahí. Ya pasó. Fue una pesadillita, como ésas que se borran nada más parpadear y asumirnos de vuelta en la realidad. Le devuelvo su inglés y su internet. Puede tomar su iPhone, su Kindle y su MacBook. Nadie más va a tratarle como a los niños, ni llamará en su nombre “progreso” al atraso, ni le reducirá al papel de alebrije. Tuvo usted la fortuna de no nacer entre los redimibles. Respire hondo y suéltelo sin miedo: Life, I love you!

miércoles, octubre 24, 2012

Necropolítica y escritura (Diario Milenio/Opinión 23/10/12)


No son pocos los escritores que introducen con gracia, con cierta facilidad, la figura de la muerte al analizar las relaciones de la escritura con los contextos en que ésta se produce. Lo dice la narradora experimental norteamericana Camilla Roy: “En cierto sentido, el escritor siempre está ya muerto, en lo concerniente al lector”.1 Lo dice Helene Cixous: “Cada uno de nosotros de manera individual y libremente debemos hacer el trabajo que consiste en repensar lo que es tu muerte y mi muerte, ambas inseparables. La escritura se origina en esa relación”.2Lo dice Margeret Atwood en su libro de ensayos sobre la práctica de la escritura titulado, aptamente, Negotiating with the Dead. Basten estos entre tantos otros ejemplos para demostrar que no solo existe una relación estrecha entre el lenguaje escrito y la muerte, sino que, además, se trata de una relación reconocida, ya de manera poética o de manera práctica, por escritores de la más variada índole. Lo que para muchos es una metáfora a la vez iluminadora y terrorífica, se ha convertido para otros, sin embargo, en realidad cotidiana. México es un país en el que, dependiendo de las fuentes, han muerto entre 60 y 80 mil ciudadanos en un sexenio al que pocos dudan en llamar el de la guerra calderonista. ¿Qué significa escribir hoy en ese contexto? ¿Qué tipo de retos enfrenta el ejercicio de la escritura en un medio donde la precareidad del trabajo y la muerte horrísona constituyen la materia de todos los días? ¿Cuáles son los diálogos estéticos y éticos a los que nos avienta el hecho de escribir rodeados de muertos? ¿Si la escritura se pretende crítica del estado de las cosas cómo, desde y con la escritura, es posible desarticular la gramática del poder depredador del neoliberalismo exacerbado y sus mortales máquinas de guerra?
En los Estados contemporáneos, tal como lo argumenta Achille Mbembe en “Necropolítica”, el artículo que publicó en Public Culture en 2003, “la última expresión de la soberanía reside en el poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe morir”. “Ejercer la soberanía”, añade, “es ejercer el control sobre la mortalidad y definir a la vida como una manifestación de ese poder”. Si alguna vez la categoría de biopoder, acuñada por Michel Foucault, nos ayudó a entender “el dominio de la vida sobre el cual el poder ha tomado el control”; Mbembe contrapone el concepto de necropoder, es decir, “el dominio de la muerte sobre el cual el poder ha tomado el control” para entender la compleja red que se teje entre la violencia y existencia en vastos territorios del orbe. México, sin duda, uno de ellos.
Las máquinas de guerra actuales no pretenden, como las de la era moderna, establecer estados de emergencia y generar conflictos bélicos con el fin de dominar territorios. En un contexto de movilidad global y más en frecuencia con nociones nomádicas del espacio en tanto entidad desterritorializada o en segmentos, las máquinas de guerra de la necropolítica reconocen que “ni las operaciones militares ni el ejercicio del ‘derecho a matar’ son ya el monopolio de los Estados; y el ‘ejército regular’ ya no es, por tanto, la única forma de llevar a cabo estas funciones”. Tal como lo ha ejemplificado el narcotráfico en México, ya sea en una relación de autonomía o de incorporación con respecto al Estado, estas máquinas de guerra toman prestados elementos de los ejércitos regulares pero también añaden sus propios miembros. Ante todo, la máquina de guerra adquiere múltiples funciones, desde la organización política hasta la de las operaciones mercantiles. De hecho, el Estado, en estas circunstancias, puede convertirse en una máquina de guerra en sí mismo.
Enfrentados a las estructuras y quehaceres de lo que fue el Estado moderno, gran parte de las escrituras de la resistencia de la segunda mitad del siglo XX trabajaron en un sentido o en otro con el lema adorniano: “la resistencia del poema —léase: escritura— individual contra el campo cultural de la comodificación capitalista en el que el lenguaje ha llegado a ser meramente instrumental”. La denuncia indirecta, la sintáctica distorsionada, la constante crítica a la referencialidad, la relativización de la posición del yo lírico, la búsqueda de la derrota de las expectativas del lector fueron, entre otras pero todas ellas, estrategias que ciertas escrituras críticas —conocidas como modernismos o vanguardias ya en Estados Unidos o en América Latina— ejercieron para escapar de la comodificación del capital. Las estrategias del poder de la necropolítica han vuelto obsoletas, sino es que han reintegrado, muchas de estas alternativas. El Estado contemporáneo, a decir de Agamben, además y sobre todo desubjetiviza, es decir, saca del lenguaje al sujeto, transformándolo de un hablante en un viviente. El concepto de horrorismo ayuda a Cavarero a elaborar una argumentación similar. De ahí la creciente relevancia crítica que han adquirido ciertos procesos escriturales dialógicos, es decir, aquellos en los que la autoridad de la autoría es desplazada hacia el lector que apropia/desapropia el material del mundo que es el otro. Lejos del paternalista “dar voz” de ciertas subjetividades imperiales o del ingenuo colocarse en los zapatos de otros, se trata de procesos que traen a esos zapatos y esos otros a la materialidad de un texto que es, en este sentido, siempre un texto fraguado con alguien más. Un texto, por decirlo así, con-ficcionado.
Decía Katy Acker que “[...]cada que hablamos acerca de la narrativa, acerca de las estructuras narrativas, estamos hablando del poder político. No hay torres de marfil. El deseo de jugar, de hacer que las estructuras literarias se entrometan y participen de zonas desconocidas o incognoscibles, aquellas caracterizadas por el azar y la muerte y la falta de lenguaje, es el deseo de vivir en un mundo que es peligroso e ilimitado. Jugar, pues, tanto con la esctructura como con contenido, denota un deseo por vivir en el asombro.”3
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1 Roy, Camilla. “Introduction.” Biting the Error, p. 8.

2 Cixous, Helene. “The School of the Dead.” Three Steps on the Ladder of Writing. New York: Columbia University Press, 1993, p. 12.
3 Katy Acker, “The Killers”, Biting the Error, 18.

martes, octubre 23, 2012

Ante la ausencia, queda la belleza (Sexenio-Puebla 16/10/12)


¿Qué tiene que decirnos una fotografía o un recuerdo? ¿Qué importancia tienen el pasado en nuestro presente?, ¿Cómo se continua la vida en otras tierras que no son las natales y de qué forma se debe afrontar? son algunas de las preguntas que me imagino se hizo Sandra Lorenzano al escribir su más reciente novela: Fuga en mí menor (Tusquets, 2012).

Fuga en mí menor es una novela acerca del exilio, la guerra, el recuerdo, la ausencia y la relación/reacción que el ser humano puede tener.

En Leo –el protagonista de la novela- recaen todas las conjugaciones posibles que ésta tiene. La primera conjugación tiene que ver con la ausencia de su padre Giulio, que desapareció cuando Leo tenía tan sólo dos años.  A partir de los recuerdos que le cuenta su madre, de una fotografía y del libro que Giulio subrayó: Vendrá la muerte y cerrará tus ojos de Cesare Pavese; Leo intentará rescatar a su padre del pasado y buscará resolver el por qué de su enigmática desaparición. Ante la ausencia del padre, queda la gran relación que tuvo con su madre: Nina que a pesar navegar contra corriente -la pérdida del esposo y el exilio de sus tierras italianas-, busca heredar a su hijo dos cosas: la capacidad de disfrutar cada día con inmensa alegría y el recuerdo de su padre como un héroe. En tercer plano, pero como gran complemento, aparece la relación que Leo tiene con su esposa Mercedes y con su hijo Julio, quien un buen día decide partir de casa y se comunica con ellos por medio de una fotografía y unas escuetas frases. La cuarta historia pertenece a Bauer y la amistad que tiene con Leo, juntos se acompañan y platican acerca de sus pasados y sus pérdidas.

Sandra Lorenzano construye una novela redonda a través de una narrativa breve, concisa y fluida,  donde logra erigir bellas imágenes, así como transmitir cada una de las sensaciones que van trastocando a cada uno de los personajes.

Fuga en mí menor guarda un vaso comunicante con el tercer movimiento de la Sinfonía n° 1 (Titán) de Mahler, pues a pesar de ser una novela donde se transmite el amor por la vida y la belleza de la misma, no se debe olvidar que es una obra donde la pérdida y la ausencia son el lev motiv. Aunque al final, la intención de la autora es –quizá- mostrar que los recuerdos están ahí para hacer más llevaderas las ausencias y convertir las grandes desgracias en un motivo para salir adelante. Y, tal vez, la mejor manera para encontrar el camino es aprender a fugarse del mundo y de sí mismo. Dicen que la distancia y el mar sanan cualquiera herida, por ello no debe extrañar que el mar aparezca también dentro de esta novela.

Una novela disfrutable para cualquier lector y que al cerrar el libro partirá a continuar su vida con una sensación de belleza por las venas. 

Palurdos y orgullosos (Diario Milenio/Opinión 22/10/12)


“Ese lugar me agrede con su cultura”, replicó muy orondo mi amigo el paleto cuando intenté citarlo en una librería. “La Historia ha demostrado”, respondí, haciendo acopio de mala leche, “que la ignorancia es mucho más agresiva”, y acto seguido me colgó el teléfono. No volvimos a hablarnos, desde aquella mañana. Y tampoco es que el tema fuera nuevo, si ya en los años niños competíamos por diferenciarnos, cada uno montado en su macho y resueltos a no ceder un palmo, así fuera preciso defender necedades y hacerse abanderar por ellas.
Todos tenemos amigos palurdos, pero igual pretendemos no advertirlo. Habrá otros, a su vez, que así nos consideren y bien lo disimulen por simpatía, aprecio o mera discreción. Una cosa, no obstante, es sufrir el flagelo de la ignorancia, y otra muy diferente defenderla cual bien inalienable. “Ya bastante trabaja mi cabeza en la oficina para seguir pensando después”, alardeaba mi entonces amigo para justificar su animadversión no solo a la lectura, sino al mero ejercicio lúdico del coco. Cierto es que lo decía también por provocarme: alguien tan ocupado como él no iba a extraviarse en ocios improductivos. Vamos, que el mero acto de abrir un libro delante mío habría equivalido a tirar la toalla. Si quería ganar en ese duelo zonzo, tenía que aferrarse a la ignorancia como un beato a su libro sagrado.
Lo que mi amigo al fin deseaba demostrar era cuán bien podía vérselas con la vida sin una sola línea de José Luis Borgues. Metido en sus zapatos, habría tenido que darle la razón. No va a venirse abajo la civilización occidental si a uno o más ingenieros industriales no se les da la gana leer novelas. Alarmante sería que no entendieran de logaritmos. O que a quien esto escribe nomás no se le diera la ortografía. ¿Y no hay miles de gringos que residen por décadas en otro país y nunca se molestan en aprender su idioma? Tiene uno el derecho, por más que otros lo miren como privación zafia, a ignorar para siempre todo cuanto no tiene-que-saber.
¿Qué decir de un doctor que da la espalda a los adelantos de la ciencia médica en nombre de una oscura conveniencia gremial? ¿Qué tal un abogado al que le viene guanga la información en torno a leyes y enmiendas? ¿Y un profesor que no quiere estudiar, aun si su trabajo es educar? ¿Quién quiere padecer las atenciones de semejantes pros?
Hace falta un cerebro calenturiento para imaginar a un piquete de cardiólogos marchando por las calles para exigir menores requisitos de higiene. Uno asume, apelando no más que al elemental respeto por la vida, que ni el mayor empeño parece demasiado con tal de protegerla. Lo cual suena muy bien, aun si la realidad no suele ser tan escrupulosa. Cuando menos —y temo que ya es mucho— el negligente lo es con disimulo y daría lo que fuera por no ser exhibido como tal. Si no entendió la ética hipocrática, dominará siquiera la práctica hipocrítica.
Tampoco sería fácil imaginar legiones de maestros protestando porque no quieren estudiar, si no fuera ya parte del paisaje. Resultaría elitista, argumentan, exigir a los profesores en funciones que se actualicen y presenten exámenes. ¿No es elitista, entonces, que los miles de niños a los que en vida instruye cada maestro mal preparado sean quienes hereden esas limitaciones? Más que mero elitismo, parecería un acto criminal. ¿O no es la misma vida que los doctores cuidan ésa que queda en manos de los maestros, el traído y llevado Porvenir?
Ya entrado imaginando, puedo mirar a párpados cerrados el Zócalo repleto de maestros que exigen recibir toda suerte de cursos y recursos para actualizarse y profesionalizarse. El derecho primero, la obligación después. Aun así, su profesionalismo se manifiesta en una urbanidad no menos obligada que ejemplar. ¿Cómo más iba a ser, si su oficio consiste en enseñar a partir del ejemplo? ¿Quién habría imaginado a los profesionales de la educación transformados en vándalos en el nombre de extremos privilegios cuya factura, al cabo faraónica, pagarán los pequeños afectados a lo largo del resto de sus vidas? ¿Y a esa estafa le llaman educación gratuita?
Así las cosas, no es de extrañar que exista un movimiento de estudiantes normalistas montados en su macho por no estudiar inglés ni informática. Todavía no acaban de aprender a enseñar y ya están condenando a miles de discípulos a compartir sus límites, pagar por sus prejuicios y perfilarse como los analfabetas del futuro. Cierto que mucha gente tiene derecho a ser un palurda y orgullosa, pero un maestro ignorante no puede ser mejor que un médico indolente. Pobre de aquél que caiga entre sus garras.

miércoles, octubre 17, 2012

La pureza del fútbol (Sexenio-Puebla 03/10/12)


Muchos pensarían que el fútbol es para verse, jamás para leerse.

Sin embargo, existen muchos libros que abordan al fútbol desde distintas perspectivas. Ya sean cuentos, crónicas, biografías o ensayos completamente literarios y algunos con tendencias filosóficas. Entre esa inmensidad están: Dios es redondo y Los once de la tribu de Juan Villoro; El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, así como la colección El futbolista perteneciente a la editorial Ficticia; donde destacan: ¿Y dónde está el fútbol de Ángel Cappa; También el último minuto cuenta, antología de cuentos coordinada por Marcial Fernández y Guantes blancos, las redes del fútbol de Félix Fernández (por muchos años portero del Atlante).

Recientemente la editorial Capitán Swing publicó Fútbol. Dinámica de lo impensado del argentino Dante Panzeri. Libro que ha llegado a México a través de la editorial Sexto Piso.

Fútbol. Dinámica de lo impensado es un ensayo con grandes líneas literarias donde Panzeri analiza el fútbol de cabo a rabo, no deja cabos sueltos. Estrategias, formación de futbolistas, influencia en la sociedad, afectación del dinero y medios de comunicación en su desarrollo, así como una clara explicación del papel que juegan jugadores, directores técnicos y directivos dentro de un equipo.

A pesar de haber sido publicado hace 45 años, las palabras de Panzeri siguen conservando una vigencia sorprendente.

Sin haber conocido a jugadores como Messi o a equipos como el actual Barcelona; Panzeri hablaba de un fútbol donde sólo hay dos formas de jugarlo: bien o mal. Aunque, a veces, el equipo que peor juega puede ganar; esta extraña combinación hace que el fútbol sea impensado, impredecible. Una de críticas que hace Panzeri es la excesiva tecnicidad en el juego -esta terquedad por tener un guion-, ya que convierten al deporte en algo aburrido y sin emociones. En el fútbol defendido por Panzeri, el DT sólo puede influenciar un 5 por ciento en la cancha y tiene más bien el papel de un orientador, un animador, porque la magia y los resultados corren a cargo de los jugadores. La mayor responsabilidad de un DT es a la hora de elegir qué jugadores formarán parte de su grupo, pues el éxito vendrá al conjugarse talento con armonía o compañerismo.

Panzeri afirma que no existe fútbol antiguo y moderno, se sigue jugando igual y los marcadores varían gracias a la existencia de jugadores capaces de saltarse cualquier guion y echarse el equipo a los hombros. Dicho de otra forma: tener amor a la camiseta y la profesión.

Fútbol. Dinámica de lo impensado debe ser una lectura obligada para futbolistas, técnicos, periodistas del medio y aficionados; pues ayudarán a tener una distinta y mejor visión del fútbol en su más fina pureza. 

¿Eres post-exótico? (Diario Milenio/Opinión 16/10/12)


Antoine Volodine es uno de los sobrenombres (¿heterónimos anónimos?) que utiliza un escritor francés nacido en Chalon-sur-Saône, en 1950. Aunque en 1987 ganó el Grand Prix de la Science-Fiction Française.y aunque sus primeras novelas fueron publicadas en la Colección Présence du Futur de ediciones Deneöl—una editorial conocida por su apego a la ciencia ficción—en alguna entrevista Volodine declaró, más como una puntada que como un plan trabajo o una ceñida interpretación teórica, que sus libros eran, más bien, post-exóticos. El término, que mundialmente es de alguna manera fácil asociar a lo que Edward Said definió de manera crítica como orientalismo, pronto se convirtió en el libro que le publicó Gallimard en 1998: Le post-exotisme en dix leçons, leçcon onze [El post-exotismo en diez lecciones, lección once].
Lejos de la redacción ordenada del tratado literario o la abrupta rapidez del manifiesto, el post-exotismo de Volodine encarna muchas de las características que definen su escritura, convirtiéndolo en una especie de performance de ideas. Si la escritura post-exótica es, sobre todo, una práctica carcelaria que, por no olvidar nunca la presencia del enemigo, se fragua en un lenguaje aparentemente similar al que usa la autoridad pero siempre, puesto que lo que intenta en última instancia es escapar, aludiendo a otra cosa, entonces El post-exotismo es, en sí mismo, un buen ejemplo de la escritura post-exótica. Aunque en el libro sobre post-exotismo hay unos diez nombres de porta-palabras en la lista de ejemplos de autores post-exóticos, y uno de ellos es, sin duda, Antoine Volodine, es obvio que se trata de una lista “voluntariamente errónea e incompleta”. Un personaje, Lutz Bassaman, encarcelado desde hace unos 30 años, está a cargo de iniciar la rumia. De celda en celda y solo de y para los encarcelados, la escritura post-exótica es siempre una escritura, luego entonces, contra el poder, especialmente el poder capitalista, y sus “ignominias sin nombre”. Disidente de entrada, refractaria por naturaleza, presa de una extraña sensibilidad extranjera, la literatura post-exótica se relaciona con cierto “chamanismo revolucionario” y con prácticas escriturales que se diseminan oralmente, ya sea aprendidas de memoria o ya recitadas en voz alta el acto, puesto que en el encierro es difícil conseguir papel o acceso a tecnologías más avanzadas. Fabuladora o neo-fabulista, sin preocuparse por los límites estrictos entre la fantasía y el realismo, la escritura post-exótica preserva la memoria de los que tienen contacto con ella, que son quienes en realidad la hacen. Tal vez por eso es que entre el narrador y los personajes, entre la primera y las otras personas de las conjugaciones verbales, no hay más separación que “el espesor de un papel de cigarrillo”. Sin ninguna preocupación por la expansión o por el mercado, la escritura post-exótica es, además, para los encarcelados, para su memoria y para su eventual liberación.
Aunque solo se cuentan tres o cuatro obras en la historia de la literatura post-exótica, y una de ellas es Des Anges Mineurs de Maria Clementi (aunque éste sea el título que Antoni Volodine publicó en 1999 con Editions du Suil, cuya traducción al español es Ángeles Menores, publicado por la editorial Berenica en 2008), existen ya, al menos, tres géneros reconocidos dentro del post-exotismo: shagga, romance, y nouvelle o entrevoute. Habrá oportunidad de discurrir sobre cada una de estas formas en el futuro próximo, pero por ahora, si lo que le interesa es saber si usted es o ha sido un post-exótico, o si ha estado en contacto ya con lecturas post-exóticas, van las siguientes preguntas.
¿Tiene la impresión que hay un lazo de sangre entre las obras que lee, ya sea por los temas que tocan —desesperanza extrema, un principio de agresividad, la hipótesis del no-retorno, la animalidad de la experiencia humana y viceversa—o ya porque, aunque las anécdotas sean independientes, vibran al unísono con el resto de la producción carcelaria? Entonces ha estado en contacto con una obra post-exótica.
¿Ha leído libros en los que, seducido por el mutismo o la reflexión autista, el narrador busca, a toda costa, desaparecer o por lo menos esconderse en subnarradores o alternarradores de la trama? Ha leído, luego entonces, una obra post-exótica.
¿Los libros que lee confunden o trastocan a los opuestos (el pasado es el presente, por ejemplo, la inmovilidad es movimiento, el autor es un personaje de la obra, el sueño es realidad, el silencio es palabra) como si siguieran a pie juntillas una lógica de no oposición de los contrarios? Se trataba de una obra post-exótica, en efecto.
¿Aunque plagados de riesgos formales, los libros que ha leído se comportan con suma discreción en lo que respecta a sus propuestas estilísticas? Seguramente ha sido tocado, sí, por el post-exotismo.
¿Lee esos libros en copias clandestinas o a través de los murmullos que logran trasminarse por las paredes de su celda? Se trata, sin duda, de una obra diseminada post-exóticamente.
¿Cómo si se encontrara en medio de un interrogatorio policiaco, en los libros que lee los nombres y las acciones aparecen encriptadas en una narración que, para tratar de esquivar a la autoridad, se aleja de las exigencias lógicas de la ficción, tal vez hablando mucho solo para ganar tiempo o tal vez siempre hablando de otra cosa? Características de la escritura post-exótica, en efecto.
¿Se siente excluido (si no está en una celda de la cárcel) de los libros que lee? Está usted leyendo, sin duda, una obra post-exótica. Por otra parte, ¿sabe con certeza inaudita que la obra fue escrita para usted—usted, sí, que está encerrado en una celda del sistema carcelario—o incluso, eso es lo que empieza a sospechar, tiene la sensación de que la obra fue escrita por usted? Usted es un post-exótico. No hay remedio.

'¡Santos inocentes, Batman!' (Diario Milenio/Opinión 15/10/12)


Hasta el día en que supe la verdad, tenía a  aquella novela por obra maestra. Perengano, su autor, no había escrito otro libro de ese nivel, de ahí que me gustara imaginarlo relatando esa historia extrañísima en estado febril, recibiendo la luz igual que un bodhisattva y esparciéndola como un bonzo en llamas. Una imagen romántica que me ayudaba a creer en La Obra Maestra como una suerte de revelación súbita, cuyo origen sagrado estaría a la vista de los buenos instintos.
Conocí años después al que había sido editor de Perengano, justo cuando escribió el novelón de marras. Como yo le insistiera en conocer detalles del proceso, me confesó que había sido un coñazo. Más habituado al periodismo que a la literatura, Perengano debió pasarse un par de años puliendo el manuscrito, hasta que el editor aceptó publicarlo. ¿Por qué lo rechazaba? Nada, por descuidado. Le faltaba trabajo. Transpiración, antes que inspiración. Imaginé al autor igual que a un operario cuyo patrón escéptico lo hace engrasar diez veces el mismo gozne, y en lugar de admirarle la paciencia experimenté cierta decepción mística. Como si mis papás recién me revelaran que el ratón de los dientes nunca existió.
¿Hay lugar en las obras maestras para la mano negra? ¿Debería el autor rechazar la opinión más sensata, en el sagrado nombre de La Obra? ¿Pierde algo la novela si acaso en su factura intervino el buen juicio de un tercero? ¿Es Perengano un mercantilista porque da voz y voto a aquéllos cuya misión consiste en transformar la obra en mercancía? ¿Por qué a los exquisitos se les pone la carne de gallina de sólo imaginar esa mudanza? ¿Es el código de barras enemigo mortal de la literatura? ¿Debería Perengano conservarse tan puro como a algunos románticos les gusta imaginarlo?
Lo cierto es que el efecto desacralizador de los datos prosaicos termina por echar luz sobre lo evidente. Y lo evidente asusta, más todavía cuando uno prefería lo inverosímil. Fue otro editor quien me contó de la llamada de Zutano, un autor conocido y respetado en Iberoamérica por sus posturas irreverentes y contestatarias, especialmente crítico de la corrupción. Resulta que Zutano tenía nueva novela y la juzgaba lista para ser premiada y publicada. ¿Sería que Zutano era un gran optimista?
“Me vas a perdonar, pero yo necesito ciertas garantías”, había reculado la novelista Mengana, varios meses atrás, nada más enterarse que su editor se negaba a comprometer a su favor el premio literario del año siguiente. ¡Y ahora venía Zutano con la misma exigencia! ¿Él, que allá en sus columnas periodísticas tronaba el chicotito contra los políticos y sus negociaciones vergonzantes, esperaba ganarse un premio literario internacional a partir de una farsa concertada? ¿No le daba ni tantita vergüenza instrumentar un fraude cuyo efecto inmediato sería encajar a cientos de autores concursantes un cuchillo traidor a media espalda? ¿Cómo llamar a ese crimen gremial?
Lo más raro de todo no sería que Mengana y Zutano hicieran semejantes propuestas abusivas, sino verlos al cabo de unos meses en todos los periódicos, cada uno celebrando un sorprendente premio a su novela. ¿O debería decir que una y otro cargados de garantías? ¿Qué dirían del jurado, cuando les preguntaran? ¿Qué pensarán si saben de una mejor novela que también concursó, aunque no compitiera, en realidad? ¿Y no sabían Zutano y Mengana, tanto como sus rozagantes editores, que el fruto del chanchullo sería no solamente muchos libros vendidos, sino encima una dosis de público respeto? ¿Cómo no iban a ser tremendos optimistas, si ya eran excelentes negociadores? No faltaría quien los imaginara recibiendo la luz de las alturas para crear La Obra Maestra, ni quien después de un rato de leerlas se aburriera y culpara a su poca cultura. ¿Quién osaría dudar de tan grandes y aplaudidos autores?
Vuelvo a aquella novela de Perengano. No he pasado de la página veinte y ya siento que vuelo a lomos de sus párrafos. Francamente, me importa un cacahuate si al siempre negligente Perengano hubo de iluminarlo su mujer, su editor o su recamarera, el libro es estupendo, fascinante, y celebro que tanto lo acicalasen antes de convertirlo en mercancía y hacer posible su llegada a mis manos. Lo cual está muy mal, según sentencia una reciente entrega periodística de la aguda Mengana, para quien el mercado no tiene más propósito que acabar con La Obra. Zutano, por su parte, recién ha desvelado en su columna los abstrusos manejos de algunos mercaderes de la cultura. Sarcásticos, filosos, uno y otra tiemblan de indignación por sendos sacrilegios cotidianos. Asumo que compiten en secreto a ver quién de los dos se aguanta más la risa.

jueves, octubre 04, 2012

Un lugar para vivir-(Sexenio-Puebla 03/09/12)


Varios son los escritores que han buscado escribir para niños y/o adolescentes: Juan Villoro, Ignacio Padilla, Luigi Amara, Mauricio Montiel Figueiras, Guillermo Samperio, Francisco Hinojosa, Pedro Ángel Palou; entre otros. Escribir para este público –pienso- es una aduana difícil de cruzar y pocos salen victoriosos, pues si la lectura no es capaz de atraparlos debe considerarse un rotundo fracaso.

Ave Xóchitl y la serpiente de luz (Fernández Editores, 2011) de Ximena Sánchez Echenique –conocida por sus novelas El ombligo del dragón y Por cielo, mar y tierra- es la primera incursión que tiene en la literatura infantil.

A través de 118 páginas la autora cuenta la historia de Ave Xóchitl quien vive en Petatepec. Los habitantes de este pueblo viven con miedo por culpa de unos seres sin espíritu que se han apropiado de su vida cotidiana: los niños ya no salen a jugar en los parques y las calles lucen abandonadas. Es un pueblo sin alegría, casi sin vida. Todo cambiará para Xóchitl y su pueblo con la llegada de Adam y su familia. Juntos –Ave y Adam- encontrarán el modo de transmitir las energías necesarias a los niños y adultos del pueblo, para poder retomar los parques y las calles. De igual forma aprenderán cómo evitar que las personas se transformen en seres sin espíritu, sin luz.

Ave Xóchitl y la serpiente de luz es un cuento completamente formativo que por medio de una narración sencilla, pero rica en lenguaje le da un lugar a la amistad, el amor y la tolerancia como los valores fundamentales que un niño no deberá perder, pues son las armas fundamentales que necesitan para transformar su entorno inmediato y así encontrar con mayor sencillez la felicidad. También busca que los niños comprendan mejor sus sentimientos y rescata algunas enseñanzas ancestrales como lo es el significado de Quetzalcóatl.

Al final, el libro se enriquece con una serie de ejercicios que ayudarán al niño a completar su experiencia lectora.

Ximena Sánchez Echenique construye un bello cuento que mezcla con fineza nuestras raíces indígenas con situaciones actuales; pues ya casi no se ve a los niños disfrutando de los parques, debido a la violencia que inunda a nuestro país.

Petatepec como metáfora de un México que ahí está y debemos recuperar antes de que la oscuridad nos los impida. Ave Xóchitl como reclamo de que nuestros niños necesitan un mejor lugar para vivir.

Un libro perfecto para compartir en familia. 

miércoles, octubre 03, 2012

Contradecir a Kafka dos veces (Diario Milenio/Opinión 02/10/12)


I: INTERRUMPIR HOY
En el ensayo que Ricardo Piglia le dedica a Kafka en El último lector, se señala una y otra vez el gusto (¿o la manía?) kafkiana por la interrupción. Ciertos finales que son en realidad una suspensión brutal. Descripciones que se convierten, de súbito, en una distracción blanca. Libros que noterminan, en el sentido tradicional del término. Al mismo tiempo, Piglia cita varias entradas del diario de Kafka en que éste se queja de las interrupciones que amenazan continuamente el acto de la escritura que, para él, habitante de una cueva ideal y subterránea, tendría que ser un acto ininterrumpido. Un acto incesante. Un acto eterno.
¡Ah, el siglo XIX!
Y yo, que leo a Piglia en la silla que está justo frente al escritorio donde se encuentra la pantalla que, anti-cueva como la que más, me conecta al mundo, no puedo evitar ver de reojo (porque para mirarlo todo no hay como ver oblicuamente varias cosas a la vez) el manuscrito de la-novela-in-progress que aparece-desaparece (cual vela tarkosvkiana) de la zona desconocida; la barra donde se esconden, momentáneamente, las cuentas abiertas de tres direcciones electrónicas distintas; el link donde investigo, cuando me acuerdo, la posición exacta de Wyoming; y las dos ventanas por donde me llegan “voces” de otras latitudes a lo largo del día. Todo esto, mientras escucho el murmullo de los estudiantes por los pasillos; el comentario que, dicho con la entonación adecuada, hace reír a más de uno en la oficina de enfrente, y la penúltima discusión entre un alumno y una alumna a los que unen, todo parece sugerirlo, lazos de suyo complicado.
¡Ah, la idea misma de lo incesante, lo eterno, lo ininterrumpido!
¡Ah, ese trayecto (de preferencia lineal) al que no lo detiene obstáculo alguno!
Me doy cuenta, quiero decir, que escribo en la interrupción continua. Para la interrupción, tal vez. Con ella en mente y con ella en cuerpo. La interrupción, esa amenaza ciertamente, que acelera el trazo o concentra la atención de maneras a veces escandalosas, en todo caso urgentes. La interrupción beatífica. La divina interrupción que me lleva a encontrar lo que no sabía que buscaba (que es, si me lo preguntan, la única manera en que algo puede “ser encontrado”). La interrupción que me desdice (y, luego entonces, me hace ser “des-dicha”). La interrupción como principio narrativo, como estructura textual, como eje semántico. El lector, siempre interrumpido. La interrupción: una manera relacional del sujeto en la era de la muerte de la muerte del sujeto.
¡Ah, la pureza del Espacio, el Tiempo, el Ser!
[¡Ah, las Mayúsculas!]
La interrupción: una amenaza que se busca. La interrupción y su consecuente adrenalina, ese fix. Interrumpir el discurso: vacilar. El que interrumpe tergiversa (o estaba a punto de cuando...). Interrumpir como quien seduce a la otra opción (que siempre existe). Interrumpir para cambiar de rumbo (o para no tener rumbo). El paréntesis de la interrupción. El chasco de la interrupción. La manía de la interrupción.
¡Ah, Kafka!
II: ENVIDIA DE LOS INSECTOS
Sin duda, el más famoso de todos es “el monstruoso insecto” en que apareció convertido Gregorio Samsa después de una noche de sueño intranquilo. “Estaba tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza”, escribe Franz Kafka, “veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos”.
Después de leer la apasionada defensa del paradigma insectívoro de la subjetividad contemporánea que Rosi Braidotti presenta en Between the not Longer and the Not Yet: Nomadic Variations on the Body uno se ve obligado a preguntarse si la vida de Gregorio Samsa como escarabajo—la metamorfosis del humano en insecto—no pudo haber sido menos difícil, más interesante, más musical.
Porque los insectos, argumenta Braidotti, no solo tienen ciclos reproductivos de una velocidad tal que les permite experimentar “mutaciones fabulosas de la noche a la mañana”, sino que también son “músicos fantásticos”. De ahí otra de sus tantas amenazas. Si de lo que se trata es de producir una música que refleje, o encarne, las cualidades acústicas de los espacios post-humanos que habitamos o, con mayor precisión, por los que pasamos en tanto sujetos nómadas, nada mejor que poner atención a las estrategias de comunicación no-lingüística de los insectos, a sus formas de aprehender la realidad visual y sonora de nuestro tiempo.
En la música nomádica, continúa Braidotti, “los intervalos no solo marcan la proximidad sino también la singularidad de cada sonido para, así, evitar la síntesis, la armonía o la resolución melódica. Es una manera de cortejar a la disonancia a través de su retorno al mundo externo, a donde pertenece el sonido, siempre-en-tránsito, como ondas de radio que se mueven ineluctablemente hacia el espacio exterior, chateando, sin que nadie escuche”.
Si fuera a utilizar el lenguaje de antes, diría que tal sujeto encarnado no podría ser sino un texto de Gertrude Stein con música de Philip Glass interpretado por Diamanda Galas. Braidotti dixit.

martes, septiembre 25, 2012

Enargeia (Diario Milenio/Opinión 25/09/12)


En Memorial. An Excavation of the Iliad, la poeta británica Alice Oswald se deshizo de unos siete octavos de la prosa de Homero para rescatar así, fósiles en vivo, las muertes de aproximadamente 200 soldados, todos perecidos en la guerra de Troya. Se trata, a decir de la poeta misma, de una re-escritura que intenta rescatar la enargeia, esa “luminosa, insoportable realidad” del poema homérico. Se trata, luego entonces, en primera instancia, de un saqueo. La poesía mira de reojo a la prosa y, escalpelo en mano, extirpa del marasmo de datos y de anécdotas, el momento único e indivisible en que un ser humano pierde la vida. Eso es la guerra, después de todo; de esto se trata la guerra: de cómo seres humanos de carne y hueso pierden la vida de forma violenta. Armada, pues, con los instrumentos de la poesía, Oswald le arrebata esa pérdida que es la muerte a la acumulación de datos o de sangre que, con tanta frecuencia, conduce a la indiferencia o la insensibilidad o a las lecturas de corrido. Si “la pena es negra”, si está “hecha de tierra”, si se “mete en las fisuras de los ojos/ y deposita su nudo en la garganta”, lo que este largo poema se lleva sobre el hombro, no a hurtadillas para que no se note, sino aparatosamente, para volverla más visible, es a la muerte en sí, a la muerte sola: la muerte oscura, anónima, violenta, de la guerra.
Ahí está, en la excavación poética de Oswald, en el duelo en el que nos invita a participar a través del tiempo y a lo largo del espacio, iridiscente para siempre, la muerte de Protesilaus: “…el hombre reconcentrado que se internó aprisa en la oscuridad/ con cuarenta barcos negros, dejando atrás su tierra”, el que “murió en el aire, mientras saltaba para llegar primero a la costa”. Y está también, en el gerundio de la eternidad, la muerte de Iphidamas, “el muchacho ambicioso/ A la edad de dieciocho a la edad de la imprudencia”, el que incluso “…en su noche de bodas/ Parecía traer puesta la armadura”, el “[A]rrogante peón de campo que fue directo por Agamenón”, y que cayó “doblado como plomo y perdió”. Y está Coon, su hermano, el hermano de Iphidamas: “Cuando un hombre ve a su hermano caído sobre el suelo/ se vuelve loco, aparece corriendo como de la nada/ atacando sin ver, así es como murió Coon”. La cabeza separada de su cuerpo por la espada de Agamenón: “…y eso fue todo/ Dos hermanos asesinados en la misma mañana, por el mismo hombre/ Esa fue su luz que aquí termina.”
Uno tras otro, así van cayendo los 200 soldados de los relatos homéricos. Uno tras otro, en versos ceñidos, con frecuencia coronados por el canto repetido de un coro, mueren otra vez. Y otra. Ahora bajo la luz de un sol contemporáneo, justo frente a nuestros ojos. Un memorial también es un ruego. ¿Era necesario que murieran de nueva cuenta? La respuesta es: sí. ¿Era necesario tallarse los ojos una vez más y dolerse? La respuesta es: sí. Cuando nos dolemos por la muerte del otro aceptamos, argumentaba Judith Butler en Precarious Life. The Powers of Mourning and Violence, que la pérdida nos cambiará, con suerte para siempre. El duelo, el proceso psicológico y social a través del cual se reconoce pública y privadamente la pérdida del otro, es acaso la instancia más obvia de nuestra vulnerabilidad y, por ende, de nuestra condición humana. Por esta razón bien podría constituir una base ética para a repensar nuestra responsabilidad colectiva y las teorías del poder que la atraviesan. Cuando no solo unas cuantas vidas sean dignas de ser lloradas públicamente, cuando el obituario se convierta en una casa plural y alcance a amparar a los sin nombre y a los sin rostro, cuando, como Antígona, seamos capaces de enterrar al Otro, o lo que es lo mismo, de reconocer la vida vivida de ese Otro, aun a pesar y en contra del edicto de Creonte o de cualquier otra autoridad en turno, entonces el duelo público, volviéndonos más vulnerables, tendrá la posibilidad de volvernos más humanos. Por eso, aunque Protesilaus haya estado “bajo la tierra oscura ahora ya por miles de años”, es necesario acudir. Es preciso acudir a su cita con la muerte y compartir, después, el duelo. Es necesario re-leer, por ejemplo, lo re-escrito por Oswald para actualizar la muerte que pasó y pueda así volver a pasar frente a nuestros ojos, sobre nuestras manos para que, eventualmente, ya no pase más. ¿Cuántas veces al día olvidamos que somos, por principio de cuenta y al final de todo, mortales? Azuzada por la guerra calderonista que cuenta ya con algunas 80 mil muertes en su haber, la nueva poesía política que se escribe en México se plantea ésta y otras angustiantes, incómodas, urgentes, preguntas. Son preguntas estética y políticamente relevantes. Están ahí en el poema “Los muertos”, de María Rivera, pero también en la excavación que Hugo Harcía Manríquez hizo del Tratado de Libre Comercio en su Anti-Humboldt. Están en los Hechos diversos, de Mónica Nepote, y en Querida fábrica, de Dolores Dorantes. Están en“Di/sentimientos de la nación”, de Javier Raya y enAntígona González, de Sara Uribe. Están en muchos de los poemas incluidos en País de sombra y fuego, la antología que editó el poeta tapatío Jorge Esquinca. Todos ellos, toda esta enargeia, gratis en distintos lugares de la red, por cierto.

lunes, septiembre 24, 2012

Mi amigo Martín (Diario Milenio/Opinión 24/09/12)


Corría una tarde entre hueca y tediosa cuando llegó aquel libro a la redacción. Su título era extenso y juguetón, tanto que me picó la curiosidad. ¿Cómo no interesarse por la primera parte del Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire, bautizada como La vida exagerada de Martín Romaña? ¿Quién resiste al encanto de un personaje que apenas se presenta y ya declara que “el estarse muriendo de ganas de que le llamen a uno por teléfono y darse el gustazo de no contestar es prueba de respeto por sí mismo”? (Cito de memoria.) En algo menos de un santiamén, la novela me poseía totalmente. Y ni modo de no corresponderle, así que con la pena tuve que robármela.
Imposible olvidar los días que siguieron a aquel hurto feliz. Por las noches, ya con la luz apagada, mimaba yo el insomnio a risotadas y resistía mal el impulso de volver a esas páginas de pronto queridísimas, si en la dedicatoria ya el autor consignaba que es verdad que uno escribe para que lo quieran más. ¿Cómo no verse, al fin de la lectura, convertido en amigo y camarada de quien había escrito una novela en tal modo entrañable?
Al sinsabor ingrato de arribar a la última página de Martín Romaña siguió el deslumbramiento deUn mundo para Julius, fruto de una legítima compra de pánico, aunque incluso dejando mi dinero en la caja me quedó la sospecha de que nunca podría terminar de pagar por su lectura. Haber sido Martín y Julius en un mes —personajes distintos y distantes, y no obstante, a su modo, defensores de idénticas quimeras— era más que bastante para hablar del autor con una admiración agradecida que ya jamás desaparecería.
“Ya sé que crees que comprendes lo que piensas que acabo de decir, pero no estoy seguro de que te hayas dado cuenta de que lo que acabas de escuchar no es lo que yo quería decir”, solía yo alardear cuando quería lucirme robándome una cita de A vuelo de buen cubero, ese libro de crónicas donde el autor de Un mundo para Julius mira al mundo con ojo filoso y divertido, para luego decir a quien quisiera oirme que no podía morirse sin un día leer a ese inefable novelista peruano.
Muchos años después, en Guadalajara, esperaba el elevador del hotel cuando de él emergió el ubicuo Juan Cruz, acompañado nada menos que de Alfredo Bryce Echenique. Ya que había vencido la tentación de confesar ahí mismo que me consideraba un viejo amigo suyo, aun si no era él capaz de imaginarlo, guardé para mejor ocasión la esperanza de ametrallar a preguntas y comentarios al autor tan querido cuyas solas anécdotas —repetidas por propios y extraños, cual si fuesen leyendas populares— bien valían un libro aparte.
Otros, aun tras residir por lustros en Europa, escribían como si nunca hubieran salido del terruño; Martín Romaña, en cambio, vive su historia desde el destierro mismo. ¿Cómo podía ser que en épocas beatleanas no escuchara Romaña sino boleros viejos? Una vez asilados en el bar del hotel, Bryce me contó el por qué del anacronismo: cuando vivía en París solo tenía sus viejos discos peruanos y no había dinero para hacerse con nuevas tonadas. El hijo del banquero acaudalado había decidido sacrificar herencia, posición y bienestar por escribir novelas en Europa.
Nunca sabré decir cómo lector y autor se hacen amigos íntimos a partir de una obra, pero es verdad que aquella tarde larga no hice más que extender esa amistad, al tiempo que sumaba nuevas complicidades y carcajadas. Nunca estuve en su casa ni él en la mía, tampoco nos llamamos y ni siquiera nos escribimos, pero ahora que algunos se unen para lincharlo y regatearle un premio que su obra merece sobradamente no puedo menos que levantar la voz para decir que estimo y admiro a ese señor y a su obra la defiendo cual si fuese la mía, no faltaría más.
No conozco una ley de mi país cuya función sea la de estigmatizar, menos aun de forma vitalicia. He visto a verdaderos criminales reivindicados como prohombres e incluso convertidos en congresistas inmunes y orondos, cuyas obras siniestras serían suficientes para recluirlos de por vida en un ergástulo. Es más fácil, por tanto, apuntar los cañones contra un simple novelista, aun si su obra es magnífica e impagable. No soy juez, ni abogado, ni me uno a las envidias que pretenden —ja, ja— minimizar sus méritos literarios y colgarle un estigma vitalicio por causa de un entuerto periodístico del que se dice más de lo que se sabe. Si preguntan, le creo a mis amigos y Alfredo es uno de ellos. Celebro que lo premien y levanto mi copa a su salud.

El destinatario de los libros (Diario Milenio/Opinión 18/09/12)


Tengo la impresión, seguramente romántica, de que, justo como una carta, el libro va dirigido a un destinatario específico. Tal vez la única diferencia radica en que el escritor de cartas —y con todo derecho podemos considerar a los mensajes electrónicos dentro del género epistolar— sabe a ciencia cierta quién es su destinatario, mientras que una de las funciones del libro es evocar y, luego entonces, producir ese destinatario. En efecto, el libro va dirigido a ti, pero nadie, ni siquiera tú sabes que lo eres, o quién eres, hasta que el libro llega a tus manos. Inauguración espectacular. Aquella expresión que solía coronar las lecturas fundamentales, “pero si esto fue escrito para mí”, es verdad. Sin la sensación que da pie a esa expresión, el libro tendría poca probabilidad de producir una relación relevante entre sus páginas y el ojo que las mira y el corazón que late aprisa. Sin esa relación relevante, las posibilidades de su sobrevivencia serían sin duda menores. Para felicidad del libro y para dolor de cabeza del mercado, sin embargo, no hay fórmula alguna que produzca una y otra vez la sensación inaugural. Es posible, como se ha probado muchas veces, promocionar un libro hasta el hartazgo —anunciarlo aquí, obsequiarlo allá, imponerlo en altas torres acullá— solo para verlo languidecer en un par de días o de años o, cuando el esfuerzo es bárbaro, de décadas. Este es el caso de esos “sueños realizados” que son, en palabras del escritor César Aira, los best sellers. Es posible, como se ha comprobado también muchas veces, constatar la sobrevivencia discreta de un libro a pesar de los asuntos de promoción o, con frecuencia, sin su intervención. El rumor es un arma muy serena. El mano a mano. “Este libro fue escrito para mí”. El boca a boca. El caso de los pasadizos subterráneos.
Cuando el coleccionista Eduard Fuchs aseguraba que uno no habla para que lo entiendan sino porque es entendido, seguramente se refería al hecho de que todo acto de habla surge inscrito en contextos comunicativos que lo hacen posible, es decir, descifrable y, luego entonces, transmitible. Algo similar ocurre con los libros. Inscritos en tradiciones específicas, éstos existen para ser leídos porque ser leídos es una posibilidad real. Si tomamos en cuenta que todo acto de escritura conlleva, ya implícita o ya explícitamente, una teoría de la lectura, entonces también es posible decir que cada libro imagina o produce su destinatario.
El caso de la dedicatoria del Commentarium in convivium Platonis de amore, el libro que Marsilio Ficinio escribió en 1469, es notable en este aspecto. Dice Ficinio cuando describe a quién va dirigido su escrito: “Pues la pasión del amor no se entiende con pretenciosa superficialidad, y el amor mismo no se capta con el odio”. Al decir del filósofo Peter Sloterdijk en el capítulo que le dedica a las operaciones del corazón en el primer volumen de Esferas, con esta dedicatoria Ficinio anunciaba que “esperaba haber compuesto con ese escrito una teoría apasionada del amor; [y] que el libro mismo, como un amuleto teórico, se encargara de que no pudiera entenderlo nadie que lo leyera solo superficialmente o con aversión”. El libro, en otras palabras, juega un papel activo al seleccionar a la comunidad de lectores que, eventualmente, se congregarán en sus páginas y, luego entonces, le darán sentido o, lo que es lo mismo, existencia real. Al buscar cierto tipo de lectores, el libro simultáneamente desdeña a otros. Al abrirse, el libro también se cierra. El libro, para decirlo en buen mexicano, no es monedita de oro.
NI DEBE ASPIRAR A SERLO.
Los libros, como bien dice Sloterdijk, conforman esferas, círculos de resonancias íntimas, a través del efecto mágico de la simpatía. Los libros en efecto ofrecen sus páginas de manera generosa pero nunca de manera indiscriminada. Así, generados dentro del espacio de las almas afines, o de los lenguajes compartidos, los libros sólo se dan a aquellos que saben leerlos, solo a aquellos con los que existe la base de la afinidad y la probabilidad de la complicidad. Porque esto es cierto es que los libros y, más específicamente, la lectura, no es un acto inocuo sino, de hecho, poderoso tanto social como políticamente. Ya en papel o ya en la pantalla, un libro tiene el poder de formar comunidades de lectores que son, en realidad, comunidades específicas de percepción. ¿Y qué hay más poderoso y, luego entonces, amenazante, que trastocar la manera en que percibimos el mundo?

lunes, septiembre 17, 2012

La ley del corral (Diario Milenio/Opinión 17/09/12)


Una de las ventajas de pensarse superior a los cerdos es la tranquilidad que esta certeza brinda cuando llega la hora de comérselos. Y si nos enteramos que Fulano se ha alimentado de carne humana, no dudaremos en tacharlo de cerdo. Un término muy útil para pintar la raya entre nosotros y lo que oficialmente nos asquea. Lo cierto, en todo caso, es que los cerdos suelen estar más cerca de lo que aparentan.
Cierta vez, un granjero me explicó lo que sucede cuando a los cerdos se les cambia de corral. Un error a menudo más costoso entre mayor resulta el número de cuinos transferidos. Pues si es cierto que “una tamalera siente que otra se le ponga enfrente”, tal situación se agrava en condiciones de cautiverio. A lo largo de toda su existencia, cada puerco ha encontrado su sitio en el corral. Tienen sus jerarquías y las respetan. Su ley es la del fuerte y bajo ella se entienden; no tienen que pelear para saber cuál va a comer o copular primero. Hasta que un día llegan los del otro corral.
Suena familiar, claro. No hay más que ver la clase de conflagración que sigue a la fusión de dos oficinas para entender que un acto de canibalismo no involucra mordidas por necesidad, y de hecho es infinitamente más común de lo que a nuestra especie le acomoda creer. Pues si en las oficinas se muerde nada más que simbólicamente, cualquier patio de cárcel deja a los cerdos en papel de corderos, aun si se entrematan a medio corral. Entrematarse, al fin, no es lo peor que dos o más cautivos pueden hacerse a cualquier hora del día. O incluso, por qué no, a todas ellas. Por más cerdos que sean, los puercos no inventaron el infierno.
A veces, pese a todo, los puercos racionales encontramos la forma de entendernos mejor que a tarascadas. Una vez regulados por leyes y convenios, podemos aspirar a ir y venir sin que un cerdo mayor nos haga daño, nos quite la comida o abuse alegremente de los nuestros. Aspiramos, de paso, a que quien rompa platos no se vaya sin pagarlos. Una quimera, a veces, y hasta un chiste ahí donde la ley que pesa es la del fuerte. Aspirar no es tener, pero es aún preferible a renunciar. Ya quiero ver qué cerdo del corral puede aspirar a alguna forma de equidad.
Imaginemos esta escena orwelliana: unos cerdos de nobles intenciones arriban al corral y prometen justicia e igualdad a todos sus cochinos inquilinos. Como no sean más fuertes que los fuertes y estén dispuestos a matarlos a mordidas, va a ser muy complicado llevar a ese corral los beneficios de la democracia. Para qué, opinarán los más acomodados, si así estamos en paz. ¿Quién necesita leyes que metan la discordia y fiscales que arrimen las narices y policías que vengan a agitar la marea del chiquero? ¿Quién no quiere la paz, marranos y marranas?
Si yo fuera uno de esos puercos modernizadores, antes que plantar cara a los malandros buscaría la forma de acorralarlos. Y como ellos huyeran de mi acoso, pronto los inquilinos de distintos corrales se verían las caras, fatalmente. Tiempo de disputarse los espacios con fiereza creciente y desesperada, toda vez que pelean en frentes simultáneos y, voraces que son, ninguno considera que la comida alcance para todos. ¿Era mejor la vida, valdría preguntarse, cuando los cerdos fuertes imponían su ley a todos los demás?
Si he de opinar, las leyes antidrogas imperantes me parecen imbéciles, pero si las quebranto entiendo que me arriesgo a ir a dar al corral de los barrotes. Al Ministerio Público le tiene sin cuidado mi parecer en torno a tal o cual inciso del código penal: su obligación consiste en aplicarlos, y si no lo hace ya estará delinquiendo. ¿Qué tiene, pues, de raro que a la profesionalización de los perseguidores siga la balcanización de los perseguidos?
Se achican los espacios, se agotan las raciones, se caen las cercas entre los corrales. Si se aplican las leyes a los que hasta anteayer fueron sus dueños, la paz parece el peor de los negocios. Antes aceptarán recibir una larga transfusión de plomo que acatar una ley distinta de la suya. Para horror de quien lleva la cuenta de los muertos, nada tiene de extraño que cada bando haga lo que le corresponde y cumpla con su parte aplicando la ley que pretende imponer. Los cerdos no inventaron los mataderos, ni gustan de los westerns, ni saben cómo hacerse chicharrón entre sí. Una de las ventajas de encontrarse inferior a los cerdos es la tranquilidad que esta sospecha brinda cuando llega la hora de comérselos.